Hay algo en la noche que cautiva y nubla la vista a la vez. La penumbra llena todo de sombras y las tinieblas perturban incluso el entendimiento. Pero es en ese momento de oscuridad cuando la más mínima luz destaca y se ve con claridad. La belleza se percibe en su totalidad y nuestros ojos ven lo que de día son incapaces de percibir. El crepúsculo es también sinónimo de sosiego y serenidad, tan necesarios ambos para comprender lo que tenemos alrededor. Y esto es lo que percibimos, hace unos días, en nuestra visita nocturna al claustro de la concatedral de San Pedro, en Soria, la "Memoria de luz y piedra".
Acostumbramos a subestimar el patrimonio de la ciudad de Soria, pues las cosas de casa siempre se ven con ojos demasiado críticos. Admiramos lo foráneo, lo lejano, lo ajeno, y rechazamos, por cotidiano, lo propio. Por eso, iniciativas como ésta son tan valiosas y necesarias. Visitas íntimas, originales y exclusivas que, sin embargo, tienen vocación de permanencia en el tiempo y ambición de crecer y ampliarse. La luz, la memoria, la noche, la luna llena en el firmamento estrellado y el principal templo de la ciudad enmarcaron aquella visita tan especial.
Allí estábamos nosotros a deshoras, las nueve de la noche, cuando el sol ya se había ocultado en el horizonte. No era la hora habitual para visitar un monumento histórico. Cualquier otro día, el templo llevaría horas cerrado a cal y canto. El ambiente era también extraño: 26 de septiembre, principios del otoño, pero cualquiera diría que estábamos en pleno verano. Hacia calor incluso a aquellas horas de la noche. A nuestro alrededor, se alzaba el claustro románico de San Pedro, con una iluminación sutil, refinada y cuidada. En el centro, junto al solitario ciprés, una fuentecilla vertía su agua a borbotones y el sonido contribuía a crear la atmósfera recogida, intimista que envolvía todo.
La visita nocturna al claustro de San Pedro es, qué duda cabe, un lujo, algo exclusivo. Comenzaron a hacerse este verano, en pases reducidos. Ante el éxito cosechado, han vuelto a repetirlas. Apenas estábamos treinta personas. La delicada piedra arenisca del claustro del siglo XII adquiere una belleza contundente, casi inigualable, iluminada por la luces tenues y cálidas en mitad de la oscuridad. Una voz en off nos guiaba a los visitantes por las galerías mutiladas del claustro original, las que sobrevivieron al derrumbe del templo románico a principios del siglo XVI. Tuve la sensación de estar, aquella noche, ante el superviviente de un desastre, al que, a pesar de las heridas sufridas, merece la pena admirar.
Sobre un podio corrido, se alzan las verticales columnas que soportan la arquería de arcos de medio punto, románica sin discusión. Algunos capiteles, profusamente decorados, también han sobrevivido al tiempo, a la erosión del agua y el frío y a la destrucción de guerras, incendios y derrumbes. La Anunciación, la Adoración de los Magos o San Miguel Arcángel matando al dragón son algunas de las escenas que uno puede descifrar si se fija un poco. También el capitel de la lujuria en el que cuatro dragones muerden los pechos de dos mujeres. Más allá, también estaban iluminados el capitel del Rey Salomón y la Reina de Saba y el de una escena de caza, tan típica en la Soria de la Edad Media. Son detalles que a la luz del día pueden pasar desapercibidos en la maraña de capiteles, relieves de hojas de acanto, grifos y otros seres fantásticos que los rodean. Pero lo sutil, lo sencillo es doblemente bello en la noche.
El claustro conserva otras cicatrices. Aún pueden verse las puertas a otras estancias del viejo monasterio donado por el obispo Juan de Osma a la Orden de San Agustín en algún momento del siglo XII: el refectorio y la sala capitular. Nuestros compañeros de visita se agolparon, después, ante la entrada a una diminuta capilla donde un solitario Cristo románico, restaurado con mimo, es la única atracción. En medio de la noche, las luces iluminaban la talla, otorgándole un brillo especial. Parecía que era la imagen la que iluminaba la estancia, la que brillaba con luz propia. Recordé entonces la frase que exhiben algunas pinturas románticas y que bien podría estamparse en aquella estancia: Ego Sum Lux Mundi, "Soy la luz del mundo".
La concatedral fue reedificada en la segunda mitad del siglo XVI adosada a los restos del viejo claustro, del que sólo sobrevivieron tres alas. Aún así, aquel espacio conserva ese aura mística tan románica y un montón de detalles que recuerdan el paso de los siglos: la inscripción del eclipse contemplado desde Soria en el año 1239, las marcas de los canteros anónimos que tallaron cada una de las piedras del edificio y los restos de las pinturas que decoraban los muros, perdidas casi en su totalidad por efecto del tiempo. En una esquina, fotografías antiguas del lugar proyectadas sobre la propia piedra arenisca nos proporcionaron otros testimonios del irremediable paso del tiempo; pero en otra, el uso de la tecnología fue empleado para reconstruir, con precisión, el aspecto original de aquel monumento, uno de los más bellos claustros románicos que se conservan en nuestro país.
El recorrido fue breve, pero intenso; sencillo y, a la vez, brillante. Cuando marchábamos, caminamos durante algunos segundos por la galería oeste del claustro completamente solos. Tan solo pequeñas polillas nocturnas y un asustadizo murciélago que revoloteaba junto a la techumbre de la arquería nos acompañaron en aquellos instantes. La visita había terminado, pero tuve tiempo de volver otra vez la mirada al patio central del claustro y de allí a la solitaria torre campanario de la concatedral, que lo vigila desde la altura. Fue en ese instante, en medio de la noche, cuando me di cuenta de que había descubierto un lugar tan cercano de una forma nunca antes vista. Pues todo tiene, en fin, dos almas: la de la luz y la de la oscuridad.
Qué bonito leerte y acompañarte
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