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jueves, 19 de octubre de 2023

DOLOR


Todas las guerras son espantosas. Y todas dejan imágenes espantosas. En los tiempos que vivimos, esas imágenes se difunden a través de la televisión y las redes sociales y todo el mundo puede verlas. Nos acostumbramos a verlas, pero no por eso dejan de ser espantosas.

Hace algunos días encontré en Twitter un vídeo terrible. Una madre gazatí se despedía de sus dos hijos muertos en un bombardeo israelí. Cogía al pequeño en brazos mientras el cuerpo inerte de la niña estaba tendido en una camilla. Los gritos desgarradores de la madre helaban el alma. A su lado, el padre lloraba desconsolado. La imagen de la madre y su hijo en brazos es terrorífica y, a la vez, muy humana. Es la imagen de la tragedia y del dolor causado por nosotros mismos.

Entre todas las imágenes espantosas de las guerras, las peores son aquellas que muestran el mayor dolor que podemos concebir: el dolor de una madre que ha perdido a su hijo. ¿Hay mayor sufrimiento? Da igual el siglo, la época o el lugar. Da igual la religión, la etnia o la nacionalidad. Es imposible concebir mayor dolor que el de una madre con su hijo muerto en brazos. 

En el Cristianismo, "La Piedad" refleja esa pena.  La Virgen María, desconsolada, sostiene el cuerpo de Jesucristo en sus brazos. En todas partes se ha replicado esta escena. Lo hizo Miguel Ángel en el Renacimiento italiano y Gregorio Fernández en la Castilla del siglo XVII. Algunas esculturas muestran serenidad, pero todas transmiten un terrible sufrimiento al que nada puede compararse. La Virgen María es todas las madres que han perdido lo que más querían; Jesucristo es todos los hijos muertos antes de tiempo.

Más allá de escenas religiosas, estás tragedias son algo cotidiano en todas las guerras del mundo. Que las madres entierren a sus hijos ha pasado siempre, aquí y allá, en épocas de guerra y de conflicto. Da igual a dónde vayamos y de qué conflicto hablemos. En la Alemania nazi, en la Rusia comunista, en la Palestina ocupada, en Yemen o en el Estado de Israel. En todas partes el dolor de las madres es el mismo cuando pierden a quien ha nacido de sus entrañas. En épocas de paz son los hijos quienes entierran a sus madres; en época de guerra son las madres las que entierran a sus hijos. Ya lo dijo el historiador griego Heródoto en el siglo V a.C. En el siglo XXI, sigue siendo igual.

En el "Guernica", de Pablo Picasso, vemos la misma escena. Una madre grita al cielo mientras sostiene el cadáver de su hijo en brazos rodeada de la destrucción causada por el bombardeo de la ciudad. Es la misma desgarradora representación de siempre. En medio de la devastación, de la muerte, del odio, los gritos de las madres pueden con todo. Vencen al miedo y al odio porque no hay nada peor. Por eso el genio malagueño representó su "Piedad" particular en medio de la Guerra Civil española. Por eso la imagen es tan poderosa.

En 2011, el fotógrafo Samuel Aranda ganó el premio World Press a la foto del año con una "Piedad" del siglo XXI. La instantánea, tomada en Yemen durante la guerra civil que ha asolado el país desde hace décadas, muestra una madre consolando a su hijo herido. Es el terror de quien puede perder a su retoño. Da lo mismo que su hijo sea un combatiente, que sea un héroe o que sea un asesino. La incertidumbre, el miedo, la desesperación. Todo ello refleja la imagen. Y el joven no está muerto. Imaginemos a aquellas mujeres que no saben dónde están sus hijos, si siguen con vida o si ya la han perdido. Imaginemos su angustia, su zozobra, su tormento. 

La guerra de Gaza es espantosa. Y espantosas son las imágenes que nos llegan de allí. Es la guerra retransmitida en directo. ¡Y cuántas madres y padres han perdido a sus hijos! ¡Y cuántas madres y padres han muerto en vida! ¡A cuántas madres y padres les da igual ya la guerra, la destrucción y su vida porque han perdido lo que más querían! ¡Cuántos se han hecho invencibles e invulnerables por el dolor de perder a un hijo! 

martes, 10 de octubre de 2023

UNA PAZ IMPOSIBLE



"El enemigo quería una guerra. Tendrá una guerra."

Benjamín Netanyahu, octubre de 2023


Lo que ocurrió el sábado 7 de octubre de 2023 fue, simple y llanamente, un acto terrorista. Hamás, un grupo fundamentalista islámico, considerado terrorista por EE.UU., Israel y la Unión Europea, atacó a civiles en el sur y el centro de Israel. El terrorismo puede definirse como un acto violento cometido contra la población civil para lograr un objetivo político creando un clima de terror que fuerce cambios en el orden establecido. Es precisamente lo que buscaba Hamás con el asesinato de centenares de civiles israelíes: alterar el frágil equilibro en el que se mantiene en paz Oriente Próximo.

Hamás gobierna desde el año 2007 la Franja de Gaza, donde sobreviven hacinados más de dos millones de personas. Desde su fundación en los años 80, su objetivo declarado ha sido la destrucción del Estado de Israel a través de la Yihad (guerra santa islámica). Con el apoyo de Irán, Catar y de otros grupos terroristas islamistas (como Hezbolá en el sur del Líbano), ha atacado frecuentemente Israel lanzando cohetes desde la Franja que rara vez alcanzan sus objetivos. Sin embargo, nunca hasta ahora habían llevado a cabo una incursión en territorio hebreo de las dimensiones de las del pasado sábado.

Los líderes de Hamás conocen perfectamente la superioridad armamentística del Estado israelí. Sabían que el ataque era una acto suicida porque las represalias del ejército de Israel serían terribles para la población gazatí. Y, sin embargo, esto no los detuvo. Cometieron el ataque aprovechando fallas (difíciles de entender) en los servicios de inteligencia de Israel. ¿Por qué? Podemos enumerar varios propósitos que ha logrado Hamás a corto plazo.

En primer lugar, ha conseguido que la opinión pública mundial vuelva sus ojos hacia Palestina otra vez. El conflicto palestino había sido eclipsado por otros desde hacía algún tiempo. A la vez, ha paralizado los contactos entre Israel y Arabia Saudí (amparados por EE.UU.) que iban a culminar en el reconocimiento de Israel por parte del reino saudí. Tercero, ha sacado los colores a los gobiernos de otros países árabes, como Marruecos y Sudán, que han reconocido, recientemente, al Estado de Israel. Y, en último lugar, esperan que la opinión pública de los países árabes apoye la causa palestina en las calles una vez más cuando las imágenes de la destrucción provocada por el ejército israelí en Gaza den la vuelta al mundo.

Hamás ha logrado estos objetivos en un momento en el que su gobierno en la Franja de Gaza empezaba a despertar oposición interna (un gobierno brutal y sanguinario, por otra parte). Es probable que salga reforzado tras esto. Al mismo tiempo, el ataque se ha producido cuando Israel se encontraba en una crisis interna grave, con problemas políticos en el gobierno de Netanyahu y los partidos de extrema derecha; y una fractura social nunca antes vista en el Estado hebreo. Es esperable, no obstante, que la respuesta al ataque refuerce la cohesión interna de Israel, tanto a nivel político como social.

¿Qué utilidad tiene este ataque para la resistencia histórica palestina? Ninguna. Y Hamás lo sabe. Israel ha salido victorioso de las seis guerras árabe - israelíes (1948-1949, 1956, 1967, 1973, 1982, 2006). Su superioridad militar (con asistencia occidental, sobre todo de EE.UU.) es apabullante. Pero también lo es otra realidad: Israel no ha conseguido nunca eliminar la resistencia del pueblo palestino. Por terrible y despiadada que sea la respuesta del gobierno de Tel Aviv, Hamás, como organización, va a sobrevivir. El terrible coste del acto terrorista del sábado lo pagarán los dos millones de palestinos que viven en la Franja de Gaza. La mitad tiene menos de catorce años. Y, luego, todo seguirá igual. 

Después de la humillación sufrida, Israel se defenderá con una contundencia que quizá nunca antes hayamos visto. Será la respuesta a las centenares de víctimas inocentes israelíes y de otras nacionalistas que los terroristas causaron el sábado. Pero el gobierno israelí y los altos mandos de su ejército saben que destruir Gaza no significa acabar con Hamás ni con la resistencia palestina. Es más, un castigo demasiado atroz sobre Gaza puede poner a la opinión pública mundial (ahora a favor de Israel por los ataques sufridos) en su contra en pocas semanas. El ejército hebreo, por otra parte, no tiene capacidad para afrontar un conflicto armado de larga duración (por recursos y población). Es posible que la respuesta sea dura y contundente, pero corta en el tiempo.

El primer ministro Netanyahu dijo que "lo que haremos en los próximos días (en Gaza) será recordado durante generaciones". El ministro de Defensa, Yoav Gallant, afirmó que "estamos avanzando hacia una ofensiva total.(...) Gaza nunca volverá a ser lo que era". Es poco probable, a pesar de estas declaraciones, que los soldados israelíes entren en Gaza pues sería una ratonera para ellos. Israel sí está impidiendo la evacuación de los gazatíes, confinados en la estrecha Franja sin electricidad, comida, ni agua. Dos millones de vidas en riesgo. Esto es considerado un crimen contra la humanidad en cualquier lugar del mundo. Pero Israel está acostumbrado a no recibir condenas internacionales por sus acciones. Ni EE.UU. ni la Unión Europea van a condenar nada que ordene Tel Aviv. Imaginemos entonces el resultado de cualquier operación militar hebrea. 

Sobre el papel puede haber muchas soluciones, expuestas por iluminados de aquí y de allá. Desde Europa y desde América podemos hacer llamamientos a la paz y al entendimiento entre unos y otros. Podremos condenar el salvajismo y la crueldad de unos y otros pues ambos bandos cometen con frecuencia crímenes de guerra. Pero no podremos cambiar nunca la cruda realidad que tenemos ante nosotros. La realidad de que ninguna solución se atisba a corto plazo para este conflicto. La realidad de que, después de setenta y cinco años de enfrentamientos, la paz en Palestina sigue siendo hoy imposible.









*Palestina es el nombre histórico de la región geográfica limitada por el Mar Mediterráneo al oeste y el río Jordán y el mar Muerto al este. Se ha empleado este término desde época romana. Hoy, esta región se encuentra dividida entre el Estado de Israel y los territorios del Estado palestino de Gaza y Cisjordania. Gran parte de ellos están ocupados por Israel. 

viernes, 6 de octubre de 2023

LAS COSAS CAMBIAN


El profesor Peter Stearns dice que la Historia nos ayuda a entender y aceptar el cambio. Es una de las razones que enumera en su ensayo "Why Study History?" (1998) por las que los alumnos deben estudiar Historia en la educación primaria y secundaria. A fin de cuentas, los orígenes del presente sólo están en el pasado y la transformación, el cambio, es el resultado del simple paso del tiempo. 

Esta idea la comento con mis alumnos adolescentes todos los cursos. Aceptar que las cosas cambian es esencial para comprender el mundo en el que vivimos y nuestra propia vida. Nosotros cambiamos, nuestro entorno cambia y el mundo cambia. Y darnos cuenta de ello nos ayuda a vivir mejor, a aceptar las cosas tal y como vienen. A ser felices, en definitiva, que es de lo que trata esto. Ya saben: Historia, maestra de vida. 

Uno de los temas en la Historia que mejor muestra el cambio, la transformación de la sociedad es el paso de la Edad Antigua a la Edad Media: la caída del Imperio Romano en el siglo V, las invasiones bárbaras, la pervivencia del Imperio Bizantino y el ascenso del Islam (s. VII). Y todo se ve en los primeros temas del segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria. Estudiamos un mundo en transformación, en el paso de la Antigüedad tardía al Medievo, un tiempo en el que Estados que parecían eternos se desmoronan, mientras otros sobreviven y soportan la embestida de nuevos actores históricos.

Cada año les pido a mis alumnos que reflejen su visión de ese mundo cambiante en un cómic de cuatro viñetas. Pueden elegir el tema que prefieran entre estos cuatro: la caída de Roma, las invasiones bárbaras, el reino visigodo o el Imperio Bizantino. Y lo cuentan a su manera. Algunos trabajos son brillantes pero todos reflejan el  momento de cambio del que hablaba. Aquí están algunas viñetas destacadas:

En ésta, un alumno resume brillantemente la situación del Imperio Romano en el siglo V. El bárbaro le dice al soldado romano "¡Ayuda! Dejadnos ser vuestros ciudadanos", mientras el legionario romano responde "No. No sois como nosotros". Las migraciones germánicas transformaron el Imperio, lo sometieron a una terrible presión y provocaron, al final, el colapso de Roma. Un estado de mil años de vida se desmoronó en pocas décadas. Pero la vida (la Historia) continuó en Europa.

Este otro muestra un escenario imponente: en la ciudad de Roma, junto al coliseo, unos soldados romanos se disponen a defender la ciudad del ataque de los vándalos y los visigodos. "Vamos a defender Roma", podemos leer; pero los bárbaros responden: "No, os estáis largando". Unos llegan y otros se marchan, como en nuestra vida. De nada sirve resistirse a los cambios porque son inevitables. Al final, el paso del tiempo es la principal transformación. Y nadie puede resistirse a eso.


Esta alumna habla de Bizancio, la parte del Imperio Romano que sobrevivió mil años a la caída de Roma. Y en una de las viñetas resume de manera magistral ese milenio. Frente a la majestuosa basílica de Santa Sofía, junto a la tumba de Justiniano, un individuo dice: "Justiniano fue un buen emperador, conquistó territorios y construyó edificios. Pero cuando murió, perdimos muchos territorios". Otra muchacha refleja con esta viñeta el fin del Imperio Romano de Occidente. Un emperador niño, Rómulo Augústulo, entrega la corona resignado: "Ahí vas", le dice al símbolo de su poder. 

Al final, parece que los muchachos de doce y trece años que han elaborado estos trabajos comprenden la fugacidad de todo. El Rómulo Augústulo de esta viñeta acepta el destino tal y como viene, sin remedio. Como, seguro, lo acepto el personaje histórico real (a medio camino entre la leyenda y la Historia) cuando el godo Odoacro lo depuso, pero le perdonó la vida en el 476 d.C. 

Todos transmiten una misma idea: lo fuerte se hace débil, lo que parecía indestructible se quiebra y lo inolvidable se olvida. Todo con el tiempo termina. Stearn dice que sólo estudiando el pasado podemos captar por qué esto sucede, por qué las cosas cambian. Tanto en nuestra sociedad como en nuestra vida, creo yo. 

jueves, 24 de agosto de 2023

CREER... Y REZAR


Entro en la diminuta ermita que parece apartada del bullicio que vive la alameda en las tardes de verano. El recogimiento y la oscuridad del templo contrastan con la luz y el fervor del exterior. No hay nadie a pesar del frescor que los gruesos muros protegen frente al calor del estío.

Aquí no entran muchos jóvenes - me dice una voz desde un rincón del templo. No había percibido su presencia. - A ti no te he visto nunca por aquí - prosigue, mientras el contorno de un anciano con bastón sale de la penumbra, iluminado por la luz que entra a través del portón.

- Vengo algunas veces - replico - cuando era niño venía más a menudo. - No lo conozco, pero el anciano me transmite confianza. Lo miro de reojo, esbozando media sonrisa. - Hace muchos años, solía venir con mi abuelo. Él se quedaba aquí y yo pasaba a la capilla. Me decía que rezase un 'Padrenuestro' y que pidiese por mi padre, mi madre, mi hermano, mis abuelos... -

- ¿Y también pedías por ti? - me interrumpe el hombre que ya se encuentra junto a mí, a mi derecha.

- No... Por mí no solía pedir. - contesto con voz entrecortada, bajando los ojos al suelo. No cruzamos las miradas, nuestros ojos se dirigen al frente, hacia la imagen de la Virgen de la Soledad, que es testigo de esta conversación improvisada.

- Y luego, dejaste de venir... Y de rezar... Y de creer... - dice el viejo, empeñado en saber más y más de mí. 

- El tiempo pasa, las cosas cambian. Muchas veces no hace caso a los ruegos y a los rezos... - respondo admitiendo lo que el hombre ha dicho, queriendo excusarme sin razón. 

- Y, sin embargo, aquí estás - inquiere. No sé a dónde quiere llegar, pero la conversación fluye. 

- Sí, aquí estoy. A veces vengo. No a rezar. Hace mucho que no rezo. - Mientras pronunció estas palabras se escuchan los cantos de los pájaros en el exterior y el vocerío de los niños que juegan en el parque. Entonces el diálogo se acelera:

- ¿Y por qué vienes, entonces?

- Este lugar me da paz - respondo.

- Ah, ya entiendo: cuando la vida aprieta, tú vienes aquí buscando paz. ¿Y la encuentras? 

- Más o menos - contesto esbozando media sonrisa - Vengo aquí y pienso en mis cosas, en mis miedos, en mis ilusiones. Miro al futuro con calma. Me ayuda.

- Te entiendo a la perfección, la vida frenética nos obliga, a veces, a detenerla a la fuerza. Cuando nada es seguro, cuando todo puede derrumbarse, al final sólo encontramos tranquilidad en nosotros mismos. Y para llegar a nosotros, necesitamos calma. - explica el anciano, que parece haber captado lo que he insinuado.

Por primera vez en todo el rato nos miramos y reímos. Los ojos del hombre reflejan bondad y honestidad. Entonces, termina diciendo - Eso es rezar... Y creer...  

Sin despedirme, me dirijo a la capilla, como siempre, a ver al Cristo del Humilladero. Miro la imagen con detenimiento y la bella bóveda que la cobija. Hay paz. Siento paz. Poco después, vuelvo a salir. El hombre ya no está. El templo está vacío. No hay nadie excepto yo. Excepto yo.


 

sábado, 5 de agosto de 2023

LA PROFECÍA DEL ÁNGEL REDENTOR




¡La ciudad ha caído! ¡La ciudad ha caído! ¡Alabado sea Dios! - gritan los soldados turcos que ya recorren las laberínticas callejuelas de los suburbios occidentales de Constantinopla. Es el amanecer del 29 de mayo de 1453. Después de una noche de combates, los sitiadores han conseguido abrir varios boquetes en el muro de Teodosio, las imponentes murallas que protegen la ciudad por el oeste. La batalla ha finalizado.

Al oír los gritos victoriosos de sus enemigos, los defensores que aún se afanan en repeler el ataque en otras zonas de la ciudad abandonan sus puestos y huyen. Todo se ha cumplido: por fin, la capital del Imperio Romano de Oriente (el Imperio Bizantino) ha caído. Apenas hay ocho mil bizantinos dentro de su ciudad, sus últimos habitantes cristianos, que esperaban un milagro para evitar, en el último suspiro, la muerte o la esclavitud. Saben bien qué les espera ahora.

En las calles de la antigua Bizancio se desata una carnicería. El sultán turco, el joven Mehmet II, ha permitido a sus tropas saquear la ciudad. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo. Sedientos de riqueza después de varios meses de duro asedio, cien mil soldados otomanos asaltan iglesias, palacios y casas en busca de tesoros: joyas, monedas, baratijas, cualquier cosa les sirve. Constantinopla es saqueada de nuevo, como ya lo fue por los cruzados europeos doscientos años antes. Esta vez, en cambio, la toma de la ciudad es definitiva.

Entre gritos y plegarias a un Dios que parece haberlos abandonado a su suerte, los bizantinos se esconden donde encuentran cobijo. Algunos entran en los templos esperando que los musulmanes respeten los lugares sagrados. No es así. Las mujeres y las niñas son capturadas para engrosar los harenes de los jefes turcos. Los hombres y los niños son enviados como esclavos a otros lugares del Imperio Otomano. Y los ancianos, inútiles para el trabajo, son pasados por las armas. No hay piedad. Es el destino de los vencidos, de los últimos descendientes de los romanos que en otro tiempo dominaron el mundo. Ahora no son nada.

Se producen escenas terribles. La sangre corre por las calles formando auténticos ríos. Los iconos y las reliquias, sacados de las iglesias como si fuesen un arma más contra el invasor, están ahora por los suelos. Los incendios consumen algunos edificios. Hay cadáveres por todos lados. Algunos están mutilados. Entre ellos, hay quien reconoce al último emperador, Constantino XI, que ha muerto heroicamente en el combate.

Para los bizantinos, y para los europeos del siglo XV, Constantinopla aún es "el líder y el ojo del mundo habitado". Y, a pesar de todo, nadie le ha prestado ayuda cuando el emperador la ha pedido a Occidente. Ni Venecia, ni el Papa, ni ningún otro reino de Europa ha atendido las desesperadas demandas de auxilio de la capital del Bósforo. Pero cuando llega el momento decisivo, todos asisten atónitos al funeral del Imperio Romano, al último acto de una historia que se remonta más de mil quinientos años en el tiempo. 

Los bizantinos que huyen de sus perseguidores turcos, que buscan una última oportunidad para escapar, saben que se encuentran solos, que nadie va a ayudarles. Y aún así, a pesar de la desesperación y el miedo; a pesar de que todo está perdido, de que el destino está escrito sin remedio, confían en que Constantinopla sea recuperada para la cristiandad y el Imperio sobreviva.

En medio de una tragedia sin igual en la Historia, en medio del llanto y la desolación, los bizantinos, que se consideran a sí mismos romanos, aún siguen anhelando el resurgir de Roma y de su Imperio como tantas veces ha ocurrido. Y lo único que les queda para mantener la ilusión, lo único que tienen para creer en el futuro, para no sucumbir en la desesperanza, es una profecía. Un simple profecía. Mientras se ocultan de las huestes enemigas, mientras huyen hacia ningún lugar, muchos miran al firmamento buscando aquello que alguien les anunció: cuando la ciudad haya caído, un ángel redentor descenderá del cielo y derrotará definitivamente a los turcos.

Uno de los defensores de Constantinopla, Miguel Ducas, cree en el milagro imposible. Dios todopoderoso enviará un soldado celestial armado con una gran espada y descenderá sobre la columna de Constantino "el Grande", fundador de la ciudad. Los otomanos serán aniquilados y el trono será entregado a un hombre humilde y sencillo que se convertirá en emperador, en el nuevo basileus. El Imperio será restaurado y volverán tiempos de gloria y poder. Es la ultima profecía de los bizantinos. El último milagro que esperan.

Todo ha terminado. Ya no hay batalla. Los enemigos están dentro de la ciudad. Acaban de llegar a Santa Sofía, la gran basílica construida por Justiniano que pronto se convertirá en mezquita. Todo está perdido. Pero aún así, a pesar del terror paralizante, de la tristeza por lo perdido y de la desilusión, hay quien confía en que todo irá bien. Hay quien, a pesar de todo, se resiste a perder uno de los grandes motores de la vida. Hay quien, incluso al final, tiene esperanza.

sábado, 22 de julio de 2023

OPPENHEIMER: AYER, HOY, MAÑANA


"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos"

R. Oppenheimer


Las tres horas de "Oppenheimer" descubren a un hombre desconocido, alumbran el mundo en el que vivimos y plantean un dilema moral ajeno a muchos de nosotros hasta ahora. Se trata de un thriller histórico que te mantiene expectante hasta el último minuto y va más allá del (ya de por sí trepidante) desarrollo de la bomba atómica.

Robert Oppenheimer murió en 1967, pero no hace falta decir que su influencia se extiende hasta el presente. En un contexto internacional actual, en el que el dictador ruso amenaza directamente con el uso del armamento nuclear en la guerra de Ucrania, la figura del llamado "padre de la bomba atómica" no es en ningún caso insignificante. Oppenheimer es uno de los personajes más destacados del siglo XX, aunque sea desconocido para los individuos del XXI.

El mundo en el que vivió Oppenheimer era muy diferente al actual, pero cambiante, como este. Cuando empezó a trabajar en el Proyecto Manhattan (que daría a luz a la bomba atómica) corría el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Los enemigos de EE.UU. eran los nazis, que estaban desarrollando su propio armamento nuclear. Los soviéticos eran, entonces, unos aliados incómodos, pero aliados, al fin y al cabo. Pocos años después, derrotada Alemania y muerto Hitler, fue la Unión Soviética el gran enemigo de EE.UU. y con quién habían de competir por el desarrollo de armas cada vez más destructivas. Los tiempos cambian; los enemigos, también.

La película plantea el dilema moral sobre el uso de la bomba atómica. Oppenheimer, líder del equipo de científicos que la desarrolló, se opuso, después, a su uso y apostó abiertamente por la negociación entre las naciones para detener una carrera armamentística que podría destruir el mundo. Fracasó, como es sabido. Y, además, le granjeó enemigos personales, como Lewis L. Strauss. Nuestro protagonista fue, no obstante, un hombre controvertido, pues estuvo vinculado al Partido Comunista en sus años jóvenes, algo intolerable en los Estados Unidos de los años 50.

¿Estuvo justificado el uso de la bomba atómica contra Japón en agosto de 1945? Esta es la gran pregunta imposible de contestar. Por supuesto, la película no lo hace. ¿Hasta qué punto fue responsable Oppenheimer de la muerte de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki?

La Física cuántica, el mal y la culpa recorren la película de principio a fin. De la primera no voy a hablar; de las otras dos, un poco. El mal lo impregna todo, desde el desarrollo de la bomba atómica en el laboratorio de Los Álamos hasta las acusaciones de traición contra Oppenheimer por sus actuaciones filocomunistas décadas antes. Y, junto al mal, la culpa por todo ello: por el desarrollo de un arma tan destructiva, por el uso de la bomba atómica sobre Japón y por las simpatías hacia el comunismo en otros momentos de la existencia. El pasado impregna el presente y el futuro.

La idea que obsesiona a Oppenheimer durante toda la cinta es la posibilidad de que la detonación genere una reacción en cadena que afecte a la atmósfera y provoque la destrucción del mundo. "¿Me está diciendo que hay una probabilidad de que al pulsar ese botón destruyamos el mundo?". Al final, Oppenheimer se da cuenta de que la reacción en cadena se ha producido: una carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética por producir armas cada vez más mortíferas que él intentó detener si éxito.

Hoy, en pleno siglo XXI, esa reacción en cadena sigue imparable. Además de Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte poseen cabezas nucleares. ¿Quién será el siguiente? 






PARA LEER MÁS: "Nunca más debemos repetir la devastación de la guerra" (15 de agosto de 2015)

martes, 18 de julio de 2023

CITAS


Un café solo con hielo, por favor - pido al camarero en esta calurosa tarde de julio. Enseguida lo sirve. Antes de verter el café en el vaso con los hielos abro el sobrecito del azúcar. Luego mis ojos se fijan en la cita que tiene impresa y no puedo evitar esbozar una tímida sonrisa: "La vida es como montar en bicicleta, para mantener el equilibrio no hay que dejar de pedalear. Albert Einstein."

En una sociedad de eslóganes, titulares y tuits, las citas y las frases al estilo Mr. Wonderful son recurrentes. Están en todas partes. En realidad, cualquiera de estas frases sirve para todos pues todos podemos aplicárnoslas en un sentido u otro. Nos persiguen en las redes sociales, en los anuncios o incluso en los sobrecitos del azúcar, pero, aún así, cuando las leemos parece que alguien las puso ahí para nosotros.

De camino a casa suena una canción en la radio del coche. La conocía, pero hacía tiempo que no la escuchaba. Mi mente la había olvidado, pero ahora parece que alguien cree que es momento de recuperarla. Y encaja. Una estrofa dice: "Yo te confieso que no me arrepiento. Y aunque estoy sufriendo, podría ser peor..." Ahí es nada. Mis acompañantes hablan despreocupadas, pero esas palabras de Morat y Juanes me llegan a lo más profundo. Igual que las de Einstein.

Parece que la vida, con sus citas caprichosas, manda mensajes que alivian a uno por momentos, como píldoras contra una enfermedad. Corren semanas malas, desde luego. Semanas de preguntas sin respuestas.

Ya en casa, repaso en la estantería los libros que allí esperan, que llevan esperando pacientemente demasiado tiempo a que les atienda. No ha sido posible, al menos, hasta ahora. Aún tienen que esperar algo más, me temo. Al coger uno de ellos, cae una nota al suelo en la que escribí hace unos meses una frase del "Quijote". Otra cita dichosa que se empeña en cruzarse en mi camino hoy: "Uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son..." le dice en el Capítulo XVIII "el de la Triste Figura" a su escudero Sancho.

Claro que Cervantes pone esta frase en boca de don Quijote justo en el momento en el que el loco de la Mancha va a batir un rebaño de ovejas y cabras convencido de que se trata de un gran ejército enemigo. La frase, no obstante, no pierde un ápice de verdad porque don Quijote es un idealista y lucha aunque todo esté en contra. Da la sensación de que el destino tiene interés especial en que lea yo estas citas en este momento, y actúa como Pulgarcito con sus migas de pan en el bosque. 

Y luego están las frases de autoayuda que inundan las redes sociales, que proliferan en Instagram, en Twitter, en WhatsApp... Y todas sirven para las situaciones más variadas, aunque, insisto, son perfectas para que cada uno se las aplique a sí mismo le ocurra lo que le ocurra. Por la noche, en el periplo errante por estas aplicaciones, leo una frase con atención: "No te hagas responsable de los sentimientos de otros." Frunzo el ceño, molesto con semejante afirmación. Es cierta, en el fondo, aunque no guste. 

Sigo pasando tuits en un movimiento de pulgar inconsciente, de abajo a arriba. Tropiezo entonces con otro hilo de frases célebres, aunque no sé si alguien célebre las pronunció. Me temo que no. La mayoría son lugares comunes, cosas obvias. Nadie importante las dijo nunca, pero casi todos las hemos pensado a veces. Las leo rápido, una tras otra, como queriendo evitar que una de ellas atrape mi mente y la zarandee más. Entonces, llego a la última y caigo en la trampa: "Cuando la gente sabe que hizo mal, te evita." 

Era lo que me faltaba por leer hoy. Me voy a la cama.