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domingo, 15 de marzo de 2026

HIJOS DE PUTA DE AQUÍ Y DE ALLÁ


Los conceptos del bien y el mal, de lo bueno y lo malo no son universalmente idénticos. En la cultura occidental se basan en normas y principios morales que derivan de la filosofía griega, el derecho romano y el Cristianismo. Lo bueno es lo que se ajusta a éstos y lo malo, lo que se desvía de ellos. En otras culturas, asiáticas y africanas fundamentalmente, estas ideas son diferentes. El bien está más relacionado con la armonía y el papel que uno juega en el entorno en el que vive, su complementariedad con otros elementos del sistema, como el Yin y el Yan, que se complementan el uno al otro.

Siempre que tratamos un conflicto o una guerra en clase aparecen unas preguntas clásicas: ¿Quién es el bueno? ¿Quién es el malo? Y esto fue lo que ocurrió el otro día mientras hablábamos de lo que estaba pasando en Oriente Próximo, en el conflicto de Irán frente a Estados Unidos e Israel. Incapaz de darles una respuesta, de discernir quién es el bueno y quién es el malo en todo este barullo, acabé confesando lo evidente: que nadie sabe lo que está pasando a ciencia cierta y que nada es como parece en realidad. Y de aquel planteamiento acabamos sacando algunas conclusiones interesantes.

Disney nos enseñó en nuestra infancia a identificar claramente al bueno y al malo, al héroe y al villano. Disney refleja con exactitud los conceptos de bien y mal de la cultura occidental que decíamos antes. En cada película, el bueno es quien vence, quien defiende los valores de la justicia y el honor. Es el guapo, el alto y el apuesto. El malo, por el contrario, acumula todo lo negativo, la locura, la maldad, la venganza, la injusticia. Es el feo, el oscuro, y siempre acaba siendo derrotado. Nadie cuestiona si todos los actos del bueno son correctos y tampoco nadie se para a pensar, por un momento, en los motivos del malo para hacer lo que hace. Juzgamos los actos correctos o incorrectos e inferimos si la persona que los cometió es buena o mala por ello, pero no pensamos en las causas que provocaron aquellos actos.

Todos llevamos a nuestra vida diaria estas ideas aprendidas cuando éramos pequeños. Y lo aplicamos a todo lo que nos rodea, sea lo que sea, también a la actualidad. Enseguida identificamos el bien y el mal, el negro y el blanco. Y esto nos hace distinguir con asombrosa nitidez a los buenos y a los malos y a establecer un nosotros y un ellos. No nos paramos a pensar en los matices, en las causas y los motivos de cada acto. Nos ponemos del lado de quien consideramos bueno y nos distanciamos irremediablemente del malo, sin darle siquiera una oportunidad para explicar sus acciones.

En nuestro país, la clase política tiende a hacer lo mismo sobre cualquier tema, tenga la trascendencia que tenga. Nuestros políticos son tan cortos de vista y de mente que no ven la realidad con toda su magnitud. Y lo mismo ocurre con los medios de comunicación y con esos tertulianos - influencers de tres al cuarto que opinan de todo. Reducida a ideas simples, a mensajes cortos y sencillos, utilizan el bien y el mal para diferenciar entre sus ideas y las de otros, polarizando a la opinión pública. No caben matices, no caben grises. O estás con ellos o contra ellos. 

Si estás conmigo, debes pensar esto, que es lo correcto, lo bueno. Y si no lo piensas, entonces no eres de los míos, estás con el malo. Da igual del tema que se trate, también de los asuntos internacionales, por otra parte, tan complejos. Y en la cuestión del conflicto en Oriente Próximo lo estamos viendo claramente. En un conflicto internacional de una magnitud no vista en años, seguimos empeñados en distinguir al bueno y al malo. Parece que si eres de derechas, debes apoyar a Trump, a Estados Unidos y a Israel, que son los buenos. Si eres de izquierdas, como buen antiimperialista, apoyarás sin fisuras a Irán.

Y yo me niego a elegir entre un hijo de puta y otro. Ese es precisamente el problema: nos obligan a elegir siempre entre dos hijos de puta y no tenemos por qué hacerlo. Nos obligan a identificar al bueno en un conflicto en el que no está claro quién es quién, y, quizá, no haya ningún bueno y todos sean malos. Quizá sea la distancia y la prudencia la mejor posición en todos estos casos.

Estados Unidos e Israel se presentan como los defensores de la civilización occidental frente a un régimen malvado, pero han roto la legalidad internacional para atacarlo y han causado miles de víctimas inocentes tanto en Irán como en Líbano y en otros lugares de Oriente Próximo. Han violado el Derecho Internacional que ellos mismos impusieron después de la Segunda Guerra Mundial. Tanto Trump como Netanyahu se han convertido en tiranos, lunáticos agresivos que no encuentran ningún limite a su poder, que pretenden destruir el orden mundial que conocíamos y que incluso se burlan de las víctimas del conflicto que ellos mismos han provocado. ¿Son éstos son los buenos?

Por otro lado, Irán se una de las dictaduras más sanguinarias que existen hoy en día. La Republica Islámica instaurada en 1979 es un régimen regido por religiosos fanáticos que imponen la versión más estricta de la ley islámica. Los ayatolás han reprimiendo a la oposición, a algunos colectivos, como los homosexuales y las minorías étnicas, y limitan los derechos y las libertades de la mitad de la población, las mujeres. Las protestas de hace unos meses fueron reprimidas con tanta dureza que causaron miles de muertos. En aquel país los derechos y las libertades civiles que damos por sentados en los países europeos son una mera quimera. Se trata de un Estado que usa el terror y la represión como armas de control de una población cada vez más descontenta. ¿Es éste, entonces, el bueno en esta historia?

No nos dejemos engañar, aquí no hay un bueno ni un malo. Aquí son todos unos hijos de puta, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia. No es posible distinguir a unos de otros en la guerra. Así que seamos un poco críticos y no adoptemos un bando tan a la ligera. El mundo no es como lo presentaron las películas de Walt Disney durante tantas décadas. Y ésta suele ser la enseñanza que acabamos extrayendo el otro día en el aula hablando sobre todo estos temas: estemos atentos a lo que ocurre; escuchemos, leamos sobre la guerra; pero desconfiemos de todo, de cualquier noticia, de cualquier imagen, de cualquier rumor. Porque en el mundo en el que vivimos, nada es lo que parece y se empeñan en hacernos elegir bando entre dos hijos de puta. El sentido común, el juicio crítico y la prudencia es lo que nos salva de semejante estupidez.


domingo, 1 de marzo de 2026

¿QUÉ OCURRE CON IRÁN?

Trump, Netanyahu y Jamanei sobre un mapa de Oriente Próximo


En la mañana del último día de febrero de 2026 las alarmas antiaéreas sonaron en las calles de Teherán. Poco después, comenzaron a escucharse fuertes explosiones en diversas zonas de la ciudad. Lo mismo ocurrió en otras ciudades del país, como Isfahán, Qom e Ilam. Los ciudadanos iraníes salieron a las calles mientras el gobierno les pedía que marchasen fuera de la ciudad ya que se preveían nuevos ataques. Se han reportado largas colas en los cajeros automáticos para sacar dinero en efectivo y en las gasolineras para llenar los depósitos de los vehículos.

El ataque fue coordinado por Israel y Estados Unidos y supone una escalada sin precedentes en Oriente Próximo. Se trata, en cualquier caso, de una operación largo tiempo esperada dados los últimos movimientos del gobierno de Estados Unidos. Desde hacía meses, la administración Trump estaba concentrando barcos de guerra en la región. El portaaviones estadounidenses Gerald Ford arribó al puerto de Haifa (Israel) hace un par de días y es previsible que siga navegando en dirección al Golfo Pérsico. No obstante, la fecha ha cogido a los medios internacionales y a la opinión pública por sorpresa porque continuaban las negociaciones entre las delegaciones de Estados Unidos y de Irán en Suiza para un nuevo acuerdo sobre el programa nuclear iraní. Parecía que la vía diplomática seguía abierta pero, es cierto que, para entender cualquier acción de Estados Unidos, debemos tener presente el temperamento impredecible de Trump. 

El ataque norteamericano-israelí no responde ni a una emergencia humanitaria ni a un ataque preventivo. Todo el mundo conoce la debilidad del régimen teocrático de Irán y es fácil suponer que no estaba preparando un ataque contra intereses israelíes ni estadounidenses, así que la operación militar no se puede justificar de ese modo. La agresión israelí y estadounidense tampoco ha contado con la autorización de las Naciones Unidas y es contraria al derecho internacional, aunque, desde hace mucho tiempo, ambos tienen poca influencia frente a intervenciones unilaterales y agresiones militares de este tipo. Recordemos Ucrania en 2022, Gaza en 2023 y Venezuela hace tan solo unos meses.

El objetivo de Netanyahu y de Trump no es otro que rediseñar el tablero geopolítico de Oriente Próximo. Ambos líderes lo han reconocido abiertamente. El líder israelí lleva trabajando en este objetivo desde 2023. En este contexto, la República Islámica de Irán es una de las grandes piezas a destruir. Quieren acabar con el polémico programa nuclear iraní, debilitar también su arsenal de misiles balísticos que constituyen, quizá, la única amenaza iraní contra Israel y provocar la caída del régimen teocrático. Por eso, uno de los primeros objetivos fue el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. El complejo residencial del ayatolá fue bombardeado y Jamenei murió en el ataque según ha confirmado el propio gobierno iraní.

La intervención en Irán tiene el antecedente de la Guerra de los 12 Días (12-24 de junio de 2025), aunque aquella fue una acción más mesurada. Entonces, Israel atacó sólo instalaciones militares y nucleares en Irán, que respondió lanzando misiles sobre Israel, previa advertencia. El bombardeo estadounidense sobre la instalación nuclear de Fordow el 22 de junio amenazó con escalar aún más el conflicto, aunque finalmente se llegó a un alto el fuego. Ahora, la operación militar es de mayor envergadura y sus desenlaces aún están por descubrirse.

La debilidad del régimen de los ayatolás en la región no se le escapa a nadie. Las milicias aliadas de Irán en la zona, los llamados "proxies", se encuentran desarticuladas tras las guerras de los años anteriores contra Israel. Hezbolá, que en otros momentos llego a ser una gran amenaza para Israel, hoy tiene una influencia meramente local en el sur del Líbano. Hamás sufrió un durísimo golpe durante la Guerra de Gaza (2023 - 2025). Siria fue aliada de Irán durante la dictadura de Al-Asad, pero el nuevo gobierno se ha distanciado de Teherán. Los hutíes de Yemen no representan una amenaza más allá del Mar Rojo y las milicias chiíes de Iraq no tienen una capacidad operativa relevante en la actualidad. A ello hay que sumar la indiferencia de la Rusia de Putin hacia su aliado histórico y el nuevo eje de naciones sunnitas aliadas (Turquía - Arabia Saudí - Pakistán) que supone un poderoso contrapeso al Irán chiita.

A nivel interno, la teocracia iraní se encuentra sumida en una profunda crisis. A la crisis económica que arrastra desde hace años por las sanciones internacionales hay que sumar el malestar ciudadano. Las masivas manifestaciones de protesta contra la dictadura de los últimos meses, ahogadas en sangre y con miles de muertos, ha sido una clara evidencia de ello. La muerte del líder supremo, el ayatolá Jamenei, de 86 años, supone un antes y un después en Irán. No cuenta con un sucesor claro y su desaparición provocará a medio plazo una lucha por el poder en el régimen iraní de consecuencias difíciles de prever. Debemos tener en cuenta, además, que en Irán existen numerosas facciones y grupos enfrentados cuya única unión es la lealtad al ayatolá. Trump ha llamado a la Guardia Revolucionaria iraní, auténtico soporte del régimen, a que deponga las armas y se rinda y a los ciudadanos iraníes a derribar al gobierno y tomar el control del país. Pero la fuerza represiva del régimen sigue intacta y es posible que, tras la eliminación de Jamenei, tomen el poder los sectores más radicales del régimen. 

Otro aspecto a tener en cuenta es la oposición interna, que se encuentra desunida y sin un líder claro que pueda aglutinar los apoyos necesarios para iniciar una transición a la democracia. En los últimos meses, Reza Pahlavi, hijo del último sah de Irán, depuesto por la Revolución Islámica de 1979, se ha erigido en la voz de los opositores. No obstante, se trata de un arribista que vive en Nueva York desde hace décadas, no conoce la realidad iraní y no dispone de fuerza ni apoyos en el interior del país. No es una alternativa realista a la teocracia. La transición a la democracia en Irán se antoja, por ello, una vía extremadamente arriesgada e impredecible, aunque todo esto importe poco a Netanyahu y Trump.

La respuesta de Irán al ataque ha sido inmediata. En Israel, se han escuchado explosiones tanto en Jerusalén como en Tel Aviv. El gobierno de Netanyahu ha pedido a sus ciudades que permanezcan en alerta ante posibles ataques. También han sido atacadas las bases militares de Estados Unidos en el Golfo Pérsico: en Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Arabia Saudí. Estas instalaciones, resultado de acuerdos con los gobiernos anfitriones, son una pieza esencial de la influencia norteamericana en Oriente Próximo, así como para la protección de Israel. Por eso, Irán considera traidores a todos estos países de población musulmana y han sido bombardeados esta mañana. El gobierno de Teherán, no obstante, ha incidido en la idea de su defensa frente a la agresión externa y, consciente de su posición de inferioridad, se ha mostrado partidario de una desescalada. 

¿Y cuáles pueden ser las consecuencias del conflicto? Es difícil que ataques como los de esta mañana provoquen la caída del régimen iraní, incluso con la muerte del ayatolá. No obstante, una guerra duradera sería terrible tanto para Irán como para Israel por los efectos económicos, la inseguridad y el número de muertos. Los intereses estadounidenses y la bases militares en la región también pueden verse afectados. El propio Trump ha reconocido que puede haber bajas estadounidenses. Una escalada mayor implicaría una guerra regional abierta que afectaría a todos los países de la región. Irán, desde luego, es la parte más débil en esta coyuntura, más aún con la muerte del líder. Sus opciones de resistencia pasan por cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que circula el 30% del petróleo mundial y forzar una crisis energética a nivel global mientras continúa negociando con Estados Unidos unas condiciones aceptables para su programa nuclear. De momento, siguen los bombardeos sobre las bases estadounidenses del Golfo Pérsico y sobre Israel.