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jueves, 9 de julio de 2026

DÍAS EN SEGOVIA


Eran las tres y media de la tarde del siete de julio. El calor abrasador del verano se había transformado en una violenta tormenta que estaba descargando con fuerza sobre la ciudad de Segovia. El petricor, por si no lo saben, el olor a tierra mojada, contribuía a crear una atmósfera bucólica, de película: un aguacero refrescante que alivia el calor veraniego en una bella ciudad castellana. Nada más lejos de la realidad, al menos, para el que esto escribe. 

Llevaba trabajando desde las ocho de la mañana en un instituto cualquiera de Segovia, un centro público destartalado como cualquier otro. Después de seis horas examinando en un aula recalentada de un edificio anexo, consumido por el hartazgo y el hambre, había salido a buscar algo que llevarme a la boca. No tenía mucho tiempo antes de comenzar un nuevo examen, así que debía darme prisa. Cuando estaba a punto de salir del supermercado donde había comprado un bocadillo frío, un tremendo trueno rompió el cielo dando inicio al aguacero. Así que, sin más alternativa, eché a correr para resguardarme en el instituto. Y allí acabé al fin, en el porche del edificio principal, esperando a que escampase. 

Estaba calado, como podéis imaginar. Llevaba la mitad derecha de la camiseta empapada, igual que la mitad correspondiente del pantalón y las zapatillas. Al parecer, mis pies, confusos, creyeron que ya estaban disfrutando del verano en una piscina o en una playa. Pero estaban equivocados: era el patio de un instituto. Y no, el siete de julio aún no había comenzado mi descanso veraniego, para disgusto de aquellos que envidian los dos meses de vacaciones de los docentes. Harto, cansado y hambriento, me decidí a devorar el bocadillo allí mismo, de pie, en el viejo portalón del centro. 

El silencio sólo era roto por el ruido de la lluvia porque no había nadie más. ¿Quién iba a ser el imbécil de salir cuando más llovía? En aquel ambiente decadente, mojado y sudoroso, me sentí un poco ermitaño, un asceta haciendo penitencia. Desconozco, ciertamente, cuáles eran las culpas que tenía que redimir. Llevaba muchos días lejos de casa, comiendo mal, durmiendo poco y teniendo, como único refugio de soledad y tranquilidad, la habitación del hotel que sufragaba, de momento, con dinero de mi bolsillo. Y no estaba de vacaciones, aquello no era un viaje de placer, era una estancia para trabajar. Estaba en medio del proceso selectivo para profesores de educación secundaria a doscientos kilómetros de mi centro de trabajo habitual. 

Esos días frenéticos, extenuantes hasta la desesperación, tuvieron en aquel momento, un destello espiritual, casi místico. Recordé allí, empapado y pegajoso, el consejo que una buena amiga me había dado cuando le conté mis aventuras: resignación, paciencia y estoicismo. Pero uno no es un asceta ni un eremita. Y la paciencia se acaba agotando igual que el vaso que contiene el agua acaba rebosando si viertes demasiada. Durante semanas, la incertidumbre, el síndrome del impostor, la ansiedad y los mil euros de gastos no me dejaron dormir. Sabía, porque no soy nuevo en estos menesteres, que habría horas de aburrimiento, de espera, de nervios, de trabajo agotador. Se me pasaban por la cabeza los viajes en coche, las horas en la habitación del hotel, las conversaciones monótonas sobre el mismo tema... Y, todo por supuesto, a cuenta del que esto escribe. ¿Y de qué te quejas? me preguntó un colega ante la ansiedad y la indignación que se apoderaron de mí.

Ahora estoy aquí, tumbado en la cama de la habitación del hotel, comiendo las cerezas que compré ayer en una frutería cercana. Es el último día de todo esto y no puedo quitarme de la cabeza aquel episodio del aguacero, de la lluvia, del calor, del hambre, del cansancio, del hartazgo. Y, sin embargo, tampoco puedo dejar de sentir algo contradictorio, una leve satisfacción, un placer minúsculo e inesperado que emerge entre la indignación, la ansiedad, la miseria y el cansancio: el alivio de haber hecho lo que correspondía. Y recuerdo también muchos momentos y situaciones de todos estos días. No son momentos alegres ni felices, son anécdotas que uno almacena en la memoria, algunas por un tiempo, otras para toda la vida. Cuando el tiempo corra y pase sin remedio, al menos quedará el resplandor de algunos momentos vividos y de algunas personas que se cruzaron en el camino aunque fuese de manera fugaz.

Y recuerdo en todo este barullo mental, al compañero más inesperado de todos, al más desconocido. Enjuto, de voz ronca, ropas descuidadas e intenso olor a tabaco, Pedro pasaría antes por camarero de un bar de pueblo que por profesor de instituto. Tan pronto te recitaba versos de Quevedo como salía por bulerías en los tiempos muertos entre examen y examen en aquel aula apartada. Era un tipo peculiar, sin duda; un personaje casi literario que podría ser el protagonista único e indiscutible de cualquier novela. Éste era el último servicio que ofrecía a la Educación (con mayúscula) antes de la jubilación. Un servicio sobrevenido e inesperado. Cuando creía que todo terminaba, el azar le obligó a seguir trabajando unas semanas más, a hacer algo que nunca había hecho antes, a adaptarse a una nueva y última aventura sobrevenida. Y así lo hizo, a pesar de todo. Y su madre, según nos contó, estaba muy orgullosa de él.

Entonces no puedo evitar esbozar un timidísima sonrisa, una sonrisa que no estaría dispuesto a reconocer. Me acuerdo de un soneto de Quevedo que Pedro escribió en la pizarra un día cualquiera; serían, qué se yo, las cinco de la tarde. Después de nueve horas trabajando sin salir del aula, a Pedro le brotó de dentro unos versos que había leído y releído incontables veces y, a fuerza de hacerlo, había acabado grabándolos para siempre dentro de sí. Busco en la galería del teléfono la foto que hice a la pizarra con el poema. "Viene muy bien este soneto para los días que estamos viviendo" nos dijo nada más escribirlo. Reconozco que aquel día, deseoso de marcharme de allí, no me paré a leerlo. Ahora sí, ahora leo los versos con atención. La última estrofa dice: 

"... sí porfías
en seguir sombras y abrazar engaños,
mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años."



martes, 23 de junio de 2026

LAS OVEJAS EN LA AVENIDA


Salgo apresurado del instituto un día de junio. Es un día raro, de esos típicos del final de curso. Un día de nervios y de estrés en el momento más agotador del año. Junio es siempre tiempo de despedidas, de nostalgia, de evaluaciones, de recuerdos, de oposiciones. También es un tiempo de milagros, y no pocos. Pasan muchas cosas en los días de junio, algunas inesperadas, y éste es uno de ellos. Un día raro. Vuelvo a mi casa corriendo para preparar la maleta y comer algo antes de partir. Debo estar en Segovia a las cinco de la tarde. Dos horas y media de camino en coche propio, en transporte público es prácticamente imposible llegar.

La avenida está espléndida en esa mañana luminosa del final de la primavera. Los árboles que flanquean la calzada exhiben sus hojas de color verde intenso, el trino de los pájaros crea un ambiente agradable y el sol luce en lo alto de un cielo azul. El buen tiempo, los días largos y la proximidad de las fiestas de San Juan transforman la ciudad de forma súbita, irreconocible sólo un par de meses antes. Todo parece normal aquella mañana. No hay nada fuera de lo corriente. Camino rápido por la acera, con la cartera con varios cuadernos en una mano y las llaves en otra. Ando un poco agobiado por el calor y por la prisas.

Cuando estoy llegando al portal, observo que los transeúntes miran hacia el final de la calle. Muchos esperan quietos, o de puntillas para ganar unos centímetros y divisar mejor la lejanía, otros sacan sus teléfonos móviles para fotografiar o grabar lo que sus ojos presencian. Al fondo se escuchan algunos cascabeles y gritos y silbidos esporádicos: "¡Ea, ea!", "¡chis, chis!", "¡fiu, fiu!". Un coche de la policía local abre paso a la ilustre comitiva, que se adentra en la ciudad desde la estación de tren. La prisa se transforma en curiosidad y el estrés se torna, por un momento, en algo de emoción. Curiosidad por aquel espectáculo extraño, que se produce rara vez, y emoción por el recuerdo de un tiempo pasado y de algo que está a punto de extinguirse.

Un rebaño de un millar de ovejas avanza por la avenida, entre coches y transeúntes urbanitas que, como yo, se han encontrado de improviso con el espectáculo. Lo han avisado los medios de comunicación, pero en la vorágine de las peripecias cotidianas, lo he olvidado: es la última trashumancia. Aquellas son las ovejas de los últimos pastores sorianos que realizan esa práctica ancestral, el desplazamiento estacional del ganado ovino lanar, desde las frías sierras del norte a las dehesas del sur en otoño y desde el sur al norte en primavera. Los últimos pastores trashumantes van a jubilarse y la trashumancia desaparecerá por completo después de más de mil años.

Aquella estampa de las ovejas merinas desfilando por el centro de nuestra ciudad de Soria despierta en mí recuerdos que creía olvidados. En aquella misma avenida, en aquel mismo lugar, por aquellas mismas fechas, treinta años atrás, también contemplaba las ovejas que venían del sur y se dirigían a las sierras de Tierras Altas. Aquellas ovejas del 2026 trajeron a mi memoria los grandes rebaños que me sorprendían en brazos de mis abuelos hace ya muchas décadas. Y no pude más que sentir nostalgia de todo aquello, el latigazo del tiempo que tantas veces he comentado en este blog.

Unos segundos estoy contemplando el espectáculo trashumante: las resignadas mulas, los orgullosos mastines, las gregarias ovejas, los altivos carneros, los pastores... "¡Vamos, vamos, que a este paso no vamos a llegar nunca" le dice delante de mí un pastor a un corderillo con tono casi paternal. Detrás del rebaño, insignificante comparado con los de antaño, de cientos de miles de ovejas, desfila un séquito de arribistas, politicuchos y activistas de tres al cuarto que se suman al espectáculo cuando atraviesa la ciudad y lo abandonan cuando se adentra en el campo. Entonces me di cuenta de que quizá no volvería a ver aquello, de que estaba contemplando algo que desaparecería para siempre. La vida del pastor trashumante es tan dura que nadie quiere ejercer el oficio. Justo en aquel instante de lucidez, cruzo hasta el centro de la calzada y saco una foto desde atrás, cuando la última oveja acaba de pasar delante de mí. Después, olvido la trashumancia, pues el tiempo apremia.

Esa noche, en la habitación del hostal de Segovia, reviso mi teléfono. Después de una tarde frenética de quehaceres diversos, puedo por fin tumbarme en la humilde cama y relajarme un poco. Antes de cerrar los ojos hasta el día siguiente, reviso mi teléfono y repito, por última vez aquel día, el patético peregrinaje de una red social a otra. De WhatsApp a Instagram y de Instagram a Twitter para acabar volviendo a WhatsApp. En uno de esos impulsos incontenibles, entro en la galería y veo la foto de las ovejas otra vez. Durante muchas horas, la memoria ha arrinconado la trashumancia y el espectáculo ganadero de esa mañana. Lejos de mi casa, en otra ciudad y agobiado por otros temas y preocupaciones mundanas, vuelvo a ver, en la pantalla de mi teléfono, la vieja avenida, el cielo azul, los esbeltos árboles de hojas verdes y el rebaño de ovejas caminando sobre el asfalto. No puedo evitar sonreír tímidamente. Pero en mi sonrisa no hay alegría sino nostalgia y pena; nostalgia y pena por un mundo que desaparece irremediablemente y no volverá jamás.



Última trashumancia en Soria, 19 de junio de 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

LOS SESENTONES DE RIOTINTO




Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.

Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita. 

Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?". 


Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra. 

Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.

También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.

El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo. 

El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas. 


Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso. 

Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza. 

viernes, 1 de mayo de 2026

LO QUE DEJÓ EL INGLÉS EN HUELVA

Muelle sobre el Tinto (Huelva)

Los ingleses se sorprendieron del aguardiente que bebían los trabajadores españoles de las Minas de Riotinto. Aquel brebaje, mezcla de agua de un manantial con alcohol de alta graduación era realmente fuerte incluso para los británicos, acostumbrados al whisky. Los británicos la llamaron "Man's Water", es decir, "Agua de Hombre", porque había que ser realmente duro para soportarla. Los españoles adoptaron el nombre, aunque lo adaptaron a su pronunciación no sin añadirle cierta gracia andaluza. Al aguardiente acabaron llamándolo "manguara".

El legado inglés en Huelva es abundante y, quizá, constituya la principal de las muchas atracciones de esta provincia. Tanto en la capital, junto a la ría del Tinto, como en los pueblos de la cuenca minera, la huella de los anglosajones es más que evidente. Atraídos por la riqueza minera, desembarcaron hacia 1873, tras la fundación, en Londres, de la "Río Tinto Company Limited", una empresa destinada a la explotación de los yacimientos de cobre, plata y hierro. Aquellas minas ya habían sido explotadas desde la antigüedad, junto con las próximas de Almadén de la Plata, en la vecina provincia de Sevilla, y los ingleses no desaprovecharon la oportunidad que les brindó la liberalización de las minas por parte del gobierno español. 

La inversión de la compañía británica transformó por completo la comarca minera de Riotinto y la propia ciudad de Huelva. Modernizaron las explotaciones mineras, introdujeron importantes avances técnicos, construyeron una línea férrea de más de 80km de longitud y edificaron barrios enteros de casitas de estilo inglés tanto en Riotinto como en la capital. Hoy, los restos de aquella explotación son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de arqueología de la Revolución Industrial en España, así como la muestra de la enorme dependencia de las inversiones extranjeras, sobre todo inglesas, francesas y belgas, que tuvo la industria española en sus orígenes. 

Vías férreas y ferrocarriles antiguos en las Minas de Riotinto

Minas de Riotinto es un municipio constituido a mediados del siglo XIX que conserva en su trama urbana las características propias de las poblaciones mineras. Allí construyó la "Río Tinto Company Limited" un barrio para sus trabajadores, con casas al estilo victoriano. Se trata del barrio de Bellavista que aún hoy conserva el encanto exótico de un trozo de Inglaterra dentro de un pueblo andaluz. La Casa 21, convertida en un museo y en un atractivo turístico, puede visitarse previo paso por taquilla. Junto al barrio inglés aún se erige un humilde monolito deteriorado por el tiempo en honor a los mineros ingleses que murieron combatiendo por su patria en la Primera Guerra Mundial. A pocos pasos del monumento uno puede visitar una de las minas a cielo abierto más grandes de Europa, la "Corta Atalaya", que aún produce cobre.

En las explotaciones mineras, los ingleses introdujeron innovaciones cuyos restos son visibles en la actualidad, como las potentes locomotoras de fabricación británica que arrastraban vagones cargados de mineral. Los restos de las naves, las montañas de escoria del mineral, las vías férreas que atraviesan el paisaje y los puentes de hierro hoy oxidado muestran la huella de los ingenieros y mineros anglosajones. Aún se pueden apreciar, incluso, los restos de los poblados que construyeron junto a las minas para acoger a los trabajadores  que se deslomaban en las explotaciones: El Valle, La Atalaya, La Naya, etc. En aquellos poblados, expuestos a la contaminación y los peligros de la mina, vivieron durante décadas los mineros españoles y portugueses que la explotaban bajo órdenes inglesas.

Viviendas de estilo victoriano en el Barrio Bellavista (Riotinto)

De hecho, los restos de aquellas paupérrimas aldeas, igual que algunas fotografías que se conservan en el Museo Minero, muestran el contraste entre la opulencia y la comodidad de las viviendas de los trabajadores ingleses y la insalubridad de las chozas de los portugueses y españoles. Aquello, más que una inversión, suponía la colonización británica del lugar. No había igualdad, sino, más bien, una clara jerarquía de clases. No es de extrañar que estallasen protestas como la de 1888, conocido como "el año de los tiros", o la huelga de 1920, cuando la explotación de las minas se detuvo durante un año. No hace falta decir que todos estos disturbios sufrieron una brutal represión por parte de las autoridades españolas. Aún se recuerdan en las calles de Riotinto.

El ferrocarril de vía estrecha que unía las minas con el puerto de Huelva es otro de las grandes huellas que dejó el inglés en la zona. La línea comenzaba en Riotinto y Nerva y discurría hacia el sur, paralela al Tinto, buscando la salida al mar, a los cargueros que llevarían el mineral a Inglaterra. Los ingleses construyeron el Muelle del Tinto, una imponente estructura de hierro y madera que penetra en la ría de Huelva formando un gran arco. El embarcadero, de dos niveles, era la prolongación de la vía férrea y permitía exportar el mineral de cobre extraído más de ochenta kilómetros tierra adentro. En el año 2003 fue declarado Bien de Interés Cultural y hoy es, quizá, el símbolo del auge económico de Huelva y su provincia, además de un estupendo paseo junto a la ría.

Foto de las chozas para mineros portugueses en las minas de Riotinto, finales del siglo XIX (Museo Minero)

Los ingleses también dejaron, por supuesto, parte de su cultura. Los deportes anglosajones, el críquet, el bádminton, el tenis y el fútbol, comenzaron a ser practicados por los onubenses. Uno de los primeros clubes de fútbol en España fue el ya extinto "Río Tinto Football Club" en el que jugaban los trabajadores de las minas. En Riotinto hubo también canchas de tenis y de críquet en las que los ingleses se entretenían en sus ratos libres. Los españoles acabaron imitándolos. En diciembre de 1889 se fundó el "Huelva Recreation Club" que hoy es el "Recreativo de Huelva", el equipo de fútbol decano en España. Por cierto, el "Recre" es también Bien de Interés Cultural por todos estos motivos y cuenta con secciones de rugby y bádminton, en honor a sus orígenes.

El acta de fundación del "Recreativo de Huelva" se firmó en el Hotel Colón, en el centro de la capital onubense, propiedad, también, de la compañía inglesa de las minas de Riotinto. Aquel hotel fue concebido como un alojamiento perfecto para los directivos de la empresa inglesa y también como símbolo del IV Centenario del Descubrimiento de América en la ciudad de Huelva. Fue el primer hotel de España que contó con baños privados en las habitaciones para los huéspedes, toda una modernidad en la época.

Un simple paseo tranquilo por las calles de la Huelva actual, la del siglo XXI, la turística y multicultural, mirando alrededor y sabiendo lo que se ve puede dar, en fin, una pistas de aquel legado inglés. Próximo a la calles comerciales del centro, el llamado Barrio Obrero, o Barrio "Reina Victoria", con sus calles ordenadas en una cuadrícula y sus casitas de baja altura destinadas a acoger cada una a una familia, es también un retazo de la presencia inglesa en la vieja Onuba a finales del siglo XIX y principios del XX. Igual ocurre con los majestuosos edificios modernistas y eclécticos que flanquean las calles comerciales y que hoy se encuentran, en su mayoría, en proceso de restauración. Aquellos edificios, de formas elegantes y colores llamativos, recuerdan a la próspera burguesía onubense, enriquecida gracias al comercio de minerales, que comenzó a imitar las formas de vida, las costumbres y los caprichos del inglés. Eso sí, sin perder nunca el carácter andaluz pues nunca un onubense prefirió el "fish and chips" al choco. 

Entrada al Barrio Obrero o Barrio Reina Victoria (Huelva)

miércoles, 8 de abril de 2026

LA CASA CUEVA DE HERRERÍA 15


Caminábamos sin rumbo fijo por las estrechas callejuelas de Setenil, en la provincia de Cádiz, uno de los cientos de "pueblos más bonitos de España". Estábamos haciendo caso a las recomendaciones de ChatGPT, que últimamente se ha convertido en el perfecto organizador de viajes, así que íbamos por donde los algoritmos nos recomendaban. Mientras descendíamos por la empinada calle de la Herrería, una de las más antiguas de la localidad, vimos un papel arrugado pegado con celo en los muros de una de las casitas blancas: "Visita la Casa Cueva, Calle Herrería 15".

El gran encanto de Setenil de las Bodegas no es otro que las casas-cueva, las construcciones adosadas a los abrigos rocosos del tajo esculpido durante miles de años por el río Guadalporcún. La estampa de las casitas de paredes blancas junto a los farallones que hacen las veces de muros y techos de las construcciones es lo que atrae a miles de turistas y curiosos nacionales y extranjeros cada día. Allí, recorriendo sus calles, uno se da cuenta de que hasta el más recóndito poblachón de una esquina de la Sierra de Grazalema puede ser convertido por el turismo en una atracción de feria. Lo mismo comprobamos en Frigiliana, Nerja, Ronda y otras localidades malagueñas que visitamos aquellos días de principios de la primavera de 2026.

Setenil, sin embargo, aún no ha sido convertido por completo en un mero decorado turístico. Cuando uno transita por sus calles, todavía se cruza con algunos vecinos de los de toda la vida, las casas aún tiene desconchones en sus muros y los cables negros aún se exhiben por las cornisas y saltan de una construcción a otra, como en los auténticos pueblos. Aquella casa cueva de la calle Herrería 15 fue, para nosotros, otra muestra de autenticidad, otra garantía de supervivencia del alma del pueblo. Aquella casa cueva seguía habitada, como lo había estado durante generaciones. El propietario, un anciano entrañable y bonachón, te ofrecía ver su auténtico hogar, o una parte de él, al menos, a cambio de un euro.

La Inteligencia Artificial, por supuesto, no nos habló de la casa cueva de la calle Herrería 15. La encontramos por casualidad, como se encuentran habitualmente las cosas auténticas, siguiendo los papeles arrugados pegados con celo a lo largo de la calle. La diminuta vivienda más que adosada a la roca parecía que estaba siendo engullida por ella. Las angostas escaleras unían los tres pisos, de techos de madera de escasa altura y de frías paredes naturales de roca. Allí, en esos tres pisos que eran, también, tres estancias, se mezclaban las camas, los armarios, el inodoro y televisiones de grandes pulgadas. Todo revuelto, sin solución de continuidad. Para no chocar la cabeza con el techo, uno hubo de agacharse en varias ocasiones a pesar de no ser precisamente un rompetallas.

"Cuatro generaciones de mi familia han vivido aquí" nos dijo el morador de la casa cueva cuando le preguntamos. "Mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y yo. Ahora estoy esperando a mis hijos y mis nietos, que vienen a comer hoy". Continuó hablando con naturalidad mientras echaba los condimentos en una gran olla que tenía calentando en el fuego. Aquello nos demostró que lo que él nos había enseñado no era un decorado, no era una mera atracción turística, era su vivienda habitual, con toda las comodidades y con todos los inconvenientes. La cocina estaba junto a la puerta de entrada a la cueva y también junto al salón comedor, con una gran mesa y cuatro butacones. Estampas de vírgenes y santos, diplomas, cuadros, una colección de navajas y llaves antiguas decoraban los muros de roca de la vivienda.

En estos tiempos de postureos, simulaciones y paripés, uno echa en falta lugares auténticos como éste, con vida auténtica, y cuando los halla, los encuentra merecedores al menos de un relato. "La casa es fresca en verano y calentita en invierno, gracias a la roca" nos contó nuestro anfitrión, aunque yo lo escuché con algo de escepticismo. También nos dijo que no había humedad, aún estando las viviendas construidas bajo rocas calizas y areniscas. Desde luego, si aquellos abrigos rocosos han sido habitados desde hace tantos siglos y lo siguen estando hoy, por algo será.

La casa de la Herrería 15 había sufrido, desde luego, algunas mejoras con el paso del tiempo. Mejoras que la han hecho más confortable, como es evidente cuando uno la visita. Así, las baldosas de los suelos y los peldaños, las ventanas de aluminio, las paredes encaladas y las barandas de las escaleras contrastan con los arcaicos instrumentos expuestos en todas las estancias: candiles, pesas, ollas y hasta una maquina de coser antigua. Todo de otro tiempo, expuesto como si fuera un museo. En la mesa del comedor había unas botellas de vino con un cartelito que decía: "Vino casero de campo" por si el visitante quería comprar una. Las cuidadas plantas que decoran el exterior de la vivienda y la tele encendida delatan la vida diaria en la casa cueva, a pesar de los turistas que, como nosotros, la alteran día sí y día también. 

Aquellas viviendas de Setenil quizá recuerden a la Andalucía auténtica, quizá sean el último reducto también de la Andalucía mística y romántica de otros tiempos. En aquellas casas cueva se rodó en los años 70 un capítulo de la serie "Curro Jiménez", el bandolero andaluz por excelencia, el héroe del pueblo que luchaba contra los franceses y, como un Robin Hood del sur, robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. Las casas cueva de Setenil evocan aquella Andalucía encantadora y peligrosa, donde cualquier contratiempo, cualquier imprevisto era posible. Nosotros mismos tuvimos que dejar el coche lejos del casco antiguo porque la carretera al único  aparcamiento estaba cortada por obras. Cuando volvimos, alguien había dado un golpe a nuestro coche, pero se había marchado sin dejar rastro.

Las cuevas de Setenil son moradas aún de hombres y mujeres normales y corrientes, que hacen su vida en el mismo sitio en que habitaron sus antepasados. Los abrigos rocosos de este pintoresco pueblo de una esquina de Cádiz han estado habitados desde tiempo antiguo, desde que los pioneros se dieron cuenta de las ventajas que ofrecían las formaciones rocosas naturales talladas durante miles de años por el irregular caudal del río Guadalporcún. Mucho antes, muchísimo antes de que miles de turistas y visitantes, como el que esto escribe, visitasen aquel lugar buscando una foto para Instagram y convirtiesen las casas adosadas a las rocas en un mero sitio turístico.


sábado, 4 de abril de 2026

MEDINAT AL ZAHRA, DAR AL MULK


Un hermoso relato dice que el primer califa de Córdoba, Abderramán III, amaba tanto a su esposa Zahara que ordenó construir un suntuoso palacio para ella. Zahara procedía de los reinos cristianos del norte de la Península y añoraba la luz y el brillo de las cumbres nevadas de su tierra natal. Por eso el califa cordobés llamó a la ciudad palaciega Medinat Al-Zahra, "la ciudad brillante", aunque otros cronistas dicen que significa simplemente "La ciudad de Zahara". En cualquier caso, según la leyenda, el palacio fue el fruto del amor del soberano cordobés. 

La realidad histórica es, sin embargo, mucho menos romántica. Los investigadores niegan la existencia de la favorita Zahara. Medinat Al-Zahra fue, al parecer, un complejo palacial diseñado como residencia del soberano de Al-Andalus y como un despliegue de poder y belleza ante quienes lo visitaban, ya fuesen súbditos o embajadores extranjeros. Medinat Al-Zahra era el centro de poder político del Califato, residencia del monarca, sede del gobierno, alcázar, lugar de encuentro de ulemas y alfaquíes, de sabios y juristas. Era lugar de llegada y de partida de todo en Al-Andalus. No era lugar de paso, sino de visita obligada.

Su emplazamiento fue elegido con sumo cuidado. Nada allí es casual. Se encuentra a seis kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, al norte del Guadalquivir y al sur de la sierra. Fue allí donde el primer califa de Al-Andalus, el poderoso Ahderramán III, ordenó construir su palacio hacia el año 936, poco después de proclamarse príncipe de creyentes, máxima autoridad de los musulmanes. Desde Medinat Al-Zahra, el representante de Dios en la Tierra domina la ciudad y el califato. Era un lugar privilegiado, el "Dar-al-Mulk", la morada del poder, donde todo se decidía en Al-Andalus.

Hoy, Medinat Al-Zahra es un inmenso yacimiento arqueológico que atrae a miles de turistas, investigadores y curiosos cada año. Es un lugar de saber y de descubrimiento del pasado porque las campañas arqueológicas continúan. Y es que tan sólo se ha excavado una pequeña porción del complejo palacial. La mayor parte del lugar es desconocida, está esperando ser descubierta. Por eso el palacio está lleno de expectativas, de preguntas y de respuestas. En el 2018, la UNESCO declaró la ciudad califal Patrimonio Mundial de la Humanidad dado su valor arqueológico y patrimonial. Sigue siendo hoy lugar de visita obligada, como lo fue en el siglo X.

Cuando uno pasea por allí, no obstante, recorre un laberinto en ruinas en el que es difícil adivinar donde está y qué fue cada estancia, cada espacio. Ha perdido parte del brillo, el lujo y la suntuosidad. La ruina iguala todas las estancias, como ocurre con la muerte. Igual de destruidas están los establos, las viviendas de los sirvientes, la casa del chambelán, llamada "Casa de Yafar", o el magnífico pabellón donde el califa recibía a los embajadores, el famoso "Palacio Rico". El sol radiante de principios de la primavera iluminaba Medinat Al-Zahra aquella tarde en la que visitamos el viejo palacio; y el ambiente agradable animaba a dar un paseo entre los restos de lo que fue la morada del poder, el "Dar-al-Mulk".

Uno camina por allí, por los distintos niveles de la ciudad califal, e imagina la impresión que debía de causar Medinat Al-Zahra en los visitantes, en aquellos embajadores de los reinos cristianos que acudían a recibir audiencia del príncipe de los creyentes, del califa: los arcos de herradura de estilo califal, los jardines reconstruidos en los años 60, la explanada oriental del palacio desde donde el califa despedía a los ejércitos, las tres mezquitas, la terraza áurica y el pabellón del Salón Rico en el que, por fin, tras una larga espera, el califa recibía a los visitantes. Etimológicamente Al-Zahra significa "la resplandeciente", "la brillante", "la floreciente". Y, en verdad, el palacio resplandecía, durante décadas fue el símbolo de la prosperidad y el brillo del domino Omeya en Córdoba, concebido para mostrar la grandeza de la dinastía reinante. Pero, aquel brillo fue efímero, como ocurre con casi todo en la vida. Poco queda hoy del brillo de aquel palacio.

El fin de Medinat Al-Zahra sigue siendo hoy un misterio. Al parecer, la destrucción del palacio comenzó en tiempos de Almanzor, al final del siglo X, cuando el caudillo andalusí ordenó el traslado de la administración de gobierno al Palacio de Medina Al Zahira, al este de la ciudad Córdoba. Al Zahira fue concebido para rivalizar con Al Zahra en belleza y suntuosidad. Hacia el año 1010, después de la muerte de Almanzor y el debilitamiento del poder del califa, el pueblo de Córdoba saqueó por primera vez Medinat Al-Zahra. No sería la última, desde luego. Desde el siglo XI, el lugar perdió su esplendor hasta acabar en la ruina, utilizado como cantera para construcciones posteriores. 

Pero el lugar conservó el encanto y el misticismo que lo caracterizaron siempre. El cronista andalusí Al Sumaysir, a finales del siglo XI, dejó escrito un final conmovedor para Medinat Al-Zahra. "Me detuve en Al-Zahra lloroso y meditabundo para clamar entre las deshechas ruinas: '¡Oh, Zahara, vuelve a ser!' Pero me contestó: '¿Y a caso vuelven los difuntos?'".



domingo, 15 de marzo de 2026

HIJOS DE PUTA DE AQUÍ Y DE ALLÁ


Los conceptos del bien y el mal, de lo bueno y lo malo no son universalmente idénticos. En la cultura occidental se basan en normas y principios morales que derivan de la filosofía griega, el derecho romano y el Cristianismo. Lo bueno es lo que se ajusta a éstos y lo malo, lo que se desvía de ellos. En otras culturas, asiáticas y africanas fundamentalmente, estas ideas son diferentes. El bien está más relacionado con la armonía y el papel que uno juega en el entorno en el que vive, su complementariedad con otros elementos del sistema, como el Yin y el Yan, que se complementan el uno al otro.

Siempre que tratamos un conflicto o una guerra en clase aparecen unas preguntas clásicas: ¿Quién es el bueno? ¿Quién es el malo? Y esto fue lo que ocurrió el otro día mientras hablábamos de lo que estaba pasando en Oriente Próximo, en el conflicto de Irán frente a Estados Unidos e Israel. Incapaz de darles una respuesta, de discernir quién es el bueno y quién es el malo en todo este barullo, acabé confesando lo evidente: que nadie sabe lo que está pasando a ciencia cierta y que nada es como parece en realidad. Y de aquel planteamiento acabamos sacando algunas conclusiones interesantes.

Disney nos enseñó en nuestra infancia a identificar claramente al bueno y al malo, al héroe y al villano. Disney refleja con exactitud los conceptos de bien y mal de la cultura occidental que decíamos antes. En cada película, el bueno es quien vence, quien defiende los valores de la justicia y el honor. Es el guapo, el alto y el apuesto. El malo, por el contrario, acumula todo lo negativo, la locura, la maldad, la venganza, la injusticia. Es el feo, el oscuro, y siempre acaba siendo derrotado. Nadie cuestiona si todos los actos del bueno son correctos y tampoco nadie se para a pensar, por un momento, en los motivos del malo para hacer lo que hace. Juzgamos los actos correctos o incorrectos e inferimos si la persona que los cometió es buena o mala por ello, pero no pensamos en las causas que provocaron aquellos actos.

Todos llevamos a nuestra vida diaria estas ideas aprendidas cuando éramos pequeños. Y lo aplicamos a todo lo que nos rodea, sea lo que sea, también a la actualidad. Enseguida identificamos el bien y el mal, el negro y el blanco. Y esto nos hace distinguir con asombrosa nitidez a los buenos y a los malos y a establecer un nosotros y un ellos. No nos paramos a pensar en los matices, en las causas y los motivos de cada acto. Nos ponemos del lado de quien consideramos bueno y nos distanciamos irremediablemente del malo, sin darle siquiera una oportunidad para explicar sus acciones.

En nuestro país, la clase política tiende a hacer lo mismo sobre cualquier tema, tenga la trascendencia que tenga. Nuestros políticos son tan cortos de vista y de mente que no ven la realidad con toda su magnitud. Y lo mismo ocurre con los medios de comunicación y con esos tertulianos - influencers de tres al cuarto que opinan de todo. Reducida a ideas simples, a mensajes cortos y sencillos, utilizan el bien y el mal para diferenciar entre sus ideas y las de otros, polarizando a la opinión pública. No caben matices, no caben grises. O estás con ellos o contra ellos. 

Si estás conmigo, debes pensar esto, que es lo correcto, lo bueno. Y si no lo piensas, entonces no eres de los míos, estás con el malo. Da igual del tema que se trate, también de los asuntos internacionales, por otra parte, tan complejos. Y en la cuestión del conflicto en Oriente Próximo lo estamos viendo claramente. En un conflicto internacional de una magnitud no vista en años, seguimos empeñados en distinguir al bueno y al malo. Parece que si eres de derechas, debes apoyar a Trump, a Estados Unidos y a Israel, que son los buenos. Si eres de izquierdas, como buen antiimperialista, apoyarás sin fisuras a Irán.

Y yo me niego a elegir entre un hijo de puta y otro. Ese es precisamente el problema: nos obligan a elegir siempre entre dos hijos de puta y no tenemos por qué hacerlo. Nos obligan a identificar al bueno en un conflicto en el que no está claro quién es quién, y, quizá, no haya ningún bueno y todos sean malos. Quizá sea la distancia y la prudencia la mejor posición en todos estos casos.

Estados Unidos e Israel se presentan como los defensores de la civilización occidental frente a un régimen malvado, pero han roto la legalidad internacional para atacarlo y han causado miles de víctimas inocentes tanto en Irán como en Líbano y en otros lugares de Oriente Próximo. Han violado el Derecho Internacional que ellos mismos impusieron después de la Segunda Guerra Mundial. Tanto Trump como Netanyahu se han convertido en tiranos, lunáticos agresivos que no encuentran ningún limite a su poder, que pretenden destruir el orden mundial que conocíamos y que incluso se burlan de las víctimas del conflicto que ellos mismos han provocado. ¿Son éstos son los buenos?

Por otro lado, Irán se una de las dictaduras más sanguinarias que existen hoy en día. La Republica Islámica instaurada en 1979 es un régimen regido por religiosos fanáticos que imponen la versión más estricta de la ley islámica. Los ayatolás han reprimiendo a la oposición, a algunos colectivos, como los homosexuales y las minorías étnicas, y limitan los derechos y las libertades de la mitad de la población, las mujeres. Las protestas de hace unos meses fueron reprimidas con tanta dureza que causaron miles de muertos. En aquel país los derechos y las libertades civiles que damos por sentados en los países europeos son una mera quimera. Se trata de un Estado que usa el terror y la represión como armas de control de una población cada vez más descontenta. ¿Es éste, entonces, el bueno en esta historia?

No nos dejemos engañar, aquí no hay un bueno ni un malo. Aquí son todos unos hijos de puta, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia. No es posible distinguir a unos de otros en la guerra. Así que seamos un poco críticos y no adoptemos un bando tan a la ligera. El mundo no es como lo presentaron las películas de Walt Disney durante tantas décadas. Y ésta suele ser la enseñanza que acabamos extrayendo el otro día en el aula hablando sobre todo estos temas: estemos atentos a lo que ocurre; escuchemos, leamos sobre la guerra; pero desconfiemos de todo, de cualquier noticia, de cualquier imagen, de cualquier rumor. Porque en el mundo en el que vivimos, nada es lo que parece y se empeñan en hacernos elegir bando entre dos hijos de puta. El sentido común, el juicio crítico y la prudencia es lo que nos salva de semejante estupidez.