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sábado, 22 de julio de 2023

OPPENHEIMER: AYER, HOY, MAÑANA


"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos"

R. Oppenheimer


Las tres horas de "Oppenheimer" descubren a un hombre desconocido, alumbran el mundo en el que vivimos y plantean un dilema moral ajeno a muchos de nosotros hasta ahora. Se trata de un thriller histórico que te mantiene expectante hasta el último minuto y va más allá del (ya de por sí trepidante) desarrollo de la bomba atómica.

Robert Oppenheimer murió en 1967, pero no hace falta decir que su influencia se extiende hasta el presente. En un contexto internacional actual, en el que el dictador ruso amenaza directamente con el uso del armamento nuclear en la guerra de Ucrania, la figura del llamado "padre de la bomba atómica" no es en ningún caso insignificante. Oppenheimer es uno de los personajes más destacados del siglo XX, aunque sea desconocido para los individuos del XXI.

El mundo en el que vivió Oppenheimer era muy diferente al actual, pero cambiante, como este. Cuando empezó a trabajar en el Proyecto Manhattan (que daría a luz a la bomba atómica) corría el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Los enemigos de EE.UU. eran los nazis, que estaban desarrollando su propio armamento nuclear. Los soviéticos eran, entonces, unos aliados incómodos, pero aliados, al fin y al cabo. Pocos años después, derrotada Alemania y muerto Hitler, fue la Unión Soviética el gran enemigo de EE.UU. y con quién habían de competir por el desarrollo de armas cada vez más destructivas. Los tiempos cambian; los enemigos, también.

La película plantea el dilema moral sobre el uso de la bomba atómica. Oppenheimer, líder del equipo de científicos que la desarrolló, se opuso, después, a su uso y apostó abiertamente por la negociación entre las naciones para detener una carrera armamentística que podría destruir el mundo. Fracasó, como es sabido. Y, además, le granjeó enemigos personales, como Lewis L. Strauss. Nuestro protagonista fue, no obstante, un hombre controvertido, pues estuvo vinculado al Partido Comunista en sus años jóvenes, algo intolerable en los Estados Unidos de los años 50.

¿Estuvo justificado el uso de la bomba atómica contra Japón en agosto de 1945? Esta es la gran pregunta imposible de contestar. Por supuesto, la película no lo hace. ¿Hasta qué punto fue responsable Oppenheimer de la muerte de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki?

La Física cuántica, el mal y la culpa recorren la película de principio a fin. De la primera no voy a hablar; de las otras dos, un poco. El mal lo impregna todo, desde el desarrollo de la bomba atómica en el laboratorio de Los Álamos hasta las acusaciones de traición contra Oppenheimer por sus actuaciones filocomunistas décadas antes. Y, junto al mal, la culpa por todo ello: por el desarrollo de un arma tan destructiva, por el uso de la bomba atómica sobre Japón y por las simpatías hacia el comunismo en otros momentos de la existencia. El pasado impregna el presente y el futuro.

La idea que obsesiona a Oppenheimer durante toda la cinta es la posibilidad de que la detonación genere una reacción en cadena que afecte a la atmósfera y provoque la destrucción del mundo. "¿Me está diciendo que hay una probabilidad de que al pulsar ese botón destruyamos el mundo?". Al final, Oppenheimer se da cuenta de que la reacción en cadena se ha producido: una carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética por producir armas cada vez más mortíferas que él intentó detener si éxito.

Hoy, en pleno siglo XXI, esa reacción en cadena sigue imparable. Además de Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte poseen cabezas nucleares. ¿Quién será el siguiente? 






PARA LEER MÁS: "Nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" (15 de agosto de 2015)

domingo, 5 de febrero de 2023

GRANDES HOMBRES, PEQUEÑOS HOMBRES





Nikita Jruschov y Jackie Kennedy


A finales de noviembre de 1963, la primera dama viuda de Estados Unidos, Jackie Kennedy, pasaba sus últimas noches en la Casa Blanca. Eran días terribles para su familia, de una desesperación tormentosa. Su marido, John F. Kennedy, había sido asesinado el día 22 de ese mes en Dallas, Texas. El magnicidio había impresionado al mundo entero y había destrozado su familia. 

En aquellos turbulentos instantes, Jackie Kennedy escribió una breve y emotiva carta al líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov. Firmada el primero de diciembre de 1963, apenas nueve días después del asesinato, la viuda quiso agradecer al líder soviético las muestras de cariño que había recibido. El embajador soviético asistió al funeral en Washington y la esposa de Jrushchov abandonó entre lágrimas la embajada estadounidense en Moscú tras firmar en el libro de condolencias. 

John F. Kennedy y Nikita Jruschov eran adversarios políticos, líderes de las dos superpotencias que se repartían el mundo. Sus personalidades eran también muy diferentes. El norteamericano era un galán atractivo y culto, perteneciente a la high class de Estados Unidos. Jruschov había nacido en una familia pobre de Rusia y tenía un temperamento impulsivo y brutal. Estas diferencias no les impidieron buscar un entendimiento incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, como la Crisis de los Misiles (octubre de 1962). 

En su misiva, enviada después de los funerales de su marido, Jackie Kennedy destaca todo ello. Y anima al líder soviético a continuar las relaciones cordiales con el nuevo presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson. Una de las frases de la carta llama la atención por la profunda sinceridad con la que está escrita:

"Mientras los grandes hombres son conscientes de cuán necesarios son el autocontrol y la contención, a veces los pequeños se dejan llevar por el miedo y el orgullo."

Jackie Kennedy destaca aquí el valor de la prudencia en aquellos cuyo destino es dirigir el mundo. Dice: "El peligro que inquietaba a mi esposo era que la guerra podían empezarla no tanto los grandes hombres como los pequeños." Aludía a la necesidad de evitar a toda costa una guerra entre las dos superpotencias que llevaría, inevitablemente, a la destrucción del planeta. 

Pero con estas palabras, la primera dama da también una lección de vida. ¡Cuántas veces son necesarias la templanza y la sangre fría en la vida diaria! ¡En cuántas ocasiones la altura de miras y la serenidad nos permiten lograr grandes metas!

La impaciencia y la impulsividad pueden provocar, según Jackie Kennedy, las peores tragedias imaginables. Y por eso se deben prevenir los impulsos irracionales propios de mentes poco despiertas, de pequeños hombres que se dejan llevar por instintos incontrolables. En la vida ocurre algo así también. Los deseos desenfrenados, viscerales nos hacen, algunas veces, errar y nos alejan de las metas marcadas.

La inteligencia, sin embargo, nos obliga a actuar con esmero y sobriedad. La prudencia es, en todos los casos, una virtud porque evita decisiones irreflexivas y precipitadas. Las grandes empresas de nuestra vida requieren esfuerzo y grandes dosis de moderación y prudencia para elegir los caminos y las estrategias acertadas. La toma de decisiones (de cualquier decisión) lleva su tiempo y requiere una reflexión previa que debe ser más o menos profunda dependiendo de la magnitud de la meta a la que nos enfrentemos. 

Eso es, en definitiva, lo que diferencia a los "grandes hombres" de los "pequeños", según Jackie Kennedy: la capacidad para valorar la situación en la que estamos, estudiar la metas que queremos lograr y actuar en consecuencia. Los "grandes hombres" son capaces de hacerlo, actúan con mesura y culminan con éxito su trabajo. Los "pequeños hombres" se apresura, actúan instintivamente, y fracasan, poniendo en riesgo, también la ilusión que acompaña cualquier proyecto, cualquier designio. De nuevo, la Historia nos da una lección de vida. 




jueves, 9 de septiembre de 2021

¿QUÉ HACÍA AQUEL 11 DE SEPTIEMBRE?




Tormenta sobre Manhattan, anochecer del 10 de septiembre de 2001


Muchos dicen que es imposible olvidar lo que uno estaba haciendo el 11 de septiembre de 2001 cuando se enteró de lo sucedido en Nueva York. Parece que los momentos históricos que tienen un gran impacto emocional quedan grabados en nuestro recuerdo junto a las actividades que estábamos realizando cuando nos llegó la noticia. Nuestra mente recuerda todo ello con una precisión que creemos total. 

Pero todo esto no es del todo cierto. Con el paso del tiempo, los recuerdos se emborronan y nuestra mente intenta reconstruir un relato coherente que no se ajusta del todo a la verdad tal y como sucedió y que es imposible recordar. Los huecos de la memoria se llenan con fantasías y vaguedades hasta el punto de que uno no distingue lo que realmente recuerda y lo que no es más que fruto de su imaginación.

El 11 de septiembre de 2001 yo tenía diez años y sabía muy poco de lo que sucedía en el mundo. En realidad, no sabía absolutamente nada de lo que había más allá de mi reducido ecosistema infantil. Ese día era el primero del nuevo curso y no recuerdo nada de cómo transcurrió la mañana en clase. Empezaba 5° de Educación Primaria y aquel martes era un momento de reencuentro con los compañeros después de las vacaciones de verano. Supongo que, como siempre, mi abuelo estaba esperándonos a mi hermano y a mí en la puerta del colegio al final de la jornada. Ahora no recuerdo si las clases terminaban a la una del mediodía o a la una y media, aunque poco importa. Mi hermano, que tiene cuatro años menos que yo, empezaba 1° de Primaria.

Comimos, como siempre, en casa de mi abuela, que se encontraba muy cerca del colegio, viendo los dibujos animados en la televisión. Esto lo supongo, porque no lo recuerdo con nitidez. Siempre hacíamos lo mismo así que no tuvo por qué ser diferente ese día. Sé que no tenía clase por la tarde, porque a comienzo de curso disfrutábamos de la jornada reducida que nos permitía adaptarnos al ritmo escolar paulatinamente. Así que durante el mes de septiembre solo íbamos a la escuela por la mañana. Sí recuerdo, o creo recordar, que hacía calor y el cielo estaba despejado porque por la ventana del salón entraba un sol radiante de final de verano.

Poco después llegó mi tía, que venía de trabajar. No recuerdo la hora exacta aunque supongo que sería sobre las tres de la tarde. Mi mente sí mantiene intactas las palabras que pronunció al entrar: "Poned las noticias. Se ha estrellado una avioneta contra una de las Torres Gemelas de Nueva York". En aquel momento yo no tenía ni idea de qué eran las Torres Gemelas y difícilmente podía situar Nueva York en un mapa. Supongo que a mi abuela y a una tía abuela muy anciana que nos acompañaba les ocurría más o menos lo mismo que a mí y a mi hermano. 

Fue en aquel momento cuando el día cambió y se convirtió en un día especial. Al poner las noticias vimos las imágenes que ya estaban dando la vuelta al mundo. La Torre Norte del World Trade Center de Nueva York estaba ardiendo después de que un avión - no una avioneta como había dicho mi tía - se estrellase contra ella. Y ya no quitamos los ojos de la pantalla en toda la tarde. Llegaron mi padre y mi abuelo a comer a casa y también mi madre comió en casa de mi abuela aquel día, aunque no era lo habitual.

Con el corazón sobrecogido y los pelos de punta, todos presenciamos lo que estaba ocurriendo a miles de kilómetros de nuestra casa. Aunque, aparentemente, no iba a afectarnos en nuestra vida diaria, suponía el derrumbe del mundo tal y como lo conocíamos y enseguida nos dimos cuenta de ello. Estados Unidos, cuya superioridad nadie ponía en cuestión desde el final de Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética, estaba siendo atacado. Porque tampoco había duda de que aquello, que veíamos como si se tratase de una película de terror, era un atentado terrorista planificado con minuciosidad.

Me recuerdo a mí, ojiplático, sentado junto a mi madre y mi hermano, viendo en la televisión las mismas imágenes una y otra vez. El impacto del avión contra la Torre Sur, las dos torres en llamas, el edificio del Pentágono ardiendo, las sirenas de las ambulancias y coches de bomberos en Manhattan, el derrumbe de las torres, la nube de polvo y humo que envolvía Nueva York, las gentes desesperadas lanzándose por las ventanas para escapar de las llamas. Imágenes que aún me siguen sobrecogiendo, veinte años después de aquellos momentos.

Enseguida se puso nombre y rostro al artífice de semejante tragedia. Osama bin Laden se convirtió no solo en el enemigo número uno de Estados Unidos sino también en un personaje de terror para todos, niños y mayores, en Occidente. Igual ocurrió con los talibanes, el grupo fundamentalista islámico que controlaba Afganistán y daba refugio a los terroristas. Yo no sabía ni quienes eran los talibanes ni dónde estaba Afganistán, pero no tardé en saberlo.

Aquellos acontecimientos despertaron en mi una curiosidad por lo que sucedía a mi alrededor que se ha mantenido desde entonces. Veía todo, leía todo. Quería saber lo que ocurría. Aquellos sucesos históricos, que estaban ocurriendo en directo y los estábamos viendo por televisión, iluminaron un camino a seguir. Quería comprender lo que ocurría en el mundo y enseñarlo a los demás. Mientras escribo esto, tengo entre mis manos un suplemento del diario El País fechado el 16 de septiembre. El titular reza: "El fin de una era"

El último recuerdo que mi memoria retiene con suficiente nitidez es también en la sala de estar de casa de mi abuela. La luz había cambiado. El atardecer rojizo de final del estío iluminaba la sala mientras todos se arremolinaban para continuar con sus vidas cotidianas. Todos se marcharon a sus diversos quehaceres, incluso mi abuela que no solía salir por las tardes. No sé por qué pero mi memoria cree que aquello fue así. Yo, mientras tanto, permanecía frente a la televisión, viendo las mismas imágenes una y otra vez. Mi madre también estaba sentada conmigo. Y mi hermano, que era entonces demasiado pequeño pero que, aún así, custodia algunos recuerdos nítidos de aquel día.

Desde aquel momento tomé conciencia de la dimensión temporal y espacial del mundo. Se ha mantenido inalterable hasta hoy. He seguido y sigo con más o menos empeño los sucesos que ocurren a mi alrededor tratando de comprenderlos y, siempre, con la sensación de no lograrlo del todo. Veinte años después de aquello, cuando ya no soy el niño de diez años que acababa de volver del colegio, sé que es imposible entender el mundo. 

En las semanas siguientes a la catástrofe se comprobó la trascendencia histórica de todo aquello. Recuerdo la invasión de Afganistán por la OTAN y el derrocamiento del régimen talibán. Eran octubre de 2001. Los años posteriores demostraron lo alargada que era la sombra del 11-S. También recuerdo la Guerra de Iraq en 2003, los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y la eliminación de Bin Laden en 2011, diez años después de los atentados de Nueva York. Todos estos acontecimientos se presentan ahora ante nuestros ojos como los eslabones de una cadena que da forma a nuestro tiempo.

Hoy en día, cuando enseño a mis alumnos, que no habían nacido en 2001, qué ocurrió aquel 11 de septiembre, me veo a mí, estupefacto, delante de la televisión de casa de mis abuelos, mirando aquellas imágenes terroríficas del World Trade Center. ¿Qué ocurre en nuestro mundo? ¿Por qué ocurre lo que ocurre? Aún sigo intentando dar respuesta a estas preguntas de respuesta imposible.


PARA LEER MÁS:

miércoles, 24 de junio de 2020

LA MONARQUÍA ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS DE LOS INDÍGENAS


En abril de 1493, Colón fue recibido por los Reyes Católicos en Barcelona para rendir cuentas de su expedición a las Indias. El encuentro fue discreto y pocas crónicas lo narran. De hecho, Isabel y Fernando recibieron al almirante genovés con gran escepticismo después de conocer que había desembarcado antes en la corte el rey de Portugal en Lisboa. Colón tenía que dar explicaciones de todo aquello.

En aquella audiencia, el navegante mostró a sus señores ejemplos de la hazaña que había logrado culminar con éxito: llegar a las Indias navegando hacia Occidente. Según el cronista Francisco López de Gómara, les mostró objetos elaborados en oro, alimentos como el ají y la batata y animales exóticos como papagayos de diversos colores. Fácil es imaginar que lo que más honda impresión causó a los soberanos fue contemplar la entrada de seis indígenas semidesnudos y de piel canela. El cronista dice que "los seis indios se bautizaron...; y el rey, la reina y el príncipe don Juan, su hijo, fueron los padrinos...".

Al parecer, Colón había embarcado a más indígenas en las naves de vuelta a la Península y a su llegada había vendido a la mayoría como esclavos: ¡unos cincuenta hombres y mujeres! El artífice del diseño de la colonización de las Indias durante el reinado de los Reyes Católicos, Juan Roríguez de Fonseca, debió de tener especial protagonismo en esta venta. Muchos de esos indios fueron a parar a las galeras de un tal Juan de Lezcano y murieron por las pésimas condiciones de vida que sufrieron, el frío y las enfermedades.

La reina Isabel fue reticente a autorizar la venta de los indígenas antillanos como esclavos y convocó una Junta de Letrados para el estudio del caso. La Junta se manifestó contra la esclavitud de los indígenas y la reina ordenó que todos los que habían sido vendidos en Castilla fueran puestos en libertad y enviados de regreso a las Indias. La Corona siguió con los nativos americanos la misma política que había puesto en marcha con la población guanche en las Canarias: los consideraba súbditos de la Corona y hombres libres, aunque paganos.

Es cierto, sin embargo, que los Reyes Católicos nunca superaron las tesis esclavistas de la época puesto que, mientras impedían la esclavitud de sus nuevos súbditos, autorizaron para el seguno viaje de Colón el transporte de determinadas mercancías a los nuevos territorios, entre ellos, "oro, plata e perlas e esclavos negros e loros". En el viaje de regreso a las Antillas, los esclavos negros debieron de confabularse con los indígenas libres y al desembarcar huyeron juntos así que la empresa no llegó a buen puerto.

En cualquier caso, la exploración, conquista y colonización de las Antillas fue sangrienta. Los conquistadores veían en aquellos territorios una especie de tierra sin ley dada la lejanía de la Corona. La brutalidad con la que se produjo la conquista de las islas del Caribe no se debió al racismo de los europeos ya que inmediatamente después del contacto con los indígenas americanos, no pocos conquistadores se casaron con nativas como símbolo de unión y de paz entre ambos pueblos. El mestizaje se comenzó de inmediato.

Este proceso no impidió que se cometieran atrocidades propias de una guerra de conquista. Mismas atrocidades, por cierto, que se habían producido en la Guerra de Granada unos años antes. Esto, unido a la explotación de los indígenas que fueron utilizados como mano de obra forzosa y el llamado "choque microbiano", acabó provocando la extinción de los nativos antillanos. Los indígenas padecieron enfermedades para las que no tenían defensas como la viruela y la rubeola, y también otras infecciosas, como la gripe, que causaron gran mortandad. Los casi 300.000 antillanos que había en 1492 desaparecieron en pocos años.

Nadie puede negar, en todo caso, que los conquistadores españoles cometieron atrocidades en las islas americanas recién descubiertas. Fueron evidentes desde el principio. Sin embargo, esta brutalidad, normal en esa época histórica y comparable a la que se había sufrido en todas las guerras en Europa durante la Edad Media, no se debió al racismo. Desde el principio, la reina Isabel consideró que la Corona debía amparar y proteger a sus nuevos súbditos. En 1510 ya nadie ponía en duda que los indígenas americanos eran cien por ciento humanos, aunque idólatras que debían ser evangelizados.

En 1511, el dominico Antonio de Montesinos denunció la crueldad con la que los españoles trataban a los indígenas y negó el derecho a someter a los nativos a la servidumbre o a hacerles la guerra. De regreso en España, emprendió una enérgica defensa de los indios que impresionó al Rey Fernando. Había diferentes posturas en Castilla: unos defendían la libertad de los indios y justificaban la presencia europea en América en la predicación el Evangelio; otros pensaban que Dios había entregado América a los españoles como entregó la Tierra Prometida a los judíos y que podían matar y esclavizar a sus habitantes por infieles.

El rey dictó las famosas Leyes de Burgos en 1512 y 1513 que mantenían el trabajo forzoso de los indios aunque limitándolo y humanizándolo. En ellas se abolía la esclavitud de los indígenas americanos y se organizaba la conquista y el gobierno de las Antillas. Se crearon para ello dos instituciones importantes: el requerimiento que consistía en pedir a los indígenas su sometimiento al Rey de España antes del uso de las armas; y la encomienda, una polémica institución mediante la cual los índígenas cambiaban su trabajo por su evangelización.

Visto hoy en día la encomienda era una trampa para los antillanos. No debemos olvidar, sin embargo, que la mentalidad de los europeos del siglo XVI era muy diferente a la actual y la religión constituía una parte fundamental en la vida diaria de cualquier persona en aquellos momentos. Además, el cambio del trabajo por la evangelización se consideraba por muchos un deber moral dictado por la Iglesia. Esto no impidió que se produjesen evidentes situaciones de explotación que contribuyó a la extinción de los indígenas pero por primera vez, la Corona intentaba regular la conquista de un territorio y las relaciones entre conquistadores y conquistados.

Bartolomé de las Casas fue otro de los grandes defensores de los indígenas americanos. La primera vez que viajó a las Indias, este fraile dominico quedó impresionado de la crueldad con que se trataba a los indígenas. Publicó una obra titulada “Relación de la destrucción de las Indias” en la que sostenía que los indígenas debían ser tratados como seres libres, con plenitud de derechos, como súbditos del rey de Castilla y justificaba la conquista y la colonización de América con un fin exclusivamente evangelizador (para extender la fe cristiana) y siempre que fuera pacífica.

La presión de los dominicos obligó a la Corona a promulgar una serie de leyes para proteger a sus súbditos americanos que, en palabras del profesor Céspedes del Castillo, "hubieran sido admirables si se hubiesen cumplido en las colonias". En cualquier caso, por primera vez en la Historia, una Monarquía se convenció de la obligación moral de proteger a los habitantes nativos de los territorios que acababa de conquistar, y de intentar construir una nueva sociedad en la que conquistados y conquistadores conviviesen en paz. Nunca antes se había hecho y no se repetiría hasta el siglo XX.

También repudió la crueldad con la que se trataba a los indios otro de los grandes teóricos de la conquista de América, Juan Ginés de Sepúlveda. Justificaba la conquista en el deber que tenían los españoles de civilizar a los indígenas y evangelizarlos siguiendo el mandato expreso del Papa. Con estas tesis, que rechazaban la violencia pero justificaban la colonización americana, Sepúlveda estaba sentando las bases del imperialismo moderno, del que después harían uso los británicos, los franceses, los holandeses y los belgas para justificar su expansión ultramarina hasta el siglo XX. Sepúlveda, no lo olviemos, vivió en el siglo XVI.

Por último, Francisco de Vitoria, considerado el padre del derecho internacional moderno, elaboró una teoría que establecía los casos en los que la conquista estaba justificada. Para Vitoria toda nación tenía derecho a viajar y comerciar pacíficamente por todo el planeta pero el erecho a la conquista sólo estaba justificado en algunos casos (ayuda a una nación amiga, antropofagia, tiranía, etc.). Los españoles tenían todo el derecho de predicar el Evangelio en América pero no estaban autorizados a la conquista del continente porque se apartaba de todas las leyes divinas y humanas.

Tanto Bartolomé de las Casas como Francisco de Vitoria fueron invitados por el emperador Carlos V a la junta legislativa que se iba a reunir en la Universidad de Salamanca en 1540. Después de dos años de arduos debates sobre la legitimidad de la conquista de América y la necesidad de proteger a los indígenas, se promulgaron las famosas Leyes Nuevas, cuyo título completo fue "Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por su magestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios".

Las Leyes Nuevas fueron un nuevo intento de ordenar la colonización del continente americano. Pretendían acabar con la institución de la encomienda, que se había extendido ya por todo el continente (Nueva España y el Perú) y era un evidente perjuicio para los indígenas, que sufrían pésimas condiciones de vida. Además, trataban de restar el enorme poder que concentraban en sus manos los descendientes de los llamados "primeros conquistadores", que gozaban de gran influencia e impunidad en sus encomiendas. Este intento ocasionaría no pocas conspiraciones contra la Corona española y en algunos territorios se llegaron a producir rebeliones contra Carlos V y Felipe II durante el siglo XVI. La Monarquía española trataba de proteger a sus súbditos americanos y los españoles conquistadores se oponían a ello.

¿Quiere decir esto que se terminó con el abuso de los nativos por parte de los españoles? No, porque las Leyes Nuevas no supusieron el final de la encomienda y los conquistadores siguieron dominando las tierras e imponiendo su ley mediante la fórmula "obedezco pero no cumplo". ¿Hubo esclavitud en la América española? Por supuesto, de hecho, la extinción de los nativos de las Antillas obligó a la Corona española ya a comienzos del siglo XVI a autorizar la importación de esclavos negros desde África. De ella se beneficieron sobre todo las compañías mercantiles castellanas y aragonesa pero también francesas y holandesas. ¿Entonces que quiere decir todo esto? Simplemente que la conquista y colonización de América por los españoles no fue un intento deliberado de destruir las sociedades precolombinas sino que, por el contrario, la Corona intentó preservarlas.

Se produjeron durante los siglos XVI y XVII otros intentos en la misma dirección que solo vamos a mencionar. En 1550, en la Controversia de Valladolid, fray Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda debatieron de nuevo sobre el dominio de los españoles sobre los indígenas americanos. Después del Concilio de Trento (1545 - 1563) y la fundación de la Compañía de Jesús (1534), los jesuitas establecieron reducciones en numerosas zonas del continente americano con el objetivo de conservar las sociedades nativas, sus tradiciones y su cultura mientras se las evangelizaba. En algunas zonas fronterizas con el Brasil portugués, los jesuitas españoles protegieron a los indígenas sudamericanos de los ataques de los llamados "bandeirantes", una especie de cazadores que capturaban indígenas para usarlos como esclavos en las plantaciones portuguesas en Brasil.

En definitiva, en el siglo XVI, por primera vez en la Historia, un reino debatió en su seno durante décadas la legitimidad de la conquista de nuevos territorios. En Valladolid, en Sevilla, en Salamanca y en otras ciudades se celebraron juntas y debates en los que los oradores intervenían a favor y en contra de la conquista de América por los españoles y el modo en que se debía tratar a los indígenas y según sus conclusiones, la Corona española actuó en consecuencia. Por primera vez, una Monarquía quiso proteger a sus nuevos súbditos de los ataques de los antiguos. Por cierto, junto a todos estos debates e iniciativas de los reyes de Castilla sobre el trato a los indígenas americanos, se alzaron algunas voces contra la esclavitud de los negros. Los misioneros capuchinos Francisco José de Jaca y Epifanio de Moirans escribieron tratados en defensa de los esclavos negros y lanzaron una consigna: "Serbi, liberi!", es decir, "¡Libertad para los esclavos!". Era 1680. Ciento ochenta y un años antes de que Abraham Lincoln alcanzara la presidencia de EE.UU.

El 16 de junio de 2020, la Asamblea Estatal de California, controlada por los demócratas, aprobó la retirada de la estatua de la reina Isabel "la Católica" y Cristóbal Colón que presidía la sala central del Capitolio en Sacramento. Figuras históricas tan trascendentales en la Historia de América son vistas hoy como símbolos racistas por sectores importantes de la población en numerosos países americanos, no sólo en EE.UU. Pocos saben que la Monarquía Hispánica fue el primer Estado en la Historia que intentó proteger a todos los pueblos que vivían en su seno, sin importar su color de piel mucho antes de que EE.UU. existiera.


BIBLIOGRAFÍA
  • AZCONA, T. (2014): Isabel la Católica. Vida y reinado. Madrid: La Esfera de los Libros.
  • FLORISTÁN, A. (coord. 2011): Historia Moderna Universal. Barcelona (España): Ariel
  • LADERO QUESADA (2018): La España de los Reyes Católicos. Madrid: Alianza
  • CÉSPEDES DEL CASTILLO (2009): América Hispánica (1492 - 1898). Madrid: Ambos Mundos.
  • MALAMUD, C.; SEPÚLVEDA, I.; PARDO, R.; MARTÍNEZ, R. (2001): Historia de América. Temas didácticos. Madrid: Editorial Universitas, S.A.

domingo, 25 de noviembre de 2018

"TIEMPOS MODERNOS" O CÓMO LUCHAR POR LA FELICIDAD

"Tiempos Modernos" (1936) es, para todos, una de las grandes obras maestras del genial Charles Chaplin. Para muchos, la última gran película de cine mudo. Para unos cuantos, la primera de cine sonoro. Y para mí, es un gran filme que cuenta una historia humana sencilla: la búsqueda desesperada de la felicidad.

El vagabundo Charlot, en esta película reconvertido en obrero, huelguista, vigilante nocturno, maître y bailarín, sólo persigue la felicidad en un tiempo de individualismo y miseria, los años treinta. La comida y una vivienda digna son los grandes sueños del protagonista y de su compañera, la joven Paulette Goddard (el nombre es de la actriz), una muchacha húerfana, separada de sus hermanas pequeñas tras la muerte de su padre. El papel de Chaplin aquí inspirará al dibujante Escobar en Carpanta, el famoso vagabundo español que vive bajo un puente soñando con comer un gran pollo asadado. Era otro espacio, España, y otro tiempo, los cincuenta, pero la miseria era la misma.

"Tiempo Modernos" refleja la crueldad de la Segunda Revolución Industrial. Los obreros son meros autómatas en la cadena de montaje diseñada por Taylor y perfeccionada por Ford. Reduciendo su labor a movimientos sencillos y automáticos se ahorra tiempo y se aumenta la producción. Tuercas y martillo, tuercas y martillo, tuercas y martillo. Con estas palabras se puede resumir la primera parte de la película. Charlot apreta las tuercas de forma automática, sin pensar, hasta apretar con la palanca la nariz del jefe y los botones de la falda de la secretaria. Una confusión la tiene cualquiera. Se trata de una desternillante caricatura que enseña las trágicas condiciones laborales de principios del siglo veinte.

Unos trabajos más de máquinas que de personas. Un jefe onmipresente, que recuerda al Gran Hermano de George Orwell en "1984". Unos ritmos de trabajo frenéticos. El trabajador no puede ni espantar una amenazadora avispa. Si lo hace retrasa la cadena de montaje. Todo ello acab provocando una crisis nerviosa en el pobre Charlot, que se vuelve loco. Hasta se convierte en el conejillo de indias de un artilugio para dar de comer a los obreros mientras trabajan y con ello ahorrar tiempo y acelerar la producción.

Cuando sale del psiquiátrico los tiempos han cambiado. Los felices años veinte han quedado atrás y la Gran Depresión sume al país en la miseria. Sin comerlo ni beberlo (y nunca mejor dicho), nuestro protagonista es confundido con un comunista en medio de una manifestación. Entra en la cárcel varias veces. Comprende incluso que se está mejor dentro que fuera. Al fin y al cabo, en prisión tiene comida asegurada y no necesita trabajar. Fuera hay hambre y poco trabajo.

Bien lo sabe el padre de la pobre muchacha Paulette. Es ella quien se las ingenia para buscar algo que llevarse a la boca. La muerte del padre por disparos en una manifestación refleja la crudeza de la represión estatal durante los años treinta. Separada de sus hermanas pequeñas, Paulette huye durante toda la película. Y Charlot con ella. La vida se ha vuelto dificil: incluso el antiguo colega de nuestro protagonista, Big Bill, se ha convertido en un criminal: "No somos ladrones - tenemos hambre", dice a Charlot cuando asalta el centro comercial del que éste es el vigilante.

Charlot y la muchacha sueñan con comer pasteles, patinar libres y dormir sin preocupaciones. Sueños sencillos pero imposibles en aquellos tiempos. La vivienda destartalada de la pareja es otra metáfora más de la realidad. Los barrios de chabolas, las "hoovervilles", surgieron por doquier en Estados Unidos durante la Gran Depresión y recibieron su nombre en honor (dudoso) del presidente Herbert Hoover. Una chabola de madera en un descampado junto a un lago de aguas fecales y frente a fábricas otrora prósperas y ahora paradas. Así es el hogar de los protagonistas, muy lejos del sueño americano, del famoso "American Way of Life" tantas veces pregonado. 

Al fin y al cabo, toda la película transcurre entre fábricas, huelgas y prisiones. Varias veces aparece Charlot trabajando junto a enormes máquinas de engranajes y correas (donde por cierto, no es muy habilidoso). Varias veces también se ve envuelto en manifestaciones y huelgas. Y varias veces acaba en prisión, bien por ser confundido con un líder comunista, por robar un pan para comer o por su mala pata. Fábricas, huelgas y prisiones son las tres palabras esenciales en la vida de los años treinta en Estados Unidos y en otros países. La cuarta es desempleo, paro.

Al final, resulta que la joven pareja encuentra un hueco en el mundo del espectáculo, como bailarines. Pero olvidan que su destino es huir siempre. Los agentes del gobierno que persiguen a la muchacha los obligan a abandonar su trabajo y escapar lejos. "¿De qué sirve intentarlo?" se pregunta la joven al final. Charlot contesta: "No te rindas, anímate. ¡Nos las arreglaremos!". De nuevo apunta al futuro, a la felicidad.

Eso es "Tiempos Modernos", un canto a la felicidad, al amor, a los valores puramente humanos, a la libertad personal. Charlot y la joven Paulette se rebelan contra un mundo en el que los pobres son máquinas, en el que sólo importa la masa uniforme que acude a trabajar a las fábricas, en el que los obreros son autómatas fácilmente sustituibles. Una sociedad donde importa el individuo como fuerza de trabajo pero no la persona. Un gran rebaño de ovejas se confunde con la cola de trabajadores que esperan entrar en la fábrica al comienzo del filme. Así veía Chaplin la sociedad de los años treinta. Así eran los "Tiempos Modernos".

 

EL FIN DE LA PROSPERIDAD

Livingston, Nueva Jersey
31 de octubre de 1932.

No recuerdo si fue Joe Kennedy o Jhon D. Rockefeller quien dijo, durante una velada, la frase que a todos nos sobrecogió: "Cuando un limpiabotas sabe tanto como yo del mercado de valores, es el momento de que lo deje". Poco después, ambos dejaron sus negocios en Wall Street y yo también. ¡Y qué gran acierto fue aquella decisión! Era una fría noche de invierno, pero no recuerdo bien el día. Todo sabíamos que la espiral especulativa en la que habían entrado las inversiones no acabaría bien.

No os voy a engañar, en enero de 1928 yo había hecho una fortuna invirtiendo en Bolsa. Hacía seis años que el azar me había llevado a conocer a importantes inversores de Wall Street, entre otros, a Joe y a Jhon. Por entonces, Jhon era ya multimillonario, propietario de la petrolear Standard Oil, y Joe, hijo de inmigrantes irlandeses, había creado una fortuna gracias a su astucia. Me dieron buenos consejos y gracias a ellos multipliqué mi dinero.

Mucha gente hizo fortuna en los años veinte. Los felices años veinte los llamaban, ¡qué ilusos! El acceso al crédito era facilísimo así que muchos decidieron pedir préstamos a los bancos para comprar acciones de grandes empresas. Y todo por la idea del presidente del National City Bank, Charles Mitchell, a quien se le ocurrió sacar a la venta acciones de su banco a bajo precio para que la gente normal las comprase. La Reserva Federal, fundada en 1922, bajó los tipos de interés y esto abarató el crédito.

Hasta entonces, la Bolsa de Nueva York era un grupo cerrado en el que sólo invertían expertos. Por supuesto, yo no era un experto aunque, como saben, mi familia tenía extensas propiedades de tierra en Nueva Jersey. Cuando la Bolsa se abrió a todo el mundo, vi una oportunidad para invertir los ahorros familiares. Acudía Manhattan al menos una vez a la semana y el resto de días iba a la agencia de corretaje de Livingston, donde vivo, a veinteseis millas al oeste de Manhattan. Las agencias de corretaje permitían invertir en Bolsa sin tener que estar físicamente en Wall Street. 

En dos años multipliqué por diez mi dinero. Fue fantástico, no voy a mentir. Así fue como un hijo de terratenientes adinerados - pero no miltimillonarios - como yo, destinado a heredar todas las tierras de mis padres se metió en el mundo de las finanzas. Claro, el mundo de Wall Street me introdujo también en la fiesta de Manhattan, los clubes, los teatros de Brodway, las veladas noctunas y los cabarets. Así fue como conocí a Joe y Jhon. Soliamos acudir a los mismos clubes.

Mucha gente de orígenes humildes invirtió también su dinero. Otros muchos utilizaron préstamos a bajo interés para comprar acciones. Un banco que después acabó quebrando se anunciaba diciendo "Compre ahora y pague después". Hasta yo acabé pidiendo un crédito para comprar más acciones allá por 1925.

Hubo un momento en el que parecía tonto quien no invirtiese en bolsa para hacerse rico. Yo participé en ese juego y arrastré a mi primo Frank de Monclair. La burbuja financiera se inflaba cada vez más. Los precios de las acciones subían sin parar. Los bancos, obviamente, concedían créditos a todo el mundo. Creían que, como las acciones siempre subían su precio, los compradores siempre podrían venderlas para devolver el préstamo.

Herbert Hoover ganó las elecciones presidenciales de 1928 utilizando un eslógan que decía: "La prosperidad está a la vuelta de la esquina". Realmente muchos creímos que la prosperidad, el futuro, estaba en la Bolsa, y en las fáciles ganancias que nos ofrecía. Al fin y al cabo, estábamos viviendo el sueño americano.

Poco después, las voces de algunos expertos empezaron a alertar de que la situación podría cambiar. El primero creo que fue Paul Warburg, un economista que trabajaba entonces en la Brookings Institution para el gobierno. Yo no lo conocía personalmente, pero había oído hablar de él. Sería marzo o abril de 1929. Pocos le hicieron caso. Entre esos pocos, mis colegas, Joe y Jhon, ambos expertos economistas, y afortunadamente me convencieron a mí. En pocas semanas vendimos todas nuestras acciones recuperando casi todo el dinero aunque la tendencia alcista de los valores ya había comenzado a invertirse.

El 23 de octubre de 1929, Wall Street sufrió la mayor caída de su historia, las acciones perdieron el 7% de su valor. No me acuerdo qué estaba haciendo ese día pero sí que no me encontraba en Nueva York. Supongo que estaría en la mansión de mis padres en Livingston. El día siguiente, jueves 24 de octubre, temiendo la nueva caída de las acciones, miles de personas quisieron venderlas - justo lo que yo había hecho meses antes -. Las cotizaciones cayeron tanto que las acciones perdieron un tercio de su valor y nadie quería comprarlas. Yo me enteré de todo el viernes. Algún periodico ya denominó aquella jornada como "El Jueves Negro".

Viajé a Manhattan los días siguientes a ver qué ocurría. Miles de curiosos como yo nos agolpamos delante de Wall Street. La situación era caótica y yo me había librado de la ruina de milagro. El pánico se extendió por todos los sitios y llegaron rumores de que había gente saltando desde las ventanas de los rascacielos. Yo pensaba: "Esto no puede estar pasando". Se había terminado el sueño americano.

A mediodía supe que los presidentes de los principales bancos de Wall Street se habían reunido para buscar una solución. Inyectaron dinero en algunas empresas que estaban próximas a la quiebra por la debacle de sus acciones. John hizo lo mismo esperando que la tendencia cambiase. 

La bolsa empezó a subir lentamente aunque unos días después, el martes 29 de octubre, se desplomó bruscamente de nuevo. Nunca antes se había producido semejante catástrofe. Mi padre me había hablado del pánico que siguió a la quiebra de Jay Cooke and Company, un banco de Filadelfia, en 1873, pero esto fue mucho peor.

El 29 de octubre me encontraba también en Nueva York buscando a mi primo Frank. No había podido convencerle de que vendiese sus acciones a tiempo y se había arruinado - lo había intentado desde marzo de ese año, pero había sido imposible convencerlo. Estaba fascinado por la posibilidad de ganar dinero fácil. No le bastaba, como a mí, con amasar una pequeña fortuna además de las tierras familiares. Frank llegó a hipotecar sus tierras. Fue la peor decisión de su vida.
 
Acudí a los cafés que solía frecuentar, recorrí todas las calles y avenidas cercanas a Wall Street pero no lo encontré. Desesperado, se había ahorcado en la habitación de un hotel donde había gastado los últimos dólares que le quedaban. ¡Qué terrible desgracia! ¡Y todo por mi culpa, yo le convencí para que invirtiese! ¿Qué iban a hacer ahora su esposa y sus dos hijos?

Yo también perdí parte de mi dinero pero afortudamente no me arruiné. Lo tenía depositado en varios bancos y otra parte en la caja fuerte de casa, el lugar más seguro. No me extraña que muchos guarden sus dineros ahora debajo del colchón. Es el único sitio en el que no corren peligro. También cerraron muchas fábricas y millones de personas se quedaron sin empleo. Yo mismo he tenido que despedir a parte de los trabajadores de mis tierras. No hay futuro. No vendemos ni un tercio de lo que vendíamos antes. A unos pocos kilómetros de mi casa hay una de esas "hoovervilles", los barrios de chabolas que llevan el nombre del presidente Hoover. Dudoso honor para el presidente del país.

Han pasado tres años de todo aquello y la economía aún no se ha recuperado. Hoy es 31 de octubre de 1932. En unas semanas se celebran elecciones presidenciales y voy a votar por el candidato Franklin D. Roosevelt, del Partido Demócrata. Tiene ideas reformistas y pretende invertir activamente en la economía. Propone un plan al que llama "New Deal" para reactivar la economía. En mi familía siempre hemos votado a los republicanos pero es necesario cambiar. No puede ocurrir otra vez lo mismo y es necesario que la prosperidad regrese.


Benjamin Smith

sábado, 3 de noviembre de 2018

1898: UN DESASTRE ANUNCIADO



Antonio Cánovas del Castillo no fue sólo el arquitecto del sistema político de la Restauración (1875 - 1931) sino también de las líneas maestras de la política exterior y colonial de España en el último tercio del siglo XIX. Una política que conduciría irremediablemente al conocido "Desastre de 1898" en el que España perdería sus últimas colonias en América y en el Pacífico.

Cánovas era un profundo conocedor de la situación en Cuba y en Filipinas gracias a un informe que había encargado cuando estuvo al frente del Ministerio de Ultramar durante el Gobierno de O'Donnell (1865 - 1866), en el último periodo del reinado de Isabel II. También era un audaz observador de la política internacional en Europa y, sobre todo, estaba convencido de la decadencia española en el concierto de las naciones, lejos ya del esplendor imperial de los siglos XVI y XVII.

En realidad la idea de la decadencia no era algo exclusivo de los españoles de finales del siglo XIX. Se enmarcaba ésta en un sentimiento más amplio de decadencia de los países latinos fundamentado en la derrota francesa ante los alemanes en Sedán y la entrada de las tropas italianas en Roma, ambos acontecimientos acaecidos en 1870.

Por ello, Cánovas diseñó una política exterior española de perfil bajo y profundamente conservadora en el plano colonial. España debía evitar los conflictos internacionales y la rivalidad con otras potencias mucho más poderosas. Se trataba de mantener lo que se tenía (aunque fuese poco) y no establecer alianzas con otros países que pudiesen hipotecar los territorios coloniales españoles. Por eso Cánovas se limitó a firmar acuerdos puntuales con otras potencias cuando lo consideró necesario pero sin romper la "política de recogimiento" que creía vital

Lo cierto es que el imperio colonial español a finales del siglo XIX era poco más que los despojos del otrora imperio mundial en el que nunca se ponía el sol. Las colonias españolas se reducían entonces a Cuba, Puerto Rico, Filipinas, unos cuantos archipiélagos en el Océano Pacífico (las Carolinas, las Palaos y las Marianas) y algunos territorios en la costa occidental africana. Unos territorios tan disperos por el globo que era imposible defenderlos en caso de guerra. Si a ello sumamos la reducida capacidad operativa del ejército español, un conflicto colonial supondría la pérdida de todas las colonias.

A la luz de todos estos datos, la política exterior de Cánovas no parece descabellada. El principal inconveniente fue que, al no contar España con aliados sólidos entre las naciones europeas, en caso de un conflicto no deseado, como efectivamente ocurrió en 1898, se encontraría aislada. Pero en los años 70, Cánovas parece que no contempló esa posibilidad.

En un escenario internacional donde predominaban las tesis darwinistas de la supervivencia del más fuerte, España tuvo que proteger, durante varias décadas, sus escasas e insignificantes colonias como pudo. En 1875 ya se produjeron crisis en el Pacífico con Gran Bretaña y Alemania por la soberanía del archipiélago de Joló (al sur de Filipinas) y en las Islas Carolinas. Claro está, la débil España cedió derechos a las grandes potencias a cambio de mantener la paz.

Al mismo tiempo tanto en Cuba como en Filipinas empezaron a resurgir los movimientos independentistas que habían aparecido a mediados de siglo. En 1878, la Paz de Zanjón consiguió poner fin a la Guerra de los Diez Años en Cuba aunque al año siguiente hubo otro chispazo violento, la llamada Guerra Chiquita. En Filipinas, la situación no era mejor: el descontento por la mala administración de la colonia estalló en el Motín de Cavite, en 1872. Todos estos conflictos eran, para Cánovas, asuntos internos de la metrópoli en los que ninguna potencia extranjera debía injerir. Pero el problema se encontraba en que algunas potencias extranjeras ya tenían intereses en aquellos territorios...

A comienzos de los años 90, España tuvo que hacer frente a algunas revueltas independentistas en Ponapé (una diminuta isla en la Carolinas) y en Mindanao (la gran isla del sur de Filipinas). El conflicto definitivo estalló, sin embargo, en 1895 cuando se reactivó la guerra en Cuba. La historiografía cubana la conoce como la Segunda Guerra de Independencia, que se inició con el Grito de Baire. Aprovechando la debilidad española, en Filipinas estalló también una rebelión liderada primero por el nacionalista José Rizal y, poco después, por Andrés Bonifacio, fundador del Movimiento Katipunán. Aunque en 1897 los españoles consiguieron firmar con los independentistas filipinos una tregua en Biac-Na-Bató, la guerra se recrudeció en Cuba.

En todo este lío colonial, en el que España debía sofocar rebeliones en dos frentes situados a casi 16.000 km de distancia, en dos océanos y dos continentes distintos, los Estados Unidos vieron una oportunidad de oro para hacerse con los territorios españoles en las Antillas. En realidad, la colonización estadounidense de Cuba había comenzado décadas antes. El principal destino de las exportaciones azucareras cubanas no era España, la metrópoli, sino Estados Unidos, la gran potencia emergente cercana. Las compañías norteamericanas operaban libremente en la isla controlando las plantaciones de azúcar y, como es de imaginar, la inestabilidad política en la isla no les interesaba.

En cualquier caso, hasta 1898, Estados Unidos se mantuvo a la expectativa, sobre todo porque su opinión pública no quería una guerra con España. Todo cambió tras la voladura del acorazado Maine que Washington había enviado a La Habana para proteger los intereses estadounidenses. Los medios de comunicación norteamericanos se encargaron de presentar el accidente como un acto intolerable, el colmo de unos crueles españoles que estaban masacrando a los cubanos. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos declaraba la guerra a España y se disponía a arrebatarle todas las colonias, no sólo en las Antillas.

La guerra fue desigual. Estados Unidos era la gran potencia emergente, con una gran fuerza militar. España hizo lo que pudo. La flota española fue literalmente borrada del mapa en las batallas de Cavite (en Filipinas) y Santiago de Cuba, donde los norteamericanos hundieron una a una las naves españolas que salían del puerto. En agosto, la contienda estaba finiquitada: el imperio colonial español en América y el Pacífico había desaparecido.

Ninguna potencia europea movió un dedo por España. Francia y Gran Bretaña se frotaron las manos ante las oportunidades que se abrían tras la salida de los españoles de las Antillas y Filipinas. Alemania y Austria-Hungría emitieron comunicados de condena de la intolerable agtesión estadounidense a una nación amiga como era España. Nada más. Era el precio de la ausencia de alianzas fuertes que durante tanto tiempo había evitado Cánovas. Por cierto, Cánovas no vio el desastre pues había sido asesinado junto un año antes, en agosto de 1897. España se vio sola e indefensa cuando se encontró ante una guerra no deseada.

A final de año, se firmó la Paz de París en la que se cedieron Filipinas, Guam y Puerto Rico a Estados Unidos. También se reconoció la independencia, más teórica que real, de Cuba, que a partir de entonces sería un protectorado de Washington. Sólo le quedaban a España las diminutas islas del Pacífico (las Marianas y las Carolinas). ¿Qué hacer con ellas? Aquellos minúsculos territorios ni eran importantes ni productivos pudiendo traer más problemas que beneficios. El gobierno de Silvela los vendió a Alemania por veinte millones de pesetas, poniendo fin a trescientos años de presencia española en el Pacífico.

El "Desastre del 98" evidenció la decadencia española en el concierto de las naciones. El sentimiento de Cánovas era cierto: España no podía mantener unas colonias tan dispersas creía el estadista española y, en verdad, no pudo. El sentimiento de humillación fue más grande que las consecuencias económicas de la pérdida de las colonias. Muchos intelectuales apostaron por la regeneración del país. "Pan, escuela y doble llave al sepulcro del Cid" dijo Joaquín Costa. En otras palabras, desarrollo y progreso siguiendo el modelo europeo olvidando el glorioso pasado imperial que ya no existía. Pero el progreso resultaría difícil, al menos, de momento.
 

viernes, 11 de septiembre de 2015

EL DÍA QUE CAMBIÓ EL MUNDO

Los que han cometido este ataque no sobrevivirán
G.W. Bush, presidente de EE.UU.,
11 de septiembre de 2001





El 11 de septiembre siempre se recordará como el día en el que se llevó a cabo el mayor ataque terrorista de la Historia de Humanidad. Han pasado catorce años de unos hechos que cambiaron a la mayor potencia mundial y al resto del mundo. Todos podemos recordar aquellos momentos.

No era el primer atentado que sufría el mundo, ni Occidente, ni Estados Unidos. Sabemos que tampoco fue el último. Cientos de ataques se han llevado a cabo desde entonces. Uno de los más graves incluso lo vivimos en nuestras propias carnes, 911 días después de aquel 11 de septiembre, un 11 de marzo, en este caso de 2004.

Ya no existe Osama Bin Laden. La organización terrorista Al Qaeda está perdiendo influencia. Y el mundo árabe se enfrenta ahora a nuevos retos y a nuevos peligros. Pero sin duda, nadie puede olvidar aquellos acontecimientos que sirvieron como lección y advertencia a la nación más poderosa, a Occidente y al mundo entero. Aquellos acontecimientos marcaron quizá el fin de una época y el comienzo de una nueva.


“Estados Unidos fue golpeado por Alá en su punto más vulnerable, destruyendo gracias a Dios, sus más prestigiosos edificios”.Bin Laden, 7 de octubre de 2001



La televisión pública británica, la BBC, elaboró en 2011 (décimo aniversario) una línea del tiempo para comprender cómo y dónde pasó cada uno de los acontecimientos. Incluye videos y mapas para imaginar las trayectorias de los aviones secuestrados aquel día:

Hace unos años escribí esta crónica que recupero aquí sobre aquel día. Está basada en las informaciones aportadas por el suplemento especial del Domingo siguiente al 11-S por el periódico “El País”:

AQUEL 11 DE SEPTIEMBRE

“La torre se tambaleó de un lado a otro. Mis compañeros lloraban.Yo me caí al suelo y por las ventanas se veía llover trozos de hierro”.

Este es el escalofriante testimonio de uno de los supervivientes de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra el corazón financiero de los Estados Unidos: el World Trade Center. Bueno, para los norteamericanos ese día se resume en 9/11 que es también el número de teléfono de emergencia en aquel país.

Hace ocho años que el mundo cambió por completo. A las 8.45 (hora de EE.UU) un avión repleto de pasajeros de la compañía American Airlines que había sido secuestrado por terroristas se estrelló contra el edificio norte de Las Torres Gemelas de Nueva York. El impacto abrió un tremendo boquete en la torre que comenzó a arder.

Eso fue sólo el comienzo de un día muy largo. A las 9.03 un segundo avión se estrelló contra la segunda torre que también ardió. Y a las 9.43 un tercero contra el Pentágono, el símbolo de la inteligencia norteamericana. A las 10.05 se desplomó la torre sur como un castillo de naipes.

Manhattan se cubrió con una nube de polvo, papeles y escombros. Por si fuera poco cinco minutos después un cuarto avión se estrelló en el Estado de Pensilvania, iba dirigido a la Casa Blanca pero el heroísmo de los pasajeros impidió que llegase a su destino. A las 10.28 la torre sur del World Trade Center se derrumbaba.

Los mayores atentados de la Historia de la Humanidad que también fueron el primer acto de guerra contra los Estados Unidos en toda su Historia causaron más de dos mil muertos, hirieron el orgullo de la primera potencia mundial y cambiaron la perspectiva mundial de EE.UU que no tardaron en perseguir a los terroristas hasta el fin del mundo declarando la guerra a Afganistán.

Un ciudadano estadounidense demostró el ansia de venganza de la sociedad americana tras los ataques. En la puerta de su restaurante se podía leer:

“President Bush declare war on Afganastan tonight!!!”






Como una imagen vale más que cien crónicas escritas, éste es un resumen de la segunda edición del Telediario (TVE) de aquel 11 de septiembre de 2001. Aquel que casi todos vimos. El Telediario más largo de la Historia.




Han pasado catorce años de aquel atentado terrorista, pero sus consecuencias todavía las vivimos. Nosotros, los ciudadanos del tiempo presente, aún no tenemos perspectiva suficiente para comprender el alcance de aquellos instantes de la Historia de la Humanidad pero en el futuro, quizá se tome como el hito del fin de una época.

Y es que quizá dentro de algunos siglos, los historiadores del futuro relacionen aquel atentado del 11 de septiembre de 2001 y las invasiones posteriores de Afganistán (2001) e Iraq (2003) con las convulsiones que ha sufrido el mundo islámico desde entonces, donde, tras una frustrada Primavera Árabe, ha surgido un nuevo grupo terrorista, mucho más cruel, sanguinario, ambicioso y peligroso que Al-Qaeda, el Estado Islámico o Daesh. Y este nuevo actor internacional es la causa de los cientos de miles de refugiados que hoy (¡catorce años después de aquel 11 de septiembre!) están entrando en Europa huyendo de la guerra. 

Quizá, sólo quizá, dentro de algunos años, todos estos acontecimientos que acabo de mencionar se vean como un todo, como los engranajes de una cadena que sujeta esta época que ahora vivimos.





“La yihad continuará incluso si yo no estoy.” Bin Laden, septiembre de 2001

sábado, 15 de agosto de 2015

"NUNCA MÁS DEBEMOS REPETIR LA DEVASTACIÓN DE LA GUERRA"

Shinzo Abe, primer ministro japonés, 14 de agosto de 2015


Ayer, Japón y otros países asiáticos conmemoraron el final de la Segunda Guerra Mundial, del que se cumple ahora el 70º aniversario. El primer ministro nipón, Shinzo Abe, pronunció un discurso en el que, una vez más, pidió perdón por los desmanes cometidos por los ejércitos japoneses durante la guerra. Prometió, además, que Japón no volvería a repetir agresiones como aquellas y recordó el compromiso de su país con la paz.

En algunos países asiáticos que, entonces, fueron invadidos por los ejércitos nipones, como China, Corea del Sur o Filipinas, la réplica no se hizo esperar. Mandatarios de éstos y otros países han acusado al primer ministro Abe de falta de sinceridad en sus disculpas. Piden a las autoridades japonesas que asuman realmente la culpabilidad de su país, reconozcan las terribles atrocidades cometidas y visiten los memoriales a las víctimas (algo que nunca ha hecho un primer ministro japonés). [ver la noticia aquí y aquí]

Desde 1995, casi todos los primeros ministros japoneses han pedido perdón por la responsabilidad de Japón en la guerra. Una culpabilidad que no se puede negar. Ahora bien ¿es necesario seguir pidiendo perdón, setenta años después del final de la guerra, por aquellas atrocidades? El 57% de la población japonesa cree, a día de hoy que su país ya ha pedido perdón suficientes veces y empiezan a verlo como un acto de humillación. Por su parte, en países como China y Corea del Sur, se cree que Japón aún no ha reparado los daños morales causados en la Segunda Guerra Mundial. Tanto es así que la invasión japonesa de sigue distorsionando hoy la relaciones entre estos países y Japón.

Desde mi humilde punto de vista, esta situación roza, en la actualidad, lo absurdo. No cabe duda de que el militarismo y el expansionismo japonés fueron dos de las causas principales de la Segunda Guerra Mundial y los desencadenantes directos de la entrada de los Estados Unidos en la guerra. Tampoco hay duda de las atrocidades cometidas por los ejércitos japoneses en China, Corea, Filipinas o Indonesia: ejecuciones masivas, campos de concentración y de exterminio, violaciones, destrucción de campos de cultivo, etc. Pero, a pesar de todo, no debemos olvidar que la sociedad japonesa también sufrió durante la guerra y después de ella. Y tampoco podemos ni debemos obviar las tremendas atrocidades cometidas por los Estados Unidos y las otras potencias aliadas sobre los japoneses.

No se trata de dudar de la culpabilidad de Japón - igual que de Alemania - en la guerra, puesto que hacerlo sería, sencillamente, increíble. Se trata de ampliar la visión y de verlo todo con perspectiva. 

Vamos a comparar datos (todos ellos terribles): Alemania asesinó a casi 6 millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, en los seis años de contienda. En ese mismo periodo 2'5 millones de japoneses murieron en la guerra. Sólo el 6 de agosto de 1945, en la ciudad de Hiroshima, murieron 140.000 civiles japoneses tras la caída de la bomba atómica. Tres días después, lo hicieron otras 70.000 en Nagasaki y en los meses siguientes las cifras de muertos ascendieron a 180.000 y 140.000 muertos respectivamente a causa de la radiación. ¡Sólo en tres días murieron más de 200.000 japoneses! [ver crónica de aquellos días aquí]

Estados Unidos que, dicho sea de paso, fue uno de los grandes artífices de la victoria aliada en la guerra, nunca ha pedido perdón por el lanzamiento de aquellas bombas atómicas. Nunca se ha arrepentido de la muerte de cientos de miles de mujeres, niños y ancianos, no combatientes. La única diferencia entre Japón y EE.UU. es que el segundo país lo hizo en nombre de la libertad, la paz y la democracia. Pero las atrocidades son las mismas.

En el artículo titulado "Las bombas de Hiroshima y Nagasaki" que forma parte del brillante libro "Memoria del mal, tentación del bien" [puede leerse íntegro aquí], el filósofo Tzevetan Todorov reflexiona sobre los paralelismos existentes entre las atrocidades cometidas por los ejércitos del Eje y las atrocidades cometidas por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. La conclusión a la que llega no es definitiva pero puede resumirse en que la única diferencia entre las atrocidades cometidas por ambos bandos fue el fin último; en las potencias del Eje el objetivo era exterminar al enemigo para crear la sociedad perfecta de acuerdo con la ideología de sus líderes; en las potencias aliadas el objetivo era terminar la guerra, alcanzar la paz y consolidar la libertad y la democracia. Pero las atrocidades y los muertos, en ambos bandos, son los mismos.

Reflexiona además sobre las razones que llevaron a EE.UU. a lanzar las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki y a causar cientos de miles de muertes inútiles. En agosto de 1945, aunque los ejércitos japoneses seguían combatiendo, la guerra estaba próxima a su fin pues el avance de EE.UU. en el Pacífico era imparable. El Imperio nipón se derrumbaba y, por si fuera poco, la URSS le acababa de declarar la guerra. Según el autor búlgaro, EE.UU. usó las bombas para demostrar su poder a la URSS - cuando la rivalidad entre ellas ya se vislumbraba - y como forma de probar un invento que habían creado para ser empleado. En ningún caso su utilización se puede justificar en el deseo de terminar la guerra inmediatamente, pues esto se produciría en cualquiera de los casos.

Se puede ver al leer su reflexión que EE.UU. causó cientos de miles de muertes en balde porque, simplemente, no eran necesarias para terminar la guerra inmediatamente. Por esas muertes, ningún presidente de EE.UU. ha pedido perdón. La razón es también muy simple: EE.UU. ganó la guerra y lo hizo en nombre de la paz, la libertad y la democracia. Y nadie se atreve a exigirles que lo hagan porque parece que no tienen por qué (y quizá no lo tengan).

Aquí parece cumplirse el principio falsamente atribuido a Nicolas Maquiavelo de que "el fin justifica los medios". La inmediata rendición de Japón justificó aquellos cientos de miles de muertes en Hirsohima y Nagasaki a principios de agosto de 1945. Pero, insisto, esas muertes no dejan de ser una atrocidad como las cometidas por Japón durante la guerra.

No pretendo pedir aquí que EE.UU. pida perdón por aquellas muertes; ni excusar a Japón de los desmanes cometidos por sus ejércitos en China, Corea, Filipinas o Indonesia. Simplemente pretendo abrir un poco los ojos para dejar de pensar como hace setenta años. Japón fue culpable de la guerra (como Alemania) y lo pagó con creces (como Alemania). EE.UU. y sus aliados ganaron la guerra en nombre de la paz y la libertad pero eso no oculta que también cometiesen atrocidades y desmanes sobre sus enemigos. Por todo ello, las palabras del primer ministro Abe en su discurso de ayer, "nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" no sólo implican a Japón...

viernes, 5 de diciembre de 2014

LOS VENCEDORES NO EUROPEOS

EL DESTINO DE LOS VENCEDORES (II): EE.UU. Y JAPÓN



Vista aérea del distrito financiero de
Manhattan (Nueva York) en 1922



La Guerra de 1914 dejó un claro vencedor: Estados Unidos. Su intervención en la guerra había sido completamente decisiva y los aliados debían la victoria al gigante americano. El presidente Wilson se había convertido además en el arquitecto del orden internacional de posguerra. Sus catorce puntos brindaban la posibilidad de crear un futuro en paz.

Sin embargo, en 1919, la tras la firma de los numerosos tratados de paz, la situación a ojos de los políticos estadounidenses distaba mucho de estar resulta. El congreso de EE.UU. estaba inquieto ante posibles restricciones a su política exterior que los acuerdos podían suponer, incluida la nueva Sociedad De Naciones (SDN) impulsada precisamente por el presidente Wilson.

En 1920 el Congreso debía ratificar el Tratado de Versalles y su ingreso en la Sociedad de Naciones pero se negó a hacerlo. En su lugar, el sucesor de Wilson, W. G. Harding, buscó la firma de acuerdos de paz bilaterales con las antiguas potencias centrales. De esta forma, se volvía a la política de no intervención en los asuntos europeos que se mantuvo hasta bien entrada la década de los treinta.

A nivel interno, los años veinte fueron de gran estabilidad política y social y de gran progreso económico. La modernización de la producción industrial provocó el descenso de los precios y esto elevó el poder adquisitivo de los americanos. El nivel de vida aumentó, igual que la riqueza, lo que contribuyó al desarrollo del consumo. Se extendieron las formas de ocio: el cine, el teatro, la radio, la televisión, el fútbol, etc. Se celebraban diariamente fiestas y reuniones en las que los nuevos ricos exhibían las fortunas acumuladas en pocos años. Es la época que se conoce como "los felices años veinte".

También es una década de gran conservadurismo y xenofobia. El Ku Klux Klan triunfó sobre todo en las zonas rurales de EE.UU. donde la población veía con desdén a los inmigrantes africanos y sudamericanos que llegaban al país buscando un futuro mejor. En 1920 se promulgó, por otra parte, la "ley seca" que prohibió el consumo del alcohol e incentivó el contrabando ilegal de bebida alcohólicas. La ley se derogó en 1933.

"Los felices años veinte" llegaron a su fin en octubre de 1929 cuando la sobrevalorización de las acciones de las empresas se detuvo y la burbuja se pinchó. Su valor empezó a caer en picado arruinando a numerosos inversores y llevando a la quiebra a miles de empresas. El desempleo aumentó hasta los 15 millones de parados y la prosperidad de los años anteriores se esfumó por completo. La crisis económica se extendió por todo el mundo y sólo se superó tras la Segunda Guerra Mundial.

Al otro lado del Pacífico, Japón amplió su área de influencia tras la Primera Guerra Mundial gracias al control de las antiguas colonias alemanas en el Océano Pacífico: las islas Marshall, las Carolinas, las Palau y las Marianas. Además la Sociedad de Naciones transfirió a Japón la administración de Tsingtao, en China, aunque en 1922 fue devuelto al gobierno de Pekín.

Japón firmó varios tratados con otras potencias para asegurar el respeto al statu quo en el Pacífico y en Asia. El Tratado de las Cuatro Potencias, firmado con Francia, Gran Bretaña y EE.UU. garantizó las posesiones de esos países en el Pacífico. Por el Tratado de las Nueva Potencias, Japón garantizó la independencia de China.

Por otro lado, tras la guerra el sistema político fue democratizado parcialmente. El electorado se multiplicó por diez y en 1924 podían votar 14 millones de japoneses. En 1925 se introdujo el sufragio universal pero esta democratización no impidió que a lo largo de los años veinte las fuerzas ultranacionalistas e imperialistas alcanzasen el control del gobierno y del propio emperador a través del "Consejo de Estado secreto" y el "Senado militar".

El emperador Hiroito, el día de su coronación


Aunque el emperador Hirohito fue coronado en 1928, desde hacía años, el verdadero gobierno se encontraba en el ejército y en las fuerzas nacionalistas. En los años treinta, los grupos patrióticos y antidemocráticos vaciaron de contenido en sistema parlamentario lo que avocó a Japón a un régimen militar, imperialistas y nacionalistas en el que ni si quiera el emperador tenía poder para cambiar el rumbo.

El gobierno militar japonés ordenó la invasión de Manchuria en 1931 y la región fue convertida en el Estado títere de Manchukuo (el nombre japonés para esa región china) en pocos meses.  Japón continuó su política expansiva en los años siguientes lo que le llevó a ocupar la provincia de Tehol y la ciudad de Shanghai en 1935 tras brutales campañas que dejaron cientos de miles de muertos.

Progresivamente, Japón abandonó los acuerdos internacionales de posguerra y se acercó a las potencias fascistas. En 1933, la Sociedad de Naciones se negó a reconocer el Estado de Manchukuo y acto seguid Japón abandonó la organización. La política impulsada desde Tokio, autenticamente kamikace, llevó al Japón a una guerra contra China y a choques armados con Gran Bretaña y Francia en el Pacífico. Era el preludio de una nueva guerra, cuya dimensión no conocida hasta entonces, acabaría arrasando al Imperio del Sol Naciente unos años después.

Soldados japoneses en Manchuria (China)



*Más entradas sobre la Primera Guerra Mundial aquí.