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domingo, 26 de julio de 2026

CARMEN DE LA MATA CUMPLE CIEN AÑOS


Carmen de la Mata cumple cien años. Su labor fue resumida por José Antonio Pérez Rioja en su obra "Apuntes para un diccionario biográfico de Soria" (1998): "Soriana que, desde la ya desaparecida Sección Femenina, se ha esforzado con tesón y entusiasmo por conservar, tal como eran, las danzas de nuestra provincia, a la vez que ha enseñado a bailar a varias generaciones de muchachas". Las danzas tradicionales sorianos y la Educación Física dieron forma a su vida.

Hoy Carmen de la Mata es una anciana adorable de carácter indomable que, sin embargo, aún luce con orgullo en una de las paredes de su habitación la medalla al mérito deportivo que le otorgó hace ya demasiados años el mismísimo Juan Antonio Samaranch. En las últimas décadas también ha sido reconocida como "Soriana de Pro" por el Ayuntamiento (1995); "Soriana Saludable" por la Caja Rural (1997); y "I Premio Colodra" por la Diputación Provincial (2013). Para muchas generaciones de sorianos, Carmen fue su profesora de Educación Física en el instituto. Para mí es, simplemente, la tía Carmen.

Y es que, cuando nos esperaba junto a mi abuela cada Nochebuena con una nueva caja "Lego" para abrir yo no sabía nada de la Sección Femenina, de las danzas ni de la Educación Física. Tampoco, cuando recorríamos el Collado hasta la Librería "Las Heras" para elegir el cómic de "Astérix" que me iba a regalar. El tiempo pasada demasiado rápido. Hace unos cuantos años, escribimos juntos este relato sobre su recuerdo de las clases de Educación Física. ¡Qué mejor homenaje que compartirlo aquí!

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Para impartir clase de Educación Física tuve que asistir a unos cursos que organizaba en Madrid la Sección Femenina de Falange. Preferí estudiar Educación Física en lugar de Magisterio. Eran los años 40, los tiempos de la dictadura, hace muchos años. Después, cuando ya estaba trabajando también tuve que seguir formándome con más cursos. Mi primer destino fue la Escuela de Magisterio de Soria, donde estuve algunos años; y, después, el Instituto Antonio Machado.

Cuando inauguraron el Instituto Castilla en 1969 fui una de las primeras profesoras en impartir clase allí. Al principio era solo un centro femenino porque entonces los chicos y las chicas estudiaban por separado. En mis clases de Educación Física hacía de todo, practicábamos todos los deportes. Como iba frecuentemente a Madrid a los cursos de formación, aprendía nuevos deportes que después practicaba con mis alumnas en las clases. Por ejemplo, traje el voleibol a Soria porque entonces no se practicaba. Lo llamábamos “balón-volea”. También jugábamos al “mini-basket” y hacíamos gimnasia rítmica, que me gusta mucho. Participábamos en campeonatos nacionales e internacionales. Una vez fuimos a Francia a un campeonato con doce alumnas representando a España. Fuimos en autobús. También estuvimos en Suiza y en Alemania. 

Unos años más tarde convirtieron el instituto en un centro mixto, con chicos y chicas. Siempre me acuerdo de una anécdota con los primeros alumnos que tuve. Les pedí que se comprasen zapatillas para hacer gimnasia y ellos se pensaron que íbamos a hacer ballet o danza. Algunos fueron a sus padres diciéndoles que la profesora de Educación Física les había pedido “zapatillas de ballet”. Claro, luego se dieron cuenta de que no era así. Les pedía zapatillas de gimnasia, no de ballet, para evitar dañar el suelo del gimnasio del instituto. Si hacías deporte con zapatillas de deporte normales o con calzado de calle, el parqué del gimnasio, que era de madera de Guinea, se estropeaba. Era importante cuidarlo.

Practicábamos todos los deportes y también hacíamos gimnasia deportiva. Les enseñaba a hacer el pino, a dar la voltereta hacia adelante, la voltereta lateral. Lo que más les gustaba era saltar con el “mini-tramp”. Incluso los alumnos menos hábiles acababan saltando y haciendo piruetas. La paciencia y la constancia eran muy importantes; y, sobre todo, que no le cogiesen miedo al ejercicio. Yo hacía los ejercicios con ellos, me veían e imitaban lo que hacía. Siempre digo que “mirando se aprende”. El ejercicio físico es esencial para mantener el cuerpo ágil y sano.  

Yo creo que no era una profesora dura, aunque sí muy estricta. Era la única a la que llamaban de tú en el instituto porque los alumnos tenían mucha confianza conmigo. Lo normal era tratar a los profesores de usted. Casi todos los alumnos que tuve aprobaron la asignatura excepto los que no iban a clase, que ya sabían que tenían falta. Pero casi todos venían siempre porque les gustaban mis clases. Tuve un alumno que sólo asistía a mis clases. Muchos siguieron practicando deporte después (voleibol, baloncesto, gimnasia). Algunos estudiaron INEF y aún me lo recuerdan. 

Me encanta cuando vienen antiguos alumnos y alumnas, que ahora son mayores (tienen ya hijos y algunos incluso nietos), y se acuerdan de mí. Hablamos de cómo eran las cosas entonces y es muy emocionante. Teníamos menos medios porque, por ejemplo, no había agua caliente en los vestuarios y nos duchábamos con agua fría después de hacer deporte. Al final nos acostumbrábamos. Todos me dicen lo mismo: el deporte enseña disciplina y compañerismo. Son valores muy importantes en la vida.



domingo, 23 de febrero de 2025

LA TRAICIÓN DEL EMPERADOR JOVIANO


En el año 360 d.C. el rey Arsaces II de Armenia corrió a pedir auxilio al emperador romano Constancio II, que se encontraba en Capadocia. Temía un ataque militar del gran rey de Persia, Sapor II. Tanto Constancio II como su sucesor Juliano firmaron tratados de amistad con el armenio y le prometieron ayuda frente a las agresiones persas. Los vientos cambiaron pronto porque sólo tres años después, en el 363, el nuevo emperador de Roma, Joviano, acordó la paz con Sapor II y los persas ocuparon extensos territorios armenios. Arsaces, abandonado por los romanos, fue capturado por los persas y ejecutado en el año 368. Era el resultado de la traición del aliado y la victoria del agresor.

En pleno siglo XXI se ha repetido la misma historia, los ecos del pasado que no cesan en el presente. En el año 2022, Estados Unidos prometió a Ucrania ayuda militar para hacer frente a la agresión rusa. Bajo el paraguas de la OTAN, Europa y Estados Unidos se comprometieron a sostener a Ucrania frente al imperialismo de Moscú. Tres años después, sin embargo, el nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, negocia ya un acuerdo de paz con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, sin contar con los ucranianos. Como la antigua Armenia, Ucrania va a ser desmembrada y repartida. El presidente Zelensky es el nuevo Arsaces, vendido por su aliado y a merced de su enemigo.

Aquel emperador romano que traicionó a Arsaces, Joviano, pasó a la historia como un gobernante débil y corrupto. Firmó un acuerdo inexplicable con los persas, el enemigo tradicional de Roma, y acabó humillándose ante ellos, pues retiró las tropas romanas al otro lado del río Tigris, después de siglos de luchas contra la Persia Sasánida. Un milenio y medio después, el mundo contempla estupefacto cómo el orden internacional que se había mantenido desde el final de la Guerra Fría está siendo demolido por el presidente Trump. En apenas un mes en el cargo, ha dejado de lado a sus aliados tradicionales, los países europeos, y se encuentra en vías de entendimiento con el dictador ruso. Asistimos al desplome del orden internacional surgido después de la Guerra Fría. El mundo es ahora más inestable e impredecible. 

En las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia no cuenta la opinión de los ucranianos ni la de los aliados europeos, tampoco los acuerdos y los valores políticos y culturales compartidos. Sólo importa el ímpetu impredecible de dos hombres, Trump y Putin, que creen tener el mundo a sus pies. Cínico como pocos, el presidente Trump presenta ahora al agresor como agredido y a la víctima como agresor para justificar su cambio de postura. En realidad, el concepto de poder del nuevo presidente norteamericano se asemeja más al de Putin y otros tiranos que al de las democracias europeas. Ucrania, en este contexto, importa poco. Así que ya ha triunfado la fuerza, la violencia arbitraria, el imperialismo y la mentira. 

En el mundo vuelve a imperar la ley del más fuerte, como a principios del siglo XX. Y esto ha envalentonado a numerosos líderes mundiales. ¿Quién se atreve ahora a pedir explicaciones a Netanyahu por las atrocidades en Gaza o la invasión del Líbano? ¿Quién puede alzar la voz contra la invasión de la Republica Democrática del Congo por las fuerzas ruandesas? ¿Quién osará impedir, en este contexto, que China invada Taiwán? ¿Quién va a pedir explicaciones cuando el rey de Marruecos ordene invadir las ciudades españolas de Ceuta y Melilla? El orden internacional está roto, las Naciones Unidas, que nunca han servido para gran cosa, han quedado por completo desacreditadas y ninguna gran potencia apuesta hoy por la concordia entre las naciones, el entendimiento tranquilo y la mesura en la toma de decisiones. 

Vivimos en un mundo de grandes tiranos: Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Trump en los Estados Unidos. Triunfan aquí y allá los líderes mesiánicos, que se presentan como héroes todopoderosos que creen saber la voluntad de sus pueblos. En otros países también han surgido este tipo de líderes, aunque su fuerza e influencia es desigual. Hoy el mundo se parece más al de los años treinta que al de los años noventa del siglo XX. Los engaños, las mentiras y las trampas justifican decisiones arbitrarias, incomprensibles, en aras de intereses personales, poniendo en riesgo la vida de millones de personas. Vivimos en un mundo de sátrapas, de déspotas mentirosos y corruptos, donde la democracia auténtica, como la entendemos en Europa, no tiene cabida. 

Pero todo esto oculta otras cosas. La Roma de Joviano era una Roma en crisis, que había perdido sus valores tradicionales, una Roma decadente, incapaz de asumir que su tiempo había pasado ya. ¿Qué ocurre con Estados Unidos ahora? La deshonra por la firma del humillante tratado con los persas persiguió siempre a Joviano y hoy la Historia lo recuerda por aquello. Lo encontraron muerto en su tienda en Dadastana (actual Turquía) unos meses después de ascender al poder. Quizá murió asfixiado por el humo de una estufa. O quizá fue envenenado con setas. Da igual. Joviano fue uno más de los malos gobernantes de aquel imperio sumido en su crisis definitiva, una civilización que estaba a punto de sucumbir.


martes, 25 de abril de 2023

UN MAR DE ESTUPIDEZ

24 de abril de 2023. Entro en la clase de 2° de Bachillerato. Estamos estudiando el Franquismo estos días. Para ilustrar el modelo de sociedad que quería la dictadura hoy muestro a los alumnos "El Parvultito", uno de los manuales de Antonio Álvarez que se empleaba en las escuelas de primeras letras en los años 50, 60 y 70. 

Abro el libro por una página en la que aparecen dos grandes retratos. A la izquierda, Franco; a la derecha, José Antonio Primo de Rivera. Muestro las páginas y luego leo el texto, que, por supuesto, no deja indiferentes a los muchachos. Esto me da pie a hablar de ambos personajes, de la relación que mantuvieron y del simbolismo del "Ausente" para el régimen. Les recuerdo la consigna: "José Antonio Primo de Rivera, ¡Presente!" y les hablo del culto al mártir durante la dictadura, a pesar de las muchas diferencias que lo separaban de Franco. 

Página de "El Parvulito"

Me doy cuenta de que justo esta mañana están exhumado sus restos del antiguo Valle de los Caídos, ahora rebautizado como Valle de Cuelgamuros en virtud de la Ley de Memoria Democrática. Les pido que, por una vez, presten un poco de atención a las noticias. Aunque la familia Primo de Rivera ha pedido que el traslado de los restos se haga en la intimidad, es previsible que la atención mediática se centre en la figura del fundador de Falange hoy. Mis alumnos me miran interesados. Su atención siempre es mayor cuando hablamos de algo relacionado con la actualidad.

Luego llego a casa y veo, con poca sorpresa, que durante toda la mañana, las televisiones han hablado de Primo de Rivera. Por casualidad, las clases de Historia de España y la actualidad se han tocado en este día de primavera. Pero, después, llega la desilusión. 

Esta misma mañana, mientras yo explico en clase quién fue José Antonio Primo de Rivera, hablan de él en un programa de la televisión pública. Reporteros, tertulianos y polemistas de tres al cuarto disertan sobre la Ley de Memoria Democrática, sobre la figura histórica que les ocupa y sobre la necesidad de trasladar sus restos desde el Valle de Cuelgamuros a otro lugar. Y, mientras, en un enorme pantallón que hay detrás de ellos aparece una fotografía del dictador Miguel Primo de Rivera, padre del susodicho. Nadie se percata del error. Probablemente, nadie sabe lo suficiente como para darse cuenta. Probablemente, un reportero ha buscado "Primo de Rivera" en Google y ha cogido la primera foto que le ha aparecido, la del padre, sin saber que estaban hablando de su hijo. No sabe ni quién es el uno ni quién es el otro. Y le importa poco.

Programa "Hablando Claro" de TVE1 (24/04/2023)

Esta misma mañana, muchos diarios digitales hablan también de Primo de Rivera. Incluso algunos periódicos deportivos, como "Marca", publican en sus páginas web textos sobre su figura. No sé quién los escribe, pero es fácil adivinar su lucidez mental. Precisamente, en el del diario "Marca", destacan que "cogió el poder en 1933" y "lo perdió en 1936". Al leerlo, no llego a entender a qué se refiere. Está contando una mentira, pero da igual. No hace falta decir que si esto fuera un examen, quedaría invalidada la pregunta. Pero aquí, miles de personas leen el texto. Algunas, más de las que imaginamos, se creerán que, en efecto, José Antonio gobernó el país, aunque sea falso. (El artículo ya no está disponible en la web).

Página web de "Marca" (24/04/2023). 
El artículo fue retirado poco después de su publicación

Ambos ejemplos son muestras del punto al que estamos llegando como sociedad. Una sociedad en la que todo da igual, en la que todo vale. Como la información y el conocimiento se reducen a un tuit, a un eslogan o a un vídeo de 30 segundos (más no porque perdemos la atención), nuestro mundo está lleno de medias verdades, de verdades a medias o de simples mentiras. Y no pasa nada. Y todo da igual. 

¿A nadie se le ocurre comprobar si la foto que van a emitir en pantalla es del padre o del hijo? ¿Alguien en la sala sabe que hubo un Miguel Primo de Rivera (dictador) y un José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange)? ¿Alguien es capaz de asumir que no está capacitado para escribir un texto sobre Primo de Rivera porque no tiene ni idea de quién fue? Parece ser que no. Todos valemos para todo y todos podemos hacer de todo sin pensar mucho. 

El resultado es una sensación de absoluta indefensión. Mientras uno se afana por transmitir el pasado de la manera más honesta posible en un aula, en el mundo real todo son banalidades, ideas generales y mentiras. Ya no hay espacio para el conocimiento pausado, para la duda, la reflexión. Todos nos creemos poseedores de la verdad absoluta y la imponemos en Twitter, en Instagram, en la barra del bar o en un plató de televisión, aunque nuestra verdad sea, simplemente, una mentira. Y con ello creamos un mar de dudas, de inseguridad, donde el rigor no tiene cabida. La masa ignorante acoge estas mentiras con avidez, sin cuestionarlas. Y uno, al final, acaba teniendo la convicción de que en este mundo ya no cabe un tonto más. 

En el año 2003, poco antes de morir, el hispanista francés Pierre Vilar concedió una entrevista. A la pregunta "¿Para qué sirve la Historia?", el historiador respondió: "La Historia sirve, en primer lugar, para leer un periódico". Podríamos actualizar la respuesta: el conocimiento histórico sirve para descubrir la verdad en el mar de mentiras de Twitter, Instagram, TikTok, la prensa y la televisión. La Historia es, en definitiva, la pequeña balsa que impide que te hundas en la estupidez. 

domingo, 5 de febrero de 2023

GRANDES HOMBRES, PEQUEÑOS HOMBRES





Nikita Jruschov y Jackie Kennedy


A finales de noviembre de 1963, la primera dama viuda de Estados Unidos, Jackie Kennedy, pasaba sus últimas noches en la Casa Blanca. Eran días terribles para su familia, de una desesperación tormentosa. Su marido, John F. Kennedy, había sido asesinado el día 22 de ese mes en Dallas, Texas. El magnicidio había impresionado al mundo entero y había destrozado su familia. 

En aquellos turbulentos instantes, Jackie Kennedy escribió una breve y emotiva carta al líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov. Firmada el primero de diciembre de 1963, apenas nueve días después del asesinato, la viuda quiso agradecer al líder soviético las muestras de cariño que había recibido. El embajador soviético asistió al funeral en Washington y la esposa de Jrushchov abandonó entre lágrimas la embajada estadounidense en Moscú tras firmar en el libro de condolencias. 

John F. Kennedy y Nikita Jruschov eran adversarios políticos, líderes de las dos superpotencias que se repartían el mundo. Sus personalidades eran también muy diferentes. El norteamericano era un galán atractivo y culto, perteneciente a la high class de Estados Unidos. Jruschov había nacido en una familia pobre de Rusia y tenía un temperamento impulsivo y brutal. Estas diferencias no les impidieron buscar un entendimiento incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, como la Crisis de los Misiles (octubre de 1962). 

En su misiva, enviada después de los funerales de su marido, Jackie Kennedy destaca todo ello. Y anima al líder soviético a continuar las relaciones cordiales con el nuevo presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson. Una de las frases de la carta llama la atención por la profunda sinceridad con la que está escrita:

"Mientras los grandes hombres son conscientes de cuán necesarios son el autocontrol y la contención, a veces los pequeños se dejan llevar por el miedo y el orgullo."

Jackie Kennedy destaca aquí el valor de la prudencia en aquellos cuyo destino es dirigir el mundo. Dice: "El peligro que inquietaba a mi esposo era que la guerra podían empezarla no tanto los grandes hombres como los pequeños." Aludía a la necesidad de evitar a toda costa una guerra entre las dos superpotencias que llevaría, inevitablemente, a la destrucción del planeta. 

Pero con estas palabras, la primera dama da también una lección de vida. ¡Cuántas veces son necesarias la templanza y la sangre fría en la vida diaria! ¡En cuántas ocasiones la altura de miras y la serenidad nos permiten lograr grandes metas!

La impaciencia y la impulsividad pueden provocar, según Jackie Kennedy, las peores tragedias imaginables. Y por eso se deben prevenir los impulsos irracionales propios de mentes poco despiertas, de pequeños hombres que se dejan llevar por instintos incontrolables. En la vida ocurre algo así también. Los deseos desenfrenados, viscerales nos hacen, algunas veces, errar y nos alejan de las metas marcadas.

La inteligencia, sin embargo, nos obliga a actuar con esmero y sobriedad. La prudencia es, en todos los casos, una virtud porque evita decisiones irreflexivas y precipitadas. Las grandes empresas de nuestra vida requieren esfuerzo y grandes dosis de moderación y prudencia para elegir los caminos y las estrategias acertadas. La toma de decisiones (de cualquier decisión) lleva su tiempo y requiere una reflexión previa que debe ser más o menos profunda dependiendo de la magnitud de la meta a la que nos enfrentemos. 

Eso es, en definitiva, lo que diferencia a los "grandes hombres" de los "pequeños", según Jackie Kennedy: la capacidad para valorar la situación en la que estamos, estudiar la metas que queremos lograr y actuar en consecuencia. Los "grandes hombres" son capaces de hacerlo, actúan con mesura y culminan con éxito su trabajo. Los "pequeños hombres" se apresura, actúan instintivamente, y fracasan, poniendo en riesgo, también la ilusión que acompaña cualquier proyecto, cualquier designio. De nuevo, la Historia nos da una lección de vida. 




lunes, 23 de enero de 2023

CATORCE DÍAS DE FELICIDAD

Abderramán III y el emperador Adriano


Es una oscura tarde de domingo de enero. Los termómetros en el exterior marcan varios grados bajo cero. Es mejor no salir de casa si uno no quiere congelarse. Pero la mente está inquieta, turbada. Es imposible hacer nada que requiera concentración. Intento leer, ver una película. Imposible. Los pensamientos, que vienen y van, lo impiden. 

A veces la mente es un caballo desbocado que no se detiene por mucho que tires de las riendas. Necesita desahogarse, aliviarse. Uno saldría a dar un paseo, a que le dé el aire, pero no es el momento. Son malos días los de enero. Me levanto del sofá como un resorte y miro los libros de la estantería. Cojo uno de ellos. Trata sobre cartas que cambiaron la Historia.

Lo leí hace algún tiempo y llevaba desde entonces en la estantería, ignorado. Ahora lo vuelvo a abrir y las cartas, por supuesto, siguen ahí. Lo ojeo. He olvidado la mayoría de ellas. Mis pensamientos no me permiten leer varias páginas seguidas, pero sí pequeños fragmentos. Paso las hojas rápido como queriendo encontrar algo que no sé lo que es. Supongo que mi mente busca una distracción para ese momento. Busca desbloquearse pasando hojas, quizá. 

Entonces mis ojos se detienen en una página, casi al final del libro. Y leo con atención el texto sin mirar siquiera su autor:

"He reinado más de cincuenta años en paz o en victoria, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. He dispuesto fácilmente de riquezas y honores, poder y placer; ninguna bendición terrenal parece haber faltado a mi suerte. En tal situación he tenido la diligencia de enumerar los días de felicidad pura y genuina que me han correspondido: ascienden a catorce. ¡Oh, hombres! ¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!"

Mi vista asciende buscando al autor de semejantes palabras. Es Abderramán III, primer califa de Córdoba (929 - 961). ¿Es posible una lección de humildad tan extraordinaria como esta?

Abderramán III era el heredero de la dinastía Omeya, asentada en Al-Ándalus desde tiempos de Abderramán I "el Emigrado" (756). Subió al trono, como emir de Córdoba, en el 912 y, después de pacificar el reino y consolidar su poder, se vio lo suficientemente poderoso como para proclamarse califa en el año 929. Esta osadía lo enfrentó a los Abasidas de Bagdad y a los Fatimíes de El Cairo. Su reinado fue el periodo de mayor esplendor de Al-Ándalus.

En aquellos momentos, Córdoba era una de las ciudades más populosas del orbe, un cruce de caminos entre Europa y África. Hasta allí viajaban gentes de todos los lugares del mundo. El califa cordobés era uno de los gobernantes más respetados. A él acudían embajadas de los reinos cristianos peninsulares para rendirle pleitesía. El lujo y la suntuosidad de Córdoba sólo eran comparables a los de Bizancio y Bagdad. Y Abderramán III fue el artífice de todo ello y quien disfrutó de una posición social, política y económica inigualable. Lo tenía todo a su alcance, podía lograrlo todo. No había nada imposible para él y, sin embargo, no fue suficiente. 

En los últimos días de su existencia, cuando sus fuerzas flaqueaban y el final estaba cerca, reconoció que no había sido feliz más que catorce días en su vida. Una vida, por cierto, bastante larga, porque vivió setenta años, algo raro en el siglo X. Así lo transmitió en esta epístola destinada a sus sucesores, en especial a Alhakán II, quien estaba llamado a convertirse en el nuevo califa. 

Vuelvo a leer con detenimiento el texto que me ocupa, como queriendo exprimir su mensaje al máximo. Para que nada se pase. Es, sin lugar a dudas, una lección de vida y de sencillez. Y al final de la lectura, uno se pregunta qué mensaje quiso realmente transmitir el califa: "¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!" dice al final. 

Por un segundo, la mente inquieta de antes se calma. El caballo desbocado se detiene y los pensamiento se serenan. No hay nada como dar alimento a la mente para que esta recupere el sosiego y se centre. De inmediato sigo pasando páginas, como queriendo leer otra carta del califa cordobés que me aclare el mensaje anterior. Pero el azar me lleva a Adriano, uno de los emperadores hispanos de Roma (s. II d.C.). Curiosamente también escribió unas palabras a sus herederos antes de morir:

"Almita mía, blandita y cariñosa,
del cuerpo huésped y compañera,
¿hacia qué lugares partirás,
palidita, yerta y desnudita,
donde no bromearás como solías?"

El enigmático mensaje de este hombre que vivió hace más de mil ochocientos años calma por completo mi azorada mente y la sumerge en la confusión. Es otra lección de la Historia, al fin y al cabo. ¿Hacia dónde partirá el alma? ¿Dónde encontrará la felicidad que los placeres del mundo le niegan?

domingo, 4 de diciembre de 2022

"SI EL CORAZÓN NO RIMA CON LA REALIDAD..."


El tren comienza a detenerse y muchos pasajeros se levantan presurosos preparándose para descender al andén. "Mira este párrafo y aplícatelo" me pide mi amiga, que me conoce bien, mientras lo señala con el dedo índice:

"Recobra la cordura y emplázate a ti mismo, despierta y ten en mente que eran sueños los que te turbaban; vuelve a mirar las cosas despierto, como las mirabas antes." (Libro VI, 31)

Nos miramos a los ojos y después reímos. Sólo nosotros sabemos por qué. Tenemos que levantarnos para recoger el equipaje y bajar del tren. El libro que hemos estado ojeando al final del trayecto y al que pertenece el párrafo lo he comprado esa mañana. Es un clásico, "Meditaciones" de Marco Aurelio, el emperador-filósofo romano (s. II d.C.). Mientras desciendo por las escalerillas, repaso en silencio esas palabras. Es curioso, los fantasmas que atormentan nuestras mentes en el siglo XXI son idénticos a los de hace mil ochocientos años. 

En ocasiones la realidad que uno vive y la que su mente imagina están separadas por un abismo infinito. Nuestro pensamiento discurre por lugares oscuros y tan solo se cruza con la realidad mundana en momentos concretos, cuando ponemos los pies en el suelo y despertamos. Son sueños, temores e ilusiones que te trastornan con insistencia, pero que no existen. Precisamente por eso son tan perturbadores. Te atacan en los momentos ociosos, de silencio y soledad. Y desaparecen después.

Marco Aurelio es considerado uno de los llamados "buenos emperadores" de Roma. "Si un hombre tuviera que determinar el periodo de la historia universal durante el cual la situación de la raza humana fue más feliz y próspera, sin duda señalaría el que transcurrió entre la muerte de Domiciano y el acceso al poder de Cómodo" dejó escrito el historiador Edward Gibbon. El reinado de Marco Aurelio está dentro de ese periodo y quizá en ningún otro momento de la Roma imperial se recuperó para los romanos la ilusión de la vieja República como en ese tiempo. 

Todo era, no obstante, una mera ilusión. El emperador filósofo se pasó gran parte de su reinado en una guerra sin fin en las fronteras del imperio. Hubo de enfrentarse a los partos, a los cuados, a los marcómanos y a los lombardos. Y Marco Aurelio, a pesar de su fama de emperador justo y hombre bueno, no dudó en reprimir cruelmente a las tribus germanas que cruzaron el Danubio. 

En ese ambiente bélico en los confines del imperio, el emperador escribió sus "Meditaciones". Son un conjunto de reflexiones para sí mismo; una especie de enseñanzas sobre su deber como hombre, como romano y como gobernante. También hay referencias a la vida, al amor, a las ilusiones y a la muerte. Son ideas aprendidas durante toda su vida que el emperador se negaba a olvidar y por eso puso por escrito. Hoy constituyen uno de los libros de referencia del pensamiento estoico.

A juzgar por lo que escribió, el gran anhelo de Marco Aurelio fue dedicar su gobierno a mejorar la vida de los ciudadanos del imperio; pero la realidad era muy distinta. Su mente creaba estos sueños, mientras él descansaba en su tienda en un inhóspito bosque junto al Danubio y sus legiones batían a los bárbaros. La realidad y los sueños no encajaban. Sabía que la razón le obligaba a afanarse en ganar la guerra y lo demás debía esperar. (Y espero tanto que al final no lo pudo realizar).

¡Cuántas veces nuestros anhelos no encajan con la realidad que nos rodea! ¡Cuántas veces soñamos más de lo debido! En ese párrafo de las "Meditaciones", Marco Aurelio se pide a sí mismo detenerse a pensar, abrir los ojos y actuar con inteligencia. Entonces, la bruma que rodea a los sueños levantará y todo se verá con mayor claridad. Quizá, si nos centramos en las cosas pequeñas de nuestra vida diaria, el camino se despejará al final y aquellos sueños lejanos se transformen en realidades concretas alcanzables. 

Y la naturaleza humana no cambia por mucho que pase el tiempo. Da igual en qué momento de la historia nos encontremos porque siempre tenemos los mismos temores, los mismos sueños, la misma desazón. Da igual que nos encontremos a orillas del Danubio guerreando contra los sármatas y los lombardos que en un tren de vuelta a casa en 2022. Aquellas reflexiones que Marco Aurelio dejó plasmadas en su obra para no olvidar jamás se repiten con frecuencia en otros momentos y lugares.

Mientras pienso todo esto, subo al autobús para continuar el viaje. Entre el murmullo de las conversaciones del resto de pasajeros, presto atención a la música que está sonando dentro del autocar. Es la última canción de Joaquín Sabina. Repite con insistencia, una y otra vez, la misma idea:

"Si el corazón no rima con la realidad, 
cambio de rumbo, sintiéndolo mucho." 

 
 

viernes, 9 de septiembre de 2022

EL OCASO DEL SIGLO XX


En las últimas semanas el mundo ha visto desaparecer a dos de los grandes iconos del siglo XX. El 30 de agosto moría en un hospital de Moscú el que había sido último dirigente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. El 8 de septiembre, desaparecía la reina de Inglaterra, Isabel II. Su reinado, que se prolongó durante siete décadas, es uno de los más largos de la Historia. Ambos eran los últimos representantes de una época ya pasada.

La figura de Gorbachov, de indudable trascendencia histórica, es muy controvertida; odiada y amada a partes iguales por la sociedad rusa. Asumió el poder de la URSS en 1985, en un momento de grave crisis económica en el país. Trató de hacer reformas que condujeran al régimen soviético a la democracia y lo abrieran a una economía de mercado (la famosa "Perestroika"), pero en el intento, el país acabó desintegrándose. 

En 1991, Gorbachov se convirtió en un presidente de un Estado que no existía. La URSS, que había dominado las relaciones internacionales durante gran parte del siglo XX desapareció de la noche a la mañana y él dimitió, solo y humillado, en diciembre de 1991. A partir de entonces no fue más que la figura espectral del viejo mundo comunista, ahora fantasma, desaparecido, que el siglo XX vio nacer y también morir.

Paradójicamente la muerte de Gorbachov coincide en el tiempo con la invasión rusa de Ucrania. El último representante de la URSS como gran potencia mundial desparece en el momento en el que Rusia está intentando recobrar su protagonismo internacional con una agresividad inusitada.

Muy diferente es la reina Isabel II del Reino Unido, otro de los grandes representantes del siglo XX. Nació en 1926 y asumió el trono británico en 1952. En ese momento, el Reino Unido aún era un imperio y Winston Churchill, el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial para los británicos, dominaba todavía la política en el país. Isabel II nombraría a otros quince primeros ministros en sus siete décadas de reinado, asistiría al proceso de descolonización y sería testigo de profundos cambios sociales y económicos en su país y en el mundo.

Isabel II se convirtió, pasados los años, en un símbolo de estabilidad y continuidad del poder británico en el mundo. Su figura recta, impasible e intachable fue durante décadas el mejor ejemplo de la monarquía parlamentaria en Europa. El compromiso con su deber, la sobriedad y la disciplina marcaron su reinado, a pesar de algunos escándalos protagonizados por miembros de su familia. 

En los años 90, un periodista español decía que "en público, a menudo aparece distante; en privado, aunque no es muy intelectual, puede resultar ingeniosa y sabía, con envidiable memoria". Más del 80% de los británicos del 2022 han nacido durante el reinado de Isabel II. Este dato evidencia la magnitud histórica de un periodo sólo comparable a la Época Victoriana (1837 - 1901).

La muerte de la soberana, con 96 años, coincide en el tiempo con el Brexit, con el incremento de la fuerza del independentismo en Escocia y con síntomas de una nueva crisis económica provocada por la guerra de Ucrania. Isabel II vio integrarse al Reino Unido en la Unión Europea, y también vio cómo la abandonaba. Al parecer, se opuso.

Gorbachov e Isabel II fueron quizá los últimos supervivientes de una época pasada, de una era que ya no existe. El mundo es hoy muy diferente al del siglo XX que ellos conocieron tan bien. El siglo XX, que acabó cronológicamente hace ya veintidós años, está perdiendo a sus últimos protagonistas, los representantes de un mundo extinto.

viernes, 11 de marzo de 2022

MAGISTRA VITAE


Año tras año, en 2° de E.S.O. me detengo unas semanas a hablar del reinado de los Reyes Católicos. Lo hago, en primer lugar, porque es preceptivo según el currículo educativo vigente, pero también porque creo que es un periodo central en la historia de España y, además, resulta atractivo a los alumnos. 

Hablamos del final del reinado de Enrique IV de Castilla, de la Guerra de Sucesión Castellana (1474 - 1478), de la conquista de Granada, del descubrimiento de América y también de la expulsión de los judíos en 1492 y el establecimiento de la Inquisición en los reinos hispánicos. Pero, cada curso, en lo que más me detengo no es en las cuestiones sobre el fortalecimiento del poder real o en la política expansiva, sino en los chascarrillos de los reyes y sus hijos, en su vida privada, en sus líos familiares y en la tragedia que vivieron. Lógicamente esto entusiasma a los alumnos, que suelen tener, como todos, esa pulsión irrefrenable hacia el morbo y lo grotesco. 

Cuando hablamos de la Guerra de Sucesión Castellana, recalco la idea de que Isabel tuvo que defender su trono en una guerra. Algo que suele pasar desapercibido. Es importante que conozcan que parte de la nobleza castellana la quería de reina porque una mujer era, en teoría, fácilmente manipulable. También insisto en que su contrincante en la contienda era otra mujer, su sobrina Juana "la Beltraneja", a la que muchos apoyaban por los mismos motivos: una reina de apenas doce años garantizaba las manos libres a los magnates castellanos. Entre ellos el Arzobispo de Toledo Carrillo y el marqués de Villena, que cambiaron de bando varias veces. 

Las preguntas que habitualmente les planteo son ¿hubiese habido guerra si Isabel hubiese sido un hombre? ¿Y si Juana "la Beltraneja hubiese sido Juan se hubiesen atrevido los nobles castellanos a cuestionar la paternidad de Enrique IV?

Los alumnos miran embobados cuando les cuento el destino de los hijos de Isabel y de Fernando. Pusieron a sus vástagos al servicio de su política exterior, con el objetivo de aislar a Francia. Escuchan con extrañeza las peripecias de las hijas, que fueron enviadas a lejanos reinos - Portugal, Inglaterra, Flandes - para fortalecer las alianzas con esas cortes. Y que el único hijo, Juan, se casó con una princesa nacida en Bruselas. ¿Y no les daba pena marcharse tan lejos? ¿Y cómo se entendían? ¿En qué hablaban? Dudas cotidianas asaltan las mentes de los adolescentes ante estas historias.

Las risas inundan los primeros momentos del relato de las desdichas que persiguieron a la familia de los Reyes Católicos. El príncipe Juan, recién casado con Margarita de Habsburgo, murió en 1497 con solo diecinueve años. ¿Y de qué murió? De amor. Las carcajadas son mayúsculas cuando aclaro que, según las fuentes, hizo demasiado esfuerzo en la noche de bodas. Algo que, al parecer, le provocó la muerte.

También siguen emocionados los sucesos posteriores. La primogénita Isabel, casada con el rey de Portugal Manuel "el Afortunado", tuvo que regresar a Castilla para jurar como heredera. Al poco tiempo falleció al dar a luz a su hijo, Miguel de Paz. La joven tenía veintisiete años.

El niño murió también a los dos años por más que su abuela, la reina Isabel de Castilla, se afanó en cuidarlo y atenderlo pues era el heredero no solo de Castilla y Aragón sino también de Portugal. ¡Madre mía, se mueren todos! ¿Pero no queda uno vivo? ¡Todos 'la palman'!

La clase, sin embargo, enmudece cuando me pongo serio, termino con las anécdotas y concluyo: ¿Qué esperáis? La muerte siempre acecha. Antes y ahora. Es la gran protagonista de la Historia: cambia destinos, cierra caminos, abre nuevas oportunidades. Eso ocurre también en la vida cotidiana. En nuestra vida. La muerte está presente y hay que vivir con ella.

Y luego les planteo una reflexión: Imaginaos ahora el terrible sufrimiento de una madre, Isabel (y de un padre, Fernando), al ver morir a dos de sus hijos y a su nieto en apenas tres años. Imaginaos el dolor al saber también que su heredera, Juana, sufre trastornos mentales y que tiene comportamientos anormales. Isabel murió en 1504 con solo cincuenta y tres años.

El grupo de alumnos, da igual cuántos haya en la clase, enmudece. Lo que eran risas y comentarios se transforman en rostros pensativos y cabizbajos. Y la reflexión va un poco más allá al introducir a otro personaje del que habíamos hablado poco: Juana, a la que la apodamos "la Loca".

¿Estaba realmente loca? Hoy no se puede saber. Según algunos investigadores tendría algún tipo de trastorno de conducta. Según otros, su locura fue producida por las circunstancias que la rodeaban. Lógicamente, al plantear esto, los alumnos quieren saber más y preguntan.

Al parecer, su esposo Felipe "el Hermoso" la maltrató en repetidas ocasiones. Ella alternaba episodios de amor desenfrenado, celos y odio hacia su marido, quien la tuvo también un tiempo encerrada en palacio. Su padre, el rey Fernando, la encerró en Tordesillas en 1506 al comprobar que no estaba capacitada para gobernar (y porque así él podía hacer y deshacer a su antojo en Castilla). Y su hijo, el emperador Carlos, la mantuvo de por vida encerrada hasta su muerte en 1555. Ella tuvo la suerte de vivir mucho más que sus hermanos mayores, pero fue víctima de su esposo, de su padre y de su hijo. 

Los rostros de los alumnos reflejan al final de la clase una mezcla de emoción, tristeza e indignación. Esto no tienen que estudiarlo para el examen, pero las lecciones que se pueden tomar de estas historias son mucho más valiosas que de costumbre. Incluso las mujeres más poderosas de nuestra Historia tuvieron que sufrir y luchar por conseguir lo que consideraban suyo. En la Historia, como en la vida, no hay ni buenos ni malos, todos somos el fruto de diferentes circunstancias. La muerte está presente aquí y allí y hay que vivir con ella. La Historia es a veces perversa condenando a Juana para siempre a la locura.

Ya lo dejó escrito Cicerón en su "De Oratore": Historia vita memoriae, magistra vitae. 


lunes, 5 de abril de 2021

CALATAÑAZOR O EL CASTILLO DE LAS ÁGUILAS

1) Murallas; 2) Calatañazor; 3) vistas desde el Castillo; 4) Fuentona de Muriel, cercana a Calatañazor.


"Cierto hombre que parecía un pescador se lamentaba ya en idioma árabe ya en lengua romance exclamando: 'en Calatañazor perdió Almanzor el tambor'". Según el cronista Lucas de Tuy, que relató la historia en el año 1236, estas eran las palabras que repetía un extraño hombre que aparecía y desaparecía de las calles de Córdoba en julio de 1002. Nadie sabía aún en la capital del poderoso califato Omeya lo que acababa de ocurrir casi seiscientos kilómetros al norte.

A comienzos del siglo XI, todos temían al caudillo árabe que controlaba con puño de hierro los destinos de Al-Ándalus. Mohamed ben Abí Amir, apodado Almanzor ("El Victorioso"), se había adueñado de la voluntad del joven califa cordobés Hisam II tras la muerte de su padre Al-Hakam II en 976. Aprovechando la minoría de edad del califa, Almanzor había tomado el control del gobierno estableciendo una dictadura personal.

Uno de los ejes principales de su política fue el hostigamiento continuo a los reinos cristianos del norte. Entre 976 y 1002 emprendió nada menos que cincuenta campañas de saqueo contra los cristianos. A estas campañas se las conoce habitualmente como razzias o aceifas. Atacó monasterios y ciudades, arrasó campos de cultivo y capturó a miles de campesinos cristianos. Salamanca, León, Burgos, Zamora y Barcelona fueron atacadas por las huestes andalusíes. En Santiago de Compostela, en 997, Almanzor ordenó trasladar las campanas y el tesoro de la catedral a Córdoba, después de orar ante el sepulcro del Apóstol.

Durante largas décadas nadie pudo hacer frente al dictador andalusí. Ni siquiera una coalición de ejércitos cristianos consiguió derrotarlo en el año 1000 en la famosa batalla de Cervera. A pesar de estar en inferioridad numérica, Almanzor consiguió derrotar a los cristianos aunque con grandes pérdidas humanas. El terror se apoderó de los reyes de León y Navarra.

Arriba: casas de Calatañazor; Abajo: 1) Torre del homenaje del castillo; 2) Vistas desde la torre.

Por todo ello, hay hoy muchas dudas acerca de la batalla de Calatañazor, donde el caudillo musulmán fue finalmente malherido en julio de 1002. Las crónicas que mencionan la batalla son muy posteriores: el cristiano Lucas de Tuy lo hizo en una crónica escrita doscientos treinta y cuatro años después del supuesto enfrentamiento. Además, hay algunas incongruencias en su historia porque dice que Almanzor estaba volviendo de Compostela cuando fue derrotado en Calatañazor pero el ataque a la capital gallega se produjo en 997; y los monarcas cristianos que menciona no pudieron participar en la batalla por haber muerto antes (Vermudo II de León murió en 999 y el conde de Castilla García Fernández lo había hecho en 995).

Por eso hay quien dice que la batalla de Calatañazor es pura fantasía y que no hubo tal batalla. La leyenda dice que un ejército aliado de leoneses, Castellanos y navarros consiguió derrotar por fin al ejército de Almanzor cerca del Castillo de las Águilas (Calatañazor) en el verano de 1002. El caudillo amirí fue herido de gravedad y hubo de retirarse a Medinaceli donde falleció. Se desconoce si sus restos fueron enterrados allí mismo o trasladados a Córdoba donde, por cierto, aquel extraño personaje del principio de este relato había anunciado su derrota.

No hay duda de que Almanzor murió el 9 de agosto de 1002 en Medinaceli. La batalla de Calatañazor pudo haber existido o no. Quizá fue una simple escaramuza que los cristianos se encargaron de exagerar como en tantas ocasiones. O quizá no ocurrió absolutamente nada. Lo cierto es que la desaparición del caudillo árabe significó un nuevo impulso a la expansión territorial cristiana y el principio del fin del califato de Córdoba. La autoridad del califa fue tan dañada por el dictador que el califato se desintegró en 1031. 

Hoy, Calatañazor tiene apenas cincuenta habitantes, pero en sus calles se respira Historia. Las casas, construidas a la manera tradicional con adobe y madera, transladan al visitante a un pasado remoto. El castillo y la fortaleza, del siglo XIV, aunque arruinados en algunos puntos, aún se erigen vigorosos en el horizonte. Y la estatua de Almanzor, instalada en una de sus calles hace unos años, recuerda una batalla que pudo ser o no, pero que, en todo caso, sirvió y sirve para colocar Calatañazor, el antiguo castillo de las Águilas, en la Historia.

1) Busto de Almanzor; 2) Vista del pueblo desde el castillo; 3) Picota; 4) Chimenea típica de la zona.


domingo, 30 de agosto de 2020

LA GRANJA DE LA PARMESANA

Detalles del interior del palacio de la Granja de San Ildefonso (Segovia).

 
El 23 de diciembre de 1714, la poderosa princesa de Ursinos salió del viejo Alcázar de Madrid para encontrarse con la nueva reina, Isabel de Farnesio, que acababa de llegar a España. Las dos mujeres, de fuerte carácter, se vieron las caras en Jadraque, Guadalajara, pero no volvieron juntas a la capital. La reina desterró inmediatamente a la aristócrata gala que fue obligada a marchar a la frontera francesa con lo puesto, escoltada por nada menos que cincuenta guardias. Era toda una declaración de intenciones de la nueva esposa de Felipe V.

Isabel de Farnesio no iba a permitir que la princesa de Ursinos siguiese dominando la corte española como había hecho desde 1701. Su influencia sobre la primera esposa del rey, María Luisa de Saboya, había sido enorme, pero eso había terminado. Tras la muerte de esta, en febrero de 1714, la maquinaria de la Monarquía española se había puesto en marcha para encontrar una nueva esposa para Felipe V y, gracias a la intercesión del cardenal Alberoni, la elegida había sido la Farnesio. Si la princesa de Ursinos confiaba en dominar a la nueva consorte como había hecho con la antigua, se llevó una decepción de inmediato.

La parmesana - del Ducado de Parma, en Italia - tenía veintidós años cuando llegó a España. Era una mujer temperamental y astuta, consciente de las armas que podía utilizar para imponer su voluntad en la corte de Madrid. Su esposo, el rey, era mayor que ella y ya tenía dos hijos: Luis, el príncipe de Asturias, y el infante Fernando. Además, empezaba a dar muestras de los transtornos mentales que lo atormentarían el resto de su vida. No le fue difícil a la brava italiana manejar a su antojo la voluntad de su esposo.

Poco después de llegar al Alcázar de Madrid, Isabel de Farnesio se hizo dueña de la corte. Conocida es su influencia en la política exterior de la Monarquía, que se orientó a conseguir territorios en Italia para los hijos que tuvo con Felipe V. Consciente de que sus vástagos no tendrían oportunidad de heredar la Corona española por culpa de los hijos del rey con su anterior esposa, quiso colocarlos como soberanos de distintos Estados italianos. Y lo consiguió: al mayor, Carlos, lo colocó en el trono napolitano; al mediano, Felipe, en el ducado de Parma; y al pequeño, Luis Antonio, en el arzobispado de Toledo. A las tres hijas las casó convenientemente con príncipes europeos.

Su intervención también fue decisiva en la construcción del Palacio de la Granja de San Ildefonso, en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama. Felipe V, siempre nostálgico, proyectó la construcción de un palacio inspirado en el Versalles de su infancia. El sitio elegido había sido lugar de veraneo de los monarcas desde la Edad Media. El rey castellano Enrique IV "el Impotente" había construido una residencia allí y, un siglo después, Felipe II de Habsburgo edificó otro palacio en el vecino pueblo de Valsaín. Pero ambos fueron pasto de las llamas.

Ante la ruina del palacio de los Austrias, consumido por el fuego en 1682, el Borbón vio la oportunidad de encargar la construcción de un nuevo edificio a su gusto. Bueno, a su gusto y al de su esposa, que intervino en la elección de los arquitectos, en el diseño del palacio y sus jardines y en la decoración. Las obras comenzaron en 1721 y finalizaron solo tres años después.

La impronta francesa e italiana es evidente en el Palacio de la Granja de San Ildefonso y en sus inmensos jardines. Fue levantado sobre un antiguo monasterio jerónimo utilizando materiales de la región como piedra rosa de Sepúlveda y granito y pizarras de la Sierra de Guadarrama, pero también se importó mármol italiano de la región de Carrara. 

Los suntuosos interiores están profusamente decorados al estilo barroco, siguiendo las modas artísticas del siglo XVIII. Isabel de Farnesio compró una valiosísima colección de estatuas que había pertenecido a la reina Cristina de Suecia y que hoy se conserva en el Museo del Prado para adornar las estancias principales. El palacio se convirtió pronto en la residencia preferida de los reyes y, por tanto, en el corazón político de España. En sus salones se celebraban fiestas a las que asistía un selecto grupo de aristócratas y embajadores que disfrutaban de conciertos, festines, juegos, bailes y recepciones. La mano de la parmesana en todos estos saraos era evidente. 

La Farnesio era una mujer culta e ilustrada que hizo de la española la corte más reputada de toda Europa. Consiguió, por ejemplo, que el castrati Farinelli se trasladase a la Granja para ofrecer sus recitales a la corte y, en especial, al rey. La voz del cantante italiano calmaba a Felipe V y aliviaba sus obsesiones. Farinelli residió en la corte española durante más de veinte años y fue colmado de mercedes y condecoraciones por la reina, agradecida por los servicios prestados a su esposo.


Exteriores del Palacio de la Granja de San Ildefonso
 
Los paseos por los jardines y los bosques de la Granja y el aire puro de la Sierra de Guadarrama también hacían bien a la salud del rey. No es difícil imaginar a Felipe V y a su esposa paseando entre las maravillosas fuentes que adornan los jardines, cada una con representaciones diferentes de temas mitológicos. También podemos imaginar a Felipe V relajándose en su góndola mientras pescaba en el estanque conocido como "El Mar", que recoge las aguas de los acuíferos de Guadarrama para encauzarlas hacia las fuentes de la Granja. Mientras tanto, en una barca próxima, Farinelli cantaba al monarca en presencia de un reducido grupo de cortesanos.

A pesar de la imagen despótica e interesada que ha pasado a la Historia, Isabel de Farnesio siempre atendió a su esposo e intentó calmar su debilidad mental. Todas las noches le acompañaba en su alcoba hasta que se dormía y le consolaba cuando tenía ataques de pánico porque pensaba que estaba muerto o lo estaban envenenando. La tenaz Isabel también rebosaba paciencia y compasión hacia su pobre esposo y tuvo que soportar escenas más parecidas a las de una casa de locos que a las de un palacio real, como la crisis en la que el rey Felipe creyó ser una rana. Quizá le confundió contemplar la maravillosa fuente de las ranas, una de las muchas que adornan los jardines del palacio de la Granja.

En 1724, Felipe V abdicó por sorpresa la corona de España, dejando paso a su primogénito Luis. El nuevo rey falleció desgraciadamente seis meses después y esto obligó a su padre a regresar al trono. Durante esos meses de retiro en los que Felipe dejó de ser el soberano de la Monarquía, él y su esposa residieron en la Granja donde disfrutaban de todas las comodidades e intervenían contantemente en las labores de gobierno de Luis I. Allí recibieron la inesperada noticia de la muerte del joven rey y desde allí regresó Felipe V resignado a Madrid para asumir de nuevo sus responsabilidades.

Felipe V reinaría ya hasta su muerte, en 1746, y su esposa siempre permaneció a su lado. Alternaba periodos de gran lucidez y actividad en los que se manifestaba como un eficaz gobernante con episodios de depresión durante los que desaparecía por completo. Pero Isabel de Farnesio ocupaba su lugar y decidía por él. Cuando Alberoni, que era el embajador de Parma y una de las personas más influyentes de la corte, cayó en desgracia, el ambicioso Ripperdá ocupó su lugar por obra y gracia de la Farnesio.

La estrella de la reina empezó a apagarse cuando falleció su esposo. El nuevo rey era Fernando VI, el hijastro de Isabel al que siempre había mostrado un cordial rechazo por interponerse entre sus hijos y el trono de España. Fernando VI desterró a Isabel a la Granja de San Ildefonso y, temiendo esta que la acabase echando también de ahí, ordenó la construcción de otro palacio muy cerca. Fue el Palacio de Riofrío. Sin embargo, la muerte de Fernando VI en 1759 iluminó de nuevo el destino de la parmesana.

En una de esas carambolas de la Historia, obra casi todas ellas de la muerte, el trono de España fue a parar al primogénito de Isabel, el rey Carlos de Nápoles. El nuevo Carlos III de España llevaba unas décadas reinando en Nápoles y ahora debía desplazarse a la Península Ibérica para ceñirse la corona española. Su madre no podía estar más orgullosa porque su sangre iba a ocupar el puesto que le correspondía. Así que el Palacio de Riofrío quedó inconcluso e Isabel de Farnesio nunca lo llegó a ocupar. En su lugar se trasladó a Madrid para hacerse cargo de la regencia mientras llegaba su hijo. La reina madre volvía a hacer lo que tanto le gustaba: mandar y ser obedecida.

Pero la vida en la corte de Carlos III no iba a ser como ella había soñado. Y todo por culpa de otra mujer, la esposa de su hijo María Amalia de Sajonia. Resultó que la nuera le salió contestona y no quiso compartir la influencia sobre el nuevo rey. Durante los últimos años de su vida, la parmesana se dedicó a dirigir las obras de ampliación del palacio de la Granja. La vieja reina murió en 1766 y fue sepultada en la Colegiata del palacio. El rey Felipe V no había querido ser enterrado en el panteón real del monasterio de San Lorenzo de El Escorial para no compartir la eternidad con los Austrias y había preferido su querido palacio de la Granja. Isabel de Farnesio lo acompañó también en el último viaje, como había hecho siempre.
 

Detalles de los jardines de la Granja de San Ildefonso







PARA SABER MÁS:

viernes, 21 de agosto de 2020

CHAVES NOGALES, QUE ESTABA ALLÍ

Varias fotografías de Manuel Chaves Nogales junto con algunos personajes históricos de su época como Alejandro Lerroux (arriba) y Miguel de Unamuno (abajo a la derecha).
 
 
 
Manuel Chaves Nogales es, para muchos, el mejor periodista español del siglo XX. Su obra literaria se podría situar junto a la de los grandes de su época, como George Orwell, Ernest Hemingway y Stefan Zweig. Es uno de los grandes, en efecto. Pero, a diferencia de estos y a pesar de aquello, Chaves Nogales es un completo desconocido para el gran público y sus obras hace bien poco que se han redescubierto.

Marginado por la izquierda y despreciado por la derecha, los escritos de Chaves Nogales pasaron largas décadas escondidos. Tan solo se editaba una y otra vez su obra cumbre, la biografía del torero Juan Belmonte, que carecía de connotaciones políticas. El resto se mantuvieron silenciados por unos y por otros porque la mente crítica y lúcida de Chaves Nogales incomodaba a unos y otros. Hoy, sin embargo, su figura y su obra se están recuperando aunque poco a poco, quizá demasiado poco a poco para alguien que puede alumbrar uno de los periodos más terribles de la historia de España y de Europa.

La visión de Chaves Nogales sobre España y Europa en la época que le tocó vivir es honesta y clara. Lo ve todo. Lo entiende todo. Y lo explica todo. Nacido en Sevilla, pronto marchó a la capital donde trabajó en algunos de los diarios más influyentes como el Heraldo de Madrid y el Ahora. Viajó por la Europa de entreguerras y conoció de primera mano el totalitarismo tanto fascista como comunista. En su obra "El maestro Juan Martínez, que estaba allí" contó la historia real de este bailaor flamenco que fue sorprendido por el estallido de la Primera Guerra Mundial en San Petersburgo, la capital de los zares de Rusia. Después, vivió la Revolución Bolchevique y conoció sus entresijos. 
 
La revolución pretendía acabar con la tiranía zarista y con la opresión de la nobleza, la burguesía y la Iglesia Ortodoxa pero lo que consiguió fue sustituir esta opresión por otra, la de los revolucionarios. Chaves Nogales relata la historia que el propio Juan Martínez le transmitió en París. En su huida desesperada, el bailaor se encontró con revolucionarios analfabetos guiados por la sed de venganza, con líderes bolcheviques corruptos, y con trabajadores que seguían haciendo lo de siempre: sobrevivir. El régimen que nacía de la revolución era muy distinto a la utopía soñada. No era un mundo de igualdad y justicia sino de represión, brutalidad y hambre. 

Y también conoció el totalitarismo fascista, el nazismo. Pudo realizar una brevísima entrevista a Joseph Goebbels, uno de los más importantes dirigentes nazis y ministro de propaganda de Hitler. Obligado a publicar las respuestas a sus preguntas sin ninguna modificación, Chaves Nogales se permitió realizar una pequeña introducción en la que describía al tipo entrevistado. En apenas unas líneas, el periodista andaluz retrató de forma brillante al líder nazi destapando su patetismo y su sectarismo.
 
Defensor de la democracia liberal y de la república parlamentaria instaurada en España en 1931, Chaves Nogales siguió la evolución política de los años treinta hasta que la violencia hizo estallar España en mil pedazos. Su obra "A Sangre y Fuego. Héroes, bestias y mártires de España" es probablemente el mejor libro que se ha escrito sobre la Guerra Civil. Todo aquel que quiera entender el conflicto fraticida español debe leer esta obra porque Chaves Nogales desciende aquí al barro, a la realidad cotidiana, retrata a milicianos republicanos, a fanáticos anarquistas, a fascistas sanguinarios y a un pueblo que sufrió como nadie el odio visceral provocado por siglos de ignorancia.

Chaves Nogales describe la brutal realidad de la guerra, de cualquier guerra, pero esta fue nuestra. Y en su prólogo, el autor explica la contienda de una forma clara y directa, ¡en 1937! Cuando aún quedaban dos años de guerra, el escritor sevillano adivina con una terrible precisión el futuro de esa España que se estaba desangrando. Los árboles no le impidieron ver el bosque con más claridad de la que muchos pueden verlo hoy en dia. No nos equivocamos si afirmamos que el escritor sevillano fue el observador más audaz de la España de los años treinta. Pero además de observador, fue un valiente defensor del régimen republicano y democrático condenado a muerte tras el golpe de 1936.

Como dice en el prólogo de "A Sangre y Fuego" - toda una declaración de principios y un disganóstico preciso de una España enferma -,  abandonó el país cuando vio que todo estaba perdido. Él era un republicano convencido, pero ante todo, un demócrata. Y cuando el gobierno legítimo marchó de Madrid a Valencia, entendió que la república democrática había sido completamente destruida. No quedaba nada que salvar. Y acusó tanto a los fascistas de Franco que bombardeaban continuamente Madrid como a las bandas de analfabetos anarquistas y comunistas que sembraban el terror en la capital. En Madrid no se enfrentaba ya el fascismo contra la democracia, sino contra el comunismo. La democracia ya no existía. Y por poner esto a la luz, Chaves Nogales fue perseguido por la derecha y por la izquierda y marginado por unos y por otros.

La visión ecuánime que ofrece Chaves Nogales al mundo no esconde su firme defensa de la democracia liberal. Sabe reconocer el totalitarismo porque lo ha visto y contado y sabe las atrocidades que engendra e inmediato. Cuando huye de España se instala con su familia en Francia a la que consideraba el baluarte de la democracia, donde había visto instalarse a los exiliados rusos tras la revolución, donde entonces se instalaban los exiliados españoles que huían de la guerra. Pero la Francia que encontró era muy distinta, un país agotado y mediocre que no ofreció resistencia cuando Alemania lo invadió en 1940 y aun colaboró con los nazis. Eso también lo retratará en "La agonía de Francia", una obra que, por cierto, no ha sido aún publicada en ese país. Heridas por cerrar en el siglo XXI.

Bien sabía nuestro autor que la Gestapo lo buscaría en París para hacerle pagar con su vida la humillación a los nazis y a Goebbels. Por eso, cuano las columnas alemanas se acercaban a la capital francesa, partió de nuevo, primero hacia Burdeos y, después, hacia Inglaterra, donde estaría a salvo. Su familia regresó a España al mismo tiempo. Era 1940. Chaves Nogales, igual que muchos españoles antes y después, se convirtió en un viajero errante, una de las voces más autorizadas para explicar la guerra de España y la de Europa que, sin embargo, no podría volver ni a su país ni al continente. Era el precio de la audacia y de la valentía. 

En Londres vivió los últimos años de su vida, haciendo lo que había hecho siempre: escribir, contar. Sus crónicas se publicaron en numerosos periódicos europeos y americanos. Su vida se apagó en mayo de 1944, unas semanas antes del desembarco de Normandía, uno de los hitos que marcaría el rumbo de la Segunda Guerra Mundial y el principio del fin del nazismo. No pudo ver cómo la democracia triunfaba por fin en Europa Occidental tras la guerra. Tampoco, por supuesto, cómo triunfó en España décadas después. Fue enterrado allí, en Londres, en el exilio, como tantos otros españoles obligados a abandonar su patria por culpa de la ignominia de muchos compatriotas. Allí siguen sus restos, lejos de su tierra. Su obra, sin embargo, es infinita. Estaba allí y lo contó para la eternidad.

jueves, 6 de agosto de 2020

LAS PERIPECIAS DEL MARINO SANTOÑÉS



Izquierda: 1) Inscripción junto al monumento; 2) Mural con el mapamundi; 3) Vistas desde el paseo marítimo de Santoña, al fondo se ve la localidad de Laredo. Derecha: Busto de Juan de la Cosa a los pies del monumento en su honor.



Si visitáis Santoña no os olvidéis de degustar las exquisitas anchoas y de comprar conservas para regalar a familiares y amigos como si fueseis el presidente de la región. Esta localidad cántabra es famosa hoy por la industria conservera de los productos del mar que hacen las delicias de cuantos los prueban. Pero permitidme hablar aquí de otra cosa, de un santoñés ilustre, quizá el más ilustre de todos, porque cada lugar tiene sus héroes propios y este, en verdad, es uno de los grandes. 

Juan de la Cosa nació en Santoña hacia 1460. Esto lo suponemos, porque realmente no sabemos el año exacto. Allí creció, en las faldas del monte Buciero, junto al bravo Cantábrico y las tranquilas marismas. Su familia, como casi todas en el lugar, era de tradición marinera. Los marinos cántabros faeaban desde hacía siglos en las aguas del océano y conocían bien al gigante azul que se extiende hasta donde la vista no alcanza. En su juventud, De la Cosa navegó hasta el África occidental y residió un tiempo en Lisboa, la cosmopolita corte de Manuel "el Afortunado" donde llegaban noticias de mundos lejanos y exóticos. Pero el navegante siempre volvía a Santoña, su hogar, donde le esperaban su esposa y su hija.

Cuando, en 1492, el marino genovés Cristóbal Colón organizaba la expedición que pretendía alcanzar Asia navegando hacia poniente, Juan de la Cosa ya era un tipo experimentado en el arte de la navegación. Además, era propietario de la nao mercante "Santa María", un robusto navío construido en los astilleros de Santander. Se trataba de un barco perfecto para un propósito increíble: cruzar la Mar Océana y arribar a las Indias. De la Cosa fue el maestre del navío, capitaneado durante la travesía por el propio Colón. Ya sabemos que los otros barcos de la expedición colombina, dos carabelas, eran la "Pinta" y la "Niña".

Así, podemos afirmar que Juan de la Cosa fue uno de los descubridores de América, un codescubridor como he leído en algunos sitios. Su complicidad con Colón fue tan grande que, a pesar del naufragio de su "Santa María" frente a las costas de la Española en la Navidad de 1492, fue uno de los elegidos para retornar a la Península. Aquí daría cuenta de la hazaña que creían lograda. Posteriormente, "el vizcaíno", como lo conocían, participó en el segundo viaje de Colón a las Indias y quizá también en el tercero aunque su pista se pierde en un barullo de nombres, fechas y cargos.  No se sabe por qué figura en algunos documentos como "el vizcaíno" y muchos, incluso, ponen en duda que se trate de la misma persona. Aunque, en aquella época, era dificil distinguir los límites entre Vizcaya y Cantabria así que, si lo pensamos detenidamente, no es tan raro el mote.

De la Cosa, ansioso de aventuras, fama y riquezas, se hizo otras tres veces a la mar después de las expediciones colombinas. En 1499, junto a Alonso de Ojeda y Américo Vespucio - sí, el que le dio su nombre al continente - recorrió las costas de la actual Venezuela con la obsesión de encontrar un paso que les llevase, por fin, hasta Asia continental. Dos años después, en la expedición de Rodrigo de Bastidas que le llevó hasta Tierra Firme, lo que hoy es Panamá, también partició el marino cántabro con idéntico objetivo. La expedición culminó en la Española, donde De la Cosa se reencontró con su viejo colega Cristóbal Colón. Por último, en 1509, De la Cosa se hizo a la mar en una expedición capitaneada por Ojeda y en la que participaba un joven Francisco Pizarro. Llegaron hasta la costa de lo que hoy es Colombia y allí sucumbieron a un ataque de los indígenas. Nuestro marino murió a causa de una flecha envenenada y dicen que su cuerpo fue devorado por los indios caníbales.

El legado más valioso de Juan de la Cosa sobrevivió, sin embargo, hasta nuestros días, y hoy puede contemplarse en el Museo Naval de Madrid. Hacia 1500, nuestro navegante presentó a los Reyes Católicos un mapa del mundo realizado en pergamino donde, por primera vez en la Historia, estaba representado el continente americano. El mapamundi tiene un valor incalculable porque el santoñés fue capaz de representar con una exactitud sorprendente no solo las Islas Antillas, ya exploradas y dominadas por los castellanos, sino también el contorno de un inmenso continente desconocido, lleno de peligros, horrores y sueños. En el mapa puede leerse "Juan de la Cosa la hizo en el Puerto de Santa María en el año de 1500". El marino y explorador se convirtió así en cartógrafo.

Como recompensa, los reyes de Castilla pusieron a Juan de la Cosa al frente de las empresas geográficas de la Casa de la Contratación de Sevilla, la primera institución científica de Europa. Además, por cédula real, fue nombrado Alguacil Mayor de Urabá, un golfo de la costa de la actual Colombia que el navegante visitó en varias ocasiones. Allí se dirigía, al Golfo de Urabá, cuando Juan de la Cosa y sus compañeros encontraron la muerte a finales de febrero de 1510.

Hoy, en Santoña hay un hotel con su nombre, una calle con su nombre, una empresa conservera con su nombre y también un monumento junto al mar que recuerda sus hazañas. Las columnas de Hércules, símbolo de los límites del mundo conocido alzan al cielo una nao, la "Santa María", el navío de De la Cosa. "Santoña a Juan de la Cosa" puede leerse en la inscripción en la piedra. Un busto y un mural recuerdan también su legado: los viajes de exploración de las costas del mar Caribe y el primer mapamundi con América representada junto a los tres continentes viejos. Por eso, si algún día visitáis Santoña, además de comer anchoas, acordaos, aunque sólo sea un segundo, de su cartógrafo más ilustre, aquel que fue capaz de intuir un continente y dibujarlo para la posteridad.




Arriba: 1) Monumento a Juan de la Cosa en Santoña; 2) Detalle de una placa conmemorativa. Abajo: Detalle del mural conmemorativo








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