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sábado, 4 de abril de 2026

MEDINAT AL ZAHRA, DAR AL MULK


Un hermoso relato dice que el primer califa de Córdoba, Abderramán III, amaba tanto a su esposa Zahara que ordenó construir un suntuoso palacio para ella. Zahara procedía de los reinos cristianos del norte de la Península y añoraba la luz y el brillo de las cumbres nevadas de su tierra natal. Por eso el califa cordobés llamó a la ciudad palaciega Medinat Al-Zahra, "la ciudad brillante", aunque otros cronistas dicen que significa simplemente "La ciudad de Zahara". En cualquier caso, según la leyenda, el palacio fue el fruto del amor del soberano cordobés. 

La realidad histórica es, sin embargo, mucho menos romántica. Los investigadores niegan la existencia de la favorita Zahara. Medinat Al-Zahra fue, al parecer, un complejo palacial diseñado como residencia del soberano de Al-Andalus y como un despliegue de poder y belleza ante quienes lo visitaban, ya fuesen súbditos o embajadores extranjeros. Medinat Al-Zahra era el centro de poder político del Califato, residencia del monarca, sede del gobierno, alcázar, lugar de encuentro de ulemas y alfaquíes, de sabios y juristas. Era lugar de llegada y de partida de todo en Al-Andalus. No era lugar de paso, sino de visita obligada.

Su emplazamiento fue elegido con sumo cuidado. Nada allí es casual. Se encuentra a seis kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, al norte del Guadalquivir y al sur de la sierra. Fue allí donde el primer califa de Al-Andalus, el poderoso Ahderramán III, ordenó construir su palacio hacia el año 936, poco después de proclamarse príncipe de creyentes, máxima autoridad de los musulmanes. Desde Medinat Al-Zahra, el representante de Dios en la Tierra domina la ciudad y el califato. Era un lugar privilegiado, el "Dar-al-Mulk", la morada del poder, donde todo se decidía en Al-Andalus.

Hoy, Medinat Al-Zahra es un inmenso yacimiento arqueológico que atrae a miles de turistas, investigadores y curiosos cada año. Es un lugar de saber y de descubrimiento del pasado porque las campañas arqueológicas continúan. Y es que tan sólo se ha excavado una pequeña porción del complejo palacial. La mayor parte del lugar es desconocida, está esperando ser descubierta. Por eso el palacio está lleno de expectativas, de preguntas y de respuestas. En el 2018, la UNESCO declaró la ciudad califal Patrimonio Mundial de la Humanidad dado su valor arqueológico y patrimonial. Sigue siendo hoy lugar de visita obligada, como lo fue en el siglo X.

Cuando uno pasea por allí, no obstante, recorre un laberinto en ruinas en el que es difícil adivinar donde está y qué fue cada estancia, cada espacio. Ha perdido parte del brillo, el lujo y la suntuosidad. La ruina iguala todas las estancias, como ocurre con la muerte. Igual de destruidas están los establos, las viviendas de los sirvientes, la casa del chambelán, llamada "Casa de Yafar", o el magnífico pabellón donde el califa recibía a los embajadores, el famoso "Palacio Rico". El sol radiante de principios de la primavera iluminaba Medinat Al-Zahra aquella tarde en la que visitamos el viejo palacio; y el ambiente agradable animaba a dar un paseo entre los restos de lo que fue la morada del poder, el "Dar-al-Mulk".

Uno camina por allí, por los distintos niveles de la ciudad califal, e imagina la impresión que debía de causar Medinat Al-Zahra en los visitantes, en aquellos embajadores de los reinos cristianos que acudían a recibir audiencia del príncipe de los creyentes, del califa: los arcos de herradura de estilo califal, los jardines reconstruidos en los años 60, la explanada oriental del palacio desde donde el califa despedía a los ejércitos, las tres mezquitas, la terraza áurica y el pabellón del Salón Rico en el que, por fin, tras una larga espera, el califa recibía a los visitantes. Etimológicamente Al-Zahra significa "la resplandeciente", "la brillante", "la floreciente". Y, en verdad, el palacio resplandecía, durante décadas fue el símbolo de la prosperidad y el brillo del domino Omeya en Córdoba, concebido para mostrar la grandeza de la dinastía reinante. Pero, aquel brillo fue efímero, como ocurre con casi todo en la vida. Poco queda hoy del brillo de aquel palacio.

El fin de Medinat Al-Zahra sigue siendo hoy un misterio. Al parecer, la destrucción del palacio comenzó en tiempos de Almanzor, al final del siglo X, cuando el caudillo andalusí ordenó el traslado de la administración de gobierno al Palacio de Medina Al Zahira, al este de la ciudad Córdoba. Al Zahira fue concebido para rivalizar con Al Zahra en belleza y suntuosidad. Hacia el año 1010, después de la muerte de Almanzor y el debilitamiento del poder del califa, el pueblo de Córdoba saqueó por primera vez Medinat Al-Zahra. No sería la última, desde luego. Desde el siglo XI, el lugar perdió su esplendor hasta acabar en la ruina, utilizado como cantera para construcciones posteriores. 

Pero el lugar conservó el encanto y el misticismo que lo caracterizaron siempre. El cronista andalusí Al Sumaysir, a finales del siglo XI, dejó escrito un final conmovedor para Medinat Al-Zahra. "Me detuve en Al-Zahra lloroso y meditabundo para clamar entre las deshechas ruinas: '¡Oh, Zahara, vuelve a ser!' Pero me contestó: '¿Y a caso vuelven los difuntos?'".



domingo, 24 de marzo de 2024

SORIA: ¿LOS PRIMEROS FUERON MUDÉJARES?


Entrada a la fortaleza del Castillo y muralla del castro medieval

"Venid para acá, vamos a comenzar" nos llama Sandra, la representante del Ayuntamiento. En el centro del parque del Castillo nos arremolinamos poco a poco un grupillo variado de gente. No todos somos profesores de instituto, también hay algunos guías turísticos de la ciudad, trabajadores de los hoteles e incluso alguna insigne arqueóloga local. Pero todos hemos sido convocados para la primera visita guiada que se va a realizar por los recientes hallazgos que se han producido en el parque.

Es marzo, víspera de Semana Santa, unas fechas en las que la ciudad espera recibir muchos turistas y hay que presentar en condiciones los restos arqueológicos que se han encontrado. Las obras han acabado hace pocos días y todo ha sido acondicionado apresuradamente para dejarlo presentable. Queda trabajo por hacer, pero ya se pueden visitar los restos. Al parecer, en el consistorio también esperan que los profesores inculquemos a los alumnos la curiosidad por el pasado remoto y los orígenes de la ciudad. Unos orígenes que son, por cierto, un auténtico enigma.

El encargado de realizar la visita es Fernando, el arquitecto que ha dirigido las obras. A pesar de que no lleva un altavoz de esos que usan los guías turísticos, se apaña bien. Tiene buen tono de voz y es locuaz y didáctico, algo que agradecemos. Recorre el yacimiento de aquí para allá enseñando unos y otros restos mientras nosotros le seguimos de cerca atentos a lo que explica. La explicación es rápida, ágil, así que no hay tiempo para aburrirnos. Hay quien incluso toma apuntes.

Los restos encontrados en la parte norte y oeste del cerro han cambiado la visión que teníamos de los orígenes de Soria, allá en el siglo XII. No obstante, sigue habiendo más incógnitas que certezas y casi todas las informaciones que nos proporciona el arquitecto son meras conjeturas. Se están analizando los objetos encontrados ("muchas monedas", dice) y las investigaciones continuarán en los próximos años. Se van a excavar otras zonas del cerro, aunque lamentan que no se van a encontrar tantas cosas.

Algunos datos ya se sabían. El primer poblamiento de Soria se produjo en la cima del cerro del Castillo, donde se construyó un castro en el siglo XII. En el cerro hay restos anteriores, prehistóricos (de la Edad del Cobre y del Hierro e incluso un poblado celtíbero), pero difícilmente podemos decir que aquello era Soria. Además, los restos son escasos.

Puerta de entrada a la fortaleza

La planta del castro era ovalada y la muralla, de tapial, tenía muchos desagües. "Demasiados desagües" dice extrañado nuestro guía. "Aquí debía de haber una fuente de agua, un manantial, porque si no es difícil de explicar. Abundaba el agua y la arrojaban fuera de las murallas". Es cierto, en las excavaciones han aparecido multitud de desagües. El manantial, si es que lo hubo en algún momento, ya no está o desconocemos su localización.

Seguimos caminando hacia la puerta principal de la fortaleza. "La gente dice que hemos reconstruido la muralla, pero no es cierto. Hemos excavado. La muralla ha crecido hacia abajo" se apresura a informar Fernando cuando nos acercamos al imponente murallón. "Aquí estaba la puerta de entrada, ¿veis? Y esos orificios son lanceras aunque con el tiempo se transformaron en saeteras". Mientras dice estas palabras, enseña con gestos cómo lanzaban la flechas los defensores de la fortaleza, intentando que nos hagamos una idea de cómo debía de ser la vida en aquella primera Soria, hace unos novecientos años.

En el interior del cercado se ha excavado una inmensa trinchera de varios metros de profundidad que ha sacado a la luz, además de los desagües y las saeteras, los pies de la muralla. Unos siglos después de la construcción del castro se construyó una nueva muralla que reforzó la primitiva por el norte. En el siglo XIV,  el espacio entre una y otra cerca fue sepultado y allanado para extender el asentamiento. Fue entonces cuando se cegaron los desagües y las saeteras. Se ve que ya nos los necesitaban.

Talleres artesanales adosados a la muralla. Con graba blanca se ve la cisterna y el pequeño canal de desagüe.

"En el interior del castro hemos encontrado un barrio de talleres. Las construcciones estaban adosadas a la muralla como se puede ver", nos dice señalando los muros. Lo cierto es que los restos encontrados deben ser explicados con paciencia, pues cuesta imaginar cómo sería el poblado original. "Mirad: con graba de distintos colores se han marcado los diferentes espacios. Por ejemplo, la graba blanca indica que eso era una cisterna de agua de unos 30 centímetros de profundidad".

"¿Para qué se utilizaban esas cisternas?" pregunta uno de los compañeros que se encuentra a mi lado. "No lo sabemos. Ya digo que había abundante agua y esa agua no la utilizaban sólo para beber. Quizá se empleaba para el lavado de lana o para el teñido de tejido. Todo son hipótesis." Se afana en explicar nuestro guía, que contesta pacientemente todas y cada una de las preguntas planteadas. 

La excavación ha durado más de un año y ha sufrido muchas críticas por parte de asociaciones ecologistas. Al principio se opusieron a que se talasen los arboles y, después, a que se alterase el paisaje del parque. Como es lógico, el destrozo ha sido grande, pero las obras han intentado proteger todos los árboles que han podido. Sobre todo, los más valiosos. "Por aquí no hemos podido excavar porque esa secuoya no la podíamos talar, así que esta zona está sin tocar..." dice el arquitecto señalando un inmenso árbol que hay en medio del camino. 

Las primeras conclusiones extraídas de los estudios afirman que aquellos primeros pobladores fueron mudéjares y judíos venidos del Valle del Ebro. Soria nació en aquellos momentos. Parece claro que fue Alfonso I "el Batallador", rey de Aragón, quien ocupó estas tierras en el año 1119. En este estratégico lugar junto al Duero estableció una guarnición militar y el cerro fue repoblado con gentes procedentes de la zona de Zaragoza, que había sido conquistada un año antes, en el 1118. "Allí sobraban los mudéjares y los judíos, así que trajeron a algunos aquí y estos debieron de ser los primeros pobladores de Soria".

Al final del agradable paseo, cuando el sol ya empieza a caer y el cielo azul se vuelve rojizo, nos detenemos junto a los restos de un edificio algo diferente a los otros. Nuestro guía se dispone a dar los últimos datos: "Esto son todo conjeturas y no me atrevo a afirmarlo, pero este edifico, que está exento, es decir, separado de la muralla, podría ser una pequeña sinagoga. Aquí se ha encontrado una januquía. Se están analizando los datos, pero ¿por qué no?". Algunos de los presentes nos miramos con cierta incredulidad. Es precipitado afirmar nada con rotundidad.

Restos de lo que pudo ser un edificio público, ¿quizá una sinagoga?

Parece ser que hacia el año 1119, cuando los aragoneses ocuparon lo que hoy es Soria, el cerro del Castillo se repobló con musulmanes y judíos súbditos del rey de Aragón. También debió de crecer un pequeño barrio extramuros en la ladera sureste del Castillo, donde se ha encontrado una necrópolis judía. Luego, cuando las tierras de Soria fueron anexadas a Castilla por Alfonso VII, comenzó la repoblación cristiana. Los cristianos se asentarían en pequeñas colaciones o aldeas en el collado que forman los cerros del Mirón y del Castillo, pero al parecer aquella fue la segunda Soria, pues la primera fue de mudéjares y judíos aragoneses.

"¿Y la muralla de la ciudad?", pregunta alguien. "La muralla de la ciudad es posterior, del siglo XIV, seguramente de la época de la Guerra de los dos Pedros. Igual que la fortaleza, que se construyó en el siglo XIV o XV", contesta el arquitecto intentando dejar todo claro. "Parece ser que el castro original se despobló en el siglo XIV y los habitantes se marcharon y no regresaron. Nunca más se volvió a poblar está zona y por eso han llegado los restos hasta nosotros. Aquí arriba, en el Castillo, no ha vivido nadie desde aquellos judíos y mudéjares."

Muralla de la cara norte del cerro y trinchera excavada para sacar a la luz las saeteras, las lanceras y los desagües.

viernes, 6 de octubre de 2023

LAS COSAS CAMBIAN


El profesor Peter Stearns dice que la Historia nos ayuda a entender y aceptar el cambio. Es una de las razones que enumera en su ensayo "Why Study History?" (1998) por las que los alumnos deben estudiar Historia en la educación primaria y secundaria. A fin de cuentas, los orígenes del presente sólo están en el pasado y la transformación, el cambio, es el resultado del simple paso del tiempo. 

Esta idea la comento con mis alumnos adolescentes todos los cursos. Aceptar que las cosas cambian es esencial para comprender el mundo en el que vivimos y nuestra propia vida. Nosotros cambiamos, nuestro entorno cambia y el mundo cambia. Y darnos cuenta de ello nos ayuda a vivir mejor, a aceptar las cosas tal y como vienen. A ser felices, en definitiva, que es de lo que trata esto. Ya saben: Historia, maestra de vida. 

Uno de los temas en la Historia que mejor muestra el cambio, la transformación de la sociedad es el paso de la Edad Antigua a la Edad Media: la caída del Imperio Romano en el siglo V, las invasiones bárbaras, la pervivencia del Imperio Bizantino y el ascenso del Islam (s. VII). Y todo se ve en los primeros temas del segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiamos un mundo en transformación, en el paso de la Antigüedad tardía al Medievo, un tiempo en el que Estados que parecían eternos se desmoronan, mientras otros sobreviven y soportan la embestida de nuevos actores históricos.

Cada año les pido a mis alumnos que reflejen su visión de ese mundo cambiante en un cómic de cuatro viñetas. Pueden elegir el tema que prefieran entre estos cuatro: la caída de Roma, las invasiones bárbaras, el reino visigodo o el Imperio Bizantino. Y lo cuentan a su manera. Algunos trabajos son brillantes pero todos reflejan el  momento de cambio del que hablaba. Aquí están algunas viñetas destacadas:

En ésta, un alumno resume brillantemente la situación del Imperio Romano en el siglo V. El bárbaro le dice al soldado romano "¡Ayuda! Dejadnos ser vuestros ciudadanos", mientras el legionario romano responde "No. No sois como nosotros". Las migraciones germánicas transformaron el Imperio, lo sometieron a una terrible presión y provocaron, al final, el colapso de Roma. Un estado de mil años de vida se desmoronó en pocas décadas. Pero la vida (la Historia) continuó en Europa.

Este otro muestra un escenario imponente: en la ciudad de Roma, junto al coliseo, unos soldados romanos se disponen a defender la ciudad del ataque de los vándalos y los visigodos. "Vamos a defender Roma", podemos leer; pero los bárbaros responden: "No, os estáis largando". Unos llegan y otros se marchan, como en nuestra vida. De nada sirve resistirse a los cambios porque son inevitables. Al final, el paso del tiempo es la principal transformación. Y nadie puede resistirse a eso.


Esta alumna habla de Bizancio, la parte del Imperio Romano que sobrevivió mil años a la caída de Roma. Y en una de las viñetas resume de manera magistral ese milenio. Frente a la majestuosa basílica de Santa Sofía, junto a la tumba de Justiniano, un individuo dice: "Justiniano fue un buen emperador, conquistó territorios y construyó edificios. Pero cuando murió, perdimos muchos territorios". Otra muchacha refleja con esta viñeta el fin del Imperio Romano de Occidente. Un emperador niño, Rómulo Augústulo, entrega la corona resignado: "Ahí vas", le dice al símbolo de su poder. 

Al final, parece que los muchachos de doce y trece años que han elaborado estos trabajos comprenden la fugacidad de todo. El Rómulo Augústulo de esta viñeta acepta el destino tal y como viene, sin remedio. Como, seguro, lo acepto el personaje histórico real (a medio camino entre la leyenda y la Historia) cuando el godo Odoacro lo depuso, pero le perdonó la vida en el 476 d.C. 

Todos transmiten una misma idea: lo fuerte se hace débil, lo que parecía indestructible se quiebra y lo inolvidable se olvida. Todo con el tiempo termina. Stearn dice que sólo estudiando el pasado podemos captar por qué esto sucede, por qué las cosas cambian. Tanto en nuestra sociedad como en nuestra vida, creo yo. 

sábado, 5 de agosto de 2023

LA PROFECÍA DEL ÁNGEL REDENTOR




¡La ciudad ha caído! ¡La ciudad ha caído! ¡Alabado sea Dios! - gritan los soldados turcos que ya recorren las laberínticas callejuelas de los suburbios occidentales de Constantinopla. Es el amanecer del 29 de mayo de 1453. Después de una noche de combates, los sitiadores han conseguido abrir varios boquetes en el muro de Teodosio, las imponentes murallas que protegen la ciudad por el oeste. La batalla ha finalizado.

Al oír los gritos victoriosos de sus enemigos, los defensores que aún se afanan en repeler el ataque en otras zonas de la ciudad abandonan sus puestos y huyen. Todo se ha cumplido: por fin, la capital del Imperio Romano de Oriente (el Imperio Bizantino) ha caído. Apenas hay ocho mil bizantinos dentro de su ciudad, sus últimos habitantes cristianos, que esperaban un milagro para evitar, en el último suspiro, la muerte o la esclavitud. Saben bien qué les espera ahora.

En las calles de la antigua Bizancio se desata una carnicería. El sultán turco, el joven Mehmet II, ha permitido a sus tropas saquear la ciudad. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo. Sedientos de riqueza después de varios meses de duro asedio, cien mil soldados otomanos asaltan iglesias, palacios y casas en busca de tesoros: joyas, monedas, baratijas, cualquier cosa les sirve. Constantinopla es saqueada de nuevo, como ya lo fue por los cruzados europeos doscientos años antes. Esta vez, en cambio, la toma de la ciudad es definitiva.

Entre gritos y plegarias a un Dios que parece haberlos abandonado a su suerte, los bizantinos se esconden donde encuentran cobijo. Algunos entran en los templos esperando que los musulmanes respeten los lugares sagrados. No es así. Las mujeres y las niñas son capturadas para engrosar los harenes de los jefes turcos. Los hombres y los niños son enviados como esclavos a otros lugares del Imperio Otomano. Y los ancianos, inútiles para el trabajo, son pasados por las armas. No hay piedad. Es el destino de los vencidos, de los últimos descendientes de los romanos que en otro tiempo dominaron el mundo. Ahora no son nada.

Se producen escenas terribles. La sangre corre por las calles formando auténticos ríos. Los iconos y las reliquias, sacados de las iglesias como si fuesen un arma más contra el invasor, están ahora por los suelos. Los incendios consumen algunos edificios. Hay cadáveres por todos lados. Algunos están mutilados. Entre ellos, hay quien reconoce al último emperador, Constantino XI, que ha muerto heroicamente en el combate.

Para los bizantinos, y para los europeos del siglo XV, Constantinopla aún es "el líder y el ojo del mundo habitado". Y, a pesar de todo, nadie le ha prestado ayuda cuando el emperador la ha pedido a Occidente. Ni Venecia, ni el Papa, ni ningún otro reino de Europa ha atendido las desesperadas demandas de auxilio de la capital del Bósforo. Pero cuando llega el momento decisivo, todos asisten atónitos al funeral del Imperio Romano, al último acto de una historia que se remonta más de mil quinientos años en el tiempo. 

Los bizantinos que huyen de sus perseguidores turcos, que buscan una última oportunidad para escapar, saben que se encuentran solos, que nadie va a ayudarles. Y aún así, a pesar de la desesperación y el miedo; a pesar de que todo está perdido, de que el destino está escrito sin remedio, confían en que Constantinopla sea recuperada para la cristiandad y el Imperio sobreviva.

En medio de una tragedia sin igual en la Historia, en medio del llanto y la desolación, los bizantinos, que se consideran a sí mismos romanos, aún siguen anhelando el resurgir de Roma y de su Imperio como tantas veces ha ocurrido. Y lo único que les queda para mantener la ilusión, lo único que tienen para creer en el futuro, para no sucumbir en la desesperanza, es una profecía. Un simple profecía. Mientras se ocultan de las huestes enemigas, mientras huyen hacia ningún lugar, muchos miran al firmamento buscando aquello que alguien les anunció: cuando la ciudad haya caído, un ángel redentor descenderá del cielo y derrotará definitivamente a los turcos.

Uno de los defensores de Constantinopla, Miguel Ducas, cree en el milagro imposible. Dios todopoderoso enviará un soldado celestial armado con una gran espada y descenderá sobre la columna de Constantino "el Grande", fundador de la ciudad. Los otomanos serán aniquilados y el trono será entregado a un hombre humilde y sencillo que se convertirá en emperador, en el nuevo basileus. El Imperio será restaurado y volverán tiempos de gloria y poder. Es la ultima profecía de los bizantinos. El último milagro que esperan.

Todo ha terminado. Ya no hay batalla. Los enemigos están dentro de la ciudad. Acaban de llegar a Santa Sofía, la gran basílica construida por Justiniano que pronto se convertirá en mezquita. Todo está perdido. Pero aún así, a pesar del terror paralizante, de la tristeza por lo perdido y de la desilusión, hay quien confía en que todo irá bien. Hay quien, a pesar de todo, se resiste a perder uno de los grandes motores de la vida. Hay quien, incluso al final, tiene esperanza.

lunes, 23 de enero de 2023

CATORCE DÍAS DE FELICIDAD

Abderramán III y el emperador Adriano


Es una oscura tarde de domingo de enero. Los termómetros en el exterior marcan varios grados bajo cero. Es mejor no salir de casa si uno no quiere congelarse. Pero la mente está inquieta, turbada. Es imposible hacer nada que requiera concentración. Intento leer, ver una película. Imposible. Los pensamientos, que vienen y van, lo impiden. 

A veces la mente es un caballo desbocado que no se detiene por mucho que tires de las riendas. Necesita desahogarse, aliviarse. Uno saldría a dar un paseo, a que le dé el aire, pero no es el momento. Son malos días los de enero. Me levanto del sofá como un resorte y miro los libros de la estantería. Cojo uno de ellos. Trata sobre cartas que cambiaron la Historia.

Lo leí hace algún tiempo y llevaba desde entonces en la estantería, ignorado. Ahora lo vuelvo a abrir y las cartas, por supuesto, siguen ahí. Lo ojeo. He olvidado la mayoría de ellas. Mis pensamientos no me permiten leer varias páginas seguidas, pero sí pequeños fragmentos. Paso las hojas rápido como queriendo encontrar algo que no sé lo que es. Supongo que mi mente busca una distracción para ese momento. Busca desbloquearse pasando hojas, quizá. 

Entonces mis ojos se detienen en una página, casi al final del libro. Y leo con atención el texto sin mirar siquiera su autor:

"He reinado más de cincuenta años en paz o en victoria, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. He dispuesto fácilmente de riquezas y honores, poder y placer; ninguna bendición terrenal parece haber faltado a mi suerte. En tal situación he tenido la diligencia de enumerar los días de felicidad pura y genuina que me han correspondido: ascienden a catorce. ¡Oh, hombres! ¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!"

Mi vista asciende buscando al autor de semejantes palabras. Es Abderramán III, primer califa de Córdoba (929 - 961). ¿Es posible una lección de humildad tan extraordinaria como esta?

Abderramán III era el heredero de la dinastía Omeya, asentada en Al-Ándalus desde tiempos de Abderramán I "el Emigrado" (756). Subió al trono, como emir de Córdoba, en el 912 y, después de pacificar el reino y consolidar su poder, se vio lo suficientemente poderoso como para proclamarse califa en el año 929. Esta osadía lo enfrentó a los Abasidas de Bagdad y a los Fatimíes de El Cairo. Su reinado fue el periodo de mayor esplendor de Al-Ándalus.

En aquellos momentos, Córdoba era una de las ciudades más populosas del orbe, un cruce de caminos entre Europa y África. Hasta allí viajaban gentes de todos los lugares del mundo. El califa cordobés era uno de los gobernantes más respetados. A él acudían embajadas de los reinos cristianos peninsulares para rendirle pleitesía. El lujo y la suntuosidad de Córdoba sólo eran comparables a los de Bizancio y Bagdad. Y Abderramán III fue el artífice de todo ello y quien disfrutó de una posición social, política y económica inigualable. Lo tenía todo a su alcance, podía lograrlo todo. No había nada imposible para él y, sin embargo, no fue suficiente. 

En los últimos días de su existencia, cuando sus fuerzas flaqueaban y el final estaba cerca, reconoció que no había sido feliz más que catorce días en su vida. Una vida, por cierto, bastante larga, porque vivió setenta años, algo raro en el siglo X. Así lo transmitió en esta epístola destinada a sus sucesores, en especial a Alhakán II, quien estaba llamado a convertirse en el nuevo califa. 

Vuelvo a leer con detenimiento el texto que me ocupa, como queriendo exprimir su mensaje al máximo. Para que nada se pase. Es, sin lugar a dudas, una lección de vida y de sencillez. Y al final de la lectura, uno se pregunta qué mensaje quiso realmente transmitir el califa: "¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!" dice al final. 

Por un segundo, la mente inquieta de antes se calma. El caballo desbocado se detiene y los pensamiento se serenan. No hay nada como dar alimento a la mente para que esta recupere el sosiego y se centre. De inmediato sigo pasando páginas, como queriendo leer otra carta del califa cordobés que me aclare el mensaje anterior. Pero el azar me lleva a Adriano, uno de los emperadores hispanos de Roma (s. II d.C.). Curiosamente también escribió unas palabras a sus herederos antes de morir:

"Almita mía, blandita y cariñosa,
del cuerpo huésped y compañera,
¿hacia qué lugares partirás,
palidita, yerta y desnudita,
donde no bromearás como solías?"

El enigmático mensaje de este hombre que vivió hace más de mil ochocientos años calma por completo mi azorada mente y la sumerge en la confusión. Es otra lección de la Historia, al fin y al cabo. ¿Hacia dónde partirá el alma? ¿Dónde encontrará la felicidad que los placeres del mundo le niegan?

domingo, 27 de febrero de 2022

UCRANIA Y RUSIA EN 6 MAPAS



Desde la Revolución del Euromaidán en 2014, Ucrania ha pasado de ser un país prácticamente desconocido para Occidente a aparecer frecuentemente en los medios de comunicación. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 es el último episodio de una historia compleja. Repasamos aquí los hitos más destacados de la historia de Ucrania y de Rusia con seis mapas.


1. El Rus de Kiev (ss. IX - XIII)


A finales del siglo IX, los rusos, que habitaban cerca del Mar Báltico, se desplazaron hacia el sur, a las llanuras ribereñas del Mar Negro y atravesadas por los ríos Dniéster y Dniéper. Crearon el Principado de Kiev, el primer Estado ruso, y establecieron contactos comerciales con el Imperio Bizantino. En el siglo XIII, los ejércitos mongoles invadieron Europa oriental y sometieron el Principado de Kiev. Posteriormente, cuando el Imperio Mongol se fragmentó, aparecieron pequeños principados, como el Kanato de Crimea, en el sur de la actual Ucrania. No hay diferencias entre los pueblos eslavos del norte (no podemos distinguir entre rusos y ucranianos).



2. Expansión rusa (ss. XIII - XIX)


Los príncipes rusos de Moscú empezaron a fortalecer su posición a comienzos del siglo XIV, sometiendo otros Estados rusos cercanos. Progresivamente, como se puede ver en el mapa, conquistaron amplios territorios, extendiendo su control hacia el sur y el oeste a costa de otros Estados como Suecia, Polonia - Lituania, el Kanato de Crimea y los territorios de la Orden Teutónica. El objetivo de los zares rusos desde el siglo XVII fue triple: 1) crear un territorio tapón en el oeste que protegiese el núcleo central ruso en torno a Moscú, 2) lograr una salida al Mar Báltico (San Petersburgo en 1703) y otra al Mar Negro (Sebastopol en 1783) y 3) expandirse hacia Siberia, el este, donde no tenía ninguna competencia. La ciudad de Kiev, que había sido capital del primer Estado Ruso, fue conquistada por la Rusia de los Romanov en 1667.



3. El Imperio ruso en 1914


En vísperas de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), el Imperio Ruso era un inmenso Estado que se extendía desde las llanuras polacas en el oeste al Océano Pacífico en el este y desde Laponia y el Ártico en el norte al Hindú Kush en el sur. Sin embargo, padecía una gran debilidad interna: pobreza y atraso económico y social. Además, era un Estado multiétnico donde numerosos pueblos no rusos (polacos, fineses, estonios, armenios) reclamaban su independencia. A finales del siglo XIX se forjó también la identidad nacional ucraniana: una historia diferenciada de Rusia, una lengua unificada a partir de diversos dialectos rusos, unos orígenes mitológicos, etc. En este momento, los eslavos del norte se dividían en "grandes rusos" (rusos), "pequeños rusos" (ucranianos) y "rusos blancos" (bielorrusos).



4. La Guerra Civil Rusa (1917 - 1922)


Como consecuencia de las continuas derrotas de los ejércitos del zar Nicolás II en la Primera Guerra Mundial, estalló la Revolución Rusa en 1917. Fue un complejo proceso que se desarrolló en dos fases: la Revolución de febrero y la Revolución de octubre. Tras esta, los bolcheviques liderados por Lenin tomaron el poder. Lenin retiró a Rusia de la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), perdiendo numerosos territorios en el oeste: Finlandia, las Repúblicas Bálticas, Polonia y Ucrania. En la posterior Guerra Civil Rusa (1917 - 1922), los bolcheviques consiguieron recuperar el control sobre Ucrania e integrarla en la nueva Unión Soviética en 1922. Se formaron así la República Socialista Soviética de Ucrania y la República Socialista Soviética de Rusia, entre otras. Todas estaban dentro de la URSS.



5. La Unión Soviética (1922 - 1991)


La URSS estaba formada por quince repúblicas socialistas soviéticas que, en teoría, gozaban de amplia autonomía. En la práctica, sin embargo, imperaba el centralismo de Moscú. El proceso de rusificación del país fue intenso, sobre todo en algunas etapas, como el periodo estalinista (1924 - 1953). En Ucrania, numerosos pueblos fueron deportados a Siberia, como los tártaros de Crimea o los cosacos. Los ucranianos sufrieron el hambre en los años 30, muriendo casi 5 millones de personas. Muchos lo consideran un genocidio: "Holodomor". Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945), algunos ucranianos vieron en la invasión nazi una oportunidad para recuperar la tan ansiada independencia de la URSS. 



6. La Ucrania actual (1991 - 2022)


La actual República de Ucrania es el resultado de un largo proceso de incorporación de territorios al núcleo original en torno a Kiev. Lenin incorporó a la RSS de Ucrania las regiones del Dombás y el sur (Odesa), muy ricas económicamente. Stalin incorporó Rutenia, conquistado por el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Y Kruschev en 1954 anexionó la Península de Crimea que a partir de entonces fue administrada desde Kiev. La República de Ucrania ganó la independencia de la URSS en agosto de 1991. Rusia se independizó de la URSS en diciembre de ese año.

En 1994, el Memorándum de Budapest garantizaba la integridad territorial de Ucrania previa cesión a Rusia de todo el armamento nuclear que había en territorio ucraniano. En 2014, Rusia violó el memorándum y se anexionó la Península de Crimea en un clima de inestabilidad en Ucrania por la Revolución del Euromaidán y la guerra en el Dombás.




PARA LEER MÁS:


sábado, 17 de julio de 2021

LOS MONJES DE MIRAFLORES

Retablo mayor, obra de Gil de Siloé


En 1441, el rey de Castilla Juan II de Trastámara cedió a la Orden de la Cartuja un palacio que su padre, Enrique, había construido en el bosque de Miraflores, cerca de Burgos. Bajo la protección de la Corona, los cartujos iniciaron la construcción de un monasterio y una iglesia con la dirección de Juan de Colonia. Los trabajos se iniciaron en 1454, año de la muerte del rey, y se prolongaron hasta 1488, ya durante el reinado de Isabel "la Católica".

Cuando uno entra en el monasterio se da cuenta rápidamente que la impronta de la reina Isabel se encuentra en todos lados. La reina católica patrocinó las obras y protegió a los monjes cartujos confiándoles la custodia del lugar donde estarían enterrados sus padres y su hermano. Y es que Isabel escogió el lugar como panteón familiar. La Cartuja de Miraflores es, por ello, mucho más que un monasterio: es el templo donde descansan los restos de Juan II de Castilla, su segunda esposa Isabel de Portugal y el primogénito Alfonso, apodado por la historiografía "el de Ávila".


Detalles de los sepulcros y del retablo


Juan II no tuvo un reinado fácil pues hubo de hacer frente a la guerra civil protagonizada por distintas facciones nobiliarias entre 1437 y 1455. Además, la política de la Corona estuvo mediatizada por la enorme influencia de Álvaro de Luna, favorito del rey. Por su parte, Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan II, sufrió durante sus últimos años de vida graves trastornos mentales que la llevaron a recluirse en Arévalo. Y el infante Alfonso, "el de Ávila", también sufrió los intentos de dominación de la intrigante nobleza castellana, siendo proclamado rey precisamente en Ávila frente a su hermanastro Enrique IV. Su temprana muerte en julio de 1468, con apenas quince años, abrió las puertas a su hermana Isabel para reclamar la corona del reino.

El maravilloso retablo que el escultor Gil de Siloé realizó para la iglesia de la Cartuja de Miraflores es la muestra del amor de la reina Isabel por sus padres y su hermano. Se trata de un retablo gótico realizado en madera de nogal, dorada y policromada. Para su elaboración, se empleó parte del oro que Cristóbal Colón trajo de América después del descubrimiento.

El retablo es un enorme y refinado tapiz que despliega un complejo programa iconográfico. Destaca la gran corona de ángeles que forma una gran Hostia Sagrada en torno al centro del retablo, donde se encuentra Cristo en la Cruz. También están representados Dios Padre, el Espíritu Santo, la Virgen María, San Juan, San Pedro y San Pablo, María Magdalena y San Juan Bautista que flanquean la cruz. Los evangelistas, algunas escenas de la vida y pasión de Cristo, así como imágenes de otros santos, completan la detallada obra que deslumbra a cuantos visitan la Cartuja.


Vistas interiores y exteriores de la Cartuja de Miraflores


A los pies del retablo se encuentran los sepulcros de los padres de Isabel, que son también obra de Gil de Siloé. A su izquierda, podemos contemplar el del infante Alfonso, con una escultura del difunto en actitud orante. Los sepulcros, elaborados en alabastro de Guadalajara, presentan casi tanto detalle como el retablo y son un alarde de la exuberancia y riqueza del arte gótico isabelino, de finales del s. XV. 

Desde hace más de quinientos años, los monjes cartujos de Miraflores custodian los sepulcros tal y como la reina Isabel les confió. Allí protegen también la obra maestra del escultor castellano Gil de Siloé, el tesoro de la cartuja. Medio milenio de oración y contemplación; generaciones y generaciones de monjes dedicados a la protección y conservación del lugar. Aún hoy, en el siglo XXI, quince cartujos continúan la labor. Toda una eternidad. 


1) "La Crucifixión" de Joaquín Sorolla; 2) "La Anunciación" de Berruguete; 3) Cáliz donado por Juan II a los monjes cartujos; 4) Réplica del retrato de Isabel "la Católica"; 5) Vista exterior del templo.



Para saber más:

lunes, 5 de abril de 2021

CALATAÑAZOR O EL CASTILLO DE LAS ÁGUILAS

1) Murallas; 2) Calatañazor; 3) vistas desde el Castillo; 4) Fuentona de Muriel, cercana a Calatañazor.


"Cierto hombre que parecía un pescador se lamentaba ya en idioma árabe ya en lengua romance exclamando: 'en Calatañazor perdió Almanzor el tambor'". Según el cronista Lucas de Tuy, que relató la historia en el año 1236, estas eran las palabras que repetía un extraño hombre que aparecía y desaparecía de las calles de Córdoba en julio de 1002. Nadie sabía aún en la capital del poderoso califato Omeya lo que acababa de ocurrir casi seiscientos kilómetros al norte.

A comienzos del siglo XI, todos temían al caudillo árabe que controlaba con puño de hierro los destinos de Al-Ándalus. Mohamed ben Abí Amir, apodado Almanzor ("El Victorioso"), se había adueñado de la voluntad del joven califa cordobés Hisam II tras la muerte de su padre Al-Hakam II en 976. Aprovechando la minoría de edad del califa, Almanzor había tomado el control del gobierno estableciendo una dictadura personal.

Uno de los ejes principales de su política fue el hostigamiento continuo a los reinos cristianos del norte. Entre 976 y 1002 emprendió nada menos que cincuenta campañas de saqueo contra los cristianos. A estas campañas se las conoce habitualmente como razzias o aceifas. Atacó monasterios y ciudades, arrasó campos de cultivo y capturó a miles de campesinos cristianos. Salamanca, León, Burgos, Zamora y Barcelona fueron atacadas por las huestes andalusíes. En Santiago de Compostela, en 997, Almanzor ordenó trasladar las campanas y el tesoro de la catedral a Córdoba, después de orar ante el sepulcro del Apóstol.

Durante largas décadas nadie pudo hacer frente al dictador andalusí. Ni siquiera una coalición de ejércitos cristianos consiguió derrotarlo en el año 1000 en la famosa batalla de Cervera. A pesar de estar en inferioridad numérica, Almanzor consiguió derrotar a los cristianos aunque con grandes pérdidas humanas. El terror se apoderó de los reyes de León y Navarra.

Arriba: casas de Calatañazor; Abajo: 1) Torre del homenaje del castillo; 2) Vistas desde la torre.

Por todo ello, hay hoy muchas dudas acerca de la batalla de Calatañazor, donde el caudillo musulmán fue finalmente malherido en julio de 1002. Las crónicas que mencionan la batalla son muy posteriores: el cristiano Lucas de Tuy lo hizo en una crónica escrita doscientos treinta y cuatro años después del supuesto enfrentamiento. Además, hay algunas incongruencias en su historia porque dice que Almanzor estaba volviendo de Compostela cuando fue derrotado en Calatañazor pero el ataque a la capital gallega se produjo en 997; y los monarcas cristianos que menciona no pudieron participar en la batalla por haber muerto antes (Vermudo II de León murió en 999 y el conde de Castilla García Fernández lo había hecho en 995).

Por eso hay quien dice que la batalla de Calatañazor es pura fantasía y que no hubo tal batalla. La leyenda dice que un ejército aliado de leoneses, Castellanos y navarros consiguió derrotar por fin al ejército de Almanzor cerca del Castillo de las Águilas (Calatañazor) en el verano de 1002. El caudillo amirí fue herido de gravedad y hubo de retirarse a Medinaceli donde falleció. Se desconoce si sus restos fueron enterrados allí mismo o trasladados a Córdoba donde, por cierto, aquel extraño personaje del principio de este relato había anunciado su derrota.

No hay duda de que Almanzor murió el 9 de agosto de 1002 en Medinaceli. La batalla de Calatañazor pudo haber existido o no. Quizá fue una simple escaramuza que los cristianos se encargaron de exagerar como en tantas ocasiones. O quizá no ocurrió absolutamente nada. Lo cierto es que la desaparición del caudillo árabe significó un nuevo impulso a la expansión territorial cristiana y el principio del fin del califato de Córdoba. La autoridad del califa fue tan dañada por el dictador que el califato se desintegró en 1031. 

Hoy, Calatañazor tiene apenas cincuenta habitantes, pero en sus calles se respira Historia. Las casas, construidas a la manera tradicional con adobe y madera, transladan al visitante a un pasado remoto. El castillo y la fortaleza, del siglo XIV, aunque arruinados en algunos puntos, aún se erigen vigorosos en el horizonte. Y la estatua de Almanzor, instalada en una de sus calles hace unos años, recuerda una batalla que pudo ser o no, pero que, en todo caso, sirvió y sirve para colocar Calatañazor, el antiguo castillo de las Águilas, en la Historia.

1) Busto de Almanzor; 2) Vista del pueblo desde el castillo; 3) Picota; 4) Chimenea típica de la zona.


lunes, 3 de agosto de 2020

OVETUS, OVIEDO, VETUSTA, UVIÉU

1) Estatua de Alfonso II; 2) Restos de la muralla del siglo IX; 3) Helechos; 4) Catedral de Oviedo

Dicen que en el año 761 los monjes godos Máximo y Fromestano fundaron una pequeña comunidad en un llano al norte de la Cordillera Cantábrica. Habían huído, junto con otros muchos, del dominio musulmán y llegaron hasta el único reducto de resistencia cristiana que quedaba en la Península. Esa comunidad crecería en las décadas siguientes hasta convertirse en la capital del Reino de Asturias: Oviedo. No sabemos cuánto hay de Historia y cuánto de leyenda en este relato. Hoy algunos dicen que Oviedo pudo surgir con anterioridad, durante la época romana, en un cruce de caminos entre Lucus Asturum - la actual Lugo de Llanera - y Legio VII Gémina - que hoy es León -.

En cualquier caso, parece cierto que en los primeros compases de la Reconquista, la ciudad de Oviedo u Ovetus, su nombre en lengua latina (?), adquirió gran importancia y se erigió en el centro del reino asturiano. Situada en las faldas del Monte Naranco, a cierta distancia del océano y protegida de los ataques del sur por la gran Cordillera Cantábrica, Oviedo poseía todas las características necesarias para convertirse en la capital de Asturias, un reino que en aquel momento aún luchaba por consolidarse y sobrevivir.

Fue Alfonso II de Asturias quien decidió trasladar su pequeña corte desde Cangas de Onís a Oviedo en algún momento antes del año 812. El monarca, conocido como "el Casto", restableció el Ordo Gothorum, es decir, el Orden de los Godos, como una forma de legitimar su poder y justificar los ataques sobre los musulmanes del sur proclamándose sucesor de los visigodos. Además, ordenó la fortificación de la ciudad y la construcción de iglesias y palacios. Restos de la primitiva muralla del siglo IX aún pueden contemplarse en algunas zonas de la ciudad y Alfonso II es recordado casi en todos los rincones del Oviedo del siglo XXI.

Durante el reinado de Alfonso II también se descubrieron los restos del Apostol Santiago en la ciudad de Compostela, una de las localidades más occidentales del reino asturiano. La tradición dice que fue el primer peregrino del Camino de Santiago al recorrer los casi trescientos kilómetros que separan estas dos urbes. Hoy, es tradición que los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela entren antes en Oviedo y visiten su catedral dedicada al Salvador. "Quien va a Santiago y no a San Salvador, honra al siervo y descuida al señor".

1) Catedral de Oviedo; 2 - 4) Detalles de la catedral

Y es que la catedral de Oviedo comenzó a construirse en aquellos momentos sobre una primitiva capilla dedicada a San Salvador. Su construcción llevó varios siglos lo que supuso la mezcla de estilos artísticos. Además, los avatares de la Historia impidieron que en el siglo XIII se completase el diseño original de la fachada gótica con dos torres siguiendo el modelo francés que se puede ver en otras ciudades españolas como Burgos y León. La catedral de Oviedo se quedó con una solitaria torre. En su interior se conservan los símbolos de la ciudad y del reino: la Cruz de la Victoria - símbolo de Asturias -, la Cruz de los Ángeles - símbolo de Oviedo - y el paño que cubrió el rostro de Cristo antes de su Resurrección, una reliquia llevada hasta allí por Alfonso II.

Vistas de Santa María del Naranco

Tras la muerte del monarca, el nuevo rey Ramiro I ordenó la construcción de un complejo palatino en el cercano Monte del Naranco. Allí pueden contemplarse hoy en día dos de los edificios prerrománicos más importantes del mundo: Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. La primera fue concebida como el Aula Regia del conjunto palacial aunque posteriormente fue consagrada y convertida en templo cristiano lo que permitió su conservación. Hoy es considerado el edificio civil  más antiguo de Europa. San Miguel de Lillo es otra pequeña joya del prerrománico asturiano. El templo, que presentaba mayores dimensiones en sus orígenes que en la actualidad ha sufrido numerosos episodios de destrucción y reconstrucción hasta adquirir la forma en la que lo podemos contemplar hoy en día.

Vistas de San Miguel de Lillo

Oviedo fue la capital del Reino de Asturias durante cerca de cien años, hasta que en el año 910, el Tercero de los Alfonsos trasladó la corte al otro lado de la Cordillera Cantábrica, a León. Las razones fueron estratégicas pues León se encontraba más próxima al río Duero, donde en aquellos momentos estaban teniendo lugar las operaciones militares frente a los musulmanes. La marcha de la corte supuso el inicio de la decadencia de la ciudad puesto que los monarcas - hasta entonces asturianos y ahora leoneses - decidieron embellecer León como habían hecho con Oviedo anteriormente. La catedral quedó, por ejemplo, a medias y la escasa financiación hizo que se tardase mucho tiempo en finalizar.

Son escasos los restos que pueden verse hoy del Oviedo medieval porque en la Nochebuena de 1521 un incendio arrasó la ciudad casi por completo. Las velas encendidas por Navidad fueron el origen de un fuego que se extendió rápidamente consumiendo las viviendas de madera. Sólo los grandes edificios construidos en piedra sobrevivieron, como la catedral. Poco después se inició la reconstrucción siguiendo los modelos renacentistas. Hoy pueden contemplarse numerosos palacios del siglo XVI en el centro de Oviedo. Además, las numerosas plazas y espacios sin edificar no solo embellecieron la urbe siguiendo los gustos racionalistas del momento sino que sirvieron de cortafuegos para futuros incendios.

Oviedo también es hoy un fantástico lugar donde observar el legado de los indianos. Ya saben, aquellos emigrantes que marcharon a América en busca de fortuna y la encontraron. Muchos volvieron a su tierra natal décadas después colmados de dineros y los inviertieron en la construcción de casas que evocan las aventuras en las Indias. El Oviedo de hoy celebra unas fiestas en honor a los indianos y una escultura recuerda a aquellos emigrantes que durante varios siglos dejaron su patria querida en busca de un futuro mejor en otros lados. Por eso el indiano es también un símbolo de tolerancia hacia otras culturas, hacia otras gentes.

Durante siglos, Oviedo fue la capital de la leche, del pescado y de la minería. De todo ello hay rastro en la ciudad del siglo XXI. La Plaza del Paraguas recuerda a las lecheras que, hasta hace bien poco, acudían a la ciudad desde las altas montañas. La Central Lechera Asturiana es sin duda el mayor legado que dejaron aquellas mujeres. También el pescado tenía su mercado en la ciudad, la lonja, aunque no hay ni puerto, ni ría, ni barcos pesqueros. Las gentes del mar, tan próximo, marchaban a Oviedo a vender sus capturas.

En el siglo XIX, el descubrimiento de yacimientos mineros en las montañas asturleonesas fue un impulso modernizador para la ciudad. Este Oviedo es la Vetusta que Alas "Clarín" describe tan profusamente en "La Regenta", su obra magna. Era una ciudad de provincias, un mundo cerrado, en el que el catedrático de su Universidad sitúa a Ana Ozores, una bella mujer atenazada por las rígidas normas de "la heroica ciudad" que dormía la siesta.

Pero a pesar de todo, Oviedo creció mucho gracias a la riqueza minera de la zona y a la expansión del ferrocarril. Se derribaron las murallas medievales y se inició la construcción del ensanche de Uría que amplió los límites de la ciudad sobremanera. Es en esta zona donde se pueden contemplar algunos grandes edificios de la ciudad como el actual edificio del Gobierno del Principado de Asturias, la sede de la Junta General del Principado y el Teatro Campoamor, donde cada octubre se celebra la entrega de los premios Princesa de Asturias.

Derecha: Edificios del ensanche de Oviedo. Izquierda: Teatro Campoamor

También el Parque San Francisco se configuró como un lugar de esparcimiento para los ovetenses. La Calle de Uría, que se proyectó para conectar el centro urbano con la estación de ferrocarril situada al norte de la ciudad, es hoy el corazón comercial de Oviedo. Por cierto, que este espacio no fue urbanizado sin polémica. Y es que la expansión de la ciudad acabó con un viejo carbayo milenario muy querido por los ciudadanos. El roble fue talado a pesar de las numerosas protestas que incluyeron la fundación de un periódico destinado a conseguir la salvación del árbol. Hoy, a los ovetenses se les conoce, también, como carbayones en honor al mítico roble talado en pos del desarrollo de la ciudad.

Las huellas de la Historia permiten ver también los estragos de la Revolución de Asturias (1934) y de la Guerra Civil (1936 - 1939) en el Oviedo de hoy. En Octubre de 1934, los mineros, fuertemente armados, bajaron de las montañas y tomaron la ciudad a sangre y fuego, acabando con numerosas vidas y destruyendo otros tantos edificios. La represión, bajo el mando del general Franco, no fue menos brutal. Igual que la Guerra Civil. Hoy pueden verse los impactos de la metralla en numerosos edificios. Aunque para muchos pasen desapercibidos, recuerdan una época de odios y horrores y sirven de advertencia sobre lo que nunca más debe repetirse.

El Oviedo del siglo XXI es muy distinta a la de épocas anteriores aunque conserva su carácter original y único. Hoy es una ciudad moderna y abierta al mundo, el deleite de quien la visita. Para un polémico cineasta estadounidense es "una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada... Oviedo es como un cuento de hadas". Los Premios Princesa de Asturias son un envidiable escaparate, la mejor ventana para captar la atención de un mundo aturdido por la impersonalidad de la globalización. 

Hoy, Oviedo, u Uviéu según su nombre oficial en asturiano, es también una ciudad de esculturas que cuenta Historia e historias. Paseando por sus calles y parques te puedes encontrar con Mafalda, con una estatua de Botero, con una lechera con su burra o con Rufo. Una escultura recuerda al perro vagabundo que vivió durante años en la ciudad y que fue cuidado por todos los oventenses. Murió el 21 de septiembre de 1997, durante las fiestas de la ciudad. La estatua no solo es en su honor, sino en el de todos los perros callejeros.

Oviedo, ciudad de estatuas: 1) La Maternidad, de Botero; 2) Estatua de Rufo; 3) Woody Allen; 4) Mafalda