Caminábamos sin rumbo fijo por las estrechas callejuelas de Setenil, en la provincia de Cádiz, uno de los cientos de "pueblos más bonitos de España". Estábamos haciendo caso a las recomendaciones de ChatGPT, que últimamente se ha convertido en el perfecto organizador de viajes, así que íbamos por donde los algoritmos nos recomendaban. Mientras descendíamos por la empinada calle de la Herrería, una de las más antiguas de la localidad, vimos un papel arrugado pegado con celo en los muros de una de las casitas blancas: "Visita la Casa Cueva, Calle Herrería 15".
El gran encanto de Setenil de las Bodegas no es otro que las casas-cueva, las construcciones adosadas a los abrigos rocosos del tajo esculpido durante miles de años por el río Guadalporcún. La estampa de las casitas de paredes blancas junto a los farallones que hacen las veces de muros y techos de las construcciones es lo que atrae a miles de turistas y curiosos nacionales y extranjeros cada día. Allí, recorriendo sus calles, uno se da cuenta de que hasta el más recóndito poblachón de una esquina de la Sierra de Grazalema puede ser convertido por el turismo en una atracción de feria. Lo mismo comprobamos en Frigiliana, Nerja, Ronda y otras localidades malagueñas que visitamos aquellos días de principios de la primavera de 2026.
Setenil, sin embargo, aún no ha sido convertido por completo en un mero decorado turístico. Cuando uno transita por sus calles, todavía se cruza con algunos vecinos de los de toda la vida, las casas aún tiene desconchones en sus muros y los cables negros aún se exhiben por las cornisas y saltan de una construcción a otra, como en los auténticos pueblos. Aquella casa cueva de la calle Herrería 15 fue, para nosotros, otra muestra de autenticidad, otra garantía de supervivencia del alma del pueblo. Aquella casa cueva seguía habitada, como lo había estado durante generaciones. El propietario, un anciano entrañable y bonachón, te ofrecía ver su auténtico hogar, o una parte de él, al menos, a cambio de un euro.
La Inteligencia Artificial, por supuesto, no nos habló de la casa cueva de la calle Herrería 15. La encontramos por casualidad, como se encuentran habitualmente las cosas auténticas, siguiendo los papeles arrugados pegados con celo a lo largo de la calle. La diminuta vivienda más que adosada a la roca parecía que estaba siendo engullida por ella. Las angostas escaleras unían los tres pisos, de techos de madera de escasa altura y de frías paredes naturales de roca. Allí, en esos tres pisos que eran, también, tres estancias, se mezclaban las camas, los armarios, el inodoro y televisiones de grandes pulgadas. Todo revuelto, sin solución de continuidad. Para no chocar la cabeza con el techo, uno hubo de agacharse en varias ocasiones a pesar de no ser precisamente un rompetallas.
"Cuatro generaciones de mi familia han vivido aquí" nos dijo el morador de la casa cueva cuando le preguntamos. "Mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y yo. Ahora estoy esperando a mis hijos y mis nietos, que vienen a comer hoy". Continuó hablando con naturalidad mientras echaba los condimentos en una gran olla que tenía calentando en el fuego. Aquello nos demostró que lo que él nos había enseñado no era un decorado, no era una mera atracción turística, era su vivienda habitual, con toda las comodidades y con todos los inconvenientes. La cocina estaba junto a la puerta de entrada a la cueva y también junto al salón comedor, con una gran mesa y cuatro butacones. Estampas de vírgenes y santos, diplomas, cuadros, una colección de navajas y llaves antiguas decoraban los muros de roca de la vivienda.
En estos tiempos de postureos, simulaciones y paripés, uno echa en falta lugares auténticos como éste, con vida auténtica, y cuando los halla, los encuentra merecedores al menos de un relato. "La casa es fresca en verano y calentita en invierno, gracias a la roca" nos contó nuestro anfitrión, aunque yo lo escuché con algo de escepticismo. También nos dijo que no había humedad, aún estando las viviendas construidas bajo rocas calizas y areniscas. Desde luego, si aquellos abrigos rocosos han sido habitados desde hace tantos siglos y lo siguen estando hoy, por algo será.
La casa de la Herrería 15 había sufrido, desde luego, algunas mejoras con el paso del tiempo. Mejoras que la han hecho más confortable, como es evidente cuando uno la visita. Así, las baldosas de los suelos y los peldaños, las ventanas de aluminio, las paredes encaladas y las barandas de las escaleras contrastan con los arcaicos instrumentos expuestos en todas las estancias: candiles, pesas, ollas y hasta una maquina de coser antigua. Todo de otro tiempo, expuesto como si fuera un museo. En la mesa del comedor había unas botellas de vino con un cartelito que decía: "Vino casero de campo" por si el visitante quería comprar una. Las cuidadas plantas que decoran el exterior de la vivienda y la tele encendida delatan la vida diaria en la casa cueva, a pesar de los turistas que, como nosotros, la alteran día sí y día también.
Aquellas viviendas de Setenil quizá recuerden a la Andalucía auténtica, quizá sean el último reducto también de la Andalucía mística y romántica de otros tiempos. En aquellas casas cueva se rodó en los años 70 un capítulo de la serie "Curro Jiménez", el bandolero andaluz por excelencia, el héroe del pueblo que luchaba contra los franceses y, como un Robin Hood del sur, robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. Las casas cueva de Setenil evocan aquella Andalucía encantadora y peligrosa, donde cualquier contratiempo, cualquier imprevisto era posible. Nosotros mismos tuvimos que dejar el coche lejos del casco antiguo porque la carretera al único aparcamiento estaba cortada por obras. Cuando volvimos, alguien había dado un golpe a nuestro coche, pero se había marchado sin dejar rastro.
Las cuevas de Setenil son moradas aún de hombres y mujeres normales y corrientes, que hacen su vida en el mismo sitio en que habitaron sus antepasados. Los abrigos rocosos de este pintoresco pueblo de una esquina de Cádiz han estado habitados desde tiempo antiguo, desde que los pioneros se dieron cuenta de las ventajas que ofrecían las formaciones rocosas naturales talladas durante miles de años por el irregular caudal del río Guadalporcún. Mucho antes, muchísimo antes de que miles de turistas y visitantes, como el que esto escribe, visitasen aquel lugar buscando una foto para Instagram y convirtiesen las casas adosadas a las rocas en un mero sitio turístico.