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sábado, 26 de julio de 2025

LA CASCADA CAPRICHOSA

La cascada "Caprichosa" es una de las más icónicas del jardín del Monasterio de Piedra, en el pueblecito de Nuévalos (Zaragoza). Tras las fuertes lluvias provocadas por la DANA de finales de octubre de 2024, su aspecto cambió por completo. Antes, la orografía kárstica hacía de ella una cortina de agua casi perfecta. Ahora, su forma es más dura, más escarpada. El agua, que antes se precipitaba desde la altura de manera limpia y ordenada, ahora lo hace más abrupta, pero bella igualmente. 

La naturaleza antojadiza modela el paisaje a su gusto y lo transforma, a veces de manera lenta y, otras, de manera dramática, sobrecogedora. Y, mientras paseábamos entre árboles, arbustos y corrientes de agua, mi amiga y yo conversábamos sobre los cambios lentos y pacientes, y las transformaciones rápidas, fulgurantes. En uno de los letreros informativos del jardín botánico, donde contemplamos centenares de especies vegetales, leímos algo que nos hizo reflexionar: "El cambio es la ley de la vida. Y aquellos que sólo miran al pasado o al presente, seguro que perderán el futuro". La frase en cuestión la debió de decir un tal J.F. Kennedy, ahí es nada.

El paisaje típicamente kárstico del jardín del monasterio es el resultado de la acción erosiva del agua durante miles de años. Es un paisaje en constante cambio, aunque no lo apreciemos en toda su magnitud. El humilde e irregular río Piedra, que fluye lento, pero implacable, talla desde hace miles de años surgencias, grutas, cascadas y lapiaces. Todo aquel escenario está transformándose cada día, con cada gotita de agua filtrada que deshace el carbonato cálcico y se precipita al vacío. Pero cada retoque, cada modificación, es muy pequeña, anecdótica. Y, sin embargo, necesaria. Éste es un cambio natural lento, permanente y profundo, pero casi imperceptible para el ojo humano.

La furia del agua también es capaz de producir cambios rápidos e inmediatos, como demostró en octubre de 2024. El río Piedra se desbordó hasta niveles pocas veces vistos antes y arrasó el entorno por el que discurre. Anegó los jardines del monasterio durante varias jornadas, alteró la fisonomía de algunas cascadas, como la "Caprichosa", que no volverá a ser como antes, y destruyó otras, como la cascada "Iris" y sus alrededores. El agua se llevó con ella rocas, árboles y cualquier construcción humana que encontró a su paso. No quedó nada. Hizo borrón y cuenta nueva en aquel lugar. Otro cartel, cerca de la antigua cascada "Iris", reproducía una frase del filósofo romano Cicerón: "Todas las obras de la naturaleza deben ser tenidas por buenas". 

En realidad, pensamos nosotros, todos los cambios, todas las transformaciones, tanto las lentas y silenciosas como las trágicas y espectaculares, son a menudo inevitables y, a veces, necesarias. Por más dolorosas, destructivas y duras que puedan llegar a ser, cualquier cambio es una evolución y tiene sus beneficios. Aquella riada de octubre de 2024 hizo que la vega del río Piedra se volviese más fértil. El paisaje kárstico, tallado lentamente durante miles de años, se transformó en sólo unos días dando lugar a nuevas y bellas formas. Y las reservas del acuífero del río se regeneraron y garantizaron un caudal constante durante los meses siguientes, incluso en periodos de sequía. Aún hoy discurre por la vega del Piedra el agua que cayó hace nueve meses.

Allí, en el Monasterio de Piedra también descubrimos otros ejemplos de transformaciones, como el devenir histórico del complejo monástico. La desamortización de Mendizábal de 1835 expulsó a los monjes cistercienses que habitaban el lugar desde hacía más de seiscientos años. La iglesia fue incendiada y destruida y todo el complejo fue vendido en subasta pública por el Estado. Quien lo compró fue un ricachón de nombre Juan Federico Muntadas, que acabó transformando las huertas y tierras de los monjes en un auténtico jardín botánico, el parque que hoy en día podemos visitar. El complejo se convirtió recientemente en un hotel y un spa donde miles de visitantes descansan cada año. Los monjes del siglo XIII que fundaron el monasterio no lo reconocerían hoy, pero ha sido precisamente el cambio, la adaptación a los tiempos, lo que ha garantizado su supervivencia.

Y, volviendo a la cascada "Caprichosa", descubrimos que recibe su nombre de la fábula de la niña Jimena, la muchacha consentida y malcriada que sólo sabía decir "quiero esto, quiero aquello". La chica acabó siendo ignorada y despreciada por todos hasta que cambió, intentó no exigir tanto y se acostumbró a acabar todas sus peticiones con un "gracias". Todos volvieron a hacerle caso y ella aprendió a vivir de otra forma, sin caprichos, sin rabietas. La riada renovó completamente la cascada, la cambió de arriba a abajo. Jimena también evolucionó con el tiempo, su cambio fue más profundo si cabe, fue una evolución personal, un cambio interior. Pues ¿hay transformación mayor que la que experimentamos las personas en nuestro interior?


Cascada "Caprichosa", julio de 2025


domingo, 3 de noviembre de 2024

LA GOTA FRÍA QUE COLMA EL VASO

Tras la gota fría (Foto: Marina Lorenzo)


Un periodista recordaba unos versos del cantautor valenciano Raimon: "Al meu país, la pluja no sap ploure..." ("En mi país, la lluvia no sabe llover"). Contaba que sus abuelos, que vivían en un pueblecito de Valencia, dormían en las noches de tormenta con una mano fuera de la cama, tocando el suelo, "por si el agua regresaba". Gota fría era sinónimo de inundación, de tragedia, de muerte. Estos días no se van de mi cabeza las palabras de aquel periodista cada vez que veo fotos y videos de las inundaciones en Valencia y del caos en la respuesta del Estado ante el desastre.

En este maldito mundo de eufemismos, el expresivo término de "gota fría" ha sido sustituido por el acrónimo DANA ("Depresión Aislada en Niveles Altos"). La opinión pública asume los acrónimos con avidez aunque dificultan la comprensión de un concepto y confunden a la gente. Las gotas frías son típicas del clima mediterráneo. Han existido siempre y han causado inundaciones siempre, como muestran las historias que relató aquel tertuliano y la canción de Raimon. Quizá, con el cambio climático, se vuelvan más virulentas, como todos los fenómenos atmosféricos, pero, al parecer, ya llegamos tarde para detener esto. Una meteoróloga decía el otro día en la televisión pública que lo mejor que podemos hacer es acostumbrarnos y adaptarnos. 

El desastre de la DANA del pasado martes 26 de octubre es de tal magnitud que nos ha conmocionado a todos. Es la peor tragedia en décadas, titulaba "El País". Ya se contabilizan más de 200 muertos y unos 2000 desaparecidos, aunque estas cifras pueden aumentar hasta ser insoportables. Al drama humano debemos añadir el colapso del Estado, inoperante, anquilosado, lento, incapaz de actuar con solvencia ante la adversidad. Y, a ello, la desconfianza y el recelo de los ciudadanos que esperan protección y certidumbre por parte de las autoridades y sólo ven caos y descoordinación.

Al Estado se le han vuelto a ver las costuras, como ocurrió con otras catástrofes naturales. Recuerdo la pandemia de Coronavirus de 2020, el temporal "Filomena" en enero de 2021 y la erupción del volcán de La Palma en septiembre de ese año. Y escribiendo estas líneas, lo hago convencido de que el problema no es del Estado, que tiene recursos suficientes para proteger a sus ciudadanos y paliar los daños. España no es un Estado fallido, como dicen muchos. El problema es el grupo de dirigentes incompetentes, ensimismados y enredados en el bochornoso circo en el que se ha convertido la política en este país. Un intercambio de reproches y acusaciones en el día a día que no vale nada, que no sirve para nada.

Hace tres semanas, las televisiones nos informaron con todo detalle de las características del huracán Milton que azotó Florida. Nos relataron los planes de evacuación, los peligros a los que se enfrentaban los ciudadanos y cómo había que actuar en estos casos. A los españoles aquello nos daba igual, nos pillaba demasiado lejos. En cambio, no se informó suficiente hace cinco días sobre la potente DANA que se estaba formando en el Mediterráneo. La AEMET (la Agencia Estatal de Meteorología) advirtió días antes del riesgo, todo se sabia, pero nadie avisó y la señal de alerta por inundaciones llegó demasiado tarde. Cuando lo hizo, muchas calles, carreteras y garajes ya estaban invadidos por el agua. ¿Cómo fue posible?

¿Por qué las autoridades de la Comunidad Valenciana y de otras comunidades autónomas no alertaron a sus ciudadanos del peligro? ¿Por qué no se hizo caso a las advertencias de la AEMET? ¿Por qué los medios de comunicación nos contaron cómo sobrevivir a un huracán en Florida y no a una gota fría en Valencia? No nos engañemos, vivimos en el siglo XXI, todo se sabe, todo se puede predecir con una exactitud asombrosa. La población hace caso a las advertencias y hace lo que se le pide, sobre todo si se advierte del peligro mortal que corre. Lo vimos en la pandemia hace sólo cuatro años. La responsabilidad no es de los ciudadanos es de quien debió avisar y no lo hizo o lo hizo tarde.

Una vez sucedida la tragedia, el Estado con sus distintas administraciones (central, autonómica, fuerzas de seguridad, etc.) se manifiesta incapaz de actuar con rapidez, decisión y solvencia. Las comunidades autónomas, como demostró también la pandemia de 2020, no son más que enormes engranajes burocráticos sin recursos efectivos para atender situaciones adversas. En otras palabras, sirven para tener ocupados a decenas de miles de políticos, pero no para gestionar emergencias como ésta. Aunque tienen esa responsabilidad, aunque sobre el papel tienen las competencias, no disponen de medios, así que los ciudadanos están desprotegidos.

El gobierno central sí tiene recursos, pero es reacio a asumir responsabilidades que no le interesan para no cargar con el coste político que conllevan. Aunque éste sea su deber. En este galimatías de responsabilidades, hacen falta liderazgos políticos fuertes y decididos, capaces de afrontar costes personales a cambio del bien común. España es huérfana de grandes líderes desde hace décadas. Nuestra clase política, de cualquier ideología, se nutre de personalidades mediocres, ambiciosas e inútiles. Se manejan bien en la estéril refriega política diaria, pero nada más. Se pelean bien en el Congreso, en Twitter y en los medios de comunicación, son buenos creando espectáculo, pero no son eficaces gestores ni valientes líderes. Sólo así se comprende el caos en la respuesta a la tragedia que se vive en Valencia. 

Hay localidades aisladas desde hace días, donde aún no han llegado los equipos de rescate. La Generalidad valenciana ha rechazado la ayuda ofrecida por otras comunidades autónomas (u otros países) aún sin tener recursos propios para atender a la emergencia. El gobierno central ha tardado días en enviar efectivos militares a la zona. Es incomprensible que aún no se haya declarado el estado de alarma y el gobierno central no haya asumido el control total de la crisis. Se prometen ayudas que sabemos que nunca llegarán. Y todo esto mientras sigue habiendo miles de desaparecidos bajo el lodo. El presidente del gobierno lo dejó claro en una comparecencia pública: "Si necesitan ayuda, que la pidan". Pero no olvidemos que son las autoridades públicas quienes tiene el deber de proteger a sus ciudadanos, que éstos no tienen que pedir ayuda, que la ayuda debe llegar sola. 

La indignación del pueblo ante el desorden es de tal calibre que supone la ruptura total con el Estado. Las imágenes de los disturbios en la visita de los Reyes, el presidente del gobierno y el presidente de la Generalidad a Paiporta, uno de los pueblos más afectados, es la nuestra de la brecha entre la ciudadanía y sus representantes. La desconexión entre la nación y sus instituciones es completa y probablemente definitiva. Lo ocurrido en Valencia quizá suponga un antes y un después en la conciencia política española. No podemos permitir más esto, no podemos seguir así. "No nos abandonéis", pedía sollozando al Rey de España una mujer que lo había perdido todo, pero lo cierto es que eso ha ocurrido demasiadas veces en los últimos tiempos, que el Estado nos acaba abandonando. Quizá la gota fría de octubre de 2024 haya colmado el vaso.

lunes, 8 de agosto de 2022

LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO

Lo primero que uno siente cuando pone un pie en las Islas Lofoten es la lejanía. Este archipiélago se encuentra lejos de todos lados, en la provincia noruega de Nordland, al norte del Círculo Polar Ártico. Lo segundo quizá sea el vértigo ante un lugar inhóspito donde la naturaleza es poco amable con las sociedades humanas que intentaron y aún intentan vivir aquí. 

Cuando desembarcamos, el 3 de agosto, en el puerto de Moskenes, llovía a cántaros. Tan solo se escuchaban los insufribles graznidos de las gaviotas, las auténticas dueñas del lugar. En teoría el sol no se pone en esta época del año en las Lofoten, es el sol de medianoche, pero los nubarrones negros nos impidieron experimentar las noches blancas. Así fue durante todos los días que estuvimos allí.

El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.



El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.


Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura. 


Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.


Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.



La capital administrativa de la región, Svolvær, o algunas localidades, como Leknes, sí conservan cierta vitalidad social y económica. La muestran en sus centros comerciales, en sus polígonos industriales y en sus cafés. Otras, en cambio, son hoy el fósil de lo que un día fueron pueblos de pescadores. Actualmente, en las Lofoten viven unos 24.000 habitantes, unos 5.000, en la capital. El resto vive en asentamientos dispersos, en casas diseminadas por todas las islas. Sorprende que el vecino más cercano viva a un kilómetro de distancia. El turismo es hoy la única riqueza de estas tierras.

La vida es muy dura allí. Como lo fue siempre. El clima es frío y lluvioso. Los vientos empujan continuamente los centros de bajas presiones árticos sobre estas islas. Nosotros, en pleno agosto, tuvimos máximas de 13°C y lluvia intermitente durante varios días. En invierno, el frío es atroz. El cielo está siempre pálido. Se nota que los rayos del sol no tienen fuerza para calentar estas regiones tan septentrionales. Y en los meses de invierno, las Lofoten se sumen en la noche perpetua. Durante semanas no amanece.  ¿Quién va a querer vivir allí en esas condiciones?



Aún así, este archipiélago custodia una historia rica. Durante cientos de años, las gentes han convivido en armonía con una naturaleza hostil. Las sociedades florecieron y se desarrollaron durante siglos gracias a la pesca y al comercio. Dan cuenta de ello los templos centenarios que pueden contemplarse. Son pequeñas iglesias en medio de los campos, cuyos campanarios destacan entre el resto de edificaciones, pero empequeñecen ante los imponentes farallones esculpidos por los glaciares. También los cementerios dan cuenta de aquellas gentes que forjaron su existencia en estas tierras, lejos de todo y de todos. Gentes para las que era cotidiano contemplar estos maravillosos paisajes y que llamaban hogar a este inhóspito lugar en el fin del mundo.




lunes, 1 de abril de 2019

EL FLYSCH DE ZUMAYA

 Algunas vistas del flysch de Zumaya, Deba y Mutriku

No suelo hablar por aquí de Geografía, aunque hay algunas (pocas) entradas sobre temas geográficos. Y mucho menos trato temas de Geología, una disciplina que si bien es pariente de la anterior, me pilla demasiado lejos. En cualquier caso, sí quería terminar esta trilogía sobre mi visita al País Vasco de hace unas semanas hablando del conocido flysch de Zumaya, Deba y Mutriku.

Oficialmente este paisaje fascinante es conocido como el Geoparque de la Costa Vasca y abarca más localidades de las mencionadas anteriormente. Aquí voy a centrarme únicamente en el flysch, un peculiar paisaje geológico que se extiende por los catorce kilómetros de costa que unen Mutriku (al oeste) y Zumaya (al este).

¿Qué es un flysch? Se trata de una formación rocosa resultado de la sedimentación alternante de capas de rocas duras (calizas y pizarras) y capas de rocas blandas (margas, etc.). El origen del término es alemán ya que, al parecer, flysch significa "deslizarse" o "resbalarse". 


 
En el flysch de Zumaya, las capas se formaron por la decantación de sedimentos (rocas, conchas de organismos marinos, etc.) en el fondo del mar que separaba hace millones de años, la Península Ibérica y el continente europeo. Cuando la Península Ibérica chocó con el continente durante la Orogenia Alpina hace unos 60 millones de años (miles de años arriba, miles de años abajo), los fondos marinos se elevaron y su disposición horizontal se transformó en vertical, emergiendo hasta la posición actual.

A partir de entonces, durante la Era Cuaternaria, los agentes atmosféricos y el océano han eroisonado el terreno dando lugar al paisaje y a los acantilados actuales. En numerosos paneles informativos, allí en Zumaya, comparan el flysch con un enorme libro: "Son como páginas de un gran libro, donde podemos leer más de 60 millones de años de evolución y eventos geológicos de la historia de nuestro planeta". En otras palabras, los entendidos son capaces de descubrir qué sucedió hace, por ejemplo, cuarenta millones de años estudiando algunas de las capas del flysch.


 
Por cierto sobre los acantilados de Zumaya se encuentra la ermita de San Telmo, un templo que no era apenas visitado hasta que apareció en la película de "Ocho Apellidos Vascos" y que hoy es uno de los grandes atractivos del pueblo. Desde la ermita se pueden contemplar unas espectaculares vistas del flysch.

 Ermita de San Telmo (Zumaya)

jueves, 22 de agosto de 2013

CUANDO LA PAPA SALVO DEL HAMBRE A LOS EUROPEOS

Uno de los avances más importantes que ha hecho el ser humano a lo largo de la Historia fue el descubrimiento y domesticación de algo tan cotidiano hoy como es la patata. Se cree que los hombres que vivían cerca del lago Titicaca, en la actual frontera entre el Perú y Bolivia, aprendieron a cultivarla hace unos 8.000 años.
En 1537 el explorador español Jiménez de Quesada describió por la presencia generalizada del tubérculo en Sudamérica. A los españoles de entonces que fueron a América, les parecía similar a la batata (o camote) por lo que muchas veces la confundieron. Acabaron poniéndole el nombre de patata aunque los Incas en realidad la llamaban papa.
En 1573, la papa ya se encontraba en Canarias y poco después en Europa. El Hospital de la Sangre de Sevilla compró cientos de kilos para sus pacientes. Menos de un siglo después, la patata salvó de la inanición a millones de personas en Europa durante la Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648). Era un alimento que crecía fácilmente en todo tipo de suelos, incluso en los más pobres.
Misioneros, mercaderes y colonos llevaron a la papa alrededor del mundo. En 1600 llegó a la China en navíos holandeses. En 1620 a Norteamérica. En 1769, los ingleses la introdujeron en Nueva Zelanda y poco después en Australia. Sí, al otro lado del mundo.
La papa se convirtió en un alimento tan importante que hasta se hicieron guerras por ella. Entre 1778 y 1779, durante la guerra bávara de sucesión, los ejércitos austriacos pasaron largo tiempo en Bohemia recolectando patatas del suelo para conseguir comida y evitar que ésta llegara al enemigo. Era la única comida que había, por eso se llamó “la Guerra de la Patata”.
El mismísimo rey Luis XVI cultivaba patatas en Versalles. Eso sí, antes de que le cortaran el pescuezo. Y en la Casa Blanca, varios presidentes, entre ellos Thomas Jefferson, servían a sus invitados papa fritas. ¡En pleno siglo XIX!
Fíjense si la papa llegó a ser importante que la economía y la vida de millones de personas dependía de ella en Europa. A mediados del siglo XIX, una enfermedad afectó a la patata en Irlanda. El resultado fue un millón de personas muertas de hambre y otro millón emigrado en busca de alimentos.
Hoy en día, la papa es una de las hortalizas más difundidas  y el alimento más consumido en Europa. En el mundo, China e India son los mayores productores de papa y junto con el trigo y el arroz, de ella depende la alimentación de miles de millones de personas. En 2008 se celebró el año de la Patata.
 

“Los comedores de patatas” Vicent Van Gogh (1885)

sábado, 2 de marzo de 2013

UN DÍA Y UNA NOCHE

Platón, hizo una descripción precisa del cataclismo que hundió la mítica Atlántida hace milenios. Según el gran filósofo griego, la ciudad se encontraba frente a las columnas de Hércules que sellaban la entrada al Mediterráneo y un día y una noche bastaron para acabar con los soberbios atlantes.
 
Simplemente un día y una noche, simplemente una ola de 10 metros bastó para destruir la magnífica ciudad ¿tartessa? ubicada en lo que hoy son las marismas de Doñana según algunos estudios.
 
Simplemente un día y una noche, simplemente una ola de 10 metros bastó para que 2.500 años después de la Atlantida, en 2011, el este de Japón quedase arrasado. Desgraciadamente terremotos, como el que sacudió literalmente la isla de Japón de magnitud 9 en una escala de 10, han sido una constantes en la historia de la Humanidad y siempre se ha intentado culpar a los dioses o a poderes sobrenaturales.
 
En realidad, nada hay más natural que un terremoto y un tsunami: el castigo divino denominado “Diluvio Universal” no fue más que un terremoto y su posterior tsunami que inundó Oriente Próximo, y las Plagas de Egipto no fueron enviadas sobre el Nilo por Dios sino por un terremoto o un volcán en el Mediterráneo.
 
La Humanidad nunca pudo entender semejantes catástrofes que como en Japón, han azotado a todas las culturas. Lo que sí podemos hacer es, como se hizo en Japón, permanecer unidos y luchar contra la Madre Tierra que también mata.
 
Los habitantes del País del Sol Naciente dieron entonces, hace dos años, una lección que debemos aprender en el resto del mundo: Lo importante no es quien gane o quien pierda sino que hay alguien que pierde y hay que ayudarle.
 
Los atlantes nunca más se recuperaron porque fueron castigados por las divinidades a causa de su soberbia, pero el Japón de hace dos años sí se volvió a levantar porque estaban preparados para ello y sobre todo, querían (y quieren) hacerlo. Después de todo, un día y una noche no pudieron tirar al traste más de treinta siglos de Historia…
 
Os aconsejo que entréis en esta página web sobre fotografías de lo que es capaz de hacer la Madre Tierra sobre la Humanidad. Tomadas en Japón en marzo de 2011.
 

viernes, 23 de noviembre de 2012

LA ISLA QUE NO EXISTE


Hace cientos de años que toda la tierra está descubierta. Y cuando digo toda la tierra es toda la Tierra (con mayúscula). En los siglos XVI, XVII y XVIII, el sueño de todo geógrafo o explorador era llegar a un lugar (a poder ser con tierra firme) donde nadie antes hubiese llegado, descubrir nuevas islas, nuevos continentes, selvas tropicales, mares cristalinos y plantar allí su bandera. Y con un poco de suerte dar el nombre a aquel lugar para toda la posteridad. Hoy ya no nos podemos dedicar a ser exploradores de lugares desconocidos porque sencillamente todo está más que visto. El ser humano ha llegado hasta el último confín del Planeta. Quizá, aquellos intrépidos, fueron los que pusieron la primera piedra de la Aldea Global en la que vivimos hoy.

Pero no nos desesperemos. Si no podemos emular a Colón, Magallanes o el Capitán Hook y no es posible descubrir nuevas tierras, siempre podremos encontrar islas que no existen. Y leéis bien: ISLAS QUE NO EXISTEN.

El periódico australiano Sydney Morning Herald publicó hace unos días una noticia que ha dado la vuelta al mundo: “Científicos de la Universidad de Sydney han demostrado que una isla del Mar del Coral no existe”. La isla en cuestión tiene el nombre de Sandy y aparece en muchísimas cartas de navegación, mapas, etc. Incluso si ahora pones en Google Earth “Isla Sandy” lo más probable es que no salga nada… En realidad es tan insignificante que el buscador te lleva a una ciudad de EE.UU. Hay que saber dónde buscarla para encontrarla pero en ese buscador sí aparece.

El caso es que la isla no existe. Lo han descubierto porque una carta de navegación de un buque mostró una profundidad de 1.400 metros en el lugar donde los mapas señalaban la existencia de la isla. Y esto no puede ser claro, lo lógico es que la profundidad vaya disminuyendo conforme nos acercamos a tierra. Cuando llegamos a ella, la profundidad se convierte en altura.

Después, los investigadores de diversas universidades de Australia viajaron allí y observaron que no había nada más que agua y el gobierno francés, quien debería tener jurisdicción sobre esa isla dado que se encontraría en aguas de Nueva Caledonia tampoco tiene constancia de que existiera. ¿Pero qué ha pasado con la isla?

Vivimos en un momento en el que están de moda los cataclismos globales en los que desaparece la tierra firme, sólo queda agua y las montañas y los bosques se hunden (sólo hay que poner Antena 3 los jueves a las diez y media…). Pero es improbable (por no decir imposible) que algo así haya ocurrido con la Isla Sandy.

No obstante, una isla puede hundirse. De hecho, los atolones se forman por el hundimiento del volcán central pero este no es el caso de Sandy. Lo más probable es que se produjese un error al recoger información de las islas del Pacífico para hacer los mapas y planisferios mundiales. Fijaos que existen cientos de miles de islas en el Pacífico así que lo que pudo suceder es que una la contaran dos veces ¿no? Después todos los mapas que tomaron como fuente esa información cometieron el error (entre ellos Google maps y Google Earth).

Desde luego es una historia curiosa sobre la Cartografía (que es una ciencia humana y por tanto tiene errores). Los seres humanos hemos llegado hasta un punto en el que ya no nos vale descubrir nuevas tierras, sino que tenemos que descubrir tierras que no existen.
Mirad en este mapa de Google Earth tomado el 23 de noviembre de 2012 en el que... ¡¡aún aparece la Isla de Sandy!!
 

domingo, 16 de septiembre de 2012

EL RÍO "DUERITO"

 
Para cambiar un poco de tema, me gustaría hablar de un hecho muy curioso que se está produciendo en el río Duero desde hace días a su paso por la ciudad de Soria. En este punto del curso, el caudal del río se ve alterado desde los años sesenta del siglo XX, en concreto desde 1963, por el embalse construído unos kilómetros río abajo, cerca de la localidad de los Rábanos. Es el conocido como Embalse de los Rábanos.
 
El resultado de este embalsamiento es la acumulación de agua en el tramo entre Garray y Soria, además del propio embalse entre la capital y Los Rábanos obviamente. El embalse convierte a un  río "recién nacido" como el Duero en un imponente río con una anchura de casi cincuenta metros de orilla a orilla. El agua inunda las orillas, la vega del río, y éste "discurre" (por decir algo, porque en realidad está casi estancado) encajonado entre la "Sierra de Santa Ana" (Este) y el monte de "El Castillo" (Oeste) en cuya falda se encuentra la ciudad.
 
Sin embargo, desde hace días, el río muestra una imagen bien distinta. Como consecuencia de unas obras de mantenimiento en la presa del embalse de los Rábanos, se ha abierto dicha presa para "vaciar" el embalse y también ha disminuido el caudal del río en el tramo mencionado, concretamente al pie de la sierra de Santa Ana, justo debajo de la Ermita de "San Saturio", patrón de Soria. El resultado son estas imágenes:
 
 


 
 
En condiciones normales, con el embalse en funcionamiento, los márgenes del Duero, la vega, está inundada, pero ahora se puede ver ese terreno, diferenciar el primitivo cauce del río, muy estrecho, como corresponde al tramo alto (de montaña) de un río y distinguir las infinitas ramificaciones y vueltas que da la corriente (en este caso sí hay corriente por la apertura de la presa) de agua para encontrar una salida.



 
No obstante, este curioso fenómeno se ve acentuado, no sólo por las obras del embalse de los Rábanos, sino también por las escasa reservas de agua que posee el embalse de "La Cuerda del Pozo", decenas de kilómetros río arriba y que se ecuentra en torno a un 30% de su capacidad a causa de las pertinaz sequía de los últimos meses.






Sin duda son unas curiosas imágenes y los sorianos se impresionan al contemplar cómo el Río Duero es más bien, ahora y en este punto de su cauce, el "río Duerito" por la poca agua que baja. Pero, insisto, que en condiciones naturales, sin la mano del hombre de por medio, es así como debería ser. De hecho, sólo hay que ver fotografías antiguas del río en las que se ve un caudal no mucho mayor al de ahora mismo.
 
Por último, en el terreno antes anegado y ahora emergido (temporalmente), se pueden ver todo tipo de materiales: desde los restos de un puente antiguo bajo el moderno, hasta chatarra, barcas hundidas e incluso una carretilla y un extintor. No estaría nada mal, que el Ayuntamiento de Soria, dentro de ese plan de saneamiento de las márgenes del Duero que tiene (y que ha embellecido el paisaje), se molestase en limpiar ese terreno. Sin duda sería un gran colofón para ese proyecto. Es una sugerencia.
 
Dentro de un mes aproximadamente, el Duero recuperará su aspecto normal.
 
 
 
 
Para ver las fotografías en grande, haced click sobre ellas. Fotografías tomadas en la mañana del 16 de septiembre de 2012.