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jueves, 13 de agosto de 2026

ECLIPSE

Tarde del 12 de agosto de 2026

Una muchacha camina ligera por la pista de graba en la que se convierte el asfalto de la calzada. Con su mano derecha sujeta su teléfono móvil y con la izquierda, las gafas especiales para ver el eclipse. "¿Por aquí podré verlo bien?" nos pregunta. Le respondemos afirmativamente. El horizonte está despejado en aquel confín de la ciudad, el Pico Frentes se divisa con claridad y no hay una nube en el cielo. ¿Qué mejor lugar para verlo? "Como no hay nadie por aquí..." comenta extrañada antes de darnos las gracias.

Quedaba poco más de media hora para el primer contacto de la luna con el sol y allí no había nadie a excepción de aquella muchacha y nosotros. Quizá no hubo en ningún lado las aglomeraciones que se esperaban para contemplar semejante espectáculo astronómico. Al final y al cabo, la provincia es muy extensa y había muchos lugares desde los que se podía contemplar. A buen seguro, la mayor parte de la gente prefirió vivir el eclipse en la intimidad antes que convertirlo en un evento social, como algunas instituciones habían pretendido. Muchos se concentraron en los puntos oficiales de observación, en Valonsadero, en Garray y en otro enclaves, pero otros tantos marcharon a sus pueblos buscando soledad y el resto, preferimos lugares apartados, retirados, persiguiendo, igualmente, la ansiada intimidad.

Las expectativas estaban altas en Soria, desde luego. En los últimos ciento veinticinco años, no había habido un eclipse total en la provincia. Muchos quizá no viviremos un espectáculo similar en el resto de nuestras vidas. No es algo que ocurra todos los días. Desde hacía meses no quedaban camas ni en hoteles ni en albergues, se habían repartido gafas especiales para que todos los ciudadanos pudiesen disfrutarlo con seguridad y mil y una veces nos habían explicado qué iba a ocurrir, cómo iba a ocurrir y cómo debíamos contemplarlo. El ambiente por las calles del centro era especial esa mañana, igual que los días anteriores. Se respiraba incluso cierto nerviosismo y por doquier se escuchaba idiomas extraños, gentes venidas desde muy lejos con el único propósito de cazar el eclipse. Algunos, incluso, lucían camisetas conmemorativas.

En aquel lugar apartado, con los campos de cultivo amarillos ante nosotros, las naves del polígono industrial al fondo y la silueta del Pico Frentes a lo lejos, no hubo demasiada gente. Apenas tres parejas se sumaron a la muchacha del principio, que se sentó sobre unas rocas y se puso de inmediato las lentes. Nosotros también hicimos lo propio y nos acomodamos detrás de un gran arbusto cuya sombra nos proporcionaba algo de cobijo en aquella tarde tórrida de mediados de agosto. La primera vez que miramos al sol pudimos ver ya la sombra curva de la luna penetrando en la esfera brillante. Era un pequeñísimo mordisco, una tímida mancha oscura que tímidamente invadía el espacio del astro rey. Nos ajustábamos las gafas protectoras y mirábamos una y otra vez al sol, pero era una mirada furtiva, rápida, insegura, de apenas unos segundos, respetuosa ante el poder del sol. Mirábamos lo suficiente para asegurarnos de que el eclipse estaba sucediendo.

Sin aquellas gafas, nadie hubiese dicho que estaba ocurriendo tal acontecimiento durante muchos minutos. La fuerza de los rayos del sol es tal que compensaba la sombra que, poco a poco, iba proyectando el satélite. El calor y la luz apenas disminuyeron hasta que la luna no había ocultado más de tres cuartos de la estrella. Sólo al final, cuando el eclipse iba a llegar a su totalidad, cuando el sol iba a dejar por completo todo protagonismo al humilde satélite, el ambiente se transformó en algo nuevo. Es algo difícil de explicar, algo que no se asemeja a ningún otro fenómeno astronómico ni atmosférico. La luminosidad se volvió gris y apagada, las sombras alargadas del atardecer desaparecieron, todo proyectaba siluetas que nunca antes habíamos contemplado. La temperatura descendió, el viento se volvió súbitamente fresco y bandadas de pájaros, desorientados por la repentina oscuridad, surcaron los cielos de aquí a allá.

Y entonces llegó el momento que todos estábamos esperando. El momento que daba sentido a todo. A eso de las ocho y veintinueve minutos se produjo la totalidad del eclipse. Tan solo un haz de luz, el último rayo que escapaba a la sombra de la luna, fue visible en aquel instante trascendental. Y luego llegó la apoteosis, el momento en el que la sombra de la luna ocultó por completo los rayos del sol. Los pocos ruidos que se escuchaban desaparecieron de inmediato, todo se sumió en un mutismo escalofriante. La emoción y la expectación de quienes contemplábamos el espectáculo se liberó con esporádicos gritos, risas nerviosas y aplausos, como si la naturaleza necesitase la ovación del público para desplegar todo su poderío. Fue algo más de minuto y medio. Minuto y medio de noche en el día, de luna sobre sol y oscuridad delante de la luz. Minuto y medio de belleza natural ante nuestros ojos, desprovistos, por fin, de las gafas protectoras. Un espectáculo inolvidable cuya expectativa llevamos meses alimentando. Durante minuto y medio la luna se coronó con una tiara de luz y nosotros estábamos en primera fila contemplándolo.

Y es en ese momento clave, cuando uno tiene ante sí el sol eclipsado por la luna, cuando se entienden muchas cosas. Uno entiende por qué hace mil años a las gentes de la Edad Media les aterrorizaban los eclipses y creían que el fin del mundo estaba cerca cuando les sorprendía uno. Ahora entendemos la explicación científica de este fenómeno, sabemos en qué momento preciso se va a producir y cuáles son los lugares donde mejor se divisará. Imaginaos aquellos campesinos medievales, que no sabían absolutamente nada al respecto, contemplando cómo el sol desaparecía ante sus ojos de manera inesperada. Desde luego, es un espectáculo terrorífico si uno no lo entiende.

Y allí estábamos nosotros, como los antiguos campesinos, mirando al cielo una y otra vez. Mirábamos al cielo, al sol oculto, a la rara luz proyectaba sobre campos, montañas y árboles y, después, nos miramos los unos a los otros. La muchacha solitaria se secaba el rostro con un pañuelo de papel sin aparta la mirada del firmamento. Un disco oscuro tapaba el sol y solo su corona era visible tras las sombras. A nuestro lado, una pareja miraba al cielo, se miraba y reía; más allá, dos chicos se afanaban en tomar fotos del eclipse con varias cámaras dispuestas sobre el techo del coche. Yo también hice algunas fotos en aquel momento, queriendo capturar algo que, sin embargo, es difícil de atrapar. Se hicieron miles, millones de fotos en aquellos segundos, pero estoy seguro de que ninguna logró capturar lo que sintió el fotógrafo cuando, simplemente, miro con sus ojos.

Y con la misma rapidez o la misma lentitud que había ocurrido todo, de nuevo la luna dejó escapar un rayo del sol. Poco a poco, igual que había invadido su espacio, el satélite comenzó a retirarse. La poderosa luz solar volvió a cegarnos y, de nuevo, fueron necesarias las gafas para contemplar la huida de la luna. El astro rey recuperaba minutos a minuto su trono, el lugar que le correspondía, igual que lo había cedido durante unos segundos. Las sombras del atardecer volvieron a aparecer como cualquier otro día. Los tonos rojizos del cielo del verano dieron a aquellos instantes un carácter nostálgico. Todo había pasado ya. Tanto tiempo esperando aquel minúsculo momento para volver, de inmediato, a la normalidad de un día de agosto. Cuando acabó la función en el firmamento, todo volvió a la normalidad. La naturaleza recuperó el pulso y la vida siguió como si nada hubiese ocurrido.


Algunas fotos del eclipse

Evolución del eclipse entre las 19:30 y las 20:30 p.m.


Eclipse en su totalidad (20:30 p.m.), con el Pico Frentes al fondo.


Cambios en la luz y en el paisaje durante el eclipse.

2 comentarios:

  1. Qué manera tan bonita de contar algo tan increíble, y qué suerte vivirlo contigo!

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  2. Y las fotos son una maravilla!

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