viernes, 5 de mayo de 2023
MAMÁ
martes, 25 de abril de 2023
UN MAR DE ESTUPIDEZ
jueves, 30 de marzo de 2023
DOCENTES
A veces hay que detenerse un instante para poder continuar con más fuerza. Y detenerse implica parar a pensar en lo que uno hace y por qué lo hace. A veces, con este propósito, abro un gran álbum donde conservo fotografías de los últimos años. Muchas de ellas recuerdan a alumnos y compañeros, me recuerdan a qué me dedico, en qué invierto mi vida.
Y el punto de apoyo que suponen las imágenes me hace volar al pasado y recordar con emoción momentos, historias vividas. La mente reconstruye con precisión aquellos instantes pretéritos, algunas veces de una forma tan nítida que parecen presente, aunque ya no existan. Y uno se da cuenta de la relevancia de su cometido, de que el trabajo de uno no es banal. Y uno recuerda también a tantos compañeros, a tantos alumnos.
Viene a mi mente aquel profesor que impartía clases de repaso fuera de su horario laboral. Y aquella otra que se afanaba en corregir exámenes en una estación de tren para tenerlos listos el día siguiente. Y recuerdo, también, cuántas veces he resuelto yo mismo dudas en fin de semana y en periodo vacacional, interrumpiendo mi descanso.
Se cruzan en mi memoria aquellos profesores que preparan con entusiasmo una excursión. Y aquellos otros que se ofrecen a acompañar a los alumnos en un viaje de estudios. Me estremezco al pensar en esas jornadas maratonianas llenas de tensión y nervios en un país extranjero. Y el temor ante cualquier imprevisto que pueda suceder. Me acuerdo también de los que pagan de su bolsillo el material escolar del alumno que lo necesita sin esperar nada a cambio. Sin esperar, siquiera, un “gracias”.
Y es que la educación va más allá de impartir contenidos o evaluar competencias. La educación son vivencias, sinergias. Es una transmisión constante de energía, de vida. El docente siembra sin saber si las semillas van a germinar, pero tiene fe en cada una de ellas. El docente puede cambiar el destino de un alumno en una lección de cincuenta minutos, puede abrirle los ojos, alumbrarle su futuro, descubrirle el mundo.
Y entonces son los alumnos los que se cruzan en la memoria. La media sonrisa de aquel tímido que no se atreve a decirte nada. El alumno que te saluda cada vez que te ve por los pasillos, aunque esto ocurra diez veces al día. El gesto del que no te saluda. Los ojos despiertos y avergonzados del chaval al que acabas de regañar. Veo miradas de complicidad, de enfado, de indignación, de gratitud. Veo ojos que piden auxilio, que piden consuelo, que reclaman atención. Veo alumnos que no quieren que acabe la clase. Veo alumnos llorar desconsolados al despedirse de un profesor a final de curso.
Pero también recuerdo a profesores llorar con amargura por no poder hacer bien su trabajo. A docentes sufrir amenazas directas o veladas. He visto a algunos perder los nervios ante el boicot constante de su clase. He visto acusaciones infundadas de discriminación y de animadversión. Esto también es el día a día del docente. En un instituto, uno se tropieza, sin quererlo, con constantes lecciones de humanidad, de la buena y de la mala.
Sólo entrar en el instituto cada mañana supone un bucle de quehaceres frenético que lo sumerge en una espiral de emociones continua en la que el tiempo pasa lento y deprisa a la vez. Un buen grupo de alumnos puede hacer que el enseñante se abstraiga por completo de la realidad exterior, que se pare el mundo de afuera durante el tiempo que dura una sesión. Porque pocos lugares tienen la capacidad de detener el tiempo, de eclipsar problemas y crear otros nuevos. Y uno de ellos es el aula.
lunes, 20 de marzo de 2023
FE DE AYER Y DE HOY
Caminamos por una céntrica calle de Valladolid. Se acerca el final del invierno y se nota: tan pronto llueve, tan pronto sale el sol. La temperatura es agradable, pero la lluvia, incómoda. No la esperábamos. "Aquí nunca llueve" nos había dicho una de mis acompañantes. Eso no nos impide recorrer la ruta que teníamos prevista. Entre modernas y luminosas tiendas encontramos un pasaje que nos lleva a un antiguo convento conocido como "las Francesas". Hoy es una sala de exposiciones. Enfrente se encuentra un centro comercial homónimo. Son el ayer y el hoy de una ciudad.
Como no cesa de llover y el ambiente es desagradable, entramos en la antigua iglesia. Nos sorprende una exposición sobre Juan de Juni, uno de los genios de la escultura castellana del siglo XVI. Sin darnos cuenta, hemos salido del bullicio del siglo XXI para entrar en el recogimiento y la religiosidad de un tiempo pasado. Las tallas del artista hispano-francés nos contemplan: un imponente Cristo Resucitado, una Piedad, la cabeza de San Juan Bautista.
domingo, 5 de febrero de 2023
GRANDES HOMBRES, PEQUEÑOS HOMBRES
A finales de noviembre de 1963, la primera dama viuda de Estados Unidos, Jackie Kennedy, pasaba sus últimas noches en la Casa Blanca. Eran días terribles para su familia, de una desesperación tormentosa. Su marido, John F. Kennedy, había sido asesinado el día 22 de ese mes en Dallas, Texas. El magnicidio había impresionado al mundo entero y había destrozado su familia.
En aquellos turbulentos instantes, Jackie Kennedy escribió una breve y emotiva carta al líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov. Firmada el primero de diciembre de 1963, apenas nueve días después del asesinato, la viuda quiso agradecer al líder soviético las muestras de cariño que había recibido. El embajador soviético asistió al funeral en Washington y la esposa de Jrushchov abandonó entre lágrimas la embajada estadounidense en Moscú tras firmar en el libro de condolencias.
John F. Kennedy y Nikita Jruschov eran adversarios políticos, líderes de las dos superpotencias que se repartían el mundo. Sus personalidades eran también muy diferentes. El norteamericano era un galán atractivo y culto, perteneciente a la high class de Estados Unidos. Jruschov había nacido en una familia pobre de Rusia y tenía un temperamento impulsivo y brutal. Estas diferencias no les impidieron buscar un entendimiento incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, como la Crisis de los Misiles (octubre de 1962).
En su misiva, enviada después de los funerales de su marido, Jackie Kennedy destaca todo ello. Y anima al líder soviético a continuar las relaciones cordiales con el nuevo presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson. Una de las frases de la carta llama la atención por la profunda sinceridad con la que está escrita:
"Mientras los grandes hombres son conscientes de cuán necesarios son el autocontrol y la contención, a veces los pequeños se dejan llevar por el miedo y el orgullo."
Jackie Kennedy destaca aquí el valor de la prudencia en aquellos cuyo destino es dirigir el mundo. Dice: "El peligro que inquietaba a mi esposo era que la guerra podían empezarla no tanto los grandes hombres como los pequeños." Aludía a la necesidad de evitar a toda costa una guerra entre las dos superpotencias que llevaría, inevitablemente, a la destrucción del planeta.
Pero con estas palabras, la primera dama da también una lección de vida. ¡Cuántas veces son necesarias la templanza y la sangre fría en la vida diaria! ¡En cuántas ocasiones la altura de miras y la serenidad nos permiten lograr grandes metas!
La impaciencia y la impulsividad pueden provocar, según Jackie Kennedy, las peores tragedias imaginables. Y por eso se deben prevenir los impulsos irracionales propios de mentes poco despiertas, de pequeños hombres que se dejan llevar por instintos incontrolables. En la vida ocurre algo así también. Los deseos desenfrenados, viscerales nos hacen, algunas veces, errar y nos alejan de las metas marcadas.
La inteligencia, sin embargo, nos obliga a actuar con esmero y sobriedad. La prudencia es, en todos los casos, una virtud porque evita decisiones irreflexivas y precipitadas. Las grandes empresas de nuestra vida requieren esfuerzo y grandes dosis de moderación y prudencia para elegir los caminos y las estrategias acertadas. La toma de decisiones (de cualquier decisión) lleva su tiempo y requiere una reflexión previa que debe ser más o menos profunda dependiendo de la magnitud de la meta a la que nos enfrentemos.
Eso es, en definitiva, lo que diferencia a los "grandes hombres" de los "pequeños", según Jackie Kennedy: la capacidad para valorar la situación en la que estamos, estudiar la metas que queremos lograr y actuar en consecuencia. Los "grandes hombres" son capaces de hacerlo, actúan con mesura y culminan con éxito su trabajo. Los "pequeños hombres" se apresura, actúan instintivamente, y fracasan, poniendo en riesgo, también la ilusión que acompaña cualquier proyecto, cualquier designio. De nuevo, la Historia nos da una lección de vida.
lunes, 23 de enero de 2023
CATORCE DÍAS DE FELICIDAD
sábado, 31 de diciembre de 2022
2022. MI 2022
A medida que uno crece, el tiempo deja su impronta visible e invisible. Y uno se da cuenta de que la vida no es otra cosa que construir y avanzar. Construir y avanzar pase lo que pase y a pesar de todo y de todos.
