España tiene un problema en su flanco sur. Los acontecimientos ocurridos a finales de julio en la ciudad autónoma de Ceuta no son, desde luego, una crisis migratoria sino un nuevo órdago de Marruecos a España. El uso de migrantes es uno más de los múltiples instrumentos en las modernas guerras híbridas del siglo XXI. Y el gobierno de Rabat lo ha utilizado una vez más para presionar al español y evidenciar la vulnerabilidad de la frontera española de Ceuta y Melilla.
Pongámonos en contexto. El Estado marroquí fue constituido en 1956 tras su independencia de España y Francia. Desde entonces, la monarquía alauita ha desarrollado un plan expansionista que incluyó, entre otras acciones, la anexión del Sáhara Occidental en 1975 tras la Marcha Verde. Territorio, por cierto, que sigue pendiente de descolonizar. El irredentismo marroquí reclama también zonas marítimas en el Atlántico, corredores comerciales en el Mediterráneo y África y las posesiones españolas en el norte de este continente: algunos islotes deshabitados y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. En 2002, el desembarco de tropas marroquíes en el islote Perejil, bajo soberanía española, fue un aviso de la agresividad de Marruecos. Los pleitos por los límites marítimos en los alrededores de las Islas Canarias o la construcción del megapuerto de Nador que rivalizará con Algeciras y Valencia son otros ejemplos. Rabat nunca ha ocultado sus aspiraciones expansionistas sobre Ceuta y Melilla.
Debemos tener en cuenta que Ceuta y Melilla no son consideradas colonias por parte de las Naciones Unidas ya que la presencia española se remonta a los siglos XV y XVI y hoy disfrutan de una amplia autonomía. Hasta hace poco tiempo, nadie cuestionaba su sobarenía más allá del ultranacionalismo marroquí. La frontera entre ambas ciudades y Marruecos es la única frontera terrestre entre la Unión Europea y África y, en la actualidad, es absolutamente permeable pues los marroquíes no necesitan visado para cruzarla y entrar en territorio español. Numerosos trabajadores cruzan diariamente la valla procedentes de las localidades marroquíes de alrededor. El control fronterizo se realiza en las conexiones aéreas y marítimas entre las ciudades y el resto de España. Esto ha favorecido la interrelación de ambas ciudades con su entorno cercano, así como el desarrollo económico en la zona.
Desde el punto de vista migratorio, ambos enclaves son, por supuesto, lugares calientes. La valla separa dos mundos completamente diferentes en cuanto a nivel de desarrollo económico y social. Son, además, la puerta de entrada a Europa desde África. Desde hace décadas, la Unión Europea y España han externalizado la gestión de las oleadas de migrantes. Marruecos, igual que otros países extraeuropeos como Turquía, reciben ayudas de la UE para contenerlos. En este sentido, el Estado marroquí tiene todos los medios necesarios para evitar asaltos a la valla de Ceuta y de Melilla. El problema es que Marruecos no es un socio fiable. El gobierno de Mohamed VI mantiene una actitud ambivalente con España y utiliza a los migrantes como un instrumento de presión para conseguir ventajas políticas y comerciales con España y con la Unión Europea. En otras palabras, Rabat permite que miles de migrantes asalten Ceuta y Melilla cuando le da la gana.
Esto deja en una situación de debilidad absoluta a ambos enclaves pues su seguridad acaba dependiendo de Marruecos que, además, no reconoce la soberanía española. Marruecos no es tampoco una democracia sino una satrapía en la que el monarca Mohamed VI posee enorme capacidad de decisión en todos los ámbitos y controla las principales empresas del país mientras el grueso de la población vive en la pobreza. Un ejemplo significativo de todo ello es la construcción del estadio de fútbol Hassan II en Casablanca que está financiado parcialmente con capitales españoles y europeos. Tendrá una capacidad para 115.000 espectadores, el más grande de África, y pretende reemplazar al Santiago Bernabéu en la Copa del Mundo de 2030, que tiene previsto celebrarse en Portugal, España y Marruecos. España está alimentando al monstruo que amenaza con devolarlo.
Por otro lado, Marruecos ha estrechado lazos con Estados Unidos e Israel. Trump no oculta sus simpatías por el reino alauita. Ha reconocido el Sáhara Occidental como una provincia marroquí y ha intensificado la venta de armas a Marruecos. Rabat ha dado el nombre del presidente de Estados Unidos a la autovía que une el país con el Sáhara Occidental. Algo parecido ocurre con Israel desde los Acuerdos de Abraham, impulsados por Trump. La normalización de relaciones entre ambos países ha llevado a Tel Aviv a reconocer la soberanía marroquí en el Sáhara. El Mossad ha suministrado equipamiento militar y servicios de inteligencia al ejército marroquí que, como es fácil suponer, se está armando hasta los dientes. Hace días leí en un periódico que el Ejército de Tierra español cuestionaba ya en un informe la superioridad militar española sobre Marruecos en caso de conflicto. Ahí es nada.
Justo en el momento de mayor acercamiento entre Marruecos y Estados Unidos e Israel, se produce el mayor distanciamiento entre ambas potencias y España. El gobierno de Pedro Sánchez se ha esforzado en los últimos meses en mantener una postura más autónoma en cuestiones internacionales y especialmente crítica con las acciones de Israel en Gaza y con la Guerra de Irán. A pesar de que Estados Unidos y España son aliados y ambos son miembros de la OTAN, Trump no oculta sus simpatías hacia nuestro vecino del sur y sus desavenencias con el gobierno de Madrid. El asalto a la valla de Ceuta fue aprovechado también por la Administración Trump a nivel interno para justificar su durísima política anti-inmigratoria y para advertir de lo que podría ocurrir en la frontera con México si se relaja. Por cierto, el paraguas protector de la OTAN no incluye las ciudades de Ceuta y Melilla por encontrarse en África y no en el continente europeo, así que los aliados no tienen obligación de socorrer a España en caso de ataque a dichas ciudades.
Israel, por supuesto, también está usando el incidente en Ceuta para cuestionar la legitimidad de la política internacional del gobierno de España. Acusa a España de colonizar territorios que son marroquíes (a la sazón, Ceuta y Melilla), mientras critica las acciones israelíes en Palestina. En redes sociales, además, boots vinculados al Estado sionista están difundiendo mensajes sobre la debilidad del gobierno español ante lo que está ocurriendo. Éste es, en definitiva, otro instrumento más de la guerra híbrida a la que hemos aludido. También hay numerosas cuentas en árabe que están difundiendo mensajes falsos sobre las posesiones españolas en el norte de África cuestionando su soberanía. Hay quien dice que el Mossad pudo estar vinculado de alguna manera con el asalto a Ceuta de finales de julio.
¿Y qué hace mientras tanto el gobierno español? Intenta solventar la situación sin ofender demasiado a Marruecos y evitando acusar directamente al gobierno de Rabat de lo ocurrido en Ceuta. Esta actitud inocente ha llevado a algunos miembros del gobierno a decir que Marruecos es un buen amigo y un socio fiable, a pesar de todo. Desde hace muchas décadas, la actitud del gobierno de Madrid hacia el vecino del sur es, en cierta forma, sumisa e imprudente. Se evita cualquier provocación que pueda irritar a Rabat. ¿Por qué si no el rey Felipe VI no ha visitado nunca Ceuta y Melilla? Se sigue enviando ayuda a Marruecos a pesar de que es manifiesto que se utiliza para fines diferentes a los acordados y no se condena nunca ninguna acción del gobierno marroquí en cualquier ámbito, como la constante vulneración de los derechos humanos de los opositores. El gobierno de Pedro Sánchez incluso admitió que la única salida para el problema del Sáhara Occidental era la autonomía dentro del reino marroquí, un giro en la línea política de Madrid desde la Marcha Verde. Y es que con el gobierno alauita hay que andar con mucho cuidado. Algunos dicen que la reciente visita del presidente del gobierno a Argel, rival tradicional de Marruecos en el norte de África, ha irritado tanto al gobierno de Mohamed VI que ha desencadenado la crisis de Ceuta.
¿Y la Unión Europea? ¿Qué actitud ha adoptado en todo esto? Como siempre, ni está ni se la espera. El apoyo por parte de los países (en teoría) amigos de la Unión Europea ha sido escaso. Algunos amenazaron con expulsar a España del Espacio Schengen que permite la libre circulación de personas entre los miembros. Tal fue el caso de Italia y de Finlandia. Otros han mostrado cierto apoyo a España aunque con críticas veladas, como Francia y Portugal. La mayoría se ha mantenido distante y no se han pronunciado en demasía. La Comisión Europea tampoco ha acusado directamente a Marruecos para no provocar más a la fiera. Recordemos, no obstante, que España sí participa en las operaciones militares de disuasión en Europa del Este, en apoyo de sus aliados, a pesar de que aquel frente le queda demasiado lejos.
Recuerdo que, cuando la Guerra de Ucrania acababa de estallar, hablábamos en una clase de 2°Bachillerato sobre sus causas y consecuencias. Debatíamos también sobre la postura que debía adoptar España al respecto, si debía apoyar sin fisuras a sus aliados en un frente que le pilla demasiado lejos, como es Europa Oriental, o si, por el contrario, debía distanciarse prudentemente de un lugar que no le importa demasiado. Al final de la clase, cuando estaba a punto de terminar, yo les abrí un nuevo escenario: ¿No deberíamos estar más preocupados por Marruecos que por Rusia? ¿Y si al sátrapa de Marruecos se le antoja invadir Ceuta y Melilla? ¿Estamos preparados para una guerra abierta? Los alumnos me miraron un poco atónitos porque nunca se lo habían planteado. En aquella ocasión yo tampoco ahondé más en el tema porque el timbre del final de la sesión acaba de sonar. Ahora recuerdo sin embargo, aquella conversación. Desde luego, España tiene un problema en su flanco sur.