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viernes, 2 de mayo de 2025

LAS CAMPANAS DE SAN PEDRO


El plano cenital permitía observar una imagen perfecta, casi simétrica: la plaza abarrotada y el ataúd del papa difunto en el centro, ante el altar, pero mirando a los fieles. A su derecha, jefes de Estado y de gobierno de decenas de países. A su izquierda, los cardenales llamados a elegir un nuevo pontífice en los próximos días. El cirio pascual, símbolo de la resurrección y la vida eterna, proyectaba, con la luz de la mañana, una sombra alargada a la diestra del féretro. Las campanas tocaban a difunto. 

Todo el funeral del Papa Francisco estuvo repleto de símbolos e imágenes potentes. Nada fue dejado al azar, todo estaba medido al milímetro. La Plaza de San Pedro, delimitada por la fabulosa columnata diseñada por Bernini, se convirtió, de nuevo, en el centro del mundo. El planeta dirigió, como tantas veces, sus miradas a Roma y la Iglesia Católica demostró, una vez más, su maestría en el uso de la imagen, los símbolos y la teatralidad. Así lo ha hecho desde hace milenios, y así lo hace en pleno siglo XXI.


El escenario es colosal, apoteósico. La basílica de San Pedro del Vaticano fue concebida en el siglo XVI para mostrar el poder y la magnificencia de los papás, de los sucesores de San Pedro. El proyecto original fue obra de Miguel Ángel, pero la fachada cuadrangular, soberbia y arrogante, la culminó Carlo Maderno entrado el siglo XVII. Y allí, en aquella basílica que es una pequeña ciudad-Estado santo enclavado en una gran urbe histórica, tienen lugar acontecimientos que atrapan la atención del mundo. ¡Qué mejor marco para espectaculos igual de fabulosos!

Otra imagen de varios días antes mostraba la hilera de fieles católicos entrando en el templo más grandioso de la Cristiandad para dar su último adiós al papa. El contraste era de una belleza increíble. La pequeñez y la humildad del ataúd con el cuerpo inerte del pontífice contrastaba con los imponentes muros de la basílica y la belleza abrumadora del catafalco de bronce que diseñó también Bernini para indicar el lugar exacto de la tumba de San Pedro. El cuerpo del papa es lo temporal, lo efímero, lo insignificante. La basílica es lo que permanece, lo eterno, lo inmortal. Más de 200.000 personas entraron en sólo tres días en San Pedro para despedir al sumo pontífice.

El poder del detalle, de la fotografía cuidada, tomada desde el ángulo preciso para mostrar sólo y nada más lo que uno quiere mostrar es evidente en cada una de estas imágenes. La superioridad estética de Roma, de la Ciudad del Vaticano y de la Iglesia Católica fue clara en los funerales del papa muerto y lo será, de nuevo, en la elección y presentación al mundo del nuevo vicario de Dios en la Tierra tras la celebración del cónclave. El espectáculo de colores, formas, gestos, el olor a incienso y el repique de las campanas de la basílica crean una atmósfera visual, de olores y de sonidos que envuelve al creyente y al ateo de forma irremediable. Todo forma parte del ritual, de la teatralidad religiosa y del poder de la Iglesia.


Y ahora recuerdo quizá la mejor fotografía del papa Francisco, tomada, igualmente, en la Plaza de San Pedro, a finales de marzo de 2020, cuando media Europa estaba confinada por la pandemia de coronavirus. El pontífice subía en soledad la escalinata de San Pedro, para oficiar una misa dirigida a todo el mundo, aunque la plaza estaba por completo vacía. Era una noche lluviosa y oscura en Roma, las sombras lo invadían todo. Francisco subía con dificultad los peldaños mojados de la escalera; el agua sobre la plaza creaba un juego místico de luces y reflejos. La soledad de aquel momento contrataba con las multitudes que suelen llenar el lugar y, precisamente en esa soledad estaba la singularidad del momento. Un escalofrío recorre a quien ve la instantánea. Francisco rezó esa tarde por todos los enfermos. 

Aquellas imágenes no fueron tomadas al azar. Nada fue casualidad. Todo estaba bien medido. Aquella misa, aquel rezo fue retransmitido a todo el planeta. El espectáculo ayuda a transmitir el mensaje. La religión necesita símbolos, imágenes icónicas, y la de aquel día fue abrumadora. A la izquierda de la poderosa foto, en la penumbra, la silueta de Cristo en la cruz recordaba dónde se encuentra el principio y el final de todo. Las campanas de San Pedro también repicaron aquel día.

domingo, 23 de febrero de 2025

LA TRAICIÓN DEL EMPERADOR JOVIANO


En el año 360 d.C. el rey Arsaces II de Armenia corrió a pedir auxilio al emperador romano Constancio II, que se encontraba en Capadocia. Temía un ataque militar del gran rey de Persia, Sapor II. Tanto Constancio II como su sucesor Juliano firmaron tratados de amistad con el armenio y le prometieron ayuda frente a las agresiones persas. Los vientos cambiaron pronto porque sólo tres años después, en el 363, el nuevo emperador de Roma, Joviano, acordó la paz con Sapor II y los persas ocuparon extensos territorios armenios. Arsaces, abandonado por los romanos, fue capturado por los persas y ejecutado en el año 368. Era el resultado de la traición del aliado y la victoria del agresor.

En pleno siglo XXI se ha repetido la misma historia, los ecos del pasado que no cesan en el presente. En el año 2022, Estados Unidos prometió a Ucrania ayuda militar para hacer frente a la agresión rusa. Bajo el paraguas de la OTAN, Europa y Estados Unidos se comprometieron a sostener a Ucrania frente al imperialismo de Moscú. Tres años después, sin embargo, el nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, negocia ya un acuerdo de paz con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, sin contar con los ucranianos. Como la antigua Armenia, Ucrania va a ser desmembrada y repartida. El presidente Zelensky es el nuevo Arsaces, vendido por su aliado y a merced de su enemigo.

Aquel emperador romano que traicionó a Arsaces, Joviano, pasó a la historia como un gobernante débil y corrupto. Firmó un acuerdo inexplicable con los persas, el enemigo tradicional de Roma, y acabó humillándose ante ellos, pues retiró las tropas romanas al otro lado del río Tigris, después de siglos de luchas contra la Persia Sasánida. Un milenio y medio después, el mundo contempla estupefacto cómo el orden internacional que se había mantenido desde el final de la Guerra Fría está siendo demolido por el presidente Trump. En apenas un mes en el cargo, ha dejado de lado a sus aliados tradicionales, los países europeos, y se encuentra en vías de entendimiento con el dictador ruso. Asistimos al desplome del orden internacional surgido después de la Guerra Fría. El mundo es ahora más inestable e impredecible. 

En las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia no cuenta la opinión de los ucranianos ni la de los aliados europeos, tampoco los acuerdos y los valores políticos y culturales compartidos. Sólo importa el ímpetu impredecible de dos hombres, Trump y Putin, que creen tener el mundo a sus pies. Cínico como pocos, el presidente Trump presenta ahora al agresor como agredido y a la víctima como agresor para justificar su cambio de postura. En realidad, el concepto de poder del nuevo presidente norteamericano se asemeja más al de Putin y otros tiranos que al de las democracias europeas. Ucrania, en este contexto, importa poco. Así que ya ha triunfado la fuerza, la violencia arbitraria, el imperialismo y la mentira. 

En el mundo vuelve a imperar la ley del más fuerte, como a principios del siglo XX. Y esto ha envalentonado a numerosos líderes mundiales. ¿Quién se atreve ahora a pedir explicaciones a Netanyahu por las atrocidades en Gaza o la invasión del Líbano? ¿Quién puede alzar la voz contra la invasión de la Republica Democrática del Congo por las fuerzas ruandesas? ¿Quién osará impedir, en este contexto, que China invada Taiwán? ¿Quién va a pedir explicaciones cuando el rey de Marruecos ordene invadir las ciudades españolas de Ceuta y Melilla? El orden internacional está roto, las Naciones Unidas, que nunca han servido para gran cosa, han quedado por completo desacreditadas y ninguna gran potencia apuesta hoy por la concordia entre las naciones, el entendimiento tranquilo y la mesura en la toma de decisiones. 

Vivimos en un mundo de grandes tiranos: Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Trump en los Estados Unidos. Triunfan aquí y allá los líderes mesiánicos, que se presentan como héroes todopoderosos que creen saber la voluntad de sus pueblos. En otros países también han surgido este tipo de líderes, aunque su fuerza e influencia es desigual. Hoy el mundo se parece más al de los años treinta que al de los años noventa del siglo XX. Los engaños, las mentiras y las trampas justifican decisiones arbitrarias, incomprensibles, en aras de intereses personales, poniendo en riesgo la vida de millones de personas. Vivimos en un mundo de sátrapas, de déspotas mentirosos y corruptos, donde la democracia auténtica, como la entendemos en Europa, no tiene cabida. 

Pero todo esto oculta otras cosas. La Roma de Joviano era una Roma en crisis, que había perdido sus valores tradicionales, una Roma decadente, incapaz de asumir que su tiempo había pasado ya. ¿Qué ocurre con Estados Unidos ahora? La deshonra por la firma del humillante tratado con los persas persiguió siempre a Joviano y hoy la Historia lo recuerda por aquello. Lo encontraron muerto en su tienda en Dadastana (actual Turquía) unos meses después de ascender al poder. Quizá murió asfixiado por el humo de una estufa. O quizá fue envenenado con setas. Da igual. Joviano fue uno más de los malos gobernantes de aquel imperio sumido en su crisis definitiva, una civilización que estaba a punto de sucumbir.


martes, 7 de noviembre de 2023

"DIRECTO AL CORAZÓN"


Hace algunos días informaba el Telediario del asesinato de un agricultor palestino a manos de un colono israelí en la ciudad de Nablus (Cisjordania). Según el reportero, era un ejemplo del aumento de la tensión en la zona desde el inicio de la guerra de Gaza en octubre de 2023. Los familiares del hombre mostraron a cámara el vídeo de lo sucedido como prueba de la veracidad de su relato. 

En la grabación, realizada con un teléfono móvil, se podía ver a tres colones israelíes entrando en el olivar del palestino. Uno de los judíos iba armado con un fusil. Después de destruir algunos olivos, cuando el campesino les increpó, el judío disparó, sin mediar palabra, a sangre fría en el pecho del hombre, que murió de inmediato. En la secuencia siguiente, se observaba al agricultor palestino, ensangrentado, tendido en el suelo, mientras sus familiares trataban de auxiliarlo sin éxito. Aquel hombre tenía esposa y varios hijos. Cuando la mujer fue a pedir explicaciones a la casa de los colonos, le amenazaron y le escupieron.  

Las incursiones judías en tierras palestinas debían de ser frecuentes, pero hacía mucho tiempo que no llegaban a esa brutalidad. Con toda impunidad, los colonos judíos entran en las tierras de los palestinos y destruyen su modo de vida. En otras palabras, les hacen la vida imposible hasta que se ven obligados a marcharse a otro lugar. La violencia ha alcanzado en los últimos días niveles que hacía años que no se veían. Y parece que da lo mismo si la perpetran los palestinos contra los israelíes que los judíos contra los palestinos. La violencia es violencia siempre. 

Esta noticia es de esas que hielan a uno el alma cuando las escucha. Entre otras razones porque se salen del relato oficial de buenos y malos que estamos acostumbrados a escuchar. De hecho, en un conflicto así, no suele haber buenos y malos. Casi todos luchan por sobrevivir. Muestran el lado humano de la barbarie, el día a día de la guerra. Pero algunas imágenes causan tal impacto que se quedan en la retina durante años. Incluso, de por vida. Es como si apuntasen directamente al corazón de uno.

Esta noticia me hizo recordar otras imágenes que vi hace muchos (demasiados) años en un periódico. Una secuencia de fotografías terrorífica que nunca se me fue del todo del recuerdo. De esas que dejan tanta huella que, incluso, después de muchos años las tienes presentes, como si las hubieses visto ayer. Eran otras imágenes que van directas al corazón. Que agitan la conciencia.  

Era 2004, yo apenas un adolescente, y estaba acostumbrado a ojear el periódico 'ABC' que compraba cada día mi abuelo. Cuando llegaba a casa del instituto y esperaba la hora de comer, me entretenía pasando sus hojas. Habitualmente prestaba atención a la programación de televisión para ese día y a la tira de 'Cándido' que publicaba cada día Mena en las páginas finales del diario. Lo demás rara vez atraía mi interés. Pero el 12 de febrero de 2004, esta secuencia de fotografías que llevaba en la portada me impresionó:

Detalle de la portada de 'ABC' del 12 de febrero de 2004. 
Se puede consultar aquí.


Con el titular 'Directo al corazón', mostraba el momento exacto de la muerte de un ciudadano en Gaza. Un soldado israelí le había disparado en el corazón, según decía el texto. En aquellos momentos, la Franja de Gaza estaba ocupada por Israel (la abandonaría en 2005). Aquel hombre recibió un disparo en el pecho en plena calle. En las primeras imágenes camina intentando tapar la hemorragia con las manos. En la foto más grande se observa a sus compañeros auxiliándolo instantes antes de que se desplome muerto, como podemos ver en las últimas instantáneas. Son unas fotos de 2004, pero podrían ser de ayer.

Recuerdo perfectamente la conmoción que me causaron esas imágenes. Me recuerdo observando una y otra vez la portada del periódico y leyendo a conciencia el breve texto que las acompañaba. Recuerdo a mí yo de trece años impresionado por aquella muerte retratada en cada instante, el rostro de la víctima, la desesperación de sus compañeros. En aquel momento yo sabía poco del conflicto de Palestina, pero aquella noticia me dejó tal huella que aún la recuerdo. Desde entonces, algunas veces, venía a mi cabeza aquel hombre sin nombre, pero cuya muerte fue retratada por un reportero.

El otro día mi memoria la recuperó, una vez más, después de ver la noticia del agricultor palestino y el colono israelí. Son historias gemelas aunque con diecinueve años de diferencia. Casi dos décadas han transcurrido entre el gazatí víctima del francotirador y el cisjordano asesinado en el olivar. Dos décadas en las que parece que nada ha cambiado en Palestina, donde la muerte, el odio y la venganza son el pan de cada día. 

Creí que no encontraría nunca la portada, de la que desconocía por completo la fecha. Creí que no volvería a ver esas fotografías tan terribles. Pero internet, la Hemeroteca digital del 'ABC' y un poco de paciencia hacen milagros. Te permiten viajar a momentos del pasado, puedes recuperar incluso lo que crees irrecuperable. Busqué la portada con un poco de temor por las sensaciones que podía despertarme de nuevo. Pero al verla, no sentí lo mismo que aquel muchacho de catorce años que la vio por primera vez. Al final, el tiempo y la vida hacen a uno más duro, más frío. Nos acostumbramos a ver con indiferencia las tragedias que nos llegan de otros lugares del mundo. 

domingo, 4 de diciembre de 2022

"SI EL CORAZÓN NO RIMA CON LA REALIDAD..."


El tren comienza a detenerse y muchos pasajeros se levantan presurosos preparándose para descender al andén. "Mira este párrafo y aplícatelo" me pide mi amiga, que me conoce bien, mientras lo señala con el dedo índice:

"Recobra la cordura y emplázate a ti mismo, despierta y ten en mente que eran sueños los que te turbaban; vuelve a mirar las cosas despierto, como las mirabas antes." (Libro VI, 31)

Nos miramos a los ojos y después reímos. Sólo nosotros sabemos por qué. Tenemos que levantarnos para recoger el equipaje y bajar del tren. El libro que hemos estado ojeando al final del trayecto y al que pertenece el párrafo lo he comprado esa mañana. Es un clásico, "Meditaciones" de Marco Aurelio, el emperador-filósofo romano (s. II d.C.). Mientras desciendo por las escalerillas, repaso en silencio esas palabras. Es curioso, los fantasmas que atormentan nuestras mentes en el siglo XXI son idénticos a los de hace mil ochocientos años. 

En ocasiones la realidad que uno vive y la que su mente imagina están separadas por un abismo infinito. Nuestro pensamiento discurre por lugares oscuros y tan solo se cruza con la realidad mundana en momentos concretos, cuando ponemos los pies en el suelo y despertamos. Son sueños, temores e ilusiones que te trastornan con insistencia, pero que no existen. Precisamente por eso son tan perturbadores. Te atacan en los momentos ociosos, de silencio y soledad. Y desaparecen después.

Marco Aurelio es considerado uno de los llamados "buenos emperadores" de Roma. "Si un hombre tuviera que determinar el periodo de la historia universal durante el cual la situación de la raza humana fue más feliz y próspera, sin duda señalaría el que transcurrió entre la muerte de Domiciano y el acceso al poder de Cómodo" dejó escrito el historiador Edward Gibbon. El reinado de Marco Aurelio está dentro de ese periodo y quizá en ningún otro momento de la Roma imperial se recuperó para los romanos la ilusión de la vieja República como en ese tiempo. 

Todo era, no obstante, una mera ilusión. El emperador filósofo se pasó gran parte de su reinado en una guerra sin fin en las fronteras del imperio. Hubo de enfrentarse a los partos, a los cuados, a los marcómanos y a los lombardos. Y Marco Aurelio, a pesar de su fama de emperador justo y hombre bueno, no dudó en reprimir cruelmente a las tribus germanas que cruzaron el Danubio. 

En ese ambiente bélico en los confines del imperio, el emperador escribió sus "Meditaciones". Son un conjunto de reflexiones para sí mismo; una especie de enseñanzas sobre su deber como hombre, como romano y como gobernante. También hay referencias a la vida, al amor, a las ilusiones y a la muerte. Son ideas aprendidas durante toda su vida que el emperador se negaba a olvidar y por eso puso por escrito. Hoy constituyen uno de los libros de referencia del pensamiento estoico.

A juzgar por lo que escribió, el gran anhelo de Marco Aurelio fue dedicar su gobierno a mejorar la vida de los ciudadanos del imperio; pero la realidad era muy distinta. Su mente creaba estos sueños, mientras él descansaba en su tienda en un inhóspito bosque junto al Danubio y sus legiones batían a los bárbaros. La realidad y los sueños no encajaban. Sabía que la razón le obligaba a afanarse en ganar la guerra y lo demás debía esperar. (Y espero tanto que al final no lo pudo realizar).

¡Cuántas veces nuestros anhelos no encajan con la realidad que nos rodea! ¡Cuántas veces soñamos más de lo debido! En ese párrafo de las "Meditaciones", Marco Aurelio se pide a sí mismo detenerse a pensar, abrir los ojos y actuar con inteligencia. Entonces, la bruma que rodea a los sueños levantará y todo se verá con mayor claridad. Quizá, si nos centramos en las cosas pequeñas de nuestra vida diaria, el camino se despejará al final y aquellos sueños lejanos se transformen en realidades concretas alcanzables. 

Y la naturaleza humana no cambia por mucho que pase el tiempo. Da igual en qué momento de la historia nos encontremos porque siempre tenemos los mismos temores, los mismos sueños, la misma desazón. Da igual que nos encontremos a orillas del Danubio guerreando contra los sármatas y los lombardos que en un tren de vuelta a casa en 2022. Aquellas reflexiones que Marco Aurelio dejó plasmadas en su obra para no olvidar jamás se repiten con frecuencia en otros momentos y lugares.

Mientras pienso todo esto, subo al autobús para continuar el viaje. Entre el murmullo de las conversaciones del resto de pasajeros, presto atención a la música que está sonando dentro del autocar. Es la última canción de Joaquín Sabina. Repite con insistencia, una y otra vez, la misma idea:

"Si el corazón no rima con la realidad, 
cambio de rumbo, sintiéndolo mucho." 

 
 

lunes, 21 de noviembre de 2022

METAMORFOSIS


Diocleciano descendiendo del carruaje.

Después de dos largos años de intensa lucha en los confines del mundo romano, Diocleciano logró restaurar el poder imperial, pero en ese tiempo no prestó atención, ni un solo minuto, a los cristianos. Cuando, en el 287, estableció su residencia definitiva en Nicomedia, el emperador pudo contemplar una basílica cristiana construida en la colina opuesta a su palacio. Soplaban vientos de cambio en el imperio.

Para muchos historiadores, la decadencia de Roma comenzó en el siglo III, después del año de los cinco emperadores (193 d.C.). Para algunos, Roma nunca se recuperó de aquella crisis. A pesar de los intentos del algunos emperadores, como Diocleciano, por recuperar el orden, su poder se fue debilitando en un proceso agónico que culminó en el 476 cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el godo Odoacro. La estructura política de Roma desapareció para siempre en el Mediterráneo occidental, no así en el oriental, donde el Imperio bizantino sobrevivió otros mil años.

Cierto es que podemos considerar el siglo III como un siglo de crisis en el que Roma hubo de enfrentarse a fabulosos retos que la sometieron a una terrible presión. A las guerras constantes contra las tribus bárbaras en el limes se sumaron las luchas entre distintas facciones políticas en el seno del imperio. Y a todo ello, la emergencia de una nueva religión: el cristianismo. No obstante, algunos de estos retos no eran nuevos. Los romanos estaban acostumbrados a enfrentase a los bárbaros del norte, los primitivos pueblos que vivían allende el Rin y el Danubio, desde hacía siglos. 

La inestabilidad política se agudizó en ese periodo. En apenas medio siglo se sucedieron 25 emperadores y la mayoría desaparecieron en situaciones violentas. Cualquier romano del año 200 añoraba la época de Marco Aurelio (169 - 180), el último gran emperador. Habían pasado los tiempos de los buenos gobernantes, de la pax romana y de la prosperidad económica. Lo que se abría ante sus ojos era una incógnita, algo nuevo.

Para nosotros, una crisis es algo negativo, un momento de dificultades. Pero una crisis es también un periodo de cambio, de transformación. Sin duda, debemos entender el siglo III como una metamorfosis en el viejo imperio. La Roma que salió de aquella mutación fue muy distinta a la que el emperador Augusto concibió en los albores del siglo I, pero no por ello podemos considerarla peor.

Antes del siglo III, el Imperio romano era la unión de remotos territorios que tenían poco en común. Era un imperio de ciudades, donde la civilización no alcanzaba a las comunidades rurales. Tan solo las provincias ribereñas del Mediterráneo podían considerarse plenamente integradas en la estructura política y económica romana. En contra de la creencia común, el latín aún no se había extendido más allá de algunas ciudades y pervivían tradiciones prerromanas por doquier. Algunos historiadores, como Peter Brown, consideran que fue a partir del siglo III cuando la lengua latina se extendió por completo en el imperio, gracias a una nueva élite social que emergió de la crisis y a la expansión de la nueva religión cristiana.

Las turbulencias hicieron emerger una nueva élite social y política alejada de la tradicional aristocracia romana. Ahora eran los guerreros, aquellos que habían labrado su destino en la guerra, en las dificultades, quienes emergieron como la nueva clase dirigente. El propio Diocleciano procedía de una familia muy humilde (su padre era un liberto) y se hizo con el poder gracias al apoyo de sus tropas en la frontera norte. Cualquier romano de los siglos I y II se hubiese llevado las manos a la cabeza ante un hecho semejante.

Esa nueva élite vivía en todo el imperio, no sólo en Roma. Roma ya no era la capital sagrada de los siglos pasados. Muchos senadores sólo habían visitado Roma una vez en su vida y muchos generales que dirigieron el imperio desde los campos de batalla del Rin y del Danubio no la pisaron nunca. Pero, por contra, el imperio del siglo IV era más compacto y uniforme que el del siglo I y el sentimiento de romanidad también se ha extendido, igual que la lengua latina.

El imperio, además, basculaba ya irremediablemente hacia el este, hacia las regiones más desarrolladas y dinámicas el Mediterráneo oriental. La influencia de las provincias del este, de cultura helénica y donde no se hablaba latín sino griego, era enorme. El oeste era más primitivo y arcaico. Constantinopla se erigiría pronto como la "nueva Roma", y otras ciudades, sobrepobladas y abigarradas, recuperaron el esplendor de épocas pasadas: Atenas, Alejandría, Antioquía, etc.

Y a todo ello se sumó la expansión del cristianismo. Los siglos III y IV asistieron al triunfo definitivo de la nueva religión sobre el paganismo tradicional. Durante largos decenios convivieron los grupos paganos con los grupos cristianos, más vigorosos. La revitalización de la cultura clásica griega y latina se cubrió, poco a poco, con el barniz de la nueva religión. Al principio, los revolucionarios monoteístas fueron perseguidos; luego fueron tolerados. Cuando, hacía el 312, Constantino I se convirtió al cristianismo, el triunfo de la nueva fe fue definitivo. Los romanos de las clases medias y altas se identificaron con la nueva religión que brindaba certezas en un mundo cada vez más incierto.

Este renovado imperio prolongó su existencia durante más de cien años en el Mediterráneo occidental y sobrevivió en oriente, en torno a Constantinopla, durante otro milenio. El Imperio oriental resistió las incursiones de los migrantes germánicos mientras el oeste, más dividido social y políticamente, sucumbió en el 476. Pero todo ello fue ya en el siglo V, doscientos años después de que Diocleciano contemplara la basílica cristiana frente a su palacio en Nicomedia.

En el siglo III, las circunstancias históricas provocaron la metamorfosis del Imperio romano. El resultado de esta transformación fue un imperio renovado que alumbraría rápido las dinámicas que caracterizarían la Edad Media en Europa. Surgió una élite guerrera y localista que sustituyó a la vieja aristocracia romana; la expansión del latín y el cristianismo homogeneizaron la sociedad del imperio; y los cambios políticos permitieron que el Estado sobreviviera en el Mediterráneo oriental hasta la caía de Constantinopla en poder de los turcos en la lejana fecha de 1453. En otras palabras, durante la crisis del siglo III, Roma no hizo otra cosa que adaptarse a los nuevos tiempos.


Una mujer toca los restos del Coloso de Constantino (Roma).



"O tempora, o mores"

(¡Qué tiempos, qué costumbres!)

M. T. Cicerón (s. I a.C.). 




domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?

 La estatua de Lenin mira al moderno CBD de Moscú


En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.

Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz. 

Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.

Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.

A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.

A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.

A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".

Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.

Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país. 

La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.

Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa. 

Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.


Centro de Moscú antes de la caída de la URSS



jueves, 27 de mayo de 2021

TRAIDORES A LA REPÚBLICA

 Sanjurjo y el resto de golpistas en el banquillo de los acusados después de la Sanjurjada. Dio igual.
 
El 10 de agosto de 1932 se produjo el primer intento de rebelión militar contra la Segunda República, el régimen democrático instaurado en España en abril de 1931. Su protagonista fue el director general de Guardia Civil, José Sanjurjo, quien, si en 1931 no le había negado su apoyo al régimen republicano facilitando su triunfo, dieciséis meses después estaba decidido a emular a Primo de Rivera y sustituir el régimen constitucional por una dictadura militar que acabase con la conflictividad social y el desorden.

El caso es que la algarada militar, mal preparada y peor ejecutada, fue un auténtico fracaso en toda España. Las únicas ciudades donde triunfó fueron Madrid y Sevilla, adonde había acudido Sanjurjo junto con algunos fieles, para liderar desde allí la insurrección. Ninguna otra ciudad ni región de España secundó el golpe así que el gobierno republicano pudo controlar fácilmente la situación. Ante el fracaso de la "Sanjurjada", como se conoció enseguida la intentona golpista, el general fue detenido cuando intentaba huir en automóvil a Portugal. 

De acuerdo con las leyes de la República española, Sanjurjo fue juzgado y condenado a muerte por rebelión militar, pero el gobierno republicano-socialista, liderado por Manuel Azaña, decidió conmutarle la pena por la cadena perpetua en un intento de evitar que se convirtiese en un mártir para los monárquicos y los derechistas. La clemencia del gobierno estuvo justificada y Sanjurjo pasó algunos años en prisión, en Santoña y en Cádiz.

En noviembre de 1933 se celebraron nuevas elecciones generales y se produjo un vuelco electoral. La coalición de partidos de derechas CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) obtuvo la victoria, seguida del Partido Radical (ahora centrista) de Alejandro Lerroux. Aunque Lerroux fue el encargado de formar gobierno, el apoyo de la CEDA de José María Gil Robles fue fundamental para la estabilidad del ejecutivo.

La situación política cambió por tanto, y esto benefició al golpista Sanjurjo que esperaba en la cárcel de Cádiz. El gobierno radical-cedista preparó una Ley de Amnistía que extinguía los delitos de sedición y de rebelión cometidos con anterioridad al tres de diciembre de 1933, entre ellos los cometidos por muchos derechistas y monárquicos que se había opuesto a la república democrática cuando gobernaban las izquierdas. José Sanjurjo era, por supuesto, uno de ellos. Ahora, las derechas, perdonaban aquellas intentonas golpistas protagonizadas por los suyos

Así que el antiguo jefe de la Guardia Civil salió de la cárcel y marchó al exilio. Se instaló cómodamente en Estoril, desde donde siguió conspirando contra la República esperando una mejor ocasión para alzarse. Aquella Ley de Amnistía, aprobada a pesar del aposición del presidente Niceto Alcalá Zamora, fue un auténtico atropello a las leyes republicanas. El gobierno radical-cedista aprovechó su mayoría en las Cortes para extinguir los delitos que sus partidarios había cometido contra la propia República. El presidente Alcalá-Zamora, que consiguió que la Ley de Amnistía impidiese a Sanjurjo volver al ejército, era el único que al parecer respetaba el imperio de la ley.

La guardia civil conduce a los insurrectos asturianos rendidos después de la revolución de Asturias.

En octubre de 1934, estalló lo que la historiografía conoce como Revolución de Asturias. Fue sin duda una cruenta insurrección protagonizada por comunistas, anarquistas y socialistas que se alzaron contra la República "burguesa" para proclamar un Estado Socialista de inspiración soviética. En otras palabras, en aquel otoño, la CNT, la FAI, el PSOE y la UGT (entre otros partidos y sindicatos) se alzaron contra la Segunda República española. Es de sobra sabido que la reacción del gobierno de Lerroux fue brutal, enviando al general Franco al frente de las tropas coloniales a sofocar la insurrección. Unas 20.000 personas fueron ejecutadas en Asturias sin juicio previo.

Mientras tanto y aprovechando la confusión, Lluís Companys, a la sazón presidente de la Generalitat, proclamó el Estado Catalán dentro de la República Federal Española que no existía (porque la Segunda República no era federal). El gobierno de Lerroux acabó suspendiendo el Estatuto de Autonomía de Cataluña y encarcelando al gobierno autonómico después de algunos combates en las calles de Barcelona. Lluís Companys fue encarcelado, igual que destacados dirigentes de izquierdas como Largo Caballero y Manuel Azaña, acusados de alentar la rebelión asturiana.

Ambos incidentes fueron contra el gobierno radical-cedista (legítimamente elegido en las urnas) y contra la propia Segunda República (un régimen plenamente democrático). Aquellas algaradas se saldaron con más de 30.000 encausados, muchos de ellos pasaron largo tiempo en las cárceles.

Después, cuando se volvieron a celebrar elecciones, en febrero de 1936, el Frente Popular, la coalición de partidos de izquierdas integrada por pequeños partidos republicanos, partidos nacionalistas catalanes, el Partido Comunista y el Partido Socialista (y que contaba con el apoyo de los anarquistas), llevó en su programa como objetivo prioritario la amnistía para los represaliados por los sucesos de octubre de 1934. Se proponían extinguir los delitos cometidos por aquellos que se habían sublevado contra la propia República en Asturias y en Cataluña. Ahora eran las izquierdas las que pasaban por alto cualquier ordenamiento jurídico y proponían olvidar los delitos de los suyos

Es conocido que el Frente Popular ganó aquellas elecciones del 16 de febrero de 1936, las últimas democráticas que iba a haber en España en muchas décadas. Inmediatamente después de la formación del gobierno y en un ambiente de conflictividad social creciente que rozaba la insurrección popular, la comisión permanente de las Cortes republicanas votó por unanimidad una nueva Ley de Amnistía que, en efecto, hacia borrón y cuenta nueva con aquellos que habían intentado derribar la República española en 1934. 

Querría recalcar lo de "por unanimidad" porque, en la comisión permanente de las Cortes, donde el Frente Popular tenía mayoría, hasta la CEDA votó a favor de olvidar los delitos que se habían cometido contra su propio gobierno. Se repuso a Lluís Companys como presidente de la Generalitat y se restableció la autonomía de Cataluña. Con esta Ley de Amnistía, se pretendía satisfacer el clamor del pueblo y lograr la tan ansiada paz social que, sin embargo, no llegaría.

En aquel régimen republicano nacido en la urnas en 1931 y perfectamente legítimo, tanto los partidos de izquierda como los de derecha manifestaron un desprecio absoluto por el Estado de Derecho. Las leyes de amnistía de 1934 y de 1936 supusieron sendas patadas al imperio de la ley en la España republicana. La CEDA buscaba beneficiar a los militares golpistas de la Sanjurjada (los suyos) y el Frente Popular buscó resarcir a los "heroicos revolucionarios" de Asturias (los suyos). Pero tanto los militares golpistas como los insurrectos de Asturias y de Cataluña pretendían derribar el régimen político que ahora les perdonaba.

La CEDA vio legítima la intentona golpista de Sanjurjo y compañía y el Frente Popular la insurrección asturiana. Pero ambos fueron gravísimos intentos de subvertir el orden constitucional de 1931 y acabar con el propio régimen republicano. Con estos antecedentes y este comportamiento bochornoso de unos y otros, ¿quién entonces podría pedir respeto hacia una República democrática vapuleada y vilipendiada por unos y por otros?
 
 
Manuel Azaña junto a altos mandos militares, entre ellos Francisco Franco (a su izquierda). ¿Quién podría pedir respeto para una República vilipendiada por todos?