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jueves, 6 de agosto de 2026

MARRUECOS: EL PROBLEMA DEL FLANCO SUR


España tiene un problema en su flanco sur. Los acontecimientos ocurridos a finales de julio en la ciudad autónoma de Ceuta no son, desde luego, una crisis migratoria sino un nuevo órdago de Marruecos a España. El uso de migrantes es uno más de los múltiples instrumentos en las modernas guerras híbridas del siglo XXI. Y el gobierno de Rabat lo ha utilizado una vez más para presionar al español y evidenciar la vulnerabilidad de la frontera española de Ceuta y Melilla.

Pongámonos en contexto. El Estado marroquí fue constituido en 1956 tras su independencia de España y Francia. Desde entonces, la monarquía alauita ha desarrollado un plan expansionista que incluyó, entre otras acciones, la anexión del Sáhara Occidental en 1975 tras la Marcha Verde. Territorio, por cierto, que sigue pendiente de descolonizar. El irredentismo marroquí reclama también zonas marítimas en el Atlántico, corredores comerciales en el Mediterráneo y África y las posesiones españolas en el norte de este continente: algunos islotes deshabitados y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. En 2002, el desembarco de tropas marroquíes en el islote Perejil, bajo soberanía española, fue un aviso de la agresividad de Marruecos. Los pleitos por los límites marítimos en los alrededores de las Islas Canarias o la construcción del megapuerto de Nador que rivalizará con Algeciras y Valencia son otros ejemplos. Rabat nunca ha ocultado sus aspiraciones expansionistas sobre Ceuta y Melilla. 

Debemos tener en cuenta que Ceuta y Melilla no son consideradas colonias por parte de las Naciones Unidas ya que la presencia española se remonta a los siglos XV y XVI y hoy disfrutan de una amplia autonomía. Hasta hace poco tiempo, nadie cuestionaba su sobarenía más allá del ultranacionalismo marroquí. La frontera entre ambas ciudades y Marruecos es la única frontera terrestre entre la Unión Europea y África y, en la actualidad, es absolutamente permeable pues los marroquíes no necesitan visado para cruzarla y entrar en territorio español. Numerosos trabajadores cruzan diariamente la valla procedentes de las localidades marroquíes de alrededor. El control fronterizo se realiza en las conexiones aéreas y marítimas entre las ciudades y el resto de España. Esto ha favorecido la interrelación de ambas ciudades con su entorno cercano, así como el desarrollo económico en la zona.

Desde el punto de vista migratorio, ambos enclaves son, por supuesto, lugares calientes. La valla separa dos mundos completamente diferentes en cuanto a nivel de desarrollo económico y social. Son, además, la puerta de entrada a Europa desde África. Desde hace décadas, la Unión Europea y España han externalizado la gestión de las oleadas de migrantes. Marruecos, igual que otros países extraeuropeos como Turquía, reciben ayudas de la UE para contenerlos. En este sentido, el Estado marroquí tiene todos los medios necesarios para evitar asaltos a la valla de Ceuta y de Melilla. El problema es que Marruecos no es un socio fiable. El gobierno de Mohamed VI mantiene una actitud ambivalente con España y utiliza a los migrantes como un instrumento de presión para conseguir ventajas políticas y comerciales con España y con la Unión Europea. En otras palabras, Rabat permite que miles de migrantes asalten Ceuta y Melilla cuando le da la gana.

Esto deja en una situación de debilidad absoluta a ambos enclaves pues su seguridad acaba dependiendo de Marruecos que, además, no reconoce la soberanía española. Marruecos no es tampoco una democracia sino una satrapía en la que el monarca Mohamed VI posee enorme capacidad de decisión en todos los ámbitos y controla las principales empresas del país mientras el grueso de la población vive en la pobreza. Un ejemplo significativo de todo ello es la construcción del estadio de fútbol Hassan II en Casablanca que está financiado parcialmente con capitales españoles y europeos. Tendrá una capacidad para 115.000 espectadores, el más grande de África, y pretende reemplazar al Santiago Bernabéu en la Copa del Mundo de 2030, que tiene previsto celebrarse en Portugal, España y Marruecos. España está alimentando al monstruo que amenaza con devolarlo.

Por otro lado, Marruecos ha estrechado lazos con Estados Unidos e Israel. Trump no oculta sus simpatías por el reino alauita. Ha reconocido el Sáhara Occidental como una provincia marroquí y ha intensificado la venta de armas a Marruecos. Rabat ha dado el nombre del presidente de Estados Unidos a la autovía que une el país con el Sáhara Occidental. Algo parecido ocurre con Israel desde los Acuerdos de Abraham, impulsados por Trump. La normalización de relaciones entre ambos países ha llevado a Tel Aviv a reconocer la soberanía marroquí en el Sáhara. El Mossad ha suministrado equipamiento militar y servicios de inteligencia al ejército marroquí que, como es fácil suponer, se está armando hasta los dientes. Hace días leí en un periódico que el Ejército de Tierra español cuestionaba ya en un informe la superioridad militar española sobre Marruecos en caso de conflicto. Ahí es nada.

Justo en el momento de mayor acercamiento entre Marruecos y Estados Unidos e Israel, se produce el mayor distanciamiento entre ambas potencias y España. El gobierno de Pedro Sánchez se ha esforzado en los últimos meses en mantener una postura más autónoma en cuestiones internacionales y especialmente crítica con las acciones de Israel en Gaza y con la Guerra de Irán. A pesar de que Estados Unidos y España son aliados y ambos son miembros de la OTAN, Trump no oculta sus simpatías hacia nuestro vecino del sur y sus desavenencias con el gobierno de Madrid. El asalto a la valla de Ceuta fue aprovechado también por la Administración Trump a nivel interno para justificar su durísima política anti-inmigratoria y para advertir de lo que podría ocurrir en la frontera con México si se relaja. Por cierto, el paraguas protector de la OTAN no incluye las ciudades de Ceuta y Melilla por encontrarse en África y no en el continente europeo, así que los aliados no tienen obligación de socorrer a España en caso de ataque a dichas ciudades.

Israel, por supuesto, también está usando el incidente en Ceuta para cuestionar la legitimidad de la política internacional del gobierno de España. Acusa a España de colonizar territorios que son marroquíes (a la sazón, Ceuta y Melilla), mientras critica las acciones israelíes en Palestina. En redes sociales, además, boots vinculados al Estado sionista están difundiendo mensajes sobre la debilidad del gobierno español ante lo que está ocurriendo. Éste es, en definitiva, otro instrumento más de la guerra híbrida a la que hemos aludido. También hay numerosas cuentas en árabe que están difundiendo mensajes falsos sobre las posesiones españolas en el norte de África cuestionando su soberanía. Hay quien dice que el Mossad pudo estar vinculado de alguna manera con el asalto a Ceuta de finales de julio.

¿Y qué hace mientras tanto el gobierno español? Intenta solventar la situación sin ofender demasiado a Marruecos y evitando acusar directamente al gobierno de Rabat de lo ocurrido en Ceuta. Esta actitud inocente ha llevado a algunos miembros del gobierno a decir que Marruecos es un buen amigo y un socio fiable, a pesar de todo. Desde hace muchas décadas, la actitud del gobierno de Madrid hacia el vecino del sur es, en cierta forma, sumisa e imprudente. Se evita cualquier provocación que pueda irritar a Rabat. ¿Por qué si no el rey Felipe VI no ha visitado nunca Ceuta y Melilla? Se sigue enviando ayuda a Marruecos a pesar de que es manifiesto que se utiliza para fines diferentes a los acordados y no se condena nunca ninguna acción del gobierno marroquí en cualquier ámbito, como la constante vulneración de los derechos humanos de los opositores. El gobierno de Pedro Sánchez incluso admitió que la única salida para el problema del Sáhara Occidental era la autonomía dentro del reino marroquí, un giro en la línea política de Madrid desde la Marcha Verde. Y es que con el gobierno alauita hay que andar con mucho cuidado. Algunos dicen que la reciente visita del presidente del gobierno a Argel, rival tradicional de Marruecos en el norte de África, ha irritado tanto al gobierno de Mohamed VI que ha desencadenado la crisis de Ceuta.

¿Y la Unión Europea? ¿Qué actitud ha adoptado en todo esto? Como siempre, ni está ni se la espera. El apoyo por parte de los países (en teoría) amigos de la Unión Europea ha sido escaso. Algunos amenazaron con expulsar a España del Espacio Schengen que permite la libre circulación de personas entre los miembros. Tal fue el caso de Italia y de Finlandia. Otros han mostrado cierto apoyo a España aunque con críticas veladas, como Francia y Portugal. La mayoría se ha mantenido distante y no se han pronunciado en demasía. La Comisión Europea tampoco ha acusado directamente a Marruecos para no provocar más a la fiera. Recordemos, no obstante, que España sí participa en las operaciones militares de disuasión en Europa del Este, en apoyo de sus aliados, a pesar de que aquel frente le queda demasiado lejos.

Recuerdo que, cuando la Guerra de Ucrania acababa de estallar, hablábamos en una clase de 2°Bachillerato sobre sus causas y consecuencias. Debatíamos también sobre la postura que debía adoptar España al respecto, si debía apoyar sin fisuras a sus aliados en un frente que le pilla demasiado lejos, como es Europa Oriental, o si, por el contrario, debía distanciarse prudentemente de un lugar que no le importa demasiado. Al final de la clase, cuando estaba a punto de terminar, yo les abrí un nuevo escenario: ¿No deberíamos estar más preocupados por Marruecos que por Rusia? ¿Y si al sátrapa de Marruecos se le antoja invadir Ceuta y Melilla? ¿Estamos preparados para una guerra abierta? Los alumnos me miraron un poco atónitos porque nunca se lo habían planteado. En aquella ocasión yo tampoco ahondé más en el tema porque el timbre del final de la sesión acaba de sonar. Ahora recuerdo sin embargo, aquella conversación. Desde luego, España tiene un problema en su flanco sur. 



Quizá esta imagen generada con IA sirva para resumir los vicios de la Monarquía de Mohamed VI

domingo, 26 de julio de 2026

CARMEN DE LA MATA CUMPLE CIEN AÑOS


Carmen de la Mata cumple cien años. Su labor fue resumida por José Antonio Pérez Rioja en su obra "Apuntes para un diccionario biográfico de Soria" (1998): "Soriana que, desde la ya desaparecida Sección Femenina, se ha esforzado con tesón y entusiasmo por conservar, tal como eran, las danzas de nuestra provincia, a la vez que ha enseñado a bailar a varias generaciones de muchachas". Las danzas tradicionales sorianos y la Educación Física dieron forma a su vida.

Hoy Carmen de la Mata es una anciana adorable de carácter indomable que, sin embargo, aún luce con orgullo en una de las paredes de su habitación la medalla al mérito deportivo que le otorgó hace ya demasiados años el mismísimo Juan Antonio Samaranch. En las últimas décadas también ha sido reconocida como "Soriana de Pro" por el Ayuntamiento (1995); "Soriana Saludable" por la Caja Rural (1997); y "I Premio Colodra" por la Diputación Provincial (2013). Para muchas generaciones de sorianos, Carmen fue su profesora de Educación Física en el instituto. Para mí es, simplemente, la tía Carmen.

Y es que, cuando nos esperaba junto a mi abuela cada Nochebuena con una nueva caja "Lego" para abrir yo no sabía nada de la Sección Femenina, de las danzas ni de la Educación Física. Tampoco, cuando recorríamos el Collado hasta la Librería "Las Heras" para elegir el cómic de "Astérix" que me iba a regalar. El tiempo pasada demasiado rápido. Hace unos cuantos años, escribimos juntos este relato sobre su recuerdo de las clases de Educación Física. ¡Qué mejor homenaje que compartirlo aquí!

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Para impartir clase de Educación Física tuve que asistir a unos cursos que organizaba en Madrid la Sección Femenina de Falange. Preferí estudiar Educación Física en lugar de Magisterio. Eran los años 40, los tiempos de la dictadura, hace muchos años. Después, cuando ya estaba trabajando también tuve que seguir formándome con más cursos. Mi primer destino fue la Escuela de Magisterio de Soria, donde estuve algunos años; y, después, el Instituto Antonio Machado.

Cuando inauguraron el Instituto Castilla en 1969 fui una de las primeras profesoras en impartir clase allí. Al principio era solo un centro femenino porque entonces los chicos y las chicas estudiaban por separado. En mis clases de Educación Física hacía de todo, practicábamos todos los deportes. Como iba frecuentemente a Madrid a los cursos de formación, aprendía nuevos deportes que después practicaba con mis alumnas en las clases. Por ejemplo, traje el voleibol a Soria porque entonces no se practicaba. Lo llamábamos “balón-volea”. También jugábamos al “mini-basket” y hacíamos gimnasia rítmica, que me gusta mucho. Participábamos en campeonatos nacionales e internacionales. Una vez fuimos a Francia a un campeonato con doce alumnas representando a España. Fuimos en autobús. También estuvimos en Suiza y en Alemania. 

Unos años más tarde convirtieron el instituto en un centro mixto, con chicos y chicas. Siempre me acuerdo de una anécdota con los primeros alumnos que tuve. Les pedí que se comprasen zapatillas para hacer gimnasia y ellos se pensaron que íbamos a hacer ballet o danza. Algunos fueron a sus padres diciéndoles que la profesora de Educación Física les había pedido “zapatillas de ballet”. Claro, luego se dieron cuenta de que no era así. Les pedía zapatillas de gimnasia, no de ballet, para evitar dañar el suelo del gimnasio del instituto. Si hacías deporte con zapatillas de deporte normales o con calzado de calle, el parqué del gimnasio, que era de madera de Guinea, se estropeaba. Era importante cuidarlo.

Practicábamos todos los deportes y también hacíamos gimnasia deportiva. Les enseñaba a hacer el pino, a dar la voltereta hacia adelante, la voltereta lateral. Lo que más les gustaba era saltar con el “mini-tramp”. Incluso los alumnos menos hábiles acababan saltando y haciendo piruetas. La paciencia y la constancia eran muy importantes; y, sobre todo, que no le cogiesen miedo al ejercicio. Yo hacía los ejercicios con ellos, me veían e imitaban lo que hacía. Siempre digo que “mirando se aprende”. El ejercicio físico es esencial para mantener el cuerpo ágil y sano.  

Yo creo que no era una profesora dura, aunque sí muy estricta. Era la única a la que llamaban de tú en el instituto porque los alumnos tenían mucha confianza conmigo. Lo normal era tratar a los profesores de usted. Casi todos los alumnos que tuve aprobaron la asignatura excepto los que no iban a clase, que ya sabían que tenían falta. Pero casi todos venían siempre porque les gustaban mis clases. Tuve un alumno que sólo asistía a mis clases. Muchos siguieron practicando deporte después (voleibol, baloncesto, gimnasia). Algunos estudiaron INEF y aún me lo recuerdan. 

Me encanta cuando vienen antiguos alumnos y alumnas, que ahora son mayores (tienen ya hijos y algunos incluso nietos), y se acuerdan de mí. Hablamos de cómo eran las cosas entonces y es muy emocionante. Teníamos menos medios porque, por ejemplo, no había agua caliente en los vestuarios y nos duchábamos con agua fría después de hacer deporte. Al final nos acostumbrábamos. Todos me dicen lo mismo: el deporte enseña disciplina y compañerismo. Son valores muy importantes en la vida.



jueves, 9 de julio de 2026

DÍAS EN SEGOVIA


Eran las tres y media de la tarde del siete de julio. El calor abrasador del verano se había transformado en una violenta tormenta que estaba descargando con fuerza sobre la ciudad de Segovia. El petricor, por si no lo saben, el olor a tierra mojada, contribuía a crear una atmósfera bucólica, de película: un aguacero refrescante que alivia el calor veraniego en una bella ciudad castellana. Nada más lejos de la realidad, al menos, para el que esto escribe. 

Llevaba trabajando desde las ocho de la mañana en un instituto cualquiera de Segovia, un centro público destartalado como cualquier otro. Después de seis horas examinando en un aula recalentada de un edificio anexo, consumido por el hartazgo y el hambre, había salido a buscar algo que llevarme a la boca. No tenía mucho tiempo antes de comenzar un nuevo examen, así que debía darme prisa. Cuando estaba a punto de salir del supermercado donde había comprado un bocadillo frío, un tremendo trueno rompió el cielo dando inicio al aguacero. Así que, sin más alternativa, eché a correr para resguardarme en el instituto. Y allí acabé al fin, en el porche del edificio principal, esperando a que escampase. 

Estaba calado, como podéis imaginar. Llevaba la mitad derecha de la camiseta empapada, igual que la mitad correspondiente del pantalón y las zapatillas. Al parecer, mis pies, confusos, creyeron que ya estaban disfrutando del verano en una piscina o en una playa. Pero estaban equivocados: era el patio de un instituto. Y no, el siete de julio aún no había comenzado mi descanso veraniego, para disgusto de aquellos que envidian los dos meses de vacaciones de los docentes. Harto, cansado y hambriento, me decidí a devorar el bocadillo allí mismo, de pie, en el viejo portalón del centro. 

El silencio sólo era roto por el ruido de la lluvia porque no había nadie más. ¿Quién iba a ser el imbécil de salir cuando más llovía? En aquel ambiente decadente, mojado y sudoroso, me sentí un poco ermitaño, un asceta haciendo penitencia. Desconozco, ciertamente, cuáles eran las culpas que tenía que redimir. Llevaba muchos días lejos de casa, comiendo mal, durmiendo poco y teniendo, como único refugio de soledad y tranquilidad, la habitación del hotel que sufragaba, de momento, con dinero de mi bolsillo. Y no estaba de vacaciones, aquello no era un viaje de placer, era una estancia para trabajar. Estaba en medio del proceso selectivo para profesores de educación secundaria a doscientos kilómetros de mi centro de trabajo habitual. 

Esos días frenéticos, extenuantes hasta la desesperación, tuvieron en aquel momento, un destello espiritual, casi místico. Recordé allí, empapado y pegajoso, el consejo que una buena amiga me había dado cuando le conté mis aventuras: resignación, paciencia y estoicismo. Pero uno no es un asceta ni un eremita. Y la paciencia se acaba agotando igual que el vaso que contiene el agua acaba rebosando si viertes demasiada. Durante semanas, la incertidumbre, el síndrome del impostor, la ansiedad y los mil euros de gastos no me dejaron dormir. Sabía, porque no soy nuevo en estos menesteres, que habría horas de aburrimiento, de espera, de nervios, de trabajo agotador. Se me pasaban por la cabeza los viajes en coche, las horas en la habitación del hotel, las conversaciones monótonas sobre el mismo tema... Y, todo por supuesto, a cuenta del que esto escribe. ¿Y de qué te quejas? me preguntó un colega ante la ansiedad y la indignación que se apoderaron de mí.

Ahora estoy aquí, tumbado en la cama de la habitación del hotel, comiendo las cerezas que compré ayer en una frutería cercana. Es el último día de todo esto y no puedo quitarme de la cabeza aquel episodio del aguacero, de la lluvia, del calor, del hambre, del cansancio, del hartazgo. Y, sin embargo, tampoco puedo dejar de sentir algo contradictorio, una leve satisfacción, un placer minúsculo e inesperado que emerge entre la indignación, la ansiedad, la miseria y el cansancio: el alivio de haber hecho lo que correspondía. Y recuerdo también muchos momentos y situaciones de todos estos días. No son momentos alegres ni felices, son anécdotas que uno almacena en la memoria, algunas por un tiempo, otras para toda la vida. Cuando el tiempo corra y pase sin remedio, al menos quedará el resplandor de algunos momentos vividos y de algunas personas que se cruzaron en el camino aunque fuese de manera fugaz.

Y recuerdo en todo este barullo mental, al compañero más inesperado de todos, al más desconocido. Enjuto, de voz ronca, ropas descuidadas e intenso olor a tabaco, Pedro pasaría antes por camarero de un bar de pueblo que por profesor de instituto. Tan pronto te recitaba versos de Quevedo como salía por bulerías en los tiempos muertos entre examen y examen en aquel aula apartada. Era un tipo peculiar, sin duda; un personaje casi literario que podría ser el protagonista único e indiscutible de cualquier novela. Éste era el último servicio que ofrecía a la Educación (con mayúscula) antes de la jubilación. Un servicio sobrevenido e inesperado. Cuando creía que todo terminaba, el azar le obligó a seguir trabajando unas semanas más, a hacer algo que nunca había hecho antes, a adaptarse a una nueva y última aventura sobrevenida. Y así lo hizo, a pesar de todo. Y su madre, según nos contó, estaba muy orgullosa de él.

Entonces no puedo evitar esbozar un timidísima sonrisa, una sonrisa que no estaría dispuesto a reconocer. Me acuerdo de un soneto de Quevedo que Pedro escribió en la pizarra un día cualquiera; serían, qué se yo, las cinco de la tarde. Después de nueve horas trabajando sin salir del aula, a Pedro le brotó de dentro unos versos que había leído y releído incontables veces y, a fuerza de hacerlo, había acabado grabándolos para siempre dentro de sí. Busco en la galería del teléfono la foto que hice a la pizarra con el poema. "Viene muy bien este soneto para los días que estamos viviendo" nos dijo nada más escribirlo. Reconozco que aquel día, deseoso de marcharme de allí, no me paré a leerlo. Ahora sí, ahora leo los versos con atención. La última estrofa dice: 

"... sí porfías
en seguir sombras y abrazar engaños,
mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años."



martes, 23 de junio de 2026

LAS OVEJAS EN LA AVENIDA


Salgo apresurado del instituto un día de junio. Es un día raro, de esos típicos del final de curso. Un día de nervios y de estrés en el momento más agotador del año. Junio es siempre tiempo de despedidas, de nostalgia, de evaluaciones, de recuerdos, de oposiciones. También es un tiempo de milagros, y no pocos. Pasan muchas cosas en los días de junio, algunas inesperadas, y éste es uno de ellos. Un día raro. Vuelvo a mi casa corriendo para preparar la maleta y comer algo antes de partir. Debo estar en Segovia a las cinco de la tarde. Dos horas y media de camino en coche propio, en transporte público es prácticamente imposible llegar.

La avenida está espléndida en esa mañana luminosa del final de la primavera. Los árboles que flanquean la calzada exhiben sus hojas de color verde intenso, el trino de los pájaros crea un ambiente agradable y el sol luce en lo alto de un cielo azul. El buen tiempo, los días largos y la proximidad de las fiestas de San Juan transforman la ciudad de forma súbita, irreconocible sólo un par de meses antes. Todo parece normal aquella mañana. No hay nada fuera de lo corriente. Camino rápido por la acera, con la cartera con varios cuadernos en una mano y las llaves en otra. Ando un poco agobiado por el calor y por la prisas.

Cuando estoy llegando al portal, observo que los transeúntes miran hacia el final de la calle. Muchos esperan quietos, o de puntillas para ganar unos centímetros y divisar mejor la lejanía, otros sacan sus teléfonos móviles para fotografiar o grabar lo que sus ojos presencian. Al fondo se escuchan algunos cascabeles y gritos y silbidos esporádicos: "¡Ea, ea!", "¡chis, chis!", "¡fiu, fiu!". Un coche de la policía local abre paso a la ilustre comitiva, que se adentra en la ciudad desde la estación de tren. La prisa se transforma en curiosidad y el estrés se torna, por un momento, en algo de emoción. Curiosidad por aquel espectáculo extraño, que se produce rara vez, y emoción por el recuerdo de un tiempo pasado y de algo que está a punto de extinguirse.

Un rebaño de un millar de ovejas avanza por la avenida, entre coches y transeúntes urbanitas que, como yo, se han encontrado de improviso con el espectáculo. Lo han avisado los medios de comunicación, pero en la vorágine de las peripecias cotidianas, lo he olvidado: es la última trashumancia. Aquellas son las ovejas de los últimos pastores sorianos que realizan esa práctica ancestral, el desplazamiento estacional del ganado ovino lanar, desde las frías sierras del norte a las dehesas del sur en otoño y desde el sur al norte en primavera. Los últimos pastores trashumantes van a jubilarse y la trashumancia desaparecerá por completo después de más de mil años.

Aquella estampa de las ovejas merinas desfilando por el centro de nuestra ciudad de Soria despierta en mí recuerdos que creía olvidados. En aquella misma avenida, en aquel mismo lugar, por aquellas mismas fechas, treinta años atrás, también contemplaba las ovejas que venían del sur y se dirigían a las sierras de Tierras Altas. Aquellas ovejas del 2026 trajeron a mi memoria los grandes rebaños que me sorprendían en brazos de mis abuelos hace ya muchas décadas. Y no pude más que sentir nostalgia de todo aquello, el latigazo del tiempo que tantas veces he comentado en este blog.

Unos segundos estoy contemplando el espectáculo trashumante: las resignadas mulas, los orgullosos mastines, las gregarias ovejas, los altivos carneros, los pastores... "¡Vamos, vamos, que a este paso no vamos a llegar nunca" le dice delante de mí un pastor a un corderillo con tono casi paternal. Detrás del rebaño, insignificante comparado con los de antaño, de cientos de miles de ovejas, desfila un séquito de arribistas, politicuchos y activistas de tres al cuarto que se suman al espectáculo cuando atraviesa la ciudad y lo abandonan cuando se adentra en el campo. Entonces me di cuenta de que quizá no volvería a ver aquello, de que estaba contemplando algo que desaparecería para siempre. La vida del pastor trashumante es tan dura que nadie quiere ejercer el oficio. Justo en aquel instante de lucidez, cruzo hasta el centro de la calzada y saco una foto desde atrás, cuando la última oveja acaba de pasar delante de mí. Después, olvido la trashumancia, pues el tiempo apremia.

Esa noche, en la habitación del hostal de Segovia, reviso mi teléfono. Después de una tarde frenética de quehaceres diversos, puedo por fin tumbarme en la humilde cama y relajarme un poco. Antes de cerrar los ojos hasta el día siguiente, reviso mi teléfono y repito, por última vez aquel día, el patético peregrinaje de una red social a otra. De WhatsApp a Instagram y de Instagram a Twitter para acabar volviendo a WhatsApp. En uno de esos impulsos incontenibles, entro en la galería y veo la foto de las ovejas otra vez. Durante muchas horas, la memoria ha arrinconado la trashumancia y el espectáculo ganadero de esa mañana. Lejos de mi casa, en otra ciudad y agobiado por otros temas y preocupaciones mundanas, vuelvo a ver, en la pantalla de mi teléfono, la vieja avenida, el cielo azul, los esbeltos árboles de hojas verdes y el rebaño de ovejas caminando sobre el asfalto. No puedo evitar sonreír tímidamente. Pero en mi sonrisa no hay alegría sino nostalgia y pena; nostalgia y pena por un mundo que desaparece irremediablemente y no volverá jamás.



Última trashumancia en Soria, 19 de junio de 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

LOS SESENTONES DE RIOTINTO




Pasaban apenas unos minutos de las nueve y media de la mañana y estábamos solos en el Museo Minero de Riotinto, en Huelva. Creímos que así sería en toda la visita pues era un viernes cualquiera de abril, un día laborable poco indicado para el turismo. "Estaremos nosotros dos y el bedel" le dije a mi compañera con sarcasmo. El frescor de la mañana entraba por el portón e invadía todas las salas del antiguo hospital para trabajadores de las minas construido a comienzos del siglo XX y reconvertido en el museo "Ernest Lluch", en honor al político asesinado por ETA en el año 2000. En efecto, parecía que la calma y el sosiego nos acompañarían todo el día.

Era todo, sin embargo, un espejismo. Contemplábamos con detenimiento las maquetas de los poblados mineros construidos cerca de las minas de Riotinto, fotos antiguas de los trabajadores y ejemplares de minerales extraídos en las excavaciones cuando llegaron al aparcamiento tres autobuses. Dos procedían de Aljaraque y otro de Punta Umbría. Una marabunta entró en tropel al museo rompiendo la calma y la tranquilidad que creíamos inalterables. "¡Aljaraque 1, por aquí!" gritó una de las guías indicando a un grupo de unos treinta hombres y mujeres entrados en años la sala en la que empezaría la visita. 

Unos instantes después, otro grupo de sexagenarios, el Aljaraque 2, atravesó el pequeño vestíbulo del museo acompañado por su guía. El grupo de Punta Umbría se mezcló con ellos en una maraña de gente que iba y venía a un sitio y a otro, como si se tratase del metro a primera hora de la mañana. Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos incrédulos ante el espectáculo que estábamos presenciando. No habíamos pensando en que aquel viernes de abril, aquel día laborable poco indicado para el turismo era, sin embargo, perfecto para el Club de los 60. Sesentones iban y venían de aquí y de allá gritando y boceando: "¿Dónde están los baños?", "¿Cuál es mi grupo?", "¿Cuánto va a durar la visita?", "¿Dónde puedo sentarme?". 


Escapamos del griterío a través de la réplica de una galería minera de época romana en la que uno puede descubrir el funcionamiento del famoso Tornillo de Arquímedes, un ingenio que muestra el desarrollo de la ingeniería de Roma. Aquel conducto nos llevó a la época contemporánea, cuando la británica "Rio Tinto Company Limited" comenzó a explotar las minas en 1873. La inversión británica transformó la comarca, la provincia, el paisaje y la economía de Huelva. El ferrocarril que conectaba las minas con la Ría de Huelva fue el cordón umbilical que permitió el desarrollo económico de esta tierra. 

Los sesentones seguían de cerca nuestras pisadas, así que no podíamos confiarnos. Una mujer en silla de ruedas apareció de improviso al final del túnel minero. "Pero ¿cómo has llegado aquí?" le preguntó una de las guías. "A través del túnel... Me he agobiado un poco" respondió la señora con voz aguda y un poco cortada. Nosotros escapamos de allí en cuanto pudimos. Teníamos reservados dos billetes del tren turístico por la cuenca minera a las once y media y se estaba haciendo tarde. La fila para entrar en los servicios era larga, como si de un evento multitudinario se tratase. Algunos preferían perderse parte de la visita antes que aguantar las ganas de ir al baño.

También creímos que estaríamos solos en el trenecito turístico que recorre la cuenca del Tinto, un tren con vagones originales de comienzos del siglo XX. Esperando allí, en un banquito al sol, descubrimos que también nos habíamos equivocado: los autobuses no tardaron en llegar y la marea del Club de los 60 se abalanzó sobre la estación. "Oye, no te cueles" le decía una anciana a otra mientras le empujaba con el bolso. "No discutáis que hay sitio para todos" respondió un hombre a su esposa. Yo, mientras tanto, aguantaba los codazos de una tercera que se empeñaba en arrinconarme contra la baranda que delimitaba las escaleras.

El tren turístico inició su marcha puntual por un entorno a veces desolado, a veces impresionante: durante miles de años los humanos han extraído minerales de la cuenca del Tinto: plata, cobre y hierro. Todo allí es pura arqueológica industrial, los restos de todo un sistema económico floreciente sobre el mineral. Tartesos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, británicos y españoles han explotado aquellas minas que siguen produciendo riqueza. Desde la ventanilla del vagón, con el ruido monótono del traqueteo de fondo, uno divisa enormes montañas de escoria mineral, los restos de un poblado minero del siglo XIX y las imponentes locomotoras de vapor ahora oxidadas. El terreno rojizo, removido durante siglos, se asemeja tanto al paisaje de Marte que hasta la NASA ha realizado estudios allí con la vista puesta en la colonización del planeta rojo. 

El Río Tinto, cuyas aguas son rojas como el vino, es el testigo poco discreto de todo aquello. Su color se debe a la abundancia de óxido de hierro que poseen sus aguas desde el nacimiento, próximo a las minas. El río tiñe las rocas del valle y todo tiene allí un aire mágico, como de otro planeta. En sus aguas no es posible la vida, excepto algunas bacterias y algunas algas que están adaptadas a unas condiciones tan extremas. Por allí discurre el Tinto, encajonado entre imponentes farallones y esbeltos árboles plantados en décadas recientes. Al final de la vía, el tren se detuvo y pudimos mojar nuestras manos en sus aguas y comprobar el intenso olor a hierro que dejan impregnado en ellas. 


Muchos de nuestros compañeros de viaje no pudieron siquiera acercarse a la orilla del río pues prefirieron, de nuevo, la visita a los baños que las aguas del río. Quizá aquellos sexagenarios no lo preferían, más bien lo necesitaban. Llegados a una edad, hay que priorizar. El griterío, las risas desenfrenadas, las quejas y los suspiros no se detuvieron ni un momento. La bocina de la locomotora nos anunció que debíamos regresar para volver al punto de partida. El tren, con su monótono traqueteo, comenzó a remontar ahora el curso del río, deshaciendo el camino que antes había trazado. En el fondo del barranco seguía el Tinto con sus aguas de fuego, tiñendo las arenas y las rocas a su paso. 

Donde no encontramos a nuestros compañeros sesentones fue en los miradores de las mayores minas a cielo abierto de Europa: Corta Atalaya y Cerro Colorado, que aún hoy son explotadas para la obtención de cobre. Allí, ante aquellas excavaciones masivas, uno es consciente, de manera súbita, del poder del ser humano, de su fuerza destructiva capaz de horadar la superficie terrestre durante miles de años buscando minerales útiles y valiosos, capaz de destruir un paisaje y crear otro completamente nuevo. Aquellos yacimientos comenzaron a explotarse en los años 60, detuvieron su producción en 2001 con la caída de los precios del cobre que los hacían poco rentables, pero en 2015 la compañía "Atalaya" retomó su explotación. Riotinto, como lleva haciendo desde hace milenios, sigue produciendo riqueza. 

viernes, 1 de mayo de 2026

LO QUE DEJÓ EL INGLÉS EN HUELVA

Muelle sobre el Tinto (Huelva)

Los ingleses se sorprendieron del aguardiente que bebían los trabajadores españoles de las Minas de Riotinto. Aquel brebaje, mezcla de agua de un manantial con alcohol de alta graduación era realmente fuerte incluso para los británicos, acostumbrados al whisky. Los británicos la llamaron "Man's Water", es decir, "Agua de Hombre", porque había que ser realmente duro para soportarla. Los españoles adoptaron el nombre, aunque lo adaptaron a su pronunciación no sin añadirle cierta gracia andaluza. Al aguardiente acabaron llamándolo "manguara".

El legado inglés en Huelva es abundante y, quizá, constituya la principal de las muchas atracciones de esta provincia. Tanto en la capital, junto a la ría del Tinto, como en los pueblos de la cuenca minera, la huella de los anglosajones es más que evidente. Atraídos por la riqueza minera, desembarcaron hacia 1873, tras la fundación, en Londres, de la "Río Tinto Company Limited", una empresa destinada a la explotación de los yacimientos de cobre, plata y hierro. Aquellas minas ya habían sido explotadas desde la antigüedad, junto con las próximas de Almadén de la Plata, en la vecina provincia de Sevilla, y los ingleses no desaprovecharon la oportunidad que les brindó la liberalización de las minas por parte del gobierno español. 

La inversión de la compañía británica transformó por completo la comarca minera de Riotinto y la propia ciudad de Huelva. Modernizaron las explotaciones mineras, introdujeron importantes avances técnicos, construyeron una línea férrea de más de 80km de longitud y edificaron barrios enteros de casitas de estilo inglés tanto en Riotinto como en la capital. Hoy, los restos de aquella explotación son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de arqueología de la Revolución Industrial en España, así como la muestra de la enorme dependencia de las inversiones extranjeras, sobre todo inglesas, francesas y belgas, que tuvo la industria española en sus orígenes. 

Vías férreas y ferrocarriles antiguos en las Minas de Riotinto

Minas de Riotinto es un municipio constituido a mediados del siglo XIX que conserva en su trama urbana las características propias de las poblaciones mineras. Allí construyó la "Río Tinto Company Limited" un barrio para sus trabajadores, con casas al estilo victoriano. Se trata del barrio de Bellavista que aún hoy conserva el encanto exótico de un trozo de Inglaterra dentro de un pueblo andaluz. La Casa 21, convertida en un museo y en un atractivo turístico, puede visitarse previo paso por taquilla. Junto al barrio inglés aún se erige un humilde monolito deteriorado por el tiempo en honor a los mineros ingleses que murieron combatiendo por su patria en la Primera Guerra Mundial. A pocos pasos del monumento uno puede visitar una de las minas a cielo abierto más grandes de Europa, la "Corta Atalaya", que aún produce cobre.

En las explotaciones mineras, los ingleses introdujeron innovaciones cuyos restos son visibles en la actualidad, como las potentes locomotoras de fabricación británica que arrastraban vagones cargados de mineral. Los restos de las naves, las montañas de escoria del mineral, las vías férreas que atraviesan el paisaje y los puentes de hierro hoy oxidado muestran la huella de los ingenieros y mineros anglosajones. Aún se pueden apreciar, incluso, los restos de los poblados que construyeron junto a las minas para acoger a los trabajadores  que se deslomaban en las explotaciones: El Valle, La Atalaya, La Naya, etc. En aquellos poblados, expuestos a la contaminación y los peligros de la mina, vivieron durante décadas los mineros españoles y portugueses que la explotaban bajo órdenes inglesas.

Viviendas de estilo victoriano en el Barrio Bellavista (Riotinto)

De hecho, los restos de aquellas paupérrimas aldeas, igual que algunas fotografías que se conservan en el Museo Minero, muestran el contraste entre la opulencia y la comodidad de las viviendas de los trabajadores ingleses y la insalubridad de las chozas de los portugueses y españoles. Aquello, más que una inversión, suponía la colonización británica del lugar. No había igualdad, sino, más bien, una clara jerarquía de clases. No es de extrañar que estallasen protestas como la de 1888, conocido como "el año de los tiros", o la huelga de 1920, cuando la explotación de las minas se detuvo durante un año. No hace falta decir que todos estos disturbios sufrieron una brutal represión por parte de las autoridades españolas. Aún se recuerdan en las calles de Riotinto.

El ferrocarril de vía estrecha que unía las minas con el puerto de Huelva es otro de las grandes huellas que dejó el inglés en la zona. La línea comenzaba en Riotinto y Nerva y discurría hacia el sur, paralela al Tinto, buscando la salida al mar, a los cargueros que llevarían el mineral a Inglaterra. Los ingleses construyeron el Muelle del Tinto, una imponente estructura de hierro y madera que penetra en la ría de Huelva formando un gran arco. El embarcadero, de dos niveles, era la prolongación de la vía férrea y permitía exportar el mineral de cobre extraído más de ochenta kilómetros tierra adentro. En el año 2003 fue declarado Bien de Interés Cultural y hoy es, quizá, el símbolo del auge económico de Huelva y su provincia, además de un estupendo paseo junto a la ría.

Foto de las chozas para mineros portugueses en las minas de Riotinto, finales del siglo XIX (Museo Minero)

Los ingleses también dejaron, por supuesto, parte de su cultura. Los deportes anglosajones, el críquet, el bádminton, el tenis y el fútbol, comenzaron a ser practicados por los onubenses. Uno de los primeros clubes de fútbol en España fue el ya extinto "Río Tinto Football Club" en el que jugaban los trabajadores de las minas. En Riotinto hubo también canchas de tenis y de críquet en las que los ingleses se entretenían en sus ratos libres. Los españoles acabaron imitándolos. En diciembre de 1889 se fundó el "Huelva Recreation Club" que hoy es el "Recreativo de Huelva", el equipo de fútbol decano en España. Por cierto, el "Recre" es también Bien de Interés Cultural por todos estos motivos y cuenta con secciones de rugby y bádminton, en honor a sus orígenes.

El acta de fundación del "Recreativo de Huelva" se firmó en el Hotel Colón, en el centro de la capital onubense, propiedad, también, de la compañía inglesa de las minas de Riotinto. Aquel hotel fue concebido como un alojamiento perfecto para los directivos de la empresa inglesa y también como símbolo del IV Centenario del Descubrimiento de América en la ciudad de Huelva. Fue el primer hotel de España que contó con baños privados en las habitaciones para los huéspedes, toda una modernidad en la época.

Un simple paseo tranquilo por las calles de la Huelva actual, la del siglo XXI, la turística y multicultural, mirando alrededor y sabiendo lo que se ve puede dar, en fin, una pistas de aquel legado inglés. Próximo a la calles comerciales del centro, el llamado Barrio Obrero, o Barrio "Reina Victoria", con sus calles ordenadas en una cuadrícula y sus casitas de baja altura destinadas a acoger cada una a una familia, es también un retazo de la presencia inglesa en la vieja Onuba a finales del siglo XIX y principios del XX. Igual ocurre con los majestuosos edificios modernistas y eclécticos que flanquean las calles comerciales y que hoy se encuentran, en su mayoría, en proceso de restauración. Aquellos edificios, de formas elegantes y colores llamativos, recuerdan a la próspera burguesía onubense, enriquecida gracias al comercio de minerales, que comenzó a imitar las formas de vida, las costumbres y los caprichos del inglés. Eso sí, sin perder nunca el carácter andaluz pues nunca un onubense prefirió el "fish and chips" al choco. 

Entrada al Barrio Obrero o Barrio Reina Victoria (Huelva)

miércoles, 8 de abril de 2026

LA CASA CUEVA DE HERRERÍA 15


Caminábamos sin rumbo fijo por las estrechas callejuelas de Setenil, en la provincia de Cádiz, uno de los cientos de "pueblos más bonitos de España". Estábamos haciendo caso a las recomendaciones de ChatGPT, que últimamente se ha convertido en el perfecto organizador de viajes, así que íbamos por donde los algoritmos nos recomendaban. Mientras descendíamos por la empinada calle de la Herrería, una de las más antiguas de la localidad, vimos un papel arrugado pegado con celo en los muros de una de las casitas blancas: "Visita la Casa Cueva, Calle Herrería 15".

El gran encanto de Setenil de las Bodegas no es otro que las casas-cueva, las construcciones adosadas a los abrigos rocosos del tajo esculpido durante miles de años por el río Guadalporcún. La estampa de las casitas de paredes blancas junto a los farallones que hacen las veces de muros y techos de las construcciones es lo que atrae a miles de turistas y curiosos nacionales y extranjeros cada día. Allí, recorriendo sus calles, uno se da cuenta de que hasta el más recóndito poblachón de una esquina de la Sierra de Grazalema puede ser convertido por el turismo en una atracción de feria. Lo mismo comprobamos en Frigiliana, Nerja, Ronda y otras localidades malagueñas que visitamos aquellos días de principios de la primavera de 2026.

Setenil, sin embargo, aún no ha sido convertido por completo en un mero decorado turístico. Cuando uno transita por sus calles, todavía se cruza con algunos vecinos de los de toda la vida, las casas aún tiene desconchones en sus muros y los cables negros aún se exhiben por las cornisas y saltan de una construcción a otra, como en los auténticos pueblos. Aquella casa cueva de la calle Herrería 15 fue, para nosotros, otra muestra de autenticidad, otra garantía de supervivencia del alma del pueblo. Aquella casa cueva seguía habitada, como lo había estado durante generaciones. El propietario, un anciano entrañable y bonachón, te ofrecía ver su auténtico hogar, o una parte de él, al menos, a cambio de un euro.

La Inteligencia Artificial, por supuesto, no nos habló de la casa cueva de la calle Herrería 15. La encontramos por casualidad, como se encuentran habitualmente las cosas auténticas, siguiendo los papeles arrugados pegados con celo a lo largo de la calle. La diminuta vivienda más que adosada a la roca parecía que estaba siendo engullida por ella. Las angostas escaleras unían los tres pisos, de techos de madera de escasa altura y de frías paredes naturales de roca. Allí, en esos tres pisos que eran, también, tres estancias, se mezclaban las camas, los armarios, el inodoro y televisiones de grandes pulgadas. Todo revuelto, sin solución de continuidad. Para no chocar la cabeza con el techo, uno hubo de agacharse en varias ocasiones a pesar de no ser precisamente un rompetallas.

"Cuatro generaciones de mi familia han vivido aquí" nos dijo el morador de la casa cueva cuando le preguntamos. "Mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y yo. Ahora estoy esperando a mis hijos y mis nietos, que vienen a comer hoy". Continuó hablando con naturalidad mientras echaba los condimentos en una gran olla que tenía calentando en el fuego. Aquello nos demostró que lo que él nos había enseñado no era un decorado, no era una mera atracción turística, era su vivienda habitual, con toda las comodidades y con todos los inconvenientes. La cocina estaba junto a la puerta de entrada a la cueva y también junto al salón comedor, con una gran mesa y cuatro butacones. Estampas de vírgenes y santos, diplomas, cuadros, una colección de navajas y llaves antiguas decoraban los muros de roca de la vivienda.

En estos tiempos de postureos, simulaciones y paripés, uno echa en falta lugares auténticos como éste, con vida auténtica, y cuando los halla, los encuentra merecedores al menos de un relato. "La casa es fresca en verano y calentita en invierno, gracias a la roca" nos contó nuestro anfitrión, aunque yo lo escuché con algo de escepticismo. También nos dijo que no había humedad, aún estando las viviendas construidas bajo rocas calizas y areniscas. Desde luego, si aquellos abrigos rocosos han sido habitados desde hace tantos siglos y lo siguen estando hoy, por algo será.

La casa de la Herrería 15 había sufrido, desde luego, algunas mejoras con el paso del tiempo. Mejoras que la han hecho más confortable, como es evidente cuando uno la visita. Así, las baldosas de los suelos y los peldaños, las ventanas de aluminio, las paredes encaladas y las barandas de las escaleras contrastan con los arcaicos instrumentos expuestos en todas las estancias: candiles, pesas, ollas y hasta una maquina de coser antigua. Todo de otro tiempo, expuesto como si fuera un museo. En la mesa del comedor había unas botellas de vino con un cartelito que decía: "Vino casero de campo" por si el visitante quería comprar una. Las cuidadas plantas que decoran el exterior de la vivienda y la tele encendida delatan la vida diaria en la casa cueva, a pesar de los turistas que, como nosotros, la alteran día sí y día también. 

Aquellas viviendas de Setenil quizá recuerden a la Andalucía auténtica, quizá sean el último reducto también de la Andalucía mística y romántica de otros tiempos. En aquellas casas cueva se rodó en los años 70 un capítulo de la serie "Curro Jiménez", el bandolero andaluz por excelencia, el héroe del pueblo que luchaba contra los franceses y, como un Robin Hood del sur, robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. Las casas cueva de Setenil evocan aquella Andalucía encantadora y peligrosa, donde cualquier contratiempo, cualquier imprevisto era posible. Nosotros mismos tuvimos que dejar el coche lejos del casco antiguo porque la carretera al único  aparcamiento estaba cortada por obras. Cuando volvimos, alguien había dado un golpe a nuestro coche, pero se había marchado sin dejar rastro.

Las cuevas de Setenil son moradas aún de hombres y mujeres normales y corrientes, que hacen su vida en el mismo sitio en que habitaron sus antepasados. Los abrigos rocosos de este pintoresco pueblo de una esquina de Cádiz han estado habitados desde tiempo antiguo, desde que los pioneros se dieron cuenta de las ventajas que ofrecían las formaciones rocosas naturales talladas durante miles de años por el irregular caudal del río Guadalporcún. Mucho antes, muchísimo antes de que miles de turistas y visitantes, como el que esto escribe, visitasen aquel lugar buscando una foto para Instagram y convirtiesen las casas adosadas a las rocas en un mero sitio turístico.