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domingo, 17 de marzo de 2024

TIMBRES DE GUERRA


Hace algunos días hablábamos en la clase de 4° de ESO sobre las causas que llevaron a la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918). Hablábamos de la Triple Alianza, de la Triple Entente, de la carrera de armamentos, de los conflictos en lejanas tierras africanas y de los problemas europeos, en los Balcanes. Hablábamos, en definitiva, de la Paz Armada, ese periodo previo a la Gran Guerra en el que todo el mundo en Europa se preparaba para una conflagración que muchos veían inevitable.

Una alumna, sorprendida por todo esto, preguntó cómo había sido posible. "Si estaba claro que iba a haber una guerra, ¿por qué nadie hizo nada para evitarla?" Y añadió oportunamente: "Parece que todos querían la guerra". Muchos de sus compañeros me miraron esperando una respuesta, creyendo ingenuamente que el profesor tiene respuestas para todo.

Y, entonces, otra muchacha hizo una de esas preguntas que hacen la docencia mucho más fácil. Una de esas escasas preguntas lúcidas llenas de curiosidad y coherencia que allanan el camino al enseñante: "¿Y esto no es lo que está pasando ahora?". Entonces recordé las frases que hace unas semanas pronunció la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ante el Parlamento Europeo: "La amenaza de una guerra puede no ser inminente, pero no es imposible". En su discurso, von der Leyen hizo un llamamiento a las naciones europeas para armarse ante un posible conflicto con Rusia. En otras palabras, la Unión Europea se prepara para la guerra.

Aquella pregunta inocente de la alumna sirvió en bandeja la conexión entre el pasado y el presente. Pude utilizar el presente para explicar el pasado y al revés. Aquella pregunta mostró con esplendor la razón de ser de la Historia, maestra de vida, maestra del presente. Comenté a los alumnos lo que estaba ocurriendo, las palabras de la presidenta de la Comisión y el alcance que podrían tener. Les mostré también el titular del periódico "El País" de uno de esos días: "Europa se prepara ya para un escenario de guerra". ¿No es esto una carrera armamentística? ¿No estamos viviendo una paz armada? 

Muchos de los alumnos no pudieron evitar mostrar perplejidad y algo de temor. Los comentarios fueron diversos. La mayoría susurraron al compañero del pupitre de al lado. Algunos se atrevieron a compartir en alto lo que pensaban: "¿Pero cómo va a haber una guerra en Europa?", exclamó uno; "Aunque haya una guerra, a España seguro que no nos afecta...", apuntó otro; "Y si hay una guerra, ¿vamos a tener que ir a luchar nosotros?", preguntó otra compañera. 

Temí, por momentos, haber alarmado demasiado a los alumnos. Pero aquellos muchachos mostraron el sentir de una sociedad europea que vive en una burbujita ensimismada en su propio bienestar que cree inmutable. Por supuesto, las palabras de algunos líderes europeos (se han sumado a las de von der Leyen, Macron y Scholz) no quieren decir que vaya a haber una guerra, pero sí que existe el riesgo. La guerra de Ucrania, que ya dura demasiado, nos enseñó que Europa no es ajena a los conflictos bélicos. La retórica belicista de Putin, que amenaza abiertamente a Europa occidental, tampoco es una fantasía. Todo son palabras, pero las palabras son reales. Todo es real, nos guste o no. 

La sociedad europea de la Belle Époque, a comienzos del siglo XX, también vivía complacida ante la idea de un progreso permanente sostenido por los avances tecnológicos. Los millones de jóvenes que murieron en las trincheras entre 1914 y 1918 no pensaban en la guerra antes del verano de 1914. Vivían ajenos al polvorín que se estaba creando en Europa. Muchos incluso acogieron con euforia la declaración de guerra en el verano de 1914. Luego descubrieron la cruda realidad: la destrucción, el hambre, las mutilaciones, la muerte. 

A veces, la Historia, como la vida, se encamina irremediablemente hacia un punto que nadie quiere, pero que parece difícil de evitar. A veces, hay que enfrentarse a lo que uno menos espera. Los Estados europeos de 1914 estaban preparado para la guerra, pero sus pueblos, a pesar de la mentalización previa que se llevó a cabo, es probable que no lo estuviesen. Quizá pasa lo mismo ahora. 

Cuando el timbre chirriante estaba a punto de indicar el final de una clase que había transcurrido por caminos no previstos (como muchas), un alumno mostró una actitud contraria a la del resto: "Putin invadió Ucrania porque le dio la gana. Si nos ataca, ¿qué tenemos que hacer? ¿Dejarnos? A lo mejor tenemos que defendernos, ¿no?". El resto de muchachos lo miraron con asombro y luego dirigieron sus ojos hacia mí, justo en el momento en el que, en efecto, el timbre comenzó a sonar. Yo no supe más que recordar una cita, creo que de Napoleón, que leí hace tiempo en algún sitio. La pronuncié en alto, mientras los adolescentes metían atropelladamente los libros y los estuches en sus mochilas. La mayoría, como suele ocurrir, ni siquiera la escuchó, pero alguno se quedó pensativo unos instantes:

"En la guerra, como en el amor, para terminar es necesario verse de cerca".




sábado, 5 de agosto de 2023

LA PROFECÍA DEL ÁNGEL REDENTOR




¡La ciudad ha caído! ¡La ciudad ha caído! ¡Alabado sea Dios! - gritan los soldados turcos que ya recorren las laberínticas callejuelas de los suburbios occidentales de Constantinopla. Es el amanecer del 29 de mayo de 1453. Después de una noche de combates, los sitiadores han conseguido abrir varios boquetes en el muro de Teodosio, las imponentes murallas que protegen la ciudad por el oeste. La batalla ha finalizado.

Al oír los gritos victoriosos de sus enemigos, los defensores que aún se afanan en repeler el ataque en otras zonas de la ciudad abandonan sus puestos y huyen. Todo se ha cumplido: por fin, la capital del Imperio Romano de Oriente (el Imperio Bizantino) ha caído. Apenas hay ocho mil bizantinos dentro de su ciudad, sus últimos habitantes cristianos, que esperaban un milagro para evitar, en el último suspiro, la muerte o la esclavitud. Saben bien qué les espera ahora.

En las calles de la antigua Bizancio se desata una carnicería. El sultán turco, el joven Mehmet II, ha permitido a sus tropas saquear la ciudad. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo. Sedientos de riqueza después de varios meses de duro asedio, cien mil soldados otomanos asaltan iglesias, palacios y casas en busca de tesoros: joyas, monedas, baratijas, cualquier cosa les sirve. Constantinopla es saqueada de nuevo, como ya lo fue por los cruzados europeos doscientos años antes. Esta vez, en cambio, la toma de la ciudad es definitiva.

Entre gritos y plegarias a un Dios que parece haberlos abandonado a su suerte, los bizantinos se esconden donde encuentran cobijo. Algunos entran en los templos esperando que los musulmanes respeten los lugares sagrados. No es así. Las mujeres y las niñas son capturadas para engrosar los harenes de los jefes turcos. Los hombres y los niños son enviados como esclavos a otros lugares del Imperio Otomano. Y los ancianos, inútiles para el trabajo, son pasados por las armas. No hay piedad. Es el destino de los vencidos, de los últimos descendientes de los romanos que en otro tiempo dominaron el mundo. Ahora no son nada.

Se producen escenas terribles. La sangre corre por las calles formando auténticos ríos. Los iconos y las reliquias, sacados de las iglesias como si fuesen un arma más contra el invasor, están ahora por los suelos. Los incendios consumen algunos edificios. Hay cadáveres por todos lados. Algunos están mutilados. Entre ellos, hay quien reconoce al último emperador, Constantino XI, que ha muerto heroicamente en el combate.

Para los bizantinos, y para los europeos del siglo XV, Constantinopla aún es "el líder y el ojo del mundo habitado". Y, a pesar de todo, nadie le ha prestado ayuda cuando el emperador la ha pedido a Occidente. Ni Venecia, ni el Papa, ni ningún otro reino de Europa ha atendido las desesperadas demandas de auxilio de la capital del Bósforo. Pero cuando llega el momento decisivo, todos asisten atónitos al funeral del Imperio Romano, al último acto de una historia que se remonta más de mil quinientos años en el tiempo. 

Los bizantinos que huyen de sus perseguidores turcos, que buscan una última oportunidad para escapar, saben que se encuentran solos, que nadie va a ayudarles. Y aún así, a pesar de la desesperación y el miedo; a pesar de que todo está perdido, de que el destino está escrito sin remedio, confían en que Constantinopla sea recuperada para la cristiandad y el Imperio sobreviva.

En medio de una tragedia sin igual en la Historia, en medio del llanto y la desolación, los bizantinos, que se consideran a sí mismos romanos, aún siguen anhelando el resurgir de Roma y de su Imperio como tantas veces ha ocurrido. Y lo único que les queda para mantener la ilusión, lo único que tienen para creer en el futuro, para no sucumbir en la desesperanza, es una profecía. Un simple profecía. Mientras se ocultan de las huestes enemigas, mientras huyen hacia ningún lugar, muchos miran al firmamento buscando aquello que alguien les anunció: cuando la ciudad haya caído, un ángel redentor descenderá del cielo y derrotará definitivamente a los turcos.

Uno de los defensores de Constantinopla, Miguel Ducas, cree en el milagro imposible. Dios todopoderoso enviará un soldado celestial armado con una gran espada y descenderá sobre la columna de Constantino "el Grande", fundador de la ciudad. Los otomanos serán aniquilados y el trono será entregado a un hombre humilde y sencillo que se convertirá en emperador, en el nuevo basileus. El Imperio será restaurado y volverán tiempos de gloria y poder. Es la ultima profecía de los bizantinos. El último milagro que esperan.

Todo ha terminado. Ya no hay batalla. Los enemigos están dentro de la ciudad. Acaban de llegar a Santa Sofía, la gran basílica construida por Justiniano que pronto se convertirá en mezquita. Todo está perdido. Pero aún así, a pesar del terror paralizante, de la tristeza por lo perdido y de la desilusión, hay quien confía en que todo irá bien. Hay quien, a pesar de todo, se resiste a perder uno de los grandes motores de la vida. Hay quien, incluso al final, tiene esperanza.

domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?

 La estatua de Lenin mira al moderno CBD de Moscú


En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.

Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz. 

Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.

Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.

A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.

A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.

A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".

Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.

Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país. 

La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.

Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa. 

Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.


Centro de Moscú antes de la caída de la URSS



lunes, 8 de agosto de 2022

LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO

Lo primero que uno siente cuando pone un pie en las Islas Lofoten es la lejanía. Este archipiélago se encuentra lejos de todos lados, en la provincia noruega de Nordland, al norte del Círculo Polar Ártico. Lo segundo quizá sea el vértigo ante un lugar inhóspito donde la naturaleza es poco amable con las sociedades humanas que intentaron y aún intentan vivir aquí. 

Cuando desembarcamos, el 3 de agosto, en el puerto de Moskenes, llovía a cántaros. Tan solo se escuchaban los insufribles graznidos de las gaviotas, las auténticas dueñas del lugar. En teoría el sol no se pone en esta época del año en las Lofoten, es el sol de medianoche, pero los nubarrones negros nos impidieron experimentar las noches blancas. Así fue durante todos los días que estuvimos allí.

El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.



El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.


Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura. 


Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.


Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.



La capital administrativa de la región, Svolvær, o algunas localidades, como Leknes, sí conservan cierta vitalidad social y económica. La muestran en sus centros comerciales, en sus polígonos industriales y en sus cafés. Otras, en cambio, son hoy el fósil de lo que un día fueron pueblos de pescadores. Actualmente, en las Lofoten viven unos 24.000 habitantes, unos 5.000, en la capital. El resto vive en asentamientos dispersos, en casas diseminadas por todas las islas. Sorprende que el vecino más cercano viva a un kilómetro de distancia. El turismo es hoy la única riqueza de estas tierras.

La vida es muy dura allí. Como lo fue siempre. El clima es frío y lluvioso. Los vientos empujan continuamente los centros de bajas presiones árticos sobre estas islas. Nosotros, en pleno agosto, tuvimos máximas de 13°C y lluvia intermitente durante varios días. En invierno, el frío es atroz. El cielo está siempre pálido. Se nota que los rayos del sol no tienen fuerza para calentar estas regiones tan septentrionales. Y en los meses de invierno, las Lofoten se sumen en la noche perpetua. Durante semanas no amanece.  ¿Quién va a querer vivir allí en esas condiciones?



Aún así, este archipiélago custodia una historia rica. Durante cientos de años, las gentes han convivido en armonía con una naturaleza hostil. Las sociedades florecieron y se desarrollaron durante siglos gracias a la pesca y al comercio. Dan cuenta de ello los templos centenarios que pueden contemplarse. Son pequeñas iglesias en medio de los campos, cuyos campanarios destacan entre el resto de edificaciones, pero empequeñecen ante los imponentes farallones esculpidos por los glaciares. También los cementerios dan cuenta de aquellas gentes que forjaron su existencia en estas tierras, lejos de todo y de todos. Gentes para las que era cotidiano contemplar estos maravillosos paisajes y que llamaban hogar a este inhóspito lugar en el fin del mundo.




domingo, 27 de marzo de 2022

QUO VADIS, RUSIA?



Partamos de un hecho incuestionable: Rusia no puede ser reducida a una mera potencia regional porque su poder es global. Basta mirar un mapa para comprobar que, por definición, este país tiene una influencia mundial. Con sus más de 17 millones de km2 de superficie, es el Estado más extenso del mundo y tiene fronteras con las principales potencias políticas y económicas del mundo.

Por el oeste, limita con la Unión Europea. Por el sureste, comparte una extensa frontera con China. Y en el extremo este, limita con Japón. Al otro lado del mundo (desde nuestra perspectiva), sólo el estrecho de Bering (80 km.) separa a Rusia de las costas de Estados Unidos en Alaska. La proximidad de Rusia al Próximo Oriente y a Asia Central la convierte también en un actor destacado en estas convulsas regiones. Rusia es (y ha sido siempre) un puente entre Oriente y Occidente, entre Asia y Europa.

A pesar de esta enorme extensión y la disponibilidad de valiosísimos recursos naturales, la geografía no es benévola con Rusia. La mayor parte de sus tierras se encuentran a una elevada latitud, próximas al Círculo Polar Ártico, una región fría y seca. Gran parte de las tierras rusas no son aptas para el cultivo, sobre todo en Siberia, donde predomina la taiga y la tundra. Por otro lado, Rusia apenas tiene salida a mares cálidos. Sus larguísimas costas son bañadas por el Ártico, el Báltico y el Pacífico Norte, y pasan (o pasaban) muchos meses del año congeladas. Sólo los puertos del Mar Negro se encuentran plenamente operativos todo el año aunque la salida al océano desde este mar es muy problemática (a través del estrecho del Bósforo controlado por Turquía y del estrecho de Gibraltar, controlado por España, Marruecos y el Reino Unido).

Las tierras rusas son muy llanas y carecen de fronteras naturales que sirvan para fijar límites e impidan la entrada de pueblos foráneos. Por el oeste, Rusia está abierta a la Gran Llanura Europea y por el este, las estepas se extienden hasta el centro de Asia, China y Mongolia. Por eso, históricamente, Rusia ha sido invadida por numerosos imperios. Las cumbres de los Urales no detuvieron a las hordas mongolas en el siglo XIII, que entraron por el este. En la Edad Moderna, las tierras del oeste de Rusia fueron conquistadas por teutones, suecos, polacos y lituanos. En 1812, fueron los ejércitos de Napoleón quienes llegaron hasta Moscú. Y en 1941, los ejércitos nazis sitiaron Leningrado (San Petersburgo).

Así las cosas, desde finales de la Edad Media, los gobernantes de Moscovia (más tarde, Rusia) se afanaron en conquistar territorios que protegiesen el núcleo central ruso en torno a Moscú. Al tiempo que los zares consolidaban su poder autocrático, buscaban establecer sucesivos anillos concéntricos de territorios tapón que previniesen nuevas invasiones. En 1667 fue conquistado Kiev; en 1721 los territorios bálticos (Estonia y Letonia) fueron incorporados al imperio; la Confederación Polaco-Lituana fue desmembrada a finales del siglo XVIII; y en el siglo XIX se sometieron, con muchos problemas, los territorios al norte y al sur del Cáucaso.

En Asia, la conquista de las primitivas poblaciones de Siberia fue rápida, desde el siglo XVII. Las tribus nómadas de Kazajistán y el Turquestán (Asia central) fueron sometidas en el siglo XIX. En 1900, Rusia era el imperio terrestre más extenso del mundo, poblado por gentes muy diversas étnica, lingüística y culturalmente.


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Rusia siempre ha sido demasiado grande y ha estado demasiado poblada para ser aceptada como una igual por las potencias europeas. Además, sus centros de poder (Moscú - San Petersburgo) estaban muy distantes del centro de Europa. A Rusia no llegaron el Renacimiento y el Humanismo en el siglo XVI; y sólo las élites de Moscú y San Petersburgo estuvieron en contacto con las ideas ilustradas en el siglo XVIII. Los grandes zares rusos (Iván el Terrible, Pedro el Grande y Catalina la Grande) se afanaron por consolidar un Estado absolutista a toda costa, buscando la legitimidad en la Iglesia Ortodoxa (Moscú identificada como la Tercera Roma) y en la cultura rusa, aunque gobernaban sobre muchos pueblos no rusos. Tres fueron los pilares del imperio zarista: ortodoxia, autocracia, nación.  

A pesar de todo, Rusia siempre estuvo integrada en las relaciones internacionales europeas hasta 1917. Fue precisamente la Revolución bolchevique, en plena Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), la que sembró la semilla de la desconfianza de Occidente hacia Moscú. Aún así, las circunstancias históricas volvieron a unir a los rusos (ahora la Unión Soviética) con Francia, Inglaterra y Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial hasta su definitiva ruptura en 1945. Durante la Guerra Fría, la URSS, que lideraba al Bloque Comunista, se convirtió en la gran enemiga del Occidente capitalista.

Desde la caída de la URSS y la desintegración del espacio soviético, las relaciones de Rusia con Occidente han atravesado tres fases diferentes. Durante la presidencia de Yeltsin (1991 - 1999), Rusia pareció integrarse completamente, participando incluso en operaciones de la OTAN y adoptando una actitud un tanto sumisa hacia la política exterior de Estados Unidos. En la primera etapa del gobierno de Putin (1999 - 2008) la actitud cambió por algunas desavenencias (como la ampliación de la OTAN hacia el este de Europa), pero sin olvidar la colaboración (por ejemplo, en la lucha antiterrorista tras el 11-S de 2001). En una tercera fase, identificada con el fortalecimiento del poder de Putin y la deriva autoritaria de su gobierno, las relaciones con Occidente han desembocado en una nueva oposición y confrontación (escudo antimisiles de la OTAN, invasión de Georgia, anexión de Crimea y guerra de Ucrania).

A nivel interno, la desintegración de la URSS en diciembre de 1991 no abrió el camino a la consolidación de un régimen democrático. Recordemos que Rusia nunca había disfrutado de democracia anteriormente y que la tricentenaria autocracia zarista había sido sustituida por la dictadura comunista con la Revolución de 1917. Durante la presidencia de Yeltsin, el caos económico provocado por la apertura a la economía de libre mercado se asoció con un presidente débil, sin mucho poder frente a los oligarcas y las regiones separatistas (Primera Guerra de Chechenia de 1994 - 1996). La incipiente democracia se asoció a la corrupción, la inestabilidad y la pobreza. A partir de 1999, la llegada de Putin al poder fue un punto de inflexión. De nuevo un líder fuerte (como los zares autócratas) imponía orden, acababa con los separatistas (Segunda Guerra de Chechenia, 1999 - 2009) e impulsaba el desarrollo económico. 

Vladimir Putin volvía a apostar, ahora, por los pilares del antiguo imperio zarista tras el paréntesis soviético y la presidencia de Yeltsin: la autocracia como forma de gobierno (un líder autoritario incuestionable), la ortodoxia (alianza con la Iglesia Ortodoxa de Moscú) y la nación (un ultranacionalismo violento y expansionista). Este esquema le llevó a reprimir a cualquier forma de oposición interna, a realizar los cambios legales para perpetuarse en el poder (modificación de la Constitución en 2020) e intervenir en la política interior de los países de la "vecindad próxima", una especie de patio trasero particular de Moscú (Georgia, Kazajistán, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, etc.).

Quo vadis, Rusia? ¿Hacía dónde va la Rusia del siglo XXI? Para responder a esta pregunta sería necesario saber, primero, hacia dónde se dirige el presidente Putin. Se ha convertido en un autócrata al más puro estilo de los zares, eliminando al disidente y controlando con puño de hierro la política interna. Se ha convertido también en el terror de Europa y del mundo occidental, por sus amenazas y sus agresiones militares, presentándose como un déjà vu que los ingenuos europeos creían olvidado. Pero la gran tragedia del 2022 es que la Rusia de hoy se parece más a la Corea del Norte de Kim Jong Un y a la China de Xi Jinping que al imperio de Pedro I o al de Catalina "la Grande". 




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domingo, 27 de febrero de 2022

UCRANIA Y RUSIA EN 6 MAPAS



Desde la Revolución del Euromaidán en 2014, Ucrania ha pasado de ser un país prácticamente desconocido para Occidente a aparecer frecuentemente en los medios de comunicación. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 es el último episodio de una historia compleja. Repasamos aquí los hitos más destacados de la historia de Ucrania y de Rusia con seis mapas.


1. El Rus de Kiev (ss. IX - XIII)


A finales del siglo IX, los rusos, que habitaban cerca del Mar Báltico, se desplazaron hacia el sur, a las llanuras ribereñas del Mar Negro y atravesadas por los ríos Dniéster y Dniéper. Crearon el Principado de Kiev, el primer Estado ruso, y establecieron contactos comerciales con el Imperio Bizantino. En el siglo XIII, los ejércitos mongoles invadieron Europa oriental y sometieron el Principado de Kiev. Posteriormente, cuando el Imperio Mongol se fragmentó, aparecieron pequeños principados, como el Kanato de Crimea, en el sur de la actual Ucrania. No hay diferencias entre los pueblos eslavos del norte (no podemos distinguir entre rusos y ucranianos).



2. Expansión rusa (ss. XIII - XIX)


Los príncipes rusos de Moscú empezaron a fortalecer su posición a comienzos del siglo XIV, sometiendo otros Estados rusos cercanos. Progresivamente, como se puede ver en el mapa, conquistaron amplios territorios, extendiendo su control hacia el sur y el oeste a costa de otros Estados como Suecia, Polonia - Lituania, el Kanato de Crimea y los territorios de la Orden Teutónica. El objetivo de los zares rusos desde el siglo XVII fue triple: 1) crear un territorio tapón en el oeste que protegiese el núcleo central ruso en torno a Moscú, 2) lograr una salida al Mar Báltico (San Petersburgo en 1703) y otra al Mar Negro (Sebastopol en 1783) y 3) expandirse hacia Siberia, el este, donde no tenía ninguna competencia. La ciudad de Kiev, que había sido capital del primer Estado Ruso, fue conquistada por la Rusia de los Romanov en 1667.



3. El Imperio ruso en 1914


En vísperas de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), el Imperio Ruso era un inmenso Estado que se extendía desde las llanuras polacas en el oeste al Océano Pacífico en el este y desde Laponia y el Ártico en el norte al Hindú Kush en el sur. Sin embargo, padecía una gran debilidad interna: pobreza y atraso económico y social. Además, era un Estado multiétnico donde numerosos pueblos no rusos (polacos, fineses, estonios, armenios) reclamaban su independencia. A finales del siglo XIX se forjó también la identidad nacional ucraniana: una historia diferenciada de Rusia, una lengua unificada a partir de diversos dialectos rusos, unos orígenes mitológicos, etc. En este momento, los eslavos del norte se dividían en "grandes rusos" (rusos), "pequeños rusos" (ucranianos) y "rusos blancos" (bielorrusos).



4. La Guerra Civil Rusa (1917 - 1922)


Como consecuencia de las continuas derrotas de los ejércitos del zar Nicolás II en la Primera Guerra Mundial, estalló la Revolución Rusa en 1917. Fue un complejo proceso que se desarrolló en dos fases: la Revolución de febrero y la Revolución de octubre. Tras esta, los bolcheviques liderados por Lenin tomaron el poder. Lenin retiró a Rusia de la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), perdiendo numerosos territorios en el oeste: Finlandia, las Repúblicas Bálticas, Polonia y Ucrania. En la posterior Guerra Civil Rusa (1917 - 1922), los bolcheviques consiguieron recuperar el control sobre Ucrania e integrarla en la nueva Unión Soviética en 1922. Se formaron así la República Socialista Soviética de Ucrania y la República Socialista Soviética de Rusia, entre otras. Todas estaban dentro de la URSS.



5. La Unión Soviética (1922 - 1991)


La URSS estaba formada por quince repúblicas socialistas soviéticas que, en teoría, gozaban de amplia autonomía. En la práctica, sin embargo, imperaba el centralismo de Moscú. El proceso de rusificación del país fue intenso, sobre todo en algunas etapas, como el periodo estalinista (1924 - 1953). En Ucrania, numerosos pueblos fueron deportados a Siberia, como los tártaros de Crimea o los cosacos. Los ucranianos sufrieron el hambre en los años 30, muriendo casi 5 millones de personas. Muchos lo consideran un genocidio: "Holodomor". Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945), algunos ucranianos vieron en la invasión nazi una oportunidad para recuperar la tan ansiada independencia de la URSS. 



6. La Ucrania actual (1991 - 2022)


La actual República de Ucrania es el resultado de un largo proceso de incorporación de territorios al núcleo original en torno a Kiev. Lenin incorporó a la RSS de Ucrania las regiones del Dombás y el sur (Odesa), muy ricas económicamente. Stalin incorporó Rutenia, conquistado por el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Y Kruschev en 1954 anexionó la Península de Crimea que a partir de entonces fue administrada desde Kiev. La República de Ucrania ganó la independencia de la URSS en agosto de 1991. Rusia se independizó de la URSS en diciembre de ese año.

En 1994, el Memorándum de Budapest garantizaba la integridad territorial de Ucrania previa cesión a Rusia de todo el armamento nuclear que había en territorio ucraniano. En 2014, Rusia violó el memorándum y se anexionó la Península de Crimea en un clima de inestabilidad en Ucrania por la Revolución del Euromaidán y la guerra en el Dombás.




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jueves, 24 de febrero de 2022

¿QUÉ OCURRE EN UCRANIA?


El 25 de diciembre de 1991, hace apenas treinta años, se desintegró la Unión Soviética, víctima de sus propias contradicciones internas y del descalabro económico del sistema comunista. De ella surgieron quince nuevas repúblicas independientes, siendo su heredera jurídica a nivel internacional la Federación Rusa. El espacio soviético se fragmentó no sólo en el plano territorial sino también desde un punto de vista político y cultural, pero Rusia nunca renunció a ejercer la tutela sobre los países vecinos.

La implosión de la URSS fue también el punto final de la Guerra Fría, el sistema de relaciones internacionales que había imperado en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945). El bloque comunista, que había rivalizado durante décadas con el bloque capitalista liderado por Estados Unidos, se hundió dejando a la superpotencia americana como la única en el mundo. La nueva Federación Rusa no podía compararse a la antigua URSS y su poder político y económico era mucho más reducido. No así su poder militar, que se mantuvo prácticamente intacto.

Estas son las dos grandes frustraciones que Rusia ha arrastrado desde hace tres décadas: el fin de su hegemonía indiscutida en una mitad del mundo y el dominio absoluto de un vastísimo imperio territorial que se extendía desde Alemania en el oeste hasta la Península de Kamchatka en el este y desde el Ártico en el norte hasta el Hindú Kush en Asia Central. Fuera de Rusia quedaban además amplias regiones que habían estado dominadas históricamente por Moscú, como Ucrania y el Cáucaso. Lo único que conservó Rusia fue su enorme poder militar y unos valiosos recursos naturales.

La apertura a la economía de libre mercado fue catastrófica en casi todos los países nacidos de la Unión Soviética. La transición desde el comunismo al capitalismo fue un desastre en Rusia y en Ucrania. Se formó enseguida una oligarquía empresarial que concentró la mayor parte de la riqueza del país. Esto influyó también en la implantación de regímenes democráticos al estilo occidental. Ni Rusia ni Ucrania ni el resto de república exsoviéticas (con la excepción de los países bálticos) habían disfrutado antes de democracia liberal, y así siguen treinta años después. Su implantación fue un fracaso. 

La idea de que todos los problemas se solucionan con un líder autoritario fuerte está muy arraigada en las sociedades rusa, bielorrusa, kazaja y, en menor medida, ucraniana. Líderes como Alexandr Lukashenko (en Bielorrusia), Nursultán Nazarbáyev (en Kazajistán) y Vladímir Putin (en Rusia) son ejemplos de ello. En Rusia, además, muchos confían en que Putin recupere el prestigio del país y vuelva a convertirlo en una gran potencia respetada y temida por el resto de naciones, en especial por Occidente (Europa y EE.UU.), como en los tiempos de la Guerra Fría.

Por si fuera poco, en los treinta años que han transcurrido desde la caída de la URSS y el presente, la OTAN ha ampliado sus fronteras progresivamente hacia el este, acercándose cada vez más a Rusia. La OTAN es una alianza militar creada en 1949 bajo el liderazgo de EE.UU. para enfrentar un posible ataque de la URSS. Con la desaparición de esta, la OTAN no se disolvió y la nueva Rusia la vio como una amenaza. Al mismo tiempo, los antiguos países satélites de la URSS (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc.) y las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) vieron en la alianza atlántica el escudo de protección necesario para evitar la injerencia rusa en sus países. 

El miedo de Rusia a perder la influencia sobre el antiguo espacio soviético la ha llevado a intervenir directamente en países que ahora son independientes. Habitualmente, Moscú ha aprovechado las poblaciones étnicamente rusas o ruso-parlantes que viven en estas naciones para desestabilizarlas en beneficio propio. Así ocurrió en la temprana fecha de 1990 (antes del hundimiento de la URSS) en Transnistria, una región moldava donde aún hoy hay tropas rusas. 

En 2008 ocurrió algo similar con las regiones de Abjasia y Osetia del Sur que proclamaron su independencia de Georgia y fueron reconocidas por Moscú. Después el ejército ruso entró en Georgia para proteger las nuevas repúblicas. En 2014, tocó el turno a Ucrania con las rebeliones de las regiones rusófonas de Donetsk y Lugansk en el Dombás. Su independencia ha sido reconocida ahora, en 2022, pero el gobierno ruso ha estado apoyando a los rebeldes desde entonces.

Ese mismo año de 2014, el presidente ruso Vladímir Putin dio un paso más en su empeño por mantener el control sobre Ucrania cuando anexionó a Rusia de manera ilegal la estratégica Península de Crimea, algo que violaba la integridad de Ucrania y todas las leyes internacionales. También hay poblaciones rusas en otros países exsoviéticos como Estonia, Letonia y Kazajistán que pueden ser utilizadas por el Kremlin para desestabilizar esas naciones. Caso aparte es Bielorrusia, cuyo presidente Lukashenko es un estrecho colaborador de Rusia. Para Occidente Bielorrusia es un Estado títere de Moscú; para Moscú es un buen amigo. 

En el discurso que Putin dio a la nación el 21 de febrero de 2022, anunciando el reconocimiento de la independencia de las regiones del Dombás, justificó su decisión con una retórica imperialista más propia del siglo XIX que del siglo XXI. Estaba además preparando el terreno para la invasión del país. Cuestionó la legitimidad de Ucrania como nación independiente y su derecho a existir: "Ucrania para nosotros no es sólo un país vecino. Es una parte fundamental de nuestra propia historia, cultura y espacio espiritual". Lo acusó también de ser un Estado fallido debido a la corrupción y un títere de EE.UU. (por querer unirse a la OTAN, precisamente para evitar una agresión rusa). Reivindicó, por último, el antiguo Imperio Ruso de los zares y el espacio soviético desaparecido en 1991.

Putin se ve a sí mismo como el líder fuerte capaz de restaurar la supremacía de Rusia frente a EE.UU., pero a su vez tiene miedo de la OTAN y su poder militar. Quiere que países como la propia Ucrania, pero también Bielorrusia, Moldavia, Georgia y Kazajistán, entre otros, constituyan un territorio tapón que proteja a Rusia de la OTAN y donde Moscú pueda intervenir cuando le plazca. Así lo dijo claramente: "Les dimos a estas repúblicas el derecho a salir de la Unión (Soviética) sin términos ni condiciones. Eso fue una locura."

¿Y cómo justificar una invasión militar en pleno siglo XXI? Convirtiendo al rebelde en víctima y a la víctima en agresor. Aludiendo a un supuesto genocidio de las poblaciones rusas del este de Ucrania. Amenazando con una guerra nuclear a gran escala. Destruyendo el imperio de la ley con el imperio de la fuerza. Y usando la impunidad que ofrece la debilidad del contrario. La siguiente pregunta es: ¿Saciará Putin su voracidad con la incorporación de una parte de Ucrania a Rusia y la implantación de un gobierno títere en Kiev? ¿O será solo otro capítulo de una serie de intervenciones militares y conquistas que no terminará hasta que alguien le pare los pies? ¿Y quién puede ser ese "alguien"? 





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viernes, 21 de agosto de 2020

CHAVES NOGALES, QUE ESTABA ALLÍ

Varias fotografías de Manuel Chaves Nogales junto con algunos personajes históricos de su época como Alejandro Lerroux (arriba) y Miguel de Unamuno (abajo a la derecha).
 
 
 
Manuel Chaves Nogales es, para muchos, el mejor periodista español del siglo XX. Su obra literaria se podría situar junto a la de los grandes de su época, como George Orwell, Ernest Hemingway y Stefan Zweig. Es uno de los grandes, en efecto. Pero, a diferencia de estos y a pesar de aquello, Chaves Nogales es un completo desconocido para el gran público y sus obras hace bien poco que se han redescubierto.

Marginado por la izquierda y despreciado por la derecha, los escritos de Chaves Nogales pasaron largas décadas escondidos. Tan solo se editaba una y otra vez su obra cumbre, la biografía del torero Juan Belmonte, que carecía de connotaciones políticas. El resto se mantuvieron silenciados por unos y por otros porque la mente crítica y lúcida de Chaves Nogales incomodaba a unos y otros. Hoy, sin embargo, su figura y su obra se están recuperando aunque poco a poco, quizá demasiado poco a poco para alguien que puede alumbrar uno de los periodos más terribles de la historia de España y de Europa.

La visión de Chaves Nogales sobre España y Europa en la época que le tocó vivir es honesta y clara. Lo ve todo. Lo entiende todo. Y lo explica todo. Nacido en Sevilla, pronto marchó a la capital donde trabajó en algunos de los diarios más influyentes como el Heraldo de Madrid y el Ahora. Viajó por la Europa de entreguerras y conoció de primera mano el totalitarismo tanto fascista como comunista. En su obra "El maestro Juan Martínez, que estaba allí" contó la historia real de este bailaor flamenco que fue sorprendido por el estallido de la Primera Guerra Mundial en San Petersburgo, la capital de los zares de Rusia. Después, vivió la Revolución Bolchevique y conoció sus entresijos. 
 
La revolución pretendía acabar con la tiranía zarista y con la opresión de la nobleza, la burguesía y la Iglesia Ortodoxa pero lo que consiguió fue sustituir esta opresión por otra, la de los revolucionarios. Chaves Nogales relata la historia que el propio Juan Martínez le transmitió en París. En su huida desesperada, el bailaor se encontró con revolucionarios analfabetos guiados por la sed de venganza, con líderes bolcheviques corruptos, y con trabajadores que seguían haciendo lo de siempre: sobrevivir. El régimen que nacía de la revolución era muy distinto a la utopía soñada. No era un mundo de igualdad y justicia sino de represión, brutalidad y hambre. 

Y también conoció el totalitarismo fascista, el nazismo. Pudo realizar una brevísima entrevista a Joseph Goebbels, uno de los más importantes dirigentes nazis y ministro de propaganda de Hitler. Obligado a publicar las respuestas a sus preguntas sin ninguna modificación, Chaves Nogales se permitió realizar una pequeña introducción en la que describía al tipo entrevistado. En apenas unas líneas, el periodista andaluz retrató de forma brillante al líder nazi destapando su patetismo y su sectarismo.
 
Defensor de la democracia liberal y de la república parlamentaria instaurada en España en 1931, Chaves Nogales siguió la evolución política de los años treinta hasta que la violencia hizo estallar España en mil pedazos. Su obra "A Sangre y Fuego. Héroes, bestias y mártires de España" es probablemente el mejor libro que se ha escrito sobre la Guerra Civil. Todo aquel que quiera entender el conflicto fraticida español debe leer esta obra porque Chaves Nogales desciende aquí al barro, a la realidad cotidiana, retrata a milicianos republicanos, a fanáticos anarquistas, a fascistas sanguinarios y a un pueblo que sufrió como nadie el odio visceral provocado por siglos de ignorancia.

Chaves Nogales describe la brutal realidad de la guerra, de cualquier guerra, pero esta fue nuestra. Y en su prólogo, el autor explica la contienda de una forma clara y directa, ¡en 1937! Cuando aún quedaban dos años de guerra, el escritor sevillano adivina con una terrible precisión el futuro de esa España que se estaba desangrando. Los árboles no le impidieron ver el bosque con más claridad de la que muchos pueden verlo hoy en dia. No nos equivocamos si afirmamos que el escritor sevillano fue el observador más audaz de la España de los años treinta. Pero además de observador, fue un valiente defensor del régimen republicano y democrático condenado a muerte tras el golpe de 1936.

Como dice en el prólogo de "A Sangre y Fuego" - toda una declaración de principios y un disganóstico preciso de una España enferma -,  abandonó el país cuando vio que todo estaba perdido. Él era un republicano convencido, pero ante todo, un demócrata. Y cuando el gobierno legítimo marchó de Madrid a Valencia, entendió que la república democrática había sido completamente destruida. No quedaba nada que salvar. Y acusó tanto a los fascistas de Franco que bombardeaban continuamente Madrid como a las bandas de analfabetos anarquistas y comunistas que sembraban el terror en la capital. En Madrid no se enfrentaba ya el fascismo contra la democracia, sino contra el comunismo. La democracia ya no existía. Y por poner esto a la luz, Chaves Nogales fue perseguido por la derecha y por la izquierda y marginado por unos y por otros.

La visión ecuánime que ofrece Chaves Nogales al mundo no esconde su firme defensa de la democracia liberal. Sabe reconocer el totalitarismo porque lo ha visto y contado y sabe las atrocidades que engendra e inmediato. Cuando huye de España se instala con su familia en Francia a la que consideraba el baluarte de la democracia, donde había visto instalarse a los exiliados rusos tras la revolución, donde entonces se instalaban los exiliados españoles que huían de la guerra. Pero la Francia que encontró era muy distinta, un país agotado y mediocre que no ofreció resistencia cuando Alemania lo invadió en 1940 y aun colaboró con los nazis. Eso también lo retratará en "La agonía de Francia", una obra que, por cierto, no ha sido aún publicada en ese país. Heridas por cerrar en el siglo XXI.

Bien sabía nuestro autor que la Gestapo lo buscaría en París para hacerle pagar con su vida la humillación a los nazis y a Goebbels. Por eso, cuano las columnas alemanas se acercaban a la capital francesa, partió de nuevo, primero hacia Burdeos y, después, hacia Inglaterra, donde estaría a salvo. Su familia regresó a España al mismo tiempo. Era 1940. Chaves Nogales, igual que muchos españoles antes y después, se convirtió en un viajero errante, una de las voces más autorizadas para explicar la guerra de España y la de Europa que, sin embargo, no podría volver ni a su país ni al continente. Era el precio de la audacia y de la valentía. 

En Londres vivió los últimos años de su vida, haciendo lo que había hecho siempre: escribir, contar. Sus crónicas se publicaron en numerosos periódicos europeos y americanos. Su vida se apagó en mayo de 1944, unas semanas antes del desembarco de Normandía, uno de los hitos que marcaría el rumbo de la Segunda Guerra Mundial y el principio del fin del nazismo. No pudo ver cómo la democracia triunfaba por fin en Europa Occidental tras la guerra. Tampoco, por supuesto, cómo triunfó en España décadas después. Fue enterrado allí, en Londres, en el exilio, como tantos otros españoles obligados a abandonar su patria por culpa de la ignominia de muchos compatriotas. Allí siguen sus restos, lejos de su tierra. Su obra, sin embargo, es infinita. Estaba allí y lo contó para la eternidad.

domingo, 12 de enero de 2020

EL CASO DREYFUS Y LA DECADENCIA DE LAS NACIONES LATINAS

 

 Degradación del Capitán Dreyfus

El llamado Caso Dreyfus es uno de esos pequeños detalles de la Historia, intrincados detalles, más bien, que resulta difícil comprender si uno no tiene la ferrea voluntad de desenmarañarlos. Y no vale sólo con leer el artículo de la Wikipedia sino que requiere un estudio mucho más detallado. Sin embargo, ésta es una de esas anécdotas que, al entenderlas, ilumina todo un periodo histórico en un país. Y más, en un continente.

Dreyfus era un capitán del ejército francés de origen judío que, en 1894, fue acusado de espionaje y condenado al destierro en una cárcel de la Guayana Francesa. Posteriormente se descubrió toda una red de corrupción en el ejército francés. Altos mandos habían acusado a Dreyfus con pruebas falsas y se negaron a reabrir el caso cuando se destapó que el espía alemán era otro militar, el comandante Ferdinand Esterhazy. El caso sacudió los cimientos del Ejército francés y de la Tercera República y agitó a la opinión pública francesa como en pocas ocasiones había sucedido.

El escándalo evidenció la corrupción de los altos mandos militares franceses y del gobierno republicano y sacó a la luz el antisemitismo imperante en una sociedad que se creía moderna, libre y avanzada. El escritor Émile Zola, en una carta abierta titulada "J'accuse" ["Yo acuso"], que a la sazón sería una de las más famosas misivas de la Historia, se lamentaba de la degradación moral de Francia y la hipocresía de una nación que se creía libre: 

"Es un crimen aprovechar el patriotismo para actos de odio y, por último, es un crimen hacer del espadón el dios de la modernidad, mientras toda la ciencia humana se empeña por el avance de la verdad y la justicia. Esta verdad, esta justicia que tanto hemos ansiado ¡ qué angustia verlas así abofeteadas, despreciadas, oscurecidas! (...)".

Este sentimiento de decadencia política, fracaso y degradación moral era compartido por numerososo intelectuales no sólo en Francia sino en otras naciones de la Europa suroccidental en la segunda mitad del siglo XIX. En Francia destacan Émile Zola y Victor Hugo; en España, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Azorín y Miguel de Unamuno. También en Italia y en Portugal se compartía este sentimiento de decadencia. Y es que muchos pensaron que las naciones latinas del sur de Europa, otrora pujantes potencias culturales y políticas, habían perdido el tren de la Historia en favor de las naciones germánicas y anglosajonas. 

Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos eran las grandes potencias económicas y políticas del momento mientras que Francia, Italia, España y Portugal habían perdido el esplendor de otros tiempos. Para argumentar esa opinión se basaban en los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX, entre los que se encontraba el escándalo Dreyfus que hemos comentado.

La Francia de la Tercera República era una gran potencia económica y disfrutaba de un sistema político democrático; empero, el sentimiento de humillación y fracaso latía con fuerza en el alma de la nación. La derrota de Sedán en 1870 supuso la desaparición del Segundo Imperio Francés y la proclamación, en el Palacio de Versalles, del Imperio Alemán. Los ejércitos de Bismarck sitiaron París donde estalló la Comuna y desencadenó una guerra civil de corta duración. La derrota supuso, además, la pérdida de Alsacia y Lorena, territorios franceses habitados por alemanas, que fueron incorporados al nuevo Imperio Alemán. Hasta 1918 no se olvidó la humillación en Francia.

El desarrollo económico de Francia no podía compararse al de Inglaterra y al de Alemania y en la carrera colonial, quedó en un segundo puesto. La rivalidad imperialista de Londres y París fue claramente favorable a los británicos. El conflicto de Faschoda, por el control de territorios en África, se saldó también con victoria inglesa y no terminó en un enfrentamiento bélico gracias a la mediación de Rusia. Inglaterra pretendía conseguir el territorio desde Egipto hasta Ciudad del Cabo mientras que Francia luchaba por controlar el Sáhara de Oeste a Este. El encuentro, inevitable, se produjo en el actual Sudán del Sur. Francia acabó renunciando a él.

La crisis moral de la República fue destapada por el caso Deyfrus. Una potencia democrática, cuna de las revoluciones liberales y defensora del lema "Libertad, Igualdad y Fraternidad" escondía profundas tensiones sociales y raciales. El odio a los judíos era patente y su denuncia pública por el escritor Zola escandalizó a la opinión pública. La decadencia moral se sumaba a la derrota militar y el fracaso colonial.

De igual forma, el nacimiento del reino de Italia supuso una convulsión en las conciencias de los católicos. Para hacer posible la unificiación italiana hubo que destruir el poder terrenal del Papa. Precisamente la derrota francesa en Sedán en 1870 llevó a Napoleón III a retirar las tropas que protegían los Estados Pontificios de la entrada de las tropas italianas de Victor Manuel II. Fue un paseo militar. Los italianos ocuparon Roma mientras el Papa Pío IX se declaraba cautivo en el Vaticano y pedía a todos los católicos del mundo no reconocer al nuevo Estado italiano.

Italia había estado dividida en múltiples principados, ducados y pequeños reinos durante siglos. La franja central de la Península Italiana estaba en poder del Papado. Ahora, el nuevo Estado unificado ponía en entredicho precisamente el poder temporal del Papa que quedaba confinado en la Basílica de San Pedro. Los católicos vieron en aquellos hechos la decadencia del pueblo italiano, capaz de destruir las posesiones de la Iglesia. Italia que había sido cuna del Imperio Romano, del Renacimiento y del Barroco, la nación más culta de Europa, actuaba entonces como los bárbaros, conquistando Roma, la ciudad santa del Catolicismo. El asunto del Papado no se solucionó hasta 1929.

El nuevo Estado nació, además, con graves desigualdades territoriales y llegó tarde al reparto colonial. El desastre de Adua en 1896 significó el fracaso de las pretensiones coloniales italianas. El ejército italiano, disciplinado y con armamento moderno, se enfrentó a las tropas etíopes, un ejército medieval. Y fue derrotado. En el Tratado de Addis Abeba, Italia reconoció la independencia de Abisinia y se retiró de la zona. La humillación no se superó hasta que Mussolini atacó de nuevo Abisinia en los años treinta.

En España el sentimiento de decadencia militar y política, lejos del esplendor de otros tiempos, marcó la política internacional del régimen político de la Restauración (1874 - 1931). De hecho, Cánovas planteó una política internacional de recogimiento y conservación de los territorios españoles consciente de la inferioridad del país con respeto a sus posibles competidores, Inglaterra y Estados Unidos. Cánovas fue asesinado en 1897 y un año después se producía el gran Desastre del 98. España, en una guerra desigual contra Estados Unidos, perdió toda las colonias que le quedaban en América y Asia: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y algunos archipiélagos en medio del Océano Pacífico.

Aunque las consecuencias económicas no tuvieron la importancia que se esperaba, las consecuencias psicológicas fueron terribles. Muchos pensaban que el país había tocado fondo. En el momento en el que todas las naciones europeas estaban creando sus imperios coloniales, España, que había creado el suyo mucho antes que otros, perdía sus últimos despojos. "Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid", esa fue la propuesta del intelectual Joaquín Costa ante el Desastre: la alfabetización de los españoles y el olvido del pasado imperial, mítico, que había terminado.

El impacto del Desastre del 98 en la cultura fue tan grande que incluso dio nombre a una generación de escritores: Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Baroja, Azorín, Machado, etc. Proponía la modernización del país siguiendo el modelo europeo para sacarlo del atraso económico y social. El impulso renovador del Regeneracionismo, llegó incluso a la política y marcó los gobiernos de las primeras décadas del siglo XX. Había que revivir a la "España sin pulso", como la había denominado Francisco Silvela, quien asumió el gobierno del país después del desastre. 

Hay quien propuso incluso la unión ibérica. Si Alemania e Italia habían conseguido la unificiación y esta se veía como ejemplo de modernidad política y progreso económico, ¿por qué no unificar España y Portugal? Algunos propusieron una especie de Zollverein ibérico, una unión económica entre las dos naciones de la península. Pero sólo fueron propuestas utópicas de intelectuales. Los pueblos portugués y español se daban la espalda, como desde hacía siglos...

Portugal no escapó tampoco al sentimiento de fracaso. Su pretensión de unir las colonias de Angola y Mozambique en el África meridional chocó con el proyecto inglés de unir Egipto y Ciudad del Cabo. La iniciativa portuguesa dio lugar al llamado "ultimatum británico" el 11 de enero de 1890. Londres exigía la retirada de las tropas portuguesas "aquella misma tarde". Desde Lisboa se transmitieron inmediatamente las instrucciones británicas al gobernador colonial de Mozambique lo que supuso una gran humillación. Inglaterra era la gran aliada de Portugal desde principios del siglo XVIII y ahora la había humillado de forma cruel.

Aunque en 1890 las relaciones entre Londres y Lisboa se restablecieron de nuevo, la humillación nunca se olvidó. Dicen que fue en aquellos momentos cuando comenzó la decadencia final de la Monarquía portuguesa. Años después, además, Portugal vio cómo un tratado secreto entre Inglaterra y Alemania pretendía la partición y el desmembramiento del imperio colonial portugués. Sólo la guerra anglo-boer lo impidió. El reino luso era un corderillo frente a los lobos alemán y británico. Sólo la casualidad impidió que perdiese su imperio.

Viendo todos estos acontecimientos, que ocurrieron en el mismo periodo, 1870 - 1910, podemos entender a los intelectuales franceses, españoles o portugueses que clamaron contra la decadencia de los latinos frente al poder germánico y anglosajón. El sentimiento, común pero con matices en los diferentes países, marcó la llamada crisis finisecular del siglo XIX y llevó, en el caso francés e italiano, al establecimiento de alianzas militares con otras potencias que culminarían en el estallido de la Primera Guerra Mundial.