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lunes, 30 de diciembre de 2024

LOS MEJORES MOMENTOS ESTÁN POR LLEGAR

UN RECUERDO DEL AÑO 2024


Era una noche de agosto, una noche clara y calurosa de verano, de esas cortas y frenéticas. El resplandor de los focos de los escenarios desafiaba las tinieblas y el sucio y pringoso polvo, levantado por el gentío allí apelotonado, impedía ver con claridad; todo estaba difuminado, desdibujado. La bruma artificial y algo de alcohol convirtieron aquellas escenas en una ensoñación, en una secuencia casi irreal, que, a pesar de todo, recuerdo demasiado bien.

Caminábamos rápido por el recinto, sobre el asfalto y la arena. Nos recuerdo un poco aturdidos, alterados. No era para menos, aunque ya el motivo no importa. Aquel día recordé algo que casi había olvidado: siempre hay que estar donde uno debe estar y hacer lo que uno debe hacer. Y estuvimos donde debíamos estar, desde luego. A veces lo que nos rodea cambia nuestros planes de improviso. Y no importa. Aquella fue una de esas veces. El azar me impidió ver el concierto de Shinova, uno de los que más esperaba de una ristra de espectáculos insípidos y anodinos que se sucedieron esos días. Y la gente, más individualista aún si cabe en los festivales, nos miraba con indiferencia, casi con desprecio en su patético deambular de aquí a allá. 

Todos mis recuerdos de este año confluyen en aquella escena, en aquellos minutos excitados. Todo gira en torno a aquella noche, a aquellos días de agosto y no sé por qué. No ocurrió nada reseñable. Aquellos días no decidieron nada que no estuviese decidido. Pero ahora, a finales de diciembre, me acuerdo de ellos, es la imagen que mi mente recupera cuando el año está a punto de terminar. Vencí algunos miedos, ahuyenté algunos fantasmas y el tiempo acabó poniendo todo y a todos en su lugar, como me habían advertido. Aquellos días tuvieron sentido por esto. El festival también me recordó que todo y todos acaban decepcionando, que el desengaño y la desilusión nos persiguen implacablemente, que incluso lo que creemos más sólido se acaba fracturando sin remedio. Y no nos podemos fiar ni siquiera de quien tenemos al lado.

Pasados cuatro meses, todos aquellos días se condensan en esos minutos. La bruma polvorienta, el resplandor y los destellos de luces, el asfalto, la basura, los rostros impasibles; todo esto y los versos de una canción. Los versos que se repetían a lo lejos una y otra vez: "Que los mejores momentos sean los que están por llegar. Que no se agote la fe y que la suerte nos venga a buscar." Apenas conocía cuatro canciones de Shinova, no más, pero quería escuchar el concierto, quería escuchar esas cuatro canciones. No lo hice. Sólo llegaron a mis oídos algunos versos en la distancia, distorsionados por ruidos, por gritos, por risas, por llantos.

Aquella noche no asistí al concierto de Shinova, pero descubrí a Shinova. Dos días después, cuando acabaron los fastos, me dispuse a volver a casa. El cansancio y la desilusión se mezclaron entonces con la nostalgia y el alivio. Hacia calor, mucho calor. Tanto que decidí parar a darme un chapuzón en una piscina antes de llegar a mi destino. Cuando iba a arrancar el motor y abandonar aquella ciudad extraña, escribí en el reproductor de música "Lo mejor de Shinova". Durante todo el camino de regreso, escuché sus temas, aquellos que no había escuchado en directo. Durante una hora y cuarto descubrí a aquella banda vizcaína de rock e indie que no había podido disfrutar tres días antes y, desde aquel momento, me ha acompañado el resto del año, ha puesto la banda sonora a otras muchas historias que también se cruzan en mi memoria estos días.

La canción que recuerdo de aquella noche volvió a sonar en el coche. "Ídolos" habla de algo actual: la falta de referentes, la ausencia de identidad y el esfuerzo por encontrar un sentido a la vida, a lo que uno hace. Otra estrofa dice: "¿Quién nos puede ofrecer un buen corazón, valor, cerebro, tiempo y una motivación para aliviar este dolor?". Entonces, en el coche de camino a casa, me di cuenta de que la respuesta a esa pregunta es uno mismo. Sólo uno puede ayudarse a sí mismo. El corazón, el valor, el cerebro, el tiempo y la motivación están en nosotros y sólo en nosotros. Lo esencial es hacer lo que uno cree que debe hacer y hacerlo con honestidad hasta el final. Y eso da sentido a todo, ésa es la gran lección de este año.



Estampas del año 2024

miércoles, 18 de diciembre de 2024

LO QUE GUARDAN LOS TELÉFONOS


Esta mañana hice un examen con mis alumnos de 2° de Bachillerato. Bueno, empleando los eufemismos que nos acosan, sería mejor decir que mis alumnos realizaron una prueba objetiva para evaluar su nivel de desarrollo competencial. Pero, como esto no lo entiende nadie, por eso uso el término examen, el de toda la vida. El caso es que, antes de comenzar el ejercicio, les pedí, como es habitual, que depositasen en un pupitre vacío sus teléfonos móviles. 

Los teléfonos son en mi instituto como las meigas en Galicia. En teoría no existen porque están prohibidos, pero haberlos haylos. Así que, asumiendo esa realidad, para evitar tentaciones o sospechas de copia y trampas, lo mejor es dejarlos a la vista mientras se realiza el examen. Perdón, la prueba objetiva. Al principio no lo exigía, pero después de comprobar que los usan para copiar, no me quedó más remedio. Y no pasa nada. Veintidós alumnos había y veintidós móviles depositaron en la mesa. Ni un alumno sin su teléfono, faltaría más.

Así que allí los tuve amontonados toda la hora y me entretuve mirándolos con disimulo, desde una prudente distancia. Estos cachivaches contienen pedacitos de la vida de los alumnos. Son quizá el mayor almacén de pedacitos de sus vidas. En ellos se pueden rastrear sus gustos, sus miedos y sus sentimientos. Pero los adolescentes no son una excepción, tu móvil también es un almacén de pedacitos de tu vida y el mío, de la mía. Ahí está todo, ahí lo tenemos todo: redes sociales, contactos, amigos, amores, fotos, mensajes, notas, pensamientos, canciones favoritas, conversaciones, discusiones, opiniones, secretos, sentimientos. Ahí lo tienen todo, como también lo tenemos todo tú en tu móvil y yo en el mío.

Y al depositarlos en una mesa a la vista, se desprenden temporalmente de una parte de ellos mismos. Lo primero que noté es que no tienen ningún problema en hacerlo. Ninguno se resistió ni puso inconvenientes, simplemente asumieron las instrucciones sabiendo que era algo normal y preventivo. Desde hace varios años se lo pido antes de empezar todos los exámenes, y nunca nadie ha puesto objeción alguna. Al acabar el examen, alguno se olvida de cogerlo de la mesa y tengo que recordárselo pues no quiero ser responsable del disgusto al llegar a su casa y percatarse de que ha perdido su preciado artilugio, la prolongación de su mano, su compañero de fatigas.

Lo segundo de lo que me di cuenta es que casi todos los depositaron boca abajo, con la pantalla contra la mesa. Tan sólo uno, un despistado o ingenuo, creo yo, lo dejó con la pantalla a la vista. No sé si ese gesto es de privacidad, de desconfianza o de temor. ¿Temen que les llegue una notificación de algo embarazoso y que se ilumine la pantalla y quede a la vista de todos? ¿Desconfían de quien pueda estar mirando al lado? Es algo que se hace comúnmente. Lo he visto hacer a amigos, familiares y gente cualquiera y siempre he pensado que quien lo hacía tenía algo que ocultar, pero ahora creo que es más una costumbre y un gesto para proteger la privacidad de uno.

Cada aparato es, desde luego, un artilugio personal y personalizado. Cada uno tiene el suyo, de una marca diferente. Aquí casi todos eran Android, y tan solo un par eran IPhone. Otras veces, en otros grupos, es al revés: el iPhone se impone al Android. Da igual, todos tienen una carcasa individualizada, que distingue su móvil del resto. Y esas fundas protectoras reflejan también la personalidad, los gustos e incluso el estado de ánimo de los muchachos. En aquel aula, había un forofo del Atlético de Madrid, que lo luce hasta en el teléfono. Otra era fan del manga y el anime según los dibujos japoneses de la funda de su móvil. Y luego había un teléfono destrozado, con la carcasa partida por varios lados y el protector de pantalla roto. Era del alumno más nervioso de la clase, el que vive en un ataque de nervios permanente. El teléfono lo sufre.

Mientras los alumnos realizan un examen, uno se aburre increíblemente y da vueltas de aquí para allá. Hoy me estuve fijando en los teléfonos, dados la vuelta, con la espalda al aire, dormidos, esperando a que sus dueños terminasen. En algunos había guardados carnés de identidad y billetes de cinco euros. Los teléfonos hacen la función de cartera y monedero para algunos alumnos. Saben que no perderán el teléfono, que no lo dejarán olvidado. ¿Qué mejor lugar para guardar las cosas importantes? Varios tenían la cinta con la medida de la Virgen del Pilar, como si fuese un amuleto. Y otros tenían fotografías de carné, sobre todo de niños pequeños. El móvil es también la forma de llevar a alguien siempre contigo, a tu prima, a tu hermano, a tu novia o a tu amigo. 

Y otros tenían bonitos mensajes, que mostraban la intensidad vital propia de la adolescencia, la energía, la vitalidad, las convulsiones emocionales. Uno de los móviles guardaba un post-it en el que se podía leer "Te quiero de aquí a la luna" junto a una carita sonriente. No supe de quién era. Quizá tampoco debía saberlo. Cuando lo leí, me volví un segundo a los muchachos, concentrados haciendo su ejercicio, y luego miré el teléfono de nuevo, queriendo asociar el mensaje con uno de ellos. Me fue imposible. El teléfono de al lado guardaba otro mensaje tras la carcasa transparente, en un papel rasgado pude leer: "Eres la calma que necesito en la tormenta que es mi vida". Sonreí y pensé en todo lo que cuentan y guardan los teléfonos móviles. 


(Imagen generada con Inteligencia Artificial)

domingo, 1 de diciembre de 2024

HABLEMOS DE 'EL REY LEÓN'


Hace demasiado de la última vez que vi "El Rey León", aunque es, con seguridad, la película que más veces he visto. También es la que más me ha distraído en muchos momentos en los que necesitaba distracción. Pensándolo bien, quizá la palabra correcta no sea "distraer", pues su efecto era mucho más profundo, llegaba más adentro. "El Rey León" transmite fuerza y energía, conecta con el pasado y da sentido a muchos tramos del tiempo ya vivido. A pesar de todo, la última vez que la vi fue hace muchos años, demasiados.

Como me ocurre con muchas cosas, "El Rey León" es cíclico en mi vida. Viene y va durante años y nunca termina de marcharse del todo. Siempre hay algo de su historia presente, que aparece en los lugares más insospechados: una canción, una imagen, un libro, un anuncio, un recuerdo. Ahora, como se va a estrenar una precuela sobre Mufasa, el rey león aparece en todos lados y su presencia es mucho más intensa en las redes sociales.

Cuando tenía seis o siete años quedaba fascinado cada vez que mi madre me ponía la película a la hora de comer. Aún conservo la vieja cinta de video que ya no se puede reproducir en ningún sitio. Igual que el DVD que compré después. Las primeras escenas son un recuerdo perenne: los colores amarillos y rojizos del amanecer en la sabana africana, el monte Kilimanjaro, el despliegue de animales llamados a honrar el nacimiento del príncipe y "El ciclo de la vida", la canción imposible de olvidar. No entendía una palabra del comienzo de su letra, pero la imitaba sin cesar. "Nants' ingonyama bagithi baba...!"  

Los personajes, algunos majestuosos e imponentes, otros simples caricaturas, no eran más que simpáticos animales para aquel niño que veía la película en una pequeña tele en la cocina. Como ocurre con cualquier película o con cualquier libro, "El Rey León" que vio aquel muchacho de los años noventa era distinto a la película que vi años después. La cinta es la misma, los que cambiamos somos nosotros, así que por mucho que veamos una misma película, nunca percibimos lo mismo.

La historia nunca terminó del todo. Los leones estuvieron presentes durante años y nunca se marcharon definitivamente. La primera película se estrenó en 1994 y en 1998 salió la segunda parte de la historia. Después llegaría una tercera película que, creo, sólo vi una vez, el exitoso musical en el Teatro Lope de Vega de Madrid y el remake en acción real de 2019. Y las inolvidables canciones, escuchadas una y otra vez, que creaban esa atmósfera épica y majestuosa, han sido la banda sonora de muchos momentos. A pesar de todo, hará unos ocho años de la última vez que vi la película original y he querido escribir esto desde esa distancia, sin verla otra vez, para evitar que mi yo de hoy contamine el recuerdo.

"El Rey León" me dejó, sin duda, más huella que ninguna otra cinta. Recuerdo a Mufasa, con su sentido de la responsabilidad. Nos enseñó el deber de ocupar siempre el lugar que a uno le corresponde, "tu lugar en el ciclo de la vida". Recuerdo también otra frase que pronuncia en una de las escenas más tiernas de la historia: "Los grandes reyes del pasado nos observan desde las estrellas. Y cuando te sientas solo, ellos estarán ahí para guiarte. Y yo también." Y no olvido nunca que su muerte nos enseñó algo que todos deberíamos tener siempre presente: el enemigo puede estar a tu lado, puede ser alguien cercano.

Simba mostró el valor de la familia, del clan, y lo legítimo que es cuidar de lo que uno ama; y Nala, la valentía, la determinación y la decisión. Fue ella quien salió en busca de Simba para cambiar las cosas en el reino. El pájaro Zazú y el dúo Timón y Pumba son el ejemplo de la amistad, la lealtad por encima de todo y a pesar de todo. "Bueno, Simba. Si es importante para ti, estaremos contigo hasta el final" le dice Timón a su amigo justo antes de la batalla final contra su tío usurpador. ¿Hay un ejemplo mejor de lealtad? Pero también el suricato y el jabalí son los antihéroes de la película, quienes dan la vuelta a la enseñanza que Mufasa se afanó tanto en inculcar a su cachorro. 

El lema del suricato y el jabalí, el famoso "Hakuna Matata", significa "no hay problema" en suajili. Ellos enseñaron a Simba otra forma de vivir, sin responsabilidades, sin preocupaciones, haciendo en cada momento lo que les apetecía y como les apetecía. En el fondo eran unos inadaptados, renegados del lugar que debían ocupar. Es justo lo contrario de lo que le enseñó Mufasa. "Lo que debes hacer es dejar el pasado atrás" dicen en un momento de la película. Al final, Simba se debate entre asumir el sitio que le corresponde u olvidarse de todo. Y el joven está a punto de olvidar de donde viene y, por tanto, de olvidar quién es.

Y, por último, el viejo Rafiki nos enseñó aquello de "el pasado puede doler, pero tal como yo lo veo, puedes huir o aprender". No necesita explicación pues la frase tiene la suficiente contundencia. Le demostró a Simba que incluso los que no están presentes siempre te acompañan, "él vive en ti" le dice al joven príncipe señalando su propio reflejo en el agua. Al final, creo que aquella conocida frase de Mufasa, "recuerda quién eres", es un buen leitmotiv en momentos de duda, de indecisión, sobre todo para intentar no perder el norte.

Siento si algunas citas no son exactas, las he escrito de memoria y a lo mejor me han fallado los recuerdos. Las ideas sí que son, en todo caso, precisas. Por cierto, el león es para las tribus masái un símbolo de respeto, de poder y de autoridad. La película es una constante reivindicación de la lealtad a uno mismo, el respeto por los orígenes y el deber de cumplir con lo que uno se ha comprometido. Curiosamente, son valores que nos fallan hoy. La película se estrenó hace treinta años.

"Nants' ingonyama bagithi baba...!" Ya descubrí qué significa en zulú el comienzo de la canción: "¡Aquí viene el león, padre/madre...!"

miércoles, 20 de noviembre de 2024

ENSAYO SOBRE LA LUNA

Luna llena del 17 de octubre de 2024


Confieso que llevo todo el otoño mirando la Luna. Desde hace semanas, siempre que salgo a la calle por la noche miro al cielo buscándola. Cuando está despejado, la encuentro fácilmente, brillante en medio de las tinieblas, y la contemplo en silencio unos segundos. Y confieso también que hago algo que nunca antes había hecho: miro en el calendario las fechas de Luna llena de cada mes. Esas que no importan a casi nadie. Y es que he descubierto en ella algo que me cautiva, aunque no estoy seguro de qué es.

Quizá lo que realmente me atrape no sea la Luna en sí misma sino lo remoto e inaccesible, que siempre fascina. La Luna, tan distante, tan inalcanzable, tiene algo seductor. Además, en el plenilunio, cuando está llena, da claridad en medio de las sombras y eso es atractivo. ¿A quién no le cautiva la luz en la oscuridad? Y eso a pesar de que sé que volverá a empequeñecer hasta desaparecer por completo.

O quizá sea lo escurridiza y esquiva que es. La Luna nunca se deja atrapar, es difícil fotografiarla, es difícil conquistarla. Selene, la personificación de la Luna, era para los griegos una diosa errante que vagaba por el firmamento montada en una cuadriga en un viaje que no tenía fin. Cuando uno intenta tomarle una foto, no deja capturar toda su belleza y se muestra como un punto blanco amorfo. La Luna siempre se escabulle, siempre escapa, siempre está en movimiento. Es única, porque cautiva, pero no se deja prender.

O a lo mejor es, precisamente, por lo contrario. Desde hace un tiempo, he conseguido atraparla. El pasado verano descubrí que la cámara de mi teléfono podía fotografiar el satelite de forma nítida y clara con una nueva aplicación. Desde entonces, no puedo evitar hacerle una foto cada noche que la encuentro en el firmamento. Y luego la amplio una y otra vez para observar sus manchas, sus cráteres y sus estrías. Veo en ella lo que antes no podía ver. Y me siento afortunado, un poco astronauta, a punto de tocar lo inalcanzable.

El otro día, llegó a mis manos una bella leyenda sobre nuestro satélite. Decía que una noche, la Luna descendió del cielo y entró en un bosque donde se encontró con un lobo. El lobo se enamoró perdidamente de ella, pero al amanecer, la Luna volvió al cielo llevándose consigo el corazón del animal. Nunca regresó, y los lobos aúllan en las noches de Luna llena, noches claras y luminosas, esperando recuperar el corazón robado al viejo compañero, pero es en vano. Por eso están destinados a aullar eternamente a la Luna. 

Ahora, cada vez que la miro, es decir, casi todas las noches, me acuerdo de los lobos. Veo la Luna como una ladrona de corazones, que siempre está ahí, pero es inaccesible para la mayoría y, por si fuera poco, tiene una cara que no muestra, una cara oculta. Quizá tenga ahí escondió el corazón del viejo lobo.

Pero nuestro satélite también une. Une sentimientos y almas. Cuando lo miramos, todos vemos su misma cara, da igual en qué lugar del planeta nos encontremos. Nuestros ojos comparten un mismo instante, ven lo mismo. Así que siempre que miro a la Luna me siento más cerca de quienes no están a mi lado. Me siento más cerca de aquellos con los que he compartido momentos, pero se marcharon. Imagino que estarán mirándola también y sonreirán como yo lo hago. Y la Luna nos verá a ambos desde su atalaya y reirá también.

Hay otra cosa mágica del astro: sus fases. La Luna atraviesa etapas hasta alcanzar la plenitud, el plenilunio. La vemos crecer, engordar. Y luego la vemos menguar hasta desaparecer. La Luna atraviesa fases crecientes y decrecientes, como si tuviese ambiciones, sentimientos y espíritu. Fases de plenitud y de ausencia. Nuestro satélite nos enseña todos los meses que es posible empezar de nuevo, que los ciclos comienzan y terminan una y otra vez, que la existencia es un incesante volver a empezar. Quizá sea ese vaivén lo que me atrape, lo que me cautive, quizá sea su afán por volver a empezar. 

Hace unos días paseaba junto a alguien especial entre los árboles casi desnudos del otoño. Nos detuvimos un instante a mirar la Luna llena que aparecía y se escondía en el cielo nuboso, como si estuviese jugando con nosotros. Parecía que la Luna cambiaba según emergía o se ocultaba tras las nubes. Entonces reflexioné en voz alta y dije que la Luna se transformaba también según recibía más o menos luz, según el día, según el estado de la atmósfera. Mi compañera lo negó: "Eso no es cierto - afirmó -la Luna nunca cambia, siempre es igual, siempre es la misma. Somos nosotros, desde la Tierra, quienes la vemos diferente. Es nuestra perspectiva la que cambia". Y entonces la ladrona de corazones me cautivó aún más. 



Algunas fotos de la Luna de estas semanas:

Montaje de la fase creciente de la Luna. Noviembre de 2024.

Luna llena entre nubes y árboles. 15 de noviembre de 2024.

Luna (casi) llena del 15 de noviembre de 2024.

domingo, 3 de noviembre de 2024

LA GOTA FRÍA QUE COLMA EL VASO

Tras la gota fría (Foto: Marina Lorenzo)


Un periodista recordaba unos versos del cantautor valenciano Raimon: "Al meu país, la pluja no sap ploure..." ("En mi país, la lluvia no sabe llover"). Contaba que sus abuelos, que vivían en un pueblecito de Valencia, dormían en las noches de tormenta con una mano fuera de la cama, tocando el suelo, "por si el agua regresaba". Gota fría era sinónimo de inundación, de tragedia, de muerte. Estos días no se van de mi cabeza las palabras de aquel periodista cada vez que veo fotos y videos de las inundaciones en Valencia y del caos en la respuesta del Estado ante el desastre.

En este maldito mundo de eufemismos, el expresivo término de "gota fría" ha sido sustituido por el acrónimo DANA ("Depresión Aislada en Niveles Altos"). La opinión pública asume los acrónimos con avidez aunque dificultan la comprensión de un concepto y confunden a la gente. Las gotas frías son típicas del clima mediterráneo. Han existido siempre y han causado inundaciones siempre, como muestran las historias que relató aquel tertuliano y la canción de Raimon. Quizá, con el cambio climático, se vuelvan más virulentas, como todos los fenómenos atmosféricos, pero, al parecer, ya llegamos tarde para detener esto. Una meteoróloga decía el otro día en la televisión pública que lo mejor que podemos hacer es acostumbrarnos y adaptarnos. 

El desastre de la DANA del pasado martes 26 de octubre es de tal magnitud que nos ha conmocionado a todos. Es la peor tragedia en décadas, titulaba "El País". Ya se contabilizan más de 200 muertos y unos 2000 desaparecidos, aunque estas cifras pueden aumentar hasta ser insoportables. Al drama humano debemos añadir el colapso del Estado, inoperante, anquilosado, lento, incapaz de actuar con solvencia ante la adversidad. Y, a ello, la desconfianza y el recelo de los ciudadanos que esperan protección y certidumbre por parte de las autoridades y sólo ven caos y descoordinación.

Al Estado se le han vuelto a ver las costuras, como ocurrió con otras catástrofes naturales. Recuerdo la pandemia de Coronavirus de 2020, el temporal "Filomena" en enero de 2021 y la erupción del volcán de La Palma en septiembre de ese año. Y escribiendo estas líneas, lo hago convencido de que el problema no es del Estado, que tiene recursos suficientes para proteger a sus ciudadanos y paliar los daños. España no es un Estado fallido, como dicen muchos. El problema es el grupo de dirigentes incompetentes, ensimismados y enredados en el bochornoso circo en el que se ha convertido la política en este país. Un intercambio de reproches y acusaciones en el día a día que no vale nada, que no sirve para nada.

Hace tres semanas, las televisiones nos informaron con todo detalle de las características del huracán Milton que azotó Florida. Nos relataron los planes de evacuación, los peligros a los que se enfrentaban los ciudadanos y cómo había que actuar en estos casos. A los españoles aquello nos daba igual, nos pillaba demasiado lejos. En cambio, no se informó suficiente hace cinco días sobre la potente DANA que se estaba formando en el Mediterráneo. La AEMET (la Agencia Estatal de Meteorología) advirtió días antes del riesgo, todo se sabia, pero nadie avisó y la señal de alerta por inundaciones llegó demasiado tarde. Cuando lo hizo, muchas calles, carreteras y garajes ya estaban invadidos por el agua. ¿Cómo fue posible?

¿Por qué las autoridades de la Comunidad Valenciana y de otras comunidades autónomas no alertaron a sus ciudadanos del peligro? ¿Por qué no se hizo caso a las advertencias de la AEMET? ¿Por qué los medios de comunicación nos contaron cómo sobrevivir a un huracán en Florida y no a una gota fría en Valencia? No nos engañemos, vivimos en el siglo XXI, todo se sabe, todo se puede predecir con una exactitud asombrosa. La población hace caso a las advertencias y hace lo que se le pide, sobre todo si se advierte del peligro mortal que corre. Lo vimos en la pandemia hace sólo cuatro años. La responsabilidad no es de los ciudadanos es de quien debió avisar y no lo hizo o lo hizo tarde.

Una vez sucedida la tragedia, el Estado con sus distintas administraciones (central, autonómica, fuerzas de seguridad, etc.) se manifiesta incapaz de actuar con rapidez, decisión y solvencia. Las comunidades autónomas, como demostró también la pandemia de 2020, no son más que enormes engranajes burocráticos sin recursos efectivos para atender situaciones adversas. En otras palabras, sirven para tener ocupados a decenas de miles de políticos, pero no para gestionar emergencias como ésta. Aunque tienen esa responsabilidad, aunque sobre el papel tienen las competencias, no disponen de medios, así que los ciudadanos están desprotegidos.

El gobierno central sí tiene recursos, pero es reacio a asumir responsabilidades que no le interesan para no cargar con el coste político que conllevan. Aunque éste sea su deber. En este galimatías de responsabilidades, hacen falta liderazgos políticos fuertes y decididos, capaces de afrontar costes personales a cambio del bien común. España es huérfana de grandes líderes desde hace décadas. Nuestra clase política, de cualquier ideología, se nutre de personalidades mediocres, ambiciosas e inútiles. Se manejan bien en la estéril refriega política diaria, pero nada más. Se pelean bien en el Congreso, en Twitter y en los medios de comunicación, son buenos creando espectáculo, pero no son eficaces gestores ni valientes líderes. Sólo así se comprende el caos en la respuesta a la tragedia que se vive en Valencia. 

Hay localidades aisladas desde hace días, donde aún no han llegado los equipos de rescate. La Generalidad valenciana ha rechazado la ayuda ofrecida por otras comunidades autónomas (u otros países) aún sin tener recursos propios para atender a la emergencia. El gobierno central ha tardado días en enviar efectivos militares a la zona. Es incomprensible que aún no se haya declarado el estado de alarma y el gobierno central no haya asumido el control total de la crisis. Se prometen ayudas que sabemos que nunca llegarán. Y todo esto mientras sigue habiendo miles de desaparecidos bajo el lodo. El presidente del gobierno lo dejó claro en una comparecencia pública: "Si necesitan ayuda, que la pidan". Pero no olvidemos que son las autoridades públicas quienes tiene el deber de proteger a sus ciudadanos, que éstos no tienen que pedir ayuda, que la ayuda debe llegar sola. 

La indignación del pueblo ante el desorden es de tal calibre que supone la ruptura total con el Estado. Las imágenes de los disturbios en la visita de los Reyes, el presidente del gobierno y el presidente de la Generalidad a Paiporta, uno de los pueblos más afectados, es la nuestra de la brecha entre la ciudadanía y sus representantes. La desconexión entre la nación y sus instituciones es completa y probablemente definitiva. Lo ocurrido en Valencia quizá suponga un antes y un después en la conciencia política española. No podemos permitir más esto, no podemos seguir así. "No nos abandonéis", pedía sollozando al Rey de España una mujer que lo había perdido todo, pero lo cierto es que eso ha ocurrido demasiadas veces en los últimos tiempos, que el Estado nos acaba abandonando. Quizá la gota fría de octubre de 2024 haya colmado el vaso.

martes, 22 de octubre de 2024

LA MUEDRA


Las lagartijas campan a sus anchas en este lugar. Están por todas partes y nadie las molesta. Corren de aquí para allá y toman el sol en los muros musgosos del camposanto. Los días de calor están terminando y éstos son los últimos rayos que reciben con fuerza, como a ellas les gusta. Es octubre, el tiempo del letargo no tardará en llegar y los reptiles lo saben.

Como en cualquier cementerio, se respira paz. Más en éste, entre pinos y robles y tan cerca de las mansas aguas del embalse de la Cuerda del Pozo. Aquí hace demasiado tiempo que no se entierra a nadie, que los difuntos son siempre los mismos, que sólo el trino de los pájaros perturba su descanso. Es un cementerio de un pueblo que ya no existe porque se encuentra bajo las aguas del pantano. 

Y, sin embargo, este santuario de la muerte es también lo único vivo de aquel pueblo. Hace unas semanas inauguraron aquí un humilde memorial en honor a los últimos habitantes de La Muedra. "La Muedra pervive" es la inscripción del monolito levantado fuera del cementerio. En el interior, unos paneles conservan para siempre los nombres de los difuntos y de los últimos modraños que habitaron este lugar que fue una localidad, y ya no es nada. 

- Estoy deseando que me cuentes lo que ocurrió aquí. Parece que la historia de este pueblo fue triste.

- Tuvo un final triste, sí. No sé gran cosa. En 1923, se aprobó el proyecto para la construcción de una presa en el curso alto del Duero y, unos años después, en 1927, quedó claro que La Muedra sería anegada por las aguas.

- ¿Y nadie hizo nada?

- Los vecinos pidieron que se reconsiderase el proyecto, pero no sirvió de nada. Ya sabes, estas cosas suelen pasar... Fue entonces cuando trasladaron el cementerio a un lugar más alto para salvar al menos a los difuntos. El 29 de septiembre de 1941, se inauguró la presa y el pueblo desapareció.

Paseamos entre algunas lápidas y leemos con atención los nuevos paneles. Algunos recogen estrofas de poetas ilustres, como Bécquer, Machado y Gerardo Diego. Me detengo un instante ante una corona de flores marchitas que alguien depósito allí hace semanas: "Nunca olvidaremos vuestro sacrificio". Este es un lugar de memoria, el eslabón que une el pasado con el presente, lo único que mantiene con vida La Muedra.

- La mayoría de los habitantes de La Muedra se fueron a vivir a otros pueblos de la zona. La mayoría acabó en Vinuesa, en Abejar, en el Royo...

- El desarraigo de aquellas gentes debió de ser duro. Al final pertenecían a un pueblo que no existía. No eran de ninguna parte.

- Algunos, cuando les preguntaban por su pueblo, decían "yo nací en La Muedra, yo no tengo pueblo". Es una frase bastante elocuente.


Caminamos ahora por la orilla del pantano hasta divisar a lo lejos la torre de la iglesia, que emerge de las aguas como un espectro de otro tiempo, pero aún maciza y orgullosa. El lugar está en silencio, sólo roto por el sonido de nuestras pisadas en la arena. Una asustadiza garza alza el vuelo a nuestro paso y, majestuosa, se aleja prudentemente de nosotros, de los intrusos en aquel sitio que ya pertenece a la naturaleza.

- Las casas estaban construidas en piedra, como las de Vinuesa o Molinos. Las mejores piedras se las llevaron para aprovecharlas en otras construcciones. Cuando el pantano tiene poca agua, se pueden ver aún los muros de algunas casas. Más allá había una ferrería. La chimenea sobresalía del agua como la torre de la iglesia, pero un día el viento la derribó. 

- Impresiona un poco ver la torre... ¿Era un pueblo próspero? ¿Cuántos habitantes llegó a tener? 

- Era un pueblo como tantos otros de la zona, un pueblo pinariego. Sus gentes vivían de la agricultura, de la ganadería y del bosque. No sé cuántos habitantes tenía La Muedra... Vamos a buscarlo en internet.

Y, mientras desandamos el camino, buscamos algo de información en la web. Casi todas las páginas repiten lo mismo. Según los datos estadísticos, a comienzos del siglo XX, La Muedra tenía unos 260 habitantes; en 1920, tenía sólo 220; pero en 1930, su población aumentó hasta los 330. Ése es el último dato demográfico que se conserva porque en el censo de 1940 ya no se contabilizó la población de esta localidad. 

- Fíjate, la población aumentó bastante en los últimos años, antes de que el pantano anegara el pueblo. Ganó un centenar de habitantes en diez años.

- ¿Y eso por qué fue?

- Por los trabajadores que construyeron la presa del pantano. Muchos vinieron a vivir a La Muedra con sus familias y eso revitalizó el pueblo y le hizo ganar habitantes. La obras duraron quince años aunque estuvieron paradas durante la Guerra Civil.

- Es un tanto paradójico, ¿no?

- ¿Qué es paradójico?

- Los últimos años de vida del pueblo fueron los más prósperos. En esos años había más trabajo por la construcción de la presa, pero fue la presa la que destruyó el pueblo. La construcción del pantano dio vida a La Muedra y, al mismo tiempo, la condenó a muerte. 

lunes, 16 de septiembre de 2024

VEA



El termómetro del coche marca cuatro grados cuando descendemos por las vertiginosas curvas del puerto de Oncala. Es 14 de septiembre, pero parece que el verano se ha marchado apresuradamente y sin decir adiós. El sol brilla en un cielo azul sin nubes aunque ya no calienta demasiado en las primeras horas del día. El ambiente no es invernal, pero casi. 

Son las nueve y media de la mañana y llegamos a la Plaza de la Cosa, en San Pedro Manrique. Hace fresco. O, mejor dicho, hace frío. Tanto que me abrocho el forro polar al bajar del coche. Allí, en la plaza, nos juntamos un grupillo variopinto de profesores con el propósito de llegar hasta Vea, un despoblado situado a algo más de siete kilómetros al norte. La idea es ir y regresar para comer, pues una paella nos espera a la vuelta. 

- Dicen que Tierras Altas es la región de Europa con más pueblos abandonados. Hay decenas: Buimancos, Armejún, Vea... Los últimos de Vea se marcharon en los años 60. - dice Lucas, nuestro guía, que vive habitualmente en San Pedro y recorre la comarca con frecuencia.

- Entonces, ¿no hay absolutamente nadie en el pueblo al que vamos? - pregunto intrigado. 

- Oficialmente no, aunque desde hace algunos años hay siete u ocho habitantes... Hippies que viven en comunidad aislados del resto del mundo, ya sabéis. - aclara el compañero poco antes de comenzar la marcha.

La ruta hasta Vea es larga y tortuosa. A buen ritmo, tardamos no menos de dos horas en llegar atravesando senderos y antiguos caminos de herradura junto al río Linares. En no pocas ocasiones tengo la sensación de caminar por el monte sin ninguna referencia. Enormes farallones calizos se alzan ante nosotros aquí y allá rotos en algunos puntos por las gargantas excavadas por el río. 

- Imagina lo que era recorrer este camino para llegar a San Pedro hace setenta o cien años... Dos horas en burro, a caballo o a pie. - dice Alba, que se ha detenido a admirar las cumbres que nos rodean. 

- Muchos no saldrían del pueblo más que una o dos veces al año. Vivían en un mundo minúsculo. No había más allá. - añade Asun, otra compañera, antes de beber agua de su cantimplora.

A media que pasan las horas y avanzamos por la senda, la temperatura aumenta, como corresponde a esta época del año. Al final, el forro polar me estorba y tengo que quitármelo. Acabo en manga corta, como en pleno verano. Pasamos junto a antiguos molinos, hoy en ruinas, que se utilizaban para producir electricidad aprovechando los saltos de agua del río. El paisaje es encantador. Se respira paz y tranquilidad. 

- Es como un locus amoenus, ¿verdad? - dice Asun. 

- ¿Qué es un locus amoenus

- No me digas que no lo has escuchado nunca. Es un tópico literario que describe un lugar natural idealizado y paradisiaco, seguro y tranquilo. Esto es igual: el río, el agua, la vegetación, el puente...- apunta con cierta sorna. - Que se lo digan a quienes vivieron por aquí.


Continuamos la marcha durante un largo rato con la sensación siempre de estar a punto de llegar, pero no. Cuando, por fin, divisamos Vea, es mediodía. Para entrar en el pueblo (despoblado) hay que cruzar el flamante puente construido en madera por los nuevos habitantes del lugar. Junto a él hay una huchita de hojalata y un cartel que dice: "Ayuda para la construcción del puente". - Antes había que cruzar el río con una tirolina o mojarte los pies.- nos aclara nuestro improvisado guía. 

La mayor parte de las antiguas casas, construidas en piedra, se encuentran en ruinas y la vegetación lo ha ocupado todo. Zarzamoras, helechos y cardos han tomado el interior y el exterior de las construcciones y casi todas las empinadas callejuelas, en otros tiempos rebosantes de vida, son intransitables. La espadaña de la iglesia sobresale por encima del resto de casas aunque la techumbre de la nave se ha hundido. Allí, junto a la iglesia, nos detenemos a descansar unos instantes antes de explorar el sitio.

- He traído almendras, ¿quieres unas pocas? Dicen que sirven para recuperar energía - me pregunta Asun. Al mismo tiempo, se acercan a curiosear dos bellos gatos, uno negro y otro naranjo. Su limpio pelaje evidencia que están bien cuidados. Allí hay alguien que los alimenta y los limpia. - Serán los hippies...

Pronto comenzamos a husmear entre las casas, mirando por todos lados. No podemos entrar en casi ninguna porque están invadidas por la maleza. En un muro se lee el año en el que se levantó: 1899. En algunas partes, el suelo está hundido y las paredes, repletas de grafitis. No nos atrevemos a entrar en ésta, pero si en la de al lado, que está apuntalada. Incluso subimos al piso superior por unas estrechas escaleras que llevan a lo que fue una cocina. Un viejo banco corrido espera allí, olvidado por todos.

Mientras tanto, otros observan un viejo pupitre en la construcción contigua. - Esto debían de ser las escuelas. Pensaba que eran el edificio de allá. - nos aclara Lucas con ciertas dudas. 

Un saco de tierra, un andamio y varios bidones de agua muestran que hay trabajadores allí, aunque no los veamos. El lugar no está muerto del todo, desde luego. Hay quien se afana por recuperar la vida de Vea, aunque cueste. En otra vivienda encontramos otro banco de madera, la cerradura inservible de una puerta y unas cuantas ollas, sartenes y latas de conserva oxidadas. Todo tiene un aire de tristeza y soledad. Todo perteneció a un mundo que ya no existe. 

Algunas casas están adecentadas. Las ventanas son nuevas y los tejados han sido reparados. En algunas esquinas hay carretillas y materiales de construcción. En cualquier caso, la electricidad y el agua corriente brillan por su ausencia. Y no digamos el Internet. Desde hace rato no hay datos móviles ni cobertura telefónica. Y mientras caminamos por las callejuelas divagando sobre todo esto y escoltados por los gatos que no se separan de nosotros, aparece un joven que, por la pinta (malditos prejuicios), vive allí habitualmente. 

- ¡Buenos días! ¿Qué tal? ¿Dando un paseíllo mañanero? - nos pregunta con simpatía.

Varios compañeros se detienen a charlar con aquel muchacho. Es navarro, de Tudela, y lleva seis años viviendo en Vea (los prejuicios a veces no fallan). El joven les cuenta que cuando quieren abandonar el pueblo, deben recorrer los siete kilómetros hasta San Pedro. Y lo hacen como antiguamente: utilizando mulas. Para transportar los materiales necesarios en la restauración de las viviendas también utilizan los animales de carga. Parece que algunas cosas no han cambiado.

Pero, como todo en el siglo XXI, esta vida que recuerda otro tiempo también tiene trampa: una pista forestal acaba a pocos kilómetros al norte de Vea, lo que reduce la distancia que deben caminar. Allí aparcan sus todoterrenos. La pista comunica la localidad con Taniñe y Yanguas, así que, a veces, los siete u ocho habitantes de Vea, no caminan los siete kilómetros de senda a San Pedro, sino que se desplazan en los confortables automóviles. Son ermitaños y solitarios, pero a tiempo parcial.


El tiempo apremia y debemos regresar a San Pedro. Aún nos esperan dos horas de caminata de vuelta y no podemos permitir que se nos pase el arroz. El camino se hace algo más pesado porque el sol brilla con esplendor, el calor aprieta bastante (ahora sí) y se acumula el cansancio. Las piernas ya llevan casi ocho kilómetros de caminata. Y deben recorrer otros ocho. El grupo se divide en dos. Algunos se adelantan y otros quedamos rezagados. 

- No me extraña que la gente se marchase de estos pueblos. ¿Quién va a vivir en un sitio tan aislado, lejos de todo? - pienso en voz alta.

- Estos pueblos eran muy pobres. Es imposible practicar la agricultura porque el terreno escarpado y pedregoso es improductivo. Había algunas cabras que daban leche, pero nada más. - explica Lucas una vez más. 

- Alguien me dijo que aquí las familias acogían a niños huérfanos procedentes de una casa cuna de Pamplona. Los criaban hasta los tres o cuatro años y recibían una ayuda del Estado. Esas ayudas eran todos los ingresos que tenían muchas familias. - quise aportar con algunas dudas. 

- Al final la gente, si no tiene para comer, se marcha, como es lógico. A este pueblo el tiempo se lo llevó por delante, le quitó la vida. Por eso, Vea es una lección de Historia y de vida.