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martes, 25 de abril de 2023

UN MAR DE ESTUPIDEZ

24 de abril de 2023. Entro en la clase de 2° de Bachillerato. Estamos estudiando el Franquismo estos días. Para ilustrar el modelo de sociedad que quería la dictadura hoy muestro a los alumnos "El Parvultito", uno de los manuales de Antonio Álvarez que se empleaba en las escuelas de primeras letras en los años 50, 60 y 70. 

Abro el libro por una página en la que aparecen dos grandes retratos. A la izquierda, Franco; a la derecha, José Antonio Primo de Rivera. Muestro las páginas y luego leo el texto, que, por supuesto, no deja indiferentes a los muchachos. Esto me da pie a hablar de ambos personajes, de la relación que mantuvieron y del simbolismo del "Ausente" para el régimen. Les recuerdo la consigna: "José Antonio Primo de Rivera, ¡Presente!" y les hablo del culto al mártir durante la dictadura, a pesar de las muchas diferencias que lo separaban de Franco. 

Página de "El Parvulito"

Me doy cuenta de que justo esta mañana están exhumado sus restos del antiguo Valle de los Caídos, ahora rebautizado como Valle de Cuelgamuros en virtud de la Ley de Memoria Democrática. Les pido que, por una vez, presten un poco de atención a las noticias. Aunque la familia Primo de Rivera ha pedido que el traslado de los restos se haga en la intimidad, es previsible que la atención mediática se centre en la figura del fundador de Falange hoy. Mis alumnos me miran interesados. Su atención siempre es mayor cuando hablamos de algo relacionado con la actualidad.

Luego llego a casa y veo, con poca sorpresa, que durante toda la mañana, las televisiones han hablado de Primo de Rivera. Por casualidad, las clases de Historia de España y la actualidad se han tocado en este día de primavera. Pero, después, llega la desilusión. 

Esta misma mañana, mientras yo explico en clase quién fue José Antonio Primo de Rivera, hablan de él en un programa de la televisión pública. Reporteros, tertulianos y polemistas de tres al cuarto disertan sobre la Ley de Memoria Democrática, sobre la figura histórica que les ocupa y sobre la necesidad de trasladar sus restos desde el Valle de Cuelgamuros a otro lugar. Y, mientras, en un enorme pantallón que hay detrás de ellos aparece una fotografía del dictador Miguel Primo de Rivera, padre del susodicho. Nadie se percata del error. Probablemente, nadie sabe lo suficiente como para darse cuenta. Probablemente, un reportero ha buscado "Primo de Rivera" en Google y ha cogido la primera foto que le ha aparecido, la del padre, sin saber que estaban hablando de su hijo. No sabe ni quién es el uno ni quién es el otro. Y le importa poco.

Programa "Hablando Claro" de TVE1 (24/04/2023)

Esta misma mañana, muchos diarios digitales hablan también de Primo de Rivera. Incluso algunos periódicos deportivos, como "Marca", publican en sus páginas web textos sobre su figura. No sé quién los escribe, pero es fácil adivinar su lucidez mental. Precisamente, en el del diario "Marca", destacan que "cogió el poder en 1933" y "lo perdió en 1936". Al leerlo, no llego a entender a qué se refiere. Está contando una mentira, pero da igual. No hace falta decir que si esto fuera un examen, quedaría invalidada la pregunta. Pero aquí, miles de personas leen el texto. Algunas, más de las que imaginamos, se creerán que, en efecto, José Antonio gobernó el país, aunque sea falso. (El artículo ya no está disponible en la web).

Página web de "Marca" (24/04/2023). 
El artículo fue retirado poco después de su publicación

Ambos ejemplos son muestras del punto al que estamos llegando como sociedad. Una sociedad en la que todo da igual, en la que todo vale. Como la información y el conocimiento se reducen a un tuit, a un eslogan o a un vídeo de 30 segundos (más no porque perdemos la atención), nuestro mundo está lleno de medias verdades, de verdades a medias o de simples mentiras. Y no pasa nada. Y todo da igual. 

¿A nadie se le ocurre comprobar si la foto que van a emitir en pantalla es del padre o del hijo? ¿Alguien en la sala sabe que hubo un Miguel Primo de Rivera (dictador) y un José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange)? ¿Alguien es capaz de asumir que no está capacitado para escribir un texto sobre Primo de Rivera porque no tiene ni idea de quién fue? Parece ser que no. Todos valemos para todo y todos podemos hacer de todo sin pensar mucho. 

El resultado es una sensación de absoluta indefensión. Mientras uno se afana por transmitir el pasado de la manera más honesta posible en un aula, en el mundo real todo son banalidades, ideas generales y mentiras. Ya no hay espacio para el conocimiento pausado, para la duda, la reflexión. Todos nos creemos poseedores de la verdad absoluta y la imponemos en Twitter, en Instagram, en la barra del bar o en un plató de televisión, aunque nuestra verdad sea, simplemente, una mentira. Y con ello creamos un mar de dudas, de inseguridad, donde el rigor no tiene cabida. La masa ignorante acoge estas mentiras con avidez, sin cuestionarlas. Y uno, al final, acaba teniendo la convicción de que en este mundo ya no cabe un tonto más. 

En el año 2003, poco antes de morir, el hispanista francés Pierre Vilar concedió una entrevista. A la pregunta "¿Para qué sirve la Historia?", el historiador respondió: "La Historia sirve, en primer lugar, para leer un periódico". Podríamos actualizar la respuesta: el conocimiento histórico sirve para descubrir la verdad en el mar de mentiras de Twitter, Instagram, TikTok, la prensa y la televisión. La Historia es, en definitiva, la pequeña balsa que impide que te hundas en la estupidez. 

jueves, 30 de marzo de 2023

DOCENTES

A veces hay que detenerse un instante para poder continuar con más fuerza. Y detenerse implica parar a pensar en lo que uno hace y por qué lo hace. A veces, con este propósito, abro un gran álbum donde conservo fotografías de los últimos años. Muchas de ellas recuerdan a alumnos y compañeros, me recuerdan a qué me dedico, en qué invierto mi vida.

Y el punto de apoyo que suponen las imágenes me hace volar al pasado y recordar con emoción momentos, historias vividas. La mente reconstruye con precisión aquellos instantes pretéritos, algunas veces de una forma tan nítida que parecen presente, aunque ya no existan. Y uno se da cuenta de la relevancia de su cometido, de que el trabajo de uno no es banal. Y uno recuerda también a tantos compañeros, a tantos alumnos.

Viene a mi mente aquel profesor que impartía clases de repaso fuera de su horario laboral. Y aquella otra que se afanaba en corregir exámenes en una estación de tren para tenerlos listos el día siguiente. Y recuerdo, también, cuántas veces he resuelto yo mismo dudas en fin de semana y en periodo vacacional, interrumpiendo mi descanso.

Se cruzan en mi memoria aquellos profesores que preparan con entusiasmo una excursión. Y aquellos otros que se ofrecen a acompañar a los alumnos en un viaje de estudios. Me estremezco al pensar en esas jornadas maratonianas llenas de tensión y nervios en un país extranjero. Y el temor ante cualquier imprevisto que pueda suceder. Me acuerdo también de los que pagan de su bolsillo el material escolar del alumno que lo necesita sin esperar nada a cambio. Sin esperar, siquiera, un “gracias”.

Y es que la educación va más allá de impartir contenidos o evaluar competencias. La educación son vivencias, sinergias. Es una transmisión constante de energía, de vida. El docente siembra sin saber si las semillas van a germinar, pero tiene fe en cada una de ellas. El docente puede cambiar el destino de un alumno en una lección de cincuenta minutos, puede abrirle los ojos, alumbrarle su futuro, descubrirle el mundo.

Y entonces son los alumnos los que se cruzan en la memoria. La media sonrisa de aquel tímido que no se atreve a decirte nada. El alumno que te saluda cada vez que te ve por los pasillos, aunque esto ocurra diez veces al día. El gesto del que no te saluda. Los ojos despiertos y avergonzados del chaval al que acabas de regañar. Veo miradas de complicidad, de enfado, de indignación, de gratitud. Veo ojos que piden auxilio, que piden consuelo, que reclaman atención. Veo alumnos que no quieren que acabe la clase. Veo alumnos llorar desconsolados al despedirse de un profesor a final de curso.

Pero también recuerdo a profesores llorar con amargura por no poder hacer bien su trabajo. A docentes sufrir amenazas directas o veladas. He visto a algunos perder los nervios ante el boicot constante de su clase. He visto acusaciones infundadas de discriminación y de animadversión. Esto también es el día a día del docente. En un instituto, uno se tropieza, sin quererlo, con constantes lecciones de humanidad, de la buena y de la mala.

Sólo entrar en el instituto cada mañana supone un bucle de quehaceres frenético que lo sumerge en una espiral de emociones continua en la que el tiempo pasa lento y deprisa a la vez. Un buen grupo de alumnos puede hacer que el enseñante se abstraiga por completo de la realidad exterior, que se pare el mundo de afuera durante el tiempo que dura una sesión. Porque pocos lugares tienen la capacidad de detener el tiempo, de eclipsar problemas y crear otros nuevos. Y uno de ellos es el aula.


lunes, 20 de marzo de 2023

FE DE AYER Y DE HOY

"Piedad", de Gregorio Fernández, s. XVII


Caminamos por una céntrica calle de Valladolid. Se acerca el final del invierno y se nota: tan pronto llueve, tan pronto sale el sol. La temperatura es agradable, pero la lluvia, incómoda. No la esperábamos. "Aquí nunca llueve" nos había dicho una de mis acompañantes. Eso no nos impide recorrer la ruta que teníamos prevista. Entre modernas y luminosas tiendas encontramos un pasaje que nos lleva a un antiguo convento conocido como "las Francesas". Hoy es una sala de exposiciones. Enfrente se encuentra un centro comercial homónimo. Son el ayer y el hoy de una ciudad.


Como no cesa de llover y el ambiente es desagradable, entramos en la antigua iglesia. Nos sorprende una exposición sobre Juan de Juni, uno de los genios de la escultura castellana del siglo XVI. Sin darnos cuenta, hemos salido del bullicio del siglo XXI para entrar en el recogimiento y la religiosidad de un tiempo pasado. Las tallas del artista hispano-francés nos contemplan: un imponente Cristo Resucitado, una Piedad, la cabeza de San Juan Bautista. 


"Cristo crucificado" de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Una de las obras llama mi atención. Se trata de un Crucificado de reducidas dimensiones. La sala no está llena y eso me permite acercarme para contemplar el virtuosismo del autor. Es uno de los grandes artistas del Manierismo español. Al día siguiente, contemplo más obras suyas en el Museo Nacional de Escultura, que alberga algunas maravillas de la escultura castellana de los siglos XVI y XVII.

En el Entierro de Cristo observamos con claridad el paso del idealismo renacentista al naturalismo barroco. Los rostros, realistas, nos muestran los sentimientos de los personajes atormentados y nos hacen sufrir con ellos.

"Entierro de Cristo", de Juan de Juni, s. XVI (detalle)

Es, sin embargo, con Gregorio Fernández cuando el naturalismo castellano alcanza su máximo desarrollo. Algunas de sus obras son las joyas del museo. "Me da miedo" me dice una amiga al contemplar el Cristo yacente. Es precisamente el sentimiento que quería despertar en el espectador el escultor gallego. Sus imágenes muestran sangre y heridas, muecas de sufrimiento y dolor. Nada tiene que ver esto con la idealización de la escultura renacentista. Es barroco puro del siglo XVII castellano. Aquí está el alma de la Contrarreforma católica, el alma de la España del XVII.

"Cristo yacente", de Gregorio Fernández, s. XVII.

Las imágenes de Gregorio Fernández conmueven a quien las contempla. La perfección de la talla abruma y el patetismo estremece. Despierta sentimientos enfrentados. Ese es el objetivo del barroco. Eso logra también la conocida Piedad, que procesiona en la Semana Santa vallisoletana. La delicadeza con que representa a la Virgen con su Hijo muerto no oculta su sufrimiento, que logra transmitirnos al contemplarla fascinados. 

"Virgen de las Angustias", de Juan de Juni, s. XVI.

Queda poco para la Semana Santa y eso influye en el ambiente. La atmósfera religiosa lo envuelve todo. La ciudad huele a Semana Santa, aunque aún estamos en mitad de la Cuaresma. Algunas obras del Museo Nacional de Escultura procesionarán en una exhibición de exaltación religiosa y belleza artística sin igual en el mundo. Las tallas de Juan de Juni y Gregorio Fernández, elaboradas en madera policromada, recorrerán las calles despertando el fervor del pueblo. Igual que hicieron en el siglo XVII lo hacen en el siglo XXI, como si el tiempo no hubiese pasado.  

Entre las joyas más preciadas de la Semana Santa vallisoletana destaca la Virgen de las Angustias, de Juan de Juni, que abandona su templo frente al Teatro Calderón para procesionar el Martes Santo hasta encontrarse con su Hijo en la calle de la Amargura. También la Virgen de la Vera Cruz será sacada de su iglesia por su cofradía penitencial, como ha hecho desde el siglo XVII. La Virgen de la Vera Cruz es obra de Gregorio Fernández.

"Virgen de la Vera Cruz", de Gregorio Fernández, s. XVII.

En todos los casos, la pobreza de los materiales empleados en las imágenes (madera) no impide percibir la sublime destreza de estos genios de la escultura. Por eso sobrecogen al espectador hoy igual que lo hicieron hace cuatrocientos años. Uno recorre las iglesias del centro de Valladolid y tiene la sensación de viajar al corazón de España. Parece alcanzar sus raíces religiosas más profundas. Estas esculturas te agitan el alma, y más allá de las creencias propias, transmiten una fe compartida por las gentes de todos los tiempos.  

"El Descendimiento", de Gregorio Fernández, s. XVII.

domingo, 5 de febrero de 2023

GRANDES HOMBRES, PEQUEÑOS HOMBRES





Nikita Jruschov y Jackie Kennedy


A finales de noviembre de 1963, la primera dama viuda de Estados Unidos, Jackie Kennedy, pasaba sus últimas noches en la Casa Blanca. Eran días terribles para su familia, de una desesperación tormentosa. Su marido, John F. Kennedy, había sido asesinado el día 22 de ese mes en Dallas, Texas. El magnicidio había impresionado al mundo entero y había destrozado su familia. 

En aquellos turbulentos instantes, Jackie Kennedy escribió una breve y emotiva carta al líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov. Firmada el primero de diciembre de 1963, apenas nueve días después del asesinato, la viuda quiso agradecer al líder soviético las muestras de cariño que había recibido. El embajador soviético asistió al funeral en Washington y la esposa de Jrushchov abandonó entre lágrimas la embajada estadounidense en Moscú tras firmar en el libro de condolencias. 

John F. Kennedy y Nikita Jruschov eran adversarios políticos, líderes de las dos superpotencias que se repartían el mundo. Sus personalidades eran también muy diferentes. El norteamericano era un galán atractivo y culto, perteneciente a la high class de Estados Unidos. Jruschov había nacido en una familia pobre de Rusia y tenía un temperamento impulsivo y brutal. Estas diferencias no les impidieron buscar un entendimiento incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, como la Crisis de los Misiles (octubre de 1962). 

En su misiva, enviada después de los funerales de su marido, Jackie Kennedy destaca todo ello. Y anima al líder soviético a continuar las relaciones cordiales con el nuevo presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson. Una de las frases de la carta llama la atención por la profunda sinceridad con la que está escrita:

"Mientras los grandes hombres son conscientes de cuán necesarios son el autocontrol y la contención, a veces los pequeños se dejan llevar por el miedo y el orgullo."

Jackie Kennedy destaca aquí el valor de la prudencia en aquellos cuyo destino es dirigir el mundo. Dice: "El peligro que inquietaba a mi esposo era que la guerra podían empezarla no tanto los grandes hombres como los pequeños." Aludía a la necesidad de evitar a toda costa una guerra entre las dos superpotencias que llevaría, inevitablemente, a la destrucción del planeta. 

Pero con estas palabras, la primera dama da también una lección de vida. ¡Cuántas veces son necesarias la templanza y la sangre fría en la vida diaria! ¡En cuántas ocasiones la altura de miras y la serenidad nos permiten lograr grandes metas!

La impaciencia y la impulsividad pueden provocar, según Jackie Kennedy, las peores tragedias imaginables. Y por eso se deben prevenir los impulsos irracionales propios de mentes poco despiertas, de pequeños hombres que se dejan llevar por instintos incontrolables. En la vida ocurre algo así también. Los deseos desenfrenados, viscerales nos hacen, algunas veces, errar y nos alejan de las metas marcadas.

La inteligencia, sin embargo, nos obliga a actuar con esmero y sobriedad. La prudencia es, en todos los casos, una virtud porque evita decisiones irreflexivas y precipitadas. Las grandes empresas de nuestra vida requieren esfuerzo y grandes dosis de moderación y prudencia para elegir los caminos y las estrategias acertadas. La toma de decisiones (de cualquier decisión) lleva su tiempo y requiere una reflexión previa que debe ser más o menos profunda dependiendo de la magnitud de la meta a la que nos enfrentemos. 

Eso es, en definitiva, lo que diferencia a los "grandes hombres" de los "pequeños", según Jackie Kennedy: la capacidad para valorar la situación en la que estamos, estudiar la metas que queremos lograr y actuar en consecuencia. Los "grandes hombres" son capaces de hacerlo, actúan con mesura y culminan con éxito su trabajo. Los "pequeños hombres" se apresura, actúan instintivamente, y fracasan, poniendo en riesgo, también la ilusión que acompaña cualquier proyecto, cualquier designio. De nuevo, la Historia nos da una lección de vida. 




lunes, 23 de enero de 2023

CATORCE DÍAS DE FELICIDAD

Abderramán III y el emperador Adriano


Es una oscura tarde de domingo de enero. Los termómetros en el exterior marcan varios grados bajo cero. Es mejor no salir de casa si uno no quiere congelarse. Pero la mente está inquieta, turbada. Es imposible hacer nada que requiera concentración. Intento leer, ver una película. Imposible. Los pensamientos, que vienen y van, lo impiden. 

A veces la mente es un caballo desbocado que no se detiene por mucho que tires de las riendas. Necesita desahogarse, aliviarse. Uno saldría a dar un paseo, a que le dé el aire, pero no es el momento. Son malos días los de enero. Me levanto del sofá como un resorte y miro los libros de la estantería. Cojo uno de ellos. Trata sobre cartas que cambiaron la Historia.

Lo leí hace algún tiempo y llevaba desde entonces en la estantería, ignorado. Ahora lo vuelvo a abrir y las cartas, por supuesto, siguen ahí. Lo ojeo. He olvidado la mayoría de ellas. Mis pensamientos no me permiten leer varias páginas seguidas, pero sí pequeños fragmentos. Paso las hojas rápido como queriendo encontrar algo que no sé lo que es. Supongo que mi mente busca una distracción para ese momento. Busca desbloquearse pasando hojas, quizá. 

Entonces mis ojos se detienen en una página, casi al final del libro. Y leo con atención el texto sin mirar siquiera su autor:

"He reinado más de cincuenta años en paz o en victoria, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. He dispuesto fácilmente de riquezas y honores, poder y placer; ninguna bendición terrenal parece haber faltado a mi suerte. En tal situación he tenido la diligencia de enumerar los días de felicidad pura y genuina que me han correspondido: ascienden a catorce. ¡Oh, hombres! ¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!"

Mi vista asciende buscando al autor de semejantes palabras. Es Abderramán III, primer califa de Córdoba (929 - 961). ¿Es posible una lección de humildad tan extraordinaria como esta?

Abderramán III era el heredero de la dinastía Omeya, asentada en Al-Ándalus desde tiempos de Abderramán I "el Emigrado" (756). Subió al trono, como emir de Córdoba, en el 912 y, después de pacificar el reino y consolidar su poder, se vio lo suficientemente poderoso como para proclamarse califa en el año 929. Esta osadía lo enfrentó a los Abasidas de Bagdad y a los Fatimíes de El Cairo. Su reinado fue el periodo de mayor esplendor de Al-Ándalus.

En aquellos momentos, Córdoba era una de las ciudades más populosas del orbe, un cruce de caminos entre Europa y África. Hasta allí viajaban gentes de todos los lugares del mundo. El califa cordobés era uno de los gobernantes más respetados. A él acudían embajadas de los reinos cristianos peninsulares para rendirle pleitesía. El lujo y la suntuosidad de Córdoba sólo eran comparables a los de Bizancio y Bagdad. Y Abderramán III fue el artífice de todo ello y quien disfrutó de una posición social, política y económica inigualable. Lo tenía todo a su alcance, podía lograrlo todo. No había nada imposible para él y, sin embargo, no fue suficiente. 

En los últimos días de su existencia, cuando sus fuerzas flaqueaban y el final estaba cerca, reconoció que no había sido feliz más que catorce días en su vida. Una vida, por cierto, bastante larga, porque vivió setenta años, algo raro en el siglo X. Así lo transmitió en esta epístola destinada a sus sucesores, en especial a Alhakán II, quien estaba llamado a convertirse en el nuevo califa. 

Vuelvo a leer con detenimiento el texto que me ocupa, como queriendo exprimir su mensaje al máximo. Para que nada se pase. Es, sin lugar a dudas, una lección de vida y de sencillez. Y al final de la lectura, uno se pregunta qué mensaje quiso realmente transmitir el califa: "¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!" dice al final. 

Por un segundo, la mente inquieta de antes se calma. El caballo desbocado se detiene y los pensamiento se serenan. No hay nada como dar alimento a la mente para que esta recupere el sosiego y se centre. De inmediato sigo pasando páginas, como queriendo leer otra carta del califa cordobés que me aclare el mensaje anterior. Pero el azar me lleva a Adriano, uno de los emperadores hispanos de Roma (s. II d.C.). Curiosamente también escribió unas palabras a sus herederos antes de morir:

"Almita mía, blandita y cariñosa,
del cuerpo huésped y compañera,
¿hacia qué lugares partirás,
palidita, yerta y desnudita,
donde no bromearás como solías?"

El enigmático mensaje de este hombre que vivió hace más de mil ochocientos años calma por completo mi azorada mente y la sumerge en la confusión. Es otra lección de la Historia, al fin y al cabo. ¿Hacia dónde partirá el alma? ¿Dónde encontrará la felicidad que los placeres del mundo le niegan?

sábado, 31 de diciembre de 2022

2022. MI 2022

A medida que uno crece, el tiempo deja su impronta visible e invisible. Y uno se da cuenta de que la vida no es otra cosa que construir y avanzar. Construir y avanzar pase lo que pase y a pesar de todo y de todos. 

Cada año, cuando llega el 31 de diciembre todos hacemos, inevitablemente, un balance somero o exhaustivo de los meses pasados. Y sacamos conclusiones. Algunos lo verbalizan, otros lo difunden en redes sociales, la mayoría lo reserva para sí mismo. 

Este año, cuando miré a mi alrededor vi a personas que enseñaban. Enseñaban nuevas formas de existir, de estar en el mundo. Y uno aprendió lo que pudo. Y uno entendió que la diversión era compatible con la seriedad, el compromiso y la prudencia. Y ahora, espero también haber enseñado algo a alguien aunque no sepa qué ni a quién.

Al mismo tiempo, el mundo que nos rodea me empujó a tomar decisiones. Algunas de ellas llevaban tiempo pendientes y otras son decisiones que nunca pensé que tomaría. Y, cuando llegaron, las tomé firme, seguro. Y seguimos avanzando. Y seguimos construyendo. 

La vida también es sentir. ¡Ay, los sentimientos! Vienen y van. Algunos aparecen de imprevisto, sin avisar. Y luego no se marchan por más que intentemos que lo hagan. Y vuelven una y otra vez. Uno siempre está dispuesto a sentir cosas nuevas o a recuperar sentimientos que se creían olvidados, ¿verdad? Otras sensaciones es mejor tenerlas lejos me temo. Aunque a veces vuelvan, como fantasmas del pasado que uno intenta olvidar. Pero uno madura, se hace viejo, y algunos temores se mantienen a raya a pesar de todo. 

Los sentimientos, igual que las personas, vienen y van. Pero algunos siempre permanecen. Igual que las personas. Algunas vienen y van. Otras permanecen. Otras llegan para quedarse. ¡Qué curiosa la vida, que no se detiene nunca! Como una película, pone ante ti nuevos personajes y, de pronto, desaparecen de la escena. Luego hay personajes que no se marchan nunca. 

Y luego están las metas, los anhelos, las esperanzas. Algunas se han cumplido, se han hecho realidad. Otras quedan pendientes, para el 2023. O para más adelante. Quién sabe. Pero perseguir esas metas es sinónimo de avanzar, de construir. Y, al final, eso da sentido a nuestra vida, ¿no?

Decisiones, ambientes, personas, sentimientos, metas, anhelos, esperanzas. Uno hace lo que puede en este caos, intentando obrar en conciencia, fiel a uno mismo, pero cambiando ante lo que llega y ante lo que se marcha. Uno sobrevive como puede y como le dejan. Hace lo que puede y como puede. Y luego cada uno que entienda lo que quiera. 

Eso ha sido el 2022, mi 2022. Construir, avanzar, aprender, sentir, vivir.


domingo, 4 de diciembre de 2022

"SI EL CORAZÓN NO RIMA CON LA REALIDAD..."


El tren comienza a detenerse y muchos pasajeros se levantan presurosos preparándose para descender al andén. "Mira este párrafo y aplícatelo" me pide mi amiga, que me conoce bien, mientras lo señala con el dedo índice:

"Recobra la cordura y emplázate a ti mismo, despierta y ten en mente que eran sueños los que te turbaban; vuelve a mirar las cosas despierto, como las mirabas antes." (Libro VI, 31)

Nos miramos a los ojos y después reímos. Sólo nosotros sabemos por qué. Tenemos que levantarnos para recoger el equipaje y bajar del tren. El libro que hemos estado ojeando al final del trayecto y al que pertenece el párrafo lo he comprado esa mañana. Es un clásico, "Meditaciones" de Marco Aurelio, el emperador-filósofo romano (s. II d.C.). Mientras desciendo por las escalerillas, repaso en silencio esas palabras. Es curioso, los fantasmas que atormentan nuestras mentes en el siglo XXI son idénticos a los de hace mil ochocientos años. 

En ocasiones la realidad que uno vive y la que su mente imagina están separadas por un abismo infinito. Nuestro pensamiento discurre por lugares oscuros y tan solo se cruza con la realidad mundana en momentos concretos, cuando ponemos los pies en el suelo y despertamos. Son sueños, temores e ilusiones que te trastornan con insistencia, pero que no existen. Precisamente por eso son tan perturbadores. Te atacan en los momentos ociosos, de silencio y soledad. Y desaparecen después.

Marco Aurelio es considerado uno de los llamados "buenos emperadores" de Roma. "Si un hombre tuviera que determinar el periodo de la historia universal durante el cual la situación de la raza humana fue más feliz y próspera, sin duda señalaría el que transcurrió entre la muerte de Domiciano y el acceso al poder de Cómodo" dejó escrito el historiador Edward Gibbon. El reinado de Marco Aurelio está dentro de ese periodo y quizá en ningún otro momento de la Roma imperial se recuperó para los romanos la ilusión de la vieja República como en ese tiempo. 

Todo era, no obstante, una mera ilusión. El emperador filósofo se pasó gran parte de su reinado en una guerra sin fin en las fronteras del imperio. Hubo de enfrentarse a los partos, a los cuados, a los marcómanos y a los lombardos. Y Marco Aurelio, a pesar de su fama de emperador justo y hombre bueno, no dudó en reprimir cruelmente a las tribus germanas que cruzaron el Danubio. 

En ese ambiente bélico en los confines del imperio, el emperador escribió sus "Meditaciones". Son un conjunto de reflexiones para sí mismo; una especie de enseñanzas sobre su deber como hombre, como romano y como gobernante. También hay referencias a la vida, al amor, a las ilusiones y a la muerte. Son ideas aprendidas durante toda su vida que el emperador se negaba a olvidar y por eso puso por escrito. Hoy constituyen uno de los libros de referencia del pensamiento estoico.

A juzgar por lo que escribió, el gran anhelo de Marco Aurelio fue dedicar su gobierno a mejorar la vida de los ciudadanos del imperio; pero la realidad era muy distinta. Su mente creaba estos sueños, mientras él descansaba en su tienda en un inhóspito bosque junto al Danubio y sus legiones batían a los bárbaros. La realidad y los sueños no encajaban. Sabía que la razón le obligaba a afanarse en ganar la guerra y lo demás debía esperar. (Y espero tanto que al final no lo pudo realizar).

¡Cuántas veces nuestros anhelos no encajan con la realidad que nos rodea! ¡Cuántas veces soñamos más de lo debido! En ese párrafo de las "Meditaciones", Marco Aurelio se pide a sí mismo detenerse a pensar, abrir los ojos y actuar con inteligencia. Entonces, la bruma que rodea a los sueños levantará y todo se verá con mayor claridad. Quizá, si nos centramos en las cosas pequeñas de nuestra vida diaria, el camino se despejará al final y aquellos sueños lejanos se transformen en realidades concretas alcanzables. 

Y la naturaleza humana no cambia por mucho que pase el tiempo. Da igual en qué momento de la historia nos encontremos porque siempre tenemos los mismos temores, los mismos sueños, la misma desazón. Da igual que nos encontremos a orillas del Danubio guerreando contra los sármatas y los lombardos que en un tren de vuelta a casa en 2022. Aquellas reflexiones que Marco Aurelio dejó plasmadas en su obra para no olvidar jamás se repiten con frecuencia en otros momentos y lugares.

Mientras pienso todo esto, subo al autobús para continuar el viaje. Entre el murmullo de las conversaciones del resto de pasajeros, presto atención a la música que está sonando dentro del autocar. Es la última canción de Joaquín Sabina. Repite con insistencia, una y otra vez, la misma idea:

"Si el corazón no rima con la realidad, 
cambio de rumbo, sintiéndolo mucho."