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martes, 3 de noviembre de 2026

UNA CIUDAD DE PASO

Con sus casi cuatro kilómetros cuadrados, el casco histórico de Sevilla es el más extenso de España. Eso explica las largas caminatas desde un extremo a otro, desde el Arco de la Macarena a la Plaza de España, desde el Barrio de Santa Cruz, al puente de Triana. Aquella soleada mañana de octubre, caminábamos rápido por las estrechas callejuelas con el Google Maps abierto en el teléfono móvil. Mirábamos a un lado y al otro de las calles y, después, a la pantalla del móvil asegurándonos de que llevábamos la dirección correcta y no nos habíamos equivocado en la última intersección.

Conforme avanzábamos, descubrimos una ciudad multicolor, de contrastes. Las calles alejadas del corazón hispalense estaban por completo vacías. No nos cruzamos a nadie en varios minutos. Poco a poco, la densidad de turistas aumentó, síntoma de que nos acercábamos a los polos de atracción, a la catedral, al Real Alcázar, al barrio de Santa Cruz. En el casco viejo conviven sevillanos de toda la vida, irreductibles que se niegan a dejar su barrio a merced de la industria turística, y visitantes, viajeros y excursionistas que van y vienen. Sevilla es, como ha sido siempre, también una ciudad de paso. Los alojamientos para turistas están por doquier, en cualquier edificio, en cualquier esquina.

Era un día raro aquel. 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Mediado ya el otoño, los termómetros marcaban, sin embargo, 30 grados. Extraño, incluso para Sevilla. El cielo estaba por completo despejado y el sol brillaba en lo alto. A nuestro alrededor encontramos adornos de Halloween, calabazas, telarañas y fantasmas lucían en los escaparates de algunas tiendas. Pero, en las calles ya estaban instaladas las luces de Navidad. Era una mezcla extraña, en fin. Una mezcla del verano, el otoño y el invierno. Un continuo festival de contrastes.

Giramos la esquina de un callejón y, frente a nosotros, encontramos dos monjas ataviadas con el hábito marrón y blanco de su congregación. Se cruzaron antes con un grupo de turistas chinos que iban unos pasos por delante de nosotros. Los visitantes las miraron extrañados y ellas les devolvieron la mirada de reojo. Un poco más allá, comenzaron a repicar las campanas de una parroquia, mientras, en la entrada de la iglesia, se apelotonaba una familia reunida para bautizar al último de sus miembros. Los chinos también miraron extrañados aquella reunión de gente peripuesta. Uno de ellos, incluso, hizo una foto a la escena. Todo era exótico para ellos.

El centro de Sevilla exhibe un contraste de estaciones del año, de culturas y de estilos artísticos. El navegador nos llevó derechos a las Setas, la colosal estructura de madera diseñada por el alemán Jürgen Mayer en 2011. Es el ejemplo más llamativo de arquitectura contemporánea en el centro de Sevilla y, aunque fue polémica al principio, hoy ha sido integrado en la vida de los sevillanos. Cobija en su subsuelo restos de la Híspalis romana y de la ciudad islámica y cristiana medieval, así que es un centro de referencia para los turistas, que la fotografían sin cesar y la recorren de punta a punta.

Y cerca se encuentra el Palacio de las Dueñas, propiedad de la Casa de Alba. También caminamos hasta él porque es quizá uno de los mejores ejemplos del poder nobiliario sevillano de los siglos XV y XVI. Allí nació el poeta Antonio Machado en 1875. Allí murió también la duquesa de Alba, Cayetana Fitz James Stuart, en 2014. Las laberínticas callejuelas de Sevilla esconden un sinfín de casonas, iglesias y conventos de los siglos XVI y XVII. Todo es barroco en el sentido calificativo del término, abigarrado, recargado; en el artístico también hay extraordinarios ejemplos de arte gótico, renacentista, mudéjar y modernista. Así lo muestra, por ejemplo, la iglesia del Divino Salvador, levantada sobre la primitiva mezquita de Ibn Adabbás, del siglo IX.

Cerca de El Salvador, un puesto ambulante de incienso inundaba con su olor toda la calle. Los había de todos tipos y colores. El vendedor, gordo, viejo, calvo y con un gran mostacho, se afanaba por sobrevivir tras la nube de humo. Sevilla olía a incienso. A incienso, a deliciosa fritanga y a excrementos de caballo. Estaban por todas las calles del centro, como en otras épocas históricas. Los coches de caballos siguen ofreciendo sus servicios a los visitantes. Los chinos del principio no dudaron en dar una vuelta en una de las calesas en cuanto el chófer se lo ofreció a los pies de la Giralda. Otra atracción exótica de la Sevilla del siglo XXI.

Entretenidos con unas cosas y otras, acabamos saliendo por una bocacalle a la Plaza de San Francisco, símbolo del poder civil de la ciudad. El Ayuntamiento fue construido en el siglo XVI gracias al enriquecimiento por el comercio con América. Luce una decoración minuciosa y delicada, propia del plateresco. La Avenida de la Constitución, ancha y recta, abierta posteriormente siguiendo los gustos urbanísticos modernos, está flanqueada por edificios modernistas con cierto aire orientalizante, con elementos neomudéjares, arcos de herradura, arcos polilobulados y azulejos de diferentes y coloridos patrones. Sobre el pavimento de la avenida, acostumbran a desplegar sus mercancías los vendedores ambulantes. Tan pronto te venden unas zapatillas de deporte como la camiseta de la Selección Española con las dos estrellas mundialistas. Todo a la última.

Pero es, sin duda, la Giralda, la torre campanario de la catedral, la que domina los cielos hispalenses. Igual en el siglo XVI que en el XXI. La catedral es también uno de los mayores templos católicos del mundo. Hay quien dice que los canónigos quisieron ordenar la construcción de un templo tan grande que quien lo contemplase los tomase por locos. Ahí es nada. La antigua mezquita aljama de la Isbiliya islámica se encuentra debajo del templo cristiano. La Puerta del Perdón, el patio de los naranjos y la propia Giralda, el viejo minarete reformado, son los restos del templo islámico que aún subsisten en el actual. Es la fusión de religiones, de estilos, de tradiciones. Centenares de turistas visitan cada día el principal atractivo turístico de la ciudad y hasta allí llegamos nosotros al final de nuestro paseo.

Junto a la catedral, el Alcázar también exhibe una fusión de culturas y tradiciones artísticas sin parangón. La fortaleza original, musulmana, fue reformada por completo en tiempos de Pedro I de Castilla, allá en el siglo XIV, aunque los trabajos fueron realizados por arquitectos y artesanos musulmanes procedentes de Granada. El aire oriental, islámico, está en todos lados. Los escudos de León y de Castilla y las columnas de Hércules con el lema "Plus Ultra" se alternan con versículos del Corán y yeserías de patrones geométricos y vegetales. Uno no sabe muy bien si está contemplando un castillo cristiano o una alcazaba árabe. Es un mundo de contrastes, un crisol de culturas. 

El Archivo de Indias, el Hotel Alfonso XIII, la fábrica de Tabacos, el edificio de la Universidad, los Jardines de la Infanta María Luisa y la Plaza de España, todos de distintos periodos históricos y de distintos estilos artísticos, lucen, en fin, el aire cosmopolita de una urbe que fue el centro del mundo durante los siglos XVI y XVII gracias al comercio de ultramar. La Exposición Iberoamericana de 1929 selló aquel vínculo con la otra orilla del Atlántico. A todos estos procesos históricos debe Sevilla también su extraordinaria riqueza monumental, una mezcla de estilos artísticos y culturas sin igual en el mundo.

Agotados por la caminata y por el calor, buscamos asiento en unos bancos bajo los árboles de la Puerta de Jerez. Se nos acercó entonces un muchacho que empujaba una bicicleta con el manillar oxidado y las ruedas desinfladas. Cargaba a su vez una gran mochila raída. "Disculpad" nos dijo sonriendo. "Sé que vais a pensar qué viene a contarnos éste ahora". Nosotros le miramos extrañados mientras él continuaba su monólogo: "He salido del albergue esta mañana y voy buscando la estación de autobuses... ¿No sabréis donde para?".

Nos miramos el uno al otro confiando en que alguno de los dos supiera la respuesta que el otro desconocía. Ambos estábamos igual. El muchacho de la bicicleta advirtió la ignorancia compartida en nuestras caras, sin necesidad de pronunciar una palabra, así que se apresuró a despedirse antes de buscar a alguien que, de verdad, pudiese ayudarle. "Vosotros también estáis aquí de paso".



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