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viernes, 6 de octubre de 2023

LAS COSAS CAMBIAN


El profesor Peter Stearns dice que la Historia nos ayuda a entender y aceptar el cambio. Es una de las razones que enumera en su ensayo "Why Study History?" (1998) por las que los alumnos deben estudiar Historia en la educación primaria y secundaria. A fin de cuentas, los orígenes del presente sólo están en el pasado y la transformación, el cambio, es el resultado del simple paso del tiempo. 

Esta idea la comento con mis alumnos adolescentes todos los cursos. Aceptar que las cosas cambian es esencial para comprender el mundo en el que vivimos y nuestra propia vida. Nosotros cambiamos, nuestro entorno cambia y el mundo cambia. Y darnos cuenta de ello nos ayuda a vivir mejor, a aceptar las cosas tal y como vienen. A ser felices, en definitiva, que es de lo que trata esto. Ya saben: Historia, maestra de vida. 

Uno de los temas en la Historia que mejor muestra el cambio, la transformación de la sociedad es el paso de la Edad Antigua a la Edad Media: la caída del Imperio Romano en el siglo V, las invasiones bárbaras, la pervivencia del Imperio Bizantino y el ascenso del Islam (s. VII). Y todo se ve en los primeros temas del segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiamos un mundo en transformación, en el paso de la Antigüedad tardía al Medievo, un tiempo en el que Estados que parecían eternos se desmoronan, mientras otros sobreviven y soportan la embestida de nuevos actores históricos.

Cada año les pido a mis alumnos que reflejen su visión de ese mundo cambiante en un cómic de cuatro viñetas. Pueden elegir el tema que prefieran entre estos cuatro: la caída de Roma, las invasiones bárbaras, el reino visigodo o el Imperio Bizantino. Y lo cuentan a su manera. Algunos trabajos son brillantes pero todos reflejan el  momento de cambio del que hablaba. Aquí están algunas viñetas destacadas:

En ésta, un alumno resume brillantemente la situación del Imperio Romano en el siglo V. El bárbaro le dice al soldado romano "¡Ayuda! Dejadnos ser vuestros ciudadanos", mientras el legionario romano responde "No. No sois como nosotros". Las migraciones germánicas transformaron el Imperio, lo sometieron a una terrible presión y provocaron, al final, el colapso de Roma. Un estado de mil años de vida se desmoronó en pocas décadas. Pero la vida (la Historia) continuó en Europa.

Este otro muestra un escenario imponente: en la ciudad de Roma, junto al coliseo, unos soldados romanos se disponen a defender la ciudad del ataque de los vándalos y los visigodos. "Vamos a defender Roma", podemos leer; pero los bárbaros responden: "No, os estáis largando". Unos llegan y otros se marchan, como en nuestra vida. De nada sirve resistirse a los cambios porque son inevitables. Al final, el paso del tiempo es la principal transformación. Y nadie puede resistirse a eso.


Esta alumna habla de Bizancio, la parte del Imperio Romano que sobrevivió mil años a la caída de Roma. Y en una de las viñetas resume de manera magistral ese milenio. Frente a la majestuosa basílica de Santa Sofía, junto a la tumba de Justiniano, un individuo dice: "Justiniano fue un buen emperador, conquistó territorios y construyó edificios. Pero cuando murió, perdimos muchos territorios". Otra muchacha refleja con esta viñeta el fin del Imperio Romano de Occidente. Un emperador niño, Rómulo Augústulo, entrega la corona resignado: "Ahí vas", le dice al símbolo de su poder. 

Al final, parece que los muchachos de doce y trece años que han elaborado estos trabajos comprenden la fugacidad de todo. El Rómulo Augústulo de esta viñeta acepta el destino tal y como viene, sin remedio. Como, seguro, lo acepto el personaje histórico real (a medio camino entre la leyenda y la Historia) cuando el godo Odoacro lo depuso, pero le perdonó la vida en el 476 d.C. 

Todos transmiten una misma idea: lo fuerte se hace débil, lo que parecía indestructible se quiebra y lo inolvidable se olvida. Todo con el tiempo termina. Stearn dice que sólo estudiando el pasado podemos captar por qué esto sucede, por qué las cosas cambian. Tanto en nuestra sociedad como en nuestra vida, creo yo. 

sábado, 5 de agosto de 2023

LA PROFECÍA DEL ÁNGEL REDENTOR




¡La ciudad ha caído! ¡La ciudad ha caído! ¡Alabado sea Dios! - gritan los soldados turcos que ya recorren las laberínticas callejuelas de los suburbios occidentales de Constantinopla. Es el amanecer del 29 de mayo de 1453. Después de una noche de combates, los sitiadores han conseguido abrir varios boquetes en el muro de Teodosio, las imponentes murallas que protegen la ciudad por el oeste. La batalla ha finalizado.

Al oír los gritos victoriosos de sus enemigos, los defensores que aún se afanan en repeler el ataque en otras zonas de la ciudad abandonan sus puestos y huyen. Todo se ha cumplido: por fin, la capital del Imperio Romano de Oriente (el Imperio Bizantino) ha caído. Apenas hay ocho mil bizantinos dentro de su ciudad, sus últimos habitantes cristianos, que esperaban un milagro para evitar, en el último suspiro, la muerte o la esclavitud. Saben bien qué les espera ahora.

En las calles de la antigua Bizancio se desata una carnicería. El sultán turco, el joven Mehmet II, ha permitido a sus tropas saquear la ciudad. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo. Sedientos de riqueza después de varios meses de duro asedio, cien mil soldados otomanos asaltan iglesias, palacios y casas en busca de tesoros: joyas, monedas, baratijas, cualquier cosa les sirve. Constantinopla es saqueada de nuevo, como ya lo fue por los cruzados europeos doscientos años antes. Esta vez, en cambio, la toma de la ciudad es definitiva.

Entre gritos y plegarias a un Dios que parece haberlos abandonado a su suerte, los bizantinos se esconden donde encuentran cobijo. Algunos entran en los templos esperando que los musulmanes respeten los lugares sagrados. No es así. Las mujeres y las niñas son capturadas para engrosar los harenes de los jefes turcos. Los hombres y los niños son enviados como esclavos a otros lugares del Imperio Otomano. Y los ancianos, inútiles para el trabajo, son pasados por las armas. No hay piedad. Es el destino de los vencidos, de los últimos descendientes de los romanos que en otro tiempo dominaron el mundo. Ahora no son nada.

Se producen escenas terribles. La sangre corre por las calles formando auténticos ríos. Los iconos y las reliquias, sacados de las iglesias como si fuesen un arma más contra el invasor, están ahora por los suelos. Los incendios consumen algunos edificios. Hay cadáveres por todos lados. Algunos están mutilados. Entre ellos, hay quien reconoce al último emperador, Constantino XI, que ha muerto heroicamente en el combate.

Para los bizantinos, y para los europeos del siglo XV, Constantinopla aún es "el líder y el ojo del mundo habitado". Y, a pesar de todo, nadie le ha prestado ayuda cuando el emperador la ha pedido a Occidente. Ni Venecia, ni el Papa, ni ningún otro reino de Europa ha atendido las desesperadas demandas de auxilio de la capital del Bósforo. Pero cuando llega el momento decisivo, todos asisten atónitos al funeral del Imperio Romano, al último acto de una historia que se remonta más de mil quinientos años en el tiempo. 

Los bizantinos que huyen de sus perseguidores turcos, que buscan una última oportunidad para escapar, saben que se encuentran solos, que nadie va a ayudarles. Y aún así, a pesar de la desesperación y el miedo; a pesar de que todo está perdido, de que el destino está escrito sin remedio, confían en que Constantinopla sea recuperada para la cristiandad y el Imperio sobreviva.

En medio de una tragedia sin igual en la Historia, en medio del llanto y la desolación, los bizantinos, que se consideran a sí mismos romanos, aún siguen anhelando el resurgir de Roma y de su Imperio como tantas veces ha ocurrido. Y lo único que les queda para mantener la ilusión, lo único que tienen para creer en el futuro, para no sucumbir en la desesperanza, es una profecía. Un simple profecía. Mientras se ocultan de las huestes enemigas, mientras huyen hacia ningún lugar, muchos miran al firmamento buscando aquello que alguien les anunció: cuando la ciudad haya caído, un ángel redentor descenderá del cielo y derrotará definitivamente a los turcos.

Uno de los defensores de Constantinopla, Miguel Ducas, cree en el milagro imposible. Dios todopoderoso enviará un soldado celestial armado con una gran espada y descenderá sobre la columna de Constantino "el Grande", fundador de la ciudad. Los otomanos serán aniquilados y el trono será entregado a un hombre humilde y sencillo que se convertirá en emperador, en el nuevo basileus. El Imperio será restaurado y volverán tiempos de gloria y poder. Es la ultima profecía de los bizantinos. El último milagro que esperan.

Todo ha terminado. Ya no hay batalla. Los enemigos están dentro de la ciudad. Acaban de llegar a Santa Sofía, la gran basílica construida por Justiniano que pronto se convertirá en mezquita. Todo está perdido. Pero aún así, a pesar del terror paralizante, de la tristeza por lo perdido y de la desilusión, hay quien confía en que todo irá bien. Hay quien, a pesar de todo, se resiste a perder uno de los grandes motores de la vida. Hay quien, incluso al final, tiene esperanza.

lunes, 21 de noviembre de 2022

METAMORFOSIS


Diocleciano descendiendo del carruaje.

Después de dos largos años de intensa lucha en los confines del mundo romano, Diocleciano logró restaurar el poder imperial, pero en ese tiempo no prestó atención, ni un solo minuto, a los cristianos. Cuando, en el 287, estableció su residencia definitiva en Nicomedia, el emperador pudo contemplar una basílica cristiana construida en la colina opuesta a su palacio. Soplaban vientos de cambio en el imperio.

Para muchos historiadores, la decadencia de Roma comenzó en el siglo III, después del año de los cinco emperadores (193 d.C.). Para algunos, Roma nunca se recuperó de aquella crisis. A pesar de los intentos del algunos emperadores, como Diocleciano, por recuperar el orden, su poder se fue debilitando en un proceso agónico que culminó en el 476 cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el godo Odoacro. La estructura política de Roma desapareció para siempre en el Mediterráneo occidental, no así en el oriental, donde el Imperio bizantino sobrevivió otros mil años.

Cierto es que podemos considerar el siglo III como un siglo de crisis en el que Roma hubo de enfrentarse a fabulosos retos que la sometieron a una terrible presión. A las guerras constantes contra las tribus bárbaras en el limes se sumaron las luchas entre distintas facciones políticas en el seno del imperio. Y a todo ello, la emergencia de una nueva religión: el cristianismo. No obstante, algunos de estos retos no eran nuevos. Los romanos estaban acostumbrados a enfrentase a los bárbaros del norte, los primitivos pueblos que vivían allende el Rin y el Danubio, desde hacía siglos. 

La inestabilidad política se agudizó en ese periodo. En apenas medio siglo se sucedieron 25 emperadores y la mayoría desaparecieron en situaciones violentas. Cualquier romano del año 200 añoraba la época de Marco Aurelio (169 - 180), el último gran emperador. Habían pasado los tiempos de los buenos gobernantes, de la pax romana y de la prosperidad económica. Lo que se abría ante sus ojos era una incógnita, algo nuevo.

Para nosotros, una crisis es algo negativo, un momento de dificultades. Pero una crisis es también un periodo de cambio, de transformación. Sin duda, debemos entender el siglo III como una metamorfosis en el viejo imperio. La Roma que salió de aquella mutación fue muy distinta a la que el emperador Augusto concibió en los albores del siglo I, pero no por ello podemos considerarla peor.

Antes del siglo III, el Imperio romano era la unión de remotos territorios que tenían poco en común. Era un imperio de ciudades, donde la civilización no alcanzaba a las comunidades rurales. Tan solo las provincias ribereñas del Mediterráneo podían considerarse plenamente integradas en la estructura política y económica romana. En contra de la creencia común, el latín aún no se había extendido más allá de algunas ciudades y pervivían tradiciones prerromanas por doquier. Algunos historiadores, como Peter Brown, consideran que fue a partir del siglo III cuando la lengua latina se extendió por completo en el imperio, gracias a una nueva élite social que emergió de la crisis y a la expansión de la nueva religión cristiana.

Las turbulencias hicieron emerger una nueva élite social y política alejada de la tradicional aristocracia romana. Ahora eran los guerreros, aquellos que habían labrado su destino en la guerra, en las dificultades, quienes emergieron como la nueva clase dirigente. El propio Diocleciano procedía de una familia muy humilde (su padre era un liberto) y se hizo con el poder gracias al apoyo de sus tropas en la frontera norte. Cualquier romano de los siglos I y II se hubiese llevado las manos a la cabeza ante un hecho semejante.

Esa nueva élite vivía en todo el imperio, no sólo en Roma. Roma ya no era la capital sagrada de los siglos pasados. Muchos senadores sólo habían visitado Roma una vez en su vida y muchos generales que dirigieron el imperio desde los campos de batalla del Rin y del Danubio no la pisaron nunca. Pero, por contra, el imperio del siglo IV era más compacto y uniforme que el del siglo I y el sentimiento de romanidad también se ha extendido, igual que la lengua latina.

El imperio, además, basculaba ya irremediablemente hacia el este, hacia las regiones más desarrolladas y dinámicas el Mediterráneo oriental. La influencia de las provincias del este, de cultura helénica y donde no se hablaba latín sino griego, era enorme. El oeste era más primitivo y arcaico. Constantinopla se erigiría pronto como la "nueva Roma", y otras ciudades, sobrepobladas y abigarradas, recuperaron el esplendor de épocas pasadas: Atenas, Alejandría, Antioquía, etc.

Y a todo ello se sumó la expansión del cristianismo. Los siglos III y IV asistieron al triunfo definitivo de la nueva religión sobre el paganismo tradicional. Durante largos decenios convivieron los grupos paganos con los grupos cristianos, más vigorosos. La revitalización de la cultura clásica griega y latina se cubrió, poco a poco, con el barniz de la nueva religión. Al principio, los revolucionarios monoteístas fueron perseguidos; luego fueron tolerados. Cuando, hacía el 312, Constantino I se convirtió al cristianismo, el triunfo de la nueva fe fue definitivo. Los romanos de las clases medias y altas se identificaron con la nueva religión que brindaba certezas en un mundo cada vez más incierto.

Este renovado imperio prolongó su existencia durante más de cien años en el Mediterráneo occidental y sobrevivió en oriente, en torno a Constantinopla, durante otro milenio. El Imperio oriental resistió las incursiones de los migrantes germánicos mientras el oeste, más dividido social y políticamente, sucumbió en el 476. Pero todo ello fue ya en el siglo V, doscientos años después de que Diocleciano contemplara la basílica cristiana frente a su palacio en Nicomedia.

En el siglo III, las circunstancias históricas provocaron la metamorfosis del Imperio romano. El resultado de esta transformación fue un imperio renovado que alumbraría rápido las dinámicas que caracterizarían la Edad Media en Europa. Surgió una élite guerrera y localista que sustituyó a la vieja aristocracia romana; la expansión del latín y el cristianismo homogeneizaron la sociedad del imperio; y los cambios políticos permitieron que el Estado sobreviviera en el Mediterráneo oriental hasta la caía de Constantinopla en poder de los turcos en la lejana fecha de 1453. En otras palabras, durante la crisis del siglo III, Roma no hizo otra cosa que adaptarse a los nuevos tiempos.


Una mujer toca los restos del Coloso de Constantino (Roma).



"O tempora, o mores"

(¡Qué tiempos, qué costumbres!)

M. T. Cicerón (s. I a.C.). 




jueves, 31 de octubre de 2019

LOS FENICIOS DE GADIR




Varias naves fenicias cruzan la frontera invisible que separa las aguas del Mar Mediterráneo y las del Océano Atlántico. Estamos en algún momento de finales del siglo IX a.C. aunque es imposible concretar el año. La expedición fenicia ha partido del puerto de Tiro, en el Levante sirio-palestino, y tras una breve parada en Cartago ha emprendido una ruta hacia lo desconocido. Bueno, en realidad, no es del todo desconocido porque otras naves fenicias han surcado esas aguas con anterioridad. Las bravas aguas del Atlántico no son ajenas a los comerciantes de la púrpura.

Los fenicios se proponen encontrar el emplazamiento idóneo para fundar una nueva ciudad. Allí, donde acaba la tierra conocida, entre el mar y el océano, en la otra parte del mundo. Otras expediciones con el mismo propósito no lo han logrado. No han hallado un sitio adecuado. Tras cruzar el estrecho donde los griegos sitúan las columnas que separó Heracles en el fin del mundo, y que nosotros hoy llamamos Gibraltar, las naves fenicias recorren la costa sur de la Península Ibérica. Están deseosos de encontrar un lugar para fundar su ciudad.

Finalmente, llegan a un  islote situado frente a una pequeña bahía que forma la costa sur de "Ispanya", como los fenicios llaman a la Penínula Ibérica. La "Tierra de conejos", nada más y nada menos, pues en expediciones anteriores, les ha llamado la atención la enorme cantidad de estos mamíferos que habitan en aquellas tierras. El islote, que puede defenderse con facilidad, se encuentra, además, cerca del Lago Ligustino, la gran desembocadura del río Baetis, una excelente vía de comunicación para acceder al interior del continente y las tierras de alrededor, con vastos humedales y marismas, son bien aptas para el cultivo.

Las gentes indígenas que habitan el lugar son al parecer amigables y predispuestas al comercio. Cultivan las tierras de la zona y explotan las minas de oro, plata y cobre cercanas. En la actualidad esa área minera es conocida como Riotinto. Son precisamente esos metales el gran motivo que ha llevado a los fenicios hasta esta tierra. De hecho, la fama de aquellos lugares donde es abundante el metal es bien conocida en todo el mundo antiguo. Y es que, hay quien dice que "Ispanya" significa precisamente "Tierra donde se forja el metal" y no el lugar de conejos que otros suponen.

No hay más que buscar. La decisión está tomada. En aquel lugar fundarán los fenicios su nueva colonia, la más occidental de todas, el núcleo que está llamado a dominar el oeste del Mediterráneo y el Atlántico. Aunque la isla frente a la bahía es el lúgar más idóneo, el que mejor puede defenderse, los fenicios de nuestra expedición y de las que les siguieron, prefieren asentarse en el interior, en una pequeña meseta elevada sobre el nivel del mar y próxima a poblados indígenas. Abunda el agua, la madera y la piedra para la construcción de la ciudad y las llanuras costeras permiten un óptimo aprovechamiento agrícola. A este lugar lo llamamos ahora el Castillo de Doña Blanca.

La pequeña meseta se amuralla y en su interior se levantan numerosas viviendas. Mientras, las gentes indígenas de la zona, comienzan a acercarse al lugar para descubrir las intenciones de aquellos extraños. Pronto los fenicios les hacen saber que sus propósitos son pacíficos, que no vienen a guerrear sino a comerciar y que desean establecer acuerdos con ellos. A cambio de metales les darán baratijas, monedas, joyas y especias.

Son estos fenicios los que introducirán en la Península nuevos cultivos, como la vid y el olivo, que se adaptarán perfectamente a las condiciones climáticas de la zona, por otro lado no muy distintas de las del otro lado del Mediterráneo. También dejarán a aquellas gentes el alfabeto y el pergamino sacándolas, así, de la Prehistoria e introduciéndolas, sin saberlo, en una etapa bien distinta de nuestro pasado, la Historia.
 
Aunque en el interior se construye el primer asentamiento fenicio en "Ispanya", la sobrepoblación llevará a muchos a trasladarse a la costa, a la islita pequeña frente a la bahía. Además, los indígenas se manifiestan a veces hostiles a los recién llegados aunque la mayor parte del tiempo se mezclan amigablemente. Tanto es así que hoy se ha descubierto una necrópolis con tumbas fenicias y otras indígenas juntas. Fueron tan estrechas las relaciones entre fenicios e indígenas que no les importó incluso compartir el lugar donde descansar eternamente.

La islita se fortifica igualmente y se urbaniza rápido. A ella llegan las naves fenicias que han atravesado el Mediterráneo y de ella parten las que buscan nuevas rutas hacia el norte y hacia el sur. La ruta del estaño esta cerca y los fenicios no dejarán de explorarla. A aquellos asentamientos fenicios en el sur de "Ispanya" se les acabará conociendo con un solo nombre, Gadir, que significa en fenicio "lugar amurallado".

A varios kilómetros de los lugares habitados, los fenicios levantan también un pequeño santuario dedicado a Melqart, la divinidad protectora de los tirios y a partir de entonces, también de los habitantes de Gadir. Esta situado en el extremo de la isla, hoy inundado, probablemente en el islote de Sancti Petri. El santuario de Melqart se convertirá en un lugar sagrado para los fenicios de Gadir y también para los cartagineses que ocuparán la ciudad ya en el siglo V a.C. Cuenta la tradición que fue precisamente ahí donde el general Aníbal pronunció el juramento de odio eterno a Roma antes del ataque cartaginés a Sagunto que desencadenaría la Segunda Guerra Púnica (218 a.C.). El santuario fue posteriormente dedicado a Heracles o Hércules.

Poco a poco, Doña Blanca perderá su función central en la colonia fenicia y el Gadir isleño experimentará un enorme desarrollo urbano. En los siglos posteriores, se convirtiría en la gran capital fenicia del Mediterráneo Occidental, rivalizando con Cartago y controlando el estrecho de Gibraltar. Los fenicios de Gadir fundarían otras colonias más el este, siguiendo la costa penínsular: Malaka, Sexi, Abdera, Baria. También explorarían la costa occidental, lo que hoy es el Algarve portugués, llegando hasta el Hieron Akroterión o Promontorio Sagrado, es decir, el cabo de San Vicente. Buscarían nada menos que las legendarias Islas Casitérides, en el norte de Europa, donde decían que abundaba el estaño. Incluso hay quien dice que llegarían a navegar la costa oeste de África hasta el Golfo de Guinea, aunque no se sabe cuánto de Historia y cuanto de leyenda hay en estas suposiciones.

Pero, detrás de esta historia de aventuras que emprendió el pueblo fenicio hace casi tres mil años está su gran legado. Las gentes indígenas que habitaban el sureste de "Ispanya" experimentaron tal desarrollo económico, social y cultural que serían conocidos con nombre propio: Tartessos. Muchos dijeron que fue la primera España, el primer reino de Occidente, pero ¿qué hay de verdad en todo eso? Hablaremos de ello en otra ocasión.

miércoles, 24 de abril de 2019

LA CIUDAD DEL CIELO

Parafraseando al historiador Florentino Zamora Lucas, en un artículo publicado en la revista Celtibera en 1971, "de las seis grandes Medinas que hay en España, ninguna de ellas puede igualar en venerable antigüedad, ni en historia, ni en altura de su planicie como" Medinaceli. Una localidad que sorprende por todo ello a pesar de que su población no alcanza los ochocientos habitantes. Cuando uno pasea por sus calles, callejones y plazas se da cuenta del carárcter noble de la localidad. Uno respira allí una historia bimilenaria llena de instantes, de retales que se entrecruzan con el pasado de nuestra sociedad.


 Arco romano de Medinaceli (s. I d.C.).

Dicen que el cerro donde se ubica, a medio camino entre la Meseta norte y la Alcarria, entre la cuenca del Duero y la del Ebro, entre el Sistema Central y el Ibérico, estuvo habitado desde antiguo. El imponente arco de dimensiones monumentales nos muestra la importancia para los antiguos romanos de aquel lugar al que llamaban Occilis. Destaca el cuerpo central decorado con dos templetes de frontón triangular. El monumento, con triple arcada, era lo suficientemente grande como para verse desde abajo y esto aún puede comprobarse hoy. Data del siglo I de nuestra era.

El arco romano es el principal rastro de la presencia de esta civilización por Medinaceli, pero no el único. Hace algunos años se descubrieron unos valiosos mosaicos del siglo IV bajo el suelo de la plaza mayor, en el centro de la localidad.

El cerro de Medinaceli debió de cautivar también a los árabes que invadieron la vieja Hispania en el 711. Pocos años después de la batalla de Guadalete, una guarnición militar musulmana se estableció allí, junto al arco romano. La importancia de la ciudad en época emiral y califal no fue menor como atestiguan los restos de la muralla árabe. Además, Medinaceli fue durante un corto periodo de tiempo capital de la Marca Media, una de las tres divisiones administrativas fronterizas de Al-Ándalus. La Marca Superior tuvo su capital en Zaragoza, la Inferior en Mérida y la Media, primero en Medinaceli y, después, en Toledo.

El propio Almazor, el caudillo cordobés de vida legendaria que atemorizó durante décadas a los cristianos del norte amó, según dicen las fuentes, Medinaceli. Después de una de sus periódicas razzias contra los reinos del norte peninsular, fue derrotado por los castellanos en la batalla de Calatañazor. Malherido, huyó a Al-Ándalus, muriendo el 9 de agosto del año 1002 en Medinaceli. Uno de los cronistas de la época dejó escrito "Luego, le dimos sepultura en la misma Medinaceli". Quizá su cuerpo aún descanse en algún lugar de la villa. O quizá fue trasladado a Córdoba. Quién sabe.

Medinaceli fue tierra de frontera durante siglos. Moros y cristianos lucharon allí cambiando de manos las murallas de la villa varias veces. El monarca aragonés Alfonso I "el batallador" la recuperó definitivamente para los cristianos en el año 1123. Alfonso I era aragonés, casado con la reina castellana Urraca, pero metió sus narices por las tierras que hoy son la provincia de Soria reconquistando la propia capital soriana en el 1119 y, después, Almazán, Gormaz y Medinaceli.

 Arriba: plaza mayor de Medinaceli con la alhóndiga (hoy ayuntamiento); Abajo: palacio ducal de la villa.

Enrique II de Trastámara convirtió las tierras de Medinaceli en condado allá por 1368. Ya saben, era una de esas "mercedes" entregadas por el nuevo rey a la nobleza de servicio que le había ayudado a ganar la guerra contra su hermanastro Pedro I "el Cruel". Medinaceli fue entregada a la familia de la Cerda, uno de los linajes más poderosos de Castilla.

A finales del siglo XV (en 1479), serían los Reyes Católicos quienes convertirían el condado de Medinaceli en un poderoso ducado. Era la gratitud de Isabel y Fernando al V conde de Medinaceli, Luis de la Cerda, por haber ayudado al rey aragonés a moverse en secreto por Castilla para casarse con la entonces princesa de Asturias. El linaje cambió a finales del siglo XVII, pasando a la familia Fernández de Córdoba y a finales del siglo XX pasó a los Hohenlohe quienes hoy en día ostentan el título de Duque de Medinaceli.

El caso es que el ducado de Medinaceli dominó no sólo la villa sino un extensísimo territorio que hoy se encuentra dividido entre las provincias de Soria y Guadalajara. En todo caso, la mayor parte de las propiedades del ducado se encontraban en el sur de la Península, en el valle del Guadalquivir. Los sucesivos duques de Medinaceli obtuvieron numerosas tierras tras contribuir a su reconquista en los siglo XIII y XIV.

 Arriba: 1) retablo mayor de la colegiata (s. XVII); 2) coro y órgano de la colegiata; Abajo: torre campanario de la colegiata de Santa María de la Asunción.

El rastro del pasado noble de Medinaceli es patente e todas las calles de la ciudad. La mayor parte de los edificios aún lucen con orgullo el blasón de la casa ducal y en la plaza mayor uno puede contemplar maravillado el palacio ducal. Construido en el siglo XVI, de planta rectangular, la edificación es típicamente renacentista, sobria, simétrica. Las dos torres laterales se alzan sobre los demás edificios.

En la plaza mayor, uno puede contemplar también la alhóndiga, quizá el edificio más antiguo de toda la plaza. En su interior se realizaban intercambios comerciales, actividades de compraventa y de almacenaje del cereal. En el piso superior se reunía el concejo de la villa pero también fue palacio de justicia e incluso cárcel.

Sobre los tejados de la alhóndiga se alza la majestuosa torre campanario de la Colegiata de Santa María de la Asunción. Medinaceli no es sólo rica en casas solariegas y notables sino también en edificios religiosos. El principal es este templo construido a comienzos del siglo XVI siguiendo el estilo gótico tardío de la época. Su estado de conservación no corresponde, sin embargo, con su importancia.

Por cierto, en su interior se guardan numerosos pasos procesionales de Semana Santa y dos tallas muy significativas: el Cristo de Medinaceli (siglo XVI) y el Jesus Nazareno (s. XX). Además, varios retablos de los siglos XVI al XVIII, el coro y el órgano merecen la pena contemplarse.

A la colegiata de la Asunción podemos sumar el convento de Santa Isabel, con una cuidada iglesia que uno no espera encontrar allí; y la ermita del Beato Julián de San Agustín. Por cierto, algunos pasajes de la vida de este ilustre ocelitiano fueron retratados por Murillo. En Medinaceli hay o hubo en su día más coventos como el de San Francisco o el Beaterio de San Román aunque no hablo de ellos para no aburrir al personal. Y otro apunte, Medinaceli perteneció hasta mediados del siglo XX a la diócesis de Sigüenza y no a la de Osma como el resto de la provincia de Soria.

  Rincones de Medinaceli

Muchos consideran equivocadamente que el nombre de Medinaceli deriva etimológicamente de la unión de dos palabras, una árabe - Medina - y otra latina - coeli -. Hoy se sabe que no es cierto, que su nombre es completamente árabe. Sin embargo, su emplazamiento geográfico, en lo alto de un cerro, a más de 1200 metros de altitud, y el viento constante que sopla allí (y que destrozó el paraguas del que esto firma) sí permiten calificarla como "la ciudad del cielo".

domingo, 29 de marzo de 2015

FLAVIO JOSEFO HABLÓ DE JESÚS

LA HISTORIA DEL "TESTIMONIUM FLAVIANUM"


Apareció en este tiempo Jesús, un hombre sabio, si en verdad se le puede llamar hombre. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, le siguieron. Este era el Cristo - el Mesías -. Algunos de nuestros hombres más eminentes le acusaron ante Pilato. Éste lo condenó a la cruz. Sin embargo, quienes antes lo habían amado, no dejaron de quererlo. Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de él ésta y otras mil cosas maravillosas. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha dejado de crecer.

Ant., XVIII, iii, 3.



Las palabras que acabáis de leer son el único testimonio no cristiano sobre Jesucristo que se escribió en el siglo I d.C. Fue escrito hacia el año 93 de nuestra era por el historiador judío Flavio Josefo y durante muchos años ha estado envuelto en gran polémica ya que algunos investigadores niegan su autenticidad. En cualquier caso, las palabras que Flavio Josefo dedica a Cristo no dejan de ser fascinantes y en cierto sentido, enigmáticas.

Nacido en Judea hacia el año 37 d.C., Flavio Josefo pertenecía a una familia de estirpe sacerdotal emparentada con la realeza. Vivió en una época convulsa en la que los judíos se rebelaron en numerosas ocasiones contra el poder de Roma. En el año 64, tras una revuelta judía, Flavio Josefo se trasladó a Roma para pedir al emperador Nerón la liberación de sus compatriotas encarcelados. Fue inmediatamente apresado aunque algunos meses después salió de prisión y volvió a Palestina.

En el año 66, estalló una nueva rebelión contra Roma y Flavio Josefo se convirtió en uno de sus líderes. Fue de nuevo capturado y llevado ante la presencia del general Vespasiano. Viendo la valentía del general romano, Josefo predijo que pronto se convertiría en emperador. Posteriormente fue encarcelado pero en el año 69, cuando Vespasiano efectivamente se hizo con el poder imperial, fue de nuevo liberado y llegó a ser favorito de la dinastía Flavia, de la que tomó su nombre (antes se llamaba únicamente Josefo).

En el año 71, el emperador Tito, hijo de Vespasiano, le concedió una pensión vitalicia y una casa en Roma a donde se trasladó el historiador. Allí escribió "Las Antigüedades de los Judíos", una obra en la que relata la historia del pueblo judío con afán de objetividad y rigor. Esto, sin embargo, le supuso (obviamente), enfrentarse a los judíos que rápidamente lo acusaron de traidor a su causa por haber establecido amistad con Roma.

En el capítulo XVIII de ese libro se encuentra el "Testimonium Flavianum", diez líneas que hablan de la crucifixión de Jesús y de los cristianos. Es el único testimonio pagano que habla de la vida de Cristo, si bien es verdad que otros autores, como Tácito, también lo nombran en sus obras. Son apenas diez u once líneas en las que relata brevemente la Pasión, muerte y resurrección de Cristo pero alguno autores han argumentado que la obra pudo haber sido falsificada por los cristianos, que introdujeron (según está teoría) las menciones a la divinidad de Jesús.

Otros autores sin embargo, defienden su autenticidad. Al parecer, durante su estancia en Roma, Flavio Josefo pudo haber tenido acceso a los archivos imperiales en los cuales habría leído informes sobre las revueltas producidas en Palestina inmediatamente después de la ejecución y posterior resurrección de Jesús.

No deja de ser una anécdota interesante que un historiador pagano que vivió medio siglo después de Jesucristo mencione a Éste con tanta claridad en una obra que pretende ser una Historia de los judíos. También debemos destacar que gracias al "Testimonium Flavianum", la obra de Josefo se ha conservado debido al interés de los cristianos en preservarlo.

También tienen tiene algo de profético ya que en la última línea dice: "... la tribu de los cristianos (...) no ha dejado de crecer". En la actualidad, casi dos mil años después de aquellos hechos, más de dos mil millones de personas en todo el mundo, profesan la religión de aquel "hombre sabio".


Flavio Josefo (37 - 100 d.C.)



*Flavio Josefo escribió otras obras como "Las Guerras de los Judíos" y "Contra Apión" durante su estancia en Roma. Murió allí en el año 100 d.C.

lunes, 18 de agosto de 2014

2,000 YEARS OF THE DEATH OF EMPEROR AUGUSTUS



Augustus, the first emperor of Rome


During the year 2014 Europe has celebrated several anniversaries of important historical events which took place in our continent. Everybody knows that the First World War began a hundred years ago because there have been many TV programmes and political events about that. Furthermore, 2014 is also the 75th anniversary of the beginning of the Second World War and the 25th anniversary of the fall of the Berlin Wall (it was happened in 1989). But, unfortunately, its unknown for most of the people the anniversary of the death of the first Roman emperor, Augustus, on 19th August 14 AD

Gaius Octavius was born in Rome in 63 BC and he was adopted by his great-uncle Julius Caesar who chose him as his heir in 45 BC. The following year, in 44 BC, Julius Caesar was assessinated by several senators. One of the Caesar's generals, Mark Antony, ordered the murders to leave Rome. However, Octavius, 19 years old, decided to recover his uncle's rights to rule the Republic of Rome and this fact caused problems with Mark Antony.

Octavius and Mark Antony were forced to come to an agreement when some of the murders of Caesar take control of the Eastern provinces of Rome. Both Octavius and Mark Antony, together with Marcus Lepidus formed the Second Triumvirate in 43 BC. They defeated the republicans (name to refer the murders of Caesar) and divided the territories ruled by Rome: Mark Antony received the Eastern provinces and the Gaul, Octavius take control of Italy and the Western provinces (after that, he also received the Gaul) and Lepidus was in charge of the African provinces.

In spite of this agreement, Octavius could take Roma under his control. In 33 BC, he was elected consul whereas Mark Antony fell in love with the queen of Egypt, Cleopatra. Octavius took advantage of this situation because his sister was the Mark Antony's wife so he used this excuse to declare war on Mark Antony's territories. He persuaded the Roman Senate of the bad intentions of Mark Antony who, according to Octavius, wanted to separte the Eastern provinces from the rest of the Roman Empire. Even Lepidus supported the Octavius' theory so everybody in Rome thought that the general wanted to destroy the Republic.

Octavius organised a navy steered by Agripa which defeated Mark Antony and Cleopatra in the Battle of Actium in 31 BC. Mark Antony and Cleopatra ran away but then, they comitted suicide. The following year, Octavius conquered Egypt and, after driving Lepidus into exile, he united all the Roman territories in his hands. Octavius ruled over the whole Empire but the Empire didn't exist yet because it was still a Republic!

Some years later, in 27 BC, the Senate elected Octavius as Augustus (which means venerable or majectic) and Princeps (the first citizen of Rome). Finally, he was elected Emperor of Rome. But, why?

Octavius had lived in a caotic Rome where several generals (such as Pompeius or his father Julius Caesar) had wanted to take the Republic under their control but this had caused cruel civil wars. He realised that it was necessary to take the power without destroying the rights of the Senate, the Army and the people of Rome. And Octavius did it: he brought peace to Rome and he respected the privileges of all different groups of Roman society.

Because of that, Augustus was considered the Emperor of Peace and the Saviour of Rome. He transformed the old Republic and adapted its institutions to new circumstances. He reorganized the Roman government, the provinces and the tax system. He also ordered Roman citizens to respect the old customs and the Roman religion. One of the main aims of the Augustus' government was to bring peace to all the provinces of Rome. He also conquered new territories which were annexed to the Empire, such as the Northern lands of Hispania. Peace brings progress, prosperity and wealth to Rome so this period is called "Pax Augusta".

Augustus respected the rights of the Army and increased the salary of the soldiers. He created a permanent Army of twenty eight legions and used the Caesar's system to distribute fields among veterans. Augustus also had good realtions with the Senate in spite of being firmly controlled by the Emperor because the aristocracy kept his privileges.

The time of Augustus was also brilliant in culture, literature and economy after the caos caused by the civil war. When he died, 2,000 years ago, on 19th August 14 AD, the Roman Empire (it was already a real Empire) was consolidated and the following two centuries were really brilliant. His stepson, Tiberius, inherited the Empire and he tried to keep on the way of government created by his father although it was not an easy work and he found some problems.

Nowadys, Octavius Augustus is thought to be the creator of the Roman Empire and this is the reason why Italy and Europe remember the anniversay of his death.   



Ruins of Imperial Rome
    

miércoles, 25 de diciembre de 2013

CUANDO EL AÑO COMENZABA EL 1 DE MARZO

¿Cuál es el origen de nuestro calendario? ¿Por qué el año comienza el día 1 de enero y no otro día? ¿Por qué hay doce meses y no trece? Todas las respuestas a esas preguntas se encuentran en la historia que pretendo contaros hoy. Una historia en la que nuestra tierra, la Península Ibérica, tuvo mucho que ver.

El origen de los meses que tenemos hoy en nuestro calendario, es romano. La leyenda nos dice que al principio de la Monarquía Romana, en el siglo VIII a.C. aproximadamente, los romanos dividían el año en diez meses. Así, el primero era Martius, el mes de Marte; el segundo era Aprilis, el mes de las flores; después Maius (de Maia), Junius (de Juno), Quintilis, Sextilis, September, October, November y December. Algunos de los nombres derivaban de un dios y otros de su posición en el calendario.

También dice la tradición que hacia el 713 a.C. el rey romano Numa Pompilio (el sucesor de Rómulo) añadió dos meses más al final del año: Januarius (mes del dios Jano) y Februarius (mes de las hogueras). De esta forma, el año pasaba a tener 355 días frente a los 304 anteriores y se establecía una correlación adecuada entre los meses y las estaciones. Y es que las estaciones tenían una gran importancia en la civilización romana porque de ellas dependían las cosechas y las conquistas. 

El año empezaba el 1 de marzo, el mes en el que comenzaba el buen tiempo, se abrían los pasos entre montañas al derretirse las nieves y las legiones romanas podían reanudar sus expediciones de conquista. El 1 de marzo también se nombraba a los cónsules, los máximos jefes militares, y el cargo duraba doce meses (hasta el 1 de marzo siguiente). Para los autores romanos, Marzo era el mes en el que la Historia recuperaba su ritmo después del letargo invernal. Las guerras de conquista duraban mientras lo hacía el buen tiempo, por eso el primer mes estaba dedicado al dios de la guerra, Marte.

Pero al comenzar la conquista de Hispania se produjo un pequeño desajuste. La Península se encontraba a varias semanas de travesía en barco desde Italia. Si los cónsules eran nombrados el 1 de marzo, cuando querían llegar a Tarraco era principios de mayo. Después debían  asumir el mando y organizar los ejércitos con lo que la actividad de conquista sólo se ponía en marcha hasta bien entrado julio. Desde marzo a julio había un tiempo valioso en el que no se conquistaba por los preparativos y después las expediciones resultaban cortas: de julio a octubre o noviembre cuando volvía el mal tiempo y las guerras se interrumpían.

En diciembre de 154 a.C. las legiones romanas habían llegado a los pies de la muralla de Numancia, ciudad celtíbera que oponía gran resistencia. Además, los lusitanos estaban protagonizando una serie de revueltas en la provincia Ulterior. Los cónsules de ese año no podían hacer nada por el mal tiempo en la Península y había que esperar a los nuevos, nombrados el 1 de marzo, que llegarían a Hispania en julio del año siguiente. Demasiado tiempo desaprovechado. 

Se sabía que cuatro meses (de julio a octubre) no iban a ser suficientes para acabar con las Guerras Celtibéricas y Lusitanas. El Senado romano decidió aprovechar el buen tiempo desde marzo a julio para llevarlas a cabo. Se decidió entonces adelantar el comienzo del año al 1 de Januarius (enero en castellano). Los cónsules serían nombrado en Roma ese día, cogerían el barco rumbo a Tarraco semanas después y para el 1 de marzo (comienzo del buen tiempo) ya estarían listos para reanudar la guerra. De esta forma se aprovechaban todos los meses de bueno tiempo (entre marzo y octubre). Y así fue. Desde entonces, todos los años comienzan el 1 de enero.

Pero la Historia da muchas vueltas y no todos los países modernos adoptaron el 1 de enero como "Año Nuevo" a la vez. A comienzos del siglo XVI lo hicieron Francia, España y los reinos italianos;  Rusia lo adoptó en 1700 y el Reino Unido y sus colonias lo hicieron en 1752. Antes comenzaba para los anglosajones el 25 de marzo, nueve meses antes del día de Navidad. 


Calendario sobre un monolito de piedra de época romana.


En cualquier caso, la historia del comienzo del año el primero de enero tuvo mucho que ver con el tiempo atmosférico, con la guerra... y con Hispania.


domingo, 22 de diciembre de 2013

CUANDO COMENZÓ NUESTRA ERA

Hoy os propongo viajar a Palestina hace dos mil trece años. En realidad no hace dos mil trece años por un error de cálculo de Dionisio el Exiguo, el monje rumano del siglo V d.C. encargado de calcular en qué año nació Jesucristo. Se equivocó en cuatro o cinco años así que Jesús debido de nacer en realidad hacia el 4 ó el 5 a.C.

En esa época, Palestina llevaba décadas bajo el poder de Roma desde que Pompeyo la incorporara al Imperio en el 63 a.C. El prínceps era Octavio Augusto, el todo poderoso emperador de Roma y máxima autoridad en las provincias, incluida Palestina.

Esta tierra estaba dividida en cuatro provincias: Judea, Galilea, Samaria y Perea y sobre todas ellas gobernaba el rey judío Herodes el Grande. Un títere de los romanos que, después de eliminar toda disidencia, monumentalizó Jerusálem, la capital, al estilo de las ciudades romanas. Herodes reinó hasta el 4 a.C. y parece que fue un gobernante eficaz que impulsó la economía de Palestina. Para la tradición fue el malvado rey que mandó ejecutar a todos los recién nacidos pero de eso no hay constancia en las fuentes históricas.

Palestina en torno al año 1 a.C. dividida en cuatro provincias


La economía de Palestina era agrícola basada en la trilogía mediterránea (cereal, vid y olivo). La religión era el judaísmo y sus tradiciones eran respetadas por los romanos que no buscaban (de momento) la asimilación de los israelitas. Se limitaban a cobrar los impuestos del César y a que los judíos se mantuviesen tranquilos sin protagonizar revueltas.

Hacia el 4 a.C. (o años después, depende de las fuentes), Augusto ordenó la elaboración de un censo en todo el Imperio. Se trataba de realizar una lista de los habitantes que vivían en las provincias para tenerlos controlados. Toda la población debía acudir a sus lugares de origen y apuntarse en dicha lista.

En ese año, un carpintero afincado en Nazaret y de nombre José acababa de recibir la noticia de que su esposa, la joven María, esperaba un hijo (según la tradición, María era virgen pero la Historia no es capaz de afirmarlo, obviamente). El caso es que José y María, cumpliendo el mandato de Augusto, tuvieron que viajar hasta Belén, donde había nacido el carpintero. Recorrieron en un borrico los 115 km que separan Nazaret y Belén, con María a punto de dar a luz.

Al llegar a Belén, una noche, María se puso de parto pero según la tradición, no encontraron alojo en ninguna de las posadas que había en la ciudad. El único cobijo que encontraron fue un establo abandonado. Allí pasaron la noche al calor de un buey y el borrico. Y allí nació Jesús quien estaba destinado a cambiar el rumbo de la Historia. 

Dicen que un ángel avisó a los pastores que cuidaban sus rebaños en los alrededores de Belén de la llegada del Mesías. También dicen que días después, tres magos de Oriente acudieron a adorar al Salvador. Jesús no nació un 25 de diciembre, pero la tradición ha conservado esa fecha porque es el día en el que la luz comienza a vencer a las tinieblas.



¡Feliz Navidad a todos!

sábado, 28 de septiembre de 2013

LÍOS DE NOMBRES Y BANDERAS (II)


En la entrada anterior dejamos a Macedonia y Grecia enzarzados en una lucha diplomática por cuestiones de importancia relativa: el nombre oficial y la bandera. Pero remontémonos al origen del conflicto para encontrar la solución.  
 
Los macedonios actuales se consideran herederos de la Antigua Macedonia de Alejandro Magno. Tanto es así que en una de las plazas más céntricas de Skopje se alza una enorme estatua ecuestre del rey macedonio que vivió en el siglo IV a.C. y que conquistó medio mundo. Toda una declaración de intenciones para los macedonios actuales. El aeropuerto de la capital macedonia también se llama Alejandro Magno, no les digo más.

Pero nada más lejos de la realidad. La actual Macedonia, poco o nada tiene que ver con la del legendario caudillo de la antigüedad. De hecho, sólo una mínima parte del territorio de la actual Macedonia pertenecía a la Macedonia de entonces. Aquí lo tienen:
 
La Macedonia de Alejandro Magno coloreada en azul. La actual Macedonia eran tierras de bárbaros para los contemporáneos de Aristóteles.
Tan sólo una ínfima parte de la Macedonia de Alejandro Magno se asentaba en tierras de lo que hoy es la República de Macedonia. La Mayor parte de la Macedonia Antigua se encontraba en las actuales provincias griegas de Macedonia. La capital de la que hoy es "Macedonia Central" en Grecia, Salónica (segunda ciudad del país), fue fundada por Casandro de Macedonia, esposo de Tessaloniké, que a su vez era hija de Filipo II y hermanastra de Alejandro Magno.
 
Pero tras la conquista del reino por Roma siglos después y más tarde, ya en la Edad Media, se configuró una región denominada "Macedonia" en un territorio algo más amplio que el antiguo reino. Esta región medieval (perteneciente al Imperio Bizantino y después a los Otomanos) sí ocupaba una buena parte de lo que es hoy la Moderna Macedonia. Miren:
 
La Macedonia Medieval


 
El 51% de esta región es hoy Grecia, el 37% es hoy soberanía de la República de Macedonia, el 11% es hoy de Bulgaria y el resto de Albania. Por eso, hace unos años, los macedonios hacían manifestaciones gritando "¡37!" que es el porcentaje de la antigua Macedonia que corresponde a su país.
 
En resumen, de nuevo el nacionalismo impone el sentimiento irracional que se encuentra en este conflicto. Una cosa está clara: los actuales macedonios no son, por supuesto, herederos directos de Alejandro Magno. Pero tampoco los griegos actuales lo son de los antiguos griegos. La Historia es larga y entre ambos momentos aquí relatados hay un sinfín de conquistas, reconquistas, unificaciones y divisiones.
 
¿La solución? pues no parece clara hoy en día. Ninguna de las partes está dispuesta a ceder porque eso se podría entender como debilidad ante el adversario. Pero en la propia Unión Europea se puede encontrar algo parecido a una respuesta al conflicto:
 
Bélgica y Luxemburgo son países vecinos, amigos, socios comerciales y dos pilares inseparables de la UE. Su historia está cruzada en numerosas ocasiones y su cultura sí tiene una raíz común. Pero no sólo eso, sino que en la Región Valona de Bélgica, una de las provincias se llama Luxemburgo y es limítrofe con la Gran Ducado de Luxemburgo. Los únicos problemas que hay en la zona es a qué lado de la frontera ponen un supermercado o un concesionario de coches.
 
La solución es pues el entendimiento admitiendo que la Historia ha zarandeado continuamente a los pueblos y las sociedades, y lo seguirá haciendo. Sólo hace falta conocerla para darse cuenta.

viernes, 27 de septiembre de 2013

LÍOS DE NOMBRES Y BANDERAS (I)

El más mínimo detalle puede suponer todo un conflicto diplomático entre países en los Balcanes. Y es que en una región tan convulsa históricamente como aquella península europea, cualquier motivo puede ocasionar un conflicto. Si no que se lo digan a los ciudadanos de la República de Macedonia.

La República de Macedonia se independizo de Yugoslavia en 1991. A pesar de ser la única independencia que se resolvió de forma pacífica en dicho proceso de desintegración del Estado yugoslavo, inmediatamente después de la emancipación surgieron los problemas con sus vecinos. Bulgaria no renunciaba a incorporar Macedonia a su Estado, Albania pretendía que los albano-macedonios luchasen por incorporar las regiones occidentales del nuevo país al suyo y Serbia, por supuesto, no renunció a su reincorporación junto con Montenegro.

Pero la disputa más acalorada fue con Grecia. Ésta no aceptó el nombre del nuevo país ya que las provincias del norte de la República Helena se llaman igual: Macedonia. Los griegos pensaron que al adoptar esa denominación, los macedonios daban a entender que no renunciaban a las provincias griegas del mismo nombre.


Cuando nació la Moderna Macedonia en 1991, se encontraba rodeada de vecinos amenazadores. Todos tenían apetencias sobre la joven república. Fíjense en la provincia griega (en azul claro) con el mismo nombre dentro de la República Helénica (en azul más oscuro) .


Para solucionarlo, la ONU propuso una denominación provisional: Antigua República Yugoslava de Macedonia (sí, el nombre que no entendemos cuando vemos las votaciones de "Eurovisión"). En inglés es "Former Yugoslav Republic of Macedonia".  Pero los griegos tampoco la aceptaron así que Macedonia sigue, veinte años después, sin un nombre reconocido oficialmente.

Pero ahí no quedaron los problemas. Conflictos también se presentaron al diseñar la bandera del nuevo país. Los macedonios se consideran herederos de la Macedonia antigua, la de Alejandro Magno (ahí es nada) y adoptaron la siguiente bandera:

Bandera de la República de Macedonia adoptada en 1991
El símbolo que tiene en el centro es la estrella argéada o Sol de Vergina que fue encontrada por un arqueólogo en los años 70 del siglo XX en la citada ciudad, situada en la Macedonia central (Grecia). Los historiadores la atribuyeron a Filipo II, padre de Alejandro Magno.
 
Hasta ahí no hay ningún problema: Macedonia sólo adoptó un símbolo que podría tener relación son su cultura. Ahora bien, miren esta bandera:
 
Bandera de la Provincia griega de Macedonia
 
Pues sí: es la bandera de la provincia griega de igual nombre. Otro motivo de conflicto con Grecia porque podía significar una reivindicación sobre tierras de soberanía griega.
 
El caso es que Macedonia hubo de cambiar de nuevo su recién estrenada bandera. Al final adoptó ésta en 1995:
 
Bandera de la Exrepública Yugoslava de Macedonia (1995)
 
Los problemas entre Grecia y Macedonia siguen sin solucionarse y la primera veta continuamente a la joven república su adhesión a la Unión Europea y a la OTAN. Pero ¿quién tiene razón? ¿tiene solución este conflicto?
 
Las respuestas en la segunda parte del artículo.
 
 

sábado, 3 de agosto de 2013

LAS TRES FRACTURAS HISTÓRICAS DE EUROPA


Cuando estudiamos la geografía política de Europa, observamos la enorme diversidad que existe en nuestro continente. En poco más de 10,5 millones de kilómetros cuadrados, se pueden contar hasta cuarenta y cinco países independientes. Sin embargo, nada tiene que ver unos con otros. Así por ejemplo, muy distinta es Austria de su vecina Eslovaquia e inclusa más lo es Bosnia Herzegovina de Serbia.
 
Para entender esta diversidad debemos prestar atención a la propia historia de Viejo Continente. Durante más de tres milenios, distintas civilizaciones y países se han construido en Europa, y cientos de conflictos y guerras se han desarrollado aquí. Pero tres momentos, sólo tres, ayudan a entender la gran heterogeneidad europea. Tres fracturas históricas que dividieron el continente en dos y supusieron distintos destinos para las dos mitades. Esas fracturas están representadas en el mapa superior.
 
La primera es sin duda el "Limes" del Imperio Romano, es decir, la frontera entre la Romanidad y los pueblos bárbaros del norte. Las diferencias entre ambas zonas eran abismales: cultura, lengua, civilización, etc. De aquella división queda poco rastro hoy, pero durante siglos, hasta el 476 d.C. el limes partía Europa en dos. Los pueblos bárbaros, extranjeros para los romanos, envidiaban y admiraban la cultura de Roma. La civilización romana se encontraba mucho más avanzada que la germana en aquellos momentos.
 
La segunda fractura es el Cisma de la Iglesia de Oriente en el 1054 d.C. La Cristiandad se dividió por primera vez dando lugar a dos zonas: Occidente dominado por entidades como Francia, Castilla, el Sacro Imperio o los principados de Italia, incluido el Papado; y Oriente, dominado entonces por el Imperio Bizantino y el germen de lo que después sería Rusia. La cultura siguió desde entonces caminos distintos, simplemente debemos observar las fiestas religiosas ortodoxas o los alfabetos: en Occidente usamos el latino y en Oriente el Cirílico. Oriente sufrió durante siglos la ocupación del Imperio Otomano (islámico) desde el 1454.
 
La Reforma protestante del siglo XVI fue otra fractura pero secundaria, ya que los efectos sociopolíticos de la misma, aún siendo enormes, no son comparables a los del cisma de Oriente.
 
Por último, debemos hablar de la última fractura, que es mucho más evidente para nosotros. Desde 1948 hasta 1989, Europa estuvo partida en dos por el "Telón de Acero" en palabras de Churchill. El desfase entre los países de Oeste y de Este es más que evidente. Aún hoy, veinticinco años después, casi todos los países que se encontraban en la órbita soviética sufren retraso socioeconómico con respecto a los países de Occidente.
 
En conclusión, Europa es diversa por su larga historia y por las divisiones que se han producido a lo largo de los siglos.

jueves, 18 de julio de 2013

DESCUBRIENDO EGIPTO (III)


EGIPTOMANÍA
 
Y para acabar con esta triple entrada que rememora el descubrimiento de la Piedra Rosetta, no podemos olvidar a quien se encargó de descifrarla. Es verdad que muchos lo intentaron en la Europa decimonónica pero sólo Champollion lo consiguió. Gracias a él se desató en Francia y en todo el Viejo Continente una gran admiración por el Antiguo Egipto. Fue el comienzo de la Egiptomanía
Jean François Campollion nació en la localidad francesa de Figeac allá por el año 1790, en plena Revolución Francesa. Desde jovencito se interesó por la escritura de los antiguos egipcios que le parecía fascinante y misteriosa. Esta afición le llevó a estudiar la cultura egipcia y todas las lenguas antiguas (griego, copto, etc.).
En 1808, (sí el mismo año en que Napoleón invadió España), llegó a las manos del joven investigador una copia de las inscripciones de la Piedra Rosetta. Inmediatamente se puso manos a la obra tratando de descifrar el código. Tardó más de una década en lograrlo a pesar de que conocía perfectamente el copto pero lo logró en 1822. “Je tiens l’affaire” dijo… ¿recuerdan?
Después de su hazaña, se marchó de viaje por Italia donde conoció a Ippolito Rosellini. A ambos les unía su pasión por Egipto y el joven italiano se convirtió en el más cercano discípulo del egiptólogo francés. Tanta fue su amistad y su interés por la cultura del antiguo Egipto que organizaron una expedición franco-toscana al país del Nilo. Cada uno consiguió el beneplácito de su gobierno: Campollion el de Carlos X de Francia (el anteúltimo rey de la Historia de Francia) y Rosellini del Gran Duque de la Toscana Leopoldo II.
La expedición duró todo un año y se recogieron innumerables escritos y conclusiones sobre el Antiguo Egipto. Desafortunadamente, Champollion murió el 4 de marzo de 1832, a los cuarenta y dos años de edad. No pudo ver publicados sus escritos. Rosellini se encargó del trabajo en solitario.
A Champollion le debemos no sólo el haber descifrado la Piedra Rosetta sino también la difusión por Europa de la pasión por Egipto.
 
Champollion junto algunos de sus escritos sobre Egipto.