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domingo, 27 de febrero de 2022

UCRANIA Y RUSIA EN 6 MAPAS



Desde la Revolución del Euromaidán en 2014, Ucrania ha pasado de ser un país prácticamente desconocido para Occidente a aparecer frecuentemente en los medios de comunicación. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 es el último episodio de una historia compleja. Repasamos aquí los hitos más destacados de la historia de Ucrania y de Rusia con seis mapas.


1. El Rus de Kiev (ss. IX - XIII)


A finales del siglo IX, los rusos, que habitaban cerca del Mar Báltico, se desplazaron hacia el sur, a las llanuras ribereñas del Mar Negro y atravesadas por los ríos Dniéster y Dniéper. Crearon el Principado de Kiev, el primer Estado ruso, y establecieron contactos comerciales con el Imperio Bizantino. En el siglo XIII, los ejércitos mongoles invadieron Europa oriental y sometieron el Principado de Kiev. Posteriormente, cuando el Imperio Mongol se fragmentó, aparecieron pequeños principados, como el Kanato de Crimea, en el sur de la actual Ucrania. No hay diferencias entre los pueblos eslavos del norte (no podemos distinguir entre rusos y ucranianos).



2. Expansión rusa (ss. XIII - XIX)


Los príncipes rusos de Moscú empezaron a fortalecer su posición a comienzos del siglo XIV, sometiendo otros Estados rusos cercanos. Progresivamente, como se puede ver en el mapa, conquistaron amplios territorios, extendiendo su control hacia el sur y el oeste a costa de otros Estados como Suecia, Polonia - Lituania, el Kanato de Crimea y los territorios de la Orden Teutónica. El objetivo de los zares rusos desde el siglo XVII fue triple: 1) crear un territorio tapón en el oeste que protegiese el núcleo central ruso en torno a Moscú, 2) lograr una salida al Mar Báltico (San Petersburgo en 1703) y otra al Mar Negro (Sebastopol en 1783) y 3) expandirse hacia Siberia, el este, donde no tenía ninguna competencia. La ciudad de Kiev, que había sido capital del primer Estado Ruso, fue conquistada por la Rusia de los Romanov en 1667.



3. El Imperio ruso en 1914


En vísperas de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918), el Imperio Ruso era un inmenso Estado que se extendía desde las llanuras polacas en el oeste al Océano Pacífico en el este y desde Laponia y el Ártico en el norte al Hindú Kush en el sur. Sin embargo, padecía una gran debilidad interna: pobreza y atraso económico y social. Además, era un Estado multiétnico donde numerosos pueblos no rusos (polacos, fineses, estonios, armenios) reclamaban su independencia. A finales del siglo XIX se forjó también la identidad nacional ucraniana: una historia diferenciada de Rusia, una lengua unificada a partir de diversos dialectos rusos, unos orígenes mitológicos, etc. En este momento, los eslavos del norte se dividían en "grandes rusos" (rusos), "pequeños rusos" (ucranianos) y "rusos blancos" (bielorrusos).



4. La Guerra Civil Rusa (1917 - 1922)


Como consecuencia de las continuas derrotas de los ejércitos del zar Nicolás II en la Primera Guerra Mundial, estalló la Revolución Rusa en 1917. Fue un complejo proceso que se desarrolló en dos fases: la Revolución de febrero y la Revolución de octubre. Tras esta, los bolcheviques liderados por Lenin tomaron el poder. Lenin retiró a Rusia de la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), perdiendo numerosos territorios en el oeste: Finlandia, las Repúblicas Bálticas, Polonia y Ucrania. En la posterior Guerra Civil Rusa (1917 - 1922), los bolcheviques consiguieron recuperar el control sobre Ucrania e integrarla en la nueva Unión Soviética en 1922. Se formaron así la República Socialista Soviética de Ucrania y la República Socialista Soviética de Rusia, entre otras. Todas estaban dentro de la URSS.



5. La Unión Soviética (1922 - 1991)


La URSS estaba formada por quince repúblicas socialistas soviéticas que, en teoría, gozaban de amplia autonomía. En la práctica, sin embargo, imperaba el centralismo de Moscú. El proceso de rusificación del país fue intenso, sobre todo en algunas etapas, como el periodo estalinista (1924 - 1953). En Ucrania, numerosos pueblos fueron deportados a Siberia, como los tártaros de Crimea o los cosacos. Los ucranianos sufrieron el hambre en los años 30, muriendo casi 5 millones de personas. Muchos lo consideran un genocidio: "Holodomor". Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945), algunos ucranianos vieron en la invasión nazi una oportunidad para recuperar la tan ansiada independencia de la URSS. 



6. La Ucrania actual (1991 - 2022)


La actual República de Ucrania es el resultado de un largo proceso de incorporación de territorios al núcleo original en torno a Kiev. Lenin incorporó a la RSS de Ucrania las regiones del Dombás y el sur (Odesa), muy ricas económicamente. Stalin incorporó Rutenia, conquistado por el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Y Kruschev en 1954 anexionó la Península de Crimea que a partir de entonces fue administrada desde Kiev. La República de Ucrania ganó la independencia de la URSS en agosto de 1991. Rusia se independizó de la URSS en diciembre de ese año.

En 1994, el Memorándum de Budapest garantizaba la integridad territorial de Ucrania previa cesión a Rusia de todo el armamento nuclear que había en territorio ucraniano. En 2014, Rusia violó el memorándum y se anexionó la Península de Crimea en un clima de inestabilidad en Ucrania por la Revolución del Euromaidán y la guerra en el Dombás.




PARA LEER MÁS:


jueves, 24 de febrero de 2022

¿QUÉ OCURRE EN UCRANIA?


El 25 de diciembre de 1991, hace apenas treinta años, se desintegró la Unión Soviética, víctima de sus propias contradicciones internas y del descalabro económico del sistema comunista. De ella surgieron quince nuevas repúblicas independientes, siendo su heredera jurídica a nivel internacional la Federación Rusa. El espacio soviético se fragmentó no sólo en el plano territorial sino también desde un punto de vista político y cultural, pero Rusia nunca renunció a ejercer la tutela sobre los países vecinos.

La implosión de la URSS fue también el punto final de la Guerra Fría, el sistema de relaciones internacionales que había imperado en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945). El bloque comunista, que había rivalizado durante décadas con el bloque capitalista liderado por Estados Unidos, se hundió dejando a la superpotencia americana como la única en el mundo. La nueva Federación Rusa no podía compararse a la antigua URSS y su poder político y económico era mucho más reducido. No así su poder militar, que se mantuvo prácticamente intacto.

Estas son las dos grandes frustraciones que Rusia ha arrastrado desde hace tres décadas: el fin de su hegemonía indiscutida en una mitad del mundo y el dominio absoluto de un vastísimo imperio territorial que se extendía desde Alemania en el oeste hasta la Península de Kamchatka en el este y desde el Ártico en el norte hasta el Hindú Kush en Asia Central. Fuera de Rusia quedaban además amplias regiones que habían estado dominadas históricamente por Moscú, como Ucrania y el Cáucaso. Lo único que conservó Rusia fue su enorme poder militar y unos valiosos recursos naturales.

La apertura a la economía de libre mercado fue catastrófica en casi todos los países nacidos de la Unión Soviética. La transición desde el comunismo al capitalismo fue un desastre en Rusia y en Ucrania. Se formó enseguida una oligarquía empresarial que concentró la mayor parte de la riqueza del país. Esto influyó también en la implantación de regímenes democráticos al estilo occidental. Ni Rusia ni Ucrania ni el resto de república exsoviéticas (con la excepción de los países bálticos) habían disfrutado antes de democracia liberal, y así siguen treinta años después. Su implantación fue un fracaso. 

La idea de que todos los problemas se solucionan con un líder autoritario fuerte está muy arraigada en las sociedades rusa, bielorrusa, kazaja y, en menor medida, ucraniana. Líderes como Alexandr Lukashenko (en Bielorrusia), Nursultán Nazarbáyev (en Kazajistán) y Vladímir Putin (en Rusia) son ejemplos de ello. En Rusia, además, muchos confían en que Putin recupere el prestigio del país y vuelva a convertirlo en una gran potencia respetada y temida por el resto de naciones, en especial por Occidente (Europa y EE.UU.), como en los tiempos de la Guerra Fría.

Por si fuera poco, en los treinta años que han transcurrido desde la caída de la URSS y el presente, la OTAN ha ampliado sus fronteras progresivamente hacia el este, acercándose cada vez más a Rusia. La OTAN es una alianza militar creada en 1949 bajo el liderazgo de EE.UU. para enfrentar un posible ataque de la URSS. Con la desaparición de esta, la OTAN no se disolvió y la nueva Rusia la vio como una amenaza. Al mismo tiempo, los antiguos países satélites de la URSS (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc.) y las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) vieron en la alianza atlántica el escudo de protección necesario para evitar la injerencia rusa en sus países. 

El miedo de Rusia a perder la influencia sobre el antiguo espacio soviético la ha llevado a intervenir directamente en países que ahora son independientes. Habitualmente, Moscú ha aprovechado las poblaciones étnicamente rusas o ruso-parlantes que viven en estas naciones para desestabilizarlas en beneficio propio. Así ocurrió en la temprana fecha de 1990 (antes del hundimiento de la URSS) en Transnistria, una región moldava donde aún hoy hay tropas rusas. 

En 2008 ocurrió algo similar con las regiones de Abjasia y Osetia del Sur que proclamaron su independencia de Georgia y fueron reconocidas por Moscú. Después el ejército ruso entró en Georgia para proteger las nuevas repúblicas. En 2014, tocó el turno a Ucrania con las rebeliones de las regiones rusófonas de Donetsk y Lugansk en el Dombás. Su independencia ha sido reconocida ahora, en 2022, pero el gobierno ruso ha estado apoyando a los rebeldes desde entonces.

Ese mismo año de 2014, el presidente ruso Vladímir Putin dio un paso más en su empeño por mantener el control sobre Ucrania cuando anexionó a Rusia de manera ilegal la estratégica Península de Crimea, algo que violaba la integridad de Ucrania y todas las leyes internacionales. También hay poblaciones rusas en otros países exsoviéticos como Estonia, Letonia y Kazajistán que pueden ser utilizadas por el Kremlin para desestabilizar esas naciones. Caso aparte es Bielorrusia, cuyo presidente Lukashenko es un estrecho colaborador de Rusia. Para Occidente Bielorrusia es un Estado títere de Moscú; para Moscú es un buen amigo. 

En el discurso que Putin dio a la nación el 21 de febrero de 2022, anunciando el reconocimiento de la independencia de las regiones del Dombás, justificó su decisión con una retórica imperialista más propia del siglo XIX que del siglo XXI. Estaba además preparando el terreno para la invasión del país. Cuestionó la legitimidad de Ucrania como nación independiente y su derecho a existir: "Ucrania para nosotros no es sólo un país vecino. Es una parte fundamental de nuestra propia historia, cultura y espacio espiritual". Lo acusó también de ser un Estado fallido debido a la corrupción y un títere de EE.UU. (por querer unirse a la OTAN, precisamente para evitar una agresión rusa). Reivindicó, por último, el antiguo Imperio Ruso de los zares y el espacio soviético desaparecido en 1991.

Putin se ve a sí mismo como el líder fuerte capaz de restaurar la supremacía de Rusia frente a EE.UU., pero a su vez tiene miedo de la OTAN y su poder militar. Quiere que países como la propia Ucrania, pero también Bielorrusia, Moldavia, Georgia y Kazajistán, entre otros, constituyan un territorio tapón que proteja a Rusia de la OTAN y donde Moscú pueda intervenir cuando le plazca. Así lo dijo claramente: "Les dimos a estas repúblicas el derecho a salir de la Unión (Soviética) sin términos ni condiciones. Eso fue una locura."

¿Y cómo justificar una invasión militar en pleno siglo XXI? Convirtiendo al rebelde en víctima y a la víctima en agresor. Aludiendo a un supuesto genocidio de las poblaciones rusas del este de Ucrania. Amenazando con una guerra nuclear a gran escala. Destruyendo el imperio de la ley con el imperio de la fuerza. Y usando la impunidad que ofrece la debilidad del contrario. La siguiente pregunta es: ¿Saciará Putin su voracidad con la incorporación de una parte de Ucrania a Rusia y la implantación de un gobierno títere en Kiev? ¿O será solo otro capítulo de una serie de intervenciones militares y conquistas que no terminará hasta que alguien le pare los pies? ¿Y quién puede ser ese "alguien"? 





Para conocer la Historia de Ucrania pincha aquí
 


 

jueves, 20 de enero de 2022

DIEZ IDEAS INCÓMODAS SOBRE LA PANDEMIA

En los últimos tiempos, algunos asuntos me han mantenido tan ocupado que no he podido escribir aquí. Llevaba unas semanas queriendo compartir unas reflexiones acerca de esta pandemia que continúa fastidiándonos la vida, pero entre unas cosas y otras, no encontraba el momento. 

Pensando un poco acerca del alcance que la pandemia ha tenido en nuestras vidas y en nuestra sociedad, no puedo evitar que me asalten la mente unas ideas que, por incómodas, no dejan de ser ciertas:

1. La actuación de los gobiernos (nacional y regionales) y de la administración no ha estado a la altura. Les faltó previsión a comienzos de 2020, les faltó decisión en la adopción de medidas drásticas durante meses y ahora echo en falta valentía.

2. Se ha apelado continuamente a la "responsabilidad individual". No es otra cosa que culpar al ciudadano del contagio. No se ha hablado, por el contrario, de la "responsabilidad colectiva" que debe asumir el Estado (y los gobiernos).

3. Se dijo que íbamos a salir más fuertes de la crisis, pero ha agrandado la desigualdad económica y ha acentuado la vulnerabilidad de muchos colectivos. Aún no hemos salido, pero el futuro es muy incierto para todos (aunque para unos más que otros).

4. Los ciudadanos nos hemos vuelto desconfiados y (más) egoístas. Pensamos mal del que se ha contagiado y le acusamos de irresponsable. Durante meses, el que se contagiaba era un mal ciudadano. Existe el "estigma del contagiado".

5. La labor de los medios de comunicación en la crisis ha sido negligente. Han sido alarmistas, morbosos e imprudentes. Ha faltado (y falta) información clara, veraz y objetiva sobre la situación sanitaria (que es lo que necesitan los ciudadanos).

6. Las vacunas disponibles han sido un salvavidas provisional para la situación, pero no son la solución definitiva. Tendremos que esperar a que lleguen las vacunas de segunda generación que, realmente, corten la transmisión del virus para que todo acabe.

7. Gran parte de las medidas contra el virus han sido inútiles (el Pasaporte COVID, el Radar COVID, el uso masivo de gel hidro- alcohólico, el toque de queda...) y el paraguas que las amparaba (el Estado de Alarma) fue ilegal. Sí se ha manifestado eficaz el uso generalizado de mascarillas.

8. Los respectivos gobiernos no reforzaron el Sistema Sanitario cuando la situación se calmaba durante meses (en el verano de 2020, en el verano de 2021): no se reforzó la atención primaria, ni se consolidaron los puestos de trabajo creados, ni se ampliaron las camas de las unidades de críticos. Esto habría evitado el colapso continuo de los hospitales y los centros de salud. 

9. Se ha señalado a grupos enteros como causantes de los contagios: a los adolescentes, a los jóvenes, a los que frecuentaban los bares, a los que salían a cenar fuera, a los que viajaban... Y se ha discriminado a quienes, en ejercicio de su libertad individual, decidieron no vacunarse.

10. Con motivo de la pandemia hemos visto restringir derechos fundamentales como la libertad de reunión o la libertad de movimiento. Además, la igualdad ante la ley puede verse violada si, finalmente, se impide a las personas que no se han vacunado disfrutar de algunas servicios o derechos.

BONUS SOBRE ENSEÑANZA: La enseñanza ha sido la gran olvidada (como siempre). No se han atendido las demandas de los docentes que mantuvieron la educación a distancia desde marzo a junio de 2020. La situación en los colegios e institutos dista mucho de ser normal y la Sexta Ola la ha empeorado sustancialmente. El apoyo de la administración brilla por su ausencia.

Con estas reflexiones no niego, ni mucho menos, que (de momento) la única solución a la pandemia sean las vacunas. Como se ha demostrado, son eficaces para evitar la enfermedad grave y la muerte provocadas por el virus. Ni tengo conocimientos sobre virología ni sobre medicina, pero creo que lo arriba expuesto son ideas de sentido común que, cualquiera que viva en el mundo y se entere medianamente de cómo van las cosas podrá darse cuenta.

Desde marzo de 2020 he publicado algunas entradas sobre la Pandemia de la COVID-19 cuyos enlaces comparto aquí por si queréis leerlas:


jueves, 9 de septiembre de 2021

¿QUÉ HACÍA AQUEL 11 DE SEPTIEMBRE?




Tormenta sobre Manhattan, anochecer del 10 de septiembre de 2001


Muchos dicen que es imposible olvidar lo que uno estaba haciendo el 11 de septiembre de 2001 cuando se enteró de lo sucedido en Nueva York. Parece que los momentos históricos que tienen un gran impacto emocional quedan grabados en nuestro recuerdo junto a las actividades que estábamos realizando cuando nos llegó la noticia. Nuestra mente recuerda todo ello con una precisión que creemos total. 

Pero todo esto no es del todo cierto. Con el paso del tiempo, los recuerdos se emborronan y nuestra mente intenta reconstruir un relato coherente que no se ajusta del todo a la verdad tal y como sucedió y que es imposible recordar. Los huecos de la memoria se llenan con fantasías y vaguedades hasta el punto de que uno no distingue lo que realmente recuerda y lo que no es más que fruto de su imaginación.

El 11 de septiembre de 2001 yo tenía diez años y sabía muy poco de lo que sucedía en el mundo. En realidad, no sabía absolutamente nada de lo que había más allá de mi reducido ecosistema infantil. Ese día era el primero del nuevo curso y no recuerdo nada de cómo transcurrió la mañana en clase. Empezaba 5° de Educación Primaria y aquel martes era un momento de reencuentro con los compañeros después de las vacaciones de verano. Supongo que, como siempre, mi abuelo estaba esperándonos a mi hermano y a mí en la puerta del colegio al final de la jornada. Ahora no recuerdo si las clases terminaban a la una del mediodía o a la una y media, aunque poco importa. Mi hermano, que tiene cuatro años menos que yo, empezaba 1° de Primaria.

Comimos, como siempre, en casa de mi abuela, que se encontraba muy cerca del colegio, viendo los dibujos animados en la televisión. Esto lo supongo, porque no lo recuerdo con nitidez. Siempre hacíamos lo mismo así que no tuvo por qué ser diferente ese día. Sé que no tenía clase por la tarde, porque a comienzo de curso disfrutábamos de la jornada reducida que nos permitía adaptarnos al ritmo escolar paulatinamente. Así que durante el mes de septiembre solo íbamos a la escuela por la mañana. Sí recuerdo, o creo recordar, que hacía calor y el cielo estaba despejado porque por la ventana del salón entraba un sol radiante de final de verano.

Poco después llegó mi tía, que venía de trabajar. No recuerdo la hora exacta aunque supongo que sería sobre las tres de la tarde. Mi mente sí mantiene intactas las palabras que pronunció al entrar: "Poned las noticias. Se ha estrellado una avioneta contra una de las Torres Gemelas de Nueva York". En aquel momento yo no tenía ni idea de qué eran las Torres Gemelas y difícilmente podía situar Nueva York en un mapa. Supongo que a mi abuela y a una tía abuela muy anciana que nos acompañaba les ocurría más o menos lo mismo que a mí y a mi hermano. 

Fue en aquel momento cuando el día cambió y se convirtió en un día especial. Al poner las noticias vimos las imágenes que ya estaban dando la vuelta al mundo. La Torre Norte del World Trade Center de Nueva York estaba ardiendo después de que un avión - no una avioneta como había dicho mi tía - se estrellase contra ella. Y ya no quitamos los ojos de la pantalla en toda la tarde. Llegaron mi padre y mi abuelo a comer a casa y también mi madre comió en casa de mi abuela aquel día, aunque no era lo habitual.

Con el corazón sobrecogido y los pelos de punta, todos presenciamos lo que estaba ocurriendo a miles de kilómetros de nuestra casa. Aunque, aparentemente, no iba a afectarnos en nuestra vida diaria, suponía el derrumbe del mundo tal y como lo conocíamos y enseguida nos dimos cuenta de ello. Estados Unidos, cuya superioridad nadie ponía en cuestión desde el final de Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética, estaba siendo atacado. Porque tampoco había duda de que aquello, que veíamos como si se tratase de una película de terror, era un atentado terrorista planificado con minuciosidad.

Me recuerdo a mí, ojiplático, sentado junto a mi madre y mi hermano, viendo en la televisión las mismas imágenes una y otra vez. El impacto del avión contra la Torre Sur, las dos torres en llamas, el edificio del Pentágono ardiendo, las sirenas de las ambulancias y coches de bomberos en Manhattan, el derrumbe de las torres, la nube de polvo y humo que envolvía Nueva York, las gentes desesperadas lanzándose por las ventanas para escapar de las llamas. Imágenes que aún me siguen sobrecogiendo, veinte años después de aquellos momentos.

Enseguida se puso nombre y rostro al artífice de semejante tragedia. Osama bin Laden se convirtió no solo en el enemigo número uno de Estados Unidos sino también en un personaje de terror para todos, niños y mayores, en Occidente. Igual ocurrió con los talibanes, el grupo fundamentalista islámico que controlaba Afganistán y daba refugio a los terroristas. Yo no sabía ni quienes eran los talibanes ni dónde estaba Afganistán, pero no tardé en saberlo.

Aquellos acontecimientos despertaron en mi una curiosidad por lo que sucedía a mi alrededor que se ha mantenido desde entonces. Veía todo, leía todo. Quería saber lo que ocurría. Aquellos sucesos históricos, que estaban ocurriendo en directo y los estábamos viendo por televisión, iluminaron un camino a seguir. Quería comprender lo que ocurría en el mundo y enseñarlo a los demás. Mientras escribo esto, tengo entre mis manos un suplemento del diario El País fechado el 16 de septiembre. El titular reza: "El fin de una era"

El último recuerdo que mi memoria retiene con suficiente nitidez es también en la sala de estar de casa de mi abuela. La luz había cambiado. El atardecer rojizo de final del estío iluminaba la sala mientras todos se arremolinaban para continuar con sus vidas cotidianas. Todos se marcharon a sus diversos quehaceres, incluso mi abuela que no solía salir por las tardes. No sé por qué pero mi memoria cree que aquello fue así. Yo, mientras tanto, permanecía frente a la televisión, viendo las mismas imágenes una y otra vez. Mi madre también estaba sentada conmigo. Y mi hermano, que era entonces demasiado pequeño pero que, aún así, custodia algunos recuerdos nítidos de aquel día.

Desde aquel momento tomé conciencia de la dimensión temporal y espacial del mundo. Se ha mantenido inalterable hasta hoy. He seguido y sigo con más o menos empeño los sucesos que ocurren a mi alrededor tratando de comprenderlos y, siempre, con la sensación de no lograrlo del todo. Veinte años después de aquello, cuando ya no soy el niño de diez años que acababa de volver del colegio, sé que es imposible entender el mundo. 

En las semanas siguientes a la catástrofe se comprobó la trascendencia histórica de todo aquello. Recuerdo la invasión de Afganistán por la OTAN y el derrocamiento del régimen talibán. Eran octubre de 2001. Los años posteriores demostraron lo alargada que era la sombra del 11-S. También recuerdo la Guerra de Iraq en 2003, los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y la eliminación de Bin Laden en 2011, diez años después de los atentados de Nueva York. Todos estos acontecimientos se presentan ahora ante nuestros ojos como los eslabones de una cadena que da forma a nuestro tiempo.

Hoy en día, cuando enseño a mis alumnos, que no habían nacido en 2001, qué ocurrió aquel 11 de septiembre, me veo a mí, estupefacto, delante de la televisión de casa de mis abuelos, mirando aquellas imágenes terroríficas del World Trade Center. ¿Qué ocurre en nuestro mundo? ¿Por qué ocurre lo que ocurre? Aún sigo intentando dar respuesta a estas preguntas de respuesta imposible.


PARA LEER MÁS:

lunes, 16 de agosto de 2021

UN PAÍS INDOMABLE

BOSQUEJO DE LA HISTORIA DE AFGANISTÁN


Arriba: bandera de Afganistan. Abajo: izq. muyahidines en los años 80; der. montañas del Hindu Kush


La historia de Afganistán ha estado condicionada desde antiguo por varios factores. Desde un punto de vista geográfico, el país está dominado por el macizo del Hindu Kush, una amplia cordillera con profundos valles y altas montañas (más de 6.000 metros en algunos puntos). Esto ha dificultado tradicionalmente la integración de los pueblos afganos y las comunicaciones en el país. La organización social, por otra parte, es fundamentalmente tribal, lo que ha impedido la implantación de un gobierno central eficaz. En Afganistán viven diferentes etnias: pastunes, uzbekos, tayikos, etc.

Todas las potencias extranjeras que han intentado conquistar las tierras de Afganistán desde la antigüedad han fracasado. Fracasaron las falanges macedonias de Alejandro Magno en el siglo IV a.C.; las huestes musulmanas de los Omeyas en el siglo VIII; y el moderno ejército británico en el XIX. También la URSS tuvo dificultades cuando sus tropas intervinieron para apoyar al gobierno comunista de Kabul en 1979. Afganistán es una ratonera porque es prácticamente imposible dominar un terreno tan abrupto habitado por gentes acostumbradas a la guerra.

Y es que la guerra va indisolublemente unida a Afganistán. El país lleva más de cuarenta años sumido en diversos conflictos que han hecho imposible el desarrollo económico y social. La invasión soviética se prolongó hasta 1989 y fracasó porque los soldados de la URSS y del gobierno comunista afgano fueron hostigados incesantemente por los muyahidines en una guerra de guerrillas interminable. Los muyahidines recibieron apoyo financiero y armamentístico de algunos países árabes y de EE.UU. 

Con la retirada de los soviéticos y el hundimiento de la república comunista no llegó la paz. Afganistán se sumió en una larguísima guerra civil entre las distintas facciones muyahidines. El país se dividió en diferentes regiones controladas por señores de la guerra y bandas de criminales dedicadas a la rapiña. Entre esos grupos emergió uno que no era muyahidín: el talibán. Los "talibanes" (como se les conoce en Occidente) fueron en origen un grupo de jóvenes estudiantes vinculados al ejército paquistaní y caracterizados por una ideología fundamentalista islámica. Pretendían purificar el país y eliminar los males provocados por la dominación socialista y la presencia occidental durante las décadas anteriores.

En 1996, los talibanes se hicieron con el control de amplias zonas del país y ocuparon la capital, Kabul. Bajo el liderato del misterioso Mulá Omar, enseguida implantaron un Emirato Islámico y trataron de consolidar su poder. La implantación de la Sharía o Ley Islámica en su forma más estricta caracterizó el gobierno talibán que convirtió Afganistán en un régimen de terror. 

Se prohibió la música y los bailes así como el teatro y el cine; también se eliminó el consumo de alcohol y tabaco; y la ropa occidental fue censurada. Los hombres debían llevar barba y el pelo corto, y debían vestir a la manera tradicional. Las mujeres sufrieron la peor parte y fueron sometidas a los hombres: se las expulsó de las escuelas y se las recluyó en casa; debían ir cubiertas hasta los tobillos con el burka y no podían salir solas a la calle. El adulterio y la homosexualidad se penalizaron con la muerte y el método más habitual de ejecución fue la lapidación. Cualquier actividad de disfrute fue prohibida porque contravenía las leyes del Islam.

Afganistán se convirtió también en refugio de numerosos grupos terroristas como Al-Qaeda. En suelo afgano, esta organización tenía bases de entrenamiento. A pesar de ir en contra de los preceptos del Islam, los talibanes permitieron también la producción y la exportación de opio. No obstante, los talibanes nunca controlaron por entero el país. Eran muy fuertes en las montañas del sur, fronterizas con Paquistán, pero su poder era casi nulo en el norte, donde algunos poderosos muyahidines y señores de la guerra se unieron en la Alianza del Norte para hacer frente al gobierno talibán de Kabul.

Que el gobierno talibán daba cobijo a importantes organizaciones terroristas y criminales no era ningún secreto en los albores del siglo XXI. De hecho, en 1998, después de los atentados contra las embajadas de EE.UU. en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), Washington bombardeó campos de entrenamiento terroristas en suelo afgano. El 11 de septiembre de 2001, Al-Qaeda, liderada por Osama bin Laden, perpetró el mayor ataque terrorista en la historia de EE.UU. Como respuesta, el presidente de EE.UU. George W. Bush lanzó su famosa "guerra contra el terror" y en octubre de ese mismo año, la OTAN, con la autorización de las Naciones Unidas, invadió Afganistán.

En coordinación con la Alianza del Norte, liderada por el señor de la guerra Abdul Rashid Dostum, las tropas internacionales realizaron varias ofensivas en suelo afgano y en noviembre de 2001 tomaron Kabul. El gobierno talibán se desmoronó, pero la paz, una vez más, no se logró. Durante veinte años, las tropas internacionales permanecieron en suelo afgano intentando mantener la estabilidad en el país y combatiendo a los talibanes, que se replegaron al sur, escondiéndose en las montañas fronterizas con el vecino Paquistán.

Se estableció una república al estilo occidental en cuyo gobierno tomaron parte antiguos muyahidines aliados de EE.UU. y de la OTAN: Hamid Karzai se convirtió en presidente del país; Dostum ocupó diversos cargos y alcanzó la vicepresidencia en 2014. Los ejércitos extranjeros entrenaron y equiparon al nuevo ejército afgano. Se persiguió a los grupos terroristas (Bin Laden fue eliminado por fin por las tropas americanas en 2011 en Abbottabad - Paquistán -). Se potenció al mismo tiempo la educación y  la situación de las mujeres y de las niñas mejoró algo. Se construyeron carreteras y puentes para mejorar las comunicaciones. En definitiva, durante veinte años se intentó impulsar el progreso económico y social del país.

Pero las amenazas fueron demasiado grandes. La corrupción rampante del gobierno y la administración afganas lastraron el funcionamiento del nuevo Estado. La violencia se perpetuó. Más de 4.000 soldados extranjeros (en su mayoría estadounidenses, pero también de otras naciones) murieron en combates contra los insurgentes talibanes. Y en el mundo, otros actores reclamaron la atención de las potencias ocupantes. El mundo en 2021 no es igual que el de 2001. Los intereses que llevaron a EE.UU. y la OTAN a Afganistán son diferentes a los de hoy en día. Para Washington no vale la pena seguir gastando dinero y hombres en una guerra sin fin en un país en el fin del mundo.

Por eso, el presidente Biden anunció hace unos meses que las tropas estadounidenses abandonarían Afganistán antes del 11 de septiembre de 2021. En su repliegue paulatino, los talibanes han tomado ventaja de sus posiciones y han ganado progresivamente más fuerza en numerosas provincias. En realidad nunca se fueron del todo de las zonas rurales y su influencia siempre fue decisiva en muchas regiones. Ahora simplemente han decidido retomar el poder por completo a pesar de que se habían iniciado unas supuestas negociaciones de paz con el gobierno legítimo. La legitimidad la da de nuevo la fuerza. El ejército afgano, desintegrado en pocos días, abrió las puertas de Kabul a los talibanes el 15 de agosto y el Emirato islámico fue proclamado de nuevo.

Afganistán es conocido como "la tumba de los imperios" por lo inhóspito de sus tierras y el belicoso carácter de sus gentes. Ahora el país queda otra vez a su suerte, a la deriva, ante un futuro muy incierto. Los talibanes han prometido una mayor moderación que en la anterior etapa pero está por ver que cumplan su promesa. También está por ver que sean capaces de asentar un gobierno en un país caótico e indomable.

jueves, 12 de agosto de 2021

LAS CONSECUENCIAS DE ANNUAL

EL DESASTRE DE ANNUAL, 100 AÑOS DESPUÉS (EPISODIO 5)


Desembarcó de Alhucemas (1925)

Que un ejército colonial europeo sufriera una derrota no era algo excepcional. El ejército inglés las había sufrido en Sudáfrica y Sudán y también el italiano en su intento de conquista de Abisinia (Etiopía) en 1896. Lo excepcional fue el impacto que la derrota española en Annual tuvo sobre la vida política y social de la metrópoli y sus consecuencias en el devenir histórico del siglo XX. Y es que no podemos entender la historia de España del pasado siglo sin tener en cuenta la Guerra de Marruecos y el Desastre militar de 1921.

Los historiadores hablan de unos 10.000 muertos españoles en el verano de 1921. La mayoría eran soldados que habían marchado a África obligados y que no sabían muy bien por qué luchaban, aunque también debemos contar entre las víctimas comerciantes y campesinos con sus familias a los que el desastre militar cogió desprevenidos y no pudieron llegar a Melilla. Aquellos soldados, reclutados por el sistema de quintas, pertenecían en su mayoría a familias pobres, porque los ricos podían librarse de cumplir con la patria pagando una redención en metálico. El golpe emocional de miles de familias, que no sabían dónde estaban sus hijos, fue enorme y duró años. Muchas nunca recuperaron sus cuerpos.

El gobierno de Maura envío a Melilla a un general encargado de recopilar información para esclarecer las responsabilidades de lo ocurrido. El elegido fue el general Juan Picasso (tío de quien después sería uno de los mejores pintores de todos los tiempos). Picasso permaneció en Melilla más de un año elaborando un expediente en el que desgranaba de una forma lúcida y certera las causas del descalabro militar y señalaba a sus responsables. Entre ellos destacaban varios nombres: el general Fernández Silvestre (fallecido en la tragedia), el general Navarro (preso de los indígenas) y el general Berenguer (alto comisario en el Protectorado). 

General Juan Picasso

El Desastre causó un hondo sentimiento de humillación en el ejército cuyos generales, además, creían que el gobierno había socavado su prestigio. La frustración de la derrota envalentonó a los altos mandos, que se obsesionaron con el desquite, la venganza, sobre los rifeños. En el otoño de 1921 se lanzaron varias ofensivas para recuperar territorios y las tropas españolas actuaron sobre los rifeños con una violencia inusitada, similar a la que los rebeldes habían mostrado anteriormente. La brutalidad se volvió a repetir, esta vez desde el bando contrario, y los generales no quisieron frenarla ni pudieron ocultarla.

Al mismo tiempo, en el Congreso de los Diputados, algunos partidos políticos (republicanos, nacionalistas y el PSOE) pidieron una comisión de investigación que arrojase luz sobre las responsabilidad políticas del Desastre. El gobierno de Allendesalazar dimitió el 14 de agosto de 1921 y el rey decidió encargar la formación de uno nuevo a Antonio Maura. Fue Maura quién tuvo que afrontar las consecuencias políticas inmediatas del Desastre, como hemos visto. Estaba claro que las implicaciones políticas del quebranto del ejército español en Marruecos eran profundas y durarían años.

Había quien, desde algunos partidos políticos, desde algunos periódicos y desde algunos cafés señalaba incluso más arriba. El dedo acusador apuntaba al propio Alfonso XIII, amigo personal del general Silvestre y quien, al parecer, le ánimo en su temeraria ofensiva en el Rif oriental. Arturo Barea, en su obra "La forja de un rebelde" dice que el monarca envío un telegrama a Silvestre el día que este tomó Annual y le felicitó diciéndole "¡Vivan tus cojones!". También dice Barea que corrían rumores en Madrid de que, cuando el rey fue informado del Desastre militar y el elevado número de muertos, respondió "La carne de gallina es barata".

Se trata de una visión literaria del Desastre que no es rigurosa en absoluto, pero lo que sí es cierto es que Annual agudizó la crisis en la que estaban sumidos el régimen político de la Restauración y la monarquía de Alfonso XIII. Al desprestigio del sistema se sumó el desprestigio del Ejército que ya hemos mencionado y la indignación de la opinión pública española. Si esta había respondido con patriotismo inmediatamente después de la tragedia, rápido empezó a impacientarse cuando vio las dificultades que seguían teniendo las tropas españolas para recuperar el terreno perdido. 

En 1923, cuando iban a conocerse los resultados de la investigación de Picasso y su famoso Expediente iba a ver la luz, el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado en Barcelona y Alfonso XIII le entregó el gobierno. De inmediato se suspendió la Constitución, cerraron las Cortes y se desarticularon los partidos políticos. El Expediente Picasso se guardó en un cajón. Uno de los objetivos del dictador fue pacificar de una vez por todas el Protectorado. Y lo hizo gracias a la colaboración francesa, que permitió al ejército español ejecutar con éxito el primer desembarcó naval de la historia: el Desembarco de Alhucemas, el 8 de septiembre de 1925. Abd el Krim acabó entregándose a las tropas francesas poco después y el Protectorado fue, por fin, plenamente controlado. La República del Rif se extinguió. 

Por último, en aquella larga guerra, que se dio por concluida en la tardía fecha de 1927, se forjaron los militares que después jugarían un papel destacado en la Historia de España. Sanjurjo, Goded, Franco y Millán Astray son solo cuatro ejemplos. Estos generales aprendieron en Marruecos una forma de hacer la guerra caracterizada por la brutalidad y la barbarie y formaron a sus tropas, las mejor preparadas y equipadas de todo el ejército español, en el arte de la guerra colonial. El desprecio por el poder civil y su superioridad sobre el militar los llevaría poco después, a intervenir en la vida política española. Fueron ellos quienes dieron el golpe de Estado contra la República el 18 de julio de 1936 y desencadenaron, con ello, la Guerra Civil. Pero esta es otra historia.  

Millán Astray y Franco

lunes, 9 de agosto de 2021

MONTE ARRUIT

EL DESASTRE DE ANNUAL, 100 AÑOS DESPUÉS (EPISODIO 4)



Puerta principal de Monte Arruit

La historia de Monte Arruit es la más terrible dentro de las terribles historias del Desastre de Annual. Es una historia de desesperación, de traición, de violencia, de crueldad. Monte Arruit es el símbolo de la debacle española en el Protectorado Marroquí y del ensañamiento de los rifeños sobre unas gentes rendidas, sin posibilidad de defensa. Aquel fuerte en mitad del Rif se convirtió en una ratonera, en un infierno del que fue imposible escapar.

Tras el Desastre de Annual, el 22 de julio de 1921, las posiciones españolas en el este del Rif fueron cayendo una tras otra. El general Silvestre estaba desaparecido y su ejército no era más que un montón de soldados desarmados y exhaustos que solo buscaban refugio. La desorganización española provocó además la sublevación de casi todas las cabilas rifeñas, incluso aquellas que habían permanecido leales hasta entonces. Abd el Krim, el líder de los rifeños, trató de crear un ejército poderoso y articular políticamente un Estado independiente de España y Francia: la República del Rif. Mientras otros líderes rifeños tan solo buscaban la venganza y la humillación de los españoles, Abd el Krim tuvo problemas para controlar a quienes, dentro de sus filas, pretendían ir por libre.

A principios de agosto, Zeluán y Nador habían caído en manos rebeldes después de una dura resistencia española. Si exceptuamos Melilla (que no pertenecía al Protectorado por ser plaza de soberanía española desde el siglo XV), tan solo Monte Arruit continuaba bajo control colonial. Allí se encontraban refugiadas miles de personas; no sólo soldados sino también campesinos, colonos y comerciantes, junto con sus familias. Tras el desastre militar, habían abandonado sus tierras por temor a los rifeños y habían encontrado refugio en Monte Arruit. El fuerte, superpoblado, estaba también sitiado por los rebeldes, que impedían la salida de los españoles y la entrada de refuerzos.

Soldados españoles escriben a sus familias.

Durante muchos días los españoles resistieron tras la empalizada. La falta de agua y de víveres se intentó paliar desde Melilla enviando bloques de hielo y alimentos por aire. Los pilotos de los aviones que tenían que lanzarlos pocas veces conseguían acertar dentro del fuerte así que la ayuda era escasa. Algunas veces, los más intrépidos realizaban salidas furtivas en busca de algo que comer y de agua. La aguada era una tarea peligrosa porque ponía a los españoles en el punto de mira de los rifeños. Muchos murieron tiroteados buscando agua fuera de Monte Arruit.

Los más optimistas esperaban que el general Berenguer, desde Melilla, enviase refuerzos militares para liberar la posición. El "Telegrama del Rif", el periódico más influyente de Melilla no dejaba de anunciar una y otra vez la pronta llegada de esos refuerzos, pero los sitiadores sabían la verdad y se burlaban desde fuera de la empalizada. Nadie iba a mandar refuerzos a Monte Arruit. Los españoles oían las burlas y las mofas rifeñas desde el interior del fuerte, algo que aumentaba su desesperación.

Hacia el 8 de agosto, el general Berenguer dio autorización al general Navarro (máxima autoridad en Monte Arruit) para que negociase la rendición de la plaza ante los rifeños. Era algo arriesgado porque los bereberes acostumbraban a no respetar los acuerdos de rendición y masacraban a los rendidos como habían hecho en Nador y en Zeluán. Pero no había otra opción si querían sobrevivir. Los líderes rifeños accedieron a negociar y se llegó rápido a un acuerdo de capitulación: se permitiría a los españoles salir del fuerte a condición de que estos abandonasen las armas. Algunos españoles, entre ellos el general Navarro, serían custodiados por los rifeños como garantía de la operación. Así se hizo.

Vista aérea del fuerte

Los españoles (soldados, civiles, mujeres, niños, ancianos) abandonaron todo lo que tenían dentro del fuerte y salieron desarmados. Cuando estaban fuera, sin posibilidad de retorno ni de defensa, las harkas bereberes les atacaron. Fue una masacre de una brutalidad nunca vista. Los harkeños se ensañaron con los españoles hasta límites inimaginables. Algunos fueron degollados salvajemente, otros fueron ejecutados por la espalada, algunos fueron mutilados, otros arrastrados cientos de metros por las ásperas laderas del Rif. No hubo ninguna posibilidad de escapar. Miles de personas perecieron allí mismo después de haberse rendido. Los rebeldes rifeños remataron a los que aún permanecían con vida y se ensañaron con los cadáveres. Fue un espanto, el infierno en la tierra. El general Navarro y otros altos mandos españoles, que habían sido apartados por los rifeños antes de la matanza, presenciaron el horror. Ellos sobrevivieron pero perdieron su libertad durante años porque fueron tomados como prisioneros de guerra y conducidos a Axdir.

Pocos llegaron con vida a Melilla y los que lo hicieron relataron estremecidos lo que había ocurrido. Monte Arruit marcó el final de la tragedia de una forma que pocos pudieron imaginar. La totalidad de las posiciones española en el Rif se perdieron, pero Melilla consiguió salvarse gracias a que las numerosas tropas enviadas desde la Península y desde el oeste del Protectorado tomaron rápido el Monte Gurugú y otras posiciones cercanas. Esto alivió la situación en la plaza y dio un respiro al ejército español.

Campamento del fuerte de Monte Arruit

En la Península, la opinión pública, conmocionada por lo ocurrido, pidió una respuesta contundente al gobierno. La sociedad española era fundamentalmente pacifista y anticolonialista, pero las matanzas de Annual y Monte Arruit hicieron aflorar el sentimiento nacionalista y el orgullo patrio: había que vengar las tropelías de los bárbaros bereberes. Por eso, durante semanas, el general Berenguer y otros militares de prestigio, como Millán Astray (fundador del Tercio de Extranjeros), prepararon la ofensiva para recuperar los territorios perdidos, aunque ésta se retrasó hasta el otoño.

Abd el Krim, que no dio autorización para la matanza de Monte Arruit, también se sobrecogió por lo ocurrido. No obstante, aprovechó la debilidad española y se afanó por reforzar su autoridad sobre todas las cabilas del Rif y obtener ingresos gracias al rescate de los prisioneros españoles (entre ellos el general Navarro). La República del Rif (1921 - 1926) nacía en medio de una guerra que había supuesto la humillación de los españoles.

Durante meses, Monte Arruit quedó abandonado. Cuando fue recuperada la plaza, en octubre, los españoles pudieron ver el horror que se había producido: centenares de cadáveres se encontraban aún allí, muchos desmembrados y otros calcinados. Los rifeños los habían abandonado para que fueron devorados por las alimañas y sus cuerpos se pudrieran bajo el sol abrasador de África. Era el último episodio de la infamia.

Tres mil españoles fueron asesinados en aquella jornada del 9 de agosto de 1921. Tres mil vidas perdidas por la traición de los rebeldes rifeños.


El lugar de la tragedia, meses después.