Eran las tres y media de la tarde del siete de julio. El calor abrasador del verano se había transformado en una violenta tormenta que estaba descargando con fuerza sobre la ciudad de Segovia. El petricor, por si no lo saben, el olor a tierra mojada, contribuía a crear una atmósfera bucólica, de película: un aguacero refrescante que alivia el calor veraniego en una bella ciudad castellana. Nada más lejos de la realidad, al menos, para el que esto escribe.
Llevaba trabajando desde las ocho de la mañana en un instituto cualquiera de Segovia, un centro público destartalado como cualquier otro. Después de seis horas examinando en un aula recalentada de un edificio anexo, consumido por el hartazgo y el hambre, había salido a buscar algo que llevarme a la boca. No tenía mucho tiempo antes de comenzar un nuevo examen, así que debía darme prisa. Cuando estaba a punto de salir del supermercado donde había comprado un bocadillo frío, un tremendo trueno rompió el cielo dando inicio al aguacero. Así que, sin más alternativa, eché a correr para resguardarme en el instituto. Y allí acabé al fin, en el porche del edificio principal, esperando a que escampase.
Estaba calado, como podéis imaginar. Llevaba la mitad derecha de la camiseta empapada, igual que la mitad correspondiente del pantalón y las zapatillas. Al parecer, mis pies, confusos, creyeron que ya estaban disfrutando del verano en una piscina o en una playa. Pero estaban equivocados: era el patio de un instituto. Y no, el siete de julio aún no había comenzado mi descanso veraniego, para disgusto de aquellos que envidian los dos meses de vacaciones de los docentes. Harto, cansado y hambriento, me decidí a devorar el bocadillo allí mismo, de pie, en el viejo portalón del centro.
El silencio sólo era roto por el ruido de la lluvia porque no había nadie más. ¿Quién iba a ser el imbécil de salir cuando más llovía? En aquel ambiente decadente, mojado y sudoroso, me sentí un poco ermitaño, un asceta haciendo penitencia. Desconozco, ciertamente, cuáles eran las culpas que tenía que redimir. Llevaba muchos días lejos de casa, comiendo mal, durmiendo poco y teniendo, como único refugio de soledad y tranquilidad, la habitación del hotel que sufragaba, de momento, con dinero de mi bolsillo. Y no estaba de vacaciones, aquello no era un viaje de placer, era una estancia para trabajar. Estaba en medio del proceso selectivo para profesores de educación secundaria a doscientos kilómetros de mi centro de trabajo habitual.
Esos días frenéticos, extenuantes hasta la desesperación, tuvieron en aquel momento, un destello espiritual, casi místico. Recordé allí, empapado y pegajoso, el consejo que una buena amiga me había dado cuando le conté mis aventuras: resignación, paciencia y estoicismo. Pero uno no es un asceta ni un eremita. Y la paciencia se acaba agotando igual que el vaso que contiene el agua acaba rebosando si viertes demasiada. Durante semanas, la incertidumbre, el síndrome del impostor, la ansiedad y los mil euros de gastos no me dejaron dormir. Sabía, porque no soy nuevo en estos menesteres, que habría horas de aburrimiento, de espera, de nervios, de trabajo agotador. Se me pasaban por la cabeza los viajes en coche, las horas en la habitación del hotel, las conversaciones monótonas sobre el mismo tema... Y, todo por supuesto, a cuenta del que esto escribe. ¿Y de qué te quejas? me preguntó un colega ante la ansiedad y la indignación que se apoderaron de mí.
Ahora estoy aquí, tumbado en la cama de la habitación del hotel, comiendo las cerezas que compré ayer en una frutería cercana. Es el último día de todo esto y no puedo quitarme de la cabeza aquel episodio del aguacero, de la lluvia, del calor, del hambre, del cansancio, del hartazgo. Y, sin embargo, tampoco puedo dejar de sentir algo contradictorio, una leve satisfacción, un placer minúsculo e inesperado que emerge entre la indignación, la ansiedad, la miseria y el cansancio: el alivio de haber hecho lo que correspondía. Y recuerdo también muchos momentos y situaciones de todos estos días. No son momentos alegres ni felices, son anécdotas que uno almacena en la memoria, algunas por un tiempo, otras para toda la vida. Cuando el tiempo corra y pase sin remedio, al menos quedará el resplandor de algunos momentos vividos y de algunas personas que se cruzaron en el camino aunque fuese de manera fugaz.
Y recuerdo en todo este barullo mental, al compañero más inesperado de todos, al más desconocido. Enjuto, de voz ronca, ropas descuidadas e intenso olor a tabaco, Pedro pasaría antes por camarero de un bar de pueblo que por profesor de instituto. Tan pronto te recitaba versos de Quevedo como salía por bulerías en los tiempos muertos entre examen y examen en aquel aula apartada. Era un tipo peculiar, sin duda; un personaje casi literario que podría ser el protagonista único e indiscutible de cualquier novela. Éste era el último servicio que ofrecía a la Educación (con mayúscula) antes de la jubilación. Un servicio sobrevenido e inesperado. Cuando creía que todo terminaba, el azar le obligó a seguir trabajando unas semanas más, a hacer algo que nunca había hecho antes, a adaptarse a una nueva y última aventura sobrevenida. Y así lo hizo, a pesar de todo. Y su madre, según nos contó, estaba muy orgullosa de él.
Entonces no puedo evitar esbozar un timidísima sonrisa, una sonrisa que no estaría dispuesto a reconocer. Me acuerdo de un soneto de Quevedo que Pedro escribió en la pizarra un día cualquiera; serían, qué se yo, las cinco de la tarde. Después de nueve horas trabajando sin salir del aula, a Pedro le brotó de dentro unos versos que había leído y releído incontables veces y, a fuerza de hacerlo, había acabado grabándolos para siempre dentro de sí. Busco en la galería del teléfono la foto que hice a la pizarra con el poema. "Viene muy bien este soneto para los días que estamos viviendo" nos dijo nada más escribirlo. Reconozco que aquel día, deseoso de marcharme de allí, no me paré a leerlo. Ahora sí, ahora leo los versos con atención. La última estrofa dice:
"... sí porfías
en seguir sombras y abrazar engaños,
mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años."