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sábado, 9 de mayo de 2026

LOS SESENTONES DE RIOTINTO




Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.

Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita. 

Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?". 


Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra. 

Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.

También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.

El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo. 

El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas. 


Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso. 

Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza. 

viernes, 1 de mayo de 2026

LO QUE DEJÓ EL INGLÉS EN HUELVA

Muelle sobre el Tinto (Huelva)

Los ingleses se sorprendieron del aguardiente que bebían los trabajadores españoles de las Minas de Riotinto. Aquel brebaje, mezcla de agua de un manantial con alcohol de alta graduación era realmente fuerte incluso para los británicos, acostumbrados al whisky. Los británicos la llamaron "Man's Water", es decir, "Agua de Hombre", porque había que ser realmente duro para soportarla. Los españoles adoptaron el nombre, aunque lo adaptaron a su pronunciación no sin añadirle cierta gracia andaluza. Al aguardiente acabaron llamándolo "manguara".

El legado inglés en Huelva es abundante y, quizá, constituya la principal de las muchas atracciones de esta provincia. Tanto en la capital, junto a la ría del Tinto, como en los pueblos de la cuenca minera, la huella de los anglosajones es más que evidente. Atraídos por la riqueza minera, desembarcaron hacia 1873, tras la fundación, en Londres, de la "Río Tinto Company Limited", una empresa destinada a la explotación de los yacimientos de cobre, plata y hierro. Aquellas minas ya habían sido explotadas desde la antigüedad, junto con las próximas de Almadén de la Plata, en la vecina provincia de Sevilla, y los ingleses no desaprovecharon la oportunidad que les brindó la liberalización de las minas por parte del gobierno español. 

La inversión de la compañía británica transformó por completo la comarca minera de Riotinto y la propia ciudad de Huelva. Modernizaron las explotaciones mineras, introdujeron importantes avances técnicos, construyeron una línea férrea de más de 80km de longitud y edificaron barrios enteros de casitas de estilo inglés tanto en Riotinto como en la capital. Hoy, los restos de aquella explotación son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de arqueología de la Revolución Industrial en España, así como la muestra de la enorme dependencia de las inversiones extranjeras, sobre todo inglesas, francesas y belgas, que tuvo la industria española en sus orígenes. 

Vías férreas y ferrocarriles antiguos en las Minas de Riotinto

Minas de Riotinto es un municipio constituido a mediados del siglo XIX que conserva en su trama urbana las características propias de las poblaciones mineras. Allí construyó la "Río Tinto Company Limited" un barrio para sus trabajadores, con casas al estilo victoriano. Se trata del barrio de Bellavista que aún hoy conserva el encanto exótico de un trozo de Inglaterra dentro de un pueblo andaluz. La Casa 21, convertida en un museo y en un atractivo turístico, puede visitarse previo paso por taquilla. Junto al barrio inglés aún se erige un humilde monolito deteriorado por el tiempo en honor a los mineros ingleses que murieron combatiendo por su patria en la Primera Guerra Mundial. A pocos pasos del monumento uno puede visitar una de las minas a cielo abierto más grandes de Europa, la "Corta Atalaya", que aún produce cobre.

En las explotaciones mineras, los ingleses introdujeron innovaciones cuyos restos son visibles en la actualidad, como las potentes locomotoras de fabricación británica que arrastraban vagones cargados de mineral. Los restos de las naves, las montañas de escoria del mineral, las vías férreas que atraviesan el paisaje y los puentes de hierro hoy oxidado muestran la huella de los ingenieros y mineros anglosajones. Aún se pueden apreciar, incluso, los restos de los poblados que construyeron junto a las minas para acoger a los trabajadores  que se deslomaban en las explotaciones: El Valle, La Atalaya, La Naya, etc. En aquellos poblados, expuestos a la contaminación y los peligros de la mina, vivieron durante décadas los mineros españoles y portugueses que la explotaban bajo órdenes inglesas.

Viviendas de estilo victoriano en el Barrio Bellavista (Riotinto)

De hecho, los restos de aquellas paupérrimas aldeas, igual que algunas fotografías que se conservan en el Museo Minero, muestran el contraste entre la opulencia y la comodidad de las viviendas de los trabajadores ingleses y la insalubridad de las chozas de los portugueses y españoles. Aquello, más que una inversión, suponía la colonización británica del lugar. No había igualdad, sino, más bien, una clara jerarquía de clases. No es de extrañar que estallasen protestas como la de 1888, conocido como "el año de los tiros", o la huelga de 1920, cuando la explotación de las minas se detuvo durante un año. No hace falta decir que todos estos disturbios sufrieron una brutal represión por parte de las autoridades españolas. Aún se recuerdan en las calles de Riotinto.

El ferrocarril de vía estrecha que unía las minas con el puerto de Huelva es otro de las grandes huellas que dejó el inglés en la zona. La línea comenzaba en Riotinto y Nerva y discurría hacia el sur, paralela al Tinto, buscando la salida al mar, a los cargueros que llevarían el mineral a Inglaterra. Los ingleses construyeron el Muelle del Tinto, una imponente estructura de hierro y madera que penetra en la ría de Huelva formando un gran arco. El embarcadero, de dos niveles, era la prolongación de la vía férrea y permitía exportar el mineral de cobre extraído más de ochenta kilómetros tierra adentro. En el año 2003 fue declarado Bien de Interés Cultural y hoy es, quizá, el símbolo del auge económico de Huelva y su provincia, además de un estupendo paseo junto a la ría.

Foto de las chozas para mineros portugueses en las minas de Riotinto, finales del siglo XIX (Museo Minero)

Los ingleses también dejaron, por supuesto, parte de su cultura. Los deportes anglosajones, el críquet, el bádminton, el tenis y el fútbol, comenzaron a ser practicados por los onubenses. Uno de los primeros clubes de fútbol en España fue el ya extinto "Río Tinto Football Club" en el que jugaban los trabajadores de las minas. En Riotinto hubo también canchas de tenis y de críquet en las que los ingleses se entretenían en sus ratos libres. Los españoles acabaron imitándolos. En diciembre de 1889 se fundó el "Huelva Recreation Club" que hoy es el "Recreativo de Huelva", el equipo de fútbol decano en España. Por cierto, el "Recre" es también Bien de Interés Cultural por todos estos motivos y cuenta con secciones de rugby y bádminton, en honor a sus orígenes.

El acta de fundación del "Recreativo de Huelva" se firmó en el Hotel Colón, en el centro de la capital onubense, propiedad, también, de la compañía inglesa de las minas de Riotinto. Aquel hotel fue concebido como un alojamiento perfecto para los directivos de la empresa inglesa y también como símbolo del IV Centenario del Descubrimiento de América en la ciudad de Huelva. Fue el primer hotel de España que contó con baños privados en las habitaciones para los huéspedes, toda una modernidad en la época.

Un simple paseo tranquilo por las calles de la Huelva actual, la del siglo XXI, la turística y multicultural, mirando alrededor y sabiendo lo que se ve puede dar, en fin, una pistas de aquel legado inglés. Próximo a la calles comerciales del centro, el llamado Barrio Obrero, o Barrio "Reina Victoria", con sus calles ordenadas en una cuadrícula y sus casitas de baja altura destinadas a acoger cada una a una familia, es también un retazo de la presencia inglesa en la vieja Onuba a finales del siglo XIX y principios del XX. Igual ocurre con los majestuosos edificios modernistas y eclécticos que flanquean las calles comerciales y que hoy se encuentran, en su mayoría, en proceso de restauración. Aquellos edificios, de formas elegantes y colores llamativos, recuerdan a la próspera burguesía onubense, enriquecida gracias al comercio de minerales, que comenzó a imitar las formas de vida, las costumbres y los caprichos del inglés. Eso sí, sin perder nunca el carácter andaluz pues nunca un onubense prefirió el "fish and chips" al choco. 

Entrada al Barrio Obrero o Barrio Reina Victoria (Huelva)

sábado, 4 de abril de 2026

MEDINAT AL ZAHRA, DAR AL MULK


Un hermoso relato dice que el primer califa de Córdoba, Abderramán III, amaba tanto a su esposa Zahara que ordenó construir un suntuoso palacio para ella. Zahara procedía de los reinos cristianos del norte de la Península y añoraba la luz y el brillo de las cumbres nevadas de su tierra natal. Por eso el califa cordobés llamó a la ciudad palaciega Medinat Al-Zahra, "la ciudad brillante", aunque otros cronistas dicen que significa simplemente "La ciudad de Zahara". En cualquier caso, según la leyenda, el palacio fue el fruto del amor del soberano cordobés. 

La realidad histórica es, sin embargo, mucho menos romántica. Los investigadores niegan la existencia de la favorita Zahara. Medinat Al-Zahra fue, al parecer, un complejo palacial diseñado como residencia del soberano de Al-Andalus y como un despliegue de poder y belleza ante quienes lo visitaban, ya fuesen súbditos o embajadores extranjeros. Medinat Al-Zahra era el centro de poder político del Califato, residencia del monarca, sede del gobierno, alcázar, lugar de encuentro de ulemas y alfaquíes, de sabios y juristas. Era lugar de llegada y de partida de todo en Al-Andalus. No era lugar de paso, sino de visita obligada.

Su emplazamiento fue elegido con sumo cuidado. Nada allí es casual. Se encuentra a seis kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, al norte del Guadalquivir y al sur de la sierra. Fue allí donde el primer califa de Al-Andalus, el poderoso Ahderramán III, ordenó construir su palacio hacia el año 936, poco después de proclamarse príncipe de creyentes, máxima autoridad de los musulmanes. Desde Medinat Al-Zahra, el representante de Dios en la Tierra domina la ciudad y el califato. Era un lugar privilegiado, el "Dar-al-Mulk", la morada del poder, donde todo se decidía en Al-Andalus.

Hoy, Medinat Al-Zahra es un inmenso yacimiento arqueológico que atrae a miles de turistas, investigadores y curiosos cada año. Es un lugar de saber y de descubrimiento del pasado porque las campañas arqueológicas continúan. Y es que tan sólo se ha excavado una pequeña porción del complejo palacial. La mayor parte del lugar es desconocida, está esperando ser descubierta. Por eso el palacio está lleno de expectativas, de preguntas y de respuestas. En el 2018, la UNESCO declaró la ciudad califal Patrimonio Mundial de la Humanidad dado su valor arqueológico y patrimonial. Sigue siendo hoy lugar de visita obligada, como lo fue en el siglo X.

Cuando uno pasea por allí, no obstante, recorre un laberinto en ruinas en el que es difícil adivinar donde está y qué fue cada estancia, cada espacio. Ha perdido parte del brillo, el lujo y la suntuosidad. La ruina iguala todas las estancias, como ocurre con la muerte. Igual de destruidas están los establos, las viviendas de los sirvientes, la casa del chambelán, llamada "Casa de Yafar", o el magnífico pabellón donde el califa recibía a los embajadores, el famoso "Palacio Rico". El sol radiante de principios de la primavera iluminaba Medinat Al-Zahra aquella tarde en la que visitamos el viejo palacio; y el ambiente agradable animaba a dar un paseo entre los restos de lo que fue la morada del poder, el "Dar-al-Mulk".

Uno camina por allí, por los distintos niveles de la ciudad califal, e imagina la impresión que debía de causar Medinat Al-Zahra en los visitantes, en aquellos embajadores de los reinos cristianos que acudían a recibir audiencia del príncipe de los creyentes, del califa: los arcos de herradura de estilo califal, los jardines reconstruidos en los años 60, la explanada oriental del palacio desde donde el califa despedía a los ejércitos, las tres mezquitas, la terraza áurica y el pabellón del Salón Rico en el que, por fin, tras una larga espera, el califa recibía a los visitantes. Etimológicamente Al-Zahra significa "la resplandeciente", "la brillante", "la floreciente". Y, en verdad, el palacio resplandecía, durante décadas fue el símbolo de la prosperidad y el brillo del domino Omeya en Córdoba, concebido para mostrar la grandeza de la dinastía reinante. Pero, aquel brillo fue efímero, como ocurre con casi todo en la vida. Poco queda hoy del brillo de aquel palacio.

El fin de Medinat Al-Zahra sigue siendo hoy un misterio. Al parecer, la destrucción del palacio comenzó en tiempos de Almanzor, al final del siglo X, cuando el caudillo andalusí ordenó el traslado de la administración de gobierno al Palacio de Medina Al Zahira, al este de la ciudad Córdoba. Al Zahira fue concebido para rivalizar con Al Zahra en belleza y suntuosidad. Hacia el año 1010, después de la muerte de Almanzor y el debilitamiento del poder del califa, el pueblo de Córdoba saqueó por primera vez Medinat Al-Zahra. No sería la última, desde luego. Desde el siglo XI, el lugar perdió su esplendor hasta acabar en la ruina, utilizado como cantera para construcciones posteriores. 

Pero el lugar conservó el encanto y el misticismo que lo caracterizaron siempre. El cronista andalusí Al Sumaysir, a finales del siglo XI, dejó escrito un final conmovedor para Medinat Al-Zahra. "Me detuve en Al-Zahra lloroso y meditabundo para clamar entre las deshechas ruinas: '¡Oh, Zahara, vuelve a ser!' Pero me contestó: '¿Y a caso vuelven los difuntos?'".



sábado, 21 de febrero de 2026

APUNTES DEL PIRINEO


Voto y Félix

Allí, en las boscosas cumbres prepirenaicas se funde la naturaleza, la historia y la leyenda. Dicen que, en el siglo VIII, el noble godo Voto estaba persiguiendo un escurridizo corzo. Al galope, lo seguía por los montes montado en su caballo hasta que el animal se despeñó por una gran grieta de la ladera. Voto, sin poder controlar su montura desbocada, creyó correr la misma suerte. Como un milagro, sin embargo, el animal se detuvo en el borde de la peña. 

Voto bajó del caballo y miró en lo más profundo del barranco. Abajo, divisó el corzo muerto y algo que no esperaba encontrar allí: el cadáver del ermitaño Juan de Atarés, que había pasado su vida en aquella montaña y también acabó despeñado. Voto, impresionado por lo que vio y convencido de que se había salvado gracias a San Juan, volvió a casa y le contó el milagro a su hermano Félix. Ambos vendieron todas sus propiedades y marcharon a vivir a aquel monte, lejos de la civilización. Según la leyenda, los jóvenes acabaron fundando el monasterio de San Juan de la Peña, encajado en la pared de roca que vio caer al ermitaño y al corzo.

Edelweiss 

"Es la flor de nieves, un símbolo de Jaca, la podéis encontrar en muchos recuerdos" nos dijo las dependienta mientras señalaba un cartelito que habíamos pasado por alto mientras contemplábamos los variopintos suvenires. Nos detuvimos a leer las líneas: "Crece en las zonas rocosas y en las praderas de alta montaña del Pirineo y representa el amor, la amistad y la valentía". Ninguno sabíamos de la existencia de la enigmática florecilla.

"Es bonito el significado de la Flor de Nieves, ¿verdad?" me dijo mi compañera mirándome fijamente a los ojos. En efecto, el Edelweiss se encontraba por doquier, en cuadritos, en imanes, en figuritas de terracota. "No sé si éste o éste. ¿Qué opinas tú?" me preguntaba una y otra vez, indecisa como siempre. Mi compañera dudaba del imán que compraría para su nevera. Aquello parecía una metáfora, sin duda. Una metáfora de la vida, de las decisiones, de las circunstancias a las que todos nos enfrentamos. Sea lo que sea lo que uno se juegue, en cada elección, en cada decisión, uno gana y pierde a la vez. Gana porque elige, pierde porque renuncia. Edelweiss es la flor del amor, de la amistad... y de la valentía.

Los ciervos de la ciudadela

La ciudadela de Jaca no es un gran castillo y sus muros ni siquiera sobresalen por encima de los edificios de la ciudad. No es imponente ni magnífica, si uno va con prisa, le pasará inadvertida. Se trata de uno más de los fuertes construidos a finales del siglo XVI en varias ciudades del norte de la Península por orden de Felipe II. Y es que temía el Rey Prudente que los franceses invadiesen sus dominios y por eso mandó construir estos bastiones abaluartados, duros, robustos. No son grandiosos, pero sí resistentes a los posibles envites de la moderna artillería del Renacimiento.

Hoy, el foso del viejo cuartel es un lugar verde, fresco y seguro que acoge a una manada de elegantes ciervos. Los animales campan a sus anchas alrededor de la ciudadela, tienen abundante comida y agua y exhiben su gracia a todo aquel que se asoma a verlos. Se mueven pausadamente de aquí a allá, como queriendo mostrar su envergadura, su belleza, y miran al espectador. Contemplábamos desde los alto a los animales y, mientras mi amiga les hacía fotos, mi mente veía en ellos resistencia y fuerza, la misma que la ciudadela que los acoge. Los ciervos resisten las bajas temperaturas de los bosques y las montañas en los que habitan, acostumbran a recorrer largas distancias en sus migraciones anuales y renuevan sus astas cada año, parece que cada año vuelven a empezar. ¿Hay mayor ejemplo de renovación y fortaleza?

Las nieves de Canfranc

"¡Es increíble este lugar!" exclama mi compañera mirando a todas partes. El ambiente es por completo invernal. En la estación internacional de Canfranc está cayendo una copiosa nevada. Los copos son cada vez más densos, más grandes y comienzan a cubrirlo todo formando un manto blanco. La última de las nueve borrascas que han azotado la Península en las semanas anteriores deja lluvia en Jaca, pero nieve en Canfranc. Las dos localidades se encuentran a poco más de veinte kilómetros de distancia, pero la altitud de Canfranc es unos 400 metros superior a la de Jaca. La altitud convierte la lluvia en nieve. Así lo comprobamos aquel día.

Paseamos por los alrededores de la estación, que hoy es un fabuloso hotel de lujo. "La nieve parece detener el tiempo, todo va más despacio, ¿verdad?" reflexiona mi amiga enfundada tras su bufanda y bajo el paraguas que la protege de los copos. Es cierto, el lento precipitar de los copos ralentiza el tiempo por momentos. Nieva con ganas, con parsimonia y deleite, como sucede en las grandes nevadas. Yo, mientras tanto, miro nervioso a todos lados, inquieto por el estado de la carretera por la que tendremos que regresar a nuestro hotel. Las cumbres pirenaicas están muy cerca, pero son invisibles, ocultas tras las compactas nubes blancas que lo cubren todo. También son invisibles los espesos bosques de coníferas que se alzan en las laderas de los montes. La estación de Canfranc, encajada entre montañas, parece hoy más incomunicada, más aislada. La calzada, poco a poco, se vuelve blanquecina a pesar del esfuerzo de las quitanieves, que la limpian sin cesar. "Quizá debamos volver antes de que se ponga peor", sugiero. "Parece que la nieve nos estaba esperando para decorarlo todo".

Ecos de Loarre

En las estribaciones exteriores del Pirineo, encaramado a un espolón rocoso, se camufla el soberbio castillo de Loarre. Es aquella una tierra agreste, ventosa e inhóspita, pero de un alto valor estratégico. Desde allí se divisa y domina la hoya de Huesca y, por tanto, el camino a Zaragoza, al Valle del Ebro. La fortaleza fue construida con ese objetivo en los albores del siglo XI por orden del rey Sancho III "El Mayor" de Pamplona, que entonces controlaba los valles pirenaicos del Alto Aragón. Aquel día de febrero cuando visitamos el castillo el terrible viento del norte, el cierzo, arrancaba hasta las señales de tráfico y así pudimos comprobarlo nosotros cuando aparcamos nuestro coche.

Loarre es un pueblo, pero, ante todo, es una fortaleza, la fortaleza románica mejor conservada en España. Fue encomendada a los agustinos, una orden de monjes guerreros, como tantas otras en la Edad Media. Por eso, la estancia principal es la iglesia de San Pedro, cuya extraordinaria acústica crea unos ecos que permiten escuchar las voces desde cualquier punto de la sala, sin elevar la voz, sin gritar. Aquel lugar, el castillo de Loarre, nunca fue tomado por asalto, nunca fue rendido por las armas. Los monjes tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir un asedio durante semanas y repeler al enemigo. La vida allí era durísima, sometidos al frío, la soledad y los vientos, pero contaban con alimentos y su fe, que siempre es buena compañera. Bien sabían que la fortaleza era inexpugnable, que si aguantaban lo suficiente, el enemigo acabaría retirándose. Y es que lo importante en Loarre no era vencer, sino resistir un poco más.



lunes, 17 de noviembre de 2025

¿CELEBRAR 50 AÑOS DE LIBERTAD?


Durante todo el año 2025, el gobierno de España ha organizado diversos actos para conmemorar el cincuenta aniversario de la muerte de Franco. Los eventos se enmarcan dentro del programa "España: 50 años en libertad" y se han intensificado en las últimas semanas, culminando el 20 de noviembre, fecha de la muerte del dictador. No se descarta, sin embargo, que se prolonguen en los meses siguientes. A propósito de estos acontecimientos, quería compartir algunas reflexiones.

Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975, después de semanas de agonía, en la ciudad hospitalaria "La Paz", en Madrid. En aquel momento, el Estado franquista se encontraba sumido en una profunda crisis debido a numerosos factores, pero continuaba funcionando. El sistema represivo seguía siendo eficaz y los pilares del régimen estaban intactos: el ejército, la Iglesia, el partido único, etc. Los partidos, sindicatos y asociaciones de la oposición (el antifranquismo) no tenían la fuerza suficiente para propiciar la caída de la dictadura. No habían tenido esa capacidad nunca y en noviembre de 1975 todo seguía igual.

Por ello, no tiene ningún sentido celebrar la democracia en España en torno a la fecha de la muerte de un dictador que, sin embargo, murió en la cama y fue enterrado con honores en un mausoleo. Nunca temió ser derrocado ni expulsado de España. El antifranquismo nunca tuvo fuerza para amenazar la dictadura. No hubo una revolución democrática ni un alzamiento que terminase con el régimen, como sí ocurrió, por ejemplo, en Portugal con la Revolución de los Claveles en abril de 1974. En noviembre de 1975, la dictadura en España permanecía íntegra, aún después de la muerte del dictador. ¿Qué estamos conmemorando, entonces?

A pesar de todo lo dicho, en aquellos momentos, la crisis del régimen era profunda, entre otras razones, por el declive biológico y la desaparición del propio dictador. El franquismo era una dictadura personalista así que era difícil que sobreviviese a la muerte de Franco. Las tensiones internas dentro del franquismo habían aumentado también en los años anteriores: mayor movilización social, creciente oposición en algunos ámbitos (como la Universidad) y mayor actividad terrorista de grupos como ETA y GRAPO. La oposición se había comenzado a reorganizar tímidamente en torno a dos partidos, el PCE y el PSOE, que, no obstante, carecían de fuerza para desestabilizar la dictadura. 

Por otro lado, cada vez más sectores reclamaban la apertura del régimen, su liberalización en mayor o menor grado. Los aperturistas (democristianos, conservadores y liberales tradicionales) estaban tomando posiciones para, llegado el momento, jugar sus cartas. Tan sólo los inmovilistas, "el Bunker", apostaban por el mantenimiento de la dictadura sin ningún cambio. Esto se antojaba imposible a todas luces porque la sociedad española de los años 70 era una sociedad moderna y abierta al exterior, más liberal en sus costumbres, en su estilo de vida y en sus principios y valores. Los españoles se habían modernizado y europeizado; querían democracia y la dictadura suponía un corsé de otro tiempo que había que eliminar.

Además, el contexto internacional era proclive al establecimiento de democracias, como había ocurrido en Portugal y en Grecia en 1974. España era la última dictadura de Europa Occidental. La Tercera Ola Democratizadora, que afectaría después a Latinoamérica y los países comunistas, sería imparable. La pérdida del Sáhara Occidental ante Marruecos después de la "Marcha Verde", unas semanas antes de la muerte de Franco, fue otro síntoma de la descomposición progresiva del régimen y la crisis económica derivada de la subida de los precios del petróleo desde 1973 añadía incertidumbre a una situación ya de por sí delicada.

Aún con todo esto, el 20 de noviembre de 1975, la dictadura de Franco seguía en pie y es probable que hubiese resistido un tiempo si el nuevo jefe de Estado, el rey Juan Carlos, lo hubiese deseado aún a riesgo de jugarse a la postre la corona y la cabeza. Y es que el ejército, baluarte de la dictadura, había sido leal a Franco hasta el final y lo era también al nuevo rey. La mayor parte de los militares recelaban de cualquier democratización. Por eso, creo que no hay nada que celebrar en el medio siglo de la muerte del dictador. Su muerte fue simplemente una ventana de oportunidad para iniciar la Transición a la democracia, el principio del fin de la dictadura, pero sólo el principio del fin. Nadie podía prever el futuro y las cosas en la Transición podían haber salido de otra manera. Muchos, en aquellos momentos de incertidumbre hace 50 años, temían una nueva guerra civil que sumiese a España en el caos y la anarquía.

Hay, sin duda, otras fechas que tienen un mayor simbolismo para celebrar la democracia. Pienso, por ejemplo, en las elecciones generales del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas desde 1936; o la aprobación de la Constitución por el pueblo español en referéndum el 6 de diciembre de 1978. Aquella Constitución sí enterró definitivamente el franquismo y estableció una democracia parlamentaria homologable al resto de países de Europa Occidental. Y es que, de hecho, la Transición está llena de otros hitos que merecen ser recordados y celebrados: la legalización del Partido Comunista de España (PCE) el 9 de abril de 1977 (el "Sábado Santo rojo"), la firma de los Pactos de la Moncloa, símbolo del consenso entre los partidos, el 25 de octubre de 1977; el intento fallido de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981 (23-F) o, incluso, el restablecimiento del gobierno autonómico de Cataluña el 29 de septiembre de 1977.

Cualquiera de estas fechas tiene mayor calado democrático que la muerte del dictador. Cabe preguntarnos, entonces, qué intereses políticos tiene el gobierno de España para conmemorar ésta y no otras fechas. Desde luego, aquello de "España: 50 en libertad" es una falacia, porque, hace medio siglo, España no gozaba de libertad. Empezaría a disfrutar de ella un tiempo después (¿desde 1977 o 1978?) como resultado de una difícil Transición, llena de peligros y tensiones, pero caracterizada por la férrea voluntad de unos y otros de construir una auténtica democracia. Quizá sea esto, y no los muerte del tirano, lo que merezca la pena ser recordado y celebrado.



domingo, 12 de octubre de 2025

AQUEL DOCE DE OCTUBRE...

CRÓNICA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA



Playa de la isla de San Salvador (Bahamas) donde se cree que arribó la expedición de Colón en 1492. La cruz conmemora aquel momento.


En la madrugada del once al doce de octubre de 1492, cuando las tripulaciones de los tres navíos dormían, el joven vigía de La Pinta, Rodrigo de Triana, gritó lo más alto que sus cuerdas vocales le permitieron: "¡Tierra, Tierra a la vista!". Eran las palabras que todos los marineros esperaban desde hacía semanas y que algunos pensaban que nunca oirían. En medio del océano en calma, las voces se oyeron en las tres naves y  todos subieron apresuradamente a cubierta para comprobar tan alegre noticia. Entre ellos se encontraba el flamante almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. En el horizonte se intuían unas sombras que no podían ser otra cosa que las costas de la India.

Parecía que los planes de Colón se estaban cumpliendo. La expedición había partido de Palos de la Frontera, en Huelva, el tres de agosto, festividad de la Virgen de la Rábida. Entonces, habían pasado más de cuatro meses desde que, en abril, en la ciudad granadina de Santa Fe, los reyes de Castilla, Isabel y Fernando, se habían decidido a sufragar y apoyar el proyecto del marino genovés. Los preparativos de la expedición fueron difíciles pues nadie en Castilla estaba tan loco para embarcarse en un viaje cuyo destino era incierto. Con la ayuda inestimable de los hermanos Pinzón, Colón pudo reclutar a un cien hombres que formaron la tripulación de tres navíos: dos carabelas, La Pinta y La Niña y una nao, la Santa María.

Aquel día de agosto de 1492, los tres navíos pusieron rumbo a las Islas Canarias donde se abastecieron. El seis de septiembre partieron de la Gomera rumbo al oeste. Sólo el Mar Tenebroso o la Mar Océana se extendía ante sus ojos.

Los planes de Colón son ahora bien conocidos. Pretendía llegar a la India navegando hacia el oeste dado que ya entonces nadie eran tan estúpido para cuestionar la esfericidad de la Tierra. El objetivo era hallar una ruta alternativa a la que estaban abriendo los navegantes portugueses navegando por la costa de África y que se encontraban a punto de completar. Pero que Colón sabía más de lo que contaba y no todo lo que decía se ajustaba a la realidad es algo de lo que, también hoy, nadie duda. Así lo pone de manifiesto el hecho de que el almirante llevase dos cuadernos de bitácora diferentes. En uno anotaba menos leguas de las que se recorrían diariamente, para enseñarlas a los capitanes de las naves y a la tripulación; en otra, secreta, anotaba las distancias verdaderas.

Tampoco hoy nadie discute que los cálculos de Colón sobre la distancia desde la Península Ibérica a las Indias eran erróneos. La distancia era enormemente mayor que la que el genovés había estimado. Los días pasaban y la expedición no daba frutos. No se divisaba tierra firme, Europa cada vez quedaba más atrás y los víveres empezaban a agotarse. Nadie había previsto una travesía tan larga.

Los alimentos acabaron gastándose completamente e incluso aquellos que se había podrido acabaron comiéndose. Los perros que había servido de compañía fueron sacrificados y su carne repartida e incluso las ratas eran consideradas un gran manjar en aquellos barcos que navegaban sin rumbo fijo. Los marineros empezaron a tener hambre y a temer por su suerte. Colón trataba de mantener la calma y proporcionaba informaciones no del todo ciertas a la tripulación para que "si el viaje fuera luengo no se espantase ni desmayase nadie". El almirante temía, entre otras cosas, un motín de los marineros.

La sublevación se produjo, finalmente, en la noche del nueve al diez de octubre cuando las protestas estallaron en los navíos como consecuencia de la desesperación. Todos temían que aquel viaje fuese su final. Los rebeldes amenazaron con tirar a Colón por la borda pero el almirante consiguió calmar los ánimos prometiéndoles que sin en tres días no hallaban tierra, regresarían a la Península.

Y fue en ese breve plazo cuando la fortuna les sonrió. Las naves llegaron a una pequeña isla en medio del océano. Colón la bautizó como San Salvador, y en verdad, el nombre era muy conveniente. Se trataba de la isla que hoy se llama Watling y pertenece al archipiélago de las Bahamas. Los indígenas la llamaban Guanahani. El tiempo entre el avistamiento y la llegada de los navíos debió de ser de incertidumbre y esperanza. Colón veía colmadas sus ambiciones y cumplidos sus planes; los marineros veían como, por esa vez, habían esquivado a la muerte.

Al mediodía del doce de octubre de 1492 desembarcaron por fin en la isla y Cristóbal Colón tomó posesión de aquellas tierras en nombre de los reyes de Castilla. A los rudos castellanos que formaban la tripulación les pareció que había arribado al mismísimo paraíso. Una tierra con frondosa vegetación, con playas de arena blanca y aguas cristalinas. "La belleza de estas islas supera a cualquier otra tanto como el día supera a la noche en esplendor" escribió Colón en su cuaderno de bitácora.

Pero aquella isla no estaba deshabitada. Pronto salieron a su encuentro gentes menudas, con la tez de color canela y semidesnudos. Aquellos indígenas, que Colón supuso que eran indios, se mostraron al principio curiosos y confiados. Los castellanos les dieron baratijas a cambio de perlas y animales exóticos. Incluso algún jefe indígena entregó a su hija a los marinero como esposa en señal de amistad. Y es que Colón estaba convencido de que aquellas islas estaban muy próximas al continente asiático.

La expedición no terminó ahí, en los días siguientes, las naves arribaron a otras islas y el veintiocho de octubre descubrieron la actual Cuba. Colón identificó aquellas tierras como Catay, es decir, China, y supuso que Cipango (Japón) no se encontraría muy lejos. Pero aquellas tierras tan hermosas como exóticas les deparaban numerosos peligros: no todos los indígenas eran tan amigables, había animales y plantas desconocidos y venenosos y las tormentas y los temporales eran más feroces que los que ellos habían visto en Europa. Además, no encontraron las riquezas que esperaban. No había oro y apenas plata.

Días más tarde descubrieron otra isla a la que bautizaron como "La Española". En aquellas peripecias, la nao Santa María encalló en unos arrecifes de coral y tuvo que ser evacuada y desguazada. Con los restos, los castellanos fundaron el primer asentamiento europeo en aquellas tierras, el fuerte de la Navidad. Era veinticinco de diciembre de 1492. En aquel lugar, tuvo lugar el primer enfrentamiento armado entre españoles y nativos.

El dieciséis de enero de 1493, más de cinco meses después de su salida de la Península, las ganas de volver a casa pudieron con las ansias de seguir explorando aquellas tierras. La Pinta y La Niña volvieron a Castilla mientras Colón enviaba una misiva a los reyes en la que les invitaba a celebrarse con "alegría y grandes fiestas" la hazaña. Se había descubierto una nueva ruta a las Indias.

En realidad, Colón nunca supo (o al menos sólo sospechó) que aquellas tierras estaban muy lejos de las Indias. Nadie sabía entonces que las islas que salvaron a los hombres del almirante de una muerte segura pertenecían a un nuevo continente que, con el tiempo, se denominaría América. Una inmensa tierra por explorar, descubrir y conquistar se cruzó en el destino de Castilla e iba a cambiar los destinos de la Humanidad para siempre. Pero entonces, en el umbral del siglo XVI, nadie en Europa podía imaginar que Colón había descubierto un Nuevo Mundo. Aquello, tanto para los europeos como para los indígenas americanos, fue, desde luego, un descubrimiento. Se descubrieron los unos a los otros. Fue el contacto entre dos mundos que habían permanecido aislados durante milenios. 

El contacto entre dos mundos. Doce de octubre de 1492.





*La primera versión de esta entrada fue publicada el 12 de octubre de 2014.

lunes, 14 de abril de 2025

20 NOTAS SOBRE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA


1. El 14 de abril de 1931 fue proclamada la Segunda República Española. A primera hora de la mañana se izó la bandera republicana en Éibar y, poco después, en Madrid y Barcelona. El rey abandonó el país y se constituyó un Gobierno Provisional.

2. Alfonso XIII había unido los destinos de la Monarquía a los de la dictadura de Miguel Primo de Rivera cuando apoyó su golpe de Estado en 1923. Muchos se apartaron de la monarquía y comenzaron a apoyar el cambio de régimen. La impopularidad de la Monarquía quedó de manifiesto en las elecciones locales del 12 de abril de 1931.

3. A comienzos de los años 30, la República era sinónimo de democracia, progreso y justicia social. La Monarquía, por el contrario, se asociaba con la dictadura. La llegada de la República se produjo en paz y fue recibida con euforia y esperanza. La apodaron "La Niña Bonita".

4. A finales de 1931 se promulgó la Constitución republicana. Era un texto progresista y avanzado, pero no logró el apoyo de los partidos de derecha, que prometieron reformarla cuando alcanzasen el poder.

5. En los debates constitucionales, los temas más polémicos fueron las relaciones Iglesia-Estado, la organización territorial del país y el sufragio femenino. La diputada Clara Campoamor defendió el derecho al voto para las mujeres. Las mujeres ejercieron por primera vez su derecho al voto en España en las elecciones de 1933.

6. La República puso en primer plano problemas que ya existían en la sociedad española desde principios del siglo XX: el anticlericalismo, los nacionalismos periféricos, el problema del campo, la lucha revolución - contrarrevolución, etc.

7. Los sectores conservadores recibieron la República con escepticismo aunque no se opusieron a ella en un primer momento: la Iglesia, el Ejército, la burguesía, los terratenientes, etc. La animadversión de estos sectores creció con el tiempo.

8. El periodo republicano (en tiempos de paz) se puede dividir en 4 etapas: A) El Gobierno Provisional (1931), B) El Bienio Reformista (1931 - 1933), C) El Bienio Rectificador (1933 - 1935) y D) El Gobierno del Frente Popular (1936).

9. Entre 1931 y 1933 la República trató de impulsar una gran transformación del país tanto a nivel institucional como social. Se pretendió modernizar España con medidas de hondo calado: impulso a la educación, separación Iglesia-Estado, estatuto de autonomía para Cataluña, reforma agraria, reforma del ejército, etc.

10. Niceto Alcalá Zamora y Manuel Azaña fueron las figuras clave de la República durante el Gobierno Provisional y el Bienio Reformista. Alcalá Zamora, presidente de la República entre 1931 y 1936, era de derechas y católico. Azaña, presidente del consejo de ministros entre 1931 y 1933, era de izquierdas.

11. En 1933, Manuel Azaña dimitió como presidente del consejo de ministros tras el incidente de Casas Viejas (Cádiz). Fueron asesinados veintiséis campesinos a manos de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto. Estos sucesos mostraron el desencanto de los jornaleros con la reforma agraria de la República.

12. Entre 1933 y 1935 gobernó Alejandro Lerroux, del Partido Radical (de centro), con apoyo de la CEDA de Gil Robles (derechas). A este periodo de gobierno derechista se le conoce como Bienio Rectificador porque se deshicieron muchas de las reformas del bienio anterior.

13. En octubre de 1934, el gobierno de Lerroux tuvo que hacer frente a una insurrección en Asturias. "La Revolución de Asturias" fue apoyada por socialistas, comunistas y anarquistas. Pretendían acabar con la república liberal e instaurar un régimen socialista. La represión, a cargo del general Franco, fue durísima y se saldó con 2000 muertos.

14. Al mismo tiempo, el presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluis Companys, proclamó el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. La Segunda República no era federal, sino "integral". Tras algunos combates en Barcelona, el gobierno suspendió la autonomía de Cataluña y encarceló a Companys.

15. Escándalos de corrupción, como el del Estraperlo, hicieron caer el gobierno de Lerroux. Antes que entregar el gobierno a la CEDA, el presidente Alcalá Zamora prefirió disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones para febrero de 1936.

16. En las elecciones de 1936, una gran coalición de partidos de izquierdas, el Frente Popular, obtuvo la victoria. Alcalá Zamora fue destituido y Azaña ocupó la presidencia de la República. Santiago Casares Quiroga se situó frente del gobierno. Se retomaron y aceleraron las reformas del primer bienio, pero en un ambiente de creciente crispación política y social.

17. Entre febrero y julio de 1936, unas 500 personas fueron asesinadas en España por motivos políticos. José Antonio Primo de Rivera, líder Falange Española de las JONS (fascista), lanzo la "dialéctica de los puños y las pistolas". Los partidos y sindicatos obreros (PSOE, UGT, PCE, FAI y CNT) también se radicalizaron y apostaron ya por una revolución social.

18. El 18 de julio de 1936, una parte del ejército se sublevó contra el régimen republicano. Los militares tomaron el control en la mitad del país. En la otra mitad, la República resistió. El fracaso de la República para mantener el orden y el fracaso del golpe de Estado, liderado por altos mandos militares como Mola, Queipo de Llano, Franco y Cabanellas, condujo a una guerra civil que se prolongó hasta 1939.

19. En 1939, ninguna de las democracias establecidas en Europa después de la Primera Guerra Mundial seguía en pie, con la única excepción de Checoslovaquia. El miedo a la expansión del comunismo y el auge del fascismo llevaron al establecimiento de regímenes autoritarios en casi todos los países. En España, la derrota de la República en la guerra llevó al establecimiento de la dictadura personalista del general Franco.

20. El régimen republicano de 1931 era comparable a cualquier democracia actual de Europa Occidental. La vigente Constitución de 1978 se basa en gran parte en la Constitución de 1931. La Segunda República fue la primera experiencia auténticamente democrática de la historia de España.



Celebración de la proclamación de la Segunda República. 
Madrid, abril de 1931

lunes, 16 de septiembre de 2024

VEA



El termómetro del coche marca cuatro grados cuando descendemos por las vertiginosas curvas del puerto de Oncala. Es 14 de septiembre, pero parece que el verano se ha marchado apresuradamente y sin decir adiós. El sol brilla en un cielo azul sin nubes aunque ya no calienta demasiado en las primeras horas del día. El ambiente no es invernal, pero casi. 

Son las nueve y media de la mañana y llegamos a la Plaza de la Cosa, en San Pedro Manrique. Hace fresco. O, mejor dicho, hace frío. Tanto que me abrocho el forro polar al bajar del coche. Allí, en la plaza, nos juntamos un grupillo variopinto de profesores con el propósito de llegar hasta Vea, un despoblado situado a algo más de siete kilómetros al norte. La idea es ir y regresar para comer, pues una paella nos espera a la vuelta. 

- Dicen que Tierras Altas es la región de Europa con más pueblos abandonados. Hay decenas: Buimancos, Armejún, Vea... Los últimos de Vea se marcharon en los años 60. - dice Lucas, nuestro guía, que vive habitualmente en San Pedro y recorre la comarca con frecuencia.

- Entonces, ¿no hay absolutamente nadie en el pueblo al que vamos? - pregunto intrigado. 

- Oficialmente no, aunque desde hace algunos años hay siete u ocho habitantes... Hippies que viven en comunidad aislados del resto del mundo, ya sabéis. - aclara el compañero poco antes de comenzar la marcha.

La ruta hasta Vea es larga y tortuosa. A buen ritmo, tardamos no menos de dos horas en llegar atravesando senderos y antiguos caminos de herradura junto al río Linares. En no pocas ocasiones tengo la sensación de caminar por el monte sin ninguna referencia. Enormes farallones calizos se alzan ante nosotros aquí y allá rotos en algunos puntos por las gargantas excavadas por el río. 

- Imagina lo que era recorrer este camino para llegar a San Pedro hace setenta o cien años... Dos horas en burro, a caballo o a pie. - dice Alba, que se ha detenido a admirar las cumbres que nos rodean. 

- Muchos no saldrían del pueblo más que una o dos veces al año. Vivían en un mundo minúsculo. No había más allá. - añade Asun, otra compañera, antes de beber agua de su cantimplora.

A media que pasan las horas y avanzamos por la senda, la temperatura aumenta, como corresponde a esta época del año. Al final, el forro polar me estorba y tengo que quitármelo. Acabo en manga corta, como en pleno verano. Pasamos junto a antiguos molinos, hoy en ruinas, que se utilizaban para producir electricidad aprovechando los saltos de agua del río. El paisaje es encantador. Se respira paz y tranquilidad. 

- Es como un locus amoenus, ¿verdad? - dice Asun. 

- ¿Qué es un locus amoenus

- No me digas que no lo has escuchado nunca. Es un tópico literario que describe un lugar natural idealizado y paradisiaco, seguro y tranquilo. Esto es igual: el río, el agua, la vegetación, el puente...- apunta con cierta sorna. - Que se lo digan a quienes vivieron por aquí.


Continuamos la marcha durante un largo rato con la sensación siempre de estar a punto de llegar, pero no. Cuando, por fin, divisamos Vea, es mediodía. Para entrar en el pueblo (despoblado) hay que cruzar el flamante puente construido en madera por los nuevos habitantes del lugar. Junto a él hay una huchita de hojalata y un cartel que dice: "Ayuda para la construcción del puente". - Antes había que cruzar el río con una tirolina o mojarte los pies.- nos aclara nuestro improvisado guía. 

La mayor parte de las antiguas casas, construidas en piedra, se encuentran en ruinas y la vegetación lo ha ocupado todo. Zarzamoras, helechos y cardos han tomado el interior y el exterior de las construcciones y casi todas las empinadas callejuelas, en otros tiempos rebosantes de vida, son intransitables. La espadaña de la iglesia sobresale por encima del resto de casas aunque la techumbre de la nave se ha hundido. Allí, junto a la iglesia, nos detenemos a descansar unos instantes antes de explorar el sitio.

- He traído almendras, ¿quieres unas pocas? Dicen que sirven para recuperar energía - me pregunta Asun. Al mismo tiempo, se acercan a curiosear dos bellos gatos, uno negro y otro naranjo. Su limpio pelaje evidencia que están bien cuidados. Allí hay alguien que los alimenta y los limpia. - Serán los hippies...

Pronto comenzamos a husmear entre las casas, mirando por todos lados. No podemos entrar en casi ninguna porque están invadidas por la maleza. En un muro se lee el año en el que se levantó: 1899. En algunas partes, el suelo está hundido y las paredes, repletas de grafitis. No nos atrevemos a entrar en ésta, pero si en la de al lado, que está apuntalada. Incluso subimos al piso superior por unas estrechas escaleras que llevan a lo que fue una cocina. Un viejo banco corrido espera allí, olvidado por todos.

Mientras tanto, otros observan un viejo pupitre en la construcción contigua. - Esto debían de ser las escuelas. Pensaba que eran el edificio de allá. - nos aclara Lucas con ciertas dudas. 

Un saco de tierra, un andamio y varios bidones de agua muestran que hay trabajadores allí, aunque no los veamos. El lugar no está muerto del todo, desde luego. Hay quien se afana por recuperar la vida de Vea, aunque cueste. En otra vivienda encontramos otro banco de madera, la cerradura inservible de una puerta y unas cuantas ollas, sartenes y latas de conserva oxidadas. Todo tiene un aire de tristeza y soledad. Todo perteneció a un mundo que ya no existe. 

Algunas casas están adecentadas. Las ventanas son nuevas y los tejados han sido reparados. En algunas esquinas hay carretillas y materiales de construcción. En cualquier caso, la electricidad y el agua corriente brillan por su ausencia. Y no digamos el Internet. Desde hace rato no hay datos móviles ni cobertura telefónica. Y mientras caminamos por las callejuelas divagando sobre todo esto y escoltados por los gatos que no se separan de nosotros, aparece un joven que, por la pinta (malditos prejuicios), vive allí habitualmente. 

- ¡Buenos días! ¿Qué tal? ¿Dando un paseíllo mañanero? - nos pregunta con simpatía.

Varios compañeros se detienen a charlar con aquel muchacho. Es navarro, de Tudela, y lleva seis años viviendo en Vea (los prejuicios a veces no fallan). El joven les cuenta que cuando quieren abandonar el pueblo, deben recorrer los siete kilómetros hasta San Pedro. Y lo hacen como antiguamente: utilizando mulas. Para transportar los materiales necesarios en la restauración de las viviendas también utilizan los animales de carga. Parece que algunas cosas no han cambiado.

Pero, como todo en el siglo XXI, esta vida que recuerda otro tiempo también tiene trampa: una pista forestal acaba a pocos kilómetros al norte de Vea, lo que reduce la distancia que deben caminar. Allí aparcan sus todoterrenos. La pista comunica la localidad con Taniñe y Yanguas, así que, a veces, los siete u ocho habitantes de Vea, no caminan los siete kilómetros de senda a San Pedro, sino que se desplazan en los confortables automóviles. Son ermitaños y solitarios, pero a tiempo parcial.


El tiempo apremia y debemos regresar a San Pedro. Aún nos esperan dos horas de caminata de vuelta y no podemos permitir que se nos pase el arroz. El camino se hace algo más pesado porque el sol brilla con esplendor, el calor aprieta bastante (ahora sí) y se acumula el cansancio. Las piernas ya llevan casi ocho kilómetros de caminata. Y deben recorrer otros ocho. El grupo se divide en dos. Algunos se adelantan y otros quedamos rezagados. 

- No me extraña que la gente se marchase de estos pueblos. ¿Quién va a vivir en un sitio tan aislado, lejos de todo? - pienso en voz alta.

- Estos pueblos eran muy pobres. Es imposible practicar la agricultura porque el terreno escarpado y pedregoso es improductivo. Había algunas cabras que daban leche, pero nada más. - explica Lucas una vez más. 

- Alguien me dijo que aquí las familias acogían a niños huérfanos procedentes de una casa cuna de Pamplona. Los criaban hasta los tres o cuatro años y recibían una ayuda del Estado. Esas ayudas eran todos los ingresos que tenían muchas familias. - quise aportar con algunas dudas. 

- Al final la gente, si no tiene para comer, se marcha, como es lógico. A este pueblo el tiempo se lo llevó por delante, le quitó la vida. Por eso, Vea es una lección de Historia y de vida.

lunes, 20 de marzo de 2023

FE DE AYER Y DE HOY

"Piedad", de Gregorio Fernández, s. XVII


Caminamos por una céntrica calle de Valladolid. Se acerca el final del invierno y se nota: tan pronto llueve, tan pronto sale el sol. La temperatura es agradable, pero la lluvia, incómoda. No la esperábamos. "Aquí nunca llueve" nos había dicho una de mis acompañantes. Eso no nos impide recorrer la ruta que teníamos prevista. Entre modernas y luminosas tiendas encontramos un pasaje que nos lleva a un antiguo convento conocido como "las Francesas". Hoy es una sala de exposiciones. Enfrente se encuentra un centro comercial homónimo. Son el ayer y el hoy de una ciudad.


Como no cesa de llover y el ambiente es desagradable, entramos en la antigua iglesia. Nos sorprende una exposición sobre Juan de Juni, uno de los genios de la escultura castellana del siglo XVI. Sin darnos cuenta, hemos salido del bullicio del siglo XXI para entrar en el recogimiento y la religiosidad de un tiempo pasado. Las tallas del artista hispano-francés nos contemplan: un imponente Cristo Resucitado, una Piedad, la cabeza de San Juan Bautista. 


"Cristo crucificado" de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Una de las obras llama mi atención. Se trata de un Crucificado de reducidas dimensiones. La sala no está llena y eso me permite acercarme para contemplar el virtuosismo del autor. Es uno de los grandes artistas del Manierismo español. Al día siguiente, contemplo más obras suyas en el Museo Nacional de Escultura, que alberga algunas maravillas de la escultura castellana de los siglos XVI y XVII.

En el Entierro de Cristo observamos con claridad el paso del idealismo renacentista al naturalismo barroco. Los rostros, realistas, nos muestran los sentimientos de los personajes atormentados y nos hacen sufrir con ellos.

"Entierro de Cristo", de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Es, sin embargo, con Gregorio Fernández cuando el naturalismo castellano alcanza su máximo desarrollo. Algunas de sus obras son las joyas del museo. "Me da miedo" me dice una amiga al contemplar el Cristo yacente. Es precisamente el sentimiento que quería despertar en el espectador el escultor gallego. Sus imágenes muestran sangre y heridas, muecas de sufrimiento y dolor. Nada tiene que ver esto con la idealización de la escultura renacentista. Es barroco puro del siglo XVII castellano. Aquí está el alma de la Contrarreforma católica, el alma de la España del XVII.

"Cristo yacente", de Gregorio Fernández, s. XVII.

Las imágenes de Gregorio Fernández conmueven a quien las contempla. La perfección de la talla abruma y el patetismo estremece. Despierta sentimientos enfrentados. Ese es el objetivo del barroco. Eso logra también la conocida Piedad, que procesiona en la Semana Santa vallisoletana. La delicadeza con que representa a la Virgen con su Hijo muerto no oculta su sufrimiento, que logra transmitirnos al contemplarla fascinados. 

"Virgen de las Angustias", de Juan de Juni, s. XVI.

Queda poco para la Semana Santa y eso influye en el ambiente. La atmósfera religiosa lo envuelve todo. La ciudad huele a Semana Santa, aunque aún estamos en mitad de la Cuaresma. Algunas obras del Museo Nacional de Escultura procesionarán en una exhibición de exaltación religiosa y belleza artística sin igual en el mundo. Las tallas de Juan de Juni y Gregorio Fernández, elaboradas en madera policromada, recorrerán las calles despertando el fervor del pueblo. Igual que hicieron en el siglo XVII lo hacen en el siglo XXI, como si el tiempo no hubiese pasado.  

Entre las joyas más preciadas de la Semana Santa vallisoletana destaca la Virgen de las Angustias, de Juan de Juni, que abandona su templo frente al Teatro Calderón para procesionar el Martes Santo hasta encontrarse con su Hijo en la calle de la Amargura. También la Virgen de la Vera Cruz será sacada de su iglesia por su cofradía penitencial, como ha hecho desde el siglo XVII. La Virgen de la Vera Cruz es obra de Gregorio Fernández.

"Virgen de la Vera Cruz", de Gregorio Fernández, s. XVII.

En todos los casos, la pobreza de los materiales empleados en las imágenes (madera) no impide percibir la sublime destreza de estos genios de la escultura. Por eso sobrecogen al espectador hoy igual que lo hicieron hace cuatrocientos años. Uno recorre las iglesias del centro de Valladolid y tiene la sensación de viajar al corazón de España. Parece alcanzar sus raíces religiosas más profundas. Estas esculturas te agitan el alma, y más allá de las creencias propias, transmiten una fe compartida por las gentes de todos los tiempos.  

"El Descendimiento", de Gregorio Fernández, s. XVII.