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viernes, 6 de octubre de 2023

LAS COSAS CAMBIAN


El profesor Peter Stearns dice que la Historia nos ayuda a entender y aceptar el cambio. Es una de las razones que enumera en su ensayo "Why Study History?" (1998) por las que los alumnos deben estudiar Historia en la educación primaria y secundaria. A fin de cuentas, los orígenes del presente sólo están en el pasado y la transformación, el cambio, es el resultado del simple paso del tiempo. 

Esta idea la comento con mis alumnos adolescentes todos los cursos. Aceptar que las cosas cambian es esencial para comprender el mundo en el que vivimos y nuestra propia vida. Nosotros cambiamos, nuestro entorno cambia y el mundo cambia. Y darnos cuenta de ello nos ayuda a vivir mejor, a aceptar las cosas tal y como vienen. A ser felices, en definitiva, que es de lo que trata esto. Ya saben: Historia, maestra de vida. 

Uno de los temas en la Historia que mejor muestra el cambio, la transformación de la sociedad es el paso de la Edad Antigua a la Edad Media: la caída del Imperio Romano en el siglo V, las invasiones bárbaras, la pervivencia del Imperio Bizantino y el ascenso del Islam (s. VII). Y todo se ve en los primeros temas del segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiamos un mundo en transformación, en el paso de la Antigüedad tardía al Medievo, un tiempo en el que Estados que parecían eternos se desmoronan, mientras otros sobreviven y soportan la embestida de nuevos actores históricos.

Cada año les pido a mis alumnos que reflejen su visión de ese mundo cambiante en un cómic de cuatro viñetas. Pueden elegir el tema que prefieran entre estos cuatro: la caída de Roma, las invasiones bárbaras, el reino visigodo o el Imperio Bizantino. Y lo cuentan a su manera. Algunos trabajos son brillantes pero todos reflejan el  momento de cambio del que hablaba. Aquí están algunas viñetas destacadas:

En ésta, un alumno resume brillantemente la situación del Imperio Romano en el siglo V. El bárbaro le dice al soldado romano "¡Ayuda! Dejadnos ser vuestros ciudadanos", mientras el legionario romano responde "No. No sois como nosotros". Las migraciones germánicas transformaron el Imperio, lo sometieron a una terrible presión y provocaron, al final, el colapso de Roma. Un estado de mil años de vida se desmoronó en pocas décadas. Pero la vida (la Historia) continuó en Europa.

Este otro muestra un escenario imponente: en la ciudad de Roma, junto al coliseo, unos soldados romanos se disponen a defender la ciudad del ataque de los vándalos y los visigodos. "Vamos a defender Roma", podemos leer; pero los bárbaros responden: "No, os estáis largando". Unos llegan y otros se marchan, como en nuestra vida. De nada sirve resistirse a los cambios porque son inevitables. Al final, el paso del tiempo es la principal transformación. Y nadie puede resistirse a eso.


Esta alumna habla de Bizancio, la parte del Imperio Romano que sobrevivió mil años a la caída de Roma. Y en una de las viñetas resume de manera magistral ese milenio. Frente a la majestuosa basílica de Santa Sofía, junto a la tumba de Justiniano, un individuo dice: "Justiniano fue un buen emperador, conquistó territorios y construyó edificios. Pero cuando murió, perdimos muchos territorios". Otra muchacha refleja con esta viñeta el fin del Imperio Romano de Occidente. Un emperador niño, Rómulo Augústulo, entrega la corona resignado: "Ahí vas", le dice al símbolo de su poder. 

Al final, parece que los muchachos de doce y trece años que han elaborado estos trabajos comprenden la fugacidad de todo. El Rómulo Augústulo de esta viñeta acepta el destino tal y como viene, sin remedio. Como, seguro, lo acepto el personaje histórico real (a medio camino entre la leyenda y la Historia) cuando el godo Odoacro lo depuso, pero le perdonó la vida en el 476 d.C. 

Todos transmiten una misma idea: lo fuerte se hace débil, lo que parecía indestructible se quiebra y lo inolvidable se olvida. Todo con el tiempo termina. Stearn dice que sólo estudiando el pasado podemos captar por qué esto sucede, por qué las cosas cambian. Tanto en nuestra sociedad como en nuestra vida, creo yo. 

jueves, 24 de agosto de 2023

CREER... Y REZAR


Entro en la diminuta ermita que parece apartada del bullicio que vive la alameda en las tardes de verano. El recogimiento y la oscuridad del templo contrastan con la luz y el fervor del exterior. No hay nadie a pesar del frescor que los gruesos muros protegen frente al calor del estío.

Aquí no entran muchos jóvenes - me dice una voz desde un rincón del templo. No había percibido su presencia. - A ti no te he visto nunca por aquí - prosigue, mientras el contorno de un anciano con bastón sale de la penumbra, iluminado por la luz que entra a través del portón.

- Vengo algunas veces - replico - cuando era niño venía más a menudo. - No lo conozco, pero el anciano me transmite confianza. Lo miro de reojo, esbozando media sonrisa. - Hace muchos años, solía venir con mi abuelo. Él se quedaba aquí y yo pasaba a la capilla. Me decía que rezase un 'Padrenuestro' y que pidiese por mi padre, mi madre, mi hermano, mis abuelos... -

- ¿Y también pedías por ti? - me interrumpe el hombre que ya se encuentra junto a mí, a mi derecha.

- No... Por mí no solía pedir. - contesto con voz entrecortada, bajando los ojos al suelo. No cruzamos las miradas, nuestros ojos se dirigen al frente, hacia la imagen de la Virgen de la Soledad, que es testigo de esta conversación improvisada.

- Y luego, dejaste de venir... Y de rezar... Y de creer... - dice el viejo, empeñado en saber más y más de mí. 

- El tiempo pasa, las cosas cambian. Muchas veces no hace caso a los ruegos y a los rezos... - respondo admitiendo lo que el hombre ha dicho, queriendo excusarme sin razón. 

- Y, sin embargo, aquí estás - inquiere. No sé a dónde quiere llegar, pero la conversación fluye. 

- Sí, aquí estoy. A veces vengo. No a rezar. Hace mucho que no rezo. - Mientras pronunció estas palabras se escuchan los cantos de los pájaros en el exterior y el vocerío de los niños que juegan en el parque. Entonces el diálogo se acelera:

- ¿Y por qué vienes, entonces?

- Este lugar me da paz - respondo.

- Ah, ya entiendo: cuando la vida aprieta, tú vienes aquí buscando paz. ¿Y la encuentras? 

- Más o menos - contesto esbozando media sonrisa - Vengo aquí y pienso en mis cosas, en mis miedos, en mis ilusiones. Miro al futuro con calma. Me ayuda.

- Te entiendo a la perfección, la vida frenética nos obliga, a veces, a detenerla a la fuerza. Cuando nada es seguro, cuando todo puede derrumbarse, al final sólo encontramos tranquilidad en nosotros mismos. Y para llegar a nosotros, necesitamos calma. - explica el anciano, que parece haber captado lo que he insinuado.

Por primera vez en todo el rato nos miramos y reímos. Los ojos del hombre reflejan bondad y honestidad. Entonces, termina diciendo - Eso es rezar... Y creer...  

Sin despedirme, me dirijo a la capilla, como siempre, a ver al Cristo del Humilladero. Miro la imagen con detenimiento y la bella bóveda que la cobija. Hay paz. Siento paz. Poco después, vuelvo a salir. El hombre ya no está. El templo está vacío. No hay nadie excepto yo. Excepto yo.


 

sábado, 5 de agosto de 2023

LA PROFECÍA DEL ÁNGEL REDENTOR




¡La ciudad ha caído! ¡La ciudad ha caído! ¡Alabado sea Dios! - gritan los soldados turcos que ya recorren las laberínticas callejuelas de los suburbios occidentales de Constantinopla. Es el amanecer del 29 de mayo de 1453. Después de una noche de combates, los sitiadores han conseguido abrir varios boquetes en el muro de Teodosio, las imponentes murallas que protegen la ciudad por el oeste. La batalla ha finalizado.

Al oír los gritos victoriosos de sus enemigos, los defensores que aún se afanan en repeler el ataque en otras zonas de la ciudad abandonan sus puestos y huyen. Todo se ha cumplido: por fin, la capital del Imperio Romano de Oriente (el Imperio Bizantino) ha caído. Apenas hay ocho mil bizantinos dentro de su ciudad, sus últimos habitantes cristianos, que esperaban un milagro para evitar, en el último suspiro, la muerte o la esclavitud. Saben bien qué les espera ahora.

En las calles de la antigua Bizancio se desata una carnicería. El sultán turco, el joven Mehmet II, ha permitido a sus tropas saquear la ciudad. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo. Sedientos de riqueza después de varios meses de duro asedio, cien mil soldados otomanos asaltan iglesias, palacios y casas en busca de tesoros: joyas, monedas, baratijas, cualquier cosa les sirve. Constantinopla es saqueada de nuevo, como ya lo fue por los cruzados europeos doscientos años antes. Esta vez, en cambio, la toma de la ciudad es definitiva.

Entre gritos y plegarias a un Dios que parece haberlos abandonado a su suerte, los bizantinos se esconden donde encuentran cobijo. Algunos entran en los templos esperando que los musulmanes respeten los lugares sagrados. No es así. Las mujeres y las niñas son capturadas para engrosar los harenes de los jefes turcos. Los hombres y los niños son enviados como esclavos a otros lugares del Imperio Otomano. Y los ancianos, inútiles para el trabajo, son pasados por las armas. No hay piedad. Es el destino de los vencidos, de los últimos descendientes de los romanos que en otro tiempo dominaron el mundo. Ahora no son nada.

Se producen escenas terribles. La sangre corre por las calles formando auténticos ríos. Los iconos y las reliquias, sacados de las iglesias como si fuesen un arma más contra el invasor, están ahora por los suelos. Los incendios consumen algunos edificios. Hay cadáveres por todos lados. Algunos están mutilados. Entre ellos, hay quien reconoce al último emperador, Constantino XI, que ha muerto heroicamente en el combate.

Para los bizantinos, y para los europeos del siglo XV, Constantinopla aún es "el líder y el ojo del mundo habitado". Y, a pesar de todo, nadie le ha prestado ayuda cuando el emperador la ha pedido a Occidente. Ni Venecia, ni el Papa, ni ningún otro reino de Europa ha atendido las desesperadas demandas de auxilio de la capital del Bósforo. Pero cuando llega el momento decisivo, todos asisten atónitos al funeral del Imperio Romano, al último acto de una historia que se remonta más de mil quinientos años en el tiempo. 

Los bizantinos que huyen de sus perseguidores turcos, que buscan una última oportunidad para escapar, saben que se encuentran solos, que nadie va a ayudarles. Y aún así, a pesar de la desesperación y el miedo; a pesar de que todo está perdido, de que el destino está escrito sin remedio, confían en que Constantinopla sea recuperada para la cristiandad y el Imperio sobreviva.

En medio de una tragedia sin igual en la Historia, en medio del llanto y la desolación, los bizantinos, que se consideran a sí mismos romanos, aún siguen anhelando el resurgir de Roma y de su Imperio como tantas veces ha ocurrido. Y lo único que les queda para mantener la ilusión, lo único que tienen para creer en el futuro, para no sucumbir en la desesperanza, es una profecía. Un simple profecía. Mientras se ocultan de las huestes enemigas, mientras huyen hacia ningún lugar, muchos miran al firmamento buscando aquello que alguien les anunció: cuando la ciudad haya caído, un ángel redentor descenderá del cielo y derrotará definitivamente a los turcos.

Uno de los defensores de Constantinopla, Miguel Ducas, cree en el milagro imposible. Dios todopoderoso enviará un soldado celestial armado con una gran espada y descenderá sobre la columna de Constantino "el Grande", fundador de la ciudad. Los otomanos serán aniquilados y el trono será entregado a un hombre humilde y sencillo que se convertirá en emperador, en el nuevo basileus. El Imperio será restaurado y volverán tiempos de gloria y poder. Es la ultima profecía de los bizantinos. El último milagro que esperan.

Todo ha terminado. Ya no hay batalla. Los enemigos están dentro de la ciudad. Acaban de llegar a Santa Sofía, la gran basílica construida por Justiniano que pronto se convertirá en mezquita. Todo está perdido. Pero aún así, a pesar del terror paralizante, de la tristeza por lo perdido y de la desilusión, hay quien confía en que todo irá bien. Hay quien, a pesar de todo, se resiste a perder uno de los grandes motores de la vida. Hay quien, incluso al final, tiene esperanza.

sábado, 22 de julio de 2023

OPPENHEIMER: AYER, HOY, MAÑANA


"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos"

R. Oppenheimer


Las tres horas de "Oppenheimer" descubren a un hombre desconocido, alumbran el mundo en el que vivimos y plantean un dilema moral ajeno a muchos de nosotros hasta ahora. Se trata de un thriller histórico que te mantiene expectante hasta el último minuto y va más allá del (ya de por sí trepidante) desarrollo de la bomba atómica.

Robert Oppenheimer murió en 1967, pero no hace falta decir que su influencia se extiende hasta el presente. En un contexto internacional actual, en el que el dictador ruso amenaza directamente con el uso del armamento nuclear en la guerra de Ucrania, la figura del llamado "padre de la bomba atómica" no es en ningún caso insignificante. Oppenheimer es uno de los personajes más destacados del siglo XX, aunque sea desconocido para los individuos del XXI.

El mundo en el que vivió Oppenheimer era muy diferente al actual, pero cambiante, como este. Cuando empezó a trabajar en el Proyecto Manhattan (que daría a luz a la bomba atómica) corría el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Los enemigos de EE.UU. eran los nazis, que estaban desarrollando su propio armamento nuclear. Los soviéticos eran, entonces, unos aliados incómodos, pero aliados, al fin y al cabo. Pocos años después, derrotada Alemania y muerto Hitler, fue la Unión Soviética el gran enemigo de EE.UU. y con quién habían de competir por el desarrollo de armas cada vez más destructivas. Los tiempos cambian; los enemigos, también.

La película plantea el dilema moral sobre el uso de la bomba atómica. Oppenheimer, líder del equipo de científicos que la desarrolló, se opuso, después, a su uso y apostó abiertamente por la negociación entre las naciones para detener una carrera armamentística que podría destruir el mundo. Fracasó, como es sabido. Y, además, le granjeó enemigos personales, como Lewis L. Strauss. Nuestro protagonista fue, no obstante, un hombre controvertido, pues estuvo vinculado al Partido Comunista en sus años jóvenes, algo intolerable en los Estados Unidos de los años 50.

¿Estuvo justificado el uso de la bomba atómica contra Japón en agosto de 1945? Esta es la gran pregunta imposible de contestar. Por supuesto, la película no lo hace. ¿Hasta qué punto fue responsable Oppenheimer de la muerte de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki?

La Física cuántica, el mal y la culpa recorren la película de principio a fin. De la primera no voy a hablar; de las otras dos, un poco. El mal lo impregna todo, desde el desarrollo de la bomba atómica en el laboratorio de Los Álamos hasta las acusaciones de traición contra Oppenheimer por sus actuaciones filocomunistas décadas antes. Y, junto al mal, la culpa por todo ello: por el desarrollo de un arma tan destructiva, por el uso de la bomba atómica sobre Japón y por las simpatías hacia el comunismo en otros momentos de la existencia. El pasado impregna el presente y el futuro.

La idea que obsesiona a Oppenheimer durante toda la cinta es la posibilidad de que la detonación genere una reacción en cadena que afecte a la atmósfera y provoque la destrucción del mundo. "¿Me está diciendo que hay una probabilidad de que al pulsar ese botón destruyamos el mundo?". Al final, Oppenheimer se da cuenta de que la reacción en cadena se ha producido: una carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética por producir armas cada vez más mortíferas que él intentó detener si éxito.

Hoy, en pleno siglo XXI, esa reacción en cadena sigue imparable. Además de Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte poseen cabezas nucleares. ¿Quién será el siguiente? 






PARA LEER MÁS: "Nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" (15 de agosto de 2015)

martes, 18 de julio de 2023

CITAS


Un café solo con hielo, por favor - pido al camarero en esta calurosa tarde de julio. Enseguida lo sirve. Antes de verter el café en el vaso con los hielos abro el sobrecito del azúcar. Luego mis ojos se fijan en la cita que tiene impresa y no puedo evitar esbozar una tímida sonrisa: "La vida es como montar en bicicleta, para mantener el equilibrio no hay que dejar de pedalear. Albert Einstein."

En una sociedad de eslóganes, titulares y tuits, las citas y las frases al estilo Mr. Wonderful son recurrentes. Están en todas partes. En realidad, cualquiera de estas frases sirve para todos pues todos podemos aplicárnoslas en un sentido u otro. Nos persiguen en las redes sociales, en los anuncios o incluso en los sobrecitos del azúcar, pero, aún así, cuando las leemos parece que alguien las puso ahí para nosotros.

De camino a casa suena una canción en la radio del coche. La conocía, pero hacía tiempo que no la escuchaba. Mi mente la había olvidado, pero ahora parece que alguien cree que es momento de recuperarla. Y encaja. Una estrofa dice: "Yo te confieso que no me arrepiento. Y aunque estoy sufriendo, podría ser peor..." Ahí es nada. Mis acompañantes hablan despreocupadas, pero esas palabras de Morat y Juanes me llegan a lo más profundo. Igual que las de Einstein.

Parece que la vida, con sus citas caprichosas, manda mensajes que alivian a uno por momentos, como píldoras contra una enfermedad. Corren semanas malas, desde luego. Semanas de preguntas sin respuestas.

Ya en casa, repaso en la estantería los libros que allí esperan, que llevan esperando pacientemente demasiado tiempo a que les atienda. No ha sido posible, al menos, hasta ahora. Aún tienen que esperar algo más, me temo. Al coger uno de ellos, cae una nota al suelo en la que escribí hace unos meses una frase del "Quijote". Otra cita dichosa que se empeña en cruzarse en mi camino hoy: "Uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son..." le dice en el Capítulo XVIII "el de la Triste Figura" a su escudero Sancho.

Claro que Cervantes pone esta frase en boca de don Quijote justo en el momento en el que el loco de la Mancha va a batir un rebaño de ovejas y cabras convencido de que se trata de un gran ejército enemigo. La frase, no obstante, no pierde un ápice de verdad porque don Quijote es un idealista y lucha aunque todo esté en contra. Da la sensación de que el destino tiene interés especial en que lea yo estas citas en este momento, y actúa como Pulgarcito con sus migas de pan en el bosque. 

Y luego están las frases de autoayuda que inundan las redes sociales, que proliferan en Instagram, en Twitter, en WhatsApp... Y todas sirven para las situaciones más variadas, aunque, insisto, son perfectas para que cada uno se las aplique a sí mismo le ocurra lo que le ocurra. Por la noche, en el periplo errante por estas aplicaciones, leo una frase con atención: "No te hagas responsable de los sentimientos de otros." Frunzo el ceño, molesto con semejante afirmación. Es cierta, en el fondo, aunque no guste. 

Sigo pasando tuits en un movimiento de pulgar inconsciente, de abajo a arriba. Tropiezo entonces con otro hilo de frases célebres, aunque no sé si alguien célebre las pronunció. Me temo que no. La mayoría son lugares comunes, cosas obvias. Nadie importante las dijo nunca, pero casi todos las hemos pensado a veces. Las leo rápido, una tras otra, como queriendo evitar que una de ellas atrape mi mente y la zarandee más. Entonces, llego a la última y caigo en la trampa: "Cuando la gente sabe que hizo mal, te evita." 

Era lo que me faltaba por leer hoy. Me voy a la cama.



sábado, 3 de junio de 2023

EL INSTANTE DECISIVO


En estos días de junio, de finales de curso, de tormentas y de emociones revueltas, uno parece asomarse, irremediablemente, al abismo. Y mis pensamientos se cruzan con demasiada frecuencia con las palabras del austríaco Stefan Zweig. En el prólogo de su más célebre obra, 'Momentos estelares de la humanidad', sintetizó de manera magistral lo que es la Historia y la vida:

"Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide."

Y es que en la Historia, el tiempo pasa, en su mayor parte, sin sobresaltos destacables, sin que nada relevante suceda, y así durante años, durante décadas, durante siglos. Y, de pronto, algo extraordinario rompe esa monotonía y lo cambia todo, lo decide todo e impulsa a las sociedades hacia el futuro. Generaciones enteras dependieron (y dependen aún) de lo que ocurrió en esos instantes concretos que, como dejó escrito Zweig, pudieron ser un día, una hora o, incluso, un minuto en la inmensidad del tiempo. Baste recordar aquel 9 de mayo de 1453, el 12 de octubre de 1492 o el 11 de noviembre de 1918. Instantes, todos ellos, determinantes del pasado.

Esta reflexión sirve también para la vida. Podríamos definirla como el tiempo que transcurre entre los momentos decisivos de nuestra existencia, que, a menudo, no son más que un puñado de instantes. A veces, durante días, semanas o años, nada extraordinario nos sucede, pero, entonces, parece que la energía acumulada en ese tiempo se comprime en un punto que lo decide todo. Es como si en esos momentos diésemos una patada al tiempo, en una dirección u otra, pero siempre hacia adelante.

Pero esos instantes esenciales de la vida son, a veces, el resultado de un largo proceso que se prolonga en el tiempo. Igual que en la Historia, todos los acontecimientos tienen sus causas remotas y cercanas. Igual que nada se puede comprender sin atender a sus antecedentes, a sus orígenes y su detonante, en nuestra vida ocurre lo mismo. La mayor parte de esos instante decisivos son fruto de decisiones meditadas, resultados de planes bien trazados. Otros, en cambio, son hijos de la fortuna y el azar, que interviene, sin que nadie la llame, en la vida de unos y otros. 

Uno se detiene a pensar por un momento los instantes decisivos que marcan la vida de una persona. Uno piensa, por ejemplo, en el nacimiento de un hijo, que lo cambia todo. Y también en el lapso fugaz en el que conoces al amor de tu vida. El instante en el que firmas la compra de tu casa. También la muerte de un padre o de una madre es determinante. Y, mucho más, la muerte de un hijo.

Y también son instantes decisivos el final de una etapa, sea cual sea, a nivel personal, académico o laboral. También, el primer día de trabajo. Y el último. El momento en el que vas a realizar el examen que podría cambiar tu vida y para el que llevas estudiando demasiado tiempo. Y la entrevista de trabajo en la que, por fin, sonríe la suerte. Un momento clave también es aquel en el que uno, consigo mismo, toma una decisión que le ha costado mucho. Un paso adelante arriesgado, o no, pero dado con arrojo y valentía. Todos cambian a una persona, la impulsan hacia adelante, la ayudan a construir su vida. 

Esos instantes nos pueden zarandear más de lo que imaginamos. Casi nos pueden hacer zozobrar, como si fuésemos navíos en medio de la tempestad. Pero, después, más tarde o más temprano, siempre vuelve la calma, la monotonía. Y la energía desatada en ese punto que lo alteró todo se disipa por un tiempo, hasta que las circunstancias confluyan de nuevo en otro momento determinante. 

En medio del fragor de esos momentos tan dramáticos, tan cruciales, no sabemos, a veces, si el resultado será mejor o peor, si será bueno o malo. Lo que está claro es que lo cambian todo irremediablemente, abren nuevos caminos y despejan nuestros límites, creando otros. Otra vez, las palabras de Zweig,  "un único 'sí', un único 'no', un 'demasiado pronto' o un 'demasiado tarde' hacen que ese momento sea irrevocable...". El abismo al que uno se asoma y que puede cambiarlo todo.


viernes, 5 de mayo de 2023

MAMÁ


Tantas cosas tendría que decirte hoy y todos los días, que no sería suficiente con este texto. No es que el primer domingo de mayo tenga algo especial para mí. Nunca lo tuvo, bien lo sabes. Los sentimientos de un día (tan frecuentes en estos tiempos) son hipócritas, como el mundo en el que vivimos. Por eso publico esto hoy, y no mañana. Pero hace unos días, al ver, como siempre, tu fotografía en un lugar destacado de la sala, un impulso salido del corazón me hizo escribir estas líneas que siguen. Quizá puedas leerlas desde algún lado.

Te echo tanto de menos. Me haces tanta falta. Cada día, cada hora. Uno de los primeros pensamientos todas las mañanas es para ti. Y, también, uno de los últimos, cada noche. Da igual que el tiempo pase, que haya cambiado, y que otras ideas invadan mi mente, más tumultuosa ahora que antes. Da igual. Tú siempre estás ahí, dentro de mí. Y me acompañas en cada minuto, en cada acierto, en cada error.

Ha pasado más de un lustro. ¡Y han ocurrido tantas cosas desde entonces! Algunas, malas. La gran mayoría, tan buenas que al recordarlas se me inundan los ojos de lágrimas. Pero son de emoción, no vayas a pensar mal. No sabía cómo puede cambiar la vida en tan poco tiempo. Y la vida hace que uno también cambie por completo, que evolucione y crezca. Aquel 2018 me arrancó un trozo de mí, pero también me dio vida. Tantas metas se han logrado en este tiempo. Tantos sueños se han hecho realidad. ¡Y cuántos nuevos caminos se han abierto! ¡Cuántas nuevas ilusiones han aparecido sin esperarlas!

Si me vieses entrar al instituto cada día, entenderías todo. Ojalá supieses cómo disfruto en cada clase, en cada instante delante de la pizarra. Ojalá pudiese contarte los momentos de risas, de enfados, de preocupación, de alegría, de emoción. ¡Me acuerdo tanto de lo que tú disfrutabas con tus niños! Ojalá pudiese decirte lo inmensamente feliz que soy, igual que tú, en un aula.

No sabes tampoco cuánto te necesito en otros momentos. No sabes lo que daría por poder hablar contigo cuando los nervios, la indecisión y el miedo se apoderan de mí. Sigo necesitando tu silencio, tus miradas y tu voz pausada que tanto calmaba mis ánimos alterados. Hubo un tiempo en el que creí haber madurado tanto que no los necesitaría más, que los había olvidado, pero me equivocaba. Daría lo que fuera por tenerlos otra vez. Te necesitaré siempre.

En los momentos de confusión, de duda contemplo a solas tu fotografía, esa en la que miras tan intensamente a la cámara que pareces intuir lo que mi mente guarda en secreto. E imagino qué pensarías tú, qué me dirías, cómo actuarías. A veces, me resulta tan fácil adivinar cuáles serían tus palabras... Otras, en cambio, me es imposible intuir hacia dónde guiarías mi camino. Es como si te quedases muda dentro de mí.

Y entonces cojo un pequeño papel arrugado con unas bellas frases que alguien escribió sobre ti cuando te perdimos. Las he leído tantas veces que casi me las sé de memoria. Una de ellas dice: "Nos enseñaste que la discreción, la prudencia y la sensatez son la mejor manera de vivir y de afrontar las cosas". Y me repito a mí mismo, una u otra vez, con insistencia y con alivio: "la discreción, la prudencia y la sensatez".


Mayo de 2023