Voto y Félix
Allí, en las boscosas cumbres prepirenaicas se funde la naturaleza, la historia y la leyenda. Dicen que, en el siglo VIII, el noble godo Voto estaba persiguiendo un escurridizo corzo. Al galope, lo seguía por los montes montado en su caballo hasta que el animal se despeñó por una gran grieta de la ladera. Voto, sin poder controlar su montura desbocada, creyó correr la misma suerte. Como un milagro, sin embargo, el animal se detuvo en el borde de la peña.
Voto bajó del caballo y miró en lo más profundo del barranco. Abajo, divisó el corzo muerto y algo que no esperaba encontrar allí: el cadáver del ermitaño Juan de Atarés, que había pasado su vida en aquella montaña y también acabó despeñado. Voto, impresionado por lo que vio y convencido de que se había salvado gracias a San Juan, volvió a casa y le contó el milagro a su hermano Félix. Ambos vendieron todas sus propiedades y marcharon a vivir a aquel monte, lejos de la civilización. Según la leyenda, los jóvenes acabaron fundando el monasterio de San Juan de la Peña, encajado en la pared de roca que vio caer al ermitaño y al corzo.
Edelweiss
"Es la flor de nieves, un símbolo de Jaca, la podéis encontrar en muchos recuerdos" nos dijo las dependienta mientras señalaba un cartelito que habíamos pasado por alto mientras contemplábamos los variopintos suvenires. Nos detuvimos a leer las líneas: "Crece en las zonas rocosas y en las praderas de alta montaña del Pirineo y representa el amor, la amistad y la valentía". Ninguno sabíamos de la existencia de la enigmática florecilla.
"Es bonito el significado de la Flor de Nieves, ¿verdad?" me dijo mi compañera mirándome fijamente a los ojos. En efecto, el Edelweiss se encontraba por doquier, en cuadritos, en imanes, en figuritas de terracota. "No sé si éste o éste. ¿Qué opinas tú?" me preguntaba una y otra vez, indecisa como siempre. Mi compañera dudaba del imán que compraría para su nevera. Aquello parecía una metáfora, sin duda. Una metáfora de la vida, de las decisiones, de las circunstancias a las que todos nos enfrentamos. Sea lo que sea lo que uno se juegue, en cada elección, en cada decisión, uno gana y pierde a la vez. Gana porque elige, pierde porque renuncia. Edelweiss es la flor del amor, de la amistad... y de la valentía.
Los ciervos de la ciudadela
La ciudadela de Jaca no es un gran castillo y sus muros ni siquiera sobresalen por encima de los edificios de la ciudad. No es imponente ni magnífica, si uno va con prisa, le pasará inadvertida. Se trata de uno más de los fuertes construidos a finales del siglo XVI en varias ciudades del norte de la Península por orden de Felipe II. Y es que temía el Rey Prudente que los franceses invadiesen sus dominios y por eso mandó construir estos bastiones abaluartados, duros, robustos. No son grandiosos, pero sí resistentes a los posibles envites de la moderna artillería del Renacimiento.
Hoy, el foso del viejo cuartel es un lugar verde, fresco y seguro que acoge a una manada de elegantes ciervos. Los animales campan a sus anchas alrededor de la ciudadela, tienen abundante comida y agua y exhiben su gracia a todo aquel que se asoma a verlos. Se mueven pausadamente de aquí a allá, como queriendo mostrar su envergadura, su belleza, y miran al espectador. Contemplábamos desde los alto a los animales y, mientras mi amiga les hacía fotos, mi mente veía en ellos resistencia y fuerza, la misma que la ciudadela que los acoge. Los ciervos resisten las bajas temperaturas de los bosques y las montañas en los que habitan, acostumbran a recorrer largas distancias en sus migraciones anuales y renuevan sus astas cada año, parece que cada año vuelven a empezar. ¿Hay mayor ejemplo de renovación y fortaleza?
Las nieves de Canfranc
"¡Es increíble este lugar!" exclama mi compañera mirando a todas partes. El ambiente es por completo invernal. En la estación internacional de Canfranc está cayendo una copiosa nevada. Los copos son cada vez más densos, más grandes y comienzan a cubrirlo todo formando un manto blanco. La última de las nueve borrascas que han azotado la Península en las semanas anteriores deja lluvia en Jaca, pero nieve en Canfranc. Las dos localidades se encuentran a poco más de veinte kilómetros de distancia, pero la altitud de Canfranc es unos 400 metros superior a la de Jaca. La altitud convierte la lluvia en nieve. Así lo comprobamos aquel día.
Paseamos por los alrededores de la estación, que hoy es un fabuloso hotel de lujo. "La nieve parece detener el tiempo, todo va más despacio, ¿verdad?" reflexiona mi amiga enfundada tras su bufanda y bajo el paraguas que la protege de los copos. Es cierto, el lento precipitar de los copos ralentiza el tiempo por momentos. Nieva con ganas, con parsimonia y deleite, como sucede en las grandes nevadas. Yo, mientras tanto, miro nervioso a todos lados, inquieto por el estado de la carretera por la que tendremos que regresar a nuestro hotel. Las cumbres pirenaicas están muy cerca, pero son invisibles, ocultas tras las compactas nubes blancas que lo cubren todo. También son invisibles los espesos bosques de coníferas que se alzan en las laderas de los montes. La estación de Canfranc, encajada entre montañas, parece hoy más incomunicada, más aislada. La calzada, poco a poco, se vuelve blanquecina a pesar del esfuerzo de las quitanieves, que la limpian sin cesar. "Quizá debamos volver antes de que se ponga peor", sugiero. "Parece que la nieve nos estaba esperando para decorarlo todo".
Ecos de Loarre
En las estribaciones exteriores del Pirineo, encaramado a un espolón rocoso, se camufla el soberbio castillo de Loarre. Es aquella una tierra agreste, ventosa e inhóspita, pero de un alto valor estratégico. Desde allí se divisa y domina la hoya de Huesca y, por tanto, el camino a Zaragoza, al Valle del Ebro. La fortaleza fue construida con ese objetivo en los albores del siglo XI por orden del rey Sancho III "El Mayor" de Pamplona, que entonces controlaba los valles pirenaicos del Alto Aragón. Aquel día de febrero cuando visitamos el castillo el terrible viento del norte, el cierzo, arrancaba hasta las señales de tráfico y así pudimos comprobarlo nosotros cuando aparcamos nuestro coche.
Loarre es un pueblo, pero, ante todo, es una fortaleza, la fortaleza románica mejor conservada en España. Fue encomendada a los agustinos, una orden de monjes guerreros, como tantas otras en la Edad Media. Por eso, la estancia principal es la iglesia de San Pedro, cuya extraordinaria acústica crea unos ecos que permiten escuchar las voces desde cualquier punto de la sala, sin elevar la voz, sin gritar. Aquel lugar, el castillo de Loarre, nunca fue tomado por asalto, nunca fue rendido por las armas. Los monjes tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir un asedio durante semanas y repeler al enemigo. La vida allí era durísima, sometidos al frío, la soledad y los vientos, pero contaban con alimentos y su fe, que siempre es buena compañera. Bien sabían que la fortaleza era inexpugnable, que si aguantaban lo suficiente, el enemigo acabaría retirándose. Y es que lo importante en Loarre no era vencer, sino resistir un poco más.