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lunes, 21 de noviembre de 2022

METAMORFOSIS


Diocleciano descendiendo del carruaje.

Después de dos largos años de intensa lucha en los confines del mundo romano, Diocleciano logró restaurar el poder imperial, pero en ese tiempo no prestó atención, ni un solo minuto, a los cristianos. Cuando, en el 287, estableció su residencia definitiva en Nicomedia, el emperador pudo contemplar una basílica cristiana construida en la colina opuesta a su palacio. Soplaban vientos de cambio en el imperio.

Para muchos historiadores, la decadencia de Roma comenzó en el siglo III, después del año de los cinco emperadores (193 d.C.). Para algunos, Roma nunca se recuperó de aquella crisis. A pesar de los intentos del algunos emperadores, como Diocleciano, por recuperar el orden, su poder se fue debilitando en un proceso agónico que culminó en el 476 cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el godo Odoacro. La estructura política de Roma desapareció para siempre en el Mediterráneo occidental, no así en el oriental, donde el Imperio bizantino sobrevivió otros mil años.

Cierto es que podemos considerar el siglo III como un siglo de crisis en el que Roma hubo de enfrentarse a fabulosos retos que la sometieron a una terrible presión. A las guerras constantes contra las tribus bárbaras en el limes se sumaron las luchas entre distintas facciones políticas en el seno del imperio. Y a todo ello, la emergencia de una nueva religión: el cristianismo. No obstante, algunos de estos retos no eran nuevos. Los romanos estaban acostumbrados a enfrentase a los bárbaros del norte, los primitivos pueblos que vivían allende el Rin y el Danubio, desde hacía siglos. 

La inestabilidad política se agudizó en ese periodo. En apenas medio siglo se sucedieron 25 emperadores y la mayoría desaparecieron en situaciones violentas. Cualquier romano del año 200 añoraba la época de Marco Aurelio (169 - 180), el último gran emperador. Habían pasado los tiempos de los buenos gobernantes, de la pax romana y de la prosperidad económica. Lo que se abría ante sus ojos era una incógnita, algo nuevo.

Para nosotros, una crisis es algo negativo, un momento de dificultades. Pero una crisis es también un periodo de cambio, de transformación. Sin duda, debemos entender el siglo III como una metamorfosis en el viejo imperio. La Roma que salió de aquella mutación fue muy distinta a la que el emperador Augusto concibió en los albores del siglo I, pero no por ello podemos considerarla peor.

Antes del siglo III, el Imperio romano era la unión de remotos territorios que tenían poco en común. Era un imperio de ciudades, donde la civilización no alcanzaba a las comunidades rurales. Tan solo las provincias ribereñas del Mediterráneo podían considerarse plenamente integradas en la estructura política y económica romana. En contra de la creencia común, el latín aún no se había extendido más allá de algunas ciudades y pervivían tradiciones prerromanas por doquier. Algunos historiadores, como Peter Brown, consideran que fue a partir del siglo III cuando la lengua latina se extendió por completo en el imperio, gracias a una nueva élite social que emergió de la crisis y a la expansión de la nueva religión cristiana.

Las turbulencias hicieron emerger una nueva élite social y política alejada de la tradicional aristocracia romana. Ahora eran los guerreros, aquellos que habían labrado su destino en la guerra, en las dificultades, quienes emergieron como la nueva clase dirigente. El propio Diocleciano procedía de una familia muy humilde (su padre era un liberto) y se hizo con el poder gracias al apoyo de sus tropas en la frontera norte. Cualquier romano de los siglos I y II se hubiese llevado las manos a la cabeza ante un hecho semejante.

Esa nueva élite vivía en todo el imperio, no sólo en Roma. Roma ya no era la capital sagrada de los siglos pasados. Muchos senadores sólo habían visitado Roma una vez en su vida y muchos generales que dirigieron el imperio desde los campos de batalla del Rin y del Danubio no la pisaron nunca. Pero, por contra, el imperio del siglo IV era más compacto y uniforme que el del siglo I y el sentimiento de romanidad también se ha extendido, igual que la lengua latina.

El imperio, además, basculaba ya irremediablemente hacia el este, hacia las regiones más desarrolladas y dinámicas el Mediterráneo oriental. La influencia de las provincias del este, de cultura helénica y donde no se hablaba latín sino griego, era enorme. El oeste era más primitivo y arcaico. Constantinopla se erigiría pronto como la "nueva Roma", y otras ciudades, sobrepobladas y abigarradas, recuperaron el esplendor de épocas pasadas: Atenas, Alejandría, Antioquía, etc.

Y a todo ello se sumó la expansión del cristianismo. Los siglos III y IV asistieron al triunfo definitivo de la nueva religión sobre el paganismo tradicional. Durante largos decenios convivieron los grupos paganos con los grupos cristianos, más vigorosos. La revitalización de la cultura clásica griega y latina se cubrió, poco a poco, con el barniz de la nueva religión. Al principio, los revolucionarios monoteístas fueron perseguidos; luego fueron tolerados. Cuando, hacía el 312, Constantino I se convirtió al cristianismo, el triunfo de la nueva fe fue definitivo. Los romanos de las clases medias y altas se identificaron con la nueva religión que brindaba certezas en un mundo cada vez más incierto.

Este renovado imperio prolongó su existencia durante más de cien años en el Mediterráneo occidental y sobrevivió en oriente, en torno a Constantinopla, durante otro milenio. El Imperio oriental resistió las incursiones de los migrantes germánicos mientras el oeste, más dividido social y políticamente, sucumbió en el 476. Pero todo ello fue ya en el siglo V, doscientos años después de que Diocleciano contemplara la basílica cristiana frente a su palacio en Nicomedia.

En el siglo III, las circunstancias históricas provocaron la metamorfosis del Imperio romano. El resultado de esta transformación fue un imperio renovado que alumbraría rápido las dinámicas que caracterizarían la Edad Media en Europa. Surgió una élite guerrera y localista que sustituyó a la vieja aristocracia romana; la expansión del latín y el cristianismo homogeneizaron la sociedad del imperio; y los cambios políticos permitieron que el Estado sobreviviera en el Mediterráneo oriental hasta la caía de Constantinopla en poder de los turcos en la lejana fecha de 1453. En otras palabras, durante la crisis del siglo III, Roma no hizo otra cosa que adaptarse a los nuevos tiempos.


Una mujer toca los restos del Coloso de Constantino (Roma).



"O tempora, o mores"

(¡Qué tiempos, qué costumbres!)

M. T. Cicerón (s. I a.C.). 




domingo, 30 de octubre de 2022

"AQUÍ SON POLVO Y NADA"

Vista del cementerio municipal de Soria

La anciana exclama con voz temblorosa: "2017. Hace ya cinco años que estás aquí". Después, toca la lápida y continua: "Mira, aquí abajo está la urna". Su hija la escucha en silencio. Solo los graznidos de un cuervo que vuela sobre los cipreses altera el recogimiento de la escena.

No hay mucha gente en el cementerio hoy. Son las seis de la tarde y ya anochece. A pesar de ser víspera de Todos los Santos, las lluvias de esta tarde han desanimado a muchos. Se respira tranquilidad. Se respira paz. Y el frescor del momento es agradable. No hace frío, aunque estamos ya a finales de octubre.

Iglesia de Nuestra Señora del Espino y cementerio

Sigo caminando. Un poco más allá, un hombre comenta a sus acompañantes: "Este niño era hijo de un compañero mío de trabajo." Y señala la lápida. Cuando se marchan, me acerco disimuladamente y leo: "Al niño Antonio (...) 1974. A los tres años. Sus padres y abuelos". Ha pasado mucho tiempo de aquello, pero el recuerdo sigue aquí.

Nicho del niño Antonio

En el cementerio hay miles de tumbas. La muerte nos iguala a todos, pero las lápidas descubren quién fue el difunto. Algunos sepulcros son monumentales y lujosos. Otros, apenas una humilde lápida con varios nombres escritos. Algunos carecen incluso de sepultura y solo una placa o una crucecilla señala la fosa. Da igual, porque sus moradores ya no están. Ya no tienen nada; no son nadie.

Túmulo monumental

Una de las tumbas no tiene siquiera lápida. Solo una cruz de bronce con una plaquita en la que leo dos nombres y la edad que tenían cuando fallecieron. Son dos mujeres, de veintiuno y veinticuatro años. Dice la placa: "Recuerdo de su madre y hermanos". No puedo evitar preguntarme quiénes serían aquellas hermanas que marcharon tan jóvenes. Y pienso también en el sufrimiento de su madre. Todo ocurrió en 1954 y 1963. Demasiado tiempo hace ya. 

Tumba de las hermanas

En un cementerio, uno también puede visitar las tumbas de personajes ilustres. Algunas sepulturas están señaladas como atracciones turísticas. No son pocos los visitantes que se acercan a la tumba de Leonor Izquierdo, la esposa y musa del poeta Antonio Machado, muerta en 1912, a los dieciocho años. Ahora se puede visitar hasta una pequeña capilla con versos del poeta en el propio cementerio, junto al sepulcro de Leonor. Ella descansa allí, a pocos metros.

Sepultura de Leonor Izquierdo

También se encuentra en la parte más antigua del camposanto el sepulcro de Mariano Vicén, quien fuera alcalde de Soria a comienzo del siglo XX. Se puede leer un cartel azul que anuncia "Titularidad extinguida". Parece que ya nadie se hace responsable de sus restos, por muy ilustre que sea el difunto. La muerte nos iguala a todos.

Tumba de la Familia Vicén

Igual ocurre con los de Micaela Martínez, muerta en 1907. Tan solo una placa anuncia su fosa. No hay ni lápida ni cruz ni nada. Y parece que ya nadie se acuerda de ella. En un tiempo, sus restos se exhumarán y acabarán en el osario, como tanto otros. La placa se retirará y se perderá para siempre su recuerdo. Su existencia se apagará para siempre.

Tumba de Micaela Martínez

Los enterramientos más antiguos del cementerio son de mediados del siglo XIX, quizá anteriores. Cuando uno pasea entre las tumbas de la parte vieja siente el paso del tiempo y la fragilidad de la memoria. En algunos casos, las lápidas están abandonadas porque la familia de los difuntos se extinguió. En otros, en cambio, abundan las flores. Aún hay quien mantiene el recuerdo de los ausentes.

Algunos panteones son testigos de la sucesión de generaciones de una misma familia. Las inscripciones los anuncian: 1888, 1907, 1948, 1984, 2019. Son todos miembros de una estirpe y todos descansan en el mismo suelo. En grande se puede leer "Propiedad perpetua". Parece un intento de defender ese terruño como parte de la familia para que nadie lo arrebate. Ahí está su pasado, al fin y al cabo.

Aquí están enterradas generaciones de una misma familia.

Entre decenas de tumbas leo las inscripciones e imagino cómo fue la vida y la muerte de los difuntos. Me doy cuenta de que el cementerio no es un lugar sombrío ni triste. Es, por el contrario, un depósito de memoria, de vidas (en plural), de existencias. Es también una lección de humildad contemplar las lápidas de muchos cuyo recuerdo ya se ha perdido para siempre. Otros aún viven en la memoria de sus familiares y amigos. ¿Cuándo descansaremos nosotros aquí? ¿Por cuánto tiempo sobrevivirá nuestro recuerdo?

La muerte viaja inevitablemente unida a la vida. No se puede entender la una sin la otra. Así que este lugar es también un lugar de vida. Mientras pienso esto, busco las tumbas de los míos. Aquí están los que ya no son, pero fueron. 

Vista general de la parte nueva del cementerio

Cuando salgo del camposanto me cruzo con una familia. Van rápido, parece que tienen prisa. La madre lleva un ramo de flores en las manos. El niño, de unos diez años, pregunta: "¿Pero, entonces, lo enterrasteis aquí?". "Sí, hijo, aquí está el abuelo", responde el padre. La hija pequeña, de poco más de cinco años, exclama con alegría: "Yo quiero entrar a verlo".

Justo después, me doy cuenta de que no he ido a ver la famosa "Octava real", un poema grabado en una plancha de olmo que narra la muerte de una madre y su hija. Me doy la vuelta y vuelvo a entrar. Ahora camino rápido, sin prestar atención a la hilera de tumbas a ambos lados. Me detengo, por fin, ante la plancha y leo con atención. El poema es bellísimo:

"Mortal que de la cuna presuroso
hacia la tumba yerta y despiadada
corres cual todos ¡Ay! Si ves piadoso
de hija y madre esta fúnebre morada
ruegan en tu alma a Dios por su reposo
ruega por los que aquí son polvo y nada
ruega y merezca tu piedad cristiana
que otros a Dios por ti rueguen mañana."

Plancha de la "Octava real"

domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?

 La estatua de Lenin mira al moderno CBD de Moscú


En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.

Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz. 

Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.

Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.

A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.

A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.

A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".

Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.

Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país. 

La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.

Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa. 

Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.


Centro de Moscú antes de la caída de la URSS



viernes, 9 de septiembre de 2022

EL OCASO DEL SIGLO XX


En las últimas semanas el mundo ha visto desaparecer a dos de los grandes iconos del siglo XX. El 30 de agosto moría en un hospital de Moscú el que había sido último dirigente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. El 8 de septiembre, desaparecía la reina de Inglaterra, Isabel II. Su reinado, que se prolongó durante siete décadas, es uno de los más largos de la Historia. Ambos eran los últimos representantes de una época ya pasada.

La figura de Gorbachov, de indudable trascendencia histórica, es muy controvertida; odiada y amada a partes iguales por la sociedad rusa. Asumió el poder de la URSS en 1985, en un momento de grave crisis económica en el país. Trató de hacer reformas que condujeran al régimen soviético a la democracia y lo abrieran a una economía de mercado (la famosa "Perestroika"), pero en el intento, el país acabó desintegrándose. 

En 1991, Gorbachov se convirtió en un presidente de un Estado que no existía. La URSS, que había dominado las relaciones internacionales durante gran parte del siglo XX desapareció de la noche a la mañana y él dimitió, solo y humillado, en diciembre de 1991. A partir de entonces no fue más que la figura espectral del viejo mundo comunista, ahora fantasma, desaparecido, que el siglo XX vio nacer y también morir.

Paradójicamente la muerte de Gorbachov coincide en el tiempo con la invasión rusa de Ucrania. El último representante de la URSS como gran potencia mundial desparece en el momento en el que Rusia está intentando recobrar su protagonismo internacional con una agresividad inusitada.

Muy diferente es la reina Isabel II del Reino Unido, otro de los grandes representantes del siglo XX. Nació en 1926 y asumió el trono británico en 1952. En ese momento, el Reino Unido aún era un imperio y Winston Churchill, el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial para los británicos, dominaba todavía la política en el país. Isabel II nombraría a otros quince primeros ministros en sus siete décadas de reinado, asistiría al proceso de descolonización y sería testigo de profundos cambios sociales y económicos en su país y en el mundo.

Isabel II se convirtió, pasados los años, en un símbolo de estabilidad y continuidad del poder británico en el mundo. Su figura recta, impasible e intachable fue durante décadas el mejor ejemplo de la monarquía parlamentaria en Europa. El compromiso con su deber, la sobriedad y la disciplina marcaron su reinado, a pesar de algunos escándalos protagonizados por miembros de su familia. 

En los años 90, un periodista español decía que "en público, a menudo aparece distante; en privado, aunque no es muy intelectual, puede resultar ingeniosa y sabía, con envidiable memoria". Más del 80% de los británicos del 2022 han nacido durante el reinado de Isabel II. Este dato evidencia la magnitud histórica de un periodo sólo comparable a la Época Victoriana (1837 - 1901).

La muerte de la soberana, con 96 años, coincide en el tiempo con el Brexit, con el incremento de la fuerza del independentismo en Escocia y con síntomas de una nueva crisis económica provocada por la guerra de Ucrania. Isabel II vio integrarse al Reino Unido en la Unión Europea, y también vio cómo la abandonaba. Al parecer, se opuso.

Gorbachov e Isabel II fueron quizá los últimos supervivientes de una época pasada, de una era que ya no existe. El mundo es hoy muy diferente al del siglo XX que ellos conocieron tan bien. El siglo XX, que acabó cronológicamente hace ya veintidós años, está perdiendo a sus últimos protagonistas, los representantes de un mundo extinto.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

ASALTO AL PALACIO DE LA MONEDA

Salvador Allende, en primer término; Augusto Pinochet, detrás.


En el amanecer de aquel 11 de septiembre de 1973, la armada chilena atracó en el puerto de Valparaíso tras unas maniobras navales. El almirante Toribio se declaró de inmediato en rebeldía y exigió la renuncia del presidente de la república, Salvador Allende. Poco después, aparecieron los primeros tanques en el centro de la capital del país, Santiago de Chile. El Ejército de Tierra, las Fuerzas Aéreas y los Carabineros, dirigidos por los generales Pinochet, Leight y Mendoza, formaron una Junta Militar y exigieron al gobierno democrático la entrega del poder. Eran las siete y media de la mañana.

Entonces, el presidente Allende ya sabía del estallido de la conspiración y se dirigía al Palacio de la Moneda, sede oficial de la presidencia de la República. Le acompañaban veintitrés fieles, todos ellos armados. Allende también portaba un Kalashnikov pues rápido dio a conocer su voluntad de resistir hasta el final aunque esto le llevase a la muerte.

En realidad, aquel golpe de Estado fue el último de una larga lista de conspiraciones que habían comenzado poco después del ascenso al poder de Allende, en 1970. Allende, en representación del Partido Socialista de Chile, había ganado las elecciones generales de 1970 por un estrecho margen de votos gracias al apoyo de la Unidad Popular, una amalgama de seis partidos de izquierda. Apostaba por una transición democrática al socialismo que, por supuesto, no gustó a las clases altas del país y tampoco a EE.UU. en un momento de recrudecimiento de la Guerra Fría.

Entre 1970 y 1973 el gobierno de Allende puso en marcha medidas destinadas a mejorar la vida de las clases más desfavorecidas: se congelaron los precios, se subieron los salarios, se nacionalizaron bancos y empresas extranjeras, se rebajaron las tarifas de los servicios públicos, se inició una reforma agraria, etc. Estas medidas atemorizaron a los partidos de derecha y al gobierno norteamericano de Nixon, sobre todo, tras la nacionalización de ITT y Ford. Los grandes propietarios, latifundistas y empresarios, también vieron con temor el gobierno socialista de Allende.

Las tensiones sociales aumentaron y el gobierno trató de superar su debilidad interna con algunas medidas populistas y de dudoso carácter democrático, como la convocatoria de una Asamblea Popular que sustituyese a la Cámara de Diputados, donde no tenía mayoría. Además, la visita de Fidel Castro a Chile en 1971 no hizo más que empeorar la situación. El Ejército nunca aceptó el gobierno socialista y las clases medias, más potentes en Chile que en otras naciones de América Latina, también empezaron a ver con desconfianza al gobierno de Allende. 

En junio de 1973 ya hubo un intento de sublevación militar que fue aplastado por el gobierno legítimo. La conspiración se reactivó, sin embargo, el 11 de septiembre de ese año, apoyada por Estados Unidos. El propósito declarado de los golpistas era "liberar a nuestra patria del yugo marxista". Allende se negó en rotundo a ceder el poder sin resistir a pesar de que rápido los militares controlaron casi todo el territorio nacional. 

Los combates más cruentos se libraron en el centro de Santiago, en torno al edificio de la sede del gobierno, el Palacio de la Moneda. Allí se atrincheraron algunos fieles al presidente. Los carros de combate, dirigidos por Pinochet, abrieron fuego contra el edificio, dañando seriamente la fachada. Al mismo tiempo, cazabombarderos de la fuerza aérea chilena bombardeaban el palacio lanzando unos diecisiete misiles. El edificio empezó a arder. 

Después de resistir durante toda la mañana y sabiendo que la derrota era segura, Allende pidió a sus defensores que se rindiesen. Él permaneció en el Salón de la Independencia del palacio. Fue encontrado muerto horas después por los militares golpistas. Según la mayor parte de las versiones, se suicidó para no ser humillado y ejecutado por los militares. Su cuerpo fue enterrado el día siguiente en el cementerio de Santa Inés de Viña del Mar, en una tumba anónima. Sólo asistieron su mujer, su hija y el comandante Roberto Sánchez.

La Junta Militar, dirigida por Augusto Pinochet, enseguida tomó el poder y desató una represión brutal en Chile aunque la resistencia de la población al golpe había sido mínima. Se suspendió la Constitución, se disolvió el Parlamento y se declararon ilegales todos los partidos políticos. Los dirigentes de la Unidad Popular, el Partidos Socialista y el Partidos Comunista fueron detenidos. Con el apoyo de EE.UU. y del Reino Unido, Augusto Pinochet dirigió con mano de hierro el país hasta 1990 cuando cedió el poder y se inició la transición a la democracia. La dictadura militar costó miles de muertos en Chile aunque las cifras varían mucho según las fuentes. El asalto al Palacio de la Moneda puso fin al intento de instaurar un régimen socialista compatible con una república democrática. Allende se convirtió en un mito. 


Palacio de la Moneda, mañana del 11 de septiembre de 1973


lunes, 8 de agosto de 2022

LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO

Lo primero que uno siente cuando pone un pie en las Islas Lofoten es la lejanía. Este archipiélago se encuentra lejos de todos lados, en la provincia noruega de Nordland, al norte del Círculo Polar Ártico. Lo segundo quizá sea el vértigo ante un lugar inhóspito donde la naturaleza es poco amable con las sociedades humanas que intentaron y aún intentan vivir aquí. 

Cuando desembarcamos, el 3 de agosto, en el puerto de Moskenes, llovía a cántaros. Tan solo se escuchaban los insufribles graznidos de las gaviotas, las auténticas dueñas del lugar. En teoría el sol no se pone en esta época del año en las Lofoten, es el sol de medianoche, pero los nubarrones negros nos impidieron experimentar las noches blancas. Así fue durante todos los días que estuvimos allí.

El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.



El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.


Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura. 


Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.


Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.



La capital administrativa de la región, Svolvær, o algunas localidades, como Leknes, sí conservan cierta vitalidad social y económica. La muestran en sus centros comerciales, en sus polígonos industriales y en sus cafés. Otras, en cambio, son hoy el fósil de lo que un día fueron pueblos de pescadores. Actualmente, en las Lofoten viven unos 24.000 habitantes, unos 5.000, en la capital. El resto vive en asentamientos dispersos, en casas diseminadas por todas las islas. Sorprende que el vecino más cercano viva a un kilómetro de distancia. El turismo es hoy la única riqueza de estas tierras.

La vida es muy dura allí. Como lo fue siempre. El clima es frío y lluvioso. Los vientos empujan continuamente los centros de bajas presiones árticos sobre estas islas. Nosotros, en pleno agosto, tuvimos máximas de 13°C y lluvia intermitente durante varios días. En invierno, el frío es atroz. El cielo está siempre pálido. Se nota que los rayos del sol no tienen fuerza para calentar estas regiones tan septentrionales. Y en los meses de invierno, las Lofoten se sumen en la noche perpetua. Durante semanas no amanece.  ¿Quién va a querer vivir allí en esas condiciones?



Aún así, este archipiélago custodia una historia rica. Durante cientos de años, las gentes han convivido en armonía con una naturaleza hostil. Las sociedades florecieron y se desarrollaron durante siglos gracias a la pesca y al comercio. Dan cuenta de ello los templos centenarios que pueden contemplarse. Son pequeñas iglesias en medio de los campos, cuyos campanarios destacan entre el resto de edificaciones, pero empequeñecen ante los imponentes farallones esculpidos por los glaciares. También los cementerios dan cuenta de aquellas gentes que forjaron su existencia en estas tierras, lejos de todo y de todos. Gentes para las que era cotidiano contemplar estos maravillosos paisajes y que llamaban hogar a este inhóspito lugar en el fin del mundo.




domingo, 24 de julio de 2022

DIEZ AÑOS DESPUÉS. LIBERTAD Y CORAJE


Hace diez años, el 23 de julio de 2012, publiqué la primera entrada de este blog. Llevaba por título toda una declaración de intenciones: "La búsqueda de la felicidad". Y a la vez era también una introducción a los textos que después publicaría aquí.

Desde aquel verano caluroso, pero no tanto como el actual, ha pasado para el mundo, para vosotros y para mí, una década. Diez años en los que han ocurrido (nos han ocurrido) muchas cosas, buenas y malas. No quiero hacer aquí un resumen de este tiempo porque resultaría demasiado tedioso. Tan solo quiero compartir unas breves reflexiones.

Aquel texto de hace diez años comenzaba con una cita de uno de los primeros historiadores griegos, Tucídides: "La Historia es un incesante volver a empezar." Podríamos modificarla nosotros: la vida es un incesante volver a empezar. Ya sabemos que la Historia es la maestra de la vida, como dejó escrito Cicerón: "Historia vita memoriae, magistra vitae".

El mundo de 2022 es muy distinto al de 2012 pero, paradójicamente ambos mundos están en crisis, en transformación. El mundo del 2012 apenas salía de la Gran Recesión y el de 2022 está sumido en la crisis provocada por la pandemia del coronavirus y por la guerra de Ucrania. Hace diez años, el mundo era frágil e inestable. Hoy es mucho más impredecible, más caótico. 

Quien esto escribe también es muy distinto a aquel muchacho que abrió el blog hace diez años. La inocencia se pierde con el tiempo, algunos sueños se cumplen, otros están aún por cumplir y aparecen nuevos retos y esperanzas en el futuro. Todo lo vivido en diez años ha transformado a uno, lo ha hecho más consciente de la realidad en la que vive y ha abierto nuevos horizontes.

Una vez leí que a medida que se cumplen años, las personas se dan cuenta de que los sueños que tenían de adolescentes y jóvenes nunca se cumplirán. Muchos de los sueños que yo tenía con veinte años se han cumplido una vez alcanzados los treinta. Otros no. Otros aún esperan a ser realizados. Otros sueños y esperanzas han cambiado. Y hay anhelos nuevos que esperan su momento. Cuando logras uno, aparece otro. Cuando cierras una etapa, se abre otra. La vida es un incesante volver a empezar. 

A pesar del paso del tiempo, hay muchas cosas que permanecen con nosotros. Que continúan diez años después. La vida, como la Historia, no se repite, pero tiene algo de cíclica. Parece que hay cosas que siempre vuelven, como fantasmas de un pasado que no se resigna a desaparecer. Nuestra esencia permanece con nosotros por mucho que el tiempo nos cambie. 

En esta década que transcurre entre 2012 y 2022 ha pasado de todo en el planeta. También os ha pasado de todo a vosotros. Y me ha pasado de todo a nivel personal, como individuo insignificante en el mundo. Este blog es un magnífico registro de ello. Siempre he tratado de reflejar los momentos vividos en los textos. Muchas entradas están jalonadas de reflexiones y opiniones críticas de lo que ha ocurrido u ocurre. La Historia, al fin y al cabo, no sirve de nada si no la ponemos al servicio del tiempo presente.

El futuro es una incógnita para todos. Nadie sabe lo que ocurrirá. Sabemos que todo tiene un final, pero no cuándo llegará. Este blog seguirá abierto. Al menos de momento. Es una ventana al mundo. Mi ventana al mundo. Y me niego a cerrarla.

Hoy, 24 de julio de 2022, me gustaría terminar con otra cita de Tucídides, aquel historiador que, como todos, además de informar sobre el pasado, nos da consejos sobre la vida. Es, en realidad, otra declaración de intenciones: "Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje".