Páginas

martes, 18 de julio de 2023

CITAS


Un café solo con hielo, por favor - pido al camarero en esta calurosa tarde de julio. Enseguida lo sirve. Antes de verter el café en el vaso con los hielos abro el sobrecito del azúcar. Luego mis ojos se fijan en la cita que tiene impresa y no puedo evitar esbozar una tímida sonrisa: "La vida es como montar en bicicleta, para mantener el equilibrio no hay que dejar de pedalear. Albert Einstein."

En una sociedad de eslóganes, titulares y tuits, las citas y las frases al estilo Mr. Wonderful son recurrentes. Están en todas partes. En realidad, cualquiera de estas frases sirve para todos pues todos podemos aplicárnoslas en un sentido u otro. Nos persiguen en las redes sociales, en los anuncios o incluso en los sobrecitos del azúcar, pero, aún así, cuando las leemos parece que alguien las puso ahí para nosotros.

De camino a casa suena una canción en la radio del coche. La conocía, pero hacía tiempo que no la escuchaba. Mi mente la había olvidado, pero ahora parece que alguien cree que es momento de recuperarla. Y encaja. Una estrofa dice: "Yo te confieso que no me arrepiento. Y aunque estoy sufriendo, podría ser peor..." Ahí es nada. Mis acompañantes hablan despreocupadas, pero esas palabras de Morat y Juanes me llegan a lo más profundo. Igual que las de Einstein.

Parece que la vida, con sus citas caprichosas, manda mensajes que alivian a uno por momentos, como píldoras contra una enfermedad. Corren semanas malas, desde luego. Semanas de preguntas sin respuestas.

Ya en casa, repaso en la estantería los libros que allí esperan, que llevan esperando pacientemente demasiado tiempo a que les atienda. No ha sido posible, al menos, hasta ahora. Aún tienen que esperar algo más, me temo. Al coger uno de ellos, cae una nota al suelo en la que escribí hace unos meses una frase del "Quijote". Otra cita dichosa que se empeña en cruzarse en mi camino hoy: "Uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son..." le dice en el Capítulo XVIII "el de la Triste Figura" a su escudero Sancho.

Claro que Cervantes pone esta frase en boca de don Quijote justo en el momento en el que el loco de la Mancha va a batir un rebaño de ovejas y cabras convencido de que se trata de un gran ejército enemigo. La frase, no obstante, no pierde un ápice de verdad porque don Quijote es un idealista y lucha aunque todo esté en contra. Da la sensación de que el destino tiene interés especial en que lea yo estas citas en este momento, y actúa como Pulgarcito con sus migas de pan en el bosque. 

Y luego están las frases de autoayuda que inundan las redes sociales, que proliferan en Instagram, en Twitter, en WhatsApp... Y todas sirven para las situaciones más variadas, aunque, insisto, son perfectas para que cada uno se las aplique a sí mismo le ocurra lo que le ocurra. Por la noche, en el periplo errante por estas aplicaciones, leo una frase con atención: "No te hagas responsable de los sentimientos de otros." Frunzo el ceño, molesto con semejante afirmación. Es cierta, en el fondo, aunque no guste. 

Sigo pasando tuits en un movimiento de pulgar inconsciente, de abajo a arriba. Tropiezo entonces con otro hilo de frases célebres, aunque no sé si alguien célebre las pronunció. Me temo que no. La mayoría son lugares comunes, cosas obvias. Nadie importante las dijo nunca, pero casi todos las hemos pensado a veces. Las leo rápido, una tras otra, como queriendo evitar que una de ellas atrape mi mente y la zarandee más. Entonces, llego a la última y caigo en la trampa: "Cuando la gente sabe que hizo mal, te evita." 

Era lo que me faltaba por leer hoy. Me voy a la cama.



sábado, 3 de junio de 2023

EL INSTANTE DECISIVO


En estos días de junio, de finales de curso, de tormentas y de emociones revueltas, uno parece asomarse, irremediablemente, al abismo. Y mis pensamientos se cruzan con demasiada frecuencia con las palabras del austríaco Stefan Zweig. En el prólogo de su más célebre obra, 'Momentos estelares de la humanidad', sintetizó de manera magistral lo que es la Historia y la vida:

"Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide."

Y es que en la Historia, el tiempo pasa, en su mayor parte, sin sobresaltos destacables, sin que nada relevante suceda, y así durante años, durante décadas, durante siglos. Y, de pronto, algo extraordinario rompe esa monotonía y lo cambia todo, lo decide todo e impulsa a las sociedades hacia el futuro. Generaciones enteras dependieron (y dependen aún) de lo que ocurrió en esos instantes concretos que, como dejó escrito Zweig, pudieron ser un día, una hora o, incluso, un minuto en la inmensidad del tiempo. Baste recordar aquel 9 de mayo de 1453, el 12 de octubre de 1492 o el 11 de noviembre de 1918. Instantes, todos ellos, determinantes del pasado.

Esta reflexión sirve también para la vida. Podríamos definirla como el tiempo que transcurre entre los momentos decisivos de nuestra existencia, que, a menudo, no son más que un puñado de instantes. A veces, durante días, semanas o años, nada extraordinario nos sucede, pero, entonces, parece que la energía acumulada en ese tiempo se comprime en un punto que lo decide todo. Es como si en esos momentos diésemos una patada al tiempo, en una dirección u otra, pero siempre hacia adelante.

Pero esos instantes esenciales de la vida son, a veces, el resultado de un largo proceso que se prolonga en el tiempo. Igual que en la Historia, todos los acontecimientos tienen sus causas remotas y cercanas. Igual que nada se puede comprender sin atender a sus antecedentes, a sus orígenes y su detonante, en nuestra vida ocurre lo mismo. La mayor parte de esos instante decisivos son fruto de decisiones meditadas, resultados de planes bien trazados. Otros, en cambio, son hijos de la fortuna y el azar, que interviene, sin que nadie la llame, en la vida de unos y otros. 

Uno se detiene a pensar por un momento los instantes decisivos que marcan la vida de una persona. Uno piensa, por ejemplo, en el nacimiento de un hijo, que lo cambia todo. Y también en el lapso fugaz en el que conoces al amor de tu vida. El instante en el que firmas la compra de tu casa. También la muerte de un padre o de una madre es determinante. Y, mucho más, la muerte de un hijo.

Y también son instantes decisivos el final de una etapa, sea cual sea, a nivel personal, académico o laboral. También, el primer día de trabajo. Y el último. El momento en el que vas a realizar el examen que podría cambiar tu vida y para el que llevas estudiando demasiado tiempo. Y la entrevista de trabajo en la que, por fin, sonríe la suerte. Un momento clave también es aquel en el que uno, consigo mismo, toma una decisión que le ha costado mucho. Un paso adelante arriesgado, o no, pero dado con arrojo y valentía. Todos cambian a una persona, la impulsan hacia adelante, la ayudan a construir su vida. 

Esos instantes nos pueden zarandear más de lo que imaginamos. Casi nos pueden hacer zozobrar, como si fuésemos navíos en medio de la tempestad. Pero, después, más tarde o más temprano, siempre vuelve la calma, la monotonía. Y la energía desatada en ese punto que lo alteró todo se disipa por un tiempo, hasta que las circunstancias confluyan de nuevo en otro momento determinante. 

En medio del fragor de esos momentos tan dramáticos, tan cruciales, no sabemos, a veces, si el resultado será mejor o peor, si será bueno o malo. Lo que está claro es que lo cambian todo irremediablemente, abren nuevos caminos y despejan nuestros límites, creando otros. Otra vez, las palabras de Zweig,  "un único 'sí', un único 'no', un 'demasiado pronto' o un 'demasiado tarde' hacen que ese momento sea irrevocable...". El abismo al que uno se asoma y que puede cambiarlo todo.


viernes, 5 de mayo de 2023

MAMÁ


Tantas cosas tendría que decirte hoy y todos los días, que no sería suficiente con este texto. No es que el primer domingo de mayo tenga algo especial para mí. Nunca lo tuvo, bien lo sabes. Los sentimientos de un día (tan frecuentes en estos tiempos) son hipócritas, como el mundo en el que vivimos. Por eso publico esto hoy, y no mañana. Pero hace unos días, al ver, como siempre, tu fotografía en un lugar destacado de la sala, un impulso salido del corazón me hizo escribir estas líneas que siguen. Quizá puedas leerlas desde algún lado.

Te echo tanto de menos. Me haces tanta falta. Cada día, cada hora. Uno de los primeros pensamientos todas las mañanas es para ti. Y, también, uno de los últimos, cada noche. Da igual que el tiempo pase, que haya cambiado, y que otras ideas invadan mi mente, más tumultuosa ahora que antes. Da igual. Tú siempre estás ahí, dentro de mí. Y me acompañas en cada minuto, en cada acierto, en cada error.

Ha pasado más de un lustro. ¡Y han ocurrido tantas cosas desde entonces! Algunas, malas. La gran mayoría, tan buenas que al recordarlas se me inundan los ojos de lágrimas. Pero son de emoción, no vayas a pensar mal. No sabía cómo puede cambiar la vida en tan poco tiempo. Y la vida hace que uno también cambie por completo, que evolucione y crezca. Aquel 2018 me arrancó un trozo de mí, pero también me dio vida. Tantas metas se han logrado en este tiempo. Tantos sueños se han hecho realidad. ¡Y cuántos nuevos caminos se han abierto! ¡Cuántas nuevas ilusiones han aparecido sin esperarlas!

Si me vieses entrar al instituto cada día, entenderías todo. Ojalá supieses cómo disfruto en cada clase, en cada instante delante de la pizarra. Ojalá pudiese contarte los momentos de risas, de enfados, de preocupación, de alegría, de emoción. ¡Me acuerdo tanto de lo que tú disfrutabas con tus niños! Ojalá pudiese decirte lo inmensamente feliz que soy, igual que tú, en un aula.

No sabes tampoco cuánto te necesito en otros momentos. No sabes lo que daría por poder hablar contigo cuando los nervios, la indecisión y el miedo se apoderan de mí. Sigo necesitando tu silencio, tus miradas y tu voz pausada que tanto calmaba mis ánimos alterados. Hubo un tiempo en el que creí haber madurado tanto que no los necesitaría más, que los había olvidado, pero me equivocaba. Daría lo que fuera por tenerlos otra vez. Te necesitaré siempre.

En los momentos de confusión, de duda contemplo a solas tu fotografía, esa en la que miras tan intensamente a la cámara que pareces intuir lo que mi mente guarda en secreto. E imagino qué pensarías tú, qué me dirías, cómo actuarías. A veces, me resulta tan fácil adivinar cuáles serían tus palabras... Otras, en cambio, me es imposible intuir hacia dónde guiarías mi camino. Es como si te quedases muda dentro de mí.

Y entonces cojo un pequeño papel arrugado con unas bellas frases que alguien escribió sobre ti cuando te perdimos. Las he leído tantas veces que casi me las sé de memoria. Una de ellas dice: "Nos enseñaste que la discreción, la prudencia y la sensatez son la mejor manera de vivir y de afrontar las cosas". Y me repito a mí mismo, una u otra vez, con insistencia y con alivio: "la discreción, la prudencia y la sensatez".


Mayo de 2023

martes, 25 de abril de 2023

UN MAR DE ESTUPIDEZ

24 de abril de 2023. Entro en la clase de 2° de Bachillerato. Estamos estudiando el Franquismo estos días. Para ilustrar el modelo de sociedad que quería la dictadura hoy muestro a los alumnos "El Parvultito", uno de los manuales de Antonio Álvarez que se empleaba en las escuelas de primeras letras en los años 50, 60 y 70. 

Abro el libro por una página en la que aparecen dos grandes retratos. A la izquierda, Franco; a la derecha, José Antonio Primo de Rivera. Muestro las páginas y luego leo el texto, que, por supuesto, no deja indiferentes a los muchachos. Esto me da pie a hablar de ambos personajes, de la relación que mantuvieron y del simbolismo del "Ausente" para el régimen. Les recuerdo la consigna: "José Antonio Primo de Rivera, ¡Presente!" y les hablo del culto al mártir durante la dictadura, a pesar de las muchas diferencias que lo separaban de Franco. 

Página de "El Parvulito"

Me doy cuenta de que justo esta mañana están exhumado sus restos del antiguo Valle de los Caídos, ahora rebautizado como Valle de Cuelgamuros en virtud de la Ley de Memoria Democrática. Les pido que, por una vez, presten un poco de atención a las noticias. Aunque la familia Primo de Rivera ha pedido que el traslado de los restos se haga en la intimidad, es previsible que la atención mediática se centre en la figura del fundador de Falange hoy. Mis alumnos me miran interesados. Su atención siempre es mayor cuando hablamos de algo relacionado con la actualidad.

Luego llego a casa y veo, con poca sorpresa, que durante toda la mañana, las televisiones han hablado de Primo de Rivera. Por casualidad, las clases de Historia de España y la actualidad se han tocado en este día de primavera. Pero, después, llega la desilusión. 

Esta misma mañana, mientras yo explico en clase quién fue José Antonio Primo de Rivera, hablan de él en un programa de la televisión pública. Reporteros, tertulianos y polemistas de tres al cuarto disertan sobre la Ley de Memoria Democrática, sobre la figura histórica que les ocupa y sobre la necesidad de trasladar sus restos desde el Valle de Cuelgamuros a otro lugar. Y, mientras, en un enorme pantallón que hay detrás de ellos aparece una fotografía del dictador Miguel Primo de Rivera, padre del susodicho. Nadie se percata del error. Probablemente, nadie sabe lo suficiente como para darse cuenta. Probablemente, un reportero ha buscado "Primo de Rivera" en Google y ha cogido la primera foto que le ha aparecido, la del padre, sin saber que estaban hablando de su hijo. No sabe ni quién es el uno ni quién es el otro. Y le importa poco.

Programa "Hablando Claro" de TVE1 (24/04/2023)

Esta misma mañana, muchos diarios digitales hablan también de Primo de Rivera. Incluso algunos periódicos deportivos, como "Marca", publican en sus páginas web textos sobre su figura. No sé quién los escribe, pero es fácil adivinar su lucidez mental. Precisamente, en el del diario "Marca", destacan que "cogió el poder en 1933" y "lo perdió en 1936". Al leerlo, no llego a entender a qué se refiere. Está contando una mentira, pero da igual. No hace falta decir que si esto fuera un examen, quedaría invalidada la pregunta. Pero aquí, miles de personas leen el texto. Algunas, más de las que imaginamos, se creerán que, en efecto, José Antonio gobernó el país, aunque sea falso. (El artículo ya no está disponible en la web).

Página web de "Marca" (24/04/2023). 
El artículo fue retirado poco después de su publicación

Ambos ejemplos son muestras del punto al que estamos llegando como sociedad. Una sociedad en la que todo da igual, en la que todo vale. Como la información y el conocimiento se reducen a un tuit, a un eslogan o a un vídeo de 30 segundos (más no porque perdemos la atención), nuestro mundo está lleno de medias verdades, de verdades a medias o de simples mentiras. Y no pasa nada. Y todo da igual. 

¿A nadie se le ocurre comprobar si la foto que van a emitir en pantalla es del padre o del hijo? ¿Alguien en la sala sabe que hubo un Miguel Primo de Rivera (dictador) y un José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange)? ¿Alguien es capaz de asumir que no está capacitado para escribir un texto sobre Primo de Rivera porque no tiene ni idea de quién fue? Parece ser que no. Todos valemos para todo y todos podemos hacer de todo sin pensar mucho. 

El resultado es una sensación de absoluta indefensión. Mientras uno se afana por transmitir el pasado de la manera más honesta posible en un aula, en el mundo real todo son banalidades, ideas generales y mentiras. Ya no hay espacio para el conocimiento pausado, para la duda, la reflexión. Todos nos creemos poseedores de la verdad absoluta y la imponemos en Twitter, en Instagram, en la barra del bar o en un plató de televisión, aunque nuestra verdad sea, simplemente, una mentira. Y con ello creamos un mar de dudas, de inseguridad, donde el rigor no tiene cabida. La masa ignorante acoge estas mentiras con avidez, sin cuestionarlas. Y uno, al final, acaba teniendo la convicción de que en este mundo ya no cabe un tonto más. 

En el año 2003, poco antes de morir, el hispanista francés Pierre Vilar concedió una entrevista. A la pregunta "¿Para qué sirve la Historia?", el historiador respondió: "La Historia sirve, en primer lugar, para leer un periódico". Podríamos actualizar la respuesta: el conocimiento histórico sirve para descubrir la verdad en el mar de mentiras de Twitter, Instagram, TikTok, la prensa y la televisión. La Historia es, en definitiva, la pequeña balsa que impide que te hundas en la estupidez. 

jueves, 30 de marzo de 2023

DOCENTES

A veces hay que detenerse un instante para poder continuar con más fuerza. Y detenerse implica parar a pensar en lo que uno hace y por qué lo hace. A veces, con este propósito, abro un gran álbum donde conservo fotografías de los últimos años. Muchas de ellas recuerdan a alumnos y compañeros, me recuerdan a qué me dedico, en qué invierto mi vida.

Y el punto de apoyo que suponen las imágenes me hace volar al pasado y recordar con emoción momentos, historias vividas. La mente reconstruye con precisión aquellos instantes pretéritos, algunas veces de una forma tan nítida que parecen presente, aunque ya no existan. Y uno se da cuenta de la relevancia de su cometido, de que el trabajo de uno no es banal. Y uno recuerda también a tantos compañeros, a tantos alumnos.

Viene a mi mente aquel profesor que impartía clases de repaso fuera de su horario laboral. Y aquella otra que se afanaba en corregir exámenes en una estación de tren para tenerlos listos el día siguiente. Y recuerdo, también, cuántas veces he resuelto yo mismo dudas en fin de semana y en periodo vacacional, interrumpiendo mi descanso.

Se cruzan en mi memoria aquellos profesores que preparan con entusiasmo una excursión. Y aquellos otros que se ofrecen a acompañar a los alumnos en un viaje de estudios. Me estremezco al pensar en esas jornadas maratonianas llenas de tensión y nervios en un país extranjero. Y el temor ante cualquier imprevisto que pueda suceder. Me acuerdo también de los que pagan de su bolsillo el material escolar del alumno que lo necesita sin esperar nada a cambio. Sin esperar, siquiera, un “gracias”.

Y es que la educación va más allá de impartir contenidos o evaluar competencias. La educación son vivencias, sinergias. Es una transmisión constante de energía, de vida. El docente siembra sin saber si las semillas van a germinar, pero tiene fe en cada una de ellas. El docente puede cambiar el destino de un alumno en una lección de cincuenta minutos, puede abrirle los ojos, alumbrarle su futuro, descubrirle el mundo.

Y entonces son los alumnos los que se cruzan en la memoria. La media sonrisa de aquel tímido que no se atreve a decirte nada. El alumno que te saluda cada vez que te ve por los pasillos, aunque esto ocurra diez veces al día. El gesto del que no te saluda. Los ojos despiertos y avergonzados del chaval al que acabas de regañar. Veo miradas de complicidad, de enfado, de indignación, de gratitud. Veo ojos que piden auxilio, que piden consuelo, que reclaman atención. Veo alumnos que no quieren que acabe la clase. Veo alumnos llorar desconsolados al despedirse de un profesor a final de curso.

Pero también recuerdo a profesores llorar con amargura por no poder hacer bien su trabajo. A docentes sufrir amenazas directas o veladas. He visto a algunos perder los nervios ante el boicot constante de su clase. He visto acusaciones infundadas de discriminación y de animadversión. Esto también es el día a día del docente. En un instituto, uno se tropieza, sin quererlo, con constantes lecciones de humanidad, de la buena y de la mala.

Sólo entrar en el instituto cada mañana supone un bucle de quehaceres frenético que lo sumerge en una espiral de emociones continua en la que el tiempo pasa lento y deprisa a la vez. Un buen grupo de alumnos puede hacer que el enseñante se abstraiga por completo de la realidad exterior, que se pare el mundo de afuera durante el tiempo que dura una sesión. Porque pocos lugares tienen la capacidad de detener el tiempo, de eclipsar problemas y crear otros nuevos. Y uno de ellos es el aula.


lunes, 20 de marzo de 2023

FE DE AYER Y DE HOY

"Piedad", de Gregorio Fernández, s. XVII


Caminamos por una céntrica calle de Valladolid. Se acerca el final del invierno y se nota: tan pronto llueve, tan pronto sale el sol. La temperatura es agradable, pero la lluvia, incómoda. No la esperábamos. "Aquí nunca llueve" nos había dicho una de mis acompañantes. Eso no nos impide recorrer la ruta que teníamos prevista. Entre modernas y luminosas tiendas encontramos un pasaje que nos lleva a un antiguo convento conocido como "las Francesas". Hoy es una sala de exposiciones. Enfrente se encuentra un centro comercial homónimo. Son el ayer y el hoy de una ciudad.


Como no cesa de llover y el ambiente es desagradable, entramos en la antigua iglesia. Nos sorprende una exposición sobre Juan de Juni, uno de los genios de la escultura castellana del siglo XVI. Sin darnos cuenta, hemos salido del bullicio del siglo XXI para entrar en el recogimiento y la religiosidad de un tiempo pasado. Las tallas del artista hispano-francés nos contemplan: un imponente Cristo Resucitado, una Piedad, la cabeza de San Juan Bautista. 


"Cristo crucificado" de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Una de las obras llama mi atención. Se trata de un Crucificado de reducidas dimensiones. La sala no está llena y eso me permite acercarme para contemplar el virtuosismo del autor. Es uno de los grandes artistas del Manierismo español. Al día siguiente, contemplo más obras suyas en el Museo Nacional de Escultura, que alberga algunas maravillas de la escultura castellana de los siglos XVI y XVII.

En el Entierro de Cristo observamos con claridad el paso del idealismo renacentista al naturalismo barroco. Los rostros, realistas, nos muestran los sentimientos de los personajes atormentados y nos hacen sufrir con ellos.

"Entierro de Cristo", de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Es, sin embargo, con Gregorio Fernández cuando el naturalismo castellano alcanza su máximo desarrollo. Algunas de sus obras son las joyas del museo. "Me da miedo" me dice una amiga al contemplar el Cristo yacente. Es precisamente el sentimiento que quería despertar en el espectador el escultor gallego. Sus imágenes muestran sangre y heridas, muecas de sufrimiento y dolor. Nada tiene que ver esto con la idealización de la escultura renacentista. Es barroco puro del siglo XVII castellano. Aquí está el alma de la Contrarreforma católica, el alma de la España del XVII.

"Cristo yacente", de Gregorio Fernández, s. XVII.

Las imágenes de Gregorio Fernández conmueven a quien las contempla. La perfección de la talla abruma y el patetismo estremece. Despierta sentimientos enfrentados. Ese es el objetivo del barroco. Eso logra también la conocida Piedad, que procesiona en la Semana Santa vallisoletana. La delicadeza con que representa a la Virgen con su Hijo muerto no oculta su sufrimiento, que logra transmitirnos al contemplarla fascinados. 

"Virgen de las Angustias", de Juan de Juni, s. XVI.

Queda poco para la Semana Santa y eso influye en el ambiente. La atmósfera religiosa lo envuelve todo. La ciudad huele a Semana Santa, aunque aún estamos en mitad de la Cuaresma. Algunas obras del Museo Nacional de Escultura procesionarán en una exhibición de exaltación religiosa y belleza artística sin igual en el mundo. Las tallas de Juan de Juni y Gregorio Fernández, elaboradas en madera policromada, recorrerán las calles despertando el fervor del pueblo. Igual que hicieron en el siglo XVII lo hacen en el siglo XXI, como si el tiempo no hubiese pasado.  

Entre las joyas más preciadas de la Semana Santa vallisoletana destaca la Virgen de las Angustias, de Juan de Juni, que abandona su templo frente al Teatro Calderón para procesionar el Martes Santo hasta encontrarse con su Hijo en la calle de la Amargura. También la Virgen de la Vera Cruz será sacada de su iglesia por su cofradía penitencial, como ha hecho desde el siglo XVII. La Virgen de la Vera Cruz es obra de Gregorio Fernández.

"Virgen de la Vera Cruz", de Gregorio Fernández, s. XVII.

En todos los casos, la pobreza de los materiales empleados en las imágenes (madera) no impide percibir la sublime destreza de estos genios de la escultura. Por eso sobrecogen al espectador hoy igual que lo hicieron hace cuatrocientos años. Uno recorre las iglesias del centro de Valladolid y tiene la sensación de viajar al corazón de España. Parece alcanzar sus raíces religiosas más profundas. Estas esculturas te agitan el alma, y más allá de las creencias propias, transmiten una fe compartida por las gentes de todos los tiempos.  

"El Descendimiento", de Gregorio Fernández, s. XVII.

domingo, 5 de febrero de 2023

GRANDES HOMBRES, PEQUEÑOS HOMBRES





Nikita Jruschov y Jackie Kennedy


A finales de noviembre de 1963, la primera dama viuda de Estados Unidos, Jackie Kennedy, pasaba sus últimas noches en la Casa Blanca. Eran días terribles para su familia, de una desesperación tormentosa. Su marido, John F. Kennedy, había sido asesinado el día 22 de ese mes en Dallas, Texas. El magnicidio había impresionado al mundo entero y había destrozado su familia. 

En aquellos turbulentos instantes, Jackie Kennedy escribió una breve y emotiva carta al líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov. Firmada el primero de diciembre de 1963, apenas nueve días después del asesinato, la viuda quiso agradecer al líder soviético las muestras de cariño que había recibido. El embajador soviético asistió al funeral en Washington y la esposa de Jrushchov abandonó entre lágrimas la embajada estadounidense en Moscú tras firmar en el libro de condolencias. 

John F. Kennedy y Nikita Jruschov eran adversarios políticos, líderes de las dos superpotencias que se repartían el mundo. Sus personalidades eran también muy diferentes. El norteamericano era un galán atractivo y culto, perteneciente a la high class de Estados Unidos. Jruschov había nacido en una familia pobre de Rusia y tenía un temperamento impulsivo y brutal. Estas diferencias no les impidieron buscar un entendimiento incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, como la Crisis de los Misiles (octubre de 1962). 

En su misiva, enviada después de los funerales de su marido, Jackie Kennedy destaca todo ello. Y anima al líder soviético a continuar las relaciones cordiales con el nuevo presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson. Una de las frases de la carta llama la atención por la profunda sinceridad con la que está escrita:

"Mientras los grandes hombres son conscientes de cuán necesarios son el autocontrol y la contención, a veces los pequeños se dejan llevar por el miedo y el orgullo."

Jackie Kennedy destaca aquí el valor de la prudencia en aquellos cuyo destino es dirigir el mundo. Dice: "El peligro que inquietaba a mi esposo era que la guerra podían empezarla no tanto los grandes hombres como los pequeños." Aludía a la necesidad de evitar a toda costa una guerra entre las dos superpotencias que llevaría, inevitablemente, a la destrucción del planeta. 

Pero con estas palabras, la primera dama da también una lección de vida. ¡Cuántas veces son necesarias la templanza y la sangre fría en la vida diaria! ¡En cuántas ocasiones la altura de miras y la serenidad nos permiten lograr grandes metas!

La impaciencia y la impulsividad pueden provocar, según Jackie Kennedy, las peores tragedias imaginables. Y por eso se deben prevenir los impulsos irracionales propios de mentes poco despiertas, de pequeños hombres que se dejan llevar por instintos incontrolables. En la vida ocurre algo así también. Los deseos desenfrenados, viscerales nos hacen, algunas veces, errar y nos alejan de las metas marcadas.

La inteligencia, sin embargo, nos obliga a actuar con esmero y sobriedad. La prudencia es, en todos los casos, una virtud porque evita decisiones irreflexivas y precipitadas. Las grandes empresas de nuestra vida requieren esfuerzo y grandes dosis de moderación y prudencia para elegir los caminos y las estrategias acertadas. La toma de decisiones (de cualquier decisión) lleva su tiempo y requiere una reflexión previa que debe ser más o menos profunda dependiendo de la magnitud de la meta a la que nos enfrentemos. 

Eso es, en definitiva, lo que diferencia a los "grandes hombres" de los "pequeños", según Jackie Kennedy: la capacidad para valorar la situación en la que estamos, estudiar la metas que queremos lograr y actuar en consecuencia. Los "grandes hombres" son capaces de hacerlo, actúan con mesura y culminan con éxito su trabajo. Los "pequeños hombres" se apresura, actúan instintivamente, y fracasan, poniendo en riesgo, también la ilusión que acompaña cualquier proyecto, cualquier designio. De nuevo, la Historia nos da una lección de vida.