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miércoles, 31 de diciembre de 2025

CAUSAS Y EFECTOS

UN RECUERDO DE MI 2025


Llevo varios días dando vueltas a la entrada de final de año, a qué contar y cómo contarlo. Tengo la aplicación de notas de mi teléfono llena de frases sueltas, ideas inconexas que se me han ido ocurriendo en las últimas semanas. Algunas incluso las tengo apuntadas en una de mis libretas sin que les haga mucho caso. No encuentro el hilo conductor que pueda unirlas, que dé sentido a todo. Podría hablar de muchas cosas, pero me es difícil resumir este año y es que, pensándolo bien, quizá no deba resumirlo, quizá no deba contar nada.

El otro día, en el metro de Madrid, me fijé en la gente que viajaba a mi alrededor. Un chico escuchaba música con los auriculares, absorto en sus pensamientos. A su lado, una pareja charlaba animada y repasaba sus planes para fin de año. Más allá, varios viajeros solitarios miraban sus móviles sin levantar la mirada, casi sin pestañear. Sólo uno, el del fondo, esperaba paciente sin recurrir a su teléfono, sin entretenerse con él. "Resulta valiente y atrevido no mirar el móvil cuando vas solo, ¿verdad?" me susurró mi compañera. Llevaba razón.

Todos vivían sus vidas, sus peripecias cotidianas más o menos afortunadas. Todos han tenido en este año experiencias más o menos felices, desgracias más o menos trágicas. Y yo pensaba en todo ello mientras escribía algunas ideas en mi teléfono, como hago siempre. Aquellos eran semejantes a mí, nadie es demasiado diferente a cualquier otro, todos experimentamos todo tipo de sentimientos en los días que hacen un año. Así que nada es lo suficientemente emocionante como para ser contado. O quizá sea al revés, quizá todos hayamos vivido algo que merezca ser contado, quién sabe.

En la aplicación de notas de mi teléfono también hay apuntes sobre las entradas que pusieron fin al año 2024 y empezaron 2025. La razón es que, curiosamente, ambas hablan de experiencias que se han vuelto a repetir en los últimos días, como si 2025 hubiese sido, en cierto modo, cíclico, aunque las repeticiones se hayan vuelto con el tiempo más especiales, más perfectas. En los últimos días regresé a la Tienda de los Deseos, en la madrileña calle de la Escalinata, a reclamar los sueños del año que entra después del éxito del que acaba; y la música de Shinova ha estado presente, como ocurrió hace un año, en estas últimas semanas. Si lo pienso con pausa, en realidad, no puedo entender mi 2025 sin las canciones de esta banda vizcaína.

Y es que hace sólo unos meses hubiese creído imposible una noche como la del 27 de diciembre. Una noche que, por cierto, resume un año al completo. Si en el 2024 descubrí a Shinova, las canciones del grupo han puesto la banda sonora a mi 2025. Cada momento del año, cada recuerdo, bueno o malo, me viene a la mente con una de sus estrofas, con un pedazo de sus canciones. El 27 de diciembre, el grupo llenó el Movistar Arena de Madrid. Y estuve allí junto a mi persona del año, sin la que tampoco puedo explicar estos últimos doce meses.

En mis anotaciones en el móvil tenía muchas ideas sobre Shinova, sus canciones y los significados de éstas, pero ahora, a 31 de diciembre, no creo que nada de eso sea demasiado interesante. Lo más poderoso de sus temas es, sin duda, el papel de lo cotidiano, de la anécdota como inicio de una historia: el álbum, el café en el avión, el rugido de los claxons, el saxofón de la avenida. Sus versos son capaces de transportar a cualquiera a cualquier lugar. Quizá sea esto y nada más lo que haga especial la música de Shinova. Y no es poco.

Como dice una de sus canciones, titulada "Los días que vendrán", hoy podría recordar aquí la noche especial de un día de abril (muy especial, de hecho) o podría hablar sobre lo ocurrido en las ya lejanas en el tiempo Fiestas de San Juan (que no fue poco) y sobre los deseos cumplidos del comienzo del año que ahora termina o aquellos anhelos que quedan aún por cumplir. Pero no lo creo necesario; no creo que a nadie interese todo esto. Al final, todos tenemos vidas semejantes, no hay nada especial en la mía o eso me parece a mí.

En el concierto del pasado sábado, Shinova olvidó interpretar una canción cuyo estribillo esperaba con avidez porque hubiese resumido mi año en sólo cuatro palabras. Supongo que no se pueden cantar todas las canciones en apenas dos horas de actuación. La estrofa en cuestión, del tema "Doce meses", dice así: "En el año más extraño de mi vida / hubo un eclipse de sol, / cien mil especies extinguidas / y gritos de revolución, / pero yo sólo recuerdo tu voz". Ahí está el sentido a todo lo ocurrido.

De aquella noche recuerdo, sin embargo, los versos de otra canción que había escuchado multitud de veces, pero que mi mente nunca se había parado a entender y nunca había retenido. Estos versos pueden servir, sin duda, de inicio para el nuevo año, para un nuevo comienzo. La estrofa de "Ovnis y estrellas" dice: "Intentaré aceptar causa y efecto / sin alimentar demonios hambrientos / y ordenar los momentos / hasta encontrarme aquí, justo aquí". En nuestras vidas insignificantes, poco especiales, esto serviría a cualquiera. Para mí, Shinova nos anima a asumir lo que venga, entendiendo sus causas y consecuencias, a superar miedos e intentar encontrarnos a nosotros mismos, a pesar de todo. Es un buen propósito de año nuevo, ¿no creéis?


Concierto de Shinova, Movistar Arena (Madrid), 
27 de diciembre de 2025

domingo, 28 de diciembre de 2025

LOS COLORES DE LO COTIDIANO


Una ciudad tiene muchos colores, muchas tonalidades, realmente es como un caleidoscopio, un crisol de luces y brillos diferentes. Por ello, existen muchas maneras de observar el paisaje urbano, de mirar el entorno, de contemplar las formas de la ciudad, de descubrir sus detalles y matices. Y es que uno puede encontrar secretos cotidianos prestando un poco de atención a lo que tiene a su alrededor, a los colores que están por todos lados, que lo impregnan todo.

Eso es lo que hicimos mi compañera y yo este fin de semana en Madrid. Nos propusimos un reto. Es una forma de hablar porque, en realidad, fue ella quien me lo propuso a mí. El caso es que  acordamos que cada uno debía tomar nueve fotografías en las que predominase un solo color para, después, componer un collage con ellas. Se trataba, en definitiva, de una forma diferente de explorar una ciudad que conocemos, de acercarnos a ella de otra manera. El primer día, los colores elegidos fueron azul y rojo; el segundo, verde y amarillo; y el tercero (el día de regreso), naranja y morado.

Una vez decididos los colores, la obsesión inicial nos llevó a hacer fotos a todo lo que contuviese dichos tonos, a cualquier objeto que encontrábamos, por insignificante que fuese: una bolsa de basura tirada con desgana en la acera, la barandilla sucia del metro, el rótulo oxidado de una tienda. Pero, a medida que pasaban las horas, que hacíamos más y más instantáneas con los teléfonos móviles, nuestros ojos se volvieron más selectivos, más agudos, y comenzaron a fijarse en elementos urbanos que encierran gran belleza, aunque pasen desapercibidos en la frenética y apabullante cotidianeidad.

El rojo se escondía en el logotipo del restaurante donde comimos un menú del día y en los cochecitos de hojalata expuestos en el escaparate de una juguetería próxima. También en una coqueta panadería y en la fachada del Teatro Albéniz, en pleno barrio de La Latina. El rojo lo inunda todo y más en la Navidad. El azul apareció de improviso en las sillas metálicas de un bar de la Calle de Cádiz, en las fundas protectoras para  móviles que se vendían en una tienda cerca de la Puerta del Sol y en las estanterías de la Librería Lasai. Por supuesto, también en el famoso cielo de Madrid, presidido aquella tarde por la luna creciente de final de año. Aquí están los resultados:


Algo más difíciles de cazar fueron los colores del segundo día: amarillo y verde. Más aún cuando, en pleno diciembre, muchos árboles ya no lucen el colorido de otras estaciones. Pero estos colores se encuentran también en lugares dispares y aquí está lo que conseguimos fotografiar: las frutas y las verduras de una tienda de barrio, los portales de los edificios de la Calle Alcalá, algunas estaciones de metro decoradas con llamativos tonos o las hojas de los arboles que, a pesar del invierno y del frío, se resisten a caer. Incluso en un cuadro erótico colgado en los muros de un restaurante encontramos el verde o en la lámpara que alumbraba el local descubrimos el amarillo. Sólo es cuestión de observar, de dejar al lado la indiferencia, la apatía. Sólo era cuestión de mirar alrededor.


Y el último día el reto se complicó un poco más. En realidad, nunca fue del todo complicado. Los colores, naranja y morado, no son tan frecuentes y resultan escurridizos de encontrar. Además, era el día de regreso a casa, así que la cacería debía hacerse en poco tiempo. ¿Qué probabilidades hay de que un coche morado te adelante en mitad de la autovía? ¿Y de encontrar unos buzones naranjas en el edificio junto a nuestro hotel? Casualidades que hacen la vida más entretenida si uno presta algo de atención. Incluso en el pequeño pueblo de Medinaceli, donde hicimos un alto en nuestro camino, uno puede encontrar el morado y el naranja si afina la vista: en la señal que indica el famoso arco romano, en un tobogán para niños, en las flores que adornan una fachada, en los muros de una casita.


He aquí una lección que he aprendido estos días. Uno puede pasar por los lugares con apatía y desinterés, puede caminar por una calle larga sin mirar alrededor, sin que nada ni nadie le diga nada y no le ocurrirá nada. Pero también puede uno dar un largo paseo por el centro de una gran capital, deteniéndose cada pocos pasos para contemplar el espectáculo cotidiano que exhibe la ciudad en cada instante, en cada rincón, en cada esquina y disfrutar de esa belleza cotidiana, sutil y aguda. Es ahí, en las pequeñas cosas, en los detalles más insignificantes, en lo cotidiano, donde uno puede encontrarle sentido a todo.






*La idea del reto es de Lita, igual que las mejores fotos y los mejores collages. ¡Gracias!

sábado, 6 de diciembre de 2025

EL PEZ DE LA CALLE DEL PEZ


¿Por qué la calle se llama Calle del Pez? Ésta fue la pregunta que nos surgió mientras comíamos en una conocida hamburguesería en el centro de Madrid. Una de esas dudas ridículas que aparecen de manera inesperada en mitad de una conversación sobre otros temas más trascendentales. Estábamos sentados en una mesa junto a la cristalera del establecimiento en la Calle del Pez. Aquella callejuela cercana a la Gran Vía y a la Plaza de España conserva, sin embargo, cierto encanto castizo propio de Malasaña, bien condimentado, eso sí, con modas alternativas, vestimentas hipsters y bicicletas.

Buscamos en internet y acabamos consultando a Chat GPT, que, últimamente, se ha convertido en el amigo sabelotodo, el amigo que nunca se equivoca (o eso pensamos ingenuamente). Por supuesto, nos dio no una sino dos respuestas. La primera correspondía a la realidad histórica: en aquella calle había, en el siglo XVII, una casa solariega que tenía un pez tallado en su fachada. Era el emblema de los Vargas, una familia adinerada que tuvo allí su residencia. La segunda era una leyenda, una historia entrañable de esas que son difíciles de olvidar.

En esa calle, nos dijo la Inteligencia Artificial, existía una fuente pública donde, de manera inexplicable, habitaba un único pez que resistía a todo tipo de infortunios: el frío del invierno, el calor del verano y las perrerías de los vecinos que lo molestaban o lo intentaban pescar. Incluso llegaron a sacarlo del agua en una ocasión, pero al día siguiente volvió a aparecer en la fuente como si nada hubiese sucedido. El pez se convirtió en un símbolo de resistencia, de fortaleza frente a los contratiempos. La fuente fue conocida como la del pez que nunca muere y, al final, en su honor, aquella estrecha calle acabó convirtiéndose en la Calle del Pez.

Nos quedamos pensando en el animalillo débil, pero resistente, mientras mirábamos el exterior desde la cristalera. Centenares de viandantes con vestimentas variopintas caminaban de un lado al otro, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor. Era aquel un día soleado de noviembre, pero terriblemente gélido, aunque el frío no privaba a la capital del barullo que siempre inunda sus calles. Decidimos que, cuando terminásemos de comer, buscaríamos el relieve del pez esculpido en la piedra, pues, según la información que encontramos, aún se conservaba en la fachada del edificio que ocupa el lugar de la antigua casona de los Vargas.

Salimos de la hamburguesería un rato después y subimos por la Calle del Pez ávidos de encontrar el famoso relieve. Las aceras se estrechaban tanto en algunos tramos que caminábamos mi amiga y yo uno detrás del otro. El espacio lo ocupaban los coches, las motos y algunas bicicletas. A un lado de la calle, arbolillos escuálidos parecían resistir, como el pececillo, los infortunios de su existencia en la gran ciudad. Al otro, un edificio destartalado había sido adornado con botellas de plástico pintadas con distintos colores y pantalones viejos colgados de los balcones. Enfrente, había una tienda de cuadros artesanales en los bajos de un edificio rehabilitado. Supongo que el precio de esos apartamentos estaría por las nubes. Un poco más allá, encontramos un popular restaurante de tortillas de patata; la clientela hacía cola pacientemente para conseguir un hueco y taponaba la estrecha acera. Muchas cosas y todas bizarras en la Calle del Pez, pero, del relieve del pescadito, ni rastro. No había forma de encontrarlo. 

Dimos unos pasos más hacia arriba, un poco desanimados ante nuestra búsqueda infructuosa. No había forma de localizar el pez y nuestro amigo, el Chat GPT, se manifestaba incapaz de chivarnos el lugar exacto en el que se encontraba. Mirábamos una y otra vez hacia arriba, hacia la parte alta de los bloques de pisos, buscábamos en Internet y reformulábamos la pregunta a la Inteligencia Artificial confiando en que, al modificar las palabras, el algoritmo fuese capaz de encontrar una respuesta, pero nada. Sólo al final, cuando ya estábamos a punto de darnos la vuelta, de desistir, divisamos nuestro pececillo en el esquinazo de un edificio. Allí estaba, en efecto, pequeña e insignificante, la silueta del pez que resistía a todo o el recuerdo de la familia Vargas que da nombre a la calle. Cada uno, lo que prefiera.

Le hicimos unas fotos al relieve amarillento de la fachada, la foto era la prueba de nuestra pesca, de nuestro hallazgo. Una de ellas ilustra está entrada. Luego nos marchamos apresuradamente porque se acercaba la hora del grandioso espectáculo para el que teníamos entradas aquella tarde. De camino al teatro, recordé durante algunos segundos uno de los versos de la canción de Sabina que habla de Madrid: "Donde el mar no se puede concebir". Y pensé en el pez de la Calle del Pez, que vivía tan lejos del mar, en aquella fuentecilla, una vida de penurias, pero resistía a todo. El pez logró lo imposible, logró lo que nadie pensaba que lograría, algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo: vivir. Y aquel empeño, lo consiguió con creces porque lo hizo inmortal. Y es que, si lo pensamos bien, aún hoy vive el pez en aquella calle del centro de Madrid. 

El pez de la Calle del Pez 

lunes, 17 de noviembre de 2025

¿CELEBRAR 50 AÑOS DE LIBERTAD?


Durante todo el año 2025, el gobierno de España ha organizado diversos actos para conmemorar el cincuenta aniversario de la muerte de Franco. Los eventos se enmarcan dentro del programa "España: 50 años en libertad" y se han intensificado en las últimas semanas, culminando el 20 de noviembre, fecha de la muerte del dictador. No se descarta, sin embargo, que se prolonguen en los meses siguientes. A propósito de estos acontecimientos, quería compartir algunas reflexiones.

Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975, después de semanas de agonía, en la ciudad hospitalaria "La Paz", en Madrid. En aquel momento, el Estado franquista se encontraba sumido en una profunda crisis debido a numerosos factores, pero continuaba funcionando. El sistema represivo seguía siendo eficaz y los pilares del régimen estaban intactos: el ejército, la Iglesia, el partido único, etc. Los partidos, sindicatos y asociaciones de la oposición (el antifranquismo) no tenían la fuerza suficiente para propiciar la caída de la dictadura. No habían tenido esa capacidad nunca y en noviembre de 1975 todo seguía igual.

Por ello, no tiene ningún sentido celebrar la democracia en España en torno a la fecha de la muerte de un dictador que, sin embargo, murió en la cama y fue enterrado con honores en un mausoleo. Nunca temió ser derrocado ni expulsado de España. El antifranquismo nunca tuvo fuerza para amenazar la dictadura. No hubo una revolución democrática ni un alzamiento que terminase con el régimen, como sí ocurrió, por ejemplo, en Portugal con la Revolución de los Claveles en abril de 1974. En noviembre de 1975, la dictadura en España permanecía íntegra, aún después de la muerte del dictador. ¿Qué estamos conmemorando, entonces?

A pesar de todo lo dicho, en aquellos momentos, la crisis del régimen era profunda, entre otras razones, por el declive biológico y la desaparición del propio dictador. El franquismo era una dictadura personalista así que era difícil que sobreviviese a la muerte de Franco. Las tensiones internas dentro del franquismo habían aumentado también en los años anteriores: mayor movilización social, creciente oposición en algunos ámbitos (como la Universidad) y mayor actividad terrorista de grupos como ETA y GRAPO. La oposición se había comenzado a reorganizar tímidamente en torno a dos partidos, el PCE y el PSOE, que, no obstante, carecían de fuerza para desestabilizar la dictadura. 

Por otro lado, cada vez más sectores reclamaban la apertura del régimen, su liberalización en mayor o menor grado. Los aperturistas (democristianos, conservadores y liberales tradicionales) estaban tomando posiciones para, llegado el momento, jugar sus cartas. Tan sólo los inmovilistas, "el Bunker", apostaban por el mantenimiento de la dictadura sin ningún cambio. Esto se antojaba imposible a todas luces porque la sociedad española de los años 70 era una sociedad moderna y abierta al exterior, más liberal en sus costumbres, en su estilo de vida y en sus principios y valores. Los españoles se habían modernizado y europeizado; querían democracia y la dictadura suponía un corsé de otro tiempo que había que eliminar.

Además, el contexto internacional era proclive al establecimiento de democracias, como había ocurrido en Portugal y en Grecia en 1974. España era la última dictadura de Europa Occidental. La Tercera Ola Democratizadora, que afectaría después a Latinoamérica y los países comunistas, sería imparable. La pérdida del Sáhara Occidental ante Marruecos después de la "Marcha Verde", unas semanas antes de la muerte de Franco, fue otro síntoma de la descomposición progresiva del régimen y la crisis económica derivada de la subida de los precios del petróleo desde 1973 añadía incertidumbre a una situación ya de por sí delicada.

Aún con todo esto, el 20 de noviembre de 1975, la dictadura de Franco seguía en pie y es probable que hubiese resistido un tiempo si el nuevo jefe de Estado, el rey Juan Carlos, lo hubiese deseado aún a riesgo de jugarse a la postre la corona y la cabeza. Y es que el ejército, baluarte de la dictadura, había sido leal a Franco hasta el final y lo era también al nuevo rey. La mayor parte de los militares recelaban de cualquier democratización. Por eso, creo que no hay nada que celebrar en el medio siglo de la muerte del dictador. Su muerte fue simplemente una ventana de oportunidad para iniciar la Transición a la democracia, el principio del fin de la dictadura, pero sólo el principio del fin. Nadie podía prever el futuro y las cosas en la Transición podían haber salido de otra manera. Muchos, en aquellos momentos de incertidumbre hace 50 años, temían una nueva guerra civil que sumiese a España en el caos y la anarquía.

Hay, sin duda, otras fechas que tienen un mayor simbolismo para celebrar la democracia. Pienso, por ejemplo, en las elecciones generales del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas desde 1936; o la aprobación de la Constitución por el pueblo español en referéndum el 6 de diciembre de 1978. Aquella Constitución sí enterró definitivamente el franquismo y estableció una democracia parlamentaria homologable al resto de países de Europa Occidental. Y es que, de hecho, la Transición está llena de otros hitos que merecen ser recordados y celebrados: la legalización del Partido Comunista de España (PCE) el 9 de abril de 1977 (el "Sábado Santo rojo"), la firma de los Pactos de la Moncloa, símbolo del consenso entre los partidos, el 25 de octubre de 1977; el intento fallido de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981 (23-F) o, incluso, el restablecimiento del gobierno autonómico de Cataluña el 29 de septiembre de 1977.

Cualquiera de estas fechas tiene mayor calado democrático que la muerte del dictador. Cabe preguntarnos, entonces, qué intereses políticos tiene el gobierno de España para conmemorar ésta y no otras fechas. Desde luego, aquello de "España: 50 en libertad" es una falacia, porque, hace medio siglo, España no gozaba de libertad. Empezaría a disfrutar de ella un tiempo después (¿desde 1977 o 1978?) como resultado de una difícil Transición, llena de peligros y tensiones, pero caracterizada por la férrea voluntad de unos y otros de construir una auténtica democracia. Quizá sea esto, y no los muerte del tirano, lo que merezca la pena ser recordado y celebrado.



viernes, 31 de octubre de 2025

LA RUTA DE LA SORIA CRIMINAL

RUTA POR LA CRÓNICA NEGRA DE SORIA. FESTIVAL DE LAS ÁNIMAS (OCTUBRE DE 2025)


La Alameda de Cervantes nos ofrece un paisaje multicolor a finales de octubre. Las hojas anaranjadas, rojizas y amarillas inundan el suelo y las copas de los árboles cada vez más desnudas, y el ambiente es húmedo, frío, pero acogedor. Anochece pronto así que la ruta sobre los crímenes más célebres cometidos en Soria comienza a las cinco de la tarde. Bien lo recordaré siempre, porque, días antes, perdimos la oportunidad al presentarnos media hora después, creyendo equivocadamente que la hora de inicio era otra.

Javi, uno de los guías oficiales de la ciudad, nos espera en el atrio de la ermita de la Virgen de la Soledad. Allí, la tradición dice que la cofradía de la Vera Cruz enterraba a los malhechores ajusticiados. Al parecer, las ejecuciones se realizaban en el Campo de la Verdad y, de noche, alumbrados con antorchas, los cuerpos eran traídos hasta aquí en un cortejo fúnebre solitario y vergonzoso. Aquí dicen que está enterrada la bella reina de Tardajos, quien, junto a su amante, planeó y llevó a cabo el asesinato de su esposo a mediados del siglo XIX.

Un rato después, junto a la maqueta de Soria, descubrimos otros casos inquietantes. Uno de ellos es la leyenda de la cueva junto al Duero en la que, en el siglo XVIII, murió Juan Zampoña en extrañas circunstancias. Las ruinas románticas de San Nicolás también guardan un secreto: las pinturas del asesinato de Thomas Becket en la Inglaterra del siglo XII. ¿Qué hace representado en Soria un episodio de la historia de Inglaterra? Leonor de Plantagenet, esposa de Alfonso VIII, debe tener mucho que ver con ello.

"Si a Soria vas, en Soria morirás" nos contó nuestro guía que le dijo una hechicera a don Garcilaso, uno de los hombres de confianza del rey Alfonso XI de Castilla. Pero dio igual, porque su señor lo mandó a la capital del alto Duero para reclutar tropas y enfrentarse a don Juan Manuel. Los sorianos, tozudos defensores de sus fueros y privilegios, se negaron creyendo que Garcilaso quería convertirse en señor de la ciudad. Y ante la insistencia del oficial real, le acabaron dando muerte en el convento de San Francisco. Corría el año 1325.

Subimos por la calle Puertas de Pro, la vía extramuros que unía las principales puertas monumentales de la muralla medieval. El sol se escondía sin remedio y empezaba a soplar el viento. El ambiente agradable de antes se volvía más y más frío recordándonos que el invierno estaba por venir. La ruta nos llevó hasta la imponente iglesia de Santo Domingo y, después, hasta el palacio de la familia Marichalar, en la calle Aduana Vieja. Los faroles se encendieron poco a poco a nuestro paso porque la noche avanzaba, y con ella la oscuridad.

Allí, nuestro guía relató otro episodio de la crónica negra de Soria: el asesinato de Hernán Martín de San Clemente, fiel de la ciudad, y su hijo Alonso. Todo ocurrió la fría noche del 9 de enero de 1459 por orden del alcaide de la fortaleza, Juan de Luna, quién quería subir los impuestos a los sorianos. El fiel, defensor de los privilegios recogidos en el fuero, se negó en rotundo y el vil alcaide se vengó de una forma cruel e inhumana. Aún hoy se recuerda la muerte violenta de los fieles en la misa de difuntos, cada uno de noviembre, en la iglesia de Santo Domingo.

En la Plaza Mayor aguardaba el árbol con la cinta azul de Beatriz que Alonso fue a recoger al Monte de las Ánimas según la leyenda de Bécquer. Es uno de los símbolos del Festival de Ánimas que se celebra estos días en Soria, un festival basado en la Literatura que comenzó hace unos cuarenta años como una actividad didáctica de la Escuela de Adultos y se ha convertido, gracias al empeño y la dedicación de muchos, en unos de los acontecimientos culturales más importantes que se celebran cada año en la ciudad. El turismo de las Ánimas deja un beneficio de unos dos millones de euros en Soria cada octubre.

Nuestro guía nos explica que la última ejecución en Soria se realizó en febrero de 1955 en el actual Palacio de la Audiencia. El reo fue el autor del crimen de Ribarroya, culpable de violar y asesinar a una niña de trece años. Fue ajusticiado a garrote vil por el verdugo titular de Madrid, Antonio López Sierra, "el Corujo". Estábamos junto a la iglesia de La Mayor, donde Machado y Leonor contrajeron matrimonio, y recordamos entonces la Leyenda de Alvargonzález, uno de los poemas más hermosos del poeta sevillanos. Y recordamos también, su certera moraleja: para ganar, hay que estar dispuesto a perder.

La ruta terminó junto al antiguo convento de Santa Clara. Aquel soberbio edificio del siglo XVI ha sido iglesia, cuartel, prisión y, ahora, el Ayuntamiento lo ha convertido en un flamante centro cultural. Sus paredes guardan también historias de dolor, como las de los 3.000 prisioneros que permanecieron largo tiempo allí durante la Guerra Civil española. Javi nos cuenta también la historia del niño patriota que, durante la Guerra de Independencia, asesinó a un soldado francés, en un acto de rabia y valentía a partes iguales, asumiendo su terrible castigo.

Ya era noche cerrada. La luna lucía su halo blanquecino que anunciaba frío y lluvia, aunque el cielo estaba en aquellos momentos despejado. Allí, en el parque de Santa Clara nos despedimos. La ruta por la Crónica Negra de la ciudad nos dio una lección: la historia de Soria también oculta crímenes, asesinatos, odio y venganza. Me acordé entonces de los versos que Machado dedicó a los sorianos a comienzos del siglo XX: "Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, capaz de insanos vicios y crímenes bestiales".


Hasta la fabulosa portada de Santo Domingo esconde crímenes.

domingo, 12 de octubre de 2025

AQUEL DOCE DE OCTUBRE...

CRÓNICA DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA



Playa de la isla de San Salvador (Bahamas) donde se cree que arribó la expedición de Colón en 1492. La cruz conmemora aquel momento.


En la madrugada del once al doce de octubre de 1492, cuando las tripulaciones de los tres navíos dormían, el joven vigía de La Pinta, Rodrigo de Triana, gritó lo más alto que sus cuerdas vocales le permitieron: "¡Tierra, Tierra a la vista!". Eran las palabras que todos los marineros esperaban desde hacía semanas y que algunos pensaban que nunca oirían. En medio del océano en calma, las voces se oyeron en las tres naves y  todos subieron apresuradamente a cubierta para comprobar tan alegre noticia. Entre ellos se encontraba el flamante almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. En el horizonte se intuían unas sombras que no podían ser otra cosa que las costas de la India.

Parecía que los planes de Colón se estaban cumpliendo. La expedición había partido de Palos de la Frontera, en Huelva, el tres de agosto, festividad de la Virgen de la Rábida. Entonces, habían pasado más de cuatro meses desde que, en abril, en la ciudad granadina de Santa Fe, los reyes de Castilla, Isabel y Fernando, se habían decidido a sufragar y apoyar el proyecto del marino genovés. Los preparativos de la expedición fueron difíciles pues nadie en Castilla estaba tan loco para embarcarse en un viaje cuyo destino era incierto. Con la ayuda inestimable de los hermanos Pinzón, Colón pudo reclutar a un cien hombres que formaron la tripulación de tres navíos: dos carabelas, La Pinta y La Niña y una nao, la Santa María.

Aquel día de agosto de 1492, los tres navíos pusieron rumbo a las Islas Canarias donde se abastecieron. El seis de septiembre partieron de la Gomera rumbo al oeste. Sólo el Mar Tenebroso o la Mar Océana se extendía ante sus ojos.

Los planes de Colón son ahora bien conocidos. Pretendía llegar a la India navegando hacia el oeste dado que ya entonces nadie eran tan estúpido para cuestionar la esfericidad de la Tierra. El objetivo era hallar una ruta alternativa a la que estaban abriendo los navegantes portugueses navegando por la costa de África y que se encontraban a punto de completar. Pero que Colón sabía más de lo que contaba y no todo lo que decía se ajustaba a la realidad es algo de lo que, también hoy, nadie duda. Así lo pone de manifiesto el hecho de que el almirante llevase dos cuadernos de bitácora diferentes. En uno anotaba menos leguas de las que se recorrían diariamente, para enseñarlas a los capitanes de las naves y a la tripulación; en otra, secreta, anotaba las distancias verdaderas.

Tampoco hoy nadie discute que los cálculos de Colón sobre la distancia desde la Península Ibérica a las Indias eran erróneos. La distancia era enormemente mayor que la que el genovés había estimado. Los días pasaban y la expedición no daba frutos. No se divisaba tierra firme, Europa cada vez quedaba más atrás y los víveres empezaban a agotarse. Nadie había previsto una travesía tan larga.

Los alimentos acabaron gastándose completamente e incluso aquellos que se había podrido acabaron comiéndose. Los perros que había servido de compañía fueron sacrificados y su carne repartida e incluso las ratas eran consideradas un gran manjar en aquellos barcos que navegaban sin rumbo fijo. Los marineros empezaron a tener hambre y a temer por su suerte. Colón trataba de mantener la calma y proporcionaba informaciones no del todo ciertas a la tripulación para que "si el viaje fuera luengo no se espantase ni desmayase nadie". El almirante temía, entre otras cosas, un motín de los marineros.

La sublevación se produjo, finalmente, en la noche del nueve al diez de octubre cuando las protestas estallaron en los navíos como consecuencia de la desesperación. Todos temían que aquel viaje fuese su final. Los rebeldes amenazaron con tirar a Colón por la borda pero el almirante consiguió calmar los ánimos prometiéndoles que sin en tres días no hallaban tierra, regresarían a la Península.

Y fue en ese breve plazo cuando la fortuna les sonrió. Las naves llegaron a una pequeña isla en medio del océano. Colón la bautizó como San Salvador, y en verdad, el nombre era muy conveniente. Se trataba de la isla que hoy se llama Watling y pertenece al archipiélago de las Bahamas. Los indígenas la llamaban Guanahani. El tiempo entre el avistamiento y la llegada de los navíos debió de ser de incertidumbre y esperanza. Colón veía colmadas sus ambiciones y cumplidos sus planes; los marineros veían como, por esa vez, habían esquivado a la muerte.

Al mediodía del doce de octubre de 1492 desembarcaron por fin en la isla y Cristóbal Colón tomó posesión de aquellas tierras en nombre de los reyes de Castilla. A los rudos castellanos que formaban la tripulación les pareció que había arribado al mismísimo paraíso. Una tierra con frondosa vegetación, con playas de arena blanca y aguas cristalinas. "La belleza de estas islas supera a cualquier otra tanto como el día supera a la noche en esplendor" escribió Colón en su cuaderno de bitácora.

Pero aquella isla no estaba deshabitada. Pronto salieron a su encuentro gentes menudas, con la tez de color canela y semidesnudos. Aquellos indígenas, que Colón supuso que eran indios, se mostraron al principio curiosos y confiados. Los castellanos les dieron baratijas a cambio de perlas y animales exóticos. Incluso algún jefe indígena entregó a su hija a los marinero como esposa en señal de amistad. Y es que Colón estaba convencido de que aquellas islas estaban muy próximas al continente asiático.

La expedición no terminó ahí, en los días siguientes, las naves arribaron a otras islas y el veintiocho de octubre descubrieron la actual Cuba. Colón identificó aquellas tierras como Catay, es decir, China, y supuso que Cipango (Japón) no se encontraría muy lejos. Pero aquellas tierras tan hermosas como exóticas les deparaban numerosos peligros: no todos los indígenas eran tan amigables, había animales y plantas desconocidos y venenosos y las tormentas y los temporales eran más feroces que los que ellos habían visto en Europa. Además, no encontraron las riquezas que esperaban. No había oro y apenas plata.

Días más tarde descubrieron otra isla a la que bautizaron como "La Española". En aquellas peripecias, la nao Santa María encalló en unos arrecifes de coral y tuvo que ser evacuada y desguazada. Con los restos, los castellanos fundaron el primer asentamiento europeo en aquellas tierras, el fuerte de la Navidad. Era veinticinco de diciembre de 1492. En aquel lugar, tuvo lugar el primer enfrentamiento armado entre españoles y nativos.

El dieciséis de enero de 1493, más de cinco meses después de su salida de la Península, las ganas de volver a casa pudieron con las ansias de seguir explorando aquellas tierras. La Pinta y La Niña volvieron a Castilla mientras Colón enviaba una misiva a los reyes en la que les invitaba a celebrarse con "alegría y grandes fiestas" la hazaña. Se había descubierto una nueva ruta a las Indias.

En realidad, Colón nunca supo (o al menos sólo sospechó) que aquellas tierras estaban muy lejos de las Indias. Nadie sabía entonces que las islas que salvaron a los hombres del almirante de una muerte segura pertenecían a un nuevo continente que, con el tiempo, se denominaría América. Una inmensa tierra por explorar, descubrir y conquistar se cruzó en el destino de Castilla e iba a cambiar los destinos de la Humanidad para siempre. Pero entonces, en el umbral del siglo XVI, nadie en Europa podía imaginar que Colón había descubierto un Nuevo Mundo. Aquello, tanto para los europeos como para los indígenas americanos, fue, desde luego, un descubrimiento. Se descubrieron los unos a los otros. Fue el contacto entre dos mundos que habían permanecido aislados durante milenios. 

El contacto entre dos mundos. Doce de octubre de 1492.





*La primera versión de esta entrada fue publicada el 12 de octubre de 2014.

jueves, 28 de agosto de 2025

TRATADO SOBRE TU MIRADA


Tu mirada cuenta tu historia, te delata, descubre tus sentimientos, destapa tus emociones, es una ventana a tu interior. Tus ojos son más sinceros que tus palabras, más honestos, más íntegros. He visto en ellos alegría, júbilo, candor. Y también he visto terror, cansancio y tristeza.

Una mirada puede decidir un instante, iniciar una historia o ser su desenlace. He visto miradas que pedían auxilio y otras que pedían perdón. He visto miradas de amor, de rencor y de nostalgia. He visto miradas huidizas, miradas vergonzosas, miradas inocentes. Todas ellas cuentan algo, descubren a quien está detrás.

Fíjate en su brillo, en su movimiento. Sin hablar, cuentan una historia. Gustave Courbet, en su autorretrato desesperado (siglo XIX), se mostró impaciente, turbado. El centro del cuadro son sus ojos negros, claros, abiertos a su interior. Casi podemos ver su alma, sus sentimientos más profundos, aquello que le quitaba el sueño, que le hacía sufrir. Se ve el desasosiego, la preocupación.

Y es que, en ocasiones, los ojos son tus cómplices, pero otras te traicionan. A veces muestran amor cuando quieres ocultarlo. Otras revelan tu vergüenza mientras finges orgullo. Es difícil que tus ojos mientan, son una ventana a tu alma, a tus pasiones más ocultas. Sólo ocultándolos frenarás su sinceridad, pero es difícil lograrlo por mucho tiempo, al final siempre se muestran.

He visto también miradas perdidas, miradas vacías. He visto ojos que descubren un ser ausente, apagado, triste. También hay miradas llenas de cansancio, de hartazgo, de indiferencia. Hay miradas que exhiben sin pudor la desesperación de quien no se encuentra, de quien vive en un caos interior, aunque se afane en negarlo. Son ojos que no son, que no están, que han desaparecido.


También hay miradas sensuales, atractivas, que cautivan a quien las contempla, como ésta de la condesa de Vilches retratada por Federico de Madrazo (s. XIX). Sus ojos serenos te atrapan, te besan, te seducen. Hay miradas que no saben apagar el fuego, que destapan impulsos, sentimientos y pasiones; miradas que envuelven y encantan. Son un canto de sirena, una luz en el horizonte, una llama en la oscuridad. 

Y la locura también emerge en una mirada. Tus ojos no pueden ocultar, por mucho que te empeñes, la angustia, la desesperanza, el enojo, la insensatez, la enajenación. Mira los de Iván "el Terrible" justo en el momento en el que se da cuenta de que, en un ataque de ira, acaba de matar a su hijo y heredero al trono (Repin, s. XIX). Es imposible escapar a su honestidad, a su fulgor centelleante fuera de su órbita que evidencia terror, culpa, destrucción interna. Cuando algo va mal, tus ojos piden socorro, son la alarma, la señal del hundimiento.


Qué bello es reconocer a alguien por su mirada. Una mirada propia, independiente, personal, de uno mismo. "Los ojos no saben mentir y me hablan de ti cantándome al oído" repite una y otra vez una canción de un grupo de música de éxito. Mira la última lágrima de Lucifer (Cabanel, s. XIX) después de enfrentarse a Dios y ser expulsado del paraíso. Son sus ojos los que revelan todo, la maldad, el rencor, el desdén. Los ojos dicen cosas que tú te empeñas en ocultar. Qué emocionante es destapar sentimientos a través de tu mirada. Los ojos son bellos porque cuentan una historia sin decir una palabra.