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viernes, 2 de mayo de 2025

LAS CAMPANAS DE SAN PEDRO


El plano cenital permitía observar una imagen perfecta, casi simétrica: la plaza abarrotada y el ataúd del papa difunto en el centro, ante el altar, pero mirando a los fieles. A su derecha, jefes de Estado y de gobierno de decenas de países. A su izquierda, los cardenales llamados a elegir un nuevo pontífice en los próximos días. El cirio pascual, símbolo de la resurrección y la vida eterna, proyectaba, con la luz de la mañana, una sombra alargada a la diestra del féretro. Las campanas tocaban a difunto. 

Todo el funeral del Papa Francisco estuvo repleto de símbolos e imágenes potentes. Nada fue dejado al azar, todo estaba medido al milímetro. La Plaza de San Pedro, delimitada por la fabulosa columnata diseñada por Bernini, se convirtió, de nuevo, en el centro del mundo. El planeta dirigió, como tantas veces, sus miradas a Roma y la Iglesia Católica demostró, una vez más, su maestría en el uso de la imagen, los símbolos y la teatralidad. Así lo ha hecho desde hace milenios, y así lo hace en pleno siglo XXI.


El escenario es colosal, apoteósico. La basílica de San Pedro del Vaticano fue concebida en el siglo XVI para mostrar el poder y la magnificencia de los papás, de los sucesores de San Pedro. El proyecto original fue obra de Miguel Ángel, pero la fachada cuadrangular, soberbia y arrogante, la culminó Carlo Maderno entrado el siglo XVII. Y allí, en aquella basílica que es una pequeña ciudad-Estado santo enclavado en una gran urbe histórica, tienen lugar acontecimientos que atrapan la atención del mundo. ¡Qué mejor marco para espectaculos igual de fabulosos!

Otra imagen de varios días antes mostraba la hilera de fieles católicos entrando en el templo más grandioso de la Cristiandad para dar su último adiós al papa. El contraste era de una belleza increíble. La pequeñez y la humildad del ataúd con el cuerpo inerte del pontífice contrastaba con los imponentes muros de la basílica y la belleza abrumadora del catafalco de bronce que diseñó también Bernini para indicar el lugar exacto de la tumba de San Pedro. El cuerpo del papa es lo temporal, lo efímero, lo insignificante. La basílica es lo que permanece, lo eterno, lo inmortal. Más de 200.000 personas entraron en sólo tres días en San Pedro para despedir al sumo pontífice.

El poder del detalle, de la fotografía cuidada, tomada desde el ángulo preciso para mostrar sólo y nada más lo que uno quiere mostrar es evidente en cada una de estas imágenes. La superioridad estética de Roma, de la Ciudad del Vaticano y de la Iglesia Católica fue clara en los funerales del papa muerto y lo será, de nuevo, en la elección y presentación al mundo del nuevo vicario de Dios en la Tierra tras la celebración del cónclave. El espectáculo de colores, formas, gestos, el olor a incienso y el repique de las campanas de la basílica crean una atmósfera visual, de olores y de sonidos que envuelve al creyente y al ateo de forma irremediable. Todo forma parte del ritual, de la teatralidad religiosa y del poder de la Iglesia.


Y ahora recuerdo quizá la mejor fotografía del papa Francisco, tomada, igualmente, en la Plaza de San Pedro, a finales de marzo de 2020, cuando media Europa estaba confinada por la pandemia de coronavirus. El pontífice subía en soledad la escalinata de San Pedro, para oficiar una misa dirigida a todo el mundo, aunque la plaza estaba por completo vacía. Era una noche lluviosa y oscura en Roma, las sombras lo invadían todo. Francisco subía con dificultad los peldaños mojados de la escalera; el agua sobre la plaza creaba un juego místico de luces y reflejos. La soledad de aquel momento contrataba con las multitudes que suelen llenar el lugar y, precisamente en esa soledad estaba la singularidad del momento. Un escalofrío recorre a quien ve la instantánea. Francisco rezó esa tarde por todos los enfermos. 

Aquellas imágenes no fueron tomadas al azar. Nada fue casualidad. Todo estaba bien medido. Aquella misa, aquel rezo fue retransmitido a todo el planeta. El espectáculo ayuda a transmitir el mensaje. La religión necesita símbolos, imágenes icónicas, y la de aquel día fue abrumadora. A la izquierda de la poderosa foto, en la penumbra, la silueta de Cristo en la cruz recordaba dónde se encuentra el principio y el final de todo. Las campanas de San Pedro también repicaron aquel día.

jueves, 24 de agosto de 2023

CREER... Y REZAR


Entro en la diminuta ermita que parece apartada del bullicio que vive la alameda en las tardes de verano. El recogimiento y la oscuridad del templo contrastan con la luz y el fervor del exterior. No hay nadie a pesar del frescor que los gruesos muros protegen frente al calor del estío.

Aquí no entran muchos jóvenes - me dice una voz desde un rincón del templo. No había percibido su presencia. - A ti no te he visto nunca por aquí - prosigue, mientras el contorno de un anciano con bastón sale de la penumbra, iluminado por la luz que entra a través del portón.

- Vengo algunas veces - replico - cuando era niño venía más a menudo. - No lo conozco, pero el anciano me transmite confianza. Lo miro de reojo, esbozando media sonrisa. - Hace muchos años, solía venir con mi abuelo. Él se quedaba aquí y yo pasaba a la capilla. Me decía que rezase un 'Padrenuestro' y que pidiese por mi padre, mi madre, mi hermano, mis abuelos... -

- ¿Y también pedías por ti? - me interrumpe el hombre que ya se encuentra junto a mí, a mi derecha.

- No... Por mí no solía pedir. - contesto con voz entrecortada, bajando los ojos al suelo. No cruzamos las miradas, nuestros ojos se dirigen al frente, hacia la imagen de la Virgen de la Soledad, que es testigo de esta conversación improvisada.

- Y luego, dejaste de venir... Y de rezar... Y de creer... - dice el viejo, empeñado en saber más y más de mí. 

- El tiempo pasa, las cosas cambian. Muchas veces no hace caso a los ruegos y a los rezos... - respondo admitiendo lo que el hombre ha dicho, queriendo excusarme sin razón. 

- Y, sin embargo, aquí estás - inquiere. No sé a dónde quiere llegar, pero la conversación fluye. 

- Sí, aquí estoy. A veces vengo. No a rezar. Hace mucho que no rezo. - Mientras pronunció estas palabras se escuchan los cantos de los pájaros en el exterior y el vocerío de los niños que juegan en el parque. Entonces el diálogo se acelera:

- ¿Y por qué vienes, entonces?

- Este lugar me da paz - respondo.

- Ah, ya entiendo: cuando la vida aprieta, tú vienes aquí buscando paz. ¿Y la encuentras? 

- Más o menos - contesto esbozando media sonrisa - Vengo aquí y pienso en mis cosas, en mis miedos, en mis ilusiones. Miro al futuro con calma. Me ayuda.

- Te entiendo a la perfección, la vida frenética nos obliga, a veces, a detenerla a la fuerza. Cuando nada es seguro, cuando todo puede derrumbarse, al final sólo encontramos tranquilidad en nosotros mismos. Y para llegar a nosotros, necesitamos calma. - explica el anciano, que parece haber captado lo que he insinuado.

Por primera vez en todo el rato nos miramos y reímos. Los ojos del hombre reflejan bondad y honestidad. Entonces, termina diciendo - Eso es rezar... Y creer...  

Sin despedirme, me dirijo a la capilla, como siempre, a ver al Cristo del Humilladero. Miro la imagen con detenimiento y la bella bóveda que la cobija. Hay paz. Siento paz. Poco después, vuelvo a salir. El hombre ya no está. El templo está vacío. No hay nadie excepto yo. Excepto yo.


 

jueves, 16 de agosto de 2018

BIARRITZ Y LA VIRGEN DE VLADIMIR

ANOTACIONES SOBRE EL PAÍS VASCO FRANCÉS (II)




 Palacio de Eugenia de Montijo (izq.), cúpula de la iglesia ortodoxa (der.)

En Biarritz hay muchos lugares con Historia que se pueden visitar, como el faro de la localidad (construido a mediados del siglo XIX), la Capilla Imperial de Eugenia de Montijo (la española que enamoró a Napoleón III) o el puente de hierro, obra de Gustave Eiffel (sí, el mismo que el de la torre), que da acceso a un santurio mariano en una peña junto al mar. También es interesante el Hotel du Palais, antiguo palacio de Eugenia de Montijo, hoy reconvertido en un hotel de lujo, donde probablemente no te dejen entrar si te ven con cara de turista sin dinero.

El caso es que yo no quería hablaros de todos estos sitios, que en cualquier caso son muy interesantes (quizá en otra ocasión...), sino de otro que me pareció extremadamente curioso: la iglesia ortodoxa de Biarritz. Se encuentra en la interessión entre la Avenida de la Emperatriz (detrás del Hotel du Palais) y la Calle de Rusia y su nombre oficial es "Iglesia Ortodoxa de la Protección de la Madre de Dios y de San Alejandro de Neva".

La primera pregunta que se viene a la cabeza es: ¿qué hace una iglesia ortodoxa en un pueblo de marinos vascos balleneros como Biarritz? La respuesta (¡cómo no!) tiene mucha Historia:

 Iglesia ortodoxa de Biarritz

Resulta que a finales del siglo XIX había en Biarritz una numerosa colonia de comerciantes rusos, afincados allí desde hacía unas décadas. Supongo que habían sido atraidos a Biarritz por la relevancia que adquirió la localidad gracias a que la emperatriz Eugenia de Montijo (esposa, como he dicho, de Napoleón III), se fijó en ella como lugar de veraneo (construyendo su fabuloso palacio). El traslado de la corte imperial durante los meses de verano a la localidad vascofrancesa supuso también que Biarritz se convirtiera en centro de veraneo de las más importantes familias burguesas y nobles de Francia y, por supuesto, de otros colectivos extranjeros, entre ellos la colonia de ricos mercaderes rusos.

En el año 1892 se encargó al arquitecto biarrota Tisnés el diseño de un templo que satisfaciera las demandas religiosas de los rusos. Por supuesto, el Estado francés no pagó nada (la Tercera República Francesa era laica y muy laica); fueron los propios fieles ortodoxos los que sufragaron los gastos de su construcción. Al parecer, por lo que he podido leer, el Zar de todas las Rusias Alejandro III sí envió dinero para contribuir a su construcción. Por eso, quizá, el templo se dedicó a la Virgen María y a San Alejandro.

Desde el exterior, el templo tiene las características propias del estilo bizantino: planta centralizada o de cruz griega, gruesos muros y una gran cúpula bizantina (tiene otra más pequeña sobre el nartex). Sus características son similares (salvando las distancias) a las de Santa Sofía de Constantinopla (hoy mezquita mayor Estambul) o San Basilio de Moscú (Rusia). Ésta, obviamente, es mucho más reducida y modesta, pero para hacernos una idea...

La iglesia de Biarritz cobró importancia a principios del siglo XX. Después del triunfo de la Revolución Comunista en Rusia, muchos burgueses ricos y nobles marcharon al exilio y uno de sus destinos preferidos fue Biarritz en Francia. En Niza, por cierto, también se puede contemplar una Iglesia ortodoxa mucho más rica en decoración y materiales, construida en 1912. Esto evidencia la importancia que tuvieron estos núcleos franceses en el exilio de los rusos que huyeron del Terror soviético. Casi todos las imágenes que decoran el interior de la iglesia fueron enviados desde San Petersburgo antes del estallido revolucionario.

Catedral ortodoxa de San Nicolás (Niza)

En el interior, hoy el templo biarrés llama la atención por su pobre estado de conservación. La falta de mantenimiento es evidente en los muros, llenos de humedades. Creo que el exterior fue restaurado hace algunos años y actualmente, se recogen donativos para contribuir a su restauración interior.

Entre todas las imágenes e iconos que decoran el interior de la iglesia destacan algunas reproducción de la Virgen de Vládimir. Este icono de orígenes bizantinos, el más venerado en Rusia, data del siglo XII. Fue trasladado por un príncipe ruso desde Constantinopla a Kiev y posteriormente a la ciudad de Vládimir, en el noroeste de Rusia. Por último, se llevó a la Catedral Ortodoxa de la Asunción, en el Kremlin de Moscú; y de allí, en época soviética, a la Galería Tretiakov de la capital rusa. Representa a la Virgen María con el Niño en brazos y es quizá la más célebre imagen de la Iglesia Ortodoxa.

Icono de la Virgen de Vládimir


sábado, 14 de noviembre de 2015

EUROPA FRENTE AL ISLAM


El 10 de octubre del 732, las tropas del rey franco Carlos Martel se enfrentaron a las del caudillo árabe al-Gafiki cerca de Poitiers. Las hordas islámicas, formadas por más de 50.000 soldados árabes y bereberes, sufrieron una tremenda derrota frente a los francos y al-Gafiki encontró la muerte a manos del jefe carolingio. La derrota islámica fue crucial para el destino de Europa y del Cristianismo pues frenó irremediablemente el avance musulmán por el Viejo Continente. Poco después, los francos expulsaron de la Provenza a los musulmanes que allí se habían instalado, los cuales se replegaron a al-Andalus.

Aquel episodio fue la primera derrota militar de los musulmanes, que habían invadido Europa veintiún años antes, en el 711. El reino godo de Toledo y su rey Roderico no habían conseguido frenar en aquella batalla cerca del río Guadalete a los invasores islámicos que ya habían conquistado por las armas todo el Norte de África. La Península Ibérica, al-Andalus, como ellos la llamaban, fue ocupada ante la inoperancia de la élite goda y la pasividad de la población hispana, acostumbrada a que pasasen por aquellas tierras todo tipo de conquistadores.

La obsesión de los musulmanes con Europa parece evidente ya desde los albores del siglo VIII; igual que la tendencia islámica a conquistar por las armas nuevos territorios. Lo que nadie puede dudar es que el Islam, surgido a finales del siglo VII, se extendió por Arabia primero, y después, por el Norte de África gracias a las armas del fabuloso y próspero Califato Omeya.

Fue en aquellas centurias que hemos relatado cuando se gestaron los sucesivos choques entre la vieja Europa cristiana y la nueva religión islámica. Desde entonces, las dos civilizaciones, que parecen incompatibles, no han dejado de mirarse con recelo y se han combatido en numerosas ocasiones. Algo parece claro: el Islam siempre ha amenazado a la Europa Cristiana igual que Occidente lo ha hecho a las sociedades musulmanas.

El Medievo estuvo repleto de conflictos entre la Cristiandad y el Islam. El más largo lo vivimos aquí, en la Península Ibérica. La batalla de Covadonga, en el 722, convertida en mito después, inauguró la Reconquista. Ésta no fue más que una constante guerra entre los Reinos cristianos del norte peninsular y los diferentes Estados musulmanes configurados progresivamente en la zona ocupada de al-Andalus. Quizá la Batalla de las Navas de Tolosa, en el 1212, sea el mejor ejemplo de la unidad de los cristianos contra el infiel. En el verano de aquel año, un ejército formado por castellanos, aragoneses, navarros, franceses y occitanos infligió tal derrota a las huestes almohades que el imperio norteafricano se desmoronó como un castillo de naipes.

De igual forma, las Cruzadas unieron a los cristianos europeos con el propósito de reconquistar Tierra Santa, los lugares donde había vivido Jesucristo. Hasta nueve expediciones se contaron a partir del siglo XI para combatir a los infieles en Tierra Santa. En el año 1095, el papa Urbano II hacía un llamamiento a la Cristiandad para la Cruzada contra el Islam. En su sermón decía:

"Ellos han matado y capturado a nuestros hombres, han destruido las iglesias y han asolado el imperio. Si permitís que continúen actuando así, sin impunidad, los fieles de Dios seréis todavía más atacados por ellos".

Las Cruzadas, como no podía ser de otra forma a causa de su irreal objetivo, fueron un fracaso total. Poco duraron el reino cruzado de Jerusalén y otros Estados cristianos surgidos de aquellas expediciones. Claro que, aunque dé la sensación de que los malvados europeos atacaron aquellas tierras haciendo la Guerra Santa a los musulmanes; no fueron pocas las acciones de guerra de estos contra los cristianos.

Además de las luchas en la Península Ibérica, los piratas sarracenos del norte de África asolaban las costas del sur de Europa con sus frecuentes razias. ¡Cuantos niños fueron capturados en Barcelona, en Mallorca, en Marsella o en las costas de Italia para ser vendidos como esclavos a los magnates árabes! ¡Cuántas niñas fueron igualmente secuestradas para engrosar los harenes de los jefes musulmanes! ¡Cuánta destrucción y cuánto terror dejaron esos que llamaban infieles en las tierras europeas bañadas por el Mediterráneo!

Y qué decir de la resistencia agónica del viejo Imperio Bizantino ante el empuje de los turcos. Cuando Constantinopla cayó ante el avance otomano en el 1453, Bizancio llevaba siglos resistiendo al avance militar turco. El siglo XVI fue horrible igualmente para media Europa. Si los musulmanes desaparecieron de la Península Ibérica tras la conquista del Reino nazarí de Granada en 1492, los turcos otomanos conquistaron los Balcanes. Grecia, Serbia y Rumanía cayeron bajo el yugo islámico y en 1526, tras la batalla de Mohács, el reino de Hungría fue también sometido.

El Califato Turco atemorizó el Viejo Continente durante decenios. Llegó a sitiar Viena, ¡el corazón de Europa!, en varias ocasiones y acosó a los comerciantes cristianos en el Mediterráneo. Chipre, Creta y Malta fueron conquistadas en pocos años. El peligro que corría la Cristiandad fue tan grande que en 1571, la Santa Alianza, formada por la Monarquía Hispánica, el Papado, la República de Venecia, la República de Génova y el Ducado de Saboya, partió a enfrentarse al infiel cerca de la Península Helena.

La famosa batalla de Lepanto del 7 de octubre de 1571 fue otro gran enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. "La más grande ocasión que vieron los siglos", según la describió Miguel de Cervantes, que participó en ella, se saldó con la derrota de los turcos. Fue ese un punto de inflexión en la relación entre cristianos y musulmanes; sin embargo, hubo que esperar varios decenios para que la decadencia marcase el irremediable destino del Imperio Otomano.

Los siglos pasaron, el Turco se debilitaba progresivamente en Europa y el norte de África pero las sociedades musulmanes no fueron capaces de constituir Estados estables y prósperos. Por contra, los Estados Europeos se desarrollaron aceleradamente en los siglos XVIII y XIX. La superioridad militar, política y económica de los europeos frente a los musulmanes fue evidente hasta el punto de que en el siglo XIX consiguieron dominarlos.

A principios del siglo XX, Europa se repartió literalmente las sociedades islámicas creando colonias, protectorados y mandatos. Lo que no había podido hacer en la Edad Media, lo hizo nueve siglos después gracias a su poder militar. Europa aprovechó para dominar aquellos territorios ricos en materias primas y en petróleo, el oro del siglo XX. Pero no nos engañemos; lo hizo Europa con el Islam como lo habría hecho el Islam con Europa si hubiese tenido la capacidad para hacerlo. Pero no la tuvo y por ello, los musulmanes quedaron subyugados durante décadas al poder colonial europeo. Las tribus árabes sólo empezaron a establecer Estados más o menos estables a partir de la década de los treinta (Arabia Saudí se fundó en 1932).

Pero la naturaleza de aquellos Estados, aunque miraban a Occidente, no se podía igualar a las de los países europeos y Estados Unidos. Ni si quiera a los más pobres del Viejo Continente. Nada tenía que ver la paupérrima España de los años treinta del siglo XX con el reino de Arabia Saudí y su sociedad tribal de aquellos años.

La incapacidad manifiesta de los árabes para construir países prósperos y estables como los europeos en la segunda mitad del siglo XX impulsó el nacionalismo árabe y el radicalismo islámico. Esto, unido a la inevitable influencia de Europa y de EE.UU. en el Mundo Árabe y a la injusta decisión de crear un artificial Estado judío en Próximo Oriente, es quizá la chispa que prendió los actuales movimientos radicales islámicos. 

Desde los años ochenta del siglo XX, el antioccidentalismo musulmán se ha manifestado en sucesivos ataques contra intereses europeos y norteamericanos en Asia, África y en los Países Árabes. Los ataques en terreno Europeo o en EE.UU. han sido menores en número pero más impactantes: el atentado contra el World Trade Center en 1993, el derribo de las Torres Gemelas en 2001, el atentado de Madrid el 11 de marzo de 2004, el ataque en Londres el 7 de julio de 2005 o los últimos ataques en Francia, en 2015, son los más destacados.

La injerencia de Occidente en los Países Árabes no es sólo militar sino, principalmente, cultural. Los árabes ven Europa y Norteamérica como paraísos pero los odian, al mismo tiempo, por la enorme distancia política, económica y cultural que los separa de ellos. La fracasada Primavera Árabe es el último ejemplo de todo esto. Incapaces de construir democracias al estilo occidental, muchos países (todos excepto uno, Túnez) se han sumido en el más absoluto caos. Y el caos, la pobreza, la guerra y la desigualdad constituyen el mejor caldo de cultivo para el yihadismo. 

domingo, 29 de marzo de 2015

FLAVIO JOSEFO HABLÓ DE JESÚS

LA HISTORIA DEL "TESTIMONIUM FLAVIANUM"


Apareció en este tiempo Jesús, un hombre sabio, si en verdad se le puede llamar hombre. Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben la verdad con placer. Muchos, tanto judíos como griegos, le siguieron. Este era el Cristo - el Mesías -. Algunos de nuestros hombres más eminentes le acusaron ante Pilato. Éste lo condenó a la cruz. Sin embargo, quienes antes lo habían amado, no dejaron de quererlo. Se les apareció resucitado al tercer día, como lo habían anunciado los divinos profetas que habían predicho de él ésta y otras mil cosas maravillosas. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha dejado de crecer.

Ant., XVIII, iii, 3.



Las palabras que acabáis de leer son el único testimonio no cristiano sobre Jesucristo que se escribió en el siglo I d.C. Fue escrito hacia el año 93 de nuestra era por el historiador judío Flavio Josefo y durante muchos años ha estado envuelto en gran polémica ya que algunos investigadores niegan su autenticidad. En cualquier caso, las palabras que Flavio Josefo dedica a Cristo no dejan de ser fascinantes y en cierto sentido, enigmáticas.

Nacido en Judea hacia el año 37 d.C., Flavio Josefo pertenecía a una familia de estirpe sacerdotal emparentada con la realeza. Vivió en una época convulsa en la que los judíos se rebelaron en numerosas ocasiones contra el poder de Roma. En el año 64, tras una revuelta judía, Flavio Josefo se trasladó a Roma para pedir al emperador Nerón la liberación de sus compatriotas encarcelados. Fue inmediatamente apresado aunque algunos meses después salió de prisión y volvió a Palestina.

En el año 66, estalló una nueva rebelión contra Roma y Flavio Josefo se convirtió en uno de sus líderes. Fue de nuevo capturado y llevado ante la presencia del general Vespasiano. Viendo la valentía del general romano, Josefo predijo que pronto se convertiría en emperador. Posteriormente fue encarcelado pero en el año 69, cuando Vespasiano efectivamente se hizo con el poder imperial, fue de nuevo liberado y llegó a ser favorito de la dinastía Flavia, de la que tomó su nombre (antes se llamaba únicamente Josefo).

En el año 71, el emperador Tito, hijo de Vespasiano, le concedió una pensión vitalicia y una casa en Roma a donde se trasladó el historiador. Allí escribió "Las Antigüedades de los Judíos", una obra en la que relata la historia del pueblo judío con afán de objetividad y rigor. Esto, sin embargo, le supuso (obviamente), enfrentarse a los judíos que rápidamente lo acusaron de traidor a su causa por haber establecido amistad con Roma.

En el capítulo XVIII de ese libro se encuentra el "Testimonium Flavianum", diez líneas que hablan de la crucifixión de Jesús y de los cristianos. Es el único testimonio pagano que habla de la vida de Cristo, si bien es verdad que otros autores, como Tácito, también lo nombran en sus obras. Son apenas diez u once líneas en las que relata brevemente la Pasión, muerte y resurrección de Cristo pero alguno autores han argumentado que la obra pudo haber sido falsificada por los cristianos, que introdujeron (según está teoría) las menciones a la divinidad de Jesús.

Otros autores sin embargo, defienden su autenticidad. Al parecer, durante su estancia en Roma, Flavio Josefo pudo haber tenido acceso a los archivos imperiales en los cuales habría leído informes sobre las revueltas producidas en Palestina inmediatamente después de la ejecución y posterior resurrección de Jesús.

No deja de ser una anécdota interesante que un historiador pagano que vivió medio siglo después de Jesucristo mencione a Éste con tanta claridad en una obra que pretende ser una Historia de los judíos. También debemos destacar que gracias al "Testimonium Flavianum", la obra de Josefo se ha conservado debido al interés de los cristianos en preservarlo.

También tienen tiene algo de profético ya que en la última línea dice: "... la tribu de los cristianos (...) no ha dejado de crecer". En la actualidad, casi dos mil años después de aquellos hechos, más de dos mil millones de personas en todo el mundo, profesan la religión de aquel "hombre sabio".


Flavio Josefo (37 - 100 d.C.)



*Flavio Josefo escribió otras obras como "Las Guerras de los Judíos" y "Contra Apión" durante su estancia en Roma. Murió allí en el año 100 d.C.

viernes, 15 de marzo de 2013

EL PAPA QUE VIENE DEL FIN DEL MUNDO

Hasta hace unas semanas, vivía en un pequeño apartamento de Buenos Aires, se desplazaba por la ciudad en autobús y se hacía su comida a diario. Ahora, acude a rezar en minibús, como el resto de los cardenales, se paga su comida en la residencia de Santa Marta y sigue viviendo en un pequeño apartamento, como el resto de los cardenales. Nada ha cambiado. ¿O sí?

El miércoles 13 de marzo de 2013, el cónclave reunido en la Capilla Sixtina del Vaticano elegía en la quinta votación del Cóclave al Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio como sucesor de San Pedro. El argentino ha hecho Historia porque es el primer papa americano de todos los tiempos; es el primer jesuíta que ha llegado a dirigir la Iglesia y es el sucesor de un papa que no ha muerto.

Jorge Mario Bergoglio aceptó la elección y se puso el nombre de Francisco. Pero Francisco a secas porque, según se apresuró a informar el Vaticano, no había por qué llamarle Francisco I al no haber ningún Francisco anterior ni posterior. Sólo se llamará Francisco I cuando haya un Francisco II, por supuesto.

El caso es que el nombre es toda una declaración de intenciones. Desde hace siglos, es tradición que los papas adopten un nombre diferente al propio. La tradición la inició Juan II (533-535) porque se llamaba Mercurio y como bien se sabe, era un Dios pagano de Roma. No era apropiado llamarse así. Desde entonces, casi todos los papas se han cambiado el nombre al asumir el pontificado. Y es que el nombre dice mucho de la persona.

Bergoglio ha hecho un homenaje a los pobres, adoptando el nombre de su patrón San Francisco de Asís. De paso a consagrado su humildad y la preocupación por los desfavorecidos. Y, de paso también, ha hecho un guiño a uno de los fundadores de la Compañía de Jesús, San Francisco Javier (ya hemos dicho que Bergoglio es jesuíta).

Pero más allá del nombre, al papa Francisco se le presenta una labor enorme: debe regenerar la Iglesia como institución, limpiar los escándalos que la han ensuciado y despresitigiado en los últimos tiempos y mantener el timón firme para seguir el camino marcado por su predecesor.

En un mundo lleno a rebosar de sinvergüenzas y caraduras, la Iglesia Católica ha elegido a un humilde arzobispo como guía de la Cristiandad (Católica, para que nadie se enfade). Muchos le reprochan que no hiciese nada durante la Dictadura de los Militares en Argentina, pero a mi me gustaría destacar su humildad y sus intenciones (al menos aparentes) de limpiar la Iglesia.

Como él mismo dijo desde el balcón de las bendiciones de la Basílica de San Pedro del Vaticano, parece que los cardenales han ido a buscar al nuevo obispo de Roma al fin del Mundo. Al menos, que traiga aire fresco a la Vieja Europa.

viernes, 15 de febrero de 2013

OTROS PAPAS QUE RENUNCIARON

PERO NO VOLUNTARIAMENTE


En dos mil años de historia hay por supuesto, momentos para todo. Momentos para la gloria y momentos para olvidar. Si el otro día hablábamos del papa que también renunció voluntariamente, Celestino V, igual (parece ser) que lo ha hecho Benedicto XVI, hoy debemos hablar brevemente de aquellos papas que también renunciaron al pontificado, pero de forma obligada. En ocasiones, circunstacias políticas, internas de la Iglesia o internacionales, han forzado a los pontífices a renunciar a su puesto.
 
San Clemente I gobernó la Iglesia Católica (Iglesia a secas, en aquel entonces) desde el 91 al 101 y parece que también renunció pero no se saben los motivos porque apenas se consevan dados del papa. De acuerdo con la información publicada en ABC por el profesor Labarga (Universidad de Navarra) el pasado 12 de febrero, San Ponciano (230 - 235) también abdicó. Pero Éste lo hizo por obligación. Parece ser que un grupo de cristianos se negó a reconocerlo como papa y proclamaron al antipapa Hipólito. El emperador romano Maximino el Tracio, ordenó que ambos pontífices fuesen deportados a Cerdeña y condenados a trabajos forzados. Claro está, tuvieron que abdicar.
 
San Silverio, ponífice entre el 536 y el 537 fue obligado a renunciar a su puesto por el general bizantino Belisario. Las causas fueron también políticas: Teodora, la mujer del emperador bizantino Justiniano I, quería que Virgilio fuese papa (porque apoyaba las medidas monofisitas) y pidió al general que le apoyase. Como Silverio ya había sido nombrado papa por los ostrogodos (que andaban por allí, siglo VI), Belisario se presentó en Roma con un ejército, expulsó a los godos y mandó a Silverio a Turquía. Después volvió a Roma con el apoyo, ahora, de Teodora pero no consiguió recuperar el trono de San Pedro.
 
San Martín, que fue elegido en el 649, fue depuesto por el emperador Constante II en el 653. Primero fue condenado a muerte y después al destierro en Crimea. Benedicto IX fue papa tres veces distintas entre 1032 y 1048. La verdad es que tuvo tiempo de sobra porque cuando fue nombrado obispo de Roma, tenía sólo ¡¡14 años!! Fue expulsado de Roma por el emperador bizantino Conrado II y después por los príncipes alemanes del Sacro Imperio. Las dos veces volvió y recuperó el trono por la fuerza pero ya no fue aceptado y tuvo que renunciar en el 1048, haciéndose monje.
 
El último precedente fue Gregorio XII. Pero esto fue en el Cisma de Occidente a finales del siglo XIV y principios del XV. Fue elegido en 1406 para que acabase con el Cisma que había provocado la existencia de tres papas. En 1515, cuando se celebró el Concilio de Constanza, dimitió, al igual que los otros dos papas, para que el Colegio Cardenalicio eligiese a un nuevo pontífice. Su labor fue reconocida y quedó como decano del Colegio Cardenalicio. Su sucesor fue Martín V y desde entonces, ningún papa renunció al trono de San Pedro. Hasta ahora.

miércoles, 13 de febrero de 2013

CELESTINO V

EL OTRO PAPA QUE RENUNCIÓ (VOLUNTARIAMENTE)

 
Habían transcurrido dos años y tres meses desde que el cuatro de abril de 1292 falleciese el papa Nicolás IV. Desde entonces, el Sacro Colegio Cardenalicio de Roma, formado por seis romanos, cuatro italianos y dos franceses, no se había puesto de acuerdo en nombrar al nuevo pontífice. El enfrentamiento entre las dos familias más poderosas de Romam, los Colonna y los Orsini, hacía imposible la elección de quien debía ocupar el trono de San Pedro.
 
Pero en Italia, los aires empezaban a impacientarse. El rey de Nápoles, Carlos II, necesitaba el consentimiento del papa para la conquista de Sicilia. Y si no había papa, tampoco había conquista. La situación era tal que se debía elegir un nuevo papa ya. El decano del colegio cardenalicio propuso una solución que debería satisfacer a todos (bajo pena de castigo divino si la rechazaban). Así se propuso a Pietro Angeleri. Corría el 7 de julio de 1294.
 
Pietro Angeleri (o Pietro de Murrone) era un anciano monje que vivía en las montañas de los Abruzzos, cerca de L'Aquila. Este eremita, amante de la soledad y la pobreza, se había retirado años antes de la sociedad y vivía en una gruta en el monte Murrone orando. El colegio cardenalicio lo eligió por unanimidad poco antes de que una marabunta de 200.000 personas se dirigiesen a las montañas para encontrar y aclamar al nuevo papa.
 
Dicen que cuando Pietro Angeleri supo que había sido elegido, sus ojos se llenaron de lágrimas, se retiró a rezar y acepto su nuevo papel con resignación. El nuevo papa tomó el nombre de Celestino V. Su elección suponía un giro a la política de la Iglesia pero sin duda quien más se benefició fue el rey de Napóles que "protegió" (manipuló y engañó, en realidad) al inocente papa.
 
Celestino V no llegó a entrar en Roma ya que su protector le ofreció un palacio en Nápoles. El papa entró en la ciudad vestido con ropas andrajosas y sobre un borrico, lejos de la pomposidad y la magnanimidad de los papas de la Iglesia. Pero su papel no era fácil: ni tenía formación para despempeñar el cargo, ni ambición, ni habilidad diplomática. Celestino era un simple ermitaño que sólo quería vivir en paz y hablar con Dios.
 
Harto de conspiraciones e intrigas políticas en la Curia Romana y en la Corte de Nápoles y agobiado por sus funciones, Celestino V se planteó renunciar. ¡Y lo hizo! Después de varias consultas a juristas, el papa renunció el 13 de diciembre de 1294. Celestino V volvía a ser Pietro Angeleri.
 
Él pretendía retirarse de nuevo a las montañas (para eso había abdicado), pero su sucesor, Bonifacio VIII, se lo impidió. Temeroso de que los napolitanos siguiesen considerando a Pietro como su papa y provocasen un cisma en Italia, el nuevo pontífice ordenó encarcelarlo en el Castel Fumone. A pesar de que intentó (y consiguió en una ocasión) escapar de la torre, siempre fue descubierto y encarcelado. Murió el 19 de mayo de 1296. Por fin se reunió con quien siempre había querido.
 
 
 
Celestino V fue canonizado en 1313 y sus restos descansan en la ciudad de L'Aquila (Italia).
 
 
Setecientos diecinueve años después, otro papa, Benedicto XVI renunció también a su pontificado. Quizá dentro de siete siglos, alguien escriba algo como esto sobre él...