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lunes, 5 de enero de 2026

¿CÓMO HA LLEGADO VENEZUELA HASTA AQUÍ?


La historia de América Latina en el siglo XX estuvo marcada por golpes de Estado y dictaduras militares. Los periodos democráticos fueron, en casi todos los países de la región, breves paréntesis de inestabilidad. Una excepción, durante muchas décadas, fue Venezuela, que disfrutó de un régimen constitucional basado en elecciones libres durante toda la segunda mitad del siglo. Pero Venezuela también es ejemplo de la debilidad de la democracia y de cómo puede destruirse un sistema constitucional de libertades en pocos años. Esto es lo que ocurrió desde 1998.

En 1957 cayó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Con el Pacto de Puntofijo se estableció un sistema democrático basado en el bipartidismo. Los dos partidos hegemónicos eran el COPEI (democristiano) y AD (socialdemócrata) que se alternaban en el gobierno de manera pacífica. El sistema establecido por la Constitución de 1961 garantizó la estabilidad política y las libertades básicas durante muchas décadas haciendo de Venezuela uno de los países más libres del continente. El país también se desarrolló de manera notable en la década de los 70 aprovechando sus inmensos recursos petrolíferos, que fueron nacionalizados en 1976.

Sin embargo, la situación comenzó a deteriorarse desde finales de los años 80. Se produjo un descenso de los precios del petróleo y, por tanto, los ingresos del Estado disminuyeron también. Esto aumentó la deuda externa y el paro se desbocó. El narcotráfico y la inseguridad ciudadana se convirtieron en los principales problemas. La corrupción política y administrativa desacreditó a los partidos tradicionales y hubo protestas masivas como "el Caracazo" (1989), en el que murieron unas 500 personas. La democracia venezolana hacía aguas.

El resultado de la crisis fue la ruptura del sistema de partidos y el surgimiento de alternativas populistas. Ya en 1993 ganó las elecciones Rafael Caldera, que no pertenecía a ninguno de los partidos tradicionales, aunque el régimen democrático resistió. Otro outsider, Hugo Chávez, quien había intentado dar un golpe de Estado en 1992, acabó ganando las elecciones en 1998 y se convirtió en presidente del país. Lo que él proponía era un cambio de régimen, derogando la Constitución de 1961, "una Constitución moribunda" según sus propias palabras, y convocando elecciones para una Asamblea Constituyente que elaborase una nueva, inspirada en los principios del bolivarianismo (espíritu del libertador Simón Bolívar) y en el Socialismo del siglo XXI. 

Así lo hizo. La Constitución de 1999 cambió el nombre del país. Ahora la denominación oficial sería República Bolivariana de Venezuela. El nuevo sistema era más autoritario y militarista, el papel del presidente se reforzó y el del parlamento (la Asamblea) se restringió. Las Fuerzas Armadas también se vieron reforzadas y se convirtieron en uno de los pilares del Chavismo. Frente a los tres poderes del Estado de las democracias liberales, se constituyeron cinco: legislativo, judicial, ejecutivo, ciudadano y electoral.

Chávez se centró en paliar la grave crisis fiscal en los primeros meses de mandato y obtuvo de la Asamblea poderes extraordinarios para tomar las medidas que fueran necesarias. Junto a medidas populistas de asistencia a las clases más desfavorecidas, el gobierno de Chávez llevó a cabo prácticas excluyentes que polarizaron la sociedad. Los partidos tradicionales, COPEI y AD, quedaron reducidos a la insignificancia, se limitó la libertad de prensa y se persiguió a los opositores. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que integraba a los diferentes grupos afines a Chávez, se convirtió en el partido hegemónico.

En la década de los 2000 hubo enfrentamientos y protestas por el autoritarismo de Chávez, como el "paro cívico nacional" de diciembre de 2001, la movilización general de abril de 2002 o un intento de golpe de Estado que contó con el apoyo de EE.UU. y España. Esto no impidió que Chávez fuese reelegido en sucesivas votaciones presidenciales, en 2000, 2006 y 2012, a pesar de la limitación de mandatos que imponía la Constitución de 1999. 

Gracias a los beneficios que reportaba la exportación de petróleo, a través de la petrolera estatal PDVSA (Petróleos De Venezuela S.A.), el gobierno de Chávez llevó a cabo reformas encaminadas a reducir la pobreza y a extender la alfabetización de la sociedad y el acceso a la sanidad pública. Durante algunos años, Chávez gozó de cierto prestigio internacional y extendió su influencia a otros países de América Latina como Bolivia (Evo Morales), Ecuador (Rafael Correa) y Nicaragua (Ortega). Además, se convirtió en soporte de la dictadura de Fidel Castro en Cuba. Parecía el triunfo del Socialismo del siglo XXI frente al imperialismo yankee

Todo cambió en marzo de 2013, cuando falleció Hugo Chávez a consecuencia de un cáncer. Su sucesor fue Nicolás Maduro, que ganó las elecciones por estrecho margen. A partir de entonces, sin el carisma y la astucia política de su antecesor, Maduro se enfrentó a una grave crisis social, económica y política que lo llevó al aislamiento internacional y a prácticas cada vez más autoritarias. La caída de los precios del petróleo provocaron una crisis económica muy profunda. Las protestas aumentaron conforme lo hacía también la represión. En 2013, la coalición opositora ganó por primera vez las elecciones a la Asamblea Nacional, aunque el Tribunal Supremo anuló sus funciones apuntalando el poder omnímodo del presidente.

La hiperinflación, la escasez de alimentos y medicinas, la inseguridad en las calles y los cortes de suministro eléctrico se convirtieron en problemas cotidianos con los que debían lidiar los venezolanos. Estos factores, junto con la represión política, provocaron en la última década una migración masiva hacia otros países. Más de siete millones de venezolanos viven en la actualidad fuera de su patria, principalmente en Colombia, Perú, Estados Unidos y España. El gobierno de Estados Unidos impuso sanciones cada vez más duras al gobierno de Venezuela.

La oposición, por su parte, ha estado muy dividida en cuanto a la estrategia a seguir para derrocar a Maduro. Capriles optó por la vía electoral y se presentó a las elecciones en 2012 y 2013, aunque fue derrotado. Juan Guaidó se proclamó presidente interino en 2019 invocando un artículo de la constitución. Aunque fue reconocido por unos cincuenta países, su influencia se fue debilitando hasta desaparecer. Leopoldo López y María Corina Machado han protagonizado los últimos intentos de derrocar a Maduro utilizando la vía electoral y la presión internacional, pero sus resultados han sido, hasta ahora, limitados.

En la últimas elecciones presidenciales, en julio de 2024, Nicolás Maduro resultó reelegido una vez más, aunque bajo acusaciones de fraude electoral. La oposición, liderada por Leopoldo López, obtuvo, al parecer, más votos, pero no se le permitió acceder al poder. Maduro ha intensificado en los últimos tiempos la represión contra los opositores, con detenciones arbitrarias y limitando aún más la disidencia política. Los contactos con el narcotráfico, una de las principales fuentes de ingresos, también han contribuido al descrédito del gobierno de Maduro. La insuficiencia de servicios públicos básicos, la inseguridad, la pobreza y la emigración son los principales problemas a los que se ha enfrentado últimamente Venezuela. 

Después de la intervención militar de Estados Unidos y el arresto de Nicolás Maduro, en enero de 2026, queda por decidir el futuro del país. Muchos esperan que el régimen colapse y se abra una etapa de transición para restablecer la democracia, pero los riesgos son grandes. La oposición se encuentra dividida y no hay consenso sobre la estrategia a seguir. Una gran parte del oficialismo no está dispuesto a ceder el poder y permitir elecciones auténticamente libres. Las mafias y grupos criminales, así como las milicias armadas desde los tiempos de Chávez pueden desestabilizar el país. La incertidumbre es grande y nadie sabe hacia dónde caminará Venezuela. Y es que al final, la democracia es algo valioso, pero débil, y resulta más fácil destruir que reconstruir.



Imagen generada con Inteligencia Artificial: Bolívar, Chávez, Maduro y Machado sobre el mapa de Venezuela. 

miércoles, 24 de junio de 2020

LA MONARQUÍA ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS DE LOS INDÍGENAS


En abril de 1493, Colón fue recibido por los Reyes Católicos en Barcelona para rendir cuentas de su expedición a las Indias. El encuentro fue discreto y pocas crónicas lo narran. De hecho, Isabel y Fernando recibieron al almirante genovés con gran escepticismo después de conocer que había desembarcado antes en la corte el rey de Portugal en Lisboa. Colón tenía que dar explicaciones de todo aquello.

En aquella audiencia, el navegante mostró a sus señores ejemplos de la hazaña que había logrado culminar con éxito: llegar a las Indias navegando hacia Occidente. Según el cronista Francisco López de Gómara, les mostró objetos elaborados en oro, alimentos como el ají y la batata y animales exóticos como papagayos de diversos colores. Fácil es imaginar que lo que más honda impresión causó a los soberanos fue contemplar la entrada de seis indígenas semidesnudos y de piel canela. El cronista dice que "los seis indios se bautizaron...; y el rey, la reina y el príncipe don Juan, su hijo, fueron los padrinos...".

Al parecer, Colón había embarcado a más indígenas en las naves de vuelta a la Península y a su llegada había vendido a la mayoría como esclavos: ¡unos cincuenta hombres y mujeres! El artífice del diseño de la colonización de las Indias durante el reinado de los Reyes Católicos, Juan Roríguez de Fonseca, debió de tener especial protagonismo en esta venta. Muchos de esos indios fueron a parar a las galeras de un tal Juan de Lezcano y murieron por las pésimas condiciones de vida que sufrieron, el frío y las enfermedades.

La reina Isabel fue reticente a autorizar la venta de los indígenas antillanos como esclavos y convocó una Junta de Letrados para el estudio del caso. La Junta se manifestó contra la esclavitud de los indígenas y la reina ordenó que todos los que habían sido vendidos en Castilla fueran puestos en libertad y enviados de regreso a las Indias. La Corona siguió con los nativos americanos la misma política que había puesto en marcha con la población guanche en las Canarias: los consideraba súbditos de la Corona y hombres libres, aunque paganos.

Es cierto, sin embargo, que los Reyes Católicos nunca superaron las tesis esclavistas de la época puesto que, mientras impedían la esclavitud de sus nuevos súbditos, autorizaron para el seguno viaje de Colón el transporte de determinadas mercancías a los nuevos territorios, entre ellos, "oro, plata e perlas e esclavos negros e loros". En el viaje de regreso a las Antillas, los esclavos negros debieron de confabularse con los indígenas libres y al desembarcar huyeron juntos así que la empresa no llegó a buen puerto.

En cualquier caso, la exploración, conquista y colonización de las Antillas fue sangrienta. Los conquistadores veían en aquellos territorios una especie de tierra sin ley dada la lejanía de la Corona. La brutalidad con la que se produjo la conquista de las islas del Caribe no se debió al racismo de los europeos ya que inmediatamente después del contacto con los indígenas americanos, no pocos conquistadores se casaron con nativas como símbolo de unión y de paz entre ambos pueblos. El mestizaje se comenzó de inmediato.

Este proceso no impidió que se cometieran atrocidades propias de una guerra de conquista. Mismas atrocidades, por cierto, que se habían producido en la Guerra de Granada unos años antes. Esto, unido a la explotación de los indígenas que fueron utilizados como mano de obra forzosa y el llamado "choque microbiano", acabó provocando la extinción de los nativos antillanos. Los indígenas padecieron enfermedades para las que no tenían defensas como la viruela y la rubeola, y también otras infecciosas, como la gripe, que causaron gran mortandad. Los casi 300.000 antillanos que había en 1492 desaparecieron en pocos años.

Nadie puede negar, en todo caso, que los conquistadores españoles cometieron atrocidades en las islas americanas recién descubiertas. Fueron evidentes desde el principio. Sin embargo, esta brutalidad, normal en esa época histórica y comparable a la que se había sufrido en todas las guerras en Europa durante la Edad Media, no se debió al racismo. Desde el principio, la reina Isabel consideró que la Corona debía amparar y proteger a sus nuevos súbditos. En 1510 ya nadie ponía en duda que los indígenas americanos eran cien por ciento humanos, aunque idólatras que debían ser evangelizados.

En 1511, el dominico Antonio de Montesinos denunció la crueldad con la que los españoles trataban a los indígenas y negó el derecho a someter a los nativos a la servidumbre o a hacerles la guerra. De regreso en España, emprendió una enérgica defensa de los indios que impresionó al Rey Fernando. Había diferentes posturas en Castilla: unos defendían la libertad de los indios y justificaban la presencia europea en América en la predicación el Evangelio; otros pensaban que Dios había entregado América a los españoles como entregó la Tierra Prometida a los judíos y que podían matar y esclavizar a sus habitantes por infieles.

El rey dictó las famosas Leyes de Burgos en 1512 y 1513 que mantenían el trabajo forzoso de los indios aunque limitándolo y humanizándolo. En ellas se abolía la esclavitud de los indígenas americanos y se organizaba la conquista y el gobierno de las Antillas. Se crearon para ello dos instituciones importantes: el requerimiento que consistía en pedir a los indígenas su sometimiento al Rey de España antes del uso de las armas; y la encomienda, una polémica institución mediante la cual los índígenas cambiaban su trabajo por su evangelización.

Visto hoy en día la encomienda era una trampa para los antillanos. No debemos olvidar, sin embargo, que la mentalidad de los europeos del siglo XVI era muy diferente a la actual y la religión constituía una parte fundamental en la vida diaria de cualquier persona en aquellos momentos. Además, el cambio del trabajo por la evangelización se consideraba por muchos un deber moral dictado por la Iglesia. Esto no impidió que se produjesen evidentes situaciones de explotación que contribuyó a la extinción de los indígenas pero por primera vez, la Corona intentaba regular la conquista de un territorio y las relaciones entre conquistadores y conquistados.

Bartolomé de las Casas fue otro de los grandes defensores de los indígenas americanos. La primera vez que viajó a las Indias, este fraile dominico quedó impresionado de la crueldad con que se trataba a los indígenas. Publicó una obra titulada “Relación de la destrucción de las Indias” en la que sostenía que los indígenas debían ser tratados como seres libres, con plenitud de derechos, como súbditos del rey de Castilla y justificaba la conquista y la colonización de América con un fin exclusivamente evangelizador (para extender la fe cristiana) y siempre que fuera pacífica.

La presión de los dominicos obligó a la Corona a promulgar una serie de leyes para proteger a sus súbditos americanos que, en palabras del profesor Céspedes del Castillo, "hubieran sido admirables si se hubiesen cumplido en las colonias". En cualquier caso, por primera vez en la Historia, una Monarquía se convenció de la obligación moral de proteger a los habitantes nativos de los territorios que acababa de conquistar, y de intentar construir una nueva sociedad en la que conquistados y conquistadores conviviesen en paz. Nunca antes se había hecho y no se repetiría hasta el siglo XX.

También repudió la crueldad con la que se trataba a los indios otro de los grandes teóricos de la conquista de América, Juan Ginés de Sepúlveda. Justificaba la conquista en el deber que tenían los españoles de civilizar a los indígenas y evangelizarlos siguiendo el mandato expreso del Papa. Con estas tesis, que rechazaban la violencia pero justificaban la colonización americana, Sepúlveda estaba sentando las bases del imperialismo moderno, del que después harían uso los británicos, los franceses, los holandeses y los belgas para justificar su expansión ultramarina hasta el siglo XX. Sepúlveda, no lo olviemos, vivió en el siglo XVI.

Por último, Francisco de Vitoria, considerado el padre del derecho internacional moderno, elaboró una teoría que establecía los casos en los que la conquista estaba justificada. Para Vitoria toda nación tenía derecho a viajar y comerciar pacíficamente por todo el planeta pero el erecho a la conquista sólo estaba justificado en algunos casos (ayuda a una nación amiga, antropofagia, tiranía, etc.). Los españoles tenían todo el derecho de predicar el Evangelio en América pero no estaban autorizados a la conquista del continente porque se apartaba de todas las leyes divinas y humanas.

Tanto Bartolomé de las Casas como Francisco de Vitoria fueron invitados por el emperador Carlos V a la junta legislativa que se iba a reunir en la Universidad de Salamanca en 1540. Después de dos años de arduos debates sobre la legitimidad de la conquista de América y la necesidad de proteger a los indígenas, se promulgaron las famosas Leyes Nuevas, cuyo título completo fue "Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por su magestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios".

Las Leyes Nuevas fueron un nuevo intento de ordenar la colonización del continente americano. Pretendían acabar con la institución de la encomienda, que se había extendido ya por todo el continente (Nueva España y el Perú) y era un evidente perjuicio para los indígenas, que sufrían pésimas condiciones de vida. Además, trataban de restar el enorme poder que concentraban en sus manos los descendientes de los llamados "primeros conquistadores", que gozaban de gran influencia e impunidad en sus encomiendas. Este intento ocasionaría no pocas conspiraciones contra la Corona española y en algunos territorios se llegaron a producir rebeliones contra Carlos V y Felipe II durante el siglo XVI. La Monarquía española trataba de proteger a sus súbditos americanos y los españoles conquistadores se oponían a ello.

¿Quiere decir esto que se terminó con el abuso de los nativos por parte de los españoles? No, porque las Leyes Nuevas no supusieron el final de la encomienda y los conquistadores siguieron dominando las tierras e imponiendo su ley mediante la fórmula "obedezco pero no cumplo". ¿Hubo esclavitud en la América española? Por supuesto, de hecho, la extinción de los nativos de las Antillas obligó a la Corona española ya a comienzos del siglo XVI a autorizar la importación de esclavos negros desde África. De ella se beneficieron sobre todo las compañías mercantiles castellanas y aragonesa pero también francesas y holandesas. ¿Entonces que quiere decir todo esto? Simplemente que la conquista y colonización de América por los españoles no fue un intento deliberado de destruir las sociedades precolombinas sino que, por el contrario, la Corona intentó preservarlas.

Se produjeron durante los siglos XVI y XVII otros intentos en la misma dirección que solo vamos a mencionar. En 1550, en la Controversia de Valladolid, fray Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda debatieron de nuevo sobre el dominio de los españoles sobre los indígenas americanos. Después del Concilio de Trento (1545 - 1563) y la fundación de la Compañía de Jesús (1534), los jesuitas establecieron reducciones en numerosas zonas del continente americano con el objetivo de conservar las sociedades nativas, sus tradiciones y su cultura mientras se las evangelizaba. En algunas zonas fronterizas con el Brasil portugués, los jesuitas españoles protegieron a los indígenas sudamericanos de los ataques de los llamados "bandeirantes", una especie de cazadores que capturaban indígenas para usarlos como esclavos en las plantaciones portuguesas en Brasil.

En definitiva, en el siglo XVI, por primera vez en la Historia, un reino debatió en su seno durante décadas la legitimidad de la conquista de nuevos territorios. En Valladolid, en Sevilla, en Salamanca y en otras ciudades se celebraron juntas y debates en los que los oradores intervenían a favor y en contra de la conquista de América por los españoles y el modo en que se debía tratar a los indígenas y según sus conclusiones, la Corona española actuó en consecuencia. Por primera vez, una Monarquía quiso proteger a sus nuevos súbditos de los ataques de los antiguos. Por cierto, junto a todos estos debates e iniciativas de los reyes de Castilla sobre el trato a los indígenas americanos, se alzaron algunas voces contra la esclavitud de los negros. Los misioneros capuchinos Francisco José de Jaca y Epifanio de Moirans escribieron tratados en defensa de los esclavos negros y lanzaron una consigna: "Serbi, liberi!", es decir, "¡Libertad para los esclavos!". Era 1680. Ciento ochenta y un años antes de que Abraham Lincoln alcanzara la presidencia de EE.UU.

El 16 de junio de 2020, la Asamblea Estatal de California, controlada por los demócratas, aprobó la retirada de la estatua de la reina Isabel "la Católica" y Cristóbal Colón que presidía la sala central del Capitolio en Sacramento. Figuras históricas tan trascendentales en la Historia de América son vistas hoy como símbolos racistas por sectores importantes de la población en numerosos países americanos, no sólo en EE.UU. Pocos saben que la Monarquía Hispánica fue el primer Estado en la Historia que intentó proteger a todos los pueblos que vivían en su seno, sin importar su color de piel mucho antes de que EE.UU. existiera.


BIBLIOGRAFÍA
  • AZCONA, T. (2014): Isabel la Católica. Vida y reinado. Madrid: La Esfera de los Libros.
  • FLORISTÁN, A. (coord. 2011): Historia Moderna Universal. Barcelona (España): Ariel
  • LADERO QUESADA (2018): La España de los Reyes Católicos. Madrid: Alianza
  • CÉSPEDES DEL CASTILLO (2009): América Hispánica (1492 - 1898). Madrid: Ambos Mundos.
  • MALAMUD, C.; SEPÚLVEDA, I.; PARDO, R.; MARTÍNEZ, R. (2001): Historia de América. Temas didácticos. Madrid: Editorial Universitas, S.A.

domingo, 25 de noviembre de 2018

"TIEMPOS MODERNOS" O CÓMO LUCHAR POR LA FELICIDAD

"Tiempos Modernos" (1936) es, para todos, una de las grandes obras maestras del genial Charles Chaplin. Para muchos, la última gran película de cine mudo. Para unos cuantos, la primera de cine sonoro. Y para mí, es un gran filme que cuenta una historia humana sencilla: la búsqueda desesperada de la felicidad.

El vagabundo Charlot, en esta película reconvertido en obrero, huelguista, vigilante nocturno, maître y bailarín, sólo persigue la felicidad en un tiempo de individualismo y miseria, los años treinta. La comida y una vivienda digna son los grandes sueños del protagonista y de su compañera, la joven Paulette Goddard (el nombre es de la actriz), una muchacha húerfana, separada de sus hermanas pequeñas tras la muerte de su padre. El papel de Chaplin aquí inspirará al dibujante Escobar en Carpanta, el famoso vagabundo español que vive bajo un puente soñando con comer un gran pollo asadado. Era otro espacio, España, y otro tiempo, los cincuenta, pero la miseria era la misma.

"Tiempo Modernos" refleja la crueldad de la Segunda Revolución Industrial. Los obreros son meros autómatas en la cadena de montaje diseñada por Taylor y perfeccionada por Ford. Reduciendo su labor a movimientos sencillos y automáticos se ahorra tiempo y se aumenta la producción. Tuercas y martillo, tuercas y martillo, tuercas y martillo. Con estas palabras se puede resumir la primera parte de la película. Charlot apreta las tuercas de forma automática, sin pensar, hasta apretar con la palanca la nariz del jefe y los botones de la falda de la secretaria. Una confusión la tiene cualquiera. Se trata de una desternillante caricatura que enseña las trágicas condiciones laborales de principios del siglo veinte.

Unos trabajos más de máquinas que de personas. Un jefe onmipresente, que recuerda al Gran Hermano de George Orwell en "1984". Unos ritmos de trabajo frenéticos. El trabajador no puede ni espantar una amenazadora avispa. Si lo hace retrasa la cadena de montaje. Todo ello acab provocando una crisis nerviosa en el pobre Charlot, que se vuelve loco. Hasta se convierte en el conejillo de indias de un artilugio para dar de comer a los obreros mientras trabajan y con ello ahorrar tiempo y acelerar la producción.

Cuando sale del psiquiátrico los tiempos han cambiado. Los felices años veinte han quedado atrás y la Gran Depresión sume al país en la miseria. Sin comerlo ni beberlo (y nunca mejor dicho), nuestro protagonista es confundido con un comunista en medio de una manifestación. Entra en la cárcel varias veces. Comprende incluso que se está mejor dentro que fuera. Al fin y al cabo, en prisión tiene comida asegurada y no necesita trabajar. Fuera hay hambre y poco trabajo.

Bien lo sabe el padre de la pobre muchacha Paulette. Es ella quien se las ingenia para buscar algo que llevarse a la boca. La muerte del padre por disparos en una manifestación refleja la crudeza de la represión estatal durante los años treinta. Separada de sus hermanas pequeñas, Paulette huye durante toda la película. Y Charlot con ella. La vida se ha vuelto dificil: incluso el antiguo colega de nuestro protagonista, Big Bill, se ha convertido en un criminal: "No somos ladrones - tenemos hambre", dice a Charlot cuando asalta el centro comercial del que éste es el vigilante.

Charlot y la muchacha sueñan con comer pasteles, patinar libres y dormir sin preocupaciones. Sueños sencillos pero imposibles en aquellos tiempos. La vivienda destartalada de la pareja es otra metáfora más de la realidad. Los barrios de chabolas, las "hoovervilles", surgieron por doquier en Estados Unidos durante la Gran Depresión y recibieron su nombre en honor (dudoso) del presidente Herbert Hoover. Una chabola de madera en un descampado junto a un lago de aguas fecales y frente a fábricas otrora prósperas y ahora paradas. Así es el hogar de los protagonistas, muy lejos del sueño americano, del famoso "American Way of Life" tantas veces pregonado. 

Al fin y al cabo, toda la película transcurre entre fábricas, huelgas y prisiones. Varias veces aparece Charlot trabajando junto a enormes máquinas de engranajes y correas (donde por cierto, no es muy habilidoso). Varias veces también se ve envuelto en manifestaciones y huelgas. Y varias veces acaba en prisión, bien por ser confundido con un líder comunista, por robar un pan para comer o por su mala pata. Fábricas, huelgas y prisiones son las tres palabras esenciales en la vida de los años treinta en Estados Unidos y en otros países. La cuarta es desempleo, paro.

Al final, resulta que la joven pareja encuentra un hueco en el mundo del espectáculo, como bailarines. Pero olvidan que su destino es huir siempre. Los agentes del gobierno que persiguen a la muchacha los obligan a abandonar su trabajo y escapar lejos. "¿De qué sirve intentarlo?" se pregunta la joven al final. Charlot contesta: "No te rindas, anímate. ¡Nos las arreglaremos!". De nuevo apunta al futuro, a la felicidad.

Eso es "Tiempos Modernos", un canto a la felicidad, al amor, a los valores puramente humanos, a la libertad personal. Charlot y la joven Paulette se rebelan contra un mundo en el que los pobres son máquinas, en el que sólo importa la masa uniforme que acude a trabajar a las fábricas, en el que los obreros son autómatas fácilmente sustituibles. Una sociedad donde importa el individuo como fuerza de trabajo pero no la persona. Un gran rebaño de ovejas se confunde con la cola de trabajadores que esperan entrar en la fábrica al comienzo del filme. Así veía Chaplin la sociedad de los años treinta. Así eran los "Tiempos Modernos".

 

EL FIN DE LA PROSPERIDAD

Livingston, Nueva Jersey
31 de octubre de 1932.

No recuerdo si fue Joe Kennedy o Jhon D. Rockefeller quien dijo, durante una velada, la frase que a todos nos sobrecogió: "Cuando un limpiabotas sabe tanto como yo del mercado de valores, es el momento de que lo deje". Poco después, ambos dejaron sus negocios en Wall Street y yo también. ¡Y qué gran acierto fue aquella decisión! Era una fría noche de invierno, pero no recuerdo bien el día. Todo sabíamos que la espiral especulativa en la que habían entrado las inversiones no acabaría bien.

No os voy a engañar, en enero de 1928 yo había hecho una fortuna invirtiendo en Bolsa. Hacía seis años que el azar me había llevado a conocer a importantes inversores de Wall Street, entre otros, a Joe y a Jhon. Por entonces, Jhon era ya multimillonario, propietario de la petrolear Standard Oil, y Joe, hijo de inmigrantes irlandeses, había creado una fortuna gracias a su astucia. Me dieron buenos consejos y gracias a ellos multipliqué mi dinero.

Mucha gente hizo fortuna en los años veinte. Los felices años veinte los llamaban, ¡qué ilusos! El acceso al crédito era facilísimo así que muchos decidieron pedir préstamos a los bancos para comprar acciones de grandes empresas. Y todo por la idea del presidente del National City Bank, Charles Mitchell, a quien se le ocurrió sacar a la venta acciones de su banco a bajo precio para que la gente normal las comprase. La Reserva Federal, fundada en 1922, bajó los tipos de interés y esto abarató el crédito.

Hasta entonces, la Bolsa de Nueva York era un grupo cerrado en el que sólo invertían expertos. Por supuesto, yo no era un experto aunque, como saben, mi familia tenía extensas propiedades de tierra en Nueva Jersey. Cuando la Bolsa se abrió a todo el mundo, vi una oportunidad para invertir los ahorros familiares. Acudía Manhattan al menos una vez a la semana y el resto de días iba a la agencia de corretaje de Livingston, donde vivo, a veinteseis millas al oeste de Manhattan. Las agencias de corretaje permitían invertir en Bolsa sin tener que estar físicamente en Wall Street. 

En dos años multipliqué por diez mi dinero. Fue fantástico, no voy a mentir. Así fue como un hijo de terratenientes adinerados - pero no miltimillonarios - como yo, destinado a heredar todas las tierras de mis padres se metió en el mundo de las finanzas. Claro, el mundo de Wall Street me introdujo también en la fiesta de Manhattan, los clubes, los teatros de Brodway, las veladas noctunas y los cabarets. Así fue como conocí a Joe y Jhon. Soliamos acudir a los mismos clubes.

Mucha gente de orígenes humildes invirtió también su dinero. Otros muchos utilizaron préstamos a bajo interés para comprar acciones. Un banco que después acabó quebrando se anunciaba diciendo "Compre ahora y pague después". Hasta yo acabé pidiendo un crédito para comprar más acciones allá por 1925.

Hubo un momento en el que parecía tonto quien no invirtiese en bolsa para hacerse rico. Yo participé en ese juego y arrastré a mi primo Frank de Monclair. La burbuja financiera se inflaba cada vez más. Los precios de las acciones subían sin parar. Los bancos, obviamente, concedían créditos a todo el mundo. Creían que, como las acciones siempre subían su precio, los compradores siempre podrían venderlas para devolver el préstamo.

Herbert Hoover ganó las elecciones presidenciales de 1928 utilizando un eslógan que decía: "La prosperidad está a la vuelta de la esquina". Realmente muchos creímos que la prosperidad, el futuro, estaba en la Bolsa, y en las fáciles ganancias que nos ofrecía. Al fin y al cabo, estábamos viviendo el sueño americano.

Poco después, las voces de algunos expertos empezaron a alertar de que la situación podría cambiar. El primero creo que fue Paul Warburg, un economista que trabajaba entonces en la Brookings Institution para el gobierno. Yo no lo conocía personalmente, pero había oído hablar de él. Sería marzo o abril de 1929. Pocos le hicieron caso. Entre esos pocos, mis colegas, Joe y Jhon, ambos expertos economistas, y afortunadamente me convencieron a mí. En pocas semanas vendimos todas nuestras acciones recuperando casi todo el dinero aunque la tendencia alcista de los valores ya había comenzado a invertirse.

El 23 de octubre de 1929, Wall Street sufrió la mayor caída de su historia, las acciones perdieron el 7% de su valor. No me acuerdo qué estaba haciendo ese día pero sí que no me encontraba en Nueva York. Supongo que estaría en la mansión de mis padres en Livingston. El día siguiente, jueves 24 de octubre, temiendo la nueva caída de las acciones, miles de personas quisieron venderlas - justo lo que yo había hecho meses antes -. Las cotizaciones cayeron tanto que las acciones perdieron un tercio de su valor y nadie quería comprarlas. Yo me enteré de todo el viernes. Algún periodico ya denominó aquella jornada como "El Jueves Negro".

Viajé a Manhattan los días siguientes a ver qué ocurría. Miles de curiosos como yo nos agolpamos delante de Wall Street. La situación era caótica y yo me había librado de la ruina de milagro. El pánico se extendió por todos los sitios y llegaron rumores de que había gente saltando desde las ventanas de los rascacielos. Yo pensaba: "Esto no puede estar pasando". Se había terminado el sueño americano.

A mediodía supe que los presidentes de los principales bancos de Wall Street se habían reunido para buscar una solución. Inyectaron dinero en algunas empresas que estaban próximas a la quiebra por la debacle de sus acciones. John hizo lo mismo esperando que la tendencia cambiase. 

La bolsa empezó a subir lentamente aunque unos días después, el martes 29 de octubre, se desplomó bruscamente de nuevo. Nunca antes se había producido semejante catástrofe. Mi padre me había hablado del pánico que siguió a la quiebra de Jay Cooke and Company, un banco de Filadelfia, en 1873, pero esto fue mucho peor.

El 29 de octubre me encontraba también en Nueva York buscando a mi primo Frank. No había podido convencerle de que vendiese sus acciones a tiempo y se había arruinado - lo había intentado desde marzo de ese año, pero había sido imposible convencerlo. Estaba fascinado por la posibilidad de ganar dinero fácil. No le bastaba, como a mí, con amasar una pequeña fortuna además de las tierras familiares. Frank llegó a hipotecar sus tierras. Fue la peor decisión de su vida.
 
Acudí a los cafés que solía frecuentar, recorrí todas las calles y avenidas cercanas a Wall Street pero no lo encontré. Desesperado, se había ahorcado en la habitación de un hotel donde había gastado los últimos dólares que le quedaban. ¡Qué terrible desgracia! ¡Y todo por mi culpa, yo le convencí para que invirtiese! ¿Qué iban a hacer ahora su esposa y sus dos hijos?

Yo también perdí parte de mi dinero pero afortudamente no me arruiné. Lo tenía depositado en varios bancos y otra parte en la caja fuerte de casa, el lugar más seguro. No me extraña que muchos guarden sus dineros ahora debajo del colchón. Es el único sitio en el que no corren peligro. También cerraron muchas fábricas y millones de personas se quedaron sin empleo. Yo mismo he tenido que despedir a parte de los trabajadores de mis tierras. No hay futuro. No vendemos ni un tercio de lo que vendíamos antes. A unos pocos kilómetros de mi casa hay una de esas "hoovervilles", los barrios de chabolas que llevan el nombre del presidente Hoover. Dudoso honor para el presidente del país.

Han pasado tres años de todo aquello y la economía aún no se ha recuperado. Hoy es 31 de octubre de 1932. En unas semanas se celebran elecciones presidenciales y voy a votar por el candidato Franklin D. Roosevelt, del Partido Demócrata. Tiene ideas reformistas y pretende invertir activamente en la economía. Propone un plan al que llama "New Deal" para reactivar la economía. En mi familía siempre hemos votado a los republicanos pero es necesario cambiar. No puede ocurrir otra vez lo mismo y es necesario que la prosperidad regrese.


Benjamin Smith

sábado, 3 de noviembre de 2018

1898: UN DESASTRE ANUNCIADO



Antonio Cánovas del Castillo no fue sólo el arquitecto del sistema político de la Restauración (1875 - 1931) sino también de las líneas maestras de la política exterior y colonial de España en el último tercio del siglo XIX. Una política que conduciría irremediablemente al conocido "Desastre de 1898" en el que España perdería sus últimas colonias en América y en el Pacífico.

Cánovas era un profundo conocedor de la situación en Cuba y en Filipinas gracias a un informe que había encargado cuando estuvo al frente del Ministerio de Ultramar durante el Gobierno de O'Donnell (1865 - 1866), en el último periodo del reinado de Isabel II. También era un audaz observador de la política internacional en Europa y, sobre todo, estaba convencido de la decadencia española en el concierto de las naciones, lejos ya del esplendor imperial de los siglos XVI y XVII.

En realidad la idea de la decadencia no era algo exclusivo de los españoles de finales del siglo XIX. Se enmarcaba ésta en un sentimiento más amplio de decadencia de los países latinos fundamentado en la derrota francesa ante los alemanes en Sedán y la entrada de las tropas italianas en Roma, ambos acontecimientos acaecidos en 1870.

Por ello, Cánovas diseñó una política exterior española de perfil bajo y profundamente conservadora en el plano colonial. España debía evitar los conflictos internacionales y la rivalidad con otras potencias mucho más poderosas. Se trataba de mantener lo que se tenía (aunque fuese poco) y no establecer alianzas con otros países que pudiesen hipotecar los territorios coloniales españoles. Por eso Cánovas se limitó a firmar acuerdos puntuales con otras potencias cuando lo consideró necesario pero sin romper la "política de recogimiento" que creía vital

Lo cierto es que el imperio colonial español a finales del siglo XIX era poco más que los despojos del otrora imperio mundial en el que nunca se ponía el sol. Las colonias españolas se reducían entonces a Cuba, Puerto Rico, Filipinas, unos cuantos archipiélagos en el Océano Pacífico (las Carolinas, las Palaos y las Marianas) y algunos territorios en la costa occidental africana. Unos territorios tan disperos por el globo que era imposible defenderlos en caso de guerra. Si a ello sumamos la reducida capacidad operativa del ejército español, un conflicto colonial supondría la pérdida de todas las colonias.

A la luz de todos estos datos, la política exterior de Cánovas no parece descabellada. El principal inconveniente fue que, al no contar España con aliados sólidos entre las naciones europeas, en caso de un conflicto no deseado, como efectivamente ocurrió en 1898, se encontraría aislada. Pero en los años 70, Cánovas parece que no contempló esa posibilidad.

En un escenario internacional donde predominaban las tesis darwinistas de la supervivencia del más fuerte, España tuvo que proteger, durante varias décadas, sus escasas e insignificantes colonias como pudo. En 1875 ya se produjeron crisis en el Pacífico con Gran Bretaña y Alemania por la soberanía del archipiélago de Joló (al sur de Filipinas) y en las Islas Carolinas. Claro está, la débil España cedió derechos a las grandes potencias a cambio de mantener la paz.

Al mismo tiempo tanto en Cuba como en Filipinas empezaron a resurgir los movimientos independentistas que habían aparecido a mediados de siglo. En 1878, la Paz de Zanjón consiguió poner fin a la Guerra de los Diez Años en Cuba aunque al año siguiente hubo otro chispazo violento, la llamada Guerra Chiquita. En Filipinas, la situación no era mejor: el descontento por la mala administración de la colonia estalló en el Motín de Cavite, en 1872. Todos estos conflictos eran, para Cánovas, asuntos internos de la metrópoli en los que ninguna potencia extranjera debía injerir. Pero el problema se encontraba en que algunas potencias extranjeras ya tenían intereses en aquellos territorios...

A comienzos de los años 90, España tuvo que hacer frente a algunas revueltas independentistas en Ponapé (una diminuta isla en la Carolinas) y en Mindanao (la gran isla del sur de Filipinas). El conflicto definitivo estalló, sin embargo, en 1895 cuando se reactivó la guerra en Cuba. La historiografía cubana la conoce como la Segunda Guerra de Independencia, que se inició con el Grito de Baire. Aprovechando la debilidad española, en Filipinas estalló también una rebelión liderada primero por el nacionalista José Rizal y, poco después, por Andrés Bonifacio, fundador del Movimiento Katipunán. Aunque en 1897 los españoles consiguieron firmar con los independentistas filipinos una tregua en Biac-Na-Bató, la guerra se recrudeció en Cuba.

En todo este lío colonial, en el que España debía sofocar rebeliones en dos frentes situados a casi 16.000 km de distancia, en dos océanos y dos continentes distintos, los Estados Unidos vieron una oportunidad de oro para hacerse con los territorios españoles en las Antillas. En realidad, la colonización estadounidense de Cuba había comenzado décadas antes. El principal destino de las exportaciones azucareras cubanas no era España, la metrópoli, sino Estados Unidos, la gran potencia emergente cercana. Las compañías norteamericanas operaban libremente en la isla controlando las plantaciones de azúcar y, como es de imaginar, la inestabilidad política en la isla no les interesaba.

En cualquier caso, hasta 1898, Estados Unidos se mantuvo a la expectativa, sobre todo porque su opinión pública no quería una guerra con España. Todo cambió tras la voladura del acorazado Maine que Washington había enviado a La Habana para proteger los intereses estadounidenses. Los medios de comunicación norteamericanos se encargaron de presentar el accidente como un acto intolerable, el colmo de unos crueles españoles que estaban masacrando a los cubanos. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos declaraba la guerra a España y se disponía a arrebatarle todas las colonias, no sólo en las Antillas.

La guerra fue desigual. Estados Unidos era la gran potencia emergente, con una gran fuerza militar. España hizo lo que pudo. La flota española fue literalmente borrada del mapa en las batallas de Cavite (en Filipinas) y Santiago de Cuba, donde los norteamericanos hundieron una a una las naves españolas que salían del puerto. En agosto, la contienda estaba finiquitada: el imperio colonial español en América y el Pacífico había desaparecido.

Ninguna potencia europea movió un dedo por España. Francia y Gran Bretaña se frotaron las manos ante las oportunidades que se abrían tras la salida de los españoles de las Antillas y Filipinas. Alemania y Austria-Hungría emitieron comunicados de condena de la intolerable agtesión estadounidense a una nación amiga como era España. Nada más. Era el precio de la ausencia de alianzas fuertes que durante tanto tiempo había evitado Cánovas. Por cierto, Cánovas no vio el desastre pues había sido asesinado junto un año antes, en agosto de 1897. España se vio sola e indefensa cuando se encontró ante una guerra no deseada.

A final de año, se firmó la Paz de París en la que se cedieron Filipinas, Guam y Puerto Rico a Estados Unidos. También se reconoció la independencia, más teórica que real, de Cuba, que a partir de entonces sería un protectorado de Washington. Sólo le quedaban a España las diminutas islas del Pacífico (las Marianas y las Carolinas). ¿Qué hacer con ellas? Aquellos minúsculos territorios ni eran importantes ni productivos pudiendo traer más problemas que beneficios. El gobierno de Silvela los vendió a Alemania por veinte millones de pesetas, poniendo fin a trescientos años de presencia española en el Pacífico.

El "Desastre del 98" evidenció la decadencia española en el concierto de las naciones. El sentimiento de Cánovas era cierto: España no podía mantener unas colonias tan dispersas creía el estadista española y, en verdad, no pudo. El sentimiento de humillación fue más grande que las consecuencias económicas de la pérdida de las colonias. Muchos intelectuales apostaron por la regeneración del país. "Pan, escuela y doble llave al sepulcro del Cid" dijo Joaquín Costa. En otras palabras, desarrollo y progreso siguiendo el modelo europeo olvidando el glorioso pasado imperial que ya no existía. Pero el progreso resultaría difícil, al menos, de momento.
 

domingo, 13 de agosto de 2017

TENOCHITLÁN: 13 DE AGOSTO DE 1521



El 13 de agosto de 1521, la capital azteca de Tenochitlán se rindió a las tropas españolas de Hernán Cortés. Todo el imperio de los méxicas quedaba en manos de los conquistadores europeos y la monumental capital, arrasada por completo. Sobre sus cenizas, Hernán Cortés fundaría de inmediato la Ciudad de México, capital del nuevo Virreinato de Nueva España.

Este es, sin duda, uno de los grandes episodios de la Historia de España: el inicio de la conquista de la América Continental. Pero todas las grandes hazañas del pasado esconden una parte no tan épica. Una parte oscura, poco heroica, se presenta tras la evocadora (casi mítica) idea simplificada que se nos viene a la mente cada vez que recordamos, por ejemplo, la conquista de México por los españoles.

Hernán Cortés partió de Cuba el 10 de febrero de 1519 en dirección al continente con una armada compuesta por unos 550 soldados. Pero su expedición no había sido autorizada por el gobernador de la isla, Diego Velázquez. Poco importó este pequeño detalle al extremeño que, decidido, puso rumbo a la isla de Cozumel donde encontró a un español, llamado Jerónimo de Aguilar, que llevaba ocho años viviendo con los indígenas.

Después, la expedición recorrió la costa del Yucatán donde entabló contactos con los indígenas. Por cierto, por aquellas tierras, Hernán Cortés conoció a la que sería su amante, compañera y esposa, la Maliche, una indígena que sería bautizada como Marina poco después. Doña Marina ayudó a los españoles en la conquista de México  haciendo las funciones de traductora, como puedes leer aquí.

Por entonces, Diego Velázquez había declarado traidor y prófugo a Cortés desde Cuba. Además, Moctezuma, soberano del Imperio Azteca, ya sabía de la llegada de extraños a las cercanías de su imperio. Moctezuma envió más de una vez, emisarios a Cortés preguntándole, primero, cuáles eran sus intenciones y, después, ofreciéndole regalos para que se marchase..

Pero Cortés estaba decidido a hacer algo grande y siguió adelante a pesar del gobernador de Cuba y del soberano azteca. Fundó la ciudad de Veracruz y, para evitar que sus hombres retornasen a Cuba, ordenó estrellar los navíos contra los acantilados. Ya no había marcha atrás: la única opción era internarse en el continente.

¿Cómo es posible que 550 españoles, por muy bravos y fieros que fuesen, lograsen conquistar un imperio bien organizado de 25 millones de habitantes? La realidad el Imperio Azteca esta dominado por los méxicas y habitado por multitud de pueblos sometidos a su poder. Lo que hizo Cortés fue ganarse la confianza de todos esos pueblos que odiaban el yugo méxica.

El Imperio Azteca no era precisamente un paraíso de convivencia y paz sino el fruto del expansionismo de un pueblo que había sometido militarmente a otros. Estos pueblos debían pagar cuantioso tributos que, incluían, por supuesto, hombres para sacrificios humanos.

El caso es que, poco a poco, Cortés engrosó sus tropas a base de indígenas y avanzó por en dirección a la capital imperial. Tenochitlán era una ciudad monumental situada en una zona pantanosa (el lago Texcoco). Se accedía a ella a través de cuatro largos puentes. El ocho de noviembre de 1519 entraron, por fin, en la capital y Moctezuma los recibió con una ceremonia espectacular.

El tlatoani (señor) azteca y, en general, todos los líderes méxicas no se enteraron muy bien de qué ocurría. De hecho, se pensaban que los españoles eran descendientes de Quetzalcoatl, una divinidad que había marchado hacia el este (justo de donde venían los españoles). El caso es que los conquistadores fueron recibidos con gran hospitalidad, se ordenó que no se les hiciese ningún daño y hasta se les mostró los dominios y las riquezas del país. Podemos imaginar las caras de los harapientos españoles cuando contemplaban los enormes templos del centro de Tenochitlán y las riquezas que se acumulaban en su interior.

Moctezuma sólo comprendió que los españoles buscaban la destrucción de su imperio con la insistencia de Cortés de que olvidase sus dioses y abrazase la fe cristiana. Hernán Cortés, consciente de la debilidad de su posición, ordenó el arresto de Moctezuma en su palacio pero, en ese momento, conoció la llegada de tropas a la costa con ordenes de detenerle. Diego Velázquez había movido ficha y no iba a permitir que Cortés se saliese con la suya.

Cortés marchó entonces a Veracruz dejando en Tenochitlán un grupo de hombres al mando de Alvarado. En la costa, tras una escaramuza, convenció a los recién llegados de la gran oportunidad que se presentaba ante ellos: la conquista de una tierra riquísima.

Cuando regresaron a Tenochitlán la situación había cambiado y los aztecas se mostraban hostiles hacia los españoles. ¡Qué diferencia con la primera vez que entraron en la ciudad! Una multitud se manifestaba delante del palacio de Axayácatl donde se atrincheraban los españoles y donde estaba preso Moctezuma. Los españoles decidieron que Moctezuma saliese a una terraza y pidiese a sus súbditos que se calmasen pero, cuando lo hizo, le abrieron la cabeza con una piedra. A los pocos días el tlatoani murió.

La situación de los españoles era insostenible y el 30 de junio de 1520 Cortés ordenó la evacuación de la ciudad. Este episodio es de todo menos honroso: los españoles huyeron de la ciudad aprovechando la noche y sabiendo que una batalla contra los méxicas supondría su aniquilación. En la huida cargaron con todo el oro que pudieron y que, por supuesto, fueron perdiendo por el camino cuando los indígenas les atacaron. Cientos de españoles y miles de indios aliados perecieron aquella noche, la Noche Trieste...

Los españoles huyeron a Tlaxcala, una región aliada, pero volvieron a encontrarse con sus perseguidores en Otumba, donde les derrotaron. Lejos de Tenochitlán, Herán Cortés planeó el retorno y la definitiva conquista.

En abril de 1521 los españoles sitiaron la capital azteca. La conquista fue posible gracias a las alianzas con otros pueblos indígenas, la disciplina de las tropas españolas y el uso de pequeños bergantines botados en el lago Texcoco. Has leído bien, los españoles construyeron barcos para sitiar Tenochitlán. 

La resistencia azteca fue heroica. El jefe militar de Tenochitlán, Cuautemoc fue decisiva y sólo rindió la ciudad cuando era absolutamente imposible la resistencia, que había sido llevada hasta el límite. En sus "Cartas de Relación", enviadas al emperador Carlos V, Hernán Cortés dice que "murieron más de cincuenta mil ánimas". La guerra cesó el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito:

"De manera que desde el día que se puso cerco a la ciudad... hasta que se ganó, pasaron setenta y cinco días, en los cuales vuestra majestad verá los trabajos, peligros y desventuras que éstos sus vasallos padecieron [los conquistadores españoles], en los cuales mostraron tanto sus personas, que las obran dan buen testimonio de ello"

Como puedes imaginar, Tenochitlán quedó completamente destruida pero Cortés inició de inmediato su reconstrucción. Se fundó así la Ciudad de México, capital de la Nueva España, el primer virreinato español en el Nuevo Mundo.  




viernes, 11 de septiembre de 2015

EL DÍA QUE CAMBIÓ EL MUNDO

Los que han cometido este ataque no sobrevivirán
G.W. Bush, presidente de EE.UU.,
11 de septiembre de 2001





El 11 de septiembre siempre se recordará como el día en el que se llevó a cabo el mayor ataque terrorista de la Historia de Humanidad. Han pasado catorce años de unos hechos que cambiaron a la mayor potencia mundial y al resto del mundo. Todos podemos recordar aquellos momentos.

No era el primer atentado que sufría el mundo, ni Occidente, ni Estados Unidos. Sabemos que tampoco fue el último. Cientos de ataques se han llevado a cabo desde entonces. Uno de los más graves incluso lo vivimos en nuestras propias carnes, 911 días después de aquel 11 de septiembre, un 11 de marzo, en este caso de 2004.

Ya no existe Osama Bin Laden. La organización terrorista Al Qaeda está perdiendo influencia. Y el mundo árabe se enfrenta ahora a nuevos retos y a nuevos peligros. Pero sin duda, nadie puede olvidar aquellos acontecimientos que sirvieron como lección y advertencia a la nación más poderosa, a Occidente y al mundo entero. Aquellos acontecimientos marcaron quizá el fin de una época y el comienzo de una nueva.


“Estados Unidos fue golpeado por Alá en su punto más vulnerable, destruyendo gracias a Dios, sus más prestigiosos edificios”.Bin Laden, 7 de octubre de 2001



La televisión pública británica, la BBC, elaboró en 2011 (décimo aniversario) una línea del tiempo para comprender cómo y dónde pasó cada uno de los acontecimientos. Incluye videos y mapas para imaginar las trayectorias de los aviones secuestrados aquel día:

Hace unos años escribí esta crónica que recupero aquí sobre aquel día. Está basada en las informaciones aportadas por el suplemento especial del Domingo siguiente al 11-S por el periódico “El País”:

AQUEL 11 DE SEPTIEMBRE

“La torre se tambaleó de un lado a otro. Mis compañeros lloraban.Yo me caí al suelo y por las ventanas se veía llover trozos de hierro”.

Este es el escalofriante testimonio de uno de los supervivientes de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra el corazón financiero de los Estados Unidos: el World Trade Center. Bueno, para los norteamericanos ese día se resume en 9/11 que es también el número de teléfono de emergencia en aquel país.

Hace ocho años que el mundo cambió por completo. A las 8.45 (hora de EE.UU) un avión repleto de pasajeros de la compañía American Airlines que había sido secuestrado por terroristas se estrelló contra el edificio norte de Las Torres Gemelas de Nueva York. El impacto abrió un tremendo boquete en la torre que comenzó a arder.

Eso fue sólo el comienzo de un día muy largo. A las 9.03 un segundo avión se estrelló contra la segunda torre que también ardió. Y a las 9.43 un tercero contra el Pentágono, el símbolo de la inteligencia norteamericana. A las 10.05 se desplomó la torre sur como un castillo de naipes.

Manhattan se cubrió con una nube de polvo, papeles y escombros. Por si fuera poco cinco minutos después un cuarto avión se estrelló en el Estado de Pensilvania, iba dirigido a la Casa Blanca pero el heroísmo de los pasajeros impidió que llegase a su destino. A las 10.28 la torre sur del World Trade Center se derrumbaba.

Los mayores atentados de la Historia de la Humanidad que también fueron el primer acto de guerra contra los Estados Unidos en toda su Historia causaron más de dos mil muertos, hirieron el orgullo de la primera potencia mundial y cambiaron la perspectiva mundial de EE.UU que no tardaron en perseguir a los terroristas hasta el fin del mundo declarando la guerra a Afganistán.

Un ciudadano estadounidense demostró el ansia de venganza de la sociedad americana tras los ataques. En la puerta de su restaurante se podía leer:

“President Bush declare war on Afganastan tonight!!!”






Como una imagen vale más que cien crónicas escritas, éste es un resumen de la segunda edición del Telediario (TVE) de aquel 11 de septiembre de 2001. Aquel que casi todos vimos. El Telediario más largo de la Historia.




Han pasado catorce años de aquel atentado terrorista, pero sus consecuencias todavía las vivimos. Nosotros, los ciudadanos del tiempo presente, aún no tenemos perspectiva suficiente para comprender el alcance de aquellos instantes de la Historia de la Humanidad pero en el futuro, quizá se tome como el hito del fin de una época.

Y es que quizá dentro de algunos siglos, los historiadores del futuro relacionen aquel atentado del 11 de septiembre de 2001 y las invasiones posteriores de Afganistán (2001) e Iraq (2003) con las convulsiones que ha sufrido el mundo islámico desde entonces, donde, tras una frustrada Primavera Árabe, ha surgido un nuevo grupo terrorista, mucho más cruel, sanguinario, ambicioso y peligroso que Al-Qaeda, el Estado Islámico o Daesh. Y este nuevo actor internacional es la causa de los cientos de miles de refugiados que hoy (¡catorce años después de aquel 11 de septiembre!) están entrando en Europa huyendo de la guerra. 

Quizá, sólo quizá, dentro de algunos años, todos estos acontecimientos que acabo de mencionar se vean como un todo, como los engranajes de una cadena que sujeta esta época que ahora vivimos.





“La yihad continuará incluso si yo no estoy.” Bin Laden, septiembre de 2001

viernes, 2 de enero de 2015

LA HISTORIA DE DOÑA MARINA

La indígena que cambió su nombre y su vida por amor




para Marina Lorenzo


¿Sabías que una indígena llamada Marina ayudó a Hernán Cortés a conquistar el Imperio Azteca? Fue una mujer con una difícil vida, tratada habitualmente como una esclava, pero que supo ganarse el amor del conquistador español. Unos piensan que fue una traidora; otros, que fue una heroína. Lo único cierto es que doña Marina fue una de las miles de mujeres, indígenas y españolas, que acompañaron a los conquistadores en sus periplos por el Nuevo Mundo. Ésta es su historia.

Nació en algún lugar de la costa este del actual México hacia 1502, en el seno de una familia noble. Recibió el nombre de Maliche que, en lengua náhuatl, significa “Diosa de la Hierba”. Tras la muerte de su padre, su madre la vendió como esclava a un grupo de comerciantes mayas. Con ellos viajó hasta el actual Tabasco, en la península del Yucatán, y con ellos creció y se educó, aprendiendo a hablar en maya. Unos años después la joven Maliche fue vendida al cacique maya de Tabasco. 

En 1519, el conquistador extremeño Hernán Cortés desembarcó en las costas del continente americano con un puñado de hombres dispuestos a encontrar la gloria en el nuevo mundo. Las diversas tribus mayas no estuvieron dispuestas a someterse a los españoles y muchas les hicieron la guerra. Tras la derrota de los mayas, el cacique entregó a los españoles diecinueve mujeres en señal de amistad, entre ellas se encontraba Maliche, que tenía diecisiete años.

Pronto Hernán Cortés quedó impresionado por la belleza y la inteligencia de la joven. No sólo sabía hablar la lengua de los mayas sino también el náhuatl, la lengua de los aztecas. El conquistador y la indígena se enamoraron y Maliche se convirtió nada menos que en la esposa del capitán de las tropas conquistadoras. Cambió su nombre indígena por otro castellano, Marina.

Doña Marina fue imprescindible en la conquista del Imperio Azteca porque contó a Cortés las costumbres y los estilos de vida de los indígenas. Gracias a ella los españoles pudieron comunicarse con los indios porque doña Marina traducía del náhuatl al maya y un viejo naufrago español que había permanecido varios años con los mayas y cuyo nombre era Jerónimo Aguilar, del maya al castellano. Hernán Cortés admiraba profundamente a doña Marina, tanto que la convirtió en su consejera y no iba a ningún sitio sin ella. 

La joven Marina disfrutaba de las riquezas y lujos que Cortés le proporcionaba. Tras la conquista de Tenochtitlan, la gran capital del Imperio Azteca, en 1521, Hernán Cortés y doña Marina se casaron y al año siguiente nació su hijo, a quien pusieron el nombre de Martín. Cortés, ocupado con la administración de los territorios que acababa de conquistar, aseguró a su amada esposa y a su hijo una vida tranquila en una casa que les construyó cerca de Tenochtitlan.

Algunos años después, en 1524, Hernán Cortés, que se encontraba conquistando Honduras, envió una carta a doña Marina en la que le pedía que marchase a su encuentro para ayudarle en la conquista de nuevos territorios. La joven no lo dudó ni un momento y volvió a ejercer de traductora entre los españoles y las tribus mayas.

Se desconoce el destino de doña Marina. Algunos dicen que murió pocos años después, en 1529, víctima de la viruela. Otros dicen que vivió en Tenochtitlan junto a Cortés y su hijo Martín hasta su muerte en 1551. En cualquier caso, Hernán Cortés siempre quiso a aquella joven indígena que ayudó a los hombres que habían invadido su tierra por amor.

Doña Marina fue una más de las miles de indígenas que vivieron entre dos mundos: la sociedad indígena tradicional y la de los conquistadores españoles. Fue la primera mujer que se enamoró de uno de los invasores y su hijo, Martín, el primer mestizo de la América Española. También es una de las pocas mujeres indígenas que aparecen en los libros de Historia: nació noble, fue vendida como esclava y acabó siendo la esposa del conquistador del Imperio Azteca.