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sábado, 18 de abril de 2020

"LAS LANZAS" O "LA RENDICIÓN DE BREDA"

  • Autor: Diego Velázquez
  • Estilo: Barranco (s. XVII)
  • Año: 1634 - 1635

Esta es una de las grandes obras de Velázquez, que refeja el poder de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII. Fue encargada por Felipe IV para decorar los muros del Salón de Batallas del palacio del Buen Retiro (Madrid).

Representa un episodio de la Guerra de Flandes: la ciudad de Breda se rinde a los Tercios españoles dirigidos por Spínola. Este suceso ocurrió en 1625, diez años antes de la finalización del cuadro. Es interesante saber que Breda fue perdida por los españoles tan sólo un año después de la presentación de la obra a los reyes, en 1636.

Velázquez centra la atención en la actitud magnánima y clemente del general Spínola que desciende de su caballo para recibir las llaves de la ciudad de la mano de Justino de Nassau, gobernador rebelde de la ciudad. No deja que se arrodille ante él.

Por otro lado, mientras a la izquierda, en la representación de los rebeldes holandeses impera el desorden y el caos; a la derecha, Velázquez muestra la disciplina, el orden y el poder de los Tercios españoles con las picas en alto. La pica, muchas veces confundida con una lanza, era una de las armas principales de los Tercios.

Al fondo observamos un paisaje en el que podemos distinguir la ciudad de Breda humeante después de varios meses de asedio. La perspectiva aérea, desarrollada magistralmente, permite a Velázquez dotar a los cuadros de gran profundidad y realismo. Por último, podemos destacar la curiosa poición del caballo, en escorzo, dando lo cuartos traseros al espectador. Esto aporta naturalidad a la escena.

domingo, 12 de abril de 2020

"DON GASPAR DE GUZMÁN, CONDE-DUQUE DE OLIVARES"

  • Autor: Diego Velázquez
  • Estilo: Barroco (s. XVII)
  • Año: 1634
 

Cuando encargó el retrato, Gaspar Guzmán de Pimentel, Conde - Duque de Olivares, sabía muy bien que la posteridar iba a recordarlo con esta imagen. El Conde - Duque era el valido del rey Felipe IV y el hombre más poderoso del reino. En este cuadro se representa tanto su poder como su capacidad de mando.

Siguiendo el camino abierto por Rubens en su retrato del Duque de Lerma, Velázquez representa una escena bélica. En el fondo aparecen unas columnas de humo que indican la posición de la batalla. Allí se dirige Olivares.

El caballo está representado de forma oblicua, rampante. Olivares tiene todos los atributos de jefe de los ejércitos:
  • Bastón de mando en su mano derecha
  • Espada envainada
  • Banda carmesí de los generales en batalla
El valido mira al espectador, aunque su cuerpo le da la espalda. Se trata de un recurso del pintor para disimular la "poco agraciada figura" del valido. Consigue en todo caso un efecto impactante en el espectador y refleja la energía y el vigor del conde-duque. Si comparaom este retrato con otros que hizo Velázquez del rey Felipe IV observamos las enormes diferencias: el rey se hacía retratar habitualmente sereno, sin atributos de poder apenas, que reflejan una personalidad pausada y melancólica; el valido, en este retrato se presenta como el gran jefe militar, un estadista reforma de la Monarquía Hispánica.

Este retrato tuvo influencia en autores posteriores como Jacques Louis Daid y su obra "Napoleón cruzando los Alpes" (principios del siglo XIX) que se conserva en el Palacio de Charlottenburg (Berlín, Alemania).





*Parte de la información de esta entrada ha sido tomada de VV.AA. (2014): "La Guía del Prado", Madrid: Museo Nacional del Prado.

miércoles, 8 de abril de 2020

LA PÉRDIDA DE UNA GENERACIÓN

A todos los que se han marchado.
Y a los que nos hemos quedado.


Una calurosa tarde de verano, ya en los últimos días, me miró con ojos inocentes y dijo - "Cuando te quieres dar cuenta, se ha pasado el tiempo" -. Estos días oscuros me acuerdo de esas palabras y me vienen a la mente los cientos de ancianos que se encuentran solos, aislados, en las habitaciones frías e impersonales de los hospitales. Muchos de ellos estarán desorientados, perdidos. Otros no. Otros sabrán muy bien que se encuentran en el final.

Es la generación que estamos perdiendo. Los que se están marchando como consecuencia del mal que nos rodea desde hace semanas. Ha quebrado nuestra civilización, nuestra sociedad, y está acabando con la vida de la generación más longeva de la historia de España. Son nuestros abuelos, hombres y mujeres hoy ancianos que sucumben ante un golpe que no esperaban, que no esperábamos.

No son la generación de la guerra porque no hicieron la Guerra Civil, en su mayoría eran bebés cuando estalló el conflicto fraticida en 1936. Muchos nacieron durante la contienda. Otros lo hicieron en la inmediata posguerra. No hicieron la guerra pero sí la sufrieron. Sufrieron el horror en sus familias, los dramas personales, las pérdidas irreparables. Sintieron el hambre y la miseria de la posguerra y vivieron bajo el yugo de la dictadura. Y sin embargo, crecieron sanos, fuertes como robles, y conocieron la felicidad.

Son mucho más cultos, más sabios, de lo que nunca podremos ser las generaciones posteriores. Pero no estudiaron tantos años como lo hemos hecho nosotros. Con cada una de sus palabras, con cada uno de sus actos, nos han dado - nos dan - lecciones de vida. De una vida larga y trabajada, llena de sufrimientos y de alegrías, de penas y satisfacciones. Por eso custodian vidas plenas.

Trabajaron duro y se esforzaron, sin rechistar, durante años. Largas décadas de sacrificios, privaciones y ahorro con la mirada puesta siempre en un futuro mejor. Muchos trabajaban mañana y tarde porque un solo empleo no era suficiente para vivir. Ellas criaron a la primera generación auténticamente libre del país. Algunas, más de las que pensamos, fueron las auténticas pioneras. Trabajaban en casa y fuera para sacar la familia adelante.

También es la generación de los emigrantes. Muchos salieron de España para buscar fortuna en las fábricas alemanas, francesas o suizas. Otros marcharon de sus aldeas a las ciudades en busca de lo mismo. Todos sintieron el desgarro emocional y social que supone abandonar tu patria y buscar cobijo en tierra extraña. Lo hicieron por ellos y, en definitiva, por los que vendrían - vendríamos -.

Saben perfectamente la diferencia entre dictadura y democracia porque vivieron las dos. Construyeron su existencia en el Franquismo, sin derechos y libertades. Tras la muerte del tirano, fueron quienes los ganaron. Ellos construyeron la España de hoy, la sociedad en la que vivimos. La Transición política fue cosa de aquellos que hoy son ancianos. Unos nombres propios, por supuesto, pero también millones de anónimos que crearon la conciencia democrática de un país sin olvidar los horrores de la guerra ni las cadenas de la dictadura. Pesaban los dramas familiares, los desaparecidos, el miedo, pero más la voluntad de mirar hacia el futuro, de construir una sociedad moderna.

Tenían - tienen - esa conciencia de sacrificio, esfuerzo, tolerancia y reconciliación. Unos valores muy superiores a los que imperan hoy. Vieron cómo sus hijos hicieron lo que ellos no había podido. Viajaron. Estudiaron. No sufrieron miserias ni dramas. Vivieron en libertad plena. Y sus nietos, a los que cuidaron como hijos propios. Para ellos era, definitivamente, el mundo que con tanto empeño habían construido durante décadas. A ellos enseñaron todo lo que sabían. A ellos transmitieron su legado.

Cuando ya se encontraban en la vejez, la crisis económica iniciada en 2008 fue un duro golpe. El mundo próspero que creían - que creíamos - imperturbable, se tambaleó. Volvió la miseria, el desempleo. Pero ellos fueron quienes sostuvieron a las familias. Eran el centro, la esencia de millones de familias. La pensión de los abuelos se convirtió en muchos casos en lo único que ingresaban algunas, muchas, viviendas. Con ello comieron hijos y nietos. De nuevo ayudaron a los suyos a vivir, a no hundirse. La sociedad española de principios del siglo XXI sobrevivió gracias a ellos, otra vez.

Y ahora esto. Una increíble enfermedad llegada de muy lejos se los está llevando abruptamente cuando ya se acercaban al ocaso natural de su existencia. Y aguantan como rocas. Soportan lo insoportable. Enteros. Como siempre. La llaman la Generación Silenciosa. Y en efecto, se están yendo en silencio pero de una forma que no querríamos. Muchos no pueden despedirse de sus abuelos y abuelas, de sus padres y madres. Son gentes austeras y trabajadoras por las circunstancias históricas que vivieron y sin embargo nunca se quejaron. Prefirieron siempre buscar cómo continuar.



*Por cierto, las sabias palabras del principio las pronunció mi abuela, nacida en 1929.

lunes, 6 de abril de 2020

"LA FAMILIA DE FELIPE IV" O "LAS MENINAS"

  • Autor: Diego Velázquez
  • Estilo: Barroco (s. XVII)
  • Año: 1656

Se trata, sin duda, de la gran obra de Diego Velázquez y la pintura más conocida del Museo del Prado. Inaugura, además, una serie de retratos familiares que tendrá continuación en "La Familia de Felipe V" de Van Loo y en "La Familia de Carlos IV" de Goya.

La composición del cuadro es muy compleja. En el centro se encuentra la infanta Margarita de Austria, hija de Felipe IV y Mariana de Austria. Dos doncellas, llamadas "meninas", la atienden. La de la izquierda es María Agustina de Sarmiento, que ofrece agua a la infanta. A la derecha tenemos a Isabel de Velasco. También aparecen dos bufones: la enana Maribárbola y Nicolasito Pertusato, el niño que molesta al paciente mastín. Detrás de ellos se sitúa el ama de llaves Marcela de Ulloa y un guardadamas sin identificar. A la izquierda, Velázquez se autorretrata. Al fondo, a contraluz, observamos la silueta de José Nieto, aposentador real. En el espejo del fondo podemos ver el reflejo de los reyes.

El cuadro muestra una escena cotidiana en la Corte de los Austrias de la segunda mitad del siglo XVII, como si se tratase de una fotografía. No obstante, existen dos teorías para intepretar el cuadro:
  • La primera teoría apunta que Velázquez está retratando a los reyes (que se situarían en la posición del espectador) en una estancia en la que entran la infanta Margarita y todo su séquito.
  • La segunda teoría afirma que en la estancia se encontraban todos los personajes retratados realizando diversas actividades (Velázquez pintando un cuadro, las meninas atendiendo los caprichos de la infanta...) y entran los reyes (posición del espectador). Esto explicaría la reverancia que parece hacer Isabel de Velasco al espectador y la patada del bufón al mastín para que se levante en deferencia a los reyes.
En cuadro también contiene un complejo programa iconográfico, elaborado por Velázquez para defender la puntura como una profesión intelectual (y no artesana). Incluye dos pinturas "Minerva y Aracne" de Rubens y "Apolo y Marsias" de Joardens que exaltan la nobleza y el carácter liberal de la pintura. Velázquez luce la Cruz de Santiago, aunque cuando se pintó el cuadro no pertenecía a dicha orden. Hay quien dice que fue el propio rey felipe IV quien pintó la cruz en el pecho del pintor después de su muerte.

sábado, 4 de abril de 2020

"RETRATO ECUESTRE DEL DUQUE DE LERMA" DE RUBENS

  • Autor: Pedro Pablo Rubens
  • Estilo: Barroco
  • Año: 1603


Rubens, dipolático flamenco, realizó este cuadro durante su primera estancia en Madrid, en 1603. Se trata de un retrato ecuestre del poderoso valido de Felipe III, don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma.

El pinturo se basa en las esculturas ecuestres griegas y romanas, aunque representa al duque de Lerma de frente, avanzando hacia el espectador. Es un cuadro fundamentalmente militar que pretende presentar a valido como un gran estratega y general de los ejércitos. Destacamos los siguientes elementos:
  • La media armadura (sólo la parte superior)
  • El bastón de mando
  • La carga de caballería del fondo.
Sólo hay un elemento que indica la nobleza del personaje: la venera del caballero de Santiago que lleva al cuello.

El hecho de que Rubens represente al duque de Lerma montado a caballo era extraño puesto que este privilegio solía estar reservado a los miembros de la Casa Real. Sin embargo, es conocido el enorme poder que aglutinó en sus manos el duque de Lerma quien llgó a conseguir la delegación de firma del propio rey Felipe III. La imagen de Lerma aquí muestra altanería, orgullo y ambición.

Por lo que respecta a los aspectos técnicos, Rubens utiliza gruesos trazo que reflejan fuerza y vigor. Este cuadro estableció un modelo de retrato ecuestre que tendría gran influencia en artistas posteriores como Van Dyck y Gaspar de Crayer.

miércoles, 18 de marzo de 2020

EL FINAL DE NUESTRO MUNDO




"Una epidemia tan grande no se recordaba. Lo más terrible de esta enfermedad fue el desánimo. Se infectaban unos al atender a otros, morían como ovejas."
 (Tucídides, Libro II, 51, 4. - siglo V a.C.)



"Es preciso sufrir con la resignación de algo inevitable las cosas enviadas por la divinidad y con valor las que vienen de los enemigos."
 (Pericles según Tucídides, Libro II, 64, 2)




Diecisiete de marzo de 2020. Suena el despertador que programé la noche anterior, me levanto y abro la ventana. Es un día nublado, frío, desagradable. El día anterior ha nevado. Se acerca el fin del invierno pero no lo parece. Me preparo para salir al exterior, me lavo las manos con insistencia, me pongo el abrigo y suspiro. "Ahora vengo" - digo con tono alto dirigiéndome hacia quien se encuentra en el cuarto del fondo.

Bajo andando desde un sexto piso. Como siempre. Evito tocar el pasamanos de las escaleras. No sé quién lo ha tocado antes. ¿Estará infectado? Trato conscientemente de no rozar la pared, de pisar en el centro de los escalones. Llego al portal. La luz se enciende gracias a un detector de movimiento instalado dos meses antes. No le había dado importancia. Hoy sí. Me doy cuenta. Ha evitado que pulse el botón para enceder la luz. Entonces llega la hora de abrir la puerta que da a la calle. Hago un requiebro absurdo con el brazo intentando abrir la puerta con el codo según han dicho en la televisión. "Uno de los focos de contagio son los pomos de la puerta, los botones del ascensor...".

Salgo por fin a la calle. El viento frío de final del invierno sopla en mi cara. No hay nadie en la calle. La acera es toda para mí. No pasa ni un solo coche en ese momento. Avanzo un poco más. Me dirijo al supermercado que está dos calles más allá. En el camino me cruzo a dos transeúntes. Van solos. La ley dictada dos días antes no permite ir en parejas o grupos. En realidad no permite salir a la calle más que para ir a trabajar, a comprar comida, sacar a pasear al perro o acercarse al banco a por dinero. Uno de ellos lleva una pequeña bolsa. El otro está paseando un precioso pastor alemán que tira fuerte de la correa. Parece que tiene prisa.

Entonces llego a la entrada del supermercado. Dos señoras hablan en la puerta. Están separadas por casi dos metros de distancia. Una de ellas fuma un cigarrillo. "Buenos días" - digo al entrar a la tienda. Ninguna contesta. Quien sí se dirige a mí, nada más cruzar el umbral de la puerta, es la cajera que atiende una cola de cuatro o cinco clientes - "Póngase los guantes, son obligatorios". La miro incrédulo. El día anterior no había necesitado guantes. No había visto la cajita de guantes de plástico transparente que había justo delante de mí. Los clientes me miran resignados. Me pongo los guantes y, por fin entro a la tienda.

Busco pocas cosas: pan, leche, chocolate, unos pimientos... Recorro los pasillos. Cuando estoy entre dos estanterías me cruzo con otro cliente. "Uy, perdón" - me dice sobresaltado. Y rápidamente se da la vuelta alejándose de mi. No sabe si yo también estoy infectado. Me cruzo con una señora del barrio. La conozco de vista de siempre. Lo mismo. Me dice un escueto "hola" y se da la vuelta. Avanza rápido tapándose la nariz y la boca con un pañuelo de usar y tirar. Como si ese pañuelo fuese el escudo definitivo contra el mal que nos acecha.

Cojo de las estanterías todo lo que necesito. Me acerco a la caja para pagar. Hay que respetar la distancia entre unos y otros. Líneas rojas señalan donde se tienen que colocar los clientes aguardando el turno. "Señora, colóquese más atrás por favor" - se dirige uno de los empleados del supermercado a una mujer que estaba detrá de mí. Había sobrepasado la línea. Los demás clientes miran hacia abajo. Algunos llevan mascarilla. "¿Para qué?" - pienso yo - "dicen que no es necesaria en la vida diaria...".

Llega mi turno. "Nueve con cincuenta, por favor" - me dice la cajera. Acto seguido se retira a dos metros hacia atrás. Saco la tarjeta bancaria. Han dicho que es mejor pagar con tarjeta que en efectivo. El dinero puede contener el virus. Tecleo el número secreto. La cola de clientes que espera a pagar es larga. Me doy cuenta de que todos esperan a que me marche. La cajera no va a cobrar al siguiente hasta que yo no haya depositado todos los productos que acabo de comprar en la bolsa que traigo de casa. Hay que mantener una distancia prudente.

Meto todo atropelladamente en la bolsa y me marcho. Antes de salir me doy cuenta de que tengo que quitarme lo guantes. De dentro hacia afuera y dando la vuelta al guante. "Adiós, buenos días" - nadie contesta. Definitivamente no son buenos días.

En la calle, de vuelta a casa, me cruzo con otra mujer. Lleva un carrito de la compra. Pasamos a una distancia prudente. Dos metros uno del otro. Por si las moscas... Ahora veo más coches en la calle. Cuatro. Todos van ocupados por una persona sola. El decreto aprobado por el Gobierno el día anterior prohibe más ocupantes. Sólo el conductor. Me dirijo a mi casa. Otra vez el mismo dilema. ¿Cómo abrir la puerta? Saco la llave y con ella empujo la puerta del edificio. La luz del portal se enciende automáticamente. "Menos mal". Para llamar al ascensor uso también la llave. No toco nada con las manos. No vaya a ser.

"¡Menudo panorama!" - exclamo al entrar en casa. Dejo la bolsa de la compra, me quito el abrigo y corro a lavarme las manos a conciencia. Cuarenta y cinco segundos frotándolas. "Hay que lavarse las manos bien" no paran de repetir una y otra vez en la tele. "¡Ven que van a decir en la tele las noticias!".

Son malas las noticias. Casi 14.000 infectados en toda España. Unos 600 fallecidos. El virus se extiende sin crontrol. Los hospitales se encuentran prácticamente saturados. No hay remedio para la enfermedad. El confinamiento de la población decretado por el Gobierno estaba previsto para quince días. Ya se habla de que el Estado de Alarma se va a prolongar. La desconfianza, el temor y el desánimo atenazan a la población más incluso que el mal. Esos son el verdadero mal. Si se perpetúan puede ser el fin del mundo. De nuestro mundo. 

¿Cuándo terminará todo esto? ¿Cómo será la sociedad que nazca de esta emergencia de salud pública? ¿Qué contará la Historia sobre esta pandemia dentro de varios siglos? Quizá se vea como el fin de una época.








 

"Es que lo repentino, inesperado y que sucede sin posibilidad de cálculo, esclaviza el entendimiento, cosa que os ha ocurrido en lo relativo a la epidemia"

(Tucídides, Libro II, 61, 3).

domingo, 1 de marzo de 2020

"RETRATO DE MARÍA TUDOR" DE ANTONIO MORO

 
  • Autor: Antonio Moro
  • Estilo: Renacimiento (s. XVI)
  • Año: 1554

En una época en la que no existían las fotografías ni los teléfonos móviles, los futuros esposos se conocían a través de retratos como este. Después de concertar el matrimonio entre el príncipe Felipe de Habsburgo (futuro Felipe II) y la reina María Tudor de Inglaterra, el pintor holandés Antonio Moro marchó a Londres para retratar a la soberana y enviar la pintura a España. De igual forma, Tiziano retrató a Felipe y el cuadro fue enviado a Inglaterra. Dicen que, cuando la reina María vio el cuadro de su futuro esposo, un joven adolescente, quedó enamorada al instante. No se puede decir lo mismo de Felipe al ver a su futura esposa.

María Tudor era la única hija de Enrique VIII de Inglaterra y su primera esposa, la reina Catalina de Aragón (hija de lo Reyes Católicos). Devota católica, al contrario que su padre y sus hermanos, subió al trono inglés tras morir su hermano Eduardo VI sin herederos. Volvió a instaurar el catolicismo como religión oficial en Inglaterra y desató una terrible persecución de los protestantes. Por eso, hoy en día es conocida en Inglaterra como "Bloody Mary" (María "la Sanguinaria").

El pintor intentó disimular la edad de la reina, mayor que la de Felipe. María tenía 38 años mientra que el príncipe apenas contaba 27. También se afanó por mejorar su apariencia pues muchos hablaban de la feladad de la reina. Sin embargo, el resultado final no consigue impedir que el espectador descubra ambos problemas.

Se trata de un retrato a tres cuartos en el que observamos a la reina sentada en un sillón, aunque su postura es erguida. Sostiene con la mano derecha una rosa roja, ímbolo de la Dinastía Tudor. En muchas ocasiones se ha afirmado que el colgante es la llamada "Piedra Peregrina", una joya que estuvo vinculada durante siglos a la Monarquía Hispánica y que, presuntamente, habría regalado el príncipe Felipe a su futura esposa al saber que iba a casarse con ella. No obstante, esto es falso puesto que Felipe II adquirió la "Piedra Peregrina" años después de su matrimonio con la reina de Inglaterra.

En 1554, Felipe se casó con María Tudor en Londres. Ella estaba perdidamente enamorada de Felipe, anque este no la correspondía con su amor. El matrimonio no pudo tener hijos, aunque la reina sufrió algunos "embarazos psicológicos". En 1556, Felipe salió de Inglaterra para suceder a su padre, el emperador Carlos V, y no volvió a ver a su esposa. María Tudor falleció en 1558.