lunes, 13 de mayo de 2024
SOBRE LA GUERRA DE GAZA
domingo, 25 de septiembre de 2022
¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?
En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.
Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz.
Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.
Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.
A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.
A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.
A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".
Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.
Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país.
La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.
Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa.
Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.
lunes, 8 de agosto de 2022
LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO
El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.
El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.
Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura.
Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.
Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.
domingo, 27 de febrero de 2022
UCRANIA Y RUSIA EN 6 MAPAS
Desde la Revolución del Euromaidán en 2014, Ucrania ha pasado de ser un país prácticamente desconocido para Occidente a aparecer frecuentemente en los medios de comunicación. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 es el último episodio de una historia compleja. Repasamos aquí los hitos más destacados de la historia de Ucrania y de Rusia con seis mapas.
1. El Rus de Kiev (ss. IX - XIII)
- Rusia antes de la Primera Guerra Mundial (21 de febrero de 2014)
- La Revolución bolchevique y la guerra civil rusa (18 de julio de 2014)
- Ucrania, entre dos mundos (13 de febrero de 2015)
- Ucrania, en la encrucijada (ArtyHum, nº 11, abril de 2015, pág. 131 - 144)
- ¿Qué ocurre en Ucrania? (24 de febrero de 2022)
lunes, 16 de agosto de 2021
UN PAÍS INDOMABLE
BOSQUEJO DE LA HISTORIA DE AFGANISTÁN
Arriba: bandera de Afganistan. Abajo: izq. muyahidines en los años 80; der. montañas del Hindu Kush
La historia de Afganistán ha estado condicionada desde antiguo por varios factores. Desde un punto de vista geográfico, el país está dominado por el macizo del Hindu Kush, una amplia cordillera con profundos valles y altas montañas (más de 6.000 metros en algunos puntos). Esto ha dificultado tradicionalmente la integración de los pueblos afganos y las comunicaciones en el país. La organización social, por otra parte, es fundamentalmente tribal, lo que ha impedido la implantación de un gobierno central eficaz. En Afganistán viven diferentes etnias: pastunes, uzbekos, tayikos, etc.
Todas las potencias extranjeras que han intentado conquistar las tierras de Afganistán desde la antigüedad han fracasado. Fracasaron las falanges macedonias de Alejandro Magno en el siglo IV a.C.; las huestes musulmanas de los Omeyas en el siglo VIII; y el moderno ejército británico en el XIX. También la URSS tuvo dificultades cuando sus tropas intervinieron para apoyar al gobierno comunista de Kabul en 1979. Afganistán es una ratonera porque es prácticamente imposible dominar un terreno tan abrupto habitado por gentes acostumbradas a la guerra.
Y es que la guerra va indisolublemente unida a Afganistán. El país lleva más de cuarenta años sumido en diversos conflictos que han hecho imposible el desarrollo económico y social. La invasión soviética se prolongó hasta 1989 y fracasó porque los soldados de la URSS y del gobierno comunista afgano fueron hostigados incesantemente por los muyahidines en una guerra de guerrillas interminable. Los muyahidines recibieron apoyo financiero y armamentístico de algunos países árabes y de EE.UU.
Con la retirada de los soviéticos y el hundimiento de la república comunista no llegó la paz. Afganistán se sumió en una larguísima guerra civil entre las distintas facciones muyahidines. El país se dividió en diferentes regiones controladas por señores de la guerra y bandas de criminales dedicadas a la rapiña. Entre esos grupos emergió uno que no era muyahidín: el talibán. Los "talibanes" (como se les conoce en Occidente) fueron en origen un grupo de jóvenes estudiantes vinculados al ejército paquistaní y caracterizados por una ideología fundamentalista islámica. Pretendían purificar el país y eliminar los males provocados por la dominación socialista y la presencia occidental durante las décadas anteriores.
En 1996, los talibanes se hicieron con el control de amplias zonas del país y ocuparon la capital, Kabul. Bajo el liderato del misterioso Mulá Omar, enseguida implantaron un Emirato Islámico y trataron de consolidar su poder. La implantación de la Sharía o Ley Islámica en su forma más estricta caracterizó el gobierno talibán que convirtió Afganistán en un régimen de terror.
Se prohibió la música y los bailes así como el teatro y el cine; también se eliminó el consumo de alcohol y tabaco; y la ropa occidental fue censurada. Los hombres debían llevar barba y el pelo corto, y debían vestir a la manera tradicional. Las mujeres sufrieron la peor parte y fueron sometidas a los hombres: se las expulsó de las escuelas y se las recluyó en casa; debían ir cubiertas hasta los tobillos con el burka y no podían salir solas a la calle. El adulterio y la homosexualidad se penalizaron con la muerte y el método más habitual de ejecución fue la lapidación. Cualquier actividad de disfrute fue prohibida porque contravenía las leyes del Islam.
Afganistán se convirtió también en refugio de numerosos grupos terroristas como Al-Qaeda. En suelo afgano, esta organización tenía bases de entrenamiento. A pesar de ir en contra de los preceptos del Islam, los talibanes permitieron también la producción y la exportación de opio. No obstante, los talibanes nunca controlaron por entero el país. Eran muy fuertes en las montañas del sur, fronterizas con Paquistán, pero su poder era casi nulo en el norte, donde algunos poderosos muyahidines y señores de la guerra se unieron en la Alianza del Norte para hacer frente al gobierno talibán de Kabul.
Que el gobierno talibán daba cobijo a importantes organizaciones terroristas y criminales no era ningún secreto en los albores del siglo XXI. De hecho, en 1998, después de los atentados contra las embajadas de EE.UU. en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), Washington bombardeó campos de entrenamiento terroristas en suelo afgano. El 11 de septiembre de 2001, Al-Qaeda, liderada por Osama bin Laden, perpetró el mayor ataque terrorista en la historia de EE.UU. Como respuesta, el presidente de EE.UU. George W. Bush lanzó su famosa "guerra contra el terror" y en octubre de ese mismo año, la OTAN, con la autorización de las Naciones Unidas, invadió Afganistán.
En coordinación con la Alianza del Norte, liderada por el señor de la guerra Abdul Rashid Dostum, las tropas internacionales realizaron varias ofensivas en suelo afgano y en noviembre de 2001 tomaron Kabul. El gobierno talibán se desmoronó, pero la paz, una vez más, no se logró. Durante veinte años, las tropas internacionales permanecieron en suelo afgano intentando mantener la estabilidad en el país y combatiendo a los talibanes, que se replegaron al sur, escondiéndose en las montañas fronterizas con el vecino Paquistán.
Se estableció una república al estilo occidental en cuyo gobierno tomaron parte antiguos muyahidines aliados de EE.UU. y de la OTAN: Hamid Karzai se convirtió en presidente del país; Dostum ocupó diversos cargos y alcanzó la vicepresidencia en 2014. Los ejércitos extranjeros entrenaron y equiparon al nuevo ejército afgano. Se persiguió a los grupos terroristas (Bin Laden fue eliminado por fin por las tropas americanas en 2011 en Abbottabad - Paquistán -). Se potenció al mismo tiempo la educación y la situación de las mujeres y de las niñas mejoró algo. Se construyeron carreteras y puentes para mejorar las comunicaciones. En definitiva, durante veinte años se intentó impulsar el progreso económico y social del país.
Pero las amenazas fueron demasiado grandes. La corrupción rampante del gobierno y la administración afganas lastraron el funcionamiento del nuevo Estado. La violencia se perpetuó. Más de 4.000 soldados extranjeros (en su mayoría estadounidenses, pero también de otras naciones) murieron en combates contra los insurgentes talibanes. Y en el mundo, otros actores reclamaron la atención de las potencias ocupantes. El mundo en 2021 no es igual que el de 2001. Los intereses que llevaron a EE.UU. y la OTAN a Afganistán son diferentes a los de hoy en día. Para Washington no vale la pena seguir gastando dinero y hombres en una guerra sin fin en un país en el fin del mundo.
Por eso, el presidente Biden anunció hace unos meses que las tropas estadounidenses abandonarían Afganistán antes del 11 de septiembre de 2021. En su repliegue paulatino, los talibanes han tomado ventaja de sus posiciones y han ganado progresivamente más fuerza en numerosas provincias. En realidad nunca se fueron del todo de las zonas rurales y su influencia siempre fue decisiva en muchas regiones. Ahora simplemente han decidido retomar el poder por completo a pesar de que se habían iniciado unas supuestas negociaciones de paz con el gobierno legítimo. La legitimidad la da de nuevo la fuerza. El ejército afgano, desintegrado en pocos días, abrió las puertas de Kabul a los talibanes el 15 de agosto y el Emirato islámico fue proclamado de nuevo.
Afganistán es conocido como "la tumba de los imperios" por lo inhóspito de sus tierras y el belicoso carácter de sus gentes. Ahora el país queda otra vez a su suerte, a la deriva, ante un futuro muy incierto. Los talibanes han prometido una mayor moderación que en la anterior etapa pero está por ver que cumplan su promesa. También está por ver que sean capaces de asentar un gobierno en un país caótico e indomable.
viernes, 23 de agosto de 2019
1755 Y EL RESURGIR DE LISBOA
1 de noviembre de 1755. Aquel día amaneció como cualquier otro en Lisboa con el frío propio del otoño. Era festivo, Día de Difuntos, y los lisboetas, igual que el resto de Portugal, acudieron a las iglesias con velas encendidas a rezar a sus muertos. No sabían que muchos se encontrarían con ellos antes del mediodia. A unos trescientos kilómetros al suroeste de Lisboa, el Océano Atlántico, el mismo que había brindado a Portugal las mayores gestas de su historia, estaba a punto de rugir con fuerza.
No había esperanza para los supervivientes. Los desgraciados que habían sobrevivido al seísmo, al tsunami y al fuego salían del lugar huyendo quizá del siguiente castigo divino. ¿Cuál sería? ¿Por qué Dios había castigado así a los devotos portugueses? Sólo la Alfama, el barrio de moral relajada, repleto de prostíbulos, se había salvado de la destrucción. Dios había destruido los templos de la ciudad matando a miles de fieles pero había salvado los burdeles, las tabernas y las casas de juego. ¿Por qué?
El rey José I, aterrorizazo por las imágenes que sus ojos habían visto y con temor a que la tierra volviese a temblar bajo sus pies, no volvió a residir nunca más bajo una construcción sólida. Su palacio fueron enormes tiendas de tela que se trasladaban a donde el monarca iba. Tras su muerte, en 1777, su hija la reina María I se encargaría de dirigir las tareas de reconstrucción que llevaron décadas, siglos.
A finales del siglo XIX finalizó también la construcción de la Plaza del Comercio. Se erigió en 1873 un majestuoso arco triunfal para comunicar el Tajo con la Baixa pombalina, la plaza con la Rua Augusta. La soberbia puerta resume de forma espléndida la historia del país, desde el medievo hasta el siglo XVIII. Acogía a los viajeros y a los embajadores extranjeros que desembarcaban en el puerto fluvial y accedían a la urbe cosmopolita que los recibía. La Plaza del Comercio se convertía en algo así como unos grandes brazos abiertos al río, al océano.
jueves, 22 de agosto de 2019
VASCO DE GAMA Y LAS GESTAS PORTUGUESAS
Con motivo de la Exposición Universal celebrada en Lisboa en 1998 fue construido un puente de dimeniones colosales que cruza el río Tajo. El nombre que el gobierno portugués dio a la estructura fue Vasco de Gama, un gran homenaje al marino y una gran metáfora de su hazaña. El puente, el más largo de Europa, conecta las dos orillas del estuario del Tajo, igual que el navegante portugués, quinientos años antes, conectó dos mundos: Europa y la India.















