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domingo, 12 de enero de 2020

EL CASO DREYFUS Y LA DECADENCIA DE LAS NACIONES LATINAS

 

 Degradación del Capitán Dreyfus

El llamado Caso Dreyfus es uno de esos pequeños detalles de la Historia, intrincados detalles, más bien, que resulta difícil comprender si uno no tiene la ferrea voluntad de desenmarañarlos. Y no vale sólo con leer el artículo de la Wikipedia sino que requiere un estudio mucho más detallado. Sin embargo, ésta es una de esas anécdotas que, al entenderlas, ilumina todo un periodo histórico en un país. Y más, en un continente.

Dreyfus era un capitán del ejército francés de origen judío que, en 1894, fue acusado de espionaje y condenado al destierro en una cárcel de la Guayana Francesa. Posteriormente se descubrió toda una red de corrupción en el ejército francés. Altos mandos habían acusado a Dreyfus con pruebas falsas y se negaron a reabrir el caso cuando se destapó que el espía alemán era otro militar, el comandante Ferdinand Esterhazy. El caso sacudió los cimientos del Ejército francés y de la Tercera República y agitó a la opinión pública francesa como en pocas ocasiones había sucedido.

El escándalo evidenció la corrupción de los altos mandos militares franceses y del gobierno republicano y sacó a la luz el antisemitismo imperante en una sociedad que se creía moderna, libre y avanzada. El escritor Émile Zola, en una carta abierta titulada "J'accuse" ["Yo acuso"], que a la sazón sería una de las más famosas misivas de la Historia, se lamentaba de la degradación moral de Francia y la hipocresía de una nación que se creía libre: 

"Es un crimen aprovechar el patriotismo para actos de odio y, por último, es un crimen hacer del espadón el dios de la modernidad, mientras toda la ciencia humana se empeña por el avance de la verdad y la justicia. Esta verdad, esta justicia que tanto hemos ansiado ¡ qué angustia verlas así abofeteadas, despreciadas, oscurecidas! (...)".

Este sentimiento de decadencia política, fracaso y degradación moral era compartido por numerososo intelectuales no sólo en Francia sino en otras naciones de la Europa suroccidental en la segunda mitad del siglo XIX. En Francia destacan Émile Zola y Victor Hugo; en España, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Azorín y Miguel de Unamuno. También en Italia y en Portugal se compartía este sentimiento de decadencia. Y es que muchos pensaron que las naciones latinas del sur de Europa, otrora pujantes potencias culturales y políticas, habían perdido el tren de la Historia en favor de las naciones germánicas y anglosajonas. 

Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos eran las grandes potencias económicas y políticas del momento mientras que Francia, Italia, España y Portugal habían perdido el esplendor de otros tiempos. Para argumentar esa opinión se basaban en los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX, entre los que se encontraba el escándalo Dreyfus que hemos comentado.

La Francia de la Tercera República era una gran potencia económica y disfrutaba de un sistema político democrático; empero, el sentimiento de humillación y fracaso latía con fuerza en el alma de la nación. La derrota de Sedán en 1870 supuso la desaparición del Segundo Imperio Francés y la proclamación, en el Palacio de Versalles, del Imperio Alemán. Los ejércitos de Bismarck sitiaron París donde estalló la Comuna y desencadenó una guerra civil de corta duración. La derrota supuso, además, la pérdida de Alsacia y Lorena, territorios franceses habitados por alemanas, que fueron incorporados al nuevo Imperio Alemán. Hasta 1918 no se olvidó la humillación en Francia.

El desarrollo económico de Francia no podía compararse al de Inglaterra y al de Alemania y en la carrera colonial, quedó en un segundo puesto. La rivalidad imperialista de Londres y París fue claramente favorable a los británicos. El conflicto de Faschoda, por el control de territorios en África, se saldó también con victoria inglesa y no terminó en un enfrentamiento bélico gracias a la mediación de Rusia. Inglaterra pretendía conseguir el territorio desde Egipto hasta Ciudad del Cabo mientras que Francia luchaba por controlar el Sáhara de Oeste a Este. El encuentro, inevitable, se produjo en el actual Sudán del Sur. Francia acabó renunciando a él.

La crisis moral de la República fue destapada por el caso Deyfrus. Una potencia democrática, cuna de las revoluciones liberales y defensora del lema "Libertad, Igualdad y Fraternidad" escondía profundas tensiones sociales y raciales. El odio a los judíos era patente y su denuncia pública por el escritor Zola escandalizó a la opinión pública. La decadencia moral se sumaba a la derrota militar y el fracaso colonial.

De igual forma, el nacimiento del reino de Italia supuso una convulsión en las conciencias de los católicos. Para hacer posible la unificiación italiana hubo que destruir el poder terrenal del Papa. Precisamente la derrota francesa en Sedán en 1870 llevó a Napoleón III a retirar las tropas que protegían los Estados Pontificios de la entrada de las tropas italianas de Victor Manuel II. Fue un paseo militar. Los italianos ocuparon Roma mientras el Papa Pío IX se declaraba cautivo en el Vaticano y pedía a todos los católicos del mundo no reconocer al nuevo Estado italiano.

Italia había estado dividida en múltiples principados, ducados y pequeños reinos durante siglos. La franja central de la Península Italiana estaba en poder del Papado. Ahora, el nuevo Estado unificado ponía en entredicho precisamente el poder temporal del Papa que quedaba confinado en la Basílica de San Pedro. Los católicos vieron en aquellos hechos la decadencia del pueblo italiano, capaz de destruir las posesiones de la Iglesia. Italia que había sido cuna del Imperio Romano, del Renacimiento y del Barroco, la nación más culta de Europa, actuaba entonces como los bárbaros, conquistando Roma, la ciudad santa del Catolicismo. El asunto del Papado no se solucionó hasta 1929.

El nuevo Estado nació, además, con graves desigualdades territoriales y llegó tarde al reparto colonial. El desastre de Adua en 1896 significó el fracaso de las pretensiones coloniales italianas. El ejército italiano, disciplinado y con armamento moderno, se enfrentó a las tropas etíopes, un ejército medieval. Y fue derrotado. En el Tratado de Addis Abeba, Italia reconoció la independencia de Abisinia y se retiró de la zona. La humillación no se superó hasta que Mussolini atacó de nuevo Abisinia en los años treinta.

En España el sentimiento de decadencia militar y política, lejos del esplendor de otros tiempos, marcó la política internacional del régimen político de la Restauración (1874 - 1931). De hecho, Cánovas planteó una política internacional de recogimiento y conservación de los territorios españoles consciente de la inferioridad del país con respeto a sus posibles competidores, Inglaterra y Estados Unidos. Cánovas fue asesinado en 1897 y un año después se producía el gran Desastre del 98. España, en una guerra desigual contra Estados Unidos, perdió toda las colonias que le quedaban en América y Asia: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y algunos archipiélagos en medio del Océano Pacífico.

Aunque las consecuencias económicas no tuvieron la importancia que se esperaba, las consecuencias psicológicas fueron terribles. Muchos pensaban que el país había tocado fondo. En el momento en el que todas las naciones europeas estaban creando sus imperios coloniales, España, que había creado el suyo mucho antes que otros, perdía sus últimos despojos. "Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid", esa fue la propuesta del intelectual Joaquín Costa ante el Desastre: la alfabetización de los españoles y el olvido del pasado imperial, mítico, que había terminado.

El impacto del Desastre del 98 en la cultura fue tan grande que incluso dio nombre a una generación de escritores: Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Baroja, Azorín, Machado, etc. Proponía la modernización del país siguiendo el modelo europeo para sacarlo del atraso económico y social. El impulso renovador del Regeneracionismo, llegó incluso a la política y marcó los gobiernos de las primeras décadas del siglo XX. Había que revivir a la "España sin pulso", como la había denominado Francisco Silvela, quien asumió el gobierno del país después del desastre. 

Hay quien propuso incluso la unión ibérica. Si Alemania e Italia habían conseguido la unificiación y esta se veía como ejemplo de modernidad política y progreso económico, ¿por qué no unificar España y Portugal? Algunos propusieron una especie de Zollverein ibérico, una unión económica entre las dos naciones de la península. Pero sólo fueron propuestas utópicas de intelectuales. Los pueblos portugués y español se daban la espalda, como desde hacía siglos...

Portugal no escapó tampoco al sentimiento de fracaso. Su pretensión de unir las colonias de Angola y Mozambique en el África meridional chocó con el proyecto inglés de unir Egipto y Ciudad del Cabo. La iniciativa portuguesa dio lugar al llamado "ultimatum británico" el 11 de enero de 1890. Londres exigía la retirada de las tropas portuguesas "aquella misma tarde". Desde Lisboa se transmitieron inmediatamente las instrucciones británicas al gobernador colonial de Mozambique lo que supuso una gran humillación. Inglaterra era la gran aliada de Portugal desde principios del siglo XVIII y ahora la había humillado de forma cruel.

Aunque en 1890 las relaciones entre Londres y Lisboa se restablecieron de nuevo, la humillación nunca se olvidó. Dicen que fue en aquellos momentos cuando comenzó la decadencia final de la Monarquía portuguesa. Años después, además, Portugal vio cómo un tratado secreto entre Inglaterra y Alemania pretendía la partición y el desmembramiento del imperio colonial portugués. Sólo la guerra anglo-boer lo impidió. El reino luso era un corderillo frente a los lobos alemán y británico. Sólo la casualidad impidió que perdiese su imperio.

Viendo todos estos acontecimientos, que ocurrieron en el mismo periodo, 1870 - 1910, podemos entender a los intelectuales franceses, españoles o portugueses que clamaron contra la decadencia de los latinos frente al poder germánico y anglosajón. El sentimiento, común pero con matices en los diferentes países, marcó la llamada crisis finisecular del siglo XIX y llevó, en el caso francés e italiano, al establecimiento de alianzas militares con otras potencias que culminarían en el estallido de la Primera Guerra Mundial.

 

miércoles, 1 de enero de 2020

"POR EL BIEN DE LA PATRIA Y DE LAS TROPAS"



 Rafael de Riego y los soldados liberales

Aquel pronunciamiento no fue preparado con meses de antelación ni fue fruto de una conspiración bien orquestada. Más bien fue el resultado de la desesperación, la miseria y la incertidumbre. A finales de 1819, alrededor de quince mil soldados se encontraban acantonados en Cádiz y Sevilla. Habían esperado durante meses su embarque en los buques que los llevaría a América pero el momento no llegaba. Se trataba de una de las mayores expediciones militares de la historia de España y tenía el objetivo claro de recuperar el control de los territorios americanos para el rey Fernando VII.

Sin embargo, la mayor parte de los soldados acantonados allí no sabían por qué iban a luchar, ni cuál era el objetivo, ni a qué enemigos se tenían que enfrentar. Sabían poco de lo que estaba pasando en América y las noticias que llegaban no eran buenas. Muchos eran veteranos de la Guerra de la Independencia (1808 - 1813) y estaban hartos de la lucha. Querían vivir en paz. Además, llevaban tiempo esperando, más de lo que la prudencia militar recomendaba, y la hora no llegaba. Pasaban frío y hambre. La falta de recursos financieros y operativos de la monarquía era evidente. No había medios para trasladar a aquellos hombres a las colonias americanas.

El general Rafael de Riego era uno de aquellos hombres. Había luchado en la Guerra de Independencia y había estado preso en Francia unos años. Defensor de los principios liberales de la Constitución de 1812, tras el regreso de Fernando VII en 1814 y la restauración de la Monarquía absoluta, se unió a una logia masónica y conspiró para restablecer el régimen liberal. En 1819 se encontraba al frente del Batallón de Asturias en Cabezas de San Juan (Sevilla), destinado a embarcar a América. El 1 de enero de 1820, cansado de la situación dio un pronunciamiento militar junto con otros correligionarios, todos ellos defensores de los principios liberales. El manifiesto, al parecer redactado por Alcalá Galiano, dejaba claro que miraba "por el bien de la Patria y de las tropas". 

Su objetivo era "impedir que (se) verifique el embarque proyectado y establecer en nuestra España un gobierno justo y benéfico que asegure la felicidad de los pueblos y de los soldados". Afirmaba que "entre tanto que en España reine la tiranía que ahora la oprime, no hay que esperar remedio a males tan enormes". Sólo podrían ser felices "bajo un gobierno moderado y paternal amparado por una Constitución que asegure los derechos de todos los ciudadanos". Terminaba con la tradicional proclama: "¡Viva la Constitución!".

Nadie sabe muy bien por qué triunfó el pronunciamiento de Riego pues no contaban con un sólido respaldo ni en el ejército ni entre la población. De hecho, en un principio, la sociedad andaluza mostró indiferencia a la iniciativa de Riego. Una parte de los sublevados, liderados por el general Quiroga, intentó tomar la ciudad de Cádiz pero quedó bloqueada en la Isla de León. Nada auguraba un destino fructuoso para el alzamiento. Otros muchos, como Lacy, Espoz y Mina, y Porlier habían intentado algo similar en los años anteriores y habían fracasado. Pero el caso es que aquellos soldados destinados a luchar contra la independencia de América nunca llegaron a embarcar.

Rafael de Riego, pertinaz en su propósito, inició un peregrinaje por toda Andalucía junto con 2.000 soldados liberales animando a la población a adherirse al pronunciamiento por la Constitución de 1812. "La Pepa" se había convertido en el gran mito de los liberales españoles, una especie de libro de recetas que pondría fin no sólo al Antiguo Régimen sino a todos los males de España. Aquellos soldados liberales confiaban en implantar un régimen liberal que restaurase los derechos y las libertades y mejorase la grave situación económica que sufría el país destruido por la guerra.

Los sublevados marcharon de Cádiz a Vejer de la Frontera y de ahí a Algeciras, Málaga y Antequera proclamando la Constitución. La población no mostró entusiasmo por el alzamiento y no ayudó a los liberales. El invierno azotaba Andalucía y el frío hacía mella en los soldados. Carecían de lo más básico y pasaron hambre en quellos meses, de enero a marzo de 1820, por las tierras andaluzas. Ante la actitud de la población, Riego tuvo que imponer contribuciones forzosas en las poblaciones donde el pronunciamiento "había triunfado". Se trataba de una especie de impuesto obligatorio para ayudar al mantenimiento del ejército liberal.

La penuria llegó a tal punto que en Vejer Riego tuvo que sustituir la contribución en metálico y alimentos por ¡doscientos pares de zapatos! Los desmoralizados soldados no tenían con qué cubrirse los pies e iban descalzos. En aquella situación se encontrabael ejército de Riego, que evitó por todos los medios enfrentarse a las tropas de Fernando VII. Muchos empezaron a convencerse del fracaso del alzamiento.

Pero entonces llegó la sorpresa. Algunas ciudades del resto de España se unieron inesperadamente al golpe de Estado: La Coruña, Ferrol, Vigo, Zaragoza y Barcelona. El conde de Labisbal, uno de los hombres de confianza de Fernando VII, que estaba dirigiendo en aquellos momentos al ejército que debía enfrentarse a los liberales, dio otra sorpresa y proclamó la Constitución de 1812 cuando sus tropas se encontraban acantonadas en Ocaña. Poco a poco, con más pena que gloria, a trompicones, la revolución liberal estaba triunfando.

Entre tanto, Fernando VII se encontraba en el Palacio Real de Madrid. Al conocer la noticia del pronunciamiento confió en su fracaso, como el de otros anteriores. Sin embargo, después de la sublevación de Labisbal, la situación se complicó. Intentó apaciguar a los liberales convocando Cortes según el estilo tradicional (con representación estamental) pero fue insuficiente. El pueblo de Madrid se arremolinaba en torno al palacio y en el interior cundió el pánico. Los más radicales acompañantes del rey, el infante Carlos María Isidro y el Duque del Infantando propusieron disparar a la multitud, lo que hubiese desatado una carnicería.

Fernando VII, siguiendo la misma tónica que durante el resto de su vida, dudó. Entonces, el general Ballesteros, jefe de la Guardia Real, se negó a disparar a la multitud y secundó la sublevación, y el rey otrora "Deseado" y ahora "Felón" se dio por vencido. No era momento de oponerse a los liberales que contaban con "tantos" apoyos y mucho menos, poner en riesgo su real vida. Algo, por otra parte, que el cobarde de Fernando VII nunca hizo.

Fernando VII, "el Deseado" o "el Felón", depende del momento

El 7 de marzo, Fernando VII afirmó que "siendo la voluntad general del pueblo, me he decidido a jurar la Constitución promulgada por las Cortes generales y extraordinarias en el año 1812". Como era tradición en todos los procesos revolucionarios españoles, se formó una Junta provisional que asumió el poder hasta la formación del primer gobierno liberal. El 9 de marzo, el rey juró la Constitución con una frase que a la postre resultaría irónica y terrible: "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional".

Así triunfó la revolución del general Riego que abrió una nueva etapa política en el reinado de Fernando VII, lo que la historiografía ha venido en llamar "Trienio Liberal" (1820 - 1823). El periodo, a pesar de su fracaso, fue uno de los más importantes intentos por empujar a España a la modernidad, realizando una notable labor legsilativa que desmontó el Antiguo Régimen en pocos meses.

Sin embargo, las amenazas eran numerosas. La primera, la ruptura de la unidad de los liberales, que se dividieron en dos grupos: los "doceañistas" que, con el recuerdo de la represión de Fernando VII en 1814, eran más moderados; y los "veinteañistas", liberales más jóvenes, sin memoria política, que aspiraban a acelerar las reformas. Reformas sí hubo, desde luego, - se reinstauró la Constitución de 1812, con sus derechos y libertades, se suprimió la Inquisición, se abolieron los señoríos jurisdiccionales, se liberalizó la economía, se creó la Milicia Nacional -,  pero para unos no eran suficientes y para otros fueron excesivas.

La situación económica no mejoró, más bien al contrario, lo que hizo que el régimen liberal perdiera el apoyo de las clases populares. La libertad económica encareció los productos de primera necesidad y el hambre se extendió por el país. La nobleza y el clero, sobre todo tras la aprobación de la ley "de monacales" que suprimía numerosos conventos, se pusieron definitivamente en contra del régimen liberal y a favor del retorno al absolutismo. 

América, además, se había independizado por completo y fue imposible retomar su control a pesar de que los liberales españoles creyeron, ingenuos, que la simple implantación de su régimen satisfacería las aspiraciones criollas. Al contrario, los bastiones absolutistas de México y Perú, que habían permanecido fieles a la Monarquía española, iniciaron sus procesos de independencia por oposición a los liberales.

Y por último, el rey. Había dicho que marchaba por la senda liberal "francamente" y él el primero pero ni lo uno ni lo otro. Asumió el régimen liberal por imposición y se convirtió en un auténtico lastre. Tumbaba todas las reformas liberales que podía gracias al derecho a veto que le reservaba la Constitución y conspiraba sin cesar contra el gobierno. Los absolutistas, que los había, eran muchos y entusiastas, conspiraron contra el régimen de 1820 e incluso llegaron a declarar que el rey estaba preso de los liberales. Una sublevación estalló en Urgell (Lérida) e instauró una regencia hasta "liberar" al rey de su cautiverio.

Por si fuera poco, la situación internacional no acompañaba. El pronunciamiento de Riego fue bien acogido por Inglaterra, que mostró enseguida sus simpatías hacia el régimen liberal. La Rusia zarista, sin embargo, mostró su preocupación porque los sucesos de España perjudicasen la tranquilidad en Europa; y Prusia y Austria compartían la misma opinión. La Francia de Luis XVIII no sólo acogió con escepticismo el régimen liberal de España sino que apoyó siempre a los absolutistas españoles, suministrándoles armas y ofreciéndoles protección. 

Al final el régimen liberal fue un auténtico desastre y entre todos lo deshauciaron. La puntilla vendría, paradógicamente, de la traidora Francia. En 1822 se reunió la Santa Alianza (es decir, las potencias absolutistas europeas más Francia e Inglaterra) en un Congreso en Verona. Uno de los puntos a tratar fue la intervanción en España. Al año siguiente, un ejército francés, los "Cien Mil Hijos de San Luis", entró en la Península, tumbó el gobierno liberal y repuso a Fernando VII como monarca absoluto. Os podeís imaginar, la represión desatada por "el Deseado" fue terrible. Riego acabó humillado públicamente, paseado en una tinaja por las calles de Madrid y ahorcado en la plaza de la Cebada de la capital.

Fernando VII es repuesto en el trono como monarca absoluto.

Hoy se cumplen doscientos años de aquel pronunciamiento. Nadie lo recuerda pero fue el segundo gran intento de instaurar un régimen político basado en los principios liberales en España. En aquel momento tuvo un gran eco en Europa, dentro del ciclo revolucionario de 1820 que afectó a países como Grecia, Parma, Módena, Saboya, la Confederación Germánica, Portugal e incluso Polonia y Rusia. En Atenas, en Turín y en Nápoles se llegó incluso a reclamar la instauración de la moderna y liberal Constitución española de 1812. Hasta ahí llegaba el influjo renovador y revolucionario español. Pero eso es otra historia.

domingo, 8 de diciembre de 2019

LOS TERCIOS Y EL MILAGRO DE EMPEL

 "El Milagro de Empel", de A. Ferrer-Dalmau.

Los soldados españoles del Tercio Viejo de Zamora que llevaban resistiendo varios días en la pequeña isla de Bommel sabían cuál era la orden: resistir hasta perecer. Era principios de diciembre y el viento helador azotaba los rostros de aquellos hombres, acostumbrados a combatir en una tierra que no era la suya, ante el odio de todos los que les rodeaban y soportando las más terribles desventuras. Muchos habían nacido en Castilla pero había otros procedentes de Alemania y de Italia. A todos les unía la lealtad al rey Felipe II y la fe católica.

En verdad, la mayoría no tenían muy claro por qué o por quién combatían a miles de kilómetros de sus hogares. Aquel Tercio, fundado en 1580, había sido enviado a Flandes, como tantas otras unidades del ejército de la Monarquía, para combatir contra los herejes holandeses. La miseria y la desgracia se adueñó de las vidas de aquellos hombres desde el momento en que pusieron pie en los Países Bajos. El fango, la lluvia y el frío eran las condiciones de todas las batallas que libraban los piqueros y arcabuceros españoles. Pero, la ferrea disciplina que caracterizaba a los Tercios ayudaba en los momentos más difíciles.

La noche del 7 al 8 de diciembre de 1585, los cinco mil hombres del Tercio Viejo de Zamora vivían uno de esos momentos. Atrincherados sobre una colina, se encontraban asediados por varias decenas de barcos enemigos. Hay algunos que dicen que había incluso doscientos navíos holandeses en las aguas de los ríos Mosa y Waal. El barro cubría hasta la cintura de los españoles que se replegaban desesperados pero manteniendo las líneas. Hombro con hombro, pegados unos a otros, no cejaban en un empeño imposible: defender la posición y no rendirse.

El maestro de campo Francisco Arias de Bobadilla arengaba una y otra vez a sus hombres intentando levantarles la moral. Nadie en su sano juicio confiaba ya en un victoria española en aquellas circunstancias. Los rebeldes estrechaban más y más el cerco sin escapatoria posible y los españoles no tenían víveres ni suministros. La humedad calaba hasta los huesos de los soldados del Tercio y el fango lo cubría todo. La ausencia de ropas secas suponía una terrible tortura para aquellos hombres que perecerían de frío aquella misma noche.

Entonces, el almirante de las tropas rebeldes, Felipe de Hohenhole-Neuenstein ofreció a los españoles una rendición honrosa. Si desistían concluiría el asedio y se les respetaría la vida. Francisco Arias de Bobadilla rechazó el ofrecimiento. Sus palabras han pasado a la posteridad: "Los soldados españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos". No había duda, el Tercio Viejo de Zamora se disponía a ser aniquilado aquella noche allí mismo.

El almirante holandés, ante la actitud de los españoles, ordenó abrir las presas que retenían el agua de lo ríos Mosa y Waal para inundar la isla y ahogar a los españoles. En un país tan llano como Holanda, con algunas zonas bajo el nivel del mar, esta estrategia fue usada frecuentemente durante la Guerra contra la Monarquía Hispánica. Se inundaban habitualmente los campos de batalla convirtiendo las praderas en lodazales. Solamente había que esperar a que el agua inundase la isla donde resistían los españoles y la victoria sería holandesa.

De nuevo, el maestre de campo español arengó a los suyos ante la muerte. A medida que subía el nivel del agua, los españoles se retiraron hasta el punto más alto de la isla, una colina conocida como Empel. Allí comenzaron a atrincherarse de nuevo, a resistir por última vez. 

Fue en aquellos instantes cuando un piquero que estaba cavando la trinchera desenterró por accidente una tabla decorada con una pintura flamenca de la Virgen María, la Inmaculada Concepción. ¡Quién sabe el tiempo que llavaba allí aquella pintura! ¡Quizá un siglo! Para los soldados del Tercio, de una fe inquebrantable, más incluso que su voluntad de resistir y su sentido del honor, aquel hallazgo fue una señal divina. Construyeron un pequeño altar donde situaron la imagen de la Virgen y rezaron para que intercediera en aquellos terribles momentos.

 "La Inmaculada Concepción", de A. Ferrer-Dalmau

Aquella noche pudo haber sido la última del Tercio de Zamora pero no fue así. El agua no cubrió la colina de Empel donde estaban refugiados los españoles y se salvaron de morir ahogados. El viento helador de aquella noche congeló las aguas de los ríos y los navíos holandeses quedaron atrapados en el hielo. En el alba, cuando el sol asomaba de nuevo sobre el llano horizonte holandés, los españoles, con recobradas fuerzas, atacaron a los holandeses. La aguas heladas se convirtieron en un puente no sólo para escapar, sino para contratacar a los rebeldes.

El ataque español cogió desprevenidos a los holandeses. Nadie esperaba que los españoles pudiesen resistir durante la noche y menos aún que el agua congelada inmovilizase sus navíos. Los soldados españoles prendieron fuego a todos los barcos herejes y lograron la victoria en aquella batalla. ¡Quién podía imaginar aquel suceso! En el ocaso del siete de diciembre, los españoles se preparaban para morir en Empel. En el amanecer del día ocho, salieron de la isla para vencer.

La victoria en aquella batalla imposible se atribuyó de inmediato a la intercesión de la Inmaculada Concepción. La Virgen, cuya imagen había sido encontrada en Empel, protegió a los españoles que luchaban por la fe verdadera y los condujo al triunfo frente a los herejes. Muchos allí lo creyeron firmemente y aquel mismo día, entre vítores, los soldados españoles proclamaron a la Inmaculada como patrona de los Tercios. El propio Felipe de Hohenhole-Neuenstein, almirante de las tropas holandesas reconoció aquel milagro: "Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro".



 Los españoles del Tercio Viejo de Zamora atacan los barcos holandeses. 

La Guerra de Flandes, como fue conocida durante el Siglo de Oro español, se prolongó nada menos que ochenta largos años (1568 - 1648). Finalmente, Holanda alcanzó la independencia pero la Monarquía Española mantuvo el control sobre lo Países Bajos meridionales, lo que hoy son Bélgica y Luxemburgo. Hoy, Holanda es un país de mayoría protestante mientras Bélgica y Luxemburgo son mayoritariamente católicos.  Muchos dicen que es el resultado de ochenta años de resistencia española frente al avance protestante.

La Inmaculada Concepción fue proclamada de facto patrona y protectora de los Tercios Españoles después del Milagro de Empel. En 1854, la Iglesia Católica reconoció como dogma la concepción inmaculada de la Virgen María. En 1892, fue declarada oficialmente patrona del cuerpo de infantería del Ejército de Tierra mediante un decreto firmado por la reina regente María Cristina de Habsburgo. Actualmente, el día de la Inmaculada Concepción es festivo en España aunque pocos conocen el origen de esta celebración.

jueves, 31 de octubre de 2019

LOS FENICIOS DE GADIR




Varias naves fenicias cruzan la frontera invisible que separa las aguas del Mar Mediterráneo y las del Océano Atlántico. Estamos en algún momento de finales del siglo IX a.C. aunque es imposible concretar el año. La expedición fenicia ha partido del puerto de Tiro, en el Levante sirio-palestino, y tras una breve parada en Cartago ha emprendido una ruta hacia lo desconocido. Bueno, en realidad, no es del todo desconocido porque otras naves fenicias han surcado esas aguas con anterioridad. Las bravas aguas del Atlántico no son ajenas a los comerciantes de la púrpura.

Los fenicios se proponen encontrar el emplazamiento idóneo para fundar una nueva ciudad. Allí, donde acaba la tierra conocida, entre el mar y el océano, en la otra parte del mundo. Otras expediciones con el mismo propósito no lo han logrado. No han hallado un sitio adecuado. Tras cruzar el estrecho donde los griegos sitúan las columnas que separó Heracles en el fin del mundo, y que nosotros hoy llamamos Gibraltar, las naves fenicias recorren la costa sur de la Península Ibérica. Están deseosos de encontrar un lugar para fundar su ciudad.

Finalmente, llegan a un  islote situado frente a una pequeña bahía que forma la costa sur de "Ispanya", como los fenicios llaman a la Penínula Ibérica. La "Tierra de conejos", nada más y nada menos, pues en expediciones anteriores, les ha llamado la atención la enorme cantidad de estos mamíferos que habitan en aquellas tierras. El islote, que puede defenderse con facilidad, se encuentra, además, cerca del Lago Ligustino, la gran desembocadura del río Baetis, una excelente vía de comunicación para acceder al interior del continente y las tierras de alrededor, con vastos humedales y marismas, son bien aptas para el cultivo.

Las gentes indígenas que habitan el lugar son al parecer amigables y predispuestas al comercio. Cultivan las tierras de la zona y explotan las minas de oro, plata y cobre cercanas. En la actualidad esa área minera es conocida como Riotinto. Son precisamente esos metales el gran motivo que ha llevado a los fenicios hasta esta tierra. De hecho, la fama de aquellos lugares donde es abundante el metal es bien conocida en todo el mundo antiguo. Y es que, hay quien dice que "Ispanya" significa precisamente "Tierra donde se forja el metal" y no el lugar de conejos que otros suponen.

No hay más que buscar. La decisión está tomada. En aquel lugar fundarán los fenicios su nueva colonia, la más occidental de todas, el núcleo que está llamado a dominar el oeste del Mediterráneo y el Atlántico. Aunque la isla frente a la bahía es el lúgar más idóneo, el que mejor puede defenderse, los fenicios de nuestra expedición y de las que les siguieron, prefieren asentarse en el interior, en una pequeña meseta elevada sobre el nivel del mar y próxima a poblados indígenas. Abunda el agua, la madera y la piedra para la construcción de la ciudad y las llanuras costeras permiten un óptimo aprovechamiento agrícola. A este lugar lo llamamos ahora el Castillo de Doña Blanca.

La pequeña meseta se amuralla y en su interior se levantan numerosas viviendas. Mientras, las gentes indígenas de la zona, comienzan a acercarse al lugar para descubrir las intenciones de aquellos extraños. Pronto los fenicios les hacen saber que sus propósitos son pacíficos, que no vienen a guerrear sino a comerciar y que desean establecer acuerdos con ellos. A cambio de metales les darán baratijas, monedas, joyas y especias.

Son estos fenicios los que introducirán en la Península nuevos cultivos, como la vid y el olivo, que se adaptarán perfectamente a las condiciones climáticas de la zona, por otro lado no muy distintas de las del otro lado del Mediterráneo. También dejarán a aquellas gentes el alfabeto y el pergamino sacándolas, así, de la Prehistoria e introduciéndolas, sin saberlo, en una etapa bien distinta de nuestro pasado, la Historia.
 
Aunque en el interior se construye el primer asentamiento fenicio en "Ispanya", la sobrepoblación llevará a muchos a trasladarse a la costa, a la islita pequeña frente a la bahía. Además, los indígenas se manifiestan a veces hostiles a los recién llegados aunque la mayor parte del tiempo se mezclan amigablemente. Tanto es así que hoy se ha descubierto una necrópolis con tumbas fenicias y otras indígenas juntas. Fueron tan estrechas las relaciones entre fenicios e indígenas que no les importó incluso compartir el lugar donde descansar eternamente.

La islita se fortifica igualmente y se urbaniza rápido. A ella llegan las naves fenicias que han atravesado el Mediterráneo y de ella parten las que buscan nuevas rutas hacia el norte y hacia el sur. La ruta del estaño esta cerca y los fenicios no dejarán de explorarla. A aquellos asentamientos fenicios en el sur de "Ispanya" se les acabará conociendo con un solo nombre, Gadir, que significa en fenicio "lugar amurallado".

A varios kilómetros de los lugares habitados, los fenicios levantan también un pequeño santuario dedicado a Melqart, la divinidad protectora de los tirios y a partir de entonces, también de los habitantes de Gadir. Esta situado en el extremo de la isla, hoy inundado, probablemente en el islote de Sancti Petri. El santuario de Melqart se convertirá en un lugar sagrado para los fenicios de Gadir y también para los cartagineses que ocuparán la ciudad ya en el siglo V a.C. Cuenta la tradición que fue precisamente ahí donde el general Aníbal pronunció el juramento de odio eterno a Roma antes del ataque cartaginés a Sagunto que desencadenaría la Segunda Guerra Púnica (218 a.C.). El santuario fue posteriormente dedicado a Heracles o Hércules.

Poco a poco, Doña Blanca perderá su función central en la colonia fenicia y el Gadir isleño experimentará un enorme desarrollo urbano. En los siglos posteriores, se convirtiría en la gran capital fenicia del Mediterráneo Occidental, rivalizando con Cartago y controlando el estrecho de Gibraltar. Los fenicios de Gadir fundarían otras colonias más el este, siguiendo la costa penínsular: Malaka, Sexi, Abdera, Baria. También explorarían la costa occidental, lo que hoy es el Algarve portugués, llegando hasta el Hieron Akroterión o Promontorio Sagrado, es decir, el cabo de San Vicente. Buscarían nada menos que las legendarias Islas Casitérides, en el norte de Europa, donde decían que abundaba el estaño. Incluso hay quien dice que llegarían a navegar la costa oeste de África hasta el Golfo de Guinea, aunque no se sabe cuánto de Historia y cuanto de leyenda hay en estas suposiciones.

Pero, detrás de esta historia de aventuras que emprendió el pueblo fenicio hace casi tres mil años está su gran legado. Las gentes indígenas que habitaban el sureste de "Ispanya" experimentaron tal desarrollo económico, social y cultural que serían conocidos con nombre propio: Tartessos. Muchos dijeron que fue la primera España, el primer reino de Occidente, pero ¿qué hay de verdad en todo eso? Hablaremos de ello en otra ocasión.

jueves, 17 de octubre de 2019

HISTORIAS DE UNA (DES)CONEXIÓN

Arriba: Barcelona en el verano de 1909 durante la Semana Trágica. Abajo: Barcelona en octubre de 2019, durante las protestas contra la sentencia judicial del "procés"



El que pretenda encontrar aquí un exhaustivo análisis de las complicadas relaciones entre Cataluña y el resto del país se equivoca de lugar. Igual que aquel que busque respuestas a la situación que ahora vivimos. Simplemente pretendo enumerar unos hechos históricos dispares que se han dado a lo largo de los últimos 600 años (ahí es nada) pero resultan verdaderamente curiosos por sus paralelismos.

La vinculación de los territorios y las gentes que hoy habitan Cataluña con el resto de tierras del solar ibérico viene de antiguo. De hecho, el Condado de Barcelona se unió al Reino de Aragón allá por el siglo XII (puedes leer la historia de cómo sucedió aquí). Y los destinos de la Corona de Aragón se unirían para siempre a los de Castilla en el siglo XV con la unión de Isabel y Fernando (puedes leer sobre ello aquí). 

El caso es que hasta el siglo XIV, Cataluña (y sobre todo Barcelona) fueron el músculo político y económico de la Corona de Aragón pero a raíz de la llegada de la Peste Negra a la Península (en 1348 más o menos) la cosa cambió. Las pérdidas demográficas de Cataluña fueron terribles y durante siglos no recuperó la preponderancia económica de la que había disfrutado. Entonces el motor económico de la Corona de Aragón pasó a Valencia.

La oligarquía barcelonesa siempre había sido muy celosa de su autonomía frente al poder del rey-conde. De hecho, en Cataluña siempre predominó el pactismo entre las Cortes y el soberano; y las leyes tradicionales y los fueros eran intocables. La Generalidad o Diputación Permanente de las Cortes se encargaba de velar por el respeto a los fueros. 

En tiempos de vacas flacas, en la segunda mitad del siglo XV, confluyeron varios factores: rivalidades entre distintas facciones de la oligarquía barcelonesa por el control de las instituciones (la Busca y la Biga), la mala situación de los campesinos remensas y la muerte de Carlos de Viana, heredero al trono y enfrentado con su padre, el autoritario Juan II de Aragón (que encima era un Trastámara de padre castellano). Ahí es cuando se produjo el primer lío. 

Cuando Juan II trató de reforzar su poder en Cataluña, la oligarquía barcelonesa se levantó en armas. Entre 1462 y 1472 Cataluña se vio desgarrada por una guerra civil entre el monarca y las instituciones del Principado. La reacción de la Generalidad fue ofrecer la corona a otros monarcas extranjeros: Enrique de Castilla (al que llamaban el Impotente) primero; a Pedro V de Portugal, después; y a Renato de Anjou, en tercer lugar. 

Todos estos reyes fueron invitados amablemente por los catalanes a asumir el trono de Conde de Barcelona. Claro está, se ofrecieron rápidamente pero, viendo el percal, pronto renunciaron. La Monarquía de Juan II salió victoriosa y se impuso en las Capitulaciones de Pedralbes (1472). El berrinche salió caro a la ciudad de Barcelona que quedó arruinada.

Los conflictos en Cataluña no cesaron durante el reinado del hijo de Juan II de Aragón, el mismísimo Fernando el Católico. El problema social de los payeses de remensa,  que vivían en condiciones miserables, se solucionó con la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1486) que no contentó a nadie. Pero la fama de rebeldes que tenían los catalanes debía ser cierta como demuestra la reacción de la reina Isabel ante el atentado contra Fernando el Católico en Barcelona en 1492. 

El autor resultó ser un loco pero Isabel de Castilla, viendo cómo se las habían gastado los catalanes con su suegro Juan II, mandó a las galeras castellanas acercase al puerto de Barcelona para embarcar en ellas al príncipe y las infantas si estallaban tumultos en la ciudad condal. La cosa quedó en nada y el autor del atentado acabó descuartizado por la multitud.

El siguiente episodio de rebeldía resultó ser más serio. Nos encontramos ya en el siglo XVII. La Monarquía Hispánica seguía dominando el mundo pero ya daba muestras de flaqueza. Al Valido de Felipe IV, el Conde-Duque de Olivares, se le ocurrió una idea brillante: como Castilla estaba siendo desangrada por los impuestos ¿qué tal si el resto de reinos de la monarquía contribuía con dineros y hombres a mantener el Imperio? Al proyecto se le llamó la Unión de Armas.

Os podéis imaginar la respuesta de los reinos de la Corona de Aragón: se negaron en rotundo. Finalmente Aragón y Valencia aún contribuyeron con algo de dinero no así el Condado de Barcelona. La Generalidad se cerró en banda. "La pela es la pela..." Total que la cosa se complicó cuando la Guerra de los Treinta Años (1618 - 1648) empezó a afectar a Cataluña.

Francia había declarado la guerra a la Monarquía Hispánica y los ejércitos franceses penetraron en el Rosellón y la Cerdaña. Corría 1640. Olivares, que no era tonto, vio una oportunidad de oro: como la guerra afectaba a Cataluña era lógico que los catalanes contribuyesen al mantenimiento del ejército de la monarquía aunque sólo fuera para proteger su territorio. Pues no. Se negaron. Bien, pues entonces, sería bueno que dejasen a los tercios entrar en su territorio y que los acogiesen para hacer frente a los invasores. Pues tampoco.

Los catalanes se negaron a contribuir con dinero a los tercios, a aportar hombres e incluso a acoger a los soldados en sus casas. Dio igual porque los tercios castellanos entraron en Cataluña. Entonces estalló una revuelta conocida como el Corpus de Sangre (1640 - 1652) porque comenzó el día del Corpus de 1640. Los segadores, armados hasta los dientes, entraron en Barcelona y asesinaron al Virrey Santa Coloma. Estalló la sublevación ¿contra el invasor francés? ¡No! ¡Contra el invasor castellano!

No se les ocurrió otra cosa  a los señores de la Generalidad que ofrecer el Ducado de Barcelona al rey Luis de Francia (¿de qué me suena esto?). Este lo aceptó rápidamente obviamente pero cuando se dieron cuenta en Cataluña de que el rey francés iba a suprimir las instituciones catalanes y las leyes tradicionales se arrepintieron y dieron marcha atrás. ¡Qué ilusos! Total que la Guerra de los Segadores acabó en 1652 con la entrada de los tercios castellanos en Barcelona. No se suprimieron ni instituciones ni fueros. La broma volvió a salir cara a los catalanes pues se perdió el Rosellón y la Cerdaña, que pasaron a Francia (lo que es hoy la "Cataluña Norte").

En 1687 y 1697 volvieron a estallar insurrecciones, llamadas Revuelta de las Barretinas. ¿Pero estos no se cansan nunca? Ojo, que estos motines, más que políticos, fueron motines de subsistencia...

El pifostio gordo de verdad se montó cuando murió Carlos II en 1700. El nuevo rey de España era Felipe V de Borbón. Los Borbones tradicionalmente habían sido centralistas y absolutistas, es decir, todo lo contrario al pactismo entre las Cortes y el monarca que imperaba en la Corona de Aragón y, sobre todo, en Cataluña desde la Edad Media. Esto motivó que la Corona Aragonesa apoyase en masa al candidato austracista, el archiduque Carlos de Austria. Sí, estáis leyendo bien: si en el siglo XVII, los catalanes habían ofrecido el trono de Barcelona a los Borbones frente a los Austrias; ahora, cincuenta años después, se lo ofrecían a los Austrias frente a los Borbones...

El resultado final todo el mundo lo conoce: la Guerra de Sucesión se prolongó hasta 1713 cuando se firmó el Tratado de Utrecht por el que todas las potencias europeas reconocían a Felipe V como rey de España. Los catalanes no. Los catalanes prefirieron continuar resistiendo. Al final, como no podía ser de otra forma, Barcelona cayó el 11 de septiembre de 1714. Los ejércitos españoles mandados por Berwick entraron en la ciudad condal pero no la saquearon. La historia de ese día pueden leerla aquí. Eso sí, la rebeldía le costó a Cataluña la pérdida de sus instituciones y sus leyes tradicionales.

La Nueva Planta de Felipe V implantó las instituciones y usos castellanos en toda la Corona de Aragón. La Generalidad y las Cortes Catalanas fueron suprimidas, igual que las Cortes de Aragón, las de Valencia y las de Mallorca. A partir de entonces estos reinos enviaron sus representantes a las Cortes Castellanas que se convirtieron así en Cortes Españolas.

Durante más de cien años los catalanes se mantuvieron tranquilitos. Raro en ellos, la verdad. Durante la Guerra de Independencia (1808 - 1814) lucharon codo con codo con sus compatriotas de otros lugares de España. Pero a partir de 1833, Cataluña fue uno de los focos del carlismo, es decir, de los partidarios de Carlos María Isidro, defensor del absolutismo frente a Isabel II y los liberales. "Dios, Patria y Fueros" gritaban los carlistas, ya se sabe.

En 1840, la burguesía textil catalana se sublevó contra el Gobierno de Espartero. ¿La razón? Al bueno de Espartero no se le ocurrió otra cosa que reducir los aranceles a los productos textiles ingleses. Esto perjudicaba a la industria catalana que, como es natural, protestó enérgicamente. Espartero ordenó bombardear de forma indiscriminada Barcelona desde el castillo de Montjuic. El regente tuvo que dimitir después de semejante locura...

En la segunda mitad del siglo XIX surgió el nacionalismo catalán que reivindicaba el reconocimiento de la diferencia catalana. Algunos comenzaron a apostar por la vía federalistas, como Pi i Margall, que llegó a ser presidente de la Primera República Española (1873 - 1874). Por cierto, la Primera República fue un completo fracaso que duró menos de un año. Cambiamos ya de siglo, nos vamos al XX.

Nada más inaugurar el siglo se armó otra verbena en Barcelona aunque, bien es cierto que aquí poco o nada tuvo que ver el nacionalismo. A finales de julio de 1909, cuando reservistas catalanes se disponían a embarcar rumbo al protectorado español en Marruecos, sus mujeres se amotinaron en el puerto de la ciudad condal y lo impidieron. Todo ello se reogó con una huelga convocada por los sindicatos y buenas dosis de anticlericalismo. Barcelona se llenó de barricadas y los disturbios duraron una semana. Con acierto, los historiadores llaman a este episodio la Semana Trágica, que causó setenta y ocho muertos y tumbó el gobierno central de Maura.
 
Unos años después, el mismo día que se proclamó la Segunda República, el 14 de abril de 1931, Francesc Maciá, uno de los padres del nacionalismo catalán, se apresuró a proclamar la República Catalana dentro de una Federación Ibérica que no existía porque la Segunda Republica no seria federal, como la primera. Fue una salida de tono que forzó al Gobierno Provisional de la República a negociar el autogobierno para la región. Con el Estatuto de Autonomía de Nuria, aprobado en 1932, se creó una Generalidad que poco o nada tenía que ver con la institución medieval eliminada tras 1714, pero que contentó a los nacionalistas catalanes que añoraban una presunta libertad medieval que no existió.  

Las salidas de tono catalanas durante la Segunda República no quedaron ahí. En 1934, la Generalidad aprobó la Ley de Contratos de Cultivo que permitía a los campesinos rabassaires permanecer en sus tierras por más tiempo del que les correspondía previa indemnización a los terratenientes. El gobierno de la República recurrió la ley ante el Tribunal de Garantías Constitucionales (el Tribunal Constitucional actual) y la ley quedó suprimida. Pues resulta que el presidente de la Generalidad, Lluis Companys, salió al balcón del palacio el 6 de octubre de 1934 y proclamó nada menos que el Estado Catalán dentro de la República federal española, que no existía. En las calles se armaron tumultos.

El gobierno republicano de Madrid, que era de derechas, todo sea dicho, suprimió el Estatuto de Autonomía y arrestó al gobierno de la Generalidad. Lluis Companys y sus secuaces (todos de ERC) fueron arrestados el 7 de octubre. Poco después las calles quedaron vacías. Hubo que esperar hasta 1936 para que se restableciera la autonomía de Cataluña. Durante la Guerra Civil (1936 - 1939), cierto es, la Generalidad se mantuvo fiel a la legalidad republicana lo que acabó costando la vida a Lluis Companys, fusilado en la Castillo de Montjuic en 1940.

Claro está, durante el Franquismo, Cataluña,  igual que el resto del país,  se mantuvo calladita pues no estaba el horno para bollos. "Cataluña dice sí a Franco" rezaba un cartel en Barcelona con motivo de una visita del Caudillo a la Ciudad Condal. 

Cuando volvió la democracia volvieron las reivindicaciones nacionalistas en las regiones periféricas. En Cataluña, como en otras partes, se manifestaron pidiendo "Libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía". El presidente Suárez negoció la vuelta de la Generalidad en el exilio a España. Josep Tarradellas llegó en 1977 y se apresuró a gritar desde el palacio de la Generalidad: "Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí". Ahí es nada. Poco despues se aprobó un Estatuto de Autonomia. Curiosamente, durante la Transición a la democracia y durante muchos años después, los nacionalistas catalanes se mantuvieron leales al proyecto político español y lo apoyaron. Muchos creyeron que el "seny", el sentido común, se imponía, pero claro, ya conocemos la tradición catalana...

Cuando en 2006 se aprobó un nuevo Estatuto de Autonomía en el que se reconocía a Cataluña como nación, muchos se opusieron. El Tribunal Constitucional suprimió algunos aspectos del Estatuto en 2010 y los catalanes volvieron a montar un pifostio, fieles a su tradición.  Manifestaciones masivas pidiendo independencia y salidas de tono del presidente de la Generalidad y del Parlamento de Cataluña se han sucedido desde entonces. "España nos roba" decía un cartel del partido nacionalista CiU.

El referéndum de independencia del 1 de octubre de 2017 es la última rebelión catalana. La podríamos llamar la "Crisis del Piolín", por los adornos de uno de los barcos donde se hospedaron las fuerzas de seguridad enviadas a Cataluña. Las fuerzas de seguridad impidieron la celebración del referéndum y el gobierno de Puigdemont se envalentonó y proclamó la independencia de Cataluña para suspenderla doce segundos después. Así las cosas, el gobierno central de Mariano Rajoy aplicó el artículo 155 de la Constitución de 1978 y suspendió la autonomía de Cataluña.

Mientras tanto, la justicia actuó por su cuenta y encarceló a todos los miembros del gobierno catalán. Bueno, a todos no porque Puigdemont y unos cuantos consejeros huyeron del país. Dos años después, en 2019, el Tribunal Supremo condenó por sedición a los encarcelados, que pasarán unos cuantos años en prisión. Claro está, la sentencia volvió a prender la mecha, siempre corta, del polvorín catalán y se iniciaron disturbios por toda la región, en especial en Barcelona. ¿Cómo terminará esto? ¡Quién sabe! Atendiendo a las historias de una (des)conexión que lleva siglos, probablemente los catalanes pierdan más de lo que ganen...






"Los catalanes deberían ver el mundo más allá de Cataluña"
Olivares, en una misiva al virrey Santa Coloma (febrero de 1640)






*La primera versión de este artículo se publicó el 29 de septiembre de 2017. En octubre de 2019, ha sido ampliado, corregido y actualizado.
  


sábado, 5 de octubre de 2019

LA NUEVA REINA DE CASTILLA

 1) Trono de los Reyes Católicos en el Alcázar de Segovia; 2) Detalle del cuadro "Los Reyes Católicos con Santa Elena y Santa Bárbara; 3) Vidriera; 4) Cama de la Cámara Régia del Alcázar

Madrugada del doce de diciembre de 1474. Las siluetas de dos hombres a caballo se aproximan al galope hacia Segovia. Han recorrido los poco menos de cien kilómetros que separan Madrid de la capital castellana. Es una noche de invierno. Las nieves coronan las altas cumbres del sistema central y el frío golpea con dureza la inhóspita meseta castellana. Nadie se aventura así a cruzar las montañas si no es por algo importante.

Se trata de dos emisarios que entran en la noble ciudad castellana solicitando audiencia con la infanta Isabel. Conocemos el nombre de uno de ellos, Rodrigo de Ulloa. Tienen que comunicarle una noticia que va a cambiar su vida y la historia de Castilla para siempre. A pesar de que son altas horas de la madrugada, la inesperada llegada de los emisarios obliga a la joven infanta a recibirlos. Isabel se encuentra en el alcázar de Segovia, donde su hermanastro Enrique IV estableció su corte cuando la reconoció heredera al trono allá por 1468. 

Segovia, una de las más recurridas residencias de los reyes castellanos desde antiguo, siempre se ha mantenido fiel a las aspiraciones de Isabel. Allí, la joven se encuentra protegida tras los gruesos muros del alcázar. Allí, ultima los preparativos para, cuando llegue el momento, proclamarse reina. Allí, recibe los consejos de los más altos nobles de Castilla adeptos a su causa. Gonzalo Chacón, su maestro y consejero, la visita amenudo y pasa largas temporadas con ella. No así su madre, la reina viuda Isabel de Portugal, que aquejada de graves problemas mentales, se encuentra recluida en Arévalo.

Isabel recibe de inmediato a los emisarios cuando sabe que proceden de Madrid, donde se encontraba su hermanastro el rey Enrique IV. La noticia que traen no es esperada y tampoco querida: el rey ha muerto. Los acontecimientos se precipitan y lo saben Isabel y todos sus consejeros. Según el Tratado de los Toros de Guisando, firmado en 1468, Enrique IV reconocía a Isabel como su legítima heredera frente a su presunta hija, Juana. Las dudas sobre la verdadera paternidad de la "muchacha", como la llama Isabel, llevaron a Enrique a reconocer a su hermanastra como futura reina.

Los acontecimientos posteriores hicieron cambiar la opinión del rey. Isabel contrajo matrimonio con Fernando, príncipe heredero de la Aragón y rey de Sicilia, en contra de la opinión del monarca castellano que se había reservado el derecho de elegir esposo para su hermana. Además, los nobles de Castilla, deseosos de debilitar la posición de la Corona y de sembrar la discordia entre los miembros de la Familia Real, convencieron a Enrique de que lo mejor era volver a reconocer a su hija Juana, apodada "la Beltraneja", como legítima heredera. 

Por tanto, en 1474, cuando el rey muere convertido en un pelele en manos de la nobleza, la cuestión sucesoria no estaba del todo clara. Los emisarios comunican también que en Madrid ha quedado formada una junta nombrada por Enrique IV que va a asumir la regencia hasta decidir a quién corresponde reinar: a Isabel de Trastámara o a su sobrina Juana. 

Aunque en el viejo alcázar de Segovia nadie esconde la tristeza por la pérdida del rey, no hay tiempo que perder. Isabel se apresura a ordenar los preparativos para su proclamación como reina lo antes posible. No todos sus consejeros son partidarios de adoptar esa postura que supone dar un golpe sobre el tablero de juego que puede llevar a otra guerra civil. Hay quien defiende, por tanto, esperar a la decisión de la junta para actuar. Además, el esposo de Isabel no se encuentra en Segovia pues ha marchado a defender el Rosellón y la Cerdaña frente al francés. Que la joven se proclame reina en ausencia de su esposo puede ofender al príncipe de Aragón y deteriorar su relación. Isabel, sin embargo, se muestra inflexible en su determinación.

La noticia de la muerte de Enrique IV corre como la pólvora por toda Castilla y fuera de sus fronteras. Se envían misivas también al extranjero para dar a conocer el luto de Castilla. Pero en Segovia los preparativos no se detienen. Isabel tienen que proclamarse nueva reina cuanto antes sin importar lo que decida la junta de Madrid. Si espera a la respuesta, admite que se encuentra en igualdad de condiciones que la "muchacha" pero no es así. Los acuerdos de Guisando la reconocen como heredera. No hay nada que esperar. Además, hay que preparar también una posible defensa ya que "la Beltraneja" cuenta con el apoyo de su madre Juana de Portugal, de su tío Alfonso V, rey de Portugal y de algunos de los más poderosos nobles castellanos.

El trece de diciembre todo se encuentra listo. Isabel, vestida rigurosamente de luto sale del alcázar y se dirige a la Iglesia de San Miguel en el centro de Segovia. En la Plaza Mayor se ha levantado un pequeño estrado. En el interior del templo se encuentra una reducida representación de la nobleza castellana, el obispo de Segovia Juan Arias Dávila, el dominico Alonso de Burgos, el concejo de Segovia en pleno y casi todos los miembros de la pequeña corte de Isabel. Se encuentra con ella su maestro Gonzalo Chacón aunque no es partidario de una proclamación tan rápida y sin previo acuerdo.

Tras la ceremonia religiosa en la iglesia y el juramento de la nueva reina, Isabel sale a la Plaza Mayor, donde se retira la capa negra que la cubre y deja a la vista un vestido blanco. El blanco, color de la realeza, de la inocencia y de la pureza marca el comienzo de un reinado nuevo, muy distinto del precedente. Las gentes segovianas que abarrotan la plaza alzan sus armas al cielo y gritan el juramento: "¡Castilla, Castilla, Castilla! ¡Por la reina doña Isabel y por el rey don Fernando, como su legítimo marido!".

 Arriba: detalle del mural (s. XX) sobre la Proclamación de Isabel, realizado por el pintor Carlos Muñoz de Pablos en el Alcázar de Segovia; Abajo: cuadros de los Reyes Católicos obra de Madrazo por encargo de Isabel II (s. XIX)

La tradición dice que la reina desfiló después detrás de una espada desenvainada, símbolo de la justicia que debía imperar en su reinado. Isabel era reconocida por Segovia como reina propietaria de Castilla frente a Juana "la Beltraneja", la otra pretendienta. No toda la nobleza castellana era partidaria de Isabel, más aún conociendo su carácter autoritario e independiente, muy diferente del de su hermano, el desgraciado Enrique IV "el Impotente". La proclamación fue nada menos que una declaración de guerra a Juana y a su madre pues rompía la voluntad del rey difunto de que una junta decidiese quién debía reinar. Los tambores de guerra sonaban de nuevo en Castilla.

En la frontera del Rosellón, Fernando recibió ojiplático una misiva en la que se le comunicaba que su esposa había sido proclamada reina de Castilla en su ausencia. No pocos veían como una ofensa este acto, igual que no pocos castellanos preferían al príncipe Fernando como rey de Castilla frente a una mujer, por muchos legítimos derechos que tuviese. Sin embargo, en la proclamación había quedado bien claro que la "legítima propietaria de Castilla" era Isabel mientras que se reconocía a Fernando como su "legítimo marido". Tras recibir la noticia, Fernando puso rumbo a Segovia.

Mientras tanto, en la capital castellana, Isabel, ya como nueva reina de Castilla, ordenó celebrar unas exequias solemnes en honor a su hermano el rey difunto el día 19 de diciembre. Después, pasó la Navidad allí, en ausencia de su esposo quien hizo su entrada en el alcázar el 2 de enero de 1475. No sabemos cómo fue el encuentro de la reina con su esposo. Sí conocemos el resultado después de días de negociaciones. 

A medidados de enero se firmaron los acuerdos definitivos que la historiografía ha llamado locuazmente Concordia de Segovia. En ellos, Isabel era reconocida como reina propietaria de Castilla mientra que Fernando rey en tanto que esposo de la reina. Sin embargo, en lo documentos oficiales, su nombre figuraría antes que el de su esposa, por su condición de varón, pero las armas de Castilla figurarían antes que las de Aragón. Isabel concedió a su esposo el derecho de adminitrar justicia y nombrar cargos así como la dirección de los ejércitos en caso de guerra. Los acuerdos supusieron la unidad política de los monarcas en Castilla, esencial para hacer frente a la belicosa e intrigante nobleza.

En el dosel de los tronos que hoy se contemplan en una de las salas del alcázar de Segovia puede leerse "Tanto Monta", el lema que resume la Concordia de Segovia, la armonia y la solidaridad entre los monarcas. La capital castellana, la ciudad que proclamó reina a Isabel, quedó guardada para siempre en el corazón de la reina. Isabel siempre amó Segovia y sus gentes y el alcázar fue una de la residencias más habituales de los monarcas durante su reinado. Aún hoy, quinientos años después, el alcázar segoviano evoca a su reina y en sus salas puede sentirse el tiempo de cambio del Medievo a la Modernidad.




BONUS: Vistas panorámicas de Segovia






viernes, 20 de septiembre de 2019

BIOGRAFÍA DE UNA CATEDRAL

Izq.: Torre campanario de la catedral de Tarazona; Der.: 1) Claustro; 2) Portada; 3) Pinturas al fresco del interior.

 
Tarazona es una ciudad tan antigua que según dicen la fundó Tubalcaín y fue nada menos Hércules quien tuvo que reconstruirla después de varios siglos. Os podéis imaginar que estamos hablando de leyendas, de mitos, que sitúan los orígenes de la urbe aragonesa en el remoto siglo VII a.C. Tubalcaín es mencionado en el Antiguo Testamento y Hércules, o Heracles, era hijo de Zeus, el padre de todos los dioses griegos, y una mortal. Ahí es nada.

El emplazamiento de Tarazona es de por sí estratégico, en un pequeño promontorio a los pies del Moncayo y junto a una fértil huerta regada por el río Queiles. Los orígenes del asentamiento, aparte leyendas, pueden situarse en el siglo I a.C. y parece ser que ya en el siglo V d.C. la ciudad era sede episcopal. La catedral paleocristiana y después visigoda se situaba donde hoy se encuentra la Iglesia de la Magdalena, en el casco antiguo. De Tarazona fueron obispos personajes tan insignes como San Prudencio y San Gaudioso, ambos en época visigoda (siglo VI).

Cuando los árabes invaden la península en el año 711 pronto llegan a Tarazona que es tomada rápidamente. El templo visigodo es derribado y sobre él se construye la mezquita mayor de la ciudad. Habrá que esperar varios siglos hasta que la ciudad sea reconquistada en el siglo XII. El rey aragonés Alfonso I, apodado "el Batallador", entró en Tarazona en 1119 y la incorporó al reino de Aragón. Para que nos hagamos una idea de por dónde iba la Reconquista, en 1118 había sido reconquistada Zaragoza y en el mismo 1119 es tomada la vecina Soria a los árabes.

Si el emplazamiento de Tarazona ya dijimos que era estratégico, su localización es fundamental en la plena y en la baja Edad Media. Situada entre Castilla, Aragón y Navarra, era paso obligado para todo aquel que pretendiese cruzar de un reino a otro. La pequeña urbe medieval, encaramada al promontorio se protegía detrás de las gruesas murallas cuyos restos pueden contemplarse aún hoy en algunos lugares de la ciudad. Su entramado de calles, laberíntico y caótico revela la falta de espacio que se hizo acuciante desde muy pronto. Aún hoy puede uno perderse en las calles de la antigua Alhama o barrio judío de la ciudad y sentirse como en el Medievo. 

Caminando sobre la bóveda de arista de la catedral.

El caso es que los monarcas aragoneses, restaurada la sede episcopal de Tarazona, emprendieron la construcción de una nueva catedral sobre los cimientos de la antigua mezquita islámica arrasada tras la entrada de los cristianos. Así empezó a construirse, en estilo románico, la nueva catedral de Tarazona y en ello estaban los turiasonenses, apenas terminado el ábside, cuando llegó a la ciudad un nuevo proyecto. El obispo García Frontín II decidió inspirar la catedral en el nuevo estilo gótico floreciente en Europa. Conocedor de los proyectos que se estaban levantado en Burgos, León y Toledo, ¿por qué no en Tarazona?

Pero la ciudad se quedaba pequeña para semejante proyecto. La catedral gótica que se planeaba levantar no cabía en el solar de la antigua sede episcopal. Había que construirla extramuros, en las huertas, donde había suficiente espacio. En 1235 comenzaron las obras del nuevo templo dirigidas por maestros franceses. A partir de entonces, recibió el nombre de Santa María de la Huerta en honor a su nueva localización. La construcción se inició, sin embargo, con graves obstáculos. El primero ya lo conocemos: una catedral fuera de las murallas de la ciudad, desprotegida ante cualquier ataque castellano o navarro.

El segundo gran inconveniente fue la falta de materiales de construcción. Las rocas eran escasas en Tarazona y tuvieron que ir a buscarlas al vecino Trasmoz (sí, el único pueblo de España excomulgado por brujería). Allí la roca arenisca era abundante pero endeble, el agua la deshacía, se la comía. No era lo mejor pero no había otra. Grandes rocas fueron transportadas lentamente hasta Tarazona. El tercer gran problema fue su localización, en una huerta, en un terreno que se hundía con el peso de las rocas. A pesar de todo, allí se levantó el nuevo templo.

 Detalles del interior de la catedral

En origen la catedral fue puramenta gótica y, de haberse conservado tal y como se proyecto a primera hora, constituiría uno de los mejores ejemplos de arte gótico en España junto con las catedrales hermanas de Burgos, León y Toledo. Pero la catedral nació maldita. A los inconvenientes estructurales y materiales que hemos dicho se sumó otro: las constantes guerras entre Aragón y Castilla.  En 1356 estalló la guerra entre Pedro I "el Cruel" de Castilla y Pedro IV de Aragón.

Las huestes castellanas cruzaron la Sierra del Moncayo penetrando en Aragón. Lo primero que encontraron fue la flamante nueva catedral de Tarazona. Mientras el ejército aragonés se refugiaba tras los muros de la ciudad y resistía el ataque castellano, las tropas de Pedro I de Castilla entraban en la catedral y la convertían en un fortín. Haciéndola su base de operaciones, desde ella atacaban la ciudad. Durante los trece años que duró la Guerra de los Dos Pedros, como se conoce al conflicto, Santa María de la Huerta sufrió importantes daños.

Tras la guerra, finalizada en 1369, Tarazona recuperó su valioso templo maltrecho. Las torres estaban en ruinas, igual que otros espacios de la catedral. Se inició la reconstrucción siguiendo las nuevas corrientes artísticas. Los maestros del momento, inspirados por la fabulosa arquitectura islámica, levantaron la nueva torre de estilo mudéjar que recuerda las joyas almorávides y almohades del sur peninsular, como la Giralda de Sevilla. También levantaron una nueva techumbre sobre la bóveda de arista gótica aumentando la altura de la catedral y dejando pequeños los contrafuertes y los arbotantes del siglo XIII. El peso que debían soportar ahora las viejas estructuras góticas era mucho mayor que el original. Y recordemos todos los problemas que tenía el templo.

De los siglos XV y XVI datan el gran claustro, el mayor de España, y el enorme cimborrio de veinticuatro metros de altura levantado sobre el crucero de la catedral. En cuanto a los materiales empleados, son los propios del estilo mudéjar: el yeso y el ladrillo ornado. Además, la portada principal se traslado de la nave principal (típica de los templos cristianos) al brazo norte del transepto. El pórtico original se abría al este, a Castilla. Por ahí habían invadido los catellanos Aragón. Por ahí habían entrado al templo para destruirlo. Nunca más. El nuevo pórtico del transepto miraría a Tarazona, al pueblo, que tanto amaba su catedral. Ahí debía situarse.

Pero hablemos del enorme cimborrio levantado sobre el crucero. Miles de toneladas se añadieron a la estructura original y se depositaron sobre los cuatro grandes pilares que sostenían otrora sólo el peso de la bóveda. Los arbotantes y contrafuertes góticos ya no servían para sostener semejante peso. No eran útiles para desviar la inmensa fuerza vertical ejercida por el cimborrio fuera de la catedral. De sotenerlo debían encargarse sólo cuatro grandes pilares de arenisca, muy dañados por las lluvias y sobre un terreno blando que se hundía como era la huerta turiasonense. Dio igual. Durante siglos la catedral estuvo en vilo, con amenazas de derrumbe constantes. No había fuerzas para tanto peso.

También en el siglo XVI se renovó el interior de la catedral siguiendo las tendencias renacentistas de la época. Estuvo al frente de las obras el maestro Alonso González. El cimborrio se decoró con un programa iconográfico único en Europa que combinaba personajes de los Evangelios y personajes mitológicos de la antigua Grecia. De esta época data también la llamada "Capilla Sixtina" del Renacimiento español compuesta por figuras en tonos grises que sobrecogen al contemplarlas. Durante el siglo XVII, las nuevas corrientes nacidas del Concilio de Trento llevaron a la redecoración de estos espacios ocultando los personajes mitológicos del lucernario y vistiendo decorosamente los personajes que habían sido representados desnudos.

Pero la catedral seguía hundiendose, corría peligro de derrumbe aunque pocos lo sabían. El obispado encargó en el siglo XVIII el reforzamiento de los pilares que sostenían el cimborrio pero el éxito de las obras fue sólo parcial. Sin embargo, la catedral siguió aguantado durante varios siglos. Nada se hizo hasta la segunda mitad del siglo XX. En los años ochenta la catedral se clausuró parcialmente y desde 1992 estuvo prohibido el acceso al edificio. Era necesario una reforma integral del templo, que reforzase su estructura y evitase el derrumbe definitivamente. 

 Arriba: cimborrio y torre campanario de la catedral; Abajo: 1) Pintura dedidaca a San Jorge, 2) retablo mayor de la catedral.

Después de más de treinta años, la restauración del templo no ha terminado pero su estructura se ha salvado definitivamente (¿?). Se reforzaron los pilares que sostienen el cimborrio, se eliminaron elementos añadidos sobre las naves laterales que aumentaban la presión sobre los muros y los contrafuertes y se saneó el nivel mudéjar y la techumbre de la catedral. En 2011 volvió a abrirse al público aunque los trabajos continúan en varias capillas laterales. Tarazona recuperó por fin su querida catedral, Santa María de la Huerta.

Hoy el templo no es sólo uno de los escasos ejemplos de arte mudéjar aragonés junto con la catedral de Teruel. En él han cristalizado hasta tres estilos artísticos distintos: al gótico original presente en la planta de cruz latina, la bóveda de crucería y los arbotantes, se añadió el mudejar del segundo nivel, la techumbre, la torre campanario y el cimborrio; y a éste se sumó, por último, la decoración renacentista en el siglo XVI. En definitiva, se puede rastrear la historia del arte en los muros de Santa María de la Huerta, que a modo de páginas, levantan la biografía de la catedral. Tarazona tiene una catedral viva, y por mucho tiempo.  


BONUS: Unas vistas panorámicas de Tarazona