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sábado, 4 de abril de 2026

MEDINAT AL ZAHRA, DAR AL MULK


Un hermoso relato dice que el primer califa de Córdoba, Abderramán III, amaba tanto a su esposa Zahara que ordenó construir un suntuoso palacio para ella. Zahara procedía de los reinos cristianos del norte de la Península y añoraba la luz y el brillo de las cumbres nevadas de su tierra natal. Por eso el califa cordobés llamó a la ciudad palaciega Medinat Al-Zahra, "la ciudad brillante", aunque otros cronistas dicen que significa simplemente "La ciudad de Zahara". En cualquier caso, según la leyenda, el palacio fue el fruto del amor del soberano cordobés. 

La realidad histórica es, sin embargo, mucho menos romántica. Los investigadores niegan la existencia de la favorita Zahara. Medinat Al-Zahra fue, al parecer, un complejo palacial diseñado como residencia del soberano de Al-Andalus y como un despliegue de poder y belleza ante quienes lo visitaban, ya fuesen súbditos o embajadores extranjeros. Medinat Al-Zahra era el centro de poder político del Califato, residencia del monarca, sede del gobierno, alcázar, lugar de encuentro de ulemas y alfaquíes, de sabios y juristas. Era lugar de llegada y de partida de todo en Al-Andalus. No era lugar de paso, sino de visita obligada.

Su emplazamiento fue elegido con sumo cuidado. Nada allí es casual. Se encuentra a seis kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, al norte del Guadalquivir y al sur de la sierra. Fue allí donde el primer califa de Al-Andalus, el poderoso Ahderramán III, ordenó construir su palacio hacia el año 936, poco después de proclamarse príncipe de creyentes, máxima autoridad de los musulmanes. Desde Medinat Al-Zahra, el representante de Dios en la Tierra domina la ciudad y el califato. Era un lugar privilegiado, el "Dar-al-Mulk", la morada del poder, donde todo se decidía en Al-Andalus.

Hoy, Medinat Al-Zahra es un inmenso yacimiento arqueológico que atrae a miles de turistas, investigadores y curiosos cada año. Es un lugar de saber y de descubrimiento del pasado porque las campañas arqueológicas continúan. Y es que tan sólo se ha excavado una pequeña porción del complejo palacial. La mayor parte del lugar es desconocida, está esperando ser descubierta. Por eso el palacio está lleno de expectativas, de preguntas y de respuestas. En el 2018, la UNESCO declaró la ciudad califal Patrimonio Mundial de la Humanidad dado su valor arqueológico y patrimonial. Sigue siendo hoy lugar de visita obligada, como lo fue en el siglo X.

Cuando uno pasea por allí, no obstante, recorre un laberinto en ruinas en el que es difícil adivinar donde está y qué fue cada estancia, cada espacio. Ha perdido parte del brillo, el lujo y la suntuosidad. La ruina iguala todas las estancias, como ocurre con la muerte. Igual de destruidas están los establos, las viviendas de los sirvientes, la casa del chambelán, llamada "Casa de Yafar", o el magnífico pabellón donde el califa recibía a los embajadores, el famoso "Palacio Rico". El sol radiante de principios de la primavera iluminaba Medinat Al-Zahra aquella tarde en la que visitamos el viejo palacio; y el ambiente agradable animaba a dar un paseo entre los restos de lo que fue la morada del poder, el "Dar-al-Mulk".

Uno camina por allí, por los distintos niveles de la ciudad califal, e imagina la impresión que debía de causar Medinat Al-Zahra en los visitantes, en aquellos embajadores de los reinos cristianos que acudían a recibir audiencia del príncipe de los creyentes, del califa: los arcos de herradura de estilo califal, los jardines reconstruidos en los años 60, la explanada oriental del palacio desde donde el califa despedía a los ejércitos, las tres mezquitas, la terraza áurica y el pabellón del Salón Rico en el que, por fin, tras una larga espera, el califa recibía a los visitantes. Etimológicamente Al-Zahra significa "la resplandeciente", "la brillante", "la floreciente". Y, en verdad, el palacio resplandecía, durante décadas fue el símbolo de la prosperidad y el brillo del domino Omeya en Córdoba, concebido para mostrar la grandeza de la dinastía reinante. Pero, aquel brillo fue efímero, como ocurre con casi todo en la vida. Poco queda hoy del brillo de aquel palacio.

El fin de Medinat Al-Zahra sigue siendo hoy un misterio. Al parecer, la destrucción del palacio comenzó en tiempos de Almanzor, al final del siglo X, cuando el caudillo andalusí ordenó el traslado de la administración de gobierno al Palacio de Medina Al Zahira, al este de la ciudad Córdoba. Al Zahira fue concebido para rivalizar con Al Zahra en belleza y suntuosidad. Hacia el año 1010, después de la muerte de Almanzor y el debilitamiento del poder del califa, el pueblo de Córdoba saqueó por primera vez Medinat Al-Zahra. No sería la última, desde luego. Desde el siglo XI, el lugar perdió su esplendor hasta acabar en la ruina, utilizado como cantera para construcciones posteriores. 

Pero el lugar conservó el encanto y el misticismo que lo caracterizaron siempre. El cronista andalusí Al Sumaysir, a finales del siglo XI, dejó escrito un final conmovedor para Medinat Al-Zahra. "Me detuve en Al-Zahra lloroso y meditabundo para clamar entre las deshechas ruinas: '¡Oh, Zahara, vuelve a ser!' Pero me contestó: '¿Y a caso vuelven los difuntos?'".



domingo, 28 de diciembre de 2025

LOS COLORES DE LO COTIDIANO


Una ciudad tiene muchos colores, muchas tonalidades, realmente es como un caleidoscopio, un crisol de luces y brillos diferentes. Por ello, existen muchas maneras de observar el paisaje urbano, de mirar el entorno, de contemplar las formas de la ciudad, de descubrir sus detalles y matices. Y es que uno puede encontrar secretos cotidianos prestando un poco de atención a lo que tiene a su alrededor, a los colores que están por todos lados, que lo impregnan todo.

Eso es lo que hicimos mi compañera y yo este fin de semana en Madrid. Nos propusimos un reto. Es una forma de hablar porque, en realidad, fue ella quien me lo propuso a mí. El caso es que  acordamos que cada uno debía tomar nueve fotografías en las que predominase un solo color para, después, componer un collage con ellas. Se trataba, en definitiva, de una forma diferente de explorar una ciudad que conocemos, de acercarnos a ella de otra manera. El primer día, los colores elegidos fueron azul y rojo; el segundo, verde y amarillo; y el tercero (el día de regreso), naranja y morado.

Una vez decididos los colores, la obsesión inicial nos llevó a hacer fotos a todo lo que contuviese dichos tonos, a cualquier objeto que encontrábamos, por insignificante que fuese: una bolsa de basura tirada con desgana en la acera, la barandilla sucia del metro, el rótulo oxidado de una tienda. Pero, a medida que pasaban las horas, que hacíamos más y más instantáneas con los teléfonos móviles, nuestros ojos se volvieron más selectivos, más agudos, y comenzaron a fijarse en elementos urbanos que encierran gran belleza, aunque pasen desapercibidos en la frenética y apabullante cotidianeidad.

El rojo se escondía en el logotipo del restaurante donde comimos un menú del día y en los cochecitos de hojalata expuestos en el escaparate de una juguetería próxima. También en una coqueta panadería y en la fachada del Teatro Albéniz, en pleno barrio de La Latina. El rojo lo inunda todo y más en la Navidad. El azul apareció de improviso en las sillas metálicas de un bar de la Calle de Cádiz, en las fundas protectoras para  móviles que se vendían en una tienda cerca de la Puerta del Sol y en las estanterías de la Librería Lasai. Por supuesto, también en el famoso cielo de Madrid, presidido aquella tarde por la luna creciente de final de año. Aquí están los resultados:


Algo más difíciles de cazar fueron los colores del segundo día: amarillo y verde. Más aún cuando, en pleno diciembre, muchos árboles ya no lucen el colorido de otras estaciones. Pero estos colores se encuentran también en lugares dispares y aquí está lo que conseguimos fotografiar: las frutas y las verduras de una tienda de barrio, los portales de los edificios de la Calle Alcalá, algunas estaciones de metro decoradas con llamativos tonos o las hojas de los arboles que, a pesar del invierno y del frío, se resisten a caer. Incluso en un cuadro erótico colgado en los muros de un restaurante encontramos el verde o en la lámpara que alumbraba el local descubrimos el amarillo. Sólo es cuestión de observar, de dejar al lado la indiferencia, la apatía. Sólo era cuestión de mirar alrededor.


Y el último día el reto se complicó un poco más. En realidad, nunca fue del todo complicado. Los colores, naranja y morado, no son tan frecuentes y resultan escurridizos de encontrar. Además, era el día de regreso a casa, así que la cacería debía hacerse en poco tiempo. ¿Qué probabilidades hay de que un coche morado te adelante en mitad de la autovía? ¿Y de encontrar unos buzones naranjas en el edificio junto a nuestro hotel? Casualidades que hacen la vida más entretenida si uno presta algo de atención. Incluso en el pequeño pueblo de Medinaceli, donde hicimos un alto en nuestro camino, uno puede encontrar el morado y el naranja si afina la vista: en la señal que indica el famoso arco romano, en un tobogán para niños, en las flores que adornan una fachada, en los muros de una casita.


He aquí una lección que he aprendido estos días. Uno puede pasar por los lugares con apatía y desinterés, puede caminar por una calle larga sin mirar alrededor, sin que nada ni nadie le diga nada y no le ocurrirá nada. Pero también puede uno dar un largo paseo por el centro de una gran capital, deteniéndose cada pocos pasos para contemplar el espectáculo cotidiano que exhibe la ciudad en cada instante, en cada rincón, en cada esquina y disfrutar de esa belleza cotidiana, sutil y aguda. Es ahí, en las pequeñas cosas, en los detalles más insignificantes, en lo cotidiano, donde uno puede encontrarle sentido a todo.






*La idea del reto es de Lita, igual que las mejores fotos y los mejores collages. ¡Gracias!

jueves, 28 de agosto de 2025

TRATADO SOBRE TU MIRADA


Tu mirada cuenta tu historia, te delata, descubre tus sentimientos, destapa tus emociones, es una ventana a tu interior. Tus ojos son más sinceros que tus palabras, más honestos, más íntegros. He visto en ellos alegría, júbilo, candor. Y también he visto terror, cansancio y tristeza.

Una mirada puede decidir un instante, iniciar una historia o ser su desenlace. He visto miradas que pedían auxilio y otras que pedían perdón. He visto miradas de amor, de rencor y de nostalgia. He visto miradas huidizas, miradas vergonzosas, miradas inocentes. Todas ellas cuentan algo, descubren a quien está detrás.

Fíjate en su brillo, en su movimiento. Sin hablar, cuentan una historia. Gustave Courbet, en su autorretrato desesperado (siglo XIX), se mostró impaciente, turbado. El centro del cuadro son sus ojos negros, claros, abiertos a su interior. Casi podemos ver su alma, sus sentimientos más profundos, aquello que le quitaba el sueño, que le hacía sufrir. Se ve el desasosiego, la preocupación.

Y es que, en ocasiones, los ojos son tus cómplices, pero otras te traicionan. A veces muestran amor cuando quieres ocultarlo. Otras revelan tu vergüenza mientras finges orgullo. Es difícil que tus ojos mientan, son una ventana a tu alma, a tus pasiones más ocultas. Sólo ocultándolos frenarás su sinceridad, pero es difícil lograrlo por mucho tiempo, al final siempre se muestran.

He visto también miradas perdidas, miradas vacías. He visto ojos que descubren un ser ausente, apagado, triste. También hay miradas llenas de cansancio, de hartazgo, de indiferencia. Hay miradas que exhiben sin pudor la desesperación de quien no se encuentra, de quien vive en un caos interior, aunque se afane en negarlo. Son ojos que no son, que no están, que han desaparecido.


También hay miradas sensuales, atractivas, que cautivan a quien las contempla, como ésta de la condesa de Vilches retratada por Federico de Madrazo (s. XIX). Sus ojos serenos te atrapan, te besan, te seducen. Hay miradas que no saben apagar el fuego, que destapan impulsos, sentimientos y pasiones; miradas que envuelven y encantan. Son un canto de sirena, una luz en el horizonte, una llama en la oscuridad. 

Y la locura también emerge en una mirada. Tus ojos no pueden ocultar, por mucho que te empeñes, la angustia, la desesperanza, el enojo, la insensatez, la enajenación. Mira los de Iván "el Terrible" justo en el momento en el que se da cuenta de que, en un ataque de ira, acaba de matar a su hijo y heredero al trono (Repin, s. XIX). Es imposible escapar a su honestidad, a su fulgor centelleante fuera de su órbita que evidencia terror, culpa, destrucción interna. Cuando algo va mal, tus ojos piden socorro, son la alarma, la señal del hundimiento.


Qué bello es reconocer a alguien por su mirada. Una mirada propia, independiente, personal, de uno mismo. "Los ojos no saben mentir y me hablan de ti cantándome al oído" repite una y otra vez una canción de un grupo de música de éxito. Mira la última lágrima de Lucifer (Cabanel, s. XIX) después de enfrentarse a Dios y ser expulsado del paraíso. Son sus ojos los que revelan todo, la maldad, el rencor, el desdén. Los ojos dicen cosas que tú te empeñas en ocultar. Qué emocionante es destapar sentimientos a través de tu mirada. Los ojos son bellos porque cuentan una historia sin decir una palabra. 

lunes, 20 de marzo de 2023

FE DE AYER Y DE HOY

"Piedad", de Gregorio Fernández, s. XVII


Caminamos por una céntrica calle de Valladolid. Se acerca el final del invierno y se nota: tan pronto llueve, tan pronto sale el sol. La temperatura es agradable, pero la lluvia, incómoda. No la esperábamos. "Aquí nunca llueve" nos había dicho una de mis acompañantes. Eso no nos impide recorrer la ruta que teníamos prevista. Entre modernas y luminosas tiendas encontramos un pasaje que nos lleva a un antiguo convento conocido como "las Francesas". Hoy es una sala de exposiciones. Enfrente se encuentra un centro comercial homónimo. Son el ayer y el hoy de una ciudad.


Como no cesa de llover y el ambiente es desagradable, entramos en la antigua iglesia. Nos sorprende una exposición sobre Juan de Juni, uno de los genios de la escultura castellana del siglo XVI. Sin darnos cuenta, hemos salido del bullicio del siglo XXI para entrar en el recogimiento y la religiosidad de un tiempo pasado. Las tallas del artista hispano-francés nos contemplan: un imponente Cristo Resucitado, una Piedad, la cabeza de San Juan Bautista. 


"Cristo crucificado" de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Una de las obras llama mi atención. Se trata de un Crucificado de reducidas dimensiones. La sala no está llena y eso me permite acercarme para contemplar el virtuosismo del autor. Es uno de los grandes artistas del Manierismo español. Al día siguiente, contemplo más obras suyas en el Museo Nacional de Escultura, que alberga algunas maravillas de la escultura castellana de los siglos XVI y XVII.

En el Entierro de Cristo observamos con claridad el paso del idealismo renacentista al naturalismo barroco. Los rostros, realistas, nos muestran los sentimientos de los personajes atormentados y nos hacen sufrir con ellos.

"Entierro de Cristo", de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Es, sin embargo, con Gregorio Fernández cuando el naturalismo castellano alcanza su máximo desarrollo. Algunas de sus obras son las joyas del museo. "Me da miedo" me dice una amiga al contemplar el Cristo yacente. Es precisamente el sentimiento que quería despertar en el espectador el escultor gallego. Sus imágenes muestran sangre y heridas, muecas de sufrimiento y dolor. Nada tiene que ver esto con la idealización de la escultura renacentista. Es barroco puro del siglo XVII castellano. Aquí está el alma de la Contrarreforma católica, el alma de la España del XVII.

"Cristo yacente", de Gregorio Fernández, s. XVII.

Las imágenes de Gregorio Fernández conmueven a quien las contempla. La perfección de la talla abruma y el patetismo estremece. Despierta sentimientos enfrentados. Ese es el objetivo del barroco. Eso logra también la conocida Piedad, que procesiona en la Semana Santa vallisoletana. La delicadeza con que representa a la Virgen con su Hijo muerto no oculta su sufrimiento, que logra transmitirnos al contemplarla fascinados. 

"Virgen de las Angustias", de Juan de Juni, s. XVI.

Queda poco para la Semana Santa y eso influye en el ambiente. La atmósfera religiosa lo envuelve todo. La ciudad huele a Semana Santa, aunque aún estamos en mitad de la Cuaresma. Algunas obras del Museo Nacional de Escultura procesionarán en una exhibición de exaltación religiosa y belleza artística sin igual en el mundo. Las tallas de Juan de Juni y Gregorio Fernández, elaboradas en madera policromada, recorrerán las calles despertando el fervor del pueblo. Igual que hicieron en el siglo XVII lo hacen en el siglo XXI, como si el tiempo no hubiese pasado.  

Entre las joyas más preciadas de la Semana Santa vallisoletana destaca la Virgen de las Angustias, de Juan de Juni, que abandona su templo frente al Teatro Calderón para procesionar el Martes Santo hasta encontrarse con su Hijo en la calle de la Amargura. También la Virgen de la Vera Cruz será sacada de su iglesia por su cofradía penitencial, como ha hecho desde el siglo XVII. La Virgen de la Vera Cruz es obra de Gregorio Fernández.

"Virgen de la Vera Cruz", de Gregorio Fernández, s. XVII.

En todos los casos, la pobreza de los materiales empleados en las imágenes (madera) no impide percibir la sublime destreza de estos genios de la escultura. Por eso sobrecogen al espectador hoy igual que lo hicieron hace cuatrocientos años. Uno recorre las iglesias del centro de Valladolid y tiene la sensación de viajar al corazón de España. Parece alcanzar sus raíces religiosas más profundas. Estas esculturas te agitan el alma, y más allá de las creencias propias, transmiten una fe compartida por las gentes de todos los tiempos.  

"El Descendimiento", de Gregorio Fernández, s. XVII.

viernes, 12 de junio de 2020

"DOÑA JUANA LA LOCA" DE PRADILLA


  • Autor: Francisco Pradilla
  • Estilo: Romanticismo, Historicismo (s. XIX)
  • Año: 1877


Se trata de una de las obras maestras de la pintura romántica española y, en concreto, del Historicismo. Es también, el cuadro más reconocido de su autor. Pradilla no sólo nos muestra una escena histórica, sino que profundiza en la psicología de los personajes en esta pintura, así como en la personalidad de la reina Juana de Castilla.

En 1506, Felipe “el Hermoso” fallece de forma repentina en Burgos después de beber un vaso de agua fría mientras jugaba un partido de pelota a mano. Su esposa ordena trasladar el cadáver desde Burgos hasta Granada para darle sepultura junto a su madre Isabel “la Católica”. Un largo cortejo fúnebre recorre Castilla durante varios meses. En una ocasión, cuando se encuentran en la Mancha, Juana ordena hacer noche en un monasterio, pero, cuando se da cuenta de que se trata de un convento de monjas no lo permite, haciendo noche todo el cortejo fúnebre a la intemperie. Hasta tal punto llegaban los celos de Juana “la Loca” hacia su difunto esposo.

En la pintura podemos ver a Juana, con la mirada perdida, delante del ataúd de su esposo. Está embarazada de su última hija: Catalina de Austria. Pradilla muestra la locura de la reina frente al cansancio y la resignación del resto del cortejo, que descansan hastiados fuera del convento.

Uno de los grandes logros de Pradilla es el tremendo realismo con el que representa la escena: las ropas, las rodadas de los carros, el camino embarrado, el árbol seco, el fuego y las velas, etc. El clima, desapacible, ventoso y nublado ayuda a transmitir la demencia de la reina y la incomodidad de los sirvientes.



lunes, 8 de junio de 2020

"DOÑA ISABEL LA CATÓLICA DICTANDO SU TESTAMENTO"


  • Autor: Eduardo Rosales
  • Estilo: Romanticismo, Historicismo (s. XIX)
  • Año: 1864




Esta obra es la más famosa del siglo XIX español y encumbró a la fama a su autor, Eduardo Rosales. Se expuso en la Exposición Nacional de 1864. Desde un punto de vista artístico debemos destacar:
  • El gran realismo atmosférico de la pintura de Rosales, herencia de Velázquez.
  • Su capacidad para representar la oscuridad de la alcoba de la reina Isabel “la Católica” en el Castillo de la Mota (Valladolid).
  • La destreza para iluminar el rostro de la reina, entre sábanas blancas, frente al resto de personajes que están en la penumbra.

La escena representa uno de los momentos clave de la Historia de España. Antes de morir, en noviembre de 1504, la reina Isabel de Castilla dicta su testamente en el que, ante la locura de su heredera, doña Juana, nombra a su esposo Fernando de Aragón, regente y gobernador de Castilla hasta que su nieto, Carlos tenga edad para reinar. El notario mayor del reino transcribe las palabras de la reina en un documento que, posteriormente, firmará.

Eduardo Rosales incluye algunos errores históricos que conviene señalar. Representa a Juana “la Loca” a la izquierda de pie, junto a su padre Fernando de Aragón que aparece sentado. Sin embargo, la heredera de Isabel no se encontraba en aquellos momentos junto a su madre en Castilla sino en los Países Bajos. Juana viajó a Catilla junto a su esposo Felipe “el Hermoso” posteriormente, tras conocer el fallecimiento de su madre y su proclamación como reina. Por tanto, no estuvo presente en la firma del testamento. Tampoco hay constancia de que el arzobispo de Toledo, Francisco Jiménez de Cisneros estuviese presente en ese momento ya que no residía en la Corte.






Hay muchas entradas sobre la reina Isabel "la Católica" y sobre su reinado en el blog. Aquí tienes unas cuantas: