Un hermoso relato dice que el primer califa de Córdoba, Abderramán III, amaba tanto a su esposa Zahara que ordenó construir un suntuoso palacio para ella. Zahara procedía de los reinos cristianos del norte de la Península y añoraba la luz y el brillo de las cumbres nevadas de su tierra natal. Por eso el califa cordobés llamó a la ciudad palaciega Medinat Al-Zahra, "la ciudad brillante", aunque otros cronistas dicen que significa simplemente "La ciudad de Zahara". En cualquier caso, según la leyenda, el palacio fue el fruto del amor del soberano cordobés.
La realidad histórica es, sin embargo, mucho menos romántica. Los investigadores niegan la existencia de la favorita Zahara. Medinat Al-Zahra fue, al parecer, un complejo palacial diseñado como residencia del soberano de Al-Andalus y como un despliegue de poder y belleza ante quienes lo visitaban, ya fuesen súbditos o embajadores extranjeros. Medinat Al-Zahra era el centro de poder político del Califato, residencia del monarca, sede del gobierno, alcázar, lugar de encuentro de ulemas y alfaquíes, de sabios y juristas. Era lugar de llegada y de partida de todo en Al-Andalus. No era lugar de paso, sino de visita obligada.
Su emplazamiento fue elegido con sumo cuidado. Nada allí es casual. Se encuentra a seis kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, al norte del Guadalquivir y al sur de la sierra. Fue allí donde el primer califa de Al-Andalus, el poderoso Ahderramán III, ordenó construir su palacio hacia el año 936, poco después de proclamarse príncipe de creyentes, máxima autoridad de los musulmanes. Desde Medinat Al-Zahra, el representante de Dios en la Tierra domina la ciudad y el califato. Era un lugar privilegiado, el "Dar-al-Mulk", la morada del poder, donde todo se decidía en Al-Andalus.
Hoy, Medinat Al-Zahra es un inmenso yacimiento arqueológico que atrae a miles de turistas, investigadores y curiosos cada año. Es un lugar de saber y de descubrimiento del pasado porque las campañas arqueológicas continúan. Y es que tan sólo se ha excavado una pequeña porción del complejo palacial. La mayor parte del lugar es desconocida, está esperando ser descubierta. Por eso el palacio está lleno de expectativas, de preguntas y de respuestas. En el 2018, la UNESCO declaró la ciudad califal Patrimonio Mundial de la Humanidad dado su valor arqueológico y patrimonial. Sigue siendo hoy lugar de visita obligada, como lo fue en el siglo X.
Cuando uno pasea por allí, no obstante, recorre un laberinto en ruinas en el que es difícil adivinar donde está y qué fue cada estancia, cada espacio. Ha perdido parte del brillo, el lujo y la suntuosidad. La ruina iguala todas las estancias, como ocurre con la muerte. Igual de destruidas están los establos, las viviendas de los sirvientes, la casa del chambelán, llamada "Casa de Yafar", o el magnífico pabellón donde el califa recibía a los embajadores, el famoso "Palacio Rico". El sol radiante de principios de la primavera iluminaba Medinat Al-Zahra aquella tarde en la que visitamos el viejo palacio; y el ambiente agradable animaba a dar un paseo entre los restos de lo que fue la morada del poder, el "Dar-al-Mulk".
Uno camina por allí, por los distintos niveles de la ciudad califal, e imagina la impresión que debía de causar Medinat Al-Zahra en los visitantes, en aquellos embajadores de los reinos cristianos que acudían a recibir audiencia del príncipe de los creyentes, del califa: los arcos de herradura de estilo califal, los jardines reconstruidos en los años 60, la explanada oriental del palacio desde donde el califa despedía a los ejércitos, las tres mezquitas, la terraza áurica y el pabellón del Salón Rico en el que, por fin, tras una larga espera, el califa recibía a los visitantes. Etimológicamente Al-Zahra significa "la resplandeciente", "la brillante", "la floreciente". Y, en verdad, el palacio resplandecía, durante décadas fue el símbolo de la prosperidad y el brillo del domino Omeya en Córdoba, concebido para mostrar la grandeza de la dinastía reinante. Pero, aquel brillo fue efímero, como ocurre con casi todo en la vida. Poco queda hoy del brillo de aquel palacio.
El fin de Medinat Al-Zahra sigue siendo hoy un misterio. Al parecer, la destrucción del palacio comenzó en tiempos de Almanzor, al final del siglo X, cuando el caudillo andalusí ordenó el traslado de la administración de gobierno al Palacio de Medina Al Zahira, al este de la ciudad Córdoba. Al Zahira fue concebido para rivalizar con Al Zahra en belleza y suntuosidad. Hacia el año 1010, después de la muerte de Almanzor y el debilitamiento del poder del califa, el pueblo de Córdoba saqueó por primera vez Medinat Al-Zahra. No sería la última, desde luego. Desde el siglo XI, el lugar perdió su esplendor hasta acabar en la ruina, utilizado como cantera para construcciones posteriores.
Pero el lugar conservó el encanto y el misticismo que lo caracterizaron siempre. El cronista andalusí Al Sumaysir, a finales del siglo XI, dejó escrito un final conmovedor para Medinat Al-Zahra. "Me detuve en Al-Zahra lloroso y meditabundo para clamar entre las deshechas ruinas: '¡Oh, Zahara, vuelve a ser!' Pero me contestó: '¿Y a caso vuelven los difuntos?'".