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martes, 22 de octubre de 2024

LA MUEDRA


Las lagartijas campan a sus anchas en este lugar. Están por todas partes y nadie las molesta. Corren de aquí para allá y toman el sol en los muros musgosos del camposanto. Los días de calor están terminando y éstos son los últimos rayos que reciben con fuerza, como a ellas les gusta. Es octubre, el tiempo del letargo no tardará en llegar y los reptiles lo saben.

Como en cualquier cementerio, se respira paz. Más en éste, entre pinos y robles y tan cerca de las mansas aguas del embalse de la Cuerda del Pozo. Aquí hace demasiado tiempo que no se entierra a nadie, que los difuntos son siempre los mismos, que sólo el trino de los pájaros perturba su descanso. Es un cementerio de un pueblo que ya no existe porque se encuentra bajo las aguas del pantano. 

Y, sin embargo, este santuario de la muerte es también lo único vivo de aquel pueblo. Hace unas semanas inauguraron aquí un humilde memorial en honor a los últimos habitantes de La Muedra. "La Muedra pervive" es la inscripción del monolito levantado fuera del cementerio. En el interior, unos paneles conservan para siempre los nombres de los difuntos y de los últimos modraños que habitaron este lugar que fue una localidad, y ya no es nada. 

- Estoy deseando que me cuentes lo que ocurrió aquí. Parece que la historia de este pueblo fue triste.

- Tuvo un final triste, sí. No sé gran cosa. En 1923, se aprobó el proyecto para la construcción de una presa en el curso alto del Duero y, unos años después, en 1927, quedó claro que La Muedra sería anegada por las aguas.

- ¿Y nadie hizo nada?

- Los vecinos pidieron que se reconsiderase el proyecto, pero no sirvió de nada. Ya sabes, estas cosas suelen pasar... Fue entonces cuando trasladaron el cementerio a un lugar más alto para salvar al menos a los difuntos. El 29 de septiembre de 1941, se inauguró la presa y el pueblo desapareció.

Paseamos entre algunas lápidas y leemos con atención los nuevos paneles. Algunos recogen estrofas de poetas ilustres, como Bécquer, Machado y Gerardo Diego. Me detengo un instante ante una corona de flores marchitas que alguien depósito allí hace semanas: "Nunca olvidaremos vuestro sacrificio". Este es un lugar de memoria, el eslabón que une el pasado con el presente, lo único que mantiene con vida La Muedra.

- La mayoría de los habitantes de La Muedra se fueron a vivir a otros pueblos de la zona. La mayoría acabó en Vinuesa, en Abejar, en el Royo...

- El desarraigo de aquellas gentes debió de ser duro. Al final pertenecían a un pueblo que no existía. No eran de ninguna parte.

- Algunos, cuando les preguntaban por su pueblo, decían "yo nací en La Muedra, yo no tengo pueblo". Es una frase bastante elocuente.


Caminamos ahora por la orilla del pantano hasta divisar a lo lejos la torre de la iglesia, que emerge de las aguas como un espectro de otro tiempo, pero aún maciza y orgullosa. El lugar está en silencio, sólo roto por el sonido de nuestras pisadas en la arena. Una asustadiza garza alza el vuelo a nuestro paso y, majestuosa, se aleja prudentemente de nosotros, de los intrusos en aquel sitio que ya pertenece a la naturaleza.

- Las casas estaban construidas en piedra, como las de Vinuesa o Molinos. Las mejores piedras se las llevaron para aprovecharlas en otras construcciones. Cuando el pantano tiene poca agua, se pueden ver aún los muros de algunas casas. Más allá había una ferrería. La chimenea sobresalía del agua como la torre de la iglesia, pero un día el viento la derribó. 

- Impresiona un poco ver la torre... ¿Era un pueblo próspero? ¿Cuántos habitantes llegó a tener? 

- Era un pueblo como tantos otros de la zona, un pueblo pinariego. Sus gentes vivían de la agricultura, de la ganadería y del bosque. No sé cuántos habitantes tenía La Muedra... Vamos a buscarlo en internet.

Y, mientras desandamos el camino, buscamos algo de información en la web. Casi todas las páginas repiten lo mismo. Según los datos estadísticos, a comienzos del siglo XX, La Muedra tenía unos 260 habitantes; en 1920, tenía sólo 220; pero en 1930, su población aumentó hasta los 330. Ése es el último dato demográfico que se conserva porque en el censo de 1940 ya no se contabilizó la población de esta localidad. 

- Fíjate, la población aumentó bastante en los últimos años, antes de que el pantano anegara el pueblo. Ganó un centenar de habitantes en diez años.

- ¿Y eso por qué fue?

- Por los trabajadores que construyeron la presa del pantano. Muchos vinieron a vivir a La Muedra con sus familias y eso revitalizó el pueblo y le hizo ganar habitantes. La obras duraron quince años aunque estuvieron paradas durante la Guerra Civil.

- Es un tanto paradójico, ¿no?

- ¿Qué es paradójico?

- Los últimos años de vida del pueblo fueron los más prósperos. En esos años había más trabajo por la construcción de la presa, pero fue la presa la que destruyó el pueblo. La construcción del pantano dio vida a La Muedra y, al mismo tiempo, la condenó a muerte. 

jueves, 13 de junio de 2024

LAS RANAS YA NO CANTAN


Caminamos junto al río aunque apenas podemos ver sus aguas pues se ocultan inquietas tras frondosos matorrales y altos hierbajos. Su dulce sonido al correr y el trino de los pájaros cantores que vuelan de aquí allá componen una melodía nerviosa y alegre. Es una melodía familiar, cotidiana, que evoca otros momentos de la vida. 

A pesar del calor de los últimos días del verano, la orilla del Duero es un sitio fresco, acogedor. Pronto llegamos a nuestro destino, al lugar donde el río abre su lecho para recibir las aguas mansas de un arroyo. Aquí la orilla termina, es el final de nuestro paseo. Y aquí nos detenemos a contemplar el paisaje que se extiende ante nosotros.

- ¿Recuerdas cómo se llamaba este riachuelo? - pregunto a mi hermano mientras damos los últimos pasos con parsimonia.

- Es 'El Hocino', ¿no? - responde lleno de dudas. 

No soy capaz de confirmar o rebatir la respuesta. Nuestras miradas no se cruzan en ningún momento, se dirigen al frente, contemplando un panorama bello, pero en absoluto extraordinario: las aguas limpias del Duero aquí; álamos, sauces y zarzamoras allí; y el cielo rojizo del atardecer que lo enmarca todo. Hay miles de estampas parecidas e infinitamente más bonitas, pero cada uno tiene sus lugares especiales y este lo es para nosotros. Nos transmite nostalgia, aviva recuerdos. 

- Este lugar me da paz - dice mi hermano después de unos minutos de silencio. - Hemos pasado muchos veranos aquí. Es como volver al pasado. 

Seguimos sin mirarnos, nuestros ojos están fijos en las aguas del río cuyo discurrir sinuoso tiene algo cautivador y atrapa nuestra atención. Después, hago una fotografía con mi teléfono, queriendo conservar de otra manera un paisaje que, sin embargo, no se irá nunca de nuestras retinas por más que pase el tiempo. 

Aquí, junto al río, pasábamos los días de verano cuando éramos niños, lejos del agobiante calor de la ciudad. Nuestra madre tomaba el sol, nuestro padre pescaba cangrejos y nosotros correteábamos por todos lados. Capturábamos renacuajos, nos bañábamos en las frías aguas del Duero, cogíamos moras, contemplábamos pastar a las vacas y sus terneros. Éramos libres. 

- Alguna vez vimos varios ciervos cruzar el camino, ¿lo recuerdas?

- Perfectamente - responde -, ¿cuánto tiempo hacía que no veníamos aquí? Quizá diez años... - sus palabras rezuman nostalgia - Todo cambia. Echo de menos aquellos veranos, pero no pasaría mis vacaciones aquí ahora. 

- Lógico - le interrumpo -, echas de menos el tiempo vivido aquí. Podemos volver al lugar, pero no podemos regresar a aquellos momentos. Nuestra vida ha cambiado. Nosotros hemos cambiado. No somos los mismos. Al contrario que estos paisajes, que parecen eternos, inmutables. Yo los recuerdo así, como los veo ahora, como si no hubiesen cambiado en décadas. 

- También han cambiado, aunque apenas se note - replica -. Fíjate, ¿no echas en falta algo? Afina el oído.

Quedamos en silencio. Trato de adivinar, sin éxito, a qué se refiere. En la atmósfera de finales de agosto se mezclan muchos sonidos: el agua del río, las hojas de los árboles sacudidas por un viento aún cálido, los murmullos de pájaros e insectos. No puedo distinguirlos todos así que tampoco adivinar el ausente.

- ¿No te acuerdas de que desde aquí oíamos a las ranas croar todas las tardes? - concluye mi hermano consciente de que me ha metido en un aprieto con su pregunta. 

- ¡Cierto! - exclamo cuando el recuerdo es recuperado - El canto monótono de las ranas del arroyo al atardecer. Sobre todo cantaban después de las tormentas. ¡Ahora me acuerdo!

Volvemos a quedar en silencio para comprobar el silencio de las ranas. En efecto, no escuchamos el "croac" a veces tan estridente y a veces tan armonioso. Mientras tanto, casi instintivamente, los dos dirigimos nuestras miradas a los juncos y los nenúfares que hasta este momento han pasado desapercibidos. Esperamos ver alguna rana, pero la búsqueda no da resultado. No hay ninguna. 

- ¿Cómo es posible? Antes había cientos y se podían ver a simple vista sobre las rocas y los nenúfares ¿Qué ha ocurrido con ellas? - pregunto extrañado.

- No sé. El tiempo lo cambia todo, tú lo has dicho - responde -. Supongo que a las ranas ya no les gusta este lugar y se han marchado. O quizá se hayan cansado de cantar porque nadie las escucha. Nadie está interesado en sus conciertos vespertinos y han mandado todo a tomar viento.

Es tarde y está anocheciendo. Los colores rojizos del cielo se han oscurecido y todo se ha llenado de sombras. Es hora de regresar. Desandamos el camino en silencio, atentos a los sonidos de nuestro alrededor. Los grillos, las chicharras y algún pajarillo sí han iniciado ya su concierto nocturno y parecen querer llamar nuestra atención. Pero las ranas, si es que aún hay alguna escondida en las aguas del arroyo, están en silencio. Nadie escucha ya su canto.


Rana sobre nenúfar. Museo de Origami, Zaragoza



lunes, 8 de agosto de 2022

LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO

Lo primero que uno siente cuando pone un pie en las Islas Lofoten es la lejanía. Este archipiélago se encuentra lejos de todos lados, en la provincia noruega de Nordland, al norte del Círculo Polar Ártico. Lo segundo quizá sea el vértigo ante un lugar inhóspito donde la naturaleza es poco amable con las sociedades humanas que intentaron y aún intentan vivir aquí. 

Cuando desembarcamos, el 3 de agosto, en el puerto de Moskenes, llovía a cántaros. Tan solo se escuchaban los insufribles graznidos de las gaviotas, las auténticas dueñas del lugar. En teoría el sol no se pone en esta época del año en las Lofoten, es el sol de medianoche, pero los nubarrones negros nos impidieron experimentar las noches blancas. Así fue durante todos los días que estuvimos allí.

El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.



El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.


Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura. 


Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.


Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.



La capital administrativa de la región, Svolvær, o algunas localidades, como Leknes, sí conservan cierta vitalidad social y económica. La muestran en sus centros comerciales, en sus polígonos industriales y en sus cafés. Otras, en cambio, son hoy el fósil de lo que un día fueron pueblos de pescadores. Actualmente, en las Lofoten viven unos 24.000 habitantes, unos 5.000, en la capital. El resto vive en asentamientos dispersos, en casas diseminadas por todas las islas. Sorprende que el vecino más cercano viva a un kilómetro de distancia. El turismo es hoy la única riqueza de estas tierras.

La vida es muy dura allí. Como lo fue siempre. El clima es frío y lluvioso. Los vientos empujan continuamente los centros de bajas presiones árticos sobre estas islas. Nosotros, en pleno agosto, tuvimos máximas de 13°C y lluvia intermitente durante varios días. En invierno, el frío es atroz. El cielo está siempre pálido. Se nota que los rayos del sol no tienen fuerza para calentar estas regiones tan septentrionales. Y en los meses de invierno, las Lofoten se sumen en la noche perpetua. Durante semanas no amanece.  ¿Quién va a querer vivir allí en esas condiciones?



Aún así, este archipiélago custodia una historia rica. Durante cientos de años, las gentes han convivido en armonía con una naturaleza hostil. Las sociedades florecieron y se desarrollaron durante siglos gracias a la pesca y al comercio. Dan cuenta de ello los templos centenarios que pueden contemplarse. Son pequeñas iglesias en medio de los campos, cuyos campanarios destacan entre el resto de edificaciones, pero empequeñecen ante los imponentes farallones esculpidos por los glaciares. También los cementerios dan cuenta de aquellas gentes que forjaron su existencia en estas tierras, lejos de todo y de todos. Gentes para las que era cotidiano contemplar estos maravillosos paisajes y que llamaban hogar a este inhóspito lugar en el fin del mundo.




jueves, 22 de agosto de 2013

CUANDO LA PAPA SALVO DEL HAMBRE A LOS EUROPEOS

Uno de los avances más importantes que ha hecho el ser humano a lo largo de la Historia fue el descubrimiento y domesticación de algo tan cotidiano hoy como es la patata. Se cree que los hombres que vivían cerca del lago Titicaca, en la actual frontera entre el Perú y Bolivia, aprendieron a cultivarla hace unos 8.000 años.
En 1537 el explorador español Jiménez de Quesada describió por la presencia generalizada del tubérculo en Sudamérica. A los españoles de entonces que fueron a América, les parecía similar a la batata (o camote) por lo que muchas veces la confundieron. Acabaron poniéndole el nombre de patata aunque los Incas en realidad la llamaban papa.
En 1573, la papa ya se encontraba en Canarias y poco después en Europa. El Hospital de la Sangre de Sevilla compró cientos de kilos para sus pacientes. Menos de un siglo después, la patata salvó de la inanición a millones de personas en Europa durante la Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648). Era un alimento que crecía fácilmente en todo tipo de suelos, incluso en los más pobres.
Misioneros, mercaderes y colonos llevaron a la papa alrededor del mundo. En 1600 llegó a la China en navíos holandeses. En 1620 a Norteamérica. En 1769, los ingleses la introdujeron en Nueva Zelanda y poco después en Australia. Sí, al otro lado del mundo.
La papa se convirtió en un alimento tan importante que hasta se hicieron guerras por ella. Entre 1778 y 1779, durante la guerra bávara de sucesión, los ejércitos austriacos pasaron largo tiempo en Bohemia recolectando patatas del suelo para conseguir comida y evitar que ésta llegara al enemigo. Era la única comida que había, por eso se llamó “la Guerra de la Patata”.
El mismísimo rey Luis XVI cultivaba patatas en Versalles. Eso sí, antes de que le cortaran el pescuezo. Y en la Casa Blanca, varios presidentes, entre ellos Thomas Jefferson, servían a sus invitados papa fritas. ¡En pleno siglo XIX!
Fíjense si la papa llegó a ser importante que la economía y la vida de millones de personas dependía de ella en Europa. A mediados del siglo XIX, una enfermedad afectó a la patata en Irlanda. El resultado fue un millón de personas muertas de hambre y otro millón emigrado en busca de alimentos.
Hoy en día, la papa es una de las hortalizas más difundidas  y el alimento más consumido en Europa. En el mundo, China e India son los mayores productores de papa y junto con el trigo y el arroz, de ella depende la alimentación de miles de millones de personas. En 2008 se celebró el año de la Patata.
 

“Los comedores de patatas” Vicent Van Gogh (1885)

sábado, 2 de marzo de 2013

UN DÍA Y UNA NOCHE

Platón, hizo una descripción precisa del cataclismo que hundió la mítica Atlántida hace milenios. Según el gran filósofo griego, la ciudad se encontraba frente a las columnas de Hércules que sellaban la entrada al Mediterráneo y un día y una noche bastaron para acabar con los soberbios atlantes.
 
Simplemente un día y una noche, simplemente una ola de 10 metros bastó para destruir la magnífica ciudad ¿tartessa? ubicada en lo que hoy son las marismas de Doñana según algunos estudios.
 
Simplemente un día y una noche, simplemente una ola de 10 metros bastó para que 2.500 años después de la Atlantida, en 2011, el este de Japón quedase arrasado. Desgraciadamente terremotos, como el que sacudió literalmente la isla de Japón de magnitud 9 en una escala de 10, han sido una constantes en la historia de la Humanidad y siempre se ha intentado culpar a los dioses o a poderes sobrenaturales.
 
En realidad, nada hay más natural que un terremoto y un tsunami: el castigo divino denominado “Diluvio Universal” no fue más que un terremoto y su posterior tsunami que inundó Oriente Próximo, y las Plagas de Egipto no fueron enviadas sobre el Nilo por Dios sino por un terremoto o un volcán en el Mediterráneo.
 
La Humanidad nunca pudo entender semejantes catástrofes que como en Japón, han azotado a todas las culturas. Lo que sí podemos hacer es, como se hizo en Japón, permanecer unidos y luchar contra la Madre Tierra que también mata.
 
Los habitantes del País del Sol Naciente dieron entonces, hace dos años, una lección que debemos aprender en el resto del mundo: Lo importante no es quien gane o quien pierda sino que hay alguien que pierde y hay que ayudarle.
 
Los atlantes nunca más se recuperaron porque fueron castigados por las divinidades a causa de su soberbia, pero el Japón de hace dos años sí se volvió a levantar porque estaban preparados para ello y sobre todo, querían (y quieren) hacerlo. Después de todo, un día y una noche no pudieron tirar al traste más de treinta siglos de Historia…
 
Os aconsejo que entréis en esta página web sobre fotografías de lo que es capaz de hacer la Madre Tierra sobre la Humanidad. Tomadas en Japón en marzo de 2011.
 

domingo, 16 de septiembre de 2012

EL RÍO "DUERITO"

 
Para cambiar un poco de tema, me gustaría hablar de un hecho muy curioso que se está produciendo en el río Duero desde hace días a su paso por la ciudad de Soria. En este punto del curso, el caudal del río se ve alterado desde los años sesenta del siglo XX, en concreto desde 1963, por el embalse construído unos kilómetros río abajo, cerca de la localidad de los Rábanos. Es el conocido como Embalse de los Rábanos.
 
El resultado de este embalsamiento es la acumulación de agua en el tramo entre Garray y Soria, además del propio embalse entre la capital y Los Rábanos obviamente. El embalse convierte a un  río "recién nacido" como el Duero en un imponente río con una anchura de casi cincuenta metros de orilla a orilla. El agua inunda las orillas, la vega del río, y éste "discurre" (por decir algo, porque en realidad está casi estancado) encajonado entre la "Sierra de Santa Ana" (Este) y el monte de "El Castillo" (Oeste) en cuya falda se encuentra la ciudad.
 
Sin embargo, desde hace días, el río muestra una imagen bien distinta. Como consecuencia de unas obras de mantenimiento en la presa del embalse de los Rábanos, se ha abierto dicha presa para "vaciar" el embalse y también ha disminuido el caudal del río en el tramo mencionado, concretamente al pie de la sierra de Santa Ana, justo debajo de la Ermita de "San Saturio", patrón de Soria. El resultado son estas imágenes:
 
 


 
 
En condiciones normales, con el embalse en funcionamiento, los márgenes del Duero, la vega, está inundada, pero ahora se puede ver ese terreno, diferenciar el primitivo cauce del río, muy estrecho, como corresponde al tramo alto (de montaña) de un río y distinguir las infinitas ramificaciones y vueltas que da la corriente (en este caso sí hay corriente por la apertura de la presa) de agua para encontrar una salida.



 
No obstante, este curioso fenómeno se ve acentuado, no sólo por las obras del embalse de los Rábanos, sino también por las escasa reservas de agua que posee el embalse de "La Cuerda del Pozo", decenas de kilómetros río arriba y que se ecuentra en torno a un 30% de su capacidad a causa de las pertinaz sequía de los últimos meses.






Sin duda son unas curiosas imágenes y los sorianos se impresionan al contemplar cómo el Río Duero es más bien, ahora y en este punto de su cauce, el "río Duerito" por la poca agua que baja. Pero, insisto, que en condiciones naturales, sin la mano del hombre de por medio, es así como debería ser. De hecho, sólo hay que ver fotografías antiguas del río en las que se ve un caudal no mucho mayor al de ahora mismo.
 
Por último, en el terreno antes anegado y ahora emergido (temporalmente), se pueden ver todo tipo de materiales: desde los restos de un puente antiguo bajo el moderno, hasta chatarra, barcas hundidas e incluso una carretilla y un extintor. No estaría nada mal, que el Ayuntamiento de Soria, dentro de ese plan de saneamiento de las márgenes del Duero que tiene (y que ha embellecido el paisaje), se molestase en limpiar ese terreno. Sin duda sería un gran colofón para ese proyecto. Es una sugerencia.
 
Dentro de un mes aproximadamente, el Duero recuperará su aspecto normal.
 
 
 
 
Para ver las fotografías en grande, haced click sobre ellas. Fotografías tomadas en la mañana del 16 de septiembre de 2012.

miércoles, 29 de agosto de 2012

KATRINA, AÑO VII


El 29 de agosto de 2005, el Katrina tocaba tierra en el Estado de Luisiana, al sur de los Estados Unidos de América. Era un huracán de categoría 4 que se había formado en las cálidas aguas del Mar Caribe y que en origen se dirigía hacia Florida. Sin embargo el huracán se desvió de su trayectoria y se había internado en el Golfo de México, con aguas de 28 ºC.
A primera hora de aquel lunes de verano, el huracán Katrina “entraba” en Estados Unidos a 65 kilómetros de la ciudad de Nueva Orleans con vientos de más de 240 km por hora. La ciudad contaba entonces con seiscientos mil habitantes. La mayoría habían sido evacuados en los días anteriores pero aún quedaban sesenta mil que permanecían en sus casas.
El nivel del agua del Golfo de México comenzó a subir lentamente desbordando los diques de contención. Las centenarias barreras del lago Portchtrain que protegen a la ciudad (que se encuentra bajo nivel del mar) no pudieron soportar la presión y se resquebrajaron mientras el agua inundaba la ciudad.
Casi el 80% de Nueva Orleans se encontraban bajo las aguas a las pocas horas del paso del Katrina. Las previsiones de seguridad habían quedado desbordadas y no se podían calcular entonces el número de muertos mientras miles de personas que acudían a los hospitales y pabellones preparados pidiendo alimento y agua potable.
El Katrina pasó por el Estado de Luisana dejando un rastro de muerte y desolación. Los muertos comenzaron a emerger a la superficie y flotaban por las calles de la antigua metrópoli francesa. Las aguas que anegaban la ciudad eran una mezcla tóxica de petróleo, pesticidas, aguas residuales y cadáveres en descomposición. El calor y la humedad eran extremos.
La respuesta internacional no se hizo esperar. Países como Kuwait, Corea del Sur, India, Alemania o Bangladesh ofrecieron ayuda. Incluso Cuba y Venezuela enviaron hospitales móviles, comida y agua potable.
La actividad de los puertos del sur de Luisiana y de Nueva Orleans, dos de los mayores de Estados Unidos se vio interrumpida; una decena de refinerías y plataformas petrolíferas del Golfo de México paralizadas; decenas de miles de viviendas fueron destruidas, comercios y fábricas arrasados y miles de empleos desaparecieron; y las tiendas de las zonas no inundadas de la ciudad fueron saqueadas por la multitud desesperada.
108 Billones de dólares costó la reconstrucción de la ciudad: el bombeo y la retirada de las aguas, la recogida de los cadáveres, la retirada de los escombros y la rehabilitación de las zonas anegadas. Fue el mayor desastre en términos económicos que ha sufrido Estados Unidos en su Historia.
Pero lo peor, como siempre, fue el drama humano: más de un millón de personas abandonaron la costa del Golfo de México y la población de Nueva Orleans se redujo más de un 50%.
 
 
El Katrina se había llevado diez mil vidas humanas.