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lunes, 23 de enero de 2023

CATORCE DÍAS DE FELICIDAD

Abderramán III y el emperador Adriano


Es una oscura tarde de domingo de enero. Los termómetros en el exterior marcan varios grados bajo cero. Es mejor no salir de casa si uno no quiere congelarse. Pero la mente está inquieta, turbada. Es imposible hacer nada que requiera concentración. Intento leer, ver una película. Imposible. Los pensamientos, que vienen y van, lo impiden. 

A veces la mente es un caballo desbocado que no se detiene por mucho que tires de las riendas. Necesita desahogarse, aliviarse. Uno saldría a dar un paseo, a que le dé el aire, pero no es el momento. Son malos días los de enero. Me levanto del sofá como un resorte y miro los libros de la estantería. Cojo uno de ellos. Trata sobre cartas que cambiaron la Historia.

Lo leí hace algún tiempo y llevaba desde entonces en la estantería, ignorado. Ahora lo vuelvo a abrir y las cartas, por supuesto, siguen ahí. Lo ojeo. He olvidado la mayoría de ellas. Mis pensamientos no me permiten leer varias páginas seguidas, pero sí pequeños fragmentos. Paso las hojas rápido como queriendo encontrar algo que no sé lo que es. Supongo que mi mente busca una distracción para ese momento. Busca desbloquearse pasando hojas, quizá. 

Entonces mis ojos se detienen en una página, casi al final del libro. Y leo con atención el texto sin mirar siquiera su autor:

"He reinado más de cincuenta años en paz o en victoria, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. He dispuesto fácilmente de riquezas y honores, poder y placer; ninguna bendición terrenal parece haber faltado a mi suerte. En tal situación he tenido la diligencia de enumerar los días de felicidad pura y genuina que me han correspondido: ascienden a catorce. ¡Oh, hombres! ¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!"

Mi vista asciende buscando al autor de semejantes palabras. Es Abderramán III, primer califa de Córdoba (929 - 961). ¿Es posible una lección de humildad tan extraordinaria como esta?

Abderramán III era el heredero de la dinastía Omeya, asentada en Al-Ándalus desde tiempos de Abderramán I "el Emigrado" (756). Subió al trono, como emir de Córdoba, en el 912 y, después de pacificar el reino y consolidar su poder, se vio lo suficientemente poderoso como para proclamarse califa en el año 929. Esta osadía lo enfrentó a los Abasidas de Bagdad y a los Fatimíes de El Cairo. Su reinado fue el periodo de mayor esplendor de Al-Ándalus.

En aquellos momentos, Córdoba era una de las ciudades más populosas del orbe, un cruce de caminos entre Europa y África. Hasta allí viajaban gentes de todos los lugares del mundo. El califa cordobés era uno de los gobernantes más respetados. A él acudían embajadas de los reinos cristianos peninsulares para rendirle pleitesía. El lujo y la suntuosidad de Córdoba sólo eran comparables a los de Bizancio y Bagdad. Y Abderramán III fue el artífice de todo ello y quien disfrutó de una posición social, política y económica inigualable. Lo tenía todo a su alcance, podía lograrlo todo. No había nada imposible para él y, sin embargo, no fue suficiente. 

En los últimos días de su existencia, cuando sus fuerzas flaqueaban y el final estaba cerca, reconoció que no había sido feliz más que catorce días en su vida. Una vida, por cierto, bastante larga, porque vivió setenta años, algo raro en el siglo X. Así lo transmitió en esta epístola destinada a sus sucesores, en especial a Alhakán II, quien estaba llamado a convertirse en el nuevo califa. 

Vuelvo a leer con detenimiento el texto que me ocupa, como queriendo exprimir su mensaje al máximo. Para que nada se pase. Es, sin lugar a dudas, una lección de vida y de sencillez. Y al final de la lectura, uno se pregunta qué mensaje quiso realmente transmitir el califa: "¡No depositéis vuestra confianza en el mundo presente!" dice al final. 

Por un segundo, la mente inquieta de antes se calma. El caballo desbocado se detiene y los pensamiento se serenan. No hay nada como dar alimento a la mente para que esta recupere el sosiego y se centre. De inmediato sigo pasando páginas, como queriendo leer otra carta del califa cordobés que me aclare el mensaje anterior. Pero el azar me lleva a Adriano, uno de los emperadores hispanos de Roma (s. II d.C.). Curiosamente también escribió unas palabras a sus herederos antes de morir:

"Almita mía, blandita y cariñosa,
del cuerpo huésped y compañera,
¿hacia qué lugares partirás,
palidita, yerta y desnudita,
donde no bromearás como solías?"

El enigmático mensaje de este hombre que vivió hace más de mil ochocientos años calma por completo mi azorada mente y la sumerge en la confusión. Es otra lección de la Historia, al fin y al cabo. ¿Hacia dónde partirá el alma? ¿Dónde encontrará la felicidad que los placeres del mundo le niegan?

sábado, 31 de diciembre de 2022

2022. MI 2022

A medida que uno crece, el tiempo deja su impronta visible e invisible. Y uno se da cuenta de que la vida no es otra cosa que construir y avanzar. Construir y avanzar pase lo que pase y a pesar de todo y de todos. 

Cada año, cuando llega el 31 de diciembre todos hacemos, inevitablemente, un balance somero o exhaustivo de los meses pasados. Y sacamos conclusiones. Algunos lo verbalizan, otros lo difunden en redes sociales, la mayoría lo reserva para sí mismo. 

Este año, cuando miré a mi alrededor vi a personas que enseñaban. Enseñaban nuevas formas de existir, de estar en el mundo. Y uno aprendió lo que pudo. Y uno entendió que la diversión era compatible con la seriedad, el compromiso y la prudencia. Y ahora, espero también haber enseñado algo a alguien aunque no sepa qué ni a quién.

Al mismo tiempo, el mundo que nos rodea me empujó a tomar decisiones. Algunas de ellas llevaban tiempo pendientes y otras son decisiones que nunca pensé que tomaría. Y, cuando llegaron, las tomé firme, seguro. Y seguimos avanzando. Y seguimos construyendo. 

La vida también es sentir. ¡Ay, los sentimientos! Vienen y van. Algunos aparecen de imprevisto, sin avisar. Y luego no se marchan por más que intentemos que lo hagan. Y vuelven una y otra vez. Uno siempre está dispuesto a sentir cosas nuevas o a recuperar sentimientos que se creían olvidados, ¿verdad? Otras sensaciones es mejor tenerlas lejos me temo. Aunque a veces vuelvan, como fantasmas del pasado que uno intenta olvidar. Pero uno madura, se hace viejo, y algunos temores se mantienen a raya a pesar de todo. 

Los sentimientos, igual que las personas, vienen y van. Pero algunos siempre permanecen. Igual que las personas. Algunas vienen y van. Otras permanecen. Otras llegan para quedarse. ¡Qué curiosa la vida, que no se detiene nunca! Como una película, pone ante ti nuevos personajes y, de pronto, desaparecen de la escena. Luego hay personajes que no se marchan nunca. 

Y luego están las metas, los anhelos, las esperanzas. Algunas se han cumplido, se han hecho realidad. Otras quedan pendientes, para el 2023. O para más adelante. Quién sabe. Pero perseguir esas metas es sinónimo de avanzar, de construir. Y, al final, eso da sentido a nuestra vida, ¿no?

Decisiones, ambientes, personas, sentimientos, metas, anhelos, esperanzas. Uno hace lo que puede en este caos, intentando obrar en conciencia, fiel a uno mismo, pero cambiando ante lo que llega y ante lo que se marcha. Uno sobrevive como puede y como le dejan. Hace lo que puede y como puede. Y luego cada uno que entienda lo que quiera. 

Eso ha sido el 2022, mi 2022. Construir, avanzar, aprender, sentir, vivir.


domingo, 4 de diciembre de 2022

"SI EL CORAZÓN NO RIMA CON LA REALIDAD..."


El tren comienza a detenerse y muchos pasajeros se levantan presurosos preparándose para descender al andén. "Mira este párrafo y aplícatelo" me pide mi amiga, que me conoce bien, mientras lo señala con el dedo índice:

"Recobra la cordura y emplázate a ti mismo, despierta y ten en mente que eran sueños los que te turbaban; vuelve a mirar las cosas despierto, como las mirabas antes." (Libro VI, 31)

Nos miramos a los ojos y después reímos. Sólo nosotros sabemos por qué. Tenemos que levantarnos para recoger el equipaje y bajar del tren. El libro que hemos estado ojeando al final del trayecto y al que pertenece el párrafo lo he comprado esa mañana. Es un clásico, "Meditaciones" de Marco Aurelio, el emperador-filósofo romano (s. II d.C.). Mientras desciendo por las escalerillas, repaso en silencio esas palabras. Es curioso, los fantasmas que atormentan nuestras mentes en el siglo XXI son idénticos a los de hace mil ochocientos años. 

En ocasiones la realidad que uno vive y la que su mente imagina están separadas por un abismo infinito. Nuestro pensamiento discurre por lugares oscuros y tan solo se cruza con la realidad mundana en momentos concretos, cuando ponemos los pies en el suelo y despertamos. Son sueños, temores e ilusiones que te trastornan con insistencia, pero que no existen. Precisamente por eso son tan perturbadores. Te atacan en los momentos ociosos, de silencio y soledad. Y desaparecen después.

Marco Aurelio es considerado uno de los llamados "buenos emperadores" de Roma. "Si un hombre tuviera que determinar el periodo de la historia universal durante el cual la situación de la raza humana fue más feliz y próspera, sin duda señalaría el que transcurrió entre la muerte de Domiciano y el acceso al poder de Cómodo" dejó escrito el historiador Edward Gibbon. El reinado de Marco Aurelio está dentro de ese periodo y quizá en ningún otro momento de la Roma imperial se recuperó para los romanos la ilusión de la vieja República como en ese tiempo. 

Todo era, no obstante, una mera ilusión. El emperador filósofo se pasó gran parte de su reinado en una guerra sin fin en las fronteras del imperio. Hubo de enfrentarse a los partos, a los cuados, a los marcómanos y a los lombardos. Y Marco Aurelio, a pesar de su fama de emperador justo y hombre bueno, no dudó en reprimir cruelmente a las tribus germanas que cruzaron el Danubio. 

En ese ambiente bélico en los confines del imperio, el emperador escribió sus "Meditaciones". Son un conjunto de reflexiones para sí mismo; una especie de enseñanzas sobre su deber como hombre, como romano y como gobernante. También hay referencias a la vida, al amor, a las ilusiones y a la muerte. Son ideas aprendidas durante toda su vida que el emperador se negaba a olvidar y por eso puso por escrito. Hoy constituyen uno de los libros de referencia del pensamiento estoico.

A juzgar por lo que escribió, el gran anhelo de Marco Aurelio fue dedicar su gobierno a mejorar la vida de los ciudadanos del imperio; pero la realidad era muy distinta. Su mente creaba estos sueños, mientras él descansaba en su tienda en un inhóspito bosque junto al Danubio y sus legiones batían a los bárbaros. La realidad y los sueños no encajaban. Sabía que la razón le obligaba a afanarse en ganar la guerra y lo demás debía esperar. (Y espero tanto que al final no lo pudo realizar).

¡Cuántas veces nuestros anhelos no encajan con la realidad que nos rodea! ¡Cuántas veces soñamos más de lo debido! En ese párrafo de las "Meditaciones", Marco Aurelio se pide a sí mismo detenerse a pensar, abrir los ojos y actuar con inteligencia. Entonces, la bruma que rodea a los sueños levantará y todo se verá con mayor claridad. Quizá, si nos centramos en las cosas pequeñas de nuestra vida diaria, el camino se despejará al final y aquellos sueños lejanos se transformen en realidades concretas alcanzables. 

Y la naturaleza humana no cambia por mucho que pase el tiempo. Da igual en qué momento de la historia nos encontremos porque siempre tenemos los mismos temores, los mismos sueños, la misma desazón. Da igual que nos encontremos a orillas del Danubio guerreando contra los sármatas y los lombardos que en un tren de vuelta a casa en 2022. Aquellas reflexiones que Marco Aurelio dejó plasmadas en su obra para no olvidar jamás se repiten con frecuencia en otros momentos y lugares.

Mientras pienso todo esto, subo al autobús para continuar el viaje. Entre el murmullo de las conversaciones del resto de pasajeros, presto atención a la música que está sonando dentro del autocar. Es la última canción de Joaquín Sabina. Repite con insistencia, una y otra vez, la misma idea:

"Si el corazón no rima con la realidad, 
cambio de rumbo, sintiéndolo mucho." 

 
 

lunes, 21 de noviembre de 2022

METAMORFOSIS


Diocleciano descendiendo del carruaje.

Después de dos largos años de intensa lucha en los confines del mundo romano, Diocleciano logró restaurar el poder imperial, pero en ese tiempo no prestó atención, ni un solo minuto, a los cristianos. Cuando, en el 287, estableció su residencia definitiva en Nicomedia, el emperador pudo contemplar una basílica cristiana construida en la colina opuesta a su palacio. Soplaban vientos de cambio en el imperio.

Para muchos historiadores, la decadencia de Roma comenzó en el siglo III, después del año de los cinco emperadores (193 d.C.). Para algunos, Roma nunca se recuperó de aquella crisis. A pesar de los intentos del algunos emperadores, como Diocleciano, por recuperar el orden, su poder se fue debilitando en un proceso agónico que culminó en el 476 cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el godo Odoacro. La estructura política de Roma desapareció para siempre en el Mediterráneo occidental, no así en el oriental, donde el Imperio bizantino sobrevivió otros mil años.

Cierto es que podemos considerar el siglo III como un siglo de crisis en el que Roma hubo de enfrentarse a fabulosos retos que la sometieron a una terrible presión. A las guerras constantes contra las tribus bárbaras en el limes se sumaron las luchas entre distintas facciones políticas en el seno del imperio. Y a todo ello, la emergencia de una nueva religión: el cristianismo. No obstante, algunos de estos retos no eran nuevos. Los romanos estaban acostumbrados a enfrentase a los bárbaros del norte, los primitivos pueblos que vivían allende el Rin y el Danubio, desde hacía siglos. 

La inestabilidad política se agudizó en ese periodo. En apenas medio siglo se sucedieron 25 emperadores y la mayoría desaparecieron en situaciones violentas. Cualquier romano del año 200 añoraba la época de Marco Aurelio (169 - 180), el último gran emperador. Habían pasado los tiempos de los buenos gobernantes, de la pax romana y de la prosperidad económica. Lo que se abría ante sus ojos era una incógnita, algo nuevo.

Para nosotros, una crisis es algo negativo, un momento de dificultades. Pero una crisis es también un periodo de cambio, de transformación. Sin duda, debemos entender el siglo III como una metamorfosis en el viejo imperio. La Roma que salió de aquella mutación fue muy distinta a la que el emperador Augusto concibió en los albores del siglo I, pero no por ello podemos considerarla peor.

Antes del siglo III, el Imperio romano era la unión de remotos territorios que tenían poco en común. Era un imperio de ciudades, donde la civilización no alcanzaba a las comunidades rurales. Tan solo las provincias ribereñas del Mediterráneo podían considerarse plenamente integradas en la estructura política y económica romana. En contra de la creencia común, el latín aún no se había extendido más allá de algunas ciudades y pervivían tradiciones prerromanas por doquier. Algunos historiadores, como Peter Brown, consideran que fue a partir del siglo III cuando la lengua latina se extendió por completo en el imperio, gracias a una nueva élite social que emergió de la crisis y a la expansión de la nueva religión cristiana.

Las turbulencias hicieron emerger una nueva élite social y política alejada de la tradicional aristocracia romana. Ahora eran los guerreros, aquellos que habían labrado su destino en la guerra, en las dificultades, quienes emergieron como la nueva clase dirigente. El propio Diocleciano procedía de una familia muy humilde (su padre era un liberto) y se hizo con el poder gracias al apoyo de sus tropas en la frontera norte. Cualquier romano de los siglos I y II se hubiese llevado las manos a la cabeza ante un hecho semejante.

Esa nueva élite vivía en todo el imperio, no sólo en Roma. Roma ya no era la capital sagrada de los siglos pasados. Muchos senadores sólo habían visitado Roma una vez en su vida y muchos generales que dirigieron el imperio desde los campos de batalla del Rin y del Danubio no la pisaron nunca. Pero, por contra, el imperio del siglo IV era más compacto y uniforme que el del siglo I y el sentimiento de romanidad también se ha extendido, igual que la lengua latina.

El imperio, además, basculaba ya irremediablemente hacia el este, hacia las regiones más desarrolladas y dinámicas el Mediterráneo oriental. La influencia de las provincias del este, de cultura helénica y donde no se hablaba latín sino griego, era enorme. El oeste era más primitivo y arcaico. Constantinopla se erigiría pronto como la "nueva Roma", y otras ciudades, sobrepobladas y abigarradas, recuperaron el esplendor de épocas pasadas: Atenas, Alejandría, Antioquía, etc.

Y a todo ello se sumó la expansión del cristianismo. Los siglos III y IV asistieron al triunfo definitivo de la nueva religión sobre el paganismo tradicional. Durante largos decenios convivieron los grupos paganos con los grupos cristianos, más vigorosos. La revitalización de la cultura clásica griega y latina se cubrió, poco a poco, con el barniz de la nueva religión. Al principio, los revolucionarios monoteístas fueron perseguidos; luego fueron tolerados. Cuando, hacía el 312, Constantino I se convirtió al cristianismo, el triunfo de la nueva fe fue definitivo. Los romanos de las clases medias y altas se identificaron con la nueva religión que brindaba certezas en un mundo cada vez más incierto.

Este renovado imperio prolongó su existencia durante más de cien años en el Mediterráneo occidental y sobrevivió en oriente, en torno a Constantinopla, durante otro milenio. El Imperio oriental resistió las incursiones de los migrantes germánicos mientras el oeste, más dividido social y políticamente, sucumbió en el 476. Pero todo ello fue ya en el siglo V, doscientos años después de que Diocleciano contemplara la basílica cristiana frente a su palacio en Nicomedia.

En el siglo III, las circunstancias históricas provocaron la metamorfosis del Imperio romano. El resultado de esta transformación fue un imperio renovado que alumbraría rápido las dinámicas que caracterizarían la Edad Media en Europa. Surgió una élite guerrera y localista que sustituyó a la vieja aristocracia romana; la expansión del latín y el cristianismo homogeneizaron la sociedad del imperio; y los cambios políticos permitieron que el Estado sobreviviera en el Mediterráneo oriental hasta la caía de Constantinopla en poder de los turcos en la lejana fecha de 1453. En otras palabras, durante la crisis del siglo III, Roma no hizo otra cosa que adaptarse a los nuevos tiempos.


Una mujer toca los restos del Coloso de Constantino (Roma).



"O tempora, o mores"

(¡Qué tiempos, qué costumbres!)

M. T. Cicerón (s. I a.C.). 




domingo, 30 de octubre de 2022

"AQUÍ SON POLVO Y NADA"

Vista del cementerio municipal de Soria

La anciana exclama con voz temblorosa: "2017. Hace ya cinco años que estás aquí". Después, toca la lápida y continua: "Mira, aquí abajo está la urna". Su hija la escucha en silencio. Solo los graznidos de un cuervo que vuela sobre los cipreses altera el recogimiento de la escena.

No hay mucha gente en el cementerio hoy. Son las seis de la tarde y ya anochece. A pesar de ser víspera de Todos los Santos, las lluvias de esta tarde han desanimado a muchos. Se respira tranquilidad. Se respira paz. Y el frescor del momento es agradable. No hace frío, aunque estamos ya a finales de octubre.

Iglesia de Nuestra Señora del Espino y cementerio

Sigo caminando. Un poco más allá, un hombre comenta a sus acompañantes: "Este niño era hijo de un compañero mío de trabajo." Y señala la lápida. Cuando se marchan, me acerco disimuladamente y leo: "Al niño Antonio (...) 1974. A los tres años. Sus padres y abuelos". Ha pasado mucho tiempo de aquello, pero el recuerdo sigue aquí.

Nicho del niño Antonio

En el cementerio hay miles de tumbas. La muerte nos iguala a todos, pero las lápidas descubren quién fue el difunto. Algunos sepulcros son monumentales y lujosos. Otros, apenas una humilde lápida con varios nombres escritos. Algunos carecen incluso de sepultura y solo una placa o una crucecilla señala la fosa. Da igual, porque sus moradores ya no están. Ya no tienen nada; no son nadie.

Túmulo monumental

Una de las tumbas no tiene siquiera lápida. Solo una cruz de bronce con una plaquita en la que leo dos nombres y la edad que tenían cuando fallecieron. Son dos mujeres, de veintiuno y veinticuatro años. Dice la placa: "Recuerdo de su madre y hermanos". No puedo evitar preguntarme quiénes serían aquellas hermanas que marcharon tan jóvenes. Y pienso también en el sufrimiento de su madre. Todo ocurrió en 1954 y 1963. Demasiado tiempo hace ya. 

Tumba de las hermanas

En un cementerio, uno también puede visitar las tumbas de personajes ilustres. Algunas sepulturas están señaladas como atracciones turísticas. No son pocos los visitantes que se acercan a la tumba de Leonor Izquierdo, la esposa y musa del poeta Antonio Machado, muerta en 1912, a los dieciocho años. Ahora se puede visitar hasta una pequeña capilla con versos del poeta en el propio cementerio, junto al sepulcro de Leonor. Ella descansa allí, a pocos metros.

Sepultura de Leonor Izquierdo

También se encuentra en la parte más antigua del camposanto el sepulcro de Mariano Vicén, quien fuera alcalde de Soria a comienzo del siglo XX. Se puede leer un cartel azul que anuncia "Titularidad extinguida". Parece que ya nadie se hace responsable de sus restos, por muy ilustre que sea el difunto. La muerte nos iguala a todos.

Tumba de la Familia Vicén

Igual ocurre con los de Micaela Martínez, muerta en 1907. Tan solo una placa anuncia su fosa. No hay ni lápida ni cruz ni nada. Y parece que ya nadie se acuerda de ella. En un tiempo, sus restos se exhumarán y acabarán en el osario, como tanto otros. La placa se retirará y se perderá para siempre su recuerdo. Su existencia se apagará para siempre.

Tumba de Micaela Martínez

Los enterramientos más antiguos del cementerio son de mediados del siglo XIX, quizá anteriores. Cuando uno pasea entre las tumbas de la parte vieja siente el paso del tiempo y la fragilidad de la memoria. En algunos casos, las lápidas están abandonadas porque la familia de los difuntos se extinguió. En otros, en cambio, abundan las flores. Aún hay quien mantiene el recuerdo de los ausentes.

Algunos panteones son testigos de la sucesión de generaciones de una misma familia. Las inscripciones los anuncian: 1888, 1907, 1948, 1984, 2019. Son todos miembros de una estirpe y todos descansan en el mismo suelo. En grande se puede leer "Propiedad perpetua". Parece un intento de defender ese terruño como parte de la familia para que nadie lo arrebate. Ahí está su pasado, al fin y al cabo.

Aquí están enterradas generaciones de una misma familia.

Entre decenas de tumbas leo las inscripciones e imagino cómo fue la vida y la muerte de los difuntos. Me doy cuenta de que el cementerio no es un lugar sombrío ni triste. Es, por el contrario, un depósito de memoria, de vidas (en plural), de existencias. Es también una lección de humildad contemplar las lápidas de muchos cuyo recuerdo ya se ha perdido para siempre. Otros aún viven en la memoria de sus familiares y amigos. ¿Cuándo descansaremos nosotros aquí? ¿Por cuánto tiempo sobrevivirá nuestro recuerdo?

La muerte viaja inevitablemente unida a la vida. No se puede entender la una sin la otra. Así que este lugar es también un lugar de vida. Mientras pienso esto, busco las tumbas de los míos. Aquí están los que ya no son, pero fueron. 

Vista general de la parte nueva del cementerio

Cuando salgo del camposanto me cruzo con una familia. Van rápido, parece que tienen prisa. La madre lleva un ramo de flores en las manos. El niño, de unos diez años, pregunta: "¿Pero, entonces, lo enterrasteis aquí?". "Sí, hijo, aquí está el abuelo", responde el padre. La hija pequeña, de poco más de cinco años, exclama con alegría: "Yo quiero entrar a verlo".

Justo después, me doy cuenta de que no he ido a ver la famosa "Octava real", un poema grabado en una plancha de olmo que narra la muerte de una madre y su hija. Me doy la vuelta y vuelvo a entrar. Ahora camino rápido, sin prestar atención a la hilera de tumbas a ambos lados. Me detengo, por fin, ante la plancha y leo con atención. El poema es bellísimo:

"Mortal que de la cuna presuroso
hacia la tumba yerta y despiadada
corres cual todos ¡Ay! Si ves piadoso
de hija y madre esta fúnebre morada
ruegan en tu alma a Dios por su reposo
ruega por los que aquí son polvo y nada
ruega y merezca tu piedad cristiana
que otros a Dios por ti rueguen mañana."

Plancha de la "Octava real"

domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?

 La estatua de Lenin mira al moderno CBD de Moscú


En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.

Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz. 

Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.

Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.

A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.

A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.

A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".

Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.

Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país. 

La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.

Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa. 

Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.


Centro de Moscú antes de la caída de la URSS



viernes, 9 de septiembre de 2022

EL OCASO DEL SIGLO XX


En las últimas semanas el mundo ha visto desaparecer a dos de los grandes iconos del siglo XX. El 30 de agosto moría en un hospital de Moscú el que había sido último dirigente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. El 8 de septiembre, desaparecía la reina de Inglaterra, Isabel II. Su reinado, que se prolongó durante siete décadas, es uno de los más largos de la Historia. Ambos eran los últimos representantes de una época ya pasada.

La figura de Gorbachov, de indudable trascendencia histórica, es muy controvertida; odiada y amada a partes iguales por la sociedad rusa. Asumió el poder de la URSS en 1985, en un momento de grave crisis económica en el país. Trató de hacer reformas que condujeran al régimen soviético a la democracia y lo abrieran a una economía de mercado (la famosa "Perestroika"), pero en el intento, el país acabó desintegrándose. 

En 1991, Gorbachov se convirtió en un presidente de un Estado que no existía. La URSS, que había dominado las relaciones internacionales durante gran parte del siglo XX desapareció de la noche a la mañana y él dimitió, solo y humillado, en diciembre de 1991. A partir de entonces no fue más que la figura espectral del viejo mundo comunista, ahora fantasma, desaparecido, que el siglo XX vio nacer y también morir.

Paradójicamente la muerte de Gorbachov coincide en el tiempo con la invasión rusa de Ucrania. El último representante de la URSS como gran potencia mundial desparece en el momento en el que Rusia está intentando recobrar su protagonismo internacional con una agresividad inusitada.

Muy diferente es la reina Isabel II del Reino Unido, otro de los grandes representantes del siglo XX. Nació en 1926 y asumió el trono británico en 1952. En ese momento, el Reino Unido aún era un imperio y Winston Churchill, el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial para los británicos, dominaba todavía la política en el país. Isabel II nombraría a otros quince primeros ministros en sus siete décadas de reinado, asistiría al proceso de descolonización y sería testigo de profundos cambios sociales y económicos en su país y en el mundo.

Isabel II se convirtió, pasados los años, en un símbolo de estabilidad y continuidad del poder británico en el mundo. Su figura recta, impasible e intachable fue durante décadas el mejor ejemplo de la monarquía parlamentaria en Europa. El compromiso con su deber, la sobriedad y la disciplina marcaron su reinado, a pesar de algunos escándalos protagonizados por miembros de su familia. 

En los años 90, un periodista español decía que "en público, a menudo aparece distante; en privado, aunque no es muy intelectual, puede resultar ingeniosa y sabía, con envidiable memoria". Más del 80% de los británicos del 2022 han nacido durante el reinado de Isabel II. Este dato evidencia la magnitud histórica de un periodo sólo comparable a la Época Victoriana (1837 - 1901).

La muerte de la soberana, con 96 años, coincide en el tiempo con el Brexit, con el incremento de la fuerza del independentismo en Escocia y con síntomas de una nueva crisis económica provocada por la guerra de Ucrania. Isabel II vio integrarse al Reino Unido en la Unión Europea, y también vio cómo la abandonaba. Al parecer, se opuso.

Gorbachov e Isabel II fueron quizá los últimos supervivientes de una época pasada, de una era que ya no existe. El mundo es hoy muy diferente al del siglo XX que ellos conocieron tan bien. El siglo XX, que acabó cronológicamente hace ya veintidós años, está perdiendo a sus últimos protagonistas, los representantes de un mundo extinto.