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martes, 21 de mayo de 2024

A VECES PARECER ESTÚPIDO NO ES SUFICIENTE



- Sólo he enviado unos céntimos para pagar los cuidados de mi hijo enfermo.

- Eso no es cierto: su Majestad tiene cientos de millones de dólares en bancos suizos, lo dicen los informes de la embajada - respondió el oficial del ejército rebelde. 

Halie Selassie, emperador de Etiopía, miraba a los soldados con aparente perplejidad e inocencia, como si no entendiese lo que le estaban diciendo. Permanecía impasible, recto, enfundado en su uniforme militar. No volvió a pronunciar una palabra ni intentó defenderse. Estaba convencido de que no tenía motivo, de que no había hecho nada malo. Prefirió retirarse a sus habitaciones privadas a meditar. O a dormir la siesta.

Eran los últimos días de agosto de 1974, parte del ejército etíope se habían rebelado contra el emperador y la monarquía absoluta estaba derrumbándose. El negus, un anciano de ochenta y dos años, contemplaba cómo sus altos dignatarios eran destituidos y encarcelados, acusados de corrupción. Su palacio en Addis Abeba cada vez estaba más vacío y ya nadie respetaba su figura, otrora casi divina. Todo estaba perdido aunque él no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo. O, mejor dicho, no quería hacerlo. 

No nos engañemos: nadie es tan estúpido para no darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, de las consecuencias que tienen sus actos. Da igual que seas el emperador de un reino perdido en África o un ciudadano del siglo XXI. Otra cosa es que juguemos a la ambigüedad, a emborronarlo todo para confundir al otro; que finjamos que no entendemos nada, que todo nos pilla desprevenidos. Y en esto Halie Selassie era un maestro. Se presentaba como el honesto padre protector de su pueblo, preocupado por el desarrollo del reino, convencido ingenuamente de que todo marchaba bien, de que sus súbditos vivían felices, de que el país estaba desarrollándose. La realidad, por supuesto, era distinta.

Parecía no conocer los males que sacudían Etiopía. Encerrado en su palacio de Addis Abeba, no sabía que cientos de miles de sus súbditos morían cada año víctimas del hambre. Tampoco que había provincias del imperio en continua rebelión, donde señores de la guerra campaban a sus anchas. Y desconocía también la corrupción que pudría la administración del reino. Cuando algún periodista extranjero le preguntaba por estos temas, el negus se limitaba a no contestar. Si algún funcionario respondía por él, la fórmula más usada era "es un tema de máxima preocupación para el emperador".  

El emperador era un astuto embaucador. No hablaba en las reuniones, audiencias y banquetes, se limitaba a escuchar chismes, delaciones y quejas. La indiferencia, el fingido desinterés era otro rasgo de su comportamiento. Luego actuaba en su propio beneficio, para consolidar su poder. Los funcionarios y oficiales de palacio vivían en una incertidumbre constante, sin saber cuál sería el siguiente movimiento de su Majestad Imperial. Era impredecible. Podía destituirlos en cualquier momento o incluso mandarlos encarcelar. 

El emperador se situaba por encima de los rifirrafes ministeriales, de los errores del gobierno. Él no tenía culpa de nada, si es que ocurría algo malo, pues también se ponían en duda los informes y las noticias sobre la hambruna en tal provincia o la inseguridad en tal región. En otras palabras, se cuestionaba la verdad, lo evidente.

Pero todo era una patraña. Halie Selassie había construido un régimen autocrático en torno a su persona. Él decidía todo en Etiopía desde que subió al trono en 1930. Él sabía todo lo que ocurría en su reino. Él nombraba a los gobernadores de las provincias. Él elegía a los funcionarios de la administración del Estado. De él dependía la policía, el ejército, la educación, la sanidad. Era imposible que no se diese cuenta de la corrupción, del hambre, pero nunca asumió ninguna responsabilidad sobre los males que consumían su reino. Actuaba sin dar cuenta a nadie, sin importarle nada, sólo la lealtad a su persona. Todo en beneficio propio. Pero cuando todo acabó, cuando su obra saltó por los aires, quiso que lo vieran como un anciano inocente engañado por todos.

Halie Selassie, negus de Etiopía, inspirador del movimiento rastafari en Jamaica, murió en 1975, pero podría ser el arquetipo de ciudadano del siglo XXI. Individualista, caprichoso, excéntrico, incapaz de asumir la responsabilidad de sus actos. Mostraba interés con la indiferencia. El desinterés no era más que desprecio hacia los otros, desdén, ingratitud hacia el leal, al incondicional, a quien permanecía a su lado.  

Su comportamiento no era claro ni preciso, sino desdibujado, ambiguo. Todo era un sí, pero no; un quizá; una posibilidad remota. Nada era seguro, nada estaba definido. El emperador no tomaba decisiones, ni siquiera en los momentos críticos, las dilataba en el tiempo. Como una avestruz, escondía la cabeza ante los conflictos, no daba la cara. Y, por supuesto, no le importaban sus súbditos que lo respetaban, que lo veneraban. Exactamente igual que al individuo del siglo XXI, que actúa sin importarle el daño que puede causar al otro, al compañero, al amigo, a quien le quiere.

La imagen de anciano afable, pero ingenuo, encerrado en la candidez de un mundo perfecto aislado del exterior es también similar a la de muchos hoy. La ignorancia, el desconocimiento, la torpeza o incluso la estupidez se usan para justificar cualquier comportamiento, cualquier error; y para no asumir el estropicio hecho al prójimo. Pero a veces, la estupidez no es suficiente. A veces, la ingenuidad o la ignorancia acaban colmando la paciencia del perjudicado, del campesino hambriento. Ya lo hemos dicho: nadie es tan estúpido para no darse cuenta de lo que ocurre en el mundo, en su mundo. Y al final las mentiras no valen, los cuentos cansan y la gente se harta.

Halie Selassie fue depuesto por el ejército revolucionario en septiembre de 1974. No se puede engañar a todos todo el tiempo. La paciencia tiene un límite y el sufrimiento, también. A veces, un basta hace saltar todo por los aires y ya no hay marcha atrás, la mentira se derrumba. Al final nadie se creía ya la supuesta honradez del emperador, todos sabían que era el artífice del gobierno corrupto y depravado que había gobernado Etiopía durante casi medio siglo. 

Dando una muestra más de fingida candidez, afirmó en aquellos momentos críticos de la historia etíope: "si la revolución es buena para el pueblo, estoy a favor de la revolución". Y sumido en este juego, acabó perdiendo el juicio. Cuando murió, unos meses después, lo hizo creyendo firmemente que seguía siendo emperador de Etiopía, que su mundo extravagante y estúpido era real y que todos sus actos habían sido correctos. Pero su pueblo, misérrimo y hambriento, había dicho basta.


Halie Selassie, último emperador de Etiopía

domingo, 17 de marzo de 2024

TIMBRES DE GUERRA


Hace algunos días hablábamos en la clase de 4° de ESO sobre las causas que llevaron a la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918). Hablábamos de la Triple Alianza, de la Triple Entente, de la carrera de armamentos, de los conflictos en lejanas tierras africanas y de los problemas europeos, en los Balcanes. Hablábamos, en definitiva, de la Paz Armada, ese periodo previo a la Gran Guerra en el que todo el mundo en Europa se preparaba para una conflagración que muchos veían inevitable.

Una alumna, sorprendida por todo esto, preguntó cómo había sido posible. "Si estaba claro que iba a haber una guerra, ¿por qué nadie hizo nada para evitarla?" Y añadió oportunamente: "Parece que todos querían la guerra". Muchos de sus compañeros me miraron esperando una respuesta, creyendo ingenuamente que el profesor tiene respuestas para todo.

Y, entonces, otra muchacha hizo una de esas preguntas que hacen la docencia mucho más fácil. Una de esas escasas preguntas lúcidas llenas de curiosidad y coherencia que allanan el camino al enseñante: "¿Y esto no es lo que está pasando ahora?". Entonces recordé las frases que hace unas semanas pronunció la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ante el Parlamento Europeo: "La amenaza de una guerra puede no ser inminente, pero no es imposible". En su discurso, von der Leyen hizo un llamamiento a las naciones europeas para armarse ante un posible conflicto con Rusia. En otras palabras, la Unión Europea se prepara para la guerra.

Aquella pregunta inocente de la alumna sirvió en bandeja la conexión entre el pasado y el presente. Pude utilizar el presente para explicar el pasado y al revés. Aquella pregunta mostró con esplendor la razón de ser de la Historia, maestra de vida, maestra del presente. Comenté a los alumnos lo que estaba ocurriendo, las palabras de la presidenta de la Comisión y el alcance que podrían tener. Les mostré también el titular del periódico "El País" de uno de esos días: "Europa se prepara ya para un escenario de guerra". ¿No es esto una carrera armamentística? ¿No estamos viviendo una paz armada? 

Muchos de los alumnos no pudieron evitar mostrar perplejidad y algo de temor. Los comentarios fueron diversos. La mayoría susurraron al compañero del pupitre de al lado. Algunos se atrevieron a compartir en alto lo que pensaban: "¿Pero cómo va a haber una guerra en Europa?", exclamó uno; "Aunque haya una guerra, a España seguro que no nos afecta...", apuntó otro; "Y si hay una guerra, ¿vamos a tener que ir a luchar nosotros?", preguntó otra compañera. 

Temí, por momentos, haber alarmado demasiado a los alumnos. Pero aquellos muchachos mostraron el sentir de una sociedad europea que vive en una burbujita ensimismada en su propio bienestar que cree inmutable. Por supuesto, las palabras de algunos líderes europeos (se han sumado a las de von der Leyen, Macron y Scholz) no quieren decir que vaya a haber una guerra, pero sí que existe el riesgo. La guerra de Ucrania, que ya dura demasiado, nos enseñó que Europa no es ajena a los conflictos bélicos. La retórica belicista de Putin, que amenaza abiertamente a Europa occidental, tampoco es una fantasía. Todo son palabras, pero las palabras son reales. Todo es real, nos guste o no. 

La sociedad europea de la Belle Époque, a comienzos del siglo XX, también vivía complacida ante la idea de un progreso permanente sostenido por los avances tecnológicos. Los millones de jóvenes que murieron en las trincheras entre 1914 y 1918 no pensaban en la guerra antes del verano de 1914. Vivían ajenos al polvorín que se estaba creando en Europa. Muchos incluso acogieron con euforia la declaración de guerra en el verano de 1914. Luego descubrieron la cruda realidad: la destrucción, el hambre, las mutilaciones, la muerte. 

A veces, la Historia, como la vida, se encamina irremediablemente hacia un punto que nadie quiere, pero que parece difícil de evitar. A veces, hay que enfrentarse a lo que uno menos espera. Los Estados europeos de 1914 estaban preparado para la guerra, pero sus pueblos, a pesar de la mentalización previa que se llevó a cabo, es probable que no lo estuviesen. Quizá pasa lo mismo ahora. 

Cuando el timbre chirriante estaba a punto de indicar el final de una clase que había transcurrido por caminos no previstos (como muchas), un alumno mostró una actitud contraria a la del resto: "Putin invadió Ucrania porque le dio la gana. Si nos ataca, ¿qué tenemos que hacer? ¿Dejarnos? A lo mejor tenemos que defendernos, ¿no?". El resto de muchachos lo miraron con asombro y luego dirigieron sus ojos hacia mí, justo en el momento en el que, en efecto, el timbre comenzó a sonar. Yo no supe más que recordar una cita, creo que de Napoleón, que leí hace tiempo en algún sitio. La pronuncié en alto, mientras los adolescentes metían atropelladamente los libros y los estuches en sus mochilas. La mayoría, como suele ocurrir, ni siquiera la escuchó, pero alguno se quedó pensativo unos instantes:

"En la guerra, como en el amor, para terminar es necesario verse de cerca".




viernes, 22 de diciembre de 2023

ZWEIG, PAZ EN DÍAS MALOS



En febrero se cumplieron ochenta y un años del suicidio de Stefan Zweig, junto a su esposa, en la ciudad brasileña de Petrópolis. Corría 1942, plena Segunda Guerra Mundial, y el escritor austríaco no pudo soportar la idea de un triunfo nazi. Después de tantas décadas, su obra ha quedado ahora libre de derechos de autor y proliferan las ediciones y las reproducciones de sus novelas, biografías y cartas.

Era un día frío y lluvioso de finales de febrero. Era un mal día, de hecho. Los ha habido muy malos este año. Entré en la librería y mis ojos repararon en un libro grueso y pesado de llamativa portada: "Stefan Zweig. Cuentos completos". Había leído algunas de sus obras, pero nunca había imaginado acceder a todas sus novelas de una vez. Lo ojeé unos minutos dudando si comprarlo o no. Siempre he creído que son los libros los que eligen a uno en el momento adecuado para ser leídos y no al revés. Y este libro me eligió a mí aquel día.

El libro grueso de Zweig ha estado conmigo estos meses, me ha acompañado largas semanas. Algunas veces esperaba paciente en la estantería o en la mesa. Otras, entre mis manos, me deleitaba con alguna historia. Leer implica atención, concentración, y cuando la mente zozobra me es difícil dedicar tiempo a la lectura, como ha ocurrido últimamente. Pero muchas de sus novelas cortas fueron la dosis idónea de distracción en algunos momentos difíciles de este año. 

A fin de cuentas, las novelas de Zweig tienen mucha vida. Son retales de cualquier vida. Hablan de miedo, de traición, de ilusión, de esperanza, de amor, de desesperación. En ellas, uno puede rastrear su vida. Compartir su existencia. Y uno, que lee con atención y con lápiz en la mano, marca cuidadosamente las frases que le llegan al alma, que se clavan en la conciencia irremediablemente. Y que dan lecciones de vida. Citas que, como dije ya en otro texto, uno puede aplicar a cualquier momento de su vida. Que puedo aplicar a este año que ahora termina. 

Cuánta verdad hay en esta frase que habla de los momentos decisivos de la vida, los instantes que marcan un antes y un después en la existencia de uno. Son aquellos segundos que determinan años, que dejan su impronta de por vida. Hablé de ello en una entrada en mayo:


Y esta otra, que habla de la unión de dos espíritus a través del recuerdo. Los recuerdos, la memoria, construyen, al fin y al cabo, una parte de nuestro ser y nos unen aunque la distancia, el tiempo y las circunstancias nos separen:


Quizá una de las obras más famosas de Zweig sea "Carta de una desconocida", el relato de un amor apasionado, atormentado, irreal. Un párrafo hiela el alma al leerlo por la humildad y la resignación que transmite: 

"Veinticuatro horas en la vida de una mujer" es otro de los clásicos de Zweig. ¡Cuánto puede cambiar la vida de alguien en solo un día! Una decisión correcta, un error torpe, un acto de valentía o de cobardía, una persona que se cruza en el momento oportuno. Cuántos sentimientos encontrados y contradictorios:


Y esta frase es una de las más sensuales que he leído nunca. Rebosa amor, ternura, erotismo... a pesar de que la pareja en cuestión está esperando un terrible destino:

Y permitidme que termine con otra bien distinta. Aquí, Zweig habla de los libros y de su poder para detener el tiempo y para compartir ideas a través de generaciones. En "Mendel, el de los libros" cuenta la vida de un apasionado de los libros cuya existencia se ve truncada por la maldita guerra. 


Es como si Zweig hablase a uno a través de sus novelas. Como si, en cada frase, en cada historia, el escritor austríaco quisiera darnos una sutil lección de vida. Con ese estilo calmado, pero inclemente, directo, en el que cada párrafo, cada frase, cada palabra está elegida a conciencia, Zweig da paz aunque los días sean malos.







sábado, 22 de julio de 2023

OPPENHEIMER: AYER, HOY, MAÑANA


"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos"

R. Oppenheimer


Las tres horas de "Oppenheimer" descubren a un hombre desconocido, alumbran el mundo en el que vivimos y plantean un dilema moral ajeno a muchos de nosotros hasta ahora. Se trata de un thriller histórico que te mantiene expectante hasta el último minuto y va más allá del (ya de por sí trepidante) desarrollo de la bomba atómica.

Robert Oppenheimer murió en 1967, pero no hace falta decir que su influencia se extiende hasta el presente. En un contexto internacional actual, en el que el dictador ruso amenaza directamente con el uso del armamento nuclear en la guerra de Ucrania, la figura del llamado "padre de la bomba atómica" no es en ningún caso insignificante. Oppenheimer es uno de los personajes más destacados del siglo XX, aunque sea desconocido para los individuos del XXI.

El mundo en el que vivió Oppenheimer era muy diferente al actual, pero cambiante, como este. Cuando empezó a trabajar en el Proyecto Manhattan (que daría a luz a la bomba atómica) corría el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Los enemigos de EE.UU. eran los nazis, que estaban desarrollando su propio armamento nuclear. Los soviéticos eran, entonces, unos aliados incómodos, pero aliados, al fin y al cabo. Pocos años después, derrotada Alemania y muerto Hitler, fue la Unión Soviética el gran enemigo de EE.UU. y con quién habían de competir por el desarrollo de armas cada vez más destructivas. Los tiempos cambian; los enemigos, también.

La película plantea el dilema moral sobre el uso de la bomba atómica. Oppenheimer, líder del equipo de científicos que la desarrolló, se opuso, después, a su uso y apostó abiertamente por la negociación entre las naciones para detener una carrera armamentística que podría destruir el mundo. Fracasó, como es sabido. Y, además, le granjeó enemigos personales, como Lewis L. Strauss. Nuestro protagonista fue, no obstante, un hombre controvertido, pues estuvo vinculado al Partido Comunista en sus años jóvenes, algo intolerable en los Estados Unidos de los años 50.

¿Estuvo justificado el uso de la bomba atómica contra Japón en agosto de 1945? Esta es la gran pregunta imposible de contestar. Por supuesto, la película no lo hace. ¿Hasta qué punto fue responsable Oppenheimer de la muerte de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki?

La Física cuántica, el mal y la culpa recorren la película de principio a fin. De la primera no voy a hablar; de las otras dos, un poco. El mal lo impregna todo, desde el desarrollo de la bomba atómica en el laboratorio de Los Álamos hasta las acusaciones de traición contra Oppenheimer por sus actuaciones filocomunistas décadas antes. Y, junto al mal, la culpa por todo ello: por el desarrollo de un arma tan destructiva, por el uso de la bomba atómica sobre Japón y por las simpatías hacia el comunismo en otros momentos de la existencia. El pasado impregna el presente y el futuro.

La idea que obsesiona a Oppenheimer durante toda la cinta es la posibilidad de que la detonación genere una reacción en cadena que afecte a la atmósfera y provoque la destrucción del mundo. "¿Me está diciendo que hay una probabilidad de que al pulsar ese botón destruyamos el mundo?". Al final, Oppenheimer se da cuenta de que la reacción en cadena se ha producido: una carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética por producir armas cada vez más mortíferas que él intentó detener si éxito.

Hoy, en pleno siglo XXI, esa reacción en cadena sigue imparable. Además de Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte poseen cabezas nucleares. ¿Quién será el siguiente? 






PARA LEER MÁS: "Nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" (15 de agosto de 2015)

martes, 18 de julio de 2023

CITAS


Un café solo con hielo, por favor - pido al camarero en esta calurosa tarde de julio. Enseguida lo sirve. Antes de verter el café en el vaso con los hielos abro el sobrecito del azúcar. Luego mis ojos se fijan en la cita que tiene impresa y no puedo evitar esbozar una tímida sonrisa: "La vida es como montar en bicicleta, para mantener el equilibrio no hay que dejar de pedalear. Albert Einstein."

En una sociedad de eslóganes, titulares y tuits, las citas y las frases al estilo Mr. Wonderful son recurrentes. Están en todas partes. En realidad, cualquiera de estas frases sirve para todos pues todos podemos aplicárnoslas en un sentido u otro. Nos persiguen en las redes sociales, en los anuncios o incluso en los sobrecitos del azúcar, pero, aún así, cuando las leemos parece que alguien las puso ahí para nosotros.

De camino a casa suena una canción en la radio del coche. La conocía, pero hacía tiempo que no la escuchaba. Mi mente la había olvidado, pero ahora parece que alguien cree que es momento de recuperarla. Y encaja. Una estrofa dice: "Yo te confieso que no me arrepiento. Y aunque estoy sufriendo, podría ser peor..." Ahí es nada. Mis acompañantes hablan despreocupadas, pero esas palabras de Morat y Juanes me llegan a lo más profundo. Igual que las de Einstein.

Parece que la vida, con sus citas caprichosas, manda mensajes que alivian a uno por momentos, como píldoras contra una enfermedad. Corren semanas malas, desde luego. Semanas de preguntas sin respuestas.

Ya en casa, repaso en la estantería los libros que allí esperan, que llevan esperando pacientemente demasiado tiempo a que les atienda. No ha sido posible, al menos, hasta ahora. Aún tienen que esperar algo más, me temo. Al coger uno de ellos, cae una nota al suelo en la que escribí hace unos meses una frase del "Quijote". Otra cita dichosa que se empeña en cruzarse en mi camino hoy: "Uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son..." le dice en el Capítulo XVIII "el de la Triste Figura" a su escudero Sancho.

Claro que Cervantes pone esta frase en boca de don Quijote justo en el momento en el que el loco de la Mancha va a batir un rebaño de ovejas y cabras convencido de que se trata de un gran ejército enemigo. La frase, no obstante, no pierde un ápice de verdad porque don Quijote es un idealista y lucha aunque todo esté en contra. Da la sensación de que el destino tiene interés especial en que lea yo estas citas en este momento, y actúa como Pulgarcito con sus migas de pan en el bosque. 

Y luego están las frases de autoayuda que inundan las redes sociales, que proliferan en Instagram, en Twitter, en WhatsApp... Y todas sirven para las situaciones más variadas, aunque, insisto, son perfectas para que cada uno se las aplique a sí mismo le ocurra lo que le ocurra. Por la noche, en el periplo errante por estas aplicaciones, leo una frase con atención: "No te hagas responsable de los sentimientos de otros." Frunzo el ceño, molesto con semejante afirmación. Es cierta, en el fondo, aunque no guste. 

Sigo pasando tuits en un movimiento de pulgar inconsciente, de abajo a arriba. Tropiezo entonces con otro hilo de frases célebres, aunque no sé si alguien célebre las pronunció. Me temo que no. La mayoría son lugares comunes, cosas obvias. Nadie importante las dijo nunca, pero casi todos las hemos pensado a veces. Las leo rápido, una tras otra, como queriendo evitar que una de ellas atrape mi mente y la zarandee más. Entonces, llego a la última y caigo en la trampa: "Cuando la gente sabe que hizo mal, te evita." 

Era lo que me faltaba por leer hoy. Me voy a la cama.



sábado, 3 de junio de 2023

EL INSTANTE DECISIVO


En estos días de junio, de finales de curso, de tormentas y de emociones revueltas, uno parece asomarse, irremediablemente, al abismo. Y mis pensamientos se cruzan con demasiada frecuencia con las palabras del austríaco Stefan Zweig. En el prólogo de su más célebre obra, 'Momentos estelares de la humanidad', sintetizó de manera magistral lo que es la Historia y la vida:

"Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide."

Y es que en la Historia, el tiempo pasa, en su mayor parte, sin sobresaltos destacables, sin que nada relevante suceda, y así durante años, durante décadas, durante siglos. Y, de pronto, algo extraordinario rompe esa monotonía y lo cambia todo, lo decide todo e impulsa a las sociedades hacia el futuro. Generaciones enteras dependieron (y dependen aún) de lo que ocurrió en esos instantes concretos que, como dejó escrito Zweig, pudieron ser un día, una hora o, incluso, un minuto en la inmensidad del tiempo. Baste recordar aquel 9 de mayo de 1453, el 12 de octubre de 1492 o el 11 de noviembre de 1918. Instantes, todos ellos, determinantes del pasado.

Esta reflexión sirve también para la vida. Podríamos definirla como el tiempo que transcurre entre los momentos decisivos de nuestra existencia, que, a menudo, no son más que un puñado de instantes. A veces, durante días, semanas o años, nada extraordinario nos sucede, pero, entonces, parece que la energía acumulada en ese tiempo se comprime en un punto que lo decide todo. Es como si en esos momentos diésemos una patada al tiempo, en una dirección u otra, pero siempre hacia adelante.

Pero esos instantes esenciales de la vida son, a veces, el resultado de un largo proceso que se prolonga en el tiempo. Igual que en la Historia, todos los acontecimientos tienen sus causas remotas y cercanas. Igual que nada se puede comprender sin atender a sus antecedentes, a sus orígenes y su detonante, en nuestra vida ocurre lo mismo. La mayor parte de esos instante decisivos son fruto de decisiones meditadas, resultados de planes bien trazados. Otros, en cambio, son hijos de la fortuna y el azar, que interviene, sin que nadie la llame, en la vida de unos y otros. 

Uno se detiene a pensar por un momento los instantes decisivos que marcan la vida de una persona. Uno piensa, por ejemplo, en el nacimiento de un hijo, que lo cambia todo. Y también en el lapso fugaz en el que conoces al amor de tu vida. El instante en el que firmas la compra de tu casa. También la muerte de un padre o de una madre es determinante. Y, mucho más, la muerte de un hijo.

Y también son instantes decisivos el final de una etapa, sea cual sea, a nivel personal, académico o laboral. También, el primer día de trabajo. Y el último. El momento en el que vas a realizar el examen que podría cambiar tu vida y para el que llevas estudiando demasiado tiempo. Y la entrevista de trabajo en la que, por fin, sonríe la suerte. Un momento clave también es aquel en el que uno, consigo mismo, toma una decisión que le ha costado mucho. Un paso adelante arriesgado, o no, pero dado con arrojo y valentía. Todos cambian a una persona, la impulsan hacia adelante, la ayudan a construir su vida. 

Esos instantes nos pueden zarandear más de lo que imaginamos. Casi nos pueden hacer zozobrar, como si fuésemos navíos en medio de la tempestad. Pero, después, más tarde o más temprano, siempre vuelve la calma, la monotonía. Y la energía desatada en ese punto que lo alteró todo se disipa por un tiempo, hasta que las circunstancias confluyan de nuevo en otro momento determinante. 

En medio del fragor de esos momentos tan dramáticos, tan cruciales, no sabemos, a veces, si el resultado será mejor o peor, si será bueno o malo. Lo que está claro es que lo cambian todo irremediablemente, abren nuevos caminos y despejan nuestros límites, creando otros. Otra vez, las palabras de Zweig,  "un único 'sí', un único 'no', un 'demasiado pronto' o un 'demasiado tarde' hacen que ese momento sea irrevocable...". El abismo al que uno se asoma y que puede cambiarlo todo.


domingo, 5 de febrero de 2023

GRANDES HOMBRES, PEQUEÑOS HOMBRES





Nikita Jruschov y Jackie Kennedy


A finales de noviembre de 1963, la primera dama viuda de Estados Unidos, Jackie Kennedy, pasaba sus últimas noches en la Casa Blanca. Eran días terribles para su familia, de una desesperación tormentosa. Su marido, John F. Kennedy, había sido asesinado el día 22 de ese mes en Dallas, Texas. El magnicidio había impresionado al mundo entero y había destrozado su familia. 

En aquellos turbulentos instantes, Jackie Kennedy escribió una breve y emotiva carta al líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov. Firmada el primero de diciembre de 1963, apenas nueve días después del asesinato, la viuda quiso agradecer al líder soviético las muestras de cariño que había recibido. El embajador soviético asistió al funeral en Washington y la esposa de Jrushchov abandonó entre lágrimas la embajada estadounidense en Moscú tras firmar en el libro de condolencias. 

John F. Kennedy y Nikita Jruschov eran adversarios políticos, líderes de las dos superpotencias que se repartían el mundo. Sus personalidades eran también muy diferentes. El norteamericano era un galán atractivo y culto, perteneciente a la high class de Estados Unidos. Jruschov había nacido en una familia pobre de Rusia y tenía un temperamento impulsivo y brutal. Estas diferencias no les impidieron buscar un entendimiento incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, como la Crisis de los Misiles (octubre de 1962). 

En su misiva, enviada después de los funerales de su marido, Jackie Kennedy destaca todo ello. Y anima al líder soviético a continuar las relaciones cordiales con el nuevo presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson. Una de las frases de la carta llama la atención por la profunda sinceridad con la que está escrita:

"Mientras los grandes hombres son conscientes de cuán necesarios son el autocontrol y la contención, a veces los pequeños se dejan llevar por el miedo y el orgullo."

Jackie Kennedy destaca aquí el valor de la prudencia en aquellos cuyo destino es dirigir el mundo. Dice: "El peligro que inquietaba a mi esposo era que la guerra podían empezarla no tanto los grandes hombres como los pequeños." Aludía a la necesidad de evitar a toda costa una guerra entre las dos superpotencias que llevaría, inevitablemente, a la destrucción del planeta. 

Pero con estas palabras, la primera dama da también una lección de vida. ¡Cuántas veces son necesarias la templanza y la sangre fría en la vida diaria! ¡En cuántas ocasiones la altura de miras y la serenidad nos permiten lograr grandes metas!

La impaciencia y la impulsividad pueden provocar, según Jackie Kennedy, las peores tragedias imaginables. Y por eso se deben prevenir los impulsos irracionales propios de mentes poco despiertas, de pequeños hombres que se dejan llevar por instintos incontrolables. En la vida ocurre algo así también. Los deseos desenfrenados, viscerales nos hacen, algunas veces, errar y nos alejan de las metas marcadas.

La inteligencia, sin embargo, nos obliga a actuar con esmero y sobriedad. La prudencia es, en todos los casos, una virtud porque evita decisiones irreflexivas y precipitadas. Las grandes empresas de nuestra vida requieren esfuerzo y grandes dosis de moderación y prudencia para elegir los caminos y las estrategias acertadas. La toma de decisiones (de cualquier decisión) lleva su tiempo y requiere una reflexión previa que debe ser más o menos profunda dependiendo de la magnitud de la meta a la que nos enfrentemos. 

Eso es, en definitiva, lo que diferencia a los "grandes hombres" de los "pequeños", según Jackie Kennedy: la capacidad para valorar la situación en la que estamos, estudiar la metas que queremos lograr y actuar en consecuencia. Los "grandes hombres" son capaces de hacerlo, actúan con mesura y culminan con éxito su trabajo. Los "pequeños hombres" se apresura, actúan instintivamente, y fracasan, poniendo en riesgo, también la ilusión que acompaña cualquier proyecto, cualquier designio. De nuevo, la Historia nos da una lección de vida. 




lunes, 23 de enero de 2023

CATORCE DÍAS DE FELICIDAD

Abderramán III y el emperador Adriano


Es una oscura tarde de domingo de enero. Los termómetros en el exterior marcan varios grados bajo cero. Es mejor no salir de casa si uno no quiere congelarse. Pero la mente está inquieta, turbada. Es imposible hacer nada que requiera concentración. Intento leer, ver una película. Imposible. Los pensamientos, que vienen y van, lo impiden. 

A veces la mente es un caballo desbocado que no se detiene por mucho que tires de las riendas. Necesita desahogarse, aliviarse. Uno saldría a dar un paseo, a que le dé el aire, pero no es el momento. Son malos días los de enero. Me levanto del sofá como un resorte y miro los libros de la estantería. Cojo uno de ellos. Trata sobre cartas que cambiaron la Historia.

Lo leí hace algún tiempo y llevaba desde entonces en la estantería, ignorado. Ahora lo vuelvo a abrir y las cartas, por supuesto, siguen ahí. Lo ojeo. He olvidado la mayoría de ellas. Mis pensamientos no me permiten leer varias páginas seguidas, pero sí pequeños fragmentos. Paso las hojas rápido como queriendo encontrar algo que no sé lo que es. Supongo que mi mente busca una distracción para ese momento. Busca desbloquearse pasando hojas, quizá. 

Entonces mis ojos se detienen en una página, casi al final del libro. Y leo con atención el texto sin mirar siquiera su autor:

"He reinado más de cincuenta años en paz o en victoria, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. He dispuesto fácilmente de riquezas y honores, poder y placer; ninguna bendición terrenal parece haber faltado a mi suerte. En tal situación he tenido la diligencia de enumerar los días de felicidad pura y genuina que me han correspondido: ascienden a catorce. ¡Oh, hombres! ¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!"

Mi vista asciende buscando al autor de semejantes palabras. Es Abderramán III, primer califa de Córdoba (929 - 961). ¿Es posible una lección de humildad tan extraordinaria como esta?

Abderramán III era el heredero de la dinastía Omeya, asentada en Al-Ándalus desde tiempos de Abderramán I "el Emigrado" (756). Subió al trono, como emir de Córdoba, en el 912 y, después de pacificar el reino y consolidar su poder, se vio lo suficientemente poderoso como para proclamarse califa en el año 929. Esta osadía lo enfrentó a los Abasidas de Bagdad y a los Fatimíes de El Cairo. Su reinado fue el periodo de mayor esplendor de Al-Ándalus.

En aquellos momentos, Córdoba era una de las ciudades más populosas del orbe, un cruce de caminos entre Europa y África. Hasta allí viajaban gentes de todos los lugares del mundo. El califa cordobés era uno de los gobernantes más respetados. A él acudían embajadas de los reinos cristianos peninsulares para rendirle pleitesía. El lujo y la suntuosidad de Córdoba sólo eran comparables a los de Bizancio y Bagdad. Y Abderramán III fue el artífice de todo ello y quien disfrutó de una posición social, política y económica inigualable. Lo tenía todo a su alcance, podía lograrlo todo. No había nada imposible para él y, sin embargo, no fue suficiente. 

En los últimos días de su existencia, cuando sus fuerzas flaqueaban y el final estaba cerca, reconoció que no había sido feliz más que catorce días en su vida. Una vida, por cierto, bastante larga, porque vivió setenta años, algo raro en el siglo X. Así lo transmitió en esta epístola destinada a sus sucesores, en especial a Alhakán II, quien estaba llamado a convertirse en el nuevo califa. 

Vuelvo a leer con detenimiento el texto que me ocupa, como queriendo exprimir su mensaje al máximo. Para que nada se pase. Es, sin lugar a dudas, una lección de vida y de sencillez. Y al final de la lectura, uno se pregunta qué mensaje quiso realmente transmitir el califa: "¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!" dice al final. 

Por un segundo, la mente inquieta de antes se calma. El caballo desbocado se detiene y los pensamiento se serenan. No hay nada como dar alimento a la mente para que esta recupere el sosiego y se centre. De inmediato sigo pasando páginas, como queriendo leer otra carta del califa cordobés que me aclare el mensaje anterior. Pero el azar me lleva a Adriano, uno de los emperadores hispanos de Roma (s. II d.C.). Curiosamente también escribió unas palabras a sus herederos antes de morir:

"Almita mía, blandita y cariñosa,
del cuerpo huésped y compañera,
¿hacia qué lugares partirás,
palidita, yerta y desnudita,
donde no bromearás como solías?"

El enigmático mensaje de este hombre que vivió hace más de mil ochocientos años calma por completo mi azorada mente y la sumerge en la confusión. Es otra lección de la Historia, al fin y al cabo. ¿Hacia dónde partirá el alma? ¿Dónde encontrará la felicidad que los placeres del mundo le niegan?

domingo, 24 de julio de 2022

DIEZ AÑOS DESPUÉS. LIBERTAD Y CORAJE


Hace diez años, el 23 de julio de 2012, publiqué la primera entrada de este blog. Llevaba por título toda una declaración de intenciones: "La búsqueda de la felicidad". Y a la vez era también una introducción a los textos que después publicaría aquí.

Desde aquel verano caluroso, pero no tanto como el actual, ha pasado para el mundo, para vosotros y para mí, una década. Diez años en los que han ocurrido (nos han ocurrido) muchas cosas, buenas y malas. No quiero hacer aquí un resumen de este tiempo porque resultaría demasiado tedioso. Tan solo quiero compartir unas breves reflexiones.

Aquel texto de hace diez años comenzaba con una cita de uno de los primeros historiadores griegos, Tucídides: "La Historia es un incesante volver a empezar." Podríamos modificarla nosotros: la vida es un incesante volver a empezar. Ya sabemos que la Historia es la maestra de la vida, como dejó escrito Cicerón: "Historia vita memoriae, magistra vitae".

El mundo de 2022 es muy distinto al de 2012 pero, paradójicamente ambos mundos están en crisis, en transformación. El mundo del 2012 apenas salía de la Gran Recesión y el de 2022 está sumido en la crisis provocada por la pandemia del coronavirus y por la guerra de Ucrania. Hace diez años, el mundo era frágil e inestable. Hoy es mucho más impredecible, más caótico. 

Quien esto escribe también es muy distinto a aquel muchacho que abrió el blog hace diez años. La inocencia se pierde con el tiempo, algunos sueños se cumplen, otros están aún por cumplir y aparecen nuevos retos y esperanzas en el futuro. Todo lo vivido en diez años ha transformado a uno, lo ha hecho más consciente de la realidad en la que vive y ha abierto nuevos horizontes.

Una vez leí que a medida que se cumplen años, las personas se dan cuenta de que los sueños que tenían de adolescentes y jóvenes nunca se cumplirán. Muchos de los sueños que yo tenía con veinte años se han cumplido una vez alcanzados los treinta. Otros no. Otros aún esperan a ser realizados. Otros sueños y esperanzas han cambiado. Y hay anhelos nuevos que esperan su momento. Cuando logras uno, aparece otro. Cuando cierras una etapa, se abre otra. La vida es un incesante volver a empezar. 

A pesar del paso del tiempo, hay muchas cosas que permanecen con nosotros. Que continúan diez años después. La vida, como la Historia, no se repite, pero tiene algo de cíclica. Parece que hay cosas que siempre vuelven, como fantasmas de un pasado que no se resigna a desaparecer. Nuestra esencia permanece con nosotros por mucho que el tiempo nos cambie. 

En esta década que transcurre entre 2012 y 2022 ha pasado de todo en el planeta. También os ha pasado de todo a vosotros. Y me ha pasado de todo a nivel personal, como individuo insignificante en el mundo. Este blog es un magnífico registro de ello. Siempre he tratado de reflejar los momentos vividos en los textos. Muchas entradas están jalonadas de reflexiones y opiniones críticas de lo que ha ocurrido u ocurre. La Historia, al fin y al cabo, no sirve de nada si no la ponemos al servicio del tiempo presente.

El futuro es una incógnita para todos. Nadie sabe lo que ocurrirá. Sabemos que todo tiene un final, pero no cuándo llegará. Este blog seguirá abierto. Al menos de momento. Es una ventana al mundo. Mi ventana al mundo. Y me niego a cerrarla.

Hoy, 24 de julio de 2022, me gustaría terminar con otra cita de Tucídides, aquel historiador que, como todos, además de informar sobre el pasado, nos da consejos sobre la vida. Es, en realidad, otra declaración de intenciones: "Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje".


jueves, 29 de agosto de 2019

"HERMANO, ESTÁS MEJOR ALOJADO QUE YO"


 Arriba: 1) León de mármol en las escalera principales del Palacio Real, 2) escudo real en el horno de una de las cocinas; Abajo: vista general del Palacio Real de Madrid.

A principios de 1701 llegó a Madrid Felipe de Anjou que apenas contaba dieciocho años de edad. Había nacido en el Versalles del "Rey Sol", su abuelo, y no había estado nunca antes en España. No hablaba castellano ni comprendía las costumbres y tradiciones españolas. A los ojos de cualquier francés en los albores del siglo XVIII, España era un país atrasado y bárbaro. Igual era para el joven Felipe, quien había recibido la corona española por uno de esos malabarismos de la Historia. El peor enemigo de su abuelo, Carlos II, el último rey de la Casa de Austria en España, ante la ausencia de herederos, había decidido entregarle la corona.

El desgraciado Carlos II había muerto el 1 de noviembre de 1700 en el viejo Alcázar de Madrid. A mediados de ese mes, una delegación de la Corte llegaba a Versalles y proclamaba rey a Felipe en presencia de su abuelo Luis XIV. Inmediatamente Felipe de Borbón ponía rumbo a sus nuevo reinos, la gran Monarquía Hispánica. Es cierto, España ya no era lo que había sido, pero el nuevo monarca español acumulaba en sus manos más territorios que cualquier otro soberano europeo, incluido su abuelo el "Rey Sol".

Felipe, sin embargo, marchaba a Madrid con desgana y desdén. Él no quería ser rey de España; él quería ser rey de Francia. El astuto Luis XIV se había apresurado a nombrar a su nieto sucesor al trono de San Luis, algo que había causado gran temor en toda Europa. Pero, de momento, Felipe tenía que marchar a España a encontrarse con sus nuevos súbditos.

 1) Busto de Felipe V; 2) Jarrón en el que está representada la escena de la proclamación de Felipe V como rey de España en Versalles; 3) Corona real; 4) Violín Stradivarius.

El Madrid que recibió al nuevo rey era una gran urbe decadente y malolienta. Era considerada la ciudad más sucia de Europa y en sus calles convivía gentes variopintas: aristócratas deseosos de acercarse a los soberanos; aventureros en busca de fortuna; bufones y sirvientes que vivían en la Corte; rufianes y prostitutas; vagabundos y artitas; curas, frailes y monjas... Poco tenía que ver aquella ciudad levantada sobre la seca meseta castellana con París y Versalles, donde Felipe había pasado los dieciocho primeros años de su vida.

El viejo Alcázar de Madrid era también muy distinto al Palacio de Versalles. La construcción árabe edificada en el siglo IX se había ido ampliando con el paso de los siglos para satisfacer las necesidades de la Corte. Ya en tiempos de los Reyes Católicos se habían hecho importantes reformas. Carlos I había elegido el Alcázar como residencia en algunas épocas de su reinado. Fue, empero, Felipe II quien convirtió el Alcázar en el centro de su imperio "en el que nunca se ponía el sol". El rey prudente fijó la capital de sus reino en Madrid en 1561. La villa del Manzanares se convirtió en sede fija de la Corte.

A partir de Felipe II, todos los monarcas de la Casa de Austria residieron en el Alcázar de Madrid. Sus gruesos muros de granito estaban profusamente decorados con ricos tapices elaborados en Flandes. Los tapices servían, de paso, para calentar la frías estancias. La colección de pinturas y cuadros era también fabulosa así como las numerosa reliquias de santos que se custodiaban dentro. Felipe II dormía, incluso, junto a un cuerno de unicornio que debía ahuyentar a los demonios y proteger al rey.

Podemos imaginar a un Felipe V entrando en aquella fortaleza medieval oscura y tétrica iluminada con velas. Lejos quedaban para él las luminosas salas del Palacio de Versalles edificado por su abuelo y donde había pasado su infancia. El olor a incienso y a la cera de las velas que se consumían era para él incluso peor que el hedor de las calles de la capital. Encima, la Corte estaba repleta de personajes deformes, meninas y enanos cuyo fin, en épocas pasadas, había sido entretener a infantes, príncipes y reyes.

 Estas estatuas de los Reyes Católicos flanquean la entrada a la Capilla del Palacio Real

El caso es que Felipe V nunca terminó de adaptarse al viejo Alcázar de Madrid y a la austera Corte que había heredado de los Austrias. Siempre quiso volver a Francia, a la Corte de su abuelo aunque las circunstancias históricas lo impidieron. En 1701, nada más llegar a España, estalló la Guerra de Sucesión Española en Europa y en la Península. La guerra se prolongó durante casi trece años. Aunque Felipe V salió vencedor en la Península, perdió innumerables territorios en Europa y en América. Para terminar la guerra tuvo, además, que renunciar definitivamente al trono de Francia. Nunca ocuparía el trono de su abuelo.

Los años pasaron. Felipe V dio temprano muestras de una debilidad mental que se fueron agudizando progresivamente. El rey temía que le pusieran veneno en el camisón de dormir y en ocasiones, creía ser una rana. Antes de acostarse, cada noche, los músicos de la Corte le tocaban nanas para que conciliase el sueño y su segunda esposa, Isabel de Farnesio, permanecía junto a él hasta que se dormía. Felipe V siempre soñó con su Francia querida a la que no podía volver. La influencia ejercida sobre él por Isabel de Farnesio era enorme. Realmente, era ella quien controlaba la Corte ante la incapacidad del monarca.

En la Nochebuena de 1734, los monarcas se encontraban en el Palacio del Pardo, a las afueras de Madrid. En el Alcázar se desató un pavoroso incendio que lo destruyó por completo y las llamas tardaron en apagarse varios días. El castillo, la residencia oficial de los reyes de España desde tiempos de Felipe II sucumbió ante las llamas. Dicen que Felipe V e Isabel de Farnesio presenciaron horrorizados el espectáculo desde una distancia prudente. Siglos de historia fueron consumidos por el fuego en unas horas. Probablemente, el incendio comenzó al caerse una vela por accidente. En una construcción con las techumbres de madera y los muros repletos de tapices, el fuego se extendió fácilmente. Fue imparable.

Los sirvientes de la Corte se apresuraron a salvar cuanto pudieron. Lo primero en sacar del Alcázar en llamas fueron las reliquias de santos que fueron depositadas en el cercano convento de la Encarnación. Después los cuadros. "Carlos V en Mühlberg", de Tiziano, fue salvado. "Las Meninas" de Velázquez, también. Así decenas y decenas de valiosas pinturas. Algunas no lograron sacarse a tiempo, como "La expulsión de los moriscos" de Velázquez, que también colgaba de los muros del Alcázar y se perdió para siempre. A los tapices se les prestó menos atención. La mayoría fueron consumidos por el fuego.

Siempre se sospechó que Felipe V había sido el instigador del incendio. Su odio por los Austrias y la nostalgia de Versalles le habrían llevado a desencadenar el incencio que acabase con esa construcción deforme y arcaica. Nunca se sabrá. Lo cierto es que el incendio fue la oportunidad perfecta para levantar un nuevo palacio real acorde con el poder de la Monarquía Hispánica y del gusto de la nueva dinastía reinante, los Borbones. Felipe V encargó al arquitecto italiano Felipe Juvarra tamaña obra.  Juvarra se inspiró en los bocetos elaborados por Bernini para el Palacio del Louvre de París.

La muerte de Juvarra en 1736 hizo que otro arquitecto italiano, Juan Bautita Sachetti, se hiciese cargo del diseño. En 1738 se comenzó a levantar el nuevo Alcázar. Mientras tanto, los reyes residieron a caballo entre los palacios de Aranjuez, la Granja de San Ildefonso, el Escorial y el Buen Retiro. En 1746 murió Felipe V sin ver su palacio terminado. Le sucedió su hijo Fernando VI, quien mantuvo a Sachetti como arquitecto real. Tras su muerte, en 1759, el nuevo rey fue su hermano Carlos III, hasta entonces rey de Nápoles. Carlos III apartó a Sachetti en favor de su arquitecto de confianza, el también italiano Francisco Sabatini. Él fue el encargado de culminar las obras del Palacio Real de Madrid.

En 1764, Carlos III se convirtió en el primer monarca que residió en el nuevo palacio. A partir de entonces, el edificio pasó a ser otra vez el centro de España, el lugar desde el que se gobernaba el país y donde se tomaban todas las decisiones. La nueva construcción superaba en tamaño a Versalles y proporcionaba a la nueva dinastía el más grande instrumento de legitimación.

De planta rectangular, visto desde fuera el Palacio Real de Madrid tiene un aspecto simétrico y equilibrado. Hay en él algo de fortaleza, que evoca a su antecesor, el Alcázar de los Austrias. En las esquinas parecen querer levantarse cuatro torres, como las de los alcázares árabes, aunque su altura no rebasa la del resto del edificio. En el interior, la suntuosidad caracteriza las estancias principales, desde el zagúan y la escalera principal hasta el salón del trono y la biblioteca. Con casi cuatro mil quinientas habitaciones, en él llegaron a vivir más de seis mil personas entre la Familia Real, los aristócratas y nobles de palacio y los ejércitos de sirvientes, damas de compañía y cocineros.

Felipe V no vio finalizado su Versalles particular, el Versalles español, pero sus sucesores dispusieron en el Palacio Real de una espléndida residencia destinada a legitimar a la nueva Casa de Borbón y exhibir ante los embajadores extranjeros la grandeza de la Monarquía Hispánica. No hay nada en el palacio dejado al azar. Todo tiene su función propagandística. Todo demuestra poder y riqueza. Cuando, en 1810, en medio de la Guerra de Independencia, el rey José I Bonaparte recibió a su hermano Napoleón en Madrid, lo hizo en las escaleras principales, junto al zaguán. Napoleón descendió del carruaje, saludó a su hermano y miró hacia arriba contemplanto las bóvedas del palacio. "Hermano, estás mejor alojado que yo" exclamó mientras quedaba impresionado por la fabulosa decoración y el lujo.

El incendio de 1734 borró gran parte del legado de los Austrias y dejó paso a la nueva dinastía. Sin embargo, las llamas no lo destruyeron todo. Las campanas de la fachada principal que suenan cada hora son las de la fortaleza de los Austrias. Los leones que parecen proteger los tronos reales en el Salón del Trono fueron traidos a España por Velázquez y también sobrevivieron a las llamas, igual que las estatuas en bronce que los flanquean y que representan la virtudes de los buenos soberanos. Parece que el espíritu del viajo Alcázar sigue presente en el Palacio.

 1) Cuadro "La Familia de Juan Carlos I" de Antonio López (2014); 2) Guión de Felipe VI; 3) Bóveda de las escaleras principales del Palacio con los frescos "Triunfo de la religión y de la Iglesia" de Giaquinto; 4) Botellas del vino y el cava servido en la Boda de Felipe VI y Letizia (mayo de 2004).

viernes, 22 de septiembre de 2017

LA NAVE DEL ESTADO

¡Tú también, sigue navegando, oh Nave del Estado!
¡Sigue navegando, oh Unión, fuerte y grande!
¡La humanidad, con todos sus temores,
con toda la esperanza en los años venideros,
está sin aliento, pendiente de tu destino!

Platón (s. V a.C.)

Estas fueron las palabras que el presidente Roosevelt envió en una carta a Winston Churchill el 20 de enero de 1941. Las acompañaba diciendo: "Me parece que este verso puede aplicarse tanto a su pueblo como a nosotros". La metáfora del Estado como un gran barco en el que cabe la nación, en el que el gobierno controla el timón y surca los océanos de la Historia es, sin duda, maravillosa.

En estos días en los que nuestro Estado atraviesa sus horas más oscuras de, al menos, los últimos treinta y cinco años, se me vienen una y otra vez estas palabras a la cabeza. El historiador británico Norman Davies afirma que los Estados nacen, se desarrollan, envejecen y mueren. Como si se tratasen de un organismo vivo, pasan por horas de plenitud y declive. Algunos sobreviven más y otros menos. El Imperio Romano de Oriente vivió durante casi mil años hasta que sucumbió al avance de los turcos en 1453; la República de Rutenia, sin embargo, apenas sobrevivió un día, allá por 1939.

Es impensable que un organismo vivo no luche por su supervivencia. Nadie podría entender que la tripulación de un navío no tratase de llegar a puerto al descubrir que este se va a pique. ¿Quién puede dudar entonces de que cualquier Estado no intente defenderse de sí mismo?

Más aún cuando el mal que lo acecha, lo que trata de acabar con él, se encuentra dentro del propio Estado, de la propia nación. Cuando el mal es un cáncer que trata de destruir al Estado desde dentro, de devorarlo poco a poco hasta desmembrarlo. ¿No es lógico que el Estado trate de curarse, de reponerse?

Bien, pues esto es lo que el Estado Español trata de hacer desde hace semanas. Un sector de nuestro propio ser colectivo está intentado de forma reiterada destruirnos a nosotros mismos aprovechando, precisamente, los resortes y las instituciones que les brinda la estructura estatal. El independentismo se está aprovechando de las garantías del Estado de Derecho para acabar con él.

Pero no nos engañemos, el Estado, nuestro Estado, tienen todas las armas necesarias para detener el cáncer que lo come por dentro. Desde la legitimidad de la democracia hasta la fuerza bruta del ejército. Si la tripulación del navío se muestra decidido a no tolerar ultrajes como los cometidos en las últimas semanas por algunos individuos y organizaciones, la fuerza del Estado es imparable.

Si exceptuamos Portugal y, quizá, los Países Bajos, ninguna unidad territorial ha permanecido inalterable desde hace tanto tiempo como España. Desde comienzos del siglo XVIII no ha sufrido pérdidas o incorporaciones territoriales de relieve. Y si obviamos Gibraltar, esto no ocurre desde la Paz de los Pirineos de 1659. Ningún Estado ha sido tan fuerte como el español y ninguno, tampoco, ha sido tan débil como éste. Y, sin embargo, siempre ha sobrevivido. 

Pero es que, además, los argumentos de los rebeldes se desmoronan porque el Estado que pretenden destruir es perfectamente democrático; un Estado Social y de Derecho, garantista incluso con aquellos que quieren acabar con él. Sería legítimo, por ejemplo, luchar contra un régimen dictatorial, contra un Estado opresor o contra un Estado colonialista pero no contra un Estado como el español del siglo XXI.

¿Qué país del mundo toleraría que lo troceasen? ¿Qué país del mundo no protegería o trataría de proteger su integridad territorial? El caso del Reino Unido no es ejemplo válido puesto que el referéndum de independencia de Escocia en 2014 fue una apuesta personal del primer ministro británico D. Cameron para reforzar su posición dentro de su propio partido. Tampoco vale el ejemplo canadiense, donde el Acta Constitucional, permite este tipo de referéndums al tener en cuenta el engendro territorial que es el propio país, una agregado de territorios dispares colonizados sucesivamente por Francia e Inglaterra desde el siglo XVI.

¿Qué hizo EE.UU. cuando Texas y California pidieron referéndums de autodeterminación hace unos años? ¿Como respondió Alemania cuando Baviera hizo lo propio? ¿Qué hace Francia con los casos de Córcega y Bretaña? La respuesta a todas las preguntas es la misma: ignorar las peticiones. ¿Alguien se imagina al gobierno de Washington permitiendo la secesión de Texas o de California? ¿Y a Berlín dando carta blanca para la independencia de Baviera? Es impensable.

¿Y cómo evitarlo? Quizá el mal de nuestro Estado es no haber atajado el problema de raíz cuando se presentó a primera hora. Pero, en cualquier caso, tiene todas las herramientas disponibles a su disposición. Y la palabra "todas" tiene cualquier significado y connotación que se le quiera dar y que no merece mencionar aquí.

Nuestro Estado sobrevivirá. Quizá embarranque y atravesemos por momentos duros pero a la integridad del Estado le asiste el Derecho y a nuestras leyes las ampara la Democracia; una democracia auténtica y verdadera. La razón está del lado de la justicia, de la tolerancia y de la solidaridad. Y a todo ello da cobijo el Estado Español actual. Por eso, a pesar de todo, nuestro barco seguirá navegando. 

jueves, 18 de agosto de 2016

YA NO ME ENCONTRARON...

OCHENTA ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE FEDERICO GARCÍA LORCA



Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.


Federico García Lorca.
Fragmento del poema "Fábula y rueda de tres amigos", Poeta en Nueva York.

Hace ocho décadas la Guerra Civil española afrontaba el primero de sus más de treinta y dos trágicos meses. En muchos lugares de España se habían producido, en ese tiempo, innumerables matanzas, ajustes de cuentas y fusilamientos. Miles de personas habían perecido ya (al final, la guerra se saldó con medio millón de muertos). Fue precisamente el 18 de agosto de 1936, en el primer mes del golpe militar, cuando fue asesinado el que se convertiría en la más célebre de las víctimas de la contienda: Federico García Lorca.

Unos días antes, el poeta (quizá uno de los mejores en la historia de la Literatura en castellano) se había refugiado en la casa de su amigo Luis Rosales, en Granada. El 16 de agosto, miembros de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto se presentaron allí para detenerlo en nombre del gobernador de la provincia. 

Lorca sabía perfectamente que era objetivo de los sublevados y de Falange por su significación política durante los años de la República aunque prefirió permanecer en España antes de partir al exilio. También se dice que en sus poemas (en concreto, en el poema del comienzo de esta crónica) Lorca predijo su propia muerte: "... comprendí que me habían asesinado"

Y es que junto a él, fueron fusilados en la madrugada del 18 de julio de 1936, hacia las cuatro de la mañana, otras tres personas ("...destrozaron tres esqueletos..."). Eran los banderilleros Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas; y el maestro de Pulianas Dióscoro Galindo Monge. El lugar exacto de la ejecución se desconoce aunque se sabe que fue en algún punto entre las localidades de Viznar y Alfacar, al nordeste de la ciudad de Granada. También se desconoce la fosa en la que sus cuerpos fueron depositados.

"Ya no me encontraron / ¿No me encontraron?..." dice el poema. Y, en efecto, a día de hoy y tras algunos proyectos para localizar la fosa, el cuerpo de García Lorca sigue sin aparecer. Pero su nombre se convirtió de inmediato en símbolo de las injusticias de la guerra y en representante destacado de las victimas de los desmanes y aberraciones cometidos en la segunda mitad de los años treinta en España: "...y que el mar recordó ¡de pronto! / los nombres de todos sus ahogados...".

Por cierto, el fragmento corresponde a un poema escrito hacia 1930 cuando la Segunda República española (1931 - 1936) era tan sólo una utopía y nadie podía imaginar la Guerra Civil  (1936 - 1939) que la sucedería. Me voy a permitir la licencia de terminar esta crónica con un fragmento completamente ficticio de uno de los capítulos de la serie "El Ministerio del Tiempo" (TVE):





Una genial despedida a Federico García Lorca, ochenta años después de su muerte, ¿no creéis?