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domingo, 26 de julio de 2026

CARMEN DE LA MATA CUMPLE CIEN AÑOS


Carmen de la Mata cumple cien años. Su labor fue resumida por José Antonio Pérez Rioja en su obra "Apuntes para un diccionario biográfico de Soria" (1998): "Soriana que, desde la ya desaparecida Sección Femenina, se ha esforzado con tesón y entusiasmo por conservar, tal como eran, las danzas de nuestra provincia, a la vez que ha enseñado a bailar a varias generaciones de muchachas". Las danzas tradicionales sorianos y la Educación Física dieron forma a su vida.

Hoy Carmen de la Mata es una anciana adorable de carácter indomable que, sin embargo, aún luce con orgullo en una de las paredes de su habitación la medalla al mérito deportivo que le otorgó hace ya demasiados años el mismísimo Juan Antonio Samaranch. En las últimas décadas también ha sido reconocida como "Soriana de Pro" por el Ayuntamiento (1995); "Soriana Saludable" por la Caja Rural (1997); y "I Premio Colodra" por la Diputación Provincial (2013). Para muchas generaciones de sorianos, Carmen fue su profesora de Educación Física en el instituto. Para mí es, simplemente, la tía Carmen.

Y es que, cuando nos esperaba junto a mi abuela cada Nochebuena con una nueva caja "Lego" para abrir yo no sabía nada de la Sección Femenina, de las danzas ni de la Educación Física. Tampoco, cuando recorríamos el Collado hasta la Librería "Las Heras" para elegir el cómic de "Astérix" que me iba a regalar. El tiempo pasada demasiado rápido. Hace unos cuantos años, escribimos juntos este relato sobre su recuerdo de las clases de Educación Física. ¡Qué mejor homenaje que compartirlo aquí!

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Para impartir clase de Educación Física tuve que asistir a unos cursos que organizaba en Madrid la Sección Femenina de Falange. Preferí estudiar Educación Física en lugar de Magisterio. Eran los años 40, los tiempos de la dictadura, hace muchos años. Después, cuando ya estaba trabajando también tuve que seguir formándome con más cursos. Mi primer destino fue la Escuela de Magisterio de Soria, donde estuve algunos años; y, después, el Instituto Antonio Machado.

Cuando inauguraron el Instituto Castilla en 1969 fui una de las primeras profesoras en impartir clase allí. Al principio era solo un centro femenino porque entonces los chicos y las chicas estudiaban por separado. En mis clases de Educación Física hacía de todo, practicábamos todos los deportes. Como iba frecuentemente a Madrid a los cursos de formación, aprendía nuevos deportes que después practicaba con mis alumnas en las clases. Por ejemplo, traje el voleibol a Soria porque entonces no se practicaba. Lo llamábamos “balón-volea”. También jugábamos al “mini-basket” y hacíamos gimnasia rítmica, que me gusta mucho. Participábamos en campeonatos nacionales e internacionales. Una vez fuimos a Francia a un campeonato con doce alumnas representando a España. Fuimos en autobús. También estuvimos en Suiza y en Alemania. 

Unos años más tarde convirtieron el instituto en un centro mixto, con chicos y chicas. Siempre me acuerdo de una anécdota con los primeros alumnos que tuve. Les pedí que se comprasen zapatillas para hacer gimnasia y ellos se pensaron que íbamos a hacer ballet o danza. Algunos fueron a sus padres diciéndoles que la profesora de Educación Física les había pedido “zapatillas de ballet”. Claro, luego se dieron cuenta de que no era así. Les pedía zapatillas de gimnasia, no de ballet, para evitar dañar el suelo del gimnasio del instituto. Si hacías deporte con zapatillas de deporte normales o con calzado de calle, el parqué del gimnasio, que era de madera de Guinea, se estropeaba. Era importante cuidarlo.

Practicábamos todos los deportes y también hacíamos gimnasia deportiva. Les enseñaba a hacer el pino, a dar la voltereta hacia adelante, la voltereta lateral. Lo que más les gustaba era saltar con el “mini-tramp”. Incluso los alumnos menos hábiles acababan saltando y haciendo piruetas. La paciencia y la constancia eran muy importantes; y, sobre todo, que no le cogiesen miedo al ejercicio. Yo hacía los ejercicios con ellos, me veían e imitaban lo que hacía. Siempre digo que “mirando se aprende”. El ejercicio físico es esencial para mantener el cuerpo ágil y sano.  

Yo creo que no era una profesora dura, aunque sí muy estricta. Era la única a la que llamaban de tú en el instituto porque los alumnos tenían mucha confianza conmigo. Lo normal era tratar a los profesores de usted. Casi todos los alumnos que tuve aprobaron la asignatura excepto los que no iban a clase, que ya sabían que tenían falta. Pero casi todos venían siempre porque les gustaban mis clases. Tuve un alumno que sólo asistía a mis clases. Muchos siguieron practicando deporte después (voleibol, baloncesto, gimnasia). Algunos estudiaron INEF y aún me lo recuerdan. 

Me encanta cuando vienen antiguos alumnos y alumnas, que ahora son mayores (tienen ya hijos y algunos incluso nietos), y se acuerdan de mí. Hablamos de cómo eran las cosas entonces y es muy emocionante. Teníamos menos medios porque, por ejemplo, no había agua caliente en los vestuarios y nos duchábamos con agua fría después de hacer deporte. Al final nos acostumbrábamos. Todos me dicen lo mismo: el deporte enseña disciplina y compañerismo. Son valores muy importantes en la vida.



jueves, 9 de julio de 2026

DÍAS EN SEGOVIA


Eran las tres y media de la tarde del siete de julio. El calor abrasador del verano se había transformado en una violenta tormenta que estaba descargando con fuerza sobre la ciudad de Segovia. El petricor, por si no lo saben, el olor a tierra mojada, contribuía a crear una atmósfera bucólica, de película: un aguacero refrescante que alivia el calor veraniego en una bella ciudad castellana. Nada más lejos de la realidad, al menos, para el que esto escribe. 

Llevaba trabajando desde las ocho de la mañana en un instituto cualquiera de Segovia, un centro público destartalado como cualquier otro. Después de seis horas examinando en un aula recalentada de un edificio anexo, consumido por el hartazgo y el hambre, había salido a buscar algo que llevarme a la boca. No tenía mucho tiempo antes de comenzar un nuevo examen, así que debía darme prisa. Cuando estaba a punto de salir del supermercado donde había comprado un bocadillo frío, un tremendo trueno rompió el cielo dando inicio al aguacero. Así que, sin más alternativa, eché a correr para resguardarme en el instituto. Y allí acabé al fin, en el porche del edificio principal, esperando a que escampase. 

Estaba calado, como podéis imaginar. Llevaba la mitad derecha de la camiseta empapada, igual que la mitad correspondiente del pantalón y las zapatillas. Al parecer, mis pies, confusos, creyeron que ya estaban disfrutando del verano en una piscina o en una playa. Pero estaban equivocados: era el patio de un instituto. Y no, el siete de julio aún no había comenzado mi descanso veraniego, para disgusto de aquellos que envidian los dos meses de vacaciones de los docentes. Harto, cansado y hambriento, me decidí a devorar el bocadillo allí mismo, de pie, en el viejo portalón del centro. 

El silencio sólo era roto por el ruido de la lluvia porque no había nadie más. ¿Quién iba a ser el imbécil de salir cuando más llovía? En aquel ambiente decadente, mojado y sudoroso, me sentí un poco ermitaño, un asceta haciendo penitencia. Desconozco, ciertamente, cuáles eran las culpas que tenía que redimir. Llevaba muchos días lejos de casa, comiendo mal, durmiendo poco y teniendo, como único refugio de soledad y tranquilidad, la habitación del hotel que sufragaba, de momento, con dinero de mi bolsillo. Y no estaba de vacaciones, aquello no era un viaje de placer, era una estancia para trabajar. Estaba en medio del proceso selectivo para profesores de educación secundaria a doscientos kilómetros de mi centro de trabajo habitual. 

Esos días frenéticos, extenuantes hasta la desesperación, tuvieron en aquel momento, un destello espiritual, casi místico. Recordé allí, empapado y pegajoso, el consejo que una buena amiga me había dado cuando le conté mis aventuras: resignación, paciencia y estoicismo. Pero uno no es un asceta ni un eremita. Y la paciencia se acaba agotando igual que el vaso que contiene el agua acaba rebosando si viertes demasiada. Durante semanas, la incertidumbre, el síndrome del impostor, la ansiedad y los mil euros de gastos no me dejaron dormir. Sabía, porque no soy nuevo en estos menesteres, que habría horas de aburrimiento, de espera, de nervios, de trabajo agotador. Se me pasaban por la cabeza los viajes en coche, las horas en la habitación del hotel, las conversaciones monótonas sobre el mismo tema... Y, todo por supuesto, a cuenta del que esto escribe. ¿Y de qué te quejas? me preguntó un colega ante la ansiedad y la indignación que se apoderaron de mí.

Ahora estoy aquí, tumbado en la cama de la habitación del hotel, comiendo las cerezas que compré ayer en una frutería cercana. Es el último día de todo esto y no puedo quitarme de la cabeza aquel episodio del aguacero, de la lluvia, del calor, del hambre, del cansancio, del hartazgo. Y, sin embargo, tampoco puedo dejar de sentir algo contradictorio, una leve satisfacción, un placer minúsculo e inesperado que emerge entre la indignación, la ansiedad, la miseria y el cansancio: el alivio de haber hecho lo que correspondía. Y recuerdo también muchos momentos y situaciones de todos estos días. No son momentos alegres ni felices, son anécdotas que uno almacena en la memoria, algunas por un tiempo, otras para toda la vida. Cuando el tiempo corra y pase sin remedio, al menos quedará el resplandor de algunos momentos vividos y de algunas personas que se cruzaron en el camino aunque fuese de manera fugaz.

Y recuerdo en todo este barullo mental, al compañero más inesperado de todos, al más desconocido. Enjuto, de voz ronca, ropas descuidadas e intenso olor a tabaco, Pedro pasaría antes por camarero de un bar de pueblo que por profesor de instituto. Tan pronto te recitaba versos de Quevedo como salía por bulerías en los tiempos muertos entre examen y examen en aquel aula apartada. Era un tipo peculiar, sin duda; un personaje casi literario que podría ser el protagonista único e indiscutible de cualquier novela. Éste era el último servicio que ofrecía a la Educación (con mayúscula) antes de la jubilación. Un servicio sobrevenido e inesperado. Cuando creía que todo terminaba, el azar le obligó a seguir trabajando unas semanas más, a hacer algo que nunca había hecho antes, a adaptarse a una nueva y última aventura sobrevenida. Y así lo hizo, a pesar de todo. Y su madre, según nos contó, estaba muy orgullosa de él.

Entonces no puedo evitar esbozar un timidísima sonrisa, una sonrisa que no estaría dispuesto a reconocer. Me acuerdo de un soneto de Quevedo que Pedro escribió en la pizarra un día cualquiera; serían, qué se yo, las cinco de la tarde. Después de nueve horas trabajando sin salir del aula, a Pedro le brotó de dentro unos versos que había leído y releído incontables veces y, a fuerza de hacerlo, había acabado grabándolos para siempre dentro de sí. Busco en la galería del teléfono la foto que hice a la pizarra con el poema. "Viene muy bien este soneto para los días que estamos viviendo" nos dijo nada más escribirlo. Reconozco que aquel día, deseoso de marcharme de allí, no me paré a leerlo. Ahora sí, ahora leo los versos con atención. La última estrofa dice: 

"... sí porfías
en seguir sombras y abrazar engaños,
mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años."



martes, 23 de junio de 2026

LAS OVEJAS EN LA AVENIDA


Salgo apresurado del instituto un día de junio. Es un día raro, de esos típicos del final de curso. Un día de nervios y de estrés en el momento más agotador del año. Junio es siempre tiempo de despedidas, de nostalgia, de evaluaciones, de recuerdos, de oposiciones. También es un tiempo de milagros, y no pocos. Pasan muchas cosas en los días de junio, algunas inesperadas, y éste es uno de ellos. Un día raro. Vuelvo a mi casa corriendo para preparar la maleta y comer algo antes de partir. Debo estar en Segovia a las cinco de la tarde. Dos horas y media de camino en coche propio, en transporte público es prácticamente imposible llegar.

La avenida está espléndida en esa mañana luminosa del final de la primavera. Los árboles que flanquean la calzada exhiben sus hojas de color verde intenso, el trino de los pájaros crea un ambiente agradable y el sol luce en lo alto de un cielo azul. El buen tiempo, los días largos y la proximidad de las fiestas de San Juan transforman la ciudad de forma súbita, irreconocible sólo un par de meses antes. Todo parece normal aquella mañana. No hay nada fuera de lo corriente. Camino rápido por la acera, con la cartera con varios cuadernos en una mano y las llaves en otra. Ando un poco agobiado por el calor y por la prisas.

Cuando estoy llegando al portal, observo que los transeúntes miran hacia el final de la calle. Muchos esperan quietos, o de puntillas para ganar unos centímetros y divisar mejor la lejanía, otros sacan sus teléfonos móviles para fotografiar o grabar lo que sus ojos presencian. Al fondo se escuchan algunos cascabeles y gritos y silbidos esporádicos: "¡Ea, ea!", "¡chis, chis!", "¡fiu, fiu!". Un coche de la policía local abre paso a la ilustre comitiva, que se adentra en la ciudad desde la estación de tren. La prisa se transforma en curiosidad y el estrés se torna, por un momento, en algo de emoción. Curiosidad por aquel espectáculo extraño, que se produce rara vez, y emoción por el recuerdo de un tiempo pasado y de algo que está a punto de extinguirse.

Un rebaño de un millar de ovejas avanza por la avenida, entre coches y transeúntes urbanitas que, como yo, se han encontrado de improviso con el espectáculo. Lo han avisado los medios de comunicación, pero en la vorágine de las peripecias cotidianas, lo he olvidado: es la última trashumancia. Aquellas son las ovejas de los últimos pastores sorianos que realizan esa práctica ancestral, el desplazamiento estacional del ganado ovino lanar, desde las frías sierras del norte a las dehesas del sur en otoño y desde el sur al norte en primavera. Los últimos pastores trashumantes van a jubilarse y la trashumancia desaparecerá por completo después de más de mil años.

Aquella estampa de las ovejas merinas desfilando por el centro de nuestra ciudad de Soria despierta en mí recuerdos que creía olvidados. En aquella misma avenida, en aquel mismo lugar, por aquellas mismas fechas, treinta años atrás, también contemplaba las ovejas que venían del sur y se dirigían a las sierras de Tierras Altas. Aquellas ovejas del 2026 trajeron a mi memoria los grandes rebaños que me sorprendían en brazos de mis abuelos hace ya muchas décadas. Y no pude más que sentir nostalgia de todo aquello, el latigazo del tiempo que tantas veces he comentado en este blog.

Unos segundos estoy contemplando el espectáculo trashumante: las resignadas mulas, los orgullosos mastines, las gregarias ovejas, los altivos carneros, los pastores... "¡Vamos, vamos, que a este paso no vamos a llegar nunca" le dice delante de mí un pastor a un corderillo con tono casi paternal. Detrás del rebaño, insignificante comparado con los de antaño, de cientos de miles de ovejas, desfila un séquito de arribistas, politicuchos y activistas de tres al cuarto que se suman al espectáculo cuando atraviesa la ciudad y lo abandonan cuando se adentra en el campo. Entonces me di cuenta de que quizá no volvería a ver aquello, de que estaba contemplando algo que desaparecería para siempre. La vida del pastor trashumante es tan dura que nadie quiere ejercer el oficio. Justo en aquel instante de lucidez, cruzo hasta el centro de la calzada y saco una foto desde atrás, cuando la última oveja acaba de pasar delante de mí. Después, olvido la trashumancia, pues el tiempo apremia.

Esa noche, en la habitación del hostal de Segovia, reviso mi teléfono. Después de una tarde frenética de quehaceres diversos, puedo por fin tumbarme en la humilde cama y relajarme un poco. Antes de cerrar los ojos hasta el día siguiente, reviso mi teléfono y repito, por última vez aquel día, el patético peregrinaje de una red social a otra. De WhatsApp a Instagram y de Instagram a Twitter para acabar volviendo a WhatsApp. En uno de esos impulsos incontenibles, entro en la galería y veo la foto de las ovejas otra vez. Durante muchas horas, la memoria ha arrinconado la trashumancia y el espectáculo ganadero de esa mañana. Lejos de mi casa, en otra ciudad y agobiado por otros temas y preocupaciones mundanas, vuelvo a ver, en la pantalla de mi teléfono, la vieja avenida, el cielo azul, los esbeltos árboles de hojas verdes y el rebaño de ovejas caminando sobre el asfalto. No puedo evitar sonreír tímidamente. Pero en mi sonrisa no hay alegría sino nostalgia y pena; nostalgia y pena por un mundo que desaparece irremediablemente y no volverá jamás.



Última trashumancia en Soria, 19 de junio de 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

LOS SESENTONES DE RIOTINTO




Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.

Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita. 

Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?". 


Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra. 

Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.

También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.

El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo. 

El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas. 


Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso. 

Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza. 

miércoles, 8 de abril de 2026

LA CASA CUEVA DE HERRERÍA 15


Caminábamos sin rumbo fijo por las estrechas callejuelas de Setenil, en la provincia de Cádiz, uno de los cientos de "pueblos más bonitos de España". Estábamos haciendo caso a las recomendaciones de ChatGPT, que últimamente se ha convertido en el perfecto organizador de viajes, así que íbamos por donde los algoritmos nos recomendaban. Mientras descendíamos por la empinada calle de la Herrería, una de las más antiguas de la localidad, vimos un papel arrugado pegado con celo en los muros de una de las casitas blancas: "Visita la Casa Cueva, Calle Herrería 15".

El gran encanto de Setenil de las Bodegas no es otro que las casas-cueva, las construcciones adosadas a los abrigos rocosos del tajo esculpido durante miles de años por el río Guadalporcún. La estampa de las casitas de paredes blancas junto a los farallones que hacen las veces de muros y techos de las construcciones es lo que atrae a miles de turistas y curiosos nacionales y extranjeros cada día. Allí, recorriendo sus calles, uno se da cuenta de que hasta el más recóndito poblachón de una esquina de la Sierra de Grazalema puede ser convertido por el turismo en una atracción de feria. Lo mismo comprobamos en Frigiliana, Nerja, Ronda y otras localidades malagueñas que visitamos aquellos días de principios de la primavera de 2026.

Setenil, sin embargo, aún no ha sido convertido por completo en un mero decorado turístico. Cuando uno transita por sus calles, todavía se cruza con algunos vecinos de los de toda la vida, las casas aún tiene desconchones en sus muros y los cables negros aún se exhiben por las cornisas y saltan de una construcción a otra, como en los auténticos pueblos. Aquella casa cueva de la calle Herrería 15 fue, para nosotros, otra muestra de autenticidad, otra garantía de supervivencia del alma del pueblo. Aquella casa cueva seguía habitada, como lo había estado durante generaciones. El propietario, un anciano entrañable y bonachón, te ofrecía ver su auténtico hogar, o una parte de él, al menos, a cambio de un euro.

La Inteligencia Artificial, por supuesto, no nos habló de la casa cueva de la calle Herrería 15. La encontramos por casualidad, como se encuentran habitualmente las cosas auténticas, siguiendo los papeles arrugados pegados con celo a lo largo de la calle. La diminuta vivienda más que adosada a la roca parecía que estaba siendo engullida por ella. Las angostas escaleras unían los tres pisos, de techos de madera de escasa altura y de frías paredes naturales de roca. Allí, en esos tres pisos que eran, también, tres estancias, se mezclaban las camas, los armarios, el inodoro y televisiones de grandes pulgadas. Todo revuelto, sin solución de continuidad. Para no chocar la cabeza con el techo, uno hubo de agacharse en varias ocasiones a pesar de no ser precisamente un rompetallas.

"Cuatro generaciones de mi familia han vivido aquí" nos dijo el morador de la casa cueva cuando le preguntamos. "Mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y yo. Ahora estoy esperando a mis hijos y mis nietos, que vienen a comer hoy". Continuó hablando con naturalidad mientras echaba los condimentos en una gran olla que tenía calentando en el fuego. Aquello nos demostró que lo que él nos había enseñado no era un decorado, no era una mera atracción turística, era su vivienda habitual, con toda las comodidades y con todos los inconvenientes. La cocina estaba junto a la puerta de entrada a la cueva y también junto al salón comedor, con una gran mesa y cuatro butacones. Estampas de vírgenes y santos, diplomas, cuadros, una colección de navajas y llaves antiguas decoraban los muros de roca de la vivienda.

En estos tiempos de postureos, simulaciones y paripés, uno echa en falta lugares auténticos como éste, con vida auténtica, y cuando los halla, los encuentra merecedores al menos de un relato. "La casa es fresca en verano y calentita en invierno, gracias a la roca" nos contó nuestro anfitrión, aunque yo lo escuché con algo de escepticismo. También nos dijo que no había humedad, aún estando las viviendas construidas bajo rocas calizas y areniscas. Desde luego, si aquellos abrigos rocosos han sido habitados desde hace tantos siglos y lo siguen estando hoy, por algo será.

La casa de la Herrería 15 había sufrido, desde luego, algunas mejoras con el paso del tiempo. Mejoras que la han hecho más confortable, como es evidente cuando uno la visita. Así, las baldosas de los suelos y los peldaños, las ventanas de aluminio, las paredes encaladas y las barandas de las escaleras contrastan con los arcaicos instrumentos expuestos en todas las estancias: candiles, pesas, ollas y hasta una maquina de coser antigua. Todo de otro tiempo, expuesto como si fuera un museo. En la mesa del comedor había unas botellas de vino con un cartelito que decía: "Vino casero de campo" por si el visitante quería comprar una. Las cuidadas plantas que decoran el exterior de la vivienda y la tele encendida delatan la vida diaria en la casa cueva, a pesar de los turistas que, como nosotros, la alteran día sí y día también. 

Aquellas viviendas de Setenil quizá recuerden a la Andalucía auténtica, quizá sean el último reducto también de la Andalucía mística y romántica de otros tiempos. En aquellas casas cueva se rodó en los años 70 un capítulo de la serie "Curro Jiménez", el bandolero andaluz por excelencia, el héroe del pueblo que luchaba contra los franceses y, como un Robin Hood del sur, robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. Las casas cueva de Setenil evocan aquella Andalucía encantadora y peligrosa, donde cualquier contratiempo, cualquier imprevisto era posible. Nosotros mismos tuvimos que dejar el coche lejos del casco antiguo porque la carretera al único  aparcamiento estaba cortada por obras. Cuando volvimos, alguien había dado un golpe a nuestro coche, pero se había marchado sin dejar rastro.

Las cuevas de Setenil son moradas aún de hombres y mujeres normales y corrientes, que hacen su vida en el mismo sitio en que habitaron sus antepasados. Los abrigos rocosos de este pintoresco pueblo de una esquina de Cádiz han estado habitados desde tiempo antiguo, desde que los pioneros se dieron cuenta de las ventajas que ofrecían las formaciones rocosas naturales talladas durante miles de años por el irregular caudal del río Guadalporcún. Mucho antes, muchísimo antes de que miles de turistas y visitantes, como el que esto escribe, visitasen aquel lugar buscando una foto para Instagram y convirtiesen las casas adosadas a las rocas en un mero sitio turístico.


sábado, 21 de febrero de 2026

APUNTES DEL PIRINEO


Voto y Félix

Allí, en las boscosas cumbres prepirenaicas se funde la naturaleza, la historia y la leyenda. Dicen que, en el siglo VIII, el noble godo Voto estaba persiguiendo un escurridizo corzo. Al galope, lo seguía por los montes montado en su caballo hasta que el animal se despeñó por una gran grieta de la ladera. Voto, sin poder controlar su montura desbocada, creyó correr la misma suerte. Como un milagro, sin embargo, el animal se detuvo en el borde de la peña. 

Voto bajó del caballo y miró en lo más profundo del barranco. Abajo, divisó el corzo muerto y algo que no esperaba encontrar allí: el cadáver del ermitaño Juan de Atarés, que había pasado su vida en aquella montaña y también acabó despeñado. Voto, impresionado por lo que vio y convencido de que se había salvado gracias a San Juan, volvió a casa y le contó el milagro a su hermano Félix. Ambos vendieron todas sus propiedades y marcharon a vivir a aquel monte, lejos de la civilización. Según la leyenda, los jóvenes acabaron fundando el monasterio de San Juan de la Peña, encajado en la pared de roca que vio caer al ermitaño y al corzo.

Edelweiss 

"Es la flor de nieves, un símbolo de Jaca, la podéis encontrar en muchos recuerdos" nos dijo las dependienta mientras señalaba un cartelito que habíamos pasado por alto mientras contemplábamos los variopintos suvenires. Nos detuvimos a leer las líneas: "Crece en las zonas rocosas y en las praderas de alta montaña del Pirineo y representa el amor, la amistad y la valentía". Ninguno sabíamos de la existencia de la enigmática florecilla.

"Es bonito el significado de la Flor de Nieves, ¿verdad?" me dijo mi compañera mirándome fijamente a los ojos. En efecto, el Edelweiss se encontraba por doquier, en cuadritos, en imanes, en figuritas de terracota. "No sé si éste o éste. ¿Qué opinas tú?" me preguntaba una y otra vez, indecisa como siempre. Mi compañera dudaba del imán que compraría para su nevera. Aquello parecía una metáfora, sin duda. Una metáfora de la vida, de las decisiones, de las circunstancias a las que todos nos enfrentamos. Sea lo que sea lo que uno se juegue, en cada elección, en cada decisión, uno gana y pierde a la vez. Gana porque elige, pierde porque renuncia. Edelweiss es la flor del amor, de la amistad... y de la valentía.

Los ciervos de la ciudadela

La ciudadela de Jaca no es un gran castillo y sus muros ni siquiera sobresalen por encima de los edificios de la ciudad. No es imponente ni magnífica, si uno va con prisa, le pasará inadvertida. Se trata de uno más de los fuertes construidos a finales del siglo XVI en varias ciudades del norte de la Península por orden de Felipe II. Y es que temía el Rey Prudente que los franceses invadiesen sus dominios y por eso mandó construir estos bastiones abaluartados, duros, robustos. No son grandiosos, pero sí resistentes a los posibles envites de la moderna artillería del Renacimiento.

Hoy, el foso del viejo cuartel es un lugar verde, fresco y seguro que acoge a una manada de elegantes ciervos. Los animales campan a sus anchas alrededor de la ciudadela, tienen abundante comida y agua y exhiben su gracia a todo aquel que se asoma a verlos. Se mueven pausadamente de aquí a allá, como queriendo mostrar su envergadura, su belleza, y miran al espectador. Contemplábamos desde los alto a los animales y, mientras mi amiga les hacía fotos, mi mente veía en ellos resistencia y fuerza, la misma que la ciudadela que los acoge. Los ciervos resisten las bajas temperaturas de los bosques y las montañas en los que habitan, acostumbran a recorrer largas distancias en sus migraciones anuales y renuevan sus astas cada año, parece que cada año vuelven a empezar. ¿Hay mayor ejemplo de renovación y fortaleza?

Las nieves de Canfranc

"¡Es increíble este lugar!" exclama mi compañera mirando a todas partes. El ambiente es por completo invernal. En la estación internacional de Canfranc está cayendo una copiosa nevada. Los copos son cada vez más densos, más grandes y comienzan a cubrirlo todo formando un manto blanco. La última de las nueve borrascas que han azotado la Península en las semanas anteriores deja lluvia en Jaca, pero nieve en Canfranc. Las dos localidades se encuentran a poco más de veinte kilómetros de distancia, pero la altitud de Canfranc es unos 400 metros superior a la de Jaca. La altitud convierte la lluvia en nieve. Así lo comprobamos aquel día.

Paseamos por los alrededores de la estación, que hoy es un fabuloso hotel de lujo. "La nieve parece detener el tiempo, todo va más despacio, ¿verdad?" reflexiona mi amiga enfundada tras su bufanda y bajo el paraguas que la protege de los copos. Es cierto, el lento precipitar de los copos ralentiza el tiempo por momentos. Nieva con ganas, con parsimonia y deleite, como sucede en las grandes nevadas. Yo, mientras tanto, miro nervioso a todos lados, inquieto por el estado de la carretera por la que tendremos que regresar a nuestro hotel. Las cumbres pirenaicas están muy cerca, pero son invisibles, ocultas tras las compactas nubes blancas que lo cubren todo. También son invisibles los espesos bosques de coníferas que se alzan en las laderas de los montes. La estación de Canfranc, encajada entre montañas, parece hoy más incomunicada, más aislada. La calzada, poco a poco, se vuelve blanquecina a pesar del esfuerzo de las quitanieves, que la limpian sin cesar. "Quizá debamos volver antes de que se ponga peor", sugiero. "Parece que la nieve nos estaba esperando para decorarlo todo".

Ecos de Loarre

En las estribaciones exteriores del Pirineo, encaramado a un espolón rocoso, se camufla el soberbio castillo de Loarre. Es aquella una tierra agreste, ventosa e inhóspita, pero de un alto valor estratégico. Desde allí se divisa y domina la hoya de Huesca y, por tanto, el camino a Zaragoza, al Valle del Ebro. La fortaleza fue construida con ese objetivo en los albores del siglo XI por orden del rey Sancho III "El Mayor" de Pamplona, que entonces controlaba los valles pirenaicos del Alto Aragón. Aquel día de febrero cuando visitamos el castillo el terrible viento del norte, el cierzo, arrancaba hasta las señales de tráfico y así pudimos comprobarlo nosotros cuando aparcamos nuestro coche.

Loarre es un pueblo, pero, ante todo, es una fortaleza, la fortaleza románica mejor conservada en España. Fue encomendada a los agustinos, una orden de monjes guerreros, como tantas otras en la Edad Media. Por eso, la estancia principal es la iglesia de San Pedro, cuya extraordinaria acústica crea unos ecos que permiten escuchar las voces desde cualquier punto de la sala, sin elevar la voz, sin gritar. Aquel lugar, el castillo de Loarre, nunca fue tomado por asalto, nunca fue rendido por las armas. Los monjes tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir un asedio durante semanas y repeler al enemigo. La vida allí era durísima, sometidos al frío, la soledad y los vientos, pero contaban con alimentos y su fe, que siempre es buena compañera. Bien sabían que la fortaleza era inexpugnable, que si aguantaban lo suficiente, el enemigo acabaría retirándose. Y es que lo importante en Loarre no era vencer, sino resistir un poco más.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

CAUSAS Y EFECTOS

UN RECUERDO DE MI 2025


Llevo varios días dando vueltas a la entrada de final de año, a qué contar y cómo contarlo. Tengo la aplicación de notas de mi teléfono llena de frases sueltas, ideas inconexas que se me han ido ocurriendo en las últimas semanas. Algunas incluso las tengo apuntadas en una de mis libretas sin que les haga mucho caso. No encuentro el hilo conductor que pueda unirlas, que dé sentido a todo. Podría hablar de muchas cosas, pero me es difícil resumir este año y es que, pensándolo bien, quizá no deba resumirlo, quizá no deba contar nada.

El otro día, en el metro de Madrid, me fijé en la gente que viajaba a mi alrededor. Un chico escuchaba música con los auriculares, absorto en sus pensamientos. A su lado, una pareja charlaba animada y repasaba sus planes para fin de año. Más allá, varios viajeros solitarios miraban sus móviles sin levantar la mirada, casi sin pestañear. Sólo uno, el del fondo, esperaba paciente sin recurrir a su teléfono, sin entretenerse con él. "Resulta valiente y atrevido no mirar el móvil cuando vas solo, ¿verdad?" me susurró mi compañera. Llevaba razón.

Todos vivían sus vidas, sus peripecias cotidianas más o menos afortunadas. Todos han tenido en este año experiencias más o menos felices, desgracias más o menos trágicas. Y yo pensaba en todo ello mientras escribía algunas ideas en mi teléfono, como hago siempre. Aquellos eran semejantes a mí, nadie es demasiado diferente a cualquier otro, todos experimentamos todo tipo de sentimientos en los días que hacen un año. Así que nada es lo suficientemente emocionante como para ser contado. O quizá sea al revés, quizá todos hayamos vivido algo que merezca ser contado, quién sabe.

En la aplicación de notas de mi teléfono también hay apuntes sobre las entradas que pusieron fin al año 2024 y empezaron 2025. La razón es que, curiosamente, ambas hablan de experiencias que se han vuelto a repetir en los últimos días, como si 2025 hubiese sido, en cierto modo, cíclico, aunque las repeticiones se hayan vuelto con el tiempo más especiales, más perfectas. En los últimos días regresé a la Tienda de los Deseos, en la madrileña calle de la Escalinata, a reclamar los sueños del año que entra después del éxito del que acaba; y la música de Shinova ha estado presente, como ocurrió hace un año, en estas últimas semanas. Si lo pienso con pausa, en realidad, no puedo entender mi 2025 sin las canciones de esta banda vizcaína.

Y es que hace sólo unos meses hubiese creído imposible una noche como la del 27 de diciembre. Una noche que, por cierto, resume un año al completo. Si en el 2024 descubrí a Shinova, las canciones del grupo han puesto la banda sonora a mi 2025. Cada momento del año, cada recuerdo, bueno o malo, me viene a la mente con una de sus estrofas, con un pedazo de sus canciones. El 27 de diciembre, el grupo llenó el Movistar Arena de Madrid. Y estuve allí junto a mi persona del año, sin la que tampoco puedo explicar estos últimos doce meses.

En mis anotaciones en el móvil tenía muchas ideas sobre Shinova, sus canciones y los significados de éstas, pero ahora, a 31 de diciembre, no creo que nada de eso sea demasiado interesante. Lo más poderoso de sus temas es, sin duda, el papel de lo cotidiano, de la anécdota como inicio de una historia: el álbum, el café en el avión, el rugido de los claxons, el saxofón de la avenida. Sus versos son capaces de transportar a cualquiera a cualquier lugar. Quizá sea esto y nada más lo que haga especial la música de Shinova. Y no es poco.

Como dice una de sus canciones, titulada "Los días que vendrán", hoy podría recordar aquí la noche especial de un día de abril (muy especial, de hecho) o podría hablar sobre lo ocurrido en las ya lejanas en el tiempo Fiestas de San Juan (que no fue poco) y sobre los deseos cumplidos del comienzo del año que ahora termina o aquellos anhelos que quedan aún por cumplir. Pero no lo creo necesario; no creo que a nadie interese todo esto. Al final, todos tenemos vidas semejantes, no hay nada especial en la mía o eso me parece a mí.

En el concierto del pasado sábado, Shinova olvidó interpretar una canción cuyo estribillo esperaba con avidez porque hubiese resumido mi año en sólo cuatro palabras. Supongo que no se pueden cantar todas las canciones en apenas dos horas de actuación. La estrofa en cuestión, del tema "Doce meses", dice así: "En el año más extraño de mi vida / hubo un eclipse de sol, / cien mil especies extinguidas / y gritos de revolución, / pero yo sólo recuerdo tu voz". Ahí está el sentido a todo lo ocurrido.

De aquella noche recuerdo, sin embargo, los versos de otra canción que había escuchado multitud de veces, pero que mi mente nunca se había parado a entender y nunca había retenido. Estos versos pueden servir, sin duda, de inicio para el nuevo año, para un nuevo comienzo. La estrofa de "Ovnis y estrellas" dice: "Intentaré aceptar causa y efecto / sin alimentar demonios hambrientos / y ordenar los momentos / hasta encontrarme aquí, justo aquí". En nuestras vidas insignificantes, poco especiales, esto serviría a cualquiera. Para mí, Shinova nos anima a asumir lo que venga, entendiendo sus causas y consecuencias, a superar miedos e intentar encontrarnos a nosotros mismos, a pesar de todo. Es un buen propósito de año nuevo, ¿no creéis?


Concierto de Shinova, Movistar Arena (Madrid), 
27 de diciembre de 2025

domingo, 28 de diciembre de 2025

LOS COLORES DE LO COTIDIANO


Una ciudad tiene muchos colores, muchas tonalidades, realmente es como un caleidoscopio, un crisol de luces y brillos diferentes. Por ello, existen muchas maneras de observar el paisaje urbano, de mirar el entorno, de contemplar las formas de la ciudad, de descubrir sus detalles y matices. Y es que uno puede encontrar secretos cotidianos prestando un poco de atención a lo que tiene a su alrededor, a los colores que están por todos lados, que lo impregnan todo.

Eso es lo que hicimos mi compañera y yo este fin de semana en Madrid. Nos propusimos un reto. Es una forma de hablar porque, en realidad, fue ella quien me lo propuso a mí. El caso es que  acordamos que cada uno debía tomar nueve fotografías en las que predominase un solo color para, después, componer un collage con ellas. Se trataba, en definitiva, de una forma diferente de explorar una ciudad que conocemos, de acercarnos a ella de otra manera. El primer día, los colores elegidos fueron azul y rojo; el segundo, verde y amarillo; y el tercero (el día de regreso), naranja y morado.

Una vez decididos los colores, la obsesión inicial nos llevó a hacer fotos a todo lo que contuviese dichos tonos, a cualquier objeto que encontrábamos, por insignificante que fuese: una bolsa de basura tirada con desgana en la acera, la barandilla sucia del metro, el rótulo oxidado de una tienda. Pero, a medida que pasaban las horas, que hacíamos más y más instantáneas con los teléfonos móviles, nuestros ojos se volvieron más selectivos, más agudos, y comenzaron a fijarse en elementos urbanos que encierran gran belleza, aunque pasen desapercibidos en la frenética y apabullante cotidianeidad.

El rojo se escondía en el logotipo del restaurante donde comimos un menú del día y en los cochecitos de hojalata expuestos en el escaparate de una juguetería próxima. También en una coqueta panadería y en la fachada del Teatro Albéniz, en pleno barrio de La Latina. El rojo lo inunda todo y más en la Navidad. El azul apareció de improviso en las sillas metálicas de un bar de la Calle de Cádiz, en las fundas protectoras para  móviles que se vendían en una tienda cerca de la Puerta del Sol y en las estanterías de la Librería Lasai. Por supuesto, también en el famoso cielo de Madrid, presidido aquella tarde por la luna creciente de final de año. Aquí están los resultados:


Algo más difíciles de cazar fueron los colores del segundo día: amarillo y verde. Más aún cuando, en pleno diciembre, muchos árboles ya no lucen el colorido de otras estaciones. Pero estos colores se encuentran también en lugares dispares y aquí está lo que conseguimos fotografiar: las frutas y las verduras de una tienda de barrio, los portales de los edificios de la Calle Alcalá, algunas estaciones de metro decoradas con llamativos tonos o las hojas de los arboles que, a pesar del invierno y del frío, se resisten a caer. Incluso en un cuadro erótico colgado en los muros de un restaurante encontramos el verde o en la lámpara que alumbraba el local descubrimos el amarillo. Sólo es cuestión de observar, de dejar al lado la indiferencia, la apatía. Sólo era cuestión de mirar alrededor.


Y el último día el reto se complicó un poco más. En realidad, nunca fue del todo complicado. Los colores, naranja y morado, no son tan frecuentes y resultan escurridizos de encontrar. Además, era el día de regreso a casa, así que la cacería debía hacerse en poco tiempo. ¿Qué probabilidades hay de que un coche morado te adelante en mitad de la autovía? ¿Y de encontrar unos buzones naranjas en el edificio junto a nuestro hotel? Casualidades que hacen la vida más entretenida si uno presta algo de atención. Incluso en el pequeño pueblo de Medinaceli, donde hicimos un alto en nuestro camino, uno puede encontrar el morado y el naranja si afina la vista: en la señal que indica el famoso arco romano, en un tobogán para niños, en las flores que adornan una fachada, en los muros de una casita.


He aquí una lección que he aprendido estos días. Uno puede pasar por los lugares con apatía y desinterés, puede caminar por una calle larga sin mirar alrededor, sin que nada ni nadie le diga nada y no le ocurrirá nada. Pero también puede uno dar un largo paseo por el centro de una gran capital, deteniéndose cada pocos pasos para contemplar el espectáculo cotidiano que exhibe la ciudad en cada instante, en cada rincón, en cada esquina y disfrutar de esa belleza cotidiana, sutil y aguda. Es ahí, en las pequeñas cosas, en los detalles más insignificantes, en lo cotidiano, donde uno puede encontrarle sentido a todo.






*La idea del reto es de Lita, igual que las mejores fotos y los mejores collages. ¡Gracias!

sábado, 6 de diciembre de 2025

EL PEZ DE LA CALLE DEL PEZ


¿Por qué la calle se llama Calle del Pez? Ésta fue la pregunta que nos surgió mientras comíamos en una conocida hamburguesería en el centro de Madrid. Una de esas dudas ridículas que aparecen de manera inesperada en mitad de una conversación sobre otros temas más trascendentales. Estábamos sentados en una mesa junto a la cristalera del establecimiento en la Calle del Pez. Aquella callejuela cercana a la Gran Vía y a la Plaza de España conserva, sin embargo, cierto encanto castizo propio de Malasaña, bien condimentado, eso sí, con modas alternativas, vestimentas hipsters y bicicletas.

Buscamos en internet y acabamos consultando a Chat GPT, que, últimamente, se ha convertido en el amigo sabelotodo, el amigo que nunca se equivoca (o eso pensamos ingenuamente). Por supuesto, nos dio no una sino dos respuestas. La primera correspondía a la realidad histórica: en aquella calle había, en el siglo XVII, una casa solariega que tenía un pez tallado en su fachada. Era el emblema de los Vargas, una familia adinerada que tuvo allí su residencia. La segunda era una leyenda, una historia entrañable de esas que son difíciles de olvidar.

En esa calle, nos dijo la Inteligencia Artificial, existía una fuente pública donde, de manera inexplicable, habitaba un único pez que resistía a todo tipo de infortunios: el frío del invierno, el calor del verano y las perrerías de los vecinos que lo molestaban o lo intentaban pescar. Incluso llegaron a sacarlo del agua en una ocasión, pero al día siguiente volvió a aparecer en la fuente como si nada hubiese sucedido. El pez se convirtió en un símbolo de resistencia, de fortaleza frente a los contratiempos. La fuente fue conocida como la del pez que nunca muere y, al final, en su honor, aquella estrecha calle acabó convirtiéndose en la Calle del Pez.

Nos quedamos pensando en el animalillo débil, pero resistente, mientras mirábamos el exterior desde la cristalera. Centenares de viandantes con vestimentas variopintas caminaban de un lado al otro, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor. Era aquel un día soleado de noviembre, pero terriblemente gélido, aunque el frío no privaba a la capital del barullo que siempre inunda sus calles. Decidimos que, cuando terminásemos de comer, buscaríamos el relieve del pez esculpido en la piedra, pues, según la información que encontramos, aún se conservaba en la fachada del edificio que ocupa el lugar de la antigua casona de los Vargas.

Salimos de la hamburguesería un rato después y subimos por la Calle del Pez ávidos de encontrar el famoso relieve. Las aceras se estrechaban tanto en algunos tramos que caminábamos mi amiga y yo uno detrás del otro. El espacio lo ocupaban los coches, las motos y algunas bicicletas. A un lado de la calle, arbolillos escuálidos parecían resistir, como el pececillo, los infortunios de su existencia en la gran ciudad. Al otro, un edificio destartalado había sido adornado con botellas de plástico pintadas con distintos colores y pantalones viejos colgados de los balcones. Enfrente, había una tienda de cuadros artesanales en los bajos de un edificio rehabilitado. Supongo que el precio de esos apartamentos estaría por las nubes. Un poco más allá, encontramos un popular restaurante de tortillas de patata; la clientela hacía cola pacientemente para conseguir un hueco y taponaba la estrecha acera. Muchas cosas y todas bizarras en la Calle del Pez, pero, del relieve del pescadito, ni rastro. No había forma de encontrarlo. 

Dimos unos pasos más hacia arriba, un poco desanimados ante nuestra búsqueda infructuosa. No había forma de localizar el pez y nuestro amigo, el Chat GPT, se manifestaba incapaz de chivarnos el lugar exacto en el que se encontraba. Mirábamos una y otra vez hacia arriba, hacia la parte alta de los bloques de pisos, buscábamos en Internet y reformulábamos la pregunta a la Inteligencia Artificial confiando en que, al modificar las palabras, el algoritmo fuese capaz de encontrar una respuesta, pero nada. Sólo al final, cuando ya estábamos a punto de darnos la vuelta, de desistir, divisamos nuestro pececillo en el esquinazo de un edificio. Allí estaba, en efecto, pequeña e insignificante, la silueta del pez que resistía a todo o el recuerdo de la familia Vargas que da nombre a la calle. Cada uno, lo que prefiera.

Le hicimos unas fotos al relieve amarillento de la fachada, la foto era la prueba de nuestra pesca, de nuestro hallazgo. Una de ellas ilustra está entrada. Luego nos marchamos apresuradamente porque se acercaba la hora del grandioso espectáculo para el que teníamos entradas aquella tarde. De camino al teatro, recordé durante algunos segundos uno de los versos de la canción de Sabina que habla de Madrid: "Donde el mar no se puede concebir". Y pensé en el pez de la Calle del Pez, que vivía tan lejos del mar, en aquella fuentecilla, una vida de penurias, pero resistía a todo. El pez logró lo imposible, logró lo que nadie pensaba que lograría, algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo: vivir. Y aquel empeño, lo consiguió con creces porque lo hizo inmortal. Y es que, si lo pensamos bien, aún hoy vive el pez en aquella calle del centro de Madrid. 

El pez de la Calle del Pez 

jueves, 28 de agosto de 2025

TRATADO SOBRE TU MIRADA


Tu mirada cuenta tu historia, te delata, descubre tus sentimientos, destapa tus emociones, es una ventana a tu interior. Tus ojos son más sinceros que tus palabras, más honestos, más íntegros. He visto en ellos alegría, júbilo, candor. Y también he visto terror, cansancio y tristeza.

Una mirada puede decidir un instante, iniciar una historia o ser su desenlace. He visto miradas que pedían auxilio y otras que pedían perdón. He visto miradas de amor, de rencor y de nostalgia. He visto miradas huidizas, miradas vergonzosas, miradas inocentes. Todas ellas cuentan algo, descubren a quien está detrás.

Fíjate en su brillo, en su movimiento. Sin hablar, cuentan una historia. Gustave Courbet, en su autorretrato desesperado (siglo XIX), se mostró impaciente, turbado. El centro del cuadro son sus ojos negros, claros, abiertos a su interior. Casi podemos ver su alma, sus sentimientos más profundos, aquello que le quitaba el sueño, que le hacía sufrir. Se ve el desasosiego, la preocupación.

Y es que, en ocasiones, los ojos son tus cómplices, pero otras te traicionan. A veces muestran amor cuando quieres ocultarlo. Otras revelan tu vergüenza mientras finges orgullo. Es difícil que tus ojos mientan, son una ventana a tu alma, a tus pasiones más ocultas. Sólo ocultándolos frenarás su sinceridad, pero es difícil lograrlo por mucho tiempo, al final siempre se muestran.

He visto también miradas perdidas, miradas vacías. He visto ojos que descubren un ser ausente, apagado, triste. También hay miradas llenas de cansancio, de hartazgo, de indiferencia. Hay miradas que exhiben sin pudor la desesperación de quien no se encuentra, de quien vive en un caos interior, aunque se afane en negarlo. Son ojos que no son, que no están, que han desaparecido.


También hay miradas sensuales, atractivas, que cautivan a quien las contempla, como ésta de la condesa de Vilches retratada por Federico de Madrazo (s. XIX). Sus ojos serenos te atrapan, te besan, te seducen. Hay miradas que no saben apagar el fuego, que destapan impulsos, sentimientos y pasiones; miradas que envuelven y encantan. Son un canto de sirena, una luz en el horizonte, una llama en la oscuridad. 

Y la locura también emerge en una mirada. Tus ojos no pueden ocultar, por mucho que te empeñes, la angustia, la desesperanza, el enojo, la insensatez, la enajenación. Mira los de Iván "el Terrible" justo en el momento en el que se da cuenta de que, en un ataque de ira, acaba de matar a su hijo y heredero al trono (Repin, s. XIX). Es imposible escapar a su honestidad, a su fulgor centelleante fuera de su órbita que evidencia terror, culpa, destrucción interna. Cuando algo va mal, tus ojos piden socorro, son la alarma, la señal del hundimiento.


Qué bello es reconocer a alguien por su mirada. Una mirada propia, independiente, personal, de uno mismo. "Los ojos no saben mentir y me hablan de ti cantándome al oído" repite una y otra vez una canción de un grupo de música de éxito. Mira la última lágrima de Lucifer (Cabanel, s. XIX) después de enfrentarse a Dios y ser expulsado del paraíso. Son sus ojos los que revelan todo, la maldad, el rencor, el desdén. Los ojos dicen cosas que tú te empeñas en ocultar. Qué emocionante es destapar sentimientos a través de tu mirada. Los ojos son bellos porque cuentan una historia sin decir una palabra. 

sábado, 26 de julio de 2025

LA CASCADA CAPRICHOSA

La cascada "Caprichosa" es una de las más icónicas del jardín del Monasterio de Piedra, en el pueblecito de Nuévalos (Zaragoza). Tras las fuertes lluvias provocadas por la DANA de finales de octubre de 2024, su aspecto cambió por completo. Antes, la orografía kárstica hacía de ella una cortina de agua casi perfecta. Ahora, su forma es más dura, más escarpada. El agua, que antes se precipitaba desde la altura de manera limpia y ordenada, ahora lo hace más abrupta, pero bella igualmente. 

La naturaleza antojadiza modela el paisaje a su gusto y lo transforma, a veces de manera lenta y, otras, de manera dramática, sobrecogedora. Y, mientras paseábamos entre árboles, arbustos y corrientes de agua, mi amiga y yo conversábamos sobre los cambios lentos y pacientes, y las transformaciones rápidas, fulgurantes. En uno de los letreros informativos del jardín botánico, donde contemplamos centenares de especies vegetales, leímos algo que nos hizo reflexionar: "El cambio es la ley de la vida. Y aquellos que sólo miran al pasado o al presente, seguro que perderán el futuro". La frase en cuestión la debió de decir un tal J.F. Kennedy, ahí es nada.

El paisaje típicamente kárstico del jardín del monasterio es el resultado de la acción erosiva del agua durante miles de años. Es un paisaje en constante cambio, aunque no lo apreciemos en toda su magnitud. El humilde e irregular río Piedra, que fluye lento, pero implacable, talla desde hace miles de años surgencias, grutas, cascadas y lapiaces. Todo aquel escenario está transformándose cada día, con cada gotita de agua filtrada que deshace el carbonato cálcico y se precipita al vacío. Pero cada retoque, cada modificación, es muy pequeña, anecdótica. Y, sin embargo, necesaria. Éste es un cambio natural lento, permanente y profundo, pero casi imperceptible para el ojo humano.

La furia del agua también es capaz de producir cambios rápidos e inmediatos, como demostró en octubre de 2024. El río Piedra se desbordó hasta niveles pocas veces vistos antes y arrasó el entorno por el que discurre. Anegó los jardines del monasterio durante varias jornadas, alteró la fisonomía de algunas cascadas, como la "Caprichosa", que no volverá a ser como antes, y destruyó otras, como la cascada "Iris" y sus alrededores. El agua se llevó con ella rocas, árboles y cualquier construcción humana que encontró a su paso. No quedó nada. Hizo borrón y cuenta nueva en aquel lugar. Otro cartel, cerca de la antigua cascada "Iris", reproducía una frase del filósofo romano Cicerón: "Todas las obras de la naturaleza deben ser tenidas por buenas". 

En realidad, pensamos nosotros, todos los cambios, todas las transformaciones, tanto las lentas y silenciosas como las trágicas y espectaculares, son a menudo inevitables y, a veces, necesarias. Por más dolorosas, destructivas y duras que puedan llegar a ser, cualquier cambio es una evolución y tiene sus beneficios. Aquella riada de octubre de 2024 hizo que la vega del río Piedra se volviese más fértil. El paisaje kárstico, tallado lentamente durante miles de años, se transformó en sólo unos días dando lugar a nuevas y bellas formas. Y las reservas del acuífero del río se regeneraron y garantizaron un caudal constante durante los meses siguientes, incluso en periodos de sequía. Aún hoy discurre por la vega del Piedra el agua que cayó hace nueve meses.

Allí, en el Monasterio de Piedra también descubrimos otros ejemplos de transformaciones, como el devenir histórico del complejo monástico. La desamortización de Mendizábal de 1835 expulsó a los monjes cistercienses que habitaban el lugar desde hacía más de seiscientos años. La iglesia fue incendiada y destruida y todo el complejo fue vendido en subasta pública por el Estado. Quien lo compró fue un ricachón de nombre Juan Federico Muntadas, que acabó transformando las huertas y tierras de los monjes en un auténtico jardín botánico, el parque que hoy en día podemos visitar. El complejo se convirtió recientemente en un hotel y un spa donde miles de visitantes descansan cada año. Los monjes del siglo XIII que fundaron el monasterio no lo reconocerían hoy, pero ha sido precisamente el cambio, la adaptación a los tiempos, lo que ha garantizado su supervivencia.

Y, volviendo a la cascada "Caprichosa", descubrimos que recibe su nombre de la fábula de la niña Jimena, la muchacha consentida y malcriada que sólo sabía decir "quiero esto, quiero aquello". La chica acabó siendo ignorada y despreciada por todos hasta que cambió, intentó no exigir tanto y se acostumbró a acabar todas sus peticiones con un "gracias". Todos volvieron a hacerle caso y ella aprendió a vivir de otra forma, sin caprichos, sin rabietas. La riada renovó completamente la cascada, la cambió de arriba a abajo. Jimena también evolucionó con el tiempo, su cambio fue más profundo si cabe, fue una evolución personal, un cambio interior. Pues ¿hay transformación mayor que la que experimentamos las personas en nuestro interior?


Cascada "Caprichosa", julio de 2025


martes, 14 de enero de 2025

LA TIENDA DE LOS DESEOS


En la calle de la Escalinata, en el centro de Madrid, existe una pequeña tienda donde venden deseos. No los venden, en realidad; la propietaria te enseña a formular tus deseos y te proporciona todo lo que necesitas para lograrlos: un papelito, un cordel y un bolígrafo. Según sus instrucciones, debes escribir el deseo en presente o en pasado, como si ya lo hubieses cumplido, y no olvidar nunca precisar con exactitud cuándo lo vas a lograr. Especificar el año o el mes con determinación es fundamental para que se realice, según cuenta la mujer convencida.

Puedes pedir cuantas aspiraciones tengas, pero escríbelas con oraciones claras y precisas, para que nadie tenga dudas de lo que quieres. Después, el ritual se completa colgando el papelito en el muro exterior de la tienda, junto con los otros, y tocando la campana que avisa al destino de que tiene un nuevo cometido. A quien se encarga de cumplir esos deseos, sea quien sea, se le acumula el trabajo porque hay más de 40.000 papelitos en la fachada del local. Supongo que el azar, o quien se encargue de estos menesteres, lleva un orden así que irá cumpliendo los deseos poco a poco. Seamos pacientes.

La tienda de los deseos es el típico lugar que uno descubre por fortuna cuando pasea por el centro de Madrid, cerca de la Plaza Mayor y del Palacio Real. Es uno de esos locales que nadie espera, que nadie sabe que existe hasta que lo descubre por casualidad o lo ve anunciado en Instagram o TikTok. Luego se hace popular y los visitantes acuden a él como si fuera una atracción turística más. El establecimiento tiene aspecto de sala de estar, no de un comercio al uso: una mesa central, una chimenea antigua, una estufa, un gran espejo, unas cortinas rojas, varios relojes. Sobre la mesa, están en venta llaves mágicas para encontrar el amor, el trabajo, la paciencia, el dinero, etc. También se ofrecen libritos con consejos para alcanzar deseos, anhelos y aspiraciones.

A la izquierda, sobre un estante destacan varias fotografía antiguas de Madrid con sus respectivas descripciones. Son ejemplos de deseos cumplidos. ¡Y qué deseos! Una de ellas muestra el Palacio Real y en el pie de foto pone: "El Palacio Real fue un deseo del rey Felipe V hecho realidad". Junto a ella se encuentra otra de la fachada de la Catedral de la Almudena y el texto dice: "Fue deseo del rey Alfonso XII construir una gran catedral para la capital de España". Más allá, se exhibe otra imagen, ésta del Museo del Prado: "Fue la segunda esposa de Fernando VII, María Isabel de Braganza, quien deseó crear un museo de pinturas".

Mucha gente, la mayor parte turistas que han descubierto la tienda en las redes sociales, se arremolina en la humilde puerta roja del establecimiento. La fachada exterior está invadida por completo de papelitos blancos colgados por todos lados. Papelitos que son deseos, anhelos, esperanzas. Cada uno tiene a una persona detrás, alguien que espera que se cumpla lo que escribió en aquel trozo de papel. Desde luego, son deseos mucho más modestos que los de los monarcas, pero también más humanos. Un papelito dice: "Deseo que, en 2025, mi tía cumpla 101 años y que esté bien"

La mayoría de los mensajes son parecidos aunque estén escritos en diferentes lenguas. Los hay en castellano, en inglés, en francés, en italiano e, incluso, en árabe. El destinario de estos mensajes debe de ser políglota. Y parece que todos aspiramos a lo mismo. La felicidad se reduce siempre a tres cosas: salud para la familia, amor y un buen trabajo. Algunos piden también paz y tranquilidad. Cuando lo leí pensé que en ellas también se encuentra la felicidad, que son ambas una forma serena y madura de felicidad y, al parecer, muchas gente lo cree así.

Todos los mensajes son anónimos pues no es necesario especificar el remitente. La estrella, la ventura o la divinidad que se encarga de hacerlos realidad ya sabe quién escribió qué. Uno de los mensajes dice: "Que pueda reencontrarme con mi enamorado que está trabajando en otro país". En otro, que cuelga a su lado, leo: "Quiero que seamos amigos y estemos juntos para siempre"Y al leer un tercero no puedo evitar sonreír: "Quiero seguir con la persona que me da la vida y por la que viene en ella". El último que leo no es muy original: "Quiero salud, paz, éxito y felicidad". 

Yo también escribo mi mensaje en un papelito, con cuatro deseos claros y precisos para que los entienda bien quien tenga que hacerlos realidad. Luego ato el papel con el hilito junto a los otros, en una esquina del muro, entre la maraña de hojitas que cuelgan en el exterior de la tienda. Por último, toco la campana de la puerta roja, como debemos hacer para que todo se cumpla. En el instante final de la secuencia, cuando estoy a punto de alejarme del muro de papelitos definitivamente, uno de ellos llama mi atención. Me acerco una última vez y leo: "Que todos siempre encontremos el camino sin importar a donde queramos ir".