Páginas

miércoles, 31 de diciembre de 2025

CAUSAS Y EFECTOS

UN RECUERDO DE MI 2025


Llevo varios días dando vueltas a la entrada de final de año, a qué contar y cómo contarlo. Tengo la aplicación de notas de mi teléfono llena de frases sueltas, ideas inconexas que se me han ido ocurriendo en las últimas semanas. Algunas incluso las tengo apuntadas en una de mis libretas sin que les haga mucho caso. No encuentro el hilo conductor que pueda unirlas, que dé sentido a todo. Podría hablar de muchas cosas, pero me es difícil resumir este año y es que, pensándolo bien, quizá no deba resumirlo, quizá no deba contar nada.

El otro día, en el metro de Madrid, me fijé en la gente que viajaba a mi alrededor. Un chico escuchaba música con los auriculares, absorto en sus pensamientos. A su lado, una pareja charlaba animada y repasaba sus planes para fin de año. Más allá, varios viajeros solitarios miraban sus móviles sin levantar la mirada, casi sin pestañear. Sólo uno, el del fondo, esperaba paciente sin recurrir a su teléfono, sin entretenerse con él. "Resulta valiente y atrevido no mirar el móvil cuando vas solo, ¿verdad?" me susurró mi compañera. Llevaba razón.

Todos vivían sus vidas, sus peripecias cotidianas más o menos afortunadas. Todos han tenido en este año experiencias más o menos felices, desgracias más o menos trágicas. Y yo pensaba en todo ello mientras escribía algunas ideas en mi teléfono, como hago siempre. Aquellos eran semejantes a mí, nadie es demasiado diferente a cualquier otro, todos experimentamos todo tipo de sentimientos en los días que hacen un año. Así que nada es lo suficientemente emocionante como para ser contado. O quizá sea al revés, quizá todos hayamos vivido algo que merezca ser contado, quién sabe.

En la aplicación de notas de mi teléfono también hay apuntes sobre las entradas que pusieron fin al año 2024 y empezaron 2025. La razón es que, curiosamente, ambas hablan de experiencias que se han vuelto a repetir en los últimos días, como si 2025 hubiese sido, en cierto modo, cíclico, aunque las repeticiones se hayan vuelto con el tiempo más especiales, más perfectas. En los últimos días regresé a la Tienda de los Deseos, en la madrileña calle de la Escalinata, a reclamar los sueños del año que entra después del éxito del que acaba; y la música de Shinova ha estado presente, como ocurrió hace un año, en estas últimas semanas. Si lo pienso con pausa, en realidad, no puedo entender mi 2025 sin las canciones de esta banda vizcaína.

Y es que hace sólo unos meses hubiese creído imposible una noche como la del 27 de diciembre. Una noche que, por cierto, resume un año al completo. Si en el 2024 descubrí a Shinova, las canciones del grupo han puesto la banda sonora a mi 2025. Cada momento del año, cada recuerdo, bueno o malo, me viene a la mente con una de sus estrofas, con un pedazo de sus canciones. El 27 de diciembre, el grupo llenó el Movistar Arena de Madrid. Y estuve allí junto a mi persona del año, sin la que tampoco puedo explicar estos últimos doce meses.

En mis anotaciones en el móvil tenía muchas ideas sobre Shinova, sus canciones y los significados de éstas, pero ahora, a 31 de diciembre, no creo que nada de eso sea demasiado interesante. Lo más poderoso de sus temas es, sin duda, el papel de lo cotidiano, de la anécdota como inicio de una historia: el álbum, el café en el avión, el rugido de los claxons, el saxofón de la avenida. Sus versos son capaces de transportar a cualquiera a cualquier lugar. Quizá sea esto y nada más lo que haga especial la música de Shinova. Y no es poco.

Como dice una de sus canciones, titulada "Los días que vendrán", hoy podría recordar aquí la noche especial de un día de abril (muy especial, de hecho) o podría hablar sobre lo ocurrido en las ya lejanas en el tiempo Fiestas de San Juan (que no fue poco) y sobre los deseos cumplidos del comienzo del año que ahora termina o aquellos anhelos que quedan aún por cumplir. Pero no lo creo necesario; no creo que a nadie interese todo esto. Al final, todos tenemos vidas semejantes, no hay nada especial en la mía o eso me parece a mí.

En el concierto del pasado sábado, Shinova olvidó interpretar una canción cuyo estribillo esperaba con avidez porque hubiese resumido mi año en sólo cuatro palabras. Supongo que no se pueden cantar todas las canciones en apenas dos horas de actuación. La estrofa en cuestión, del tema "Doce meses", dice así: "En el año más extraño de mi vida / hubo un eclipse de sol, / cien mil especies extinguidas / y gritos de revolución, / pero yo sólo recuerdo tu voz". Ahí está el sentido a todo lo ocurrido.

De aquella noche recuerdo, sin embargo, los versos de otra canción que había escuchado multitud de veces, pero que mi mente nunca se había parado a entender y nunca había retenido. Estos versos pueden servir, sin duda, de inicio para el nuevo año, para un nuevo comienzo. La estrofa de "Ovnis y estrellas" dice: "Intentaré aceptar causa y efecto / sin alimentar demonios hambrientos / y ordenar los momentos / hasta encontrarme aquí, justo aquí". En nuestras vidas insignificantes, poco especiales, esto serviría a cualquiera. Para mí, Shinova nos anima a asumir lo que venga, entendiendo sus causas y consecuencias, a superar miedos e intentar encontrarnos a nosotros mismos, a pesar de todo. Es un buen propósito de año nuevo, ¿no creéis?


Concierto de Shinova, Movistar Arena (Madrid), 
27 de diciembre de 2025

domingo, 28 de diciembre de 2025

LOS COLORES DE LO COTIDIANO


Una ciudad tiene muchos colores, muchas tonalidades, realmente es como un caleidoscopio, un crisol de luces y brillos diferentes. Por ello, existen muchas maneras de observar el paisaje urbano, de mirar el entorno, de contemplar las formas de la ciudad, de descubrir sus detalles y matices. Y es que uno puede encontrar secretos cotidianos prestando un poco de atención a lo que tiene a su alrededor, a los colores que están por todos lados, que lo impregnan todo.

Eso es lo que hicimos mi compañera y yo este fin de semana en Madrid. Nos propusimos un reto. Es una forma de hablar porque, en realidad, fue ella quien me lo propuso a mí. El caso es que  acordamos que cada uno debía tomar nueve fotografías en las que predominase un solo color para, después, componer un collage con ellas. Se trataba, en definitiva, de una forma diferente de explorar una ciudad que conocemos, de acercarnos a ella de otra manera. El primer día, los colores elegidos fueron azul y rojo; el segundo, verde y amarillo; y el tercero (el día de regreso), naranja y morado.

Una vez decididos los colores, la obsesión inicial nos llevó a hacer fotos a todo lo que contuviese dichos tonos, a cualquier objeto que encontrábamos, por insignificante que fuese: una bolsa de basura tirada con desgana en la acera, la barandilla sucia del metro, el rótulo oxidado de una tienda. Pero, a medida que pasaban las horas, que hacíamos más y más instantáneas con los teléfonos móviles, nuestros ojos se volvieron más selectivos, más agudos, y comenzaron a fijarse en elementos urbanos que encierran gran belleza, aunque pasen desapercibidos en la frenética y apabullante cotidianeidad.

El rojo se escondía en el logotipo del restaurante donde comimos un menú del día y en los cochecitos de hojalata expuestos en el escaparate de una juguetería próxima. También en una coqueta panadería y en la fachada del Teatro Albéniz, en pleno barrio de La Latina. El rojo lo inunda todo y más en la Navidad. El azul apareció de improviso en las sillas metálicas de un bar de la Calle de Cádiz, en las fundas protectoras para  móviles que se vendían en una tienda cerca de la Puerta del Sol y en las estanterías de la Librería Lasai. Por supuesto, también en el famoso cielo de Madrid, presidido aquella tarde por la luna creciente de final de año. Aquí están los resultados:


Algo más difíciles de cazar fueron los colores del segundo día: amarillo y verde. Más aún cuando, en pleno diciembre, muchos árboles ya no lucen el colorido de otras estaciones. Pero estos colores se encuentran también en lugares dispares y aquí está lo que conseguimos fotografiar: las frutas y las verduras de una tienda de barrio, los portales de los edificios de la Calle Alcalá, algunas estaciones de metro decoradas con llamativos tonos o las hojas de los arboles que, a pesar del invierno y del frío, se resisten a caer. Incluso en un cuadro erótico colgado en los muros de un restaurante encontramos el verde o en la lámpara que alumbraba el local descubrimos el amarillo. Sólo es cuestión de observar, de dejar al lado la indiferencia, la apatía. Sólo era cuestión de mirar alrededor.


Y el último día el reto se complicó un poco más. En realidad, nunca fue del todo complicado. Los colores, naranja y morado, no son tan frecuentes y resultan escurridizos de encontrar. Además, era el día de regreso a casa, así que la cacería debía hacerse en poco tiempo. ¿Qué probabilidades hay de que un coche morado te adelante en mitad de la autovía? ¿Y de encontrar unos buzones naranjas en el edificio junto a nuestro hotel? Casualidades que hacen la vida más entretenida si uno presta algo de atención. Incluso en el pequeño pueblo de Medinaceli, donde hicimos un alto en nuestro camino, uno puede encontrar el morado y el naranja si afina la vista: en la señal que indica el famoso arco romano, en un tobogán para niños, en las flores que adornan una fachada, en los muros de una casita.


He aquí una lección que he aprendido estos días. Uno puede pasar por los lugares con apatía y desinterés, puede caminar por una calle larga sin mirar alrededor, sin que nada ni nadie le diga nada y no le ocurrirá nada. Pero también puede uno dar un largo paseo por el centro de una gran capital, deteniéndose cada pocos pasos para contemplar el espectáculo cotidiano que exhibe la ciudad en cada instante, en cada rincón, en cada esquina y disfrutar de esa belleza cotidiana, sutil y aguda. Es ahí, en las pequeñas cosas, en los detalles más insignificantes, en lo cotidiano, donde uno puede encontrarle sentido a todo.






*La idea del reto es de Lita, igual que las mejores fotos y los mejores collages. ¡Gracias!

sábado, 6 de diciembre de 2025

EL PEZ DE LA CALLE DEL PEZ


¿Por qué la calle se llama Calle del Pez? Ésta fue la pregunta que nos surgió mientras comíamos en una conocida hamburguesería en el centro de Madrid. Una de esas dudas ridículas que aparecen de manera inesperada en mitad de una conversación sobre otros temas más trascendentales. Estábamos sentados en una mesa junto a la cristalera del establecimiento en la Calle del Pez. Aquella callejuela cercana a la Gran Vía y a la Plaza de España conserva, sin embargo, cierto encanto castizo propio de Malasaña, bien condimentado, eso sí, con modas alternativas, vestimentas hipsters y bicicletas.

Buscamos en internet y acabamos consultando a Chat GPT, que, últimamente, se ha convertido en el amigo sabelotodo, el amigo que nunca se equivoca (o eso pensamos ingenuamente). Por supuesto, nos dio no una sino dos respuestas. La primera correspondía a la realidad histórica: en aquella calle había, en el siglo XVII, una casa solariega que tenía un pez tallado en su fachada. Era el emblema de los Vargas, una familia adinerada que tuvo allí su residencia. La segunda era una leyenda, una historia entrañable de esas que son difíciles de olvidar.

En esa calle, nos dijo la Inteligencia Artificial, existía una fuente pública donde, de manera inexplicable, habitaba un único pez que resistía a todo tipo de infortunios: el frío del invierno, el calor del verano y las perrerías de los vecinos que lo molestaban o lo intentaban pescar. Incluso llegaron a sacarlo del agua en una ocasión, pero al día siguiente volvió a aparecer en la fuente como si nada hubiese sucedido. El pez se convirtió en un símbolo de resistencia, de fortaleza frente a los contratiempos. La fuente fue conocida como la del pez que nunca muere y, al final, en su honor, aquella estrecha calle acabó convirtiéndose en la Calle del Pez.

Nos quedamos pensando en el animalillo débil, pero resistente, mientras mirábamos el exterior desde la cristalera. Centenares de viandantes con vestimentas variopintas caminaban de un lado al otro, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor. Era aquel un día soleado de noviembre, pero terriblemente gélido, aunque el frío no privaba a la capital del barullo que siempre inunda sus calles. Decidimos que, cuando terminásemos de comer, buscaríamos el relieve del pez esculpido en la piedra, pues, según la información que encontramos, aún se conservaba en la fachada del edificio que ocupa el lugar de la antigua casona de los Vargas.

Salimos de la hamburguesería un rato después y subimos por la Calle del Pez ávidos de encontrar el famoso relieve. Las aceras se estrechaban tanto en algunos tramos que caminábamos mi amiga y yo uno detrás del otro. El espacio lo ocupaban los coches, las motos y algunas bicicletas. A un lado de la calle, arbolillos escuálidos parecían resistir, como el pececillo, los infortunios de su existencia en la gran ciudad. Al otro, un edificio destartalado había sido adornado con botellas de plástico pintadas con distintos colores y pantalones viejos colgados de los balcones. Enfrente, había una tienda de cuadros artesanales en los bajos de un edificio rehabilitado. Supongo que el precio de esos apartamentos estaría por las nubes. Un poco más allá, encontramos un popular restaurante de tortillas de patata; la clientela hacía cola pacientemente para conseguir un hueco y taponaba la estrecha acera. Muchas cosas y todas bizarras en la Calle del Pez, pero, del relieve del pescadito, ni rastro. No había forma de encontrarlo. 

Dimos unos pasos más hacia arriba, un poco desanimados ante nuestra búsqueda infructuosa. No había forma de localizar el pez y nuestro amigo, el Chat GPT, se manifestaba incapaz de chivarnos el lugar exacto en el que se encontraba. Mirábamos una y otra vez hacia arriba, hacia la parte alta de los bloques de pisos, buscábamos en Internet y reformulábamos la pregunta a la Inteligencia Artificial confiando en que, al modificar las palabras, el algoritmo fuese capaz de encontrar una respuesta, pero nada. Sólo al final, cuando ya estábamos a punto de darnos la vuelta, de desistir, divisamos nuestro pececillo en el esquinazo de un edificio. Allí estaba, en efecto, pequeña e insignificante, la silueta del pez que resistía a todo o el recuerdo de la familia Vargas que da nombre a la calle. Cada uno, lo que prefiera.

Le hicimos unas fotos al relieve amarillento de la fachada, la foto era la prueba de nuestra pesca, de nuestro hallazgo. Una de ellas ilustra está entrada. Luego nos marchamos apresuradamente porque se acercaba la hora del grandioso espectáculo para el que teníamos entradas aquella tarde. De camino al teatro, recordé durante algunos segundos uno de los versos de la canción de Sabina que habla de Madrid: "Donde el mar no se puede concebir". Y pensé en el pez de la Calle del Pez, que vivía tan lejos del mar, en aquella fuentecilla, una vida de penurias, pero resistía a todo. El pez logró lo imposible, logró lo que nadie pensaba que lograría, algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo: vivir. Y aquel empeño, lo consiguió con creces porque lo hizo inmortal. Y es que, si lo pensamos bien, aún hoy vive el pez en aquella calle del centro de Madrid. 

El pez de la Calle del Pez