domingo, 14 de marzo de 2021
EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ
martes, 19 de enero de 2021
¿RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL?
viernes, 1 de enero de 2021
DECADENCIA
domingo, 20 de diciembre de 2020
SI TÚ SUPIERAS...
Si supieras todo lo que ha ocurrido este año, todo lo que ha pasado desde marzo, sentirías, estoy seguro, una mezcla de incredulidad y terror. ¿Te acuerdas que siempre decías que aquí nunca se suspendían las clases, que ya podían caer puntas de hielo del cielo que los colegios permanecían abiertos? Pues bien, todos los colegios e institutos cerraron sus puertas en marzo y no volvieron a abrirlas hasta septiembre. ¿Quién podría haberlo creído solo unas semanas antes?
Y es que el mal que llegó de Oriente se extendió como la pólvora y de la noche a la mañana muchos creyeron que cerrar los centros era la mejor opción. El trece de marzo fue el último día de clase presencial. Bueno, de clase a secas porque bien sabes que las clases o son presenciales o no son. Imagina: en un fin de semana cientos de miles de maestros y profesores en todo el país hicieron un esfuerzo ímprobo para convertir la enseñanza presencial en enseñanza a distancia. Se logró, pero muchos nos dimos cuenta de que no era suficiente. No se puede enseñar a niños y niñas de cuatro, ocho o quince años por videoconferencia.
No quiero ni imaginar lo que hubieses pasado tú si hubieses tenido que enseñar a tus niños a pronunciar correctamente la erre así. Hubiese sido desesperante, hubiese sido irreal. Enseñar es mucho más que transmitir conocimientos, es transmitir energías, sentimientos, fuerza. Y eso, por mucho que se empeñen, no se puede lograr a través de una cámara. Así intentó hacerlo todo el mundo, con explicaciones grabadas o mediante conferencias en directo, cada alumno con un ordenador desde su casa. El confinamiento, que se prolongó desde marzo hasta finales de mayo - sí, casi tres meses sin salir -, echó a perder el curso y la enseñanza durante ese tiempo. Y cientos de miles de maestros y profesores vieron frustrados sus esfuerzos, inútiles todos. Nada puede sustituir una mirada, una frase espontánea, una risa, o un enfado.
¿Te imaginas haber tenido que terminar el curso así? Así fue como lo hicimos, como lo hicieron en todo el país. Acuérdate de todos los niños que tenían dificultades para aprender o que tenían problemas en sus casas, que son muchos. Todos estuvieron encerrados durante meses. Todos tuvieron que estudiar - si se le puede llamar a eso estudiar - como pudieron. Eso sí, algunos dijeron en junio que todo había salido bien y que el curso había acabado con normalidad. Ya sabes.
Por supuesto, el virus que había forzado el cierre de las escuelas y que ha matado ya a unas sesenta mil personas en España no se fue en el verano, ni después. Se sabía, pero muchos prefirieron centrarse en atraer turistas durante los meses de calor antes que pensar en cómo iba a ser la vuelta al cole en septiembre. Y, efectivamente, se volvió a las aulas. Las "mentes pensantes", como tú las llamas, proporcionaron unas vagas instrucciones para mantener la seguridad en los centros. Imagínatelas: mascarillas obligatorias, gel desinfectante en todos lados, itinerarios de entrada y salida, distancias entre alumnos. Bueno, esto de las distancias, en algunos sitios es imposible cuando hay muchos alumnos. ¡Qué te voy a contar!
El caso es que muchos - yo incluido - pensamos en septiembre que aquello iba a ser un desastre y que la vuelta al cole iba a suponer una nueva expansión del virus. Creíamos casi todos que unas semanas después se volverían a suspender las clases. Pero eso no ha ocurrido. Hemos terminado el primer trimestre sanos y salvos. Por supuesto que ha habido casos y algunos alumnos han estado sin poder asistir por padecer la enfermedad. Pero no se han detectado contagios masivos en las escuelas. Resulta que eran lugares seguros y no lo sabíamos. Por cierto, a los alumnos confinados ha habido que atenderles telemáticamente. Créetelo: diecisiete alumnos en clase, dos en casa y un profesor atendiendo a todos a la vez. Surrealista, pero así lo hemos hecho.
Las clases impresionan a cualquiera. A mí lo siguen haciendo después de tres meses. Todos, alumnos y profesores con nuestras mascarillas, desinfectando los pupitres al entrar a clase y sentados separados unos de otros a cierta distancia (cuando es posible, a metro y medio). Las ventanas y las puertas abiertas de par en par, siempre. Te imagino, con lo friolera que eres, trabajando así. Muchos de mis alumnos llevan mantas a clase y no se quitan el abrigo en toda la mañana. Como si fuesen a pasar un día en la nieve. Imagina los colegios de los pueblos de las montañas. Y la voz del profesor se resiente porque la garganta se seca con la mascarilla y hay que hablar más alto que de costumbre para que todos en el aula te oigan. Así lo estamos haciendo para contener el virus en las escuelas y, de momento, funciona. Crucemos los dedos para el futuro.
Estamos viviendo una época histórica y por eso he querido escribirte esta carta desde aquí. Tú amas la enseñanza y te dedicabas en cuerpo y alma a tus niños. Muchas cosas han cambiado desde marzo de 2020. En las últimos meses se ha decretado el toque de queda a las diez de la noche, han estado bares y restaurantes cerrados y se respira incertidumbre por doquier. Pero la escuela, aun en tiempos de pandemia, cuando casi todo está perdido, se ha convertido en el refugio del aprendizaje, de la diversión, de las relaciones, del ocio, de la felicidad. Por eso, los meses sin clase nos recordaron que no hay nada como un aula vacía para sentir la soledad.
21 de diciembre de 2020
Gonzalo
domingo, 30 de agosto de 2020
LA GRANJA DE LA PARMESANA
- "La Familia de Felipe V" de Van Loo. Análisis del retrato de familia más grande del mundo (23 de mayo de 2020)
- "Hermano, estás mejor alojado que yo". Sobre la llegada de Felipe V a España y la construcción del Palacio Real de Madrid (29 de agosto de 2019).
- "La muerte de Carlos II". Sobre el final de la dinastía de los Austrias en España y la elección de Felipe V como heredero (1 de noviembre de 2013).
viernes, 21 de agosto de 2020
CHAVES NOGALES, QUE ESTABA ALLÍ
miércoles, 19 de agosto de 2020
SOBRE LA MONARQUÍA Y LA REPÚBLICA
En los últimos años, cada vez que sale a la luz un escándalo de la familia real, se reactiva el eterno debate sobre la forma de gobierno en España: ¿monarquía o república? En realidad se trata de un dilema azuzado habitualmente por algunos partidos políticos interesados y algunos medios de comunicación que, sin embargo, tiene poco calado en una sociedad enfrentada a problemas mucho más graves.
Vaya por delante una confesión: desde un punto de vista teórico o normativo, es preferible una república a una monarquía. La razón es sencilla. En la monarquía la jefatura del Estado es vitalicia y hereditaria dentro de una familia, algo que suena un tanto anacrónico en pleno siglo XXI. En una república puede haber más o menos participación popular para elegir quién ocupa la mas alta magistratura del Estado por lo que se ajusta mejor a los parámetros que nosotros entendemos como democráticos. Así que, en principio, pocos pueden dudar de que es una forma de gobierno más acorde con nuestros tiempos.
Ahora bien, no vivimos en un mundo teórico, sino en el mundo real. Hay que buscar soluciones prácticas para las necesidades políticas de cada momento. La instauración de la monarquía parlamentaria en España, en 1978, se debió precisamente a eso, a la utilidad que podía ofrecer la figura de un monarca en la dificultosa instauración de la democracia, amenazada en múltiples frentes por el terrorismo, los sectores reaccionarios, los nacionalismos periféricos y la inestabilidad social y económica. Muchas de esas circunstancias han cambiado, pero la monarquía española sigue teniendo su razón de ser en el siglo XXI.
En primer lugar, se trata de una institución apolítica y neutral, alejada de las luchas partidistas que son la esencia de nuestra democracia. La figura moderadora del rey lo convierte en el fiel de una balanza en la que se sustenta todo el sistema político. Carente de todo poder fáctico, el rey es, en resumidas cuentas, el representante del Estado y el símbolo de la continuidad histórica de la nación. Por cierto, este es el motivo por el que se oponen a él los partidos independentistas periféricos.
En segundo lugar, el papel del rey como representante de España en el extranjero es crucial. Parece un tópico eso de que es "el mejor embajador", pero es cierto. La permanencia de un rey en el trono de su país durante años lo convierte en la figura visible de la nación en el exterior, un rostro reconocible aquí y allá. Por eso la Corona es un excelente instrumento para fortalecer la imagen exterior del país, una brillante carta de presentación en el mundo. La pertenencia del monarca a una dinastía histórica, que se proyecta a lo largo de los siglos, contribuye a este propósito. Esto es algo de lo que carece un presidente de la república por muchas ínfulas napoleónicas que se quiera otorgar Emmanuel Macron a sí mismo, por ejemplo. Los presidentes de Portugal, Alemania o Italia son prácticamente desconocidos en el mundo por lo que su función representativa de la nación, que tienen igual que el rey, no es tan potente.
En tercer y último lugar, la monarquía parlamentaria no tiene en la actualidad una alternativa viable en España. Muchos piensan instantáneamente en la república, pero ¿qué república? Habrá que ponerle un apellido: parlamentaria, presidencialista, semipresidencialista, popular, de partido único, islámica, etcétera. Todos ellos sin entrar en la forma de Estado y su organización territorial: república federal, república unitaria o república conferederal. Pensemos en Portugal, en Rusia, en Uruguay, en Vietnam, en Irán. Todos son repúblicas pero no sé parecen entre sí. Hoy no hay debate en torno a ello y, mucho menos, consenso. Hay quien propone una "república plurinacional y solidaria" pero la Historia no conoce ninguna forma de gobierno con esa denominación. Sólo hay un Estado plurinacional en el mundo, Bolivia, pero sus características territoriales y sociales no son comparables a las de España así que no parece una opción viable.
Por sí misma, una república no es más democrática que una monarquía. Comparemos, por ejemplo, la República Democrática del Congo, que es uno de los países más corruptos y peligrosos del mundo, y el Reino de Noruega, cuyos ciudadanos disfrutan de amplias libertades. El diario "The Economist" elabora cada año un ranking de los países en función de la calidad de su democracia. En 2019, de las veinte democracias plenas del mundo - los países con mayor calidad democrática - doce eran monarquías. España era una de ellas. La calidad de la democracia es mucho más que elegir en votación al jefe del Estado, se basa en la existencia de amplios derechos y libertades y la seguridad para ejercerlos.
Una república tampoco es sinónimo de justicia y de igualdad social. En 2017, el país con más desigualdad en ingresos del mundo - según el coeficiente de Gini - era la República de Sudáfrica y uno de los más igualitarios era Bélgica, una monarquía. No hay correlación, por tanto, en indicadores como la calidad de la democracia y la igualdad social en un país y su forma de gobierno.
Todo ello no impide, en cualquier caso, que la monarquía tenga que estar sometida a un férreo y continuo control por parte de los tribunales de justicia, de la prensa y de la opinión pública, igual que el resto de instituciones del Estado. Precisamente por su naturaleza, vitalicia y hereditaria, la ejemplaridad y la transparencia deben ser las señas de identidad de esta institución y se le deben exigir. El jefe del Estado y los miembros de la familia real deben, además, estar sometidos a las mismas leyes que el resto de ciudadanos, sin diferencia alguna a excepción de aquello vinculado a las funciones inherentes a su cargo. No debemos olvidar que un rey lo es de por vida y el Estado debe evitar que caiga en la tentación de aprovechar su posición aparentemente inmutable en beneficio propio.
Teniendo en cuenta todo esto, parece estéril un debate ahora sobre la forma de gobierno, sobre todo, si miramos los problemas inminentes a los que se enfrenta el país. Además, un cambio en la forma de gobierno requeriría una modificación de la Constitución. La crispación impertante en el panorama político actual y la actitud combativa de la mayoría de los partidos no permiten alcanzar un gran acuerdo que sustituya al logrado en 1978. Así que quizá sería prefible trabajar por profundizar nuestros derechos y libertades, y mejorar la cohesión social del país antes que polemizar sobre temas como este. Ya llegará el momento en el devenir histórico futuro en el que merezca la pena debatir si conviene más una monarquía o una república siempre, claro está, que los que defienden esta opción tengan claro qué tipo de república proponen.

