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sábado, 24 de agosto de 2024

LA FOTO DE AQUEL NOVILLO


En verdad, el novillo estaba harto de que los mozos jugasen con él, de que corriesen alrededor y lo mareasen. Se detenía una y otra vez, miraba a un lado y al otro, arremetía aquí y allí, volvía a detenerse, se daba la vuelta, arremetía de nuevo. Parecía que no podía continuar su camino, que se rendía. O, al contrario, parecía que no quería llegar a la plaza, que no quería asumir su destino.

Serían las cuatro de la tarde del pasado jueves 'La Saca' cuando los novillos traídos de Valonsadero entraron, en diferentes tandas, en el casco urbano de Soria, guiados por jinetes y mozos a pie que se esforzaban para conducirlos hasta la plaza de toros. Hacía un día radiante, propio de comienzos del verano. Estaba algo nublado, el calor no apretaba en exceso, pero el sol brillaba como corresponde al final de junio. Era, sin duda, un día especial para la ciudad, para los sanjuaneros y para mí: el comienzo de la vacaciones de verano y de las Fiestas de San Juan. 

Aunque la mayor parte de los novillos llegaron a la plaza rápido en grupos de dos o tres y acompañados, o mejor dicho, empujados por  una masa amorfa de gente a pie y a caballo, éste quedó rezagado y, en su soledad, se detenía a cada paso, cansado de los mozos que le citaban para que siguiese el camino. Después de recorrer los diez kilómetros que separan el monte de la capital, estaba exhausto aunque aún mostraba una actitud altiva y desafiante. Los mozos lo tentaban, corrían a su alrededor y le hacían todo tipo de perrerías para que se moviese. El novillo los miraba con indiferencia y cuando acometía contra ellos, lo hacía con desgana.

Allí, en una de las calles de entrada a la ciudad, junto al vallado que protegía el recorrido, me encontraba presenciando el tradicional espectáculo. Intenté hacer algunas fotos desde las talanqueras, aunque confieso que fueron todas un desastre excepto ésta, la del novillo hastiado. La foto muestra uno de esos instantes en los que el toro se detenía y miraba inquieto a su alrededor con la lengua fuera casi suplicando que lo dejasen en paz a la masa que lo rodeaba y lo arrastraba. 

Estaba aturdido, desconcertado por la maraña de gente que lo citaba, lo llamaba desde aquí y desde allá. Sus ojos cansados mostraban desaliento. Parecía que el animal estaba extenuado de que correteasen a su alrededor, de que lo agobiasen sin cesar, pero su porte y la sombra proyectada sobre el asfalto seguían infundiendo respeto. Un segundo después de tomar la foto, el animal acometió contra las talanqueras de manera tan inesperada y con tanta fuerza que asustó a todos los que allí estábamos. Un hombre resbaló y cayó de espaldas y mi amigo saltó desde lo alto del vallado ante el súbito embate. Eran los últimos intentos del novillo de rebelarse contra su suerte.

Hace algunos días, revisando el archivo de fotos de mi teléfono, volví a ver la instantánea. Sin pretenderlo, la foto revive en mí emociones que no tuvieron nada que ver con el animal, pero que evoca inevitablemente. Aquellos días fueron para muchos momentos de incertidumbre, de ilusión y de esperanza. Pero, también, de decepción. Todo concentrado en un tiempo en el que la masa parecía arrollarte y algunos se afanaban en jugar. Ahora, casi dos meses después de aquello, siento que la decepción me persigue, que se empeña en estar siempre presente, que, al final, todo y todos decepcionan. Y la decepción suele ser el camino más rápido para romper una expectativa y generar otra, para oscurecer una posibilidad e iluminar otra salida, para ver las cosas de otro modo. 

El novillo, acorralado por los mozos que se divertían a su alrededor, se resistía a asumir su ventura, el camino marcado por las talanqueras que no podía derribar por más que las golpeaba. Había recorrido casi todo el trayecto, tenía fuerzas suficientes para finalizarlo a pesar del cansancio, pero se resistía. Y, al final, arrastrado por la masa, acabó llegando sin remedio a la plaza minutos después. Parece que la fortuna está escrita para todos y que la sociedad, la gente que nos rodea, nos lleva al mismo sitio. Da igual lo que hagamos pues el vallado nos marca el camino mientras los mozos juegan con nosotros y se ríen de nuestra impotencia. 

Esta sensación me perseguía cada vez que veía la foto. Pero, luego, pensándolo fríamente descubrí una diferencia. Una gran diferencia, de hecho. Aquel novillo estaba sujeto a los deseo de los mozos, que se entretenían con él, que lo conducían, con mejor o peor tino, hacia donde ellos querían. El animal, a pesar de sus esfuerzos instintivos por romper el vallado, carecía de voluntad férrea y decidida. Estaba vendido, entregado a la voluntad de otros. Con nosotros eso no ocurre, da igual que nos intenten arrastrar, que nos intenten marear y confundir porque está en nuestra voluntad, en nuestras manos, decidir lo que es y lo que no, lo que merece ser y lo que no. Y una vez que lo hacemos, ya no hay marcha atrás. 

martes, 6 de agosto de 2024

AUNQUE TIEMBLEN LAS PIERNAS



Conversación en el tren

- ¿Has escuchado alguna vez la expresión "cruzar el Rubicón"?

- No. ¿Qué es el Rubicón?

- Es un río del norte de Italia. Antiguamente, durante el Imperio Romano, era la frontera natural entre Italia y la Galia. Los generales romanos no podían atravesarlo con sus legiones para no amenazar al gobierno de Roma.

- ¿Y qué tiene que ver con la decisión que tengo que tomar?

- Julio César, el más famoso general romano, cruzó el Rubicón con sus tropas en el año 49 a.C. Aquella decisión de atravesar el río suponía cometer una ilegalidad y declarar la guerra. No tenía marcha atrás. Por eso César dijo eso de "Alea iacta est", es decir, "la suerte está echada".

- Tomó una decisión importante, sin retorno.

- Exacto. Hoy, la expresión "cruzar el Rubicón" significa tomar una decisión sabiendo que es irrevocable y que tendrá consecuencias en el futuro. Una vez que toma esa determinación, ya nada es igual.

- Eso es a lo que me enfrentó yo ahora, desde luego...




- Mira esta publicación de Instagram. Dice: "A veces los pasos más firmes se dan con las piernas temblando." Dice lo mismo que la expresión del Rubicón que me has contado.

- Sí, parece, de hecho, que es la versión moderna, la versión millenial. Estoy seguro de que a Julio César le temblaron un poco las piernas cuando cruzó el río. Sabía que invadir Italia con sus tropas desencadenaría una guerra.

- ¿Pero acabó venciendo?

- Claro que ganó la guerra. Salió victorioso y se hizo con el control de la República. Tomar decisiones es importante en la vida. Siempre digo que son momentos en los que la existencia se acelera y determina el futuro. 

- Pero cuesta tomarlas...

- Cuesta porque una decisión conlleva incertidumbre, duda, miedos... Es algo valiente. Por eso tiemblan las piernas.

- Al final, si no tomas decisiones...

- Si no tomas decisiones, te conviertes en una hoja arrastrada por el viento que no sabe siquiera a donde va, te conviertes en una marioneta, en un pelele. 

- Vamos, que tenemos que decidir en la vida.

- Vivir es tomar decisiones, construir, avanzar, renunciar a cosas y apostar por otras. Vivir es arriesgarse.


- ¿Te acuerdas de Amaia Montero, la que fuera vocalista de La Oreja de Van Gogh?

- Claro.

- Llevaba varios años retirada de los escenarios porque sufría ataques de ansiedad cuando salía a actuar. Hace unos días reapareció en un concierto de Karol G en el Santiago Bernabéu y cantó "Rosas". En los videos se ve cómo le temblaba la mano mientras cantaba.

- ¿Crees que para ella fue fácil decidirse a volver a cantar? Imagina lo que supuso para ella ese momento. Pero fue valiente y subió al escenario para recuperar su vida. 

- Vamos que Amaia no es la hoja arrastrada por el viento...

- Por supuesto que no. Ya lo ves. A pesar del miedo, de los problemas, de la ansiedad, ahí estaba. Lo fácil hubiese sido retirarse para siempre. Ese es el camino sencillo: no hacer nada. Lo valiente y lo difícil es enfrentarse a lo que tienes delante, asumirlo y superarlo.

- Jo, llevas razón.

- Hace poco escuché una canción de Siloé que habla de lo mismo. Hay una estrofa que recuerdo bien. Dice: "La vida es tuya, sé valiente. / No tengas miedo al miedo y corre / de frente a tu velocidad."

- ¿Y qué me quieres decir?

- Pues que aunque dé miedo, aunque cueste, hay que decidirse. Cuando uno sabe qué camino es mejor, hay que cogerlo, aunque no sea fácil, aunque implique romper con todo; aunque tiemblen las piernas.

jueves, 1 de agosto de 2024

LA CAPITAL DE UNA PROVINCIA VACÍA (1975 - 2020)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (3)


Evolución de la población de Soria provincia y ciudad (nº de habitantes)

Hacia 1950, la provincia de Soria alcanzó los 161.000 habitantes, su máximo histórico, mientras que la ciudad tenía unos 16.000. Cincuenta años después, sin embargo, la provincia rondaba los 90.000 mientras la ciudad tenía una población de unos 40.000. En otras palabras, en medio siglo, nuestra provincia perdió ¡el 45% de su población!

Esta tragedia demográfica es el gran acontecimiento histórico del siglo XX en Soria. La provincia se ha convertido en un desierto demográfico, con una densidad de población inferior a los 10 habitantes por km2, comparable a la de la Laponia finlandesa o las cumbres escandinavas. Pero si la despoblación en aquellas latitudes obedece a factores naturales, la de Soria se debe a factores puramente humanos.

Desde mediados del siglo XX, se produjeron importantes avances en la agricultura y la ganadería: la concentración parcelaria, la mecanización, el uso de fertilizantes y pesticidas, la introducción de nuevos cultivos, etc. Esto redujo la necesidad de mano de obra y generó un excedente de población que se desplazó a las ciudades en busca de nuevas oportunidades laborales en la industria y los servicios. A este movimiento migratorio se le conoce como éxodo rural.

El problema de la provincia de Soria fue la inexistencia de un polo de atracción de esa población procedente del campo. La ausencia de industria en la capital era casi absoluta y no había un centro industrial en toda la provincia. La ciudad de Soria acogió a parte de la población sobrante del campo, pero no pudo acoger a toda, que acabó en provincias cercanas como Zaragoza o Madrid o en otras más alejadas, pero muy dinámicas económicamente como las provincias vascas o Cataluña. 

La despoblación es el gran problema de nuestra ciudad y nuestra provincia en la actualidad. Va unida irremediablemente a otros fenómenos demográficos como el envejecimiento de la población (la edad media de la población en Soria es de unos 47 años y más del 21% de la población tiene más de 65) y la reducida tasa de natalidad. Aunque a comienzos del siglo XXI, la llegada masiva de población inmigrante extranjera supuso un repunte en la tasa de natalidad y en el crecimiento de la población, no fue un cambio de tendencia. 

Hoy, la sociedad soriana es comparable a la del resto de España o a la Europea, que presentan los mismos rasgos si bien, en Soria, el envejecimiento de la población es más acusado. Las principales causas de muerte en la actualidad están relacionadas con esto: enfermedades cardíacas y cáncer. El COVID-19 causó en Soria el 8% de las muertes en el año 2022 según el Instituto Nacional de Estadística (INE). 

La vida cultural de la ciudad sigue siendo muy dinámica. Numerosas instituciones organizan actividades culturales como el Museo Numantino, el Casino Amistad-Numancia, la Biblioteca Pública, el Campus Duques de Soria de la Universidad de Valladolid, los institutos públicos de la ciudad o el propio Ayuntamiento. Tres fiestas han sido declaras de interés turístico regional: las Fiestas de San Juan, la Semana Santa y el Festival de las Ánimas. 

El Collado con tráfico rodado (años 70 u 80)

A nivel urbanístico, desde los años 80 se han producido varios fenómenos. Por un lado, el desplazamiento de la población a los barrios periféricos. Por otro lado, la progresiva peatonalización del centro histórico y, por último, la conservación del patrimonio histórico artístico para potenciar la llegada de turistas. Aunque la provincia de Soria sigue siendo en la actualidad una de las que menos visitantes recibe, el turismo constituye una importante actividad económica.

En las últimas décadas, han crecido los barrios residenciales de la periferia de la ciudad mientras el centro perdía población. En los años 70 y 80 crecieron El Calaverón y el barrio de Los Pajaritos. En los 90, la expansión urbana se produjo en las antiguas Eras de Santa Bárbara (entorno al hospital), al norte de la ciudad. En las últimas décadas se ha urbanizado la U25 y Los Royales. A ellos debemos sumar la urbanización Camaretas, en el próximo término municipal de Golmayo.

En relación a la peatonalización del centro histórico, en los años 80 se peatonalizaron la Plaza Mayor y el Collado. A estas calles se sumaron la calle Marqués de Vadillo y la Plaza de Herradores en los años 90. Por último, en los últimos años se han peatonalizado la Plaza Mariano Granados y el Espolón que, con la construcción del aparcamiento subterráneo en esta zona, se ha convertido en la mayor transformación urbanística de la ciudad en las últimas décadas. Ahora, el eje central de la ciudad, que une el Alto de la Dehesa o la fuente de los surtidores con la Plaza de San Pedro, es peatonal. Este espacio se reserva al viandante, a actividades turísticas, culturales y comerciales. El tráfico rodado se ha desplazado a la periferia. Se trata de una tendencia urbana común en toda Europa.

Por último, el Ayuntamiento y otras administraciones públicas están realizando importantes esfuerzos para proteger y recuperar el patrimonio histórico artístico. Los principales monumentos de la ciudad han sido restaurados en sucesivas ocasiones (Santi Domingo, San Juan de Rabanera, la concatedral de San Pedro, la ermita de San Saturio, etc.). El palacio de los Ríos y Salcedo, que fue utilizado como cuartel de la Guardia Civil e incluso como almacén de los bares del Tubo, fue restaurado y convertido en el Archivo Histórico Provincial. La vieja Casa del Común, de la Plaza Mayor, se convirtió en el Archivo Histórico Municipal y el Palacio de la Audiencia en un centro cultural. Mención especial merece, para terminar, la recuperación de la muralla medieval de Soria y de la fortaleza del Castillo así como la restauración de la iglesia de Santa Clara que fue utilizado durante siglo y medio como cuartel de la ciudad.

El Collado en la actualidad

jueves, 25 de julio de 2024

UNA CIUDAD EN TRANSFORMACIÓN (1936 - 1975)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (2)


Plaza de Jurados de Cuadrilla y Cine Avenida. Años 40


En Soria no hubo guerra porque aquí triunfo el golpe de Estado contra la República en julio de 1936. A los pocos días, el ejército se hizo con el control de la ciudad. Pero que no hubiese guerra no quiere decir que no hubiera represión. Fue durísima tanto en la capital como en la provincia.

La posguerra fue larga y dura, igual que en el resto del país. La Soria de los años 40 era una ciudad pobre y  conservadora. La mayor parte de su población eran asalariados, tenderos, comerciantes, funcionarios y algunos profesionales liberales. En torno al 11% de los sorianos trabaja en la industria aunque las fábricas eran escasas.

La visión de aquella Soria que ofrece Juan Antonio Gaya Nuño en su obra "El Santero de San Saturio" (1953) es mucho mas humana y literaria. Habla de pedigüeños y pobres de solemnidad, de los labradores de los pueblos cercanos, de las prostitutas de la calle Marmullete y de los trabajadores y funcionarios que se jugaban los cuartos en el Casino de Numancia y en el Círculo de la Amistad. No es de extrañar que la obra de Gaya Nuño levantase ampollas en algunos círculos conservadores de la sociedad soriana y fuese duramente criticada.

El paisaje urbano de la Soria de comienzos de los años 50 apenas había cambiado. La mayoría de las casas eran iguales a las de principios de siglo: de dos o tres plantas, con insuficiente espacio, mala ventilación, falta de higiene, etc. La electricidad y el agua corriente tardaron en llegar. Algunas tenían una corrala o patio interior. Aún eran frecuentes las enfermedades endémicas como la fiebre tifoidea, a consecuencia de beber agua en mal estado procedente del Duero. 

Las administraciones públicas de la dictadura se afanaron en dos objetivos: proyectar la expansión urbana de la ciudad más allá de los límites marcados por la muralla medieval y mejorar las condiciones de habitabilidad de las viviendas sorianas. En los años 40 se aprobó la urbanización del ensanche de la Vilueña (Plaza Jurados de Cuadrilla, Avenida de Navarra, Calle Alfonso VIII y Calle Nicolás Rabal), el alto de la Dehesa de San Andrés (donde se había planteado construir una ciudad jardín antes de la guerra) y el eje de la Avenida de Valladolid. La Barriada de Yagüe comenzó a construirse a finales de los años 40 para acoger a la población rural llegada a la ciudad.


Calle Real a comienzos de los años 50, antes de su remodelación

La transformación urbana de Soria fue completa. No quedó nada de aquellos "tejados caprichosos e infantiles" a los que cantó Gerardo Diego en los años 20. El caserío viejo, de los siglos XVIII y XIX, fue sustituido por otro más moderno y se perdió una parte del patrimonio histórico artístico de la ciudad. La transformación de la Calle Real y de la Plaza de San Pedro es el mejor ejemplo de ello. 

El trazado de las calles también cambió para racionalizarlo y modernizarlo. Con este objetivo fueron remodeladas la Plaza Ramón y Cajal (antigua Plaza de la Leña), la Calle Claustrilla, la Plaza del Olivo, la Calle San Juan de Rabanera, la Calle Las Fuentes, etc. También el parque de las Cinco Villas y la Cuesta de la Dehesa Serena sufrieron cambios. 

Remodelación de la Calle Real, finales de los años 50

En estos años del Desarrollismo franquista también se construyeron edificios que tenían vocación de convertirse en icónicos en la ciudad. Por ejemplo, se construyeron las nuevas puertas de la Dehesa, el edificio de la Caja de Ahorros en la Plaza de Mariano Granados, el Palacio de la Delegación de Hacienda, la Biblioteca Pública, etc. La iglesia románica de El Salvador, que se encontraba en mal estado de conservación, fue derribada parcialmente y reconstruida en un controvertido estilo funcionalista. Se perdió, por otro lado, la iglesia (también románica) de San Clemente, que fue derribada. El solar fue vendido por el Ayuntamiento y el Obispado a Telefónica, donde construyó un edificio de oficinas. 

La ciudad se adaptó también a la situación política del país. El callejero reflejó la adhesión de los sorianos a la dictadura de Franco: el Collado se llamó Calle del general Mola, la Plaza Mayor cambió su nombre por Plaza de Francisco Franco y el Espolón pasó a llamarse Calle del General Yagüe. En la Plaza Mariano Granados se erigió un monumento en honor al 'Carnicero de Badajoz', nacido en la localidad soriana de San Leonardo, y en el alto de la Dehesa fue construido un altar con una gran cruz dedicada a los caídos en la Guerra Civil. También en la fachada de la colegiata de San Pedro se exhibió una placa recordando al "ausente" José Antonio Primo de Rivera. Todos estos monumentos perdurarían hasta finales del siglo XX o comienzos del siglo XXI, muchos años después de la muerte del dictador en noviembre de 1975.

Plaza de Mariano Granados y Monumento al General Yagüe

miércoles, 17 de julio de 2024

LA "CAPITALEJA" DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX (1900 - 1936)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (1)


Hace unos meses di una conferencia con el título "Soria, ¿cómo hemos cambiado?" en el Espacio Alameda de la capital. Fue organizada por la cofradía de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz que conmemora en este 2024 su setenta y cinco aniversario. Intenté explicar en apenas una hora la evolución de nuestra ciudad en el siglo XX. En esta entrada y las siguientes resumo lo que conté.

Vista general de la ciudad de Soria a comienzos del siglo XX


A finales del siglo XIX, el intelectual Bonifacio Monje se refería a Soria como una "capitaleja" porque quizá "capital" era un término demasiado ambicioso para una ciudad de apenas 7.000 habitantes. Era, en efecto, la capital de una provincia agraria, de unos 150.000 habitantes, que se caracterizaba por el aislamiento. La sociedad soriana de aquel momento era una sociedad arcaica, inmóvil, cerrada sobre sí misma y profundamente conservadora.

Las comunicaciones y los transportes en Soria eran difíciles. El viaje a Madrid en diligencia duraba cinco días y medio y debía ser preparado con meses de antelación. El coche de caballos realizaba el trayecto dos veces al mes. El tren Soria - Torralba, un empeño personal de Ramón Benito Aceña, se inauguró en 1892. En los albores del siglo XX, el candidato a Cortes Justo San Miguel afirmaba que los caminos de la provincia se encontraban en tan mal estado que uno creía estar en el siglo XVIII.

Las principales actividades económicas de la provincia de Soria eran la agricultura y la ganadería. Este era el caldo de cultivo idóneo para el caciquismo, el clientelismo y los intereses familiares. Ya hemos mencionado a Ramón Benito Aceña (la Plaza de Herradores lleva su nombre), pero otros caciques destacados eran Luis de Marichalar (vizconde de Eza) y Lamberto Martínez Asenjo (que dominaba la Tierra de Medinaceli). La mayoría de los habitantes de la provincia eran jornaleros pobres.

En la capital, la mayor parte de la población trabajaba también por cuenta ajena, eran asalariados y obreros. Los profesionales liberales (médicos, abogados, maestros, etc.) eran escasos. No obstante, el analfabetismo siempre fue en Soria menor que en otras provincias españolas, quizá por el elevado número de escuelas de primeras letras que existían. Fue así durante el siglo XIX y lo sería durante el siglo XX. 

La vida cultural de la ciudad era variada. Al Ateneo de Soria debemos sumar el Casino de Numancia y el Círculo de la Amistad así como el Casino de la Constanza y el Instituto General y Técnico (actual I.E.S. Antonio Machado). En 1919 se inauguró el Museo Numantino para albergar los hallazgos del yacimiento de Numancia. Su edificio fue el primero de España concebido para tal fin. La implicación de Aceña en el proyecto también fue destacada.

Esta era la Soria a la que llegó Antonio Machado en 1907 como catedrático de Francés. Y también la que acogió a Gerardo Diego en 1920. Era la Soria del periodista José Tudela, del ingenio Eduardo Saavedra, del arqueólogo Blas Taracena, de Mariano Granados, del pintor Máximo Peña, del político Mariano Vicén, alcalde en varias ocasiones, y del historiador Nicolás Rabal. No hace falta decir que la mayor parte de la población vivía al margen de estos destellos culturales. 

La población de Soria a comienzos del siglo XX seguía concentrada en torno al eje central de la ciudad, el Collado (desde 1911 recibió el nombre de Calle de Canalejas), y las plazas que se articulan de forma anárquica a su alrededor. Apenas había cambiado desde la Edad Media. De hecho, estás calles eran las únicas pavimentadas y con alumbrado publico que, en cualquier caso, tardó en llegar. Parecía que la modernidad y los avances de la industrialización habían pasado de largo en Soria. 

Plano de  Soria elaborado por Andrés de Lorenzo en 1904.

La expansión urbana de la ciudad había sido muy tímida y apenas se habían superado los límites marcados por la muralla medieval ya en ruinas. Tan solo hacia el oeste, hacia la Dehesa de San Andrés, se había extendido algo la ciudad de forma desordenada, en torno al antiguo arrabal de la Plaza de Herradores y las calles alrededor de la iglesia románica de El Salvador. La Dehesa, rebautizada en 1905 como Alameda de Cervantes, mantuvo un doble uso hasta los años treinta: como paseo la parte más cercana a la ciudad y como dehesa boyal el alto.

El caserío era paupérrimo, casas de entre dos y cuatro alturas, con espacio insuficiente para albergar a una familia común de la época. De hecho, numerosos informes del Ayuntamiento y de otras administraciones alertaban de las malas condiciones de salubridad de las viviendas sorianas con mala ventilación, ausencia de agua corriente y de inodoros. Esto hizo que las epidemias fuesen comunes (cólera, viruela, sarampión) y que la tasa de mortalidad en la capital fuese más elevada que en la provincia. 

El humilde caserío, aquellos "tejados caprichosos e infantiles" a los que cantó Gerardo Diego, contrataba con los magníficos edificios y monumentos de otras épocas. Sobresalía por encima de los tejados de las casas la torre del Palacio de los Condes de Gómara, símbolo del poder de los nobles de la ciudad. Igualmente, las iglesias de Santo Domingo y de San Juan de Rabanera eran extraordinarios ejemplos de arquitectura románica. La colegiata de San Pedro y las humildes iglesias de San Clemente y El Salvador también destacaban entre otras edificaciones religiosas. Igual que la muralla medieval y la fortaleza del cerro del Castillos, en ruinas desde la Guerra de la Independencia (1808 - 1814).

Durante la dictadura de Primo de Rivera (1923 - 1930) fue alcalde de la ciudad el oftalmólogo Eloy San Villa. Durante su gobierno se elaboraron numerosos informes y dictámenes para mejorar las condiciones de salubridad e higiene de la ciudad. El Plan de Reformas Urbanas contemplaba la ampliación de la red de alcantarillado, la extensión del alumbrado público y la instalación de baños públicos y privados. Poco se hizo en la práctica por las críticas que recibió el alcalde ante tales medidas. 

Por último, en esta época también se construyeron edificios que hoy son singulares en la ciudad. Además del Museo Numantino que ya hemos mencionado, de los años veinte datan el edificio de Correos del paseo del Espolón y el Banco de España de la antigua plaza de San Esteban (hoy plaza de las Mujeres). Durante la Segunda República (1931 - 1936) se construyó el edificio del colegio de la Arboleda, siguiendo el modelo utilizado en las escuelas construidas en toda España durante este periodo. 

Plaza de Mariano Granados, puertas de la Dehesa y paseo del Espolón. Principios del siglo XX


sábado, 6 de julio de 2024

FIN DE AÑO


Un tuit se preguntaba: "¿Qué fecha marca el auténtico fin de año para un docente? ¿El 31 de diciembre o el 30 de junio?". Estos días de julio, de calor, de nostalgia y de emociones agitadas, no me quito de la cabeza esas preguntas. Y recuerdo una escena que presencié hace unos años en un bar de un barrio de Madrid: unos maestros brindaban con champán celebrando el fin de curso. Parecía Nochevieja, pero era finales de junio. Al día siguiente algunos se examinaban en la oposición, pero daba igual. Tenían algo que celebrar. Era un día especial.

Junio marca el final de un curso escolar, pero, para los docentes, es también el final de un ciclo, el antes y el después de una porción de nuestra vida. Casi todos los enseñantes medimos nuestra existencia en cursos escolares, no en años naturales. “¿Dónde estaba yo aquel curso?", "¿Te acuerdas de aquella compañera del curso 2021/22?", "El curso de la pandemia fue el 2019/20...", "Llevo treinta cursos en la docencia". Es el curso escolar nuestra unidad de medida del tiempo, no el año astronómico.

Nuestro calendario comienza el 1 de septiembre y termina el 30 de junio. El primero de septiembre es nuestro Año Nuevo y los días en torno a San Juan son nuestra particular Nochevieja. Los dos meses de julio y agosto son un impasse, un tiempo en el que muchas cosas de nuestra vida están en stand by, en el que lo viejo ha terminado y lo nuevo aún no ha comenzado. Son vacaciones, sí. Largas vacaciones, de hecho. Pero también es tiempo para pensar, para tomar decisiones, para marcar nuevos retos, nuevos propósitos. Es tiempo para trazar nuevos rumbos.

El final de junio es el momento de las despedidas, de decir adiós a compañeros, a alumnos, a una rutina, a un horario que nos ha acompañado los nueve meses anteriores. Y todo sabiendo que en septiembre un nuevo ciclo comenzará, algunas cosas seguirán igual, pero otras muchas cambiarán. En algunos casos, el nuevo curso nos llevará a un nuevo centro, a una nueva ciudad. Todo será nuevo. Habrá que empezar otra vez. En otros, permaneceremos en el mismo lugar, pero con nuevos compañeros, nuevos alumnos, nuevas rutinas. Todo será parecido, pero nunca igual. Quien estuvo a tu lado el curso anterior puede continuar... O quizá no. Aparecerán nuevos retos, nuevas amenazas, nuevas ilusiones, nuevos sueños. Por eso el final de curso es momento de incertidumbre, de inquietud. Algunos, incluso, se juegan estos días su futuro en unas terribles oposiciones que añaden más duda, más nervios.

Y aprovechando el torbellino de cambios, de emociones, de gente que viene y va, tomamos decisiones, marcamos trayectos y establecemos objetivos. En estos primeros días de julio, no pocos intentamos poner nuestra mente en orden, hacer balance de lo hecho y valorar lo que queda por hacer y lo que está por venir. Y no me refiero sólo a nuestra vida laboral, sino a nuestra vida personal, a nuestro presente y nuestro futuro. Lo que muchos hacen en diciembre, los docentes lo hacemos en junio. ¿Qué necesidad tengo de esto? ¿Me compensa todo aquello? ¿Quiero seguir así? Porque llegará septiembre. Llegará septiembre y tendremos un nuevo comienzo.

Y en nuestra diminuta e insignificante ciudad de Soria, estos desenlaces se ven magnificados por la explosión de las fiestas de San Juan. Es el estallido de euforia desenfrenada que remata de forma implacable y contundente el curso escolar, unos momentos en los que todo se mezcla en un desorden estremecedor que nos pone patas arriba. Cuando acaban los festejos, todo ha terminado ya, todo se ha cumplido y la calma súbita envuelta en una nostalgia difícil de comprender lo inunda todo. Y como resultado, los primeros días de julio son días lánguidos, grises, tristes porque hay que asimilar lo que ha ocurrido, bueno y malo, en los días y en los meses anteriores. Todo son recuerdos, todo evoca momentos pasados y emociones sentidas. 

Hace unos días, cuando salía del instituto por última vez mandé un mensaje de WhatsApp lleno de emoción contenida: "Creo que nunca me voy a acostumbrar a los finales de curso." Luego vinieron las fiestas, el trajín, los vaivenes y el desorden. Y, después, las decisiones, la calma y el orden. El año ha terminado. En septiembre volverá a comenzar y traerá nuevas oportunidades. Pero nada será igual.



Luna sobre el cielo de Valonsadero (Soria), 16 de junio de 2024

jueves, 13 de junio de 2024

LAS RANAS YA NO CANTAN


Caminamos junto al río aunque apenas podemos ver sus aguas pues se ocultan inquietas tras frondosos matorrales y altos hierbajos. Su dulce sonido al correr y el trino de los pájaros cantores que vuelan de aquí allá componen una melodía nerviosa y alegre. Es una melodía familiar, cotidiana, que evoca otros momentos de la vida. 

A pesar del calor de los últimos días del verano, la orilla del Duero es un sitio fresco, acogedor. Pronto llegamos a nuestro destino, al lugar donde el río abre su lecho para recibir las aguas mansas de un arroyo. Aquí la orilla termina, es el final de nuestro paseo. Y aquí nos detenemos a contemplar el paisaje que se extiende ante nosotros.

- ¿Recuerdas cómo se llamaba este riachuelo? - pregunto a mi hermano mientras damos los últimos pasos con parsimonia.

- Es 'El Hocino', ¿no? - responde lleno de dudas. 

No soy capaz de confirmar o rebatir la respuesta. Nuestras miradas no se cruzan en ningún momento, se dirigen al frente, contemplando un panorama bello, pero en absoluto extraordinario: las aguas limpias del Duero aquí; álamos, sauces y zarzamoras allí; y el cielo rojizo del atardecer que lo enmarca todo. Hay miles de estampas parecidas e infinitamente más bonitas, pero cada uno tiene sus lugares especiales y este lo es para nosotros. Nos transmite nostalgia, aviva recuerdos. 

- Este lugar me da paz - dice mi hermano después de unos minutos de silencio. - Hemos pasado muchos veranos aquí. Es como volver al pasado. 

Seguimos sin mirarnos, nuestros ojos están fijos en las aguas del río cuyo discurrir sinuoso tiene algo cautivador y atrapa nuestra atención. Después, hago una fotografía con mi teléfono, queriendo conservar de otra manera un paisaje que, sin embargo, no se irá nunca de nuestras retinas por más que pase el tiempo. 

Aquí, junto al río, pasábamos los días de verano cuando éramos niños, lejos del agobiante calor de la ciudad. Nuestra madre tomaba el sol, nuestro padre pescaba cangrejos y nosotros correteábamos por todos lados. Capturábamos renacuajos, nos bañábamos en las frías aguas del Duero, cogíamos moras, contemplábamos pastar a las vacas y sus terneros. Éramos libres. 

- Alguna vez vimos varios ciervos cruzar el camino, ¿lo recuerdas?

- Perfectamente - responde -, ¿cuánto tiempo hacía que no veníamos aquí? Quizá diez años... - sus palabras rezuman nostalgia - Todo cambia. Echo de menos aquellos veranos, pero no pasaría mis vacaciones aquí ahora. 

- Lógico - le interrumpo -, echas de menos el tiempo vivido aquí. Podemos volver al lugar, pero no podemos regresar a aquellos momentos. Nuestra vida ha cambiado. Nosotros hemos cambiado. No somos los mismos. Al contrario que estos paisajes, que parecen eternos, inmutables. Yo los recuerdo así, como los veo ahora, como si no hubiesen cambiado en décadas. 

- También han cambiado, aunque apenas se note - replica -. Fíjate, ¿no echas en falta algo? Afina el oído.

Quedamos en silencio. Trato de adivinar, sin éxito, a qué se refiere. En la atmósfera de finales de agosto se mezclan muchos sonidos: el agua del río, las hojas de los árboles sacudidas por un viento aún cálido, los murmullos de pájaros e insectos. No puedo distinguirlos todos así que tampoco adivinar el ausente.

- ¿No te acuerdas de que desde aquí oíamos a las ranas croar todas las tardes? - concluye mi hermano consciente de que me ha metido en un aprieto con su pregunta. 

- ¡Cierto! - exclamo cuando el recuerdo es recuperado - El canto monótono de las ranas del arroyo al atardecer. Sobre todo cantaban después de las tormentas. ¡Ahora me acuerdo!

Volvemos a quedar en silencio para comprobar el silencio de las ranas. En efecto, no escuchamos el "croac" a veces tan estridente y a veces tan armonioso. Mientras tanto, casi instintivamente, los dos dirigimos nuestras miradas a los juncos y los nenúfares que hasta este momento han pasado desapercibidos. Esperamos ver alguna rana, pero la búsqueda no da resultado. No hay ninguna. 

- ¿Cómo es posible? Antes había cientos y se podían ver a simple vista sobre las rocas y los nenúfares ¿Qué ha ocurrido con ellas? - pregunto extrañado.

- No sé. El tiempo lo cambia todo, tú lo has dicho - responde -. Supongo que a las ranas ya no les gusta este lugar y se han marchado. O quizá se hayan cansado de cantar porque nadie las escucha. Nadie está interesado en sus conciertos vespertinos y han mandado todo a tomar viento.

Es tarde y está anocheciendo. Los colores rojizos del cielo se han oscurecido y todo se ha llenado de sombras. Es hora de regresar. Desandamos el camino en silencio, atentos a los sonidos de nuestro alrededor. Los grillos, las chicharras y algún pajarillo sí han iniciado ya su concierto nocturno y parecen querer llamar nuestra atención. Pero las ranas, si es que aún hay alguna escondida en las aguas del arroyo, están en silencio. Nadie escucha ya su canto.


Rana sobre nenúfar. Museo de Origami, Zaragoza