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jueves, 25 de julio de 2024

UNA CIUDAD EN TRANSFORMACIÓN (1936 - 1975)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (2)


Plaza de Jurados de Cuadrilla y Cine Avenida. Años 40


En Soria no hubo guerra porque aquí triunfo el golpe de Estado contra la República en julio de 1936. A los pocos días, el ejército se hizo con el control de la ciudad. Pero que no hubiese guerra no quiere decir que no hubiera represión. Fue durísima tanto en la capital como en la provincia.

La posguerra fue larga y dura, igual que en el resto del país. La Soria de los años 40 era una ciudad pobre y  conservadora. La mayor parte de su población eran asalariados, tenderos, comerciantes, funcionarios y algunos profesionales liberales. En torno al 11% de los sorianos trabaja en la industria aunque las fábricas eran escasas.

La visión de aquella Soria que ofrece Juan Antonio Gaya Nuño en su obra "El Santero de San Saturio" (1953) es mucho mas humana y literaria. Habla de pedigüeños y pobres de solemnidad, de los labradores de los pueblos cercanos, de las prostitutas de la calle Marmullete y de los trabajadores y funcionarios que se jugaban los cuartos en el Casino de Numancia y en el Círculo de la Amistad. No es de extrañar que la obra de Gaya Nuño levantase ampollas en algunos círculos conservadores de la sociedad soriana y fuese duramente criticada.

El paisaje urbano de la Soria de comienzos de los años 50 apenas había cambiado. La mayoría de las casas eran iguales a las de principios de siglo: de dos o tres plantas, con insuficiente espacio, mala ventilación, falta de higiene, etc. La electricidad y el agua corriente tardaron en llegar. Algunas tenían una corrala o patio interior. Aún eran frecuentes las enfermedades endémicas como la fiebre tifoidea, a consecuencia de beber agua en mal estado procedente del Duero. 

Las administraciones públicas de la dictadura se afanaron en dos objetivos: proyectar la expansión urbana de la ciudad más allá de los límites marcados por la muralla medieval y mejorar las condiciones de habitabilidad de las viviendas sorianas. En los años 40 se aprobó la urbanización del ensanche de la Vilueña (Plaza Jurados de Cuadrilla, Avenida de Navarra, Calle Alfonso VIII y Calle Nicolás Rabal), el alto de la Dehesa de San Andrés (donde se había planteado construir una ciudad jardín antes de la guerra) y el eje de la Avenida de Valladolid. La Barriada de Yagüe comenzó a construirse a finales de los años 40 para acoger a la población rural llegada a la ciudad.


Calle Real a comienzos de los años 50, antes de su remodelación

La transformación urbana de Soria fue completa. No quedó nada de aquellos "tejados caprichosos e infantiles" a los que cantó Gerardo Diego en los años 20. El caserío viejo, de los siglos XVIII y XIX, fue sustituido por otro más moderno y se perdió una parte del patrimonio histórico artístico de la ciudad. La transformación de la Calle Real y de la Plaza de San Pedro es el mejor ejemplo de ello. 

El trazado de las calles también cambió para racionalizarlo y modernizarlo. Con este objetivo fueron remodeladas la Plaza Ramón y Cajal (antigua Plaza de la Leña), la Calle Claustrilla, la Plaza del Olivo, la Calle San Juan de Rabanera, la Calle Las Fuentes, etc. También el parque de las Cinco Villas y la Cuesta de la Dehesa Serena sufrieron cambios. 

Remodelación de la Calle Real, finales de los años 50

En estos años del Desarrollismo franquista también se construyeron edificios que tenían vocación de convertirse en icónicos en la ciudad. Por ejemplo, se construyeron las nuevas puertas de la Dehesa, el edificio de la Caja de Ahorros en la Plaza de Mariano Granados, el Palacio de la Delegación de Hacienda, la Biblioteca Pública, etc. La iglesia románica de El Salvador, que se encontraba en mal estado de conservación, fue derribada parcialmente y reconstruida en un controvertido estilo funcionalista. Se perdió, por otro lado, la iglesia (también románica) de San Clemente, que fue derribada. El solar fue vendido por el Ayuntamiento y el Obispado a Telefónica, donde construyó un edificio de oficinas. 

La ciudad se adaptó también a la situación política del país. El callejero reflejó la adhesión de los sorianos a la dictadura de Franco: el Collado se llamó Calle del general Mola, la Plaza Mayor cambió su nombre por Plaza de Francisco Franco y el Espolón pasó a llamarse Calle del General Yagüe. En la Plaza Mariano Granados se erigió un monumento en honor al 'Carnicero de Badajoz', nacido en la localidad soriana de San Leonardo, y en el alto de la Dehesa fue construido un altar con una gran cruz dedicada a los caídos en la Guerra Civil. También en la fachada de la colegiata de San Pedro se exhibió una placa recordando al "ausente" José Antonio Primo de Rivera. Todos estos monumentos perdurarían hasta finales del siglo XX o comienzos del siglo XXI, muchos años después de la muerte del dictador en noviembre de 1975.

Plaza de Mariano Granados y Monumento al General Yagüe

miércoles, 17 de julio de 2024

LA "CAPITALEJA" DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX (1900 - 1936)

SORIA EN EL SIGLO XX. UNOS APUNTES (1)


Hace unos meses di una conferencia con el título "Soria, ¿cómo hemos cambiado?" en el Espacio Alameda de la capital. Fue organizada por la cofradía de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz que conmemora en este 2024 su setenta y cinco aniversario. Intenté explicar en apenas una hora la evolución de nuestra ciudad en el siglo XX. En esta entrada y las siguientes resumo lo que conté.

Vista general de la ciudad de Soria a comienzos del siglo XX


A finales del siglo XIX, el intelectual Bonifacio Monje se refería a Soria como una "capitaleja" porque quizá "capital" era un término demasiado ambicioso para una ciudad de apenas 7.000 habitantes. Era, en efecto, la capital de una provincia agraria, de unos 150.000 habitantes, que se caracterizaba por el aislamiento. La sociedad soriana de aquel momento era una sociedad arcaica, inmóvil, cerrada sobre sí misma y profundamente conservadora.

Las comunicaciones y los transportes en Soria eran difíciles. El viaje a Madrid en diligencia duraba cinco días y medio y debía ser preparado con meses de antelación. El coche de caballos realizaba el trayecto dos veces al mes. El tren Soria - Torralba, un empeño personal de Ramón Benito Aceña, se inauguró en 1892. En los albores del siglo XX, el candidato a Cortes Justo San Miguel afirmaba que los caminos de la provincia se encontraban en tan mal estado que uno creía estar en el siglo XVIII.

Las principales actividades económicas de la provincia de Soria eran la agricultura y la ganadería. Este era el caldo de cultivo idóneo para el caciquismo, el clientelismo y los intereses familiares. Ya hemos mencionado a Ramón Benito Aceña (la Plaza de Herradores lleva su nombre), pero otros caciques destacados eran Luis de Marichalar (vizconde de Eza) y Lamberto Martínez Asenjo (que dominaba la Tierra de Medinaceli). La mayoría de los habitantes de la provincia eran jornaleros pobres.

En la capital, la mayor parte de la población trabajaba también por cuenta ajena, eran asalariados y obreros. Los profesionales liberales (médicos, abogados, maestros, etc.) eran escasos. No obstante, el analfabetismo siempre fue en Soria menor que en otras provincias españolas, quizá por el elevado número de escuelas de primeras letras que existían. Fue así durante el siglo XIX y lo sería durante el siglo XX. 

La vida cultural de la ciudad era variada. Al Ateneo de Soria debemos sumar el Casino de Numancia y el Círculo de la Amistad así como el Casino de la Constanza y el Instituto General y Técnico (actual I.E.S. Antonio Machado). En 1919 se inauguró el Museo Numantino para albergar los hallazgos del yacimiento de Numancia. Su edificio fue el primero de España concebido para tal fin. La implicación de Aceña en el proyecto también fue destacada.

Esta era la Soria a la que llegó Antonio Machado en 1907 como catedrático de Francés. Y también la que acogió a Gerardo Diego en 1920. Era la Soria del periodista José Tudela, del ingenio Eduardo Saavedra, del arqueólogo Blas Taracena, de Mariano Granados, del pintor Máximo Peña, del político Mariano Vicén, alcalde en varias ocasiones, y del historiador Nicolás Rabal. No hace falta decir que la mayor parte de la población vivía al margen de estos destellos culturales. 

La población de Soria a comienzos del siglo XX seguía concentrada en torno al eje central de la ciudad, el Collado (desde 1911 recibió el nombre de Calle de Canalejas), y las plazas que se articulan de forma anárquica a su alrededor. Apenas había cambiado desde la Edad Media. De hecho, estás calles eran las únicas pavimentadas y con alumbrado publico que, en cualquier caso, tardó en llegar. Parecía que la modernidad y los avances de la industrialización habían pasado de largo en Soria. 

Plano de  Soria elaborado por Andrés de Lorenzo en 1904.

La expansión urbana de la ciudad había sido muy tímida y apenas se habían superado los límites marcados por la muralla medieval ya en ruinas. Tan solo hacia el oeste, hacia la Dehesa de San Andrés, se había extendido algo la ciudad de forma desordenada, en torno al antiguo arrabal de la Plaza de Herradores y las calles alrededor de la iglesia románica de El Salvador. La Dehesa, rebautizada en 1905 como Alameda de Cervantes, mantuvo un doble uso hasta los años treinta: como paseo la parte más cercana a la ciudad y como dehesa boyal el alto.

El caserío era paupérrimo, casas de entre dos y cuatro alturas, con espacio insuficiente para albergar a una familia común de la época. De hecho, numerosos informes del Ayuntamiento y de otras administraciones alertaban de las malas condiciones de salubridad de las viviendas sorianas con mala ventilación, ausencia de agua corriente y de inodoros. Esto hizo que las epidemias fuesen comunes (cólera, viruela, sarampión) y que la tasa de mortalidad en la capital fuese más elevada que en la provincia. 

El humilde caserío, aquellos "tejados caprichosos e infantiles" a los que cantó Gerardo Diego, contrataba con los magníficos edificios y monumentos de otras épocas. Sobresalía por encima de los tejados de las casas la torre del Palacio de los Condes de Gómara, símbolo del poder de los nobles de la ciudad. Igualmente, las iglesias de Santo Domingo y de San Juan de Rabanera eran extraordinarios ejemplos de arquitectura románica. La colegiata de San Pedro y las humildes iglesias de San Clemente y El Salvador también destacaban entre otras edificaciones religiosas. Igual que la muralla medieval y la fortaleza del cerro del Castillos, en ruinas desde la Guerra de la Independencia (1808 - 1814).

Durante la dictadura de Primo de Rivera (1923 - 1930) fue alcalde de la ciudad el oftalmólogo Eloy San Villa. Durante su gobierno se elaboraron numerosos informes y dictámenes para mejorar las condiciones de salubridad e higiene de la ciudad. El Plan de Reformas Urbanas contemplaba la ampliación de la red de alcantarillado, la extensión del alumbrado público y la instalación de baños públicos y privados. Poco se hizo en la práctica por las críticas que recibió el alcalde ante tales medidas. 

Por último, en esta época también se construyeron edificios que hoy son singulares en la ciudad. Además del Museo Numantino que ya hemos mencionado, de los años veinte datan el edificio de Correos del paseo del Espolón y el Banco de España de la antigua plaza de San Esteban (hoy plaza de las Mujeres). Durante la Segunda República (1931 - 1936) se construyó el edificio del colegio de la Arboleda, siguiendo el modelo utilizado en las escuelas construidas en toda España durante este periodo. 

Plaza de Mariano Granados, puertas de la Dehesa y paseo del Espolón. Principios del siglo XX


sábado, 6 de julio de 2024

FIN DE AÑO


Un tuit se preguntaba: "¿Qué fecha marca el auténtico fin de año para un docente? ¿El 31 de diciembre o el 30 de junio?". Estos días de julio, de calor, de nostalgia y de emociones agitadas, no me quito de la cabeza esas preguntas. Y recuerdo una escena que presencié hace unos años en un bar de un barrio de Madrid: unos maestros brindaban con champán celebrando el fin de curso. Parecía Nochevieja, pero era finales de junio. Al día siguiente algunos se examinaban en la oposición, pero daba igual. Tenían algo que celebrar. Era un día especial.

Junio marca el final de un curso escolar, pero, para los docentes, es también el final de un ciclo, el antes y el después de una porción de nuestra vida. Casi todos los enseñantes medimos nuestra existencia en cursos escolares, no en años naturales. “¿Dónde estaba yo aquel curso?", "¿Te acuerdas de aquella compañera del curso 2021/22?", "El curso de la pandemia fue el 2019/20...", "Llevo treinta cursos en la docencia". Es el curso escolar nuestra unidad de medida del tiempo, no el año astronómico.

Nuestro calendario comienza el 1 de septiembre y termina el 30 de junio. El primero de septiembre es nuestro Año Nuevo y los días en torno a San Juan son nuestra particular Nochevieja. Los dos meses de julio y agosto son un impasse, un tiempo en el que muchas cosas de nuestra vida están en stand by, en el que lo viejo ha terminado y lo nuevo aún no ha comenzado. Son vacaciones, sí. Largas vacaciones, de hecho. Pero también es tiempo para pensar, para tomar decisiones, para marcar nuevos retos, nuevos propósitos. Es tiempo para trazar nuevos rumbos.

El final de junio es el momento de las despedidas, de decir adiós a compañeros, a alumnos, a una rutina, a un horario que nos ha acompañado los nueve meses anteriores. Y todo sabiendo que en septiembre un nuevo ciclo comenzará, algunas cosas seguirán igual, pero otras muchas cambiarán. En algunos casos, el nuevo curso nos llevará a un nuevo centro, a una nueva ciudad. Todo será nuevo. Habrá que empezar otra vez. En otros, permaneceremos en el mismo lugar, pero con nuevos compañeros, nuevos alumnos, nuevas rutinas. Todo será parecido, pero nunca igual. Quien estuvo a tu lado el curso anterior puede continuar... O quizá no. Aparecerán nuevos retos, nuevas amenazas, nuevas ilusiones, nuevos sueños. Por eso el final de curso es momento de incertidumbre, de inquietud. Algunos, incluso, se juegan estos días su futuro en unas terribles oposiciones que añaden más duda, más nervios.

Y aprovechando el torbellino de cambios, de emociones, de gente que viene y va, tomamos decisiones, marcamos trayectos y establecemos objetivos. En estos primeros días de julio, no pocos intentamos poner nuestra mente en orden, hacer balance de lo hecho y valorar lo que queda por hacer y lo que está por venir. Y no me refiero sólo a nuestra vida laboral, sino a nuestra vida personal, a nuestro presente y nuestro futuro. Lo que muchos hacen en diciembre, los docentes lo hacemos en junio. ¿Qué necesidad tengo de esto? ¿Me compensa todo aquello? ¿Quiero seguir así? Porque llegará septiembre. Llegará septiembre y tendremos un nuevo comienzo.

Y en nuestra diminuta e insignificante ciudad de Soria, estos desenlaces se ven magnificados por la explosión de las fiestas de San Juan. Es el estallido de euforia desenfrenada que remata de forma implacable y contundente el curso escolar, unos momentos en los que todo se mezcla en un desorden estremecedor que nos pone patas arriba. Cuando acaban los festejos, todo ha terminado ya, todo se ha cumplido y la calma súbita envuelta en una nostalgia difícil de comprender lo inunda todo. Y como resultado, los primeros días de julio son días lánguidos, grises, tristes porque hay que asimilar lo que ha ocurrido, bueno y malo, en los días y en los meses anteriores. Todo son recuerdos, todo evoca momentos pasados y emociones sentidas. 

Hace unos días, cuando salía del instituto por última vez mandé un mensaje de WhatsApp lleno de emoción contenida: "Creo que nunca me voy a acostumbrar a los finales de curso." Luego vinieron las fiestas, el trajín, los vaivenes y el desorden. Y, después, las decisiones, la calma y el orden. El año ha terminado. En septiembre volverá a comenzar y traerá nuevas oportunidades. Pero nada será igual.



Luna sobre el cielo de Valonsadero (Soria), 16 de junio de 2024

jueves, 13 de junio de 2024

LAS RANAS YA NO CANTAN


Caminamos junto al río aunque apenas podemos ver sus aguas pues se ocultan inquietas tras frondosos matorrales y altos hierbajos. Su dulce sonido al correr y el trino de los pájaros cantores que vuelan de aquí allá componen una melodía nerviosa y alegre. Es una melodía familiar, cotidiana, que evoca otros momentos de la vida. 

A pesar del calor de los últimos días del verano, la orilla del Duero es un sitio fresco, acogedor. Pronto llegamos a nuestro destino, al lugar donde el río abre su lecho para recibir las aguas mansas de un arroyo. Aquí la orilla termina, es el final de nuestro paseo. Y aquí nos detenemos a contemplar el paisaje que se extiende ante nosotros.

- ¿Recuerdas cómo se llamaba este riachuelo? - pregunto a mi hermano mientras damos los últimos pasos con parsimonia.

- Es 'El Hocino', ¿no? - responde lleno de dudas. 

No soy capaz de confirmar o rebatir la respuesta. Nuestras miradas no se cruzan en ningún momento, se dirigen al frente, contemplando un panorama bello, pero en absoluto extraordinario: las aguas limpias del Duero aquí; álamos, sauces y zarzamoras allí; y el cielo rojizo del atardecer que lo enmarca todo. Hay miles de estampas parecidas e infinitamente más bonitas, pero cada uno tiene sus lugares especiales y este lo es para nosotros. Nos transmite nostalgia, aviva recuerdos. 

- Este lugar me da paz - dice mi hermano después de unos minutos de silencio. - Hemos pasado muchos veranos aquí. Es como volver al pasado. 

Seguimos sin mirarnos, nuestros ojos están fijos en las aguas del río cuyo discurrir sinuoso tiene algo cautivador y atrapa nuestra atención. Después, hago una fotografía con mi teléfono, queriendo conservar de otra manera un paisaje que, sin embargo, no se irá nunca de nuestras retinas por más que pase el tiempo. 

Aquí, junto al río, pasábamos los días de verano cuando éramos niños, lejos del agobiante calor de la ciudad. Nuestra madre tomaba el sol, nuestro padre pescaba cangrejos y nosotros correteábamos por todos lados. Capturábamos renacuajos, nos bañábamos en las frías aguas del Duero, cogíamos moras, contemplábamos pastar a las vacas y sus terneros. Éramos libres. 

- Alguna vez vimos varios ciervos cruzar el camino, ¿lo recuerdas?

- Perfectamente - responde -, ¿cuánto tiempo hacía que no veníamos aquí? Quizá diez años... - sus palabras rezuman nostalgia - Todo cambia. Echo de menos aquellos veranos, pero no pasaría mis vacaciones aquí ahora. 

- Lógico - le interrumpo -, echas de menos el tiempo vivido aquí. Podemos volver al lugar, pero no podemos regresar a aquellos momentos. Nuestra vida ha cambiado. Nosotros hemos cambiado. No somos los mismos. Al contrario que estos paisajes, que parecen eternos, inmutables. Yo los recuerdo así, como los veo ahora, como si no hubiesen cambiado en décadas. 

- También han cambiado, aunque apenas se note - replica -. Fíjate, ¿no echas en falta algo? Afina el oído.

Quedamos en silencio. Trato de adivinar, sin éxito, a qué se refiere. En la atmósfera de finales de agosto se mezclan muchos sonidos: el agua del río, las hojas de los árboles sacudidas por un viento aún cálido, los murmullos de pájaros e insectos. No puedo distinguirlos todos así que tampoco adivinar el ausente.

- ¿No te acuerdas de que desde aquí oíamos a las ranas croar todas las tardes? - concluye mi hermano consciente de que me ha metido en un aprieto con su pregunta. 

- ¡Cierto! - exclamo cuando el recuerdo es recuperado - El canto monótono de las ranas del arroyo al atardecer. Sobre todo cantaban después de las tormentas. ¡Ahora me acuerdo!

Volvemos a quedar en silencio para comprobar el silencio de las ranas. En efecto, no escuchamos el "croac" a veces tan estridente y a veces tan armonioso. Mientras tanto, casi instintivamente, los dos dirigimos nuestras miradas a los juncos y los nenúfares que hasta este momento han pasado desapercibidos. Esperamos ver alguna rana, pero la búsqueda no da resultado. No hay ninguna. 

- ¿Cómo es posible? Antes había cientos y se podían ver a simple vista sobre las rocas y los nenúfares ¿Qué ha ocurrido con ellas? - pregunto extrañado.

- No sé. El tiempo lo cambia todo, tú lo has dicho - responde -. Supongo que a las ranas ya no les gusta este lugar y se han marchado. O quizá se hayan cansado de cantar porque nadie las escucha. Nadie está interesado en sus conciertos vespertinos y han mandado todo a tomar viento.

Es tarde y está anocheciendo. Los colores rojizos del cielo se han oscurecido y todo se ha llenado de sombras. Es hora de regresar. Desandamos el camino en silencio, atentos a los sonidos de nuestro alrededor. Los grillos, las chicharras y algún pajarillo sí han iniciado ya su concierto nocturno y parecen querer llamar nuestra atención. Pero las ranas, si es que aún hay alguna escondida en las aguas del arroyo, están en silencio. Nadie escucha ya su canto.


Rana sobre nenúfar. Museo de Origami, Zaragoza



martes, 21 de mayo de 2024

A VECES PARECER ESTÚPIDO NO ES SUFICIENTE



- Sólo he enviado unos céntimos para pagar los cuidados de mi hijo enfermo.

- Eso no es cierto: su Majestad tiene cientos de millones de dólares en bancos suizos, lo dicen los informes de la embajada - respondió el oficial del ejército rebelde. 

Halie Selassie, emperador de Etiopía, miraba a los soldados con aparente perplejidad e inocencia, como si no entendiese lo que le estaban diciendo. Permanecía impasible, recto, enfundado en su uniforme militar. No volvió a pronunciar una palabra ni intentó defenderse. Estaba convencido de que no tenía motivo, de que no había hecho nada malo. Prefirió retirarse a sus habitaciones privadas a meditar. O a dormir la siesta.

Eran los últimos días de agosto de 1974, parte del ejército etíope se habían rebelado contra el emperador y la monarquía absoluta estaba derrumbándose. El negus, un anciano de ochenta y dos años, contemplaba cómo sus altos dignatarios eran destituidos y encarcelados, acusados de corrupción. Su palacio en Addis Abeba cada vez estaba más vacío y ya nadie respetaba su figura, otrora casi divina. Todo estaba perdido aunque él no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo. O, mejor dicho, no quería hacerlo. 

No nos engañemos: nadie es tan estúpido para no darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, de las consecuencias que tienen sus actos. Da igual que seas el emperador de un reino perdido en África o un ciudadano del siglo XXI. Otra cosa es que juguemos a la ambigüedad, a emborronarlo todo para confundir al otro; que finjamos que no entendemos nada, que todo nos pilla desprevenidos. Y en esto Halie Selassie era un maestro. Se presentaba como el honesto padre protector de su pueblo, preocupado por el desarrollo del reino, convencido ingenuamente de que todo marchaba bien, de que sus súbditos vivían felices, de que el país estaba desarrollándose. La realidad, por supuesto, era distinta.

Parecía no conocer los males que sacudían Etiopía. Encerrado en su palacio de Addis Abeba, no sabía que cientos de miles de sus súbditos morían cada año víctimas del hambre. Tampoco que había provincias del imperio en continua rebelión, donde señores de la guerra campaban a sus anchas. Y desconocía también la corrupción que pudría la administración del reino. Cuando algún periodista extranjero le preguntaba por estos temas, el negus se limitaba a no contestar. Si algún funcionario respondía por él, la fórmula más usada era "es un tema de máxima preocupación para el emperador".  

El emperador era un astuto embaucador. No hablaba en las reuniones, audiencias y banquetes, se limitaba a escuchar chismes, delaciones y quejas. La indiferencia, el fingido desinterés era otro rasgo de su comportamiento. Luego actuaba en su propio beneficio, para consolidar su poder. Los funcionarios y oficiales de palacio vivían en una incertidumbre constante, sin saber cuál sería el siguiente movimiento de su Majestad Imperial. Era impredecible. Podía destituirlos en cualquier momento o incluso mandarlos encarcelar. 

El emperador se situaba por encima de los rifirrafes ministeriales, de los errores del gobierno. Él no tenía culpa de nada, si es que ocurría algo malo, pues también se ponían en duda los informes y las noticias sobre la hambruna en tal provincia o la inseguridad en tal región. En otras palabras, se cuestionaba la verdad, lo evidente.

Pero todo era una patraña. Halie Selassie había construido un régimen autocrático en torno a su persona. Él decidía todo en Etiopía desde que subió al trono en 1930. Él sabía todo lo que ocurría en su reino. Él nombraba a los gobernadores de las provincias. Él elegía a los funcionarios de la administración del Estado. De él dependía la policía, el ejército, la educación, la sanidad. Era imposible que no se diese cuenta de la corrupción, del hambre, pero nunca asumió ninguna responsabilidad sobre los males que consumían su reino. Actuaba sin dar cuenta a nadie, sin importarle nada, sólo la lealtad a su persona. Todo en beneficio propio. Pero cuando todo acabó, cuando su obra saltó por los aires, quiso que lo vieran como un anciano inocente engañado por todos.

Halie Selassie, negus de Etiopía, inspirador del movimiento rastafari en Jamaica, murió en 1975, pero podría ser el arquetipo de ciudadano del siglo XXI. Individualista, caprichoso, excéntrico, incapaz de asumir la responsabilidad de sus actos. Mostraba interés con la indiferencia. El desinterés no era más que desprecio hacia los otros, desdén, ingratitud hacia el leal, al incondicional, a quien permanecía a su lado.  

Su comportamiento no era claro ni preciso, sino desdibujado, ambiguo. Todo era un sí, pero no; un quizá; una posibilidad remota. Nada era seguro, nada estaba definido. El emperador no tomaba decisiones, ni siquiera en los momentos críticos, las dilataba en el tiempo. Como una avestruz, escondía la cabeza ante los conflictos, no daba la cara. Y, por supuesto, no le importaban sus súbditos que lo respetaban, que lo veneraban. Exactamente igual que al individuo del siglo XXI, que actúa sin importarle el daño que puede causar al otro, al compañero, al amigo, a quien le quiere.

La imagen de anciano afable, pero ingenuo, encerrado en la candidez de un mundo perfecto aislado del exterior es también similar a la de muchos hoy. La ignorancia, el desconocimiento, la torpeza o incluso la estupidez se usan para justificar cualquier comportamiento, cualquier error; y para no asumir el estropicio hecho al prójimo. Pero a veces, la estupidez no es suficiente. A veces, la ingenuidad o la ignorancia acaban colmando la paciencia del perjudicado, del campesino hambriento. Ya lo hemos dicho: nadie es tan estúpido para no darse cuenta de lo que ocurre en el mundo, en su mundo. Y al final las mentiras no valen, los cuentos cansan y la gente se harta.

Halie Selassie fue depuesto por el ejército revolucionario en septiembre de 1974. No se puede engañar a todos todo el tiempo. La paciencia tiene un límite y el sufrimiento, también. A veces, un basta hace saltar todo por los aires y ya no hay marcha atrás, la mentira se derrumba. Al final nadie se creía ya la supuesta honradez del emperador, todos sabían que era el artífice del gobierno corrupto y depravado que había gobernado Etiopía durante casi medio siglo. 

Dando una muestra más de fingida candidez, afirmó en aquellos momentos críticos de la historia etíope: "si la revolución es buena para el pueblo, estoy a favor de la revolución". Y sumido en este juego, acabó perdiendo el juicio. Cuando murió, unos meses después, lo hizo creyendo firmemente que seguía siendo emperador de Etiopía, que su mundo extravagante y estúpido era real y que todos sus actos habían sido correctos. Pero su pueblo, misérrimo y hambriento, había dicho basta.


Halie Selassie, último emperador de Etiopía

lunes, 13 de mayo de 2024

SOBRE LA GUERRA DE GAZA


El conflicto entre Israel y Palestina es uno de esos temas sobre los que parece que todo el mundo debe tener una opinión clara y rotunda. Hable con quien hable, todos apoyan con absoluta firmeza a uno u otro bando, sin atisbo de duda, sin matices. A menudo, además, estas opiniones se ven condicionadas por la ideología pues parece que si eres de derechas debes apoyar a Israel. Si eres de izquierdas, apoyarás a Palestina. Sin medias tintas.

Tanto es así que llevo notando varios meses que el tema se evita en muchas conversaciones cotidianas. Hay quien no quiere pronunciarse para que no lo tilden de lo uno o de lo otro. Y debo confesar que yo soy un mar de dudas en todo ello. Que no veo con claridad al bueno y al malo, como en casi ningún conflicto. Que no veo una solución a corto y medio plazo. Y también confieso que me pasa esto a pesar de que llevo meses enganchado a las noticias y leyendo todo lo que cae en mis manos sobre el tema.

Hay que tener en cuenta que el conflicto no comenzó el pasado 7 de octubre con el ataque terrorista de Hamás a Israel. Se remonta más de cien años atrás con el inicio del asentamiento de judíos europeos en Palestina. Matanzas de judíos sobre árabes palestinos y de árabes palestinos sobre judíos que se cometieron en los años 20 y 30 del siglo XX siguen estando muy presentes en el imaginario colectivo de ambas sociedades. Luego vinieron el plan de partición de la ONU de 1947, la proclamación de independencia de Israel en 1948, las guerras árabe-israelíes, la ocupación de territorios en la Guerra de los Seis Días de 1967, las Intifadas, los acuerdos de Oslo y un largo etcétera. Es decir, el problema no surgió en 2023.

Voy a ser políticamente incorrecto: Israel no es una democracia como la entendemos en Occidente. Da igual que se celebren elecciones cada cuatro años. La igualdad ante la ley no existe. Los árabes israelíes tienen menos derechos que los judíos israelíes y hay grupos sociales privilegiados. A modo de ejemplos: los árabes israelíes tienen vetado su ingreso en el ejército; los judíos ultraortodoxos tienen el privilegio de no cumplir el servicio militar; y los habitantes árabes de Jerusalén oriental tienen permiso de residencia, pero si se trasladan a otro lugar a vivir ya no pueden regresar. En Israel impera un régimen discriminatorio que algunos comparan con el Apartheid sudafricano. Esto no es, desde luego, democrático.

Además, en los últimos años, la sociedad israelí ha sufrido una polarización enorme, en parte por la personalidad controvertida del primer ministro Benjamín Netanyahu. El líder del partido derechista Likud ha dado muestras de un claro autoritarismo que ha afectado también a las instituciones del Estado (la Knéset y la Corte Suprema). Intentó, incluso, la reforma del poder judicial, lo que provocó manifestaciones en la calle que al final le hicieron dar marcha atrás. Su gobierno, muy condicionado por las fuerzas de extrema derecha, ha sido siempre contrario a todo acuerdo de paz con los palestinos y a detener los asentamientos colonos en Cisjordania.

Si comparamos a Israel con el resto de Estados de Oriente Próximo, el Estado judío es infinitamente más próspero, más democrático y más abierto que Jordania, Egipto, Siria o el Líbano. Ya sabemos: en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. El tuerto ve, pero sólo por uno de los ojos. Así que puede que Israel sea una democracia, pero una democracia exótica, sui generis

Si miramos a la parte palestina, vemos una sociedad desgarrada, rota después de un siglo de guerras y desastres. Los palestinos están repartidos entre Cisjordania, Gaza y los campos de refugiados en Jordania, Líbano, Siria y otros países. La Autoridad Nacional Palestina (ANP), liderada por Mahmud Abbas, es una institución corrupta, anquilosada e ineficaz cuyo control se limita a algunas ciudades de Cisjordania. Incapaz de mejorar la situación de sus ciudadanos en materia de seguridad, educación, sanidad, servicios y empleo, muchos la ven como un títere de Israel, como un perrito faldero sumiso a las órdenes de Tel Aviv. No hace falta decir que la democracia palestina no existe. 

En Gaza, Hamás gobierna desde 2007 tras varios enfrentamientos con la ANP. Es un grupo fundamentalista islámico que aplica el rigorismo religioso más estricto y convirtió la Franja en un régimen de terror durante casi veinte años. Pero también es la única esperanza para millones de palestinos ante la inoperancia de la ANP. Hamás y otras milicias islamistas han convertido la resistencia frente a Israel en una cuestión religiosa, no en una cuestión nacional como fue al principio, y se niegan a reconocer la existencia del Estado de Israel. Este principio de su ideario hace imposible, evidentemente, cualquier atisbo de negociación para alcanzar una paz definitiva.

Hamás es considerado por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea como un grupo terrorista. Las matanzas de civiles israelíes inocentes del 7 de octubre son buen ejemplo de ello. No obstante, Hamás organiza la vida en la Franja de Gaza, es más que una organización o un partido político: es el gobierno, la educación, la sanidad, el espíritu de resistencia, lo es todo en el diminuto territorio que controla, por eso es muy difícil extirparlo sin ofrecer una alternativa realista y viable.

Por todo ello, es imposible entender la dimensión del conflicto si nos ajustamos únicamente a lo que ha ocurrido desde el 7 de octubre. Desde luego, aquel día, los milicianos de Hamás cometieron un acto abominable y el Estado de Israel tiene derecho a defenderse. El problema es el alcance de este derecho. Un atentado terrorista no justifica en ningún caso la matanza de 40.000 civiles palestinos y la condena de millón y medio a vivir bajo las bombas, el hambre y el terror. El gobierno de Netanyahu está usando el atentado y los rehenes israelíes en manos de Hamás como un pretexto para arrasar un lugar donde ya vivían hacinadas un millón y medio de personas. Y Occidente, que alardea de superioridad moral, no hace nada para evitarlo. 

Los terroristas de Hamás ya han conseguido buena parte de sus objetivos. El mundo ha vuelto la mirada hacia Palestina después de décadas de desatención. La opinión pública mundial (no sólo la de los países árabes, como era tradicional) se ha puesto de lado de los palestinos. Ya se han olvidado los 1.400 asesinados israelíes del 7 de octubre ante las terroríficas cifras de muertos palestinos. Universidades e instituciones occidentales se están replanteando sus relaciones con Israel y se promueve el boicot al Estado judío en certámenes y competiciones deportivas internacionales. El apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel se está también resquebrajando y cada vez más países apuestan por reconocer a Palestina como Estado, incluso con asiento en la ONU. Todo esto son victorias de Hamás. 

No obstante, da igual que la comunidad internacional reconozca al Estado Palestino porque no existe. Es un brindis al sol. Salta a la vista que no controla un territorio compacto, ni tiene instituciones estatales operativas. Aunque nos pese, la solución del conflicto no puede ser hoy la de los dos Estados porque uno de ellos no existe. Es cierto que ese era el plan original de la ONU, pero eso fue en 1947. Los árabes palestinos no lo aceptaron y después de varias guerras se quedaron sin nada. Los judíos se quedaron con todo (y con los problemas derivados de ello). Ahora la situación no tiene nada que ver: tenemos un Estado judío viable y estable, y unos territorios palestinos ocupados por el ejército israelí. Con este panorama, la solución, si la hay, debe de ser otra, pero no los dos Estados.

Lo que está claro es que es intolerable una tragedia humanitaria como la que estamos presenciando. No es de derechas ni de izquierdas, ni propalestino ni proisraelí, ni antisemita ni islamófobo, cualquiera con un ápice de humanidad se puede dar cuenta de que la guerra de Gaza está sobrepasando todos los límites. La catástrofe humanitaria tiene unas dimensiones desmesuradas y cada vez más voces denuncian que se están cometiendo crímenes contra la humanidad (incluido el genocidio). Todo esto está por comprobar, pero las cifras de muertos son salvajes. Israel siempre ha actuado con impunidad, amparado por Estados Unidos y el resto de potencias occidentales, que le suministran armas y miran hacia otro lado. Esto debería cambiar (y quizá esté cambiando ya... muy poco a poco).

Dentro de cuarenta años, nuestros hijos y nietos verán en los cines una superproducción hollywoodiense sobre la Guerra de Gaza. Un actor de renombre interpretará a Netanyahu y los protagonistas serán jóvenes gazatíes intentando escapar de las bombas y el hambre. Arrasará en taquilla tanto en Estados Unidos como en Europa. Las imágenes épicas de la destrucción, los muertos y el sufrimiento de los supervivientes sobrecogerán a los espectadores que se preguntarán indignados, a buen seguro, cómo pudimos permitir todo aquello. Nosotros no tendremos respuesta que darles.




lunes, 8 de abril de 2024

CUATRO MESES SIN LLORAR



- ¿Sabes que llevo ya cuatro meses sin llorar?

No esperaba ese comentario en aquel momento. Ni en aquel momento ni en ninguno porque no creía tener tanta confianza con aquella alumna, pero sus ojos sinceros miraban a los míos fijamente mientras pronunciaba esas palabras. Otras dos muchachas contemplaban la escena. El entorno invitaba, desde luego, a confesarse pues nos encontrábamos en la basílica de San Lorenzo de El Escorial y el lugar estaba prácticamente vacío. El resto del grupo esperaba fuera a que los más rezagados terminásemos.

Unas cuantas alumnas se habían entretenido encendiendo unas velas y yo me había quedado a esperarlas. Al final, acabé también encendiendo una y metiéndome en este enternecedor embrollo. Por más que las apremiaba para no hacer esperar más al resto, ellas caminaban con calma y yo acabé contagiándome de su parsimonia. Los altos muros, las imponentes bóvedas y un silencio sepulcral e infrecuente enmarcaban el momento, aunque no nos dimos cuenta.

- Yo lloré ayer... - replicó otra, incapaz de culminar la frase sin soltar una carcajada nerviosa. Yo miraba hacia las bóvedas de la basílica sin pronunciar una sola palabra, miraba hacia todos lados queriendo evitar meterme en una conversación que no sabía a dónde podía llegar. 

- Pues yo lloro a menudo - contestó la tercera. Entonces las tres me miraron a mí, que me había detenido de nuevo a hacer una fotografía al retablo mayor y a la nave central del templo. Aunque repetía inconscientemente la misma frase insistente - vamos, vamos, que nos están esperando -, ahora era yo el que se había quedado atrás queriendo distanciarme un poco de la conversación y temiendo que al final me salpicase, como, en efecto, ocurrió.

Poco tardaron en incluirme, por supuesto, a pesar de mis intentos por permanecer al margen. La muchacha que había desencadenado el torrente de confesiones me miró con los mismos ojos inocentes de antes y me preguntó - ¿Y tú lloras a menudo? -. Y, claro, las otras dos permanecieron en silencio expectantes a mi respuesta, como mirando a un ser extraño e impredecible cuyas palabras, fueran cuales fueran, les podían dar tema de conversación durante días. 

Y en mi respuesta pretendidamente aséptica y distante, terminé confesando más de lo que al principio deseaba - No sé... Antes no lloraba casi nunca. Ahora lloro con más frecuencia. Supongo que son momentos de la vida. Algunas veces manifestamos nuestras emociones con más facilidad que otras -. Terminé abruptamente el discurso porque desconocía el rumbo de mis palabras, pero aquella situación improvisada en un lugar sobrio, hermético y rígido como el Escorial se convirtió en algo conmovedor. Como un borbotón de confianza inesperada se desprendió una confidencia, un pedazo de nuestro ser más íntimo. 

- ¿Y cuándo fue la última vez que lloraste? - querían saber más aquellas niñas. Era lógico, yo también querría saber más de mi profesor que siempre nos habla de Historia, en general, pero que no cuenta absolutamente nada de la suya propia, de sus historias. Apenas habían transcurrido un par de minutos desde que encendimos las velas e iniciamos la marcha hacia el Patio de los Reyes, donde nos esperaba el resto de alumnos y profesores que, por otro lado, aún no se habían percatado de nuestra ausencia. Fueron apenas unos minutos, pero a mí me parecieron décadas pues aquella conversación me pilló desprevenido, fuera de juego, y noté enseguida mi falta de soltura. 

- Hace unos meses... - respondí cortante mientras aceleraba el paso como queriendo huir, pero una de las adolescentes seguía empeñada en saber más - ¿Y lloraste por cosas malas o por cosas buenas? -. Consciente de que la situación era idónea para no parar de interrogarme, intenté concluir y desviar la atención - Cosas malas que han ocurrido. Y que no se han solucionado. Pero, ¿vosotras me imagináis llorando a mí?

- La verdad es que no - fue la espontánea respuesta de la chica que había iniciado la conversación. Pero la compañera, que caminaba a su derecha la contradijo - ¿Y por qué no? Todo el mundo llora alguna vez -. La tercera asintió con la cabeza dando la razón a su amiga. Luego me volvieron a mirar mientras atravesábamos el coro y el porche de la basílica. La luz del sol resplandeciente de los primeros días de abril nos cegó en el instante justo en el que abandonamos el templo y salimos al patio. Al otro lado se encontraban nuestros compañeros aguardando pacientemente nuestra llegada. 

Sabiendo que esperaban un comentario mío que confirmase o desmintiese su creencia, traté de ser claro y, de nuevo, distante y frío, aunque, a estas alturas, era fingir en balde - Eso es cierto. Llorar no es malo. Sirve para limpiar la conciencia, el alma. Llorar te limpia por dentro. No hay que avergonzarse de expresar el dolor, la tristeza o la alegría llorando -. Sentencié en un alarde de experiencia de quien, sin embargo, había pasado un mal raro por un inocente comentario de una adolescente en un momento inesperado.

Nos acercamos ya al resto, que nos esperaba para entrar en la fabulosa biblioteca que en su día fundó Felipe II. - ¿Ya estamos todos? - me preguntó otra profesora. Yo contesté afirmativamente, no quedaba nadie atrás. El murmullo de los otros alumnos, el nuevo espacio en el que nos adentrábamos y el trajín de la visita me hicieron olvidar por unos momentos la conversación que acababa de mantener. Pero no todos pasamos por alto las palabras que habíamos intercambiado. Mientras subíamos por las angostas escaleras que llevaban a la biblioteca, la muchacha del principio volvió a ponerse a mi lado, me miró y me sonrió.

- No es tan malo llorar. Pero yo no he llorado desde el año pasado.