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martes, 22 de octubre de 2024

LA MUEDRA


Las lagartijas campan a sus anchas en este lugar. Están por todas partes y nadie las molesta. Corren de aquí para allá y toman el sol en los muros musgosos del camposanto. Los días de calor están terminando y éstos son los últimos rayos que reciben con fuerza, como a ellas les gusta. Es octubre, el tiempo del letargo no tardará en llegar y los reptiles lo saben.

Como en cualquier cementerio, se respira paz. Más en éste, entre pinos y robles y tan cerca de las mansas aguas del embalse de la Cuerda del Pozo. Aquí hace demasiado tiempo que no se entierra a nadie, que los difuntos son siempre los mismos, que sólo el trino de los pájaros perturba su descanso. Es un cementerio de un pueblo que ya no existe porque se encuentra bajo las aguas del pantano. 

Y, sin embargo, este santuario de la muerte es también lo único vivo de aquel pueblo. Hace unas semanas inauguraron aquí un humilde memorial en honor a los últimos habitantes de La Muedra. "La Muedra pervive" es la inscripción del monolito levantado fuera del cementerio. En el interior, unos paneles conservan para siempre los nombres de los difuntos y de los últimos modraños que habitaron este lugar que fue una localidad, y ya no es nada. 

- Estoy deseando que me cuentes lo que ocurrió aquí. Parece que la historia de este pueblo fue triste.

- Tuvo un final triste, sí. No sé gran cosa. En 1923, se aprobó el proyecto para la construcción de una presa en el curso alto del Duero y, unos años después, en 1927, quedó claro que La Muedra sería anegada por las aguas.

- ¿Y nadie hizo nada?

- Los vecinos pidieron que se reconsiderase el proyecto, pero no sirvió de nada. Ya sabes, estas cosas suelen pasar... Fue entonces cuando trasladaron el cementerio a un lugar más alto para salvar al menos a los difuntos. El 29 de septiembre de 1941, se inauguró la presa y el pueblo desapareció.

Paseamos entre algunas lápidas y leemos con atención los nuevos paneles. Algunos recogen estrofas de poetas ilustres, como Bécquer, Machado y Gerardo Diego. Me detengo un instante ante una corona de flores marchitas que alguien depósito allí hace semanas: "Nunca olvidaremos vuestro sacrificio". Este es un lugar de memoria, el eslabón que une el pasado con el presente, lo único que mantiene con vida La Muedra.

- La mayoría de los habitantes de La Muedra se fueron a vivir a otros pueblos de la zona. La mayoría acabó en Vinuesa, en Abejar, en el Royo...

- El desarraigo de aquellas gentes debió de ser duro. Al final pertenecían a un pueblo que no existía. No eran de ninguna parte.

- Algunos, cuando les preguntaban por su pueblo, decían "yo nací en La Muedra, yo no tengo pueblo". Es una frase bastante elocuente.


Caminamos ahora por la orilla del pantano hasta divisar a lo lejos la torre de la iglesia, que emerge de las aguas como un espectro de otro tiempo, pero aún maciza y orgullosa. El lugar está en silencio, sólo roto por el sonido de nuestras pisadas en la arena. Una asustadiza garza alza el vuelo a nuestro paso y, majestuosa, se aleja prudentemente de nosotros, de los intrusos en aquel sitio que ya pertenece a la naturaleza.

- Las casas estaban construidas en piedra, como las de Vinuesa o Molinos. Las mejores piedras se las llevaron para aprovecharlas en otras construcciones. Cuando el pantano tiene poca agua, se pueden ver aún los muros de algunas casas. Más allá había una ferrería. La chimenea sobresalía del agua como la torre de la iglesia, pero un día el viento la derribó. 

- Impresiona un poco ver la torre... ¿Era un pueblo próspero? ¿Cuántos habitantes llegó a tener? 

- Era un pueblo como tantos otros de la zona, un pueblo pinariego. Sus gentes vivían de la agricultura, de la ganadería y del bosque. No sé cuántos habitantes tenía La Muedra... Vamos a buscarlo en internet.

Y, mientras desandamos el camino, buscamos algo de información en la web. Casi todas las páginas repiten lo mismo. Según los datos estadísticos, a comienzos del siglo XX, La Muedra tenía unos 260 habitantes; en 1920, tenía sólo 220; pero en 1930, su población aumentó hasta los 330. Ése es el último dato demográfico que se conserva porque en el censo de 1940 ya no se contabilizó la población de esta localidad. 

- Fíjate, la población aumentó bastante en los últimos años, antes de que el pantano anegara el pueblo. Ganó un centenar de habitantes en diez años.

- ¿Y eso por qué fue?

- Por los trabajadores que construyeron la presa del pantano. Muchos vinieron a vivir a La Muedra con sus familias y eso revitalizó el pueblo y le hizo ganar habitantes. La obras duraron quince años aunque estuvieron paradas durante la Guerra Civil.

- Es un tanto paradójico, ¿no?

- ¿Qué es paradójico?

- Los últimos años de vida del pueblo fueron los más prósperos. En esos años había más trabajo por la construcción de la presa, pero fue la presa la que destruyó el pueblo. La construcción del pantano dio vida a La Muedra y, al mismo tiempo, la condenó a muerte. 

lunes, 16 de septiembre de 2024

VEA



El termómetro del coche marca cuatro grados cuando descendemos por las vertiginosas curvas del puerto de Oncala. Es 14 de septiembre, pero parece que el verano se ha marchado apresuradamente y sin decir adiós. El sol brilla en un cielo azul sin nubes aunque ya no calienta demasiado en las primeras horas del día. El ambiente no es invernal, pero casi. 

Son las nueve y media de la mañana y llegamos a la Plaza de la Cosa, en San Pedro Manrique. Hace fresco. O, mejor dicho, hace frío. Tanto que me abrocho el forro polar al bajar del coche. Allí, en la plaza, nos juntamos un grupillo variopinto de profesores con el propósito de llegar hasta Vea, un despoblado situado a algo más de siete kilómetros al norte. La idea es ir y regresar para comer, pues una paella nos espera a la vuelta. 

- Dicen que Tierras Altas es la región de Europa con más pueblos abandonados. Hay decenas: Buimancos, Armejún, Vea... Los últimos de Vea se marcharon en los años 60. - dice Lucas, nuestro guía, que vive habitualmente en San Pedro y recorre la comarca con frecuencia.

- Entonces, ¿no hay absolutamente nadie en el pueblo al que vamos? - pregunto intrigado. 

- Oficialmente no, aunque desde hace algunos años hay siete u ocho habitantes... Hippies que viven en comunidad aislados del resto del mundo, ya sabéis. - aclara el compañero poco antes de comenzar la marcha.

La ruta hasta Vea es larga y tortuosa. A buen ritmo, tardamos no menos de dos horas en llegar atravesando senderos y antiguos caminos de herradura junto al río Linares. En no pocas ocasiones tengo la sensación de caminar por el monte sin ninguna referencia. Enormes farallones calizos se alzan ante nosotros aquí y allá rotos en algunos puntos por las gargantas excavadas por el río. 

- Imagina lo que era recorrer este camino para llegar a San Pedro hace setenta o cien años... Dos horas en burro, a caballo o a pie. - dice Alba, que se ha detenido a admirar las cumbres que nos rodean. 

- Muchos no saldrían del pueblo más que una o dos veces al año. Vivían en un mundo minúsculo. No había más allá. - añade Asun, otra compañera, antes de beber agua de su cantimplora.

A media que pasan las horas y avanzamos por la senda, la temperatura aumenta, como corresponde a esta época del año. Al final, el forro polar me estorba y tengo que quitármelo. Acabo en manga corta, como en pleno verano. Pasamos junto a antiguos molinos, hoy en ruinas, que se utilizaban para producir electricidad aprovechando los saltos de agua del río. El paisaje es encantador. Se respira paz y tranquilidad. 

- Es como un locus amoenus, ¿verdad? - dice Asun. 

- ¿Qué es un locus amoenus

- No me digas que no lo has escuchado nunca. Es un tópico literario que describe un lugar natural idealizado y paradisiaco, seguro y tranquilo. Esto es igual: el río, el agua, la vegetación, el puente...- apunta con cierta sorna. - Que se lo digan a quienes vivieron por aquí.


Continuamos la marcha durante un largo rato con la sensación siempre de estar a punto de llegar, pero no. Cuando, por fin, divisamos Vea, es mediodía. Para entrar en el pueblo (despoblado) hay que cruzar el flamante puente construido en madera por los nuevos habitantes del lugar. Junto a él hay una huchita de hojalata y un cartel que dice: "Ayuda para la construcción del puente". - Antes había que cruzar el río con una tirolina o mojarte los pies.- nos aclara nuestro improvisado guía. 

La mayor parte de las antiguas casas, construidas en piedra, se encuentran en ruinas y la vegetación lo ha ocupado todo. Zarzamoras, helechos y cardos han tomado el interior y el exterior de las construcciones y casi todas las empinadas callejuelas, en otros tiempos rebosantes de vida, son intransitables. La espadaña de la iglesia sobresale por encima del resto de casas aunque la techumbre de la nave se ha hundido. Allí, junto a la iglesia, nos detenemos a descansar unos instantes antes de explorar el sitio.

- He traído almendras, ¿quieres unas pocas? Dicen que sirven para recuperar energía - me pregunta Asun. Al mismo tiempo, se acercan a curiosear dos bellos gatos, uno negro y otro naranjo. Su limpio pelaje evidencia que están bien cuidados. Allí hay alguien que los alimenta y los limpia. - Serán los hippies...

Pronto comenzamos a husmear entre las casas, mirando por todos lados. No podemos entrar en casi ninguna porque están invadidas por la maleza. En un muro se lee el año en el que se levantó: 1899. En algunas partes, el suelo está hundido y las paredes, repletas de grafitis. No nos atrevemos a entrar en ésta, pero si en la de al lado, que está apuntalada. Incluso subimos al piso superior por unas estrechas escaleras que llevan a lo que fue una cocina. Un viejo banco corrido espera allí, olvidado por todos.

Mientras tanto, otros observan un viejo pupitre en la construcción contigua. - Esto debían de ser las escuelas. Pensaba que eran el edificio de allá. - nos aclara Lucas con ciertas dudas. 

Un saco de tierra, un andamio y varios bidones de agua muestran que hay trabajadores allí, aunque no los veamos. El lugar no está muerto del todo, desde luego. Hay quien se afana por recuperar la vida de Vea, aunque cueste. En otra vivienda encontramos otro banco de madera, la cerradura inservible de una puerta y unas cuantas ollas, sartenes y latas de conserva oxidadas. Todo tiene un aire de tristeza y soledad. Todo perteneció a un mundo que ya no existe. 

Algunas casas están adecentadas. Las ventanas son nuevas y los tejados han sido reparados. En algunas esquinas hay carretillas y materiales de construcción. En cualquier caso, la electricidad y el agua corriente brillan por su ausencia. Y no digamos el Internet. Desde hace rato no hay datos móviles ni cobertura telefónica. Y mientras caminamos por las callejuelas divagando sobre todo esto y escoltados por los gatos que no se separan de nosotros, aparece un joven que, por la pinta (malditos prejuicios), vive allí habitualmente. 

- ¡Buenos días! ¿Qué tal? ¿Dando un paseíllo mañanero? - nos pregunta con simpatía.

Varios compañeros se detienen a charlar con aquel muchacho. Es navarro, de Tudela, y lleva seis años viviendo en Vea (los prejuicios a veces no fallan). El joven les cuenta que cuando quieren abandonar el pueblo, deben recorrer los siete kilómetros hasta San Pedro. Y lo hacen como antiguamente: utilizando mulas. Para transportar los materiales necesarios en la restauración de las viviendas también utilizan los animales de carga. Parece que algunas cosas no han cambiado.

Pero, como todo en el siglo XXI, esta vida que recuerda otro tiempo también tiene trampa: una pista forestal acaba a pocos kilómetros al norte de Vea, lo que reduce la distancia que deben caminar. Allí aparcan sus todoterrenos. La pista comunica la localidad con Taniñe y Yanguas, así que, a veces, los siete u ocho habitantes de Vea, no caminan los siete kilómetros de senda a San Pedro, sino que se desplazan en los confortables automóviles. Son ermitaños y solitarios, pero a tiempo parcial.


El tiempo apremia y debemos regresar a San Pedro. Aún nos esperan dos horas de caminata de vuelta y no podemos permitir que se nos pase el arroz. El camino se hace algo más pesado porque el sol brilla con esplendor, el calor aprieta bastante (ahora sí) y se acumula el cansancio. Las piernas ya llevan casi ocho kilómetros de caminata. Y deben recorrer otros ocho. El grupo se divide en dos. Algunos se adelantan y otros quedamos rezagados. 

- No me extraña que la gente se marchase de estos pueblos. ¿Quién va a vivir en un sitio tan aislado, lejos de todo? - pienso en voz alta.

- Estos pueblos eran muy pobres. Es imposible practicar la agricultura porque el terreno escarpado y pedregoso es improductivo. Había algunas cabras que daban leche, pero nada más. - explica Lucas una vez más. 

- Alguien me dijo que aquí las familias acogían a niños huérfanos procedentes de una casa cuna de Pamplona. Los criaban hasta los tres o cuatro años y recibían una ayuda del Estado. Esas ayudas eran todos los ingresos que tenían muchas familias. - quise aportar con algunas dudas. 

- Al final la gente, si no tiene para comer, se marcha, como es lógico. A este pueblo el tiempo se lo llevó por delante, le quitó la vida. Por eso, Vea es una lección de Historia y de vida.

lunes, 9 de septiembre de 2024

LOS PRIMEROS DÍAS... Y LOS ÚLTIMOS


Los pasillos están en penumbra. Los rayos de sol que se cuelan por las cristaleras apenas llegan a proyectar unas sombras alargadas y tristes en algunos rincones. Un silencio inusual lo inunda todo, igual que el agradable olor a limpio. El instituto espera paciente que, en pocos días, los alumnos vuelvan a llenarlo de vida después de las vacaciones de verano. Todo está preparado para un nuevo comienzo.

Pero no todos van a empezar otra vez. Algunos están terminando. Sin alterar el excepcional silencio, una profesora abre una vieja vitrina que lleva años junto a las escaleras. Con un trapo roído, limpia el polvo acumulado por el tiempo y, después, coloca con mimo las maquetas de las células vegetales y animales que sus alumnos realizaron al final del curso anterior. Algunas están hechas con plastilina, otras con cartón y otras con espuma. Las hay grandes y pequeñas, pero todas fueron elaboradas con esmero.

La mujer se detiene a mirarlas una vez más antes de elegir cuidadosamente el lugar en el que por fin las colocará. Esta tarea, la de colocar los trabajos de sus alumnos en la vitrina, es una de las últimas de su dilatada carrera docente. Hoy es su último día en el instituto, se jubila tras treinta años en aquellas clases, en aquellos pasillos. Y una mezcla de emociones se apodera de ella en esa atmósfera oscura y cálida de septiembre. La satisfacción por el trabajo hecho se encuentra de forma súbita con la nostalgia que se desprende a borbotones al mirar cada milímetro de aquel edificio destartalado que es el instituto.

El espíritu rebelde de la vieja docente recupera en ese instante decenas de rostros, de voces, de miradas, de momentos vividos, aunque ella intenta enfriar las emociones. Es en vano. Una vez suelta, la mente es un caballo desbocado que no puede detenerse. ¿A cuántos alumnos ha impartido clase? Con seguridad, centenares. Quizá, miles. Es imposible acordarse de todos. Es imposible recordar cada año, cada curso con nitidez. La memoria lo recuerda todo a la vez, lo mezcla todo en un relato uniforme, pero ficticio. En su recuerdo el estudiante de hace veinte años convive con el que conoció hace cinco. La mente trabaja así, funciona así, lo mezcla todo y no distingue de tiempos. Quizá sea un arma inconsciente para defenderse del transcurrir del tiempo, del agotamiento de la vida. 

Quiere dejarlo todo listo, como si aquellas maquetas de las células fuesen su gran legado. Como si esos trabajos diesen sentido a toda su carrera. Como si fuesen la culminación de su obra. Treinta años de lecciones, de apuntes, de exámenes, de informes, de cuadernos. Treinta años de energía, de emociones, de experiencias compartidas, de vida. Enseñaba su asignatura, pero también enseñaba a respetar, a compartir, a escuchar, a aprender, a vivir. Centenares de alumnos aprendieron a ser, a existir junto a ella, con ella. Centenares de personas hoy la recuerdan allá donde están porque marcó sus vidas. Y todo esto es mucho más que las coloridas maquetas que coloca en la vitrina, aunque no pueda contemplarse.

Y la vieja profesora siempre disfrutó, siempre trabajó intensamente, siempre vivió con pasión en aquellas aulas. Y ahora, se da cuenta de que el viaje mereció la pena, de que tuvo sentido. Y ahora, cuando está a punto de llegar al final, cuando todo va a terminar para siempre, es consciente de la felicidad. Fue feliz haciendo lo que hacía. Y esto da sentido a la su realidad, a su pasado y a su presente. Entonces, la mujer recuerda algunas estrofas de 'Ítaca', el bello poema que el griego Cavafis escribió allá a comienzos del siglo XX, que aprendió hace muchos años: 

"Más vale que se alargue muchos años;
y ya en el vejez recales en la isla,
con toda la riqueza ganada en el camino,
sin esperar que te enriquezca Ítaca."

Definitivamente, el camino fue largo y las riquezas, cuantiosas. Y, en verdad, es ahora, al final de la travesía, al final de la vida docente, cuando toda esa fortuna, esa felicidad vivida, se hace presente. El pasillo sigue a oscuras, esperando. Y allí, en aquella vitrina permanecerán por un tiempo las maquetas, aunque nadie las mire. En unos días, el instituto se llenará otra vez de alumnos, de bullicio. La vida sigue su curso, la vieja profesora ya no estará allí, pero sí una parte de ella.



sábado, 24 de agosto de 2024

LA FOTO DE AQUEL NOVILLO


En verdad, el novillo estaba harto de que los mozos jugasen con él, de que corriesen alrededor y lo mareasen. Se detenía una y otra vez, miraba a un lado y al otro, arremetía aquí y allí, volvía a detenerse, se daba la vuelta, arremetía de nuevo. Parecía que no podía continuar su camino, que se rendía. O, al contrario, parecía que no quería llegar a la plaza, que no quería asumir su destino.

Serían las cuatro de la tarde del pasado jueves 'La Saca' cuando los novillos traídos de Valonsadero entraron, en diferentes tandas, en el casco urbano de Soria, guiados por jinetes y mozos a pie que se esforzaban para conducirlos hasta la plaza de toros. Hacía un día radiante, propio de comienzos del verano. Estaba algo nublado, el calor no apretaba en exceso, pero el sol brillaba como corresponde al final de junio. Era, sin duda, un día especial para la ciudad, para los sanjuaneros y para mí: el comienzo de la vacaciones de verano y de las Fiestas de San Juan. 

Aunque la mayor parte de los novillos llegaron a la plaza rápido en grupos de dos o tres y acompañados, o mejor dicho, empujados por  una masa amorfa de gente a pie y a caballo, éste quedó rezagado y, en su soledad, se detenía a cada paso, cansado de los mozos que le citaban para que siguiese el camino. Después de recorrer los diez kilómetros que separan el monte de la capital, estaba exhausto aunque aún mostraba una actitud altiva y desafiante. Los mozos lo tentaban, corrían a su alrededor y le hacían todo tipo de perrerías para que se moviese. El novillo los miraba con indiferencia y cuando acometía contra ellos, lo hacía con desgana.

Allí, en una de las calles de entrada a la ciudad, junto al vallado que protegía el recorrido, me encontraba presenciando el tradicional espectáculo. Intenté hacer algunas fotos desde las talanqueras, aunque confieso que fueron todas un desastre excepto ésta, la del novillo hastiado. La foto muestra uno de esos instantes en los que el toro se detenía y miraba inquieto a su alrededor con la lengua fuera casi suplicando que lo dejasen en paz a la masa que lo rodeaba y lo arrastraba. 

Estaba aturdido, desconcertado por la maraña de gente que lo citaba, lo llamaba desde aquí y desde allá. Sus ojos cansados mostraban desaliento. Parecía que el animal estaba extenuado de que correteasen a su alrededor, de que lo agobiasen sin cesar, pero su porte y la sombra proyectada sobre el asfalto seguían infundiendo respeto. Un segundo después de tomar la foto, el animal acometió contra las talanqueras de manera tan inesperada y con tanta fuerza que asustó a todos los que allí estábamos. Un hombre resbaló y cayó de espaldas y mi amigo saltó desde lo alto del vallado ante el súbito embate. Eran los últimos intentos del novillo de rebelarse contra su suerte.

Hace algunos días, revisando el archivo de fotos de mi teléfono, volví a ver la instantánea. Sin pretenderlo, la foto revive en mí emociones que no tuvieron nada que ver con el animal, pero que evoca inevitablemente. Aquellos días fueron para muchos momentos de incertidumbre, de ilusión y de esperanza. Pero, también, de decepción. Todo concentrado en un tiempo en el que la masa parecía arrollarte y algunos se afanaban en jugar. Ahora, casi dos meses después de aquello, siento que la decepción me persigue, que se empeña en estar siempre presente, que, al final, todo y todos decepcionan. Y la decepción suele ser el camino más rápido para romper una expectativa y generar otra, para oscurecer una posibilidad e iluminar otra salida, para ver las cosas de otro modo. 

El novillo, acorralado por los mozos que se divertían a su alrededor, se resistía a asumir su ventura, el camino marcado por las talanqueras que no podía derribar por más que las golpeaba. Había recorrido casi todo el trayecto, tenía fuerzas suficientes para finalizarlo a pesar del cansancio, pero se resistía. Y, al final, arrastrado por la masa, acabó llegando sin remedio a la plaza minutos después. Parece que la fortuna está escrita para todos y que la sociedad, la gente que nos rodea, nos lleva al mismo sitio. Da igual lo que hagamos pues el vallado nos marca el camino mientras los mozos juegan con nosotros y se ríen de nuestra impotencia. 

Esta sensación me perseguía cada vez que veía la foto. Pero, luego, pensándolo fríamente descubrí una diferencia. Una gran diferencia, de hecho. Aquel novillo estaba sujeto a los deseo de los mozos, que se entretenían con él, que lo conducían, con mejor o peor tino, hacia donde ellos querían. El animal, a pesar de sus esfuerzos instintivos por romper el vallado, carecía de voluntad férrea y decidida. Estaba vendido, entregado a la voluntad de otros. Con nosotros eso no ocurre, da igual que nos intenten arrastrar, que nos intenten marear y confundir porque está en nuestra voluntad, en nuestras manos, decidir lo que es y lo que no, lo que merece ser y lo que no. Y una vez que lo hacemos, ya no hay marcha atrás. 

martes, 6 de agosto de 2024

AUNQUE TIEMBLEN LAS PIERNAS



Conversación en el tren

- ¿Has escuchado alguna vez la expresión "cruzar el Rubicón"?

- No. ¿Qué es el Rubicón?

- Es un río del norte de Italia. Antiguamente, durante el Imperio Romano, era la frontera natural entre Italia y la Galia. Los generales romanos no podían atravesarlo con sus legiones para no amenazar al gobierno de Roma.

- ¿Y qué tiene que ver con la decisión que tengo que tomar?

- Julio César, el más famoso general romano, cruzó el Rubicón con sus tropas en el año 49 a.C. Aquella decisión de atravesar el río suponía cometer una ilegalidad y declarar la guerra. No tenía marcha atrás. Por eso César dijo eso de "Alea iacta est", es decir, "la suerte está echada".

- Tomó una decisión importante, sin retorno.

- Exacto. Hoy, la expresión "cruzar el Rubicón" significa tomar una decisión sabiendo que es irrevocable y que tendrá consecuencias en el futuro. Una vez que toma esa determinación, ya nada es igual.

- Eso es a lo que me enfrentó yo ahora, desde luego...




- Mira esta publicación de Instagram. Dice: "A veces los pasos más firmes se dan con las piernas temblando." Dice lo mismo que la expresión del Rubicón que me has contado.

- Sí, parece, de hecho, que es la versión moderna, la versión millenial. Estoy seguro de que a Julio César le temblaron un poco las piernas cuando cruzó el río. Sabía que invadir Italia con sus tropas desencadenaría una guerra.

- ¿Pero acabó venciendo?

- Claro que ganó la guerra. Salió victorioso y se hizo con el control de la República. Tomar decisiones es importante en la vida. Siempre digo que son momentos en los que la existencia se acelera y determina el futuro. 

- Pero cuesta tomarlas...

- Cuesta porque una decisión conlleva incertidumbre, duda, miedos... Es algo valiente. Por eso tiemblan las piernas.

- Al final, si no tomas decisiones...

- Si no tomas decisiones, te conviertes en una hoja arrastrada por el viento que no sabe siquiera a donde va, te conviertes en una marioneta, en un pelele. 

- Vamos, que tenemos que decidir en la vida.

- Vivir es tomar decisiones, construir, avanzar, renunciar a cosas y apostar por otras. Vivir es arriesgarse.


- ¿Te acuerdas de Amaia Montero, la que fuera vocalista de La Oreja de Van Gogh?

- Claro.

- Llevaba varios años retirada de los escenarios porque sufría ataques de ansiedad cuando salía a actuar. Hace unos días reapareció en un concierto de Karol G en el Santiago Bernabéu y cantó "Rosas". En los videos se ve cómo le temblaba la mano mientras cantaba.

- ¿Crees que para ella fue fácil decidirse a volver a cantar? Imagina lo que supuso para ella ese momento. Pero fue valiente y subió al escenario para recuperar su vida. 

- Vamos que Amaia no es la hoja arrastrada por el viento...

- Por supuesto que no. Ya lo ves. A pesar del miedo, de los problemas, de la ansiedad, ahí estaba. Lo fácil hubiese sido retirarse para siempre. Ese es el camino sencillo: no hacer nada. Lo valiente y lo difícil es enfrentarse a lo que tienes delante, asumirlo y superarlo.

- Jo, llevas razón.

- Hace poco escuché una canción de Siloé que habla de lo mismo. Hay una estrofa que recuerdo bien. Dice: "La vida es tuya, sé valiente. / No tengas miedo al miedo y corre / de frente a tu velocidad."

- ¿Y qué me quieres decir?

- Pues que aunque dé miedo, aunque cueste, hay que decidirse. Cuando uno sabe qué camino es mejor, hay que cogerlo, aunque no sea fácil, aunque implique romper con todo; aunque tiemblen las piernas.

jueves, 1 de agosto de 2024

LA CAPITAL DE UNA PROVINCIA VACÍA (1975 - 2020)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (3)


Evolución de la población de Soria provincia y ciudad (nº de habitantes)

Hacia 1950, la provincia de Soria alcanzó los 161.000 habitantes, su máximo histórico, mientras que la ciudad tenía unos 16.000. Cincuenta años después, sin embargo, la provincia rondaba los 90.000 mientras la ciudad tenía una población de unos 40.000. En otras palabras, en medio siglo, nuestra provincia perdió ¡el 45% de su población!

Esta tragedia demográfica es el gran acontecimiento histórico del siglo XX en Soria. La provincia se ha convertido en un desierto demográfico, con una densidad de población inferior a los 10 habitantes por km2, comparable a la de la Laponia finlandesa o las cumbres escandinavas. Pero si la despoblación en aquellas latitudes obedece a factores naturales, la de Soria se debe a factores puramente humanos.

Desde mediados del siglo XX, se produjeron importantes avances en la agricultura y la ganadería: la concentración parcelaria, la mecanización, el uso de fertilizantes y pesticidas, la introducción de nuevos cultivos, etc. Esto redujo la necesidad de mano de obra y generó un excedente de población que se desplazó a las ciudades en busca de nuevas oportunidades laborales en la industria y los servicios. A este movimiento migratorio se le conoce como éxodo rural.

El problema de la provincia de Soria fue la inexistencia de un polo de atracción de esa población procedente del campo. La ausencia de industria en la capital era casi absoluta y no había un centro industrial en toda la provincia. La ciudad de Soria acogió a parte de la población sobrante del campo, pero no pudo acoger a toda, que acabó en provincias cercanas como Zaragoza o Madrid o en otras más alejadas, pero muy dinámicas económicamente como las provincias vascas o Cataluña. 

La despoblación es el gran problema de nuestra ciudad y nuestra provincia en la actualidad. Va unida irremediablemente a otros fenómenos demográficos como el envejecimiento de la población (la edad media de la población en Soria es de unos 47 años y más del 21% de la población tiene más de 65) y la reducida tasa de natalidad. Aunque a comienzos del siglo XXI, la llegada masiva de población inmigrante extranjera supuso un repunte en la tasa de natalidad y en el crecimiento de la población, no fue un cambio de tendencia. 

Hoy, la sociedad soriana es comparable a la del resto de España o a la Europea, que presentan los mismos rasgos si bien, en Soria, el envejecimiento de la población es más acusado. Las principales causas de muerte en la actualidad están relacionadas con esto: enfermedades cardíacas y cáncer. El COVID-19 causó en Soria el 8% de las muertes en el año 2022 según el Instituto Nacional de Estadística (INE). 

La vida cultural de la ciudad sigue siendo muy dinámica. Numerosas instituciones organizan actividades culturales como el Museo Numantino, el Casino Amistad-Numancia, la Biblioteca Pública, el Campus Duques de Soria de la Universidad de Valladolid, los institutos públicos de la ciudad o el propio Ayuntamiento. Tres fiestas han sido declaras de interés turístico regional: las Fiestas de San Juan, la Semana Santa y el Festival de las Ánimas. 

El Collado con tráfico rodado (años 70 u 80)

A nivel urbanístico, desde los años 80 se han producido varios fenómenos. Por un lado, el desplazamiento de la población a los barrios periféricos. Por otro lado, la progresiva peatonalización del centro histórico y, por último, la conservación del patrimonio histórico artístico para potenciar la llegada de turistas. Aunque la provincia de Soria sigue siendo en la actualidad una de las que menos visitantes recibe, el turismo constituye una importante actividad económica.

En las últimas décadas, han crecido los barrios residenciales de la periferia de la ciudad mientras el centro perdía población. En los años 70 y 80 crecieron El Calaverón y el barrio de Los Pajaritos. En los 90, la expansión urbana se produjo en las antiguas Eras de Santa Bárbara (entorno al hospital), al norte de la ciudad. En las últimas décadas se ha urbanizado la U25 y Los Royales. A ellos debemos sumar la urbanización Camaretas, en el próximo término municipal de Golmayo.

En relación a la peatonalización del centro histórico, en los años 80 se peatonalizaron la Plaza Mayor y el Collado. A estas calles se sumaron la calle Marqués de Vadillo y la Plaza de Herradores en los años 90. Por último, en los últimos años se han peatonalizado la Plaza Mariano Granados y el Espolón que, con la construcción del aparcamiento subterráneo en esta zona, se ha convertido en la mayor transformación urbanística de la ciudad en las últimas décadas. Ahora, el eje central de la ciudad, que une el Alto de la Dehesa o la fuente de los surtidores con la Plaza de San Pedro, es peatonal. Este espacio se reserva al viandante, a actividades turísticas, culturales y comerciales. El tráfico rodado se ha desplazado a la periferia. Se trata de una tendencia urbana común en toda Europa.

Por último, el Ayuntamiento y otras administraciones públicas están realizando importantes esfuerzos para proteger y recuperar el patrimonio histórico artístico. Los principales monumentos de la ciudad han sido restaurados en sucesivas ocasiones (Santi Domingo, San Juan de Rabanera, la concatedral de San Pedro, la ermita de San Saturio, etc.). El palacio de los Ríos y Salcedo, que fue utilizado como cuartel de la Guardia Civil e incluso como almacén de los bares del Tubo, fue restaurado y convertido en el Archivo Histórico Provincial. La vieja Casa del Común, de la Plaza Mayor, se convirtió en el Archivo Histórico Municipal y el Palacio de la Audiencia en un centro cultural. Mención especial merece, para terminar, la recuperación de la muralla medieval de Soria y de la fortaleza del Castillo así como la restauración de la iglesia de Santa Clara que fue utilizado durante siglo y medio como cuartel de la ciudad.

El Collado en la actualidad

jueves, 25 de julio de 2024

UNA CIUDAD EN TRANSFORMACIÓN (1936 - 1975)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (2)


Plaza de Jurados de Cuadrilla y Cine Avenida. Años 40


En Soria no hubo guerra porque aquí triunfo el golpe de Estado contra la República en julio de 1936. A los pocos días, el ejército se hizo con el control de la ciudad. Pero que no hubiese guerra no quiere decir que no hubiera represión. Fue durísima tanto en la capital como en la provincia.

La posguerra fue larga y dura, igual que en el resto del país. La Soria de los años 40 era una ciudad pobre y  conservadora. La mayor parte de su población eran asalariados, tenderos, comerciantes, funcionarios y algunos profesionales liberales. En torno al 11% de los sorianos trabaja en la industria aunque las fábricas eran escasas.

La visión de aquella Soria que ofrece Juan Antonio Gaya Nuño en su obra "El Santero de San Saturio" (1953) es mucho mas humana y literaria. Habla de pedigüeños y pobres de solemnidad, de los labradores de los pueblos cercanos, de las prostitutas de la calle Marmullete y de los trabajadores y funcionarios que se jugaban los cuartos en el Casino de Numancia y en el Círculo de la Amistad. No es de extrañar que la obra de Gaya Nuño levantase ampollas en algunos círculos conservadores de la sociedad soriana y fuese duramente criticada.

El paisaje urbano de la Soria de comienzos de los años 50 apenas había cambiado. La mayoría de las casas eran iguales a las de principios de siglo: de dos o tres plantas, con insuficiente espacio, mala ventilación, falta de higiene, etc. La electricidad y el agua corriente tardaron en llegar. Algunas tenían una corrala o patio interior. Aún eran frecuentes las enfermedades endémicas como la fiebre tifoidea, a consecuencia de beber agua en mal estado procedente del Duero. 

Las administraciones públicas de la dictadura se afanaron en dos objetivos: proyectar la expansión urbana de la ciudad más allá de los límites marcados por la muralla medieval y mejorar las condiciones de habitabilidad de las viviendas sorianas. En los años 40 se aprobó la urbanización del ensanche de la Vilueña (Plaza Jurados de Cuadrilla, Avenida de Navarra, Calle Alfonso VIII y Calle Nicolás Rabal), el alto de la Dehesa de San Andrés (donde se había planteado construir una ciudad jardín antes de la guerra) y el eje de la Avenida de Valladolid. La Barriada de Yagüe comenzó a construirse a finales de los años 40 para acoger a la población rural llegada a la ciudad.


Calle Real a comienzos de los años 50, antes de su remodelación

La transformación urbana de Soria fue completa. No quedó nada de aquellos "tejados caprichosos e infantiles" a los que cantó Gerardo Diego en los años 20. El caserío viejo, de los siglos XVIII y XIX, fue sustituido por otro más moderno y se perdió una parte del patrimonio histórico artístico de la ciudad. La transformación de la Calle Real y de la Plaza de San Pedro es el mejor ejemplo de ello. 

El trazado de las calles también cambió para racionalizarlo y modernizarlo. Con este objetivo fueron remodeladas la Plaza Ramón y Cajal (antigua Plaza de la Leña), la Calle Claustrilla, la Plaza del Olivo, la Calle San Juan de Rabanera, la Calle Las Fuentes, etc. También el parque de las Cinco Villas y la Cuesta de la Dehesa Serena sufrieron cambios. 

Remodelación de la Calle Real, finales de los años 50

En estos años del Desarrollismo franquista también se construyeron edificios que tenían vocación de convertirse en icónicos en la ciudad. Por ejemplo, se construyeron las nuevas puertas de la Dehesa, el edificio de la Caja de Ahorros en la Plaza de Mariano Granados, el Palacio de la Delegación de Hacienda, la Biblioteca Pública, etc. La iglesia románica de El Salvador, que se encontraba en mal estado de conservación, fue derribada parcialmente y reconstruida en un controvertido estilo funcionalista. Se perdió, por otro lado, la iglesia (también románica) de San Clemente, que fue derribada. El solar fue vendido por el Ayuntamiento y el Obispado a Telefónica, donde construyó un edificio de oficinas. 

La ciudad se adaptó también a la situación política del país. El callejero reflejó la adhesión de los sorianos a la dictadura de Franco: el Collado se llamó Calle del general Mola, la Plaza Mayor cambió su nombre por Plaza de Francisco Franco y el Espolón pasó a llamarse Calle del General Yagüe. En la Plaza Mariano Granados se erigió un monumento en honor al 'Carnicero de Badajoz', nacido en la localidad soriana de San Leonardo, y en el alto de la Dehesa fue construido un altar con una gran cruz dedicada a los caídos en la Guerra Civil. También en la fachada de la colegiata de San Pedro se exhibió una placa recordando al "ausente" José Antonio Primo de Rivera. Todos estos monumentos perdurarían hasta finales del siglo XX o comienzos del siglo XXI, muchos años después de la muerte del dictador en noviembre de 1975.

Plaza de Mariano Granados y Monumento al General Yagüe