¡Mira papá, bueyes pintados!
En el verano de 1879, un caballero montañés llamado
Marcelino Sanz de Sautuola se decidió por fin a buscar restos prehistóricos en
el entorno de la localidad donde vivía con su familia. Entre los pueblos de
Puente San Miguel y Santillana de la Mar. Animado por los múltiples restos
arqueológicos de la Exposición Universal de París en 1878 que había visitado,
solía realizar pequeñas excavaciones en las laderas de las verdes montañas de
Cantabria.
Un día, Don Marcelino salió de casa con su hija María para
dar un paseo y entrar en una cueva que había descubierto días antes uno de sus
aparceros, Modesto Cubillas. En las paredes de la oscura cueva había observado
extrañas figuras y en el suelo, restos de herramientas de piedra y hueso.
Mientras él excavaba en la entrada, su curiosa hija, de ocho
años, se internó en la caverna con un candil. De repente exclamó: “¡Mira papá,
bueyes pintados!” Don Marcelino corrió a dentro. La niña alumbraba la bóveda de
un lateral tan bajo que su padre tuvo que ponerse de cuclillas para contemplar
lo que María le mostraba. Se quedó inmóvil. Después respondió: “No son bueyes,
son bisontes…”
Consciente del hallazgo que habían realizado, se apresuró a
estudiar la cueva. Las conclusiones fueron publicadas en sus "Breves
apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la Provincia de Santander".
Marcelino Sanz de Sautuola exponía con detalle el fantástico descubrimiento y
las excelentes pinturas Paleolíticas encontradas en la remota cueva de
Cantabria.
Los ecos del descubrimiento llegaron a Francia y a
Inglaterra pero los científicos no dieron valor a aquellas pinturas que consideraban
falsas. Como todo lo que llegaba de España…
Marcelino Sanz de Sautuola murió en 1888 sin que su hallazgo
fuera reconocido. Sólo en 1902, ¡más de veinte años después!, Emile Cartailhac
(una de las personas que más había despreciado las pinturas) reconoció la labor
del hidalgo cántabro y el valor de los restos encontrados.
"Es imposible dejar de rendir homenaje al observador
español. Estaba muy al corriente de la ciencia prehistórica, y no hay un solo
error en su trabajo." dijo. Y añadía: “Soy partícipe de una injusticia que
es preciso reconocer y reparar públicamente”.
Entonces, la comunidad científica internacional volvía la
vista a aquella cueva. Y aquella cueva se abría al mundo. Altamira había sido
descubierta.
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