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viernes, 5 de diciembre de 2014

LOS VENCEDORES NO EUROPEOS

EL DESTINO DE LOS VENCEDORES (II): EE.UU. Y JAPÓN



Vista aérea del distrito financiero de
Manhattan (Nueva York) en 1922



La Guerra de 1914 dejó un claro vencedor: Estados Unidos. Su intervención en la guerra había sido completamente decisiva y los aliados debían la victoria al gigante americano. El presidente Wilson se había convertido además en el arquitecto del orden internacional de posguerra. Sus catorce puntos brindaban la posibilidad de crear un futuro en paz.

Sin embargo, en 1919, la tras la firma de los numerosos tratados de paz, la situación a ojos de los políticos estadounidenses distaba mucho de estar resulta. El congreso de EE.UU. estaba inquieto ante posibles restricciones a su política exterior que los acuerdos podían suponer, incluida la nueva Sociedad De Naciones (SDN) impulsada precisamente por el presidente Wilson.

En 1920 el Congreso debía ratificar el Tratado de Versalles y su ingreso en la Sociedad de Naciones pero se negó a hacerlo. En su lugar, el sucesor de Wilson, W. G. Harding, buscó la firma de acuerdos de paz bilaterales con las antiguas potencias centrales. De esta forma, se volvía a la política de no intervención en los asuntos europeos que se mantuvo hasta bien entrada la década de los treinta.

A nivel interno, los años veinte fueron de gran estabilidad política y social y de gran progreso económico. La modernización de la producción industrial provocó el descenso de los precios y esto elevó el poder adquisitivo de los americanos. El nivel de vida aumentó, igual que la riqueza, lo que contribuyó al desarrollo del consumo. Se extendieron las formas de ocio: el cine, el teatro, la radio, la televisión, el fútbol, etc. Se celebraban diariamente fiestas y reuniones en las que los nuevos ricos exhibían las fortunas acumuladas en pocos años. Es la época que se conoce como "los felices años veinte".

También es una década de gran conservadurismo y xenofobia. El Ku Klux Klan triunfó sobre todo en las zonas rurales de EE.UU. donde la población veía con desdén a los inmigrantes africanos y sudamericanos que llegaban al país buscando un futuro mejor. En 1920 se promulgó, por otra parte, la "ley seca" que prohibió el consumo del alcohol e incentivó el contrabando ilegal de bebida alcohólicas. La ley se derogó en 1933.

"Los felices años veinte" llegaron a su fin en octubre de 1929 cuando la sobrevalorización de las acciones de las empresas se detuvo y la burbuja se pinchó. Su valor empezó a caer en picado arruinando a numerosos inversores y llevando a la quiebra a miles de empresas. El desempleo aumentó hasta los 15 millones de parados y la prosperidad de los años anteriores se esfumó por completo. La crisis económica se extendió por todo el mundo y sólo se superó tras la Segunda Guerra Mundial.

Al otro lado del Pacífico, Japón amplió su área de influencia tras la Primera Guerra Mundial gracias al control de las antiguas colonias alemanas en el Océano Pacífico: las islas Marshall, las Carolinas, las Palau y las Marianas. Además la Sociedad de Naciones transfirió a Japón la administración de Tsingtao, en China, aunque en 1922 fue devuelto al gobierno de Pekín.

Japón firmó varios tratados con otras potencias para asegurar el respeto al statu quo en el Pacífico y en Asia. El Tratado de las Cuatro Potencias, firmado con Francia, Gran Bretaña y EE.UU. garantizó las posesiones de esos países en el Pacífico. Por el Tratado de las Nueva Potencias, Japón garantizó la independencia de China.

Por otro lado, tras la guerra el sistema político fue democratizado parcialmente. El electorado se multiplicó por diez y en 1924 podían votar 14 millones de japoneses. En 1925 se introdujo el sufragio universal pero esta democratización no impidió que a lo largo de los años veinte las fuerzas ultranacionalistas e imperialistas alcanzasen el control del gobierno y del propio emperador a través del "Consejo de Estado secreto" y el "Senado militar".

El emperador Hiroito, el día de su coronación


Aunque el emperador Hirohito fue coronado en 1928, desde hacía años, el verdadero gobierno se encontraba en el ejército y en las fuerzas nacionalistas. En los años treinta, los grupos patrióticos y antidemocráticos vaciaron de contenido en sistema parlamentario lo que avocó a Japón a un régimen militar, imperialistas y nacionalistas en el que ni si quiera el emperador tenía poder para cambiar el rumbo.

El gobierno militar japonés ordenó la invasión de Manchuria en 1931 y la región fue convertida en el Estado títere de Manchukuo (el nombre japonés para esa región china) en pocos meses.  Japón continuó su política expansiva en los años siguientes lo que le llevó a ocupar la provincia de Tehol y la ciudad de Shanghai en 1935 tras brutales campañas que dejaron cientos de miles de muertos.

Progresivamente, Japón abandonó los acuerdos internacionales de posguerra y se acercó a las potencias fascistas. En 1933, la Sociedad de Naciones se negó a reconocer el Estado de Manchukuo y acto seguid Japón abandonó la organización. La política impulsada desde Tokio, autenticamente kamikace, llevó al Japón a una guerra contra China y a choques armados con Gran Bretaña y Francia en el Pacífico. Era el preludio de una nueva guerra, cuya dimensión no conocida hasta entonces, acabaría arrasando al Imperio del Sol Naciente unos años después.

Soldados japoneses en Manchuria (China)



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sábado, 29 de noviembre de 2014

LAS VICTORIAS PÍRRICAS DE LOS EUROPEOS

EL DESTINO DE LOS VENCEDORES (I): FRANCIA, REINO UNIDO E ITALIA

Una calle de Londres en los años veinte


Los tratados de paz dejaron claros vencedores y claros derrotados. Pero si para estos la paz trajo terribles consecuencias, para aquellos el fin de la guerra no espantó los fantasmas y los problemas. Los grandes vencedores europeos, el Reino Unido y Francia, siguieron siendo bastiones incuestionables de libertad y democracia mientras Italia, vencedora como ellos, veía como sus aspiraciones territoriales no eran satisfechas. Fuera de Europa, Japón y EE.UU. habían salido muy fortalecidos de la contienda.

Francia era a comienzos de 1919 un país exhausto por el esfuerzo de la guerra y su sociedad estaba profundamente cansada. Había perdido el 10% de su población masculina y la zona noreste del país estaba completamente arrasada. A pesar de todo, la victoria en la guerra le reportó algunos beneficios: Alsacia y Lorena fueron devueltas, pudo controlar el Sarre y hacerse además con algunas excolonias de las potencias vencedoras en Próximo Oriente (como Siria), África (como Camerún) y Oceanía.

Por otro lado, la Tercera República se mantenía en pie y Francia seguía siendo una potencia económica, política y militar de primer orden tanto en Europa como en el concierto mundial. Las reparaciones de guerra impuestas a Alemania le reportaban además pingües beneficios y cuando en 1923, la República de Weimar se negó a seguir pagando, el presidente francés, R. Poincaré (del Bloc National, de derechas), ordenó la ocupación del Ruhr para forzar a los alemanes a cumplir con sus obligaciones.

Francia, convencida de que la única manera de asegurar la paz era debilitar a Alemania, mantuvo una política muy intransigente hacia el pago de las reparaciones, a pesar de que sus aliados, Gran Bretaña y EE.UU., buscaban flexibilizar las obligaciones alemanas para evitar que se asfixiara económicamente como estuvo a punto de ocurrir en 1923. No obstante, la llegada al poder de los socialistas en 1924 propició la relajación de las posturas francesas y posibilitó una aproximación a Alemania. En 1925, Alemania firmó el Pacto de Locarno que garantizaba la inviolabilidad de las fronteras francesas y belgas.

A nivel interno, la situación política se complicó hacia finales de los años veinte y principios de los treinta, a la par que la crisis económica originada en 1929 en EE.UU. llegaba a Europa. Los grupos de extrema derecha comenzaron a tener gran apoyo popular y en 1934, la organización Croix de Feu (de corte fascista) intentó dar un golpe de Estado que fracasó.  Para evitar una deriva fascista, como la que se estaba produciendo en Italia, en 1936, el socialista Léon Blum ganó las elecciones con el apoyo de la coalición de izquierdas Frente Popular.

La estabilidad política fue sin embargo, la seña de identidad del Reino Unido. Los partidos tradicionales, Conservadores, Liberales y Laborista, intentaron dar respuesta a los problemas económicos que acosaban al Imperio Británico tras la guerra. Los partidos radicales, como el Partido Nacional Fascista, fundado en 1930 por Oswald Mosley, y el Partido Comunista, carecieron de apoyos suficientes bajo la Monarquía parlamentaria y en una sociedad acostumbrada a vivir ya en una democracia plena.

En 1918 se había democratizado completamente el sistema, permitiendo votar a todos los hombres de más de 21 años y a todas las mujeres de más de 30. Laboristas (que no paraban de crecer) y Conservadores se alternaron en el poder intentado superar unas dificultades económicas propias de un país con una industria madura y una tecnología anticuada. La influencia del comunismo soviético alentó a los trabajadores que protagonizaron revueltas y huelgas aunque el fracaso de la huelga general de 1926 determinó el hundimiento de los sindicatos.

Por otra parte, el Reino Unido también administró, como Francia, numerosas excolonias alemanas y turcas. Iraq, Jordania, Palestina y Arabia pasaron a ser mandatos de la SDN administrados desde Londres; Namibia pasó a depender de la Unión Sudafricana (independiente desde 1910 pero vinculada a Gran Bretaña) y Togo y Tanzania cayeron en manos británicas.

El Reino Unido vio, tras arduos esfuerzos para evitarlo, cómo Irlanda conseguía su independencia en 1921. En 1927, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda pasaba a denominarse Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. En 1923 cedió su protectorado sobre Egipto y en 1932 permitió que Iraq accediese a la independencia. El antiguo Imperio Británico se fue transformando poco a poco en la Commonwealth of Nations.

Gran Bretaña además, trató de mantener el equilibrio tanto en el Pacífico ante el agresivo expansionismo del Japón, como en Europa donde el fascismo italiano y el nazismo alemán empezaban a dar muestras de delirios. El afán británico por mantener la paz en Europa llevó a la vergonzosa política de apaciguamiento que permitió a Hitler campar a sus anchas en el continente hasta 1939.

Por último, el Reino de Italia había sido también uno de los vencedores de la Gran Guerra pero en los tratados de paz no vio colmadas sus apetencias territoriales y financieras. Las divisiones internas llevaron al país al borde de la guerra civil y las insurrecciones se extendieron de norte a sur. 

En 1922, Benito Mussolini, que había fundado el Partido Fascista marchó sobre Roma en una increíble demostración de fuerza que recordaba a las de los antiguos emperadores romanos y consiguió que el rey Víctor Manuel III le nombrase jefe de gobierno, concediéndole amplios poderes. A partir de ese momento, el Duce inició la instauración de una dictadura controlada por él mismo; todos los partidos de la oposición fueron ilegalizados y el Parlamento italiano se disolvió.

En 1929, Mussolini consiguió que el papa Pio XII firmase el Tratado de Letrán porque el que el Sumo Pontífice reconocía la unidad de Italia, con capital en Roma, tras décadas de desencuentros. En el ámbito internacional, al principio trató de conciliar una política imperialista en el Mediterráneo y unas buenas relaciones diplomáticas con Francia y Gran Bretaña. 

En 1935 firmó el Pacto de Stressa con ellas para evitar futuras violaciones del Tratado de Versalles. Era sin duda, un brindis al sol. Al año siguiente, la Italia fascista unió sus destinos a la Alemania de Hitler. El nuevo y "moderno" fascismo se oponía definitivamente a la vieja y "fracasada" democracia que no había dado los resultados obtenidos. Esta confrontación, junto con los planes expansionistas italianos sobre Abissinia (actual Etiopía) abría la puerta a una nueva contienda bélica en Europa.

La debilidad de unas democracias fuertes pero acomplejadas y las políticas revisionistas de las potencias derrotadas, junto con el triunfo del fascismo y del nazismo, dejaba sentenciado una vez más el futuro de Europa. Negros nubarrones se cernían a mediados de los años treinta del siglo XX sobre el Viejo Continente.



El mundo tras la Primera Guerra Mundial





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viernes, 3 de octubre de 2014

LA NUEVA REPÚBLICA TURCA

EL DESTINO DE LOS VENCIDOS (III)


Turquía según el Tratado de Sèvre (1920)

En noviembre de 1918, el Imperio Otomano se encontraba derrotado y ocupado militarmente por las potencias aliadas (franceses, británicos, griegos e italianos, principalmente). El viejo imperio que había atemorizado durante tantos siglos a la Cristiandad estaba ahora en vías de desintegración: los árabes querían independizarse, igual que los armenios y los kurdos; mientras que Mesopotamia y la franja sirio-palestina estaban controladas por los aliados. Igual ocurría en el corazón del imperio, en Anatolia, donde las convulsiones políticas, sociales y económicas iban a cambiar el destino de los turcos.

La resistencia la régimen califal de Estambul se organizó el 23 de julio de 1919 en el congreso nacionalista celebrado en Erzerum. Allí se formó el Partido Nacionalista Turco, liderado por Mustafá Kemal, que estableció su cuartel general en Ankara, en el centro de Anatolia. El cinco de octubre de ese año, los nacionalistas (o kemalistas) derrocaron el régimen de autocrático del sultán (que sólo conservó su autoridad religiosa) y convocaron elecciones. La victoria aplastante del partido de Kemal le dio fuerza para emprender la reforma del Estado.

El primer obstáculo al que tuvo que enfrentarse fue la situación heredada de la guerra. En 1920, el Tratado de Sèvres, firmado con las potencias vencedoras, fragmentó el territorio otomano y lo repartió entre diversas potencias:
  • Gran Bretaña adquirió Mesopotamia, muy rica en petróleo. la región pasó a llamarse Iraq. También controló Palestina (donde se proyectó la creación de un Estado Judío por la Declaración de Balfour) y Transjordania (actual Jordania).
  • Francia recibió Siria (que incluía el actual Líbano).
  • Armenia (cuya población tanto había sufrido durante la guerra) se constituyó como un Estado independiente en el este del Imperio.
  • Grecia recibía la Tracia Oriental (excepto la ciudad de Estambul) y una franja costera en el oeste de Anatolia.
  • La zona de los estrechos quedaba internacionalizada, permitiendo la libre entrada y salida de barcos desde el Mar Negro.
  • El Kurdistán se constituía como entidad autónoma en el sureste del Imperio.
Además, extensas regiones que, según el tratado, pertenecían al nuevo Estado Turco, permanecieron ocupadas militarmente por las fuerzas aliadas: Francia mantenía la región de Cilicia, y en el sur de Anatolia, una franja costera era controlada por los ejércitos italianos. El Imperio Otomano estaba siendo troceado y repartido como un pastel en una boda (vean cómo quedaba Turquía según el Tratado de Sèvres en el mapa superior).


El gobierno de Mustafá Kemal inició entonces una serie de ofensivas diplomáticas y militares para restituir los territorios turcos en Anatolia. Esta contienda, que tuvo lugar entre mayo de 1919 y octubre de 1923, es conocida como "Guerra de Independencia Turca". El primer éxito fue el reconocimiento de las fronteras por parte de la Unión Soviética, deseosa de ser reconocida en el panorama internacional.

Posteriormente, en 1921, los turcos expulsaron a los ejércitos franceses de Cilicia y de la franja norte de Siria que volvieron a estar en poder del gobierno otomano. También fueron expulsados los italianos y los griegos de Anatolia. La guerra entre turcos y griegos fue realmente cruel. Los griegos reclamaban tanto la costa occidental de Anatolia, como la Tracia Oriental e incluso la ciudad de Estambul (antigua Constantinopla) pero los otomanos expulsaron a las fuerzas helenas de todos esos territorios. Incluso la población de origen griego asentada durante siglos en esas zonas fue forzada a emigrar para evitar reclamaciones futuras.

Por supuesto, el gobierno de Kemal eliminó la autonomía de los kurdos. También la recién creada república de Armenia, en teoría apoyada por las potencias aliadas, sucumbió ante el avance de los ejércitos nacionalistas turcos. Armenia fue ocupada y repartida entre otomanos y soviéticos.


Guerra de Independencia Turca y formación de la nueva república tras el Tratado de Lausana (1923)







Las fuerzas aliadas se vieron obligadas a admitir los avances militares turcos y firmaron con el gobierno de Kemal la Paz de Mudanya el 11 de octubre de 1922. Un año después, el Tratado de Lausana reconocía internacionalmente el nuevo Estado Turco y las fronteras que han perdurado hasta la actualidad (vean la reestructuración de las fronteras en el segundo mapa).

Desde la victoria de los kemalistas en las elecciones de 1919, el sultán Mehmed VI apenas tuvo influencia y capacidad de decisión en los asuntos políticos. En 1922, Kemal, quien había establecido su gobierno en Ankara, abolió el sultanato y fue elegido primer presidente turco. Posteriormente, eliminó también el califato (nótese la diferencia: sultanato hace referencia al poder político mientras que califato se refiere al poder religioso). El 29 de octubre de 1923, Kemal proclamaba la República Turca, dando muerte definitivamente al viejo Imperio Otomano. Entonces, trasladó su capital de Estambul (donde había estado la corte de los sultanes) a Ankara, en el centro de Anatolia.

En los quince años posteriores, el gobierno nacionalista de Kemal, transformó completamente la política, la sociedad y la economía turcas. En 1925 se reformó la vestimenta, prohibiendo el uso del velo a las mujeres y el fez a los hombres con el objetivo de occidentalizar la imagen de los turcos. Se adoptó el calendario gregoriano, el sistemas métrico decimal y el alfabeto latino, que sustituyó al árabe usado hasta entonces.

En materia judicial, se adaptaron los sistemas jurídicos de Suiza, Alemania e Italia. También se introdujo el matrimonio monógamo, prohibiendo la poligamia (tan común en otros tiempos) y se estableció la igualdad social de ambos sexos. En 1930, se concedió a las mujeres, por primera vez en un país musulmán, el derecho a votar y en 1934, se les permitió ser funcionarias.

Mustafá Kemal murió en 1938 y se le honró con el apodo de "Atatürk" o "Padre de los turcos". En los años siguientes, sus sucesores siguieron la política de modernización de Turquía que la convirtió en una república estable y en una potencia regional con gran influencia en los Balcanes y en Oriente Próximo.






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viernes, 26 de septiembre de 2014

UN MOSAICO EN LOS BALCANES

EL DESTINO DE LOS VENCIDOS II


Fronteras en la Península de los Balcanes tras la Primera Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial supuso, como vimos, la desintegración del viejo Imperio Austro-Húngaro de los Habsburgo. Las derrotas militares, el bloqueo económico, las penurias que atravesó la población y la lucha de las distintas nacionalidades por su independencia provocaron el desmoronamiento de la monarquía dual. 

Antes de acabar la guerra, en 1917, las minorías étnicas que se encontraban bajo el trono de Viena habían formado gobiernos en el exilio. Tal fue el caso de los polacos, los eslavos y los checos. En octubre de 1918, cuando la guerra ya estaba perdida, el Reino de Hungría, una de las dos entidades de la monarquía dual, proclamaba su independencia de Austria. El Imperio de Carlos I se partió literalmente por la mitad (ver mapa antes de la guerra aquí). 

Austria se encontraba pues sola y completamente derrotada al final de 1918, cuando la guerra terminó. La negativa del emperador a aceptar la nueva situación hizo que fuese derrocado por los republicanos austriacos que se manifestaban en Viena y al año siguiente, la Asamblea Nacional Austriaca privó a los Habsburgo de todos sus derechos sobre el trono de Austria y confiscó su fortuna. Una de las dinastías más antiguas de Europa, que había gobernado medio continente, perdía su última corona.

El 12 de noviembre de 1918, Austria proclamaba oficialmente la república con la intención de unirse a Alemania. Sin embargo, el Tratado de Paz de Saint Germain de 1919, impidió la unión y certificó la derrota completa de Austria.

Austria se convertía así en una pequeña república democrática enclavada en el centro de Europa y sin salida al mar. Extensos territorios de la antigua entidad de Cisleithania, además de los de Hungría, fueron segregados de la nueva república: Bohemia, Moravia, Silesia, Galitzia, el Tirol, Istria, etc. La pérdida del 75% de los territorios del Imperio y la reducción de la población (de 51'4 millones en 1914 a apenas seis en 1919) causó graves problemas económicos de los que tardó en recuperarse.

Sólo tras la concesión de un crédito por parte de la Sociedad de Naciones en 1922 y la creación de un nuevo sistema monetario en 1924, Austria empezó a consolidarse. Sin embargo, los problemas sociales y políticos nunca se marcharon del todo y hacia 1927 la inestabilidad política se hizo crónica, decantándose los austriacos por un sistema autoritario en 1933.


Por lo que respecta al antiguo Reino de Hungría, en 1918, la llamada "revolución Aster" posibilitó que el conde Mihàly Károlyi se hiciese con el poder. El 16 de noviembre de 1918 se proclamó la república pero ésta sufrió importantes conflictos territoriales puesto que los checos (independizados de Austria), ocuparon Eslovaquia y formaron una entidad geopolítica completamente nueva: la República de Checoslovaquia. Mientras, Rumanía invadía Transilvania (hasta entonces parte de Hungría, dentro del Imperio)  y los serbios, Croacia y Bosnia, configurando así el nuevo Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos (Yugoslavia).

El Tratado de Trianón de 1920 certificó la pérdida de estas regiones que suponían dos tercios del antiguo territorio de Hungría. El impacto de estos recortes territoriales sobre la economía húngara fueron más grandes aún que los que tuvo sobre el sentimiento de humillación en la sociedad magiar. A partir de entonces se abrió un convulso periodo caracterizado por la inestabilidad política. El gobierno de izquierdas configurado tras la revolución dio paso a un gobierno de derechas y nacionalista y en 1920 Hungría volvió a ser una monarquía.

Mientras Austria y Hungría habían sido entidades históricas (hay antecedentes de estas naciones en la Edad Media), Checoslovaquia por su parte no contaba en 1918 con ningún antecedente en la Historia Europea. Se configuró como un país completamente nuevo, como hemos dicho. La unión de checos y eslovacos fue posible gracias al Tratado de Pittsburgh, firmado por ambos gobiernos en el exilio en Estados Unidos (1918).

Sin embargo, Checoslovaquia no consiguió crear una conciencia nacional en el nuevo país cuya población, por otra parte, estaba compuesta por diversas etnias. Checos y eslovacos suponían sólo el 60% de la población del país, mientras dentro de sus fronteras convivían también húngaros, ucranianos, polacos y alemanes. Precisamente, la presencia de abundante población alemana en los Sudetes, deseosa de unirse a Alemania, sería (como todos sabemos) la perdición de la joven república en los años treinta.

Por su parte, los problemas sociales, políticos y económicos también afectaron al nuevo Estado eslavo que fue proclamado el 1 de diciembre de 1918 bajo el nombre de Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos. El viejo sueño serbio de unificar a todos los eslavos del sur se cumplió dando lugar a una monarquía bajo la corona de Pedro I, que en 1929 tomó el nombre de Yugoslavia. La debilidad del nuevo reino fue provocada por la supremacía de los serbios sobre el resto de pueblos eslavos (croatas, bosnios, eslovenos, etc.), lo que daría lugar a no pocos problemas en el siglo XX.

Bulgaria, que se había unido a los imperios centrales durante la guerra también sufrió las consecuencias de la derrota. El Tratado de Neuilly supuso la pérdida de la Tracia Occidental, que pasó a Grecia, y dejó a los búlgaros sin salida al Mar Egeo, aunque conservaron el acceso al Mar Negro. Finalmente, Rumanía amplió su territorio incorporando Transilvania (arrebatada a Hungría) y los territorios de Besarabia (actual Moldavia), que antes pertenecían al Imperio Ruso y contenían importante población rumana.

En 1914 el Imperio Austro-Húngaro daba cobijo bajo la capa del emperador de Viena a más de cuarenta millones de habitantes, de diferentes etnias y religiones, y configuraba un extenso mercado común. La desintegración de la monarquía dual de los Habsburgo dinamitó su territorio y trazó fronteras nacionales en aquellos lugares donde antes se comerciaba sin dificultad. El impacto económico de este proceso fue enorme y dramático, lastrando durante décadas la economía de las pequeñas naciones nacidas tras 1918. A partir de entonces, lo único que unió a estos pueblos fueron las caudalosas aguas del Danubio que, como una metáfora, atraviesan los Balcanes desde Austria al Mar Negro recordando la historia común de los pueblos que allí habitan.








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sábado, 13 de septiembre de 2014

LA REPÚBLICA DE WEIMAR

EL DESTINO DE LOS VENCIDOS (I)


Grabado de la sesión de apertura del Parlamento de la República de Weimar (1919)


Tras el hundimiento de la monarquía de los Hohenzollern en noviembre de 1918, el socialdemócrata Friedrich Ebert se hizo cargo de un gobierno provisional en medio de profundas convulsiones sociales y estallidos revolucionarios por toda Alemania. Para evitar que los socialistas proclamasen una república socialistas, el 11 de noviembre Philipp Scheidemann, socialdemócrata, proclamó la República Alemana.

Semanas más tarde, el 19 de enero de 1919, una asamblea nacional reunida en la ciudad de Weimar aprobó una constitución que creaba una república parlamentaria de carácter federal. Sin embargo, la falta de medidas sociales hizo que los movimientos revolucionarios y la izquierda traicionaran al gobierno llamando a convocar manifestaciones y huelgas en todo el país. Las revueltas obreras fueron reprimidas duramente por los Freikorps o "cuerpos francos", que eran grupos de militares voluntarios que volvían de la guerra. En este contexto de graves disturbios, miembros de los Freikorps asesinaron a los dirigentes del Partido Socialista Aleman, Libkenecht y Rosa Luxemburgo.

Mientras tanto, la derecha consideraba una deshonra y una humillación la firma del Tratado de Versalles, que suponía para Alemania la pérdida de numerosos territorios en Europa además de todas las colonias. La tensión política y social en Alemania llego a tal punto que uno de los delegados enviados a firmar el Tratado a Francia, Matthías Erzberger, fue asesinado por extremistas de derechas.

La República de Weimar y los territorios perdidos tras la firma del Tratado de Versalles

En 1920, el monárquico Kapp intentó dar un golpe de Estado o Putsch que fracasó y tres años después, el 9 de noviembre de 1923, un desconocido Adolf Hitler, intentó establecer una dictadura de de derechas con una "marcha hacia el Feldherrnhalle (Ministerio de Guerra de Baviera)" en Múnich. Ambos golpes fracasaron pero el segundo sería una señal de lo que esperaba a Alemania en el futuro.

Mientras tanto, la economía de la República era catastrófica. la guerra había consumido enormes recursos financieros y las potencias vencedoras exigían indemnizaciones desorbitadas. Para evitar la quiebra del Estado el Banco Central de Alemania emitió más dinero lo que ocasionó una inflación galopante que sumió a la población en la miseria.

La situación en 1923 era verdaderamente dramática para Alemania pero entonces, EE.UU. decidió que había llegado el momento de dar un respiro a la joven república. A partir de 1924, la economía germana entró en una etapa de estabilidad gracias a la creación de una nueva moneda y la aplicación del Plan Dawes que dio un respiro a lo alemanes regulando los plazos de las indemnizaciones. A nivel político la República se instaló en una estabilidad aparente y desgraciadamente, transitoria.

En los años 20, Berlín se convirtió en un centro cultural y económico a nivel mundial. El gobierno de la República y sobre todo, el ministro de asuntos exteriores, Stresemann, inició las negociaciones para la reconciliación con las potencias vencedoras. En 1925, el Tratado de Locarno fijó definitivamente las fronteras entre Alemania y Francia. Años después, Alemania fue la primera en reconocer a la URSS, firmando un tratado de amistad y neutralidad; y finalmente fue aceptada en la Sociedad de Naciones, ocupando su puesto en el Consejo de Seguridad.

Sin embargo, tras este aparente progreso se escondía profundas tensiones sociales, políticas y económicas. El sentimiento de humillación y el odio hacia los vencedores de la Gran Guerra emergía con fuerza en importantes sectores de la población. En 1925 fue elegido como Presidente de la República el otrora general de los ejércitos, Paul von Hindemburg, reconocido monárquico. Era una evidencia de las contradicciones sobre las que estaba construyendo el nuevo régimen.

En 1929, la depresión económica mundial tuvo un impacto brutal en Alemania. De nuevo la inflación se disparó, el desempleo aumentó y las finanzas del Estado se resintieron. Las circunstancias económicas, y sus repercusiones sociales, fortalecieron a los enemigos del Estado y desencadenaron la desintegración de la República democrática.

En 1930, el presidente nombró canciller a Henrich Brüning que era responsable sólo ante él y no ante el Parlamento. La política económica de la administración de Brüning dio pésimos resultados y las condiciones de vida de numerosos sectores de la población empeoraron. A principios de 1933, había en Alemania casi seis millones de personas sin trabajo.

Esta situación impulsó a muchos jóvenes a buscar salidas radicales como las que ofrecía un partido radical y minoritario hasta entonces, el Partido Nacionalsocialistas Alemán de los Trabajadores (NSDAP), más conocido como partido nazi. En las elecciones de 1930, este partido, liderado por Adolf Hitler, consiguió un importante apoyo en las elecciones al parlamento.

El partido nazi tenía una ideología profundamente nacionalistas, antisemita y xenófoba, que buscaba la venganza por la derrota en la Gran Guerra. Para Hitler, la guerra se había perdido por la teoría de "la puñalada por la espalda" según la cual los políticos alemanes de la revolución de 1918 habían traicionado a los ejércitos al firmar la paz con el enemigo cuando aún podía ganarse la guerra.

El apoyo obtenido por el Partido Nazi no paró de crecer en apoyos y en 1932 se convirtió en el principal partido del Reichtag. El 30 de enero de 1933, el presidente Hindemburg nombró a Hitler canciller de la República, apoyado por una coalición de partidos entre los que se encontraba el Partido de Centro, con la confianza de abandonarle en el momento oportuno. "En dos semanas habremos empujado a Hitler a llorar a un rincón" prometió uno de los dirigentes de la coalición que apoyaba al líder nazi. Sin duda fue un error de cálculo. Su elección como canciller iba a cambiar otra vez el destino de la nación alemana.


1933, el Canciller, Adolf Hitler (izq.) junto con el Presidente de la República, Von Hindemburg (en el centro, con casco militar). Las verdaderas consecuencias de la Primera Guerra Mundial aún no habían llegado.





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viernes, 29 de agosto de 2014

... Y 10 MILLONES DE MUERTOS

CONSECUENCIAS SOCIALES, ECONÓMICAS Y DEMOGRÁFICAS


Veterano mutilado de la Primera Guerra Mundial, vestido con uniforme, pide limosna en las calles de Berlín cinco años después de final de la guerra, en 1923.





La sociedad europea no volvería a ser la misma tras la Primera Guerra Mundial. La contienda traumatizó a generaciones enteras de europeos, arruinó la economía de muchos países y transformó las relaciones sociales y las condiciones de trabajo en las naciones que habían tomado parte en el conflicto. Además, la Gran Guerra cambió la relación de fuerzas entre Europa y el resto del mundo, y desde 1919, Estados Unidos de América tomó el relevo al Viejo Continente como primera potencia económica y militar.

La primera consecuencia de la guerra fue el aumento de la intervención de los Estados en la economía. Como vimos, los gobiernos comenzaron a controlar la producción industrial para orientarla a las necesidades bélicas. Esto supuso la apertura de nuevas fábricas y el cierre de otras viejas que no eran útiles para la guerra. También se controló el comercio y se restringieron las importaciones de productos desde los países enemigos.

El consumo de alimentos básicos también se controló férreamente, sobre todo en Alemania donde el bloqueo económico provocó una enorme carestía. No obstante, también ocurrió lo mismo en el Reino Unido, en Francia y en otros países. Esto desencadenó una gran inflación en casi todos los países beligerantes.

Por otro lado, la guerra alteró las relaciones económicas entre Europa y EE.UU. Las exportaciones americanas se multiplicaron durante la contienda para satisfacer las necesidades de los europeos, que se endeudaron cada vez más como consecuencia de la guerra. Gran Bretaña gastó el la guerra un 32% de su riqueza nacional, Francia un 30% y Alemania un 22% mientras que EE.UU. sólo un 9%. En 1919, EE.UU. se había convertido en el principal acreedor mundial mientras que Europa, otrora gran acreedora, era la mayor deudora del mundo. Los europeos debían a EE.UU. más de 10.000 millones de dólares al final de la guerra.

Pero la guerra también dejó devastación y destrucciones materiales. Enormes extensiones de campos de cultivo, infraestructuras e instalaciones industriales de Bélgica, Luxemburgo, Alemania y Francia estaban completamente arrasados. La producción agrícola cayó en Europa un 30% y la producción industrial un 40% tras la guerra. Todo ello ocasionó la necesidad de reestructurar los sectores productivos, la rotura del sistema financiero, la multiplicación de la deuda y la depreciación de las monedas.

Una cifra puede reflejar la magnitud de las consecuencias económicas de la guerra. El coste total de la Primera Guerra Mundial pudo estimarse en 82.400.000.000 (ochenta y dos mil cuatrocientos millones) de dólares. A todo ello hay que sumar la enormes reparaciones de guerra que debieron de pagar las potencias centrales a los aliados y que se cifran en torno a 20.000.000.000 de dólares. La reacción de los gobiernos europeos fue la emisión de papel moneda, la venta de bonos de deuda, la restructuración de los gastos sociales y la fuerte subida de impuestos.

Además la guerra dejó un reguero de mutilados, lisiados, viudas y huérfanos a los que había que atender. Muchos, a pesar de recibir condecoraciones y medallas de los gobiernos, se vieron obligados a mendigar por las calles pidiendo limosna para sobrevivir. Y es que en general la guerra provocó una enorme crisis que afectó a la vida diaria de los europeos: creció el desempleo y diminuyó el nivel de vida.

Esta sictuación económica y social hizo que el patriotismo se convirtiese en indignación y la resignación ante la guerra dio paso a la oposición y a los llamamientos revolucionarios. La triunfante Revolución Rusa hizo correr por toda Europa un escalofrío revolucionario que se hizo notar en Francia, en Italia, en Alemania, en los Balcanes e incluso en la estable Inglaterra. Incluso los países que no participaron en la guerra sufrieron la agitación revolucionaria, como España que, entre 1918 y 1921, vivió el Trienio Bolchevique.

En Francia y en Italia hubo huelgas y manifestaciones de obreros indignados por las penosas condiciones laborales que estaban sufriendo a pesar de la victoria en la guerra. En Alemania estallaron revoluciones comunistas, igual que en Hungría y otros países balcánicos; mientras que en los partidos socialistas y laboristas multiplicaron el apoyo de la población. Desde 1917 formaron parte de los gobiernos del Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Alemania, Austria y Noruega. Esto contribuyó a que los Estados asumieran un activo papel en la protección social de los ciudadanos, sentando las bases para el posterior desarrollo del Estado del Bienestar.

Durante la contienda no existieron los trabajos forzados puesto que los prisioneros de guerra no fueron obligados a trabajar para las potencias enemigas. Los puestos de trabajo en las fábricas y en la administración del Estados, vacantes por la marcha de los titulares al frente, fueron ocupados por las mujeres. Esto supuso la incorporación masiva de la mujer al trabajo y el cambio en sus condiciones de vida. Se ampliaron sus relaciones personales y las perspectivas de vida cambiaron. Ahora, la vida de las mujeres iba más allá del hogar y reclamaron mayores derechos. Uno de ellos fue el derecho a voto que se consiguió en la mayor parte de los países occidentales. En Alemania las mujeres pudieron votar por vez primera en 1919, en EE.UU., en 1920 y el Reino Unido en 1928.

Pero el mayor drama de la guerra fueron los muertos. Es difícil calcular con precisión el número total de fallecidos en la guerra. Algunos los sitúan en torno a los ocho millones, otros hablan de más de diez. D. Stevenson, en su obra "1914 - 1918" da una cifra total de 9.450.000 muertos entre los dos bandos. A ellos hay que añadir los desparecidos, los mutilados y heridos. Si los contamos, las bajas totales de la guerra llegarían a los 48.000.000. En la retaguardia también hubo sobremortalidad por el hambre y las enfermedades. Entre ellas destaca la mal llamada Gripe Española o Gran Gripe, que mató a más de cincuenta millones de personas entre 1918 y 1919, por todo el mundo. 

Entre muertos y heridos, el 52'3% de los soldados movilizados por los aliados causaron baja aunque las cifras varían según las potencias. En los ejércitos de Rusia y Francia, sufrieron baja el 76'3% de los soldados mientras que tan sólo el 8'2% de los estadounidenses fueron muertos o heridos. En el bando contrario las cifras son aún más espeluznantes. El 67'4% de los soldados de los imperios centrales resultaron bajas. El 64'9% de los alemanes y el 90% de los austro-húngaros perecieron en la guerra, volvieron a casa heridos, o nunca fueron recogidos de los campos de batalla.  

En la siguiente gráfica se muestran los muertos en la guerra por países, según los datos ofrecidos por Stevenson y basados en otros de Ferguson de 1998:



El mundo de diciembre de 1918 era muy distinto al del 28 de junio de cuatro años antes. Varias generaciones quedaron brutalmente traumatizadas por la contienda y sus repercusiones. Y la Historia de la Humanidad quedó condicionada para el resto del siglo XX.
















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sábado, 23 de agosto de 2014

LOS TRATADOS DE PAZ

CONSECUENCIAS POLÍTICAS Y TERRITORIALES DE LA GUERRA

"Conocemos la fuerza del odio que aquí nos enfrenta. Se nos pide que nos reconozcamos responsables únicos de la guerra. Si saliera de mi boca tal reconocimiento, estaría mintiendo."

G. U. von Brockdorff-Rantzau, 
ministro de exteriores de Alemania 
en las "negociaciones" de paz de Versalles.


Lloyd George (G.B.), Orldando (It.), Clemenceau (Fr.) y Wilson (EE.UU.) en Versalles (1919)

A comienzos de 1919 la guerra había terminado pero la paz y la tranquilidad estaban lejos de llegar a Europa. El continente estaba devastado, las naciones estaban rotas y el caos se extendía desde el Atlántico a los Urales. Había llegado el momento de reconstruir un orden internacional completamente nuevo y muy diferente al de 1914. Pero la tarea no iba a ser fácil dadas las consecuencias y los enormes dramas que había provocado el conflicto. La Europa posterior a la Primera Guerra Mundial iba a ser muy distinta a la de comienzos del siglo XX.

El Imperio Ruso estaba destruido y el nuevo País de los Soviets era un protagonista incómodo en el panorama internacional. Aislada por todos los demás países, la Rusia Soviética no participó en los acuerdos de paz mientras en su interior se libraba una cruenta guerra civil entre bolcheviques y blancos. El Imperio Alemán y el Imperio Austro-Húngaro también habían saltado en mil pedazos. Alemania se había convertido en república y del viejo imperio de los Habsburgo había nacido múltiples nuevos y pequeños países.

Al mismo tiempo, en Francia, Gran Bretaña e Italia (los vencedores de la guerra) la situación no era mucho mejor. La agitación social y las ideas comunistas se extendieron imitando el ejemplo de la Rusia Soviética. Hubo huelgas y manifestaciones obreras en Francia e Italia mientras que en Gran Bretaña, el Partido Laborista (de ideología socialista) alcanzaba el 20% de los votos en las elecciones de 1918.

En medio de este contexto, los principales líderes europeos y el presidente norteamericano W. Wilson se reunieron en París para alcanzar unos acuerdos que trajeran una paz duradera a Europa. Los retos eran inmensos: había que acabar con el caos territorial generado por la guerra que en este y el centro de Europa, frenar la expansión del comunismo, satisfacer las demandas territoriales de los vencedores y asegurar que la guerra no se reanudase.

Las conversaciones se iniciaron en el Palacio de Versalles de París donde los líderes de las potencias vencedoras diseñaron los acuerdos de paz. Destacan el presidente norteamericano antes nombrado; el primer ministro de Gran Bretaña, D. Lloyd George; el primer ministro francés, G. Clemenceau; y (en menor medida) el primer ministro del Reino de Italia, V. E. Orlando. No participaron de momento los representantes de las potencias vencidas lo que acentuó el sentimiento de imposición de la paz y la humillación de los vencidos. No había nada que negociar porque todo estaba decidido. Así lo pensaban los aliados y así se hicieron los acuerdos de paz.

El primero y más importante fue el Tratado de Versalles, con Alemania, firmado el 28 de junio de 1919. Mientras EE.UU. pretendió reducir los duros artículos del acuerdo, Gran Bretaña pretendía mantener si hegemonía en los mares y Francia buscaba debilitar lo máximo posible a Alemania ante el temor a una nueva invasión.

En el artículo 231, denominado "delito de guerra", Alemania era reconocida como la única responsable de la guerra, algo que indignó a la delegación germana que acudió a firmar el tratado. Por ello, en principio se negaron a hacerlo, pero ante la amenaza de los aliados de reanudar la guerra, algo imposible para los ejércitos alemanes, se vieron obligados a asumir un tratado completamente humillante. Esta situación provocó una crisis de gobierno en Alemania porque ningún partido quiso asumir la humillación de firmar el Tratado.

Además, por el Tratado de Versalles Alemania perdía los territorios imperiales de Alsacia y Lorena, que eran devueltos a Francia; los franceses también obtuvieron el control de las ricas minas del Sarre durante quince años, con la promesa de que después de ese periodo, se celebraría un referéndum para determinar la vuelta de este territorio a Alemania o su independencia.

No fueron los únicos territorios que perdió Alemania: Eupen y Malmedy pasaron a Bélgica y Schelswig a Dinamarca; la Alta Silesia, Posnania y el pasillo de Danzing que formaba parte de la Prusia Oriental pasaron a Polonia, que era reconocida como país independiente. También fueron reconocidos como Estados Independientes todos los territorios segregados de Rusia en 1918 y que habían estado desde ese momento ocupados militarmente por los Imperios Centrales: Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y la propia Polonia.

Se prohibió a Alemania su unión con la recién proclamada República de Austria, con la que compartía lengua, raza, cultura y un sentimiento nacional. Además, Alemania perdía todas sus colonias, que pasaron a ser administradas por las distintas potencias.

El ejército alemán fue reducido a sólo 100.000 soldados, se suprimía el servicio militar obligatorio y Renania era desmilitarizada. De esta forma, Francia trataba de crear un territorio que sirviese de colchón ante un nuevo ataque germano. Por último, en Versalles se estipuló la entrega de toda la flota teutona a los aliados aunque los marineros alemanes, antes que sufrir semejante humillación, la hundieron en Scapa Flow (en las Islas Orcadas, en Escocia).

Pero sin duda, uno de los artículos del Tratado que más daño harían en la moral alemana y que más repercusiones tendría en el futuro fue el 233 por el que se establecía la obligación de reparar los daños causados. Alemania debía pagar indemnizaciones de guerra para reparar los perjuicios causados en la contienda. La cantidad total no se fijó hasta la Conferencia de Londres de 1921 en la que se acordó que Alemania debía abonar 6.500 millones de libras más intereses. Esta cantidad era desorbitada y lastraba el crecimiento económico y la recuperación de la sociedad alemana. Alemania terminó de pagar estas indemnizaciones a los aliados en 2010.

El 10 de septiembre de 1919 se firmó el Tratado de Saint Germain entre los Aliados y Austria. El nuevo Estado perdía enormes extensiones de terreno y una parte no menos importante de población. El Viejo Imperio Austro-Húngaro fue desmantelado completamente. Algunos territorios de Austria pasaron a Italia como el Bajo Tiról, Trieste e Istria mientras que otros como Bohemia y Moravia configuraron la nueva república de Checoslovaquia. El ejército austriaco fue reducido a 30.000 soldados y se prohibió a la nueva república su unión con Alemania.

Hungría, que se había separado definitivamente de Austria debió firmar un tratado con los aliados el 4 de junio de 1920 para alcanzar el reconocimiento internacional y la paz con las principales potencia europeas. Perdió dos terceras partes de su territorio: Transilvania pasó a Rumanía, Checoslovaquia recibió Eslovaquía y Rutenia y el nuevo Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos (Yugoslavia) obtuvo Croacia, Eslovenia, Dalmacia, Bosnia y otros territorios menores. Serbia había conseguido su objetivo al adquirir también Montenegro mientras que Italia no veía colmadas sus apetencia territoriales porque Albania se constituyó como Estado Independiente.

El 27 de noviembre de 1919 Bulgaria firmó el Tratado de Neuilly por el que perdía la Tracia Mediterránea que pasaba a Grecia aunque conservaba una salida al mar Negro. También se limitaba el número de soldados de su ejército que quedó en 20.000.

Finalmente, el 10 de agosto de 1920 se firmó el Tratado de Sèvres con Turquía. El viejo Imperio Otomano estaba en proceso de desintegración y los aliados buscaban repartirse sus territorios en Mesopotamia y Arabia. El Tratado de Sèvres estipulaba que sus posesiones pasaban a depender de la Sociedad de Naciones (SDN), que la costa este de Anatolia pasaba a ser controlada por Grecia, que se debía internacionalizar los Estrechos y que el Kurdistán adquiría autonomía y Armenia la independencia. Su ejército quedaba también reducido a 50.000 hombres. Sin embargo, la dureza del tratado provocó el levantamiento de los nacionalistas turcos, que destronaron al sultán Mohamed VI e iniciaron una guerra contra los aliados para recuperar los territorios perdidos en Anatolia que se extendió hasta 1923.

Los nacionalistas turcos, liderados por Mustafá Kemal, "Atatürk" (padre de los Turcos), recuperaron todos los territorios perdidos en Anatolia, expulsando a griegos, franceses e ingleses de Asia Menor. Esta situación obligó a modificar el Tratado de Sèvres que fue sustituido por el de Lausanne en 1923. Por este tratado, la nueva República de Turquía recuperaba toda Anatolia, Armenia, el Kurdistán y la Tracia Oriental. En contrapartida, Turquía renunciaba a los territorios de Arabia y Mesopotamia, que para entonces ya se encontraban en manos de franceses e ingleses.

El mapa de Europa en 1920 era completamente distinto al de diez años antes. Los tratados de paz habían desmembrado cuatro imperios y habían dado a luz un rosario de nuevas repúblicas. Pero lo más grave fue que los tratados no satisficieron a nadie y esto traería terribles consecuencias en el futuro.  


Cambios en el mapa de Europa (pincha en los mapas para verlos más en detalle):

En 1914

En 1920



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jueves, 7 de agosto de 2014

EL FINAL DE LA GUERRA

EL FRENTE OCCIDENTAL ENTRE AGOSTO Y NOVIEMBRE DE 1918

En las ofensivas que el ejército alemán había lanzado contra los aliados entre marzo y julio de 1918 habían perecido más de un millón de soldados germanos. El total de bajas alemanas desde 1914 ascendía a 4.500.000 y no había en el país hombres suficientes para sustituir las pérdidas. Divisiones enteras habían desaparecido y kilómetros de trincheras alemanas estaban abandonadas porque, simplemente, no había quien las defendiese. El esfuerzo económico, militar y sobre todo humano que había hecho el Reich era excesivo.

En el otro bando, las fuerzas aliadas no paraban de aumentar. A los franceses y británicos se sumaron los estadounidenses que cada mes enviaban a 200.000 ó 250.000 hombres a Europa. No obstante, las pérdidas de los aliados también eran enormes ya que entre marzo y noviembre de 1918 perecieron más de 1.500.000 soldados. Además, aunque los altos mandos franceses, británicos y americanos eran conscientes de que habían tomado la iniciativa en la guerra, pensaban que la situación de los ejércitos del Reich no era tan desesperada, dada la resistencia que oponían a su avance. A todo ello hay que añadir que las fuerzas estaban también diezmadas. Si los alemanes habían reducido el número de unidades, también lo hicieron por falta de hombres los franceses y los británicos.

La situación de los aliados era tan delicada que las autoridades francesas y británicas pidieron al presidente de EE.UU., W. Wilson, que enviase "urgentemente cuatro millones de soldados a Europa". La petición era descabellada para los EE.UU. pero no para los gobiernos europeos que veían cómo podían planificar ofensivas pero no había soldados que las llevasen a cabo. En cualquier caso, las ofensivas aliadas llevadas a cabo entre agosto y octubre de 1918 hicieron retroceder de forma imparable a los alemanes. A finales de octubre la mayor parte del territorio francés ocupado durante la guerra había sido liberado y ya se combatía en Bélgica.

Ofensivas aliadas entre agosto y noviembre de 1918

Por otra parte, Wilson había propuesto sus famosas "Catorce tesis" que llevaban a "una paz sin victoria". A primera vista era un plan brillante pero la realidad era muy distinta y ningún contendiente quería una paz sin vencedores ni vencidos:


  1. Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro.
  2. Libertad en los mares.
  3. Eliminación de barreras económicas.
  4. Reducción de los armamentos nacionales.
  5. Derecho de autodeterminación de los pueblos.
  6. Evacuación del territorio ruso.
  7. Restauración de la soberanía de Bélgica.
  8. Liberación del territorio francés y de los perjuicios causados en 1871 (Devolución de Alsacia y Lorena).
  9. Reajuste de las fronteras italianas.
  10. Derecho de autodeterminación para los pueblos del Imperio Austro-Húngaro.
  11. Evacuación de Rumanía, Serbia y Montenegro.
  12. Desarrollo de las nacionalidades del Imperio Otomano y apertura del estrecho de Dardanelos.
  13. Declaración de Polonia como Estado Independiente con salida al mar.
  14. Creación de una Sociedad de Naciones para solucionar conflictos por la vía diplomática.


Ante la dramática situación interna, las autoridades del Reich decidieron aceptar las tesis del presidente de EE.UU. para evitar una humillante derrota. En esta situación, el alto mando alemán decidió que su Gobierno pidiera un alto el fuego. Esta decisión supuso un gran alivio para la población alemana que había visto cómo los generales Hindemburg y Ludendorff se habían opuesto desde el verano a un cese de hostilidades, confiados en que aún era posible ganar la guerra. 

Era octubre de 1918 y la noticia se extendió por el Reich. Era la oportunidad que muchos esperaban para comenzar una revolución. El 29 de octubre se produce el primer motín naval en el puerto de Kiel. Es controlado y 600 marineros son encarcelados. Sin embargo, entre el 4 y el 9 de noviembre soldados y marineros se levantaron contra la guerra. Más de 100.000 amotinados en todo el Reich bloquearon buques, submarinos, ferrocarriles y camiones. 

Combates en Berlín entre revolucionarios y fuerzas gubernamentales. Noviembre de 1918


Al mismo tiempo, los revolucionarios proclamaron el Estado Bolchevique de Baviera y días después, entre el 8 y el 9 de noviembre, las tropas amotinadas controlaban las principales ciudades del Reich. Ese mismo día 9 de noviembre se proclamó la República de Weimar y el káiser, incapaz de controlar la situación, decidió abdicar y marchó al exilio en los Países Bajos. Era el final del Reich y el nuevo gobierno de la República se dispuso a solicitar la paz a los aliados.

La solicitud del alto el fuego pilló desprevenidos a los aliados. Ahora los alemanes deseaban detener la lucha y esto les permitía poner sobre la mesa todas sus demandas. Días después comenzaron los preparativos para detener la guerra.

El ocho de noviembre una delegación alemana llegó a la ciudad francesa de Compiègne, donde fue recibida en un vagón por el mariscal francés Foch en nombre de los aliados. La delegación alemana estaba liderada por Erzberger, un político que siempre se había opuesto al militarismo del Kaíser y que, con su exilio, se había convertido en uno de los hombres fuertes de la recién nacida República de Weimar.

Erzberger se dirigió a Foch y le dijo que le gustaría tener propuestas de paz de parte de los aliados. El mariscal francés le respondió que no tenía ninguna propuesta. Otro delegado alemán añadió: "Estamos esperando su respuesta de parte de los aliados". Se hizo el silencio. Seguidamente, Foch espetó: "¿Desean un alto el fuego? Si lo desean entonces les hablaré de nuestras demandas?". Seguidamente, pidió a un subordinado que leyera las demandas en francés. Fueron las que siguen:


  • Rendición incondicional de Alemania.
  • Desocupación inmediata de todo el territorio ocupado
  • Desocupación inmediata de la orilla occidental del Rin
  • Dejar libre una cabeza de puente hacia territorio alemán
  • Devolución de todos los prisioneros de guerra
  • Entrega inmediata de 5.000 cañones, 25.000 ametralladoras, 3.000 morteros, 1.700 aviones y todos los submarinos
  • Internamiento de toda la flota alemana
  • Pago del coste de un ejército aliado de ocupación en Alemania
  • Restauración de todo el daño causado en los territorios ocupados por los alemanes
  • Entrega de 5.000 locomotoras totalmente utilizables, 15.000 vagones y 5.000 camiones
  • El bloqueo económico a Alemania iba a continuar de momento
Ante semejantes condiciones, los alemanes quedaron sorprendidos e indignados pero el mariscal Foch les advirtió que no eran negociables. Debían aceptarlas o rechazarlas todas. Esta situación perjudicaba gravemente a Alemania que se veía humillada. No había posibilidad de negociación y recibiría el trato de enemigo vencido. Si Alemania rechazaba las condiciones, la ofensiva aliada continuaría y eso era algo que las autoridades germanas no podían permitirse.

Poco más podía hacer la delegación. Aunque pensaban que los "Catorce puntos de Wilson" habían sido aceptados por los aliados, la realidad era muy distinta. Sólo quedaba firmar el acuerdo de Armisticio que se hizo el 11 de noviembre de 1918. La guerra había terminado pero la paz completa no llegaría a Europa. Al menos de momento.


 
Luxemburgo es liberado por los aliados en noviembre de 1918. Mujeres luxemburguesas ondean las banderas de las naciones triunfadoras en la Primera Guerra Mundial.








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