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domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Y SI RUSIA PIERDE LA GUERRA?

 La estatua de Lenin mira al moderno CBD de Moscú


En la últimas semanas hemos asistido a lo que parece ser un cambio de rumbo en la guerra de Ucrania. Las tropas de Kiev han recuperado algunos territorios ocupados por Rusia en el noreste del país, mientras el Kremlin ha anunciado la movilización parcial de la población para sostener el esfuerzo bélico. Además, se han organizado plebiscitos sobre la anexión a Rusia en los territorios rebeldes del Dombás y en las regiones ocupadas del sur de Ucrania.

Los expertos afirman que estos sucesos son muestras de la debilidad rusa y del intento del Kremlin de revertir el rumbo del conflicto. Tan solo en dos ocasiones anteriores el gobierno ruso había decretado la movilización militar de la población: durante la Primera Guerra Mundial (en 1914) y durante la Segunda Guerra Mundial (en 1941). Los antecedentes, desde luego, no son nada alentadores para la paz. 

Si echamos la vista a los últimos siglos, siempre que Rusia ha sufrido una derrota en un conflicto internacional, se han desencadenado profundas transformaciones sociales y políticas en el interior del país. Estas dinámicas evidencian cuánto depende el gobierno ruso (de antes y de ahora) de su posición de fuerza en el concierto de las naciones.

Entre 1853 y 1856 se desarrolló la Guerra de Crimea que, para muchos, es la primera guerra contemporánea en Europa. Enfrentó al Imperio ruso contra una coalición de países formada por el Imperio otomano, Francia, Reino Unido y Cerdeña. Las tropas rusas no pudieron derrotar al débil ejército turco gracias al apoyo francés y británico. El Tratado de París (1856), que puso fin a la guerra, debilitó la posición de Rusia en los asuntos internacionales durante los reinados de los zares Alejandro II y Nicolás I.

A nivel interior, la derrota puso de manifiesto la enorme distancia que separaba a Rusia de las grandes naciones industrializadas del Occidente europeo. La necesidad de reformas sociales y políticas se concretó en el Edicto de Emancipación (1861) que abolía la servidumbre en Rusia, aunque dejó insatisfechos tanto a terratenientes como a antiguos siervos. También hubo otras reformas: se relajó la censura, se amplió la educación y se reformó el sistema judicial. A partir de entonces, los jueces debían ser libres e independientes. Esto limitó, por primera vez, la autocracia zarista.

A comienzos del siglo XX, se produjo una nueva derrota rusa en la guerra contra Japón (1904 - 1905). Cesó la expansión rusa en el este de Asia y Japón ocupó la península de Corea y Manchuria. La derrota reveló, una vez más, la ineficacia del ejército zarista, mal entrenado, mal organizado y mal armado. La guerra terminó con el Tratado de Portsmouth, por el que Rusia fue obligada a reconocer su derrota.

A nivel interno, la debacle militar se dejó notar en las ciudades industriales del oeste: San Petersburgo y Moscú. Se sucedieron protestas y manifestaciones que culminaron en el "Domingo Sangriento" (22 de enero de 1905) cuando los soldados del zar abrieron fuego contra los manifestantes y provocaron cientos de muertos. El zar Nicolás II firmó el Manifiesto de Octubre en el que prometía algunas reformas liberales: la convocatoria de una Duma estatal, una nueva ley de sufragio, etc. La derrota contribuyó también a desacralizar la figura del zar y en algunas ciudades se formaron los primeros "soviets".

Apenas una década después, la Primera Guerra Mundial volvió a coger al ejército ruso mal preparado. Aunque el gobierno de Nicolás II vio en la guerra una oportunidad para reforzar su posición, las continuas derrotas militares frente a los ejércitos alemanes tuvieron justo el efecto contrario. En 1915, la pérdida de Polonia supuso una gran humillación. Cientos de miles de soldados murieron en el frente y el dedo acusador apuntó directamente al zar. Su imagen, deteriorada tras el "Domingo Sangriento", se hundió con las derrotas militares en la Gran Guerra.

Las consecuencias son bien conocidas: la Revolución de Febrero de 1917 destronó a Nicolás II y se proclamó una república dirigida por un Gobierno Provisional. Como éste se empeñó en seguir combatiendo en la Gran Guerra, la situación empeoró aún más hasta que los bolcheviques dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de Octubre y tomaron el poder. El efecto de todo ello fue el triunfo de la revolución comunista. La Rusia zarista desapareció de un plumazo y en su lugar se constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por primera vez, la doctrina socialista se puso en práctica en un país. 

La última gran derrota rusa (en este caso soviética), se produjo en Afganistán, donde las tropas de Moscú intervinieron en apoyo del gobierno comunista de Kabul. La guerra se prolongó entre 1978 y 1989, cuando Mijaíl Gorbachov ordenó la retirada de los últimos efectivos soviéticos. Los insurgentes muyahidines (apoyados por las potencias occidentales, sobre todo, Estados Unidos), desencadenaron una guerra de guerrillas que convirtió Afganistán en una ratonera para el ejército ruso.

Los historiadores no dudan de que el enorme gasto que supuso la intervención en suelo afgano se encontró detrás del colapso de la URSS en 1991. A finales de la década de los 80, la URSS mostraba alarmantes síntomas de debilidad interna: atraso en la industria de bienes de consumo, baja productividad económica, déficit tecnológico y sobredimensión del sector militar, entre otras causas por la guerra de Afganistán. Aunque Gorbachov trató de impulsar la modernización económica y política del régimen, a través de la famosa "Perestroika" (transformación), las reformas condujeron al colapso del sistema en pocos años. En 1991, la URSS se desintegró y con ello aparecieron quince repúblicas independientes, entre ellas, la Federación Rusa. 

Parece que en 2022 nos encontramos ante una nueva encrucijada militar rusa. Viendo estos antecedentes, una derrota de los ejércitos rusos en Ucrania podría tener graves consecuencias a nivel interno. Pero ¿será Rusia derrotada? Probablemente, no. El Kremlin no va a permitir una derrota militar clara y humillante que pueda desestabilizar el gobierno autoritario de Putin. Antes se buscará un acuerdo que se pueda vender en el interior de Rusia como una victoria o, en el peor de los casos, se utilizará armamento nuclear, algo que el gobierno ruso ya ha dicho que contempla. Todo ello, claro está, si el esfuerzo bélico y los fracasos militares no desencadenan un cambio político en Rusia antes de que termine la guerra. Sólo el tiempo lo dirá.


Centro de Moscú antes de la caída de la URSS



viernes, 9 de septiembre de 2022

EL OCASO DEL SIGLO XX


En las últimas semanas el mundo ha visto desaparecer a dos de los grandes iconos del siglo XX. El 30 de agosto moría en un hospital de Moscú el que había sido último dirigente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. El 8 de septiembre, desaparecía la reina de Inglaterra, Isabel II. Su reinado, que se prolongó durante siete décadas, es uno de los más largos de la Historia. Ambos eran los últimos representantes de una época ya pasada.

La figura de Gorbachov, de indudable trascendencia histórica, es muy controvertida; odiada y amada a partes iguales por la sociedad rusa. Asumió el poder de la URSS en 1985, en un momento de grave crisis económica en el país. Trató de hacer reformas que condujeran al régimen soviético a la democracia y lo abrieran a una economía de mercado (la famosa "Perestroika"), pero en el intento, el país acabó desintegrándose. 

En 1991, Gorbachov se convirtió en un presidente de un Estado que no existía. La URSS, que había dominado las relaciones internacionales durante gran parte del siglo XX desapareció de la noche a la mañana y él dimitió, solo y humillado, en diciembre de 1991. A partir de entonces no fue más que la figura espectral del viejo mundo comunista, ahora fantasma, desaparecido, que el siglo XX vio nacer y también morir.

Paradójicamente la muerte de Gorbachov coincide en el tiempo con la invasión rusa de Ucrania. El último representante de la URSS como gran potencia mundial desparece en el momento en el que Rusia está intentando recobrar su protagonismo internacional con una agresividad inusitada.

Muy diferente es la reina Isabel II del Reino Unido, otro de los grandes representantes del siglo XX. Nació en 1926 y asumió el trono británico en 1952. En ese momento, el Reino Unido aún era un imperio y Winston Churchill, el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial para los británicos, dominaba todavía la política en el país. Isabel II nombraría a otros quince primeros ministros en sus siete décadas de reinado, asistiría al proceso de descolonización y sería testigo de profundos cambios sociales y económicos en su país y en el mundo.

Isabel II se convirtió, pasados los años, en un símbolo de estabilidad y continuidad del poder británico en el mundo. Su figura recta, impasible e intachable fue durante décadas el mejor ejemplo de la monarquía parlamentaria en Europa. El compromiso con su deber, la sobriedad y la disciplina marcaron su reinado, a pesar de algunos escándalos protagonizados por miembros de su familia. 

En los años 90, un periodista español decía que "en público, a menudo aparece distante; en privado, aunque no es muy intelectual, puede resultar ingeniosa y sabía, con envidiable memoria". Más del 80% de los británicos del 2022 han nacido durante el reinado de Isabel II. Este dato evidencia la magnitud histórica de un periodo sólo comparable a la Época Victoriana (1837 - 1901).

La muerte de la soberana, con 96 años, coincide en el tiempo con el Brexit, con el incremento de la fuerza del independentismo en Escocia y con síntomas de una nueva crisis económica provocada por la guerra de Ucrania. Isabel II vio integrarse al Reino Unido en la Unión Europea, y también vio cómo la abandonaba. Al parecer, se opuso.

Gorbachov e Isabel II fueron quizá los últimos supervivientes de una época pasada, de una era que ya no existe. El mundo es hoy muy diferente al del siglo XX que ellos conocieron tan bien. El siglo XX, que acabó cronológicamente hace ya veintidós años, está perdiendo a sus últimos protagonistas, los representantes de un mundo extinto.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

ASALTO AL PALACIO DE LA MONEDA

Salvador Allende, en primer término; Augusto Pinochet, detrás.


En el amanecer de aquel 11 de septiembre de 1973, la armada chilena atracó en el puerto de Valparaíso tras unas maniobras navales. El almirante Toribio se declaró de inmediato en rebeldía y exigió la renuncia del presidente de la república, Salvador Allende. Poco después, aparecieron los primeros tanques en el centro de la capital del país, Santiago de Chile. El Ejército de Tierra, las Fuerzas Aéreas y los Carabineros, dirigidos por los generales Pinochet, Leight y Mendoza, formaron una Junta Militar y exigieron al gobierno democrático la entrega del poder. Eran las siete y media de la mañana.

Entonces, el presidente Allende ya sabía del estallido de la conspiración y se dirigía al Palacio de la Moneda, sede oficial de la presidencia de la República. Le acompañaban veintitrés fieles, todos ellos armados. Allende también portaba un Kalashnikov pues rápido dio a conocer su voluntad de resistir hasta el final aunque esto le llevase a la muerte.

En realidad, aquel golpe de Estado fue el último de una larga lista de conspiraciones que habían comenzado poco después del ascenso al poder de Allende, en 1970. Allende, en representación del Partido Socialista de Chile, había ganado las elecciones generales de 1970 por un estrecho margen de votos gracias al apoyo de la Unidad Popular, una amalgama de seis partidos de izquierda. Apostaba por una transición democrática al socialismo que, por supuesto, no gustó a las clases altas del país y tampoco a EE.UU. en un momento de recrudecimiento de la Guerra Fría.

Entre 1970 y 1973 el gobierno de Allende puso en marcha medidas destinadas a mejorar la vida de las clases más desfavorecidas: se congelaron los precios, se subieron los salarios, se nacionalizaron bancos y empresas extranjeras, se rebajaron las tarifas de los servicios públicos, se inició una reforma agraria, etc. Estas medidas atemorizaron a los partidos de derecha y al gobierno norteamericano de Nixon, sobre todo, tras la nacionalización de ITT y Ford. Los grandes propietarios, latifundistas y empresarios, también vieron con temor el gobierno socialista de Allende.

Las tensiones sociales aumentaron y el gobierno trató de superar su debilidad interna con algunas medidas populistas y de dudoso carácter democrático, como la convocatoria de una Asamblea Popular que sustituyese a la Cámara de Diputados, donde no tenía mayoría. Además, la visita de Fidel Castro a Chile en 1971 no hizo más que empeorar la situación. El Ejército nunca aceptó el gobierno socialista y las clases medias, más potentes en Chile que en otras naciones de América Latina, también empezaron a ver con desconfianza al gobierno de Allende. 

En junio de 1973 ya hubo un intento de sublevación militar que fue aplastado por el gobierno legítimo. La conspiración se reactivó, sin embargo, el 11 de septiembre de ese año, apoyada por Estados Unidos. El propósito declarado de los golpistas era "liberar a nuestra patria del yugo marxista". Allende se negó en rotundo a ceder el poder sin resistir a pesar de que rápido los militares controlaron casi todo el territorio nacional. 

Los combates más cruentos se libraron en el centro de Santiago, en torno al edificio de la sede del gobierno, el Palacio de la Moneda. Allí se atrincheraron algunos fieles al presidente. Los carros de combate, dirigidos por Pinochet, abrieron fuego contra el edificio, dañando seriamente la fachada. Al mismo tiempo, cazabombarderos de la fuerza aérea chilena bombardeaban el palacio lanzando unos diecisiete misiles. El edificio empezó a arder. 

Después de resistir durante toda la mañana y sabiendo que la derrota era segura, Allende pidió a sus defensores que se rindiesen. Él permaneció en el Salón de la Independencia del palacio. Fue encontrado muerto horas después por los militares golpistas. Según la mayor parte de las versiones, se suicidó para no ser humillado y ejecutado por los militares. Su cuerpo fue enterrado el día siguiente en el cementerio de Santa Inés de Viña del Mar, en una tumba anónima. Sólo asistieron su mujer, su hija y el comandante Roberto Sánchez.

La Junta Militar, dirigida por Augusto Pinochet, enseguida tomó el poder y desató una represión brutal en Chile aunque la resistencia de la población al golpe había sido mínima. Se suspendió la Constitución, se disolvió el Parlamento y se declararon ilegales todos los partidos políticos. Los dirigentes de la Unidad Popular, el Partidos Socialista y el Partidos Comunista fueron detenidos. Con el apoyo de EE.UU. y del Reino Unido, Augusto Pinochet dirigió con mano de hierro el país hasta 1990 cuando cedió el poder y se inició la transición a la democracia. La dictadura militar costó miles de muertos en Chile aunque las cifras varían mucho según las fuentes. El asalto al Palacio de la Moneda puso fin al intento de instaurar un régimen socialista compatible con una república democrática. Allende se convirtió en un mito. 


Palacio de la Moneda, mañana del 11 de septiembre de 1973


lunes, 8 de agosto de 2022

LOFOTEN, EL FINAL DEL MUNDO

Lo primero que uno siente cuando pone un pie en las Islas Lofoten es la lejanía. Este archipiélago se encuentra lejos de todos lados, en la provincia noruega de Nordland, al norte del Círculo Polar Ártico. Lo segundo quizá sea el vértigo ante un lugar inhóspito donde la naturaleza es poco amable con las sociedades humanas que intentaron y aún intentan vivir aquí. 

Cuando desembarcamos, el 3 de agosto, en el puerto de Moskenes, llovía a cántaros. Tan solo se escuchaban los insufribles graznidos de las gaviotas, las auténticas dueñas del lugar. En teoría el sol no se pone en esta época del año en las Lofoten, es el sol de medianoche, pero los nubarrones negros nos impidieron experimentar las noches blancas. Así fue durante todos los días que estuvimos allí.

El relieve de las Islas Lofoten se ha formado durante millones de años como resultado de la acción erosiva del viento, el agua y, sobre todo, el hielo. Los glaciares dejaron su huella en aquellas cumbres y las abrasaron durante milenios dando lugar al relieve que hoy contemplamos: valles en forma de U, fiordos, horns (que son las características cumbres puntiagudas) y morrenas aquí y allá. En las Lofoten, el océano se funde con el viejo macizo escandinavo, uno de las formaciones geológicas más antiguas del mundo.



El paisaje es impresionante allí donde mires. Las altas cumbres que alcanzan los 1.000 metros en algunos puntos, descienden vertiginosamente hacia el mar. El mar, además, es omnipresente, se cuela en todos lados, entrando y saliendo. A veces es difícil distinguir si la masa de agua que uno contempla es un río, un lago o el mar. Las frías aguas del Mar de Noruega parecen tranquilas cuando bañan las costas de estas islas, sus acantilados y sus playas de arena blanca.


Fácil es adivinar que las comunicaciones no son sencillas en este archipiélago. El periplo para llegar hasta ellas es largo y tedioso, sobre todo si uno quiere alcanzar las localidades más occidentales de las islas. Una opción es el ferry que conecta Moskenes con la ciudad de Bodø (capital de la provincia de Nordland). El trayecto dura unas cuatro horas. La segunda opción es volar a Svolvær o Leknes, las dos ciudades principales que se encuentran al este del archipiélago. Las carreteras, estrechas y tortuosas, convierten un viaje de pocos kilómetros en una aventura. 


Históricamente, las poblaciones de las Islas Lofoten se dedicaron a la pesca. Las capturas de bacalao, arenque y salmón eran la riqueza de estas tierras. El pescado se secaba al sol durante unos meses, siendo el principal alimento de estas gentes duras. La agricultura y la ganadería (ovejas y vacas) eran menos importantes, por lo inhóspito del terreno, poco apto para estas actividades.


Hoy en día, todas aquellas formas de vida han desaparecido en gran parte. Las Islas Lofoten se presentan ante el mundo como el archipiélago más bello del mundo, pero no son más que un decorado turístico. Nada es real. Pueblos como Reine (el más hermoso de Noruega, según dicen), Å (el pueblo con el nombre más corto del mundo), Nusfjord o Ballstad se han convertido en centros turísticos. Las antiguas cabañas de pescadores son hoy confortables apartamentos para turistas, pequeños museos o restaurantes de comida rápida. En estas cabañas, uno puede encontrar tan pronto una muestra sobre la pesca tradicional en las Lofoten o una exposición de obras del artista chino Ai Weiwei. Cuando el tiempo empeora (en septiembre) y los turistas se marchan, allí no queda vida.



La capital administrativa de la región, Svolvær, o algunas localidades, como Leknes, sí conservan cierta vitalidad social y económica. La muestran en sus centros comerciales, en sus polígonos industriales y en sus cafés. Otras, en cambio, son hoy el fósil de lo que un día fueron pueblos de pescadores. Actualmente, en las Lofoten viven unos 24.000 habitantes, unos 5.000, en la capital. El resto vive en asentamientos dispersos, en casas diseminadas por todas las islas. Sorprende que el vecino más cercano viva a un kilómetro de distancia. El turismo es hoy la única riqueza de estas tierras.

La vida es muy dura allí. Como lo fue siempre. El clima es frío y lluvioso. Los vientos empujan continuamente los centros de bajas presiones árticos sobre estas islas. Nosotros, en pleno agosto, tuvimos máximas de 13°C y lluvia intermitente durante varios días. En invierno, el frío es atroz. El cielo está siempre pálido. Se nota que los rayos del sol no tienen fuerza para calentar estas regiones tan septentrionales. Y en los meses de invierno, las Lofoten se sumen en la noche perpetua. Durante semanas no amanece.  ¿Quién va a querer vivir allí en esas condiciones?



Aún así, este archipiélago custodia una historia rica. Durante cientos de años, las gentes han convivido en armonía con una naturaleza hostil. Las sociedades florecieron y se desarrollaron durante siglos gracias a la pesca y al comercio. Dan cuenta de ello los templos centenarios que pueden contemplarse. Son pequeñas iglesias en medio de los campos, cuyos campanarios destacan entre el resto de edificaciones, pero empequeñecen ante los imponentes farallones esculpidos por los glaciares. También los cementerios dan cuenta de aquellas gentes que forjaron su existencia en estas tierras, lejos de todo y de todos. Gentes para las que era cotidiano contemplar estos maravillosos paisajes y que llamaban hogar a este inhóspito lugar en el fin del mundo.




domingo, 24 de julio de 2022

DIEZ AÑOS DESPUÉS. LIBERTAD Y CORAJE


Hace diez años, el 23 de julio de 2012, publiqué la primera entrada de este blog. Llevaba por título toda una declaración de intenciones: "La búsqueda de la felicidad". Y a la vez era también una introducción a los textos que después publicaría aquí.

Desde aquel verano caluroso, pero no tanto como el actual, ha pasado para el mundo, para vosotros y para mí, una década. Diez años en los que han ocurrido (nos han ocurrido) muchas cosas, buenas y malas. No quiero hacer aquí un resumen de este tiempo porque resultaría demasiado tedioso. Tan solo quiero compartir unas breves reflexiones.

Aquel texto de hace diez años comenzaba con una cita de uno de los primeros historiadores griegos, Tucídides: "La Historia es un incesante volver a empezar." Podríamos modificarla nosotros: la vida es un incesante volver a empezar. Ya sabemos que la Historia es la maestra de la vida, como dejó escrito Cicerón: "Historia vita memoriae, magistra vitae".

El mundo de 2022 es muy distinto al de 2012 pero, paradójicamente ambos mundos están en crisis, en transformación. El mundo del 2012 apenas salía de la Gran Recesión y el de 2022 está sumido en la crisis provocada por la pandemia del coronavirus y por la guerra de Ucrania. Hace diez años, el mundo era frágil e inestable. Hoy es mucho más impredecible, más caótico. 

Quien esto escribe también es muy distinto a aquel muchacho que abrió el blog hace diez años. La inocencia se pierde con el tiempo, algunos sueños se cumplen, otros están aún por cumplir y aparecen nuevos retos y esperanzas en el futuro. Todo lo vivido en diez años ha transformado a uno, lo ha hecho más consciente de la realidad en la que vive y ha abierto nuevos horizontes.

Una vez leí que a medida que se cumplen años, las personas se dan cuenta de que los sueños que tenían de adolescentes y jóvenes nunca se cumplirán. Muchos de los sueños que yo tenía con veinte años se han cumplido una vez alcanzados los treinta. Otros no. Otros aún esperan a ser realizados. Otros sueños y esperanzas han cambiado. Y hay anhelos nuevos que esperan su momento. Cuando logras uno, aparece otro. Cuando cierras una etapa, se abre otra. La vida es un incesante volver a empezar. 

A pesar del paso del tiempo, hay muchas cosas que permanecen con nosotros. Que continúan diez años después. La vida, como la Historia, no se repite, pero tiene algo de cíclica. Parece que hay cosas que siempre vuelven, como fantasmas de un pasado que no se resigna a desaparecer. Nuestra esencia permanece con nosotros por mucho que el tiempo nos cambie. 

En esta década que transcurre entre 2012 y 2022 ha pasado de todo en el planeta. También os ha pasado de todo a vosotros. Y me ha pasado de todo a nivel personal, como individuo insignificante en el mundo. Este blog es un magnífico registro de ello. Siempre he tratado de reflejar los momentos vividos en los textos. Muchas entradas están jalonadas de reflexiones y opiniones críticas de lo que ha ocurrido u ocurre. La Historia, al fin y al cabo, no sirve de nada si no la ponemos al servicio del tiempo presente.

El futuro es una incógnita para todos. Nadie sabe lo que ocurrirá. Sabemos que todo tiene un final, pero no cuándo llegará. Este blog seguirá abierto. Al menos de momento. Es una ventana al mundo. Mi ventana al mundo. Y me niego a cerrarla.

Hoy, 24 de julio de 2022, me gustaría terminar con otra cita de Tucídides, aquel historiador que, como todos, además de informar sobre el pasado, nos da consejos sobre la vida. Es, en realidad, otra declaración de intenciones: "Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje".


domingo, 17 de julio de 2022

"EL 17 A LAS 17"



Barrio de Triana (Sevilla), julio de 1936


El 16 de julio de 1936 se celebró una recepción en la comandancia militar de Melilla. El general Romerales Quintero recibió a las autoridades civiles y militares de la ciudad con motivo de la festividad de la Virgen del Carmen. En aquella reunión, el teniente coronel Juan Yagüe transmitió por teléfono a algunos de los asistentes que, ante el temor de que el gobierno republicano actuase contra ellos, el general Mola había ordenado que las tropas del protectorado marroquí estuviesen preparadas para iniciar la sublevación "el 17 a las 17".

A partir de ese momento, los engranajes de la conspiración militar, que pretendía derribar al gobierno del Frente Popular salido de las elecciones de febrero, se pusieron en marcha. El teniente coronel Juan Bautista Sánchez, uno de los conspiradores, ordenó al comandante Joaquín Ríos Casapé que se pusiese en marcha. Ríos Casapé, que se encontraba en Villa Jordana (Alhucemas), debía partir con sus tropas regulares rumbo a Melilla, en la que entraría el día 17 por la mañana. Esa noche, Casapé inició el camino.

Los líderes de la sublevación, Mola, Queipo de Llano, Yagüe y Franco, entre otros, no estaban en Marruecos. Desde sus respectivos destinos llevaban tiempo preparando una conspiración para que el ejército tomase el control de todos los resortes del Estado y acabase con el desorden en el que se había sumido la República. Después, se establecería una dictadura militar hasta que se decidiese volver al régimen republicano o a la monarquía. En el protectorado marroquí se encontraban las tropas coloniales, las mejor preparadas del ejército español. Por eso el golpe de Estado debía comenzar allí.  

El 17 de julio, Francisco Franco se encontraba en Las Palmas de Gran Canaria presidiendo el funeral del general Amadeo Balmes, comandante militar de Las Palmas. Balmes, que era leal a la República, había muerto el día 16 después de recibir accidentalmente un disparo en el vientre. Casi al mismo tiempo, llegó a Canarias el "Dragón Rapide", el avión financiado por algunos monárquicos, que llevaría al general Franco hasta el protectorado de Marruecos para ponerse al frente de la sublevación.

En cualquier caso, en aquellos momentos, Franco tenía serías dudas del éxito del golpe de Estado y no había querido comprometerse hasta unos días antes. Temía que la sublevación no contase con el total apoyo del ejército y que España quedase dividida en dos. Transmitió sus dudas al "Director", el general Mola, pero Sanjurjo, auténtico líder de los sublevados desde su exilio en Portugal, sentenció el día 14, "con Franquito o sin Franquito" el plan debía continuar. 

Lo que acabó convenciendo a Franco fue la noticia del asesinato del diputado monárquico José Calvo Sotelo por elementos izquierdistas. Ocurrió el 13 de julio en Madrid aunque la noticia tardó en saberse en Canarias. Según cuenta la tradición, cuando Franco se enteró, exclamó: "No se puede esperar más, es la señal".

Temerosos de que el gobierno republicano, al que habían llegado noticias de la conspiración, actuase rápido, el 17 de julio por la tarde se sublevaron las guarniciones militares de Melilla, Tetuán y Ceuta. Según los planes de Mola, la sublevación comenzaría el día 18, pero se adelantó un día en Marruecos. La consigna era clara: eliminar a todos los soldados y oficiales que se opusieran al golpe de Estado. Uno de ellos fue el general Romerales Quintero, leal a la República, que fue fusilado el 29 de agosto. Por la tarde del 17, Melilla ya estaba bajo control de los insurrectos, liderados por Luis Soláns:

"Hago saber: Una vez más, el Ejército unido a las demás fuerzas de la nación, se ha visto obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de los españoles, que veían con amargura infinita, desaparecer lo que a todos puede unirnos en un ideal común: España. Se trata de restablecer el imperio del orden dentro de la República, no solamente en sus apariencias o signos exteriores, sino también en su misma esencia..."

El día 18, Soláns envió un telegrama a Franco para comunicarle el triunfo de la sublevación. Ese mismo día, Franco y el general Luis Orgaz volaron en el "Dragón Rapide" desde Las Palmas a Marruecos. Las tropas regulares marroquíes ya tenían un líder fuerte que las dirigiese.

Mientras tanto, en Madrid, el gobierno republicano legítimo, liderado por Casares Quiroga, no sabía muy bien qué hacer. Aún hoy nadie sabe por qué el gobierno del Frente Popular no fue más enérgico en la represión de la sublevación a pesar de que conocía los planes. 

El presidente de la República, Manuel Azaña, preguntó a Casares Quiroga dónde se encontraba el general Franco y la respuesta fue: "Está bien guardado en Canarias". Después, en una conversación telefónica con el doctor Juan Negrín, el presidente del consejo de ministros afirmó: "Está garantizado el fracaso de la intentona. El gobierno es dueño de la situación. Dentro de poco todo habrá terminado". Casares Quiroga ordenó que no se repartiesen armas entre las organizaciones obreras, que querían detener a los golpistas, suspendió a los militares rebeldes y disolvió las unidades sublevadas. Incapaz de hacer más, Casares Quiroga dimitió el día siguiente.

El 18 de julio el golpe militar se extendió por toda la Península y en los días posteriores los sublevados tomarían el control de un buen puñado de provincias del interior peninsular, además de Canarias, Baleares y el Protectorado Marroquí. Pero no todo el ejército se sublevó, como temía Franco. Además, en las zonas industriales, el gobierno republicano mantuvo el control de la situación con ayuda de los sindicatos y los partidos de izquierdas. En Madrid, el general Fanjul, sublevado el 19 de julio, fue arrestado y fusilado después del asalto al Cuartel de la Montaña. En Barcelona, cuando llegó Goded desde Mallorca para ponerse al frente del golpe, los obreros, que habían tomado el control de la ciudad, lo apresaron y lo asesinaron también.

En pocos días, España había quedado partida en dos. Así fue como un golpe de Estado triunfante en media España, pero fallido en la otra media desencadenó una terrible guerra civil que se prolongaría hasta el 1 de abril de 1939. El fracaso de la sublevación militar, mal planificada y peor ejecutada, y la debilidad del gobierno legítimo, incapaz de mantener el orden, llevaron al país a su gran tragedia. Costaría unos 400.000 muertos y otro medio millón de exiliados. 





martes, 28 de junio de 2022

TIEMPO


Hace días me ronda en la mente una frase de una película: "Vivimos y morimos en función del tiempo. No debemos perder la noción del tiempo". El tiempo como concepto abstracto, el paso del tiempo, siempre está en mi vida, como un espectro, en los momentos de cambio, de principio y de fin.

Es curioso, aunque el tiempo lo inunda todo, es difícil definirlo. Podríamos intentarlo: es la duración de las cosas mutables. Todo lo que empieza y termina prolonga su existencia durante un tiempo. Y todo acaba y termina. Nada es permanente. Así que el tiempo lo abarca todo.

El tiempo es a la vez un aliado y un enemigo. Es un aliado porque trae todo lo bueno y lo mantiene un rato en nuestras vidas. Pero también es un enemigo porque se lo lleva y lo destruye. Devora todo. Nos devora a todos de forma imparable. No podemos luchar contra él. A veces, en los instantes de felicidad, queremos detenerlo, pausarlo, pero es una quimera. No hay quién lo detenga. El tiempo acabará también con nosotros. 

También trae momentos malos, instantes de pena y sufrimiento. Y, como todo, también se los lleva. Los destruye en la oscuridad del pasado y cierra las heridas que han podido dejarnos. Todo termina, lo bueno y lo malo. Pero, cosas de la vida, nosotros sólo nos damos cuenta del fin de los buenos momentos. Aliado y enemigo, de nuevo.

El tiempo cierra unos trayectos y abre otros. Destruye anhelos y esperanzas, pero dibuja, a la vez, nuevas perspectivas. Arrasa el presente de forma irremediable, pero despeja los caminos del futuro. Da nuevas oportunidades, nuevas opciones. Y cierra para siempre otras pasadas. 

Lo que nos queda del tiempo pasado es la memoria. Los recuerdos son algo así como las huellas que el tiempo deja en uno mismo. Buenos y malos, lo único cierto en la vida es que el pasado no existe. El tiempo lo ha devorado ya. Igual que devora el presente y terminará, cuando llegue el momento, con el futuro. 

Es posible volver a un lugar donde fuimos felices, pero nunca podremos volver al instante que nuestra memoria custodia. Ya no existe más que en ella. Por eso a veces el tiempo da miedo. No tememos realmente al futuro sino a un pasado que ya ha dejado de existir excepto en nuestro interior y aún despierta en nosotros felicidad o tristeza. Es la nostalgia.  

Alguien me dijo una vez que "cuando te quieres dar cuenta se ha pasado el tiempo". El tiempo es la vida, llena de instantes, de decisiones, de aciertos y errores. Todo importa poco, en el fondo, porque será destruido. Lo único valioso de verdad es el recuerdo que permanece con nosotros y nos hace ser humanos. Esa es la gran lección.