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jueves, 6 de agosto de 2026

MARRUECOS: EL PROBLEMA DEL FLANCO SUR


España tiene un problema en su flanco sur. Los acontecimientos ocurridos a finales de julio en la ciudad autónoma de Ceuta no son, desde luego, una crisis migratoria sino un nuevo órdago de Marruecos a España. El uso de migrantes es uno más de los múltiples instrumentos en las modernas guerras híbridas del siglo XXI. Y el gobierno de Rabat lo ha utilizado una vez más para presionar al español y evidenciar la vulnerabilidad de la frontera española de Ceuta y Melilla.

Pongámonos en contexto. El Estado marroquí fue constituido en 1956 tras su independencia de España y Francia. Desde entonces, la monarquía alauita ha desarrollado un plan expansionista que incluyó, entre otras acciones, la anexión del Sáhara Occidental en 1975 tras la Marcha Verde. Territorio, por cierto, que sigue pendiente de descolonizar. El irredentismo marroquí reclama también zonas marítimas en el Atlántico, corredores comerciales en el Mediterráneo y África y las posesiones españolas en el norte de este continente: algunos islotes deshabitados y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. En 2002, el desembarco de tropas marroquíes en el islote Perejil, bajo soberanía española, fue un aviso de la agresividad de Marruecos. Los pleitos por los límites marítimos en los alrededores de las Islas Canarias o la construcción del megapuerto de Nador que rivalizará con Algeciras y Valencia son otros ejemplos. Rabat nunca ha ocultado sus aspiraciones expansionistas sobre Ceuta y Melilla. 

Debemos tener en cuenta que Ceuta y Melilla no son consideradas colonias por parte de las Naciones Unidas ya que la presencia española se remonta a los siglos XV y XVI y hoy disfrutan de una amplia autonomía. Hasta hace poco tiempo, nadie cuestionaba su sobarenía más allá del ultranacionalismo marroquí. La frontera entre ambas ciudades y Marruecos es la única frontera terrestre entre la Unión Europea y África y, en la actualidad, es absolutamente permeable pues los marroquíes no necesitan visado para cruzarla y entrar en territorio español. Numerosos trabajadores cruzan diariamente la valla procedentes de las localidades marroquíes de alrededor. El control fronterizo se realiza en las conexiones aéreas y marítimas entre las ciudades y el resto de España. Esto ha favorecido la interrelación de ambas ciudades con su entorno cercano, así como el desarrollo económico en la zona.

Desde el punto de vista migratorio, ambos enclaves son, por supuesto, lugares calientes. La valla separa dos mundos completamente diferentes en cuanto a nivel de desarrollo económico y social. Son, además, la puerta de entrada a Europa desde África. Desde hace décadas, la Unión Europea y España han externalizado la gestión de las oleadas de migrantes. Marruecos, igual que otros países extraeuropeos como Turquía, reciben ayudas de la UE para contenerlos. En este sentido, el Estado marroquí tiene todos los medios necesarios para evitar asaltos a la valla de Ceuta y de Melilla. El problema es que Marruecos no es un socio fiable. El gobierno de Mohamed VI mantiene una actitud ambivalente con España y utiliza a los migrantes como un instrumento de presión para conseguir ventajas políticas y comerciales con España y con la Unión Europea. En otras palabras, Rabat permite que miles de migrantes asalten Ceuta y Melilla cuando le da la gana.

Esto deja en una situación de debilidad absoluta a ambos enclaves pues su seguridad acaba dependiendo de Marruecos que, además, no reconoce la soberanía española. Marruecos no es tampoco una democracia sino una satrapía en la que el monarca Mohamed VI posee enorme capacidad de decisión en todos los ámbitos y controla las principales empresas del país mientras el grueso de la población vive en la pobreza. Un ejemplo significativo de todo ello es la construcción del estadio de fútbol Hassan II en Casablanca que está financiado parcialmente con capitales españoles y europeos. Tendrá una capacidad para 115.000 espectadores, el más grande de África, y pretende reemplazar al Santiago Bernabéu en la Copa del Mundo de 2030, que tiene previsto celebrarse en Portugal, España y Marruecos. España está alimentando al monstruo que amenaza con devolarlo.

Por otro lado, Marruecos ha estrechado lazos con Estados Unidos e Israel. Trump no oculta sus simpatías por el reino alauita. Ha reconocido el Sáhara Occidental como una provincia marroquí y ha intensificado la venta de armas a Marruecos. Rabat ha dado el nombre del presidente de Estados Unidos a la autovía que une el país con el Sáhara Occidental. Algo parecido ocurre con Israel desde los Acuerdos de Abraham, impulsados por Trump. La normalización de relaciones entre ambos países ha llevado a Tel Aviv a reconocer la soberanía marroquí en el Sáhara. El Mossad ha suministrado equipamiento militar y servicios de inteligencia al ejército marroquí que, como es fácil suponer, se está armando hasta los dientes. Hace días leí en un periódico que el Ejército de Tierra español cuestionaba ya en un informe la superioridad militar española sobre Marruecos en caso de conflicto. Ahí es nada.

Justo en el momento de mayor acercamiento entre Marruecos y Estados Unidos e Israel, se produce el mayor distanciamiento entre ambas potencias y España. El gobierno de Pedro Sánchez se ha esforzado en los últimos meses en mantener una postura más autónoma en cuestiones internacionales y especialmente crítica con las acciones de Israel en Gaza y con la Guerra de Irán. A pesar de que Estados Unidos y España son aliados y ambos son miembros de la OTAN, Trump no oculta sus simpatías hacia nuestro vecino del sur y sus desavenencias con el gobierno de Madrid. El asalto a la valla de Ceuta fue aprovechado también por la Administración Trump a nivel interno para justificar su durísima política anti-inmigratoria y para advertir de lo que podría ocurrir en la frontera con México si se relaja. Por cierto, el paraguas protector de la OTAN no incluye las ciudades de Ceuta y Melilla por encontrarse en África y no en el continente europeo, así que los aliados no tienen obligación de socorrer a España en caso de ataque a dichas ciudades.

Israel, por supuesto, también está usando el incidente en Ceuta para cuestionar la legitimidad de la política internacional del gobierno de España. Acusa a España de colonizar territorios que son marroquíes (a la sazón, Ceuta y Melilla), mientras critica las acciones israelíes en Palestina. En redes sociales, además, boots vinculados al Estado sionista están difundiendo mensajes sobre la debilidad del gobierno español ante lo que está ocurriendo. Éste es, en definitiva, otro instrumento más de la guerra híbrida a la que hemos aludido. También hay numerosas cuentas en árabe que están difundiendo mensajes falsos sobre las posesiones españolas en el norte de África cuestionando su soberanía. Hay quien dice que el Mossad pudo estar vinculado de alguna manera con el asalto a Ceuta de finales de julio.

¿Y qué hace mientras tanto el gobierno español? Intenta solventar la situación sin ofender demasiado a Marruecos y evitando acusar directamente al gobierno de Rabat de lo ocurrido en Ceuta. Esta actitud inocente ha llevado a algunos miembros del gobierno a decir que Marruecos es un buen amigo y un socio fiable, a pesar de todo. Desde hace muchas décadas, la actitud del gobierno de Madrid hacia el vecino del sur es, en cierta forma, sumisa e imprudente. Se evita cualquier provocación que pueda irritar a Rabat. ¿Por qué si no el rey Felipe VI no ha visitado nunca Ceuta y Melilla? Se sigue enviando ayuda a Marruecos a pesar de que es manifiesto que se utiliza para fines diferentes a los acordados y no se condena nunca ninguna acción del gobierno marroquí en cualquier ámbito, como la constante vulneración de los derechos humanos de los opositores. El gobierno de Pedro Sánchez incluso admitió que la única salida para el problema del Sáhara Occidental era la autonomía dentro del reino marroquí, un giro en la línea política de Madrid desde la Marcha Verde. Y es que con el gobierno alauita hay que andar con mucho cuidado. Algunos dicen que la reciente visita del presidente del gobierno a Argel, rival tradicional de Marruecos en el norte de África, ha irritado tanto al gobierno de Mohamed VI que ha desencadenado la crisis de Ceuta.

¿Y la Unión Europea? ¿Qué actitud ha adoptado en todo esto? Como siempre, ni está ni se la espera. El apoyo por parte de los países (en teoría) amigos de la Unión Europea ha sido escaso. Algunos amenazaron con expulsar a España del Espacio Schengen que permite la libre circulación de personas entre los miembros. Tal fue el caso de Italia y de Finlandia. Otros han mostrado cierto apoyo a España aunque con críticas veladas, como Francia y Portugal. La mayoría se ha mantenido distante y no se han pronunciado en demasía. La Comisión Europea tampoco ha acusado directamente a Marruecos para no provocar más a la fiera. Recordemos, no obstante, que España sí participa en las operaciones militares de disuasión en Europa del Este, en apoyo de sus aliados, a pesar de que aquel frente le queda demasiado lejos.

Recuerdo que, cuando la Guerra de Ucrania acababa de estallar, hablábamos en una clase de 2°Bachillerato sobre sus causas y consecuencias. Debatíamos también sobre la postura que debía adoptar España al respecto, si debía apoyar sin fisuras a sus aliados en un frente que le pilla demasiado lejos, como es Europa Oriental, o si, por el contrario, debía distanciarse prudentemente de un lugar que no le importa demasiado. Al final de la clase, cuando estaba a punto de terminar, yo les abrí un nuevo escenario: ¿No deberíamos estar más preocupados por Marruecos que por Rusia? ¿Y si al sátrapa de Marruecos se le antoja invadir Ceuta y Melilla? ¿Estamos preparados para una guerra abierta? Los alumnos me miraron un poco atónitos porque nunca se lo habían planteado. En aquella ocasión yo tampoco ahondé más en el tema porque el timbre del final de la sesión acaba de sonar. Ahora recuerdo sin embargo, aquella conversación. Desde luego, España tiene un problema en su flanco sur. 



Quizá esta imagen generada con IA sirva para resumir los vicios de la Monarquía de Mohamed VI

domingo, 15 de marzo de 2026

HIJOS DE PUTA DE AQUÍ Y DE ALLÁ


Los conceptos del bien y el mal, de lo bueno y lo malo no son universalmente idénticos. En la cultura occidental se basan en normas y principios morales que derivan de la filosofía griega, el derecho romano y el Cristianismo. Lo bueno es lo que se ajusta a éstos y lo malo, lo que se desvía de ellos. En otras culturas, asiáticas y africanas fundamentalmente, estas ideas son diferentes. El bien está más relacionado con la armonía y el papel que uno juega en el entorno en el que vive, su complementariedad con otros elementos del sistema, como el Yin y el Yan, que se complementan el uno al otro.

Siempre que tratamos un conflicto o una guerra en clase aparecen unas preguntas clásicas: ¿Quién es el bueno? ¿Quién es el malo? Y esto fue lo que ocurrió el otro día mientras hablábamos de lo que estaba pasando en Oriente Próximo, en el conflicto de Irán frente a Estados Unidos e Israel. Incapaz de darles una respuesta, de discernir quién es el bueno y quién es el malo en todo este barullo, acabé confesando lo evidente: que nadie sabe lo que está pasando a ciencia cierta y que nada es como parece en realidad. Y de aquel planteamiento acabamos sacando algunas conclusiones interesantes.

Disney nos enseñó en nuestra infancia a identificar claramente al bueno y al malo, al héroe y al villano. Disney refleja con exactitud los conceptos de bien y mal de la cultura occidental que decíamos antes. En cada película, el bueno es quien vence, quien defiende los valores de la justicia y el honor. Es el guapo, el alto y el apuesto. El malo, por el contrario, acumula todo lo negativo, la locura, la maldad, la venganza, la injusticia. Es el feo, el oscuro, y siempre acaba siendo derrotado. Nadie cuestiona si todos los actos del bueno son correctos y tampoco nadie se para a pensar, por un momento, en los motivos del malo para hacer lo que hace. Juzgamos los actos correctos o incorrectos e inferimos si la persona que los cometió es buena o mala por ello, pero no pensamos en las causas que provocaron aquellos actos.

Todos llevamos a nuestra vida diaria estas ideas aprendidas cuando éramos pequeños. Y lo aplicamos a todo lo que nos rodea, sea lo que sea, también a la actualidad. Enseguida identificamos el bien y el mal, el negro y el blanco. Y esto nos hace distinguir con asombrosa nitidez a los buenos y a los malos y a establecer un nosotros y un ellos. No nos paramos a pensar en los matices, en las causas y los motivos de cada acto. Nos ponemos del lado de quien consideramos bueno y nos distanciamos irremediablemente del malo, sin darle siquiera una oportunidad para explicar sus acciones.

En nuestro país, la clase política tiende a hacer lo mismo sobre cualquier tema, tenga la trascendencia que tenga. Nuestros políticos son tan cortos de vista y de mente que no ven la realidad con toda su magnitud. Y lo mismo ocurre con los medios de comunicación y con esos tertulianos - influencers de tres al cuarto que opinan de todo. Reducida a ideas simples, a mensajes cortos y sencillos, utilizan el bien y el mal para diferenciar entre sus ideas y las de otros, polarizando a la opinión pública. No caben matices, no caben grises. O estás con ellos o contra ellos. 

Si estás conmigo, debes pensar esto, que es lo correcto, lo bueno. Y si no lo piensas, entonces no eres de los míos, estás con el malo. Da igual del tema que se trate, también de los asuntos internacionales, por otra parte, tan complejos. Y en la cuestión del conflicto en Oriente Próximo lo estamos viendo claramente. En un conflicto internacional de una magnitud no vista en años, seguimos empeñados en distinguir al bueno y al malo. Parece que si eres de derechas, debes apoyar a Trump, a Estados Unidos y a Israel, que son los buenos. Si eres de izquierdas, como buen antiimperialista, apoyarás sin fisuras a Irán.

Y yo me niego a elegir entre un hijo de puta y otro. Ese es precisamente el problema: nos obligan a elegir siempre entre dos hijos de puta y no tenemos por qué hacerlo. Nos obligan a identificar al bueno en un conflicto en el que no está claro quién es quién, y, quizá, no haya ningún bueno y todos sean malos. Quizá sea la distancia y la prudencia la mejor posición en todos estos casos.

Estados Unidos e Israel se presentan como los defensores de la civilización occidental frente a un régimen malvado, pero han roto la legalidad internacional para atacarlo y han causado miles de víctimas inocentes tanto en Irán como en Líbano y en otros lugares de Oriente Próximo. Han violado el Derecho Internacional que ellos mismos impusieron después de la Segunda Guerra Mundial. Tanto Trump como Netanyahu se han convertido en tiranos, lunáticos agresivos que no encuentran ningún limite a su poder, que pretenden destruir el orden mundial que conocíamos y que incluso se burlan de las víctimas del conflicto que ellos mismos han provocado. ¿Son éstos son los buenos?

Por otro lado, Irán se una de las dictaduras más sanguinarias que existen hoy en día. La Republica Islámica instaurada en 1979 es un régimen regido por religiosos fanáticos que imponen la versión más estricta de la ley islámica. Los ayatolás han reprimiendo a la oposición, a algunos colectivos, como los homosexuales y las minorías étnicas, y limitan los derechos y las libertades de la mitad de la población, las mujeres. Las protestas de hace unos meses fueron reprimidas con tanta dureza que causaron miles de muertos. En aquel país los derechos y las libertades civiles que damos por sentados en los países europeos son una mera quimera. Se trata de un Estado que usa el terror y la represión como armas de control de una población cada vez más descontenta. ¿Es éste, entonces, el bueno en esta historia?

No nos dejemos engañar, aquí no hay un bueno ni un malo. Aquí son todos unos hijos de puta, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia. No es posible distinguir a unos de otros en la guerra. Así que seamos un poco críticos y no adoptemos un bando tan a la ligera. El mundo no es como lo presentaron las películas de Walt Disney durante tantas décadas. Y ésta suele ser la enseñanza que acabamos extrayendo el otro día en el aula hablando sobre todo estos temas: estemos atentos a lo que ocurre; escuchemos, leamos sobre la guerra; pero desconfiemos de todo, de cualquier noticia, de cualquier imagen, de cualquier rumor. Porque en el mundo en el que vivimos, nada es lo que parece y se empeñan en hacernos elegir bando entre dos hijos de puta. El sentido común, el juicio crítico y la prudencia es lo que nos salva de semejante estupidez.


domingo, 1 de marzo de 2026

¿QUÉ OCURRE CON IRÁN?

Trump, Netanyahu y Jamanei sobre un mapa de Oriente Próximo


En la mañana del último día de febrero de 2026 las alarmas antiaéreas sonaron en las calles de Teherán. Poco después, comenzaron a escucharse fuertes explosiones en diversas zonas de la ciudad. Lo mismo ocurrió en otras ciudades del país, como Isfahán, Qom e Ilam. Los ciudadanos iraníes salieron a las calles mientras el gobierno les pedía que marchasen fuera de la ciudad ya que se preveían nuevos ataques. Se han reportado largas colas en los cajeros automáticos para sacar dinero en efectivo y en las gasolineras para llenar los depósitos de los vehículos.

El ataque fue coordinado por Israel y Estados Unidos y supone una escalada sin precedentes en Oriente Próximo. Se trata, en cualquier caso, de una operación largo tiempo esperada dados los últimos movimientos del gobierno de Estados Unidos. Desde hacía meses, la administración Trump estaba concentrando barcos de guerra en la región. El portaaviones estadounidenses Gerald Ford arribó al puerto de Haifa (Israel) hace un par de días y es previsible que siga navegando en dirección al Golfo Pérsico. No obstante, la fecha ha cogido a los medios internacionales y a la opinión pública por sorpresa porque continuaban las negociaciones entre las delegaciones de Estados Unidos y de Irán en Suiza para un nuevo acuerdo sobre el programa nuclear iraní. Parecía que la vía diplomática seguía abierta pero, es cierto que, para entender cualquier acción de Estados Unidos, debemos tener presente el temperamento impredecible de Trump. 

El ataque norteamericano-israelí no responde ni a una emergencia humanitaria ni a un ataque preventivo. Todo el mundo conoce la debilidad del régimen teocrático de Irán y es fácil suponer que no estaba preparando un ataque contra intereses israelíes ni estadounidenses, así que la operación militar no se puede justificar de ese modo. La agresión israelí y estadounidense tampoco ha contado con la autorización de las Naciones Unidas y es contraria al derecho internacional, aunque, desde hace mucho tiempo, ambos tienen poca influencia frente a intervenciones unilaterales y agresiones militares de este tipo. Recordemos Ucrania en 2022, Gaza en 2023 y Venezuela hace tan solo unos meses.

El objetivo de Netanyahu y de Trump no es otro que rediseñar el tablero geopolítico de Oriente Próximo. Ambos líderes lo han reconocido abiertamente. El líder israelí lleva trabajando en este objetivo desde 2023. En este contexto, la República Islámica de Irán es una de las grandes piezas a destruir. Quieren acabar con el polémico programa nuclear iraní, debilitar también su arsenal de misiles balísticos que constituyen, quizá, la única amenaza iraní contra Israel y provocar la caída del régimen teocrático. Por eso, uno de los primeros objetivos fue el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. El complejo residencial del ayatolá fue bombardeado y Jamenei murió en el ataque según ha confirmado el propio gobierno iraní.

La intervención en Irán tiene el antecedente de la Guerra de los 12 Días (12-24 de junio de 2025), aunque aquella fue una acción más mesurada. Entonces, Israel atacó sólo instalaciones militares y nucleares en Irán, que respondió lanzando misiles sobre Israel, previa advertencia. El bombardeo estadounidense sobre la instalación nuclear de Fordow el 22 de junio amenazó con escalar aún más el conflicto, aunque finalmente se llegó a un alto el fuego. Ahora, la operación militar es de mayor envergadura y sus desenlaces aún están por descubrirse.

La debilidad del régimen de los ayatolás en la región no se le escapa a nadie. Las milicias aliadas de Irán en la zona, los llamados "proxies", se encuentran desarticuladas tras las guerras de los años anteriores contra Israel. Hezbolá, que en otros momentos llego a ser una gran amenaza para Israel, hoy tiene una influencia meramente local en el sur del Líbano. Hamás sufrió un durísimo golpe durante la Guerra de Gaza (2023 - 2025). Siria fue aliada de Irán durante la dictadura de Al-Asad, pero el nuevo gobierno se ha distanciado de Teherán. Los hutíes de Yemen no representan una amenaza más allá del Mar Rojo y las milicias chiíes de Iraq no tienen una capacidad operativa relevante en la actualidad. A ello hay que sumar la indiferencia de la Rusia de Putin hacia su aliado histórico y el nuevo eje de naciones sunnitas aliadas (Turquía - Arabia Saudí - Pakistán) que supone un poderoso contrapeso al Irán chiita.

A nivel interno, la teocracia iraní se encuentra sumida en una profunda crisis. A la crisis económica que arrastra desde hace años por las sanciones internacionales hay que sumar el malestar ciudadano. Las masivas manifestaciones de protesta contra la dictadura de los últimos meses, ahogadas en sangre y con miles de muertos, ha sido una clara evidencia de ello. La muerte del líder supremo, el ayatolá Jamenei, de 86 años, supone un antes y un después en Irán. No cuenta con un sucesor claro y su desaparición provocará a medio plazo una lucha por el poder en el régimen iraní de consecuencias difíciles de prever. Debemos tener en cuenta, además, que en Irán existen numerosas facciones y grupos enfrentados cuya única unión es la lealtad al ayatolá. Trump ha llamado a la Guardia Revolucionaria iraní, auténtico soporte del régimen, a que deponga las armas y se rinda y a los ciudadanos iraníes a derribar al gobierno y tomar el control del país. Pero la fuerza represiva del régimen sigue intacta y es posible que, tras la eliminación de Jamenei, tomen el poder los sectores más radicales del régimen. 

Otro aspecto a tener en cuenta es la oposición interna, que se encuentra desunida y sin un líder claro que pueda aglutinar los apoyos necesarios para iniciar una transición a la democracia. En los últimos meses, Reza Pahlavi, hijo del último sah de Irán, depuesto por la Revolución Islámica de 1979, se ha erigido en la voz de los opositores. No obstante, se trata de un arribista que vive en Nueva York desde hace décadas, no conoce la realidad iraní y no dispone de fuerza ni apoyos en el interior del país. No es una alternativa realista a la teocracia. La transición a la democracia en Irán se antoja, por ello, una vía extremadamente arriesgada e impredecible, aunque todo esto importe poco a Netanyahu y Trump.

La respuesta de Irán al ataque ha sido inmediata. En Israel, se han escuchado explosiones tanto en Jerusalén como en Tel Aviv. El gobierno de Netanyahu ha pedido a sus ciudades que permanezcan en alerta ante posibles ataques. También han sido atacadas las bases militares de Estados Unidos en el Golfo Pérsico: en Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Arabia Saudí. Estas instalaciones, resultado de acuerdos con los gobiernos anfitriones, son una pieza esencial de la influencia norteamericana en Oriente Próximo, así como para la protección de Israel. Por eso, Irán considera traidores a todos estos países de población musulmana y han sido bombardeados esta mañana. El gobierno de Teherán, no obstante, ha incidido en la idea de su defensa frente a la agresión externa y, consciente de su posición de inferioridad, se ha mostrado partidario de una desescalada. 

¿Y cuáles pueden ser las consecuencias del conflicto? Es difícil que ataques como los de esta mañana provoquen la caída del régimen iraní, incluso con la muerte del ayatolá. No obstante, una guerra duradera sería terrible tanto para Irán como para Israel por los efectos económicos, la inseguridad y el número de muertos. Los intereses estadounidenses y la bases militares en la región también pueden verse afectados. El propio Trump ha reconocido que puede haber bajas estadounidenses. Una escalada mayor implicaría una guerra regional abierta que afectaría a todos los países de la región. Irán, desde luego, es la parte más débil en esta coyuntura, más aún con la muerte del líder. Sus opciones de resistencia pasan por cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que circula el 30% del petróleo mundial y forzar una crisis energética a nivel global mientras continúa negociando con Estados Unidos unas condiciones aceptables para su programa nuclear. De momento, siguen los bombardeos sobre las bases estadounidenses del Golfo Pérsico y sobre Israel. 

lunes, 17 de noviembre de 2025

¿CELEBRAR 50 AÑOS DE LIBERTAD?


Durante todo el año 2025, el gobierno de España ha organizado diversos actos para conmemorar el cincuenta aniversario de la muerte de Franco. Los eventos se enmarcan dentro del programa "España: 50 años en libertad" y se han intensificado en las últimas semanas, culminando el 20 de noviembre, fecha de la muerte del dictador. No se descarta, sin embargo, que se prolonguen en los meses siguientes. A propósito de estos acontecimientos, quería compartir algunas reflexiones.

Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975, después de semanas de agonía, en la ciudad hospitalaria "La Paz", en Madrid. En aquel momento, el Estado franquista se encontraba sumido en una profunda crisis debido a numerosos factores, pero continuaba funcionando. El sistema represivo seguía siendo eficaz y los pilares del régimen estaban intactos: el ejército, la Iglesia, el partido único, etc. Los partidos, sindicatos y asociaciones de la oposición (el antifranquismo) no tenían la fuerza suficiente para propiciar la caída de la dictadura. No habían tenido esa capacidad nunca y en noviembre de 1975 todo seguía igual.

Por ello, no tiene ningún sentido celebrar la democracia en España en torno a la fecha de la muerte de un dictador que, sin embargo, murió en la cama y fue enterrado con honores en un mausoleo. Nunca temió ser derrocado ni expulsado de España. El antifranquismo nunca tuvo fuerza para amenazar la dictadura. No hubo una revolución democrática ni un alzamiento que terminase con el régimen, como sí ocurrió, por ejemplo, en Portugal con la Revolución de los Claveles en abril de 1974. En noviembre de 1975, la dictadura en España permanecía íntegra, aún después de la muerte del dictador. ¿Qué estamos conmemorando, entonces?

A pesar de todo lo dicho, en aquellos momentos, la crisis del régimen era profunda, entre otras razones, por el declive biológico y la desaparición del propio dictador. El franquismo era una dictadura personalista así que era difícil que sobreviviese a la muerte de Franco. Las tensiones internas dentro del franquismo habían aumentado también en los años anteriores: mayor movilización social, creciente oposición en algunos ámbitos (como la Universidad) y mayor actividad terrorista de grupos como ETA y GRAPO. La oposición se había comenzado a reorganizar tímidamente en torno a dos partidos, el PCE y el PSOE, que, no obstante, carecían de fuerza para desestabilizar la dictadura. 

Por otro lado, cada vez más sectores reclamaban la apertura del régimen, su liberalización en mayor o menor grado. Los aperturistas (democristianos, conservadores y liberales tradicionales) estaban tomando posiciones para, llegado el momento, jugar sus cartas. Tan sólo los inmovilistas, "el Bunker", apostaban por el mantenimiento de la dictadura sin ningún cambio. Esto se antojaba imposible a todas luces porque la sociedad española de los años 70 era una sociedad moderna y abierta al exterior, más liberal en sus costumbres, en su estilo de vida y en sus principios y valores. Los españoles se habían modernizado y europeizado; querían democracia y la dictadura suponía un corsé de otro tiempo que había que eliminar.

Además, el contexto internacional era proclive al establecimiento de democracias, como había ocurrido en Portugal y en Grecia en 1974. España era la última dictadura de Europa Occidental. La Tercera Ola Democratizadora, que afectaría después a Latinoamérica y los países comunistas, sería imparable. La pérdida del Sáhara Occidental ante Marruecos después de la "Marcha Verde", unas semanas antes de la muerte de Franco, fue otro síntoma de la descomposición progresiva del régimen y la crisis económica derivada de la subida de los precios del petróleo desde 1973 añadía incertidumbre a una situación ya de por sí delicada.

Aún con todo esto, el 20 de noviembre de 1975, la dictadura de Franco seguía en pie y es probable que hubiese resistido un tiempo si el nuevo jefe de Estado, el rey Juan Carlos, lo hubiese deseado aún a riesgo de jugarse a la postre la corona y la cabeza. Y es que el ejército, baluarte de la dictadura, había sido leal a Franco hasta el final y lo era también al nuevo rey. La mayor parte de los militares recelaban de cualquier democratización. Por eso, creo que no hay nada que celebrar en el medio siglo de la muerte del dictador. Su muerte fue simplemente una ventana de oportunidad para iniciar la Transición a la democracia, el principio del fin de la dictadura, pero sólo el principio del fin. Nadie podía prever el futuro y las cosas en la Transición podían haber salido de otra manera. Muchos, en aquellos momentos de incertidumbre hace 50 años, temían una nueva guerra civil que sumiese a España en el caos y la anarquía.

Hay, sin duda, otras fechas que tienen un mayor simbolismo para celebrar la democracia. Pienso, por ejemplo, en las elecciones generales del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas desde 1936; o la aprobación de la Constitución por el pueblo español en referéndum el 6 de diciembre de 1978. Aquella Constitución sí enterró definitivamente el franquismo y estableció una democracia parlamentaria homologable al resto de países de Europa Occidental. Y es que, de hecho, la Transición está llena de otros hitos que merecen ser recordados y celebrados: la legalización del Partido Comunista de España (PCE) el 9 de abril de 1977 (el "Sábado Santo rojo"), la firma de los Pactos de la Moncloa, símbolo del consenso entre los partidos, el 25 de octubre de 1977; el intento fallido de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981 (23-F) o, incluso, el restablecimiento del gobierno autonómico de Cataluña el 29 de septiembre de 1977.

Cualquiera de estas fechas tiene mayor calado democrático que la muerte del dictador. Cabe preguntarnos, entonces, qué intereses políticos tiene el gobierno de España para conmemorar ésta y no otras fechas. Desde luego, aquello de "España: 50 en libertad" es una falacia, porque, hace medio siglo, España no gozaba de libertad. Empezaría a disfrutar de ella un tiempo después (¿desde 1977 o 1978?) como resultado de una difícil Transición, llena de peligros y tensiones, pero caracterizada por la férrea voluntad de unos y otros de construir una auténtica democracia. Quizá sea esto, y no los muerte del tirano, lo que merezca la pena ser recordado y celebrado.



domingo, 30 de marzo de 2025

SIN TELÉFONO MÓVIL


Estuve hace unos días en un programa de inmersión lingüística en inglés para alumnos de 1° y 2° de ESO en un pueblo asturiano. Una de las normas del campamento era la prohibición del teléfono móvil durante todo el día con la excepción de media hora, la "phone time" que la llamaban. Durante ese rato, los adolescentes podían usarlo libremente en el jardín, en un espacio delimitado. Los teléfonos, como elementos textos, apestosos, no podían llevarse a las cabañas ni a los baños ni a otros espacios del recinto. Finalizado el tiempo, debían devolvérnoslos a los profesores, que los custodiábamos hasta el día siguiente. 

Así lo hicimos durante los cinco días del curso, de lunes a viernes. Ninguno de los treinta y seis alumnos reclamó el teléfono fuera de ese horario; ninguno lo echó en falta; ninguno sintió que le faltara una parte de sí. Allí se reencontraron con otras partes de ellos a menudo eclipsadas por la tecnología: sus amigos, sus habilidades, sus preocupaciones, sus miedos, sus conflictos. La tecnología estuvo ausente y nadie la extrañó. Tan sólo en esos escuálidos treinta minutos, en ese pequeño e insignificante rinconcito del día, los móviles volvían a secuestrar aquellas almas cándidas y despreocupadas, volvían a succionar toda la vida.

Cada día, después de la comida, bajábamos al jardín los profesores con las cajas llenas de teléfonos y yo me sentía un poco el flautista de Hamelín. Los alumnos me seguían esperando la dosis diaria de tecnología que, sin embargo, podíamos haber suprimido sin ningún problema. No hubiese habido síndrome de abstinencia, ni dramas, ni motines, ni desesperación. La necesidad de esa media hora telefónica, la "phone time", la crea la propia norma del campamento, pero no las ansias de los alumnos por sus teléfonos. Cuando los entregábamos, no consultaban con avidez las redes sociales, TikTok, Instagram, WhatsApp y los juegos online no eran su prioridad. 

La prioridad era la misma que hace treinta años, la misma que hace medio siglo. La prioridad era, simple y llanamente, la llamada a sus familias. La necesidad era escuchar la voz de mamá, de papá o de la abuela. Sentir cerca a sus seres queridos, ponerles al día y compartir inseguridades, miedos y anécdotas. Nada más. Una niña pasaba la media hora caminando en círculos relatando cómo había ido su jornada a todos los miembros de su familia, uno por uno. Otro muchacho detallaba con precisión el menú de ese día y, como crítico culinario, daba cuenta de lo que más le había gustado y lo que menos. Otro no podía evitar que sus ojos se humedecieran cuando escuchaba la voz de su madre y de su padre al otro lado del aparato. Y una última pasó todo el tiempo contando a su padre que tenía miedo por las noches porque escuchaba ruidos extraños fuera de su cabaña. Omitía que su risa hasta altas horas de la madrugada era uno de esos ruidos extraños .

Algunos empleaban todo el tiempo en el uso del móvil. Tras la llamada, revisaban las redes sociales, en orden, una por una, en un deambular monótono de TikTok a Instagram y de Instagram a TikTok. También jugaban unos minutos a un juego online que yo desconocía, una especie de Tetris moderno. No pocos, sin embargo, nos devolvían el móvil antes de que se acabase el tiempo, deseosos de continuar con su rutina allí, con sus actividades en aquel micro mundo analógico creado durante cinco días. Volvíamos a meter los aparatos en la caja, cada uno con su cargador y una pegatina con el nombre del alumno a quien correspondían. Por la noche, los cargábamos pacientemente para que estuviesen listos el día siguiente.

Los teléfonos, apagados, silenciados y marginados no supusieron nunca una amenaza para la convivencia en el campamento. Nadie los reclamó, no hubo protestas, no eran tan necesarios. Todo lo que ellos ofrecen es entretenimiento de baja calidad: juegos solitarios, videos cortos, estímulos absurdos. No son, ni mucho menos, imprescindibles ni esenciales. Los muchachos pueden vivir sin esos cachivaches y, cuando lo hacen, se descubren a sí mismos y descubren su entorno. Démosles esa oportunidad. Démosles la oportunidad de aburrirse, de pensar, de dar guerra, de incordiar. Démosles la oportunidad de observar el mundo que les rodea a través de sus ojos, de hablar con el que tienen al lado, de discutir, de reír, de llorar. Sólo tenemos que dársela, que crearla, y ellos la aprovechan sin dudarlo. 


Puente medieval sobre el río Guadamía (Asturias)


domingo, 23 de febrero de 2025

LA TRAICIÓN DEL EMPERADOR JOVIANO


En el año 360 d.C. el rey Arsaces II de Armenia corrió a pedir auxilio al emperador romano Constancio II, que se encontraba en Capadocia. Temía un ataque militar del gran rey de Persia, Sapor II. Tanto Constancio II como su sucesor Juliano firmaron tratados de amistad con el armenio y le prometieron ayuda frente a las agresiones persas. Los vientos cambiaron pronto porque sólo tres años después, en el 363, el nuevo emperador de Roma, Joviano, acordó la paz con Sapor II y los persas ocuparon extensos territorios armenios. Arsaces, abandonado por los romanos, fue capturado por los persas y ejecutado en el año 368. Era el resultado de la traición del aliado y la victoria del agresor.

En pleno siglo XXI se ha repetido la misma historia, los ecos del pasado que no cesan en el presente. En el año 2022, Estados Unidos prometió a Ucrania ayuda militar para hacer frente a la agresión rusa. Bajo el paraguas de la OTAN, Europa y Estados Unidos se comprometieron a sostener a Ucrania frente al imperialismo de Moscú. Tres años después, sin embargo, el nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, negocia ya un acuerdo de paz con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, sin contar con los ucranianos. Como la antigua Armenia, Ucrania va a ser desmembrada y repartida. El presidente Zelensky es el nuevo Arsaces, vendido por su aliado y a merced de su enemigo.

Aquel emperador romano que traicionó a Arsaces, Joviano, pasó a la historia como un gobernante débil y corrupto. Firmó un acuerdo inexplicable con los persas, el enemigo tradicional de Roma, y acabó humillándose ante ellos, pues retiró las tropas romanas al otro lado del río Tigris, después de siglos de luchas contra la Persia Sasánida. Un milenio y medio después, el mundo contempla estupefacto cómo el orden internacional que se había mantenido desde el final de la Guerra Fría está siendo demolido por el presidente Trump. En apenas un mes en el cargo, ha dejado de lado a sus aliados tradicionales, los países europeos, y se encuentra en vías de entendimiento con el dictador ruso. Asistimos al desplome del orden internacional surgido después de la Guerra Fría. El mundo es ahora más inestable e impredecible. 

En las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia no cuenta la opinión de los ucranianos ni la de los aliados europeos, tampoco los acuerdos y los valores políticos y culturales compartidos. Sólo importa el ímpetu impredecible de dos hombres, Trump y Putin, que creen tener el mundo a sus pies. Cínico como pocos, el presidente Trump presenta ahora al agresor como agredido y a la víctima como agresor para justificar su cambio de postura. En realidad, el concepto de poder del nuevo presidente norteamericano se asemeja más al de Putin y otros tiranos que al de las democracias europeas. Ucrania, en este contexto, importa poco. Así que ya ha triunfado la fuerza, la violencia arbitraria, el imperialismo y la mentira. 

En el mundo vuelve a imperar la ley del más fuerte, como a principios del siglo XX. Y esto ha envalentonado a numerosos líderes mundiales. ¿Quién se atreve ahora a pedir explicaciones a Netanyahu por las atrocidades en Gaza o la invasión del Líbano? ¿Quién puede alzar la voz contra la invasión de la Republica Democrática del Congo por las fuerzas ruandesas? ¿Quién osará impedir, en este contexto, que China invada Taiwán? ¿Quién va a pedir explicaciones cuando el rey de Marruecos ordene invadir las ciudades españolas de Ceuta y Melilla? El orden internacional está roto, las Naciones Unidas, que nunca han servido para gran cosa, han quedado por completo desacreditadas y ninguna gran potencia apuesta hoy por la concordia entre las naciones, el entendimiento tranquilo y la mesura en la toma de decisiones. 

Vivimos en un mundo de grandes tiranos: Putin en Rusia, Xi Jinping en China, Trump en los Estados Unidos. Triunfan aquí y allá los líderes mesiánicos, que se presentan como héroes todopoderosos que creen saber la voluntad de sus pueblos. En otros países también han surgido este tipo de líderes, aunque su fuerza e influencia es desigual. Hoy el mundo se parece más al de los años treinta que al de los años noventa del siglo XX. Los engaños, las mentiras y las trampas justifican decisiones arbitrarias, incomprensibles, en aras de intereses personales, poniendo en riesgo la vida de millones de personas. Vivimos en un mundo de sátrapas, de déspotas mentirosos y corruptos, donde la democracia auténtica, como la entendemos en Europa, no tiene cabida. 

Pero todo esto oculta otras cosas. La Roma de Joviano era una Roma en crisis, que había perdido sus valores tradicionales, una Roma decadente, incapaz de asumir que su tiempo había pasado ya. ¿Qué ocurre con Estados Unidos ahora? La deshonra por la firma del humillante tratado con los persas persiguió siempre a Joviano y hoy la Historia lo recuerda por aquello. Lo encontraron muerto en su tienda en Dadastana (actual Turquía) unos meses después de ascender al poder. Quizá murió asfixiado por el humo de una estufa. O quizá fue envenenado con setas. Da igual. Joviano fue uno más de los malos gobernantes de aquel imperio sumido en su crisis definitiva, una civilización que estaba a punto de sucumbir.


domingo, 1 de diciembre de 2024

HABLEMOS DE 'EL REY LEÓN'


Hace demasiado de la última vez que vi "El Rey León", aunque es, con seguridad, la película que más veces he visto. También es la que más me ha distraído en muchos momentos en los que necesitaba distracción. Pensándolo bien, quizá la palabra correcta no sea "distraer", pues su efecto era mucho más profundo, llegaba más adentro. "El Rey León" transmite fuerza y energía, conecta con el pasado y da sentido a muchos tramos del tiempo ya vivido. A pesar de todo, la última vez que la vi fue hace muchos años, demasiados.

Como me ocurre con muchas cosas, "El Rey León" es cíclico en mi vida. Viene y va durante años y nunca termina de marcharse del todo. Siempre hay algo de su historia presente, que aparece en los lugares más insospechados: una canción, una imagen, un libro, un anuncio, un recuerdo. Ahora, como se va a estrenar una precuela sobre Mufasa, el rey león aparece en todos lados y su presencia es mucho más intensa en las redes sociales.

Cuando tenía seis o siete años quedaba fascinado cada vez que mi madre me ponía la película a la hora de comer. Aún conservo la vieja cinta de video que ya no se puede reproducir en ningún sitio. Igual que el DVD que compré después. Las primeras escenas son un recuerdo perenne: los colores amarillos y rojizos del amanecer en la sabana africana, el monte Kilimanjaro, el despliegue de animales llamados a honrar el nacimiento del príncipe y "El ciclo de la vida", la canción imposible de olvidar. No entendía una palabra del comienzo de su letra, pero la imitaba sin cesar. "Nants' ingonyama bagithi baba...!"  

Los personajes, algunos majestuosos e imponentes, otros simples caricaturas, no eran más que simpáticos animales para aquel niño que veía la película en una pequeña tele en la cocina. Como ocurre con cualquier película o con cualquier libro, "El Rey León" que vio aquel muchacho de los años noventa era distinto a la película que vi años después. La cinta es la misma, los que cambiamos somos nosotros, así que por mucho que veamos una misma película, nunca percibimos lo mismo.

La historia nunca terminó del todo. Los leones estuvieron presentes durante años y nunca se marcharon definitivamente. La primera película se estrenó en 1994 y en 1998 salió la segunda parte de la historia. Después llegaría una tercera película que, creo, sólo vi una vez, el exitoso musical en el Teatro Lope de Vega de Madrid y el remake en acción real de 2019. Y las inolvidables canciones, escuchadas una y otra vez, que creaban esa atmósfera épica y majestuosa, han sido la banda sonora de muchos momentos. A pesar de todo, hará unos ocho años de la última vez que vi la película original y he querido escribir esto desde esa distancia, sin verla otra vez, para evitar que mi yo de hoy contamine el recuerdo.

"El Rey León" me dejó, sin duda, más huella que ninguna otra cinta. Recuerdo a Mufasa, con su sentido de la responsabilidad. Nos enseñó el deber de ocupar siempre el lugar que a uno le corresponde, "tu lugar en el ciclo de la vida". Recuerdo también otra frase que pronuncia en una de las escenas más tiernas de la historia: "Los grandes reyes del pasado nos observan desde las estrellas. Y cuando te sientas solo, ellos estarán ahí para guiarte. Y yo también." Y no olvido nunca que su muerte nos enseñó algo que todos deberíamos tener siempre presente: el enemigo puede estar a tu lado, puede ser alguien cercano.

Simba mostró el valor de la familia, del clan, y lo legítimo que es cuidar de lo que uno ama; y Nala, la valentía, la determinación y la decisión. Fue ella quien salió en busca de Simba para cambiar las cosas en el reino. El pájaro Zazú y el dúo Timón y Pumba son el ejemplo de la amistad, la lealtad por encima de todo y a pesar de todo. "Bueno, Simba. Si es importante para ti, estaremos contigo hasta el final" le dice Timón a su amigo justo antes de la batalla final contra su tío usurpador. ¿Hay un ejemplo mejor de lealtad? Pero también el suricato y el jabalí son los antihéroes de la película, quienes dan la vuelta a la enseñanza que Mufasa se afanó tanto en inculcar a su cachorro. 

El lema del suricato y el jabalí, el famoso "Hakuna Matata", significa "no hay problema" en suajili. Ellos enseñaron a Simba otra forma de vivir, sin responsabilidades, sin preocupaciones, haciendo en cada momento lo que les apetecía y como les apetecía. En el fondo eran unos inadaptados, renegados del lugar que debían ocupar. Es justo lo contrario de lo que le enseñó Mufasa. "Lo que debes hacer es dejar el pasado atrás" dicen en un momento de la película. Al final, Simba se debate entre asumir el sitio que le corresponde u olvidarse de todo. Y el joven está a punto de olvidar de donde viene y, por tanto, de olvidar quién es.

Y, por último, el viejo Rafiki nos enseñó aquello de "el pasado puede doler, pero tal como yo lo veo, puedes huir o aprender". No necesita explicación pues la frase tiene la suficiente contundencia. Le demostró a Simba que incluso los que no están presentes siempre te acompañan, "él vive en ti" le dice al joven príncipe señalando su propio reflejo en el agua. Al final, creo que aquella conocida frase de Mufasa, "recuerda quién eres", es un buen leitmotiv en momentos de duda, de indecisión, sobre todo para intentar no perder el norte.

Siento si algunas citas no son exactas, las he escrito de memoria y a lo mejor me han fallado los recuerdos. Las ideas sí que son, en todo caso, precisas. Por cierto, el león es para las tribus masái un símbolo de respeto, de poder y de autoridad. La película es una constante reivindicación de la lealtad a uno mismo, el respeto por los orígenes y el deber de cumplir con lo que uno se ha comprometido. Curiosamente, son valores que nos fallan hoy. La película se estrenó hace treinta años.

"Nants' ingonyama bagithi baba...!" Ya descubrí qué significa en zulú el comienzo de la canción: "¡Aquí viene el león, padre/madre...!"

domingo, 3 de noviembre de 2024

LA GOTA FRÍA QUE COLMA EL VASO

Tras la gota fría (Foto: Marina Lorenzo)


Un periodista recordaba unos versos del cantautor valenciano Raimon: "Al meu país, la pluja no sap ploure..." ("En mi país, la lluvia no sabe llover"). Contaba que sus abuelos, que vivían en un pueblecito de Valencia, dormían en las noches de tormenta con una mano fuera de la cama, tocando el suelo, "por si el agua regresaba". Gota fría era sinónimo de inundación, de tragedia, de muerte. Estos días no se van de mi cabeza las palabras de aquel periodista cada vez que veo fotos y videos de las inundaciones en Valencia y del caos en la respuesta del Estado ante el desastre.

En este maldito mundo de eufemismos, el expresivo término de "gota fría" ha sido sustituido por el acrónimo DANA ("Depresión Aislada en Niveles Altos"). La opinión pública asume los acrónimos con avidez aunque dificultan la comprensión de un concepto y confunden a la gente. Las gotas frías son típicas del clima mediterráneo. Han existido siempre y han causado inundaciones siempre, como muestran las historias que relató aquel tertuliano y la canción de Raimon. Quizá, con el cambio climático, se vuelvan más virulentas, como todos los fenómenos atmosféricos, pero, al parecer, ya llegamos tarde para detener esto. Una meteoróloga decía el otro día en la televisión pública que lo mejor que podemos hacer es acostumbrarnos y adaptarnos. 

El desastre de la DANA del pasado martes 26 de octubre es de tal magnitud que nos ha conmocionado a todos. Es la peor tragedia en décadas, titulaba "El País". Ya se contabilizan más de 200 muertos y unos 2000 desaparecidos, aunque estas cifras pueden aumentar hasta ser insoportables. Al drama humano debemos añadir el colapso del Estado, inoperante, anquilosado, lento, incapaz de actuar con solvencia ante la adversidad. Y, a ello, la desconfianza y el recelo de los ciudadanos que esperan protección y certidumbre por parte de las autoridades y sólo ven caos y descoordinación.

Al Estado se le han vuelto a ver las costuras, como ocurrió con otras catástrofes naturales. Recuerdo la pandemia de Coronavirus de 2020, el temporal "Filomena" en enero de 2021 y la erupción del volcán de La Palma en septiembre de ese año. Y escribiendo estas líneas, lo hago convencido de que el problema no es del Estado, que tiene recursos suficientes para proteger a sus ciudadanos y paliar los daños. España no es un Estado fallido, como dicen muchos. El problema es el grupo de dirigentes incompetentes, ensimismados y enredados en el bochornoso circo en el que se ha convertido la política en este país. Un intercambio de reproches y acusaciones en el día a día que no vale nada, que no sirve para nada.

Hace tres semanas, las televisiones nos informaron con todo detalle de las características del huracán Milton que azotó Florida. Nos relataron los planes de evacuación, los peligros a los que se enfrentaban los ciudadanos y cómo había que actuar en estos casos. A los españoles aquello nos daba igual, nos pillaba demasiado lejos. En cambio, no se informó suficiente hace cinco días sobre la potente DANA que se estaba formando en el Mediterráneo. La AEMET (la Agencia Estatal de Meteorología) advirtió días antes del riesgo, todo se sabia, pero nadie avisó y la señal de alerta por inundaciones llegó demasiado tarde. Cuando lo hizo, muchas calles, carreteras y garajes ya estaban invadidos por el agua. ¿Cómo fue posible?

¿Por qué las autoridades de la Comunidad Valenciana y de otras comunidades autónomas no alertaron a sus ciudadanos del peligro? ¿Por qué no se hizo caso a las advertencias de la AEMET? ¿Por qué los medios de comunicación nos contaron cómo sobrevivir a un huracán en Florida y no a una gota fría en Valencia? No nos engañemos, vivimos en el siglo XXI, todo se sabe, todo se puede predecir con una exactitud asombrosa. La población hace caso a las advertencias y hace lo que se le pide, sobre todo si se advierte del peligro mortal que corre. Lo vimos en la pandemia hace sólo cuatro años. La responsabilidad no es de los ciudadanos es de quien debió avisar y no lo hizo o lo hizo tarde.

Una vez sucedida la tragedia, el Estado con sus distintas administraciones (central, autonómica, fuerzas de seguridad, etc.) se manifiesta incapaz de actuar con rapidez, decisión y solvencia. Las comunidades autónomas, como demostró también la pandemia de 2020, no son más que enormes engranajes burocráticos sin recursos efectivos para atender situaciones adversas. En otras palabras, sirven para tener ocupados a decenas de miles de políticos, pero no para gestionar emergencias como ésta. Aunque tienen esa responsabilidad, aunque sobre el papel tienen las competencias, no disponen de medios, así que los ciudadanos están desprotegidos.

El gobierno central sí tiene recursos, pero es reacio a asumir responsabilidades que no le interesan para no cargar con el coste político que conllevan. Aunque éste sea su deber. En este galimatías de responsabilidades, hacen falta liderazgos políticos fuertes y decididos, capaces de afrontar costes personales a cambio del bien común. España es huérfana de grandes líderes desde hace décadas. Nuestra clase política, de cualquier ideología, se nutre de personalidades mediocres, ambiciosas e inútiles. Se manejan bien en la estéril refriega política diaria, pero nada más. Se pelean bien en el Congreso, en Twitter y en los medios de comunicación, son buenos creando espectáculo, pero no son eficaces gestores ni valientes líderes. Sólo así se comprende el caos en la respuesta a la tragedia que se vive en Valencia. 

Hay localidades aisladas desde hace días, donde aún no han llegado los equipos de rescate. La Generalidad valenciana ha rechazado la ayuda ofrecida por otras comunidades autónomas (u otros países) aún sin tener recursos propios para atender a la emergencia. El gobierno central ha tardado días en enviar efectivos militares a la zona. Es incomprensible que aún no se haya declarado el estado de alarma y el gobierno central no haya asumido el control total de la crisis. Se prometen ayudas que sabemos que nunca llegarán. Y todo esto mientras sigue habiendo miles de desaparecidos bajo el lodo. El presidente del gobierno lo dejó claro en una comparecencia pública: "Si necesitan ayuda, que la pidan". Pero no olvidemos que son las autoridades públicas quienes tiene el deber de proteger a sus ciudadanos, que éstos no tienen que pedir ayuda, que la ayuda debe llegar sola. 

La indignación del pueblo ante el desorden es de tal calibre que supone la ruptura total con el Estado. Las imágenes de los disturbios en la visita de los Reyes, el presidente del gobierno y el presidente de la Generalidad a Paiporta, uno de los pueblos más afectados, es la nuestra de la brecha entre la ciudadanía y sus representantes. La desconexión entre la nación y sus instituciones es completa y probablemente definitiva. Lo ocurrido en Valencia quizá suponga un antes y un después en la conciencia política española. No podemos permitir más esto, no podemos seguir así. "No nos abandonéis", pedía sollozando al Rey de España una mujer que lo había perdido todo, pero lo cierto es que eso ha ocurrido demasiadas veces en los últimos tiempos, que el Estado nos acaba abandonando. Quizá la gota fría de octubre de 2024 haya colmado el vaso.

viernes, 3 de noviembre de 2023

"PORQUE NO HEMOS APRENDIDO NADA..."


"Viva Suecia" es uno de los grupos de música de última generación. Ya saben, uno de esos que recorren, desde hace un par de años, todos y cada uno de los festivales que se celebran en este país. Uno de los temas de su álbum más reciente (2022) no me pasó desapercibido cuando lo escuché por primera vez. Una de las estrofas se quedó grabada en mis oídos. Dice: 

"Que por esta vez la Historia
cargue contra la memoria 
y, además, no duela..."

Creo que cualquier canción se puede entender de muchas formas. Todo depende de quien la escuche. Depende de su estado de ánimo y de su coyuntura personal en cada momento. Ayer, esta estrofa se cruzó en mi mente otra vez precisamente cuando me preparaba para asistir al estreno de un documental sobre memoria histórica. Nuestra existencia está llena de casualidades.

O quizá no tanto. Parece que hay circunstancias que coinciden en el tiempo porque deben hacerlo para dar sentido a un momento concreto. Es como un hilo que une todo lo que tenemos alrededor, aunque, en apariencia, sean esferas diferentes de nuestra vida, pues ¿qué tiene que ver un modesto documental producido en mi localidad con una canción de un grupo de moda? 

Precisamente ayer estuve leyendo unos papeles que escribí hace tiempo sobre memoria histórica y cultura política. Precisamente ayer estuve hablando con varios compañeros de trabajo al respecto. Y precisamente ayer mi mente recordó la estrofa de la canción. Claro, una vez se recuperan las palabras y la melodía ya no hay quien las saque de la cabeza. Por eso no me quedó más remedio que escribir esto. Es el hilo que une todo en nuestra vida.

La memoria, como todos sabemos, son los recuerdos personales que cada uno tenemos del pasado. La memoria colectiva responde a la idea general que tiene un grupo sobre acontecimientos que han vivido. Y la memoria histórica es el recuerdo colectivo que una generación recibe de las precedentes sobre hechos del pasado que no han vivido. Es un recuerdo prestado, podríamos decir. Así definía los tipos de memoria el sociólogo francés Maurice Halbwachs a principios del siglo XX.

Últimamente está de moda la memoria histórica. Como la música de "Viva Suecia", que también está de moda. Desde todos los resortes del poder, se promueve una memoria histórica concreta, es decir, una visión particular de algunos acontecimientos de nuestro pasado reciente. Tanto el gobierno, como los medios de comunicación, como asociaciones y partidos políticos llevan a cabo políticas de memoria encaminadas a consolidar un recuerdo concreto desde una perspectiva concreta. No hace falta decir que cualquier política de memoria no es inocente, todas persiguen objetivos políticos y sociales. 

La cultura política podríamos entenderla como las actitudes generales que tiene una sociedad hacia sus instituciones, su pasado común, sus valores compartidos. La memoria histórica es parte de la cultura política de una sociedad porque es la visión que se tiene de la historia compartida. Ambas, cultura política y memoria histórica cambian a lo largo del tiempo. Se transforman dependiendo de la coyuntura política de cada momento.

El problema es que esa visión del pasado que ampara la memoria historia no es la verdad ni pretende serlo. Es una visión partidista, sesgada, interesada. De hecho, cualquier memoria lo es. Nuestros recuerdos personales son fruto de sentimientos, de pasiones, de opiniones. Son el resultado del dolor, la alegría, el miedo, las filias y las fobias. Nuestra memoria recuerda cosas y olvida otras, llena huecos y lagunas con la imaginación y omite aquello que no nos interesa. Igual ocurre con la memoria histórica, que es visceral, es subjetiva...

Equiparar la Historia a la memoria es peligroso. La Historia, como ciencia, tiene pretensión de veracidad y de objetividad; la memoria, no. La Historia es fría, analítica, prudente. La memoria es personal, es un relato construido a base de recuerdos sesgados e imperfectos en los que el amor, el miedo, el cariño, el entusiasmo, la furia, el odio y el frenesí juegan un papel importante por más que le intentemos dar un barniz de objetividad y seriedad. Cuando nos acerquemos a la memoria histórica conviene recordar esto. 

Debemos tener cuidado, como sociedad, con la memoria histórica que pretendemos fomentar. No vayamos a desatar emociones y reacciones que no esperamos. Al final la memoria es como una canción: las interpretaciones y los sentimientos que despierta dependen de la persona que la escuche y del momento en el que se encuentre esta; de su coyuntura personal. Si no tenemos en cuenta esto, la memoria se nos puede ir de las manos. Y si desatamos sentimientos peligrosos es que, al final, "no hemos aprendido nada". Este es precisamente el título de la canción a la que me refería antes. Y dudo de que sea otra casualidad. 






"Por la culpa compartida
la real y la fingida,
la pared y la espada"


"Viva Suecia" 
('No hemos aprendido nada', 2022)


viernes, 6 de octubre de 2023

LAS COSAS CAMBIAN


El profesor Peter Stearns dice que la Historia nos ayuda a entender y aceptar el cambio. Es una de las razones que enumera en su ensayo "Why Study History?" (1998) por las que los alumnos deben estudiar Historia en la educación primaria y secundaria. A fin de cuentas, los orígenes del presente sólo están en el pasado y la transformación, el cambio, es el resultado del simple paso del tiempo. 

Esta idea la comento con mis alumnos adolescentes todos los cursos. Aceptar que las cosas cambian es esencial para comprender el mundo en el que vivimos y nuestra propia vida. Nosotros cambiamos, nuestro entorno cambia y el mundo cambia. Y darnos cuenta de ello nos ayuda a vivir mejor, a aceptar las cosas tal y como vienen. A ser felices, en definitiva, que es de lo que trata esto. Ya saben: Historia, maestra de vida. 

Uno de los temas en la Historia que mejor muestra el cambio, la transformación de la sociedad es el paso de la Edad Antigua a la Edad Media: la caída del Imperio Romano en el siglo V, las invasiones bárbaras, la pervivencia del Imperio Bizantino y el ascenso del Islam (s. VII). Y todo se ve en los primeros temas del segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiamos un mundo en transformación, en el paso de la Antigüedad tardía al Medievo, un tiempo en el que Estados que parecían eternos se desmoronan, mientras otros sobreviven y soportan la embestida de nuevos actores históricos.

Cada año les pido a mis alumnos que reflejen su visión de ese mundo cambiante en un cómic de cuatro viñetas. Pueden elegir el tema que prefieran entre estos cuatro: la caída de Roma, las invasiones bárbaras, el reino visigodo o el Imperio Bizantino. Y lo cuentan a su manera. Algunos trabajos son brillantes pero todos reflejan el  momento de cambio del que hablaba. Aquí están algunas viñetas destacadas:

En ésta, un alumno resume brillantemente la situación del Imperio Romano en el siglo V. El bárbaro le dice al soldado romano "¡Ayuda! Dejadnos ser vuestros ciudadanos", mientras el legionario romano responde "No. No sois como nosotros". Las migraciones germánicas transformaron el Imperio, lo sometieron a una terrible presión y provocaron, al final, el colapso de Roma. Un estado de mil años de vida se desmoronó en pocas décadas. Pero la vida (la Historia) continuó en Europa.

Este otro muestra un escenario imponente: en la ciudad de Roma, junto al coliseo, unos soldados romanos se disponen a defender la ciudad del ataque de los vándalos y los visigodos. "Vamos a defender Roma", podemos leer; pero los bárbaros responden: "No, os estáis largando". Unos llegan y otros se marchan, como en nuestra vida. De nada sirve resistirse a los cambios porque son inevitables. Al final, el paso del tiempo es la principal transformación. Y nadie puede resistirse a eso.


Esta alumna habla de Bizancio, la parte del Imperio Romano que sobrevivió mil años a la caída de Roma. Y en una de las viñetas resume de manera magistral ese milenio. Frente a la majestuosa basílica de Santa Sofía, junto a la tumba de Justiniano, un individuo dice: "Justiniano fue un buen emperador, conquistó territorios y construyó edificios. Pero cuando murió, perdimos muchos territorios". Otra muchacha refleja con esta viñeta el fin del Imperio Romano de Occidente. Un emperador niño, Rómulo Augústulo, entrega la corona resignado: "Ahí vas", le dice al símbolo de su poder. 

Al final, parece que los muchachos de doce y trece años que han elaborado estos trabajos comprenden la fugacidad de todo. El Rómulo Augústulo de esta viñeta acepta el destino tal y como viene, sin remedio. Como, seguro, lo acepto el personaje histórico real (a medio camino entre la leyenda y la Historia) cuando el godo Odoacro lo depuso, pero le perdonó la vida en el 476 d.C. 

Todos transmiten una misma idea: lo fuerte se hace débil, lo que parecía indestructible se quiebra y lo inolvidable se olvida. Todo con el tiempo termina. Stearn dice que sólo estudiando el pasado podemos captar por qué esto sucede, por qué las cosas cambian. Tanto en nuestra sociedad como en nuestra vida, creo yo. 

sábado, 3 de junio de 2023

EL INSTANTE DECISIVO


En estos días de junio, de finales de curso, de tormentas y de emociones revueltas, uno parece asomarse, irremediablemente, al abismo. Y mis pensamientos se cruzan con demasiada frecuencia con las palabras del austríaco Stefan Zweig. En el prólogo de su más célebre obra, 'Momentos estelares de la humanidad', sintetizó de manera magistral lo que es la Historia y la vida:

"Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide."

Y es que en la Historia, el tiempo pasa, en su mayor parte, sin sobresaltos destacables, sin que nada relevante suceda, y así durante años, durante décadas, durante siglos. Y, de pronto, algo extraordinario rompe esa monotonía y lo cambia todo, lo decide todo e impulsa a las sociedades hacia el futuro. Generaciones enteras dependieron (y dependen aún) de lo que ocurrió en esos instantes concretos que, como dejó escrito Zweig, pudieron ser un día, una hora o, incluso, un minuto en la inmensidad del tiempo. Baste recordar aquel 9 de mayo de 1453, el 12 de octubre de 1492 o el 11 de noviembre de 1918. Instantes, todos ellos, determinantes del pasado.

Esta reflexión sirve también para la vida. Podríamos definirla como el tiempo que transcurre entre los momentos decisivos de nuestra existencia, que, a menudo, no son más que un puñado de instantes. A veces, durante días, semanas o años, nada extraordinario nos sucede, pero, entonces, parece que la energía acumulada en ese tiempo se comprime en un punto que lo decide todo. Es como si en esos momentos diésemos una patada al tiempo, en una dirección u otra, pero siempre hacia adelante.

Pero esos instantes esenciales de la vida son, a veces, el resultado de un largo proceso que se prolonga en el tiempo. Igual que en la Historia, todos los acontecimientos tienen sus causas remotas y cercanas. Igual que nada se puede comprender sin atender a sus antecedentes, a sus orígenes y su detonante, en nuestra vida ocurre lo mismo. La mayor parte de esos instante decisivos son fruto de decisiones meditadas, resultados de planes bien trazados. Otros, en cambio, son hijos de la fortuna y el azar, que interviene, sin que nadie la llame, en la vida de unos y otros. 

Uno se detiene a pensar por un momento los instantes decisivos que marcan la vida de una persona. Uno piensa, por ejemplo, en el nacimiento de un hijo, que lo cambia todo. Y también en el lapso fugaz en el que conoces al amor de tu vida. El instante en el que firmas la compra de tu casa. También la muerte de un padre o de una madre es determinante. Y, mucho más, la muerte de un hijo.

Y también son instantes decisivos el final de una etapa, sea cual sea, a nivel personal, académico o laboral. También, el primer día de trabajo. Y el último. El momento en el que vas a realizar el examen que podría cambiar tu vida y para el que llevas estudiando demasiado tiempo. Y la entrevista de trabajo en la que, por fin, sonríe la suerte. Un momento clave también es aquel en el que uno, consigo mismo, toma una decisión que le ha costado mucho. Un paso adelante arriesgado, o no, pero dado con arrojo y valentía. Todos cambian a una persona, la impulsan hacia adelante, la ayudan a construir su vida. 

Esos instantes nos pueden zarandear más de lo que imaginamos. Casi nos pueden hacer zozobrar, como si fuésemos navíos en medio de la tempestad. Pero, después, más tarde o más temprano, siempre vuelve la calma, la monotonía. Y la energía desatada en ese punto que lo alteró todo se disipa por un tiempo, hasta que las circunstancias confluyan de nuevo en otro momento determinante. 

En medio del fragor de esos momentos tan dramáticos, tan cruciales, no sabemos, a veces, si el resultado será mejor o peor, si será bueno o malo. Lo que está claro es que lo cambian todo irremediablemente, abren nuevos caminos y despejan nuestros límites, creando otros. Otra vez, las palabras de Zweig,  "un único 'sí', un único 'no', un 'demasiado pronto' o un 'demasiado tarde' hacen que ese momento sea irrevocable...". El abismo al que uno se asoma y que puede cambiarlo todo.


martes, 25 de abril de 2023

UN MAR DE ESTUPIDEZ

24 de abril de 2023. Entro en la clase de 2° de Bachillerato. Estamos estudiando el Franquismo estos días. Para ilustrar el modelo de sociedad que quería la dictadura hoy muestro a los alumnos "El Parvultito", uno de los manuales de Antonio Álvarez que se empleaba en las escuelas de primeras letras en los años 50, 60 y 70. 

Abro el libro por una página en la que aparecen dos grandes retratos. A la izquierda, Franco; a la derecha, José Antonio Primo de Rivera. Muestro las páginas y luego leo el texto, que, por supuesto, no deja indiferentes a los muchachos. Esto me da pie a hablar de ambos personajes, de la relación que mantuvieron y del simbolismo del "Ausente" para el régimen. Les recuerdo la consigna: "José Antonio Primo de Rivera, ¡Presente!" y les hablo del culto al mártir durante la dictadura, a pesar de las muchas diferencias que lo separaban de Franco. 

Página de "El Parvulito"

Me doy cuenta de que justo esta mañana están exhumado sus restos del antiguo Valle de los Caídos, ahora rebautizado como Valle de Cuelgamuros en virtud de la Ley de Memoria Democrática. Les pido que, por una vez, presten un poco de atención a las noticias. Aunque la familia Primo de Rivera ha pedido que el traslado de los restos se haga en la intimidad, es previsible que la atención mediática se centre en la figura del fundador de Falange hoy. Mis alumnos me miran interesados. Su atención siempre es mayor cuando hablamos de algo relacionado con la actualidad.

Luego llego a casa y veo, con poca sorpresa, que durante toda la mañana, las televisiones han hablado de Primo de Rivera. Por casualidad, las clases de Historia de España y la actualidad se han tocado en este día de primavera. Pero, después, llega la desilusión. 

Esta misma mañana, mientras yo explico en clase quién fue José Antonio Primo de Rivera, hablan de él en un programa de la televisión pública. Reporteros, tertulianos y polemistas de tres al cuarto disertan sobre la Ley de Memoria Democrática, sobre la figura histórica que les ocupa y sobre la necesidad de trasladar sus restos desde el Valle de Cuelgamuros a otro lugar. Y, mientras, en un enorme pantallón que hay detrás de ellos aparece una fotografía del dictador Miguel Primo de Rivera, padre del susodicho. Nadie se percata del error. Probablemente, nadie sabe lo suficiente como para darse cuenta. Probablemente, un reportero ha buscado "Primo de Rivera" en Google y ha cogido la primera foto que le ha aparecido, la del padre, sin saber que estaban hablando de su hijo. No sabe ni quién es el uno ni quién es el otro. Y le importa poco.

Programa "Hablando Claro" de TVE1 (24/04/2023)

Esta misma mañana, muchos diarios digitales hablan también de Primo de Rivera. Incluso algunos periódicos deportivos, como "Marca", publican en sus páginas web textos sobre su figura. No sé quién los escribe, pero es fácil adivinar su lucidez mental. Precisamente, en el del diario "Marca", destacan que "cogió el poder en 1933" y "lo perdió en 1936". Al leerlo, no llego a entender a qué se refiere. Está contando una mentira, pero da igual. No hace falta decir que si esto fuera un examen, quedaría invalidada la pregunta. Pero aquí, miles de personas leen el texto. Algunas, más de las que imaginamos, se creerán que, en efecto, José Antonio gobernó el país, aunque sea falso. (El artículo ya no está disponible en la web).

Página web de "Marca" (24/04/2023). 
El artículo fue retirado poco después de su publicación

Ambos ejemplos son muestras del punto al que estamos llegando como sociedad. Una sociedad en la que todo da igual, en la que todo vale. Como la información y el conocimiento se reducen a un tuit, a un eslogan o a un vídeo de 30 segundos (más no porque perdemos la atención), nuestro mundo está lleno de medias verdades, de verdades a medias o de simples mentiras. Y no pasa nada. Y todo da igual. 

¿A nadie se le ocurre comprobar si la foto que van a emitir en pantalla es del padre o del hijo? ¿Alguien en la sala sabe que hubo un Miguel Primo de Rivera (dictador) y un José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange)? ¿Alguien es capaz de asumir que no está capacitado para escribir un texto sobre Primo de Rivera porque no tiene ni idea de quién fue? Parece ser que no. Todos valemos para todo y todos podemos hacer de todo sin pensar mucho. 

El resultado es una sensación de absoluta indefensión. Mientras uno se afana por transmitir el pasado de la manera más honesta posible en un aula, en el mundo real todo son banalidades, ideas generales y mentiras. Ya no hay espacio para el conocimiento pausado, para la duda, la reflexión. Todos nos creemos poseedores de la verdad absoluta y la imponemos en Twitter, en Instagram, en la barra del bar o en un plató de televisión, aunque nuestra verdad sea, simplemente, una mentira. Y con ello creamos un mar de dudas, de inseguridad, donde el rigor no tiene cabida. La masa ignorante acoge estas mentiras con avidez, sin cuestionarlas. Y uno, al final, acaba teniendo la convicción de que en este mundo ya no cabe un tonto más. 

En el año 2003, poco antes de morir, el hispanista francés Pierre Vilar concedió una entrevista. A la pregunta "¿Para qué sirve la Historia?", el historiador respondió: "La Historia sirve, en primer lugar, para leer un periódico". Podríamos actualizar la respuesta: el conocimiento histórico sirve para descubrir la verdad en el mar de mentiras de Twitter, Instagram, TikTok, la prensa y la televisión. La Historia es, en definitiva, la pequeña balsa que impide que te hundas en la estupidez.