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domingo, 17 de mayo de 2020

"EL JARDÍN DE LAS DELICIAS" DE EL BOSCO

  • Autor: El Bosco
  • Estilo: Escuela Flamenca (s. XVI)
  • Año: 1500 – 1505


Esta es la obra maestra del pintor flamenco Jerónimo Bosch, “El Bosco” y tiene una clara función moralizante. Se trata de un tríptico formado por tres tablas: la de la izquierda representa el Paraíso; la central muestra los placeres terrenales; y la tabla derecha representa el infierno. El tríptico cerrado muestra la creación del Mundo en blanco y negro.

A la izquierda observamos el Jardín del Edén y podemos distinguir la fuente de la vida y la creación de Eva por Dios a partir de la costilla de Adán. Aparecen numerosos animales fantásticos, muchos de ellos tienen la apariencia de pequeños diablos. El Bosco quiere transmitir la presencia del diablo, del mal, en el Paraíso.

En la parte central observamos a numerosos personajes disfrutando de los placeres mundanos. Al fondo vemos los cuatro ríos de la tierra: Tigris, Éufrates, Nilo e Indo. Hay numerosas alusiones a la lujuria, el pecado más representado: los mejillones, los fruto rojos, los peces, etc. Las personas disfrutas despreocupadas del castigo divino. El mal también está presente, simbolizado por las lechuzas y búhos. La fragilidad de este mundo está representada por la fuente de la vida agrietada, como la representa El Bosco.

Finalmente, a la derecha vemos el infierno. Las personas que habían pecado en vida son duramente castigadas, tras la muerte, en el Juicio Final. Los instrumentos de música profana (prohibida por la Iglesia) se convierten en elementos de tortura para los condenados. Y los monstruos que en el Paraíso eran de pequeño tamaño, son ahora enormes y devoran a los pecadores. En primer término, vemos lo suplicios del jugador, el alquimista y la monja pecadora convertida en una cerda. Al fondo podemos ver una ciudad en llamas, así como el llamado “hombre – árbol” un elemento fantástico que aparece en numerosas obras del pintor.


Estudio de "El Jardín de la Delicias":













BIBLIOGRAFÍA:

  • FISCHER, S. (2016): "El Bosco, la obra completa". Barcelona: Taschen
  • VV.AA. (2014): "La Guía del Prado", Madrid: Museo Nacional del Prado.

sábado, 16 de mayo de 2020

"EL DESCENDIMIENTO" DE VAN DER WEYDEN

  •  Autor: Roger Van der Weyden
  • Estilo: Renacimiento flamenco (s. XV)
  • Año: 1435


Es una de las grandes obras maestras del Museo del Prado. La temática es el descendimiento del cuerpo de Jesucristo muerto de la cruz. Los personajes que aparecen en la pintura son los siguientes: Jesucristo muerto ocupa el lugar central. Detrás de él, Nicodemo, doctor de la ley judaica que pagará el embalsamamiento del cuerpo; encima, un criado subido a una escalera. A la derecha: José de Arimatea, que ofrecerá su sepulcro para enterrar a Jesús; a su lado, María Magdalena; y detrás otro criado con un tarro de aceite para ungir los pies de Cristo. A la izquierda: la Virgen María desmayada por el dolor; detrás de ella María Salomé (una hermanastra de la Virgen), a su lado, San Juan Evangelista y detrás de éste, María Cleofás (otra hermanastra de la Virgen).

Hay algunos detalles hiperrealistas muy interesantes: las lágrimas de la mejilla de la Virgen, el lujoso manto desbrochado la barba inminente de José de Arimatea, las venas en los pies de Jesús, su herida del costado, etc. Los brazos de la cruz son demasiado cortos y las piernas de la Virgen son demasiado largas. La calavera de Adán indica que el Gólgota, el monte donde fue crucificado Cristo, es el lugar donde la tradición dice que fue enterrado Adán.

El cuerpo de Jesús tiene forma de ballesta porque fue el gremio de los ballesteros de Lovaina quien pagó el cuadro. La línea del cuerpo de Jesús es una copia de la línea del cuerpo de su madre, la Virgen María. María Magdalena y San Juan enmarcan la escena. Todos los personajes están a punto de caer, Van der Weyden muestra un instante del movimiento. Todo cae: Jesucristo, la Virgen, las lágrimas de la Virgen, la sangre…

domingo, 10 de mayo de 2020

UN TIPO CONTRADICTORIO

Pocos tienen hoy dudas de que la pandemia del COVID - 19 ha cambiado nuestra sociedad y de que sus inquietantes efectos van a durar años, algunos quizá para siempre. Presenciamos escépticos el inicio de la crisis en Oriente y creímos, en una muestra de vergonzosa prepotencia, que no afectaría a Europa, al primer mundo. Luego, la convulsión fue tan grande y tan profunda que hizo tragarnos nuestro supremacismo y sacó a la luz las más complejas contradicciones.

En un mundo tan globalizado, en el que el teléfono móvil que tenemos en el bolsillo es capaz de adivinar lo que estamos a punto de teclear en él, ¿cómo es posible que nadie se percatase de lo que estaba por venir? En un tiempo en el que ordenadores potentísimos pueden resolver complejos análisis estadísticos y predecir lo que va a ocurrir, ¿por qué no vieron lo que iba a pasar? ¿Por qué nadie en el Hemisferio Occidental se dio cuenta de la crisis que estaba comenzando en China? ¿Es que nadie sospechó de que era extraño que un régimen hermético como el chino aparentase transparencia cuando se reportaron los primeros casos de una extraña neumonía en la provincia de Wuhan?

La población de a pie acogió las noticias que llegaban desde Asia con una burda incredulidad. Muchos creyeron al principio que nunca llegaría a Europa o que, como mucho, habría cuatro o cinco casos aislados. Otros, según avanzaba el tiempo, no dudaron en restar importancia al fenómeno e incluso afirmaron con suficiencia que era mucho menos grave de lo que los medios de comunicación, siempre alarmistas, decían. Y es que también estos mostraron al principio una doble tendencia: informaban pero se procuraba no alarmar. ¡Y pobre del reportero que apareciese con mascarilla ante la cámara! Una noche de domingo de febrero, yo mismo preferí sintonizar la cadena de televisión en la que llamaban a la calma ante la epidemia antes que ver, en otra cadena, un programa en el que alertaban de la posibilidad de que la situación fuese más grave de lo que se decía.

"Exagerado", "cagón", "alarmista". Estos fueron algunos de los calificativos que recibía a finales de febrero y principios de marzo cuando mostraba cierta preocupación por lo que ocurría entre mis compañeros de vida. Hoy, cuando han pasado más de dos meses (que parecen una eternidad) me entran ganas de abrir la ventana de mi habitación y gritar a viva voz: "¡OS LO DIJE!". Pero es que ni yo mismo, es cierto que siempre pesimista y alarmista,  pensaba que nos íbamos a ver, tan solo unas semanas después, como en efecto nos vimos. Es una muestra más de las contradicciones de esta sociedad frívola. Mientras hacía comentarios preocupantes sobre el ya famoso coronavirus procedente de China, planeaba un fin de semana en Madrid. Ni yo mismo me creía mis más terribles y rocambolescas premoniciones.

Según pasaban los días, algunos comentarios que escuchaba de unos y otros se quedaron grabados en mi memoria sin saber muy bien el motivo, porque entonces no significaban nada. Hoy, cuando la perspectiva del tiempo nos permite conocer lo que vino, me producen una profunda vergüenza. Hubo quien se reía de la cuarentena de catorce días impuesta a quienes daban positivo en los test para detectar la enfermedad. "Bueno, pues una semana tranquilo en casa sin tener que trabajar". Y cuando, de nuevo pesimista, planteaba el posible daño psicológico a una persona normal que, al dar positivo, la encerraban en una habitación, la respuesta era la de siempre: "Es que tú eres un exagerado".

Oí a alguien decir que lo importante era no contraer la enfermedad todos a la vez porque no había recursos pero si se cogía antes o después del famoso "pico" no pasaba nada. Todos los reunidos asentieron convencidos. ¡Y yo también! En aquel momento no me di cuenta pero ya se conocía entonces que la letalidad del bicho era mayor que la de una simple gripe y que muchos enfermos acababan en la unidad de pacientes críticos, en la UCI. Para alguien que sabe bien lo que supone sufrir esa experiencia tanto para el paciente como para los familiares, darme cuenta de aquello fue un terrible golpe. Aquella afirmación mostró la paradógica ignorancia de alguien que se creía poseedor de una verdad absoluta.

Hay quien afirmó que el COVID-19 no era tan malo si solo se llevaba por delante la vida de los ancianos. "Mira, si se mueren los viejos, ni tan mal". Claro está, hasta que aquellas palabras cayeron tan cerca que la afirmación banal se convirtió en un drama personal. Otra muestra del enorme egoismo que nos caracteriza como sociedad y la ligereza de nuestras conversaciones cuando el asunto no va con nosotros (de momento). Todo ello, además, bien condimentado con rumores y habladurías dañinos. "¿Pues sabes quién tiene el coronavirus?", "Oye, ¿te has enterado de que fulanito está en el hospital?", "Pues ten cuidado, ¿no te lo encontraste el otro día? ¡A ver si te lo ha pegado!". Se nos llena la boca al censurar los bulos que se difunden por la red, casi todos noticias evidentemente falsas o si no informaciones no oficiales (que muchas al final se terminan confirmando), pero esto no nos impide hacer comentarios de ese tipo que sí crean auténticas alarmas (personales) y provocan pavor.

Una vez nos estalló la crisis en la cara, dándonos bofetadas cada día si saber siquiera por dónde nos venían, pasamos a la fase de creernos que habíamos tenido la enfermedad (y por supuesto la habíamos superado) o la estábamos teniendo justo en ese momento y había quien alardeaba de ello. "Pues yo creo que tuve la enfermedad el día de Reyes porque me levanté con tos y diarrea". Los supervivientes, por supuesto, pasaron a convertire en una especie de nueva élite, inmune y con suficiente sabiduría para dar lecciones de vida: "¡Uy! ¿has tosido? a ver si...". Al mismo tiempo, otros alardeaban de haberse acostumbrado de maravilla al confinamiento en el que absolutamente todo estaba prohibido, una situación anómala en la que sólo se podía salir de casa para trabajar o comprar comida. Claro, mi respuesta a las perennes preguntas de "¿qué tal lo llevas? ¿qué tal estás?" siempre fueron y son las mismas: "pues mal... ni puedo ni quiero acostumbrarme a esta situación sobrevenida, impuesta y terrible". Mientras tanto, más de veinte mil personas fallecían y sus familias no podían ni darles un entierro digno. Pero mientras no seamos nosotros, ¡de maravilla!

Y por supuesto en ese océano de contradicciones aquí llegan las propias. Soy un tipo aterrorizado por una situación que le trae ecos del pasado pero ávido, al mismo tiempo, de recuperar una realidad anterior que echa de menos y que desapareció de la noche a la mañana. Un tipo al que ahoga esta situación a pesar de llevar, desde siempre y por convencimiento, una vida austera y tranquila. Y aquí estoy ahora, cuando la sociedad empieza a ver la luz al final de un túnel que va a ser más largo de lo que esperaba, me doy cuenta de lo contradictorios que somos, de lo contradictorio que soy.

Hoy hay quien muestra una efusividad tremenda al poder salir de casa una hora al día para caminar o hacer deporte. Pocos se dan cuenta de que en realidad, nos hemos convertido en ratones de laboratorio a los que dejan salir un poco a ver qué pasa. Parece que nadie se entera ahora de que la sociedad resultante de esta crisis colosal no es ni será la misma que la de antes; una sociedad de muertos vivientes en la que se exige caminar separados y con la cara cubierta. Una sociedad orientalizada, decían algunos, por supuesto, pero no se dan cuenta de lo que significa eso: individuos más distantes y sometidos a las normas impuestas desde arriba, donde la libertad individual no existe. No celebremos la vuelta a la normalidad porque la normalidad es nueva, no es nuestra normalidad. Y quizá, además, conviene que no lo sea, porque nuestra normalidad era superficial y nosotros demasiado arrogantes.


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sábado, 25 de abril de 2020

UN SIGLO DE CONSTITUCIONES (PARTE 3)

Las constituciones de 1845, 1869 y 1876


La reina Isabel II jura la Constitución de 1845.

Tras la marcha al exilio del progresista Espartero y la subida al poder, en 1844, del Espadón de Loja, el moderado Ramón María Narváez se procedió a la pertinente reforma constitucional en sentido moderado. Juan Donoso Cortés, marqués de Valderrama, fue el responsable de la introducción de algunos puntos concretos del pensamiento político moderado como la soberanía compartida entre el rey y las Cortes o la supresión de la Milicia Nacional (un grupo de civiles armados al que los progresistas tenían gran apego). Para sustituirla se creó la Guardia Civil, un cuerpo policial armado para mantener el orden y la seguridad (sobre todo de los terratenientes) en el mundo rural y los caminos que conectaban las poblaciones.

La Constitución de 1845 también introducía una nueva configuración del Senado, como cámara elitista formada por el clero, los grandes de España y el generalato del Ejército. Para ser elegido senador era necesario tener una renta altísima. Durante la llamada Década Moderada (1844 - 1854), el gobierno, dirigido casi la mayor parte del tiempo por Narváez, extendió el control gubernamental a los Ayuntamientos y Diputaciones y restringió el sufragio en las elecciones pudiendo votar tan solo el 1% de la población. En 1851, el Concordato con la Santa Sede supuso la cesión de derechos en materia educativa a la Iglesia Católica. 

Tras la Vicalvarada, el prunciamiento progresista que acabó con el poder moderado obligando a la reina Isabel II a entregarles el poder se proyectaría la aprobación de una nueva Constitución que nunca llegó a promulgarse. Por eso se la conoce como la Constitución non nata (no nacida) de 1855. Se convocaron elecciones a Cortes Constituyentes para reformar la Constitución moderada en sentido progresista. "Cúmplase la voluntad nacional" dijo Espartero, que había vuelto del exilio y se había convertido otra vez en uno de los principales líderes progresista. 

Por supuesto la non nata de 1855 incluía todos los principio progresistas (soberanía naconal, refuerzo del poder de las Cortes, milicia nacional, sufragio más amplio, desamortización general, etc.). Incluso se abrió el debate entre Monarquía o República, impulsado por los diecinueve diputados obtenidos por el Partido Demócrata.

El Bienio Progresista (1854 - 1856) no dio para mucho más, obviamente. Después, Leopoldo O'Donnell, con el poder en solitario, se limitaría a introducir un acta adicional a la Constitución de 1845 que nunca había dejado de estar en vigor. Se incluyeron un listado de derechos individuales y la obligatoriedad de reunión periódica de las Cortes. Estaba muy en línea con el pragmatismo de la Unión Liberal. Cuando regresaron los moderados al poder, pocos meses después, el infatigable Narváez anuló el acta, por supuesto, y propuso su propia reforma de la Constitución de 1845 donde el Senado se volvería aún más elitista. 

Isabel II excluyó siempre a los progresistas. Ya desde 1856 el poder pasó de moderados a unionistas, marginando siempre a los progresistas y, por supuesto, a los demócratas que se inclinaban cada vez más por una república. En 1866, se firmó el Pacto de Ostende por el cual progresistas y demócratas se comprometieron a colaborar para derrocar la Monarquía Borbónica. Después se uniría la Unión Liberal liderada por Serrano tras la muerte de O'Donnell. En 1868, la Revolución Gloriosa derribó a Isabel II y abrió un tiempo nuevo. El Gobierno Provisional, controlado por Prim y Serrano, convocó elecciones por sufragio universal masculino en las que pudo votar el 24% de la población. Como no podía ser de otra forma, fue la coalición gubernamental quien ganó las elecciones reduciéndose el apoyo a los moderados a meramente testimonial.

 Apertura de las Cortes Constituyentes en 1869

Las nuevas Cortes revolucionarias aprobaron en 1869 la Constitución más progresista y democrática hasta la fecha y una de las más avanzadas de Europa. Se incluyó una prólija declaración de derechos y libertades "ilegislables e inviolables" que incluía el derecho a la reunión, la libertad de prensa y el derecho de asociación.  Se estableció también la libertad religiosa pero no la separación Iglesia - Estado ya que se mantuvo el presupuesto del clero. Esto no impidió que en 1870 se aprobase el matrimonio civil. El principal rasgo de la Constitución de 1869 es su carácter extremadamente garantista. Tan larga fue la declaración de derechos que para el oportunista Sagasta más que derechos inviolables eran "derechos inaguantables".

Se abrió también el debate de la forma de gobierno: ¿Monarquía o República? Los diputados republicanos, como Pi i Margall y Castelar, defendieron con vehemencia la opción republicana, nueva en España y con gran apoyo en Cataluña y en Andalucía. El Gobierno Provisional, sin embargo, se declaró a favor de la Monarquía en el Manifiesto de Octubre de 1868. La Constitución fue finalmente monárquica pero la Monarquía era nueva, fruto del voto popular y sus poderes emanaban de la nación. Las Cortes tendrían gran poder. En otras palabras, era una Monarquía democrática, prohibíendose para siempre la Dinastía Borbónica. "Los Borbones no volverán jamás, jamas, jamás" gritó efusivamente Prim en las Cortes.

El nuevo rey, Amadeo, y la nueva dinastía, los Saboya, duraron poco. El rey llegó a finales de 1870 y a comienzos de 1873 ya estaba volviendo a Italia. El 11 de febrero de ese año, las Cortes votaron la proclamación de la Primera República más por necesidad que por convencimiento. Los republicanos, ahora en el poder, hicieron su particular República y nunca buscaron acercar el nuevo régimen al pueblo. También duró poco, evidentemente; apenas once meses. Y en este tiempo los republicanos intentaron aprobar su Constitución, que no nació. Otra Carta Magna non nata

Castelar presentó un proyecto constitucional que creaba una República federal formada por diecisiete Estados, coincidentes en su mayoría con los antiguos reinos. Los pactos federales surgieron por toda España (en Castilla, en Andalucía, en Cataluña, etc.). El Estado Central conservaría las competencias en política exterior, en las fuerzas armadas, en el sistema sanitario y en las comunicaciones. El proyecto también incluía una larga declaración de derechos y la separación Iglesia - Estado. No obstante, el propio Castelar suspendió el 21 de septiembre la Constitución vigente, la de 1869, y comenzó a gobernar por decreto. Y es que a la República le crecían los enanos: el republicanismo se dividió y a las guerras en Cuba y contra los carlistas se sumó la revuelta cantonal.

La revuelta cantonal, iniciada en el verano de 1873, fue la versión radical del Republicanismo federal. Los cantonalistas proponían la federación desde abajo, es decir, de municipios que habían logrado la previa independecia mediante la insurrección. La revuelta, que surgió en Cartagena, se extendió como la pólvora por las ciudades del Levante y el sur peninsular. El gobierno de Madrid necesitó al Ejército para acabar con la revuelta que sólo concluyó cuando el general Serrano aplastó el Cantón de Cartagena después de la caída de la propia República democrática.

Finalmente, el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto en diciembre de 1874 significó la restauración de la Monarquía Borbónica en la persona de Alfonso XII, el hijo de la destronada Isabel II. Antonio Cánovas del Castillo, tutor y gran valedor del nuevo rey, fue también el arquitecto del nuevo sistema político que quedó plasmado en la Constitución de 1876, la última del siglo XIX. Para la convocatoria de las Cortes Constituyentes de 1875 mantuvo el sufragio universal masculino aunque, después, sería reemplazado por el censitario. Se reunieron 600 diputados para debatir el nuevo sistema político que debía obedecer a los intereses de la oligarquía.

La Constitución de 1875 fue de carácter moderado y se inspiró en la de 1845. Estableció el turno pacífico de dos partidos políticos (el Liberal Conservador liderado por el propio Cánovas y el Liberal Fusionista liderado por Sagasta) siguiendo el modelo británico. Proclamó la soberanía compartida por las Cortes con el rey e incluía una declaración de derechos inspirada en la de 1869 pero que podían ser limitados por el gobierno o regulados mediante legislaciones posteriores. Desapareció la libertad religiosa puesto que la Iglesia Católica debía recuperar su influencia. Empero, se mantuvo la tolerancia religiosa. Las manifestaciones religiosas no católicas debían realizarse en el ámbito privado.

Cánovas consiguió establecer un sistema político estable y duradero pero no democrático. Las elecciones fueron continuamente amañadas y el caciquismo se convirtió en uno de los pilares del sistema de la Restauración. Además, se consiguió que el Ejército volviese a sus cuarteles y desapareciese el ruido de sables que habían amenazado desde hacía décadas la estabilidad gubernamental. No obstante este logro fue más aparente que real puesto que se mantuvo una interlocución constante entre el poder civil y el militar. En los años 80 del siglo XIX, los gobiernos liberales de Sagasta aprobaron la libertad de asociación y el sufragio universal masculino. Para muchos historiadores fueron los "frutos tardíos de los avances del Sexenio Revolucionario".

La Constitución de 1876 fue la más duradera del siglo XIX, manteniéndose vigente hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923. Este logro fue gracias a su carácter elástico y flexible que permitía diferentes interpretaciones por parte de los partidos del turno. Su régimen político, la Restauración, no fue, como hemos dicho, democrático, pero sí liberal y parlamentario, garantizando la estabilidad política incluso después de la temprana muerte del rey, en 1885.

El joven rey Alfonso XIII, hijo póstumo de Alfonso XII, jura la Constitución de 1876 en 1902.