Salgo apresurado del instituto un día de junio. Es un día raro, de esos típicos del final de curso. Un día de nervios y de estrés en el momento más agotador del año. Junio es siempre tiempo de despedidas, de nostalgia, de evaluaciones, de recuerdos, de oposiciones. También es un tiempo de milagros, y no pocos. Pasan muchas cosas en los días de junio, algunas inesperadas, y éste es uno de ellos. Un día raro. Vuelvo a mi casa corriendo para preparar la maleta y comer algo antes de partir. Debo estar en Segovia a las cinco de la tarde. Dos horas y media de camino en coche propio, en transporte público es prácticamente imposible llegar.
La avenida está espléndida en esa mañana luminosa del final de la primavera. Los árboles que flanquean la calzada exhiben sus hojas de color verde intenso, el trino de los pájaros crea un ambiente agradable y el sol luce en lo alto de un cielo azul. El buen tiempo, los días largos y la proximidad de las fiestas de San Juan transforman la ciudad de forma súbita, irreconocible sólo un par de meses antes. Todo parece normal aquella mañana. No hay nada fuera de lo corriente. Camino rápido por la acera, con la cartera con varios cuadernos en una mano y las llaves en otra. Ando un poco agobiado por el calor y por la prisas.
Cuando estoy llegando al portal, observo que los transeúntes mira hacia el final de la calle. Muchos esperan quietos, o de puntillas para ganar unos centímetros y divisar mejor la lejanía, otros sacan sus teléfonos móviles para fotografiar o grabar lo que sus ojos presencian. Al fondo se escuchan algunos cascabeles y gritos y silbidos esporádicos: "¡Ea, ea!", "¡chis, chis!", "¡fiu, fiu!". Un coche de la policía local abre paso a la ilustre comitiva, que se adentra en la ciudad desde la estación de tren. La prisa se transforma en curiosidad y el estrés se torna, por un momento, en algo de emoción. Curiosidad por aquel espectáculo extraño, que se produce rara vez, y emoción por el recuerdo de un tiempo pasado y de algo que está a punto de extinguirse.
Un rebaño de un millar de ovejas avanza por la avenida, entre coches y transeúntes urbanitas que, como yo, se han encontrado de improviso con el espectáculo. Lo han avisado los medios de comunicación, pero en la vorágine de las peripecias cotidianas, lo he olvidado: es la última trashumancia. Aquellas son las ovejas de los últimos pastores sorianos que realizan esa práctica ancestral, el desplazamiento estacional del ganado ovino lanar, desde las frías sierras del norte a las dehesas del sur en otoño y desde el sur al norte en primavera. Los últimos pastores trashumantes van a jubilarse y la trashumancia desaparecerá por completo después de más de mil años.
Aquella estampa de las ovejas merinas desfilando por el centro de nuestra ciudad de Soria despierta en mí recuerdos que creía olvidados. En aquella misma avenida, en aquel mismo lugar, por aquellas mismas fechas, treinta años atrás, también contemplaba las ovejas que venían del sur y se dirigían a las sierras de Tierras Altas. Aquellas ovejas del 2026 trajeron a mi memoria los grandes rebaños que me sorprendían en brazos de mis abuelos hace ya muchas décadas. Y no pude más que sentir nostalgia de todo aquello, el latigazo del tiempo que tantas veces he comentado en este blog.
Unos segundos estoy contemplando el espectáculo trashumante: las resignadas mulas, los orgullosos mastines, las gregarias ovejas, los altivos carneros, los pastores... "¡Vamos, vamos, que a este paso no vamos a llegar nunca" le dice delante de mí un pastor a un corderillo con tono casi paternal. Detrás del rebaño, insignificante comparado con los de antaño, de cientos de miles de ovejas, desfila un séquito de arribistas, politicuchos y activistas de tres al cuarto que se suman al espectáculo cuando atraviesa la ciudad y lo abandonan cuando se adentra en el campo. Entonces me di cuenta de que quizá no volvería a ver aquello, de que estaba contemplando algo que desaparecería para siempre. La vida del pastor trashumante es tan dura que nadie ejercer el oficio. Justo en aquel instante de lucidez, cruzo hasta el centro de la calzada y sacó una foto desde atrás, cuando la última oveja acaba de pasar delante de mí. Después, olvidé la trashumancia, pues el tiempo apremiaba.
Aquella noche, en la habitación del hostal de Segovia, revisé mi teléfono. Después de una tarde frenética de quehaceres diversos, puedo por fin tumbarme en la humilde cama y relajarme un poco. Antes de cerrar los ojos hasta el día día siguiente, reviso mi teléfono y repito, por última vez aquel día, el patético peregrinaje de una red social a otra. De WhatsApp a Instagram y de Instagram a Twitter para acabar volviendo a WhatsApp. En uno de esos impulsos incontenibles, entro en la galería y veo la foto de las ovejas otra vez. Durante muchas horas, la memoria ha arrinconado la trashumancia y el espectáculo ganadero de esa mañana. Lejos de mi casa, en otra ciudad y agobiado por otros temas y preocupaciones mundanas, vuelvo a ver, en la pantalla de mi teléfono, la vieja avenida, el cielo azul, los esbeltos árboles de hojas verdes y el rebaño de ovejas caminando sobre el asfalto. No puedo evitar sonreír tímidamente. Pero en mi sonrisa no hay alegría sino nostalgia y pena; nostalgia y pena por un mundo que desaparece irremediablemente y no volverá jamás.