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sábado, 9 de mayo de 2026

LOS SESENTONES DE RIOTINTO




Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.

Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita. 

Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?". 


Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra. 

Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.

También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.

El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo. 

El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas. 


Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso. 

Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza. 

viernes, 1 de mayo de 2026

LO QUE DEJÓ EL INGLÉS EN HUELVA

Muelle sobre el Tinto (Huelva)

Los ingleses se sorprendieron del aguardiente que bebían los trabajadores españoles de las Minas de Riotinto. Aquel brebaje, mezcla de agua de un manantial con alcohol de alta graduación era realmente fuerte incluso para los británicos, acostumbrados al whisky. Los británicos la llamaron "Man's Water", es decir, "Agua de Hombre", porque había que ser realmente duro para soportarla. Los españoles adoptaron el nombre, aunque lo adaptaron a su pronunciación no sin añadirle cierta gracia andaluza. Al aguardiente acabaron llamándolo "manguara".

El legado inglés en Huelva es abundante y, quizá, constituya la principal de las muchas atracciones de esta provincia. Tanto en la capital, junto a la ría del Tinto, como en los pueblos de la cuenca minera, la huella de los anglosajones es más que evidente. Atraídos por la riqueza minera, desembarcaron hacia 1873, tras la fundación, en Londres, de la "Río Tinto Company Limited", una empresa destinada a la explotación de los yacimientos de cobre, plata y hierro. Aquellas minas ya habían sido explotadas desde la antigüedad, junto con las próximas de Almadén de la Plata, en la vecina provincia de Sevilla, y los ingleses no desaprovecharon la oportunidad que les brindó la liberalización de las minas por parte del gobierno español. 

La inversión de la compañía británica transformó por completo la comarca minera de Riotinto y la propia ciudad de Huelva. Modernizaron las explotaciones mineras, introdujeron importantes avances técnicos, construyeron una línea férrea de más de 80km de longitud y edificaron barrios enteros de casitas de estilo inglés tanto en Riotinto como en la capital. Hoy, los restos de aquella explotación son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de arqueología de la Revolución Industrial en España, así como la muestra de la enorme dependencia de las inversiones extranjeras, sobre todo inglesas, francesas y belgas, que tuvo la industria española en sus orígenes. 

Vías férreas y ferrocarriles antiguos en las Minas de Riotinto

Minas de Riotinto es un municipio constituido a mediados del siglo XIX que conserva en su trama urbana las características propias de las poblaciones mineras. Allí construyó la "Río Tinto Company Limited" un barrio para sus trabajadores, con casas al estilo victoriano. Se trata del barrio de Bellavista que aún hoy conserva el encanto exótico de un trozo de Inglaterra dentro de un pueblo andaluz. La Casa 21, convertida en un museo y en un atractivo turístico, puede visitarse previo paso por taquilla. Junto al barrio inglés aún se erige un humilde monolito deteriorado por el tiempo en honor a los mineros ingleses que murieron combatiendo por su patria en la Primera Guerra Mundial. A pocos pasos del monumento uno puede visitar una de las minas a cielo abierto más grandes de Europa, la "Corta Atalaya", que aún produce cobre.

En las explotaciones mineras, los ingleses introdujeron innovaciones cuyos restos son visibles en la actualidad, como las potentes locomotoras de fabricación británica que arrastraban vagones cargados de mineral. Los restos de las naves, las montañas de escoria del mineral, las vías férreas que atraviesan el paisaje y los puentes de hierro hoy oxidado muestran la huella de los ingenieros y mineros anglosajones. Aún se pueden apreciar, incluso, los restos de los poblados que construyeron junto a las minas para acoger a los trabajadores  que se deslomaban en las explotaciones: El Valle, La Atalaya, La Naya, etc. En aquellos poblados, expuestos a la contaminación y los peligros de la mina, vivieron durante décadas los mineros españoles y portugueses que la explotaban bajo órdenes inglesas.

Viviendas de estilo victoriano en el Barrio Bellavista (Riotinto)

De hecho, los restos de aquellas paupérrimas aldeas, igual que algunas fotografías que se conservan en el Museo Minero, muestran el contraste entre la opulencia y la comodidad de las viviendas de los trabajadores ingleses y la insalubridad de las chozas de los portugueses y españoles. Aquello, más que una inversión, suponía la colonización británica del lugar. No había igualdad, sino, más bien, una clara jerarquía de clases. No es de extrañar que estallasen protestas como la de 1888, conocido como "el año de los tiros", o la huelga de 1920, cuando la explotación de las minas se detuvo durante un año. No hace falta decir que todos estos disturbios sufrieron una brutal represión por parte de las autoridades españolas. Aún se recuerdan en las calles de Riotinto.

El ferrocarril de vía estrecha que unía las minas con el puerto de Huelva es otro de las grandes huellas que dejó el inglés en la zona. La línea comenzaba en Riotinto y Nerva y discurría hacia el sur, paralela al Tinto, buscando la salida al mar, a los cargueros que llevarían el mineral a Inglaterra. Los ingleses construyeron el Muelle del Tinto, una imponente estructura de hierro y madera que penetra en la ría de Huelva formando un gran arco. El embarcadero, de dos niveles, era la prolongación de la vía férrea y permitía exportar el mineral de cobre extraído más de ochenta kilómetros tierra adentro. En el año 2003 fue declarado Bien de Interés Cultural y hoy es, quizá, el símbolo del auge económico de Huelva y su provincia, además de un estupendo paseo junto a la ría.

Foto de las chozas para mineros portugueses en las minas de Riotinto, finales del siglo XIX (Museo Minero)

Los ingleses también dejaron, por supuesto, parte de su cultura. Los deportes anglosajones, el críquet, el bádminton, el tenis y el fútbol, comenzaron a ser practicados por los onubenses. Uno de los primeros clubes de fútbol en España fue el ya extinto "Río Tinto Football Club" en el que jugaban los trabajadores de las minas. En Riotinto hubo también canchas de tenis y de críquet en las que los ingleses se entretenían en sus ratos libres. Los españoles acabaron imitándolos. En diciembre de 1889 se fundó el "Huelva Recreation Club" que hoy es el "Recreativo de Huelva", el equipo de fútbol decano en España. Por cierto, el "Recre" es también Bien de Interés Cultural por todos estos motivos y cuenta con secciones de rugby y bádminton, en honor a sus orígenes.

El acta de fundación del "Recreativo de Huelva" se firmó en el Hotel Colón, en el centro de la capital onubense, propiedad, también, de la compañía inglesa de las minas de Riotinto. Aquel hotel fue concebido como un alojamiento perfecto para los directivos de la empresa inglesa y también como símbolo del IV Centenario del Descubrimiento de América en la ciudad de Huelva. Fue el primer hotel de España que contó con baños privados en las habitaciones para los huéspedes, toda una modernidad en la época.

Un simple paseo tranquilo por las calles de la Huelva actual, la del siglo XXI, la turística y multicultural, mirando alrededor y sabiendo lo que se ve puede dar, en fin, una pistas de aquel legado inglés. Próximo a la calles comerciales del centro, el llamado Barrio Obrero, o Barrio "Reina Victoria", con sus calles ordenadas en una cuadrícula y sus casitas de baja altura destinadas a acoger cada una a una familia, es también un retazo de la presencia inglesa en la vieja Onuba a finales del siglo XIX y principios del XX. Igual ocurre con los majestuosos edificios modernistas y eclécticos que flanquean las calles comerciales y que hoy se encuentran, en su mayoría, en proceso de restauración. Aquellos edificios, de formas elegantes y colores llamativos, recuerdan a la próspera burguesía onubense, enriquecida gracias al comercio de minerales, que comenzó a imitar las formas de vida, las costumbres y los caprichos del inglés. Eso sí, sin perder nunca el carácter andaluz pues nunca un onubense prefirió el "fish and chips" al choco. 

Entrada al Barrio Obrero o Barrio Reina Victoria (Huelva)