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jueves, 13 de agosto de 2026

ECLIPSE

Tarde del 12 de agosto de 2026

Una muchacha camina ligera por la pista de graba en la que se convierte el asfalto de la calzada. Con su mano derecha sujeta su teléfono móvil y con la izquierda, las gafas especiales para ver el eclipse. "¿Por aquí podré verlo bien?" nos pregunta. Le respondemos afirmativamente. El horizonte está despejado en aquel confín de la ciudad, el Pico Frentes se divisa con claridad y no hay una nube en el cielo. ¿Qué mejor lugar para verlo? "Como no hay nadie por aquí..." comenta extrañada antes de darnos las gracias.

Quedaba poco más de media hora para el primer contacto de la luna con el sol y allí no había nadie a excepción de aquella muchacha y nosotros. Quizá no hubo en ningún lado las aglomeraciones que se esperaban para contemplar semejante espectáculo astronómico. Al final y al cabo, la provincia es muy extensa y había muchos lugares desde los que se podía contemplar. A buen seguro, la mayor parte de la gente prefirió vivir el eclipse en la intimidad antes que convertirlo en un evento social, como algunas instituciones habían pretendido. Muchos se concentraron en los puntos oficiales de observación, en Valonsadero, en Garray y en otro enclaves, pero otros tantos marcharon a sus pueblos buscando soledad y el resto, preferimos lugares apartados, retirados, persiguiendo, igualmente, la ansiada intimidad.

Las expectativas estaban altas en Soria, desde luego. En los últimos ciento veinticinco años, no había habido un eclipse total en la provincia. Muchos quizá no viviremos un espectáculo similar en el resto de nuestras vidas. No es algo que ocurra todos los días. Desde hacía meses no quedaban camas ni en hoteles ni en albergues, se habían repartido gafas especiales para que todos los ciudadanos pudiesen disfrutarlo con seguridad y mil y una veces nos habían explicado qué iba a ocurrir, cómo iba a ocurrir y cómo debíamos contemplarlo. El ambiente por las calles del centro era especial esa mañana, igual que los días anteriores. Se respiraba incluso cierto nerviosismo y por doquier se escuchaba idiomas extraños, gentes venidas desde muy lejos con el único propósito de cazar el eclipse. Algunos, incluso, lucían camisetas conmemorativas.

En aquel lugar apartado, con los campos de cultivo amarillos ante nosotros, las naves del polígono industrial al fondo y la silueta del Pico Frentes a lo lejos, no hubo demasiada gente. Apenas tres parejas se sumaron a la muchacha del principio, que se sentó sobre unas rocas y se puso de inmediato las lentes. Nosotros también hicimos lo propio y nos acomodamos detrás de un gran arbusto cuya sombra nos proporcionaba algo de cobijo en aquella tarde tórrida de mediados de agosto. La primera vez que miramos al sol pudimos ver ya la sombra curva de la luna penetrando en la esfera brillante. Era un pequeñísimo mordisco, una tímida mancha oscura que tímidamente invadía el espacio del astro rey. Nos ajustábamos las gafas protectoras y mirábamos una y otra vez al sol, pero era una mirada furtiva, rápida, insegura, de apenas unos segundos, respetuosa ante el poder del sol. Mirábamos lo suficiente para asegurarnos de que el eclipse estaba sucediendo.

Sin aquellas gafas, nadie hubiese dicho que estaba ocurriendo tal acontecimiento durante muchos minutos. La fuerza de los rayos del sol es tal que compensaba la sombra que, poco a poco, iba proyectando el satélite. El calor y la luz apenas disminuyeron hasta que la luna no había ocultado más de tres cuartos de la estrella. Sólo al final, cuando el eclipse iba a llegar a su totalidad, cuando el sol iba a dejar por completo todo protagonismo al humilde satélite, el ambiente se transformó en algo nuevo. Es algo difícil de explicar, algo que no se asemeja a ningún otro fenómeno astronómico ni atmosférico. La luminosidad se volvió gris y apagada, las sombras alargadas del atardecer desaparecieron, todo proyectaba siluetas que nunca antes habíamos contemplado. La temperatura descendió, el viento se volvió súbitamente fresco y bandadas de pájaros, desorientados por la repentina oscuridad, surcaron los cielos de aquí a allá.

Y entonces llegó el momento que todos estábamos esperando. El momento que daba sentido a todo. A eso de las ocho y veintinueve minutos se produjo la totalidad del eclipse. Tan solo un haz de luz, el último rayo que escapaba a la sombra de la luna, fue visible en aquel instante trascendental. Y luego llegó la apoteosis, el momento en el que la sombra de la luna ocultó por completo los rayos del sol. Los pocos ruidos que se escuchaban desaparecieron de inmediato, todo se sumió en un mutismo escalofriante. La emoción y la expectación de quienes contemplábamos el espectáculo se liberó con esporádicos gritos, risas nerviosas y aplausos, como si la naturaleza necesitase la ovación del público para desplegar todo su poderío. Fue algo más de minuto y medio. Minuto y medio de noche en el día, de luna sobre sol y oscuridad delante de la luz. Minuto y medio de belleza natural ante nuestros ojos, desprovistos, por fin, de las gafas protectoras. Un espectáculo inolvidable cuya expectativa llevamos meses alimentando. Durante minuto y medio la luna se coronó con una tiara de luz y nosotros estábamos en primera fila contemplándolo.

Y es en ese momento clave, cuando uno tiene ante sí el sol eclipsado por la luna, cuando se entienden muchas cosas. Uno entiende por qué hace mil años a las gentes de la Edad Media les aterrorizaban los eclipses y creían que el fin del mundo estaba cerca cuando les sorprendía uno. Ahora entendemos la explicación científica de este fenómeno, sabemos en qué momento preciso se va a producir y cuáles son los lugares donde mejor se divisará. Imaginaos aquellos campesinos medievales, que no sabían absolutamente nada al respecto, contemplando cómo el sol desaparecía ante sus ojos de manera inesperada. Desde luego, es un espectáculo terrorífico si uno no lo entiende.

Y allí estábamos nosotros, como los antiguos campesinos, mirando al cielo una y otra vez. Mirábamos al cielo, al sol oculto, a la rara luz proyectaba sobre campos, montañas y árboles y, después, nos miramos los unos a los otros. La muchacha solitaria se secaba el rostro con un pañuelo de papel sin aparta la mirada del firmamento. Un disco oscuro tapaba el sol y solo su corona era visible tras las sombras. A nuestro lado, una pareja miraba al cielo, se miraba y reía; más allá, dos chicos se afanaban en tomar fotos del eclipse con varias cámaras dispuestas sobre el techo del coche. Yo también hice algunas fotos en aquel momento, queriendo capturar algo que, sin embargo, es difícil de atrapar. Se hicieron miles, millones de fotos en aquellos segundos, pero estoy seguro de que ninguna logró capturar lo que sintió el fotógrafo cuando, simplemente, miro con sus ojos.

Y con la misma rapidez o la misma lentitud que había ocurrido todo, de nuevo la luna dejó escapar un rayo del sol. Poco a poco, igual que había invadido su espacio, el satélite comenzó a retirarse. La poderosa luz solar volvió a cegarnos y, de nuevo, fueron necesarias las gafas para contemplar la huida de la luna. El astro rey recuperaba minutos a minuto su trono, el lugar que le correspondía, igual que lo había cedido durante unos segundos. Las sombras del atardecer volvieron a aparecer como cualquier otro día. Los tonos rojizos del cielo del verano dieron a aquellos instantes un carácter nostálgico. Todo había pasado ya. Tanto tiempo esperando aquel minúsculo momento para volver, de inmediato, a la normalidad de un día de agosto. Cuando acabó la función en el firmamento, todo volvió a la normalidad. La naturaleza recuperó el pulso y la vida siguió como si nada hubiese ocurrido.


Algunas fotos del eclipse

Evolución del eclipse entre las 19:30 y las 20:30 p.m.


Eclipse en su totalidad (20:30 p.m.), con el Pico Frentes al fondo.


Cambios en la luz y en el paisaje durante el eclipse.

martes, 23 de junio de 2026

LAS OVEJAS EN LA AVENIDA


Salgo apresurado del instituto un día de junio. Es un día raro, de esos típicos del final de curso. Un día de nervios y de estrés en el momento más agotador del año. Junio es siempre tiempo de despedidas, de nostalgia, de evaluaciones, de recuerdos, de oposiciones. También es un tiempo de milagros, y no pocos. Pasan muchas cosas en los días de junio, algunas inesperadas, y éste es uno de ellos. Un día raro. Vuelvo a mi casa corriendo para preparar la maleta y comer algo antes de partir. Debo estar en Segovia a las cinco de la tarde. Dos horas y media de camino en coche propio, en transporte público es prácticamente imposible llegar.

La avenida está espléndida en esa mañana luminosa del final de la primavera. Los árboles que flanquean la calzada exhiben sus hojas de color verde intenso, el trino de los pájaros crea un ambiente agradable y el sol luce en lo alto de un cielo azul. El buen tiempo, los días largos y la proximidad de las fiestas de San Juan transforman la ciudad de forma súbita, irreconocible sólo un par de meses antes. Todo parece normal aquella mañana. No hay nada fuera de lo corriente. Camino rápido por la acera, con la cartera con varios cuadernos en una mano y las llaves en otra. Ando un poco agobiado por el calor y por la prisas.

Cuando estoy llegando al portal, observo que los transeúntes miran hacia el final de la calle. Muchos esperan quietos, o de puntillas para ganar unos centímetros y divisar mejor la lejanía, otros sacan sus teléfonos móviles para fotografiar o grabar lo que sus ojos presencian. Al fondo se escuchan algunos cascabeles y gritos y silbidos esporádicos: "¡Ea, ea!", "¡chis, chis!", "¡fiu, fiu!". Un coche de la policía local abre paso a la ilustre comitiva, que se adentra en la ciudad desde la estación de tren. La prisa se transforma en curiosidad y el estrés se torna, por un momento, en algo de emoción. Curiosidad por aquel espectáculo extraño, que se produce rara vez, y emoción por el recuerdo de un tiempo pasado y de algo que está a punto de extinguirse.

Un rebaño de un millar de ovejas avanza por la avenida, entre coches y transeúntes urbanitas que, como yo, se han encontrado de improviso con el espectáculo. Lo han avisado los medios de comunicación, pero en la vorágine de las peripecias cotidianas, lo he olvidado: es la última trashumancia. Aquellas son las ovejas de los últimos pastores sorianos que realizan esa práctica ancestral, el desplazamiento estacional del ganado ovino lanar, desde las frías sierras del norte a las dehesas del sur en otoño y desde el sur al norte en primavera. Los últimos pastores trashumantes van a jubilarse y la trashumancia desaparecerá por completo después de más de mil años.

Aquella estampa de las ovejas merinas desfilando por el centro de nuestra ciudad de Soria despierta en mí recuerdos que creía olvidados. En aquella misma avenida, en aquel mismo lugar, por aquellas mismas fechas, treinta años atrás, también contemplaba las ovejas que venían del sur y se dirigían a las sierras de Tierras Altas. Aquellas ovejas del 2026 trajeron a mi memoria los grandes rebaños que me sorprendían en brazos de mis abuelos hace ya muchas décadas. Y no pude más que sentir nostalgia de todo aquello, el latigazo del tiempo que tantas veces he comentado en este blog.

Unos segundos estoy contemplando el espectáculo trashumante: las resignadas mulas, los orgullosos mastines, las gregarias ovejas, los altivos carneros, los pastores... "¡Vamos, vamos, que a este paso no vamos a llegar nunca" le dice delante de mí un pastor a un corderillo con tono casi paternal. Detrás del rebaño, insignificante comparado con los de antaño, de cientos de miles de ovejas, desfila un séquito de arribistas, politicuchos y activistas de tres al cuarto que se suman al espectáculo cuando atraviesa la ciudad y lo abandonan cuando se adentra en el campo. Entonces me di cuenta de que quizá no volvería a ver aquello, de que estaba contemplando algo que desaparecería para siempre. La vida del pastor trashumante es tan dura que nadie quiere ejercer el oficio. Justo en aquel instante de lucidez, cruzo hasta el centro de la calzada y saco una foto desde atrás, cuando la última oveja acaba de pasar delante de mí. Después, olvido la trashumancia, pues el tiempo apremia.

Esa noche, en la habitación del hostal de Segovia, reviso mi teléfono. Después de una tarde frenética de quehaceres diversos, puedo por fin tumbarme en la humilde cama y relajarme un poco. Antes de cerrar los ojos hasta el día siguiente, reviso mi teléfono y repito, por última vez aquel día, el patético peregrinaje de una red social a otra. De WhatsApp a Instagram y de Instagram a Twitter para acabar volviendo a WhatsApp. En uno de esos impulsos incontenibles, entro en la galería y veo la foto de las ovejas otra vez. Durante muchas horas, la memoria ha arrinconado la trashumancia y el espectáculo ganadero de esa mañana. Lejos de mi casa, en otra ciudad y agobiado por otros temas y preocupaciones mundanas, vuelvo a ver, en la pantalla de mi teléfono, la vieja avenida, el cielo azul, los esbeltos árboles de hojas verdes y el rebaño de ovejas caminando sobre el asfalto. No puedo evitar sonreír tímidamente. Pero en mi sonrisa no hay alegría sino nostalgia y pena; nostalgia y pena por un mundo que desaparece irremediablemente y no volverá jamás.



Última trashumancia en Soria, 19 de junio de 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

LOS SESENTONES DE RIOTINTO




Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.

Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita. 

Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?". 


Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra. 

Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.

También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.

El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo. 

El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas. 


Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso. 

Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza. 

sábado, 4 de abril de 2026

MEDINAT AL ZAHRA, DAR AL MULK


Un hermoso relato dice que el primer califa de Córdoba, Abderramán III, amaba tanto a su esposa Zahara que ordenó construir un suntuoso palacio para ella. Zahara procedía de los reinos cristianos del norte de la Península y añoraba la luz y el brillo de las cumbres nevadas de su tierra natal. Por eso el califa cordobés llamó a la ciudad palaciega Medinat Al-Zahra, "la ciudad brillante", aunque otros cronistas dicen que significa simplemente "La ciudad de Zahara". En cualquier caso, según la leyenda, el palacio fue el fruto del amor del soberano cordobés. 

La realidad histórica es, sin embargo, mucho menos romántica. Los investigadores niegan la existencia de la favorita Zahara. Medinat Al-Zahra fue, al parecer, un complejo palacial diseñado como residencia del soberano de Al-Andalus y como un despliegue de poder y belleza ante quienes lo visitaban, ya fuesen súbditos o embajadores extranjeros. Medinat Al-Zahra era el centro de poder político del Califato, residencia del monarca, sede del gobierno, alcázar, lugar de encuentro de ulemas y alfaquíes, de sabios y juristas. Era lugar de llegada y de partida de todo en Al-Andalus. No era lugar de paso, sino de visita obligada.

Su emplazamiento fue elegido con sumo cuidado. Nada allí es casual. Se encuentra a seis kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, al norte del Guadalquivir y al sur de la sierra. Fue allí donde el primer califa de Al-Andalus, el poderoso Ahderramán III, ordenó construir su palacio hacia el año 936, poco después de proclamarse príncipe de creyentes, máxima autoridad de los musulmanes. Desde Medinat Al-Zahra, el representante de Dios en la Tierra domina la ciudad y el califato. Era un lugar privilegiado, el "Dar-al-Mulk", la morada del poder, donde todo se decidía en Al-Andalus.

Hoy, Medinat Al-Zahra es un inmenso yacimiento arqueológico que atrae a miles de turistas, investigadores y curiosos cada año. Es un lugar de saber y de descubrimiento del pasado porque las campañas arqueológicas continúan. Y es que tan sólo se ha excavado una pequeña porción del complejo palacial. La mayor parte del lugar es desconocida, está esperando ser descubierta. Por eso el palacio está lleno de expectativas, de preguntas y de respuestas. En el 2018, la UNESCO declaró la ciudad califal Patrimonio Mundial de la Humanidad dado su valor arqueológico y patrimonial. Sigue siendo hoy lugar de visita obligada, como lo fue en el siglo X.

Cuando uno pasea por allí, no obstante, recorre un laberinto en ruinas en el que es difícil adivinar donde está y qué fue cada estancia, cada espacio. Ha perdido parte del brillo, el lujo y la suntuosidad. La ruina iguala todas las estancias, como ocurre con la muerte. Igual de destruidas están los establos, las viviendas de los sirvientes, la casa del chambelán, llamada "Casa de Yafar", o el magnífico pabellón donde el califa recibía a los embajadores, el famoso "Palacio Rico". El sol radiante de principios de la primavera iluminaba Medinat Al-Zahra aquella tarde en la que visitamos el viejo palacio; y el ambiente agradable animaba a dar un paseo entre los restos de lo que fue la morada del poder, el "Dar-al-Mulk".

Uno camina por allí, por los distintos niveles de la ciudad califal, e imagina la impresión que debía de causar Medinat Al-Zahra en los visitantes, en aquellos embajadores de los reinos cristianos que acudían a recibir audiencia del príncipe de los creyentes, del califa: los arcos de herradura de estilo califal, los jardines reconstruidos en los años 60, la explanada oriental del palacio desde donde el califa despedía a los ejércitos, las tres mezquitas, la terraza áurica y el pabellón del Salón Rico en el que, por fin, tras una larga espera, el califa recibía a los visitantes. Etimológicamente Al-Zahra significa "la resplandeciente", "la brillante", "la floreciente". Y, en verdad, el palacio resplandecía, durante décadas fue el símbolo de la prosperidad y el brillo del domino Omeya en Córdoba, concebido para mostrar la grandeza de la dinastía reinante. Pero, aquel brillo fue efímero, como ocurre con casi todo en la vida. Poco queda hoy del brillo de aquel palacio.

El fin de Medinat Al-Zahra sigue siendo hoy un misterio. Al parecer, la destrucción del palacio comenzó en tiempos de Almanzor, al final del siglo X, cuando el caudillo andalusí ordenó el traslado de la administración de gobierno al Palacio de Medina Al Zahira, al este de la ciudad Córdoba. Al Zahira fue concebido para rivalizar con Al Zahra en belleza y suntuosidad. Hacia el año 1010, después de la muerte de Almanzor y el debilitamiento del poder del califa, el pueblo de Córdoba saqueó por primera vez Medinat Al-Zahra. No sería la última, desde luego. Desde el siglo XI, el lugar perdió su esplendor hasta acabar en la ruina, utilizado como cantera para construcciones posteriores. 

Pero el lugar conservó el encanto y el misticismo que lo caracterizaron siempre. El cronista andalusí Al Sumaysir, a finales del siglo XI, dejó escrito un final conmovedor para Medinat Al-Zahra. "Me detuve en Al-Zahra lloroso y meditabundo para clamar entre las deshechas ruinas: '¡Oh, Zahara, vuelve a ser!' Pero me contestó: '¿Y a caso vuelven los difuntos?'".



sábado, 21 de febrero de 2026

APUNTES DEL PIRINEO


Voto y Félix

Allí, en las boscosas cumbres prepirenaicas se funde la naturaleza, la historia y la leyenda. Dicen que, en el siglo VIII, el noble godo Voto estaba persiguiendo un escurridizo corzo. Al galope, lo seguía por los montes montado en su caballo hasta que el animal se despeñó por una gran grieta de la ladera. Voto, sin poder controlar su montura desbocada, creyó correr la misma suerte. Como un milagro, sin embargo, el animal se detuvo en el borde de la peña. 

Voto bajó del caballo y miró en lo más profundo del barranco. Abajo, divisó el corzo muerto y algo que no esperaba encontrar allí: el cadáver del ermitaño Juan de Atarés, que había pasado su vida en aquella montaña y también acabó despeñado. Voto, impresionado por lo que vio y convencido de que se había salvado gracias a San Juan, volvió a casa y le contó el milagro a su hermano Félix. Ambos vendieron todas sus propiedades y marcharon a vivir a aquel monte, lejos de la civilización. Según la leyenda, los jóvenes acabaron fundando el monasterio de San Juan de la Peña, encajado en la pared de roca que vio caer al ermitaño y al corzo.

Edelweiss 

"Es la flor de nieves, un símbolo de Jaca, la podéis encontrar en muchos recuerdos" nos dijo las dependienta mientras señalaba un cartelito que habíamos pasado por alto mientras contemplábamos los variopintos suvenires. Nos detuvimos a leer las líneas: "Crece en las zonas rocosas y en las praderas de alta montaña del Pirineo y representa el amor, la amistad y la valentía". Ninguno sabíamos de la existencia de la enigmática florecilla.

"Es bonito el significado de la Flor de Nieves, ¿verdad?" me dijo mi compañera mirándome fijamente a los ojos. En efecto, el Edelweiss se encontraba por doquier, en cuadritos, en imanes, en figuritas de terracota. "No sé si éste o éste. ¿Qué opinas tú?" me preguntaba una y otra vez, indecisa como siempre. Mi compañera dudaba del imán que compraría para su nevera. Aquello parecía una metáfora, sin duda. Una metáfora de la vida, de las decisiones, de las circunstancias a las que todos nos enfrentamos. Sea lo que sea lo que uno se juegue, en cada elección, en cada decisión, uno gana y pierde a la vez. Gana porque elige, pierde porque renuncia. Edelweiss es la flor del amor, de la amistad... y de la valentía.

Los ciervos de la ciudadela

La ciudadela de Jaca no es un gran castillo y sus muros ni siquiera sobresalen por encima de los edificios de la ciudad. No es imponente ni magnífica, si uno va con prisa, le pasará inadvertida. Se trata de uno más de los fuertes construidos a finales del siglo XVI en varias ciudades del norte de la Península por orden de Felipe II. Y es que temía el Rey Prudente que los franceses invadiesen sus dominios y por eso mandó construir estos bastiones abaluartados, duros, robustos. No son grandiosos, pero sí resistentes a los posibles envites de la moderna artillería del Renacimiento.

Hoy, el foso del viejo cuartel es un lugar verde, fresco y seguro que acoge a una manada de elegantes ciervos. Los animales campan a sus anchas alrededor de la ciudadela, tienen abundante comida y agua y exhiben su gracia a todo aquel que se asoma a verlos. Se mueven pausadamente de aquí a allá, como queriendo mostrar su envergadura, su belleza, y miran al espectador. Contemplábamos desde los alto a los animales y, mientras mi amiga les hacía fotos, mi mente veía en ellos resistencia y fuerza, la misma que la ciudadela que los acoge. Los ciervos resisten las bajas temperaturas de los bosques y las montañas en los que habitan, acostumbran a recorrer largas distancias en sus migraciones anuales y renuevan sus astas cada año, parece que cada año vuelven a empezar. ¿Hay mayor ejemplo de renovación y fortaleza?

Las nieves de Canfranc

"¡Es increíble este lugar!" exclama mi compañera mirando a todas partes. El ambiente es por completo invernal. En la estación internacional de Canfranc está cayendo una copiosa nevada. Los copos son cada vez más densos, más grandes y comienzan a cubrirlo todo formando un manto blanco. La última de las nueve borrascas que han azotado la Península en las semanas anteriores deja lluvia en Jaca, pero nieve en Canfranc. Las dos localidades se encuentran a poco más de veinte kilómetros de distancia, pero la altitud de Canfranc es unos 400 metros superior a la de Jaca. La altitud convierte la lluvia en nieve. Así lo comprobamos aquel día.

Paseamos por los alrededores de la estación, que hoy es un fabuloso hotel de lujo. "La nieve parece detener el tiempo, todo va más despacio, ¿verdad?" reflexiona mi amiga enfundada tras su bufanda y bajo el paraguas que la protege de los copos. Es cierto, el lento precipitar de los copos ralentiza el tiempo por momentos. Nieva con ganas, con parsimonia y deleite, como sucede en las grandes nevadas. Yo, mientras tanto, miro nervioso a todos lados, inquieto por el estado de la carretera por la que tendremos que regresar a nuestro hotel. Las cumbres pirenaicas están muy cerca, pero son invisibles, ocultas tras las compactas nubes blancas que lo cubren todo. También son invisibles los espesos bosques de coníferas que se alzan en las laderas de los montes. La estación de Canfranc, encajada entre montañas, parece hoy más incomunicada, más aislada. La calzada, poco a poco, se vuelve blanquecina a pesar del esfuerzo de las quitanieves, que la limpian sin cesar. "Quizá debamos volver antes de que se ponga peor", sugiero. "Parece que la nieve nos estaba esperando para decorarlo todo".

Ecos de Loarre

En las estribaciones exteriores del Pirineo, encaramado a un espolón rocoso, se camufla el soberbio castillo de Loarre. Es aquella una tierra agreste, ventosa e inhóspita, pero de un alto valor estratégico. Desde allí se divisa y domina la hoya de Huesca y, por tanto, el camino a Zaragoza, al Valle del Ebro. La fortaleza fue construida con ese objetivo en los albores del siglo XI por orden del rey Sancho III "El Mayor" de Pamplona, que entonces controlaba los valles pirenaicos del Alto Aragón. Aquel día de febrero cuando visitamos el castillo el terrible viento del norte, el cierzo, arrancaba hasta las señales de tráfico y así pudimos comprobarlo nosotros cuando aparcamos nuestro coche.

Loarre es un pueblo, pero, ante todo, es una fortaleza, la fortaleza románica mejor conservada en España. Fue encomendada a los agustinos, una orden de monjes guerreros, como tantas otras en la Edad Media. Por eso, la estancia principal es la iglesia de San Pedro, cuya extraordinaria acústica crea unos ecos que permiten escuchar las voces desde cualquier punto de la sala, sin elevar la voz, sin gritar. Aquel lugar, el castillo de Loarre, nunca fue tomado por asalto, nunca fue rendido por las armas. Los monjes tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir un asedio durante semanas y repeler al enemigo. La vida allí era durísima, sometidos al frío, la soledad y los vientos, pero contaban con alimentos y su fe, que siempre es buena compañera. Bien sabían que la fortaleza era inexpugnable, que si aguantaban lo suficiente, el enemigo acabaría retirándose. Y es que lo importante en Loarre no era vencer, sino resistir un poco más.



domingo, 28 de diciembre de 2025

LOS COLORES DE LO COTIDIANO


Una ciudad tiene muchos colores, muchas tonalidades, realmente es como un caleidoscopio, un crisol de luces y brillos diferentes. Por ello, existen muchas maneras de observar el paisaje urbano, de mirar el entorno, de contemplar las formas de la ciudad, de descubrir sus detalles y matices. Y es que uno puede encontrar secretos cotidianos prestando un poco de atención a lo que tiene a su alrededor, a los colores que están por todos lados, que lo impregnan todo.

Eso es lo que hicimos mi compañera y yo este fin de semana en Madrid. Nos propusimos un reto. Es una forma de hablar porque, en realidad, fue ella quien me lo propuso a mí. El caso es que  acordamos que cada uno debía tomar nueve fotografías en las que predominase un solo color para, después, componer un collage con ellas. Se trataba, en definitiva, de una forma diferente de explorar una ciudad que conocemos, de acercarnos a ella de otra manera. El primer día, los colores elegidos fueron azul y rojo; el segundo, verde y amarillo; y el tercero (el día de regreso), naranja y morado.

Una vez decididos los colores, la obsesión inicial nos llevó a hacer fotos a todo lo que contuviese dichos tonos, a cualquier objeto que encontrábamos, por insignificante que fuese: una bolsa de basura tirada con desgana en la acera, la barandilla sucia del metro, el rótulo oxidado de una tienda. Pero, a medida que pasaban las horas, que hacíamos más y más instantáneas con los teléfonos móviles, nuestros ojos se volvieron más selectivos, más agudos, y comenzaron a fijarse en elementos urbanos que encierran gran belleza, aunque pasen desapercibidos en la frenética y apabullante cotidianeidad.

El rojo se escondía en el logotipo del restaurante donde comimos un menú del día y en los cochecitos de hojalata expuestos en el escaparate de una juguetería próxima. También en una coqueta panadería y en la fachada del Teatro Albéniz, en pleno barrio de La Latina. El rojo lo inunda todo y más en la Navidad. El azul apareció de improviso en las sillas metálicas de un bar de la Calle de Cádiz, en las fundas protectoras para  móviles que se vendían en una tienda cerca de la Puerta del Sol y en las estanterías de la Librería Lasai. Por supuesto, también en el famoso cielo de Madrid, presidido aquella tarde por la luna creciente de final de año. Aquí están los resultados:


Algo más difíciles de cazar fueron los colores del segundo día: amarillo y verde. Más aún cuando, en pleno diciembre, muchos árboles ya no lucen el colorido de otras estaciones. Pero estos colores se encuentran también en lugares dispares y aquí está lo que conseguimos fotografiar: las frutas y las verduras de una tienda de barrio, los portales de los edificios de la Calle Alcalá, algunas estaciones de metro decoradas con llamativos tonos o las hojas de los arboles que, a pesar del invierno y del frío, se resisten a caer. Incluso en un cuadro erótico colgado en los muros de un restaurante encontramos el verde o en la lámpara que alumbraba el local descubrimos el amarillo. Sólo es cuestión de observar, de dejar al lado la indiferencia, la apatía. Sólo era cuestión de mirar alrededor.


Y el último día el reto se complicó un poco más. En realidad, nunca fue del todo complicado. Los colores, naranja y morado, no son tan frecuentes y resultan escurridizos de encontrar. Además, era el día de regreso a casa, así que la cacería debía hacerse en poco tiempo. ¿Qué probabilidades hay de que un coche morado te adelante en mitad de la autovía? ¿Y de encontrar unos buzones naranjas en el edificio junto a nuestro hotel? Casualidades que hacen la vida más entretenida si uno presta algo de atención. Incluso en el pequeño pueblo de Medinaceli, donde hicimos un alto en nuestro camino, uno puede encontrar el morado y el naranja si afina la vista: en la señal que indica el famoso arco romano, en un tobogán para niños, en las flores que adornan una fachada, en los muros de una casita.


He aquí una lección que he aprendido estos días. Uno puede pasar por los lugares con apatía y desinterés, puede caminar por una calle larga sin mirar alrededor, sin que nada ni nadie le diga nada y no le ocurrirá nada. Pero también puede uno dar un largo paseo por el centro de una gran capital, deteniéndose cada pocos pasos para contemplar el espectáculo cotidiano que exhibe la ciudad en cada instante, en cada rincón, en cada esquina y disfrutar de esa belleza cotidiana, sutil y aguda. Es ahí, en las pequeñas cosas, en los detalles más insignificantes, en lo cotidiano, donde uno puede encontrarle sentido a todo.






*La idea del reto es de Lita, igual que las mejores fotos y los mejores collages. ¡Gracias!

sábado, 6 de diciembre de 2025

EL PEZ DE LA CALLE DEL PEZ


¿Por qué la calle se llama Calle del Pez? Ésta fue la pregunta que nos surgió mientras comíamos en una conocida hamburguesería en el centro de Madrid. Una de esas dudas ridículas que aparecen de manera inesperada en mitad de una conversación sobre otros temas más trascendentales. Estábamos sentados en una mesa junto a la cristalera del establecimiento en la Calle del Pez. Aquella callejuela cercana a la Gran Vía y a la Plaza de España conserva, sin embargo, cierto encanto castizo propio de Malasaña, bien condimentado, eso sí, con modas alternativas, vestimentas hipsters y bicicletas.

Buscamos en internet y acabamos consultando a Chat GPT, que, últimamente, se ha convertido en el amigo sabelotodo, el amigo que nunca se equivoca (o eso pensamos ingenuamente). Por supuesto, nos dio no una sino dos respuestas. La primera correspondía a la realidad histórica: en aquella calle había, en el siglo XVII, una casa solariega que tenía un pez tallado en su fachada. Era el emblema de los Vargas, una familia adinerada que tuvo allí su residencia. La segunda era una leyenda, una historia entrañable de esas que son difíciles de olvidar.

En esa calle, nos dijo la Inteligencia Artificial, existía una fuente pública donde, de manera inexplicable, habitaba un único pez que resistía a todo tipo de infortunios: el frío del invierno, el calor del verano y las perrerías de los vecinos que lo molestaban o lo intentaban pescar. Incluso llegaron a sacarlo del agua en una ocasión, pero al día siguiente volvió a aparecer en la fuente como si nada hubiese sucedido. El pez se convirtió en un símbolo de resistencia, de fortaleza frente a los contratiempos. La fuente fue conocida como la del pez que nunca muere y, al final, en su honor, aquella estrecha calle acabó convirtiéndose en la Calle del Pez.

Nos quedamos pensando en el animalillo débil, pero resistente, mientras mirábamos el exterior desde la cristalera. Centenares de viandantes con vestimentas variopintas caminaban de un lado al otro, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor. Era aquel un día soleado de noviembre, pero terriblemente gélido, aunque el frío no privaba a la capital del barullo que siempre inunda sus calles. Decidimos que, cuando terminásemos de comer, buscaríamos el relieve del pez esculpido en la piedra, pues, según la información que encontramos, aún se conservaba en la fachada del edificio que ocupa el lugar de la antigua casona de los Vargas.

Salimos de la hamburguesería un rato después y subimos por la Calle del Pez ávidos de encontrar el famoso relieve. Las aceras se estrechaban tanto en algunos tramos que caminábamos mi amiga y yo uno detrás del otro. El espacio lo ocupaban los coches, las motos y algunas bicicletas. A un lado de la calle, arbolillos escuálidos parecían resistir, como el pececillo, los infortunios de su existencia en la gran ciudad. Al otro, un edificio destartalado había sido adornado con botellas de plástico pintadas con distintos colores y pantalones viejos colgados de los balcones. Enfrente, había una tienda de cuadros artesanales en los bajos de un edificio rehabilitado. Supongo que el precio de esos apartamentos estaría por las nubes. Un poco más allá, encontramos un popular restaurante de tortillas de patata; la clientela hacía cola pacientemente para conseguir un hueco y taponaba la estrecha acera. Muchas cosas y todas bizarras en la Calle del Pez, pero, del relieve del pescadito, ni rastro. No había forma de encontrarlo. 

Dimos unos pasos más hacia arriba, un poco desanimados ante nuestra búsqueda infructuosa. No había forma de localizar el pez y nuestro amigo, el Chat GPT, se manifestaba incapaz de chivarnos el lugar exacto en el que se encontraba. Mirábamos una y otra vez hacia arriba, hacia la parte alta de los bloques de pisos, buscábamos en Internet y reformulábamos la pregunta a la Inteligencia Artificial confiando en que, al modificar las palabras, el algoritmo fuese capaz de encontrar una respuesta, pero nada. Sólo al final, cuando ya estábamos a punto de darnos la vuelta, de desistir, divisamos nuestro pececillo en el esquinazo de un edificio. Allí estaba, en efecto, pequeña e insignificante, la silueta del pez que resistía a todo o el recuerdo de la familia Vargas que da nombre a la calle. Cada uno, lo que prefiera.

Le hicimos unas fotos al relieve amarillento de la fachada, la foto era la prueba de nuestra pesca, de nuestro hallazgo. Una de ellas ilustra está entrada. Luego nos marchamos apresuradamente porque se acercaba la hora del grandioso espectáculo para el que teníamos entradas aquella tarde. De camino al teatro, recordé durante algunos segundos uno de los versos de la canción de Sabina que habla de Madrid: "Donde el mar no se puede concebir". Y pensé en el pez de la Calle del Pez, que vivía tan lejos del mar, en aquella fuentecilla, una vida de penurias, pero resistía a todo. El pez logró lo imposible, logró lo que nadie pensaba que lograría, algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo: vivir. Y aquel empeño, lo consiguió con creces porque lo hizo inmortal. Y es que, si lo pensamos bien, aún hoy vive el pez en aquella calle del centro de Madrid. 

El pez de la Calle del Pez 

viernes, 31 de octubre de 2025

LA RUTA DE LA SORIA CRIMINAL

RUTA POR LA CRÓNICA NEGRA DE SORIA. FESTIVAL DE LAS ÁNIMAS (OCTUBRE DE 2025)


La Alameda de Cervantes nos ofrece un paisaje multicolor a finales de octubre. Las hojas anaranjadas, rojizas y amarillas inundan el suelo y las copas de los árboles cada vez más desnudas, y el ambiente es húmedo, frío, pero acogedor. Anochece pronto así que la ruta sobre los crímenes más célebres cometidos en Soria comienza a las cinco de la tarde. Bien lo recordaré siempre, porque, días antes, perdimos la oportunidad al presentarnos media hora después, creyendo equivocadamente que la hora de inicio era otra.

Javi, uno de los guías oficiales de la ciudad, nos espera en el atrio de la ermita de la Virgen de la Soledad. Allí, la tradición dice que la cofradía de la Vera Cruz enterraba a los malhechores ajusticiados. Al parecer, las ejecuciones se realizaban en el Campo de la Verdad y, de noche, alumbrados con antorchas, los cuerpos eran traídos hasta aquí en un cortejo fúnebre solitario y vergonzoso. Aquí dicen que está enterrada la bella reina de Tardajos, quien, junto a su amante, planeó y llevó a cabo el asesinato de su esposo a mediados del siglo XIX.

Un rato después, junto a la maqueta de Soria, descubrimos otros casos inquietantes. Uno de ellos es la leyenda de la cueva junto al Duero en la que, en el siglo XVIII, murió Juan Zampoña en extrañas circunstancias. Las ruinas románticas de San Nicolás también guardan un secreto: las pinturas del asesinato de Thomas Becket en la Inglaterra del siglo XII. ¿Qué hace representado en Soria un episodio de la historia de Inglaterra? Leonor de Plantagenet, esposa de Alfonso VIII, debe tener mucho que ver con ello.

"Si a Soria vas, en Soria morirás" nos contó nuestro guía que le dijo una hechicera a don Garcilaso, uno de los hombres de confianza del rey Alfonso XI de Castilla. Pero dio igual, porque su señor lo mandó a la capital del alto Duero para reclutar tropas y enfrentarse a don Juan Manuel. Los sorianos, tozudos defensores de sus fueros y privilegios, se negaron creyendo que Garcilaso quería convertirse en señor de la ciudad. Y ante la insistencia del oficial real, le acabaron dando muerte en el convento de San Francisco. Corría el año 1325.

Subimos por la calle Puertas de Pro, la vía extramuros que unía las principales puertas monumentales de la muralla medieval. El sol se escondía sin remedio y empezaba a soplar el viento. El ambiente agradable de antes se volvía más y más frío recordándonos que el invierno estaba por venir. La ruta nos llevó hasta la imponente iglesia de Santo Domingo y, después, hasta el palacio de la familia Marichalar, en la calle Aduana Vieja. Los faroles se encendieron poco a poco a nuestro paso porque la noche avanzaba, y con ella la oscuridad.

Allí, nuestro guía relató otro episodio de la crónica negra de Soria: el asesinato de Hernán Martín de San Clemente, fiel de la ciudad, y su hijo Alonso. Todo ocurrió la fría noche del 9 de enero de 1459 por orden del alcaide de la fortaleza, Juan de Luna, quién quería subir los impuestos a los sorianos. El fiel, defensor de los privilegios recogidos en el fuero, se negó en rotundo y el vil alcaide se vengó de una forma cruel e inhumana. Aún hoy se recuerda la muerte violenta de los fieles en la misa de difuntos, cada uno de noviembre, en la iglesia de Santo Domingo.

En la Plaza Mayor aguardaba el árbol con la cinta azul de Beatriz que Alonso fue a recoger al Monte de las Ánimas según la leyenda de Bécquer. Es uno de los símbolos del Festival de Ánimas que se celebra estos días en Soria, un festival basado en la Literatura que comenzó hace unos cuarenta años como una actividad didáctica de la Escuela de Adultos y se ha convertido, gracias al empeño y la dedicación de muchos, en unos de los acontecimientos culturales más importantes que se celebran cada año en la ciudad. El turismo de las Ánimas deja un beneficio de unos dos millones de euros en Soria cada octubre.

Nuestro guía nos explica que la última ejecución en Soria se realizó en febrero de 1955 en el actual Palacio de la Audiencia. El reo fue el autor del crimen de Ribarroya, culpable de violar y asesinar a una niña de trece años. Fue ajusticiado a garrote vil por el verdugo titular de Madrid, Antonio López Sierra, "el Corujo". Estábamos junto a la iglesia de La Mayor, donde Machado y Leonor contrajeron matrimonio, y recordamos entonces la Leyenda de Alvargonzález, uno de los poemas más hermosos del poeta sevillanos. Y recordamos también, su certera moraleja: para ganar, hay que estar dispuesto a perder.

La ruta terminó junto al antiguo convento de Santa Clara. Aquel soberbio edificio del siglo XVI ha sido iglesia, cuartel, prisión y, ahora, el Ayuntamiento lo ha convertido en un flamante centro cultural. Sus paredes guardan también historias de dolor, como las de los 3.000 prisioneros que permanecieron largo tiempo allí durante la Guerra Civil española. Javi nos cuenta también la historia del niño patriota que, durante la Guerra de Independencia, asesinó a un soldado francés, en un acto de rabia y valentía a partes iguales, asumiendo su terrible castigo.

Ya era noche cerrada. La luna lucía su halo blanquecino que anunciaba frío y lluvia, aunque el cielo estaba en aquellos momentos despejado. Allí, en el parque de Santa Clara nos despedimos. La ruta por la Crónica Negra de la ciudad nos dio una lección: la historia de Soria también oculta crímenes, asesinatos, odio y venganza. Me acordé entonces de los versos que Machado dedicó a los sorianos a comienzos del siglo XX: "Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, capaz de insanos vicios y crímenes bestiales".


Hasta la fabulosa portada de Santo Domingo esconde crímenes.

domingo, 12 de octubre de 2025

AQUEL DOCE DE OCTUBRE...

CRÓNICA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA



Playa de la isla de San Salvador (Bahamas) donde se cree que arribó la expedición de Colón en 1492. La cruz conmemora aquel momento.


En la madrugada del once al doce de octubre de 1492, cuando las tripulaciones de los tres navíos dormían, el joven vigía de La Pinta, Rodrigo de Triana, gritó lo más alto que sus cuerdas vocales le permitieron: "¡Tierra, Tierra a la vista!". Eran las palabras que todos los marineros esperaban desde hacía semanas y que algunos pensaban que nunca oirían. En medio del océano en calma, las voces se oyeron en las tres naves y  todos subieron apresuradamente a cubierta para comprobar tan alegre noticia. Entre ellos se encontraba el flamante almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. En el horizonte se intuían unas sombras que no podían ser otra cosa que las costas de la India.

Parecía que los planes de Colón se estaban cumpliendo. La expedición había partido de Palos de la Frontera, en Huelva, el tres de agosto, festividad de la Virgen de la Rábida. Entonces, habían pasado más de cuatro meses desde que, en abril, en la ciudad granadina de Santa Fe, los reyes de Castilla, Isabel y Fernando, se habían decidido a sufragar y apoyar el proyecto del marino genovés. Los preparativos de la expedición fueron difíciles pues nadie en Castilla estaba tan loco para embarcarse en un viaje cuyo destino era incierto. Con la ayuda inestimable de los hermanos Pinzón, Colón pudo reclutar a un cien hombres que formaron la tripulación de tres navíos: dos carabelas, La Pinta y La Niña y una nao, la Santa María.

Aquel día de agosto de 1492, los tres navíos pusieron rumbo a las Islas Canarias donde se abastecieron. El seis de septiembre partieron de la Gomera rumbo al oeste. Sólo el Mar Tenebroso o la Mar Océana se extendía ante sus ojos.

Los planes de Colón son ahora bien conocidos. Pretendía llegar a la India navegando hacia el oeste dado que ya entonces nadie eran tan estúpido para cuestionar la esfericidad de la Tierra. El objetivo era hallar una ruta alternativa a la que estaban abriendo los navegantes portugueses navegando por la costa de África y que se encontraban a punto de completar. Pero que Colón sabía más de lo que contaba y no todo lo que decía se ajustaba a la realidad es algo de lo que, también hoy, nadie duda. Así lo pone de manifiesto el hecho de que el almirante llevase dos cuadernos de bitácora diferentes. En uno anotaba menos leguas de las que se recorrían diariamente, para enseñarlas a los capitanes de las naves y a la tripulación; en otra, secreta, anotaba las distancias verdaderas.

Tampoco hoy nadie discute que los cálculos de Colón sobre la distancia desde la Península Ibérica a las Indias eran erróneos. La distancia era enormemente mayor que la que el genovés había estimado. Los días pasaban y la expedición no daba frutos. No se divisaba tierra firme, Europa cada vez quedaba más atrás y los víveres empezaban a agotarse. Nadie había previsto una travesía tan larga.

Los alimentos acabaron gastándose completamente e incluso aquellos que se había podrido acabaron comiéndose. Los perros que había servido de compañía fueron sacrificados y su carne repartida e incluso las ratas eran consideradas un gran manjar en aquellos barcos que navegaban sin rumbo fijo. Los marineros empezaron a tener hambre y a temer por su suerte. Colón trataba de mantener la calma y proporcionaba informaciones no del todo ciertas a la tripulación para que "si el viaje fuera luengo no se espantase ni desmayase nadie". El almirante temía, entre otras cosas, un motín de los marineros.

La sublevación se produjo, finalmente, en la noche del nueve al diez de octubre cuando las protestas estallaron en los navíos como consecuencia de la desesperación. Todos temían que aquel viaje fuese su final. Los rebeldes amenazaron con tirar a Colón por la borda pero el almirante consiguió calmar los ánimos prometiéndoles que sin en tres días no hallaban tierra, regresarían a la Península.

Y fue en ese breve plazo cuando la fortuna les sonrió. Las naves llegaron a una pequeña isla en medio del océano. Colón la bautizó como San Salvador, y en verdad, el nombre era muy conveniente. Se trataba de la isla que hoy se llama Watling y pertenece al archipiélago de las Bahamas. Los indígenas la llamaban Guanahani. El tiempo entre el avistamiento y la llegada de los navíos debió de ser de incertidumbre y esperanza. Colón veía colmadas sus ambiciones y cumplidos sus planes; los marineros veían como, por esa vez, habían esquivado a la muerte.

Al mediodía del doce de octubre de 1492 desembarcaron por fin en la isla y Cristóbal Colón tomó posesión de aquellas tierras en nombre de los reyes de Castilla. A los rudos castellanos que formaban la tripulación les pareció que había arribado al mismísimo paraíso. Una tierra con frondosa vegetación, con playas de arena blanca y aguas cristalinas. "La belleza de estas islas supera a cualquier otra tanto como el día supera a la noche en esplendor" escribió Colón en su cuaderno de bitácora.

Pero aquella isla no estaba deshabitada. Pronto salieron a su encuentro gentes menudas, con la tez de color canela y semidesnudos. Aquellos indígenas, que Colón supuso que eran indios, se mostraron al principio curiosos y confiados. Los castellanos les dieron baratijas a cambio de perlas y animales exóticos. Incluso algún jefe indígena entregó a su hija a los marinero como esposa en señal de amistad. Y es que Colón estaba convencido de que aquellas islas estaban muy próximas al continente asiático.

La expedición no terminó ahí, en los días siguientes, las naves arribaron a otras islas y el veintiocho de octubre descubrieron la actual Cuba. Colón identificó aquellas tierras como Catay, es decir, China, y supuso que Cipango (Japón) no se encontraría muy lejos. Pero aquellas tierras tan hermosas como exóticas les deparaban numerosos peligros: no todos los indígenas eran tan amigables, había animales y plantas desconocidos y venenosos y las tormentas y los temporales eran más feroces que los que ellos habían visto en Europa. Además, no encontraron las riquezas que esperaban. No había oro y apenas plata.

Días más tarde descubrieron otra isla a la que bautizaron como "La Española". En aquellas peripecias, la nao Santa María encalló en unos arrecifes de coral y tuvo que ser evacuada y desguazada. Con los restos, los castellanos fundaron el primer asentamiento europeo en aquellas tierras, el fuerte de la Navidad. Era veinticinco de diciembre de 1492. En aquel lugar, tuvo lugar el primer enfrentamiento armado entre españoles y nativos.

El dieciséis de enero de 1493, más de cinco meses después de su salida de la Península, las ganas de volver a casa pudieron con las ansias de seguir explorando aquellas tierras. La Pinta y La Niña volvieron a Castilla mientras Colón enviaba una misiva a los reyes en la que les invitaba a celebrarse con "alegría y grandes fiestas" la hazaña. Se había descubierto una nueva ruta a las Indias.

En realidad, Colón nunca supo (o al menos sólo sospechó) que aquellas tierras estaban muy lejos de las Indias. Nadie sabía entonces que las islas que salvaron a los hombres del almirante de una muerte segura pertenecían a un nuevo continente que, con el tiempo, se denominaría América. Una inmensa tierra por explorar, descubrir y conquistar se cruzó en el destino de Castilla e iba a cambiar los destinos de la Humanidad para siempre. Pero entonces, en el umbral del siglo XVI, nadie en Europa podía imaginar que Colón había descubierto un Nuevo Mundo. Aquello, tanto para los europeos como para los indígenas americanos, fue, desde luego, un descubrimiento. Se descubrieron los unos a los otros. Fue el contacto entre dos mundos que habían permanecido aislados durante milenios. 

El contacto entre dos mundos. Doce de octubre de 1492.





*La primera versión de esta entrada fue publicada el 12 de octubre de 2014.

sábado, 21 de junio de 2025

UNA HISTORIA DE LAS FIESTAS DE SAN JUAN

Hablar de usos y costumbres en las Fiestas de San Juan del siglo XXI parece un delirio. El "Lavalenguas" y la "Compra" se han convertido en macrobotellones y el Viernes "de Toros" es hoy una fiesta de disfraces. Nada tienen que ver estas celebraciones con las originales, que se remontan, con seguridad, al siglo XII y es probable (aunque no seguro) que puedan ser incluso prerromanas. Elementos paganos como el culto al toro o la celebración del solsticio de verano se han mezclado desde antiguo con unos mínimos componentes religiosos, la veneración a la Virgen de la Blanca. Por cierto, San Juan Bautista ni está ni se le espera en las Fiestas de San Juan. 

Desde sus raíces, los Sanjuanes han tenido diferentes denominaciones: Fiestas de las Calderas, Fiestas de la Madre de Dios y Fiestas de San Juan. Las Calderas, por el día grande de la ciudad, el Domingo "de Calderas", en el que las cuadrillas repartían la carne del toro entre los vecinos pobres y la capital recibía a los forasteros procedentes de otros lugares de la provincia. La Madre de Dios, por la Virgen María, la Blanca, patrona de las fiestas. Y Fiestas de San Juan porque comienzan el jueves siguiente a la noche de San Juan (23 de junio) y se prolongan durante cinco días en los inicios del estío. Diferentes nombres para unos mismos fastos.

Una forastera me dijo una vez que lo más llamativo de las fiestas de Soria era la temática diferente de cada día. En realidad es todo un ritual que comienza mucho antes de la noche de San Juan y cuyo hilo conductor es el culto al toro bravo. En la Edad Media, cada cuadrilla (cada barrio en los que se dividía la ciudad, hoy hay doce) elegía un toro del monte Valonsadero para llevarlo hasta Soria, sacrificarlo y repartir su carne ente los vecinos. Era un rito tribal, una celebración comunal, un ceremonia casi sagrada que se repetía cada año para festejar el solsticio de verano, el día más largo y el calor después del frío y arduo invierno. 

En este proceso, los jurados de cuadrilla, elegidos entre los vecinos por un año, jugaban un papel destacado, junto con los mayordomos. El jurado era una figura política clave en la ciudad de Soria, representante del Común de Pecheros, que tenía muchas funciones, entre ellas, la de organizar las fiestas. La figura del mayordomo fue suprimida en el siglo XVI, pero la del jurado ha sobrevivido hasta la actualidad. Aún hoy el papel del jurado es fundamental en las fiestas, aunque es el único que conserva, un vestigio anacrónico, un retal del pasado, un fósil de otro tiempo.

Cada año, con la llegada del buen tiempo, comenzaban los preparativos. Las cuadrillas hacían balance del año anterior y los vecinos, en asamblea abierta, decidían si querían celebrar fiestas el junio siguiente. Casi todas las cuadrillas celebraban esa reunión en torno a la Cruz de Mayo (3 de mayo), aunque en distintos días. Hoy esa jornada es el "Catapán", que se celebra el primer domingo de mayo y que se ameniza con queso, bacalao, vino y música. Luego comenzaban las gestiones para la compra de un toro bravo a una de las ganaderías del monte Valonsadero. Este trámite se llevaba a cabo a principios de junio en días señalados, que han cristalizado en el "Lavalenguas" y en la "Compra". "Lavar la lengua al toro" era una expresión que significaba algo así como probar el toro, estudiar sus características y decidir si era apto o no.

Originalmente, las cuadrillas se las apañaban para comprar un toro al mejor precio. Eso sí: tenía que ser lo suficientemente grande como para proporcionar carne para todos los vecinos del barrio. Con el tiempo, se unificaron criterios y, hace unos cien años, el Ayuntamiento de Soria estableció que todas las cuadrillas comprarían su toro el mismo día. El día de la Compra se convirtió en una fiesta importante para la ciudad, último paso previo al inicio de las celebraciones. Hoy a estos trámites se les conoce como "presanjuanes".

Los nombres de los días de las Fiestas de San Juan dan cuenta de la parte del ritual que se realiza esa jornada. El Miércoles "El Pregón" se institucionalizó a mediados del siglo XX para dar un inicio solemne a las fiestas, aunque ese acto no existía hasta entonces. El Jueves "La Saca" fue siempre un día de duro trabajo, puesto que había que acudir al monte Valonsadero a por el toro previamente comprado y traerlo hasta Soria. El monte se encuentra a unos seis kilómetros de la capital y no era un festejo multitudinario. Al contrario, sólo unos pocos se encargaban del traslado del ganado a la ciudad. Las celebraciones empezaban una vez que llegaba a Soria. A veces los morlacos se escapaban o tomaban direcciones equivocadas y los vecinos de las cuadrillas pasaban toda la noche en su búsqueda. Sin toro no había fiesta.

El Viernes "de Toros" era un día de celebración. Al principio, cada cuadrilla lidiaba y sacrificaba al toro en sus calles. Luego, con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII, el racionalismo impuso la lidia del toro en un lugar habilitado para ello. En Soria, durante muchas décadas, el lugar elegido fue la Plaza Mayor. Posteriormente, en el siglo XIX, se decidió construir una plaza de toros en los terrenos desamortizados al Priorato de San Benito, un monasterio situado a las afueras del casco urbano. El Coso de San Benito, la "Chata", fue construido entonces para lidiar los toros de las cuadrillas el viernes de San Juan. No obstante, la tradición de los toros enmaromados que recorrían las calles de la capital entre el viernes y el sábado perduró hasta el siglo XX.

Una vez sacrificado el toro, el sábado, su carne cruda se repartía entre los vecinos, en tajadas iguales. Acabadas las fiestas, esos vecinos pagarían a escote la pieza. Por la tarde, los despojos del animal, aquellas partes que no se habían entregado al pueblo, eran subastados en los "Agés" vendiéndolos al mejor postor. Ese día la fiesta se encontraba por los barrios, por las cuadrillas. Al día siguiente, el Domingo "de Calderas" era el día grande, el "día de más esplendor". Las cuadrillas, presididas por los jurados, marchaban a la Dehesa para repartir la caldereta con la carne de toro entre los vecinos. Era un día de caridad, centrando la atención en los pobres de la ciudad, que también recibían su parte. Hoy, las cuadrillas exhiben sus mejores galas ese día y la caldera es un mero elemento decorativo que muestra la creatividad o el mal gusto de quien la diseña.

Y luego llegaban las "Bailas". Antiguamente, ya el domingo por la tarde, el populacho que no acudía a la solemne corrida de toros, seguía la celebración en varios parajes de la ciudad: la Dehesa, las Eras de Santa Bárbara o la pradera de San Polo, junto al Duero. Hoy, estas celebraciones son el Lunes "de Bailas" y se concentran en San Polo, a la orilla del río. El pueblo acudía a merendar, a degustar la carne del toro en compañía de familiares y amigos, y a bailar al son de la música. Ese día, Lunes "de Bailas", en la mañana, se celebraba el único rito religioso de las fiestas: la procesión con los santos de cuadrilla y la pleitesía a la Virgen de la Blanca. Era el preludio del final de las fiestas, del regreso al trabajo.  

Las fiestas no han sido inmutables. Los usos y las costumbres son tan cambiantes como los tiempos. El número de cuadrillas (barrios) se ha reducido, pasando de dieciocho a dieciséis y luego a doce, que es el numero de cuadrillas en la actualidad. Hubo años en los que algunas cuadrillas prefirieron no celebrar las fiestas por diferentes razones (protestas, problema financieros) y hubo algunos intentos de maquillar el aspecto pagano de los festejos. En el siglo XVI, la emperatriz Isabel, a solicitud del Obispo de Osma, pidió al Ayuntamiento de Soria la reforma de las fiestas en un sentido más religioso. En el siglo XVIII, el rey Carlos IV prohibió sacrificar toros bravos, con lo que las fiestas quedaron reducidas a la procesión en honor de la Virgen de la Blanca. Desde principios del siglo XXI, el "Desencajonamiento" festeja la llegada de los toros bravos a Valonsadero, porque hoy en el monte no hay reses bravas. Son ejemplos de las transformaciones de los Sanjuanes. Todo cambia y es precisamente el cambio lo que mantiene vivas las fiestas.
 

Árbol de la Música (Soria) 

martes, 14 de enero de 2025

LA TIENDA DE LOS DESEOS


En la calle de la Escalinata, en el centro de Madrid, existe una pequeña tienda donde venden deseos. No los venden, en realidad; la propietaria te enseña a formular tus deseos y te proporciona todo lo que necesitas para lograrlos: un papelito, un cordel y un bolígrafo. Según sus instrucciones, debes escribir el deseo en presente o en pasado, como si ya lo hubieses cumplido, y no olvidar nunca precisar con exactitud cuándo lo vas a lograr. Especificar el año o el mes con determinación es fundamental para que se realice, según cuenta la mujer convencida.

Puedes pedir cuantas aspiraciones tengas, pero escríbelas con oraciones claras y precisas, para que nadie tenga dudas de lo que quieres. Después, el ritual se completa colgando el papelito en el muro exterior de la tienda, junto con los otros, y tocando la campana que avisa al destino de que tiene un nuevo cometido. A quien se encarga de cumplir esos deseos, sea quien sea, se le acumula el trabajo porque hay más de 40.000 papelitos en la fachada del local. Supongo que el azar, o quien se encargue de estos menesteres, lleva un orden así que irá cumpliendo los deseos poco a poco. Seamos pacientes.

La tienda de los deseos es el típico lugar que uno descubre por fortuna cuando pasea por el centro de Madrid, cerca de la Plaza Mayor y del Palacio Real. Es uno de esos locales que nadie espera, que nadie sabe que existe hasta que lo descubre por casualidad o lo ve anunciado en Instagram o TikTok. Luego se hace popular y los visitantes acuden a él como si fuera una atracción turística más. El establecimiento tiene aspecto de sala de estar, no de un comercio al uso: una mesa central, una chimenea antigua, una estufa, un gran espejo, unas cortinas rojas, varios relojes. Sobre la mesa, están en venta llaves mágicas para encontrar el amor, el trabajo, la paciencia, el dinero, etc. También se ofrecen libritos con consejos para alcanzar deseos, anhelos y aspiraciones.

A la izquierda, sobre un estante destacan varias fotografía antiguas de Madrid con sus respectivas descripciones. Son ejemplos de deseos cumplidos. ¡Y qué deseos! Una de ellas muestra el Palacio Real y en el pie de foto pone: "El Palacio Real fue un deseo del rey Felipe V hecho realidad". Junto a ella se encuentra otra de la fachada de la Catedral de la Almudena y el texto dice: "Fue deseo del rey Alfonso XII construir una gran catedral para la capital de España". Más allá, se exhibe otra imagen, ésta del Museo del Prado: "Fue la segunda esposa de Fernando VII, María Isabel de Braganza, quien deseó crear un museo de pinturas".

Mucha gente, la mayor parte turistas que han descubierto la tienda en las redes sociales, se arremolina en la humilde puerta roja del establecimiento. La fachada exterior está invadida por completo de papelitos blancos colgados por todos lados. Papelitos que son deseos, anhelos, esperanzas. Cada uno tiene a una persona detrás, alguien que espera que se cumpla lo que escribió en aquel trozo de papel. Desde luego, son deseos mucho más modestos que los de los monarcas, pero también más humanos. Un papelito dice: "Deseo que, en 2025, mi tía cumpla 101 años y que esté bien"

La mayoría de los mensajes son parecidos aunque estén escritos en diferentes lenguas. Los hay en castellano, en inglés, en francés, en italiano e, incluso, en árabe. El destinario de estos mensajes debe de ser políglota. Y parece que todos aspiramos a lo mismo. La felicidad se reduce siempre a tres cosas: salud para la familia, amor y un buen trabajo. Algunos piden también paz y tranquilidad. Cuando lo leí pensé que en ellas también se encuentra la felicidad, que son ambas una forma serena y madura de felicidad y, al parecer, muchas gente lo cree así.

Todos los mensajes son anónimos pues no es necesario especificar el remitente. La estrella, la ventura o la divinidad que se encarga de hacerlos realidad ya sabe quién escribió qué. Uno de los mensajes dice: "Que pueda reencontrarme con mi enamorado que está trabajando en otro país". En otro, que cuelga a su lado, leo: "Quiero que seamos amigos y estemos juntos para siempre"Y al leer un tercero no puedo evitar sonreír: "Quiero seguir con la persona que me da la vida y por la que viene en ella". El último que leo no es muy original: "Quiero salud, paz, éxito y felicidad". 

Yo también escribo mi mensaje en un papelito, con cuatro deseos claros y precisos para que los entienda bien quien tenga que hacerlos realidad. Luego ato el papel con el hilito junto a los otros, en una esquina del muro, entre la maraña de hojitas que cuelgan en el exterior de la tienda. Por último, toco la campana de la puerta roja, como debemos hacer para que todo se cumpla. En el instante final de la secuencia, cuando estoy a punto de alejarme del muro de papelitos definitivamente, uno de ellos llama mi atención. Me acerco una última vez y leo: "Que todos siempre encontremos el camino sin importar a donde queramos ir".