Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.
Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita.
Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?".
Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra.
Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.
También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.
El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo.
El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas.
Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso.
Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza.
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