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sábado, 22 de julio de 2023

OPPENHEIMER: AYER, HOY, MAÑANA


"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos"

R. Oppenheimer


Las tres horas de "Oppenheimer" descubren a un hombre desconocido, alumbran el mundo en el que vivimos y plantean un dilema moral ajeno a muchos de nosotros hasta ahora. Se trata de un thriller histórico que te mantiene expectante hasta el último minuto y va más allá del (ya de por sí trepidante) desarrollo de la bomba atómica.

Robert Oppenheimer murió en 1967, pero no hace falta decir que su influencia se extiende hasta el presente. En un contexto internacional actual, en el que el dictador ruso amenaza directamente con el uso del armamento nuclear en la guerra de Ucrania, la figura del llamado "padre de la bomba atómica" no es en ningún caso insignificante. Oppenheimer es uno de los personajes más destacados del siglo XX, aunque sea desconocido para los individuos del XXI.

El mundo en el que vivió Oppenheimer era muy diferente al actual, pero cambiante, como este. Cuando empezó a trabajar en el Proyecto Manhattan (que daría a luz a la bomba atómica) corría el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Los enemigos de EE.UU. eran los nazis, que estaban desarrollando su propio armamento nuclear. Los soviéticos eran, entonces, unos aliados incómodos, pero aliados, al fin y al cabo. Pocos años después, derrotada Alemania y muerto Hitler, fue la Unión Soviética el gran enemigo de EE.UU. y con quién habían de competir por el desarrollo de armas cada vez más destructivas. Los tiempos cambian; los enemigos, también.

La película plantea el dilema moral sobre el uso de la bomba atómica. Oppenheimer, líder del equipo de científicos que la desarrolló, se opuso, después, a su uso y apostó abiertamente por la negociación entre las naciones para detener una carrera armamentística que podría destruir el mundo. Fracasó, como es sabido. Y, además, le granjeó enemigos personales, como Lewis L. Strauss. Nuestro protagonista fue, no obstante, un hombre controvertido, pues estuvo vinculado al Partido Comunista en sus años jóvenes, algo intolerable en los Estados Unidos de los años 50.

¿Estuvo justificado el uso de la bomba atómica contra Japón en agosto de 1945? Esta es la gran pregunta imposible de contestar. Por supuesto, la película no lo hace. ¿Hasta qué punto fue responsable Oppenheimer de la muerte de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki?

La Física cuántica, el mal y la culpa recorren la película de principio a fin. De la primera no voy a hablar; de las otras dos, un poco. El mal lo impregna todo, desde el desarrollo de la bomba atómica en el laboratorio de Los Álamos hasta las acusaciones de traición contra Oppenheimer por sus actuaciones filocomunistas décadas antes. Y, junto al mal, la culpa por todo ello: por el desarrollo de un arma tan destructiva, por el uso de la bomba atómica sobre Japón y por las simpatías hacia el comunismo en otros momentos de la existencia. El pasado impregna el presente y el futuro.

La idea que obsesiona a Oppenheimer durante toda la cinta es la posibilidad de que la detonación genere una reacción en cadena que afecte a la atmósfera y provoque la destrucción del mundo. "¿Me está diciendo que hay una probabilidad de que al pulsar ese botón destruyamos el mundo?". Al final, Oppenheimer se da cuenta de que la reacción en cadena se ha producido: una carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética por producir armas cada vez más mortíferas que él intentó detener si éxito.

Hoy, en pleno siglo XXI, esa reacción en cadena sigue imparable. Además de Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte poseen cabezas nucleares. ¿Quién será el siguiente? 






PARA LEER MÁS: "Nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" (15 de agosto de 2015)

martes, 12 de marzo de 2019

EL LÍBANO ENTRE ENEMIGOS

De las actuales costas del Líbano partieron haci casi tres mil años los navegantes fenicios que, buscando metales, fundaron la ciudad de Gadir al otro lado del Mediterráneo. También salieron de allí los que fundaron Cartago, la ciudad que rivalizó durante décadas con Roma por el control del Mediterráneo Occidental. Y es que el Líbano y Fenicia casi (pero no) son sinónimos. Las famosas ciudades que todos repetimos de memoria, Biblos, Tiro y Sidón, se encuentran en el Líbano.

La historia de este pequeño pedazo de tierra, situada entre tres continentes, es convulsa. Asirios y judíos. Hititas y egipcios. Filisteos y cananeos. Griegos y persas. Romanos y partos. Bizantinos y árabes. Turcos y cruzados. Muchos imperios se han disputado durante siglos las tierras que hoy son el Líbano. Con ello podemos entender que hoy el país sea un crisol de culturas y religiones.

Con el demembramiento del Imperio Otomano en 1918, tras la Primera Guerra Mundial, Francia ocupó el Líbano. Se independizó plenamente a finales de 1946 aunque los franceses procuraron dejar allí unas estructuras políticas más o menos estables. En 1926 se redactó una Constitución que, con numerosas modificaciones ha llegado a la actualidad. El Pacto Nacional de 1943 estableció un equilibrio político entre cristianos y musulmanes. Así, el Presidente de la República siempre debe ser cristiano; el Presidente del Gobierno, musulmán suní; y el Presidente del Parlamento, musulmán chií.

Desde los años 50, la situación del país se fue polarizando: los cristianos del norte, más prósperos y pro-occidentales; y los musulmanes del sur, más pobres y alineados con los árabes. En todo caso, el Líbano fue durante las décadas centrales del siglo XX la "Suiza del Próximo Oriente" por sus pujantes finanzas y su estabilidad política.

En 1953 hubo una breve guerra civil que cesó con la intervención de EE.UU. La llegada de refugiados palestinos al sur del Líbano exacerbó las tensiones sectarias. Sólo una administración militar impidió que el pequeño país se dividiese en dos en 1969. La guerra civil se reanudó en 1975 y ese mismo año, Siria inició la ocupación militar de su vecino. La presencia siria en el Líbano duraría más de treinta años. En 1976 las luchas se detuvieron momentáneamente por la mediación de la Liga Árabe. Para entonces, Beirut y otras ciudades habían sido parcialmente destruidas y atrás quedaba la prosperidad económica del país. 

En 1982, las cosas se volvieron a torcer. Tras el intento de asesinato de uno de sus embajadores en Beirut, Israel lanzó una operación militar a gran escala para ocupar el país. Se la conoció como "Operación Galilea". El verano de ese mismo año fue elegido presidente el cristiano Bechir Gemayel (pro-israelí) pero fue asesinao antes de que pudiese tomar posesión del cargo. En venganza, la milicia Falange Cristiana Maronita entró en los campos de refugiados palestinos de Beirut occidental y masacró a cientos de personas. A este suceso se le conoce como Masacre de Sabra y Chatila y fue declarado genocidio por la ONU.

"No judíos han matado a no judíos, ¿qué culpa tiene Israel en esto?" dijo descaradamente el primer ministro de Israel. La Falange Cristiana Maronita era aliada de Israel y actuaba en connivencia con Tel-Aviv.

Al año siguiente, por mediación de Naciones Unidas se iniciaron las conversaciones de paz. Israel aceptó replegarse manteniendo ocupada una zona en el sur del país. En 1988 volvió a estallar la lucha entre milicias cristianas y el grupo radical chií Hezbolá, aliado de Siria. Al año siguiente, por si fuera poco, el gobierno cristiano, inició una "guerra de liberación" contra Siria. En 1991 Siria aceptó replegarse pero no lo hizo por lo que el Líbano permaneció ocupado por dos potencias extranjeras: Israel y Siria.

La situación comenzó a estabilizarse en 1992 con el apoyo de las fuerzas de paz de la ONU. Las milicias cristianas fueron desarticuladas y, ante la desaparición de sus aliados, Israel abandonó el sur del Líbano en el año 2000. No ocurrió lo mismo con Siria, que siguió presente en el país, ni con sus grupos islamistas afines, como Hezbolá, que consiguió crear una especie de Estado dentro del Estado libanés (controla escuelas y un canal de televisión propio).

En 2005, después del asesinato del primer ministro al-Hariri, miles de libaneses se manifestaron pidiendo la retirada de las tropas sirias. Asad, el dictador sirio, anunció que así lo haría. En 2008, sin embargo, Israel volvió a invadir el sur del Líbano, una zona controlada por Hezbolá. Tel-Aviv acusaba a los islamistas de lanzar ataques contra el norte de Israel. La operación fue corta y los resultados escasos porque Hezbolá resistió el avance israelí.

Hoy el Líbano ha recuperado la prosperidad económica que tuvo otrora. Sin embargo, la situación social no es buena y el Estado sigue sufriendo numerosas tensiones. A los cientos de miles de refugiados palestinos que acoge el Líbano desde hace cicuenta años debemos sumar los millones de sirios que, huyendo de la guerra en su país, han cruzado la frontera. Sólo un dato puede ayudarnos a entender la tensa situación social de hoy en día: el Líbano tiene seis millones de habitantes (dato de 2016) y da cobijo a nada menos que 1,6 millones de refugiados sirios. 

martes, 15 de enero de 2019

"LA PLAZA DEL DIAMANTE", INTRAHISTORIA PERO NO MICROHISTORIA

En el norte de Italia, a finales del siglo XVI, un molinero llamado Doménico Scandella, conocido como Menocchio, fue acusado de herejía ante el Santo Oficio. La Inquisición lo declaró culpable y fue finalmente quemado en la hoguera en 1601. Menocchio no era un Lutero o un Calvino, no era un reformador religioso cuyas ideas hayan pasado a la posteridad. Era un desgraciado, como tantos otros, que sufrió la mala suerte de vivir en una época en la que la fiebre religiosa no dejaba a nadie tranquilo. "Vivimos tiempos difíciles en los que no podemos hablar ni callar sin riesgo", escribió Juan Luis Vives a su amigo Erasmo de Rotterdam.

La historia de Menocchio la conocemos por la obra "El queso y los gusanos", publicada en 1976. A partir de las actas del proceso inquisitorial, encontradas en un pueblecito al norte del Véneto, el historiador Carlo Ginzburg reconstruyó la historia de este molinero, uno más de esos a los que hemos llamado de forma ambigua y casi despectiva "gentes sin historia". Son las peripecias individuales, personales, a veces cómicas, a vaces dramáticas, del pueblo, de desconocidos que no han pasado a la Historia, con mayúscula, pero tuvieron su propia historia. Y esa historia puede ser rastreada y reconstruida.

"El queso y los gusanos" abrió una nueva rama en la historiografía: la microhistoria. Consiste en la reducción de escala de los temas elegidos, en los que el investigador analiza un caso pequeño, concreto, como si fuera un detective. La microhistoria utiliza un relato vivo, ligero, que engancha al lector como si se tratase de una novela de intrigas y le descubre simples anécdotas que, en ocasiones, llegan a ser focos de luz de la Historia general, la de los libros de texto.

La microhistoria llegó a España en los años ochenta, con cierto retraso respecto de Europa. Pero aquí teníamos la voz "intrahistoria" acuñada por el filósofo Miguel de Unamuno a principios del siglo XX. La intrahistoria es, en resumidas cuentas, algo similar a la microhistoria aunque con una gran diferencia. La intrahistoria se refiere a un relato de ficción, a una obra inventada a partir de recuerdos de su autor o simplemente brotada de su imaginación. La microhistoria, por el contrario, precisa del rigor de la ciencia histórica, el autor no puede inventar nada, sino ceñirse única y exclusivamente a lo que proporcionan las fuentes, a lo que puede ver y contrastar. La intrahistoria puede ser o no Historia, la microhistoria lo es por esencia.

En este sentido, podemos calificar la obra "La Plaza del Diamante", novela de Mercè Rodoreda (1962) y película de Francesc Betriu (1982), como intrahistoria pero en ningún caso, porque ni siquiera lo pretende, como microhistoria. El relato de Natalia no es Historia porque sencillamente "la Colometa" nunca existió. Su vida, su drama, son ficticios. Su marido no murió en el frente de Aragón durante la Guerra Civil española porque, simplemente, nunca existió un Quimet, y tampoco sus hijos fueron Antonio y Rita. No hubo hijos. La vida de Natalia, al contrario de lo que ocurre con la del molinero italiano del principio, no puede rastrearse en ningún lado porque nació de la fantasita de Mercè Rodoreda, la autora de la novela.

Ello no impidió, sin embargo, que "La Plaza del Diamante" se convirtiese en un espejo en el que muchas mujeres que vivieron la Segunda República, la Guerra Civil o la posguerra se pudieran ver reflejadas. Las experiencias dramáticas que relata Mercé Rodoreda, y que pueden verse en la película, son imágenes de la memoria colectiva de millones de españoles que vivieron esa época, pero no pertenecen a nadie en particular: el terror dentro del metro durante los bombardeos; el hambre; el miedo a ser delatado, a ser entregado a los sublevados; la incertidumbre por el destino de los familiares y amigos; la desesperación por lo irracional de la guerra; etc. 

Todas estas experiencias que pueden verse en la película y leerse en el libro fueron o son comunes a millones de españoles. Se repitieron durante décadas en la memoria de hombres y mujeres a los que les volvían una y otra vez las mismas imágenes, constantes flashes en la mente que los llevaban a una época pasada de terror. Si "la Colometa" hubiese existido, las imágenes de la guerra hubiesen estado siempre en su memoria. Por eso "La Plaza del Diamante" es una intrahistoria, por que da luz a la memoria colectiva de varias generaciones de españoles, una memoria que se confunde con la historia de los desfavorecidos, de las "gentes sin historia".

En resumen, "La Plaza del Diamante" no es una obra histórica porque no es fruto de un proceso de investigación y no hay documentos, fuentes históricas que respalden el relato, que lo hagan real. Sí es, sin embargo, una intrahistoria, el resultado de la fantasía de su autora en la que a buen seguro se mezclaron recuerdos personales y vivencias de otros a quienes conoció o sobre los que oyó. Historias terribles, en definitiva, que marcaron a los hijos de la guerra de España, la memoria colectiva del país.  

domingo, 25 de noviembre de 2018

"TIEMPOS MODERNOS" O CÓMO LUCHAR POR LA FELICIDAD

"Tiempos Modernos" (1936) es, para todos, una de las grandes obras maestras del genial Charles Chaplin. Para muchos, la última gran película de cine mudo. Para unos cuantos, la primera de cine sonoro. Y para mí, es un gran filme que cuenta una historia humana sencilla: la búsqueda desesperada de la felicidad.

El vagabundo Charlot, en esta película reconvertido en obrero, huelguista, vigilante nocturno, maître y bailarín, sólo persigue la felicidad en un tiempo de individualismo y miseria, los años treinta. La comida y una vivienda digna son los grandes sueños del protagonista y de su compañera, la joven Paulette Goddard (el nombre es de la actriz), una muchacha húerfana, separada de sus hermanas pequeñas tras la muerte de su padre. El papel de Chaplin aquí inspirará al dibujante Escobar en Carpanta, el famoso vagabundo español que vive bajo un puente soñando con comer un gran pollo asadado. Era otro espacio, España, y otro tiempo, los cincuenta, pero la miseria era la misma.

"Tiempo Modernos" refleja la crueldad de la Segunda Revolución Industrial. Los obreros son meros autómatas en la cadena de montaje diseñada por Taylor y perfeccionada por Ford. Reduciendo su labor a movimientos sencillos y automáticos se ahorra tiempo y se aumenta la producción. Tuercas y martillo, tuercas y martillo, tuercas y martillo. Con estas palabras se puede resumir la primera parte de la película. Charlot apreta las tuercas de forma automática, sin pensar, hasta apretar con la palanca la nariz del jefe y los botones de la falda de la secretaria. Una confusión la tiene cualquiera. Se trata de una desternillante caricatura que enseña las trágicas condiciones laborales de principios del siglo veinte.

Unos trabajos más de máquinas que de personas. Un jefe onmipresente, que recuerda al Gran Hermano de George Orwell en "1984". Unos ritmos de trabajo frenéticos. El trabajador no puede ni espantar una amenazadora avispa. Si lo hace retrasa la cadena de montaje. Todo ello acab provocando una crisis nerviosa en el pobre Charlot, que se vuelve loco. Hasta se convierte en el conejillo de indias de un artilugio para dar de comer a los obreros mientras trabajan y con ello ahorrar tiempo y acelerar la producción.

Cuando sale del psiquiátrico los tiempos han cambiado. Los felices años veinte han quedado atrás y la Gran Depresión sume al país en la miseria. Sin comerlo ni beberlo (y nunca mejor dicho), nuestro protagonista es confundido con un comunista en medio de una manifestación. Entra en la cárcel varias veces. Comprende incluso que se está mejor dentro que fuera. Al fin y al cabo, en prisión tiene comida asegurada y no necesita trabajar. Fuera hay hambre y poco trabajo.

Bien lo sabe el padre de la pobre muchacha Paulette. Es ella quien se las ingenia para buscar algo que llevarse a la boca. La muerte del padre por disparos en una manifestación refleja la crudeza de la represión estatal durante los años treinta. Separada de sus hermanas pequeñas, Paulette huye durante toda la película. Y Charlot con ella. La vida se ha vuelto dificil: incluso el antiguo colega de nuestro protagonista, Big Bill, se ha convertido en un criminal: "No somos ladrones - tenemos hambre", dice a Charlot cuando asalta el centro comercial del que éste es el vigilante.

Charlot y la muchacha sueñan con comer pasteles, patinar libres y dormir sin preocupaciones. Sueños sencillos pero imposibles en aquellos tiempos. La vivienda destartalada de la pareja es otra metáfora más de la realidad. Los barrios de chabolas, las "hoovervilles", surgieron por doquier en Estados Unidos durante la Gran Depresión y recibieron su nombre en honor (dudoso) del presidente Herbert Hoover. Una chabola de madera en un descampado junto a un lago de aguas fecales y frente a fábricas otrora prósperas y ahora paradas. Así es el hogar de los protagonistas, muy lejos del sueño americano, del famoso "American Way of Life" tantas veces pregonado. 

Al fin y al cabo, toda la película transcurre entre fábricas, huelgas y prisiones. Varias veces aparece Charlot trabajando junto a enormes máquinas de engranajes y correas (donde por cierto, no es muy habilidoso). Varias veces también se ve envuelto en manifestaciones y huelgas. Y varias veces acaba en prisión, bien por ser confundido con un líder comunista, por robar un pan para comer o por su mala pata. Fábricas, huelgas y prisiones son las tres palabras esenciales en la vida de los años treinta en Estados Unidos y en otros países. La cuarta es desempleo, paro.

Al final, resulta que la joven pareja encuentra un hueco en el mundo del espectáculo, como bailarines. Pero olvidan que su destino es huir siempre. Los agentes del gobierno que persiguen a la muchacha los obligan a abandonar su trabajo y escapar lejos. "¿De qué sirve intentarlo?" se pregunta la joven al final. Charlot contesta: "No te rindas, anímate. ¡Nos las arreglaremos!". De nuevo apunta al futuro, a la felicidad.

Eso es "Tiempos Modernos", un canto a la felicidad, al amor, a los valores puramente humanos, a la libertad personal. Charlot y la joven Paulette se rebelan contra un mundo en el que los pobres son máquinas, en el que sólo importa la masa uniforme que acude a trabajar a las fábricas, en el que los obreros son autómatas fácilmente sustituibles. Una sociedad donde importa el individuo como fuerza de trabajo pero no la persona. Un gran rebaño de ovejas se confunde con la cola de trabajadores que esperan entrar en la fábrica al comienzo del filme. Así veía Chaplin la sociedad de los años treinta. Así eran los "Tiempos Modernos".

 

martes, 6 de noviembre de 2018

"LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS", NI LOCOS NI HÉROES

"1898: Los últimos de Filipinas", de Salvador Calvo (2016), no es una historia de héroes ni de locos. Porque no eran héroes ni locos los hombres que defendieron la ermita de Baler durante casi un año, entre 1898 y 1899, por más que la propaganda franquista los situara en la línea de don Pelayo, el Cid y Hernán Cortés. Y por más, también, que a la luz del siglo XXI su hazaña nos parezca cosa de lunáticos.

Los últimos defensores de la soberanía española en Filipinas no fueron héroes porque, sencillamente, nunca fueron conscientes de lo que estaban haciendo. Y probablemente, de haberlo sido, la Historia hubiera sido también diferente. No supieron que su empecinada resistencia en vano sería puesta como ejemplo después de un patriotismo que quizá ni siquiera tenían. No fueron tampoco locos, porque ninguno de ellos se apartó nunca de la realidad que estaban viviendo, aunque esa realidad particular no fuese la misma en todos lados. Los cincuenta soldados que defendieron Baler simplemente cumplieron con su deber: defender la posición.

El filme nos muestra unos soldados mal preparados y mal pertrechados, ataviados con uniformes que parecen pijamas, unas botas de varias tallas menos y unos sombreros inútiles. Vemos a los desgraciados jóvenes de familias humildes que no habían podido pagar la cuantía que les evitaba marchar a la guerra. Así se nutría el ejército español de finales del siglo XIX y principios del XX, el ejército de los quintos, aquel que en teoría (no en la práctica) debía defender un imperio que ya no existía. Es la figura de Carlos, el humilde extremeño cuyo sueño era entrar en la Real Academia de San Fernando para estudiar pintura y cree, ingenuo, que la guerra puede ser la oportunidad que estaba buscando para alcanzar su meta. Al final la guerra acabará con su inocencia y con su sueño, pues perderá el brazo derecho.

Pero muchos de los soldados que defendieron Baler no eran novatos sino expertos militares, aunque la película los oculte. Los jefes, el capitán Enrique de las Morenas, el teniente Saturnino Martín Cerezo y el sargento Jimeno, por más crueles y obstinados que la película intente retratarlos, no cumplieron más que las órdenes que recibieron: mantener la plaza bajo soberanía española y esperar noticias de Manila. No fueron tercos ni implacables sino coherentes con su misión, aún sabiendo el sufrimiento que provoca la guerra y lo injusta que siempre es.

Para entender la Historia que esconde el filme, tenemos que centrar nuestra atención en tres momentos clave. El primero es la llegada del correo de Manila. El mensajero, malherido, transmite el mensaje que cambia el curso de los acontecimientos aunque en la iglesia de Baler nadie se dé cuenta: los Estados Unidos han declarado la guerra a España, la flota española ha sido destruida en Cavite, Manila permanece sitiada. ¿Qué más necesitaban saber los defensores de la ermita? El imperio español estaba a punto de sucumbir aunque hablar de imperio español ya en 1898 puede parecer pretencioso pues no era más que los despojos de lo que había sido en los siglos XVI, XVII y XVIII. Los de Baler no lo creían. Pensaban que era un engaño de los rebeldes filipinos del Katipunán y así siguieron resistiendo.

El segundo momento clave es la conversación entre el soldado español Carlos y el comandante de las tropas filipinas en el cuartel de éste en algún lugar de la Sierra Madre, a medio camino entre Manila y Baler. El militar filipino le dice al español que ahora luchan contra los norteamericanos, que han comprado Filipinas a España por 20 millones de pesetas. El Tratado de París se había firmado en diciembre de 1898 y la soberanía de las Filipinas, igual que la de Cuba y Puerto Rico había sido transferida a Estados Unidos. Cuando vuelve a la ermita siguen sin dar crédito a lo que oyen. ¡Y es lógico! pues cuando desembarcaron en Baler, nadie preveía que la potencia norteamericana interviniese, ni que el poder español en las colonias colapsase tan rápido.

Por último, el final de la historia está en una casualidad, en una terrible casualidad. El teniente Martín Cerezo se da cuenta de que lo que cuentan los periódicos es verdad, de que todo es cierto, cuando lee una notificación de un traslado de un general del ejercito español. Es imposible que los filipinos sepan algo así por tanto los periódicos no están falsificados: las Filipinas no son ya españolas. ¿Y para qué han estado resistiendo atrincherados en una ermita durante casi un año? En ese momento termina todo, la cruda realidad se abre ante sus ojos.

Como todas las películas históricas, "Los últimos de Filipinas" se toma algunas licencias. No hubo un fraile entre los defensores de Baler sino tres pero ninguno de ellos fue adicto al opio, al menos que se sepa. Nadie amputó el brazo a ningún desertor porque no hubo tampoco ningún sargento Jimeno aunque dos soldados que intentaron huir fueron fusilados junto a la tapia de la iglesia. Y los fusiles que portaban los españoles no se corresponden con los de la cinta, que son de los años veinte. Pero sí es cierto que el beriberi causó estragos entre los españoles. Y que las filipinas cantaban frente a la ermita para distraer a sus defensores. Y hubo miedo, y sufrimiento, y desesperación. Los últimos de Filipinas no fueron grandes héroes de la Historia pero sí héroes humanos, como tantos otros que tuvieron y tienen que luchar en guerras que les eran o les son ajenas. Ese y no otro es el mensaje antimilitarista que quiere transmitir la película.

lunes, 15 de octubre de 2018

"MARIA ANTONIETA", ENTRE EL PODER Y EL MIEDO


Cuando uno visiona por primera vez  "María Antonieta" de Sofía Coppola (2006), enseguida se da cuenta de que no es una película de temática histórica al uso. La propia directora del filme reconoció que su objetivo no fue nunca crear una historia de época como tantas otras, llena de planos impersonales y escenas frías. Quería, en otras palabras, que el relato tuviese personalidad, transmitiese calor. En definitiva, que fuese muy humano.

Y en verdad la película recrea a la perfección el espíritu de la Corte francesa de Versalles del siglo XVIII. Un ambiente barroco, encorsetado, frívolo. Aunque para ello tenga que recurrir, en una mezcla anacrónica extraordinaria, a la música pop y rock del siglo XXI y a un colorido en vestidos y zapatos que no pocos historiadores ponen en duda. Incluso se cuelan por ahí unas zapatillas de la marca "Converse" del último tercio del siglo XX, en un maravilloso guiño al consumismo actual, no tan distinto, por cierto, de la pasión de la reina María Antonieta por la fiesta y los vestidos.

La historia personal de la desdichada María Antonieta y su marido, el rey Luis XVI de Francia, apenas se ve salpicada, en la película, por unas cuantas pinceladas de la Historia con mayúscula, la de los libros y las clases del Instituto. Se menciona de pasada la alianza entre la Francia borbónica y la Austria de los Habsburgos en la segunda mitad del siglo XVIII, de la que María Antonieta era la pieza clave; la primera de las tres particiones que acabaron con el reino de Polonia, devorado a la sazón por Rusia, Austria y Prusia; la guerra de independencia de los Estados Unidos; y los primeros chispazos de la Revolución Francesa. "Majestad, una muchedumbre ha tomado la fortaleza de la Bastilla" le dice un jadeante consejero al rey Luis XVI mientras este juega en el jardín con sus hijos. Ni levanta la mirada...

Mas allá de los datos históricos, me gustaría destacar dos aspectos. En primer lugar, el retrato psicológico de los personajes que hace Sofia Coppola en la película. ¿Cómo pudo sentirse una muchacha de 14 años cuando es llevada a Francia para casarse con el Delfín, a quien no conoce? El rostro de temor, de incertidumbre, refleja un desconcierto amargo y natural al mismo tiempo. La joven austriaca viaja a un país extranjero donde no pocos la miran con desdén (como en la escena de su llegada a Versalles) y donde debe adaptarse a nuevas costumbres, a una nueva etiqueta. "Esto es ridículo" dice sinceramente cuando se levanta de la cama y observa a treinta personas contemplándola en su alcoba y rivalizando por ver quién le ayuda a vestirse. María Antonieta fue acusada de llevar una vida desenfrenada mientras el pueblo de Francia se moría de hambre pero ¿qué iba a hacer ella, una niña de catorce años que es tratada como una diosa y que tiene todo a su alcance y a todos a su disposición? Quizá poco pudo hacer para no implicarse en las intrigas de una corte rimbombante y falsa de la que ella era el centro.

Debo hablar también del pobre Luis XVI, el torpe monarca (no sólo en el lecho) que se pasa las dos horas de película con cara de susto. Cuando contrae matrimonio con María Antonieta cuenta 15 años de edad y cuando asume la Corona de Francia, sólo 19. En esa situación, si lo pensamos fríamente, no es extraño que no le preocupase lo más mínimo consumar el matrimonio con la consorte, a juzgar por la avalancha de asuntos que habría que despachar. Rápido se deja convencer el joven rey cuando uno de sus consejeros le dice que es necesario enviar ayuda a los revolucionarios norteamericanos contra Inglaterra a pesar de que, en un primer momento, él mismo acertadamente había creído que era una contradicción apoyar a quienes se habían rebelado contra su legítimo soberano. Pero le dio lo mismo. Poco tuvo que hacer el consejero para convencerlo. La misma cara de incapaz tiene cuando está bailando en Versalles tras su boda o en la última escena de la película, cuando María Antonieta le dice que se está despidiendo del palacio. Al final, sin intención de hacer un spoiler, tanto su cabeza como la de su reina acabarían rodando por el patíbulo en París en 1793.

El segundo y último aspecto que me gustaría comentar y que se observa muy bien en la película es la exhibición de poder en el Antiguo Régimen. Todo cuanto rodeaba a los reyes estaba encaminado a resaltar su poder de origen divino. Desde los fabulosos vestidos de María Antonieta y sus peinados que luchaban contra la ley de la gravedad hasta los atuendos de Luis XVI heredados de los auténticos  disfraces de su bisabuelo Luis XIV que ocultaban unas carencias físicas naturales. Las fiestas, los juegos de azar, el teatro y la ópera, todo era parte de un complejo programa iconográfico y visual que tenía como finalidad crear un aura divina alrededor de los monarcas.  Nadie aplaudía al finalizar la función en la ópera por deferencia al rey. Treinta personas contemplaban a la reina cuando se despertaba. Otras tantas lo hacían mientras tomaban el almuerzo. Es difícil no creerse elegidos por dios en este ambiente, ¿no pensáis?

La propia María Antonieta busca liberarse de ese asfixiante protocolo mandando edificar su pequeña granja donde refugiarse de la Corte de Versalles. La etiqueta barroca y rígida está representada por los estrechos corsés y los pomposos vestidos que visten la reina y las mujeres aristócratas en las fiestas y los banquetes. La libertad corresponde en este caso a los vestidos blancos de estilo griego que la protagonista luce cuando disfruta de sus hijos en la casita de campo. Estos vestidos, sueltos, sin corsés y sin corpiños, se estaban poniendo de moda en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII y eran la vestimenta habitual de las mujeres plebeyas francesas e inglesas en aquel tiempo. María Antonieta, aficionada, como puede verse en la película, a estos vestidos, rompe así con la etiqueta parisina y se convierte en una autentica revolucionaria. Una revolucionaria, en todo caso, a su manera, porque la auténtica Revolución, con mayúscula, la francesa, se la acabará llevando por delante.

En definitiva, "María Antonieta" es a la vez un filme bizarro y extravagante y una historia muy humana. La historia de una niña convertida en reina de un país que ya estaba en bancarrota cuando ella nació en la lejana Viena en 1755 y que la Historia y la leyenda la han hecho responsable de una Revolución que ya se estaba gestando cuando llegó a Francia en 1770.