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lunes, 13 de mayo de 2024

SOBRE LA GUERRA DE GAZA


El conflicto entre Israel y Palestina es uno de esos temas sobre los que parece que todo el mundo debe tener una opinión clara y rotunda. Hable con quien hable, todos apoyan con absoluta firmeza a uno u otro bando, sin atisbo de duda, sin matices. A menudo, además, estas opiniones se ven condicionadas por la ideología pues parece que si eres de derechas debes apoyar a Israel. Si eres de izquierdas, apoyarás a Palestina. Sin medias tintas.

Tanto es así que llevo notando varios meses que el tema se evita en muchas conversaciones cotidianas. Hay quien no quiere pronunciarse para que no lo tilden de lo uno o de lo otro. Y debo confesar que yo soy un mar de dudas en todo ello. Que no veo con claridad al bueno y al malo, como en casi ningún conflicto. Que no veo una solución a corto y medio plazo. Y también confieso que me pasa esto a pesar de que llevo meses enganchado a las noticias y leyendo todo lo que cae en mis manos sobre el tema.

Hay que tener en cuenta que el conflicto no comenzó el pasado 7 de octubre con el ataque terrorista de Hamás a Israel. Se remonta más de cien años atrás con el inicio del asentamiento de judíos europeos en Palestina. Matanzas de judíos sobre árabes palestinos y de árabes palestinos sobre judíos que se cometieron en los años 20 y 30 del siglo XX siguen estando muy presentes en el imaginario colectivo de ambas sociedades. Luego vinieron el plan de partición de la ONU de 1947, la proclamación de independencia de Israel en 1948, las guerras árabe-israelíes, la ocupación de territorios en la Guerra de los Seis Días de 1967, las Intifadas, los acuerdos de Oslo y un largo etcétera. Es decir, el problema no surgió en 2023.

Voy a ser políticamente incorrecto: Israel no es una democracia como la entendemos en Occidente. Da igual que se celebren elecciones cada cuatro años. La igualdad ante la ley no existe. Los árabes israelíes tienen menos derechos que los judíos israelíes y hay grupos sociales privilegiados. A modo de ejemplos: los árabes israelíes tienen vetado su ingreso en el ejército; los judíos ultraortodoxos tienen el privilegio de no cumplir el servicio militar; y los habitantes árabes de Jerusalén oriental tienen permiso de residencia, pero si se trasladan a otro lugar a vivir ya no pueden regresar. En Israel impera un régimen discriminatorio que algunos comparan con el Apartheid sudafricano. Esto no es, desde luego, democrático.

Además, en los últimos años, la sociedad israelí ha sufrido una polarización enorme, en parte por la personalidad controvertida del primer ministro Benjamín Netanyahu. El líder del partido derechista Likud ha dado muestras de un claro autoritarismo que ha afectado también a las instituciones del Estado (la Knéset y la Corte Suprema). Intentó, incluso, la reforma del poder judicial, lo que provocó manifestaciones en la calle que al final le hicieron dar marcha atrás. Su gobierno, muy condicionado por las fuerzas de extrema derecha, ha sido siempre contrario a todo acuerdo de paz con los palestinos y a detener los asentamientos colonos en Cisjordania.

Si comparamos a Israel con el resto de Estados de Oriente Próximo, el Estado judío es infinitamente más próspero, más democrático y más abierto que Jordania, Egipto, Siria o el Líbano. Ya sabemos: en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. El tuerto ve, pero sólo por uno de los ojos. Así que puede que Israel sea una democracia, pero una democracia exótica, sui generis

Si miramos a la parte palestina, vemos una sociedad desgarrada, rota después de un siglo de guerras y desastres. Los palestinos están repartidos entre Cisjordania, Gaza y los campos de refugiados en Jordania, Líbano, Siria y otros países. La Autoridad Nacional Palestina (ANP), liderada por Mahmud Abbas, es una institución corrupta, anquilosada e ineficaz cuyo control se limita a algunas ciudades de Cisjordania. Incapaz de mejorar la situación de sus ciudadanos en materia de seguridad, educación, sanidad, servicios y empleo, muchos la ven como un títere de Israel, como un perrito faldero sumiso a las órdenes de Tel Aviv. No hace falta decir que la democracia palestina no existe. 

En Gaza, Hamás gobierna desde 2007 tras varios enfrentamientos con la ANP. Es un grupo fundamentalista islámico que aplica el rigorismo religioso más estricto y convirtió la Franja en un régimen de terror durante casi veinte años. Pero también es la única esperanza para millones de palestinos ante la inoperancia de la ANP. Hamás y otras milicias islamistas han convertido la resistencia frente a Israel en una cuestión religiosa, no en una cuestión nacional como fue al principio, y se niegan a reconocer la existencia del Estado de Israel. Este principio de su ideario hace imposible, evidentemente, cualquier atisbo de negociación para alcanzar una paz definitiva.

Hamás es considerado por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea como un grupo terrorista. Las matanzas de civiles israelíes inocentes del 7 de octubre son buen ejemplo de ello. No obstante, Hamás organiza la vida en la Franja de Gaza, es más que una organización o un partido político: es el gobierno, la educación, la sanidad, el espíritu de resistencia, lo es todo en el diminuto territorio que controla, por eso es muy difícil extirparlo sin ofrecer una alternativa realista y viable.

Por todo ello, es imposible entender la dimensión del conflicto si nos ajustamos únicamente a lo que ha ocurrido desde el 7 de octubre. Desde luego, aquel día, los milicianos de Hamás cometieron un acto abominable y el Estado de Israel tiene derecho a defenderse. El problema es el alcance de este derecho. Un atentado terrorista no justifica en ningún caso la matanza de 40.000 civiles palestinos y la condena de millón y medio a vivir bajo las bombas, el hambre y el terror. El gobierno de Netanyahu está usando el atentado y los rehenes israelíes en manos de Hamás como un pretexto para arrasar un lugar donde ya vivían hacinadas un millón y medio de personas. Y Occidente, que alardea de superioridad moral, no hace nada para evitarlo. 

Los terroristas de Hamás ya han conseguido buena parte de sus objetivos. El mundo ha vuelto la mirada hacia Palestina después de décadas de desatención. La opinión pública mundial (no sólo la de los países árabes, como era tradicional) se ha puesto de lado de los palestinos. Ya se han olvidado los 1.400 asesinados israelíes del 7 de octubre ante las terroríficas cifras de muertos palestinos. Universidades e instituciones occidentales se están replanteando sus relaciones con Israel y se promueve el boicot al Estado judío en certámenes y competiciones deportivas internacionales. El apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel se está también resquebrajando y cada vez más países apuestan por reconocer a Palestina como Estado, incluso con asiento en la ONU. Todo esto son victorias de Hamás. 

No obstante, da igual que la comunidad internacional reconozca al Estado Palestino porque no existe. Es un brindis al sol. Salta a la vista que no controla un territorio compacto, ni tiene instituciones estatales operativas. Aunque nos pese, la solución del conflicto no puede ser hoy la de los dos Estados porque uno de ellos no existe. Es cierto que ese era el plan original de la ONU, pero eso fue en 1947. Los árabes palestinos no lo aceptaron y después de varias guerras se quedaron sin nada. Los judíos se quedaron con todo (y con los problemas derivados de ello). Ahora la situación no tiene nada que ver: tenemos un Estado judío viable y estable, y unos territorios palestinos ocupados por el ejército israelí. Con este panorama, la solución, si la hay, debe de ser otra, pero no los dos Estados.

Lo que está claro es que es intolerable una tragedia humanitaria como la que estamos presenciando. No es de derechas ni de izquierdas, ni propalestino ni proisraelí, ni antisemita ni islamófobo, cualquiera con un ápice de humanidad se puede dar cuenta de que la guerra de Gaza está sobrepasando todos los límites. La catástrofe humanitaria tiene unas dimensiones desmesuradas y cada vez más voces denuncian que se están cometiendo crímenes contra la humanidad (incluido el genocidio). Todo esto está por comprobar, pero las cifras de muertos son salvajes. Israel siempre ha actuado con impunidad, amparado por Estados Unidos y el resto de potencias occidentales, que le suministran armas y miran hacia otro lado. Esto debería cambiar (y quizá esté cambiando ya... muy poco a poco).

Dentro de cuarenta años, nuestros hijos y nietos verán en los cines una superproducción hollywoodiense sobre la Guerra de Gaza. Un actor de renombre interpretará a Netanyahu y los protagonistas serán jóvenes gazatíes intentando escapar de las bombas y el hambre. Arrasará en taquilla tanto en Estados Unidos como en Europa. Las imágenes épicas de la destrucción, los muertos y el sufrimiento de los supervivientes sobrecogerán a los espectadores que se preguntarán indignados, a buen seguro, cómo pudimos permitir todo aquello. Nosotros no tendremos respuesta que darles.




domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?

 La estatua de Lenin mira al moderno CBD de Moscú


En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.

Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz. 

Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.

Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.

A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.

A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.

A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".

Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.

Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país. 

La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.

Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa. 

Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.


Centro de Moscú antes de la caída de la URSS



lunes, 8 de agosto de 2022

LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO

Lo primero que uno siente cuando pone un pie en las Islas Lofoten es la lejanía. Este archipiélago se encuentra lejos de todos lados, en la provincia noruega de Nordland, al norte del Círculo Polar Ártico. Lo segundo quizá sea el vértigo ante un lugar inhóspito donde la naturaleza es poco amable con las sociedades humanas que intentaron y aún intentan vivir aquí. 

Cuando desembarcamos, el 3 de agosto, en el puerto de Moskenes, llovía a cántaros. Tan solo se escuchaban los insufribles graznidos de las gaviotas, las auténticas dueñas del lugar. En teoría el sol no se pone en esta época del año en las Lofoten, es el sol de medianoche, pero los nubarrones negros nos impidieron experimentar las noches blancas. Así fue durante todos los días que estuvimos allí.

El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.



El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.


Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura. 


Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.


Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.



La capital administrativa de la región, Svolvær, o algunas localidades, como Leknes, sí conservan cierta vitalidad social y económica. La muestran en sus centros comerciales, en sus polígonos industriales y en sus cafés. Otras, en cambio, son hoy el fósil de lo que un día fueron pueblos de pescadores. Actualmente, en las Lofoten viven unos 24.000 habitantes, unos 5.000, en la capital. El resto vive en asentamientos dispersos, en casas diseminadas por todas las islas. Sorprende que el vecino más cercano viva a un kilómetro de distancia. El turismo es hoy la única riqueza de estas tierras.

La vida es muy dura allí. Como lo fue siempre. El clima es frío y lluvioso. Los vientos empujan continuamente los centros de bajas presiones árticos sobre estas islas. Nosotros, en pleno agosto, tuvimos máximas de 13°C y lluvia intermitente durante varios días. En invierno, el frío es atroz. El cielo está siempre pálido. Se nota que los rayos del sol no tienen fuerza para calentar estas regiones tan septentrionales. Y en los meses de invierno, las Lofoten se sumen en la noche perpetua. Durante semanas no amanece.  ¿Quién va a querer vivir allí en esas condiciones?



Aún así, este archipiélago custodia una historia rica. Durante cientos de años, las gentes han convivido en armonía con una naturaleza hostil. Las sociedades florecieron y se desarrollaron durante siglos gracias a la pesca y al comercio. Dan cuenta de ello los templos centenarios que pueden contemplarse. Son pequeñas iglesias en medio de los campos, cuyos campanarios destacan entre el resto de edificaciones, pero empequeñecen ante los imponentes farallones esculpidos por los glaciares. También los cementerios dan cuenta de aquellas gentes que forjaron su existencia en estas tierras, lejos de todo y de todos. Gentes para las que era cotidiano contemplar estos maravillosos paisajes y que llamaban hogar a este inhóspito lugar en el fin del mundo.




domingo, 27 de febrero de 2022

UCRANIA Y RUSIA EN 6 MAPAS



Desde la Revolución del Euromaidán en 2014, Ucrania ha pasado de ser un país prácticamente desconocido para Occidente a aparecer frecuentemente en los medios de comunicación. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 es el último episodio de una historia compleja. Repasamos aquí los hitos más destacados de la historia de Ucrania y de Rusia con seis mapas.


1. El Rus de Kiev (ss. IX - XIII)


A finales del siglo IX, los rusos, que habitaban cerca del Mar Báltico, se desplazaron hacia el sur, a las llanuras ribereñas del Mar Negro y atravesadas por los ríos Dniéster y Dniéper. Crearon el Principado de Kiev, el primer Estado ruso, y establecieron contactos comerciales con el Imperio Bizantino. En el siglo XIII, los ejércitos mongoles invadieron Europa oriental y sometieron el Principado de Kiev. Posteriormente, cuando el Imperio Mongol se fragmentó, aparecieron pequeños principados, como el Kanato de Crimea, en el sur de la actual Ucrania. No hay diferencias entre los pueblos eslavos del norte (no podemos distinguir entre rusos y ucranianos).



2. Expansión rusa (ss. XIII - XIX)


Los príncipes rusos de Moscú empezaron a fortalecer su posición a comienzos del siglo XIV, sometiendo otros Estados rusos cercanos. Progresivamente, como se puede ver en el mapa, conquistaron amplios territorios, extendiendo su control hacia el sur y el oeste a costa de otros Estados como Suecia, Polonia - Lituania, el Kanato de Crimea y los territorios de la Orden Teutónica. El objetivo de los zares rusos desde el siglo XVII fue triple: 1) crear un territorio tapón en el oeste que protegiese el núcleo central ruso en torno a Moscú, 2) lograr una salida al Mar Báltico (San Petersburgo en 1703) y otra al Mar Negro (Sebastopol en 1783) y 3) expandirse hacia Siberia, el este, donde no tenía ninguna competencia. La ciudad de Kiev, que había sido capital del primer Estado Ruso, fue conquistada por la Rusia de los Romanov en 1667.



3. El Imperio ruso en 1914


En vísperas de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), el Imperio Ruso era un inmenso Estado que se extendía desde las llanuras polacas en el oeste al Océano Pacífico en el este y desde Laponia y el Ártico en el norte al Hindú Kush en el sur. Sin embargo, padecía una gran debilidad interna: pobreza y atraso económico y social. Además, era un Estado multiétnico donde numerosos pueblos no rusos (polacos, fineses, estonios, armenios) reclamaban su independencia. A finales del siglo XIX se forjó también la identidad nacional ucraniana: una historia diferenciada de Rusia, una lengua unificada a partir de diversos dialectos rusos, unos orígenes mitológicos, etc. En este momento, los eslavos del norte se dividían en "grandes rusos" (rusos), "pequeños rusos" (ucranianos) y "rusos blancos" (bielorrusos).



4. La Guerra Civil Rusa (1917 - 1922)


Como consecuencia de las continuas derrotas de los ejércitos del zar Nicolás II en la Primera Guerra Mundial, estalló la Revolución Rusa en 1917. Fue un complejo proceso que se desarrolló en dos fases: la Revolución de febrero y la Revolución de octubre. Tras esta, los bolcheviques liderados por Lenin tomaron el poder. Lenin retiró a Rusia de la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), perdiendo numerosos territorios en el oeste: Finlandia, las Repúblicas Bálticas, Polonia y Ucrania. En la posterior Guerra Civil Rusa (1917 - 1922), los bolcheviques consiguieron recuperar el control sobre Ucrania e integrarla en la nueva Unión Soviética en 1922. Se formaron así la República Socialista Soviética de Ucrania y la República Socialista Soviética de Rusia, entre otras. Todas estaban dentro de la URSS.



5. La Unión Soviética (1922 - 1991)


La URSS estaba formada por quince repúblicas socialistas soviéticas que, en teoría, gozaban de amplia autonomía. En la práctica, sin embargo, imperaba el centralismo de Moscú. El proceso de rusificación del país fue intenso, sobre todo en algunas etapas, como el periodo estalinista (1924 - 1953). En Ucrania, numerosos pueblos fueron deportados a Siberia, como los tártaros de Crimea o los cosacos. Los ucranianos sufrieron el hambre en los años 30, muriendo casi 5 millones de personas. Muchos lo consideran un genocidio: "Holodomor". Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945), algunos ucranianos vieron en la invasión nazi una oportunidad para recuperar la tan ansiada independencia de la URSS. 



6. La Ucrania actual (1991 - 2022)


La actual República de Ucrania es el resultado de un largo proceso de incorporación de territorios al núcleo original en torno a Kiev. Lenin incorporó a la RSS de Ucrania las regiones del Dombás y el sur (Odesa), muy ricas económicamente. Stalin incorporó Rutenia, conquistado por el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Y Kruschev en 1954 anexionó la Península de Crimea que a partir de entonces fue administrada desde Kiev. La República de Ucrania ganó la independencia de la URSS en agosto de 1991. Rusia se independizó de la URSS en diciembre de ese año.

En 1994, el Memorándum de Budapest garantizaba la integridad territorial de Ucrania previa cesión a Rusia de todo el armamento nuclear que había en territorio ucraniano. En 2014, Rusia violó el memorándum y se anexionó la Península de Crimea en un clima de inestabilidad en Ucrania por la Revolución del Euromaidán y la guerra en el Dombás.




PARA LEER MÁS:


lunes, 16 de agosto de 2021

UN PAÍS INDOMABLE

BOSQUEJO DE LA HISTORIA DE AFGANISTÁN


Arriba: bandera de Afganistan. Abajo: izq. muyahidines en los años 80; der. montañas del Hindu Kush


La historia de Afganistán ha estado condicionada desde antiguo por varios factores. Desde un punto de vista geográfico, el país está dominado por el macizo del Hindu Kush, una amplia cordillera con profundos valles y altas montañas (más de 6.000 metros en algunos puntos). Esto ha dificultado tradicionalmente la integración de los pueblos afganos y las comunicaciones en el país. La organización social, por otra parte, es fundamentalmente tribal, lo que ha impedido la implantación de un gobierno central eficaz. En Afganistán viven diferentes etnias: pastunes, uzbekos, tayikos, etc.

Todas las potencias extranjeras que han intentado conquistar las tierras de Afganistán desde la antigüedad han fracasado. Fracasaron las falanges macedonias de Alejandro Magno en el siglo IV a.C.; las huestes musulmanas de los Omeyas en el siglo VIII; y el moderno ejército británico en el XIX. También la URSS tuvo dificultades cuando sus tropas intervinieron para apoyar al gobierno comunista de Kabul en 1979. Afganistán es una ratonera porque es prácticamente imposible dominar un terreno tan abrupto habitado por gentes acostumbradas a la guerra.

Y es que la guerra va indisolublemente unida a Afganistán. El país lleva más de cuarenta años sumido en diversos conflictos que han hecho imposible el desarrollo económico y social. La invasión soviética se prolongó hasta 1989 y fracasó porque los soldados de la URSS y del gobierno comunista afgano fueron hostigados incesantemente por los muyahidines en una guerra de guerrillas interminable. Los muyahidines recibieron apoyo financiero y armamentístico de algunos países árabes y de EE.UU. 

Con la retirada de los soviéticos y el hundimiento de la república comunista no llegó la paz. Afganistán se sumió en una larguísima guerra civil entre las distintas facciones muyahidines. El país se dividió en diferentes regiones controladas por señores de la guerra y bandas de criminales dedicadas a la rapiña. Entre esos grupos emergió uno que no era muyahidín: el talibán. Los "talibanes" (como se les conoce en Occidente) fueron en origen un grupo de jóvenes estudiantes vinculados al ejército paquistaní y caracterizados por una ideología fundamentalista islámica. Pretendían purificar el país y eliminar los males provocados por la dominación socialista y la presencia occidental durante las décadas anteriores.

En 1996, los talibanes se hicieron con el control de amplias zonas del país y ocuparon la capital, Kabul. Bajo el liderato del misterioso Mulá Omar, enseguida implantaron un Emirato Islámico y trataron de consolidar su poder. La implantación de la Sharía o Ley Islámica en su forma más estricta caracterizó el gobierno talibán que convirtió Afganistán en un régimen de terror. 

Se prohibió la música y los bailes así como el teatro y el cine; también se eliminó el consumo de alcohol y tabaco; y la ropa occidental fue censurada. Los hombres debían llevar barba y el pelo corto, y debían vestir a la manera tradicional. Las mujeres sufrieron la peor parte y fueron sometidas a los hombres: se las expulsó de las escuelas y se las recluyó en casa; debían ir cubiertas hasta los tobillos con el burka y no podían salir solas a la calle. El adulterio y la homosexualidad se penalizaron con la muerte y el método más habitual de ejecución fue la lapidación. Cualquier actividad de disfrute fue prohibida porque contravenía las leyes del Islam.

Afganistán se convirtió también en refugio de numerosos grupos terroristas como Al-Qaeda. En suelo afgano, esta organización tenía bases de entrenamiento. A pesar de ir en contra de los preceptos del Islam, los talibanes permitieron también la producción y la exportación de opio. No obstante, los talibanes nunca controlaron por entero el país. Eran muy fuertes en las montañas del sur, fronterizas con Paquistán, pero su poder era casi nulo en el norte, donde algunos poderosos muyahidines y señores de la guerra se unieron en la Alianza del Norte para hacer frente al gobierno talibán de Kabul.

Que el gobierno talibán daba cobijo a importantes organizaciones terroristas y criminales no era ningún secreto en los albores del siglo XXI. De hecho, en 1998, después de los atentados contra las embajadas de EE.UU. en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), Washington bombardeó campos de entrenamiento terroristas en suelo afgano. El 11 de septiembre de 2001, Al-Qaeda, liderada por Osama bin Laden, perpetró el mayor ataque terrorista en la historia de EE.UU. Como respuesta, el presidente de EE.UU. George W. Bush lanzó su famosa "guerra contra el terror" y en octubre de ese mismo año, la OTAN, con la autorización de las Naciones Unidas, invadió Afganistán.

En coordinación con la Alianza del Norte, liderada por el señor de la guerra Abdul Rashid Dostum, las tropas internacionales realizaron varias ofensivas en suelo afgano y en noviembre de 2001 tomaron Kabul. El gobierno talibán se desmoronó, pero la paz, una vez más, no se logró. Durante veinte años, las tropas internacionales permanecieron en suelo afgano intentando mantener la estabilidad en el país y combatiendo a los talibanes, que se replegaron al sur, escondiéndose en las montañas fronterizas con el vecino Paquistán.

Se estableció una república al estilo occidental en cuyo gobierno tomaron parte antiguos muyahidines aliados de EE.UU. y de la OTAN: Hamid Karzai se convirtió en presidente del país; Dostum ocupó diversos cargos y alcanzó la vicepresidencia en 2014. Los ejércitos extranjeros entrenaron y equiparon al nuevo ejército afgano. Se persiguió a los grupos terroristas (Bin Laden fue eliminado por fin por las tropas americanas en 2011 en Abbottabad - Paquistán -). Se potenció al mismo tiempo la educación y  la situación de las mujeres y de las niñas mejoró algo. Se construyeron carreteras y puentes para mejorar las comunicaciones. En definitiva, durante veinte años se intentó impulsar el progreso económico y social del país.

Pero las amenazas fueron demasiado grandes. La corrupción rampante del gobierno y la administración afganas lastraron el funcionamiento del nuevo Estado. La violencia se perpetuó. Más de 4.000 soldados extranjeros (en su mayoría estadounidenses, pero también de otras naciones) murieron en combates contra los insurgentes talibanes. Y en el mundo, otros actores reclamaron la atención de las potencias ocupantes. El mundo en 2021 no es igual que el de 2001. Los intereses que llevaron a EE.UU. y la OTAN a Afganistán son diferentes a los de hoy en día. Para Washington no vale la pena seguir gastando dinero y hombres en una guerra sin fin en un país en el fin del mundo.

Por eso, el presidente Biden anunció hace unos meses que las tropas estadounidenses abandonarían Afganistán antes del 11 de septiembre de 2021. En su repliegue paulatino, los talibanes han tomado ventaja de sus posiciones y han ganado progresivamente más fuerza en numerosas provincias. En realidad nunca se fueron del todo de las zonas rurales y su influencia siempre fue decisiva en muchas regiones. Ahora simplemente han decidido retomar el poder por completo a pesar de que se habían iniciado unas supuestas negociaciones de paz con el gobierno legítimo. La legitimidad la da de nuevo la fuerza. El ejército afgano, desintegrado en pocos días, abrió las puertas de Kabul a los talibanes el 15 de agosto y el Emirato islámico fue proclamado de nuevo.

Afganistán es conocido como "la tumba de los imperios" por lo inhóspito de sus tierras y el belicoso carácter de sus gentes. Ahora el país queda otra vez a su suerte, a la deriva, ante un futuro muy incierto. Los talibanes han prometido una mayor moderación que en la anterior etapa pero está por ver que cumplan su promesa. También está por ver que sean capaces de asentar un gobierno en un país caótico e indomable.

viernes, 23 de agosto de 2019

1755 Y EL RESURGIR DE LISBOA



 La iglesia do Carmo fue destruida parcialmente por el terremoto y así puede verse hoy.

1 de noviembre de 1755. Aquel día amaneció como cualquier otro en Lisboa con el frío propio del otoño. Era festivo, Día de Difuntos, y los lisboetas, igual que el resto de Portugal, acudieron a las iglesias con velas encendidas a rezar a sus muertos. No sabían que muchos se encontrarían con ellos antes del mediodia. A unos trescientos kilómetros al suroeste de Lisboa, el Océano Atlántico, el mismo que había brindado a Portugal las mayores gestas de su historia, estaba a punto de rugir con fuerza.

Un terremoto de unos nueve grados en la moderna Escala de Richter hizo temblar el fondo del océano y la Península Ibérica durante varios minutos. Eran poco más de las nueve de la mañana y las calles de Lisboa estaban atestadas. También los templos, repletos de fieles en la oración de Difuntos. Nadie esperaba un castigo del océano como el que se produjo ese día. Nadie podía imaginar un golpe de la naturaleza como aquel. Desorientados, mientras la tierra temblaba imparable, miles de lisboetas corrieron a todos lados sin salvación posible. Los edificios se derrumbaban uno tras otro sin remedio. Las iglesias caían con los fieles dentro. Muchos murieron sepultados en aquellos instantes.

Los supervivientes de la primera embestida de la naturaleza marcharon a los muelles de la ciudad, junto al estuario del Tajo. Allí, en un espacio abierto, esperaban estar seguros, ilusos ellos. Las aguas del Tajo comenzaron a retirarse poco después dejando a la vista los restos de barco hundidos y cargas arrojadas al lecho del río. Pensaban que eran un milagro tras la catástrofe, nadie podía intuir el segundo castigo: un tsunami con olas de hasta siete metros llegó a la costa arrasando todo a su paso. Los pocos edificios que quedaban en pie fueron barridos y los muertos se contaron por miles. Nadie podía escapar a la furia del mar.

 La iglesia de Santo Domingo, donde comenzó la persecución de los judíos en 1506 fue destruida por el terremoto y reconstruida después. En los años 50 del siglo XX volvió a sufrir un nuevo incendio.

En las zonas altas, donde las olas no llegaron, el fuego hizo su trabajo. Las velas encendidas por los lisboetas para rendir homenaje a los muertos desataron pavorosos incendios en los edificios derruídos por el terremoto. Fue el tercer castigo. Pocas construcciones de la milenaria Lisboa quedaron en pie: el monasterio de los Jerónimos y la catedral románica. El resto fue destruido: el Castillo de San Jorge, la fortaleza medieval que había sido residencia real durante siglos; la iglesia de Santo Domingo, donde había comenzado el pogromo de 1506; la iglesia del Convento do Carmo; el Palacio Real, junto al Tajo, residencia oficial de los reyes de Portugal que atesoraba fabulosos tesoros; y el Barrio Bajo de Lisboa, la Baixa, el centro de la ciudad. ¡Todo destruido! ¡Todo arrasado! Lisboa se convirtió en un gran vacío.

El rey José I, que se encontraba fuera de la capital, y su primer ministro el Marqués de Pombal, acudieron de inmediato. La imagen era terrible. Los muertos se contaban por miles. El centro de Lisboa había sido arrasado. Las calles estaban llenas de escombros y cadáveres. El hedor era insoportable.  Bajo el humo de los incendios se encontraba el infierno.

No había esperanza para los supervivientes. Los desgraciados que habían sobrevivido al seísmo, al tsunami y al fuego salían del lugar huyendo quizá del siguiente castigo divino. ¿Cuál sería? ¿Por qué Dios había castigado así a los devotos portugueses?  Sólo la Alfama, el barrio de moral relajada, repleto de prostíbulos, se había salvado de la destrucción. Dios había destruido los templos de la ciudad matando a miles de fieles pero había salvado los burdeles, las tabernas y las casas de juego. ¿Por qué?

Dicen que la primera orden del Marqués de Pombal fue prohibir la marcha de los hombres jóvenes de la ciudad. No podían huir. Eran necesarios en la reconstrucción. Había que volver a levantar Lisboa. Había que hacerlo, además, de una forma moderna, siguiendo los patrones de la Ilustración y el racionalismo. Previniendo el siguiente terremoto. Lisboa sería la primera ciudad construida antiseímos.

El rey José I, aterrorizazo por las imágenes que sus ojos habían visto y con temor a que la tierra volviese a temblar bajo sus pies, no volvió a residir nunca más bajo una construcción sólida. Su palacio fueron enormes tiendas de tela que se trasladaban a donde el monarca iba. Tras su muerte, en 1777, su hija la reina María I se encargaría de dirigir las tareas de reconstrucción que llevaron décadas, siglos.

 Arriba: vistas de la Baixa y el Castillo de San Jorge al fondo desde el mirador de Santa Justa; Abajo: representación de la Baixa Pombalina hoy.

La Baixa, el barrio central, fue reconstruido siguiendo las ideas de Pombal, una planta ortogonal que después serviría como modelo en las remodelaciones de ciudades como París o Barcelona, ya en el siglo XIX. Un trazado regular, de manzanas rectangulares y calles rectas. En el espacio central, junto al Tajo, que en su día ocupó el Palacio Real, por completo destruido, fue edificada una enorme plaza, la Plaza del Comercio, cerrada por tres lados pero abierta por uno, el del Tajo. Lisboa no podía dejar de abrazar al mar y al río que tanto habían dado a la ciudad pero que también le habían arrebatado todo. El Castillo de San Jorge tuvo que esperar. No fue reconstruido hasta entrado el siglo XIX y su finalización se produjo ya en el XX. Unos minutos en 1755 sirvieron para destruir el legado de siglos y siglos tardaron los portugueses en reconstruir por completo su ciudad.

Pero alguien dijo una vez que Lisboa era como el ave fénix. Con miles de años de Historia, había sabido resurgir una y otra vez de sus cenizas, reinventarse y recuperar el esplendor perdido. Bajo las órdenes del Marqués de Pombal, el gran ministro ilustrado del siglo XVIII portugués, la ciudad volvió a nacer, volvió a ser construida. Sólo quedó la Iglesia do Carmo en ruinas aunque hubo intentos por reconstruirla también. Cien años después del terremoto muchos pensaron que conservar sus ruinas sería el gran recuerdo para la posteridad, el gran homenaje a la Lisboa arrasada. Así está hoy. Así puede visitarse. Los nervios de la bóveda derrumbada parecen sostener ahora el firmamento, las estrellas.

A finales del siglo XIX finalizó también la construcción de la Plaza del Comercio. Se erigió en 1873 un majestuoso arco triunfal para comunicar el Tajo con la Baixa pombalina, la plaza con la Rua Augusta. La soberbia puerta resume de forma espléndida la historia del país, desde el medievo hasta el siglo XVIII. Acogía a los viajeros y a los embajadores extranjeros que desembarcaban en el puerto fluvial y accedían a la urbe cosmopolita que los recibía. La Plaza del Comercio se convertía en algo así como unos grandes brazos abiertos al río, al océano.

 Vistas de la Plaza del Comercio

El arco está sostenido por cuatro enormes pilares con columnas compuestas adosadas. Sobre ellos, un gran timpano muestra un reloj desde la Rua Augusta. Desde la plaza se puede leer la inscripción: VIRTVTIBVS MAIORVM VT SIT OMNIBVS DOCVMENTO (Que las virtudes de los más grandes sean una enseñanza para todos). ¿Quiénes son los más grandes? Cuatro personajes de la Historia del Portugal: Viriato, el pastor lusitano que dedicó su vida a hostigar a los romanos; Nuño Álvarez Pereira, condestable de los ejércitos de Juan I en la Batalla de Aljubarrota; Vasco de Gama, el marino que llegó por primera vez a la India en 1498; y el Marqués de Pombal, el gran ministro ilustrado de José I, artífice de la reconstrucción de la ciudad. Todos flanquean un gran escudo nacional.

Sobre ellos tres alegorías rematan el ático del arco. Tres virtudes que han proporcionado las grandes hazañas a los portugueses. La Gloria corona a la Astucia y la Valentía. Pero las alegorías no acaban ahí. A ambos lados del arco se sitúan dos esculturas varoniles, recostadas, que parecen observar la plaza y vigilan a los viandantes. Son el Duero y el Tajo, los dos grandes ríos que dan vida a Portugal. El Duero es el origen del país, donde surgió el Condado Portucalense en el siglo XII. El Tajo es la gran puerta de entrada a Portugal, la segunda mitad de Lisboa.

La reestructuración del gran espacio arrasado por el tsunami y convertido en plaza culminó con la colocación en su centro de una estatua ecuestre de José I. El rey que vio los desastres provocados por las fuerzas naturales. El rey horrorizado por el poder destructivo de las aguas que se negó a vivir más bajo un techo que pudiese derrumbarse se erige ahí, victorioso, casi prepotente, frente al Tajo, como símbolo de la Lisboa que resurgió tras la destrucción del 1 de noviembre de 1755. 


 Estudio de la Puerta triunfal o Arco de la Plaza del Comercio


jueves, 22 de agosto de 2019

VASCO DE GAMA Y LAS GESTAS PORTUGUESAS


Puente Vasco de Gama, Lisboa

Con motivo de la Exposición Universal celebrada en Lisboa en 1998 fue construido un puente de dimeniones colosales que cruza el río Tajo. El nombre que el gobierno portugués dio a la estructura fue Vasco de Gama, un gran homenaje al marino y una gran metáfora de su hazaña. El puente, el más largo de Europa, conecta las dos orillas del estuario del Tajo, igual que el navegante portugués, quinientos años antes, conectó dos mundos: Europa y la India.

La gran época de la Historia de Portugal es la Era de los Descubrimientos. Ningún pueblo desde los antiguos fenicios y griegos, y quizá los vikingos en la Edad Media, se había echado al mar como hicieron los portugueses en el siglo XV. No podía ser otra que la pequeña nación portuguesa, aislada de Europa pero abierta al océano, la que iniciase una expanión ultramarina que la llevó a surcar todos los océanos y alcanzar todos los continentes.

Estamos cansados de escuchar una y otra vez la historia de las especias llegadas del Lejano Oriente a través de la Ruta de la Seda. Eran los árabes y los bizantinos quienes las tranportaban hasta El Cairo y Constantinopla y desde estos puertos, las especias eran llevadas por los italianos hasta Europa. Su rareza, imposibles de cultivar en Europa, y su valor, como condimento de los alimentos (sobre todo la carne en mal estado), bien merecían el arriesgado viaje desde las Molucas hasta el Viejo Continente. Y su precio desorbitado también se explica con ello, más aún cuando los turcos cortaron el cordón umbilical por el que se suministraban a Europa al conquistar Constantinopla en 1453.

Para entonces, ya un infante portugués había planteado la posibilidad de explorar las aguas de la Mar Océana que bañaban las costas de su país. Era don Enrique apodado "el Navegante" aunque, en realidad, sólo navegó una vez, a Ceuta en 1415. Cuando regresó a Lisboa convenció a los marinos portugueses de las posibilidades que ofrecían las tierras allende el océano y abrió el camino para la expansión ultramarina de Portugal. Pocos años después fueron conquistadas las Islas Azores, en medio del Atlántico; y más al sur, las Islas Madeira; y más al sur, las Islas Cabo Verde.

 Arriba: Monumento a los descubrimientos y puente del 25 de abril desde la Torre de Belem; Abajo: Estatua de Enrique "el Navegante" que parece arrojar una pequeña carabela a las aguas del Tajo.

¿Y llegar a Asia navegando alrededor de África? Nadie sabía dónde terminaba el inhóspito continente africano, impenetrable y desconocido por sus desiertos y sus selvas. Pero en algún sitio debería terminar y allí se abriría otro oceáno que conduciría seguro a la India y a las especias. Esa idea estaba en la cabeza de don Enrique cuando fundó la Escuela de Navegante de Sagres. Durante décadas, los marinos portugueses, amparados por la Corona, exploraron las costas africanas fundado factorías y trazando cartas - mapas - donde representaban las líneas del continente. Cuando los negros africanos se mostraban amigables, los portugueses intercambiaban baratijas por oro y por esclavos. Si se motraban hostiles era mejor seguir navegando.

Tuvieron que vencer muchos miedos. Nadie ponía en duda entonces que la tierra era redonda pero ¿qué había en las aguas del Mar Tenebroso? Las leyendas hablaban de monstruos que devoraban a los marinos y en la línea ecuatorial se decía que las aguas hervían por el calor y cocían a los navegantes sin remedio. ¡Cuántos marinos murieron en aquellas expediciones! ¡Cuántas naves fueron barridas por las tempestades! ¡Cuántas frustraciones tuvieron que vencer! ¡Había momentos en los que parecía que África no terminaba nunca!

En 1488, por fin, una expedición capitaneada por el navegante Bartolomé Días alcanzó el Cabo de Buena Esperanza, el extremo más austral del continente africano. No podemos imaginar hoy la alegría de los marineros cuando vieron en las brújulas que navegaban rumbo al norte. Bartolomé Días quiso continuar hasta alcanzar la India pero sus marineros, exhautos y prudentes, le obligaron a volver a Portugal y anunciar la buena nueva: el fin de África había sido encontrado, el camino a la India estaba abierto.

No es difícil comprender por qué el rey Manuel I "el Afortunado" rechazó la propuesta de Colón de alcanzar la India navegando hacia el Oeste. ¿Para qué desperdiciar fuerzas en una empresa de resultados inciertos si el camino por África es seguro? Tampoco es difícil comprender el alarmismo de los portugueses cuando en 1493 Colón regresó a Europa afirmando que había llegado, en efecto, a la India por el oeste.

Manuel I se apresuró a preparar una nueva expedición, esta vez capitaneada por el marino Vasco de Gama, para llegar, por fin, a la India navegando alrededor de África. Vasco de Gama partió de Lisboa en 1498 y llegó a la India meses depués. El marino tuvo el honor de culminar la ruta abierta por Bartolomé Días y, a su regreso, fue recibido como un auténtico héroe. Hoy sus restos descansan en Lisboa, en el Monasterio de los Jerónimos, donde son visitados por miles de turistas anualmente.

 Túmulo funerario de Vasco de Gama en el Monasterio de los Jerónimos (Lisboa). Reconstrucción del navegante portugués que alcanzó la India.

El rey exultante nombró a Francisco de Almeida primer virrey de la India portuguesa y, posteriormente, fue el gobernador Alfonso de Alburquerque quien impulsó la expansión territorial portuguesa en Asia. La ruta marítima a través del Atlántico y del Índico, cada vez mejor conocida, cada vez más segura, se convirtió en una auténtica autopista de navíos portugueses que traían a Europa productos como seda, papel, cerámica, cueros y especias ¡sobre todo especias! Lisboa se convirtió en una ciudad cosmopolita, la puerta de entrada a Europa de África y Asia.

Manuel I "el Afortunado" se convirtió en el monarca más rico del Viejo Continente gracias al comercio de especias. Con los impuestos recaudados por los portugueses en las colonias indias y africanas, ordenó construir el Monasterio de los Jerónimos, un soberbio edificio dedicado a la exaltación de las glorias lusas. La archiconocida Torre de Belém, en el estuario del Tajo, protegía el puerto de Lisboa y servía también para recaudar los impuestos que los marinos pagaban por desembarcar los exóticos productos que traían de Oriente. A Lisboa acudían también flamencos, ingleses y alemanes para comprar especias. La capital se convirtió en una ciudad abierta al mundo.

Tal era la riqueza del rey Manuel que acostumbraba enviar animales exóticos como presentes al Papa León X. En 1514, un enorme elefante blanco capturado en África fue embarcado rumbo a Roma aunque la nave naufragó en el Mediterráneo y el regalo se perdió. En otra ocasión desembarcó en Lisboa un rinoceronte que fue enviado a Manuel I como regalo del sultán de Cambaia (en la India). Manuel I mostraba a las embajadas extranjeras una fabulosa colección de animales rarísimos que mantenía en su palacio de Lisboa: elefantes, gacelas, jirafas, macacos y, por supuesto, el rinoceronte. La impresión que causó el rinoceronte en Portugal fue tan grande que incluso está representado en la Torre de Belém, en la entrada a Lisboa desde el mar. Tamaña gloria la que difrutaban los portugueses.

Hoy, el monumento a los descubrimientos, junto a la Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos recuerdan las gestas de aquella época. También la obra de Luis de Camoes, enterrado frente a Vasco de Gama en los Jerónimos. La primera expansión ultramarina moderna, el primer imperio colonial, ambos fueron portugueses. También la Exposición Universal de 1998 se hizo en su honor. De hecho, el primer automóvil que cruzó el puente de Vasco de Gama lo hizo exactamente medio milenio después de que éste llegase a la India.

  1) Esfera armilar, símbolo de la navegación, en la bóveda de la Torre de Belem; 2) Mapa del Atlántico occidental con las islas conquistadas por los portugueses (Azores, Madeira y Cabo Verde); 3) Representación de una nao portuguesa; 4) Detalle de la cabeza de rinoceronte en piedra que puede verse en la Torre de Belem.

martes, 12 de marzo de 2019

EL LÍBANO ENTRE ENEMIGOS

De las actuales costas del Líbano partieron haci casi tres mil años los navegantes fenicios que, buscando metales, fundaron la ciudad de Gadir al otro lado del Mediterráneo. También salieron de allí los que fundaron Cartago, la ciudad que rivalizó durante décadas con Roma por el control del Mediterráneo Occidental. Y es que el Líbano y Fenicia casi (pero no) son sinónimos. Las famosas ciudades que todos repetimos de memoria, Biblos, Tiro y Sidón, se encuentran en el Líbano.

La historia de este pequeño pedazo de tierra, situada entre tres continentes, es convulsa. Asirios y judíos. Hititas y egipcios. Filisteos y cananeos. Griegos y persas. Romanos y partos. Bizantinos y árabes. Turcos y cruzados. Muchos imperios se han disputado durante siglos las tierras que hoy son el Líbano. Con ello podemos entender que hoy el país sea un crisol de culturas y religiones.

Con el demembramiento del Imperio Otomano en 1918, tras la Primera Guerra Mundial, Francia ocupó el Líbano. Se independizó plenamente a finales de 1946 aunque los franceses procuraron dejar allí unas estructuras políticas más o menos estables. En 1926 se redactó una Constitución que, con numerosas modificaciones ha llegado a la actualidad. El Pacto Nacional de 1943 estableció un equilibrio político entre cristianos y musulmanes. Así, el Presidente de la República siempre debe ser cristiano; el Presidente del Gobierno, musulmán suní; y el Presidente del Parlamento, musulmán chií.

Desde los años 50, la situación del país se fue polarizando: los cristianos del norte, más prósperos y pro-occidentales; y los musulmanes del sur, más pobres y alineados con los árabes. En todo caso, el Líbano fue durante las décadas centrales del siglo XX la "Suiza del Próximo Oriente" por sus pujantes finanzas y su estabilidad política.

En 1953 hubo una breve guerra civil que cesó con la intervención de EE.UU. La llegada de refugiados palestinos al sur del Líbano exacerbó las tensiones sectarias. Sólo una administración militar impidió que el pequeño país se dividiese en dos en 1969. La guerra civil se reanudó en 1975 y ese mismo año, Siria inició la ocupación militar de su vecino. La presencia siria en el Líbano duraría más de treinta años. En 1976 las luchas se detuvieron momentáneamente por la mediación de la Liga Árabe. Para entonces, Beirut y otras ciudades habían sido parcialmente destruidas y atrás quedaba la prosperidad económica del país. 

En 1982, las cosas se volvieron a torcer. Tras el intento de asesinato de uno de sus embajadores en Beirut, Israel lanzó una operación militar a gran escala para ocupar el país. Se la conoció como "Operación Galilea". El verano de ese mismo año fue elegido presidente el cristiano Bechir Gemayel (pro-israelí) pero fue asesinao antes de que pudiese tomar posesión del cargo. En venganza, la milicia Falange Cristiana Maronita entró en los campos de refugiados palestinos de Beirut occidental y masacró a cientos de personas. A este suceso se le conoce como Masacre de Sabra y Chatila y fue declarado genocidio por la ONU.

"No judíos han matado a no judíos, ¿qué culpa tiene Israel en esto?" dijo descaradamente el primer ministro de Israel. La Falange Cristiana Maronita era aliada de Israel y actuaba en connivencia con Tel-Aviv.

Al año siguiente, por mediación de Naciones Unidas se iniciaron las conversaciones de paz. Israel aceptó replegarse manteniendo ocupada una zona en el sur del país. En 1988 volvió a estallar la lucha entre milicias cristianas y el grupo radical chií Hezbolá, aliado de Siria. Al año siguiente, por si fuera poco, el gobierno cristiano, inició una "guerra de liberación" contra Siria. En 1991 Siria aceptó replegarse pero no lo hizo por lo que el Líbano permaneció ocupado por dos potencias extranjeras: Israel y Siria.

La situación comenzó a estabilizarse en 1992 con el apoyo de las fuerzas de paz de la ONU. Las milicias cristianas fueron desarticuladas y, ante la desaparición de sus aliados, Israel abandonó el sur del Líbano en el año 2000. No ocurrió lo mismo con Siria, que siguió presente en el país, ni con sus grupos islamistas afines, como Hezbolá, que consiguió crear una especie de Estado dentro del Estado libanés (controla escuelas y un canal de televisión propio).

En 2005, después del asesinato del primer ministro al-Hariri, miles de libaneses se manifestaron pidiendo la retirada de las tropas sirias. Asad, el dictador sirio, anunció que así lo haría. En 2008, sin embargo, Israel volvió a invadir el sur del Líbano, una zona controlada por Hezbolá. Tel-Aviv acusaba a los islamistas de lanzar ataques contra el norte de Israel. La operación fue corta y los resultados escasos porque Hezbolá resistió el avance israelí.

Hoy el Líbano ha recuperado la prosperidad económica que tuvo otrora. Sin embargo, la situación social no es buena y el Estado sigue sufriendo numerosas tensiones. A los cientos de miles de refugiados palestinos que acoge el Líbano desde hace cicuenta años debemos sumar los millones de sirios que, huyendo de la guerra en su país, han cruzado la frontera. Sólo un dato puede ayudarnos a entender la tensa situación social de hoy en día: el Líbano tiene seis millones de habitantes (dato de 2016) y da cobijo a nada menos que 1,6 millones de refugiados sirios. 

viernes, 19 de junio de 2015

5 MICROHISTORIAS DE 5 MICRONACIONES



En las últimas semanas hemos visto noticias sobre el plan de un padre estadounidense de crear un reino para su hija: el Reino de Sudán del Norte. Este país imposible no es el único del planeta (Wikipedia cuenta 77 micronaciones) y la gran mayoría tienen curiosas historias. Aquí resumimos las historias de cinco de las micronaciones más sorprendentes.





SEALAND


Situado en el Mar del Norte, a unos diez kilómetros al sudeste de la costa de Gran Bretaña, el Principado de Sealand se proclamó independiente en 1967. Se trata de una plataforma marina construida por la Royal Navy en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Tomada por el británico Paddy Roy Bates en 1967, actualmente su soberano es su hijo, el Príncipe Michael I. El Estado emite moneda y pasaporte y dispone de una selección de fútbol propia a pesar de que cuenta con una superficie de 250 m2 y una población de tres habitantes (la familia real que, además, no vive permanentemente en la plataforma).




CIUDAD LIBRE DE CHRISTIANIA


Se trata de un barrio del este de Copenhague (Dinamarca) autogobernado parcialmente por los vecinos desde septiembre de 1971. Su origen se sitúa en una disputa entre los vecinos de la Calle Pusher de la capital danesa y el Estado danés en torno a unos terrenos empleados anteriormente por militares. Los vecinos ocuparon el terreno y fundaron Christiania que puede ser definida como una comuna. Actualmente viven allí unos 850 "christianitas" que no pagan impuestos al Estado danés. Por ello, los productos son hasta un 50% más baratos que en el resto de Copenhague. El barrio, que tampoco se considera miembro de la Unión Europea, se ha convertido en una atracción para los turistas que visitan la capital de Dinamarca.




ISLA DE LAS ROSAS


La Isla de las Rosas fue una micronación con una breve historia. En 1964, el ingeniero mutimillonario italiano Giorgio Rosa inició la construcción de una plataforma marina en el mar Adriático, en las proximidades de las costas de Italia. El uno de mayo de 1968 su propietario proclamó la independencia de la "República de la Isla de las Rosas". La plataforma, que adoptó el esperanto como idioma oficial y disponía de bares y tiendas, se convirtió en un reclamo turístico. El gobierno italiano, temiendo que la independencia fuese una estrategia de Giorgio Rosa para no pagar impuestos, ordenó la ocupación de la plataforma en junio de 1968. Los carabinieri expulsaron a sus propietarios y, posteriormente, la plataforma fue dinamitada.




REINO DE REDONDA


El Reino de Redonda es una nación literaria creada en torno a la isla deshabitada del mismo nombre. La Isla de Redonda es una dependencia de Antigua y Barbuda, en el mar Caribe. Al parecer, el banquero Matthew Shiell compró la isla en 1865 y la Reina Victoria de Inglaterra le concedió el título de Rey de Redonda. El título paso, tras su muerte, a su hijo, el escritor M. P. Shiell quien lo vendió en numerosas ocasiones. En la actualidad hay numerosos pretendientes al trono de Redonda, entre ellos el escritor español Javier Marías (rey Xavier I).





LOS ESTADOS LIBRES AMBULANTES DE OBSIDIA


Este Estado, autoproclamado independiente en 2015, es la culminación del sueño de Carolyn Yagjian de convertirse en soberana. Se trata de una roca obsidiana de apenas unos centímetros de extensión que su propietaria lleva siempre consigo. Carolyn Yagjian, una artista visual de veintinueve años nacida en Oakland (EE.UU.), se proclamó Gran Mariscal de Obsidia y diseñó su bandera. En la actualidad, cualquiera puede solicitar la ciudadanía de Obsidia a través de su grupo de Facebook o de la página web del país.