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sábado, 15 de agosto de 2015

"NUNCA MÁS DEBEMOS REPETIR LA DEVASTACIÓN DE LA GUERRA"

Shinzo Abe, primer ministro japonés, 14 de agosto de 2015


Ayer, Japón y otros países asiáticos conmemoraron el final de la Segunda Guerra Mundial, del que se cumple ahora el 70º aniversario. El primer ministro nipón, Shinzo Abe, pronunció un discurso en el que, una vez más, pidió perdón por los desmanes cometidos por los ejércitos japoneses durante la guerra. Prometió, además, que Japón no volvería a repetir agresiones como aquellas y recordó el compromiso de su país con la paz.

En algunos países asiáticos que, entonces, fueron invadidos por los ejércitos nipones, como China, Corea del Sur o Filipinas, la réplica no se hizo esperar. Mandatarios de éstos y otros países han acusado al primer ministro Abe de falta de sinceridad en sus disculpas. Piden a las autoridades japonesas que asuman realmente la culpabilidad de su país, reconozcan las terribles atrocidades cometidas y visiten los memoriales a las víctimas (algo que nunca ha hecho un primer ministro japonés). [ver la noticia aquí y aquí]

Desde 1995, casi todos los primeros ministros japoneses han pedido perdón por la responsabilidad de Japón en la guerra. Una culpabilidad que no se puede negar. Ahora bien ¿es necesario seguir pidiendo perdón, setenta años después del final de la guerra, por aquellas atrocidades? El 57% de la población japonesa cree, a día de hoy que su país ya ha pedido perdón suficientes veces y empiezan a verlo como un acto de humillación. Por su parte, en países como China y Corea del Sur, se cree que Japón aún no ha reparado los daños morales causados en la Segunda Guerra Mundial. Tanto es así que la invasión japonesa de sigue distorsionando hoy la relaciones entre estos países y Japón.

Desde mi humilde punto de vista, esta situación roza, en la actualidad, lo absurdo. No cabe duda de que el militarismo y el expansionismo japonés fueron dos de las causas principales de la Segunda Guerra Mundial y los desencadenantes directos de la entrada de los Estados Unidos en la guerra. Tampoco hay duda de las atrocidades cometidas por los ejércitos japoneses en China, Corea, Filipinas o Indonesia: ejecuciones masivas, campos de concentración y de exterminio, violaciones, destrucción de campos de cultivo, etc. Pero, a pesar de todo, no debemos olvidar que la sociedad japonesa también sufrió durante la guerra y después de ella. Y tampoco podemos ni debemos obviar las tremendas atrocidades cometidas por los Estados Unidos y las otras potencias aliadas sobre los japoneses.

No se trata de dudar de la culpabilidad de Japón - igual que de Alemania - en la guerra, puesto que hacerlo sería, sencillamente, increíble. Se trata de ampliar la visión y de verlo todo con perspectiva. 

Vamos a comparar datos (todos ellos terribles): Alemania asesinó a casi 6 millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, en los seis años de contienda. En ese mismo periodo 2'5 millones de japoneses murieron en la guerra. Sólo el 6 de agosto de 1945, en la ciudad de Hiroshima, murieron 140.000 civiles japoneses tras la caída de la bomba atómica. Tres días después, lo hicieron otras 70.000 en Nagasaki y en los meses siguientes las cifras de muertos ascendieron a 180.000 y 140.000 muertos respectivamente a causa de la radiación. ¡Sólo en tres días murieron más de 200.000 japoneses! [ver crónica de aquellos días aquí]

Estados Unidos que, dicho sea de paso, fue uno de los grandes artífices de la victoria aliada en la guerra, nunca ha pedido perdón por el lanzamiento de aquellas bombas atómicas. Nunca se ha arrepentido de la muerte de cientos de miles de mujeres, niños y ancianos, no combatientes. La única diferencia entre Japón y EE.UU. es que el segundo país lo hizo en nombre de la libertad, la paz y la democracia. Pero las atrocidades son las mismas.

En el artículo titulado "Las bombas de Hiroshima y Nagasaki" que forma parte del brillante libro "Memoria del mal, tentación del bien" [puede leerse íntegro aquí], el filósofo Tzevetan Todorov reflexiona sobre los paralelismos existentes entre las atrocidades cometidas por los ejércitos del Eje y las atrocidades cometidas por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. La conclusión a la que llega no es definitiva pero puede resumirse en que la única diferencia entre las atrocidades cometidas por ambos bandos fue el fin último; en las potencias del Eje el objetivo era exterminar al enemigo para crear la sociedad perfecta de acuerdo con la ideología de sus líderes; en las potencias aliadas el objetivo era terminar la guerra, alcanzar la paz y consolidar la libertad y la democracia. Pero las atrocidades y los muertos, en ambos bandos, son los mismos.

Reflexiona además sobre las razones que llevaron a EE.UU. a lanzar las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki y a causar cientos de miles de muertes inútiles. En agosto de 1945, aunque los ejércitos japoneses seguían combatiendo, la guerra estaba próxima a su fin pues el avance de EE.UU. en el Pacífico era imparable. El Imperio nipón se derrumbaba y, por si fuera poco, la URSS le acababa de declarar la guerra. Según el autor búlgaro, EE.UU. usó las bombas para demostrar su poder a la URSS - cuando la rivalidad entre ellas ya se vislumbraba - y como forma de probar un invento que habían creado para ser empleado. En ningún caso su utilización se puede justificar en el deseo de terminar la guerra inmediatamente, pues esto se produciría en cualquiera de los casos.

Se puede ver al leer su reflexión que EE.UU. causó cientos de miles de muertes en balde porque, simplemente, no eran necesarias para terminar la guerra inmediatamente. Por esas muertes, ningún presidente de EE.UU. ha pedido perdón. La razón es también muy simple: EE.UU. ganó la guerra y lo hizo en nombre de la paz, la libertad y la democracia. Y nadie se atreve a exigirles que lo hagan porque parece que no tienen por qué (y quizá no lo tengan).

Aquí parece cumplirse el principio falsamente atribuido a Nicolas Maquiavelo de que "el fin justifica los medios". La inmediata rendición de Japón justificó aquellos cientos de miles de muertes en Hirsohima y Nagasaki a principios de agosto de 1945. Pero, insisto, esas muertes no dejan de ser una atrocidad como las cometidas por Japón durante la guerra.

No pretendo pedir aquí que EE.UU. pida perdón por aquellas muertes; ni excusar a Japón de los desmanes cometidos por sus ejércitos en China, Corea, Filipinas o Indonesia. Simplemente pretendo abrir un poco los ojos para dejar de pensar como hace setenta años. Japón fue culpable de la guerra (como Alemania) y lo pagó con creces (como Alemania). EE.UU. y sus aliados ganaron la guerra en nombre de la paz y la libertad pero eso no oculta que también cometiesen atrocidades y desmanes sobre sus enemigos. Por todo ello, las palabras del primer ministro Abe en su discurso de ayer, "nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" no sólo implican a Japón...

viernes, 5 de diciembre de 2014

LOS VENCEDORES NO EUROPEOS

EL DESTINO DE LOS VENCEDORES (II): EE.UU. Y JAPÓN



Vista aérea del distrito financiero de
Manhattan (Nueva York) en 1922



La Guerra de 1914 dejó un claro vencedor: Estados Unidos. Su intervención en la guerra había sido completamente decisiva y los aliados debían la victoria al gigante americano. El presidente Wilson se había convertido además en el arquitecto del orden internacional de posguerra. Sus catorce puntos brindaban la posibilidad de crear un futuro en paz.

Sin embargo, en 1919, la tras la firma de los numerosos tratados de paz, la situación a ojos de los políticos estadounidenses distaba mucho de estar resulta. El congreso de EE.UU. estaba inquieto ante posibles restricciones a su política exterior que los acuerdos podían suponer, incluida la nueva Sociedad De Naciones (SDN) impulsada precisamente por el presidente Wilson.

En 1920 el Congreso debía ratificar el Tratado de Versalles y su ingreso en la Sociedad de Naciones pero se negó a hacerlo. En su lugar, el sucesor de Wilson, W. G. Harding, buscó la firma de acuerdos de paz bilaterales con las antiguas potencias centrales. De esta forma, se volvía a la política de no intervención en los asuntos europeos que se mantuvo hasta bien entrada la década de los treinta.

A nivel interno, los años veinte fueron de gran estabilidad política y social y de gran progreso económico. La modernización de la producción industrial provocó el descenso de los precios y esto elevó el poder adquisitivo de los americanos. El nivel de vida aumentó, igual que la riqueza, lo que contribuyó al desarrollo del consumo. Se extendieron las formas de ocio: el cine, el teatro, la radio, la televisión, el fútbol, etc. Se celebraban diariamente fiestas y reuniones en las que los nuevos ricos exhibían las fortunas acumuladas en pocos años. Es la época que se conoce como "los felices años veinte".

También es una década de gran conservadurismo y xenofobia. El Ku Klux Klan triunfó sobre todo en las zonas rurales de EE.UU. donde la población veía con desdén a los inmigrantes africanos y sudamericanos que llegaban al país buscando un futuro mejor. En 1920 se promulgó, por otra parte, la "ley seca" que prohibió el consumo del alcohol e incentivó el contrabando ilegal de bebida alcohólicas. La ley se derogó en 1933.

"Los felices años veinte" llegaron a su fin en octubre de 1929 cuando la sobrevalorización de las acciones de las empresas se detuvo y la burbuja se pinchó. Su valor empezó a caer en picado arruinando a numerosos inversores y llevando a la quiebra a miles de empresas. El desempleo aumentó hasta los 15 millones de parados y la prosperidad de los años anteriores se esfumó por completo. La crisis económica se extendió por todo el mundo y sólo se superó tras la Segunda Guerra Mundial.

Al otro lado del Pacífico, Japón amplió su área de influencia tras la Primera Guerra Mundial gracias al control de las antiguas colonias alemanas en el Océano Pacífico: las islas Marshall, las Carolinas, las Palau y las Marianas. Además la Sociedad de Naciones transfirió a Japón la administración de Tsingtao, en China, aunque en 1922 fue devuelto al gobierno de Pekín.

Japón firmó varios tratados con otras potencias para asegurar el respeto al statu quo en el Pacífico y en Asia. El Tratado de las Cuatro Potencias, firmado con Francia, Gran Bretaña y EE.UU. garantizó las posesiones de esos países en el Pacífico. Por el Tratado de las Nueva Potencias, Japón garantizó la independencia de China.

Por otro lado, tras la guerra el sistema político fue democratizado parcialmente. El electorado se multiplicó por diez y en 1924 podían votar 14 millones de japoneses. En 1925 se introdujo el sufragio universal pero esta democratización no impidió que a lo largo de los años veinte las fuerzas ultranacionalistas e imperialistas alcanzasen el control del gobierno y del propio emperador a través del "Consejo de Estado secreto" y el "Senado militar".

El emperador Hiroito, el día de su coronación


Aunque el emperador Hirohito fue coronado en 1928, desde hacía años, el verdadero gobierno se encontraba en el ejército y en las fuerzas nacionalistas. En los años treinta, los grupos patrióticos y antidemocráticos vaciaron de contenido en sistema parlamentario lo que avocó a Japón a un régimen militar, imperialistas y nacionalistas en el que ni si quiera el emperador tenía poder para cambiar el rumbo.

El gobierno militar japonés ordenó la invasión de Manchuria en 1931 y la región fue convertida en el Estado títere de Manchukuo (el nombre japonés para esa región china) en pocos meses.  Japón continuó su política expansiva en los años siguientes lo que le llevó a ocupar la provincia de Tehol y la ciudad de Shanghai en 1935 tras brutales campañas que dejaron cientos de miles de muertos.

Progresivamente, Japón abandonó los acuerdos internacionales de posguerra y se acercó a las potencias fascistas. En 1933, la Sociedad de Naciones se negó a reconocer el Estado de Manchukuo y acto seguid Japón abandonó la organización. La política impulsada desde Tokio, autenticamente kamikace, llevó al Japón a una guerra contra China y a choques armados con Gran Bretaña y Francia en el Pacífico. Era el preludio de una nueva guerra, cuya dimensión no conocida hasta entonces, acabaría arrasando al Imperio del Sol Naciente unos años después.

Soldados japoneses en Manchuria (China)



*Más entradas sobre la Primera Guerra Mundial aquí.

jueves, 12 de junio de 2014

LA GUERRA DE LOS CINCO CONTINENTES

LOS FRENTES SECUNDARIOS (TERCERA PARTE)



Guerrero de la etnia africana askari montado a caballo. Su colaboración fue decisiva para la conservación del África Oriental Alemana en manos de los germanos hasta 1918.


La Guerra de 1914 no fue la primera en la que los territorios coloniales de las potencias europeas se vieron afectados y las múltiples contiendas libradas en Europa durante los siglos XVIII y XIX había evidenciado el trascendental papel de las colonias en las épocas bélicas. Pero ninguna otra guerra había tenido la dimensión de la Primera Guerra Mundial. Nunca antes una contienda originada en el Viejo Continente se había extendido por todo el planeta, afectando a miles de millones de personas de todas las etnias, lenguas y nacionalidades (lee sobre los países que entraron en la guerra aquí). 

Entre 1914 y 1918, las potencias coloniales europeas lucharon en todos los mares y en todos los continentes excepto en la Antártida. Los primeros meses de la guerra fueron especialmente intensos, con episodios bélicos desarrollados en lugares remotos, a miles de kilómetros de distancia de Europa.

En el Mar Negro, acorazados alemanes con bandera turca atacaron a la armada rusa (leer más aquí). No lejos de allí, en el Mediterráneo, los puertos franceses del norte de África fueron bombardeados por los cruceros germanos. Finalmente, en las islas del Pacífico, donde el II Reich tenía intereses y no quería perder su influencia, también hubo incursiones alemanas. 

El día de Todos los Santos de 1914 (1 de noviembre), los alemanes destruyeron una escuadra de cruceros británicos en Coronel, frente a las costas de Chile. La batalla no ofreció episodios heroicos sino estrategias poco brillantes pero efectivas, como fue norma en toda la guerra naval. En la batalla de Todos los Santos, los cinco acorazados teutones derrotaron a los cuatro británicos en una breve pero eficaz maniobra. Hubo tres heridos alemanes y más de mil seiscientos muertos británicos.

Un mes después, el ocho de diciembre de 1914, la estrategia fue repetida, esta vez por los británicos, que derrotaron a los alemanes en la batalla de las Islas Malvinas, junto a las costas de Argentina. Precisamente, la escuadra germana que había salido victoriosa de Coronel (dos cruceros acorazados y tres cruceros ligeros) fue derrotada por una flota británica compuesta por ocho navíos. 1871 marineros alemanes perecieron por diez muertos británicos.

Japón también se unió a la guerra naval de las potencias de la Entente en 1914 como su primer aliado independiente ultramarino, debido a que Alemania no estaba dispuesta a renunciar a su área de influencia en la región china de Tsingtao. La guerra se extendía por Asia y el Pacífico, donde los alemanes mantenían el control de numerosas islas (Palaos, Carolinas, Marianas, etc.) así como una parte de la isla de Papúa (la Nueva Guinea Alemana.

Pero la contienda también alcanzó al continente africano que estaba repartido entre las potencias coloniales europeas. Las naciones de la Entente lucharon por las posesiones coloniales alemanas. En los primeros años de la guerra conquistaron Togo, Camerún y el África Sudoccidental alemana. Los germanos lograron conservar el África Oriental Alemana hasta el final de la guerra en 1918. Los ejércitos coloniales alemanes contaron con la colaboración de los guerreros askari y otros soldados indígenas. 

Y, por primera vez en la Historia, la guerra también se hizo en el aire. Los alemanes utilizaron el zépelin o dirigible mientras que los ingleses usaron aeroplanos de pequeño tamaño. Las bombas eran lanzadas con la mano por los pilotos que luchaban entre sí sobre el propio frente terrestre.

La magnitud global de la Primera Guerra Mundial 
(pincha sobre el mapa para verlo ampliado). 


Crónicas anteriores sobre la Primera Guerra Mundial aquí

sábado, 18 de enero de 2014

ONODA, EJEMPLO DE LEALTAD

EL SOLDADO QUE LUCHÓ TREINTA AÑOS MÁS


Al estallar la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, Hiroo Onoda, un joven de dieciocho años, decidió alistarse en el Ejército Imperial Japonés. Su deseo era servir a su patria y ayudar para que Japón dominase Asia. Onoda ya había trabajado algunos años en una fábrica japonesa en China pero entonces, decidió que había llegado la hora de contribuir al engrandecimiento del Imperio del Sol Naciente. 

Cuatro años después, en 1944, cuando el retroceso de los ejércitos japoneses en el Pacífico era imparable, Onoda recibió la orden que le cambiaría la vida. Las instrucciones del general T. Yamashita eran claras: 

"adéntrese en las filas enemigas, pase desapercibido y ocasione el mayor daño posible: destruya pistas de aterrizaje, campamentos enemigos, corte cables de telégrafo,... Nunca se rinda ni se suicide".

Y con esta misión fue lanzado a la isla filipina de Lubang. Allí se reunió con un grupo de compañeros que llevaban tiempo refugiados entre los enemigos norteamericanos y filipinos con propósitos similares. Eran tres, y al poco de llegar, Onoda asumió el mando de la célula. Estaba decidido a cumplir su misión. 

Los años pasaron y Onoda y sus subordinados seguían firmes. Practicaban una guerra de guerrillas contra la población local: mataban su ganado, cortaban sus caminos, etc. Incluso ejecutaron a treinta civiles. Era octubre de 1945, la guerra había terminado dos meses antes pero Onoda no lo sabía.

Las primeras noticias del final de la contienda les llegaron a finales de aquel año. Una nota enviada desde un pueblo cercano decía: "La guerra terminó el 15 de agosto, bajad de las montañas". Pero Onoda y sus hombres no se fiaban. Como buenos hombres de guerra creían que era un engaño. Era imposible que el ejército japones hubiese capitulado, así que siguieron en las montañas combatiendo contra las poblaciones filipinas cercanas.

Cualquier noticia que recibían del fin de la guerra era rechazada porque creían que era falsa. No se daban por enterados. Pero el paso del tiempo, las condiciones de la selva y el cansancio iban minando sus tropas: uno de los soldados desertó, otros dos murieron "en combate" y Onoda se quedó sólo.

En 1961, dieciséis años después del final de la guerra, un aventurero japonés se encontró con Onoda en la selva. Seguía en estado de guerra y no se convencía de que su misión había acabado. Onoda afirmaba que sólo capitularía cuando recibiese la orden de su superior.

Por fin el 9 de marzo de 1974, el general Yamashita, quien había enviado a Onoda a Filipinas y entonces se encontraba ya retirado, se personó en Lubang. La orden fue clara, igual que treinta años antes: "vuelve a casa; la guerra ha terminado". Sólo entonces Onoda se rindió y decidió volver a Japón.

Cuando su avión aterrizó en Tokio se convirtió en un héroe nacional, en un símbolo de supervivencia y en un ejemplo de lealtad a la patria. Aunque su país había perdido la guerra, Onoda volvió con su misión cumplida... treinta años después de haberla iniciado.



Onoda (en el centro) haciendo el saludo militar el día de su rendición. La guerra había acabado para él treinta años después que para el resto del mundo.






* Años después, Hiroo Onoda, se trasladó a vivir a Brasil donde impartió cursos de supervivencia en la selva. Escribió un libro: "Sin rendirse: Mis treinta años de guerra". Murió el 16 de enero de 2014 en un hospital de Tokio. Tenía 91 años y un tercio de su vida lo había pasado en estado de guerra en la selva.


martes, 6 de agosto de 2013

JAPÓN ANIQUILADO (6 DE AGOSTO DE 1945)

A finales de julio de 1945, la guerra en el Pacífico parecía estar tocando a su fin. El hundimiento de Japón era evidente e inevitable y las tropas de EE.UU. se encontraban cada vez más cerca de su objetivo. La derrota incondicional del Imperio del Sol naciente. Esta situación era evidente hasta en el propio Japón. Ciudades como Tokio, Kobe o Kochi estaban destruidas en gran parte y las bombas incendiarias lanzadas desde los aviones americanos había hecho mella en la irreductible población japonesa. Muchos querían firmar la paz cuanto antes aunque fuese la derrota inevitable.
 
"Emperador estúpido" decía una de las miles de cartas enviadas por los japoneses al Emperador Hirohito. Ésta la escribía un niño de doce años. El sentimiento de derrota era aún mayor después de la caída del III Reich alemán en mayo que había puesto fin a la guerra. El Emperador nipón afirmó ante el Consejo Supremo de Dirección de la Guerra que debía considerar acabar con la contienda cuando antes. No sabían que ellos había perdido toda la iniciativa ya y que EE.UU. también pretendía acabar con la guerra de forma inmediata.
 
El seis de agosto, al amanecer, el bombardero estadounidense Enola Gay despegaba del crucero Indianápolis en el Pacífico. En sus entrañas se encontraba una bomba atómica a la que había bautizado como "Little Boy". A las 8 A.M. la tripulación divisó la ciudad de Hiroshima. Un cuarto de hora después, a las 8.15, la bomba fue liberada. Cincuenta y un segundos más tarde la bomba explotaba a dos mil pies de altura. Se hizo el silencio.
 
La explosión mató instantáneamente a entre 71.000 y 80.000 personas. Algunas de ellas se volatilizaron en el acto. Después, habría otros 240.000 muertos. El 68% de la ciudad quedó arrasado totalmente y el resto fue gravemente dañado. Pero Japón seguía resistiendo.
 
Tres días después, se lanzó una segunda bomba, "Fat Man" sobre la ciudad de Nagasaki. Murieron 40.000 personas instantáneamente y la bomba produjo un cráter de dos millas de largo. "Es el mayor acontecimiento de la Historia" afirmó el presidente de EE.UU. Truman desde el crudero Augusta, al conocer el desenlace de la operación.
 
Los altos mandos del ejército nipón se encontraban descolocados, sin saber cuál debía ser la respuesta a semejante destrucción. Sin saber tampoco si EE.UU. contaba con más bombas atómicas. El emperador rompió su silencio y sentenció: "Debemos soportar lo insoportable". El 14 de agosto se anunciaba la rendición.
 
Japón había sido aniquilado.



Lugar en el que fue volatilizada una de las miles de víctimas de la bomba atómica en Hiroshima (Están marcadas las huellas y la flecha indica la dirección de la onda expansiva).