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martes, 28 de junio de 2022

TIEMPO


Hace días me ronda en la mente una frase de una película: "Vivimos y morimos en función del tiempo. No debemos perder la noción del tiempo". El tiempo como concepto abstracto, el paso del tiempo, siempre está en mi vida, como un espectro, en los momentos de cambio, de principio y de fin.

Es curioso, aunque el tiempo lo inunda todo, es difícil definirlo. Podríamos intentarlo: es la duración de las cosas mutables. Todo lo que empieza y termina prolonga su existencia durante un tiempo. Y todo acaba y termina. Nada es permanente. Así que el tiempo lo abarca todo.

El tiempo es a la vez un aliado y un enemigo. Es un aliado porque trae todo lo bueno y lo mantiene un rato en nuestras vidas. Pero también es un enemigo porque se lo lleva y lo destruye. Devora todo. Nos devora a todos de forma imparable. No podemos luchar contra él. A veces, en los instantes de felicidad, queremos detenerlo, pausarlo, pero es una quimera. No hay quién lo detenga. El tiempo acabará también con nosotros. 

También trae momentos malos, instantes de pena y sufrimiento. Y, como todo, también se los lleva. Los destruye en la oscuridad del pasado y cierra las heridas que han podido dejarnos. Todo termina, lo bueno y lo malo. Pero, cosas de la vida, nosotros sólo nos damos cuenta del fin de los buenos momentos. Aliado y enemigo, de nuevo.

El tiempo cierra unos trayectos y abre otros. Destruye anhelos y esperanzas, pero dibuja, a la vez, nuevas perspectivas. Arrasa el presente de forma irremediable, pero despeja los caminos del futuro. Da nuevas oportunidades, nuevas opciones. Y cierra para siempre otras pasadas. 

Lo que nos queda del tiempo pasado es la memoria. Los recuerdos son algo así como las huellas que el tiempo deja en uno mismo. Buenos y malos, lo único cierto en la vida es que el pasado no existe. El tiempo lo ha devorado ya. Igual que devora el presente y terminará, cuando llegue el momento, con el futuro. 

Es posible volver a un lugar donde fuimos felices, pero nunca podremos volver al instante que nuestra memoria custodia. Ya no existe más que en ella. Por eso a veces el tiempo da miedo. No tememos realmente al futuro sino a un pasado que ya ha dejado de existir excepto en nuestro interior y aún despierta en nosotros felicidad o tristeza. Es la nostalgia.  

Alguien me dijo una vez que "cuando te quieres dar cuenta se ha pasado el tiempo". El tiempo es la vida, llena de instantes, de decisiones, de aciertos y errores. Todo importa poco, en el fondo, porque será destruido. Lo único valioso de verdad es el recuerdo que permanece con nosotros y nos hace ser humanos. Esa es la gran lección.



domingo, 29 de mayo de 2022

PURA IDEOLOGÍA



Cuando llega mayo, se plantea al profesorado la elección de los libros de texto que se utilizarán en el curso siguiente, a partir de septiembre. Lo normal es que esta decisión no suponga un gran drama porque intentamos mantener durante varios años los mismos libros. Estamos habituados a trabajar con ellos, los alumnos también y no supone tanto gasto, ni para las familias, ni para el centro si hay un banco de libros. 

Este curso es diferente porque a partir de septiembre va a entrar en vigor la nueva ley educativa (la octava en cuarenta años), que trae consigo, como todas, cambios en los contenidos de las asignaturas. Estos cambios aún se desconocen porque algunas comunidades autónomas no han aprobado el decreto que los hará efectivos. Inexplicablemente, las editoriales ya están editando sus nuevos manuales y los han enviado a los centros. Los profesores tenemos que elegir los libros de texto sin conocer todavía el currículo al que deben ajustarse.

Como en el curso 2022/23 el nuevo currículo educativo va a aplicarse en los cursos impares (en la E.S.O., en 1º y 3º), hemos tenido que decidir los nuevos manuales para impartir nuestra asignatura, Geografía e Historia. Quería compartir aquí unas reflexiones sobre los libros que hemos recibido como muestra para 3º de E.S.O., donde se estudia Geografía, no Historia.

Podría parecer que la Geografía no es una ciencia tan ideologizada como la Historia. Los contenidos de Historia son polémicos y habitualmente se utilizan como arma en el discurso político. Pero la Geografía es más neutral, próxima a las ciencias naturales, gran parte de sus contenidos no tiene una carga ideológica evidente. Así ha sido (o así me lo ha parecido) hasta ahora. 

La Geografía es la ciencia que se encarga del estudio del espacio donde se desarrollan las sociedades humanas y las formas en que estas se organizan. Tiene dos ramas, la Geografía Física, que estudia el espacio físico, el territorio y sus condicionantes naturales; y la Geografía Humana, que se centra en la relación que existe entre las sociedades y el espacio físico. En 3º de E.S.O. la asignatura aborda, fundamentalmente, contenidos de Geografía Humana.

Los pilares de la Geografía Humana son (o eran) la demografía (el estudio de la población), el urbanismo (las ciudades), los sectores económicos y algunas cuestiones de organización del territorio (fronteras, organizaciones supranacionales, formas de gobierno, etc.). Pues bien, todo esto ha desaparecido de los nuevos manuales de Geografía en Educación Secundaria. No queda ni rastro.

He consultado varios ejemplares de diferentes editoriales (que no voy a mencionar) y todos ellos eliminan por completo o parcialmente los contenidos relacionados con la demografía y el urbanismo. Ya no se estudia la población ni las ciudades. Los alumnos no van a conocer los factores que inciden en el crecimiento (o decrecimiento) de la población, ni la estructura de esta por sexos, ni la morfología urbana, ni los distintos tipos de planos urbanos. Tampoco van a estudiar la organización territorial de los países ni, por supuesto, las diferencias entre una democracia y una dictadura.

Los temas de los nuevos manuales se reducen a la economía. En un libro de texto de doce unidades didácticas, es fácil encontrar que al menos seis o siete abordan aspectos económicos: el sector primario, el sector secundario, el sector terciario, la innovación y el desarrollo, la economía en la Unión Europea, los retos económicos en España y el desarrollo sostenible. Más de la mitad del temario repitiendo, en esencia, los mismos contenidos, las misas ideas, la misma doctrina. El resto de unidades se centran, de forma superficial, en la Unión Europea y las migraciones (ojo, sólo las migraciones, no el estudio de la población). A ellos hay que añadir, a modo de introducción, un tema sobre la Geografía Física. 

No se pretende enseñar Geografía, se quieren enseñar los principios de la ideología dominante: los milagros de la economía, el emprendimiento y la innovación, las bondades de las migraciones, la santidad de la Unión Europea y la tristeza por la "España vaciada". Todo el rato repitiendo lo mismo y todo despojado de componente científico, de contexto y de rigor. Por ejemplo, al hablar de la "España vaciada" (nombre político, por cierto), se dice que una de las causas es la "reducida tasa de natalidad", pero la tasa de natalidad no se ha explicado antes, porque el tema se centra en las migraciones, no en el movimiento natural de la población. ¿Tiene algún sentido?

Eso sí, abundan las loas a las migraciones como la antesala de un mundo multicultural y cosmopolita idealizado y se pasa, enseguida, a cantar las maravillas del emprendimiento, de la tecnología y de la globalización. Nada se dice de los factors que provocan estos fenómenos, ni de las consecuencias positivas y negativas que desencadenan. Adiós al espíritu crítico, al conocimiento científico, al rigor, a la precisión. Todo ideas vagas, sentimientos y sensaciones, bien condimentadas, eso sí, con palabrería barata: los Objetivos de Desarrollo Sostenible, las situaciones de aprendizaje, las competencias, etc. 

Al ojear estos manuales, es fácil caer en el desánimo. No se busca enseñar a pensar sino enseñar a tener unas ideas fijas e inamovibles que se repiten hasta la saciedad. No se pretende que los alumnos estudien Geografía sino que adquieran los principios básicos de un catecismo político absurdo, a la espera, por supuesto, de ver cómo queda el decreto que establecerá el currículo.

Esta claro que el discurso hegemónico tiene dos vertientes. Por un lado, el neoliberalismo económico basado en el materialismo y el utilitarismo. Todo lo que no ofrece un rendimiento monetario no sirve. Sólo es útil y aporta valor aquello que producirá riqueza material: la economía, la innovación tecnológica, el emprendimiento. De nada sirve la formación integral de los ciudadanos, ni su desarrollo personal. La población no necesita conocerse a sí misma, necesita producir. 

Por otro lado, este pilar pragmático se recubre con un barniz de buenismo y optimismo inocente tildado por muchos de "progresista". Se proyecta una sociedad idealizada, sin problemas sociales ni económicos, en la que no interesa saber por qué envejece la población de la "España vaciada" pero sí hay que sentir tristeza por ese mal que se considera inevitable. El conocimiento se sustituye por una doctrina incuestionable plasmada en unos Objetivos de Desarrollo Sostenible que nadie se cree.

Al final, el último dique de contención de esta ola de comistrajos ideológicos es el docente, que detiene las modas y los discursos vacíos y enseña ciencia. Cuando ocurra con los Objetivos de Desarrollo Sostenible lo mismo que ocurrió con los Objetivos de Desarrollo del Milenio; cuando el discurso político dominante pase de moda y sea sustituido por otro, el conocimiento científico seguirá ahí y la Geografía seguirá empeñada en comprender las relaciones entre el espacio físico y las sociedad humanas en todas sus dimensiones. Y los profesores seguiremos formando personas y enseñando ciencia.

domingo, 27 de marzo de 2022

QUO VADIS, RUSIA?



Partamos de un hecho incuestionable: Rusia no puede ser reducida a una mera potencia regional porque su poder es global. Basta mirar un mapa para comprobar que, por definición, este país tiene una influencia mundial. Con sus más de 17 millones de km2 de superficie, es el Estado más extenso del mundo y tiene fronteras con las principales potencias políticas y económicas del mundo.

Por el oeste, limita con la Unión Europea. Por el sureste, comparte una extensa frontera con China. Y en el extremo este, limita con Japón. Al otro lado del mundo (desde nuestra perspectiva), sólo el estrecho de Bering (80 km.) separa a Rusia de las costas de Estados Unidos en Alaska. La proximidad de Rusia al Próximo Oriente y a Asia Central la convierte también en un actor destacado en estas convulsas regiones. Rusia es (y ha sido siempre) un puente entre Oriente y Occidente, entre Asia y Europa.

A pesar de esta enorme extensión y la disponibilidad de valiosísimos recursos naturales, la geografía no es benévola con Rusia. La mayor parte de sus tierras se encuentran a una elevada latitud, próximas al Círculo Polar Ártico, una región fría y seca. Gran parte de las tierras rusas no son aptas para el cultivo, sobre todo en Siberia, donde predomina la taiga y la tundra. Por otro lado, Rusia apenas tiene salida a mares cálidos. Sus larguísimas costas son bañadas por el Ártico, el Báltico y el Pacífico Norte, y pasan (o pasaban) muchos meses del año congeladas. Sólo los puertos del Mar Negro se encuentran plenamente operativos todo el año aunque la salida al océano desde este mar es muy problemática (a través del estrecho del Bósforo controlado por Turquía y del estrecho de Gibraltar, controlado por España, Marruecos y el Reino Unido).

Las tierras rusas son muy llanas y carecen de fronteras naturales que sirvan para fijar límites e impidan la entrada de pueblos foráneos. Por el oeste, Rusia está abierta a la Gran Llanura Europea y por el este, las estepas se extienden hasta el centro de Asia, China y Mongolia. Por eso, históricamente, Rusia ha sido invadida por numerosos imperios. Las cumbres de los Urales no detuvieron a las hordas mongolas en el siglo XIII, que entraron por el este. En la Edad Moderna, las tierras del oeste de Rusia fueron conquistadas por teutones, suecos, polacos y lituanos. En 1812, fueron los ejércitos de Napoleón quienes llegaron hasta Moscú. Y en 1941, los ejércitos nazis sitiaron Leningrado (San Petersburgo).

Así las cosas, desde finales de la Edad Media, los gobernantes de Moscovia (más tarde, Rusia) se afanaron en conquistar territorios que protegiesen el núcleo central ruso en torno a Moscú. Al tiempo que los zares consolidaban su poder autocrático, buscaban establecer sucesivos anillos concéntricos de territorios tapón que previniesen nuevas invasiones. En 1667 fue conquistado Kiev; en 1721 los territorios bálticos (Estonia y Letonia) fueron incorporados al imperio; la Confederación Polaco-Lituana fue desmembrada a finales del siglo XVIII; y en el siglo XIX se sometieron, con muchos problemas, los territorios al norte y al sur del Cáucaso.

En Asia, la conquista de las primitivas poblaciones de Siberia fue rápida, desde el siglo XVII. Las tribus nómadas de Kazajistán y el Turquestán (Asia central) fueron sometidas en el siglo XIX. En 1900, Rusia era el imperio terrestre más extenso del mundo, poblado por gentes muy diversas étnica, lingüística y culturalmente.


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Rusia siempre ha sido demasiado grande y ha estado demasiado poblada para ser aceptada como una igual por las potencias europeas. Además, sus centros de poder (Moscú - San Petersburgo) estaban muy distantes del centro de Europa. A Rusia no llegaron el Renacimiento y el Humanismo en el siglo XVI; y sólo las élites de Moscú y San Petersburgo estuvieron en contacto con las ideas ilustradas en el siglo XVIII. Los grandes zares rusos (Iván el Terrible, Pedro el Grande y Catalina la Grande) se afanaron por consolidar un Estado absolutista a toda costa, buscando la legitimidad en la Iglesia Ortodoxa (Moscú identificada como la Tercera Roma) y en la cultura rusa, aunque gobernaban sobre muchos pueblos no rusos. Tres fueron los pilares del imperio zarista: ortodoxia, autocracia, nación.  

A pesar de todo, Rusia siempre estuvo integrada en las relaciones internacionales europeas hasta 1917. Fue precisamente la Revolución bolchevique, en plena Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), la que sembró la semilla de la desconfianza de Occidente hacia Moscú. Aún así, las circunstancias históricas volvieron a unir a los rusos (ahora la Unión Soviética) con Francia, Inglaterra y Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial hasta su definitiva ruptura en 1945. Durante la Guerra Fría, la URSS, que lideraba al Bloque Comunista, se convirtió en la gran enemiga del Occidente capitalista.

Desde la caída de la URSS y la desintegración del espacio soviético, las relaciones de Rusia con Occidente han atravesado tres fases diferentes. Durante la presidencia de Yeltsin (1991 - 1999), Rusia pareció integrarse completamente, participando incluso en operaciones de la OTAN y adoptando una actitud un tanto sumisa hacia la política exterior de Estados Unidos. En la primera etapa del gobierno de Putin (1999 - 2008) la actitud cambió por algunas desavenencias (como la ampliación de la OTAN hacia el este de Europa), pero sin olvidar la colaboración (por ejemplo, en la lucha antiterrorista tras el 11-S de 2001). En una tercera fase, identificada con el fortalecimiento del poder de Putin y la deriva autoritaria de su gobierno, las relaciones con Occidente han desembocado en una nueva oposición y confrontación (escudo antimisiles de la OTAN, invasión de Georgia, anexión de Crimea y guerra de Ucrania).

A nivel interno, la desintegración de la URSS en diciembre de 1991 no abrió el camino a la consolidación de un régimen democrático. Recordemos que Rusia nunca había disfrutado de democracia anteriormente y que la tricentenaria autocracia zarista había sido sustituida por la dictadura comunista con la Revolución de 1917. Durante la presidencia de Yeltsin, el caos económico provocado por la apertura a la economía de libre mercado se asoció con un presidente débil, sin mucho poder frente a los oligarcas y las regiones separatistas (Primera Guerra de Chechenia de 1994 - 1996). La incipiente democracia se asoció a la corrupción, la inestabilidad y la pobreza. A partir de 1999, la llegada de Putin al poder fue un punto de inflexión. De nuevo un líder fuerte (como los zares autócratas) imponía orden, acababa con los separatistas (Segunda Guerra de Chechenia, 1999 - 2009) e impulsaba el desarrollo económico. 

Vladimir Putin volvía a apostar, ahora, por los pilares del antiguo imperio zarista tras el paréntesis soviético y la presidencia de Yeltsin: la autocracia como forma de gobierno (un líder autoritario incuestionable), la ortodoxia (alianza con la Iglesia Ortodoxa de Moscú) y la nación (un ultranacionalismo violento y expansionista). Este esquema le llevó a reprimir a cualquier forma de oposición interna, a realizar los cambios legales para perpetuarse en el poder (modificación de la Constitución en 2020) e intervenir en la política interior de los países de la "vecindad próxima", una especie de patio trasero particular de Moscú (Georgia, Kazajistán, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, etc.).

Quo vadis, Rusia? ¿Hacía dónde va la Rusia del siglo XXI? Para responder a esta pregunta sería necesario saber, primero, hacia dónde se dirige el presidente Putin. Se ha convertido en un autócrata al más puro estilo de los zares, eliminando al disidente y controlando con puño de hierro la política interna. Se ha convertido también en el terror de Europa y del mundo occidental, por sus amenazas y sus agresiones militares, presentándose como un déjà vu que los ingenuos europeos creían olvidado. Pero la gran tragedia del 2022 es que la Rusia de hoy se parece más a la Corea del Norte de Kim Jong Un y a la China de Xi Jinping que al imperio de Pedro I o al de Catalina "la Grande". 




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viernes, 11 de marzo de 2022

MAGISTRA VITAE


Año tras año, en 2° de E.S.O. me detengo unas semanas a hablar del reinado de los Reyes Católicos. Lo hago, en primer lugar, porque es preceptivo según el currículo educativo vigente, pero también porque creo que es un periodo central en la historia de España y, además, resulta atractivo a los alumnos. 

Hablamos del final del reinado de Enrique IV de Castilla, de la Guerra de Sucesión Castellana (1474 - 1478), de la conquista de Granada, del descubrimiento de América y también de la expulsión de los judíos en 1492 y el establecimiento de la Inquisición en los reinos hispánicos. Pero, cada curso, en lo que más me detengo no es en las cuestiones sobre el fortalecimiento del poder real o en la política expansiva, sino en los chascarrillos de los reyes y sus hijos, en su vida privada, en sus líos familiares y en la tragedia que vivieron. Lógicamente esto entusiasma a los alumnos, que suelen tener, como todos, esa pulsión irrefrenable hacia el morbo y lo grotesco. 

Cuando hablamos de la Guerra de Sucesión Castellana, recalco la idea de que Isabel tuvo que defender su trono en una guerra. Algo que suele pasar desapercibido. Es importante que conozcan que parte de la nobleza castellana la quería de reina porque una mujer era, en teoría, fácilmente manipulable. También insisto en que su contrincante en la contienda era otra mujer, su sobrina Juana "la Beltraneja", a la que muchos apoyaban por los mismos motivos: una reina de apenas doce años garantizaba las manos libres a los magnates castellanos. Entre ellos el Arzobispo de Toledo Carrillo y el marqués de Villena, que cambiaron de bando varias veces. 

Las preguntas que habitualmente les planteo son ¿hubiese habido guerra si Isabel hubiese sido un hombre? ¿Y si Juana "la Beltraneja hubiese sido Juan se hubiesen atrevido los nobles castellanos a cuestionar la paternidad de Enrique IV?

Los alumnos miran embobados cuando les cuento el destino de los hijos de Isabel y de Fernando. Pusieron a sus vástagos al servicio de su política exterior, con el objetivo de aislar a Francia. Escuchan con extrañeza las peripecias de las hijas, que fueron enviadas a lejanos reinos - Portugal, Inglaterra, Flandes - para fortalecer las alianzas con esas cortes. Y que el único hijo, Juan, se casó con una princesa nacida en Bruselas. ¿Y no les daba pena marcharse tan lejos? ¿Y cómo se entendían? ¿En qué hablaban? Dudas cotidianas asaltan las mentes de los adolescentes ante estas historias.

Las risas inundan los primeros momentos del relato de las desdichas que persiguieron a la familia de los Reyes Católicos. El príncipe Juan, recién casado con Margarita de Habsburgo, murió en 1497 con solo diecinueve años. ¿Y de qué murió? De amor. Las carcajadas son mayúsculas cuando aclaro que, según las fuentes, hizo demasiado esfuerzo en la noche de bodas. Algo que, al parecer, le provocó la muerte.

También siguen emocionados los sucesos posteriores. La primogénita Isabel, casada con el rey de Portugal Manuel "el Afortunado", tuvo que regresar a Castilla para jurar como heredera. Al poco tiempo falleció al dar a luz a su hijo, Miguel de Paz. La joven tenía veintisiete años.

El niño murió también a los dos años por más que su abuela, la reina Isabel de Castilla, se afanó en cuidarlo y atenderlo pues era el heredero no solo de Castilla y Aragón sino también de Portugal. ¡Madre mía, se mueren todos! ¿Pero no queda uno vivo? ¡Todos 'la palman'!

La clase, sin embargo, enmudece cuando me pongo serio, termino con las anécdotas y concluyo: ¿Qué esperáis? La muerte siempre acecha. Antes y ahora. Es la gran protagonista de la Historia: cambia destinos, cierra caminos, abre nuevas oportunidades. Eso ocurre también en la vida cotidiana. En nuestra vida. La muerte está presente y hay que vivir con ella.

Y luego les planteo una reflexión: Imaginaos ahora el terrible sufrimiento de una madre, Isabel (y de un padre, Fernando), al ver morir a dos de sus hijos y a su nieto en apenas tres años. Imaginaos el dolor al saber también que su heredera, Juana, sufre trastornos mentales y que tiene comportamientos anormales. Isabel murió en 1504 con solo cincuenta y tres años.

El grupo de alumnos, da igual cuántos haya en la clase, enmudece. Lo que eran risas y comentarios se transforman en rostros pensativos y cabizbajos. Y la reflexión va un poco más allá al introducir a otro personaje del que habíamos hablado poco: Juana, a la que la apodamos "la Loca".

¿Estaba realmente loca? Hoy no se puede saber. Según algunos investigadores tendría algún tipo de trastorno de conducta. Según otros, su locura fue producida por las circunstancias que la rodeaban. Lógicamente, al plantear esto, los alumnos quieren saber más y preguntan.

Al parecer, su esposo Felipe "el Hermoso" la maltrató en repetidas ocasiones. Ella alternaba episodios de amor desenfrenado, celos y odio hacia su marido, quien la tuvo también un tiempo encerrada en palacio. Su padre, el rey Fernando, la encerró en Tordesillas en 1506 al comprobar que no estaba capacitada para gobernar (y porque así él podía hacer y deshacer a su antojo en Castilla). Y su hijo, el emperador Carlos, la mantuvo de por vida encerrada hasta su muerte en 1555. Ella tuvo la suerte de vivir mucho más que sus hermanos mayores, pero fue víctima de su esposo, de su padre y de su hijo. 

Los rostros de los alumnos reflejan al final de la clase una mezcla de emoción, tristeza e indignación. Esto no tienen que estudiarlo para el examen, pero las lecciones que se pueden tomar de estas historias son mucho más valiosas que de costumbre. Incluso las mujeres más poderosas de nuestra Historia tuvieron que sufrir y luchar por conseguir lo que consideraban suyo. En la Historia, como en la vida, no hay ni buenos ni malos, todos somos el fruto de diferentes circunstancias. La muerte está presente aquí y allí y hay que vivir con ella. La Historia es a veces perversa condenando a Juana para siempre a la locura.

Ya lo dejó escrito Cicerón en su "De Oratore": Historia vita memoriae, magistra vitae. 


domingo, 27 de febrero de 2022

UCRANIA Y RUSIA EN 6 MAPAS



Desde la Revolución del Euromaidán en 2014, Ucrania ha pasado de ser un país prácticamente desconocido para Occidente a aparecer frecuentemente en los medios de comunicación. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 es el último episodio de una historia compleja. Repasamos aquí los hitos más destacados de la historia de Ucrania y de Rusia con seis mapas.


1. El Rus de Kiev (ss. IX - XIII)


A finales del siglo IX, los rusos, que habitaban cerca del Mar Báltico, se desplazaron hacia el sur, a las llanuras ribereñas del Mar Negro y atravesadas por los ríos Dniéster y Dniéper. Crearon el Principado de Kiev, el primer Estado ruso, y establecieron contactos comerciales con el Imperio Bizantino. En el siglo XIII, los ejércitos mongoles invadieron Europa oriental y sometieron el Principado de Kiev. Posteriormente, cuando el Imperio Mongol se fragmentó, aparecieron pequeños principados, como el Kanato de Crimea, en el sur de la actual Ucrania. No hay diferencias entre los pueblos eslavos del norte (no podemos distinguir entre rusos y ucranianos).



2. Expansión rusa (ss. XIII - XIX)


Los príncipes rusos de Moscú empezaron a fortalecer su posición a comienzos del siglo XIV, sometiendo otros Estados rusos cercanos. Progresivamente, como se puede ver en el mapa, conquistaron amplios territorios, extendiendo su control hacia el sur y el oeste a costa de otros Estados como Suecia, Polonia - Lituania, el Kanato de Crimea y los territorios de la Orden Teutónica. El objetivo de los zares rusos desde el siglo XVII fue triple: 1) crear un territorio tapón en el oeste que protegiese el núcleo central ruso en torno a Moscú, 2) lograr una salida al Mar Báltico (San Petersburgo en 1703) y otra al Mar Negro (Sebastopol en 1783) y 3) expandirse hacia Siberia, el este, donde no tenía ninguna competencia. La ciudad de Kiev, que había sido capital del primer Estado Ruso, fue conquistada por la Rusia de los Romanov en 1667.



3. El Imperio ruso en 1914


En vísperas de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), el Imperio Ruso era un inmenso Estado que se extendía desde las llanuras polacas en el oeste al Océano Pacífico en el este y desde Laponia y el Ártico en el norte al Hindú Kush en el sur. Sin embargo, padecía una gran debilidad interna: pobreza y atraso económico y social. Además, era un Estado multiétnico donde numerosos pueblos no rusos (polacos, fineses, estonios, armenios) reclamaban su independencia. A finales del siglo XIX se forjó también la identidad nacional ucraniana: una historia diferenciada de Rusia, una lengua unificada a partir de diversos dialectos rusos, unos orígenes mitológicos, etc. En este momento, los eslavos del norte se dividían en "grandes rusos" (rusos), "pequeños rusos" (ucranianos) y "rusos blancos" (bielorrusos).



4. La Guerra Civil Rusa (1917 - 1922)


Como consecuencia de las continuas derrotas de los ejércitos del zar Nicolás II en la Primera Guerra Mundial, estalló la Revolución Rusa en 1917. Fue un complejo proceso que se desarrolló en dos fases: la Revolución de febrero y la Revolución de octubre. Tras esta, los bolcheviques liderados por Lenin tomaron el poder. Lenin retiró a Rusia de la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), perdiendo numerosos territorios en el oeste: Finlandia, las Repúblicas Bálticas, Polonia y Ucrania. En la posterior Guerra Civil Rusa (1917 - 1922), los bolcheviques consiguieron recuperar el control sobre Ucrania e integrarla en la nueva Unión Soviética en 1922. Se formaron así la República Socialista Soviética de Ucrania y la República Socialista Soviética de Rusia, entre otras. Todas estaban dentro de la URSS.



5. La Unión Soviética (1922 - 1991)


La URSS estaba formada por quince repúblicas socialistas soviéticas que, en teoría, gozaban de amplia autonomía. En la práctica, sin embargo, imperaba el centralismo de Moscú. El proceso de rusificación del país fue intenso, sobre todo en algunas etapas, como el periodo estalinista (1924 - 1953). En Ucrania, numerosos pueblos fueron deportados a Siberia, como los tártaros de Crimea o los cosacos. Los ucranianos sufrieron el hambre en los años 30, muriendo casi 5 millones de personas. Muchos lo consideran un genocidio: "Holodomor". Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945), algunos ucranianos vieron en la invasión nazi una oportunidad para recuperar la tan ansiada independencia de la URSS. 



6. La Ucrania actual (1991 - 2022)


La actual República de Ucrania es el resultado de un largo proceso de incorporación de territorios al núcleo original en torno a Kiev. Lenin incorporó a la RSS de Ucrania las regiones del Dombás y el sur (Odesa), muy ricas económicamente. Stalin incorporó Rutenia, conquistado por el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Y Kruschev en 1954 anexionó la Península de Crimea que a partir de entonces fue administrada desde Kiev. La República de Ucrania ganó la independencia de la URSS en agosto de 1991. Rusia se independizó de la URSS en diciembre de ese año.

En 1994, el Memorándum de Budapest garantizaba la integridad territorial de Ucrania previa cesión a Rusia de todo el armamento nuclear que había en territorio ucraniano. En 2014, Rusia violó el memorándum y se anexionó la Península de Crimea en un clima de inestabilidad en Ucrania por la Revolución del Euromaidán y la guerra en el Dombás.




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jueves, 24 de febrero de 2022

¿QUÉ OCURRE EN UCRANIA?


El 25 de diciembre de 1991, hace apenas treinta años, se desintegró la Unión Soviética, víctima de sus propias contradicciones internas y del descalabro económico del sistema comunista. De ella surgieron quince nuevas repúblicas independientes, siendo su heredera jurídica a nivel internacional la Federación Rusa. El espacio soviético se fragmentó no sólo en el plano territorial sino también desde un punto de vista político y cultural, pero Rusia nunca renunció a ejercer la tutela sobre los países vecinos.

La implosión de la URSS fue también el punto final de la Guerra Fría, el sistema de relaciones internacionales que había imperado en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945). El bloque comunista, que había rivalizado durante décadas con el bloque capitalista liderado por Estados Unidos, se hundió dejando a la superpotencia americana como la única en el mundo. La nueva Federación Rusa no podía compararse a la antigua URSS y su poder político y económico era mucho más reducido. No así su poder militar, que se mantuvo prácticamente intacto.

Estas son las dos grandes frustraciones que Rusia ha arrastrado desde hace tres décadas: el fin de su hegemonía indiscutida en una mitad del mundo y el dominio absoluto de un vastísimo imperio territorial que se extendía desde Alemania en el oeste hasta la Península de Kamchatka en el este y desde el Ártico en el norte hasta el Hindú Kush en Asia Central. Fuera de Rusia quedaban además amplias regiones que habían estado dominadas históricamente por Moscú, como Ucrania y el Cáucaso. Lo único que conservó Rusia fue su enorme poder militar y unos valiosos recursos naturales.

La apertura a la economía de libre mercado fue catastrófica en casi todos los países nacidos de la Unión Soviética. La transición desde el comunismo al capitalismo fue un desastre en Rusia y en Ucrania. Se formó enseguida una oligarquía empresarial que concentró la mayor parte de la riqueza del país. Esto influyó también en la implantación de regímenes democráticos al estilo occidental. Ni Rusia ni Ucrania ni el resto de república exsoviéticas (con la excepción de los países bálticos) habían disfrutado antes de democracia liberal, y así siguen treinta años después. Su implantación fue un fracaso. 

La idea de que todos los problemas se solucionan con un líder autoritario fuerte está muy arraigada en las sociedades rusa, bielorrusa, kazaja y, en menor medida, ucraniana. Líderes como Alexandr Lukashenko (en Bielorrusia), Nursultán Nazarbáyev (en Kazajistán) y Vladímir Putin (en Rusia) son ejemplos de ello. En Rusia, además, muchos confían en que Putin recupere el prestigio del país y vuelva a convertirlo en una gran potencia respetada y temida por el resto de naciones, en especial por Occidente (Europa y EE.UU.), como en los tiempos de la Guerra Fría.

Por si fuera poco, en los treinta años que han transcurrido desde la caída de la URSS y el presente, la OTAN ha ampliado sus fronteras progresivamente hacia el este, acercándose cada vez más a Rusia. La OTAN es una alianza militar creada en 1949 bajo el liderazgo de EE.UU. para enfrentar un posible ataque de la URSS. Con la desaparición de esta, la OTAN no se disolvió y la nueva Rusia la vio como una amenaza. Al mismo tiempo, los antiguos países satélites de la URSS (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc.) y las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) vieron en la alianza atlántica el escudo de protección necesario para evitar la injerencia rusa en sus países. 

El miedo de Rusia a perder la influencia sobre el antiguo espacio soviético la ha llevado a intervenir directamente en países que ahora son independientes. Habitualmente, Moscú ha aprovechado las poblaciones étnicamente rusas o ruso-parlantes que viven en estas naciones para desestabilizarlas en beneficio propio. Así ocurrió en la temprana fecha de 1990 (antes del hundimiento de la URSS) en Transnistria, una región moldava donde aún hoy hay tropas rusas. 

En 2008 ocurrió algo similar con las regiones de Abjasia y Osetia del Sur que proclamaron su independencia de Georgia y fueron reconocidas por Moscú. Después el ejército ruso entró en Georgia para proteger las nuevas repúblicas. En 2014, tocó el turno a Ucrania con las rebeliones de las regiones rusófonas de Donetsk y Lugansk en el Dombás. Su independencia ha sido reconocida ahora, en 2022, pero el gobierno ruso ha estado apoyando a los rebeldes desde entonces.

Ese mismo año de 2014, el presidente ruso Vladímir Putin dio un paso más en su empeño por mantener el control sobre Ucrania cuando anexionó a Rusia de manera ilegal la estratégica Península de Crimea, algo que violaba la integridad de Ucrania y todas las leyes internacionales. También hay poblaciones rusas en otros países exsoviéticos como Estonia, Letonia y Kazajistán que pueden ser utilizadas por el Kremlin para desestabilizar esas naciones. Caso aparte es Bielorrusia, cuyo presidente Lukashenko es un estrecho colaborador de Rusia. Para Occidente Bielorrusia es un Estado títere de Moscú; para Moscú es un buen amigo. 

En el discurso que Putin dio a la nación el 21 de febrero de 2022, anunciando el reconocimiento de la independencia de las regiones del Dombás, justificó su decisión con una retórica imperialista más propia del siglo XIX que del siglo XXI. Estaba además preparando el terreno para la invasión del país. Cuestionó la legitimidad de Ucrania como nación independiente y su derecho a existir: "Ucrania para nosotros no es sólo un país vecino. Es una parte fundamental de nuestra propia historia, cultura y espacio espiritual". Lo acusó también de ser un Estado fallido debido a la corrupción y un títere de EE.UU. (por querer unirse a la OTAN, precisamente para evitar una agresión rusa). Reivindicó, por último, el antiguo Imperio Ruso de los zares y el espacio soviético desaparecido en 1991.

Putin se ve a sí mismo como el líder fuerte capaz de restaurar la supremacía de Rusia frente a EE.UU., pero a su vez tiene miedo de la OTAN y su poder militar. Quiere que países como la propia Ucrania, pero también Bielorrusia, Moldavia, Georgia y Kazajistán, entre otros, constituyan un territorio tapón que proteja a Rusia de la OTAN y donde Moscú pueda intervenir cuando le plazca. Así lo dijo claramente: "Les dimos a estas repúblicas el derecho a salir de la Unión (Soviética) sin términos ni condiciones. Eso fue una locura."

¿Y cómo justificar una invasión militar en pleno siglo XXI? Convirtiendo al rebelde en víctima y a la víctima en agresor. Aludiendo a un supuesto genocidio de las poblaciones rusas del este de Ucrania. Amenazando con una guerra nuclear a gran escala. Destruyendo el imperio de la ley con el imperio de la fuerza. Y usando la impunidad que ofrece la debilidad del contrario. La siguiente pregunta es: ¿Saciará Putin su voracidad con la incorporación de una parte de Ucrania a Rusia y la implantación de un gobierno títere en Kiev? ¿O será solo otro capítulo de una serie de intervenciones militares y conquistas que no terminará hasta que alguien le pare los pies? ¿Y quién puede ser ese "alguien"? 





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jueves, 20 de enero de 2022

DIEZ IDEAS INCÓMODAS SOBRE LA PANDEMIA

En los últimos tiempos, algunos asuntos me han mantenido tan ocupado que no he podido escribir aquí. Llevaba unas semanas queriendo compartir unas reflexiones acerca de esta pandemia que continúa fastidiándonos la vida, pero entre unas cosas y otras, no encontraba el momento. 

Pensando un poco acerca del alcance que la pandemia ha tenido en nuestras vidas y en nuestra sociedad, no puedo evitar que me asalten la mente unas ideas que, por incómodas, no dejan de ser ciertas:

1. La actuación de los gobiernos (nacional y regionales) y de la administración no ha estado a la altura. Les faltó previsión a comienzos de 2020, les faltó decisión en la adopción de medidas drásticas durante meses y ahora echo en falta valentía.

2. Se ha apelado continuamente a la "responsabilidad individual". No es otra cosa que culpar al ciudadano del contagio. No se ha hablado, por el contrario, de la "responsabilidad colectiva" que debe asumir el Estado (y los gobiernos).

3. Se dijo que íbamos a salir más fuertes de la crisis, pero ha agrandado la desigualdad económica y ha acentuado la vulnerabilidad de muchos colectivos. Aún no hemos salido, pero el futuro es muy incierto para todos (aunque para unos más que otros).

4. Los ciudadanos nos hemos vuelto desconfiados y (más) egoístas. Pensamos mal del que se ha contagiado y le acusamos de irresponsable. Durante meses, el que se contagiaba era un mal ciudadano. Existe el "estigma del contagiado".

5. La labor de los medios de comunicación en la crisis ha sido negligente. Han sido alarmistas, morbosos e imprudentes. Ha faltado (y falta) información clara, veraz y objetiva sobre la situación sanitaria (que es lo que necesitan los ciudadanos).

6. Las vacunas disponibles han sido un salvavidas provisional para la situación, pero no son la solución definitiva. Tendremos que esperar a que lleguen las vacunas de segunda generación que, realmente, corten la transmisión del virus para que todo acabe.

7. Gran parte de las medidas contra el virus han sido inútiles (el Pasaporte COVID, el Radar COVID, el uso masivo de gel hidro- alcohólico, el toque de queda...) y el paraguas que las amparaba (el Estado de Alarma) fue ilegal. Sí se ha manifestado eficaz el uso generalizado de mascarillas.

8. Los respectivos gobiernos no reforzaron el Sistema Sanitario cuando la situación se calmaba durante meses (en el verano de 2020, en el verano de 2021): no se reforzó la atención primaria, ni se consolidaron los puestos de trabajo creados, ni se ampliaron las camas de las unidades de críticos. Esto habría evitado el colapso continuo de los hospitales y los centros de salud. 

9. Se ha señalado a grupos enteros como causantes de los contagios: a los adolescentes, a los jóvenes, a los que frecuentaban los bares, a los que salían a cenar fuera, a los que viajaban... Y se ha discriminado a quienes, en ejercicio de su libertad individual, decidieron no vacunarse.

10. Con motivo de la pandemia hemos visto restringir derechos fundamentales como la libertad de reunión o la libertad de movimiento. Además, la igualdad ante la ley puede verse violada si, finalmente, se impide a las personas que no se han vacunado disfrutar de algunas servicios o derechos.

BONUS SOBRE ENSEÑANZA: La enseñanza ha sido la gran olvidada (como siempre). No se han atendido las demandas de los docentes que mantuvieron la educación a distancia desde marzo a junio de 2020. La situación en los colegios e institutos dista mucho de ser normal y la Sexta Ola la ha empeorado sustancialmente. El apoyo de la administración brilla por su ausencia.

Con estas reflexiones no niego, ni mucho menos, que (de momento) la única solución a la pandemia sean las vacunas. Como se ha demostrado, son eficaces para evitar la enfermedad grave y la muerte provocadas por el virus. Ni tengo conocimientos sobre virología ni sobre medicina, pero creo que lo arriba expuesto son ideas de sentido común que, cualquiera que viva en el mundo y se entere medianamente de cómo van las cosas podrá darse cuenta.

Desde marzo de 2020 he publicado algunas entradas sobre la Pandemia de la COVID-19 cuyos enlaces comparto aquí por si queréis leerlas: