lunes, 23 de enero de 2023
CATORCE DÍAS DE FELICIDAD
sábado, 31 de diciembre de 2022
2022. MI 2022
A medida que uno crece, el tiempo deja su impronta visible e invisible. Y uno se da cuenta de que la vida no es otra cosa que construir y avanzar. Construir y avanzar pase lo que pase y a pesar de todo y de todos.
domingo, 4 de diciembre de 2022
"SI EL CORAZÓN NO RIMA CON LA REALIDAD..."
lunes, 21 de noviembre de 2022
METAMORFOSIS
Después de dos largos años de intensa lucha en los confines del mundo romano, Diocleciano logró restaurar el poder imperial, pero en ese tiempo no prestó atención, ni un solo minuto, a los cristianos. Cuando, en el 287, estableció su residencia definitiva en Nicomedia, el emperador pudo contemplar una basílica cristiana construida en la colina opuesta a su palacio. Soplaban vientos de cambio en el imperio.
Para muchos historiadores, la decadencia de Roma comenzó en el siglo III, después del año de los cinco emperadores (193 d.C.). Para algunos, Roma nunca se recuperó de aquella crisis. A pesar de los intentos del algunos emperadores, como Diocleciano, por recuperar el orden, su poder se fue debilitando en un proceso agónico que culminó en el 476 cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el godo Odoacro. La estructura política de Roma desapareció para siempre en el Mediterráneo occidental, no así en el oriental, donde el Imperio bizantino sobrevivió otros mil años.
Cierto es que podemos considerar el siglo III como un siglo de crisis en el que Roma hubo de enfrentarse a fabulosos retos que la sometieron a una terrible presión. A las guerras constantes contra las tribus bárbaras en el limes se sumaron las luchas entre distintas facciones políticas en el seno del imperio. Y a todo ello, la emergencia de una nueva religión: el cristianismo. No obstante, algunos de estos retos no eran nuevos. Los romanos estaban acostumbrados a enfrentase a los bárbaros del norte, los primitivos pueblos que vivían allende el Rin y el Danubio, desde hacía siglos.
La inestabilidad política se agudizó en ese periodo. En apenas medio siglo se sucedieron 25 emperadores y la mayoría desaparecieron en situaciones violentas. Cualquier romano del año 200 añoraba la época de Marco Aurelio (169 - 180), el último gran emperador. Habían pasado los tiempos de los buenos gobernantes, de la pax romana y de la prosperidad económica. Lo que se abría ante sus ojos era una incógnita, algo nuevo.
Para nosotros, una crisis es algo negativo, un momento de dificultades. Pero una crisis es también un periodo de cambio, de transformación. Sin duda, debemos entender el siglo III como una metamorfosis en el viejo imperio. La Roma que salió de aquella mutación fue muy distinta a la que el emperador Augusto concibió en los albores del siglo I, pero no por ello podemos considerarla peor.
Antes del siglo III, el Imperio romano era la unión de remotos territorios que tenían poco en común. Era un imperio de ciudades, donde la civilización no alcanzaba a las comunidades rurales. Tan solo las provincias ribereñas del Mediterráneo podían considerarse plenamente integradas en la estructura política y económica romana. En contra de la creencia común, el latín aún no se había extendido más allá de algunas ciudades y pervivían tradiciones prerromanas por doquier. Algunos historiadores, como Peter Brown, consideran que fue a partir del siglo III cuando la lengua latina se extendió por completo en el imperio, gracias a una nueva élite social que emergió de la crisis y a la expansión de la nueva religión cristiana.
Las turbulencias hicieron emerger una nueva élite social y política alejada de la tradicional aristocracia romana. Ahora eran los guerreros, aquellos que habían labrado su destino en la guerra, en las dificultades, quienes emergieron como la nueva clase dirigente. El propio Diocleciano procedía de una familia muy humilde (su padre era un liberto) y se hizo con el poder gracias al apoyo de sus tropas en la frontera norte. Cualquier romano de los siglos I y II se hubiese llevado las manos a la cabeza ante un hecho semejante.
Esa nueva élite vivía en todo el imperio, no sólo en Roma. Roma ya no era la capital sagrada de los siglos pasados. Muchos senadores sólo habían visitado Roma una vez en su vida y muchos generales que dirigieron el imperio desde los campos de batalla del Rin y del Danubio no la pisaron nunca. Pero, por contra, el imperio del siglo IV era más compacto y uniforme que el del siglo I y el sentimiento de romanidad también se ha extendido, igual que la lengua latina.
El imperio, además, basculaba ya irremediablemente hacia el este, hacia las regiones más desarrolladas y dinámicas el Mediterráneo oriental. La influencia de las provincias del este, de cultura helénica y donde no se hablaba latín sino griego, era enorme. El oeste era más primitivo y arcaico. Constantinopla se erigiría pronto como la "nueva Roma", y otras ciudades, sobrepobladas y abigarradas, recuperaron el esplendor de épocas pasadas: Atenas, Alejandría, Antioquía, etc.
Y a todo ello se sumó la expansión del cristianismo. Los siglos III y IV asistieron al triunfo definitivo de la nueva religión sobre el paganismo tradicional. Durante largos decenios convivieron los grupos paganos con los grupos cristianos, más vigorosos. La revitalización de la cultura clásica griega y latina se cubrió, poco a poco, con el barniz de la nueva religión. Al principio, los revolucionarios monoteístas fueron perseguidos; luego fueron tolerados. Cuando, hacía el 312, Constantino I se convirtió al cristianismo, el triunfo de la nueva fe fue definitivo. Los romanos de las clases medias y altas se identificaron con la nueva religión que brindaba certezas en un mundo cada vez más incierto.
Este renovado imperio prolongó su existencia durante más de cien años en el Mediterráneo occidental y sobrevivió en oriente, en torno a Constantinopla, durante otro milenio. El Imperio oriental resistió las incursiones de los migrantes germánicos mientras el oeste, más dividido social y políticamente, sucumbió en el 476. Pero todo ello fue ya en el siglo V, doscientos años después de que Diocleciano contemplara la basílica cristiana frente a su palacio en Nicomedia.
En el siglo III, las circunstancias históricas provocaron la metamorfosis del Imperio romano. El resultado de esta transformación fue un imperio renovado que alumbraría rápido las dinámicas que caracterizarían la Edad Media en Europa. Surgió una élite guerrera y localista que sustituyó a la vieja aristocracia romana; la expansión del latín y el cristianismo homogeneizaron la sociedad del imperio; y los cambios políticos permitieron que el Estado sobreviviera en el Mediterráneo oriental hasta la caía de Constantinopla en poder de los turcos en la lejana fecha de 1453. En otras palabras, durante la crisis del siglo III, Roma no hizo otra cosa que adaptarse a los nuevos tiempos.
"O tempora, o mores"
(¡Qué tiempos, qué costumbres!)
M. T. Cicerón (s. I a.C.).
domingo, 30 de octubre de 2022
"AQUÍ SON POLVO Y NADA"
domingo, 25 de septiembre de 2022
¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?
En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.
Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz.
Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.
Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.
A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.
A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.
A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".
Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.
Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país.
La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.
Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa.
Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.




