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domingo, 14 de marzo de 2021

EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ


En aquellos días de marzo de 2020 todos sabíamos que algo estaba cambiando. El ambiente era extraño y se respiraba un aire de nerviosismo e inquietud. Las noticias que nos llegaban de otras partes del mundo eran aterradoras y sólo algunos escépticos confiaban en que nada ocurriese aquí. Realmente todos fuimos un poco escépticos. Inocentes, más bien.

El primer caso de contagio local en España se había notificado unos días antes, el 25 de febrero en Sevilla. Una semana después, se detectaron los primeros brotes descontrolados en Torrejón de Ardoz, Vitoria y en algunos pueblos de La Rioja. Pero, mientras tanto, la vida transcurría con normalidad. Con demasiada normalidad.

El lunes 9 de marzo fue un día clave. El primero de muchos que vendrían después. Madrid y Vitoria decidieron suspender las clases en colegios e institutos. Por la tarde, el ministro de Sanidad recomendó el teletrabajo y evitar reuniones y viajes. Se suspendieron los partidos de fútbol y de baloncesto y también las fiestas que se iban a celebrar en algunas ciudades en las semanas siguientes. La situación estaba ya fuera de control, pero pocos lo reconocían.

El viernes 13 me levanté como cualquier otro día. No sabía que ese día iba a ser el último en que iba a acudir al instituto en muchos meses. No recuerdo si mi primer pensamiento fue para la epidemia pero sí la extraña inquietud que rodeaba todo. El día de antes se habían anulado las actividades extraescolares hasta nuevo aviso y, por la tarde, el propio Presidente del Gobierno había recomendado a las comunidades autónomas suspender las clases presenciales en todo el país. Pero se desconocía aún el alcance de todo ello.

Las clases en el instituto transcurrieron como siempre, como si nada ocurriese. Se corrigieron ejercicios, se hicieron exámenes y se continuó con el temario como cualquier otro día. Como si no pasase nada, pero siempre pendientes de las informaciones que llegaban. Se esperaba el anuncio del cierre de las escuelas e institutos en la comunidad autónoma. 

Recuerdo muy bien lo que hice aquella mañana. Preparé actividades de repaso para que los alumnos pudiesen trabajar en casa. También recopilé correos electrónicos y cualquier forma de contacto con el alumnado. Y me aseguré de que todos supieran cómo íbamos a trabajar en caso de que, finalmente, no volviésemos al centro el lunes siguiente: a través de la plataforma online y de la página web. Pero hice todo ello con gran escepticismo y una pasmosa tranquilidad, pues confiaba en que fuesen sólo unos días y que pronto se volviese a la normalidad. 

En clase de 1° de ESO regañé con vehemencia a una alumna que aplaudió cuando les informé de que, probablemente, las clases se suspenderían durante unos días. También están grabados en mi mente los rostros de los alumnos de 2° de Bachillerato cuando, nada más entrar en el aula, solté una frase lapidaria: "Creo que no vamos a poder venir al centro en unas semanas y esto es, desde luego, una putada para vosotros". No sabíamos entonces que ya no volveríamos a las clases en lo que quedaba de curso.

Cuando ahora miro hacia atrás solo veo inocencia. Yo me sentía seguro en el instituto, rodeado de cientos de alumnos. Íbamos sin mascarilla, por supuesto. En el recreo salimos aquel día, como siempre, a tomar el café al bar de enfrente. Estaba a rebosar. Realmente la muerte nos rondaba en todos lados pero no éramos conscientes de su presencia. El virus estaba entre nosotros y no le teníamos miedo. Porque, sencillamente, no conocíamos nada de él.

Aquel día yo acababa mi jornada pronto pero me quedé un rato más en el centro metiendo en una gran bolsa libros y materiales para continuar el trabajo desde casa. Corrían ya rumores de que el gobierno regional había decretado el cierre de colegios e institutos por la situación sanitaria pero nada era seguro. "El cierre es inminente" - me dijo el jefe de estudios en la puerta de la sala de profesores. "Yo hasta que no lo vea no me lo creo" - replicó un compañero, incrédulo. La orden, en efecto, llegó hacia la una y media del mediodía. Fue entonces cuando marché. Nada más tenía que hacer allí.

Por las calles parecía que nada ocurría. Los bares estaban abiertos y concurridos. El ruido del tráfico era igual que cualquier otro día. Yo caminaba despacio cargado con varias bolsas repletas de libros, cuadernos y fotocopias. Cuando entré en casa, dejé todo en la habitación. Comprobé que todo cuanto había llevado era suficiente para trabajar las semanas siguientes. Después, encendí el televisor para ver las noticias. Estaban informando de que, al día siguiente 14 de marzo, el gobierno iba a decretar el Estado de Alarma por segunda vez desde el restauración de la democracia. Una medida excepcional para tiempos excepcionales. Había ya más de tres mil casos de contagiados en toda España y unos 130 fallecidos.

Me senté en una silla de la cocina y revisé una foto que había hecho justo antes de salir de instituto porque me había hecho gracia un detalle. Detrás de un panel, medio escondido en el vestíbulo del centro, unos alumnos habían compuesto con letras recortadas la palabra que iba a cambiarlo todo: "Coronavirus".


13 de marzo de 2020




martes, 19 de enero de 2021

¿RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL?

La responsabilidad puede definirse como la obligación moral o legal de acarrear con las consecuencias de un acto. Ser responsable es definido, según el Diccionario de la Real Academia Española, como poner atención o cuidado en lo que se hace o se decide. Desde que nos sobrevino la tragedia del virus, el pasado marzo, los medios de comunicación y las autoridades locales, regionales y nacionales nos han bombardeado continuamente con la supuesta responsabilidad individual. Esta parece ser la única receta para detener el virus hasta que haga efecto de una vez por todas la vacuna que nos devolverá a la vida que teníamos antes de la primavera de 2020.

El término responsabilidad individual me pareció desde el principio inapropiado y engañoso. Se apela continuamente a ella pero no es algo definido y concreto sino que se refiere al cuidado que debe tener el conjunto de población para no contagiarse. Y ese conjunto es una masa amorfa de ciudadanos que, de por sí, no tiene voluntad ni entendimiento. No se puede confiar el final de la pandemia en la responsabilidad de más de cuarenta millones de individuos porque, sencillamente, lo que para uno es responsable no lo es para otros.

Por otro lado, en el momento en el que el ser humano vive en sociedad, cada individuo cede parte de su responsabilidad a la comunidad así que el término responsabilidad individual es incorrecto porque debería conjugarse con el de responsabilidad colectiva. ¿Quién ejerce la responsabilidad colectiva o debería ejercerla? El Estado, el ente superior que regula la convivencia de los individuos dictando normas y leyes para hacer la vida en sociedad posible.

Cuando queremos buscar una causa para el aumento de infecciones, señalamos habitualmente a la "gente irresponsable". No nos damos cuenta de que todos somos responsables e irresponsables al mismo tiempo. Cualquier acto  me parece responsable si lo cometo yo, pero si lo haces tú, nos estás poniendo en peligro a todos. Pensemos, por ejemplo, en tomar un café en la terraza de un bar, comer con dos amigos en un restaurante, o viajar cada fin de semana para visitar a mi familia que vive en el pueblo de al lado. Si lo hago yo es responsable, porque me aseguro de mantener las precauciones. Si lo haces tú, es una irresponsabilidad, porque desde mi punto de vista, no mantienes las precauciones. Sencillamente, desconfiamos unos de otros.

"Es que hay gente muy irresponsable" es la frase que se repite por todos lados. Claro, por supuesto, en más de cuarenta millones de personas, hay de todo. Da igual que hablemos de esta emergencia de salud pública, de las normas de conducción o del consumo de drogas. Siempre habrá quien conduce borracho o quien trafica con cocaína. Pero eso no convierte a la masa en irresponsable o delincuente. Lo mismo ocurre con las medidas sanitarias. Hay algunos escépticos ante las medidas de seguridad frente a la inmensa mayoría atemorizada por el virus, que las respeta lo mejor que puede y que cumple escrupulosamente las normas hasta extremos desquiciantes. Y, entonces, ¿por qué el virus no se detiene?

Quizá sí haya auténticos responsables de ello aunque no nos demos cuenta. Quizá los tengamos delante pero simplemente no asuman las consecuencias de sus actos presentes y pasados. Si cedimos parte de nuestra responsabilidad a otros, ellos deberían haber sido el primer dique de contención de la tragedia. ¿Quién debía haber previsto la llegada de un virus así? ¿Quién debía haber alertado a la población en el momento adecuado en vez de llamar insistentemente a una tranquilidad fantasma? ¿Quién debía haber contado la verdad sobre el virus y la importancia de las mascarillas para protegernos y no lo hizo?

Ellos son los responsables auténticos de todo esto, no el ciudadano que se va a tomar una cerveza con dos amigos o el dueño del bar que trata de sacar adelante su negocio como puede. ¿Por qué no se previno la segunda embestida del virus a final de verano? ¿Por qué no se reforzaron hospitales y centros de salud? ¿Por qué no se contrataron más médicos y enfermeros? ¿Por qué no se reforzó el sistema de rastreo de casos? ¿Por qué no se diseñó un plan de vacunación eficaz? ¿Por qué no se hizo caso, en definitiva, a los expertos que alertaron de todo ello?

No es la población quien debe hacerlo. No es la masa amorfa de individuos a los que se culpabiliza insistentemente. Sabemos muy bien quienes tenían la responsabilidad, la auténtica responsabilidad, y no la ejercieron. ¿Y por qué no se establecen unas normas claras, precisas y fáciles de cumplir para la población? ¿Por qué, después de casi once meses de pandemia, no hay un plan definido y global para atajarla? ¿Por qué no se informa con transparencia y rigor a esos ciudadanos que deben tener cuidado en su día a día para no contagiarse? ¿Por qué no se mejora la protección de los trabajadores que se juegan el pellejo cada día para sacar adelante el país?

No nos engañemos. Los responsables de la expansión del virus no son los adolescentes que se comen un regaliz en un banco del parque. No es el anciano que se toma un café con los amigos en el bar del barrio. No es la mujer que sale a pasear por un bosque solitario saltándose la hora del toque de queda. Nos han hecho creer que son ellos, que somos todos nosotros, pero no es así. 

Los responsables son los que llaman a la responsabilidad individual pero ellos acuden a una gala de entrega de premios de un periódico sin mantener las medidas de seguridad. Los responsables son los que obligan a cerrar las tiendas mientras ellos ingresan un sueldo desorbitado cada mes a costa de las arcas públicas. Los responsables son los que obligan a los ciudadanos a estar en casa a partir de las diez de la noche pero ellos se ponen primero la vacuna saltándose la lista de grupos prioritarios. Ellos son los auténticos responsables. Pero no los vemos. No nos dejan verlos.

Decían que el virus nos haría más fuertes. No. Nos está haciendo más sumisos, más desconfiados, más egoístas. Pensamos mal del prójimo. Pensamos que no es "responsable". Pensamos que es parte del problema. En el fondo le tenemos miedo al que está a nuestro lado. ¿Estará contagiado? Pero el problema es otro. Los responsables son otros. 

viernes, 1 de enero de 2021

DECADENCIA


Treinta y uno de diciembre de 2020. Último día del año. Hace frío en casa a pesar de la calefacción. Me preparo para salir a la calle, me pongo el abrigo y los guantes. Cojo la bolsa con dos botellas. Una de vino; la otra de champán. Para brindar está noche.

Bajo las escaleras andando, como siempre. Oigo voces mientras desciendo con paso firme y procurando no golpear las botellas. No vaya a ser que se rompan. Las voces se oyen cada vez mejor. Se estarán deseando feliz año nuevo, pienso ingenuo. Conforme bajo las escaleras me doy cuenta de que no. Es una discusión. Llego al portal, veo a dos señoras discutiendo. A gritos. Son dos de las empleadas de la empresa de limpieza que barren y friegan varias veces a la semana la escalera del edificio. "Tú me quitaste el trabajo en la oficina. Y ahora la dejas sin limpiar" - le dice una a la otra con el dedo amenazante y la escoba en la otra mano. "Hola, buenos días" - digo yo. Me miran, pero no responden.

Salgo al exterior. Nieva y hace frío. Mucho. Nada más cruzar la calle piso una baldosa suelta y el agua salpica mi pantalón. Estupendo. Avanzo por la acera. Tengo que hacer pocos recados. Voy a recoger un pedido a una librería cercana y a llevar las botellas a su destino. Sin romperlas antes a poder ser. Es un día gris, oscuro. En realidad es un mes oscuro. El sol no ha asomado en varias jornadas. Parece una metáfora del año que hemos pasado. En la calle hay gente, casi todos con bufandas, capuchas y gorros que, junto con las mascarillas, impiden ver nada más que los ojos. Parecemos autómatas, muñecos articulados que nos movemos sin pensar.

Llego a la librería. Se respira paz, tranquilidad. Me atienden rápido y amablemente. Cosa rara en los tiempos que corren. Hay algunos clientes, pero pocos. Me entregan los libros en una bolsa de papel. No me doy cuenta en ese momento, pero el papel al mojarse con la nieve se ablanda. Dejo las dos botellas en el suelo, sin golpearlas. Me quito los guantes para pagar. Con tarjeta, por supuesto. Es mejor tocar las menos cosas posibles. Después, agarro de nuevo las botellas con cuidado, cojo la bolsa con los libros y salgo de la tienda. Sigue nevando.

Camino por la calle mientras suena por la megafonía exterior de una tienda una canción de los años noventa. La reconozco, se titula "Pero a tu lado". Transmite un mensaje de esperanza, de solidaridad. Un buen mensaje para esta época que vivimos. La usan algunos comerciantes para animar a la gente en estas fechas y que entre a comprar a las tiendas. Quienes caminan por la calle ni siquiera escuchan la canción. Solo oyen ruido de fondo. Pero en mí crea un sentimiento de nostalgia, de recuerdo de un tiempo pasado mejor que el presente. 

Sigo avanzando por la calle principal de la ciudad, la otrora arteria comercial hoy venida a menos. Hay muchos locales cerrados, numerosos carteles que anuncian el traspaso o la venta de los negocios. Es todo una ruina. La gente hace cola para comprar lotería, eso sí. "Cuando veas que mucha gente compra lotería, significa que las cosas van mal" me dijo una vez mi abuelo. Si miro hacia atrás, siempre recuerdo grandes colas ante las administraciones de lotería. Mal síntoma. Vamos de crisis en crisis. Los tiempos de prosperidad brillan por su ausencia. Como los rayos del sol estos días.

Una churrería ambulante vende chocolate caliente y churros. Cuatro o cinco clientes están comprando. Una niña, con el vaso de chocolate en la mano le dice a su madre - "¡Qué calorcito, mamá!". Mientras, la madre la mira y le sostiene la servilleta. Se está poniendo perdida, pero qué más da.

Un poco más allá hay una aglomeración. Sí, hay que evitarlas. Están prohibidas. Pero las hay. Por supuesto, es la puerta de un bar. Paso al lado intentado retirarme todo lo posible y miro dentro del establecimiento. Uno que mantiene su curiosidad. Está a rebosar. Completamente lleno. Sin ventilación ninguna. Los clientes ríen, gritan y beben animados y despreocupados. Ya llegará un nuevo cierre y nos preguntaremos por qué. 

Paradójicamente, justo enfrente del bar hay un mendigo sentado sobre el húmedo suelo. Uno de los muchos que piden limosna en las calles. Me fijo en él porque tiembla de frío. Es un chico joven pero sus ojos reflejan un alma helada, sin ninguna esperanza. En un trozo de cartón ha escrito "Soy andaluz. No tengo trabajo. Necesito ayuda". Quizá sea mentira, pero ahora el que tiemblo soy yo. Un escalofrío recorre mi cuerpo aunque este no es de frío. Mientras, sigue nevando.

Finalmente, llego a mi destino. Toco al timbre porque no llevo llave. Enseguida abren. Subo por las escaleras, despacio. Sin quitarme siquiera los guantes y la capucha. Tengo un sentimiento de derrota, de decadencia. Decadencia. Esa es la palabra. Por mucho que nos empeñemos en lo contrario, vivimos en una sociedad decadente, hundida, en permanente crisis. El mal que nos atenaza desde hace meses es solo una muestra más de ese estado. El individualismo y la hipocresía se han apoderado de nosotros. Nos han secuestrado. No somos modernos, somos decadentes.

Compruebo que las botellas han llegado en buen estado. En efecto, lo que no está en buen estado es la bolsa de papel con los libros dentro. Podía suponerlo. "Toma, mete el vino y el champán en la nevera" - digo al entrar. "Sí, para brindar esta noche por el año nuevo" - brindar ¿para qué?






"Ayúdame y te habré ayudado
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado".

domingo, 20 de diciembre de 2020

SI TÚ SUPIERAS...


Si supieras todo lo que ha ocurrido este año, todo lo que ha pasado desde marzo, sentirías, estoy seguro, una mezcla de incredulidad y terror. ¿Te acuerdas que siempre decías que aquí nunca se suspendían las clases, que ya podían caer puntas de hielo del cielo que los colegios permanecían abiertos? Pues bien, todos los colegios e institutos cerraron sus puertas en marzo y no volvieron a abrirlas hasta septiembre. ¿Quién podría haberlo creído solo unas semanas antes?

Y es que el mal que llegó de Oriente se extendió como la pólvora y de la noche a la mañana muchos creyeron que cerrar los centros era la mejor opción. El trece de marzo fue el último día de clase presencial. Bueno, de clase a secas porque bien sabes que las clases o son presenciales o no son. Imagina: en un fin de semana cientos de miles de maestros y profesores en todo el país hicieron un esfuerzo ímprobo para convertir la enseñanza presencial en enseñanza a distancia. Se logró, pero muchos nos dimos cuenta de que no era suficiente. No se puede enseñar a niños y niñas de cuatro, ocho o quince años por videoconferencia.

No quiero ni imaginar lo que hubieses pasado tú si hubieses tenido que enseñar a tus niños a pronunciar correctamente la erre así. Hubiese sido desesperante, hubiese sido irreal. Enseñar es mucho más que transmitir conocimientos, es transmitir energías, sentimientos, fuerza. Y eso, por mucho que se empeñen, no se puede lograr a través de una cámara. Así intentó hacerlo todo el mundo, con explicaciones grabadas o mediante conferencias en directo, cada alumno con un ordenador desde su casa. El confinamiento, que se prolongó desde marzo hasta finales de mayo - sí, casi tres meses sin salir -, echó a perder el curso y la enseñanza durante ese tiempo. Y cientos de miles de maestros y profesores vieron frustrados sus esfuerzos, inútiles todos. Nada puede sustituir una mirada, una frase espontánea, una risa, o un enfado.

¿Te imaginas haber tenido que terminar el curso así? Así fue como lo hicimos, como lo hicieron en todo el país. Acuérdate de todos los niños que tenían dificultades para aprender o que tenían problemas en sus casas, que son muchos. Todos estuvieron encerrados durante meses. Todos tuvieron que estudiar - si se le puede llamar a eso estudiar - como pudieron. Eso sí, algunos dijeron en junio que todo había salido bien y que el curso había acabado con normalidad. Ya sabes.

Por supuesto, el virus que había forzado el cierre de las escuelas y que ha matado ya a unas sesenta mil personas en España no se fue en el verano, ni después. Se sabía, pero muchos prefirieron centrarse en atraer turistas durante los meses de calor antes que pensar en cómo iba a ser la vuelta al cole en septiembre. Y, efectivamente, se volvió a las aulas. Las "mentes pensantes", como tú las llamas, proporcionaron unas vagas instrucciones para mantener la seguridad en los centros. Imagínatelas: mascarillas obligatorias, gel desinfectante en todos lados, itinerarios de entrada y salida, distancias entre alumnos. Bueno, esto de las distancias, en algunos sitios es imposible cuando hay muchos alumnos. ¡Qué te voy a contar!

El caso es que muchos - yo incluido - pensamos en septiembre que aquello iba a ser un desastre y que la vuelta al cole iba a suponer una nueva expansión del virus. Creíamos casi todos que unas semanas después se volverían a suspender las clases. Pero eso no ha ocurrido. Hemos terminado el primer trimestre sanos y salvos. Por supuesto que ha habido casos y algunos alumnos han estado sin poder asistir por padecer la enfermedad. Pero no se han detectado contagios masivos en las escuelas. Resulta que eran lugares seguros y no lo sabíamos. Por cierto, a los alumnos confinados ha habido que atenderles telemáticamente. Créetelo: diecisiete alumnos en clase, dos en casa y un profesor atendiendo a todos a la vez. Surrealista, pero así lo hemos hecho. 

Las clases impresionan a cualquiera. A mí lo siguen haciendo después de tres meses. Todos, alumnos y profesores con nuestras mascarillas, desinfectando los pupitres al entrar a clase y sentados separados unos de otros a cierta distancia (cuando es posible, a metro y medio). Las ventanas y las puertas abiertas de par en par, siempre. Te imagino, con lo friolera que eres, trabajando así. Muchos de mis alumnos llevan mantas a clase y no se quitan el abrigo en toda la mañana. Como si fuesen a pasar un día en la nieve. Imagina los colegios de los pueblos de las montañas. Y la voz del profesor se resiente porque la garganta se seca con la mascarilla y hay que hablar  más alto que de costumbre para que todos en el aula te oigan. Así lo estamos haciendo para contener el virus en las escuelas y, de momento, funciona. Crucemos los dedos para el futuro.

Estamos viviendo una época histórica y por eso he querido escribirte esta carta desde aquí. Tú amas la enseñanza y te dedicabas en cuerpo y alma a tus niños. Muchas cosas han cambiado desde marzo de 2020. En las últimos meses se ha decretado el toque de queda a las diez de la noche, han estado bares y restaurantes cerrados y se respira incertidumbre por doquier. Pero la escuela, aun en tiempos de pandemia, cuando casi todo está perdido, se ha convertido en el refugio del aprendizaje, de la diversión, de las relaciones, del ocio, de la felicidad. Por eso, los meses sin clase nos recordaron que no hay nada como un aula vacía para sentir la soledad. 


21 de diciembre de 2020

Gonzalo

domingo, 30 de agosto de 2020

LA GRANJA DE LA PARMESANA

Detalles del interior del palacio de la Granja de San Ildefonso (Segovia).

 
El 23 de diciembre de 1714, la poderosa princesa de Ursinos salió del viejo Alcázar de Madrid para encontrarse con la nueva reina, Isabel de Farnesio, que acababa de llegar a España. Las dos mujeres, de fuerte carácter, se vieron las caras en Jadraque, Guadalajara, pero no volvieron juntas a la capital. La reina desterró inmediatamente a la aristócrata gala que fue obligada a marchar a la frontera francesa con lo puesto, escoltada por nada menos que cincuenta guardias. Era toda una declaración de intenciones de la nueva esposa de Felipe V.

Isabel de Farnesio no iba a permitir que la princesa de Ursinos siguiese dominando la corte española como había hecho desde 1701. Su influencia sobre la primera esposa del rey, María Luisa de Saboya, había sido enorme, pero eso había terminado. Tras la muerte de esta, en febrero de 1714, la maquinaria de la Monarquía española se había puesto en marcha para encontrar una nueva esposa para Felipe V y, gracias a la intercesión del cardenal Alberoni, la elegida había sido la Farnesio. Si la princesa de Ursinos confiaba en dominar a la nueva consorte como había hecho con la antigua, se llevó una decepción de inmediato.

La parmesana - del Ducado de Parma, en Italia - tenía veintidós años cuando llegó a España. Era una mujer temperamental y astuta, consciente de las armas que podía utilizar para imponer su voluntad en la corte de Madrid. Su esposo, el rey, era mayor que ella y ya tenía dos hijos: Luis, el príncipe de Asturias, y el infante Fernando. Además, empezaba a dar muestras de los transtornos mentales que lo atormentarían el resto de su vida. No le fue difícil a la brava italiana manejar a su antojo la voluntad de su esposo.

Poco después de llegar al Alcázar de Madrid, Isabel de Farnesio se hizo dueña de la corte. Conocida es su influencia en la política exterior de la Monarquía, que se orientó a conseguir territorios en Italia para los hijos que tuvo con Felipe V. Consciente de que sus vástagos no tendrían oportunidad de heredar la Corona española por culpa de los hijos del rey con su anterior esposa, quiso colocarlos como soberanos de distintos Estados italianos. Y lo consiguió: al mayor, Carlos, lo colocó en el trono napolitano; al mediano, Felipe, en el ducado de Parma; y al pequeño, Luis Antonio, en el arzobispado de Toledo. A las tres hijas las casó convenientemente con príncipes europeos.

Su intervención también fue decisiva en la construcción del Palacio de la Granja de San Ildefonso, en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama. Felipe V, siempre nostálgico, proyectó la construcción de un palacio inspirado en el Versalles de su infancia. El sitio elegido había sido lugar de veraneo de los monarcas desde la Edad Media. El rey castellano Enrique IV "el Impotente" había construido una residencia allí y, un siglo después, Felipe II de Habsburgo edificó otro palacio en el vecino pueblo de Valsaín. Pero ambos fueron pasto de las llamas.

Ante la ruina del palacio de los Austrias, consumido por el fuego en 1682, el Borbón vio la oportunidad de encargar la construcción de un nuevo edificio a su gusto. Bueno, a su gusto y al de su esposa, que intervino en la elección de los arquitectos, en el diseño del palacio y sus jardines y en la decoración. Las obras comenzaron en 1721 y finalizaron solo tres años después.

La impronta francesa e italiana es evidente en el Palacio de la Granja de San Ildefonso y en sus inmensos jardines. Fue levantado sobre un antiguo monasterio jerónimo utilizando materiales de la región como piedra rosa de Sepúlveda y granito y pizarras de la Sierra de Guadarrama, pero también se importó mármol italiano de la región de Carrara. 

Los suntuosos interiores están profusamente decorados al estilo barroco, siguiendo las modas artísticas del siglo XVIII. Isabel de Farnesio compró una valiosísima colección de estatuas que había pertenecido a la reina Cristina de Suecia y que hoy se conserva en el Museo del Prado para adornar las estancias principales. El palacio se convirtió pronto en la residencia preferida de los reyes y, por tanto, en el corazón político de España. En sus salones se celebraban fiestas a las que asistía un selecto grupo de aristócratas y embajadores que disfrutaban de conciertos, festines, juegos, bailes y recepciones. La mano de la parmesana en todos estos saraos era evidente. 

La Farnesio era una mujer culta e ilustrada que hizo de la española la corte más reputada de toda Europa. Consiguió, por ejemplo, que el castrati Farinelli se trasladase a la Granja para ofrecer sus recitales a la corte y, en especial, al rey. La voz del cantante italiano calmaba a Felipe V y aliviaba sus obsesiones. Farinelli residió en la corte española durante más de veinte años y fue colmado de mercedes y condecoraciones por la reina, agradecida por los servicios prestados a su esposo.


Exteriores del Palacio de la Granja de San Ildefonso
 
Los paseos por los jardines y los bosques de la Granja y el aire puro de la Sierra de Guadarrama también hacían bien a la salud del rey. No es difícil imaginar a Felipe V y a su esposa paseando entre las maravillosas fuentes que adornan los jardines, cada una con representaciones diferentes de temas mitológicos. También podemos imaginar a Felipe V relajándose en su góndola mientras pescaba en el estanque conocido como "El Mar", que recoge las aguas de los acuíferos de Guadarrama para encauzarlas hacia las fuentes de la Granja. Mientras tanto, en una barca próxima, Farinelli cantaba al monarca en presencia de un reducido grupo de cortesanos.

A pesar de la imagen despótica e interesada que ha pasado a la Historia, Isabel de Farnesio siempre atendió a su esposo e intentó calmar su debilidad mental. Todas las noches le acompañaba en su alcoba hasta que se dormía y le consolaba cuando tenía ataques de pánico porque pensaba que estaba muerto o lo estaban envenenando. La tenaz Isabel también rebosaba paciencia y compasión hacia su pobre esposo y tuvo que soportar escenas más parecidas a las de una casa de locos que a las de un palacio real, como la crisis en la que el rey Felipe creyó ser una rana. Quizá le confundió contemplar la maravillosa fuente de las ranas, una de las muchas que adornan los jardines del palacio de la Granja.

En 1724, Felipe V abdicó por sorpresa la corona de España, dejando paso a su primogénito Luis. El nuevo rey falleció desgraciadamente seis meses después y esto obligó a su padre a regresar al trono. Durante esos meses de retiro en los que Felipe dejó de ser el soberano de la Monarquía, él y su esposa residieron en la Granja donde disfrutaban de todas las comodidades e intervenían contantemente en las labores de gobierno de Luis I. Allí recibieron la inesperada noticia de la muerte del joven rey y desde allí regresó Felipe V resignado a Madrid para asumir de nuevo sus responsabilidades.

Felipe V reinaría ya hasta su muerte, en 1746, y su esposa siempre permaneció a su lado. Alternaba periodos de gran lucidez y actividad en los que se manifestaba como un eficaz gobernante con episodios de depresión durante los que desaparecía por completo. Pero Isabel de Farnesio ocupaba su lugar y decidía por él. Cuando Alberoni, que era el embajador de Parma y una de las personas más influyentes de la corte, cayó en desgracia, el ambicioso Ripperdá ocupó su lugar por obra y gracia de la Farnesio.

La estrella de la reina empezó a apagarse cuando falleció su esposo. El nuevo rey era Fernando VI, el hijastro de Isabel al que siempre había mostrado un cordial rechazo por interponerse entre sus hijos y el trono de España. Fernando VI desterró a Isabel a la Granja de San Ildefonso y, temiendo esta que la acabase echando también de ahí, ordenó la construcción de otro palacio muy cerca. Fue el Palacio de Riofrío. Sin embargo, la muerte de Fernando VI en 1759 iluminó de nuevo el destino de la parmesana.

En una de esas carambolas de la Historia, obra casi todas ellas de la muerte, el trono de España fue a parar al primogénito de Isabel, el rey Carlos de Nápoles. El nuevo Carlos III de España llevaba unas décadas reinando en Nápoles y ahora debía desplazarse a la Península Ibérica para ceñirse la corona española. Su madre no podía estar más orgullosa porque su sangre iba a ocupar el puesto que le correspondía. Así que el Palacio de Riofrío quedó inconcluso e Isabel de Farnesio nunca lo llegó a ocupar. En su lugar se trasladó a Madrid para hacerse cargo de la regencia mientras llegaba su hijo. La reina madre volvía a hacer lo que tanto le gustaba: mandar y ser obedecida.

Pero la vida en la corte de Carlos III no iba a ser como ella había soñado. Y todo por culpa de otra mujer, la esposa de su hijo María Amalia de Sajonia. Resultó que la nuera le salió contestona y no quiso compartir la influencia sobre el nuevo rey. Durante los últimos años de su vida, la parmesana se dedicó a dirigir las obras de ampliación del palacio de la Granja. La vieja reina murió en 1766 y fue sepultada en la Colegiata del palacio. El rey Felipe V no había querido ser enterrado en el panteón real del monasterio de San Lorenzo de El Escorial para no compartir la eternidad con los Austrias y había preferido su querido palacio de la Granja. Isabel de Farnesio lo acompañó también en el último viaje, como había hecho siempre.
 

Detalles de los jardines de la Granja de San Ildefonso







PARA SABER MÁS:

viernes, 21 de agosto de 2020

CHAVES NOGALES, QUE ESTABA ALLÍ

Varias fotografías de Manuel Chaves Nogales junto con algunos personajes históricos de su época como Alejandro Lerroux (arriba) y Miguel de Unamuno (abajo a la derecha).
 
 
 
Manuel Chaves Nogales es, para muchos, el mejor periodista español del siglo XX. Su obra literaria se podría situar junto a la de los grandes de su época, como George Orwell, Ernest Hemingway y Stefan Zweig. Es uno de los grandes, en efecto. Pero, a diferencia de estos y a pesar de aquello, Chaves Nogales es un completo desconocido para el gran público y sus obras hace bien poco que se han redescubierto.

Marginado por la izquierda y despreciado por la derecha, los escritos de Chaves Nogales pasaron largas décadas escondidos. Tan solo se editaba una y otra vez su obra cumbre, la biografía del torero Juan Belmonte, que carecía de connotaciones políticas. El resto se mantuvieron silenciados por unos y por otros porque la mente crítica y lúcida de Chaves Nogales incomodaba a unos y otros. Hoy, sin embargo, su figura y su obra se están recuperando aunque poco a poco, quizá demasiado poco a poco para alguien que puede alumbrar uno de los periodos más terribles de la historia de España y de Europa.

La visión de Chaves Nogales sobre España y Europa en la época que le tocó vivir es honesta y clara. Lo ve todo. Lo entiende todo. Y lo explica todo. Nacido en Sevilla, pronto marchó a la capital donde trabajó en algunos de los diarios más influyentes como el Heraldo de Madrid y el Ahora. Viajó por la Europa de entreguerras y conoció de primera mano el totalitarismo tanto fascista como comunista. En su obra "El maestro Juan Martínez, que estaba allí" contó la historia real de este bailaor flamenco que fue sorprendido por el estallido de la Primera Guerra Mundial en San Petersburgo, la capital de los zares de Rusia. Después, vivió la Revolución Bolchevique y conoció sus entresijos. 
 
La revolución pretendía acabar con la tiranía zarista y con la opresión de la nobleza, la burguesía y la Iglesia Ortodoxa pero lo que consiguió fue sustituir esta opresión por otra, la de los revolucionarios. Chaves Nogales relata la historia que el propio Juan Martínez le transmitió en París. En su huida desesperada, el bailaor se encontró con revolucionarios analfabetos guiados por la sed de venganza, con líderes bolcheviques corruptos, y con trabajadores que seguían haciendo lo de siempre: sobrevivir. El régimen que nacía de la revolución era muy distinto a la utopía soñada. No era un mundo de igualdad y justicia sino de represión, brutalidad y hambre. 

Y también conoció el totalitarismo fascista, el nazismo. Pudo realizar una brevísima entrevista a Joseph Goebbels, uno de los más importantes dirigentes nazis y ministro de propaganda de Hitler. Obligado a publicar las respuestas a sus preguntas sin ninguna modificación, Chaves Nogales se permitió realizar una pequeña introducción en la que describía al tipo entrevistado. En apenas unas líneas, el periodista andaluz retrató de forma brillante al líder nazi destapando su patetismo y su sectarismo.
 
Defensor de la democracia liberal y de la república parlamentaria instaurada en España en 1931, Chaves Nogales siguió la evolución política de los años treinta hasta que la violencia hizo estallar España en mil pedazos. Su obra "A Sangre y Fuego. Héroes, bestias y mártires de España" es probablemente el mejor libro que se ha escrito sobre la Guerra Civil. Todo aquel que quiera entender el conflicto fraticida español debe leer esta obra porque Chaves Nogales desciende aquí al barro, a la realidad cotidiana, retrata a milicianos republicanos, a fanáticos anarquistas, a fascistas sanguinarios y a un pueblo que sufrió como nadie el odio visceral provocado por siglos de ignorancia.

Chaves Nogales describe la brutal realidad de la guerra, de cualquier guerra, pero esta fue nuestra. Y en su prólogo, el autor explica la contienda de una forma clara y directa, ¡en 1937! Cuando aún quedaban dos años de guerra, el escritor sevillano adivina con una terrible precisión el futuro de esa España que se estaba desangrando. Los árboles no le impidieron ver el bosque con más claridad de la que muchos pueden verlo hoy en dia. No nos equivocamos si afirmamos que el escritor sevillano fue el observador más audaz de la España de los años treinta. Pero además de observador, fue un valiente defensor del régimen republicano y democrático condenado a muerte tras el golpe de 1936.

Como dice en el prólogo de "A Sangre y Fuego" - toda una declaración de principios y un disganóstico preciso de una España enferma -,  abandonó el país cuando vio que todo estaba perdido. Él era un republicano convencido, pero ante todo, un demócrata. Y cuando el gobierno legítimo marchó de Madrid a Valencia, entendió que la república democrática había sido completamente destruida. No quedaba nada que salvar. Y acusó tanto a los fascistas de Franco que bombardeaban continuamente Madrid como a las bandas de analfabetos anarquistas y comunistas que sembraban el terror en la capital. En Madrid no se enfrentaba ya el fascismo contra la democracia, sino contra el comunismo. La democracia ya no existía. Y por poner esto a la luz, Chaves Nogales fue perseguido por la derecha y por la izquierda y marginado por unos y por otros.

La visión ecuánime que ofrece Chaves Nogales al mundo no esconde su firme defensa de la democracia liberal. Sabe reconocer el totalitarismo porque lo ha visto y contado y sabe las atrocidades que engendra e inmediato. Cuando huye de España se instala con su familia en Francia a la que consideraba el baluarte de la democracia, donde había visto instalarse a los exiliados rusos tras la revolución, donde entonces se instalaban los exiliados españoles que huían de la guerra. Pero la Francia que encontró era muy distinta, un país agotado y mediocre que no ofreció resistencia cuando Alemania lo invadió en 1940 y aun colaboró con los nazis. Eso también lo retratará en "La agonía de Francia", una obra que, por cierto, no ha sido aún publicada en ese país. Heridas por cerrar en el siglo XXI.

Bien sabía nuestro autor que la Gestapo lo buscaría en París para hacerle pagar con su vida la humillación a los nazis y a Goebbels. Por eso, cuano las columnas alemanas se acercaban a la capital francesa, partió de nuevo, primero hacia Burdeos y, después, hacia Inglaterra, donde estaría a salvo. Su familia regresó a España al mismo tiempo. Era 1940. Chaves Nogales, igual que muchos españoles antes y después, se convirtió en un viajero errante, una de las voces más autorizadas para explicar la guerra de España y la de Europa que, sin embargo, no podría volver ni a su país ni al continente. Era el precio de la audacia y de la valentía. 

En Londres vivió los últimos años de su vida, haciendo lo que había hecho siempre: escribir, contar. Sus crónicas se publicaron en numerosos periódicos europeos y americanos. Su vida se apagó en mayo de 1944, unas semanas antes del desembarco de Normandía, uno de los hitos que marcaría el rumbo de la Segunda Guerra Mundial y el principio del fin del nazismo. No pudo ver cómo la democracia triunfaba por fin en Europa Occidental tras la guerra. Tampoco, por supuesto, cómo triunfó en España décadas después. Fue enterrado allí, en Londres, en el exilio, como tantos otros españoles obligados a abandonar su patria por culpa de la ignominia de muchos compatriotas. Allí siguen sus restos, lejos de su tierra. Su obra, sin embargo, es infinita. Estaba allí y lo contó para la eternidad.

miércoles, 19 de agosto de 2020

SOBRE LA MONARQUÍA Y LA REPÚBLICA

En los últimos años, cada vez que sale a la luz un escándalo de la familia real, se reactiva el eterno debate sobre la forma de gobierno en España: ¿monarquía o república? En realidad se trata de un dilema azuzado habitualmente por algunos partidos políticos interesados y algunos medios de comunicación que, sin embargo, tiene poco calado en una sociedad enfrentada a problemas mucho más graves.

Vaya por delante una confesión: desde un punto de vista teórico o normativo, es preferible una república a una monarquía. La razón es sencilla. En la monarquía la jefatura del Estado es vitalicia y hereditaria dentro de una familia, algo que suena un tanto anacrónico en pleno siglo XXI. En una república puede haber más o menos participación popular para elegir quién ocupa la mas alta magistratura del Estado por lo que se ajusta mejor a los parámetros que nosotros entendemos como democráticos. Así que, en principio, pocos pueden dudar de que es una forma de gobierno más acorde con nuestros tiempos.

Ahora bien, no vivimos en un mundo teórico, sino en el mundo real. Hay que buscar soluciones prácticas para las necesidades políticas de cada momento. La instauración de la monarquía parlamentaria en España, en 1978, se debió precisamente a eso, a la utilidad que podía ofrecer la figura de un monarca en la dificultosa instauración de la democracia, amenazada en múltiples frentes por el terrorismo, los sectores reaccionarios, los nacionalismos periféricos y la inestabilidad social y económica. Muchas de esas circunstancias han cambiado, pero la monarquía española sigue teniendo su razón de ser en el siglo XXI.

En primer lugar, se trata de una institución apolítica y neutral, alejada de las luchas partidistas que son la esencia de nuestra democracia. La figura moderadora del rey lo convierte en el fiel de una balanza en la que se sustenta todo el sistema político. Carente de todo poder fáctico, el rey es, en resumidas cuentas, el representante del Estado y el símbolo de la continuidad histórica de la nación. Por cierto, este es el motivo por el que se oponen a él los partidos independentistas periféricos.

En segundo lugar, el papel del rey como representante de España en el extranjero es crucial. Parece un tópico eso de que es "el mejor embajador", pero es cierto. La permanencia de un rey en el trono de su país durante años lo convierte en la figura visible de la nación en el exterior, un rostro reconocible aquí y allá. Por eso la Corona es un excelente instrumento para fortalecer la imagen exterior del país, una brillante carta de presentación en el mundo. La pertenencia del monarca a una dinastía histórica, que se proyecta a lo largo de los siglos, contribuye a este propósito. Esto es algo de lo que carece un presidente de la república por muchas ínfulas napoleónicas que se quiera otorgar Emmanuel Macron a sí mismo, por ejemplo. Los presidentes de Portugal, Alemania o Italia son prácticamente desconocidos en el mundo por lo que su función representativa de la nación, que tienen igual que el rey, no es tan potente.

En tercer y último lugar, la monarquía parlamentaria no tiene en la actualidad una alternativa viable en España. Muchos piensan instantáneamente en la república, pero ¿qué república? Habrá que ponerle un apellido: parlamentaria, presidencialista, semipresidencialista, popular, de partido único, islámica, etcétera. Todos ellos sin entrar en la forma de Estado y su organización territorial: república federal, república unitaria o república conferederal. Pensemos en Portugal, en Rusia, en Uruguay, en Vietnam, en Irán. Todos son repúblicas pero no sé parecen entre sí. Hoy no hay debate en torno a ello y, mucho menos, consenso. Hay quien propone una "república plurinacional y solidaria" pero la Historia no conoce ninguna forma de gobierno con esa denominación. Sólo hay un Estado plurinacional en el mundo, Bolivia, pero sus características territoriales y sociales no son comparables a las de España así que no parece una opción viable.

Por sí misma, una república no es más democrática que una monarquía. Comparemos, por ejemplo, la República Democrática del Congo, que es uno de los países más corruptos y peligrosos del mundo, y el Reino de Noruega, cuyos ciudadanos disfrutan de amplias libertades. El diario "The Economist" elabora cada año un ranking de los países en función de la calidad de su democracia. En 2019, de las veinte democracias plenas del mundo - los países con mayor calidad democrática - doce eran monarquías. España era una de ellas. La calidad de la democracia es mucho más que elegir en votación al jefe del Estado, se basa en la existencia de amplios derechos y libertades y la seguridad para ejercerlos.

Una república tampoco es sinónimo de justicia y de igualdad social. En 2017, el país con más desigualdad en ingresos del mundo - según el coeficiente de Gini - era la República de Sudáfrica y uno de los más igualitarios era Bélgica, una monarquía. No hay correlación, por tanto, en indicadores como la calidad de la democracia y la igualdad social en un país y su forma de gobierno.

Todo ello no impide, en cualquier caso, que la monarquía tenga que estar sometida a un férreo y continuo control por parte de los tribunales de justicia, de la prensa y de la opinión pública, igual que el resto de instituciones del Estado. Precisamente por su naturaleza, vitalicia y hereditaria, la ejemplaridad y la transparencia deben ser las señas de identidad de esta institución y se le deben exigir. El jefe del Estado y los miembros de la familia real deben, además, estar sometidos a las mismas leyes que el resto de ciudadanos, sin diferencia alguna a excepción de aquello vinculado a las funciones inherentes a su cargo. No debemos olvidar que un rey lo es de por vida y el Estado debe evitar que caiga en la tentación de aprovechar su posición aparentemente inmutable en beneficio propio.

Teniendo en cuenta todo esto, parece estéril un debate ahora sobre la forma de gobierno, sobre todo, si miramos los problemas inminentes a los que se enfrenta el país. Además, un cambio en la forma de gobierno requeriría una modificación de la Constitución. La crispación impertante en el panorama político actual y la actitud combativa de la mayoría de los partidos no permiten alcanzar un gran acuerdo que sustituya al logrado en 1978. Así que quizá sería prefible trabajar por profundizar nuestros derechos y libertades, y mejorar la cohesión social del país antes que polemizar sobre temas como este. Ya llegará el momento en el devenir histórico futuro en el que merezca la pena debatir si conviene más una monarquía o una república siempre, claro está, que los que defienden esta opción tengan claro qué tipo de república proponen.