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sábado, 21 de febrero de 2026

APUNTES DEL PIRINEO


Voto y Félix

Allí, en las boscosas cumbres prepirenaicas se funde la naturaleza, la historia y la leyenda. Dicen que, en el siglo VIII, el noble godo Voto estaba persiguiendo un escurridizo corzo. Al galope, lo seguía por los montes montado en su caballo hasta que el animal se despeñó por una gran grieta de la ladera. Voto, sin poder controlar su montura desbocada, creyó correr la misma suerte. Como un milagro, sin embargo, el animal se detuvo en el borde de la peña. 

Voto bajó del caballo y miró en lo más profundo del barranco. Abajo, divisó el corzo muerto y algo que no esperaba encontrar allí: el cadáver del ermitaño Juan de Atarés, que había pasado su vida en aquella montaña y también acabó despeñado. Voto, impresionado por lo que vio y convencido de que se había salvado gracias a San Juan, volvió a casa y le contó el milagro a su hermano Félix. Ambos vendieron todas sus propiedades y marcharon a vivir a aquel monte, lejos de la civilización. Según la leyenda, los jóvenes acabaron fundando el monasterio de San Juan de la Peña, encajado en la pared de roca que vio caer al ermitaño y al corzo.

Edelweiss 

"Es la flor de nieves, un símbolo de Jaca, la podéis encontrar en muchos recuerdos" nos dijo las dependienta mientras señalaba un cartelito que habíamos pasado por alto mientras contemplábamos los variopintos suvenires. Nos detuvimos a leer las líneas: "Crece en las zonas rocosas y en las praderas de alta montaña del Pirineo y representa el amor, la amistad y la valentía". Ninguno sabíamos de la existencia de la enigmática florecilla.

"Es bonito el significado de la Flor de Nieves, ¿verdad?" me dijo mi compañera mirándome fijamente a los ojos. En efecto, el Edelweiss se encontraba por doquier, en cuadritos, en imanes, en figuritas de terracota. "No sé si éste o éste. ¿Qué opinas tú?" me preguntaba una y otra vez, indecisa como siempre. Mi compañera dudaba del imán que compraría para su nevera. Aquello parecía una metáfora, sin duda. Una metáfora de la vida, de las decisiones, de las circunstancias a las que todos nos enfrentamos. Sea lo que sea lo que uno se juegue, en cada elección, en cada decisión, uno gana y pierde a la vez. Gana porque elige, pierde porque renuncia. Edelweiss es la flor del amor, de la amistad... y de la valentía.

Los ciervos de la ciudadela

La ciudadela de Jaca no es un gran castillo y sus muros ni siquiera sobresalen por encima de los edificios de la ciudad. No es imponente ni magnífica, si uno va con prisa, le pasará inadvertida. Se trata de uno más de los fuertes construidos a finales del siglo XVI en varias ciudades del norte de la Península por orden de Felipe II. Y es que temía el Rey Prudente que los franceses invadiesen sus dominios y por eso mandó construir estos bastiones abaluartados, duros, robustos. No son grandiosos, pero sí resistentes a los posibles envites de la moderna artillería del Renacimiento.

Hoy, el foso del viejo cuartel es un lugar verde, fresco y seguro que acoge a una manada de elegantes ciervos. Los animales campan a sus anchas alrededor de la ciudadela, tienen abundante comida y agua y exhiben su gracia a todo aquel que se asoma a verlos. Se mueven pausadamente de aquí a allá, como queriendo mostrar su envergadura, su belleza, y miran al espectador. Contemplábamos desde los alto a los animales y, mientras mi amiga les hacía fotos, mi mente veía en ellos resistencia y fuerza, la misma que la ciudadela que los acoge. Los ciervos resisten las bajas temperaturas de los bosques y las montañas en los que habitan, acostumbran a recorrer largas distancias en sus migraciones anuales y renuevan sus astas cada año, parece que cada año vuelven a empezar. ¿Hay mayor ejemplo de renovación y fortaleza?

Las nieves de Canfranc

"¡Es increíble este lugar!" exclama mi compañera mirando a todas partes. El ambiente es por completo invernal. En la estación internacional de Canfranc está cayendo una copiosa nevada. Los copos son cada vez más densos, más grandes y comienzan a cubrirlo todo formando un manto blanco. La última de las nueve borrascas que han azotado la Península en las semanas anteriores deja lluvia en Jaca, pero nieve en Canfranc. Las dos localidades se encuentran a poco más de veinte kilómetros de distancia, pero la altitud de Canfranc es unos 400 metros superior a la de Jaca. La altitud convierte la lluvia en nieve. Así lo comprobamos aquel día.

Paseamos por los alrededores de la estación, que hoy es un fabuloso hotel de lujo. "La nieve parece detener el tiempo, todo va más despacio, ¿verdad?" reflexiona mi amiga enfundada tras su bufanda y bajo el paraguas que la protege de los copos. Es cierto, el lento precipitar de los copos ralentiza el tiempo por momentos. Nieva con ganas, con parsimonia y deleite, como sucede en las grandes nevadas. Yo, mientras tanto, miro nervioso a todos lados, inquieto por el estado de la carretera por la que tendremos que regresar a nuestro hotel. Las cumbres pirenaicas están muy cerca, pero son invisibles, ocultas tras las compactas nubes blancas que lo cubren todo. También son invisibles los espesos bosques de coníferas que se alzan en las laderas de los montes. La estación de Canfranc, encajada entre montañas, parece hoy más incomunicada, más aislada. La calzada, poco a poco, se vuelve blanquecina a pesar del esfuerzo de las quitanieves, que la limpian sin cesar. "Quizá debamos volver antes de que se ponga peor", sugiero. "Parece que la nieve nos estaba esperando para decorarlo todo".

Ecos de Loarre

En las estribaciones exteriores del Pirineo, encaramado a un espolón rocoso, se camufla el soberbio castillo de Loarre. Es aquella una tierra agreste, ventosa e inhóspita, pero de un alto valor estratégico. Desde allí se divisa y domina la hoya de Huesca y, por tanto, el camino a Zaragoza, al Valle del Ebro. La fortaleza fue construida con ese objetivo en los albores del siglo XI por orden del rey Sancho III "El Mayor" de Pamplona, que entonces controlaba los valles pirenaicos del Alto Aragón. Aquel día de febrero cuando visitamos el castillo el terrible viento del norte, el cierzo, arrancaba hasta las señales de tráfico y así pudimos comprobarlo nosotros cuando aparcamos nuestro coche.

Loarre es un pueblo, pero, ante todo, es una fortaleza, la fortaleza románica mejor conservada en España. Fue encomendada a los agustinos, una orden de monjes guerreros, como tantas otras en la Edad Media. Por eso, la estancia principal es la iglesia de San Pedro, cuya extraordinaria acústica crea unos ecos que permiten escuchar las voces desde cualquier punto de la sala, sin elevar la voz, sin gritar. Aquel lugar, el castillo de Loarre, nunca fue tomado por asalto, nunca fue rendido por las armas. Los monjes tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir un asedio durante semanas y repeler al enemigo. La vida allí era durísima, sometidos al frío, la soledad y los vientos, pero contaban con alimentos y su fe, que siempre es buena compañera. Bien sabían que la fortaleza era inexpugnable, que si aguantaban lo suficiente, el enemigo acabaría retirándose. Y es que lo importante en Loarre no era vencer, sino resistir un poco más.



sábado, 6 de diciembre de 2025

EL PEZ DE LA CALLE DEL PEZ


¿Por qué la calle se llama Calle del Pez? Ésta fue la pregunta que nos surgió mientras comíamos en una conocida hamburguesería en el centro de Madrid. Una de esas dudas ridículas que aparecen de manera inesperada en mitad de una conversación sobre otros temas más trascendentales. Estábamos sentados en una mesa junto a la cristalera del establecimiento en la Calle del Pez. Aquella callejuela cercana a la Gran Vía y a la Plaza de España conserva, sin embargo, cierto encanto castizo propio de Malasaña, bien condimentado, eso sí, con modas alternativas, vestimentas hipsters y bicicletas.

Buscamos en internet y acabamos consultando a Chat GPT, que, últimamente, se ha convertido en el amigo sabelotodo, el amigo que nunca se equivoca (o eso pensamos ingenuamente). Por supuesto, nos dio no una sino dos respuestas. La primera correspondía a la realidad histórica: en aquella calle había, en el siglo XVII, una casa solariega que tenía un pez tallado en su fachada. Era el emblema de los Vargas, una familia adinerada que tuvo allí su residencia. La segunda era una leyenda, una historia entrañable de esas que son difíciles de olvidar.

En esa calle, nos dijo la Inteligencia Artificial, existía una fuente pública donde, de manera inexplicable, habitaba un único pez que resistía a todo tipo de infortunios: el frío del invierno, el calor del verano y las perrerías de los vecinos que lo molestaban o lo intentaban pescar. Incluso llegaron a sacarlo del agua en una ocasión, pero al día siguiente volvió a aparecer en la fuente como si nada hubiese sucedido. El pez se convirtió en un símbolo de resistencia, de fortaleza frente a los contratiempos. La fuente fue conocida como la del pez que nunca muere y, al final, en su honor, aquella estrecha calle acabó convirtiéndose en la Calle del Pez.

Nos quedamos pensando en el animalillo débil, pero resistente, mientras mirábamos el exterior desde la cristalera. Centenares de viandantes con vestimentas variopintas caminaban de un lado al otro, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor. Era aquel un día soleado de noviembre, pero terriblemente gélido, aunque el frío no privaba a la capital del barullo que siempre inunda sus calles. Decidimos que, cuando terminásemos de comer, buscaríamos el relieve del pez esculpido en la piedra, pues, según la información que encontramos, aún se conservaba en la fachada del edificio que ocupa el lugar de la antigua casona de los Vargas.

Salimos de la hamburguesería un rato después y subimos por la Calle del Pez ávidos de encontrar el famoso relieve. Las aceras se estrechaban tanto en algunos tramos que caminábamos mi amiga y yo uno detrás del otro. El espacio lo ocupaban los coches, las motos y algunas bicicletas. A un lado de la calle, arbolillos escuálidos parecían resistir, como el pececillo, los infortunios de su existencia en la gran ciudad. Al otro, un edificio destartalado había sido adornado con botellas de plástico pintadas con distintos colores y pantalones viejos colgados de los balcones. Enfrente, había una tienda de cuadros artesanales en los bajos de un edificio rehabilitado. Supongo que el precio de esos apartamentos estaría por las nubes. Un poco más allá, encontramos un popular restaurante de tortillas de patata; la clientela hacía cola pacientemente para conseguir un hueco y taponaba la estrecha acera. Muchas cosas y todas bizarras en la Calle del Pez, pero, del relieve del pescadito, ni rastro. No había forma de encontrarlo. 

Dimos unos pasos más hacia arriba, un poco desanimados ante nuestra búsqueda infructuosa. No había forma de localizar el pez y nuestro amigo, el Chat GPT, se manifestaba incapaz de chivarnos el lugar exacto en el que se encontraba. Mirábamos una y otra vez hacia arriba, hacia la parte alta de los bloques de pisos, buscábamos en Internet y reformulábamos la pregunta a la Inteligencia Artificial confiando en que, al modificar las palabras, el algoritmo fuese capaz de encontrar una respuesta, pero nada. Sólo al final, cuando ya estábamos a punto de darnos la vuelta, de desistir, divisamos nuestro pececillo en el esquinazo de un edificio. Allí estaba, en efecto, pequeña e insignificante, la silueta del pez que resistía a todo o el recuerdo de la familia Vargas que da nombre a la calle. Cada uno, lo que prefiera.

Le hicimos unas fotos al relieve amarillento de la fachada, la foto era la prueba de nuestra pesca, de nuestro hallazgo. Una de ellas ilustra está entrada. Luego nos marchamos apresuradamente porque se acercaba la hora del grandioso espectáculo para el que teníamos entradas aquella tarde. De camino al teatro, recordé durante algunos segundos uno de los versos de la canción de Sabina que habla de Madrid: "Donde el mar no se puede concebir". Y pensé en el pez de la Calle del Pez, que vivía tan lejos del mar, en aquella fuentecilla, una vida de penurias, pero resistía a todo. El pez logró lo imposible, logró lo que nadie pensaba que lograría, algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo: vivir. Y aquel empeño, lo consiguió con creces porque lo hizo inmortal. Y es que, si lo pensamos bien, aún hoy vive el pez en aquella calle del centro de Madrid. 

El pez de la Calle del Pez 

sábado, 26 de julio de 2025

LA CASCADA CAPRICHOSA

La cascada "Caprichosa" es una de las más icónicas del jardín del Monasterio de Piedra, en el pueblecito de Nuévalos (Zaragoza). Tras las fuertes lluvias provocadas por la DANA de finales de octubre de 2024, su aspecto cambió por completo. Antes, la orografía kárstica hacía de ella una cortina de agua casi perfecta. Ahora, su forma es más dura, más escarpada. El agua, que antes se precipitaba desde la altura de manera limpia y ordenada, ahora lo hace más abrupta, pero bella igualmente. 

La naturaleza antojadiza modela el paisaje a su gusto y lo transforma, a veces de manera lenta y, otras, de manera dramática, sobrecogedora. Y, mientras paseábamos entre árboles, arbustos y corrientes de agua, mi amiga y yo conversábamos sobre los cambios lentos y pacientes, y las transformaciones rápidas, fulgurantes. En uno de los letreros informativos del jardín botánico, donde contemplamos centenares de especies vegetales, leímos algo que nos hizo reflexionar: "El cambio es la ley de la vida. Y aquellos que sólo miran al pasado o al presente, seguro que perderán el futuro". La frase en cuestión la debió de decir un tal J.F. Kennedy, ahí es nada.

El paisaje típicamente kárstico del jardín del monasterio es el resultado de la acción erosiva del agua durante miles de años. Es un paisaje en constante cambio, aunque no lo apreciemos en toda su magnitud. El humilde e irregular río Piedra, que fluye lento, pero implacable, talla desde hace miles de años surgencias, grutas, cascadas y lapiaces. Todo aquel escenario está transformándose cada día, con cada gotita de agua filtrada que deshace el carbonato cálcico y se precipita al vacío. Pero cada retoque, cada modificación, es muy pequeña, anecdótica. Y, sin embargo, necesaria. Éste es un cambio natural lento, permanente y profundo, pero casi imperceptible para el ojo humano.

La furia del agua también es capaz de producir cambios rápidos e inmediatos, como demostró en octubre de 2024. El río Piedra se desbordó hasta niveles pocas veces vistos antes y arrasó el entorno por el que discurre. Anegó los jardines del monasterio durante varias jornadas, alteró la fisonomía de algunas cascadas, como la "Caprichosa", que no volverá a ser como antes, y destruyó otras, como la cascada "Iris" y sus alrededores. El agua se llevó con ella rocas, árboles y cualquier construcción humana que encontró a su paso. No quedó nada. Hizo borrón y cuenta nueva en aquel lugar. Otro cartel, cerca de la antigua cascada "Iris", reproducía una frase del filósofo romano Cicerón: "Todas las obras de la naturaleza deben ser tenidas por buenas". 

En realidad, pensamos nosotros, todos los cambios, todas las transformaciones, tanto las lentas y silenciosas como las trágicas y espectaculares, son a menudo inevitables y, a veces, necesarias. Por más dolorosas, destructivas y duras que puedan llegar a ser, cualquier cambio es una evolución y tiene sus beneficios. Aquella riada de octubre de 2024 hizo que la vega del río Piedra se volviese más fértil. El paisaje kárstico, tallado lentamente durante miles de años, se transformó en sólo unos días dando lugar a nuevas y bellas formas. Y las reservas del acuífero del río se regeneraron y garantizaron un caudal constante durante los meses siguientes, incluso en periodos de sequía. Aún hoy discurre por la vega del Piedra el agua que cayó hace nueve meses.

Allí, en el Monasterio de Piedra también descubrimos otros ejemplos de transformaciones, como el devenir histórico del complejo monástico. La desamortización de Mendizábal de 1835 expulsó a los monjes cistercienses que habitaban el lugar desde hacía más de seiscientos años. La iglesia fue incendiada y destruida y todo el complejo fue vendido en subasta pública por el Estado. Quien lo compró fue un ricachón de nombre Juan Federico Muntadas, que acabó transformando las huertas y tierras de los monjes en un auténtico jardín botánico, el parque que hoy en día podemos visitar. El complejo se convirtió recientemente en un hotel y un spa donde miles de visitantes descansan cada año. Los monjes del siglo XIII que fundaron el monasterio no lo reconocerían hoy, pero ha sido precisamente el cambio, la adaptación a los tiempos, lo que ha garantizado su supervivencia.

Y, volviendo a la cascada "Caprichosa", descubrimos que recibe su nombre de la fábula de la niña Jimena, la muchacha consentida y malcriada que sólo sabía decir "quiero esto, quiero aquello". La chica acabó siendo ignorada y despreciada por todos hasta que cambió, intentó no exigir tanto y se acostumbró a acabar todas sus peticiones con un "gracias". Todos volvieron a hacerle caso y ella aprendió a vivir de otra forma, sin caprichos, sin rabietas. La riada renovó completamente la cascada, la cambió de arriba a abajo. Jimena también evolucionó con el tiempo, su cambio fue más profundo si cabe, fue una evolución personal, un cambio interior. Pues ¿hay transformación mayor que la que experimentamos las personas en nuestro interior?


Cascada "Caprichosa", julio de 2025


miércoles, 20 de noviembre de 2024

ENSAYO SOBRE LA LUNA

Luna llena del 17 de octubre de 2024


Confieso que llevo todo el otoño mirando la Luna. Desde hace semanas, siempre que salgo a la calle por la noche miro al cielo buscándola. Cuando está despejado, la encuentro fácilmente, brillante en medio de las tinieblas, y la contemplo en silencio unos segundos. Y confieso también que hago algo que nunca antes había hecho: miro en el calendario las fechas de Luna llena de cada mes. Esas que no importan a casi nadie. Y es que he descubierto en ella algo que me cautiva, aunque no estoy seguro de qué es.

Quizá lo que realmente me atrape no sea la Luna en sí misma sino lo remoto e inaccesible, que siempre fascina. La Luna, tan distante, tan inalcanzable, tiene algo seductor. Además, en el plenilunio, cuando está llena, da claridad en medio de las sombras y eso es atractivo. ¿A quién no le cautiva la luz en la oscuridad? Y eso a pesar de que sé que volverá a empequeñecer hasta desaparecer por completo.

O quizá sea lo escurridiza y esquiva que es. La Luna nunca se deja atrapar, es difícil fotografiarla, es difícil conquistarla. Selene, la personificación de la Luna, era para los griegos una diosa errante que vagaba por el firmamento montada en una cuadriga en un viaje que no tenía fin. Cuando uno intenta tomarle una foto, no deja capturar toda su belleza y se muestra como un punto blanco amorfo. La Luna siempre se escabulle, siempre escapa, siempre está en movimiento. Es única, porque cautiva, pero no se deja prender.

O a lo mejor es, precisamente, por lo contrario. Desde hace un tiempo, he conseguido atraparla. El pasado verano descubrí que la cámara de mi teléfono podía fotografiar el satelite de forma nítida y clara con una nueva aplicación. Desde entonces, no puedo evitar hacerle una foto cada noche que la encuentro en el firmamento. Y luego la amplio una y otra vez para observar sus manchas, sus cráteres y sus estrías. Veo en ella lo que antes no podía ver. Y me siento afortunado, un poco astronauta, a punto de tocar lo inalcanzable.

El otro día, llegó a mis manos una bella leyenda sobre nuestro satélite. Decía que una noche, la Luna descendió del cielo y entró en un bosque donde se encontró con un lobo. El lobo se enamoró perdidamente de ella, pero al amanecer, la Luna volvió al cielo llevándose consigo el corazón del animal. Nunca regresó, y los lobos aúllan en las noches de Luna llena, noches claras y luminosas, esperando recuperar el corazón robado al viejo compañero, pero es en vano. Por eso están destinados a aullar eternamente a la Luna. 

Ahora, cada vez que la miro, es decir, casi todas las noches, me acuerdo de los lobos. Veo la Luna como una ladrona de corazones, que siempre está ahí, pero es inaccesible para la mayoría y, por si fuera poco, tiene una cara que no muestra, una cara oculta. Quizá tenga ahí escondió el corazón del viejo lobo.

Pero nuestro satélite también une. Une sentimientos y almas. Cuando lo miramos, todos vemos su misma cara, da igual en qué lugar del planeta nos encontremos. Nuestros ojos comparten un mismo instante, ven lo mismo. Así que siempre que miro a la Luna me siento más cerca de quienes no están a mi lado. Me siento más cerca de aquellos con los que he compartido momentos, pero se marcharon. Imagino que estarán mirándola también y sonreirán como yo lo hago. Y la Luna nos verá a ambos desde su atalaya y reirá también.

Hay otra cosa mágica del astro: sus fases. La Luna atraviesa etapas hasta alcanzar la plenitud, el plenilunio. La vemos crecer, engordar. Y luego la vemos menguar hasta desaparecer. La Luna atraviesa fases crecientes y decrecientes, como si tuviese ambiciones, sentimientos y espíritu. Fases de plenitud y de ausencia. Nuestro satélite nos enseña todos los meses que es posible empezar de nuevo, que los ciclos comienzan y terminan una y otra vez, que la existencia es un incesante volver a empezar. Quizá sea ese vaivén lo que me atrape, lo que me cautive, quizá sea su afán por volver a empezar. 

Hace unos días paseaba junto a alguien especial entre los árboles casi desnudos del otoño. Nos detuvimos un instante a mirar la Luna llena que aparecía y se escondía en el cielo nuboso, como si estuviese jugando con nosotros. Parecía que la Luna cambiaba según emergía o se ocultaba tras las nubes. Entonces reflexioné en voz alta y dije que la Luna se transformaba también según recibía más o menos luz, según el día, según el estado de la atmósfera. Mi compañera lo negó: "Eso no es cierto - afirmó -la Luna nunca cambia, siempre es igual, siempre es la misma. Somos nosotros, desde la Tierra, quienes la vemos diferente. Es nuestra perspectiva la que cambia". Y entonces la ladrona de corazones me cautivó aún más. 



Algunas fotos de la Luna de estas semanas:

Montaje de la fase creciente de la Luna. Noviembre de 2024.

Luna llena entre nubes y árboles. 15 de noviembre de 2024.

Luna (casi) llena del 15 de noviembre de 2024.

domingo, 29 de marzo de 2015

FLAVIO JOSEFO HABLÓ DE JESÚS

LA HISTORIA DEL "TESTIMONIUM FLAVIANUM"


Apareció en este tiempo Jesús, un hombre sabio, si en verdad se le puede llamar hombre. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, le siguieron. Este era el Cristo - el Mesías -. Algunos de nuestros hombres más eminentes le acusaron ante Pilato. Éste lo condenó a la cruz. Sin embargo, quienes antes lo habían amado, no dejaron de quererlo. Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de él ésta y otras mil cosas maravillosas. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha dejado de crecer.

Ant., XVIII, iii, 3.



Las palabras que acabáis de leer son el único testimonio no cristiano sobre Jesucristo que se escribió en el siglo I d.C. Fue escrito hacia el año 93 de nuestra era por el historiador judío Flavio Josefo y durante muchos años ha estado envuelto en gran polémica ya que algunos investigadores niegan su autenticidad. En cualquier caso, las palabras que Flavio Josefo dedica a Cristo no dejan de ser fascinantes y en cierto sentido, enigmáticas.

Nacido en Judea hacia el año 37 d.C., Flavio Josefo pertenecía a una familia de estirpe sacerdotal emparentada con la realeza. Vivió en una época convulsa en la que los judíos se rebelaron en numerosas ocasiones contra el poder de Roma. En el año 64, tras una revuelta judía, Flavio Josefo se trasladó a Roma para pedir al emperador Nerón la liberación de sus compatriotas encarcelados. Fue inmediatamente apresado aunque algunos meses después salió de prisión y volvió a Palestina.

En el año 66, estalló una nueva rebelión contra Roma y Flavio Josefo se convirtió en uno de sus líderes. Fue de nuevo capturado y llevado ante la presencia del general Vespasiano. Viendo la valentía del general romano, Josefo predijo que pronto se convertiría en emperador. Posteriormente fue encarcelado pero en el año 69, cuando Vespasiano efectivamente se hizo con el poder imperial, fue de nuevo liberado y llegó a ser favorito de la dinastía Flavia, de la que tomó su nombre (antes se llamaba únicamente Josefo).

En el año 71, el emperador Tito, hijo de Vespasiano, le concedió una pensión vitalicia y una casa en Roma a donde se trasladó el historiador. Allí escribió "Las Antigüedades de los Judíos", una obra en la que relata la historia del pueblo judío con afán de objetividad y rigor. Esto, sin embargo, le supuso (obviamente), enfrentarse a los judíos que rápidamente lo acusaron de traidor a su causa por haber establecido amistad con Roma.

En el capítulo XVIII de ese libro se encuentra el "Testimonium Flavianum", diez líneas que hablan de la crucifixión de Jesús y de los cristianos. Es el único testimonio pagano que habla de la vida de Cristo, si bien es verdad que otros autores, como Tácito, también lo nombran en sus obras. Son apenas diez u once líneas en las que relata brevemente la Pasión, muerte y resurrección de Cristo pero alguno autores han argumentado que la obra pudo haber sido falsificada por los cristianos, que introdujeron (según está teoría) las menciones a la divinidad de Jesús.

Otros autores sin embargo, defienden su autenticidad. Al parecer, durante su estancia en Roma, Flavio Josefo pudo haber tenido acceso a los archivos imperiales en los cuales habría leído informes sobre las revueltas producidas en Palestina inmediatamente después de la ejecución y posterior resurrección de Jesús.

No deja de ser una anécdota interesante que un historiador pagano que vivió medio siglo después de Jesucristo mencione a Éste con tanta claridad en una obra que pretende ser una Historia de los judíos. También debemos destacar que gracias al "Testimonium Flavianum", la obra de Josefo se ha conservado debido al interés de los cristianos en preservarlo.

También tienen tiene algo de profético ya que en la última línea dice: "... la tribu de los cristianos (...) no ha dejado de crecer". En la actualidad, casi dos mil años después de aquellos hechos, más de dos mil millones de personas en todo el mundo, profesan la religión de aquel "hombre sabio".


Flavio Josefo (37 - 100 d.C.)



*Flavio Josefo escribió otras obras como "Las Guerras de los Judíos" y "Contra Apión" durante su estancia en Roma. Murió allí en el año 100 d.C.

domingo, 22 de diciembre de 2013

CUANDO COMENZÓ NUESTRA ERA

Hoy os propongo viajar a Palestina hace dos mil trece años. En realidad no hace dos mil trece años por un error de cálculo de Dionisio el Exiguo, el monje rumano del siglo V d.C. encargado de calcular en qué año nació Jesucristo. Se equivocó en cuatro o cinco años así que Jesús debido de nacer en realidad hacia el 4 ó el 5 a.C.

En esa época, Palestina llevaba décadas bajo el poder de Roma desde que Pompeyo la incorporara al Imperio en el 63 a.C. El prínceps era Octavio Augusto, el todo poderoso emperador de Roma y máxima autoridad en las provincias, incluida Palestina.

Esta tierra estaba dividida en cuatro provincias: Judea, Galilea, Samaria y Perea y sobre todas ellas gobernaba el rey judío Herodes el Grande. Un títere de los romanos que, después de eliminar toda disidencia, monumentalizó Jerusálem, la capital, al estilo de las ciudades romanas. Herodes reinó hasta el 4 a.C. y parece que fue un gobernante eficaz que impulsó la economía de Palestina. Para la tradición fue el malvado rey que mandó ejecutar a todos los recién nacidos pero de eso no hay constancia en las fuentes históricas.

Palestina en torno al año 1 a.C. dividida en cuatro provincias


La economía de Palestina era agrícola basada en la trilogía mediterránea (cereal, vid y olivo). La religión era el judaísmo y sus tradiciones eran respetadas por los romanos que no buscaban (de momento) la asimilación de los israelitas. Se limitaban a cobrar los impuestos del César y a que los judíos se mantuviesen tranquilos sin protagonizar revueltas.

Hacia el 4 a.C. (o años después, depende de las fuentes), Augusto ordenó la elaboración de un censo en todo el Imperio. Se trataba de realizar una lista de los habitantes que vivían en las provincias para tenerlos controlados. Toda la población debía acudir a sus lugares de origen y apuntarse en dicha lista.

En ese año, un carpintero afincado en Nazaret y de nombre José acababa de recibir la noticia de que su esposa, la joven María, esperaba un hijo (según la tradición, María era virgen pero la Historia no es capaz de afirmarlo, obviamente). El caso es que José y María, cumpliendo el mandato de Augusto, tuvieron que viajar hasta Belén, donde había nacido el carpintero. Recorrieron en un borrico los 115 km que separan Nazaret y Belén, con María a punto de dar a luz.

Al llegar a Belén, una noche, María se puso de parto pero según la tradición, no encontraron alojo en ninguna de las posadas que había en la ciudad. El único cobijo que encontraron fue un establo abandonado. Allí pasaron la noche al calor de un buey y el borrico. Y allí nació Jesús quien estaba destinado a cambiar el rumbo de la Historia. 

Dicen que un ángel avisó a los pastores que cuidaban sus rebaños en los alrededores de Belén de la llegada del Mesías. También dicen que días después, tres magos de Oriente acudieron a adorar al Salvador. Jesús no nació un 25 de diciembre, pero la tradición ha conservado esa fecha porque es el día en el que la luz comienza a vencer a las tinieblas.



¡Feliz Navidad a todos!

sábado, 12 de octubre de 2013

DE HISPANIA A ESPAÑA


Según la tradición, cuando los fenicios llegaron al extremo occidental del mundo hacia el siglo X a.C., se encontraron con una tierra inhóspita, tan pronto seca como húmeda, tan pronto fría como calurosa. Una tierra contradictoria. Aquellos fenicios, que buscaban crear una colonia donde comerciar con los indígenas necesitaron tres viajes hasta dar con el lugar exacto, más allá de las columnas de Hércules. Allí fundaron Gadir.

Pero Gadir sólo era la puerta de entrada a una tierra inmensa, habitada por gentes que unas veces eran hospitalarias y otras guerreaban sin cesar hasta expulsar a los extranjeros de su territorio. Allí, donde abundaban los metales y unos extraños animales, los conejos. Quizá por eso, a aquel lugar lo llamaron “I-Span-ya”, según unas fuentes “tierra de conejos”, según otras “tierra donde se forja el metal”.

A esa inmensa isla, pues para los fenicios era isla, los griegos la llamaron Iberia y en el siglo III a.C. los romanos la llamaron Hispania. Una tierra inmensamente rica, inmensamente inhóspita y con habitantes hostiles. Las legiones romanas tardaron dos siglos en conquistarla por completo mientras otros países de Europa como la Galia fueron conquistados en cincuenta años.

Pero Hispania era más que una división administrativa del Imperio Romano. Era un región del mundo conocido, a la Península Ibérica se la conocía como Hispania y siempre se la tomó como un todo. Hispania era tierra de filósofos, de emperadores y de buen vino para los romanos.
 
Moneda con la efigie del Emperador Adriano, de origen hispano. En reverso se puede ver la alegoría a su tierra natal, Hispania.
 

Siglos más tarde, a esa tierra, los árabes la llamarían al-Ándalus, siendo sinónimo de Hispania. También la llamaron Hésperis en alusión a una de las horas, las guardianas que custodiaban el tiempo desde el alba hasta el anochecer. La tierra donde se pone el sol.

Por aquel entonces, en el siglo VIII d.C. en el norte de Hispania se habían hecho fuertes algunos irreductibles visigodos en cuya mente se encontraba ya la idea de reconquistar “la España perdida”. Y es que estaba claro que Hispania era mucho más que una región, era ya una tierra con identidad propia, ocupada por el Islam pero con un corazón común.

Se dice también que los francos llamaban “hispani” a todos los habitantes del sur de los Pirineos que llegaron a la Galia huyendo del Islam. Todos aquellos “hispani” tenían un sentimiento común de pertenencia a algo superior, a una tierra legendaria: Hispania.Tanto es así que en plena Edad Media, cuando la Península se encontraba dividida en multitud de reinos, algunos monarcas se titulaban “Rex Hispaniae” haciendo referencia al “Regnum Hispaniae”.

Había muchas Españas, tantas como reinos peninsulares, pero sólo había un sentimiento, el de pertenencia a una nación. En el horizonte se encontraba la unificación y esta debería ser con los reinos de Castilla y Aragón. Portugal, perteneciente a la región de Hispania, no se unió y cuando lo hizo sería ya demasiado tarde.

Desde entonces, Hésperis, Hispania, al-Ándalus, España, las Españas o Iberia ha permanecido unida. Los españoles, esos seres peculiares que habitaban aquella tierra inhóspita y rica, han permanecido siempre juntos.

sábado, 2 de marzo de 2013

UN DÍA Y UNA NOCHE

Platón, hizo una descripción precisa del cataclismo que hundió la mítica Atlántida hace milenios. Según el gran filósofo griego, la ciudad se encontraba frente a las columnas de Hércules que sellaban la entrada al Mediterráneo y un día y una noche bastaron para acabar con los soberbios atlantes.
 
Simplemente un día y una noche, simplemente una ola de 10 metros bastó para destruir la magnífica ciudad ¿tartessa? ubicada en lo que hoy son las marismas de Doñana según algunos estudios.
 
Simplemente un día y una noche, simplemente una ola de 10 metros bastó para que 2.500 años después de la Atlantida, en 2011, el este de Japón quedase arrasado. Desgraciadamente terremotos, como el que sacudió literalmente la isla de Japón de magnitud 9 en una escala de 10, han sido una constantes en la historia de la Humanidad y siempre se ha intentado culpar a los dioses o a poderes sobrenaturales.
 
En realidad, nada hay más natural que un terremoto y un tsunami: el castigo divino denominado “Diluvio Universal” no fue más que un terremoto y su posterior tsunami que inundó Oriente Próximo, y las Plagas de Egipto no fueron enviadas sobre el Nilo por Dios sino por un terremoto o un volcán en el Mediterráneo.
 
La Humanidad nunca pudo entender semejantes catástrofes que como en Japón, han azotado a todas las culturas. Lo que sí podemos hacer es, como se hizo en Japón, permanecer unidos y luchar contra la Madre Tierra que también mata.
 
Los habitantes del País del Sol Naciente dieron entonces, hace dos años, una lección que debemos aprender en el resto del mundo: Lo importante no es quien gane o quien pierda sino que hay alguien que pierde y hay que ayudarle.
 
Los atlantes nunca más se recuperaron porque fueron castigados por las divinidades a causa de su soberbia, pero el Japón de hace dos años sí se volvió a levantar porque estaban preparados para ello y sobre todo, querían (y quieren) hacerlo. Después de todo, un día y una noche no pudieron tirar al traste más de treinta siglos de Historia…
 
Os aconsejo que entréis en esta página web sobre fotografías de lo que es capaz de hacer la Madre Tierra sobre la Humanidad. Tomadas en Japón en marzo de 2011.